“LA ROSA DE SANGRE”, de Laura Alcantarilla Chaves

“LA ROSA DE SANGRE”, de Laura Alcantarilla Chaves, publicada por Ediciones Atlantis

Publicada por Ediciones Atlantis, “LA ROSA DE SANGRE”, de Laura Alcantarilla Chaves, comienza de esta manera:

Alemania, 1927.

Unos pasos lo acechaban por la casa. Podía escuchar el retumbar del techo cuando las temibles zancadas corrían en su búsqueda. Tenía miedo de aquel sonido. Necesitaba huir, esconderse. No quería seguir jugando. Ya no le gustaba. Le daba miedo. Él lo hacía peligroso y mamá siempre acababa enfadada con él, aunque no hubiera hecho nada malo. Además, estaba cansado de correr. Sus ligeras piernecitas infantiles comenzaban a temblar en cada intento de subir un nuevo escalón. Lo único que quería era acurrucarse en algún lugar oscuro y estar solo. El recuerdo de la habitación de la buhardilla, tan aislada y sombría, lo golpeó de pronto. Allí estaría a salvo. Allí no lo buscaría. Corrió hacia la puerta, escondida entre los destartalados tablones de madera roída. Aquella escalera le pareció interminable. Los escalones eran muy grandes y tenía que impulsarse con todas sus fuerzas, sujetos al posa manos para poder avanzar. Pero por fin llegó. Estaba arriba, sin más compañía que el polvo y las telarañas. Escuchó los pasos que se acercaban y corrió a ocultarse en algún rincón oscuro, hecho un ovillo y deseando con todas sus fuerzas que no lo encontrara. Pasaron unos minutos y, desde la puerta, se proyectó la imagen de una sombra alargada que observaba, buscándolo. Contuvo la respiración, «que no lo encontrase, que no lo encontrase», decía para sí. Al cabo de un rato, la sombra se desvaneció. Hasta que no vio como la oscura silueta se desvanecía entre el resto de las sombras, no se dio cuenta de lo incómodo que estaba en aquella posición, con las piernas tan encogidas. Comenzó a estirarse y, sin querer, golpeó el mueble que tan bien lo había escondido haciendo que cayera un libro viejo. Las hojas estaban rotas o sueltas, amarillentas y desgastadas, pero era un libro. Le gustaba leer y él no le dejaba nunca, decía que era para débiles. Se iba a quedar allí, leyendo, decidió. Callado, escondido y a salvo. Abrió la tapa. Estaba escrito a mano y parecía una especie de diario. Pronto las letras inundaron su mente y sus propios recuerdos se difuminaron envolviéndose en las palabras de tinta que leía.

«23 de junio de 1918.

No sé de dónde saco fuerzas para escribir ni cuánto podré continuar, pero necesitaba tanto poder plasmar en algún lugar mis recuerdos. Poder pensar en él. Devolver a mi memoria los momentos, los días que pasamos juntos. No podía permitir que el tiempo me arrebatase lo único que me queda de él, su recuerdo. Quizás por eso esté desafiando el frío y el hambre que recorre mi cuerpo. Quizás por eso he preferido hacerme con algo de papel y tinta en vez de con una hogaza de pan. Para que sea mi espíritu el que sobreviva al largo invierno de mi vida, ahora que él no está.

Nací el 6 de diciembre de 1897, una de las madrugadas más frías de todo el invierno londinense. Las calles estaban desiertas, los lagos helados y las ventanas de cada casa cubiertas de una densa escarcha que impedía la visibilidad. Llegué al mundo entre tinieblas y vientos gélidos, entre gritos y lágrimas de dolor. Así llegamos todos y así nos marcharemos, supongo. Solo entre esos dos momentos podemos, si tenemos mucha suerte, llegar a sentir algo parecido a la felicidad.

Aquella noche la ciudad dormía en silencio. Debió ser una hermosa noche, con los cielos despejados, la luna en lo alto, fiel testigo de cualquier suceso que transcurriera bajo su guardia. Con el cielo repleto de estrellas y la calma de la soledad. Solo unos gritos desgarradores se atrevieron a truncar aquella calma. Gritos de dolor y miedo, mientras mi madre soportaba, lo mejor que podía, los embistes de las contracciones. Sintiendo cómo su cuerpo se adaptaba para dar paso a una nueva vida. Imagino su dicha al escuchar mi llanto y sentirse liberada de mi peso en su interior, de nuevo única dueña de su cuerpo. Cogerme entre sus brazos y acunarme. Tocar por primera vez mis manitas sonrojadas y sentir el agarre de mis dedos. Una dicha que yo nunca llegaré a conocer, ya no podré sostener a ningún niño entre mis brazos, ni mecerlo, ni ver cómo crece. Ya no existirán…

Me llamaron Lorelay, como mi abuela, Lorelay Dashwood, un nombre que hubiera sido propio de una señorita, si no me hubiera criado en la más absoluta miseria. Crecí en una pequeña casa cerca del puerto donde mi padre trabajaba, siempre que podía. El olor a pescado podrido se convirtió en un invitado más del hogar, solía impregnar mi ropa para acompañarme a donde quiera que fuera. Para que no olvidara jamás de dónde venía. Aún hoy me parece seguir oliéndolo, aunque todo sea tan lejano y casi como un sueño. Aunque aquella niña de tirabuzones oscuros, llena de sueños y alegrías, haya muerto para siempre. Recuerdo aquellos años como una época feliz. Aunque pasara hambre y apenas tuviera algo que llevarme a la boca cada día. Sé que era feliz porque tenía a mis padres.

No lo recuerdo todo, hace muchos años, solo pequeñas cosas, detalles. La dulce voz de mi madre, el tacto áspero de la ropa que usaba, el frío del invierno y, sobre todo, lo que más recuerdo, son las leyendas. Los cuentos que me contaba mi padre antes de dormir. Mi favorita era la suya propia, la historia de mis padres, de cómo se conocieron y se enamoraron. Mi padre me la contaba a menudo y cada nueva vez sus ojos se iluminaban, su mirada cambiaba, desaparecía el dolor, el cansancio y volvía a ser el muchacho que la conquistó.

Mi padre se llamaba Edward y hubo un tiempo, lejano, antes de que yo naciera, en el que él vivía como heredero en una gran casa. Dueño de tierras, haciendas e, incluso, personas. Yo lo imaginaba montado en un gran caballo, alto, apuesto. No entendía cómo había escapado de aquel destino de grandeza para acabar recogiendo pescado muerto en nuestro puerto. Pero él continuaba con su historia sin hacer caso a mis preguntas, como si disfrutase más con el mero hecho de recordarla que de contármela a mí. Su mirada se perdía en el horizonte cuando hablaba de aquellos días, de la riqueza de las tierras, del esplendor que había dejado atrás. Hasta que mencionaba el nombre de su padre, mi abuelo, entonces sus ojos se teñían de tristeza. Yo era apenas una niña y recuerdo haberme imaginado a mi abuelo como un monstruo, como el peor de los ogros, un ser venido de los infiernos para atormentar mi mente infantil. Porque él fue el culpable de que mi padre dejara de ser el príncipe que yo imaginaba. El abuelo quería que mi padre se casara con una mujer de fortuna. Como tantos otros caballeros de su rango y posición, había perdido gran parte de la fortuna de la familia y solo le quedaba el título. Un nombre. Y él deseaba más, mucho más. Ambicionaba volver a poseer las riquezas que un día tuvo y desperdició. Mi padre lo sabía. Y, en aquella parte de la historia, era cuando su voz se apagaba. Sabía que debería casarse por dinero y no por amor. Lo sabía y estaba resignado a ello. Resignado pero no preparado para asumir las consecuencias de lo que ello significaba. Porque cuando conoció a mi madre el deber se esfumó de pronto de su mente, olvidó lo que debía haber tenido presente, se dejó atrapar por las despiadadas garras del amor y para cuando quiso reaccionar ya fue demasiado tarde.

Lo dejó todo. Lo cambió todo por ella. Por una chica sin fortuna ni apellidos, de ojos dulces y sonrisa encantadora. El cuento siempre acababa igual. No importaba el frío que hiciera ni el hambre que tuviéramos en aquel momento, ni el irritante dolor de las picaduras de los piojos y pulgas que nos asolaban. Siempre se fugaba con ella, dejaba el dinero atrás y era feliz. Por aquella época no lo entendía, era apenas una niña y poder comer o tener ropa de abrigo me parecía mucho más tentador que cualquier otra cosa en el mundo.

Aunque ahora no me creas, pequeña —solía decirme—, no cambiaría lo que tenemos por lo que tuve. No sacrificaría el calor del cariño por la frialdad del lujo. Un día, quizás, entiendas lo que te digo y espero que entonces recuerdes que la soledad no se deja ahuyentar con el dinero. Recuérdalo.

Años después, aquellas palabras resonarían en mi mente como el eco de un sueño lejano y distante. No sabía en aquel instante cuánto echaría de menos aquellas rodillas sobre las que me sentaba, aquella voz, aquellos ojos soñadores. No pude saberlo hasta que los perdí, a los dos. Una noche salieron a pasear y ya nunca regresaron. Me dejaron totalmente sola. Murieron, me abandonaron a los brazos de la vida, a mi suerte. No había nada que yo pudiera hacer sin ellos, no habría un futuro para mí. Deseaba morir y estar de nuevo con mis padres. No quería seguir en aquel mundo que se había vuelto extraño y frío desde que ellos se marcharon. Me acostaba cada noche rezando por no volver a despertar, para que el frío o el hambre acabaran conmigo por fin, pero cada mañana llegaba el alba y yo seguía allí. Seguía existiendo, seguía respirando y andando, aunque ya no vivía. Porque no volví a la vida, hasta que lo encontré a él.»

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