“EL BOSQUE DE LAS ALMAS PERDIDAS”, de Sergi Echaburu Soler en Ediciones Atlantis

“EL BOSQUE DE LAS ALMAS PERDIDAS”, de Sergi Echaburu Soler en Ediciones Atlantis

Este relato comienza así:

Los extraños acontecimientos que aquí voy a relatar tuvieron lugar en el pueblo serbio de Medvedja y, aunque hasta el día de hoy, las au-toridades no han querido darles más relevancia, me veo en la obligación de advertir a la población sobre el peligro que corre.

Han pasado algunos años desde que todo ocurrió, pero estos hechos siguen grabados en mi memoria y no los olvidaré mientras viva, debido a su carácter inexplicable desde el punto de vista científico.

Mi nombre es Johann Flückinger y en enero de 1732 era Oficial Médico del Regimiento de Infantería del Honorable Barón Fürstenbusch, perteneciente al Ejército austriaco. Estando destacado en la Comandancia Suprema de Belgrado fui llamado a presentarme de inmediato ante el Vice-comandante de las tropas allí destacadas y máxima autoridad de la zona, Antoniotto Botta Adorno.

Un soldado se presentó en la enfermería donde me encontraba practicando la amputación de una pierna a un fusilero del regimiento que había sido herido en una escaramuza en la frontera turca. A mi lado estaba mi fiel ayudante el doctor Baumgarten, que era un hombre paciente y tranquilo pese a su juventud, y le dijo al soldado que traía el mensaje que esperara fuera mientras terminábamos la intervención. El chico, que parecía muy joven, insistió en que el Vice-comandante quería verme en seguida.

—¿Cree usted que puedo dejar a este hombre así? —le pregunté, señalando al herido que estaba casi inconsciente por el dolor y la pérdida de sangre que estaba experimentando.

—Lo siento, señor —dijo el muchacho, avergonzado—. Esperaré fuera.

Cuando terminamos la intervención, me aseé con calma y, después de acicalarme un poco, le dije a Baumgarten que nos veríamos más tarde. Allí se quedó, lavándose, peinándose su espeso pelo rizado y arreglándose su bigote y su perilla. Su proverbial cuidado de la imagen era legendario entre los hombres del regimiento.

Atravesé el patio que separaba la enfermería del cuartel de la zona de comandancia, a pesar del frío glacial, y me presenté en el despacho del Vice-comandante con toda la premura posible. Su secretario, un hombre menudo de cara afilada y pelo ralo, me hizo pasar sin más demora y, cuando entré, observé que allí estaba también el Teniente coronel Schnezzer, que era el comandante al frente de la administración del distrito de Jagodina. Schnezzer era un hombre corpulento, de abundante pelo blanco y barba puntiaguda, que lucía un uniforme impecable, decorado con un buen número de medallas en el lado izquierdo de su pecho.

El despacho del Vice-comandante estaba decorado con motivos militares y, aunque era austero, daba la sensación de ser confortable y cálido. Botta Adorno, que lucía uniforme de gala y la peluca blanca que utilizaba para las grandes ocasiones, hizo las presentaciones pertinentes y, luego, me invitó a sen-tarme en una de las butacas de piel que había frente a su gran mesa. Después, encendió una pipa y empezó a hablar pausa-damente.

  • ―El tema que vamos a tratar aquí es confidencial y es de vital importancia que nada de lo que digamos salga de este despacho bajo ningún concepto —Botta Adorno hizo una pausa y dio varias caladas a su pipa antes de continuar—. En una pequeña aldea de Jagodina, llamada Medvedja, se están produciendo unas extrañas muertes que deberá usted investigar junto con un grupo de colaboradores que luego le presentaremos. Usted será el responsable del grupo y de la investigación, de la que luego deberá hacer un informe que me hará llegar a mí de forma directa. El Teniente coronel Schnezzer le pondrá al corriente de los antecedentes del caso —dijo el Vice-comandante cediendo la palabra a éste.
  • ―¿Sabe usted quiénes son los haiduk? —me preguntó Schnezzer sin más preámbulos.
  • ―Sí, señor. Se trata de las milicias formadas por colonos venidos de nuestros diferentes territorios, que se ocupan de vigilar las zonas fronterizas entre Serbia y los territorios ocupados por los turcos y son movilizados en tiempos de guerra, a cambio de tierras, ¿no es así?
  • ―Efectivamente —asintió Schnezzer—. Pues el hombre del que le vamos a hablar era un haiduk. Se llamaba Arnold Paole y llegó hace años a la aldea de Medvedja, procedente de la Serbia ocupada por los turcos, estableciéndose allí. Antes de seguir adelante, Dr. Flückinger, quiero hacerle una pregunta. Ya sé que es usted un hombre de ciencia pero, ¿cree usted en seres sobrenaturales?
  • ―Perdone, pero no le entiendo. ¿A qué se refiere con seres sobrenaturales? Yo soy médico y mi especialidad es la cirugía, como usted ya debe saber.
  • ―A lo que me refiero, exactamente, es a si cree en los no muertos, en los vampiros —aclaró Schnezzer imperturbable.

Mi cara de incredulidad debió de provocar algo de sorpresa por su parte porque se apresuró a seguir con su explicación antes de dejarme contestar.

  • ―Usted, sin duda, habrá oído alguna historia que hable de estos seres. En esta zona de Europa estas supersticiones y leyendas son muy frecuentes y es raro que alguien no tenga noticia de algún caso de este tipo, aunque sea de forma lejana.
  • ―Efectivamente, señor, he oído alguna de estas leyendas —contesté— pero, desde el punto de vista científico, me niego a darles credibilidad.

—Pues bien, Arnold Paole, el hombre del que le hablaba antes, contaba que, durante su estancia en la zona turca, había sido atacado por un vampiro en Kosovo y que para curarse a sí mismo siguió el remedio tradicional de comer tierra de la tumba del vampiro y frotarse con su sangre. El caso es que, en 1725, Paole murió en el acto al caerse desde lo alto de un carro de heno y romperse el cuello. Hasta aquí todo parece normal, pero en los días que siguieron a su muerte cuatro personas de la aldea murieron de forma inesperada y, poco antes de morir, aseguraban haber sido atacados por Paole. Unos días más tarde, el hadnack, jefe militar y administrativo de la zona, que afirmaba haber sido testigo de hechos similares con anterioridad, ordenó desenterrar el cadáver. El cuerpo de Paole estaba incorrupto y lo que parecía ser sangre fresca fluía por todos sus orificios; ojos, nariz, boca y orejas. También tenía empapada toda la camisa y el interior del ataúd. La piel y las uñas de manos y pies parecían haberse desprendido y otras nuevas las habían sustituido. Los hombres que habían abierto al ataúd, amedrentados, atra-vesaron el corazón de Paole con una estaca y del cadáver surgió un gemido gutural acompañado por borbotones de sangre. Luego, quemaron el cuerpo y repitieron la misma operación con sus víctimas para evitar que se convirtieran a su vez en vampiros.

…y continúa aquí.