Jose Manuel Muriel opina de Ediciones Atlantis

Jose Manuel Muriel opina de Ediciones Atlantis

Opinión José Manuel Muriel

(autor del libro “Pesadilas”)

Mi nombre es José Manuel Muriel, soy empresario y accionista único del grupo MV, formado por las siguientes empresas: Condepols, MV Gestion, MV Inversiones.

Desde hace 7 años estoy tratando de abrirme camino como escritor, tarea harto difícil, especialmente en los tiempos que vivimos, donde las nuevas tecnologías han afectado negativamente a sectores como la prensa escrita o al sector editorial. Mi actividad literaria donde ya tengo 10 libros publicados se reparte entre el género de libros de empresa/gestión y literatura de ficción.

Mi primera experiencia con ediciones Atlantis fue cuando les envié el original de mi libro PESADILLAS. No los conocía, ni ellos a mí, pero desde el primer momento me llamó la atención su diligencia y el trato con el autor. Sé que no son la editorial más grande, ni la más importante, ni la que tiene mejor distribución, ni la que más puede invertir en la promoción de los libros que editan, pero desde el primer contacto me han hecho sentir como si yo fuera un premio Nobel.

Te llaman continuamente, se involucran en ayudarte a promocionar tu obra, te ofrecen consejos, te presentan gente, te animan, te acompañan, te hacen pensar que realmente te has convertido en un escritor y para mí, en mis circunstancias personales, esto es lo mas importante: sentir que se preocupan de ti y de tu obra, ante todo.

Por ello, esta relación que se inició hace meses, es para mí tan importante y solo puedo decir que si la editorial Atlantis y su editor, Jota (J.D. Álvarez), no existieran, habría que inventarlos. Pero afortunadamente no es necesario, existen y están aquí para suerte de los autores que tenemos la oportunidad de trabajar con ellos.

Por eso solo puedo decir: GRACIAS

Emy Lázaro: Feria del Libro 2016 Madrid Ediciones Atlantis

Emy Lázaro: Feria del Libro 2016 Madrid Ediciones Atlantis

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La Feria del Libro de Madrid es siempre un paso (y un paseo) obligado. Comprar un libro, es casi una tradición.

Mirar desde el otro lado cómo los autores firman sus ejemplares, es como observar un escaparate.

 

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¿Y firmar en la Feria? Cuando quien firma eres tú, entonces es que te has pasado al otro lado del escaparate como por arte de magia.

La experiencia, preciosa, tanto con mis compañeros de caseta como con los lectores: de vez en cuando se agradece estar al otro lado del espejo.

 

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“El pastel de carne” de J. A. Castro, publicada en Antología “Golpe a la Violencia de Género” (Cataluña) de Ediciones Atlantis

“El pastel de carne” de J. A. Castro, publicada en Antología “Golpe a la Violencia de Género” (Cataluña) de Ediciones Atlantis

El texto “El pastel de carne”, de J.A. Castro, vio la luz dentro de la Antología “Golpe a la Violencia de Género” (Cataluña). El autor, integrante de los “Atlantes”, se prestó a escribir un relato para aportar a la sociedad una lucha solidaria contra la lacra que sufre.

J.A. Castro publicó con Ediciones Atlantis “La niebla roja” . La confianza depositada en ambas partes supuso una relación de negocios y amistad.

 

El pastel de carne

J. A. Castro

Pero… ¿qué te crees?, ¿que vas a salir vestida así a la calle? Pedazo de zorra… puta… –le dijo Miguel a Carolina, su esposa, totalmente fuera de sí.

La falda me sobrepasa las rodillas, ¿es que no lo ves? –le replicó Carolina timoratamente, mirando al suelo.

¡Zas! ¡Zas! Dos nuevos tortazos se llevó ella. Uno en la mejilla izquierda y otro en el mentón. Llevaba cuatro bofetadas en el lado izquierdo de su rostro, el cual lo tenía bastante colorado a causa de los golpes.

Y ese escote qué… ¿eh? Que pareces una guarra… ¿Es que vas buscando rollo? Serás hija de puta… –le soltó Miguel seguido esta vez de un puñetazo en el ojo derecho. Carolina cayó al suelo, de culo, con la espalda contra la pared de la cocina, justo al lado del frigorífico. Se quedó sentada, con grandes lágrimas de frustración cayéndole mejillas abajo. Si bien no sollozaba, ya estaba acostumbrada a recibir golpes de su marido. Es más, pensaba fervientemente que se lo merecía, por no ser una buena persona.

¿Y mi bocadillo? Qué me tengo que ir a trabajar… so puta… –le asestó mirándole de pie, medio curvado y muy enrabietado.

Carolina, todavía sentada en el suelo y sin levantarse completamente, abrió el frigorífico y cogió el bocadillo de jamón

ibérico que le tenía preparado a su esposo y se lo entregó, completamente sumisa.

Ahora mismo vas y te cambias de ropa y levanta al niño y te lo llevas a la escuela. Rápido –le vociferó Miguel con su mano extendida apuntando con su dedo índice el cuarto de Juanito, su hijo de siete años.

Yo me voy. Y como se te ocurra salir así… Te mato. ¿Me has oído? –le volvió a gritar a Carolina, con la mano derecha levantada, repensando en bajarla con furia y atizarle de nuevo. Pero se guardó el puñetazo para otro momento. Ella continuaba sentada en el suelo, al lado del frigorífico, cubriéndose la cabeza con sus brazos, esperando la hostia como despedida.

Cuando Carolina escuchó cerrarse la puerta del piso, por fin decidió levantarse del suelo. Y ya, como de costumbre, se fue directamente al lavabo a maquillarse, para intentar ocultar los golpes que recibía de su marido. Delante del espejo, mientras se

maquillaba los cardenales en su rostro, pensaba en dejar a Miguel, creía que no aguantaría mucho más tiempo viviendo de esa manera. Y es que hacía seis años que Miguel acostumbraba a pegarle con frecuencia. Día sí, día también. Lo extraño era el día que no se llevaba una bofetada, un insulto o un doloroso y retorcido pellizco en brazos y piernas.

Carolina era una auténtica experta en maquillarse, en disimular ojos morados, mejillas marcadas y cardenales en brazos. No obstante, el maquillaje no lograba ocultarlo todo. Se fue a despertar a Juanito, pero el chiquillo ya hacía rato que las voces de su padre le habían despertado. Ya llevaba algo más de tres meses que Juanito no conseguía dormir bien por las noches, a sabiendas de que su padre gritaba y pegaba a su madre. Pues oía nítidamente los tortazos y, de vez en cuando, gemir a su madre cuando él se marchaba de casa. Al igual que a los vecinos contiguos y hasta los del segundo piso. Vecinos que solían hablar del maltrato que sufría Carolina, pero que nadie se atrevía a denunciar.

Eso es cosa de ellos. Es ella quien debe denunciar –se comentaba el vecindario que estaba al corriente de lo que ocurría en el primero be, del número dieciséis, de la calle Princesa de Murcia. Además, quién era el valiente que osaba enfrentarse al mal carácter de Miguel, teniendo en cuenta de que inclusive ellos podrían tener problemas con el agresivo conurbano, puesto que no era la primera vez que se había peleado, llegando a las manos, con algún vecino mientras debatían los problemas cotidianos de la Comunidad del vecindario.

Carolina lo tenía todo en su sitio: la sombra de ojos, el rímel, los polvos para las mejillas, el pintalabios, unos vaqueros largos y un jersey de manga larga, a pesar de estar en el mes de mayo, o eso pensaba ella.

¡Buenos días! ¿Cómo está mi amorcito? –le decía ella a su hijo con ternura.

¿Ya se ha ido Papá? –le preguntaba el niño todavía amedrentado por el griterío del padre.

Sí hijo. Sí –le contestaba ella con nuevas lágrimas desbordadas por sus carrillos.

Vistió a Juanito y le preparó el desayuno y la maleta del colegio. Anduvieron los escasos doscientos metros que le separaban su casa de la escuela. Le dio dos besos a Juanito antes de que entrara al colegio.

Josefa, una buena amiga de Carolina, quién asimismo llevaba a su hija a la misma escuela de Juanito, le esperaba ansiosa a la salida del colegio.

Te ha vuelto a pegar, ¿no es así? –le recriminó Josefa señalándole su ojo morado. Carolina arrugó sus labios, bajó la mirada al suelo y no mentó nada. Seguidamente se fueron a un bar en las proximidades, puesto que las dos eran amas de casa, a tomar un café y charlar un poco.

Él me hace todo esto porque me quiere de verdad. Si no, querría decir que no le importo nada… –le decía Carolina a Josefa con convicción, puesto que su baja autoestima no concebía otra forma de ser amada por un hombre.

Por enésima vez Josefa le dijo que tenía que hacer algo al respecto. Qué eso era un sin vivir. Una auténtica tortura de vida. Y si no lo hacía por ella, que por lo menos lo hiciese por su hijo.

¡Ah! No, no. A Juanito no le dejo que lo toque –le respondía ella completamente inmersa en su cautiverio –. Conmigo puede hacer lo que quiera. Yo lo aguanto, porque sé que me quiere. Además, ¿qué haría yo sin él? ¿A dónde me iría? ¿De qué viviría? Yo no sé hacer nada. –se justificaba Carolina ante su amiga.

El miedo, el sentimiento de culpabilidad, el sentirse inferior a su marido, el sentimiento de dependencia era lo que realmente paralizaba a Carolina. Ella pensaba que no era una buena esposa, qué tal vez por eso se merecía que la abofeteara, la insultara, ya fuese en público o en privado. Ella se esforzaba cada día en hacer las cosas bien; las tareas de casa, la comida, y cuidar del niño. Sin embargo Carolina sentía terror cuando llegaba Miguel a casa después del trabajo ya que él, deliberadamente, pasaba su dedo por la mesa del comedor. Sí encontraba una mota de polvo se iba directamente a su mujer y le comenzaba a insultar y a pegar. Lo mismo ocurría con la comida. Si no le gustaba el sabor o se le había pasado un poco el plato, azote va y azote viene. Y si no encontraba algo raro en la casa o en la comida, se iba en busca de Juanito y, si el chiquito tenía un cordón del zapato deshecho, o estaba un poco despeinado, o con la camisa ligeramente por fuera, se enganchaba a porrazos con Carolina, repitiéndole una y otra vez que no valía para nada. Esa era la triste película en la vida de Carolina. Un día tras otro, igual.

Una buena tarde, Miguel llegó del trabajo a casa completamente desquiciado, ya que en el trabajo –era oficial de primera como albañil –, le habían despedido. Entró a casa dando un portazo. Eso no era nuevo. Carolina ya hacía rato que observaba el reloj de la cocina y, cuando se aproximaban las nueve de la noche, empezaba a tener sudores fríos, pues era la hora a la que solía llegar su esposo. Miguel hizo la rutina de siempre. Pasó el dedo por la mesa del salón, pero esta vez no encontró una mota de polvo. Se fue a ver a su hijo a la habitación, si bien Juanito ya dormía aquejado de una leve gripe estacional. Entonces se fue de nuevo al salón y se sentó a la mesa, esperando a que su mujer le trajera la cena. No le comentó nada del despido a Carolina. Ella, rauda, le trajo un plato de arroz con carne y verduras. Él se llevó una cucharada a la boca, lo masticó, lo saboreó durante unos segundos, y lo encontró delicioso. Y fue en la quinta cucharada que Miguel se quedó con la cuchara suspendida en el aire. Un pelo sobresalía por entre un trozo de pollo y el arroz. Dejó caer la cuchara al plato de golpe. Se quedó mirando a Carolina y sin decir nada se levantó de la silla, la agarró por los pelos y se la llevó arrastrando por el suelo hasta la cocina.

Serás mierda de tía… Eres una puta de mierda… Zorra, puerca… Guarra… Me han despedido en el trabajo por tu culpa, cacho perra… so puta –le soltaba mientras la tenía arrinconada entre la mesa de la cocina y el horno, y le pateaba en el estómago. O le insultaba, o le soltaba una patada en los pechos o le daba un puñetazo en la cara.

Carolina estaba como ausente. No lloraba, tenía los ojos secos. No podía lagrimear porque le faltaba aire, oxígeno que respirar. Estaba en estado de shock, casi inconsciente. Miguel la cogió por la pechera con las dos manos y la elevó hasta su altura sin dejar de insultarle cruelmente. Carolina si bien estaba acostumbrada al miedo, en esos instantes sintió verdadero terror. Miguel jamás se mostró de esa manera. Creyó por un momento que su esposo iba a acabar con su vida. Ella apoyó sus dos manos sobre la encimera y, de súbito, se encontró con el cuchillo grande de la cocina entre las manos. Mientras tanto él la seguía golpeando con todas sus fuerzas e insultándole con toda su rabia. Carolina vio la muerte, de cara, justo delante de ella. En un acto reflejo de mero instinto de supervivencia asió fuertemente el cuchillo y lo dirigió directamente al corazón de su marido. Hundió la mitad de la cuchilla.

Repentinamente él paró de insultar pero la mantenía fuertemente agarrada por la pechera de la camisa. Una segunda cuchillada se clavó de nuevo en el corazón de Miguel. Y una tercera y una cuarta, hasta siete veces seguidas. No dejó de hincarle el gran cuchillo hasta que no dejó libre el pecho de su camisa. Entonces él cayó de espaldas, redondo, sobre el suelo de la cocina. Jadeó tres veces y se quedó con los pulmones vacíos de aire y con los ojos abiertos de par en par. De seguida un gran charco de sangre se formó por el piso, alrededor del cuerpo. Y ella, después de verlo muerto, continuó clavándole el enorme cuchillo en el pecho, en las costillas, en el estómago, en el corazón, en su clavícula. Prosiguió hasta quedarse sin fuerzas, sin un halo de aliento.

Carolina estaba ida. Todos sus sentimientos reprimidos afloraron por un instante, un instante vital, o tal vez hubiera sido ella quien se encontraría en el mismo estado que su esposo, bien muerta.

Carolina se quedó de rodillas sobre el suelo de la cocina llorando como un verdadera niña, con el cuchillo todavía entre sus manos, al lado del cadáver de su esposo. Paulatina y gradualmente sus gemidos, sus lloros, se fueron aliviando. Lo primero que hizo fue ir a buscar una fregona y la trajo hasta la cocina. Secó el charco de sangre y se volvió a hincar de rodillas. A continuación le cortó la cabeza a su esposo. Luego los brazos y piernas. Su miembro viril lo dejó para lo último. Más tarde se fue a buscar bolsas de basura. Y con todo lo que necesitaba en sus manos, comenzó a descuartizarlo seguidamente con gran minuciosidad, escrupulosidad, puesto que tenía toda la noche por delante para ella.

La carne troceada la guardaba en una bolsa aparte. La cabeza, los genitales, los órganos internos y los huesos los ponía en otra. Entretanto cogió la picadora eléctrica y fue picando todos los trozos de carne de su marido. Una vez tuvo la carne picada al completo, la adobó con ajo y sal, y la puso en la nevera durante unos minutos. Más tarde cogió un cazo y vertió dos litros de agua en él y lo puso a hervir junto a una cucharadita de sal y unas cuantas patatas. Esperó pacientemente a que las patatas estuviesen cocidas, las peló y seguidamente también las trituró hasta hacer un delicioso puré. Entonces añadió queso parmesano, un poco de mantequilla y una pizca de pimienta negra molida al puré y lo mezcló todo muy bien para dejarlo simplemente perfecto. El puré estaba para chuparse los dedos. Minutos después peló tres dientes de ajos y los picó finamente. Cogió una cebolla la cual la peló con algunas lágrimas en los ojos, si bien estas eran unas lágrimas más bien de alegría, y la ralló con un rallador. Hizo lo mismo con tres lindas zanahorias y después de enjuagar el rallador de los restos de la cebolla pasó cada una de las zanahorias para dejarlas bien ralladas. Seguidamente echó aceite en una sartén grande, a fuego fuerte, y añadió los ajos, la cebolla y la zanahoria, y frió los vegetales a fuego medio hasta que éstos cogieron algo de color.

Sacó la carne de su marido adobada de la nevera, subió el fuego de la sartén y añadió toda la carne picada con media cucharita de sal. Esperó a que la carne se friese un poco y añadió un buen chorro de vino tinto, Porto, para ser más exactos, y dejó que se redujera hasta que casi desapareció. Entonces echó a la sartén caldo de carne, ésta de pollo, que tenía en la nevera desde hacía unos días para hacer una suculenta sopa, y además, añadió tomate frito. Volvió a bajar la intensidad del fuego, a medio gas, y esperó a que casi desapareciese el caldo. Dejó que la carne quedara con una salsa muy espesa y cremosa, sin dejar una gota de líquido suelto alrededor de la sartén. Cuando Carolina vio que la carne y la salsa tenían el punto, retiró la sartén del fuego. Por la contra encendió el horno, tanto la parte de arriba como la parte de abajo y con el grill en marcha, a una temperatura de doscientos grados. Colocó la carne concienzudamente en una bandeja para el horno, en forma rectangular, como si de un brazo de gitano se tratase, y cubrió toda la carne del rico puré de patatas que había preparado anteriormente. Finalmente introdujo la bandeja en el horno durante veinte minutos.

Durante ese tiempo, Carolina se encargó de ir a bajar las bolsas de basura con los restos de su marido a los contenedores de la calle. El reloj de pared de la cocina le marcaba las cuatro y treinta y cinco minutos de la mañana. No se tenía que preocupar por si alguien le veía tirar cosas a los contenedores a altas horas de la madrugada. Luego subió a la primera planta del piso y echó un ojo al horno, para ver si todo iba bien. Aún le faltaba unos minutos de cocción. Y aprovechó para limpiar la cocina a fondo de las manchas de sangre que habían salpicadas en algunas partes de la cocina, con Xanpa Ajax fregasuelos, de olor a pino, y las paredes, el mármol y las sillas de la cocina las limpió con lejía viva. Al cabo de los minutos aquello olía realmente a limpio y no a muerte. Seguidamente cogió las manoplas de cocina y abrió el horno. Fantástico, el puré que cubría el pastel de carne estaba dorado y brillante. Lo sacó a continuación y mientras esperaba a que se enfriase sacó un cigarrillo y se lo fumó muy a gusto, reconfortándole cada calada que aspiraba.

Seis años de infierno… Seis años de maldito infierno… –se decía y se reiteraba la pobre Carolina con los ojos húmedos, a punto de estallarles en borbotones de lágrimas. Al final se fumó media cajetilla de cigarros, pues sus nervios se regocijaban con el calvario vivido al lado de su marido: abusos psicológicos, abusos físicos e incluso violaciones, cuando ella se negaba a hacer el amor con Miguel.

Iban a dar las siete de la mañana. Se levantó de la silla de la cocina, abrió la ventana para que se ventilara del humo almacenado y se fue derecha a la ducha. Se pasó tres cuartos de hora bajo el agua caliente, casi hirviendo, intentando quitarse las manchas de sangre y, sobre todo, el olor de su esposo. El agua le sabía a salada, puesto que de nuevo sus lágrimas derramadas se entremezclaban con el agua dulce. Luego se ató la toalla por los senos y llevó la ropa manchada de sangre a pica de la cocina y le prendió fuego. Seguidamente fregó todos los utensilios que hizo servir y dejó la cocina de nuevo inmaculada. Minutos después se vistió y se fue a la habitación de Juanito.

Mami… ¿Ya se ha ido Papá? –le preguntó su hijo algo aturdido por la gripe. Carolina lo abrazó fuertemente en sus brazos.

Sí hijo. Papá ya se ha ido para siempre –le apuntó con una larga y satisfactoria sonrisa.

Dejó que Juanito descansara.

Ella se fue al ordenador y miró los horarios de Renfe en internet. Compró dos billetes para ese mismo día. A las doce horas y treinta minutos de la mañana era la hora de partida. Dirección Madrid dispuesta a comenzar una nueva vida. En la capital tenía a gran parte de la familia y tenía donde quedarse durante algún tiempo. Luego entró en la página de MRW transportes de paquetería y llamó al número que allí indicaba.

¡Buenos días! Deseo enviar un paquete a Alcantarilla, Calle Brasil, número ocho… Es urgente y frágil… –le dijo por teléfono Carolina al telefonista de dicha compañía.

Después de intercambiar datos, ella se fue a su dormitorio y cogió dos cajas de zapatos. Les pasó un paño húmedo para quitarles el polvillo y las envolvió en papel Albal. Introdujo los dos exquisitos y hermosos pasteles de carne que cocinó con la carne de su marido y los ató con una cuerda y los envolvió con unos vistosos papeles de regalo que tenía sobrantes de los juguetes de Juanito.

Luego se dispuso a hacer las maletas. Escogió dos, con ruedas, para llenarla solamente con lo imprescindible. Las cargó con ropa de Juanito y con una muda de ella.

Llamaron al timbre. Eran las diez y cuarto de la mañana. Ella se sobresaltó por unos instantes.

¿Será la policía? –llegó a pensar un tanto asustada. Pero no, era los de MRW que venían a recoger los paquetes. Pagó los portes y le preguntó al joven cuánto tiempo tardarían en llegar.

Señora, a mediodía los tendrá en su destino. Garantizado –le aseguró el muchacho con una sonrisa de oreja a oreja.

Sin pérdida de tiempo se dispuso a levantar a Juanito, a vestirlo y a darle algo para desayunar. Al chiquillo se le notaba todavía un poco endeble.

Un poco de fuerza, cariño, qué ya dormirás en el tren –le dijo Carolina dándole un beso en la mejilla.

¿A dónde vamos, Mami? –le preguntó Juanito refregándose con ímpetu uno de sus ojos con su puño.

Nos vamos a un sitio mejor que éste. Ya verás qué bien nos lo pasaremos de aquí en adelante –le confirmó la madre intentando hacerle cosquillitas a su hijo.

Subidos ya en un tren regional, madre e hijo, dirección a la Estación Puerta de Atocha de Madrid, Carolina recordaba la vida de su marido, si había alguien que le pudiese echar en falta. Y es que Miguel apenas tenía amigos, y los pocos que tenía era de pura conveniencia. Eran esa clase de amigos que cuando cobraba la paga de fin de mes se le acercaban para comprar drogas e irse de putas, pagando él, claro está. Entre semana ni se acordaban siquiera de Miguel. Con su padre, qué era una pura calcomanía de su hijo Miguel, y con los cinco hermanos que tenía, no se hablaban desde hacía muchos años, por temas de herencia. Y además le acababan de echar del trabajo.

¿Quién demonios iba a preguntar por tal espécimen? –se dijo Carolina bastante serena.

Y entonces sonó el móvil de Carolina. Era el padre de Miguel. Le preguntaba que para qué coño le había mandado el pastel de carne. Ella le contestó que por simple gusto y que desde luego que no se tomase la molestia de devolverle el cumplido.

Tampoco lo iba a hacer –le contestó él seco y severo–. Bueno, la verdad es que está bueno. Oye, ¿de qué carne están hechos, si se puede saber? –le inquirió él totalmente intrigado.

De carne de cerdo. De un buen cerdo –le respondió ella con voz rotunda. Seguidamente cortó la llamada. Abrió la ventanilla del tren y arrojó el móvil con todas sus fuerzas hacia la rica tierra de la huerta murciana.

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“El BOBBIT” (Historia de una ida y una vuelta) de Javier Alcocer Fernández, publicado en “Golpe a la Violencia de Género” (Cataluña) de Ediciones Atlantis

“El BOBBIT” (Historia de una ida y una vuelta) de Javier Alcocer Fernández, publicado en “Golpe a la Violencia de Género” (Cataluña) de Ediciones Atlantis

El autor Javier Alcocer Fernández escribió este texto para la Antología “Golpe a la Violencia de Género” (Cataluña). Ediciones Atlantis se propuso contribuir con textos a la lucha contra esta lacra de la sociedad. Los escritores, que forman la familia “Atlantes”,  se mostraron todos tan dispuestos que la propia Editorial tuvo gustosamente que publicar varias Antologías, dependiendo del origen o residencia de los escritores.

El BOBBIT

Historia de una ida y una vuelta

Javier Alcover Fernández

Una fatídica noche de verano de 1993 Lorena Leonor Bobbit le cortó el pene a su marido, John Wayne Bobbit, con un cuchillo de cocina tras haber sido violada por él –según declaró ella en el juicio –en su propio lecho, tras irrumpir en el dormitorio borracho como una cuba, espitoso y con la perversa intención de someterla, en contra de su voluntad, a sus designios más carnales. Pero ¿qué llevaría a una mujer a cortar el pene a su marido? ¿Pura locura o legítima defensa? ¿O, quizá, ambas? Parece un acto sencillo pero, paradójicamente, resulta harto complicado cortarle el miembro viril a un hombre, máxime cuando quien lo hace es un individuo con un par de ovarios y, por tanto, con unos índices mucho más bajos de testoesterona. Imagino que Lorena Bobbit los seguirá teniendo todavía bien puestos sobre su útero cual si fueran dos pequeñas y valiosas gemas, como si, en verdad, fueran las auténticas joyas de la corona del feminismo moderno. El caso es que gracias a Lorena Bobbit hubo en su día caso, valga la redundancia, pero hoy, además, habemus cuento. Os cuento. El Bobbit no es más que la historia de una ida y una vuelta de un capullo. Pero no me malinterpretéis, amigos lectores. No sé si este John Wayne tendría madera de sheriff, de bandido o de cualquier intrépido capullo del oeste americano (aunque el susodicho sea natural de Nueva York) pero quiero referirme más bien al verdadero protagonista de este cuento: su glande, el cual constituye solamente la punta del iceberg de algo todavía más grande: su pistola. De ahí, supongo, el nombre de forajido que en su día le fue atribuido al señor Bobbit. “A John Wayne le cortaron el pito” cuchichearían en su momento las vecinas con sorna (en cuanto a los vecinos, después de lo ocurrido, con seguridad y premura habrían enfundado las pistolas en sus respectivas cartucheras). Pero el cuento que os quiero contar, como bien sabéis, no va de pistoleros. El Bobbit es el cuento más célebre que una mujer podría contar sin sentirse un solo instante empequeñecida por un sistema perenne de dominación masculina que todavía hoy no deja crecer a las mujeres hacia una verdadera igualdad respecto a los hombres. La existencia en el mundo laboral de múltiples techos de cristal (o barreras invisibles e infranqueables construidas por oscuras y poderosas manos masculinas) sigue perpetuando hoy una desigualdad intolerable en el seno de nuestra sociedad. No planteo aquí una nueva teoría de la conspiración, ni tampoco me considero uno de esos ‘conspiranoicos’ que creen ciegamente en Astar Sheran, el líder espiritual del movimiento New Age y presunto comandante extraterrestre de una presunta flotilla intergaláctica de platillos voladores que, según se cree, salvará a la humanidad el día del juicio final, ayudándola a potenciar todas sus virtudes. Quizá en Fantasía todo sea posible y hasta puede que, tal y como se comenta en las redes sociales, muera un unicornio por cada libro vendido de Belén Esteban, pero en el mundo real la desigualdad de género entre hombres y mujeres está al orden del día. No es esta la mera opinión de un escritor, sino una realidad manifiesta en la estructura social que numerosos datos estadísticos (y no estadísticos) se encargan de confirmar anualmente. Sin embargo, la metáfora sociológica del techo de cristal nos conduciría ahora a otro tipo de violencia de género que quizá debería contar en otra ocasión. Cortar miembros es algo mucho más jacobino, radical, y por ende, os hablaré, como bien habréis observado, de la violencia feminista más extrema. El Bobbit no es una historia convencional de envenenamiento o de terror psicológico inflingido por una esposa sobre su marido. El Bobbit trata, sin más, de arrancar de cuajo la raíz de la violencia machista. Así pues, este relato se convierte en un caso atípico de auténtica furia feminista cuando, irónicamente, no es más que una versión feminizada, aunque más “corta”, de la versión más extrema, extendida y lamentablemente típica de violencia machista basada en el puñetazo clásico de John Wayne; la descarga más cobarde que puede ejecutar un hombre, con los huevos cargados de testoesterona y el espíritu vacío de dignidad, sobre una mujer. Pero, inevitablemente, un cuento tan delicado como El Bobbit debe ser tratado con ciertas dosis de humor ácido porque, por el contrario, su misma naturaleza ácida podría provocar a más de uno verdaderos ardores de estómago. No hay que olvidar tampoco que, en casos como este, cuando apenas queda ya un atisbo de respeto en la vida de una pareja, sólo restan en su estado más puro la violencia y la locura. En efecto, la estremecedora violación del sr.Bobbit –que es la culminación de una larga e intensa trayectoria de violencia machista– precedió a la no menos escalofriante amputación parcial de su pene, el cual pasó a engrosar la lista de una de las torturas más viles y universales de la historia de la humanidad –que, por cierto, explica la existencia de eunucos en las civilizaciones antiguas–, debido a un arrebato de locura súbita de la señora Bobbit (en legítima defensa, claro) al “tirar de la anilla” y hacer volar por los aires su maltrecho matrimonio, lanzando por la ventana la verga sangrante de su marido cual si de una granada se tratara –aunque la susodicha fuera, más bien, del tamaño de la anilla– convirtiendo aquella media picha en el trofeo más preciado por las masas sociales feministas de los años noventa. Actualmente, por suerte, las tesis feministas siguen contribuyendo a equilibrar a escala global –y muy a pesar del patriarcalismo dominante en la mayoría de culturas– la antigua y ya caduca visión masculina del mundo. La historia de El Bobbit es, pues, el viaje de una ida y de una vuelta de medio miembro viril del sr.Bobbit, que permaneció horas y horas olvidado en una carretera secundaria del estado de Virginia, tristemente separado de su amo y haciendo autoestop con la intención de regresar algún día a casa. Los pocos coches que circularían por allí debieron pasar de largo sin apenas divisar sobre el asfalto algo parecido al cadáver descompuesto de un ratoncillo de campo. Mientras tanto, las emisoras de radio locales y estatales daban ya la noticia de la espeluznante e inédita agresión de la señora Bobbit sobre su marido. Cuántos hombres se estremecieron con aquella noticia, es difícil de saber, pero, aunque no ha sido el primer caso de la historia de la humanidad, ni el único, ni, probablemente, el último –y no incluimos aquí las ablaciones de clítoris–, aquel certero corte de pene ha quedado para siempre enmarcado en el imaginario colectivo como la amputación más “glande”, singular y mediática del siglo XX. Y no os engaño. “Glande”, por razones obvias. Mediática porque por una vez que se la cortan a un hombre moderno –el tiempo de los eunucos ya pasó– se entera todo dios, y singular, porque, en realidad, aquella mutilación resultó ser milagrosamente reversible, pues tras casi diez horas de operación el floripondio del señor Bobbit regresó, felizmente, a sus genitales. No es que el hombre encontrara su particular ‘aguja’ en el inmenso ‘pajar’ del estado de Virgínia, sinó que fue la señora Bobbit quien, arrepentida por la atrocidad que había cometido, llamó a la policía local, la cual, a la postre, acabó recogiendo del suelo la media bellota de su marido, empaquetándola entre cubitos de hielo en dirección al hospital donde permanecía ingresado. Los doctores James T. Sehn y David E. Berman lograron al fin reimplantarle el miembro y en un año el sr. Bobbit recuperó completamente sus funciones sexuales, consiguiendo reducir a mero incidente lo que podría haber sido, sin duda, uno de los dramas más terribles que un hombre puede llegar a soportar en vida: ser un eunuco de los tiempos modernos y cultivar exclusivamente el intelecto como único remedio contra un eventual suicidio (el dilema es si, a pesar de lo amputado, habría cojones para intentarlo). ¿Eunuco o muerte? En efecto, uno u otro habría sido el destino del señor Bobbit de no ser por la mano de santo de los ya mencionados y distinguidos doctores. Sin embargo, a medida que voy leyendo la historia de El Bobbit, voy descubriendo más cosas. Por lo visto, actualmente, el amigo John Wayne sigue siendo un hombre agresivo, lo cual, sin lugar a dudas, nos sugiere que este tipo duro del lejano este americano debe tener más testoesterona en los testículos que fósforo en el cerebro. Quizá debió tomarse demasiado a pecho las bromas que durante al menos una década entera le hizo medio mundo acerca del incidente. Sin embargo, ahora parece que el caso Bobbit ha caído en el olvido. Por eso he venido hoy a rescatarlo, para que siga vivo en la memoria colectiva. Las mujeres deben comprender, por si acaso, que partirle el ciruelo a un hombre es un acto vil del todo intolerable y, del mismo modo, por su parte (y, sobretodo, por sus partes), los hombres deben entender que la mujer no debe ser en ningún caso un mero objeto de su propiedad. ¡Tenemos que aprender del pasado! Aunque, en realidad han pasado ya más de dos décadas del incidente de la família Bobbit y aquí todos seguimos contando chistes –y sin duda los sexuales son siempre los que más triunfan– con la intención quizá de sacar hierro al drama de la vida, pero llegando a caer a veces en el completo desequilibrio, pues la broma constante a menudo tiende a convertirnos en auténticos reyes de la insensatez. Claro que hay que hacer broma acerca de todo, pero con elegancia, respeto y, sobretodo, sensibilidad. Os quiero confesar que, en el fondo, no quiero frivolizar con esta historia real que parece, más bien, una leyenda urbana. Es más, pretendo empatizar con la familia Bobbit, con el amigo John Wayne y con la amiga Lorena Leonor –actualmente divorciados, huelga decir– pues ambos se hicieron tristemente famosos por culpa de su propia mezquindad. Y la mezquindad humana no es per se una cosa graciosa. Lo contrario, da pena, mucha pena y, quizá por eso, probablemente, junto a la perogrullada que nos dice que es mejor reír que llorar, se inventó el humor. El caso Bobbit se convirtió, pues, en carnaza para los mass media de medio mundo que, a través de los showman y comediantes profesionales, trataron de incrementar los niveles de audiencia (share) a costa de un inmenso rebaño de telespectadores enganchados a la nueva heroína del feminismo llamada Lorena Bobbit. Los Bobbit, sin duda, aprovecharían su momento de gloria para beneficiarse de algún modo de su particular drama doméstico. Las mofas de medio mundo debieron tener, al menos, alguna compensación económica a partir de entrevistas, documentales o shows nocturnos. Pero no padezcáis, curiosos lectores, pues voy subido a hombros del gigante Google para poder revelaros más detalles sobre el caso, no sin advertiros antes que internet es un colaborador traicionero, pues si escribís en el buscador la palabra “Bobbit” no sale precisamente Quizá quiso usted decir Hobbit. No. Nada más lejos de la realidad. Basta con clicar sobre el vocablo “imágenes” para ver aparecer a uno de los presuntos abogados del juicio mostrando una fotografía enorme de la triste y diminuta pistola de John Wayne tirada en la cuneta como una mera y vulgar colilla. Una imagen devastadora que, sin duda, hará estremecer y vomitar a no pocos “golpistas” de la violencia de género. Porque a mi entender, escritores y lectores, estamos aquí para dar el golpe contra la violencia de género. Por el contrario, si algunos de vosotros sois maltratadores, por favor, contemplad durante más de un minuto esa imagen macabra. No os lo toméis a mal, no es un castigo ni una tortura, sino la viva expresión de la ira femenina elevada a su máxima exponencia. Esto va en serio, amigos míos. Pensad y haced lo que queráis, pero el caso Bobbit ya no es una cuestión de mera curiosidad infantil, pues, en el fondo, sé que muchos deseáis descubrir cosas que provocan sensaciones intensas, aunque estas sean de suprema angustia. Lo llamaron en su día morbo, del latín morbus, que se relaciona íntimamente con una curiosidad malsana hacia situaciones, personas o cosas. Pero esta es una definición demasiado eufemística para morbo, pues en ella encajaría cualquier cotilla malintencionado, válgase el pleonasmo. Por morbo, como podéis imaginar, me refiero más concretamente, a un fuerte sentimiento de interés y atracción hacia hechos violentos, crueles, desagradables y obscenos. El morbo es, pues, parte de nuestra naturaleza dual y contradictoria. Cuando nos pica por ahí somos curiosos o morbosos, en función de nuestra concupiscencia (o inclinación al mal) en un momento dado, aunque a menudo quizá nunca sepamos distinguir bien una cosa de la otra ni tampoco dónde está el límite exacto entre ambas. Desafortunadamente, escribiendo El Bobbit he topado fortuitamente con la minúscula imagen de un glande que está actualmente colgado en la red para satisfacer a una gran masa social ávida de este tipo de mierdas hedonistas, válgase ahora el oxímoron. Ya os lo decía, somos tan contradictorios que hasta sentimos placer cuando defecamos. Eso es así y sabéis que no miento, bellacos. Nuestro cagalar es un contenedor de mierda y esto es muy duro de aceptar, es un drama que solemos dulcificar muy bien, sobretodo en Navidad. Y con dulcificar no me refiero a evacuar turrones sin más, sino a la tradición del belén, cuya figura popular del caganer ha cautivado a tantas generaciones de catalanes. Digámoslo alto y claro. Somos escatólogicos por naturaleza (los catalanes y el resto de la humanidad). Y es que más vale cagarse en todo de vez en cuando que acabar enterrados bajo nuestra propia mierda. Aceptemos, pues, que el cagar es la prueba definitiva de nuestra mezquindad. Sin embargo, puede que aun haya más. Quizá el cagar sea la prueba de la existencia de Dios, pues sólo Él haría de algo tan objetivamente desagradable como cagar un auténtico placer. En conclusión –y disculpad la reflexión escatológica –¡el morbo es una mierda que da placer! Pues bien, unos morbosos seréis si decidís ver la cruda imagen del ½ pene del señor Bobbit. Este cuentacuentos para adultos se la encontró por pura casualidad y ahora os la sirve en bandeja para que la rechacéis masivamente. A mí me ha transtornado por completo y tanto es así que ahora me ha dado por subir y bajar con suma delicadeza las cremalleras de mis pantalones. Manías masculinas. Ya podéis reír a gusto, amigas lectoras. ¿Creéis que no puedo oír vuestras carcajadas? En fin, lo que os decía, hay que reírse de lo dramático y nosotros, los hombres, tenemos un pene más bien pequeño y miserable –menos los africanos, claro –así que demos gracias al señor Bobbit por las precauciones que ahora tomamos para conservar íntegramente nuestro miembro más preciado. Y un consejo que seguramente muchos no necesitaréis (afortunadamente), pero, quizá sí, una pequeña minoría de tarados sexuales aficionados a la lectura (porque haberlos haylos): cuando una mujer dice no, dice No. Y si no lo comprendéis ateneos a las consecuencias. A vosotros, maltratadores y violadores, puede que os sirva como terapia ver ciertas imágenes calificadas como morbosas. Ojalá vuestras penas fueran más duras que vuestros penes. De verdad os lo digo. Ojalá también vuestra enfermedad tuviera cura, aunque en verdad, creo que es vuestra voluntad la que está realmente enferma. Sois el mal en sí mismo y os cortaría el aparato sin dudar si supiera que en su momento no lo guardasteis responsablemente en vuestro sucio hangar. Vigilad, capullos andantes, porque dispongo del pack completo: dos hijas y un juego de seis cuchillos de cocina. Qué pena que violar a una chica no implique penas más severas. Es preocupante la indefensión de muchas mujeres en tantas y tantas zonas negras del campo o de la ciudad mientras son observadas por auténticos depredadores humanos. Y cuidado, porque Lorena Bobbit estuvo muchos años durmiendo con uno de ellos. Como en el film Durmiendo con su enemigo, en el que el guionista propuso al espectador un final con muerte de pistola al estilo John Wayne, donde Julia Roberts (cuidado, ahí lanzo un spoiler) le pega un tiro certero a su marido –el del bigote –después de sufrir una serie de maltratos psicológicos y físicos –incluida una fuerte patada en la vagina que recuerdo con estupor –. Eso no se hace, bigotes, eso no se hace. Pero en el hipotético caso de que el guionista hubiera propuesto para el final un corte de pene con cuchillo jamonero, Julia Roberts habría recibido ipso facto la incómoda etiqueta de “cortapichas” y muchas mujeres seguro que la habrían vitoreado hasta la saciedad. Pero eso no, Julia, eso no… En fin, tanto el cine como la literatura deberían seguir siendo esa vía de escape que siempre han sido y la realidad nunca debería superar a la ficción, de modo que El Bobbit es un cuento que nunca debería haber contado. Por curiosidad (esta vez sí) os daré algunos datos más que os prometí hace ya unas cuantas líneas. ¿Qué ha sido de la vida de los señores Bobbit? ¿Cómo les fue desde el incidente? A continuación corto y pego la información que os brindo sin apenas haberla contrastado y aprovechando la ocasión para enviaros, estimados lectores, un cordial saludo.

Lorena Leonor

Debido a estos acontecimientos y tras el juicio, Lorena se convirtió para muchas mujeres, especialmente las que habían padecido similares situaciones, en una heroína del feminismo. En la actualidad, Lorena preside la organización, Lorena’s Red Wagon, dedicada a conseguir recursos para mujeres maltratadas que buscan ayuda psicológica y social. Lorena se divorció de John Bobbit en 1995, después de seis años de matrimonio.

John Wayne

Su entonces marido, John Wayne Bobbit, aprovechó la fama que le dio el suceso. Tras operarse para implantarse el pene, se dedicó un breve tiempo al cine porno siendo la estrella de títulos tan irónicos como “Frankenpenis”. Posteriormente a su divorcio, John ha sido denunciado en varias ocasiones por episodios de violencia. También fue condenado por su implicación en el robo de 140.000 dólares en ropa de una tienda. En 1994, fue declarado culpable de diversos cargos contra su prometida, Kristina Elliott, y sentenciado a 15 días de cárcel.

El reencuentro

Aunque Lorena le dijo a Oprah Winfrey en abril de 2009 que no tenía ningún interés en hablar con John, John y Lorena aparecieron juntos en el programa The Insider, programa de noticias de celebridades y farándula de la CBS, en mayo de 2009. Fue su primera reunión desde su divorcio en 1995.

En el programa, John se disculpó con su ex esposa, Lorena, por la forma en que la trató durante su matrimonio, y Lorena afirmó que John aún la amaba, porque no ha dejado de enviar tarjetas del Día de San Valentín, mensajes de textos y flores.

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“Los verdes campos de Ítaca”, de Julio García Llopis, en Ediciones Atlantis

Ediciones Atlantis confió en Julio García Llopis para publicar “Los verdes campos de Ítaca”. PUedes leer los comienzoas de este maravilloso relato.

PRÓLOGO

Soplaba un viento recio, ahuyentador de nubes bajas, con sabor a yodo. Iraila, septiembre, mes de los helechos y las avellanas. Pero allí, silencio eterno, solo crecían ramos de flores mustias y fotografías ajadas.

El ángel de piedra, el Innombrable, musitó:

—Es la hora.

Y voces sin cuerpo, remedos del viento recio, repitieron:

—¡Es la hora!

El ángel de piedra, el Innombrable, alzó sus alas quietas.

—Ha de regresar —dijo—. Su lugar está donde debe estar, entre el polvo de huesos de sus antepasados. Tiene el lecho preparado, la morada angosta de la que nunca se sale. Cuando el viento recio se vuelva para él viento negro, nuestra fiesta será su fiesta, nuestra triste alegría su alegría.

“Hace años que abandonó la tierra madre; casi el doble de las horas de un día. Por entonces, el jinete armado araba los campos con pólvora y la bienvenida a los nuevos era continua. ¿Recordáis?”

—¡Sí, sí, recordamos! —hicieron eco la calavera, el atlante, el marino, el niño.

—Él, como aquel otro Ulises legendario —prosiguió el ángel—, combatió en una guerra cruel que los anales registrarán a fuego hasta la consunción del universo. Pero los hados de la victoria no fueron propicios a los suyos. La espada de un hombre ambicioso, hoy también en el reino de las sombras, se impuso al coraje de las ideas. Así empezó su destierro. Y hubo otra guerra; pueblos contra pueblos, mar, tierra, aire, infiernos, desatados. Y Ulises volvió a luchar por el concepto abstracto de libertad. Cuando amaneció la paz sobre el mundo, su paz seguía siendo la de los vencidos. Invadido su país, proscrita su lengua, atropellada su cultura, no quedaba reducto para la esperanza. Como tantos otros, el peregrinaje fue su castigo. Y conoció nuevas tierras. Gentes, pampas, puertos, ciudades; siempre oteando cambios, siempre inútil la búsqueda.

—¿Y las ramas de su tronco? —preguntó la calavera.

—Nació una —repuso el ángel—. Un varón fuerte, de carácter inquieto, con el latido de la raza en las venas: ojos, boca, nariz, mentón, estatura… Pronto entendió que su sitio no estaba en la Cúpula, la morada fetal de los poderosos junto al mar contaminado, y rompió amarras de clase. A él le toca el papel de Telémaco en esta historia reinventada.

—¡Haznos ver a Penélope y a los pretendientes! —suplicaron el niño, la rosa, el ramo y la cruz.

—Penélope esperó —continuó el angel, con un crujido de sus alas quietas—, soportando el desprecio de la Cúpula. Los elegidos no aceptan intrusos, y ella era reo de intrusismo por su unión con Ulises. Llegaba de las castas bajas, del limo sudoroso que apuntala cimientos y ara surcos. Fue marginada, aislada, reducida al olvido. Entretanto, los hermanos del hermano mayor, de Ulises peregrino, controlaban el reino de los bloques ensamblados, las soldaduras chispeantes, los barcos que se botan de noche, como ladrones. Ocuparon el palacio con sus mujeres y sus vástagos, y acudieron a la diosa de los ojos vendados, el fiel del derecho, para que se le declarara muerto.

—¡Muerto! ¡Muerto! —se alzaron murmullos desde Aitzerrota hasta Punta Galea.

—Sí, muerto —dijo el ángel—. Pero ella enseñaba cartas, mostraba sobres con sellos extraños, y la rabia mordía labios y fruncía ceños. Hasta que un día —Día humano, hoja del calendario—, no pudo mostrar más cartas. Ulises callaba en su refugio último, envuelto en perfumes y en colores que manchan.

—¿Sabes tú dónde se oculta, ángel? —inquirió el atlante.

—Yo sé todo lo que se me permite saber —contestó el Innombrable—. Está en un lugar donde se trenza espuma de olas y la vista recorre horizontes siempre brumosos. Allá todo es orden natural, cuevas, abismos, bosques, gigantes de granito. Y moradas…

—¡Moradas! ¡Moradas! —reflejaron asombro las voces.

—En el paraje del que os hablo —dijo el ángel— hay campos sembrados de altas moradas, sin cruces, ni cercas de granito, ni frases indelebles. Polvo de humanos primitivos hace crecer la hierba y se escuchan gritos de aves picudas sobre los acantilados que devoran el vértigo. El legendario Ulises añoró a su vez esta costa cuando las corrientes le arrastraban hacia las fauces inevitables de Escila y Caribdis.

—¿Es deso de este otro Ulises querer regresar a su tierra? —quiso saber el marino.

—Ulises sueña despierto —repuso el Gran Alado—. Muchas veces camina distraído al borde del vacío mientras sus pensamientos vuelan lejos. Ha entrado ya en el tercer sendero de la vida, el definitivo, y puede más en él el torbellino del pasado que las caricias jóvenes o el correr de pinceles sobre la tela blanca. Lo escrito se cumplirá.

—¡Cumplirá! ¡Cumplirá!

El ángel de piedra, el Innombrable, orientó entonces sus alas trabadas hacia el panteón gris, de mármol fino, en cuya losa se leía “Familia Mendiguren” y con su pluma más fina caligrafió un nombre sobre el nicho vacío:

ULISES MENDIGUREN

El viento recio soplaba sin tregua, poniendo escalofríos de otoño en un mar de chocolate.

UNO

Pero se me parte el corazón a causa

del prudente y desgraciado Ulises, que

hace tiempo padece angustiado lejos

de los suyos…

(La Odisea. CantoI)

¿Mi padre?

—Soy… era un buen amigo suyo. Me llamo Aldamiz, Julio Aldamiz.

La primera impresión —su aspecto, el bulto que llevaba bajo el brazo— le hicieron pensar “Un representante”. Llegaban a diario a la Galería, más ahora que el trabajo escaseaba y la gente se agarraba a lo que podía. Pero luego, no; demasiada altivez en su mirada. “¿Es usted Aitor Mendiguren? Vengo a hablarle de su padre”.

Era un hombre alto, de pelo canoso y edad indefinida; esa frontera de más de sesenta años, aunque imprecisa, bien conservada.

—¿Mi padre?

—Soy… era un buen amigo suyo. Me llamo Aldamiz, Julio Aldamiz.

Estrechó Aitor su mano adelantada, apretó unos dedos nudosos, sin flojera en el choque.

—Acompáñeme, por favor. Estaremos mejor en el despacho.

Cruzaron la sala —exponía Villegas, el seudopuntillista; un plomo—, subieron las pequeñas escaleras hasta el santuario de los números. “¡Dios, no se vende una gorda!”.

Frente a frente, en sillas metálicas desvencijadas, interrogante él, dispuesto el visitante a romper el hielo.

—Una bonita sala de exposiciones… —Y, fijando la vista en el bodegón de la pared, su primera época—. ¿Pinta usted también?

—Algo. Lo imprescindible para justificar mi comercio con el arte.

“O para tapar a pinceladas mi frustración —pensó, fiel a su manía de dar continuidad mental a las frases—. La pintura es el clavo ardiente de los indecisos”.

El hombre había aprovechado la pausa para sacar de su gabardina una bolsa de cuero. Extrajo del interior una pipa curva y empezó a cargarla con gestos calmosos, de fumador experto.

—Su padre era un gran dibujante —dijo, mientras distribuía el tabaco en la cazoleta—. Le recuerdo siempre con un bloc bajo el brazo, casi negras las pastas a fuerza de usarlo. Tomaba apuntes de cuanto veía: paisajes, rostros, situaciones… En el frente le llamábamos Matalápices.

—¿Estuvo con él en la guerra? —inquirió Aitor, tratando de parecer cortés.

Su interlocutor prendió fuego a la mezcla. Aspiró con fuerza y un humo dulzón se extendió por la habitación.

—Más que eso —repuso. Masticadas las palabras, acento de pipa—. Estudiamos juntos, jugamos juntos a la política. Luego, llegado el momento, también luchamos en el mismo batallón. Lo que se dice una amistad firme —añadió con una sonrisa.

—¿Ha vuelto a verle desde entonces?

—No. Cuando cayó Bilbao y nos replegamos hacia Santander, perdí su rastro. A mí me hicieron prisionero los italianos en Santoña. Supuse que había logrado escapar de la encerrona.

—Ya… —puso Aitor en la palabra un tono de incomodidad. No andaba sobrado de trabajo, pero tampoco le agradaba la perspectiva de forzar la conversación con un desconocido, ignorando sus reglas de esgrima.

—Espero que no le haya incordiado mi visita —pareció interceptar sus pensamientos el hombre—. Imaginé que le gustaría saber cosas que solo él hubiese podido contarle. Tener padre es algo que no aprecian más que aquellos que lo han perdido o nunca lo conocieron.

—En absoluto, en absoluto… —se apresuró a responder Aitor. “Vendo cuadros, pero también cortesía”—. Solo que me resulta chocante estar hablando con usted de mi padre. Es como evocar a un…

—¿Fantasma?

—Algo así. Hace más de diez años que no tenemos noticias suyas. Su última carta estaba fechada en la Argentina. Decía que pensaba establecerse en Francia, para estar cerca cuando reventase la dictadura. Desde entonces no volvió a escribir —hizo una pausa dolorosa: nervios en el estómago—. Ama es la única que aún conserva la esperanza. “Sé que vive”, insiste. Y se aferra a esa idea con todas sus fuerzas.

—Es probable que acierte —Se acomodó mejor en su asiento Julio Aldamiz, dio una nueva chupada a la boquilla—. Las mujeres poseen un sexto sentido que rara vez las engaña.

—Pero, si vive, ¿por qué no se ha puesto en contacto con nostros? Casi todos han retornado ya —replicó Aitor, un nuevo espasmo estomacal pidiendo el cotidiano café bien cargado.

—A veces concurren motivaciones impensables, circunstancias difíciles de enjuiciar. A cierta edad, usted lo comprobará algún día, las decisiones se toman con lentitud, requieren un complejo proceso de elaboración mental. No basta el “quiero”. Intervienen otros factores como “me encuentro dispuesto”, “estoy preparado”, “voy a”… Está también el miedo a recobrar el pasado ¿Se imagina? Dejó a una mujer joven y la semilla de un hijo en su vientre. Iba a encontrarse con una anciana y un hombre adulto que ha de llamarle papá. Algo duro, ¿no le parece?

—Pudo habernos avisado para que nos reuniéramos con él. Hubiésemos compartido su vida, por muy difícil que resultara.

—Compartir, ¿qué? ¿Su amargura de exiliado, su vagar constante, su inseguridad económica? Sabía que, aquí, su madre y usted tenían cubiertas las necesidades básicas. Por otro lado, todos conservábamos la vana ilusión de que el régimen no duraría mucho. “Cuando ganen los aliados, cuando el bloqueo económico los obligue a ceder, cuando muera Franco…”. No sabe lo que eso significa. Mi caso fue diferente, aunque en cierto modo similar. Al salir de la cárcel, me desterraron a Andalucía, a Huelva; todo el país de por medio para aislarme de lo que había sido mi existencia anterior. Tuve que partir de cero; una nueva identidad. Ser un lobo solitario me ayudó a resistir. No lo hubiera soportado si alguien —una mujer, un hijo— se hubiesen visto forzados a seguir mi calvario.

Amagó Aitor una sonrisa irónica. “Nosotros castrados; ellos masoquistas —pensó—. Gozan con el relato de sus sufrimientos.

—No deja de ser una forma de cobardía —repuso.

—O de fatalismo; la actitud de los personajes de la tragedia griega. ¿Ha leído a Homero? Puedo asegurarle que entre los dos Ulises, su padre y aquel Odiseo mítico enfrentado a la ira de los dioses, que hundían sus barcos, dejaban morir a sus compañeros y retrasaban indefinidamente su vuelta a Ítaca, existen curiosos paralelismos.

Aitor empezaba a irritarse, consciente de que el absurdo diálogo estaba llegando demasiado lejos. Sin embargo, algo frenaba su impulso de levantarse, cortar con un “perdóneme, estoy muy ocupado”, y salir a tomar el café que su cuerpo reclamaba desde hacía tiempo.

—Escúcheme… —dijo con calma—. El único paralelismo posible es el onomástico. Descendemos de una estirpe de marinos. Aunque con el abuelo se interrumpiera en parte la tradición, me parece perfectamente natural que pusiese a su primer hijo un nombre relacionado con la mar: Ulises, Jasón, Cristóbal… No creo que en esa coincidencia exista nada esotérico.

Esta vez fue Julio Aldamiz quien se envaró en su asiento.

—Me toma por loco, ¿verdad? Lo leo en sus ojos… Pero concédame al menos unos minutos más para que le cuente una pequeña anécdota —Sin esperar respuesta, reavivó con una larga chupada el brasero de su pipa y prosiguió—. Durante la ofensiva de Vitoria, nos quedamos aislados en una colina, cerca de Villareal. Como nuestro capitán había muerto en un reciente bombardeo, Ulises, su padre, recientemente ascendido a sargento, tuvo que tomar el mando de la compañía. Se ganaban estrellas con facilidad, ya sabe. Los nacionales pegaban fuerte por el norte. No nos quedaba otra salida que replegarnos y abandonar la posición. “Vamos a intentar una vieja treta”, me dijo, “tal vez tengamos suerte”. El reconocimiento del terreno nos había permitido localizar, por casualidad, una profunda cueva cuya entrada quedaba oculta entre zarzas. Eligió su padre diez voluntarios y, mientras el resto nos retirábamos hacia el sur, abandonando la cota, se escondieron en el interior de la gruta. Los nacionales tomaron la colina durante la tarde, seguros de no encontrar resistencia, como así fue. Desde nuestra nueva posición veíamos las hogueras y escuchábamos sus canciones con el temor de que, en cualquier momento, fueran descubiertos nuestros camaradas y terminara de modo trágico aquel loco intento.

Hizo Aldamiz una nueva pausa de humo antes de continuar:

—Habíamos convenido contraatacar a medianoche. A esa hora lanzamos fuego de artillería e iniciamos el avance. Fue la señal para que ellos salieran… Cogidos entre dos flancos, los franquistas creyeron que se les echaba encima todo un ejército. Así reconquistamos el montículo sin apenas bajas.

Aitor tuvo que reconocer las facultades narrativas de su visitante. Aunque la guerra civil solo significaba para él un mero hito de reflexión histórica, el relato —quizás a causa de la identidad biológica con su protagonista— había conseguido materializar por un momento fusiles, metralla, explosiones y muerte.

Suspiró. Suspiro masculino; aire con fuerza por la nariz que descarga tensiones.

—Increíble… —musitó.

—¿Le resulta increíble mi historia? —preguntó Aldamiz.

—Me resulta increíble todo: usted, la conversación que estamos manteniendo, esa caricatura mitológica de un padre al que ni siquiera conozco.

Se puso en pie Julio Aldamiz con brusquedad, un gesto crispado en la comisura de los labios.

—Lo lamento… Ahora comprendo que no debí venir —Y rechazando el gesto de Aitor para acompañarle—. No se moleste, gracias; conozco el camino.

Le siguió Aitor en picado creciente mientras iniciaba el descenso de la escalera. Sus blancos y espesos cabellos, iluminados por las luces indirectas de la sala, brillaban con intensidad; un aura que —pensó— tenía aspecto de casco guerrero.

De pronto, al llegar al último peldaño, se volvió hacia él.

—Me olvidaba —dijo—. El paquete que traía era para usted. Acéptelo como regalo de un pobre loco.

Y su mutis dejó pasos prendidos entre las telas de Villegas, el seudopuntillista.

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“Catalonia Paradis”, de José Vaccaro, publicado por Ediciones Atlantis

Este es el comienzo de “Catalonia Paradis”, de José Vaccaro, en Ediciones Atlantis.

 

Catalonia Paradís

José Vaccaro Ruiz

Los hechos, personajes y situaciones de Catalonia Paradís son fruto de la imaginación del autor. Lo que éste no puede afirmar ni negar es que cualquier parecido con la realidad sea o no pura coincidencia.

Prólogo

Siempre resulta arriesgado encargar a un psiquiatra una introducción o un prólogo, y el riesgo nace de la “manía” o también llamada “deformación profesional” de estos sujetos por desentrañar los intríngulis psíquicos de aquello que prologan, de buscar los fantasmas inconscientes que siempre yacen tras las conductas humanas, y cómo no tras las palabras escritas como representación éstas últimas de la personalidad del autor.

Pero el que así arriesga, ya sea autor o editor, demuestra su valentía, y en cierto modo se desnuda para ofrecer con sinceridad una obra y el esfuerzo que ésta siempre comporta.

En este caso de CATALONIA PARADIS el riesgo es además doble, y tiene dos direcciones, ya que por una lado estamos ante una novela negra con contenido político criminológico, y un fundamento basado en la consabida “corrupción urbanística”, y por otro el autor que es un profesional de calado en la materia que la novela expresa, un arquitecto y abogado, ahí es nada.

Pero por añadidura el riesgo se vuelve además contra el prologuista ya que no es conocedor de las “bambalinas” de los asuntos de recalificaciones y otras “menudencias” de tipo urbanístico, a pesar de lo cual confiesa subyugado por la lectura de la novela el ardor y rotundidad de la misma.

Estamos en CATALONIA PARADIS ante el abismo del alma humana cuando se enfrenta a los intereses “terrenales”, cuando chocan las ideas y los ideales con la cruda realidad, estamos pues ante el eterno tópico de ¿cuál es el precio en que cada uno se valora a sí mismo?.

La novela, tejida en un lenguaje llano, pero denso, fácil pero técnico, y psicológico hasta el detalle, saca a la luz las oscuridades de los intereses del capital frente a cualquier otra consideración, desgrana las bajezas de los que gobiernan y deciden, disecciona con maestría y franqueza el “gran teatro socio-político” en el que se mueven todas las decisiones y al final coloca al “poder” en el lugar que le corresponde, las sombras.

El amigo Vaccaro con el conocimiento largo y tendido del mundo urbano, de la gestión, y de las leyes que nacen y mueren a conveniencia de unos pocos, ha sabido entregarnos a manera de un test proyectivo de su personalidad lo que debe ser el fiel reflejo del mundo de la política y los intereses comerciales, tras los cuales, como no podía ser de otra manera siempre hay personas.

En CATALONIA PARADIS además tenemos un amplio muestrario de seres humanos con sus luces y sus sombras, y tras cada diálogo se retrata una conducta, unos anhelos, y por así decirlo un deseo en el fondo de encontrar una verdad a la que agarrarse y dar sentido a la vida. Y es que la vida no se debe vivir sin un sentido o soportando una presión moral más allá de lo razonable.

Carles Granell no pudo más, y a pesar de tener un buen corazón, una gran inteligencia y unos principios morales notables para estos tiempos, finalizó su vida por la vía rápida ante demasiado peso sobre sus hombros, y en la carta que dejó a su mujer hizo el descargo de conciencia que necesitaba dando así al principio de una cadena apasionante de movimientos que la novela desgrana de manera meticulosa y que impiden coger siquiera el aliento hasta llegar al final.

Para un psiquiatra y forense como un servidor ha sido un placer leer un relato tan bien construido y con tanto fundamento moral como CATALONIA PARADIS, ahora bien un consejo: Prohibir su lectura a los políticos, por peligro de muerte psíquica.

PRIMERA PARTE

1

Carles Granell i Sobrevíes, director de urbanismo de la Generalitat de Catalunya desde hacía seis años, levantó su Parker de la hoja escrita y releyó atentamente aquellas manchas de negro sobre blanco, que debían ser el último testimonio de su paso por este mundo. Solamente añadió una coma, lo firmó y lo introdujo en un sobre con indicación del destinatario: «Para Marta». El texto lo tenía decidido y memorizado desde hacía días, por eso le fue posible escribirlo de corrido. Era un mensaje de despedida corto y preciso, propio de su estilo, en él pretendió resumir el cariño que le significaba su mujer y al tiempo, pedirle perdón por haber edificado aquellos más de treinta años de convivencia sobre una simulación y una mentira.

Se levantó, dejó el sobre cerrado encima de una de las dos banquetas del recibidor de su antiguo despacho profesional, para que quien entrara lo viera inmediatamente, y regresó al taburete colocado frente a su mesa de dibujo, en la cabecera de la hoy desierta sala de delineantes. Allí, donde tiempo atrás había desarrollado su trabajo de arquitecto liberal, ahora, de vez en cuando, acudía a lamerse las heridas que la vida y su labor al frente del urbanismo catalán le deparaban (claudicaciones, complicidades, verdades a medias, codicias y miserias), que en aquel lugar, como si del útero materno se tratara, completamente a solas y en silencio con sus pensamientos, era capaz, tras horas de reflexión, de cicatrizar y cerrar. Abrió el cajón del mueble auxiliar, situado entre los caballetes que sostenían el tablero de la mesa, y sacó la pistola Astra 300, comprobó que estaba cargada y le quitó el seguro, al tiempo que la miraba como algo extraño, a pesar de la cantidad de ocasiones en que la limpió, engrasó y usó. Veía la cuadrícula del grabado en relieve de la negra culata, la oscuridad y el rayado del ánima de seis estrías del cañón, su peso, el roce frío del metal y el pavonado del acero, dotados de un sentido y una imagen distintos a lo habitual. Posiblemente, esa diferente percepción del arma, tantas veces empuñada y disparada en Montjuich, respondía a la conciencia de ser el instrumento de muerte elegido para acabar con su vida.

Quemar pólvora las mañanas de los sábados servía para eliminar el sobrante de adrenalina que la dirección de urbanismo le generaba. Podía saberse su estado de ánimo por las cajas de munición gastadas en cada visita al túnel de tiro.

Siempre le habían atraído las armas. Le gustaba estudiar los detalles del percutor, ánima, calibre y centro de gravedad, pensando en el tiempo y la dedicación empleados en hacer aquellos objetos lo más eficientes a la hora de escupir dolor y muerte. El Astra 300, que empuñaba, era conocido por los coleccionistas con el sobrenombre del Purito. El apelativo le venía de que el modelo 300 tenía un hermano mayor, el 400 de calibre 9 largo. En la diferencia entre uno y otro había una explicación. Ambas fueron pistolas reglamentarias en el ejército español pero la 300, de menor peso y volumen, se empleaba en los desfiles y los trajes de gala para lucirla como un entorchado más, mientras que la 400, más pesada y potente, estaba destinada a masacrar en la lucha cuerpo a cuerpo. Se hizo con el Astra 300 en una subasta de reliquias procedentes de la División Azul, prefiriéndola a partir de entonces a la S&W 40, más moderna, anatómica y ligera, pero carente del tacto aristado de la otra. Como alguien le dijo, al Astra, cúbica y lineal, debías adaptarte tú, mientras que otras, como la S&W, eran ellas las que se ajustaban a la mano que las empuñaba. ¿Quizá su propia vida de flamante y triunfador urbanista —pensaba ahora— había sido una permanente adaptación y acomodo a lo que le venía desde fuera, sin cuestionamiento alguno por su parte?

Con el arma en su mano, dirigió la vista a su alrededor. Objetos y detalles colocados aquí y allá, que traían a su memoria escenas y acontecimientos del pasado. De su época de becado estudiante de Arquitectura conservaba una regla de cálculo capaz de darle al momento, con solo mover el cursor, la cuantía de las armaduras del hormigón armado, un trasto ahora inútil frente a los ordenadores de bolsillo que permiten, tocando una tecla, conocer el número de hierros para cualquier estructura. Entre los libros, y en lugar preferente, los textos de Resistencia de Materiales y de Estática, rellenos sus márgenes de anotaciones y apuntes hechos con lápiz de mina dura y letra minúscula, los tres tomos de Análisis Matemático de Pi Calleja y, guardados en cilindros metálicos, varios rollos de planos de papel vegetal con sus trabajos de la asignatura de Proyectos en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Diagonal.

Destacaba el título, enmarcado con un ancho paspartú. Un diploma cargado de cenefas encabezado con la pomposidad de «S.M. el Rey Juan Carlos I y en su nombre el Ministro de Educación…», con la firma en uno de sus ángulos de un funcionario habilitado, que era quien al final certificaba su validez. Prácticamente ni un vacío en las paredes, empapeladas con perspectivas y distribuciones de sus primeros trabajos. Un bloque de apartamentos en Ocata que, como una parte importante de aquellos anteproyectos, no llegó a formalizarse, los esbozos en brillantes colores de un plan parcial en Badalona que le «pasó» el arquitecto del ayuntamiento y diversas propuestas de ordenación urbanística, especialidad a la que finalmente se dedicaría. Ese plan parcial de Badalona, que contaba desde el inicio con el interés y la «colaboración» del municipal, sí que llegó a hacerse, aprobarse y cobrarse, contrariamente al bloque de apartamentos de Ocata.

Allí estaba su vida, no solamente la profesional, sino también la familiar. Una fotografía de Marta, enmarcada y colocada encima de la mesa de dibujo, ocupaba un lugar preferente en sus recuerdos. Su despreocupada sonrisa, mirando a la cámara, le retrotraía al viaje a Grecia donde tomó la instantánea. Coincidió con el primer encargo de un edificio plurifamiliar, dejados atrás los remiendos y las mal remuneradas obras de apeo y reforma. Como escenario de fondo, detrás del rostro alegre de la mujer, se vislumbraban las Cariátides del Partenón y un nítido cielo azul haciendo juego con sus ojos. Fueron dos semanas llenas, aparte de horas de autocar, de momentos felices que regresaban ahora en cascada. Corfú, Mikonos, la plaza Sintagma, lugares recorridos a toda prisa, comandados por guías más empeñados en que compraran platos de cerámica y esculturas de terracota que en impartirles cultura, a los que él daba la vara con preguntas para las que no tenían respuesta (el segmento áureo, el canon de Fidias). Viaje hecho, de punta a punta, cogido de la mano de aquella mujer atenta y arrebolada ante las explicaciones que su hombre, él, pedante y erudito, le iba dando sobre arquitrabes, metopas, frisos. La emoción sentida ante el bronce del auriga de Delfos, su oráculo, la estatua de Poseidón, el estadio de Olimpia. Hubo después más viajes y más fotografías y videos, pero el de Grecia tuvo un sabor especial, para él y para Marta.

Y, como el momento de máxima realización profesional, su nombramiento como director de urbanismo reflejado en la carta enmarcada y colocada junto al título, firmada por el Honorable Conseller d’Obres Públiques i Urbanisme [Honorable Consejero de Obras Públicas y Urbanismo]. Recordaba los ojos de su mujer llenos de satisfacción y orgullo cuando le dio la noticia, viéndolo como el ser que había colmado todos sus sueños, la persona más inteligente y adorable de la creación.

Giró la vista al amplio ventanal, que mostraba el patio interior de manzana que daba fachada a su despacho, con la perspectiva de las azoteas del barrio de Gracia, surcadas por alambres con ropa tendida mecida al viento, un bosque de antenas por encima de los edificios y los tiestos amorosamente dispuestos en las terrazas, repletos de geranios, rosales o claveles. El mismo paisaje urbano, prácticamente inalterable hacía decenios y que él, tantas veces y durante tantas horas, había contemplado desde su mesa de dibujo sin verlo, meditando, abstraído en cómo resolver una fachada, una zona verde o un equipamiento. Un panorama que ahora tomaba un sentido especial y único, cual un amigo que le hubiera acompañado y protegido durante aquellos años, y que ese día estaba allí como un camarada fiel para escoltarle en su definitivo viaje.

En el dibujo asistido por ordenador, solo la pantalla de cristal líquido y el teclado tienen importancia, careciendo la luz natural de la mínima relevancia, al revés de lo que sucedía cuando el lápiz, la goma y el escalímetro eran los instrumentos a manejar. Ahora estaba uno obligado a concentrarse en el universo limitado y concreto del rectángulo luminiscente que contenía los puntos, las líneas y las superficies del plano que iba perfilando y a los que se iba acercando o alejando con periódicas órdenes de zoom acompañadas de alarga, recorta, perpendicular. La claridad del día representaba un incordio y una distracción, algo muy distinto a sus comienzos, en que era el don más preciado de un despacho de arquitectura. Pero Carles gustaba, tanto en sus inicios de usuario de lápiz de mina Faber Castell como luego con el ratón como herramienta de trabajo, de vez en cuando, y durante largos ratos, abandonar aquel hermético y cerrado entorno del papel cebolla o la pantalla informática y dirigir su mirada lejos, atravesar el ventanal situado a un metro y medio escaso y otear lo que ocurría en las azoteas del variopinto patio de manzana. Disfrutaba contemplando las labores de regado y cuidado de las plantas que una desconocida mujer, apareciendo por una puerta estrecha y carcomida, realizaba en su espacio de terraza cada tarde durante un par de horas, ya fuera invierno o verano, dedicada a la limpieza de las hojas secas, a la poda de las plantas, a rociarlas con antiparásitos y a abonarlas. O de la visión del viejo achacoso que sentado al sol de la mañana, entre acceso de tos y acceso de tos, fumaba con placer pecaminoso el caliqueño o el toscano, que el médico de cabecera le prohibió bajo pena de muerte, escondido en un rincón y atento a no ser sorprendido por su mujer, su hija o su yerno. Y también de la matrona que en verano tomaba el sol en bikini para regocijo de los delineantes de su despacho, a los que, en más de una ocasión, sorprendió agazapados tras el cristal para ver bajarse la tira del sostén con la esperanza, jamás colmada, de poder atisbar la areola del pecho. Tal vez esa contemplación de la vida que latía a su alrededor era un reflejo de su propio trabajo de arquitecto, la búsqueda de inspiración para que de los dibujos, surgidos de su lápiz o de su ratón, resultara la existencia de aquellas gentes anónimas —la jardinera, el bronquítico, la pechugona— más ordenada, más plena y feliz.

Sintió que el momento que estaba viviendo, aquella evocación, era el último instante feliz de su existencia y decidió apurarlo y alargarlo al máximo, aun sabiendo que su presencia, ausente de las reuniones previstas para esa mañana, ya había sido notada, convencido de que su móvil, puesto en la función de silencio y postergado en el bolsillo de su pantalón, tendría decenas de perdidas y mensajes. Pronto, dentro de unos minutos, ya nada importaría. El patio, sus recuerdos y, por supuesto, las llamadas por atender quedarían en una dimensión inaccesible cuando fuera un montón de carne inanimada.

La otra vida y lo que significaba aquel tránsito voluntario, para una persona creyente y practicante como él, había sido un problema a resolver. La doctrina de la Iglesia católica es muy clara y dura para con los suicidas, negándoles el pan y la sal de la gloria eterna, incluso, hasta hacía poco, la sepultura en tierra bendecida. Pero el arquitecto, además de la idea de Dios contenida en el catecismo y en los salmos, creía en un Todopoderoso misericordioso que, precisamente por serlo, admitiría sus razones para acabar con su existencia y lo sentaría a su diestra. Tanto esperaba esa acogida benevolente del Señor como dudaba encontrar comprensión en este mundo. Aunque, razonaba Carles Granell, con su acción a nadie estaba perjudicando excepto a sí mismo; más bien evitaba un futuro de sufrimiento en su entorno. Sobre todo en Marta. Sin duda, el Altísimo entendería sus motivos y perdonaría su pecado.

Marta. Dudó en explicarle todo, sincerarse con ella, buscar clemencia para su conducta, pero sabía que, aunque se la concediera de principio, al final vendría la ruptura. Cuando alguien con quien has vivido durante tantos años en la comunión de ideas y emociones que ambos compartieron, conoce de repente que esa vida ha estado basada en una mentira y en una simulación, todo se viene abajo. Fue la primera y única mujer para él desde los dieciocho años que tenían al conocerse, y él lo mismo para ella. Lo poco o mucho que sabían del otro sexo, del amor entre hombre y mujer, era consecuencia de una sola persona para ambos: de Carles para Marta y de Marta para Carles. Con frecuencia, al explicar a los demás ese prematuro y largo noviazgo y su exclusividad veían aflorar sonrisas de suficiencia a su alrededor, incapaz quien lo oía de entender el placer que les comportaba. Sabía que ella no podría asumir la nueva realidad, aceptarlo como la persona radicalmente diferente a la que conocía y junto a la que dormía, otro ser descubierto de repente, puesto en evidencia por su confesión, el reverso del hombre de quien no se separó jamás, estuviera donde estuviera, dando conferencias o cursos en el extranjero, de oyente, en la primera o la última fila, o dormitando en los vestíbulos de los aeropuertos. Con quien lo compartía o creía compartirlo todo.

Eso, una vez roto, estaba convencido de que no existía remedio ni medio capaz de recomponerlo. Se convertiría, de súbito, en un completo extraño. A partir de ahí, sería inevitable la separación. Y él no se sentía con fuerzas de soportar, no ya la soledad que conllevaría, sino el complejo de culpa que le acompañaría para siempre por ser el causante de la ruptura.

Regresó al momento y al entorno presentes desde sus meditaciones, que no hacían sino ratificarle en la decisión tomada. Se imaginó el aspecto que tendrían aquellas paredes decoradas y amuebladas, que constituyeron su espacio de trabajo habitual antes de ser nombrado director, —láminas, acuarelas y grabados amarillentos por la pátina del tiempo como testimonio de horas y horas buscando lo imposible, la perfección— y en cómo quedarían cuando hubiera apretado el gatillo. Los escasos espacios del estuco veneciano que asomaba entre tanto papel, la tapicería de las sillas, los libros ordenados en los estantes, la propia mesa frente a la que estaba sentado. Todo salpicado y manchado con los restos esparcidos de su cuerpo, la carnicería que la bala provocaría como algo necesario para lograr su muerte. Este pensamiento le devolvió a la inmediatez de aquello que debía hacer.

Quitó el seguro y dirigió el cañón hacia su boca. Quería morir, no quedar malherido, y para lograrlo solo existía un procedimiento seguro, que el proyectil penetrara por el paladar y masacrara su cerebro hasta salir por el parietal. Sabía que el espíritu de supervivencia de los humanos, de la carne, hacía que, con frecuencia y en el último instante, la mano del suicida desviara el arma o destensara la soga en un acto reflejo para evitar la muerte. A él no le ocurriría, deseaba un final rápido; pero sobre todo certero. Desconocía si, a pesar del contundente ataque a su cuerpo que se proponía llevar a cabo, habría células, terminaciones nerviosas o neuronas, que le transmitirían algún pensamiento o dolor durante segundos. Pero aunque tal cosa sucediera, estaba convencido de que el resultado final estaba garantizado.

Su boca, ante el duro contacto del metal en el velo del paladar, reaccionó de forma distinta a su voluntad de matarife, insalivando, como si quisiera tantear el contorno del incómodo y frío huésped recién llegado para integrarlo en su naturaleza, buscando una imposible simbiosis de vida con aquel instrumento de muerte, recibiendo la invasión del acero con una secreción de humedad, lo más parecido a la suavidad del capullo con que el gusano de seda envuelve su larva o la lascivia que se destila para seducir al amante.

Se concedió unos últimos instantes de sosiego antes de flexionar el dedo índice sobre el gatillo. Decían, los que habían estado al borde de la muerte, que en ese momento regresa en torbellino la vida entera, detalles olvidados de la infancia que se hacen presentes con exactitud fotográfica. Y debía ser así, porque sentía cruzar delante de él, a velocidad de vértigo, todo su pasado con una intensidad y nitidez absolutas.

Un minuto después resonó el estampido de un disparo, amortiguado por la puerta blindada del despacho. La ausencia de persona alguna en el rellano de la escalera y la densa circulación de coches en el cruce de la avenida Príncipe de Asturias con Gran de Gràcia, su guirigay de bocinazos y el petardeo de los tubos de escape de las motocicletas, camuflaron el sonido como uno más de los ruidos de fondo habitual en las grandes ciudades. Ello hizo que si alguien escuchó el trueno de la pólvora al explosionar lo asociara, en aquel entorno urbano de gente con prisa, con cualquier cosa distinta de lo que había sido, un tiro.

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“En la cara no”, de Rocío Tizón para “Golpe a la Violencia de Género” (Madrid)

En la cara no, de Rocío Tizón

La escritora Rocío Tizón contribuye con este texto a la Antología que Ediciones Atlantis dedica a la lucha contra la “Violencia de Género”, en su edición Madrid. Una de sus obras es “Filos“, editada también por Ediciones Atlantis.

Una sola víctima merecería todos los esfuerzos que la sociedad tenga para conseguir que haya otra después. Los escritores que hemos publicado con Atlantis nos volcamos con esta iniciativa desinteresada, aportando nuestro granito de arena al conjunto de ciudadanos.

En los foros de discusión, como puede ser una conversación grupal de amigos, bien por internet, bien en persona, se analizan las posibles causas del comportamiento violento de algunos ciudadanos. Aportando la visión personal de cada uno, tratamos de concienciar a los lectores.

Así mismo consideramos que Ediciones Atlantis es de fiar, tanto con esta iniciativa como con otras que desarrolla, incluyendo cumplir el contrato establecido por ambas  partes.

 “En la Cara No”, por Rocío Tizón

Las cicatrices representan el dolor más pálido de la supervivencia, recibido en contra de la voluntad y desplegado en el idioma de las heridas.

Mark Z. Danielewski

A mi hija aún no nacida:

Te escribo estas líneas, queridísima hija mía, esperando que te sirvan algún día. Me gustaría que fueran un velo que te protegiera frente a la maldad del mundo, aunque eso no serviría de nada. Preferiría que te sirvieran de escudo contra la maldad de aquellos que dicen amarte. O al menos, si no hay maldad, contra sus buenas intenciones, que son todavía más peligrosas.

Durante mucho tiempo tuve la extraña sensación de estar en el limbo, envuelta en corcho, insensible. Y aunque comencé a encontrarme mejor de los nervios, a veces seguía teniendo miedo. Durante muchos meses he vigilado mi vuelta a casa, por miedo a encontrármelo al lado del portal, apoyando una pierna en la pared granulosa, sin importar lo tardío de la hora ni lo que dirán los vecinos. Su silueta ya era familiar para mí. Un hombre grande que miraba al frente desde la ingenuidad de sus dieciocho años, con ojos verdes y pelo largo. Un nuevo rebelde que estaba descubriendo quién era y que tuvo que descubrirlo haciéndome daño a mi.

Recuerdo bien la tarde en que lo conocí. Después de todo, durante mucho tiempo la he maldecido. Yo estaba con unas amigas en un bar, tomando algo, charlando, qué sé yo. Sus amigos y él jugaban al futbolín. Sonaba una canción muy conocida aquel verano, en el que todavía pagábamos en pesetas. De repente, alguien de mi grupo se puso a hablar con alguien del suyo. Nos propusieron jugar al futbolín con ellos. Hablamos y cuando nos quisimos dar cuenta, ya nos habían invitado a un cumpleaños al día siguiente.

La adolescencia (ya te darás cuenta) es una época muy problemática. Además de la excusa de las hormonas, se junta una rebeldía que en mi caso era contra un hogar sobreprotector, que me prohibía juntarme con tipos como aquellos. Llevaban camisetas de grupos de rock, botas aún en pleno verano y el cabello largo y suelto. Esto, que hoy no asusta a casi nadie, era motivo de escándalo en aquella época. Y a nosotras, las rebeldes que no sabíamos nada de la vida, nos encantaba. Nos parecía increíble alternar con chicos que fumaban, bebían, tocaban en un grupo e iban en moto. Bueno, no todos. Aquel del que me fui a enamorar no sólo no fumaba, sino que con el tiempo me obligó a dejarlo a mí también. Pero aquella tarde de agosto, con media ciudad de vacaciones, disfrutamos de un rato inolvidable. Nuestros corazones estaban llenos de gozo porque nos hubieran dejado asomarnos durante unas horas a su vida que nosotras imaginábamos que discurría al límite. Aunque algunas cosas no terminaban de encajarnos. Algunas anécdotas eran demasiado excesivas, demasiado crueles, pero aún así seguimos viéndonos. Nos intercambiamos los teléfonos, que aún ni siquiera tenían prefijo y comenzamos a quedar cada vez menos personas. Unos cuantos se fueron de vacaciones y mi amiga comenzó a ir por otros derroteros musicales y al final quedábamos tres personas. Durante todo el verano fuimos al cine, a ver tiendas de discos o a bares. Yo no empezaba la universidad hasta octubre, por lo que podía quedar casi siempre. Al final nos quedamos él y yo. Nos veíamos entre semana, aunque tuviéramos clase. Y como suele suceder, la amistad evolucionó y al final comenzamos a salir. Yo había tenido una mala experiencia, así que estaba recelosa. Nos dimos un periodo de prueba que duró más o menos un mes. Durante ese periodo de tiempo no vi ninguna de las señales que convertiría mi vida en un infierno durante casi tres años.

Se comportó normalmente. Un día llegué media hora tarde y lo tomó con humor incluso. Ahora me doy cuenta que estaba a la expectativa, dejando que me metiera en la trampa yo solita. No hubo ninguna señal que me advirtiera de nada, o si la hubo, no la vi venir. Conoció a mis amigos y les cayó bien a todos sin excepción. Le describían como un chico callado y tímido, que se mantenía al margen y a quien no le gustaba mucho llamar la atención ni participar en la conversación general. Animada por esto, decidí decirle que el periodo de prueba había terminado y que podíamos salir en serio, con todas sus consecuencias. Se alegró. Vaya si se alegró. Y yo seguía sin notar nada extraño.

Con el tiempo me preguntaría (o me preguntarían) cómo no lo vi venir. En estos casos, suele ser lo primero que se pregunta. ¿No te diste cuenta de nada? Pues no, no me di cuenta. No fue una transformación repentina. Es más bien como si la rutina del día a día se alterara un poco, con señales imperceptibles que luego devienen en catástrofes personales. Es una especie de efecto mariposa. Un día tu novio te propone quedar media hora antes y a los seis meses te está montando una escena porque has quedado con una amiga y no vais a veros esa tarde.

Una de las primeras cosas que noté, aunque no puedo definir una línea clara de cuándo empezó todo, fue el excesivo control. Yo siempre me había jactado de ir por libre. En el colegio, si alguien de la pandilla pretendía imponer su voluntad, cambiaba de amigos. No me gustaba dar explicaciones ni responder ante nadie ni estar supeditada a los deseos de otra persona. Lo irónico fue que durante la relación, bajé la cabeza y acepté todo aquello que no soportaba. Pero me estoy adelantando. Lo primero que noté fue un excesivo control. Por ejemplo, no le gustaba que fumara. Al principio sólo me decía que no fumara porque me iba a poner mala, y como veía que no hacía ni caso, cesaba en su empeño. Pero la presión fue creciendo día a día. Yo hice lo que cualquier fumador astuto haría, que era no fumar delante de él. Sin embargo no hay forma de quitar el olor del cabello ni de la ropa. Además, muchas veces fumaba para calmar la ansiedad de la universidad. Cuando quedábamos tras un examen, siempre me preguntaba si había fumado. Y aunque yo decía que no, seguía presionándome, arrancándome promesas y juramentos, hasta que al final me derrumbaba y confesaba la verdad. Sí, había fumado. El examen era difícil y no lo llevaba muy bien, y antes de entrar al aula me había echado un cigarro. Tampoco era para tanto ¿no? Pues lo era. Un buen día se puso a gritar. Dijo que para él la sinceridad era importante. Que igual que le engañaba con lo de fumar podía engañarle con otras cosas fundamentales, como estar con otra persona a sus espaldas. A mi me parecía sacar las cosas de quicio, pero me asusté tanto por si me dejaba que cedí.

Así me di cuenta de paso que mi novio era un celoso patológico. Al principio aquello era anecdótico. No le gustaba que viera a otras personas y tenía celos de mis compañeros de clase. Pero como mi autoestima era tan baja, yo no me creía que nadie me fuera a encontrar atractiva. Aún así, no le sirvió de nada. Tenía celos hasta de mis propios primos. Y con el tiempo descubrí que no era porque creyera que me iba a liar con nadie que no fuera él (aunque también había algo de eso), sino porque el tiempo que pasaba con las demás personas era tiempo que no pasábamos juntos. Teníamos apenas dieciocho años. Ambos estudiábamos. No teníamos un futuro por delante, o al menos no lo veía. Ninguno de los dos trabajaba. Así que nuestras perspectivas eran vernos casi todos los días (a él no le importaban sus exámenes ni los míos) y sentarnos en cualquier banco del parque a pasar las horas. Sin importar que fuera agosto o enero. Una de las cosas que más recuerdo de esa relación era el frío, el frío en todos los sentidos. El control fue reclamando su sitio y, después de un par de meses, ya no recordaba a la persona con la que había empezado a salir.

Sufría doblemente: en casa se enfadaban conmigo por salir todos los días. Pero si no salía el que se enfadaba era él. Y yo le quería. El amor nos hace vulnerables y por su culpa atravesamos campos de clavos. Le quería de la misma forma en que me odiaba a mí misma. Porque eso es algo que tienes que buscar en tu pareja, hija mía. Una persona que te quiere te hace valorarte y te enseña lo que vales. En ese sentido, yo estaba machacada. Mis amigas, los breves ratos que me veían, me decían que tenía mala cara, ojeras y que estaba muy pálida. Y yo sonreía intentando quitarle hierro al asunto, mientras intentaba que notaran en los ojos el grito silencioso de auxilio que luchaba por salir de mi interior.

Los exámenes llegaron y no sé cómo los superé. No fue con su ayuda, desde luego. Su presencia me envolvía como si fuera una tela de araña. Yo era la primera que entendía que aquello no era sano, pero otra parte de mí le disculpaba y pensaba que no era para tanto, que era una exagerada y que todas las relaciones que de verdad merecían la pena tenían que ser como una montaña rusa. Porque una cosa también era cierta, después de discutir siempre hacíamos las paces y era tan bonito como el primer día. Pero no me daba cuenta de que aquello sólo era apariencia y que la relación estaba podrida por dentro. Creía que todas las relaciones eran así, aunque por lo que sabía de mis amigas, ninguna había pasado por lo mismo. Ese fue uno de los motivos por los que no pedí ayuda a tiempo.

El segundo fue porque en realidad no tenía ningún sitio a donde ir. Quiero decir que mi novio me había separado tanto de mis amigos que hacía meses que no les veía. Era incompatible con el resto de mi vida. Tenía que verme todos los días, a veces sólo para discutir, pero teníamos que vernos. Y cuanto antes mejor. A él no le importaba faltar a clase. Daba por sentado que iba a repetir curso y no se molestaba en estudiar ni en preparar los trabajos. De paso quería arrastrarme a mí por el mismo camino. No pude ir al cumpleaños de mi mejor amiga porque se enfadó, ya que aquella tarde no íbamos a vernos. Intenté buscar una compensación, comer un día juntos, pasar el día en el campo, no sé, lo que fuera. Pero era como darse contra un muro de piedra. Era la irracionalidad absoluta. La imposibilidad de comunicarse, el no por el no. Tenía que hacer filigranas con los horarios para poder ver a la gente que me importaba, o quedar a sus espaldas a deshoras, porque siempre me echaba en cara que tenía tiempo para los demás, pero no para él.

Fueron tres años de reproches continuos, en los que todo lo hacía mal. Una vez, en medio de una discusión, me quejé de que no veía a mis amigos. Y él me respondió que yo no tenía amigos. Lo más duro es que tenía razón. Su relación me había llevado a descuidar amistades que tenía desde el colegio. Todo eso desapareció de un plumazo, años de trabajo mutuo para verme con personas que me importaban y saber de nuestras vidas fueron estériles. Una relación tempestuosa había puesto fin a todo eso.

Pese a esto, yo no me planteaba romper con él. Mi dependencia emocional era tal que no concebía la vida sin él. Creía que el daño que me iba a provocar dejarle iba a ser mil veces mayor que el calvario que estaba viviendo. Y supongo que también le quería, a mi manera desquiciada y enloquecida le quería. Leí una vez que cada persona tiene la pareja que se merece y llegué a pensar que a lo mejor yo me merecía que me trataran así, sin cariño, sin miramientos. O mejor dicho, con cariño, pero con un amor malo, un amor del que no sabe querer. Un amor egoísta, como el de un niño que aprieta un pájaro entre sus manos hasta matarlo. Y como discutíamos mucho y muchas veces llegaba a casa con los ojos hinchados y enrojecidos de tanto llorar, intenté mejorar las cosas mediante una táctica tan simple que me sorprendió que no se me hubiera ocurrido antes. Diría amén a todo y entonces no discutiríamos más. Me dejaría la personalidad y el orgullo por el camino pero al menos podría ser feliz con la persona a la que quería.

No me siento especialmente orgullosa de contarte esto, hija, pero debo decirte que me anulé. Hacía todo por no discutir. Cuando tenía que levantarme a las seis de la mañana para ir a clase y él se empeñaba en quedarnos hasta tarde la noche de antes, yo solía protestar. Él me contestaba simplemente que me jodiera. Ahora no. Ahora podía estarme un domingo hasta las tres de la mañana, dormir sólo tres horas e ir a clase como una zombi. La bronca la tenía en casa, pero eso era otra historia que no tenía mayor importancia. Si mi mejor amiga celebraba algo, yo planteaba ir a la fiesta, pero él me decía que entonces no íbamos a vernos. Entonces yo la daba plantón y tan felices todos. Tenía una amiga menos, pero ya lo solucionaría. Si estaba comiendo con mi familia y llegaba la hora de “fichar” (así llamaba yo en mi fuero interno al hecho de tener que llamarnos todos los días), me levantaba a mitad de la comida, en aquellos días sin teléfonos móviles, para buscar un teléfono, discutir con él y volver a la mesa con el rostro arrasado por las lágrimas, sólo para asegurar a los demás comensales que me encontraba perfectamente y que sería cosa del humo del ambiente. Si esa tarde habíamos planeado ir al cine y de repente él anulaba sus planes para que quedáramos con un amigo, no pasaba nada. Yo exhibía mi mejor sonrisa, la cogía con alfileres para que no se me notara el enfado y seguíamos adelante. Si estábamos en época de exámenes y yo insistía en no vernos aquella tarde para poder estudiar, él acababa enfadándose, quejándose de que ya no le quería y que cada día nos veíamos vemos. Pues no pasaba nada. Ese fin de semana me levantaba a las siete de la mañana, me tiraba el día estudiando y después salía hecha polvo para regresar tarde a casa y repetir la misma rutina al día siguiente.

Pero aquel sacrificio no sirvió para nada. Él no quería estar bien conmigo, él quería dominarme. Si me mostraba sumisa, se cabreaba más que nunca, porque entonces no le daba motivos para enfadarse conmigo. Yo, además, siempre intenté llevar mi propia vida. Comencé a ver a un psicólogo a sus espaldas, aunque no abordé nunca la cuestión de forma directa. Tenía pánico a que se enterara de que lo estaba haciendo. Y al final se enteró de la peor manera posible. Un día que me insultó a gritos en la calle y me llamó loca, le acabé replicando que estaba yendo a un psicólogo por su culpa. Entonces pareció calmarse y durante unos días incluso me trató mejor, pero aquello no duró mucho.

De esta forma, cuando llegó nuestro segundo aniversario, yo ya me había acostumbrado a abstraerme y a mirar al vacío. Preparó una cena en su casa, los dos solos, pero yo estaba lejos, devastada interiormente, sin ganas de nada. Amenazó con dejarme y yo casi me volví loca. No quería perderlo por nada del mundo, a pesar de todo el dolor que me causaba. Hasta había conocido ya a sus padres (aunque la noche antes me fumé medio paquete de tabaco a solas en mi habitación, pero esto nunca lo supo). La discusión fue subiendo de tono y me acusó de lo de siempre, de no quererle, de que no podíamos seguir así, que necesitaba un mayor compromiso. Entonces me miró a la cara y me dijo que era tonta, que estaba vacía por dentro y que no podía sentir nada por nadie. Me abofeteó y me cogió de la muñeca, dejándome las marcas moradas, que en aquel momento, y de forma absurda, me llevaron a pensar en el orangután del cuento de Edgar Allan Poe.

Después se hizo el silencio. Un silencio tan lleno de sustancia que pesaba, a pesar de que se oían a los lejos los coches de la M-30. Pensé en levantarme y en huir, cerrar de un portazo y no volver a verle. Tenía todo el legítimo derecho del mundo. Todos tenemos en la cabeza una línea de cuándo nos estamos pasando y él la había superado con creces. Pero lo único que dije fue:

No vuelvas a pegarme en la cara. En la cara no.

Él se arrodilló y se echó a llorar. Dijo que era un bruto y un bestia, que no me merecía y que iba a cambiar. Yo asentía mirando al vacío, y a un cuadro de unos patos que había en esa casa. En realidad estaba lejos, tan lejos que no escuchaba lo que decía. Me preocupaba que me dejara. Y pensaba que era importante perdonarle.

Pero como siempre, me trataba bien algunos días y después comenzaba con su letanía de desprecios, de quejas, de malhumor. Conseguí un trabajo dando clases particulares para sacar algún dinero. Me gritó y me llamó de todo. Me dijo que era como una prostituta, que se vendía por dinero, porque ese era tiempo que no estábamos juntos. Ponía el grito en el cielo y se lamentaba. Yo estaba empezando a despegarme, aunque sabía que era como un cristal clavado en la palma de la mano. No quería quitármelo porque me iba a doler. E iba a empezar a salir sangre. No quería quitarme a mi novio cristal. Y mientras, mi vida se derrumbaba.

Creo que sencillamente se le estaba empezando a ir la cabeza. Cada vez era más histriónico y sus excusas para gritarme eran cada vez más absurdas y variadas. Que si has llegado cinco minutos tarde, que si quieres ver una película que yo no quiero, que si me has llamado diez minutos después de la hora, etc. Comenzó a tomar la costumbre de irme a buscar a mi facultad, por sorpresa, esperando darme una alegría que yo estaba lejos de sentir. Un día, me armó un escándalo por algo que he olvidado delante de mi facultad. Me cogió de la cazadora y me zarandeó. Me empujó contra unos árboles y casi pierdo el equilibrio. Un hombre que pasaba por ahí le increpó y me preguntó si estaba bien. El le gritó que a él qué coño le importaba y que no se metiera donde no le llamaban. El hombre se asustó y se fue, no sin antes echarme una mirada llena de lástima, como si yo fuera un cachorrillo que no se podía llevar a casa.

Ese golpe tuvo una parte buena, la de hacerme reaccionar. Para empezar, volví a contactar con antiguos amigos y fui haciendo un colchón para tener donde caer cuando le dejara. Después fui espaciando las llamadas y los días en que nos veíamos. Ya no salía por la puerta principal de mi facultad, sino por la cafetería, una salida que él no conocía y por la que aparecía directamente en la boca de metro. No sé cuántas tardes se quedó esperando en vano. Tampoco me importaba. Empezaba a ser consciente de que yo también tenía algo de poder.

Dejar a un maltratador no es fácil, hija mía. Primero porque él me juraba siempre que iba a cambiar. Y yo le seguía creyendo, aunque sus arranques de cólera cada vez eran más fuertes y me demostraban lo contrario. Y luego, porque ya a estas alturas no estaba enamorada de él, pero la dependencia emocional me impedía ver otra cosa. Él lo sabía y disfrutaba al verme tan desvalida. Por eso amenazaba con dejarme aunque fuera mentira o se inventaba historias sólo para hacerme daño, como que había quedado con una ex novia y se habían estado enrollando. Yo en el fondo deseaba que fuera verdad para tener una excusa para dejarle. Pero no, era sólo el placer sádico de verme sufrir porque sí. Y como mis ataques de ansiedad cada vez iban a más y además, había llegado a un punto en el que cuando alguien que estaba a mi lado levantaba el brazo para algo, yo automáticamente me cubría la cara como si fuera a recibir un golpe, decidí dejarle de forma definitiva.

Como te he dicho antes, no es fácil. La relación no dejaba otra elección que no fuera cortar de raíz la causa del mal. No podíamos ser amigos ni yo tampoco lo quería. Lo que quiero decirte, hija mía, es que no por romper desapareció de mi vida.

Cuando volvía por la noche, estaba esperándome en el portal, sólo para hablar conmigo, temblando como un cachorrito, pidiéndome que volviera con él. Le volvía a decir que no, le echaba en cara todo lo que me había hecho y él daba un par de porrazos a la puerta del portal, según decía “para no dármelos a mí”. Sólo que entonces yo ya había dejado de sentir nada.

También hablaba con mis amigas, intentando dar pena, contándolas una versión sesgada de los hechos para ponerlas en contra mía. Lo malo es que con algunas lo consiguió. La parte buena es que me enseñó a diferenciar quiénes estaban a mi lado en los momentos difíciles. Me llamaba llorando, jurando que se iba a suicidar, llamando para despedirse de mí y para que rezara por él. Otras veces decía que iba a dejar de comer hasta morirse, que no merecía la pena vivir sin mí y que ya se lo explicaría yo a su madre. Que ya le diría lo que había hecho con su hijo.

Todo esto fue una agonía para mí. Tuve que tragarme muchas veces las ganas de perdonarle y de volver con él. Una tarde me llevaron al hospital con un ataque de ansiedad y cuando volví a casa, subiendo las escaleras como quien va perdiendo pedazos, le vi a él en la esquina, al final de la calle, mirándome. Muchas veces se quedaba sentado las horas muertas frente a mi casa, intentando ver quién entraba o salía. Lo bueno es que el estar tan hecha polvo me ayudó en el sentido de que lo único que quería era que me dejaran en paz. Y tras unas cuantas amenazas de llamar a la policía y denunciarle, fue desapareciendo poco a poco de mi vida.

Fue un proceso gradual. No ocurrió de la mañana a la noche. Y tampoco desapareció del todo. De vez en cuando me llega algún mensaje suyo, preguntándome qué tal. Alguien mira mi perfil en las redes sociales. Nunca desaparece, pero al menos ha dejado de hacerme daño porque yo no se lo permito.

Ahora, años después, casada con tu padre, un hombre bueno que me quiere, te escribo esta carta porque una de las cosas que más me preocupa es que sufras lo mismo que yo. Por eso, después de la ecografía en la que me comunicaron que ibas a ser una niña, me decidí a escribirte esta carta para explicarte lo que me pasó y sobre todo decirte que no estás sola. Que ninguna mujer está sola. Yo me empeñé en pasar todo esto en silencio, pero en el momento en que le conté la situación a mi familia y amigos comenzaron a echarme una mano. Cuando les preguntaba por mí, le daban largas, o le decían que me dejara en paz. Y a casa llegó un momento en que dejó de llamar porque nadie de mi familia me pasaba las llamadas.

En la adolescencia, con la cabeza llena de pájaros y de ilusiones, puedes encontrarte con esto fácilmente. Eso de que el amor venga rodeado de un halo maligno y de sufrimiento, por increíble que parezca, atrae a algunas personas. El prototipo de chico malo también nos atrae. El tipo duro de buen corazón es uno de los mitos de la adolescencia, pero muchas chicas jóvenes descubren demasiado tarde que este tipo de amor sólo suele darse en el cine. De hecho, hay asociaciones que están empezando a avisar de un aumento de los malos tratos en el ámbito del noviazgo. Muchas veces creemos que el amor verdadero implica dolor, pero es algo que a mí me molestaba mucho, porque inconscientemente se lo vamos transmitiendo a las nuevas generaciones y creamos falsas y dolorosas expectativas sobre las historias de amor.

Ni los amores reñidos son los más queridos, ni te quiere más por hacerte daño, ni lo mejor de discutir es reconciliarse más tarde, ni las historias de amor tienen que ser dolorosas y sádicas, con una persona que hace daño por hacerlo, y por supuesto, quien bien te quiere no te hará llorar. El amor y las lágrimas son compatibles, mi niña, pero no en este sentido tan oscuro.

Recuerda siempre que los hombres pueden hacerte llorar. Encontrarás a alguno que te rompa el corazón. Que te abandone. Que te deje por otra, o que te deje sin darte ninguna explicación. O que te enamores de un hombre que no quiera saber nada de ti. O que está con otra. O que prefiere a otra antes que a ti. Los hombres causan dolor de la misma manera que las mujeres lo hacemos. Pero sobre todo, no dejes nunca que te controle, que te diga lo que tienes o no tienes que hacer, que te separe de aquello que quieres, que crea que los celos y la posesión desmesurada es una forma de amor, que no confíe en ti, que tenga que saber dónde estás cada minuto, que te grite, que te humille, que te pegue, que no te respete.

Porque el amor es dolor muchas veces. Pero nunca es ese tipo de dolor.

Tu madre que te quiere y que está deseando verte la cara.

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“A las nueve de la noche”, de María Nefill para “Golpe a la Violencia de Género” (Madrid)

“A las nueve de la noche”, de María Nefill.

Ediciones Atlantis presentó una aportación de sus escritores orientada en reflexiones sobre la Violencia de Género, una de las mayores lacras que sufre la sociedad actual.

Vaya por delante que los sentimientos de todos y cada uno de ellos se deja ver en sus escritos. Te invitamos a estas preciosas reflexiones personales, que en muchos de los foros de la sociedad tienen gran predicamento.

Además de la oportunidad de ver publicada la primera novela, se ofrece a los escritores a reflexionar sobre temas puntuales para ofrecer soluciones a la sociedad. La mayoría consideramos que Ediciones Atlantis es de fiar, ya que cumple con el contrato firmado en su totalidad.

A LAS NUEVE DE LA NOCHE

Mara Nefill.

Son las nueve. Oigo sus pasos en la escalera y el ruido de la puerta al abrirse. Por su olor sé lo que va a pasar. Lo presiento en el modo en que mi madre se acaricia el pelo. Silenciosa me camuflo en las sombras del pasillo. Los gritos ya han empezado en la cocina. Los puñetazos suenan distinto a las bofetadas. Lo aprendí muy pronto, casi al mismo tiempo en que logré alcanzar el pomo de la puerta del cuarto de baño. Dejo que los gritos y los golpes pasen delante de la puerta cerrada. Yo espero escondida en la bañera a que vuelva el silencio. Hoy no me tocó a mí. Lo siento por mi madre, siento no poder ayudarla, pero yo tengo miedo, mucho miedo, por eso me escondo.

Madrid vol 1 Violencia de genero Portada_media