“De profesión Cornudo”, de Jesús Cuesta Roncero en Ediciones Atlantis

“De profesión Cornudo”, de Jesús Cuesta Roncero en Ediciones Atlantis

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De la soledad al amor que vivía

Entrando en su casa, después de haber quedado con él, me siento en un sillón y, aunque tenía un guión escrito para poder relatar todo esto, decidí poner a funcionar la grabadora después de habernos fumado un cigarro, y que él me contara todo lo que quería relatar, de la forma más natural posible.

La pregunta con la que empecé fue sencilla. No quería una pregunta demasiado precipitada, ya que era conocedor de la complejidad de su vida anterior.

Bueno, vamos a empezar, ¿cómo empezó todo? —pregunté mientras preparaba todo para tomar notas y encendía la grabadora.

Con un cigarro en la mano y la copa de ron frente a él, empezó a relatarme:

Siempre agradeceré la mala fortuna que me trajo aquí. Después de sufrir una vida de intensos arrebatos morales, decepciones de todo tipo, incluso violencias físicas y psíquicas, un buen día me pasó por la cabeza subir al coche con tres mudas de ropa, y viajar a Madrid.

Si bien es cierto que no fue fácil llegar a Madrid (esa ciudad que llevas en la sangre, que te da vida al andar por sus calles, que nadie describe como Joaquín Sabina), y que a día de hoy tampoco es fácil continuar, es cierto que después de verme trabajando en un camión, y durmiendo en mi coche o en habitaciones de alquiler en pisos compartidos de gente extranjera, ahora, aunque con dificultades, sigo más estable.

Sí, así empecé, en mi coche durmiendo en la sierra de Madrid, pues trabajaba en Alcobendas y subía a dormir a Manzanares el Real; me fascinaba aparcar el coche de madrugada al lado del río y escuchar el agua. Ese trabajo duró poco, porque en este país hace mucho que solo trabajan los “hijos de alguien o sobrinos de alguien”, y pronto pasó a ocupar mi puesto el hijo de alguien, para colmo extranjero.

No, no soy racista, soy ordenado, pienso que cada uno debe estar en su sitio, y que es muy injusto que pierdas tu trabajo porque ese alguien, que está donde no debe estar, cobre menos que tú.

En fin, con el cobro en mano me busqué una habitación de alquiler en un barrio ocupado casi en su totalidad por extranjeros, muy respetables o no, pero extranjeros; leche, parecía yo el extranjero en mi propio país.

Era un matrimonio joven sudamericano. Eran majos, y ahí estuve buscando empleo hasta que la fortuna me dio trabajo en una residencia de ancianos, que no quedaba muy lejos de allí. Aguanté hasta que se vieron cosas. Cosas que decidieron que dejara la habitación a los quince días.

Todas las tardes me bajaba a pasear por las calles del barrio, simplemente por andar, sin conocer a nadie, pero con la intención de hacerlo, aun viendo cada día que los bares se llenaban únicamente de gente jubilada.

Empecé a trabajar en esa residencia de mayores en las que el trato a ellos queda en un lugar un poco… mejor no hablar, y donde por ser hombre y trabajar mejor que muchas, eres masacrado psíquicamente por las cuatro amigas de turno, que no hacen más que comer patatas fritas en el control, aprovechando que no hay cámaras que las graben. Sí, aunque parezca increíble, en esa residencia las encargadas y las cuatro de turno, se dedican a comer patatas fritas en control o a maquillarse en baños para irse de fiesta media hora antes de salir, mientras los nuevos cargábamos con todo su trabajo, igual que el resto del tiempo de turno de trabajo. Esa es la igualdad que dan en este país a las mujeres.

Por consentir cosas como esas, consienten en este país que una flatulencia, aunque parezca extraño, fuera causa de condena por violencia de género.

Tu tortura empieza en el momento en que tratas con agrado a esos ancianos, porque les dedicas dos minutos más que ellas, ancianos que hablan con Dirección porque les gusta cómo les atiendes.

Cuando residentes de ese sitio te dicen: “se me empañan las gafas cada vez que te veo”, o “si hubiera aquí cuatro como tú esto andaría mejor”, ahí, en el momento en que las compañeras que tienes escuchan eso, empieza tu tortura.

Tú tenías que hacer todo su trabajo mientras ellas se embutían o cotorreaban.

Es lo peor de tu vida, soportar vejaciones como las que se aguantan ahí mientras se inflan a patatas fritas.

Resumiendo, que salía cada día de ahí enfadado. Callando por conservar un empleo, pero psíquicamente descompuesto.

Se juntó todo. Las cuestiones personales de ese matrimonio del piso donde vivía que me hicieron dejar la habitación y alquilarme otra, el malestar en el trabajo, y por otro lado, la alegría de la libertad que me daba poder andar por Colmenar Viejo sin tener que dar explicaciones a nadie.

…y continuar con él aquí.