“Arca Sacrarium” de Sergio Ramírez Vaqué en Ed. Atlantis

“Arca Sacrarium” de Sergio Ramírez Vaqué en Ediciones Atlantis

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—¡Estamos dentro! exclamó el sargento Jairo Fargas, empuñando su arma frente a él. Pulsó unos interruptores conectados en la pared—. No hay timbre, ni interfono y la corriente parece cortada. A nuestra derecha veo una puerta, y delante de nosotros, las escaleras que suben al edificio.

¡Sargento!… Atiéndame. No sigan adelante. Aguarden a la segunda unidad… —dijo una voz grave al otro lado de la transmisión. Esto no tiene buena pinta.

Debemos continuar, señor. No hay opción. La agente Linde y yo procederemos lo más rápido posible respondió el policía a través del micrófono de gancho conectado a su oreja. Luego, hizo un doble aspaviento con su mano para que su compañera comprobara la puerta identificada.

Está bien… Pero tengan cuidado y no se hagan los héroes. No saben con lo que se pueden encontrar ahí dentro ­—entre ligeras interferencias, el inspector Liébana se comunicaba desde el Centro de Operaciones de la Comisaría de Policía de los Mossos d´Esquadra.

El haz de luz de las linternas de los dos agentes de la División de Investigación Criminal, enfundados en sus uniformes de operaciones especiales, irrumpió en la espesa oscuridad de un vestíbulo donde apenas se apreciaba un habitáculo de recepción, en cuyo interior, además de una butaca de madera, se reclinaba contra la pared una espigada planta artificial.

La apagada noche sumada a una total ausencia de alumbrado público evitaban que por el portal acristalado por el que habían accedido se colase ni un resquicio de luz.

La agente Linde no tardó en descubrir que tras la puerta divisada sólo había un reducido cuarto repleto de cajas y utensilios de limpieza. Seguidamente, corrió hacia su compañero, el cual había ascendido unos cuantos peldaños por las escaleras.

Señor. Nada en el vestíbulo. Subimos —informó Fargas al Centro de Operaciones.

Creo que nos estamos metiendo en la boca del lobo insinuó la chica, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano que sujetaba su pistola.

Linde… Ten los ojos bien abiertos. No quiero sorpresas indicó él, haciendo caso omiso a su advertencia.

No me gusta… Esto no me gusta nada pronunció de nuevo ella con una entonación entrecortada.

Ambos avanzaron con celeridad. El único ruido que irrumpía en el ambiente era el de sus voces y constantes pero cautelosos pasos. A través del transmisor se filtraba el jadeo incesante de los dos policías, producido por el esfuerzo y la tensión acumulada.

Y, en breve, alcanzaron la planta uno.

¡Señor! ¿Me escucha?

Sí… perfectamente.

En el primer nivel sólo hay un local… La puerta está entreabierta.

Fargas se acercó precavidamente, marcándola con el objetivo de su arma. Colocó la linterna en la obertura y empujó la puerta. Luego, dio un paso hacia el interior mientras que su lámpara revelaba lo que parecía un estudio de paredes graffiteadas.

Aquí tampoco hay nada, señor informó. Subimos al segundo nivel.

Linde volvió a dejar paso a su compañero.

Las destartaladas escaleras ascendían por un edificio de mugrientos tabiques desconchados, provisto de una inestable barandilla de listones verticales de hierro que se tambaleaba al más mínimo roce.

En el siguiente rellano descubrieron una estancia cuyo marco de acceso carecía de puerta. Fargas se detuvo y alzó la mano. La agente observó la orden y se mantuvo en alerta sobre el último peldaño, cubriendo el área con su arma.

Fargas entró. También vacía.

Segundo piso despejado. Continuamos comunicó el sargento. Se colocó otra vez al frente.

Linde, sin dejar de iluminar hacia arriba, lanzó una mirada por el hueco de la escalera, cuya ciega visión le erizó la piel.

Cuando restaban escasos escalones para alcanzar el siguiente nivel del inmueble, el sargento advirtió que se trataba del último.

El edificio es de tres pisos. ¿Me escucha, señor?

Comprendido.

Al igual que en los niveles inferiores, la tercera planta disponía de un único local, esta vez bloqueado por una puerta de acero. El policía exhaló aire y avanzó hasta palpar con la mano enguantada la superficie metálica.

No hay cerradura. Totalmente bloqueada. No esperaremos. Voy a echarla abajo.

El tiempo transcurría como una cuenta atrás.

Por un momento se perdió la comunicación a través del radiorreceptor. A los pocos segundos volvió a funcionar, percibiéndose lo que parecía una pregunta:

¿Están seguros…?

¡Señor! ¡Repita! —exclamó Fargas, presionando el auricular sobre su oído—. No le hemos entendido. ¡La comunicación se corta!

Estos trastos son un desastre cuando más se necesitan —manifestó su compañera a su espalda.

De acuerdo. Procedan —se entendió pronunciar al inspector a pesar de la mala señal. No había tiempo para barajar otras opciones.

Jairo Fargas retrocedió unos pasos, apuntó con el cañón de su arma no reglamentaria Hunter 500 S&W Magnum sobre uno de los laterales e hizo cuatro ensordecedores disparos.

¡¡¡Abierta!!! —vociferó con ímpetu, dando un puntapié sobre la puerta despedazada.

Precavido, pero con decisión, accedió al piso. La agente, que pasó después, tragó saliva al iluminar la apretada negrura de aquel lugar y toparse con algo que la dejó sin aliento.

Un profundo hedor rompía en la atmósfera.

¿¿¿Qué…??? —La radio volvía a fallar, pero el inspector insistió al no recibir respuesta—. Sarg… ¿¿¿Qué ocurre??? ¡Agente Linde! ¿Me oyen?

¡¡¡Por dios!!!! ¿¿¿Qué es esto??? —profirió Fargas con tono acelerado a la vez que aterrador. Hizo un gesto con la mano, ordenando a su compañera a que avanzara por la derecha de la lóbrega sala.

¿¿¿Qué está sucediendo ahí??? —la voz grave de la radio seguía solicitando alguna contestación.

¡Señor! ¡Esto es horrible! Hay gente… Todos sentados… en una mesa… —respondió el policía alumbrando un espantoso panorama.

¡Explíquense! —mandó inmediatamente el inspector Liébana.

Cadáveres… sólo cadáveres —sentenció la agente Naima Linde acercándose a uno de los cuerpos.

Señor. Comprobamos si alguien continúa con vida. Pero, me temo que… —el sargento sesgó la frase y avanzó por el flanco izquierdo de la mesa. Se desenfundó un guante y verificó el pulso de una de las víctimas, colocando dos dedos sobre la arteria carótida de su cuello.

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