CRÓNICAS DE ILIA (Los ojos de los Dioses), de Cristina Salas Rojo en Ediciones Atlantis

 

CRÓNICAS DE ILIA (Los ojos de los Dioses), de Cristina Salas Rojo en Ediciones Atlantis

Comienza aquí la aventura…

Victoria

La sangre bañaba la hierba a la luz de Rha, el astro diurno, secándose. Cadáveres y armas des-cansaban sobre el lecho verde, manchando lo que antes era inmaculado. El paisaje era desolador: aquellas colinas antaño sagradas habían sido el escenario de una dura batalla. Aún se oían respiraciones agitadas de aquellos que se resistían a cruzar el umbral de la muerte. La lucha ni siquiera había durado un día; había sido rápida, encarnizada, despia-dada. Los supervivientes hablarían de ella durante muchos años.

Por muy cansada que estuviera, Lun no rehuía ante la responsabilidad de recoger los cuerpos de los caídos. Tenía el brazo izquierdo vendado, herido por un tajo que le habían lanzado en mitad de la batalla. Medio segundo más en reaccio-nar y habría perdido la extremidad; por suerte, la herida era de fácil recuperación. Su amiga Qüen, la maga, le curaría en un pestañeo y hasta entonces la improvisada venda serviría. Rha empezó a descender, llevándose la luz consigo, mientras Lun ayudaba a transportar cuerpos inertes hacia los carromatos.

  • Lun, márchate de aquí. Estás muy cansada y estorbas más que ayudas. Ve a que te curen.

Lun resopló, apoyándose durante un breve momento en el carromato. Su capitán tenía razón y la mayor parte del tra-bajo estaba hecho. Se dio la vuelta y comenzó a andar hacia el campamento, donde ya estaba la mayoría de las tropas.

Muchos habían caído en aquella lucha. Mientras Lun caminaba sin poder evitarlo sobre las oscuras manchas de sangre, agradecía no encontrarse entre los caídos. La pelirroja miró al suelo al oír un débil mugido: un hombre con cabeza de toro y garras de tigre respiraba con dificultad. Su pecho estaba desgarrado; no tardaría mucho en morir, pero de igual manera Lun desenvainó su daga del muslo y le remató. La pobre criatura ya había sufrido bastante.

Llegó al campamento y fue a la tienda de curación, pero ni siquiera entró. Había muchos heridos y Qüen y las hadas, que eran las únicas que podían usar la magia, debían centrarse en los que estaban en peligro, y ese no era su caso. Observó a su amiga, que estaba concentrada en el vientre de una mujer, entonando un mágico canto de curación y expandiendo ungüento de mumu, una fruta con grandes propiedades curativas, sobre la herida. Incluso desde la entrada de la tienda podía ver el sudor correr por su frente, e intuía el cansancio en cada músculo de su cuerpo. Sonrió, orgullosa del gran trabajo que Qüen hacía. Con un suspiro, se separó de la entrada de la tienda y dio unas vueltas por el campamento, inspeccionándolo con la mirada. Muchos estaban de celebración, abriendo barriles de cerveza y gritando en honor a Ilia, su Reino. Algunos compañeros animaron a Lun a unirse pero ella declinó las invitaciones. Aunque se venza, tras una batalla tan sangrienta no hay mucho que festejar, y no sólo sus enemigos habían caído; también muchos de sus compa-ñeros habían abandonado la vida en aquellas colinas.

Se aproximó a la linde del Bosque de Wur, junto al que habían establecido el campamento. Sentada bajo un árbol retiró la venda para examinar su brazo: no tenía buen aspecto, pero al menos había dejado de sangrar. Lo volvió a cubrir y observó las luces del campamento. Oía vítores y jaleo jocoso. Negó con la cabeza; la frivolidad de su raza le entristecía y frustraba.

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