“El Don”, de JAMG, publicada por Ediciones Atlantis

“El Don”, de JAMG, publicada por Ediciones Atlantis

Este es el comienzo de esta fantástica historia publicada por Ediciones Atlantis.

Era un amanecer más, coloreado por los mismos rayos de luz, que los días anteriores conocieron en aquella apacible primavera.

La madrugadora claridad acariciaba los contornos de un pueblecito protegido por la naturaleza. La luminosa presencia del astro rey escalaba poco a poco, centímetro a centímetro, una pared abotonada con una sencilla ventana. La luz dibujaba trazo a trazo, las formas de un dormitorio. Y en su afán juguetón, pellizcaba la adormecida tez de un niño, un niño como otro cualquiera.

Aquella mañana que hubiera podido ser como otras tantas, marcaría el comienzo de lo que nadie hubiera creído posible. Le despertó por una cálida visión que a través de su ventana pasaba como un río desbordado de colores y formas. Las formas de su reino, su castillo, su habitación, la habitación de John Anthony Peaceman.

El pequeño John, de doce años de edad, saltó de la cama cuando del silencio roto por el trinar de los pájaros, irrumpió una voz bien conocida por él.

¡Johnny, dormilón, el desayuno! —le gritó su madre desde la cocina.

¡Ya voy mami!

¡Hoy tienes creps con chocolate y vainilla!

Como si de palabras mágicas se tratase, el menudo hombretón de la casa, tomó las prendas de la silla y comenzó la odisea del día a día. Una vez estuvo preparado, aún con los pelos revueltos como los prados después de una tormenta, inició la mañana que todo lo cambiaría.

Tras el energético desayuno, Johnny montó en su bicicleta con rumbo al colegio. No había peligro, la escuela estaba en línea recta, tan sólo a dos kilómetros de casa, y en este rincón del mundo, todos se conocen, como el frutero, que saludó al crío con gran familiaridad.

¡Eh! Johnny, ¿al cole?

¡Sí!—respondió sin dejar de pedalear.

Alegre, continuó hacia su destino. Pero el hecho de que la mañana fuese agradable, y en el cielo el dibujo del vuelo de los pájaros deleitase la vista, no evitó que el caos llegase a gran velocidad, empapado en el hedor de una larga noche sin control.

Los dados estaban echados y la jugada en movimiento. A pocos minutos de la escuela, el frío impacto del metal sólo le dejó ver al pequeño John, un haz de color rojizo que le alcanzaba. Aunque el embriagado conductor intentó esquivarle, tocó lo suficiente su frágil bicicleta, y Johnny salió literalmente del camino, tomando de este modo, el rumbo de un trágico desenlace.

¡Craaack! El abollado vehículo y sus ocupantes se estrellaron contra un árbol quedando inconscientes. Mientras tanto, el vástago del infortunio entraba en un mar de sacudidas, ¡aaaaah! Rodaba hacia abajo por la interminable e irregular pendiente. Todo daba vueltas al tiempo que se mezclaban los sonidos de los golpes de su infantil físico contra el manto verde.

Pero nada quedó, nada se vio, pues el incidente ocurrió en el tramo donde las cosechas separan las casas.

Al pequeño John, el último impacto le llenó de una extraña sensación. Todo parecía eterno, notó sequedad en la boca, e intentó controlar su cuerpo, nada respondía, y los colores de su alrededor querían abandonarle. La luz que en aquel amanecer le pellizcó ya no le decía nada, y se alejaba, se alejaba, se alejaba.

Las horas, que normalmente pasan lentas, se sumaban una tras otra con facilidad y crueldad. Las diez de la mañana se hicieron las once, las doce, la una…

Y aunque era la única carretera con dirección al colegio, una casa en ruinas ocultaba el coche siniestrado y a sus ocupantes de cualquiera que pudiera pasar.

Margaret, preocupada porque su hijo no había vuelto, miraba con nerviosismo el reloj que en la cocina parecía clavar las horas directamente en su corazón. No había rincón de ésta que no hubiese andado ni silla en la que no se hubiera sentado. El minutero cruel encajó otra hora más y su Johnny seguía sin aparecer. Eran la siete de la tarde, la escuela estaba a pocos minutos en bicicleta y por si fuera poco, comenzó una tormenta de primavera.

Desesperada, llamó a alguna de las madres de los compañeros de su hijo.

Raquel, perdona. ¿Has visto a mi hijo?

No, Johnny no fue al colegio.

¿Cómo? Pero si yo le vi salir hacia allí.

Mi niño me dijo eso. ¿Qué ocurre? —¡Clak! Sin darse cuenta, Margaret colgó el teléfono, y temblorosa tomó el listín para llamar a su marido.

En otro lugar muy cercano, el húmedo impacto de miles de gotas de lluvia, que desde el cielo eran arrojadas con furia para reanimar la vida, devolvió del silencio más amargo al pequeño John.

Primero los sonidos del entorno rebotaron en su cabeza, como si de una caverna se tratase; poco a poco el flujo de este se individualizó para finalmente ser reconocidos. Eran la lluvia y el viento, el tronar de las gotas de agua que se rompían en mil pedazos al ser cazadas por la vegetación, y el impetuoso aire que las empujaba.

Se alzó tembloroso, inseguro, se ayudó agarrándose a algo, sin saber bien a qué, pues en su turbada penumbra solamente había sitio para las sombras. Estaba tan aturdido que caminaba haciendo eses y, a cada paso que daba, se alejaba inconscientemente del lugar del accidente sin que se percatase de ello. Aunque sus pies estaban torpes, su caminar era incesante.

Su visión mejoraba, lo que eran sombras pasaron a formas, y las formas a conocimientos, todo lo que le rodeaba por fin tenía textura y nombre, pero ¿dónde se encontraba? El inagotable manantial que empapaba su cuerpo, y el zarpazo violento del frío, le desconcertaban aún más.

Su soledad no iba a durar mucho ya que algo detrás de él, emitió un sonido desgarrador que salía de las mismísimas entrañas de la noche. Aterrorizado, se volvió y clavó su mirada en la oscura distancia, sus ojos se abrieron como los del cordero antes del sacrificio. Su tez quedó petrificada, su mirada se fijó en dos puntos luminosos que a unos cincuenta metros se le acercaban paulatinamente. Eran los reflejos de algún cazador nocturno, y no había tiempo para averiguar cuál, sólo para correr.

A pesar de sus heridas, corrió como nunca lo había hecho sorteando árboles, arbustos y ramas, casi podía sentir en el viento el ansia de la bestia. Sus piernas le llevaban en volandas, pero cuanto más lejos creía estar de ella, más cerca estaba el final.

El sudor era frío, y en su mente solo había una palabra: “Huye, huye, huye”.

El aliento del depredador comenzaba a sentirse en la piel del pequeño John, se podía escuchar el jadeo de la alimaña, cuyo calor recorría su columna vertebral. Todo estaba perdido, un chasquido indicó el salto final, y el ligero silbido de unas mandíbulas al abrirse en pleno salto, le marcaron la hora de la tragedia.

Johnny, en su carrera, dio su último paso mientras notaba sobre su nuca la saliva de su ejecutor. Repentinamente sonó un crujido, ¡craaak! El suelo se deshizo bajo sus pies, el cazador estaba encima de él, y juntos cayeron en la oscuridad. Rodaron sin control por una especie de canal subterráneo. La angustia se hizo mayor, pues el agua de lluvia actuaba de pista rápida, y aunque la bestia seguía secuestrada por este improvisado canal, le veía como su cena.

El pequeño en aterrorizada bajada, lanzaba los brazos al aire en su afán desesperado de parar su interminable pesadilla. ¡Aaaaaaah! El turbulento canal se estaba acabando, y en un acto reflejo, se agarró al cable que impactó contra su mano. El depredador pasó por debajo de su embarrado cuerpo mientras él quedaba frenado. Su iris lleno de terror percibió cómo la bestia se alejaba hacia un destino incierto, “se va” se decía animándose. Esos ojos que le sobrecogieron se iban haciendo cada vez más y más pequeños, hasta que se perdieron en la oscuridad.

El pánico le dio fuerzas para continuar agarrado, hasta que la lluvia comenzó a cesar. Todo parecía estar favoreciéndole; Pero su salvador cedió antes de lo previsto, y con la superficie ligeramente resbaladiza, comenzó otra vez la caída, aunque en esta ocasión, no fue tan veloz.

Cuando las circunstancias parecían conducirle a un trágico desenlace, el barro ya seco actuó de freno justo al final del imprevisible canal. Con la respiración acelerada, se aferraba a los salientes mientras miraba en todas direcciones. La pesadilla aún no había acabado.

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