“Complicidades”, de Felipe Díaz Pardo, publicado por Ediciones Atlantis

“Complicidades”, de Felipe Díaz Pardo, publicado por Ediciones Atlantis

Este es el inicio del relato publicado por Ediciones Atlantis:

COMPLICIDAD

Otra vez, como cada día, me veía haciendo los cálculos temporales, rodeado de adormilados acompañantes. Llevaba un rato de pie, ante la puerta, pero no conseguía colocarme el primero. En esos momentos es cuando comprendo el empeño de los coches de carreras por hacerse con una buena posición en la rampa de salida. Pero yo nunca consigo alcanzar la pole position. Siempre empiezo la cuenta atrás al otear, desde lo alto, los edificios iluminados que rodean la estación y veo que, de nuevo, es inevitable el retraso. Aquella mañana, como casi siempre, eran ya y catorce y mi segundo tren salía a y diecisiete. Y para no variar, también tenía que soportar el monólogo insoportable del acompañante que esa mañana me había tocado al azar. Esta vez era el vecino del tercero, apoderado del Banco de Crédito Expansivo que, aunque tiene su hora de entrada a las ocho, hace méritos siempre que puede llegando a la sucursal unos minutos antes. Ese día estaba haciendo méritos, sin embargo, para que le perdiera de vista en cuanto pudiera, y la excusa de salir corriendo para alcanzar el andén del otro lado de la estación era la mejor que se me proporcionaba en esos momentos.

El tren empezó a remolonear, como es su costumbre, por la zona de los antiguos cuarteles, como si quisiera ponernos a prueba a los allí semidormidos todavía, todos de pie y silenciosos, esperando el pistoletazo de salida. Eran justo y diecisiete cuando hacíamos entrada en la estación, y justo enfrente también veía mi otro tren, con su locomotora apuntando hacia un punto que hacía imaginar el centro de la ciudad, el cual, sin ninguna piedad e inexorablemente, abría sus puertas para soltar y recoger remesas de viajeros.

Casi con sincronía acordada por ambas máquinas, mi vagón por fin se abrió también y emprendimos la feroz y despiadada carrera hacia las escaleras mecánicas. La sabiduría que da la rutina de tantos años me hace controlar cada milímetro del andén, así que sé ponerme en la puerta más cercana a la subida. Solo dos de mis contrincantes en la carrera se me adelantaron, pero tal contrariedad no interfirió en mi voluntad. Ayudaba al deslizamiento de los peldaños con un vertiginoso ascenso a pie por mi parte y pronto me vi en lo alto del puente que comunica todas las vías. Apenas dio tiempo a que mi corazón emitiera las pulsaciones aceleradas, convenientes en estos casos, cuando me vi volando por la otra escalera de bajada sin apenas mirar por donde pisaba. La experiencia me ha dotado también de los conocimientos necesarios para saber que cualquier milésima de segundo que pierda en preocuparme por la suerte de mis pisadas, o en comprobar que todavía la cartera va conmigo, es motivo suficiente para que el maquinista se burle de mí y me dé con la puerta en las narices en el momento justo de la llegada, ante la mirada impasible de unos vigilantes con chalecos reflectantes y espaldas voluminosas, que siempre suelen alegrarse de las desgracias de los demás.

Así que, fiel a ese saber adquirido con el paso de los años, el último pie que puse en el suelo antes de abandonar la superficie metálica que se movía como una lengua sin fin, me lanzó en un único y certero salto al interior de mi nuevo vagón. La satisfacción invadió entonces todo mi ser. La proeza me sirvió para no perder más tiempo de mi vida y no tener que recuperar unos minutos preciosos bajo la implacable mirada del reloj que nos persigue y vigila a cada uno de los pobres funcionarios.

No obstante, como igualmente suele pasarme muchas mañanas, ese primer momento de alivio se fue diluyendo al ver que el tren no iniciaba la marcha cuando debía y que mi vecino del Banco de Crédito Expansivo conseguía darme alcance, esta vez acompañado, tan tranquilamente, de otro amigo del barrio, empleado este también en el sector financiero, al que había encontrado en su trayecto, realizado, como ha quedado dicho, con menos angustia y más parsimonia que yo, hacia el vagón.

Resignado y desarmado de cualquier excusa, acepté tan grata compañía, a través de la cual conseguiría informarme, una vez más y con todo detalle, de la política de personal de ambas entidades bancarias, estrategia marcada, según ellos, por el menosprecio al indefenso trabajador. Nos adentramos entre los vericuetos colapsados de carteras y miembros humanos repartidos por el lugar hasta encontrar el sitio apropiado, compuesto por tres asientos vacíos, que servía de hueco perfecto para acoplar nuestros cuerpos y seguir con el castigo que ambos acompañantes me infligían. El cuarto lo ocupaba ella, a la que, con cortesía mecánica y aprendida como acto reflejo, saludé con toda la naturalidad de los conocidos.

En efecto, el convencimiento con que ambos nos saludamos dio por supuesto a todos los presentes, y a mí el primero, que nos conocíamos. Natural fue también que me mantuviera ajeno a su presencia mientras los dos bancarios requerían mi participación en la conversación. Sin embargo, las estaciones iban pasando. En la siguiente parada nos abandonó el amigo del barrio, también docto empleado de la competencia en el mundo de las finanzas, lo cual me llenó de una infinita alegría. Y me las prometía más felices todavía al saber que en la próxima iba a ser abandonado por el otro experto, servidor del Banco de Crédito Expansivo. Una vez desembarazado de la compañía de aquella pareja de siervos de la farándula monetaria, era poco tiempo ya, pues, el que me quedaba para intentar recordar aquella cara que nunca había visto y a la que con toda simpatía me había dirigido antes y con la que, incluso, había intercambiado alguna expresión del tipo “qué tal hoy”, “aquí andamos otra vez”, o algo por el estilo.

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