“MESTIZA”, de Laura Espinosa Solano publicada por Ediciones Atlantis

“MESTIZA”, de Laura Espinosa Solano publicada por Ediciones Atlantis

“MESTIZA”, de Laura Espinosa Solano publicada por Ediciones Atlantis, expone aquí su comienzo:

Esa mañana me he desperté tarde. El reloj despertador de mi mesita de noche marcaba las doce menos cuarto. La ventana de mi habitación estaba abierta y unos cálidos rayos de sol entraban generosamente por ella. Al levantarme me he sorprendí al darme cuenta de que una pequeña cajita de joyería descansaba en mi regazo. Estaba cubierta por un bonito papel dorado y adornado con un gran lazo rojo perfectamente colocado. Examiné la caja con cuidado, intentando encontrar el lugar adecuado para abrirla sin romper el papel.

Con sumo cuidado, deshice el lazo y le quité el papel dorado a la caja, que resultó ser más antigua de lo que había supuesto en un primer momento. La madera de roble con grabados extraños pero igualmente antiguos, era áspera, pero reconfortante al tacto.

Inspeccioné la caja, pasando las yemas de mis dedos por los extraños grabados que la adornaban. El cierre era diferente a todos los que había visto anteriormente y a simple vista parecía muy difícil de abrir. Pero bastó un solo roce de mi dedo índice para que el cierre se abriera, dejando entrever lo que contenía.

Con cuidado, abrí la tapadera de la caja y poco a poco destapé su contenido, que estaba cubierto por una fina tela de terciopelo negro.

La antigua caja contenía un medallón. La cadena era de plata, muy fina y brillante. Una pequeña gota de un material translúcido y de diferentes matices de azul prendía de la delicada cadena. Parecía de un material muy delicado, posiblemente era de cristal, e irradiaba una pequeña luminosidad.

Saqué el medallón y lo miré con curiosidad, preguntándome el porqué de su extraña diafanidad. Desistí, al fin, en mi intento de descubrir su inusual refracción de la luz. Lo coloqué alrededor de mi cuello y me levanté de un salto. Miré el calendario. 24 de Junio, sábado, luna llena. Mi cumpleaños.

Ese día cumplía dieciséis años. Había organizado una fiesta en uno de los pocos clubes que había en el pueblo. Irían todos mis compañeros de clase, desde aquellos que habían pasado la infancia conmigo, hasta Rick.

Rick era un estudiante extranjero que había venido ese año a estudiar al pueblo en una especie de intercambio de estudiantes. Se había alojado en la casa de una vecina e íbamos juntos al instituto, ya que mi madre me había pedido que fuese su “guía” durante este año. Era muy alto, de tez morena y de cabello negro, que le caía a ambos lados de la cara. Pero lo que más me llamaba la atención de él eran sus ojos negros. Parecía que no tuviese pupilas, claro que eso era imposible. En clase, a veces, me quedaba mirándole a los ojos intentando distinguirlas del iris, pero acababa por desistir o mirar avergonzada hacia alguna otra parte si se daba cuenta de que lo miraba.

Moví la cabeza hacia los lados, sonriendo ante un pensamiento tan estúpido, y me dirigí al armario, centrándome en otros pensamientos.

En realidad era una suerte que en mi cumpleaños hubiese luna llena. Siempre me sentía mejor cuando la había. Era una sensación extraña, como si la luna ejerciese una fuerza en mi interior.

Me puse un pantalón corto y una camiseta sin mangas de color verde militar y me dirigí al baño. Me miré al espejo, preguntándome si podría arreglar algún día mi pelo. Negué con la cabeza y cogí el cepillo con decisión. Pasé más de un cuarto de hora desenredando los nudos que había en él. Por fin, cuando terminé, cogí el coletero que adornaba mi mano y me hice una cola alta. El pelo me llegaba a la altura de los hombros con ella, “así que no dejarás de darme calor, ¿eh?” pensé, con una sonrisa en la cara. Me agaché y cogí agua entre las manos, echándola sobre mi cara adormilada. Mientras me la secaba me acerqué al espejo, observando que no quedase ni rastro de la noche en mi cara. Mis ojos azules recorrieron cada rincón de mí y, al fin, desistieron. Me fijé que el medallón hacía juego con mis ojos y sonreí. Di media vuelta y salí del cuarto de baño. Bajé las escaleras que llegaban al salón para darle las gracias a mi madre por el medallón. Sabía de sobra que el regalo era suyo. Conocía mis gustos y esa pieza me gustaba especialmente, sobre todo el leve cosquilleo que producía al rozar mi piel.

Rachel, mi madre, trabajaba como agente de viajes en una gran empresa. Era una gran mujer, muy activa y despreocupada.

Hola cariño, ¿cómo has dormido? —preguntó mi madre con una sonrisa, cuando llegué a la cocina. Su actitud parecía cansada y triste. Pensé que no había dormido bien, así que no me preocupé. Últimamente se le notaba más distante conmigo, pero no le di importancia.

Muy bien, he dormido como un tronco —le saludé con un cariñoso beso y cogí el vaso de leche que estaba preparado en la encimera—, ¿y tú? Pareces cansada…

Sí, hoy casi no he descansado —pareció dudar—, me he despertado muchas veces…

Me bebí de un trago el vaso de leche y salí de la cocina, dispuesta a ir al centro del pueblo, pues tenía que hacer las últimas compras para la fiesta de esa noche, así que me dirigí hacia la tienda de complementos de la plaza, caminando por las calles en las que había crecido.

De repente, me invadió una extraña sensación. Sentí un escalofrío en la parte baja de la columna. Alcé la vista y me di cuenta de que un hombre alto y desaliñado me observaba desde la esquina de la calle mayor, no me daba buena espina. Era muy delgado y aparentaba tener unos treinta años o más. Llevaba una ropa desgastada y sucia. Su cara era alargada y su tez morena. Y tenía unos ojos verdes y grandes, enmarcados por unas cejas anchas y un pelo corto mal peinado.

Con un poco de prisa, di media vuelta y me dirigí hacia otra parte. Decidí dar un rodeo porque mi intuición me decía que no era bueno estar cerca de él, pero cuando di la vuelta a la esquina, aquel hombre estaba allí, mirándome otra vez. ¿Me estaba siguiendo? “No puede ser”, me dije, moviendo la cabeza y sonriendo para mí misma. “He visto demasiadas películas”, pensé con una sonrisa forzada en los labios. Después, en vez de dirigirme a mi destino, y para evitar cruzarme con aquel hombre otra vez, fui hacia la plaza, unas manzanas más a la izquierda. Pero, al sentir una fría punzada en la espalda, decidí mirar hacia atrás, y sorpren-diéndome mucho, mi intuición no me fallaba. Descubrí que aquel hombre desaliñado andaba directamente hacia donde estaba yo. Parecía moverse con cansancio y lentitud, pero, en cambio se movía rápidamente.

Mierda, la han encontrado.”

Alterada, empecé a correr hacia la plaza, sin mirar atrás, pero casi podía sentir los ojos verdes de ese hombre clavados en mi espalda. Vigilándome.

Corrí y corrí sin mirar hacia atrás hasta que llegué a la plaza. Estaba llena de gente. “Bien, podré mezclarme entre la gente fácilmente.” Sin parar de correr, esquivé a varias personas que obstruían mi camino, pero hubo una que no pude esquivar y choqué con ella. Avergonzada me separé, y miré hacia el suelo, en señal de disculpa.

Lo siento, no sé en qué estaba pensando… —dije casi inaudiblemente.

No importa —dijo el desconocido con un tono de voz seco e indiferente, pero extrañamente familiar. Parecía extranjero.

Para mi sorpresa, al mirar hacia arriba, descubrí que era Rick el que estaba delante de mí, pero sus ojos negros no me miraban. Estaban más fríos que de costumbre y se perdían en la multitud. Parecía que buscase a alguien, pero no había movimiento en ellos.

¿Te seguía? —dijo de repente, sin apartar los ojos de su objetivo.

Me giré hacia la dirección que apuntaba su mirada y tuve que ponerme de puntillas para ver lo que me estaba señalando. Conseguí distinguir al hombre desaliñado que me había estado siguiendo. Mantenía sus ojos fijos en los de Rick, que parecía estar desafiándole con su mirada.

¿Cómo lo has…? —pregunté azorada.

Intuición —cortó rápidamente—. No separa la vista de aquí. ¿Quieres que te acompañe a casa? —preguntó forzando demasiado una leve sonrisa.

No me pasará nada y, además, mi casa no está tan lejos de aquí.

Vamos, piensa algo… convéncela.”

¿Seguro? —preguntó, volviendo sus ojos negros y serios hacia mí.

Lo que quieras.

Bien.

No sé cómo lo hizo, pero me convenció solo con mirarme. Sus ojos parecían embaucadores, pero sinceros a la vez. Parecía que se preocupase por mí, al fin y al cabo… y, además, el camino parecía más seguro a su lado.

De vez en cuando yo miraba para atrás para cerciorarme de que el sospechoso hombre no nos seguía. Luego miraba a Rick, que caminaba a mi lado, ignorándome. ¿Por qué lo hacía? Era él el que quería acompañarme. Debería ser yo la que lo ignorase, pero me parecía imposible. Decidí apartar de mi cabeza aquellos pensamientos. Había algo más importante. Cuando estábamos en la plaza, por su expresión, me pareció que Rick conocía al hombre que minutos antes me había perseguido. ¿Lo reconocía?, ¿sabía quién era? Muchos interrogantes para mí en ese momento. Y no estaba dispuesta a preguntarle a él. Sus ojos fríos estaban ahora distantes, inertes. “Para variar…”

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“LA ROSA DE SANGRE”, de Laura Alcantarilla Chaves

“LA ROSA DE SANGRE”, de Laura Alcantarilla Chaves, publicada por Ediciones Atlantis

Publicada por Ediciones Atlantis, “LA ROSA DE SANGRE”, de Laura Alcantarilla Chaves, comienza de esta manera:

Alemania, 1927.

Unos pasos lo acechaban por la casa. Podía escuchar el retumbar del techo cuando las temibles zancadas corrían en su búsqueda. Tenía miedo de aquel sonido. Necesitaba huir, esconderse. No quería seguir jugando. Ya no le gustaba. Le daba miedo. Él lo hacía peligroso y mamá siempre acababa enfadada con él, aunque no hubiera hecho nada malo. Además, estaba cansado de correr. Sus ligeras piernecitas infantiles comenzaban a temblar en cada intento de subir un nuevo escalón. Lo único que quería era acurrucarse en algún lugar oscuro y estar solo. El recuerdo de la habitación de la buhardilla, tan aislada y sombría, lo golpeó de pronto. Allí estaría a salvo. Allí no lo buscaría. Corrió hacia la puerta, escondida entre los destartalados tablones de madera roída. Aquella escalera le pareció interminable. Los escalones eran muy grandes y tenía que impulsarse con todas sus fuerzas, sujetos al posa manos para poder avanzar. Pero por fin llegó. Estaba arriba, sin más compañía que el polvo y las telarañas. Escuchó los pasos que se acercaban y corrió a ocultarse en algún rincón oscuro, hecho un ovillo y deseando con todas sus fuerzas que no lo encontrara. Pasaron unos minutos y, desde la puerta, se proyectó la imagen de una sombra alargada que observaba, buscándolo. Contuvo la respiración, «que no lo encontrase, que no lo encontrase», decía para sí. Al cabo de un rato, la sombra se desvaneció. Hasta que no vio como la oscura silueta se desvanecía entre el resto de las sombras, no se dio cuenta de lo incómodo que estaba en aquella posición, con las piernas tan encogidas. Comenzó a estirarse y, sin querer, golpeó el mueble que tan bien lo había escondido haciendo que cayera un libro viejo. Las hojas estaban rotas o sueltas, amarillentas y desgastadas, pero era un libro. Le gustaba leer y él no le dejaba nunca, decía que era para débiles. Se iba a quedar allí, leyendo, decidió. Callado, escondido y a salvo. Abrió la tapa. Estaba escrito a mano y parecía una especie de diario. Pronto las letras inundaron su mente y sus propios recuerdos se difuminaron envolviéndose en las palabras de tinta que leía.

«23 de junio de 1918.

No sé de dónde saco fuerzas para escribir ni cuánto podré continuar, pero necesitaba tanto poder plasmar en algún lugar mis recuerdos. Poder pensar en él. Devolver a mi memoria los momentos, los días que pasamos juntos. No podía permitir que el tiempo me arrebatase lo único que me queda de él, su recuerdo. Quizás por eso esté desafiando el frío y el hambre que recorre mi cuerpo. Quizás por eso he preferido hacerme con algo de papel y tinta en vez de con una hogaza de pan. Para que sea mi espíritu el que sobreviva al largo invierno de mi vida, ahora que él no está.

Nací el 6 de diciembre de 1897, una de las madrugadas más frías de todo el invierno londinense. Las calles estaban desiertas, los lagos helados y las ventanas de cada casa cubiertas de una densa escarcha que impedía la visibilidad. Llegué al mundo entre tinieblas y vientos gélidos, entre gritos y lágrimas de dolor. Así llegamos todos y así nos marcharemos, supongo. Solo entre esos dos momentos podemos, si tenemos mucha suerte, llegar a sentir algo parecido a la felicidad.

Aquella noche la ciudad dormía en silencio. Debió ser una hermosa noche, con los cielos despejados, la luna en lo alto, fiel testigo de cualquier suceso que transcurriera bajo su guardia. Con el cielo repleto de estrellas y la calma de la soledad. Solo unos gritos desgarradores se atrevieron a truncar aquella calma. Gritos de dolor y miedo, mientras mi madre soportaba, lo mejor que podía, los embistes de las contracciones. Sintiendo cómo su cuerpo se adaptaba para dar paso a una nueva vida. Imagino su dicha al escuchar mi llanto y sentirse liberada de mi peso en su interior, de nuevo única dueña de su cuerpo. Cogerme entre sus brazos y acunarme. Tocar por primera vez mis manitas sonrojadas y sentir el agarre de mis dedos. Una dicha que yo nunca llegaré a conocer, ya no podré sostener a ningún niño entre mis brazos, ni mecerlo, ni ver cómo crece. Ya no existirán…

Me llamaron Lorelay, como mi abuela, Lorelay Dashwood, un nombre que hubiera sido propio de una señorita, si no me hubiera criado en la más absoluta miseria. Crecí en una pequeña casa cerca del puerto donde mi padre trabajaba, siempre que podía. El olor a pescado podrido se convirtió en un invitado más del hogar, solía impregnar mi ropa para acompañarme a donde quiera que fuera. Para que no olvidara jamás de dónde venía. Aún hoy me parece seguir oliéndolo, aunque todo sea tan lejano y casi como un sueño. Aunque aquella niña de tirabuzones oscuros, llena de sueños y alegrías, haya muerto para siempre. Recuerdo aquellos años como una época feliz. Aunque pasara hambre y apenas tuviera algo que llevarme a la boca cada día. Sé que era feliz porque tenía a mis padres.

No lo recuerdo todo, hace muchos años, solo pequeñas cosas, detalles. La dulce voz de mi madre, el tacto áspero de la ropa que usaba, el frío del invierno y, sobre todo, lo que más recuerdo, son las leyendas. Los cuentos que me contaba mi padre antes de dormir. Mi favorita era la suya propia, la historia de mis padres, de cómo se conocieron y se enamoraron. Mi padre me la contaba a menudo y cada nueva vez sus ojos se iluminaban, su mirada cambiaba, desaparecía el dolor, el cansancio y volvía a ser el muchacho que la conquistó.

Mi padre se llamaba Edward y hubo un tiempo, lejano, antes de que yo naciera, en el que él vivía como heredero en una gran casa. Dueño de tierras, haciendas e, incluso, personas. Yo lo imaginaba montado en un gran caballo, alto, apuesto. No entendía cómo había escapado de aquel destino de grandeza para acabar recogiendo pescado muerto en nuestro puerto. Pero él continuaba con su historia sin hacer caso a mis preguntas, como si disfrutase más con el mero hecho de recordarla que de contármela a mí. Su mirada se perdía en el horizonte cuando hablaba de aquellos días, de la riqueza de las tierras, del esplendor que había dejado atrás. Hasta que mencionaba el nombre de su padre, mi abuelo, entonces sus ojos se teñían de tristeza. Yo era apenas una niña y recuerdo haberme imaginado a mi abuelo como un monstruo, como el peor de los ogros, un ser venido de los infiernos para atormentar mi mente infantil. Porque él fue el culpable de que mi padre dejara de ser el príncipe que yo imaginaba. El abuelo quería que mi padre se casara con una mujer de fortuna. Como tantos otros caballeros de su rango y posición, había perdido gran parte de la fortuna de la familia y solo le quedaba el título. Un nombre. Y él deseaba más, mucho más. Ambicionaba volver a poseer las riquezas que un día tuvo y desperdició. Mi padre lo sabía. Y, en aquella parte de la historia, era cuando su voz se apagaba. Sabía que debería casarse por dinero y no por amor. Lo sabía y estaba resignado a ello. Resignado pero no preparado para asumir las consecuencias de lo que ello significaba. Porque cuando conoció a mi madre el deber se esfumó de pronto de su mente, olvidó lo que debía haber tenido presente, se dejó atrapar por las despiadadas garras del amor y para cuando quiso reaccionar ya fue demasiado tarde.

Lo dejó todo. Lo cambió todo por ella. Por una chica sin fortuna ni apellidos, de ojos dulces y sonrisa encantadora. El cuento siempre acababa igual. No importaba el frío que hiciera ni el hambre que tuviéramos en aquel momento, ni el irritante dolor de las picaduras de los piojos y pulgas que nos asolaban. Siempre se fugaba con ella, dejaba el dinero atrás y era feliz. Por aquella época no lo entendía, era apenas una niña y poder comer o tener ropa de abrigo me parecía mucho más tentador que cualquier otra cosa en el mundo.

Aunque ahora no me creas, pequeña —solía decirme—, no cambiaría lo que tenemos por lo que tuve. No sacrificaría el calor del cariño por la frialdad del lujo. Un día, quizás, entiendas lo que te digo y espero que entonces recuerdes que la soledad no se deja ahuyentar con el dinero. Recuérdalo.

Años después, aquellas palabras resonarían en mi mente como el eco de un sueño lejano y distante. No sabía en aquel instante cuánto echaría de menos aquellas rodillas sobre las que me sentaba, aquella voz, aquellos ojos soñadores. No pude saberlo hasta que los perdí, a los dos. Una noche salieron a pasear y ya nunca regresaron. Me dejaron totalmente sola. Murieron, me abandonaron a los brazos de la vida, a mi suerte. No había nada que yo pudiera hacer sin ellos, no habría un futuro para mí. Deseaba morir y estar de nuevo con mis padres. No quería seguir en aquel mundo que se había vuelto extraño y frío desde que ellos se marcharon. Me acostaba cada noche rezando por no volver a despertar, para que el frío o el hambre acabaran conmigo por fin, pero cada mañana llegaba el alba y yo seguía allí. Seguía existiendo, seguía respirando y andando, aunque ya no vivía. Porque no volví a la vida, hasta que lo encontré a él.»

Puedes continuar esta novela aquí.

Historias de Los Bravos (Pensamientos, sueños, fantasías y realidades) Miguel Vicens Danús

Historias de Los Bravos

(Pensamientos, sueños, fantasías y realidades)

Miguel Vicens Danús, publicada por Ediciones Atlantis.

Éste es el inicio de esta historia del grupo musical “Los Bravos”:

Aposentados fijos, ya que mi padre había pedido pasar a la reserva para así no tener que depender de los destinos, porque cada vez teníamos que adaptarnos a nuevas convi-vencias, terminé el bachillerato a trancas y barrancas en el instituto Ramón Llull de Palma, por lo que mi padre decide que ingrese como voluntario en Infantería de Tierra con la idea de seguir la carrera militar, que pronto aborté al no congeniar con el régimen castrense.

Terminado el servicio militar, paso a trabajar de dependiente en unos grandes almacenes, para después trabajar con mi padre de mozo en la fábrica empaquetadora de terrones de azúcar que había montado con varios socios cafeteros. A los veinte años busco mi independencia y me marcho a Alemania.

Este tiempo, desde que llegué a la Lonja hasta mi salida a Alemania, fue un periodo donde se despejaron unas dudas y surgieron otras, para despejar los miedos que dejaran los colegios religiosos donde si no eras bueno eras acreedor del fuego y las tinieblas del infierno, del temor que me producían las procesiones de Semana Santa, donde el silencio al paso de las cofradías, solo roto por el sonido producido por las cadenas que arrastraban los penitentes, cánticos de perdona a tu pueblo Señor y el pausado redoble de los tambores que aceleraban los latidos y oprimían el corazón. Primera comunión con traje de marino de gala y refrigerio familiar, ceremonia que te comprometía a oír misa todos los domingos y fiestas de guardar, a confesar y comulgar por lo menos una vez al año o incurrir en pecado, pero el tiempo ofrecía otras opciones, nuevas inquietudes y sensaciones. Descubrí que el corazón latía por otros motivos y que me ruborizaba al ver bajar a aquella jovencita canadiense por la rampa del yate amarrado en el último muelle del club náutico, donde solíamos ir a bañarnos por ser socios. Mi padre tenía un amarre para una pequeña embarcación con la que salíamos de pesca algún fin de semana. Cuando se me acercaba con su larga melena rubia y sus azules ojos me miraban, me recorría un cosquilleo por todo el cuerpo que provocara fantasiosos dulces sueños, pero el yate zarpó y con él la jovencita.

No tardó en aparecer el poder del deseo que vencía aquellas creencias cargadas de dudas. Fue en esta época cuando me saqué el carnet de conducir y formé parte de un dúo que, acompañándonos de las guitarras, versionábamos canciones del Dúo Dinámico. Disfrutábamos con ello en la playa, en algún festival o en el recorrido de las típicas serenatas, con aquel que encontrara en el futuro tocando el bajo que me había desaparecido, el mismo que me cediera su puesto de bajista. Un año alternando fábrica y música hasta la partida a Alemania.

Un año en Alemania cosechando experiencias para regresar a Mallorca como auténticos rockeros. Al poco tiempo viajo a Madrid para incorporarme de bajo con los Sonor, donde en menos de un año me veo involucrado en el fenómeno social de los años sesenta que me retiene en Madrid durante los próximos seis años, Los Bravos. En estos me caso con Norma, de cuyo matrimonio nace mi hija, Chesca. En un tiempo cojo excedencia de Bravos para trasladarme a Mallorca donde formo el grupo Zebra y seguir haciendo música en la isla. Tras las desavenencias con la discográfica, la fatalidad hace que abandone la música. Me divorcio de Norma y me marcho a Colombia.

Al volver empiezo a trabajar en el pub de un inglés que más tarde adquiero junto con un restaurante que en un tiempo traspaso para trasladarme a Santanyi, cansado del acoso de aquellos que con sus ansias de justificar sus carencias o juegos sucios intentan implicarte con o sin causa.

Unos años en aquel voladizo rocoso que se levantaba sobre el puerto pesquero de Cala Figuera, donde no tardaron los del grupo en tenderme una trampa que aborté haciéndoles sentir el ridículo al tratarlos de prácticas engañosas, hechos que encolerizaron al comisario.

Al ser propiedad del ayuntamiento, el privilegiado chiringuito sale a concurso. Al presentar maqueta y proyecto, se nos adjudica una concesión por diez años para ser explotado como heladería, con mi primo. Paralelamente, en el ochenta y uno, monto con unos socios una pequeña fábrica de helado artesano y cubitos de hielo. En el ochenta y seis recibo una llamada de Mike para hacer una gira para celebrar el veinte aniversario de Bravos, que acepto.

Mi primo ya me había demostrado su interés en adquirir mi parte, por lo que vendo.

Con cuarenta y tres años viajo a Madrid con Caty, compañera sentimental, cogiendo un apartamento en Clara de Rey, donde habitaríamos el tiempo que durara el evento. Para mí duró hasta que después de una serie de galas, al ir a Palma para actuar en la plaza de toros, llegando al aeropuerto, somos sometidos a un exhaustivo cacheo, especialmente Toni. Pensé que tal vez fuera por algo del pasado, o ya estaba al acecho el encolerizado comisario. Tenía una semana para volver a Madrid, pero no acudiría ya que el desaprensivo confidente facilitó la aparición de un paquete en mi vehículo, cumpliéndose la amenaza de aquél que en su momento dijo que me cogería aunque tuviera que meterme la droga en el bolsillo.

Dos meses de preventivo por alarma social, para salir bajo fianza en espera de juicio. Al momento que se abre la puerta que proporciona la libertad se cierran las del exterior.

En el noventa me caso con Caty y nace Miguel, y al mismo tiempo, con dos días de intervalo, nace mi nieto, Carlos.

El veintitrés de noviembre del noventa y dos paso a cumplir condena de forma voluntaria para así detener las continuas trampas de aquellos que querían justificar el juego sucio que emplearan para mi detención. Cumplidos ocho meses de tres años de condena salgo en libertad por buena conducta y paso a reestructurar mi empresa. Otra vez volver a empezar. Desde este momento dejan de acosarme al darse cuenta del absurdo de su empeño injustificado.

Veintidós años pasaron. Trabajo duro para mantener la empresa. En dos mil dos aparece Mike para instalarse en Magalluf. Tercer intento del retorno de Bravos. Contacto con Trui Espectáculos y la gira termina como el rosario de la aurora. Llega mi segunda separación sentimental y con ella mi jubilación. El cuarto intento de Black is Black pasa sin pena ni gloria.

Hoy, con siete décadas en esta nave planetaria, llega el descanso del guerrero y sentado frente a mis dos ventanas observo al mundo y a mí mismo.

Puedes continuar esta historia aquí.

“EL HEREDERO AL TRONO DEL AVERNO”, de Sócrates García Gómez

“EL HEREDERO AL TRONO DEL AVERNO”, de Sócrates García Gómez, publicada por Ediciones Atlantis.

Ediciones Atlantis ha publicado “EL HEREDERO AL TRONO DEL AVERNO”, de Sócrates García Gómez. Aquí tienes el comienzo de esta historia:

Si estás leyendo estas líneas, solo puede ser por tres razones: que te halla llamado la atención el titulo de la portada, porque quieras vivir una experiencia terrorífica cargada de asesinatos, sadismo y sangre, o porque realmente no tienes ni idea de lo que estás haciendo.

Si no sabes dónde te has metido, te diré que esta historia trata de mí, de cómo he llegado hasta aquí, y por eso puedo asegurarte que esta historia no es para niños ni miedicas, ni gente impresionable o que padezcan del corazón. Por eso, si no estás muy seguro de poder soportar el pánico en el que te vas a ver envuelto, mi consejo es que cierres este libro, y lo devuelvas a la estantería de donde nunca debiste haberlo cogido. Nadie tiene porque saber, que no reuniste el valor necesario para afrontar la lectura de mis relatos y cabalgar por las atrocidades que he ido cometiendo a lo largo de mi vida.

¡Vamos!, puedes estar tranquilo, hazte un favor, cierra este libro y olvídate de esas líneas que parecían hablarte intentando echarte para atrás a la hora de leerme. Nadie va a juzgarte, yo no voy a decírselo a nadie, tu secreto estará a salvo conmigo.

¡Vamos!, ¿no me oyes? Cierra el libro y devuélvelo a ese sucio estante, por lo menos ahí cumple con una función, decorar…

Bien, yo te lo he advertido, te he dicho que cierres este libro y te olvides de la voz que te habla entre los párrafos. Pero tú, testarudo, has decidido continuar leyendo, supongo que tienes curiosidad por descubrir un poco de mis vivencias, y digo un poco, porque estoy seguro de que con el paso de las páginas te irás dando cuenta del tremendo error que estas cometiendo al proseguir con tu lectura.

Desde que te sumerjas en esta historia, no serás capaz de ver otra cosa a tu alrededor, solo el horror… sentirás mi gélido aliento tras tu nuca continuamente, y ni siquiera podrás cerrar los ojos e intentar concebir el sueño, porque yo apareceré constantemente en ellos, tornándolos en tales pesadillas, que sentirás el dolor tan adentro, que el sueño, te parecerá completamente real; cada segundo de tu vida desearás estar muerto, hasta que al final terminarás entregándome tu alma como tantos otros han hecho antes que tú, ¿Cómo?, ¿no me crees?… pues continua leyendo.

Hoy en día ya nadie cree en nada, ya nadie necesita tener fe. Ya no existe el cielo ni el infierno, ni Dios ni el Diablo.

Con el paso de los siglos, hemos ido adquiriendo diferentes dones y habilidades, así como conocimientos, creando un mundo físico a nuestro alrededor, al que llamamos realidad, y donde agrupamos todo lo que podemos explicar.

En la antigüedad no hacía falta poder explicarse algo para creer en ello. Hoy, ridiculizamos todas aquellas creencias que no tienen una explicación científica, pensamos que la ciencia es nuestra aliada, y que ella nos dará las respuestas a todo. Pero la ciencia que el ser humano conoce no es más que la ciencia terrestre, y ni siquiera la conoce plenamente, siendo la inmensidad del universo, demasiado distante, para el alcance de la humilde visión, de nuestros débiles ojos humanos, quien procesa, fabrica y distribuye nuestros conocimientos…. por eso, nos auto-engañamos al pensar que solo existe lo que conocemos o podemos ver.

Yo me río de toda esa gente que piensa así, hombres de poca fe, que ridiculizan las creencias de algunos de sus semejantes, sin ni siquiera darse cuenta que lo más ridículo de todo, es su estúpida convicción de creer saberlo todo.

Puedes llamarme crédulo, cándido, ridículo, o lo que quieras, porque yo sí creo en ello. ¿Que por qué una persona como yo cree en algo así? Muy sencillo. Porque si el negro existe es porque existe el blanco, entonces si el diablo existe, ¿por qué no iba a existir su némesis?

¿Que cómo puedo estar tan seguro sobre la existencia de entes demoniacas? Pues más sencillo aún. Porque yo mismo soy una de esas almas errantes buscando sin reposo las puertas del averno.

Seguramente, ahora estas pensando que solo soy un loco, un lunático que cree estar poseído por un demonio, seguro que piensas que soy esquizofrénico o que tengo algún otro tipo de demencia, quizás ocasionada por una infancia pegado al televisor, sin límite de horario ni censura en la programación; no te culpo, vuestros frágiles cerebros humanos no están preparados para la verdad. La psiquiatra de la cárcel también lo piensa…

¡Diablos! Se me ha escapado, no debería haber dicho que estoy en la cárcel. Pero, en fin, ahora ya lo sabes, sabes que escribo estas líneas en un viejo cuaderno tras los barrotes de mi celda. A mi compañero le hace gracia y le parece motivo de burla, me llama “el diplomado”, y se ríe el muy necio, dice que soy una princesita… Pobre infeliz, aunque esté respaldado por el resto de latinos de la cárcel por ser de una familia influyente, terminaré matándolo con mi bolígrafo, no me hará falta nada más para acabar con su ridículo ego y segar su alma… solamente un bolígrafo para transformarlo en el número 999 de mi lista.

Sabes que soy un preso, seguramente piensas que soy un simple reo, un pobre diablo, otro delincuente de poca monta al que atraparon con facilidad… Pues no puedes estar más equivocado. ¿Puede un simple reo presumir de haber segado mil almas en el poco tiempo que su cuerpo mortal le ha dado? Bueno, no voy a exagerar para no mentir, novecientas noventa y ocho almas, pero pronto cosecharé el millar…

¿Te escandaliza?, ¿te horroriza? Ya te advertí que no leyeras este libro. ¿Qué esperabas encontrarte entre las páginas de un libro cuyo autor te recomienda que no lo leas? Venga, aún estas a tiempo, te doy otra oportunidad de cerrarlo y olvidarlo para siempre. ¿No?, ¿piensas continuar con tu afán de conocer?, pues bien, esto no ha hecho más que empezar.

¿Te da morbo leer escenas sangrientas sobre las más terribles atrocidades jamás cometidas? Tranquilo, yo saciaré tu sádico morbo. Continúa leyendo…

Puedes continuar esta historia aquí.

“El Don”, de JAMG, publicada por Ediciones Atlantis

“El Don”, de JAMG, publicada por Ediciones Atlantis

Este es el comienzo de esta fantástica historia publicada por Ediciones Atlantis.

Era un amanecer más, coloreado por los mismos rayos de luz, que los días anteriores conocieron en aquella apacible primavera.

La madrugadora claridad acariciaba los contornos de un pueblecito protegido por la naturaleza. La luminosa presencia del astro rey escalaba poco a poco, centímetro a centímetro, una pared abotonada con una sencilla ventana. La luz dibujaba trazo a trazo, las formas de un dormitorio. Y en su afán juguetón, pellizcaba la adormecida tez de un niño, un niño como otro cualquiera.

Aquella mañana que hubiera podido ser como otras tantas, marcaría el comienzo de lo que nadie hubiera creído posible. Le despertó por una cálida visión que a través de su ventana pasaba como un río desbordado de colores y formas. Las formas de su reino, su castillo, su habitación, la habitación de John Anthony Peaceman.

El pequeño John, de doce años de edad, saltó de la cama cuando del silencio roto por el trinar de los pájaros, irrumpió una voz bien conocida por él.

¡Johnny, dormilón, el desayuno! —le gritó su madre desde la cocina.

¡Ya voy mami!

¡Hoy tienes creps con chocolate y vainilla!

Como si de palabras mágicas se tratase, el menudo hombretón de la casa, tomó las prendas de la silla y comenzó la odisea del día a día. Una vez estuvo preparado, aún con los pelos revueltos como los prados después de una tormenta, inició la mañana que todo lo cambiaría.

Tras el energético desayuno, Johnny montó en su bicicleta con rumbo al colegio. No había peligro, la escuela estaba en línea recta, tan sólo a dos kilómetros de casa, y en este rincón del mundo, todos se conocen, como el frutero, que saludó al crío con gran familiaridad.

¡Eh! Johnny, ¿al cole?

¡Sí!—respondió sin dejar de pedalear.

Alegre, continuó hacia su destino. Pero el hecho de que la mañana fuese agradable, y en el cielo el dibujo del vuelo de los pájaros deleitase la vista, no evitó que el caos llegase a gran velocidad, empapado en el hedor de una larga noche sin control.

Los dados estaban echados y la jugada en movimiento. A pocos minutos de la escuela, el frío impacto del metal sólo le dejó ver al pequeño John, un haz de color rojizo que le alcanzaba. Aunque el embriagado conductor intentó esquivarle, tocó lo suficiente su frágil bicicleta, y Johnny salió literalmente del camino, tomando de este modo, el rumbo de un trágico desenlace.

¡Craaack! El abollado vehículo y sus ocupantes se estrellaron contra un árbol quedando inconscientes. Mientras tanto, el vástago del infortunio entraba en un mar de sacudidas, ¡aaaaah! Rodaba hacia abajo por la interminable e irregular pendiente. Todo daba vueltas al tiempo que se mezclaban los sonidos de los golpes de su infantil físico contra el manto verde.

Pero nada quedó, nada se vio, pues el incidente ocurrió en el tramo donde las cosechas separan las casas.

Al pequeño John, el último impacto le llenó de una extraña sensación. Todo parecía eterno, notó sequedad en la boca, e intentó controlar su cuerpo, nada respondía, y los colores de su alrededor querían abandonarle. La luz que en aquel amanecer le pellizcó ya no le decía nada, y se alejaba, se alejaba, se alejaba.

Las horas, que normalmente pasan lentas, se sumaban una tras otra con facilidad y crueldad. Las diez de la mañana se hicieron las once, las doce, la una…

Y aunque era la única carretera con dirección al colegio, una casa en ruinas ocultaba el coche siniestrado y a sus ocupantes de cualquiera que pudiera pasar.

Margaret, preocupada porque su hijo no había vuelto, miraba con nerviosismo el reloj que en la cocina parecía clavar las horas directamente en su corazón. No había rincón de ésta que no hubiese andado ni silla en la que no se hubiera sentado. El minutero cruel encajó otra hora más y su Johnny seguía sin aparecer. Eran la siete de la tarde, la escuela estaba a pocos minutos en bicicleta y por si fuera poco, comenzó una tormenta de primavera.

Desesperada, llamó a alguna de las madres de los compañeros de su hijo.

Raquel, perdona. ¿Has visto a mi hijo?

No, Johnny no fue al colegio.

¿Cómo? Pero si yo le vi salir hacia allí.

Mi niño me dijo eso. ¿Qué ocurre? —¡Clak! Sin darse cuenta, Margaret colgó el teléfono, y temblorosa tomó el listín para llamar a su marido.

En otro lugar muy cercano, el húmedo impacto de miles de gotas de lluvia, que desde el cielo eran arrojadas con furia para reanimar la vida, devolvió del silencio más amargo al pequeño John.

Primero los sonidos del entorno rebotaron en su cabeza, como si de una caverna se tratase; poco a poco el flujo de este se individualizó para finalmente ser reconocidos. Eran la lluvia y el viento, el tronar de las gotas de agua que se rompían en mil pedazos al ser cazadas por la vegetación, y el impetuoso aire que las empujaba.

Se alzó tembloroso, inseguro, se ayudó agarrándose a algo, sin saber bien a qué, pues en su turbada penumbra solamente había sitio para las sombras. Estaba tan aturdido que caminaba haciendo eses y, a cada paso que daba, se alejaba inconscientemente del lugar del accidente sin que se percatase de ello. Aunque sus pies estaban torpes, su caminar era incesante.

Su visión mejoraba, lo que eran sombras pasaron a formas, y las formas a conocimientos, todo lo que le rodeaba por fin tenía textura y nombre, pero ¿dónde se encontraba? El inagotable manantial que empapaba su cuerpo, y el zarpazo violento del frío, le desconcertaban aún más.

Su soledad no iba a durar mucho ya que algo detrás de él, emitió un sonido desgarrador que salía de las mismísimas entrañas de la noche. Aterrorizado, se volvió y clavó su mirada en la oscura distancia, sus ojos se abrieron como los del cordero antes del sacrificio. Su tez quedó petrificada, su mirada se fijó en dos puntos luminosos que a unos cincuenta metros se le acercaban paulatinamente. Eran los reflejos de algún cazador nocturno, y no había tiempo para averiguar cuál, sólo para correr.

A pesar de sus heridas, corrió como nunca lo había hecho sorteando árboles, arbustos y ramas, casi podía sentir en el viento el ansia de la bestia. Sus piernas le llevaban en volandas, pero cuanto más lejos creía estar de ella, más cerca estaba el final.

El sudor era frío, y en su mente solo había una palabra: “Huye, huye, huye”.

El aliento del depredador comenzaba a sentirse en la piel del pequeño John, se podía escuchar el jadeo de la alimaña, cuyo calor recorría su columna vertebral. Todo estaba perdido, un chasquido indicó el salto final, y el ligero silbido de unas mandíbulas al abrirse en pleno salto, le marcaron la hora de la tragedia.

Johnny, en su carrera, dio su último paso mientras notaba sobre su nuca la saliva de su ejecutor. Repentinamente sonó un crujido, ¡craaak! El suelo se deshizo bajo sus pies, el cazador estaba encima de él, y juntos cayeron en la oscuridad. Rodaron sin control por una especie de canal subterráneo. La angustia se hizo mayor, pues el agua de lluvia actuaba de pista rápida, y aunque la bestia seguía secuestrada por este improvisado canal, le veía como su cena.

El pequeño en aterrorizada bajada, lanzaba los brazos al aire en su afán desesperado de parar su interminable pesadilla. ¡Aaaaaaah! El turbulento canal se estaba acabando, y en un acto reflejo, se agarró al cable que impactó contra su mano. El depredador pasó por debajo de su embarrado cuerpo mientras él quedaba frenado. Su iris lleno de terror percibió cómo la bestia se alejaba hacia un destino incierto, “se va” se decía animándose. Esos ojos que le sobrecogieron se iban haciendo cada vez más y más pequeños, hasta que se perdieron en la oscuridad.

El pánico le dio fuerzas para continuar agarrado, hasta que la lluvia comenzó a cesar. Todo parecía estar favoreciéndole; Pero su salvador cedió antes de lo previsto, y con la superficie ligeramente resbaladiza, comenzó otra vez la caída, aunque en esta ocasión, no fue tan veloz.

Cuando las circunstancias parecían conducirle a un trágico desenlace, el barro ya seco actuó de freno justo al final del imprevisible canal. Con la respiración acelerada, se aferraba a los salientes mientras miraba en todas direcciones. La pesadilla aún no había acabado.

Puedes continuar esta espectacular novela aquí.

“COSMOSIS”, de Magi Balsells Palau en Ediciones Atlantis

“COSMOSIS”, de Magi Balsells Palau en Ediciones Atlantis

Puedes disfrutar del inicio de esta historia, publicada por Ediciones Atlantis…

Capítulo 1

Ya le di al interruptor, pero nada ocurre. No noto nada, qué pasará, no podré repetirlo si los aparatos no son los ideales ya que todo mi patrimonio se ha ido en este trabajo y alguna deuda aún me queda de solventar.

Me desenchufo de todos los cables conectados. En aquel momento me doy cuenta que uno de ellos no estaba en la posición correcta. Qué alivio momentáneo, será esta la posible avería, enseguida lo comprobaré. Vuelvo a conectar todos los cables y procurando que esta vez todo esté correcto. Creo que es por una cuestión nerviosa que me ha ocurrido este problema, si se puede llamar así.

Ya está todo en posición. Vuelvo a darle a la conexión eléctrica y ahora sí, noto un pequeño zumbido. Amplío la potencia un poco y desaparece, pero veo por el cuadro de control que sí está funcionando todo correctamente

Me arrellano y cierro los ojos, concentrándome en enviar mi llamada estelar a través del rayo del láser. Voy elevando la potencia del mismo hasta llegar a unos niveles casi peligrosos para mi integridad. Estoy enviando mis ondas cerebrales al espacio. De momento no hay contestación, insisto, no decaigo. Si hay vida inteligente en el cosmos pueden llegarles mis envíos.

Pasan las horas, no hay ninguna respuesta. El día empieza a clarear. Se pasó la noche en un suspiro, pero sigo aferrado al equipo. Sé que alguien puede recibir mis ondas cerebrales. Me estoy agotando, este esfuerzo es superior a mis fuerzas pero no quiero dejarlo, sería volver a empezar. Lo intento una y otra vez, pongo la mente en blanco para un pequeño descanso.

Pasa el día sin ninguna respuesta. Vuelve ya la noche, me estoy durmiendo. Son muchas horas de padecer esta situación, el cuerpo humano tiene unos límites, voy a cerrarlo y mañana volver. Pero en este momento se produce…

Capítulo 2

¿Qué ocurre? ¿Qué pasa? Noto algo muy extraño, unos sonidos acompasados con fluctuaciones cada vez mas rápidas. Miro la pantalla de control, todo está correcto. Ahora siento como si algo o alguien quisiera penetrar en mi mente, como si apartara las defensas de la misma como abriéndose camino. Me asusta el no saber qué es lo que ocurre. Voy a apagar el equipo, pero algo superior a mí me lo impide, quedo como petrificado sin posible movimiento alguno. Por favor que alguien haga algo, que se corte la electricidad, estoy temblando, sudoroso, encogido.

De repente todo desaparece y una luz explota en el interior de mi cabeza. Luz más blanca nunca la había visto, me calma mi inquietud, aleja mis miedos y relaja mis músculos.

Se disipa la luz centellante, queda en una semioscuridad y en este momento en mi cerebro una voz resuena. No puede ser, serán figuraciones mías por la tensión pasada, pero no es así. Alguien me está hablando, no lo entiendo en mi estado de nerviosismo. Procuro calmarme, me está saludando una voz impersonal e imposible. Estaré soñando. Me pellizco y me duele, estoy despierto, no es un sueño es una realidad.

Siguen saludándome una y otra vez con el mismo mensaje sin cambios lingüísticos, la misma frase una y otra vez como si de una grabación se tratara. ¿Qué hago? ¿Contesto? O será alguien que se está riendo de mi buena fe, que por cualquier circunstancia habrá conectado con mi intento de mensaje.

Y casi sin atreverme, yo también contesto. Y es tanto mi atolondramiento, que solo consigo decir “hola aquí estoy, ¿quién eres?”

Espero anhelante si obtengo una contestación.

En este instante finaliza este mensaje repetitivo que estaba recibiendo y recibo la contestación esperada:

Sabemos dónde estás, en un planeta llamado «Tierra» en tu idioma, hemos recibido tu mensaje, lo cual nos complace. ¿Preguntas quiénes somos? Somos…

Sigue con esta espectacular historia aquí.

“BESTIA KUM”, de Rafael M. Medina en Ediciones Atlantis.

“BESTIA KUM”, de Rafael M. Medina, publicada por Ediciones Atlantis

A continuación puedes disfrutar del comienzo de esta obra, publicada por Ediciones Atlantis.

Carta de Augusto Regio, comandante de la VI Legión.

Para Quinto Curcio, general de las Legiones de Roma.

Asunto: Situación en la frontera de Germania.

La VI Legión llegó a la frontera germana sin demasiados contratiempos, con la excepción de algún problema de logística solucionado con el cese del responsable y el nombramiento de su sucesor.

A lo largo de la travesía nos vimos emboscados en diversas ocasiones por grupos rebeldes a Roma. Al principio sopesamos la situación como normal, pero después, los asaltos fueron cada vez más numerosos y más molestos. Llegamos entonces a la zona sur de Germania donde la situación era más delicada de lo que en un principio calculé, pues aquellas cédulas se habían organizado y tenían un líder imposible de comprar, más por su torpeza mental que por mi generosidad. Decidí y ordené la limpieza de la zona.

Nos retrasamos tres meses en las escaramuzas.

Una centuria perdida. Sin bajas destacables en caballería.

Tras esa demora retomamos la ruta inicial con destino a la frontera norte con una cohorte de leva sumada al grueso del ejército. No hubo más incidentes durante la travesía hasta la llegada a destino. Tres meses después de haber partido de Roma, nos encontramos en primavera con la última fortificación del Imperio.

Aquella misma noche una fuerte nevada cayó sobre nosotros. Los animales estaban inquietos y ninguno, ni soldados ni oficiales, pudimos dormir tranquilos. Al día siguiente el centurión del cuerpo de guardia vino a verme a mi tienda a primera hora de la mañana. Cinco caballos habían sido muertos durante la noche, sin ruido, signos claros de puñal. Sin embargo, sus carnes estaban intactas, pero sus ojos y sus corazones habían sido arrancados utilizando algún tipo de punzón o incluso la misma arma que los mató. Envié buscar aquellas vísceras y órganos. No se encontraron en los alrededores. Dictaminé la pena de muerte a unos culpables que tampoco pudieron ser hallados. Por aquel entonces el ejército estaba fuerte, bien alimentado y animado razonablemente para quienes habían sido arrancados de sus hogares y empujados hacia lo desconocido. No había ninguna razón para tan desagradable incidente. Deduje entonces que se debía a una apuesta o algún tipo de juego de algunos de nuestros soldados.

Pero aquello fue el comienzo de nuestra pesadilla.

Continuando con tus órdenes, las cuatro cohortes que componen la VI Legión fueron repartidas según tu disposición: la primera se situó en la zona oriental donde se levantó un fortín debidamente defendido por un foso. Su situación era adecuada: junto a un río y en medio de un gran claro. La segunda cohorte se fortificó a cuarenta millas de la primera siguiendo con la misma estructura defensiva utilizada en las restantes. La tercera a cincuenta millas de la segunda y la cuarta a treinta de la tercera. El campamento general, donde yo me sitúo, se halla en el tercer fortín, construido al comienzo de un bosque donde talamos unos árboles oscuros, de hoja y corteza, nunca vistos ni por los más experimentados legionarios. Esta tarea ha de hacerse una vez por semana pues nacen retoños que crecen con una rapidez asombrosa y las raíces rompen nuestras defensas, fabricadas con los troncos de esos mismos árboles. Es como si el bosque reclamase su tierra. Aquellos árboles tienen un tronco recto y son de corteza suave, pero cuando se talan comienzan a retorcerse delante de nuestros ojos, como si tuviesen iniciativa propia para quedar así inutilizados para fortificar la plaza, por lo que cada semana debemos reemplazarlos por otros nuevos que no tardan en retorcerse como leños viejos. Su madera no arde, ni recién cortada ni cuando está seca y temo la llegada del frío y de las nevadas. Además, aquel lento movimiento de cambio de forma hace que sus maderas resuenen en horribles crujidos que por la noche parecen quejas de difuntos. Ninguno de nosotros dormimos cerca de la empalizada. He comentado esto con los oficiales de las otras plazas y el bosque es igual a lo largo de toda la frontera, con el mismo tipo de árbol y la insistente oscuridad, impenetrable, que siempre deja un desasosiego en el alma cuando se mira de frente.

Soy consciente de tener delante de nuestra línea un mundo desconocido. Los más expertos vigías han tratado de escudriñar en su interior, pero la oscuridad allí es tan densa como para hacer imposible la visión más allá de diez metros hacia el interior. A veces, sin embargo, parecen verse movimientos de animales, pero nunca han salido al claro donde nos hallamos. Son grandes sombras corriendo por los límites espiando y temerosas de dejarse vez a la luz de la explanada desnuda de árboles. La caza conseguida y de la que nos alimentamos proviene de la parte sur, la que se encuentra a nuestras espaldas donde los bosques son verdes y frondosos y los ríos claros y limpios.

Esta línea formada por nuestras fortificaciones es la parte norte del Imperio romano y nuestras insignias se levantan orgullosas ante cualquier alzamiento. La orden de asentamiento y definición de la frontera ya está cumplida, sin embargo, la misión de avance me preocupa más.

Han pasado tres meses desde nuestra llegada y entre las fortificaciones nos mantenemos en contacto mediante palomas mensajeras y correos a caballo. Pero aún no me he atrevido a entrar en el bosque. Parece viejo, muy antiguo, y, sobretodo, parece hostil. Un sexto sentido me mantiene alerta y me aconseja no provocarlo.

Entonces pensé en los lugareños, en las tribus enemistadas entre sí, y ordené una entrevista con algunos líderes, aunque todos coincidieron en no traspasar la frontera forjada con nuestras fortificaciones y nuestras carreteras. Entre ellos había uno muy anciano, de barba muy larga, blanca como la nieve, que se apoyaba sobre un bastón blanco como el marfil pulido. Se llama Glaumak. Me dijo que si nos internábamos en el bosque nunca saldríamos de él. Según el germano, hay una maldición tan fuerte sobre aquellas tierras como para hacerlas oscuras y traicioneras. Solo los “Kum” viven allí, seres malignos y aciagos. Me reí, porque somos soldados: cuatro cohortes de cuatrocientos ochenta hombres cada una, experimentados en el ejército más grande del mundo, con dos centurias por cohorte de hombres traídos de Dacia, Hispania y Persia, hombres que cargaban a sus espaldas muchos años de luchas. Quién era él, un bárbaro medio desnudo, supersticioso y sometido, para juzgar a Roma.

No le hice caso.

A los cinco meses de haber llegado aquí envié notificaciones a todos los puestos de la frontera para que, a los dos días de la llegada del aviso, enviasen un manípulo de veinte exploradores al interior del bosque. Su misión no era puramente militar. Se debían de limitar a levantar un mapa geográfico lo más fiable posible con una distancia máxima de cincuenta millas desde los puestos. Debían de cartografiar los ríos, valles, cerros. Descubrir los posibles caminos, de dónde venían, a dónde llevaban; descubrir, sin ser descubiertos, posibles asentamientos hostiles, sus defensas, sus fuerzas y armamento. Se trataba de preparar el camino para poder introducir el grueso del ejército y las posibilidades de logística de la zona. El avance de Roma se estaba preparando.

Yo los vi partir desde la empalizada.

Veinte soldados, con un centurión experimentado al mando, salieron de patrulla desde cada fortificación.

Y ninguno regresó.

Esperé días, semanas. A los veinte días los di por perdidos.

Quedaban apenas un mes para que comenzasen las nevadas y el frío del otoño. Entonces, para gente del sur como nosotros, cualquier ataque, evacuación o avance sería una temeraria aventura y habría de esperar a que las nieves desapareciesen de nuevo. Pensar en un invierno en aquella frontera me erizaba la piel.

Incapaz de hacerme a la idea del frío, la oscuridad y el tedio, preparé otra expedición.

Esta vez organicé a dos centurias y me puse yo mismo al mando. Deseché los consejos y las ofertas de los tribunos y los oficiales y dejé bien organizada la defensa de las fortalezas. Los otros tres puestos recibieron las mismas órdenes.

El día anterior a nuestra partida yacía descansando en mi litera cuando el centurión de la guardia vino a verme.

El vigía de la torre norte había divisado algo en los límites del bosque.

Era una tarde fría y a lo largo del día el sol nunca había aparecido oculto tras un pesado manto gris capaz de soltar la lluvia en cualquier momento. Subí las escaleras de la torre acompañado por el centurión y el vigía quien, con el rostro constreñido por el miedo, apuntó con el dedo hacia los límites del oscuro bosque.

Dos ojos miraban directamente hacia nosotros.

Puedes continuar aquí esta historia.

“Un alma viajando por la cuarta dimensión”, Ignacio Martín Sequeros

“Un alma viajando por la cuarta dimensión”, de Ignacio Martín Sequeros en Ediciones Atlantis.

Éste es el comienzo de la nueva obra de Ignacio Martín Sequeros, publicada por Ediciones Atlantis:

Álex— Me tendría que haber despertado ya. Creo que llegaré tarde… ¡Qué raro! No noto mi cuerpo… Digo yo, que debo de seguir soñando, pero no siento ni frío ni calor. Parece como si estuviera en un sitio extraño donde la sensación de peso parece que no existiera… ¡No entiendo nada!

Evidentemente, Álex estaba muy desorientado, aletargado o en algún mundo diferente al del orbe de Morfeo y con la sensación de no tener la menor idea de cómo podría haber llegado a tal situación, la cual no parecía ser la de alguno de sus acostumbrados sueños.

Sentía como si vagara dentro de un mundo diferente, o más bien imaginario, repleto de luces y sombras con pocas conformaciones bien definidas, algo así como si se tratara de complejas estructuras salpi-cadas con colores en difracción, con multitud de líneas y curvas, unas más brillantes u oscuras que otras, pero difíciles de definir. Y no encontraba una forma de salir de tal estado, aunque eso apenas le incomodaba realmente; le parecía una especie de laberinto aunque no tan embarazoso.

Vagando en tan sorprendente estado, de repente, apareció en medio de ese extraño mundo, alguien que con su voz, se dirigió a Álex.

Otto— Por fin parece que encuentro a alguien.

Álex— ¿Pero de dónde sales tú?

Otto— Vengo viajando desde el año 2045, a través de este grandioso laberinto… ¡No te puedes hacer ni idea de lo que es esto! Por cierto, ¿en qué año estás tú y cómo te llamas?

Álex— ¿Me estás tomando el pelo? Cuando me quedé dormido, estaba en 2016, pero me parece absurdo lo que me comentas. Mi nombre es Álex. No me he metido por aquí voluntariamente y no sé tampoco cómo he llegado hasta esta absurda situación de la que en principio no sé cómo salir… Pero me parece todo esto tan raro… y encima apareces tú, a quien ni conozco… y que entiendo que estás tan perdido como yo…

Creo que eres mayor que yo y desde luego, estás vestido de una forma que a mí me parece curiosa.

Otto— Seguro que soy bastante mayor que tú. Yo nací en los principios del siglo XXI de este mismo centenario en el que al parecer y tal y como me dices, seguimos estando. Me pusieron de nombre Otto. En el tiempo de donde yo he regresado, ya prácticamente no existe la profesión de sastre, la cual seguramente aún conoces. Ya cuando somos pequeños nos colocan dentro del cuerpo un diminuto micro-chip que se alimenta con la energía que producimos en nuestro propio cuerpo. A veces, siendo adulto, suelen intervenirte de vez en cuando para renovarlo por un nuevo modelo más actualizado. Creo que algo así que se lo hacen a los animales domésticos de tu tiempo, donde reúnen la información del animal: dueño, vacunas, pedigrí y otras utilidades para controlarle, tanto el veterinario como las autoridades pertinentes. Bueno, pues algo así es lo que a todos nos han introducido con ese micro-chip perso-nalizado. Desde luego eso tiene sus ventajas, pero también sus inconvenientes. Ya no necesitamos tener con nosotros identificaciones, como documentos de identidad o tarjetas. Además, este injerto que llevamos dentro, si nos faltara nuestra vida, si fallecemos, al perder parte de la energía que lo alimenta, la electricidad generada en nuestro propio cuerpo, la mayoría de sus funciones se quedan paralizadas, dejando de funcionar en esas máquinas que nos ofrecen distintos tipos de servicios cotidianos.

Álex— Si como dices prácticamente ya no existen los “sastres”, ¿cómo conseguís vestiros de esa forma tan original?

Otto— De vez en cuando, nos introducen en una pequeña cabina donde se nos hace un escaneado del cuerpo en tres dimensiones. La información recogida, de muchos tipos, queda registrada en nuestro micro-chip personal. Así, por ejemplo, cuando queremos renovar los modelos con los que nos vestimos, nos sentamos ante una máquina que nos propone diferentes opciones de tejidos, colores, formas, calidades según la época del año, del lugar a donde deseamos ir e incluso si lo usamos para zonas de trabajo. A veces ni siquiera lo reutilizaremos, ni lavaremos esas prendas, sino que directamente serán recicladas y renovadas por otras a estrenar.

Álex— Yo diría que ese tipo de cosas incluso me parecen lógicas para una época tan avanzada como la que me cuentas… pero mira, a mí me gusta el mundo del automóvil, busco siempre modelos novedosos o con nuevas prestaciones y diseños. ¿Cómo son ahora? ¿Qué combustibles usáis en esta época? ¿Siguen funcionando con gasolina?

Otto— Pero qué barbaridad… Hace ya tiempo que el petróleo no se emplea para mover los motores en general. Ahora nadie puede explicarse cómo esa generación entre los siglos XX y XXI pudo aguantar tanta contaminación creada por el uso de esos sistemas tan obsoletos y perjudiciales.

Álex— Pues como no se muevan con aire o electricidad mediante placas que toman la energía del sol…

Otto— Es mucho más sencillo, aunque no vas desencaminado… En efecto, la energía que se produce y se almacena en un coche es eléctrica, pero la forma de conseguirla se realiza sencillamente a partir del agua.

Álex— Sí. Ya escuchaba que incluso se habían inventado motores que funcionaban con agua en la década de los sesenta del siglo XX, pero la industria del petróleo hizo retirar esos inventos para no perjudicarlos en el negocio de los carburantes, aunque desde luego nunca imaginé que finalmente podrían acabar funcionando con algo tan simple como es el agua…

OttoEn mi época incluso un niño sabe comprender que el agua es la forma más lógica de generar esa energía. Seguro que sabes que la fórmula del agua siempre fue considerada como H2O ¿verdad? Eso dio como resultado algo tan sencillo como liberar el hidrógeno para utilizarlo como combustible, es muy poderoso como tal; mientras que el oxígeno restante se libera debidamente tratado al medio ambiente, para que no produzca exceso de O3 (Ozono) que también podría ser perjudicial en cantidades excesivas, pero sin duda, nunca tanto como resultó ser el CO2 que lanzaban los tubos de escape de aquellos automóviles de vuestra época… No sé como esas generaciones lo aguantaron.

Álex— Sí, en efecto, siempre se ha dicho que el hidrógeno es un excelente combustible, ligero y muy eficiente, pero también peligroso de almacenar al ser altamente inflamable aún en estado líquido.

Otto— Pero eso ya hace mucho tiempo que se resolvió logrando una eficaz disociación del hidrógeno y el oxígeno a tiempo real, y a medida que se requiera para su uso, es decir, que solo se necesita almacenar un poco de agua y prácticamente es inerte. La solución se encontró al conseguir un catalizador para realizar la operación a una temperatura razonable, cuyo calor producido era fácilmente disipado. Lo obtenido era la electricidad que necesitara el vehículo, incluso alma-cenando parte de ella como residuo necesario para su uso en momentos en los que sus motores no estuvieran en marcha.

La cuestión es que se transformaron ese tipo de negocios y que ya no los controlaban las petroleras, sino las empresas que fabricaron los catalizadores y sistemas de computación que manejaban todo ese complejo funcionamiento. Estos catalizadores necesitan varios elementos o materias primas que no son fáciles de obtener y por lo que para conseguirlo, pugnan muchas empresas, así como para su distribución. Bueno, real-mente, no solo controlan este tipo de productos, sino también su funcionamiento y el de otras máquinas, incluso de robots que se construyen por sí mismos y a su vez a otras máquinas. Las fábricas se mueven con muy pocos operarios humanos actualmente.

Álex— Oye Otto, otra curiosidad… ¿Y los coches realmente vuelan a través de las ciudades, como vi hace tiempo en películas futuristas?

Otto— En efecto, desde hace mucho, algunos coches, pero no todos, despliegan unas alas que llevan adosadas transformándose en pequeños aparatos de vuelo para distancias no muy largas y a baja altura, por debajo de los 3.000 metros. Hay un sofisticado sistema que controla todo ese tráfico por el aire. Pero de todos modos, ya ocurre también y desde hace años que se decidió que ese tipo de vuelos se suprimieran dentro de las ciudades, para evitar congestiones y tráfico y por ello, ya solo se realizan fuera de ellas. Es decir, los automóviles que tienen ese tipo de dispositivos van en principio por superficie hasta las afueras de las ciudades y es allí donde pueden desplegar los motores de elevación sobre el suelo. Lo que también existe, son automóviles que ya no usan ruedas para moverse, sino que lo hacen sobre una especie de colchón de aire que al principio era ruidoso, pero que han conseguido que resulten más silenciosos y soportables. Igualmente, ya hace bastante tiempo que muchos coches circulan sin conductores. Solo tienes que comunicarles tu destino y te dejas llevar. A veces es más fácil hacer un transporte de ese modo que a través de autobuses y económi-camente similar, mediante bonos temporales. Para recorrer distancias más largas, suelen utilizarse los transportes que van por los tubos subterráneos hasta otras estaciones para recorrer distancias más largas o enlazar el viaje con otros medios más rápidos a las afueras de las ciudades.

Puedes continuar aquí esta historia fantástica…

“TREMEALOS”, de Gabriel Barrios Martín

“TREMEALOS”, de Gabriel Barrios Martín, publicada por Ediciones Atlantis.

Os dejamos el comienzo de esta obra:

 

—1—

HOY ES UN GRAN DÍA

Me eché la guitarra al costao y una mañana de julio bajé al Barco a hablar con Pedro de hombre a hombre. Venía de la familia de los Morondos y aunque era de Santa Lucía, su padre y el mío habían compartido majada más de tres veces y de cuatro. Sabía que andaría por la taberna de Lucio y allí aparecí con la venida de la tarde. Al verme, torció el gesto pues sabía que yo no soy de bares y que si estaba allí era por el asunto de las peñas. Nada más tenerme a tiro, me dijo:

  • Ya lo hemos hablado antes, Felizón: Que las piedras a mí no me las regalan y que yo tengo sueldos que pagar y máquinas que mantener. Podrás tenerlas a precio de coste. Hasta ahí puedo estirarme.

  • ¿No vas a convidarme a un chato, Morondo? —le dije quitándome la boina.

  • Eso está hecho, que ahí mi brazo llega —hizo un gesto a Lucio el posadero y nos alcanzó dos vasos de tinto.

  • ¿Cuál era el oficio de tu padre? —le dije acercando el vino.

Resopló con hastío. Cogió el vaso con sus rechonchos dedos, como si no pudiese con el esfuerzo. No quería mirarme directamente a la cara. Bebió. Yo seguí con lo mío:

  • ¿Y el tuyo hasta que nació la Petra?

El Morondo se puso serio y ceñudo. Bebió el vino de un trago y soltó el vaso de malas maneras. Me miró a los ojos.

  • Esa no es la cuestión, Julián, que todos los vecinos han sido pastores y ninguno de ellos, ni tú siquiera, está dispuesto a arreman-garse. ¿Por qué tendría que hacerlo yo?

  • Porque tú tienes las piedras —guardé silencio. Pedro bajó la vista hasta el entablado del suelo, girando el vaso sin pausa con los dedos. Proseguí—. Ahí lo quedo, Morondo. Me subo al Tremedal que la Nati me espera para cenas.

Al día siguiente se presentó en la era con el Santana y dos camiones con pluma. Ahí andábamos Juan y yo jugando a la calva. Se bajó en mitad de una polvareda y nos dijo muy serio al Goriche y a mí:

  • Dos están partidas y no las puedo vender. El que las esculpa que lo haga con tiento que yo no respondo. Y quiero una placa junto a las piedras que diga que las donó mi cantera.

  • ¡Ay, Morondo, que siempre fuiste un tierno! —gritó el Goriche con guasa. Pedro estuvo a un pelo de enojarse por el choteo. Tuve que tener un tanto los ánimos.

Las descargamos con ayuda de la grúa y de unos mozos de Ubiña que se trajo el Morondo. No tardó Jacinto en escribir una carta a la Diputación para hacer valer el trato. A los dos meses nos comunicaron que la escuela de canteros de El Barco de Ávila estaba dispuesta a esculpir las piedras de manera desinteresada. Y así fuimos al lío. Cada cual con lo suyo y en 1999 el monumento ya estaba acabado a la espera de inaugurarlo un día del verano. La verdad es que nos quedó muy pintón. Hice el chozo con unos buenos arreglos para que durase varias temporadas. Vino un ingeniero de la Diputación y le dio un vistazo diciendo que ese chozo aguantaría más de veinte años porque toda la base era del granito que había restado de los bloques del Morondo y el entramado, a pesar de ser de escobas, tenía la cruz principal de hierros soldados.

La cosa empezó hace cuatro años, cuando el Goriche y yo nos pusimos de acuerdo para llevar el asunto al alcalde de El Barco de Ávila, que en su mocedad se había criado aquí en el pueblo. Queríamos hacer un homenaje al pastor; un “monumento a la trashumancia”, como decían en los papeles que paseamos por toda la Diputación. Recordar con cariño la profesión que había sido nuestra, de nuestros padres y abuelos endenantes que nosotros. Y de esta manera honrar algo ya casi borrado del paisaje castellano y de las mentes de los jóvenes. Lo más fastidiado fue convencer a los pocos vecinos que quedaban en El Tremedal para acorpar todos a una y meter un primer gasto necesario para que nos calculasen el monto total del monumento. Pedro el Morondo, dueño de una cantera en Ubiña, vino con el Santana y fue muy amable con nosotros. Nos dio unos pensamientos muy válidos para este particular: hacer la figura de un pastor, por supuesto, y hacerle acompañar de dos o tres ovejas y vacas con formas de bichas ibéricas como las de Guisando. Fue al decir esto cuando se me ocurrió que el monumento podía completarse con un chozo, un caldero con sus llares y un redil menudo. Aún me acordaba de cómo hacer un chozo. Podría tomar prestado del museo el caldero, unos zurrones y otras cosas para dejarlo galán por dentro. No se habló más, Pedro tomó sus medidas y se fue por donde vino. A los tres días nos llamó y nos dijo el precio de la broma. Demasiado para nuestros bolsillos. Así que no tuvimos más remedio que recurrir a Jacinto el Mono, hijo de vecino del pueblo, que ahora era diputado por Ávila. Él ya me había ayudado a montar el museo del Tremedal cuatro años antes y más o menos sabíamos cómo iban estos tejemanejes. A Jacinto le gustó la idea desde el principio, pero nos advirtió de que esto iba a ser muy diferente a lo de montar un museo en las antiguas escuelas. En aquella ocasión teníamos el sitio y los trastos, y solo necesitábamos capital para la reforma y poco más. Ahora, no teníamos nada de nada y necesitábamos cuatro peñas de granito y alguien que las trabajase.

Tras hacer los formalismos, estuvimos dos años sin saber nada del asunto. No había mañana que no mirase el buzón en busca de la apetecida carta. Los demás vecinos andaban ya en otras cosas y poco les importaba este propósito. El Goriche me preguntaba de vez en vez porque él tampoco recibía nada. Y es que, dos años no son nada para unos asuntos pero son mucho para otros, sobre todo cuando eres viejo y estás más cerca del otro mundo que de este. Cuando llegó la misiva, no nos traía nada bueno. No la quise abrir solo y quedé con el Goriche para que las tortas se repartiesen mejor. Al leerla se nos quedó cara de moho y de seguido llamamos a Jacinto, a ver qué nos contaba. Nos dijo que, a las primeras, siempre dicen que no. Nos pidió que le enviásemos la mortaja y ahí quedó todo. Otra vez la tonta espera, esta vez de solo ocho meses. Volvimos a recibir un escrito en el que aprobaban el proyecto, pero que “por motivos de ajuste presupuestario, no se encontraban en posición de asumir los gastos al completo”. Nos platearon la opción de que si nosotros conseguíamos la piedra, ellos pagarían al cantero escultor. También nos dijeron que a partir de ahora nuestro delegado directo para este asunto sería Jacinto Sánchez Aurelio, lo que nos facilitó todo aún más. Ahora tocaba conseguir el granito como fuera. Hablamos otra vez con el Morondo y nos dijo que él podría vendernos la roca a precio de coste. Ni aun así conseguimos convencer a los vecinos para que acorpasen. Por eso me tuve que bajar aquella tarde a hablar con Pedro, de serrano a serrano.

Para la inauguración, Jacinto se puso un poco cabezón con el día. Quería que coincidiese con la festividad de las Nieves pues era cuando más gente había en el pueblo y según él, cuando más luciría el evento. Se esperaba también al presidente de la Diputación y la tele. Nosotros nos negamos, por supuesto. El día de la Virgen de las Nieves era para la Virgen de las Nieves. Ningún vecino se había atrevido siquiera a casarse ese día para no afear a la Virgen ni creerse más que nadie. Y nuestras mujeres preferían las piedras partidas por un mal rayo antes que estar haciendo vanidades el día de las Nieves. Jacinto no veía nuestras razones. Claro, él se había criado fuera del pueblo. Decía que una cosa no quitaba la otra y que había sitio para todo. Pero no hubo qué hablar. Las Nieves eran las Nieves. Y el monumento iría antes o después; o no iría. Pero las Nieves, se respetaba. Al final convenimos que se hiciese un día antes de la festividad, que era cuando se hacía la comida de hermandad en la era y se podría aprovechar la ocasión para invitar a la mesa al presidente de la Diputación, a la tele y a todos los forasteros que gustasen de probar la caldereta, que es lo típico de por aquí.

Y llegó el gran día. Además de la Diputación de Ávila, ha venido a la inauguración la televisión de la nación y a alguna que otra más menuda. Yo, vestido para la ocasión con mis zahones y mi zamarra. Aún me asienta el conjunto y mira que han pasado abriles. Con mi lazo colorín de lino para sujetarme el cuello de la camisa, el zurrón y mi chaleco de estezado. Los pantalones duros de vaquero y las calzas de lana. El Goriche, el Pues y el Morondo están a mi vera de la misma guisa, morral al hombro y abarca suelta, con una sonrisa que no les cabe en la cara y los colores subidos por el colambre de la mañana. A ellos el traje de pastor les queda un poco más prieto, pero igual les vale. El presidente de la Diputación lleva ya veinte minutos hablando. No le entiendo la mitad de las cosas que dice. Ninguna tiene que ver con el evento. Hay que tener paciencia, igual ahora dice algo sobre nosotros o las bichas. Detrás nuestra están las esculturas. Un pastor barbón con la montera y la garrota, como Dios manda, y cuatro bichas a su vera. A nuestra siniestra, el chozo. Hábil para tres personas, con el caldero y otros cacharros adornándolo por dentro. En un lateral hemos montado un redil. Tío Camuñas ha traído cuarenta ovejas de El Puerto de Castilla para que todo luzca como una majada pero en chico. Esteban trajo su burro y lo plantó allí, a la vieja usanza, con la cobija, la reata y los cántaros. Como está entero y en edad, no para de moverse y toda mosca le molesta. Jacinto está a la guarda del presidente de la Diputación. Mientras este habla, el Mono se me junta y me chisma: “Prepárate para hablar, que este es tu día”. Los de la tele y la radio parecen estar interesadísimos en lo que está pasando. Los zagales ya se han aburrido y han ido a jugar con la pelota al prao. Las mesas de la era están listas para la caldereta de después. Hemos hecho dos bancadas nuevas para que abarquemos todos, pues somos más de cincuenta entre pitos y flautas. Se ha empeñado Jacinto en traer refrescos, patatas fritas y esas cosas que gustan a los de ciudad. Tía Marciana ha quitado la pelota a los rabadanes para que no tumben nada de lo que hay preparado en las mesas. Nati no ha querido venir a los discursos. Se ha quedado en casa viendo la tele hasta la hora del almuerzo. Como dijo ella: “A mí déjame de esas gaitas, que yo ni entiendo ni quiero”.

Ahora el presidente ha concluido. El micrófono queda abierto para todo aquel que quiera engrandecer la cosa con sus palabras. Yo no tengo ninguna intención de hablar. Jacinto toma la vez y comienza así su discurso:

  • Gracias, en primer lugar, al señor Presidente de la Diputación de Ávila, a Julián Sánchez García, promotor de este evento, y a todos los asistentes. Nos vemos en el día de hoy, rindiendo homenaje a la memoria de tantos y tantos vecinos del pueblo que a través de su profesión, engrandecieron una institución milenaria: la del Real Concejo de la Mesta. Esto es, la ganadería trashumante. Institución que se remonta desde la Edad Media hasta casi nuestros días. Teníamos la necesidad de hacer algo en honor de nuestros antepasados, por lo mucho que lucharon para que un oficio y una manera de entender el mundo perviviese. Su vida fue el ganado y se la dejaron en los cordeles de toda Castilla y Extremadura.

Hizo una pausa y se giró a mí como queriendo que me acercase al atril. Ni un pelo moví. Las piernas no me regían. Además, ya me empezaba a doler la pata mala por llevar tanto rato tieso. Como sabía que no iba a torcer mi voluntad, se giró de nuevo y prosiguió con el discurso.

  • Todos vosotros conocéis la ingente la labor de Julián, ilustre vecino del pueblo, tratado por todos y al que es difícil decirle que no, cuando se trata de su empeño, primero recopilando las costumbres de la trashumancia en un libro y luego con la creación del Museo Etnográfico y de la Trashumancia de El Tremedal, situado en las antiguas escuelas. ¡Por cierto! Podrán visitarlo esta tarde, justo después de la comida de hermandad, en una muy especial visita guiada por el mismísimo homenajeado. Pido un aplauso para él, por favor.

¡Qué bien habla el condenao! ¡Cómo se nota que ha estudiao, el jodío! Toda la concurrencia aplaude a manos rotas. Sin pausas, el bribón del Goriche me empuja hacia el estrado para que dirija unas palabras a los concurrentes, pero me zafo como puedo endenantes que me ponga colorado, y no por el vino. De todos modos, la gente sigue aplaudiendo. Yo me apeo del estrado. Jacinto me disculpa delante de todos y cede la palabra al siguiente paisano. Ahí continúan avalando la cosa, cada cual con su monserga. Ahora lucen más nuestros nuevos vecinos de piedra. El sol ya ha tomado la sierra y toda la era empieza a calentarse. Los concurrentes parecen recobrar el interés.

Ahora le toca al Goriche. La mirada se me va hacia mis hijos, Antonio y Andrés. Les veo ahí, uno al cabo del otro, sonrientes entre los paisanos y cogiendo todo el evento con una grabadora de video. Las niñas de Andrés están ya un poco cansadas de estar de pie y se cogen a la pierna del padre. No fue fácil sacar esta familia adelante. Aún recuerdo cuando la profesora de Antonio nos citó a los padres para decirnos que el niño era muy aplicado y que le apoyásemos en todo lo que quisiese ser de mayor. En algo ha cambiado la nación. Cuando nosotros fuimos a la escuela de chicos, nunca nos preguntaron qué queríamos ser de mayor. Me imagino que ya éramos lo único que se podía ser: un buen hijo para tus padres y luego un buen padre para tus hijos. Ayudar en la casa y sacar todo el trabajo adelante, ya fuese en la era o con los animales. No se podían dejar las cosas para mañana. No contabas los guisantes que te comías y los que te guardabas. Tampoco se pensaba en el futuro y esas cosas. Solo importaba cómo vendrían ese año las nieves. Hasta el agua, que es la cosa más preciada que tenemos en el pueblo, nos podía echar a perder un año entero así viniese de tanta o de poca. Luego los hijos venían sin llamar a la puerta y ahí tampoco nadie te preguntaba. Entonces, cuando no daban trabajo las bestias, lo daba el tempero de la tierra y cuando no, los hijos. O los tres juntos, pues las chinches nunca viajan solas. Ahora, hasta los mozos aparecen con gaitas de que no les gusta hacer esto o no les gusta comer lo otro y hasta parece que la comida les mancha. Cuando yo era zagal, no había gustos. Mucho menos de mozo. El trabajo había que cubrirlo, gustase o no. Acorpar con lo que fuera. ¡Ay! Como siga un rato más de pie, me va a estar dando guerra la pata mala todo el día. Con este saco de años, las fuerzas empiezan a faltar por todos sitios.

Otra vez rompen en aplausos. Ya se nota a los convecinos algo cansados y a los rabadanes con hambre. Jacinto toma de nuevo la palabra para agradecer finalmente a los paisanos. Les invita a que visiten el chozo por dentro y a los zagales que den unas briznas de heno a las ovejas. Todos se dispersan. Cada cual con su uva. Los críos olvidan pronto el cansancio y se van a toda priesa a colgarse del redil para molestar al rucio. Se forman grupos de charleta y los de la tele empiezan a mirar de reojo las mesas de la era con los platos llenos de viandas. En los altavoces de amplificación, ponen una música que suena ridícula. Yo tengo ganas de sentarme, pero hay tanto follón que no me aclaro. Juan se acerca y me abraza con efusión mientras me dice que lo hemos conseguido. Yo, con sofocos, le digo que me marcho con la Nati, a ver en qué anda.

“NARRAGONIEM”, de Chema Sánchez Alcón

“NARRAGONIEM”, de Chema Sánchez Alcón, publicada en Ediciones Atlantis.

 

Éste es el comienzo de esta obra:

 

Prólogo

Narragoniem. El sueño de la razón…

Un abogado gris, normal y corriente, asciende a casi ministro de la Dictadura de Franco y consigue esconder sus presuntos crímenes, cometidos al amparo y con los medios de las cloacas del Estado.

La originalidad, surrealista y excéntrica, de este relato de Chema Sánchez Alcón reside en que el protagonista, un letrado asesino, dialoga sobre el bien y el mal, sobre la racionalidad y la locura, con locos, necios, tarados, enanos, putas, tullidos y bobos que aparecen en los cuadros célebres de Velázquez, Goya, Gutiérrez Solana, Sorolla, de Kooning, El Bosco, etc.

Su título no engaña a nadie pues “Narragoniem” es, según he comprobado en Google, “el país de los locos”. El alto funcionario va hurgando en las historias truculentas de todos ellos pero se resiste a confesarles sus propias matanzas.

Después del “Elogio de la locura” de Erasmo de Rotterdam y de “la razón de la sinrazón” de Cervantes, los ilustrados enfrentaron la razón a la locura. Un avance notable si lo comparamos con la simpleza dogmática del bien frente al mal de los eclesiásticos medievales. Con el adelanto de la ciencia, llegamos a confundir buenos y malos con sanos y enfermos. Galdós, utiliza a Maxi, su loco en “Fortunata y Jacinta”, para recomendarnos no ser muy tajantes, a la hora de separar lo sano de lo enfermo, si queremos entender algo de la naturaleza humana.

Así llegamos, con el desarrollo de esta novela, casi negra, nada menos que al meollo de la obra, polémica y devastadora, “Eichmann en Jerusalem. Un informe sobre la banalidad del mal”, de Hannah Arendt. Para la filósofa judía alemana, el criminal nazi no era “un monstruo” ni “un pozo de maldad” sino un burócrata, una persona normal, que cumplía órdenes con celo y eficiencia. No había en él un sentimiento de “bien” o “mal” en sus actos. Salvando las distancias, así retrata Sánchez Alcón, más o menos, al protagonista de su relato.

El título completo de “Narragoniem” incluye como un capítulo “El sueño de la razón crea monstruos”, de Goya. Con ello, el autor nos da una pista sobre los monstruos que la razón nos envía a poco que nos descuidemos. Sánchez Alcón se adentra, con cierta erudición histórica y literaria, y algún alarde filosófico, en “lo monstruoso racional”.

Se agradece el mimo con que trata nuestra lengua, lo que hace más atractiva la lectura. Ese cuidado exquisito se aprecia en la forma de contarnos los diálogos absurdos de este miembro distinguido del engranaje de las fuerzas de Seguridad de Estado con toda una galería de “monstruos” sacados de lienzos célebres que pertenecen la Historia del Arte.

Para Sánchez Alcón, el verdadero “monstruo” es el personaje principal. Para la España oficial aparece como un modelo de perfección, un triunfador. Sin embargo, ante sus interlocutores, salidos de los pinceles más famosos, se muestra como un ser sin escrúpulos, surgido de la clase dirigente del Estado franquista, capaz de cometer un crimen abominable.

Su obra comienza, naturalmente, con el descubrimiento, clásico en la historia de la novela, de una caja de documentos inéditos, espeluznantes, que el casi ministro de Franco entrega a un sargento de Inteligencia y este a su sobrino. El relato es un juego ingenioso, entre divertido e inquietante, con las piezas de ese “ponzoñoso legado”.

La investigación y la documentación cuidadosas de Sánchez Alcón nos acercan, con interés creciente, a las distintas épocas de los inocentes, los bobos que se masturban en las “risas pascualis”, las antimisas de los bufones, los enajenados que matan por nada y que sueñan con viajar a Narragoniem.

El secretario de Estado de la Dictadura no se atreve a confesar sus atrocidades a sus tarados interlocutores, encerrados en los museos. La intriga del crimen o crímenes a distancia del protagonista añade un toque policíaco, de novela negra, que aumenta la curiosidad del lector por llegar hasta el final del relato.

Los locos hablan, a veces, como cuerdos: “Los finos y bien pensantes mortales han sido la peor de las calañas bajo el disfraz de la aparente normalidad” o “En la cohorte de subordinados están todos los males”. El arte del disimulo (la “taqiyya”, práctica recomendada por los ulemas a los musulmanes en tierras cristianas) toma aquí la forma de “hacerse el tonto”. Los necios tratan de sobrevivir en un mundo en el que “la bondad y la maldad son caras de la misma moneda”, según le dice Jovellanos, en un diálogo que roza el surrealismo, al tonto de Abundio.

El protagonista de la historia, un triunfador del Régimen, un sicópata narcisista con piel de cordero, apenas tiene una posibilidad de redención a través de un resquicio minúsculo pero esperanzador: el amor imposible de una joven virgen de su pueblo.

¿Cuándo se empieza a dar uno cuenta de que es un miserable?”, se pregunta el presunto asesino. Para este letrado cínico, “mitad monstruo, mitad humano”, que asciende a las más altas cotas del Poder, “el mal y el bien siguen siendo inventos de esa humanidad debilitada por los afectos”. Desaprovecha el cable de salvación que, como doña Inés a don Juan, le echa el amor sin mácula de la joven Mercedes. El poder le corrompe. A través de varios simulacros, el autor nos acerca al poder real, al de verdad, o sea, al poder arbitrario que no conoce límites.

Se dice “eres más tonto que Abundio”. No es el caso del Abundio que dialoga con Jovellanos, allá por 1815, sobre al alma partida de los afrancesados: “Ninguno de nosotros es inocente”. Los ilustrados españoles se ven obligados a echar a las tropas invasoras de Napoleón, pese a estar de acuerdo con los ideales de la Revolución Francesa, y abren la puerta al absolutismo del Rey Felón. Paradoja cruel.

Los tontos, necios, bobos y tarados como Calabacillas, Abundio, Lindin, Riviere, madame Sontag, Matietes o el Pájaro, etc. (hasta 12, como los Apóstoles), encerrados en asilos o manicomios, sueñan con “viajar hacia el ignoto territorio de Narragoniem”, el país de los locos. Al llegar al final de esa obra, verán que Narragoniem “no era una quimera de un grupo de dementes medievales sino un estado del alma”.

No creo en las supersticiones. Traen mala suerte. Tampoco en las casualidades. Sin embargo, en ocasiones, fruto de mi ignorancia o de mi temeridad, me siento gobernado por ellas. Por eso, escribo estas líneas. A principios del siglo pasado, el matemático francés Henri Poincaré se atrevió a decir que “el azar no es más que la medida de la ignorancia del hombre”.

Seguramente por azar, el 2 de marzo pasado, 40 aniversario de mi secuestro, torturas y ejecución simulada, realizados por miembros de la Seguridad del Estado, con armas pagadas con nuestros impuestos, recibí inesperadamente en mi casa, por el antiguo correo postal, el texto de “Narragoniem” de José María Sánchez Alcón a quien no tenía el gusto de conocer personalmente.

El autor me atacó por mi lado más débil: la vanidad. Una oferta diabólica: “Le he elegido a usted como mi primer lector, si lo tiene a bien, porque le considero inspirador de este relato”. ¡Ay, la vanidad!, el flanco favorito del diablo. El halago debilita a cualquiera.

Y aquí estoy, animándole a leer, después de mi, este relato original, inquietante y algo excéntrico que no le decepcionará.

Cuando comencé a leer esta obra, me vino inmediatamente a la mente “No matarían ni una mosca”, de Slavenka Draculic, un minucioso reportaje, bastante perturbador, sobre los juicios de La Haya a los criminales de la guerra de los Balcanes. “Ninguno de nosotros estamos libres de caer en la maldad”, escribió la autora croata, “pues los criminales de guerra no son distintos de nosotros”.

Ese libro fue para mí el verdadero prólogo, terrorífico por cierto, de la obra “Narragoniem” que acababa de recibir por correo postal. La leí, pues, con el recuerdo fresco de los criminales de guerra, gente normal y corriente, de la ex Yugoslavia.

¿Somos piezas de un engranaje perverso bien engrasado? Para los presos del manicomio, que sueñan con viajar en “La nave de los locos”, de Sebastián Brand (siglo XV), “todos, absolutamente todos, son cómplices”.

Un aliciente adicional para leer con gusto y prologar esta obra fue que, de la mano del bobo de Coria, el relato me trasladó a su pueblo natal, Caminomorisco, en el corazón de las Hurdes, donde pasé mi viaje de novios. Otra casualidad.

A la luz, o quizás a la sombra, de dichos diálogos delirantes, alguno se preguntará, no sin razón: ¿Quién está más loco don Quijote o Sancho? ¿El médico o el enfermo? ¿El paciente del cuadro de El Bosco, a quien le van a extraer la piedra de la locura, o el cirujano que lleva un embudo en la cabeza? ¿No fue, acaso, el propio Alonso Quijano quien, a sabiendas, se hizo el loco?

 

“Y mientras tanto, te sigo esperando: septiembre”, de Rosa Gamero Arévalo

“Y mientras tanto, te sigo esperando: septiembre”, de  Rosa Gamero Arévalo.

Así comienza la esta novela publicada por Ediciones Atlantis.

Día 1 de Julio

Las chicharras con sus sonidos incesantes en esos tórridos días de verano no paraban de llamar a sus hembras con sus cantos que para mis oídos, eran más bien un concierto de percusión.

La serenata me anunciaba que estaba amaneciendo.

Como todas las mañanas al despertar lo primero que hice fue  mirar los mensajes de mi teléfono móvil.

Viviré de Marzo a Septiembre en Méjico.”

Al principio pensé que aún seguía dormida.

Me levanté como una autómata dirigiéndome al cuarto de baño, abrí los grifos de la ducha y dejé que el agua corriese por mi cuerpo tratando de asimilar esa… ¿buena noticia?

La escalera que separa mi dormitorio de la cocina me pareció tremendamente larga. Necesitaba un café con urgencia.

¡Genial!, no me queda café. Alguna otra cosa más me deparará el destino.

Tomaré café soluble, quizás me toque el premio de un sueldo para toda la vida.

Papu y Nala, mis dos perras, ya estaban dispuestas al paseo de todas las mañanas. No dejaban de dar saltos deseosas de convertirse en “lobas” corriendo por el parque, libres, sin ataduras.

Salimos al paseo diario.

Ensimismada en mis pensamientos, caminando entre los pinos y sin darme cuenta tomé el camino equivocado. No sé muy bien por qué motivo me confundí. Llevo mucho tiempo haciendo ese trayecto.

Repasé mentalmente los pasos de otros días sin lograr encontrarlos.

Decidí entonces seguir hacia adelante. ¿Fue equivocada mi decisión? Quizás hubiese sido más correcto volver al principio del camino y tomar la senda de siempre.

Cada vez era más difícil avanzar, estaba lleno de obstáculos, enormes piedras torcían mis pies, ramas secas que impedían que avanzara con rapidez.

Solo me preocupaba mirar hacia el suelo para tratar de esquivar tan mal camino, sin levantar la vista, preocupada por llegar; pero, ¿a dónde se suponía que tenía que llegar?

Me paré en seco. Dejé de mirar mis pies para otear el horizonte. Todo me parecía desconocido y el pánico se apoderó de mí. El dolor de pie era insoportable, ¿cómo me había perdido de esa manera?, ¿por qué había elegido el camino más difícil?

Absolutamente incompresible.

Las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos.

¿Lloraba porque estaba perdida?, o ¿era otro el motivo?

A partir de ese momento decidí calmarme y mirar sin la rabia contenida con la que había salido de casa.

Estoy atravesando una época de muchos cambios, siento bullir el crecimiento dentro de mí. Mis manos empiezan a sentir el barro para formar las esculturas que durante tanto tiempo han estado guardadas dentro de un cajón, todo es fantástico y a pesar de que las cosas no son como a mí me hubiesen gustado, mi actitud es de sosiego, de madurez, enfrentándome a las dificultades sin temor.

Casi sin darme cuenta empecé a reconocer el lugar, allí estaba la fuente de agua que todos los días calmaba nuestra sed, las piedras que el tiempo ha pulido dándole diversidad de formas, el camino donde mis pies podrían descansar. La senda ha sido dura, no podía ver el horizonte porque mis pies estaban demasiado preocupados por los obstáculos que me iba encontrando.

El sol estaba ya demasiado alto y las chicharras empezaban su frenético canto. Seguí caminando, estaba a punto de vislumbrar las primeras casas. Mis pies se esforzaban por seguir hacia adelante.

Casi piso a una guerrera. Una amapola, si, solo una, solo una ha sido capaz de resistir el calor que ya empieza a ser cada vez más intenso.

Sobrevivir a todas las dificultades del camino no es tarea fácil.

Si no existiera dentro de nosotros el miedo a no conseguirlo no conoceríamos nuestra parte más luchadora.

Estoy en casa.

Y mientras tanto, te sigo esperando, septiembre.

Día 2 de Julio

Nuestro paseo ha sido truncado. Esta mañana ha sido imposible salir. Una fiebre incómoda ha asaltado mi cuerpo provocándome un fuerte dolor de cabeza.

Este estado en que me he encontrado de letargo que en algunos momentos ha sido de perder la conciencia, (he alcanzado los 40 grados) me ha ausentado del mundo.

Siento el fragor de la batalla que mi cuerpo está tratando de solucionar. Los soldados que forman el sistema inmunológico no paran de lanzar flechas sobre esos “malos” que han invadido mi cuerpo sin permiso.

Mi mente no está demasiado despierta me siento aturdida, como en todas las contiendas tendré que esperar a que se calme la batalla y a que mi cuerpo recupere su estado natural de bienestar.

Y mientras tanto, sigo esperándote, septiembre.

 

Día 3 de Julio

He sido demasiado intrépida, he salido a dar mi paseo matutino; pensaba que estaba más fuerte, me equivoqué.

A menudo se ha comentado lo fieles que pueden llegar a ser los perros con sus dueños, cómo son capaces de reconocer sus hogares si se han perdido o han sido abandonados, que se quedan en la tumbas de sus amos si estos fallecen, en fin, infinidades de historias que de alguna u otra manera han llegado hasta nuestros oídos. Pues bien, esta mañana mis dos exploradoras Nala y Papu son protagonistas de una de estas historias de fidelidad.

No sé cómo, pero ellas bien sabían que no me sentía con fuerzas de dar un paseo demasiado largo. Mi ritmo al caminar no era el habitual de otros días ni tampoco mi respiración. Sentí que mi cuerpo me pedía un poco de “por favor, vamos a casa”; tan solo había avanzado unos metros cuando me di cuenta de mi osadía al salir.

Me senté en una piedra para descansar un rato. Ellas estaban corriendo y saltando de un lado a otro disfrutando de su libertad.

Casi sin fuerzas traté de llamarlas para regresar y poder descansar cuanto antes. No hizo falta llamarlas, no sé si es que lo olieron, percibieron o fue la intuición de los perros, esa de la que tanto se habla; solo sé que estaban a mi lado, las miré con cariño y una sonrisa apareció en mi rostro. Papu, la más inquieta de las dos, se puso a mi derecha, mientras mi delicada damisela Nala iba delante, como marcándome el camino de vuelta a casa.

Nos hemos encontrado con perros mucho más grandes que ellas que han intentado llamar la atención de alguna de las dos, pero han hecho caso omiso a esas insinuaciones, no estaban para tonterías perrunas.

El amor, siempre es esa palabra la que acude a mi mente cuando ocurren cosas como estas. No es solo una palabra, son muchas palabras positivas, ser amable, sonreír, compartir tu alegría… son muestras de amor. El amor no es solo para nuestras parejas, con nuestros hijos, amigos, con nuestros animales. El amor está en el corazón y es inagotable, solo depende de cada persona entregarlo o no. La amabilidad y la dulzura puede ser luz para otras personas que aún no entienden cómo funciona esto del amor.

También hay amor en la regañina que he recibido de mi hija al llegar a casa.

Espero estar más fuerte mañana.

Mientras tanto, te sigo esperando, septiembre.

Continúa

Hugo Amblar Esteban, experiencia Ediciones Atlantis

 Hugo Amblar Esteban, su experiencia con Ediciones Atlantis

Para mí ha supuesto una gran satisfacción y algo muy importante ser finalista con mi novela “última estación” de los premios Atlantis. Ha sido algo completamente inesperado y que valoro muchísimo. Es un espaldarazo que me da mucha motivación para seguir adelante. Hace tres años que empecé a escribir, nunca me había planteado hacerlo ni me había preparado en mis estudios para ello. Simplemente he sido un gran lector, esa ha sido mi única preparación, mi única escuela. Empecé a escribir de forma casual. Y tres años después haber conseguido esto, me quita un poco las dudas que tenía, es para mí la confirmación de que no debo hacerlo tan mal. En este tiempo he publicado cinco novelas, dos de ellas con ediciones Atlantis. Y no puedo más que estar inmensamente agradecido.

Hugo Amblar Esteban

Hugo Amblar Esteban

Alejandro Ruiz Lara, su experiencia Ediciones Atlantis

Alejandro Ruiz Lara, su experiencia Ediciones Atlantis

ALEJANDRO RUIZ LARA – GÉNESIS Y LAS CINCO ARCAS: FINALISTA PREMIOS ATLANTIS

En mi caso, responder a la pregunta de qué ha significado para mí la nominación a la VII EDICIÓN DE LOS PREMIOS ATLÁNTIS en la categoría de CIENCIA-FICCIÓN Y FANTASÍA se podría resumir a una sola palabra: Impresión. Aunque tal vez también podría sustituirla por asombro, sorpresa o, la más adecuada, ilusión. Como desde la editorial bien saben, mi aventura en el mundo novelístico comenzó hace poco más de una año, ya que mi obra, Génesis y las cinco Arcas, fue publicada el 24 de Octubre del 2015 y para mí fue algo totalmente inesperado ser nombrado finalista para este galardón.

Aunque hace poco menos de año y medio aún ni me había planteado llevar mi creatividad al ámbito de la literatura, desde que Atlantis accedió a la publicación de mi novela, la afición acerca de la escritura tuvo que derivar en algo mucho más complejo y trabajoso: Un profundo trabajo de publicidad, continuas presentaciones y trabajo desenfrenado solo movido por la confianza en mi obra y por el apoyo de quienes confiaron en mí en primer lugar. Ha sido un año ilusionante en lo que ha conllevado defender este proyecto pero en ocasiones solitario e incluso exasperante.

Por lo que, después de idas y venidas, charlas y entrevistas, abrir el correo electrónico que, tras un año de duro trabajo paralelo a mi ocupación principal, me desvelaba el reconocimiento por parte de la editorial de mi obra como una de las 4 mejores en mi categoría fue un enorme soplo de aire fresco que me dejó sin aliento. No me lo esperaba en absoluto. A decir verdad, ni tuve conocimiento de que aspiraba a ser nombrado finalista. Simplemente era algo que no me planteaba. Con lo que puedo decir que quienes más experiencia tienen en el mundo literario y que trabajan en mi novela me hayan considerado digno de tal honor me hace muy afortunado.

En el acto final, no fui nombrado ganador pero en absoluto me importó, desde el momento en que vi mi rango de finalista el resto dejó de importarme y, aunque pueda parecer tópico, es la realidad: Me siento ganador de estos premios Atlantis y estoy muy agradecido por la oportunidad que se me brindó hace un año y que aún se me sigue brindando.

Como punto final y algo que no podía dejar de decir, mi mayor felicitación a la obra ganadora en esta categoría: “Antes de que el sol se ponga” y por mi parte solo puedo decir que sigo y seguiré trabajando porque mis nuevos proyectos puedan seguir creciendo aún más.

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Pablo García Barberá, su experiencia con Ediciones Atlantis

Pablo García Barberá, su experiencia con Ediciones Atlantis

 Hace ya unos días de la celebración de la VII Edición de los premios Atlantis “La Isla de las Letras”, y aún me perduran los dulces sabores de la experiencia, sabores que poco a poco van licuándose en unos recuerdos que pienso atesorar toda la vida. Y es que en mis treinta y dos años de vida, he viajado a Madrid en tan solo dos ocasiones, y ambas por “culpa” de Ediciones Atlantis. Esa editorial empeñada en ser la voz de los autores noveles. Sí, la misma que lleva haciéndome sentir un escritor desde el primer momento en que nos pusimos en contacto. Y así, los premios que celebra la editorial no hacen sino avalar su gran labor. 

Ha sido para mí un enorme orgullo estar entre los finalistas y un auténtico placer asistir a los premios, pues además de agradecer la nominación, he podido al fin conocer en persona a J. D. Álvarez, editor encargado de hacer realidad el sueño de muchos y culpable de que el enorme trabajo que esconden las páginas de un libro, puedan ver la luz. Por supuesto, a las que también tenía muchas, muchísimas ganas de conocer, era a las tres Marías. Tanto he hablado con ellas, que siento conocerlas desde hace mucho tiempo. 

La Flor de Nîsser, un bravo y un soñador y un servidor, no nos hicimos con el primer premio, sin embargo, los premios (porque han sido muchos) ya los traía puestos de casa: La primera novela escrita y la primera publicada, nominada a mejor novela en la categoría fantasía y ciencia ficción por la misma editorial y una esposa que me ha acompañado todo lo andado, y que por supuesto, no imagino el resto del camino sin ella a mi lado. Honestamente, no se debe pedir más. ¡Ojo! Debo decir que me hubiera gustado ser yo el que se comiese la guinda del pastel, como hizo Ernesto Goñi con su novela Antes de que el sol se apague, al que aprovecho para felicitar y dar mi más grata enhorabuena una vez más por el premio. 

En definitiva, fue una gran experiencia, muy enriquecedora y deseo de todo corazón que Ediciones Atlantis celebre muchas más ediciones de unos premios donde todos sentimos ser ganadores, y perdure en el tiempo siendo la voz de autores noveles que tanto se necesita. 

Gracias a todo el equipo editorial y enhorabuena a los ganadores. 

Nos vemos pronto. 

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José Vera, su opinión en Premios Ediciones Atlantis

José Vera, su opinión en Premios Ediciones Atlantis

Desde el momento en que recibí el mail de Atlantis, anunciándome que mi novela era una de las finalistas de sus premios hasta el momento en que salí de la Fnac, estuve viviendo en una nube. Yo, un mozo de almacén con faltas de ortografía, estaba nominado al premio Atlantis a la mejor novela urbana de 2015. No era posible, no podía ser.

Supongo que la mayoría de gente tiene sus complejos. El mío es sin duda que siento que no pertenezco al fabuloso mundo de los escritores, no me siento digno de él. Quizás sea que jamás sentí la necesidad de escribir, puede ser lo que mencionaba anteriormente sobre mis excesivas faltas ortográficas o simplemente que todo está yendo tan rápido que no me da tiempo a asimilarlo. En tres meses, de octubre a diciembre de 2015, pasé de ser alguien que casi por casualidad había acabado su primera novela, su primera incursión en la escritura, a tener una criatura literaria publicada. Atlantis tuvo las agallas que le faltan a los demás e hizo posible lo que no era, si quiera, un sueño. Jamás soñé con eso. Desde entonces siempre digo que estoy jugando a ser escritor. Siempre lo vi como algo pasajero, como algo que se acabaría en cualquier momento, algo demasiado bonito como para perdurar en el tiempo.  Ser finalista ha cambiado esa percepción. ¿Y si realmente he hecho algo que vale la pena?,  ¿es posible que sea lo suficientemente bueno?, ¿soy ya un escritor?. En los 10 meses que llevo con Autocompasión de un tonto con suerte en el mercado jamás había respondido afirmativamente a estas preguntas, a ninguna de ellas.

Quizás por esas dudas sobre mí acudí a la gala sabiendo que no iba a ganar. Quizás por eso lo disfruté más, no sentía presión.

Me embarqué en un viaje de seis horas, de Barcelona a Madrid, para ir a la entrega de premios aun sabiendo que no ganaría. Simplemente quería estar allí, compartir un rato con otros escritores, sentirme por fin uno de ellos, comprobar que no estaba inmiscuyéndome en un territorio ajeno a mí. Necesitaba sentirme parte de esto y, después de casi un año moviéndome en terrenos hasta ese momento ajenos a mí, me atrevería a decir que hasta merecía percibirme así.

Me encantó la experiencia y eso que desde el minuto uno supe que no ganaría. Cuando el editor, J, dijo que este año se había premiado bastante la espiritualidad, supe que mis escasas opciones de ganar habían desaparecido. A pesar de ello lo pasé muy bien y se me hizo corto, charlé con alguno de los otros finalistas y, ante mi asombro, comprobé que era uno más, que no me veían como a un extraño. Ese era mi único miedo, que la gente me señalara con el dedo y dijeran: Mira, el que no sabe escribir. Complejos que tiene uno.

No me he leído ninguna de las otras obras finalistas, intentaré poner remedio a eso. No sé si mi novela es mejor o peor que el resto y la verdad es que me importa poco.  Creo que en la gala se dijo que en 2015 Atlantis había publicado 85 novelas, 16 de ellas fueron finalistas y si, la mía era una de ellas, así que por lo que a mí respecta, aunque no tenga físicamente el premio de ganador, yo también he vencido. He pasado de jugar a ser escritor, a serlo.

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Francisco Fernández Martí, su experiencia con Ediciones Atlantis

Francisco Fernández Martí, su experiencia con Ediciones Atlantis

Hace años sentí la necesidad de escribir. El sentimiento fue tan fuerte que acabé por escribir una novela mejor de lo que nunca imaginé. Aquellos años de escritura fueron los más intensos y más vivos de mi existencia: abrí mis puertas a la creatividad de par en par, pero aquella bocanada de aire fresco vino acompañada de muchos sacrificios y mucho trabajo. Nunca pensé que yo fuera capaz de dar tanto de mí mismo, pero así fue. Fue la escritura lo que me hizo crecer y, ahora que ha pasado un tiempo desde que puse el punto final a “Castillos de naipes”, considero que es lo más importante que obtuve con su escritura: crecer como persona. Tras aquella experiencia vital, tuve la suerte de que Ediciones Atlantis materializara aquella ardua labor en una novela. La satisfacción fue grande, ya que a todos nos gusta que se reconozca nuestro trabajo. Pero no quedó ahí la cosa: pasado un tiempo, mi novela fue seleccionada entre las mejores de las publicadas por la editorial en el año 2015. Mi novela pasaba de ser considerada una obra aceptable a ser considerada una buena obra. Cuando me lo comunicaron me sentí nuevamente satisfecho, y acudí a la gala a la que Atlantis nos había convocado con la incertidumbre de si mi novela resultaría ganadora o no pero, en cualquier caso, con un sincero sentimiento de haber logrado ya más de lo que esperaba. El ambiente que me encontré fue cálido, casi familiar, y en él se respiraba amor por aquello que unía a los presentes: la literatura. Allí se encontraban Jota y el resto del equipo de Atlantis, con los que he mantenido una buena relación desde que comencé a caminar con ellos, y me alegré de verlos. Había muchas otras personas que, como yo, miraban a uno u otro lado con cierto aire de curiosidad: eran otros escritores, y sonreí al poner rostro a aquellas personas que, en soledad, porque no puede ser de otra manera, habían recorrido aquel duro pero bonito camino que es el de escribir una novela. Algunos familiares y curiosos completaban el aforo. El acto se desarrolló en un ambiente distendido, centrado en la crítica de cada una de las obras que habían sido seleccionadas. Se entregaron los premios de cada una de las categorías. Llegado el momento en el que se entregaban los de mi categoría, salimos los cuatro nominados y nos situamos junto al jurado. En ese momento desapareció aquella cierta ansiedad que me había acompañado durante los días previos y que venía motivada por si sería el ganador o no; tan sólo me veía junto a otros tres escritores que disfrutaban de lo mismo de lo que disfruto yo: de escribir. Resultó que no gané yo, sino un compañero por el que, en el momento en que el jurado hizo público el fallo, sentí alegría. Le estreché la mano y le di la enhorabuena, y sentí que si yo me había esforzado al máximo para plasmar en “Castillos de naipes” lo mejor de mí, muchas otras personas hacen lo mismo y consiguen crear grandes obras. Cuando llegué a casa puse el trofeo de finalista en un lugar preferente y, ahora que han pasado unos días, me siento reconocido por mi trabajo, y deseo toda la suerte del mundo a esta editorial que crece día a día a base del más potente de los combustibles: la ilusión. Gracias, Ediciones Atlantis.

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Impresión de Maribel Molina Carrillo, premio a Mejor novela Histórica de 2015

Impresión de Maribel Molina Carrillo, premio a Mejor novela Histórica de 2015:

María Magdalena, la esposa de Jesús’, premio a Mejor novela Histórica de 2015

Para mí ganar este premio con la novela “Maria Magdalena, la esposa de Jesús”, ha sido algo muy bonito. Con él he visto reconocido mi trabajo y ahora me da alas para seguir escribiendo. Aunque no he podido asistir, lo pude ver en directo en Facebook y al escuchar mi nombre, la verdad es que me hizo mucha ilusión. Para mí esta novela es muy especial y está escrita con mucho cariño y respecto a ambos protagonistas. Está escrita desde y para el corazón y confío que esta maravillosa historia llegue a muchos corazones y consiga florecer esa semilla que todos llevamos dentro.
Este premio hace que me marque otros retos y que siga escribiendo  con más ganas e ilusión.
A mí me llegó la inspiración a raíz de un accidente de coche, y ahora se ha convertido en pura pasión, pasión por escribir y disfrutar de cada personaje, ya que cada uno aporta algo, tanto al lector como al autor… Escribir no es algo sencillo, aunque pueda hacerlo todo el mundo, dejarse guiar por el corazón no siempre es fácil. En mi caso, necesito conocer gente nueva a menudo, conocer distintas culturas, viajar … todo ello te hace abrir la mente y el corazón y todo lo experimentado me sirve para escribir.
Con este premio se inicia un largo camino, lleno de cosas nuevas y quién sabe lo que nos deparará el mañana…

 

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Premios Atlantis: La isla de las letras, novela histórica

Premios Atlantis: La isla de las letras, novela histórica

María Magdalena, la esposa de Jesús’, premio a Mejor novela Histórica de 2015

El jurado Antonio Castillo habló del enorme mérito que tiene escribir una novela histórica y de lo complejo que ha sido elegir un ganador, ya que cualquier lector podría regocijarse leyendo cualquiera de los cuatro títulos finalistas. En este sentido, ha querido destacar que este año se ha dejado influir por factores más subjetivos, como sus gustos o inquietudes personales, sin descuidar los métodos tradicionales. La obra ganadora consigue un trascendental mensaje místico, una labor de conocimiento de uno de los personajes de nuestra historia más injustamente tratados.

María Magdalena, la esposa de Jesús’, narra la historia de una gran mujer que solo unos pocos tuvieron el privilegio de conocerla realmente. Una mujer sencilla, con un amor tan grande hacia su amado Jesús, que la marcó toda su vida. Una mujer incomprendida, igual que lo fue Él… La historia la ha tratado injustamente, pero llegará el día que será reconocida como la esposa, madre, reina que fue… la esposa de Jesús y madre de sus hijos. Una mujer valiente, fuerte, adelantada a su tiempo y una gran luchadora. Una historia que no dejará a nadie impasible.

Los finalistas:

Por otro lado, Antonio Castillo ha premiado la novela de Vladimir Merino que se alza con el premio ‘Mención especial’, por su calidad narrativa y por los hechos narrados, ya que “habla de unos niños víctimas de la barbarie humana desde el punto desde un punto de vista que bien podría ser el del autor”. El relato se inicia con la huida familiar desde Rentería con destino a Guernica. Tras el bombardeo, Bilbao será el refugio desde el que se organizará la evacuación de 4500 niños; de ellos, 1495 con destino a la URSS. Sin embargo, durante todo el libro, siempre nos queda el sabor de la esperanza de una niña, que con el tiempo se hace mujer; hasta que finalmente llegada a la ancianidad, narra a la nieta esta historia a sus noventa años; demostrando a los lectores que con tesón y fortaleza, siempre es posible comenzar una nueva vida y otorgar a los demás la fe en la existencia, la misma fe que muestra a sus descendientes. Con atmósferas creíbles, desgarradoras en ciertos momentos, sabe enganchar al lector a lo largo de sus capítulos. Es además interesante el complemento de archivos y fotografías que ilustran esta historia que no dejará indiferente a nadie.

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Premios Atlantis: La isla de las letras, novela urbana

Premios Atlantis: La isla de las letras, novela urbana

 

La Puerta de Peter Pan’, del escritor y dramaturgo Javier Espinosa, se alza con el galardón a mejor novela urbana publicada en 2015

Como algo inusual, el jurado encargado de elegir a la mejor novela urbana fue el editor J.D Álvarez, quien aseguró que había sido una elección muy difícil ya que todas las novelas que concurrían eran merecedoras: ‘Astronautas’ por su frescura, ‘Autocompasión de un tonto con suerte’ por su humor, ‘Castillos de Naipes’ por sus valores y la búsqueda de la felicidad o ‘La Puerta de Peter Pan’ por su temática trascendental y por ser un libro necesario que puede echar una mano a los lectores. En ese sentido, aseguró que son cuatro títulos de mucha calidad a distintos niveles y optó por ‘La Puerta de Peter Pan’, ya que este año los Premios Atlantis han estado protagonizados por la “espiritualidad”. El autor, Javier Espinosa, recogió el premio muy emocionado por lo que ese libro significaba para él, ya que trata sobre el acoso escolar que él mismo sufrió cuando en su infancia y la manara de superarlo. Un libro que “ tiene respuestas a esas preguntas que quizás ni siquiera aún te has hecho. Siente sus páginas pero no te aventures en sus secretos aún… siéntelos página a página… Siéntete niño… niña… Coge tus folios… tus lápices de colores… los necesitarás… “La Puerta de Peter Pan” tiene el secreto que he guardado para ti y ahora, mientras lees estas suaves frases, lo reconoces, lo sabes…  Estabas esperando algo así… Y quizás… cuando abras la primera puerta… esa que es azul… esa que inunda la portada… quizás cuando la abras… sepas por qué Peter Pan siempre fue azul…”

Los finalistas:

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Premios Atlantis: La isla de las letras, novela de intriga y suspense

Premios Atlantis: La isla de las letras, novela de intriga y suspense

Volved a Riverthree’, de Óscar Fernández Camporro, gana el premio a mejor novela de intriga y suspense publicada en 2015 

El jurado Gabriel Monte Vado, escritor, licenciado en Geografía e Historia y militar en la reserva que participó en la sección de protección de militares amenazados por grupos terroristas y grupos de inteligencia, fue el encargado de elegir la novela ganadora, que recayó sobre ‘Volved a Riverthree’, una novela muy bien ambientada y documentada, con personajes muy bien construidos psicológicamente, que no deja respiro y que te atrapa desde las primeras páginas. Todos ellos, elementos esenciales en una novela de intriga que la hacen ser ganadora en esta VII edición.

Los finalistas:

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Premios Atlantis: La isla de las letras, género Fantástico 2015

Premios Atlantis: La isla de las letras, género Fantástico 2015

Antes de que el sol se apague’, de Ernesto goñi, consiguió el premio a mejor novela de Género Fantástico 2015 

El primer galardón se entregó de la mano de Teresa Abedul y Ainara del Olmo y Abedul. Madre e hija, ganadoras de los Premios Atlantis en su V Edición, sorprendieron a los tres finalistas que asistieron con algunas preguntas. Acto seguido y tras resaltar la calidad de las novelas que concurrían al premio en esta categoría, aseguraron que la merecedora era ‘Antes de que el sol se apague’, una novela de ciencia ficción con el siguiente argumento: “La verdadera batalla entre el bien y el mal no se libraba en aquel prado o en otras guerras, sino dentro de cada persona, cada día.” Renesto sobrevive al accidente de coche en el que fallece su familia. Días después, en el despacho de su padre, un científico embarcado en una investigación sin precedentes, descubre un diario y un sobre con una extraña ecuación matemática en su interior. Este hallazgo le arrastrará a un viaje extraordinario hacia lugares fantásticos y remotos para encontrar una verdad difícil de asimilar. ¿Qué pasaría si todo fuera posible y cualquier cosa que pudieras imaginar se hiciera realidad? La respuesta es una singularidad en la que decenas de personajes se verán inevitablemente enredados en un sinfín de sucesos inexplicables que les obligarán a tomar partido y actuar hasta las últimas consecuencias. “¿Por qué danzan los pájaros al amanecer, y qué clase de ritual les hace volver a bailar justo antes de que el sol se apague?”

Los finalistas:

“Premios Atlantis: La Isla de las Letras”

“Premios Atlantis: La Isla de las Letras”

 

El pasado viernes 18 de noviembre, la editorial Atlantis celebraba la VII edición de ‘Los Premios Atlantis. La Isla de las Letras’, por lo que ya son siete los años que llevamos reconociendo la labor de escritores noveles que con gran calidad publican sus primeras novelas.

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La librería FNAC del Centro Comercial La Gavia fue la encargada de acoger esta nueva edición presentada por la periodista Alexia Cué y el editor J.D Álvarez y que arrancó con la maravillosa interpretación de chelo de la también escritora Ainara del Olmo y Abedul.

De todas las obras publicadas en 2015, se seleccionaron cuatro merecidos finalistas de cada uno de los siguientes géneros: Novela Fantástica y ciencia ficción, Novela Histórica, Novela Urbana, Novela Policíaca y Negra. Como se repitió en varias ocasiones a lo largo de la gala, el hecho de estar entre los finalistas ya es un premio que supone el reconocimiento del trabajo de nuestros autores de forma pública, dando a conocer sus novelas y animando a promocionar nuevamente cada título.

Este año, el jurado ha estado compuesto por: Gabriel Monte (escritor y contertulio de Radio Inter), Antonio Castillo Olivares- Reixa (Ganador de la III Edición de los Premios Atlantis Las Isla de Las Letras 2012 y contertulio de Radio Inter), Teresa Abedul (Ganadora de la V Edición de los Premios Atlantis Las Isla de Las Letras 2014) y el editor de Ediciones Atlantis, J.D Álvarez.

El acto se retransmitió en directo a través de Facebook.

 

Feria del Libro de Madrid: Escritores Atlantis

Feria del Libro de Madrid: Escritores Atlantis en la Caseta 358 de Librería Salamanca.

A continuación te mostramos el horario donde los escritores que han publicado con Ediciones Atlantis firmarán sus obras. Será en el Parque del Retiro.

 

 

Viernes 27 de mayo de 2016
18:00 – 19:30 Santiago Solano Grande EL YO DIGITAL DE ELÍAS QUIMEY Y OTRAS HISTORIAS INVEROSÍMILES
Carmen García-Comendador LADRONES DE ARENA
19:30 – 21:00 Carmen Fabre PEQUEÑOS GIGANTES
David Gutiérrez García HABITANTES
Sábado 28 de mayo de 2016
11:00 – 12:30 F. J. Alonso Holguín SENDA DE LEALTAD
Gabriel Monte Vado EN LA BOCA DEL LEÓN
12:30 – 14:30 Luis Eduardo Aute EL CIELO EN TUS MANOS VOL 1 / POESÍA AMIGA Y OTROS POEMIGAS PARA AUTE
José Cabrera EL CIELO EN TUS MANOS VOL. 1 / ÉBOLA / COLECCIÓN CSI
18:00 – 19:30 Manolo Royo LO MÁS TUIT
David Gutiérrez TU COLOR
19:30 – 21:00 Ignacio Martín Sequeros PEKENIKES. SU AUTÉNTICA HISTORIA
Félix Arribas VIDA GRIS
Domingo 29 de mayo de 2016
11:30 – 13:00 Manena Munar SOL DE INVIERNO
13:00 – 14:30 Antonio Castillo CERCLE. LAS PUERTAS DE TOLEDO
18:00 – 19:30 Mamen Gargallo Guil ENCRUCIJADAS
J. M. Rodríguez UN PROFUNDO TRANCE
19:30 – 21:00 Miguel Ángel Garcimartín LA VERDADERA Y FATAL HISTORIA DE LA FAMILIA URRETA
Iván Albarracín LAS CRÓNICAS DE LA CIUDAD EN LLAMAS I: EL UNIVERSO DORMIDO
Martes, 31 de mayo de 2016
19:00 – 21:00 Mónica Gallego Hernando COSAS DE LA VIDA / SÍMBOLOS Y MUERTES OCULTAS
Carmen Murguía EL CÍRCULO SAGRADO
Miércoles, 1 de junio de 2016
18:00 – 19:30 Daniel López-Serrano RELATOS DE LA GRAN GUERRA
19:30 – 21:00 Álvaro Moreno Setién ADVENIMIENTO
Eugenio Piñeiro Mejuto EL HERALDO DEL CAOS
Jueves, 2 de junio de 2016
18:00 – 19:30 Elías Fernández Jaime LA HORA DE LAS SONÁMBULAS
19:30 – 21:00 José Luis Varea Serrano PROYECTO VERDAD. REVELACIÓN
Sandra Barroso ESTIRPE. EL NACIMIENTO DE EVA
Viernes, 3 de junio de 2016
12:00 – 14:00 Mara Nefill EL CORAZÓN DE LAS LUCIÉRNAGAS
18:00 – 19:30 Julio Ruiz Melero CUANDO LOS REYES MIRABAN AL MAR
Juan José Calvo de Miguel TRAS LAS PUERTAS DEL CIELO
19:30 – 21:00 Ernesto Goñi Montero ANTES DE QUE EL SOL SE APAGUE
Ana Díaz Álvarez LEYENDAS DE ELVIA. EXPEDIENTE CORSO
Domingo, 5 Junio de 2016
11:00 – 12:30 José Urruchi Ortiz LA ESTELA DE MI VIDA
12:30 – 14:30 David Gutiérrez TU COLOR
Pablo García Barberá LA FLOR DE NÎSSER: UN BRAVO Y UN SOÑADOR
18:00   – 19:30 Leticia S. Murga y Elsa Lacruz LA FORJA DE LA PROFECÍA
Carmen Baena EL CIELO EN TUS MANOS VOL. 1
19:30 – 21:00 Carlos Cué UNA LUZ DEL MÁS ALLÁ
Martes, 7 Junio de 2016
19:00 – 21:00 Ana Enríquez TÚ ESTARÁS CONMIGO
Prudencio Salces BARCELONA JOYCE
Miércoles, 8 Junio de 2016
19:00 – 21:00 Esther Chinarro NOMBRES DE MUJER
Emy Lázaro BREVERÍAS
Jueves, 9 Junio de 2016
18:00 – 19:30 Ana Chacón GERLUNI
Sofía Meler TRAS LAS HUELLAS DEL VOYNICH
19:30 – 21:00 Manuel Caldas Castro y Marta Santos García SCOTTY HAGGIS: EN LOS JUEGOS DE RÍO DE JANEIRO
Viernes, 10 Junio de 2016
11:30 – 13:00 Alejandro Ruiz Lara GÉNESIS Y LAS CINCO ARCAS
13:00 – 14:30 Andrés Vázque Mariscal EL REY HECHIZADO
18:00 – 19:30 Ramón Aguirre EL PUEBLO DE NILYAÉ
Isaías Ayuso Reyeros 18’. LA HISTORIA OCULTA DEL BUQUE LUSITANIA
19:30 – 21:00 Luis Prados de la Plaza LA GLORIA DE LA LITERATURA SE PASEA POR MADRID
Francisco Po Egea TRAS LA ESTELA DE LAS MONTAÑAS VOLADORAS
Sábado, 11 Junio de 2016
12:00 – 14:00 Manolo Royo LO MÁS TUIT
José Ramón Vera Torres AUTOCOMPASIÓN DE UN TONTO CON SUERTE
18:00 – 19.30 Javier Espinosa LA PUERTA DE PETER PAN
19.30 – 21:00 César de la Lama PERSONAJES QUE HACEN ÉPOCA
J.D. Álvarez CRÓNICAS DE UN PADRE PRIMERIZO
Domingo, 12 Junio de 2016
17:30 – 19:30 Luis Eduardo Aute EL CIELO EN TUS MANOS VOL 1 / POESÍA AMIGA Y OTROS POEMIGAS PARA AUTE
19:30 – 21:00 Pablo Mellado PROHIBIDO PREGUNTAR
Manuel Fernando Estévez Goytre LA SANGRE SOBRE LAS AZUCENAS

“La novicia”, de José Vaccaro Ruiz, publicada en Antología “Golpe a la Violencia de Género” (Cataluña) de Ediciones Atlantis

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José Vaccaro Ruiz es un escritor de Barcelona. Ha publicado varias obras en Ediciones Atlantis, destacando “Catalonia Paradis”.

En cuanto tuvo noticia de la intención de realizar Antología “Golpe a la Violencia de Género” (Cataluña) de Ediciones Atlantis, no dudó en prestar su ingenio y contribuir a la creación de la obra.

Es de fiar, tanto que el lazo de amistad familiar a unido a todos los demás escritores que escriben en Ediciones Atlantis. 

Ahora puedes leer su texto:

La novicia

José Vaccaro Ruiz

De los ocho a los doce años de edad los veranos los pasaba en la Ribera de Navarra, en un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme y que a efectos de esta narración denominaré Arbotes. Pocos días después de que los hermanos de las Escuelas Cristianas de La Salle celebraran en el Orfeón Graciense el festival de fin de curso, con la correspondiente pantomima de gimnasia rítmica a cargo de cada clase, aplaudida a rabiar por un público formado por los familiares de los saltimbanquis, mi madre aprovechaba que alguien conocido iba hacia allí para embarcarme con él en el Rápido, el Correo o el Shangai. Vagón de tercera clase y doce horas de tren desde la Estación del Norte de Barcelona hasta bajar en Tudela, y después en el coche de línea de Desiderio hasta llegar a Arbotes, donde me esperaban la tía Asunción y el tío Federico.

Allí me quedaba hasta mediados de septiembre, una vez acabadas las fiestas del Rosario que para los arboteros consistían en siete días de desenfreno que pasaban corriendo delante de las vaquillas y hartándose de pacharán, clarete y anís Las Cadenas. Cuando recuperados del resacón se reintegraban a las labores de la vendimia y la oliva cantando el “pobre de mí, pobre de mí, se han acabau las fiestas de San Fermín…”, yo hacía el camino de regreso a la calle Milà i Fontanals del Barrio de Gracia y volvía a la disciplina de los hermanos.

Estoy hablando de mitad de los años cincuenta del pasado siglo, por entonces las faenas del campo no eran fáciles ni rápidas, todo había que hacerlo con la fuerza de las caballerías y de los humanos, sobre todo de estos últimos, porque en ocasiones no se sabía quién tiraba más del hierro, si la mula torda o el tío Anacleto. Arar, sembrar, segar, gavillar, trillar y acarrear en jornadas de catorce o quince horas, lo que se dice de sol a sol. Nada que ver con la situación actual cuando los horse power, que en lugar de alfalfa y cebada comen gasoil y gasolina de 95 octanos, son capaces de pasar de la espiga al ensacado del grano en solo una hora y con solo apretar un botón.

Para un muchacho urbanita como yo, esos tres meses de vivir al aire libre eran una pura delicia. Robar peras, higos o uva de los huertos, buscar nidos de tordos o gorriones y los sábados por la tarde ir a las sesiones del Cinema Ideal tras recorrer en bicicleta los cinco kilómetros que separaban Arbotes de Cascante. Lo más parecido al paraíso terrenal.

A dos casas de donde yo me hospedaba vivía una familia con una prole de cinco hijos, tres de ellos muchachas. Con la más pequeña, Mónica, de mi misma edad, yo hacía muy buenas migas. Pero eso hay que matizarlo porque, en la España mía, España nuestra, de los años cincuenta, se cumplía rigurosamente el precepto vaticanista de los chicos con los chicos y las chicas con las chicas. Nos cruzábamos las dos pandillas, los muetes –así se denominaba a los muchachos en Arbotes –, y las muetas –ellas –, en la carretera, la plaza o el camino de la fuente, pero de manera tangencial, como con prisa. En todo caso, y los últimos veranos, alguna risita o miradas picaras, la testosterona y los feromonas empezaban a aflorar, junto con el acné y la regla, y eso se notaba.

Aparte de esos contactos episódicos y de las tertulias vecinales a la fresca, que a partir de las nueve de la noche y hasta las once o las doce tenían lugar en la calle, la aportación de Mónica a la economía familiar consistía en salir de su casa a media mañana cargada con la comida que iba a llevar a la era donde su padre y sus hermanos estaban trillando, ir al colmado de ultramarinos o al huerto en busca de verdura, pepinos o tomates para preparar la ensalada. Yo aprovechaba esas ocasiones para, convenientemente vigilados ambos y durante todo el trayecto por las comadres del pueblo o por don Merino, el cura, acompañarla mientras le daba a la hebra. Los temas de conversación con ella, aparte de soltarle alguna palabreja en catalán –a mí se me conocía como el catalán fotut –, eran los dimes y diretes del pueblo que se debatían en los corrillos nocturnos. No hace falta decir que yo andaba un poco –o un mucho –, platónicamente enamorado de Mónica. Me encantaba su forma de hablar y gesticular y también me encantaba, los domingos, el vuelo de su cancan o la estela de su apuntillada mantilla blanca cuando asistía a misa de doce. En los días de más calor los muchachos recorríamos los tres kilómetros que separaban el pueblo de la Laguna, y entre los juncos y las zarzas de la orilla espiábamos cómo las muchachas tomaban su baño, lo hacían en viso y con la medalla de la Virgen del Rosario cogida con una aguja imperdible para que las protegiera de no pillar un corte de digestión o una pulmonía. No hace falta decir que con semejante atuendo poco atisbábamos de sus formas, lo más que veíamos era su combinación pegada a su cuerpo marcando unas bragas y unos sujetadores de tamaño XXL y más opacos que una pared de ladrillo. La Laguna era una charca de más o menos dos hectáreas de superficie en donde ellas se remojaban en una orilla y nosotros en la opuesta. Siempre he pensado que, por mucha ocultación por parte nuestra, las muetas estaban al caso de nuestro voyeurismo y disfrutaban exhibiéndose tanto como nosotros con su pase de modelos y sus risas. A la Laguna acudía Mónica los jueves por la tarde para darse el baño semanal, sometida a mi atenta y escudriñadora mirada.

Mónica estudiaba con las monjas clarisas que, en Arbotes, tenían un convento y una escuela. Aunque el colegio era mixto, las clases mantenían la separación de sexos de forma rigurosa. En aquella época, además de Aritmética, Geografía o Gramática, se daban las asignaturas de Religión, Urbanidad y Formación del Espíritu Nacional (FEN). En Religión se estudiaba desde la liturgia de la misa (casullas, hábitos y demás ornamentos eclesiales que nos sabíamos de memoria), a la Historia Sagrada y la vida y milagros de Jesucristo. Y la FEN consistía en aprender las frases de José Antonio Primo de Rivera de memoria: España es una unidad de destino en lo universal, o bien: El hombre es un portador de valores eternos –casi nada–, además de la vida de Ramiro Ledesma Ramos u Onésimo Redondo.

Mónica destacaba en la clase de costura, que incluía el encaje de bolillos, la vainica y el ganchillo. Las muchachas del pueblo, cuando en las horas de siesta no estaban dejándose ver en la Laguna, se recluían en los zaguanes o los patios de las casas e iban, desde que cumplían diez años, haciendo su ajuar de casaderas. Sábanas, mantelerías y hasta trapos de cocina eran bordados con sus iniciales, primorosamente festoneadas y arabescadas. Esperando a quien, en palabras de Joan Manuel Serrat, iba a ser su señor deseando que fuera tierno para el amor. Cosa que no siempre conseguían.

Pues bien, con la excusa por parte de las monjas de que perfeccionara el oficio de bordadora para el cual Mónica tenía tantas aptitudes, muchos días, en lugar de aprender la regla de tres o sumar quebrados, las clarisas la apartaban del resto y le daban clases particulares instruyéndola en el significado de cosas tan fundamentales como la lanzada, el halar y la cadeneta. Entre pespunte y pespunte la madre superiora la cogía por su cuenta imbuyéndole la sagrada y santa misión que las monjas desarrollaban en este mundo atendiendo a los enfermos en los hospitales, cristianizando negritos en África o enseñando la doctrina de la Iglesia en los colegios de la orden, una dedicación que obtendría el merecido premio de la Gloria Eterna en la otra vida. El tío Severiano y la tía Engracia, los padres de Mónica, no le hacían ascos a aquellas clases particulares de bolillo o punto alto que, decían, le permitiría ganarse la vida –o por mejor decir, subsistir–, gracias a los encargos que de tanto en tanto las manos más hábiles del pueblo recibían de las casaderas de Pamplona o de Zaragoza, que preferían emplear su tiempo libre en cosas más divertidas que darle al dedal y a la aguja.

Aquellas enseñanzas y los ejemplos evangélicos –Santa Teresa del Niño Jesús, Santa Margarita de Alacoque –que acompañaban a la costura, calaron en la mente de Mónica hasta el extremo de que en el último de los veranos que yo pasé en Arbotes, al despedirnos, me confesó su vocación de meterse a monja y jurar los tres consejos evangélicos: pobreza voluntaria, castidad perpetua y obediencia perfecta. Yo, aparte de decirle que jamás lo haría, creí que era algo pasajero y al poco lo olvidaría.

La evolución de la vida en Arbotes, y en particular los avatares de Mónica, era seguida por mi madre a través de las cartas de la tía Asunción y de las conversaciones telefónicas que cuando llegaban las Navidades o el santo mantenían para felicitarse las fiestas. Más abundante la letra escrita que el parloteo, porque le tía Asunción no disponía de teléfono y mi madre la tenía que avisar con anticipación para que el día y a la hora determinados se personara en la centralita, además de sus buenos ocho o diez duros que costaban por entonces seis minutos de conferencia con Arbotes.

Pasó un día y otro día, un año y otro año de mi última estancia en el pueblo, y fue a primeros de abril, yo tenía entonces diecisiete años, cuando mi madre recibió una extensa carta de mi tía confirmando la vocación monjil de mi antigua vecina, y que el lunes de la semana siguiente Mónica estaría en Barcelona con la madre superiora del convento de Arbotes que la acompañaría en su viaje hasta Mallorca, donde la orden tenía el seminario. Allí ingresaría en calidad de novicia, lo que demostraba que estaba resuelta a llevar adelante aquello que en su día me dijo, investirse la toca. A mi progenitora le faltó tiempo para llamar al pueblo e invitar a las dos, a la monja y a Mónica a comer en nuestra casa el día que estuvieran en la ciudad, pendientes de coger el barco de la Transmediterránea al día siguiente.

Yo por aquél entonces estudiaba Preu, eran los tiempos dorados del Dúo Dinámico y José Guardiola entre los nacionales, y de Gilbert Becaud, Elvis y Celentano como foráneos, figuras estelares en los guateques de cuba libre y almendras garrapiñadas de los domingos por la tarde. Eran unas reuniones sociales donde uno podía acabar con mal de huevos por causa de alguna calientabraguetas que ese día hiciera honor a su calificativo, daños colaterales de la represión franquista, como se diría ahora. Capítulo aparte merecían las sesiones de cine de los sábados: West Side Story, Tempestad sobre Washington o Calabuch, de todo un poco.

Ese día, mi madre había hecho paella y comprado de postre un brazo de gitano, yo me salté la última clase de Matemáticas y a la una atravesaba el umbral de la calle Milá i Fontanals llegándome desde el comedor las voces de ella y de otra mujer, la superiora del convento de Arbotes.

Y allí estaba también Mónica. Su piel tenía el mismo color sonrosado que yo recordaba, aunque su mirada, antaño viva y curiosa, ahora parecía buscar, mirando al suelo, algo que había perdido. La falda le llegaba casi a los tobillos, manga larga y cuello camisero abotonado, con el pelo recogido en una cola de caballo. Demostró azorarse cuando yo me adelanté y le di un par de besos. Sor Angustias advertí que desviaba la mirada como si no quisiera ver aquella muestra de cariño.

Otra media hora de cháchara, con idas y venidas de mi madre vigilando y dando vueltas al arroz y por fin, cerca de las dos, los cuatro sentados a la mesa degustando unos espárragos cojonudos de Tudela como entrante, todo un detalle por parte de mi progenitora. En un ángulo de la mesa quedó el estuche con el rosario de cuentas bendecido por el obispo de Pamplona que sor Angustia regaló a mi madre como contraprestación a su hospitalidad.

En la comida se habló de las fiestas del pueblo, los encierros de vaquillas, las peñas de mozos, cosas insustanciales pero que creaban un ambiente empático entre los cuatro. Hasta que, no sé por qué razón, tal vez porque se habían acabado los temas de consenso o porque la Mónica que tenía frente a mí, callada y ensimismada, era muy diferente de la que yo recordaba, me salió el espíritu contestatario y le pregunté a la madre superiora:

Hermana, ¿no cree que, tal vez, una muchacha como Mónica, a la edad que tiene, no está lo suficiente madura para saber si realmente tiene vocación de monja o no?

Podía haberme respondido cualquier cosa, como por ejemplo que a mí eso no me importaba un ardite –o una mierda –. Pero no. Porque con su mejor pose de gallina clueca marisabidilla –fue lo que más me cabreó –, me respondió, manteniendo el trato distante de usted del que no se había apeado desde que llegó:

¿Qué quiere decirme con eso?, ¿Pretende acaso que a Dios solamente se le den los despojos?

La verdad, hay que reconocerlo, es que me lo puso a huevo:

¿Los despojos?, ¿qué despojos?, ¿los de la carne? ¿Es que por casualidad Jesús es un dios caníbal al que hay que ofrecer sacrificios de vírgenes?

Mi madre carraspeó y empezó a retirar los platos de la mesa, que era su manera de decirme que en cuanto quedáramos solos me iba a dar una colleja, pero yo estaba embalado:

¿Qué piensa usted que agrada más a Dios, una mujer hecha y derecha, de cincuenta o sesenta años, con la cara arrugada menopaúsica y renqueante –había advertido que ella cojeaba ligeramente, de ahí lo de renqueante para acabar de machacarla –, pero con una vocación asentada y trabajada?, ¿o bien una muchachita que no sabe nada de la vida?

No me contestó. A los cinco minutos, y aduciendo que no tomaba café y que la esperaban unos familiares, desapareció de nuestra vista y nuestra vida con Mónica a su estela, quien casi no había abierto la boca para hablar en toda la comida. En la puerta aparté a la monja que se interponía entre Mónica y yo y le di otro par de besos.

Que tengas suerte.

Gracias.

El tema acabó, no sé si merced a mi intervención, con que a las dos semanas Mónica estaba de regreso en el pueblo diciendo que aquello del seminario y los votos de pobreza, castidad y obediencia no eran para ella, se buscó novio y a los tres años se casaba después de hacer Pascua antes de Ramos.

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“El pastel de carne” de J. A. Castro, publicada en Antología “Golpe a la Violencia de Género” (Cataluña) de Ediciones Atlantis

 

El texto “El pastel de carne”, de J.A. Castro, vio la luz dentro de la Antología “Golpe a la Violencia de Género” (Cataluña). El autor, integrante de los “Atlantes”, se prestó a escribir un relato para aportar a la sociedad una lucha solidaria contra la lacra que sufre.

J.A. Castro publicó con Ediciones Atlantis “La niebla roja” . La confianza depositada en ambas partes supuso una relación de negocios y amistad.

 

El pastel de carne

J. A. Castro

Pero… ¿qué te crees?, ¿que vas a salir vestida así a la calle? Pedazo de zorra… puta… –le dijo Miguel a Carolina, su esposa, totalmente fuera de sí.

La falda me sobrepasa las rodillas, ¿es que no lo ves? –le replicó Carolina timoratamente, mirando al suelo.

¡Zas! ¡Zas! Dos nuevos tortazos se llevó ella. Uno en la mejilla izquierda y otro en el mentón. Llevaba cuatro bofetadas en el lado izquierdo de su rostro, el cual lo tenía bastante colorado a causa de los golpes.

Y ese escote qué… ¿eh? Que pareces una guarra… ¿Es que vas buscando rollo? Serás hija de puta… –le soltó Miguel seguido esta vez de un puñetazo en el ojo derecho. Carolina cayó al suelo, de culo, con la espalda contra la pared de la cocina, justo al lado del frigorífico. Se quedó sentada, con grandes lágrimas de frustración cayéndole mejillas abajo. Si bien no sollozaba, ya estaba acostumbrada a recibir golpes de su marido. Es más, pensaba fervientemente que se lo merecía, por no ser una buena persona.

¿Y mi bocadillo? Qué me tengo que ir a trabajar… so puta… –le asestó mirándole de pie, medio curvado y muy enrabietado.

Carolina, todavía sentada en el suelo y sin levantarse completamente, abrió el frigorífico y cogió el bocadillo de jamón

ibérico que le tenía preparado a su esposo y se lo entregó, completamente sumisa.

Ahora mismo vas y te cambias de ropa y levanta al niño y te lo llevas a la escuela. Rápido –le vociferó Miguel con su mano extendida apuntando con su dedo índice el cuarto de Juanito, su hijo de siete años.

Yo me voy. Y como se te ocurra salir así… Te mato. ¿Me has oído? –le volvió a gritar a Carolina, con la mano derecha levantada, repensando en bajarla con furia y atizarle de nuevo. Pero se guardó el puñetazo para otro momento. Ella continuaba sentada en el suelo, al lado del frigorífico, cubriéndose la cabeza con sus brazos, esperando la hostia como despedida.

Cuando Carolina escuchó cerrarse la puerta del piso, por fin decidió levantarse del suelo. Y ya, como de costumbre, se fue directamente al lavabo a maquillarse, para intentar ocultar los golpes que recibía de su marido. Delante del espejo, mientras se

maquillaba los cardenales en su rostro, pensaba en dejar a Miguel, creía que no aguantaría mucho más tiempo viviendo de esa manera. Y es que hacía seis años que Miguel acostumbraba a pegarle con frecuencia. Día sí, día también. Lo extraño era el día que no se llevaba una bofetada, un insulto o un doloroso y retorcido pellizco en brazos y piernas.

Carolina era una auténtica experta en maquillarse, en disimular ojos morados, mejillas marcadas y cardenales en brazos. No obstante, el maquillaje no lograba ocultarlo todo. Se fue a despertar a Juanito, pero el chiquillo ya hacía rato que las voces de su padre le habían despertado. Ya llevaba algo más de tres meses que Juanito no conseguía dormir bien por las noches, a sabiendas de que su padre gritaba y pegaba a su madre. Pues oía nítidamente los tortazos y, de vez en cuando, gemir a su madre cuando él se marchaba de casa. Al igual que a los vecinos contiguos y hasta los del segundo piso. Vecinos que solían hablar del maltrato que sufría Carolina, pero que nadie se atrevía a denunciar.

Eso es cosa de ellos. Es ella quien debe denunciar –se comentaba el vecindario que estaba al corriente de lo que ocurría en el primero be, del número dieciséis, de la calle Princesa de Murcia. Además, quién era el valiente que osaba enfrentarse al mal carácter de Miguel, teniendo en cuenta de que inclusive ellos podrían tener problemas con el agresivo conurbano, puesto que no era la primera vez que se había peleado, llegando a las manos, con algún vecino mientras debatían los problemas cotidianos de la Comunidad del vecindario.

Carolina lo tenía todo en su sitio: la sombra de ojos, el rímel, los polvos para las mejillas, el pintalabios, unos vaqueros largos y un jersey de manga larga, a pesar de estar en el mes de mayo, o eso pensaba ella.

¡Buenos días! ¿Cómo está mi amorcito? –le decía ella a su hijo con ternura.

¿Ya se ha ido Papá? –le preguntaba el niño todavía amedrentado por el griterío del padre.

Sí hijo. Sí –le contestaba ella con nuevas lágrimas desbordadas por sus carrillos.

Vistió a Juanito y le preparó el desayuno y la maleta del colegio. Anduvieron los escasos doscientos metros que le separaban su casa de la escuela. Le dio dos besos a Juanito antes de que entrara al colegio.

Josefa, una buena amiga de Carolina, quién asimismo llevaba a su hija a la misma escuela de Juanito, le esperaba ansiosa a la salida del colegio.

Te ha vuelto a pegar, ¿no es así? –le recriminó Josefa señalándole su ojo morado. Carolina arrugó sus labios, bajó la mirada al suelo y no mentó nada. Seguidamente se fueron a un bar en las proximidades, puesto que las dos eran amas de casa, a tomar un café y charlar un poco.

Él me hace todo esto porque me quiere de verdad. Si no, querría decir que no le importo nada… –le decía Carolina a Josefa con convicción, puesto que su baja autoestima no concebía otra forma de ser amada por un hombre.

Por enésima vez Josefa le dijo que tenía que hacer algo al respecto. Qué eso era un sin vivir. Una auténtica tortura de vida. Y si no lo hacía por ella, que por lo menos lo hiciese por su hijo.

¡Ah! No, no. A Juanito no le dejo que lo toque –le respondía ella completamente inmersa en su cautiverio –. Conmigo puede hacer lo que quiera. Yo lo aguanto, porque sé que me quiere. Además, ¿qué haría yo sin él? ¿A dónde me iría? ¿De qué viviría? Yo no sé hacer nada. –se justificaba Carolina ante su amiga.

El miedo, el sentimiento de culpabilidad, el sentirse inferior a su marido, el sentimiento de dependencia era lo que realmente paralizaba a Carolina. Ella pensaba que no era una buena esposa, qué tal vez por eso se merecía que la abofeteara, la insultara, ya fuese en público o en privado. Ella se esforzaba cada día en hacer las cosas bien; las tareas de casa, la comida, y cuidar del niño. Sin embargo Carolina sentía terror cuando llegaba Miguel a casa después del trabajo ya que él, deliberadamente, pasaba su dedo por la mesa del comedor. Sí encontraba una mota de polvo se iba directamente a su mujer y le comenzaba a insultar y a pegar. Lo mismo ocurría con la comida. Si no le gustaba el sabor o se le había pasado un poco el plato, azote va y azote viene. Y si no encontraba algo raro en la casa o en la comida, se iba en busca de Juanito y, si el chiquito tenía un cordón del zapato deshecho, o estaba un poco despeinado, o con la camisa ligeramente por fuera, se enganchaba a porrazos con Carolina, repitiéndole una y otra vez que no valía para nada. Esa era la triste película en la vida de Carolina. Un día tras otro, igual.

Una buena tarde, Miguel llegó del trabajo a casa completamente desquiciado, ya que en el trabajo –era oficial de primera como albañil –, le habían despedido. Entró a casa dando un portazo. Eso no era nuevo. Carolina ya hacía rato que observaba el reloj de la cocina y, cuando se aproximaban las nueve de la noche, empezaba a tener sudores fríos, pues era la hora a la que solía llegar su esposo. Miguel hizo la rutina de siempre. Pasó el dedo por la mesa del salón, pero esta vez no encontró una mota de polvo. Se fue a ver a su hijo a la habitación, si bien Juanito ya dormía aquejado de una leve gripe estacional. Entonces se fue de nuevo al salón y se sentó a la mesa, esperando a que su mujer le trajera la cena. No le comentó nada del despido a Carolina. Ella, rauda, le trajo un plato de arroz con carne y verduras. Él se llevó una cucharada a la boca, lo masticó, lo saboreó durante unos segundos, y lo encontró delicioso. Y fue en la quinta cucharada que Miguel se quedó con la cuchara suspendida en el aire. Un pelo sobresalía por entre un trozo de pollo y el arroz. Dejó caer la cuchara al plato de golpe. Se quedó mirando a Carolina y sin decir nada se levantó de la silla, la agarró por los pelos y se la llevó arrastrando por el suelo hasta la cocina.

Serás mierda de tía… Eres una puta de mierda… Zorra, puerca… Guarra… Me han despedido en el trabajo por tu culpa, cacho perra… so puta –le soltaba mientras la tenía arrinconada entre la mesa de la cocina y el horno, y le pateaba en el estómago. O le insultaba, o le soltaba una patada en los pechos o le daba un puñetazo en la cara.

Carolina estaba como ausente. No lloraba, tenía los ojos secos. No podía lagrimear porque le faltaba aire, oxígeno que respirar. Estaba en estado de shock, casi inconsciente. Miguel la cogió por la pechera con las dos manos y la elevó hasta su altura sin dejar de insultarle cruelmente. Carolina si bien estaba acostumbrada al miedo, en esos instantes sintió verdadero terror. Miguel jamás se mostró de esa manera. Creyó por un momento que su esposo iba a acabar con su vida. Ella apoyó sus dos manos sobre la encimera y, de súbito, se encontró con el cuchillo grande de la cocina entre las manos. Mientras tanto él la seguía golpeando con todas sus fuerzas e insultándole con toda su rabia. Carolina vio la muerte, de cara, justo delante de ella. En un acto reflejo de mero instinto de supervivencia asió fuertemente el cuchillo y lo dirigió directamente al corazón de su marido. Hundió la mitad de la cuchilla.

Repentinamente él paró de insultar pero la mantenía fuertemente agarrada por la pechera de la camisa. Una segunda cuchillada se clavó de nuevo en el corazón de Miguel. Y una tercera y una cuarta, hasta siete veces seguidas. No dejó de hincarle el gran cuchillo hasta que no dejó libre el pecho de su camisa. Entonces él cayó de espaldas, redondo, sobre el suelo de la cocina. Jadeó tres veces y se quedó con los pulmones vacíos de aire y con los ojos abiertos de par en par. De seguida un gran charco de sangre se formó por el piso, alrededor del cuerpo. Y ella, después de verlo muerto, continuó clavándole el enorme cuchillo en el pecho, en las costillas, en el estómago, en el corazón, en su clavícula. Prosiguió hasta quedarse sin fuerzas, sin un halo de aliento.

Carolina estaba ida. Todos sus sentimientos reprimidos afloraron por un instante, un instante vital, o tal vez hubiera sido ella quien se encontraría en el mismo estado que su esposo, bien muerta.

Carolina se quedó de rodillas sobre el suelo de la cocina llorando como un verdadera niña, con el cuchillo todavía entre sus manos, al lado del cadáver de su esposo. Paulatina y gradualmente sus gemidos, sus lloros, se fueron aliviando. Lo primero que hizo fue ir a buscar una fregona y la trajo hasta la cocina. Secó el charco de sangre y se volvió a hincar de rodillas. A continuación le cortó la cabeza a su esposo. Luego los brazos y piernas. Su miembro viril lo dejó para lo último. Más tarde se fue a buscar bolsas de basura. Y con todo lo que necesitaba en sus manos, comenzó a descuartizarlo seguidamente con gran minuciosidad, escrupulosidad, puesto que tenía toda la noche por delante para ella.

La carne troceada la guardaba en una bolsa aparte. La cabeza, los genitales, los órganos internos y los huesos los ponía en otra. Entretanto cogió la picadora eléctrica y fue picando todos los trozos de carne de su marido. Una vez tuvo la carne picada al completo, la adobó con ajo y sal, y la puso en la nevera durante unos minutos. Más tarde cogió un cazo y vertió dos litros de agua en él y lo puso a hervir junto a una cucharadita de sal y unas cuantas patatas. Esperó pacientemente a que las patatas estuviesen cocidas, las peló y seguidamente también las trituró hasta hacer un delicioso puré. Entonces añadió queso parmesano, un poco de mantequilla y una pizca de pimienta negra molida al puré y lo mezcló todo muy bien para dejarlo simplemente perfecto. El puré estaba para chuparse los dedos. Minutos después peló tres dientes de ajos y los picó finamente. Cogió una cebolla la cual la peló con algunas lágrimas en los ojos, si bien estas eran unas lágrimas más bien de alegría, y la ralló con un rallador. Hizo lo mismo con tres lindas zanahorias y después de enjuagar el rallador de los restos de la cebolla pasó cada una de las zanahorias para dejarlas bien ralladas. Seguidamente echó aceite en una sartén grande, a fuego fuerte, y añadió los ajos, la cebolla y la zanahoria, y frió los vegetales a fuego medio hasta que éstos cogieron algo de color.

Sacó la carne de su marido adobada de la nevera, subió el fuego de la sartén y añadió toda la carne picada con media cucharita de sal. Esperó a que la carne se friese un poco y añadió un buen chorro de vino tinto, Porto, para ser más exactos, y dejó que se redujera hasta que casi desapareció. Entonces echó a la sartén caldo de carne, ésta de pollo, que tenía en la nevera desde hacía unos días para hacer una suculenta sopa, y además, añadió tomate frito. Volvió a bajar la intensidad del fuego, a medio gas, y esperó a que casi desapareciese el caldo. Dejó que la carne quedara con una salsa muy espesa y cremosa, sin dejar una gota de líquido suelto alrededor de la sartén. Cuando Carolina vio que la carne y la salsa tenían el punto, retiró la sartén del fuego. Por la contra encendió el horno, tanto la parte de arriba como la parte de abajo y con el grill en marcha, a una temperatura de doscientos grados. Colocó la carne concienzudamente en una bandeja para el horno, en forma rectangular, como si de un brazo de gitano se tratase, y cubrió toda la carne del rico puré de patatas que había preparado anteriormente. Finalmente introdujo la bandeja en el horno durante veinte minutos.

Durante ese tiempo, Carolina se encargó de ir a bajar las bolsas de basura con los restos de su marido a los contenedores de la calle. El reloj de pared de la cocina le marcaba las cuatro y treinta y cinco minutos de la mañana. No se tenía que preocupar por si alguien le veía tirar cosas a los contenedores a altas horas de la madrugada. Luego subió a la primera planta del piso y echó un ojo al horno, para ver si todo iba bien. Aún le faltaba unos minutos de cocción. Y aprovechó para limpiar la cocina a fondo de las manchas de sangre que habían salpicadas en algunas partes de la cocina, con Xanpa Ajax fregasuelos, de olor a pino, y las paredes, el mármol y las sillas de la cocina las limpió con lejía viva. Al cabo de los minutos aquello olía realmente a limpio y no a muerte. Seguidamente cogió las manoplas de cocina y abrió el horno. Fantástico, el puré que cubría el pastel de carne estaba dorado y brillante. Lo sacó a continuación y mientras esperaba a que se enfriase sacó un cigarrillo y se lo fumó muy a gusto, reconfortándole cada calada que aspiraba.

Seis años de infierno… Seis años de maldito infierno… –se decía y se reiteraba la pobre Carolina con los ojos húmedos, a punto de estallarles en borbotones de lágrimas. Al final se fumó media cajetilla de cigarros, pues sus nervios se regocijaban con el calvario vivido al lado de su marido: abusos psicológicos, abusos físicos e incluso violaciones, cuando ella se negaba a hacer el amor con Miguel.

Iban a dar las siete de la mañana. Se levantó de la silla de la cocina, abrió la ventana para que se ventilara del humo almacenado y se fue derecha a la ducha. Se pasó tres cuartos de hora bajo el agua caliente, casi hirviendo, intentando quitarse las manchas de sangre y, sobre todo, el olor de su esposo. El agua le sabía a salada, puesto que de nuevo sus lágrimas derramadas se entremezclaban con el agua dulce. Luego se ató la toalla por los senos y llevó la ropa manchada de sangre a pica de la cocina y le prendió fuego. Seguidamente fregó todos los utensilios que hizo servir y dejó la cocina de nuevo inmaculada. Minutos después se vistió y se fue a la habitación de Juanito.

Mami… ¿Ya se ha ido Papá? –le preguntó su hijo algo aturdido por la gripe. Carolina lo abrazó fuertemente en sus brazos.

Sí hijo. Papá ya se ha ido para siempre –le apuntó con una larga y satisfactoria sonrisa.

Dejó que Juanito descansara.

Ella se fue al ordenador y miró los horarios de Renfe en internet. Compró dos billetes para ese mismo día. A las doce horas y treinta minutos de la mañana era la hora de partida. Dirección Madrid dispuesta a comenzar una nueva vida. En la capital tenía a gran parte de la familia y tenía donde quedarse durante algún tiempo. Luego entró en la página de MRW transportes de paquetería y llamó al número que allí indicaba.

¡Buenos días! Deseo enviar un paquete a Alcantarilla, Calle Brasil, número ocho… Es urgente y frágil… –le dijo por teléfono Carolina al telefonista de dicha compañía.

Después de intercambiar datos, ella se fue a su dormitorio y cogió dos cajas de zapatos. Les pasó un paño húmedo para quitarles el polvillo y las envolvió en papel Albal. Introdujo los dos exquisitos y hermosos pasteles de carne que cocinó con la carne de su marido y los ató con una cuerda y los envolvió con unos vistosos papeles de regalo que tenía sobrantes de los juguetes de Juanito.

Luego se dispuso a hacer las maletas. Escogió dos, con ruedas, para llenarla solamente con lo imprescindible. Las cargó con ropa de Juanito y con una muda de ella.

Llamaron al timbre. Eran las diez y cuarto de la mañana. Ella se sobresaltó por unos instantes.

¿Será la policía? –llegó a pensar un tanto asustada. Pero no, era los de MRW que venían a recoger los paquetes. Pagó los portes y le preguntó al joven cuánto tiempo tardarían en llegar.

Señora, a mediodía los tendrá en su destino. Garantizado –le aseguró el muchacho con una sonrisa de oreja a oreja.

Sin pérdida de tiempo se dispuso a levantar a Juanito, a vestirlo y a darle algo para desayunar. Al chiquillo se le notaba todavía un poco endeble.

Un poco de fuerza, cariño, qué ya dormirás en el tren –le dijo Carolina dándole un beso en la mejilla.

¿A dónde vamos, Mami? –le preguntó Juanito refregándose con ímpetu uno de sus ojos con su puño.

Nos vamos a un sitio mejor que éste. Ya verás qué bien nos lo pasaremos de aquí en adelante –le confirmó la madre intentando hacerle cosquillitas a su hijo.

Subidos ya en un tren regional, madre e hijo, dirección a la Estación Puerta de Atocha de Madrid, Carolina recordaba la vida de su marido, si había alguien que le pudiese echar en falta. Y es que Miguel apenas tenía amigos, y los pocos que tenía era de pura conveniencia. Eran esa clase de amigos que cuando cobraba la paga de fin de mes se le acercaban para comprar drogas e irse de putas, pagando él, claro está. Entre semana ni se acordaban siquiera de Miguel. Con su padre, qué era una pura calcomanía de su hijo Miguel, y con los cinco hermanos que tenía, no se hablaban desde hacía muchos años, por temas de herencia. Y además le acababan de echar del trabajo.

¿Quién demonios iba a preguntar por tal espécimen? –se dijo Carolina bastante serena.

Y entonces sonó el móvil de Carolina. Era el padre de Miguel. Le preguntaba que para qué coño le había mandado el pastel de carne. Ella le contestó que por simple gusto y que desde luego que no se tomase la molestia de devolverle el cumplido.

Tampoco lo iba a hacer –le contestó él seco y severo–. Bueno, la verdad es que está bueno. Oye, ¿de qué carne están hechos, si se puede saber? –le inquirió él totalmente intrigado.

De carne de cerdo. De un buen cerdo –le respondió ella con voz rotunda. Seguidamente cortó la llamada. Abrió la ventanilla del tren y arrojó el móvil con todas sus fuerzas hacia la rica tierra de la huerta murciana.

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“La Vida Epifita”, de Borja Castellano, publicada por Ediciones Atlantis

Ediciones Atlantis publicó “La Vida Epifita”, de Borja Castellano. La confianza puesta en este joven autor respondió con un gran éxito de su relato.

Ahora puedes leer un anticipo de dicha obra para, con total seguridad, adquirir el relato completo.

Un hombre es capaz de acabar con otra persona si no la deja marcharse y tampoco permite que se acerque por completo a él; la ata a sí mismo y no la devuelve al mundo, y al mismo tiempo mantiene las distancias, no fragua ninguna alianza con ella. La persona así tratada acaba muriendo por haber sido apartada del mundo. Por quedarse sola y, a la vez, no estarlo del todo, porque vive en una especie de atadura y su carcelero no se ocupa de ella…”.

Sándor Márai. La Gaviota.

Uno

Muchos años antes, cuando abandonó aquel hombre a su trágica suerte, el Conde tuvo la certeza de que el suceso que acababa de presenciar traería consecuencias el resto de su vida: Cecilia fue, en un principio, la penitencia.

De nuevo pensaba en ello, esta vez mientras escuchaba el sonido de los pasos de Cecilia, el seco y breve posar de sus zapatos sobre el suelo, que delataba su posición. Con los ojos cerrados, el Conde la imaginó cruzando el pasillo y atravesando lenta y rítmicamente el salón principal hasta llegar a la terraza del primer piso, donde él mismo se encontraba apoyado en la barandilla. Una vez allí, Cecilia permaneció en silencio, mirando las espaldas del Conde bajo las ménsulas voladas de granito.

Él no se volvió y ella no se acercó.

Desde la altura de la galería se divisa una vasta superficie, y aquel verano gallego trajo multitud de aromas que, si bien el Conde no era capaz de reconocer, sí era capaz de apreciar. Las sombras de los pájaros se enredaban sobre el césped del jardín: era a Cecilia, que continuaba inmóvil detrás de él, a quien le gustaban los pájaros, los árboles y los prados, las caminatas por terrenos embarrados, el tacto de la lana viva, el correteo de las gallinas, y los tomates y los pimientos de la huerta a los que sacaba brillo con las mangas de su camisa; por el contrario, él sentía una hipnótica atracción por el bosque espeso, por los altos helechos, los riachuelos ocultos, los caminos sinuosos y perdidos. También por eso le gustaba aquella casa, perteneciente al concejo de Lugarnovo (al sur de la Ulloa), en lo alto de una pequeña colina, aislada y rodeada, junto al jardín y el pequeño prado, por grandes carvallos.

Cecilia levantó el brazo y acercó su mano para ponerla sobre el hombro del Conde, como si quisiera decirle que estaba allí y que necesitaba de él, pero no llegó a tocarle. En cambio se dejó caer sobre su espalda, o tal vez no pudo evitarlo y simple-mente desfalleció sobre ella. Eso sí, a su manera. Cecilia, aunque no era alta, tenía una presencia alargada, parecida a una espiga de trigo que agradece el sol y el viento que la mece venga de donde venga. Lo cierto es que le rodeó con los brazos, apoyó la oreja entre los omóplatos y se aferró a él, clavándole las uñas en el vientre para después arrastrarlas hasta el pecho y de nuevo apretar fuerte. Así afloró un mínimo de la pasión contenida durante los últimos años. Él se limitó a agarrarse con más fuerza a la piedra de la barandilla como si aquello fuera todo lo que podía hacer.

Así permanecieron un tiempo, lo mismo pudieron ser minutos que horas, descansando de una larga vigilia o despertando de un largo sueño. Dos peregrinos conscientes de que es más relevante el camino que el destino.

—¿Por qué no podemos estar juntos? —preguntó Cecilia.

La pregunta era trascendental porque aquella fue la primera vez que hablaron explícitamente de su amor. Infinidad de veces habían debatido sobre el amor. El amor en general. El amor filial, el amor paterno, el amor fraternal, el amor carnal, el amor propio, el amor a Dios. A raíz de novelas o ensayos o películas argumentaban posturas distintas (aunque no siempre creyeran lo que decían) porque aquello les parecía divertido y porque les gustaba debatir y argumentar, a veces discutir. Y era en esos momentos cuando ella extravertía los ojos, del color del agua de un estanque impresionista, dos pinceladas de luz y color, que eran apéndices movidos por la fuerza centrífuga del entusiasmo; el resto de su cuerpo sumiso se vencía muy ligeramente.

Aun así, siempre abordaban el tema desde la distancia psíquica y sentimental, como el investigador que estudia el cáncer o el forense que disecciona un cadáver.

Y a pesar de todo, de la claridad de la pregunta, de la necesidad de una respuesta, a pesar de la convicción plena de que el momento de declarar su amor por Cecilia había llegado, el Conde no contestó.

—Sé que en las cartas que envías a tu padre no le hablas de mí —continuó Cecilia sin dejar de abrazarle—. Las he leído. Algunas, no todas. Perdóname pero necesitaba entender. Por un tiempo pensé que te avergonzabas de quererme. Que tal vez te importaba lo que otros pensaran. Pero tú no eres así, no te importa lo que digan los demás. ¿Qué es entonces? ¿Qué te impide amarme?

Una vez más no contestó.

A sus treinta y cuatro años el Conde era un hombre autárquico a quien le gustaba la soledad, lucía unas incipientes ojeras (de lector insomne o púgil trasnochado), dos filigranas sobre una piel minuciosamente pálida. Su nombre de pila ya casi nadie lo recordaba y algunos probablemente ni lo sabían, y esto le hacía sentir confortable. Hay quienes pensaban (y quienes criticaban) que su soltería y la ausencia de relaciones sentimentales conocidas tendrían también el mismo origen de afinidad por el aislamiento interior. De cualquier manera, como acababa de afirmar Cecilia, nunca le importó lo que otros pensaran (ni lo que otros criticaran), aunque entendió que Cecilia podía referirse tanto a la diferencia de clase social como a la diferencia de edad. Ninguna de las dos cosas era cierta.

Con la mejilla aún sobre la espalda del Conde, Cecilia podía escuchar el corazón que latía arrítmicamente. Cómo cada diástole dejaba marchar un año del quinquenio que habían estado juntos en aquella casa que insistía en plegarse sobre sí misma. Un latido por cada vez que quisieron transgredir la profundidad de la piel y no quebraron ni el aire. Un tañido por cada pensamiento que nunca se hizo carne. Repiques acelerados por cada vez que él ansió ese momento y no supo realizarlo. Una pulsación para medir la vida entrelazada que se les escurría. Un pálpito. Cinco años según ella; once años en realidad, desde que el Conde descubrió que era ella la hija huérfana de un hombre muerto ante sus ojos: el sexenio del centro de menores, pensó el Conde al uso de quien estudia la historia revuelta de España, y el quinquenio de Lugarnovo. Distintos latidos para distintas épocas. Aunque reconociera en aquella a quien amaba en esta. Aunque en aquella la cuidara y protegiera desde el anonimato y en esta desde una fachada ficticia que se desmoronaba. Una larga vigilia o un largo sueño.

¿Por qué no podemos estar juntos? —acababa de preguntar Cecilia—. “¿Qué te impide amarme?”. ¡La historia que desconoces! Siempre es Dios o la Historia, pensó el Conde.

—¡No puedo seguir así! —gritó Cecilia, aunque las palabras salieron de su boca como un susurro, lánguidas como la saliva que de sus labios cayó sobre una espalda.

Detrás de cada declaración de Cecilia se producía un sólido silencio. La casa se hundía en la colina asediada por los robles. Nada revelaba una aldea próxima.

Hay cosas, pensó el Conde, para las que un hombre no está preparado ni siquiera cuando las espera. Algunas personas nunca están preparadas para la muerte, otras (acaso las mismas) nunca asimilan el amor. El mutismo del Conde podría hacerle parecer una de esas personas. Quizá en otro tiempo, pensó, pero no ahora y desde luego no en el futuro. Quiso (pero no lo hizo) darse la vuelta, fundir la parte inferior de su cuerpo con el de Cecilia y besarla. Inmediatamente después, declararía que en el fondo siempre la había querido, que su vida carecía de sentido sin ella, que nunca se lo había dicho por miedo, porque si lo hacía también debería confesar su vergonzosa implicación en la muerte de su padre.

Sabía que aquel momento habría de llegar y aun así sintió que necesitaba estar más preparado. ¿Era posible estar más preparado para confesarle a quien se ama que toda su vida ha sido una farsa? ¿Que lo que cree saber de su pasado y de la persona a la que acaba de declararse está tergiversado y manipulado? Trató de ordenar sus pensamientos lo más rápida-mente posible, pero la vida parecía urdir un desencuentro. Sin que mediara una palabra más, Cecilia escabulló sus brazos enredados en el cuerpo inerte del Conde y se marchó. Paso a paso comenzó a desdibujarse. Como unos minutos o unas horas antes, él oyó el rasgado retumbar de sus andares; sobre la baldosa de la galería, sobre la tarima del salón, sobre la piedra del distribuidor; la perdió.

Se quedó solo en la terraza con la vista perdida en la espesura. Ni siquiera advirtió en qué momento se acabó el día. Como tampoco imaginó que en aquellos instantes Cecilia estaba haciendo la maleta dispuesta a irse de su casa, y que en su equipaje no había más que algo de ropa y un neceser; ni un solo libro (ni una sola de las obras que habían leído juntos, porque la literatura no es de quien la compra, mucho menos de quien la escribe, sino de quien la lee, y más aún como ellos, por comentarla y compartirla; porque para ellos la literatura había sido el punto de encuentro, un estado compartido; quizá por eso no se llevaba ni un libro, porque pensaba que en cierto modo sería como cargar con un pedazo de algo que no era enteramente suyo).

Apremiado por el frescor de la noche entró de nuevo en la casa. Se acercó al armario esquinera del salón (su mueble favorito por la belleza de la balda de mármol verde impregnada de vetas blancas —con forma de neuronas o nervios— y de la marquetería) en donde guardaba el ron añejo. Se sirvió una copa que paseó varias veces y finalmente no se bebió. En su lugar buscó algo que pudiera deshelar sus intestinos y de paso ayudarle a pensar. Los treinta y siete grados y medio del ron le parecieron pocos, el vodka y la ginebra los compró solo para los invitados, porque a él le producían arcadas, al igual que el whisky. En la balda inferior del mueble rebuscó entre los licores y oculta tras un limoncello descubrió una botella de absenta de ochenta grados que compró en Turquía años atrás, aunque el origen de la absenta era probablemente suizo, que estaba a medio beber y que ya había olvidado. Bebió un trago directamente de la botella. Como la lava por un glaciar se desplazó la absenta por la garganta y los intestinos. Cuando no quedaba nada más que derretir el Conde bajó las escaleras en busca de Cecilia.

La encontró en el amplio vestíbulo dispuesta a abandonar la casa por la puerta principal. Desde allí atravesaría el jardín, bajo las estrellas, hasta la cancela de entrada a la finca por donde el Conde hubiera podido verla de haber seguido en la terraza del primer piso. Vestía unos vaqueros y una chaqueta larga verde caqui que le llegaba casi hasta las rodillas. Calzaba unas bailarinas. El resto de ropa la llevaría dentro de la maleta que agarraba desde el asa con las dos manos en una actitud tan valiente como inocente, similar a la del día que llegó, apenas cinco años antes. Por un instante le recordó a una hermosa niña que navegaba en una frágil balsa.

Se miraron fijamente.

—¡No te vayas! —suplicó el Conde.

—¿Por qué habría de quedarme? —respondió Cecilia con una súplica encubierta.

Esta vez el Conde fue capaz de contestar.

—Necesito algo más de tiempo —dijo mientras se acercaba un paso—. Hay algo que debo arreglar antes de que podamos estar juntos.

Había poca luz en el vestíbulo.

—Hay algo que debes saber —confesó el Conde—. Y necesito tiempo para contártelo.

Los ojos del color del agua de un estanque, que eran pinceladas y apéndices, se volvieron aún más líquidos. Entre sollozos, Cecilia tal vez recordó cómo partió del hogar de acogida para trabajar de asistenta en la casa de un conde en Lugarnovo (que más parecía un refugio). O revivió cómo conoció el amor reprimido y recibió todo tipo de atenciones, desde un futuro íntimo y abstracto hasta una carrera universitaria. Tal vez lloró al pensar que todo había sido una ilusión o un engaño, el juego sádico de un nigromante. Por primera vez el Conde tuvo la impresión de que Cecilia no se mecía a favor del destino, sino que se quebraba un poco. ¡Pero necesitaba el tiempo que pedía! Para explicarle por qué era ella quien había tenido que dar un paso tan valiente, tan esperado y necesario. Para decírselo de la mejor manera.

—Te esperaré —dijo Cecilia.

La maleta se le cayó de las manos, ajena a la fragilidad de su balsa y al hambre de los depredadores que acechan bajo las aguas oscuras.

“La vida epifita”, de Borja Castellano en Ediciones Atlantis.

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“Muy personal”, de Gabriel Monte Vado, para Antología “Golpe a la Violencia de Género” (Madrid)

El autor Gabriel Monte Vado aporta el relato “Muy personal” a la Antología “Golpe a la Violencia de Género” (Madrid) de Ediciones Atlantis. Escritor, historiador y militar en situación de Reserva Activa, Gabriel Monte Vado ha publicado dos obras en Ediciones Atlantis: “Guardianes del falso Edén” y “En la boca del lobo”.

Se prestó gustoso, como no podía ser de otra forma, a colaborar en este proyecto para ayudar de forma cultural al intento de erradicación de un mal de la sociedad: la Violencia de Género. Este detalle significa devolver la confianza depositada en él por Ediciones Atlantis, por J.D. Álvarez y, de manera colateral, hacia la sociedad donde ha servido más de 30 años como militar en activo. 

Muy personal.

 Gabriel Monte Vado

El relato que sigue ha de considerarse fruto de la invención del autor y no debe inducir a atribuir conductas, acciones o palabras concretas a ninguna persona existente o que haya existido en la realidad.

Cuando buscamos con conocimiento es más probable que acabemos encontrando lo que perseguimos, pero a veces nos puede sorprender lo inesperado. Creemos dominarlo todo, pero en realidad, por muy entrenados que estemos, no podemos predecirlo absolutamente todo. Es difícil controlar cada uno de los acontecimientos que van a determinar nuestro destino inmediato. Si dejamos de gobernar tan sólo uno de ellos, quedamos sometidos al azar. No solemos tener en cuenta la imperceptible y caprichosa intervención de los hados, que se mueven incontroladamente por los recovecos más inesperados creando las aparentes coincidencias, las curiosas casualidades que nos sorprenden y nos dan qué pensar. Pero los hados están ahí para bien o para mal, acechando, modelando implacablemente nuestro destino.

Supe de ti, cuando haciendo mi peculiar trabajo mis colaboradores y yo te investigamos sin descanso durante mucho tiempo. Seguimos el procedimiento habitual: pinchamos tus teléfonos, entramos en tus ordenadores y varios de mis compañeros te siguieron durante el día y a veces durante la noche. Tu coche llevó adosado, escondido cerca de un guardabarros, un localizador que nos permitió conocer su situación exacta, y también introdujimos un virus en tu teléfono móvil que nos permitió saber donde estabas en cada momento siempre que lo llevaras encima. Leímos tu correspondencia y tus correos electrónicos, sí, por supuesto, también los encriptados que intentaste esconder valiéndote de artimañas, algunos de mis colaboradores son hackers de gran nivel. Te investigamos en registros públicos, bancos y todo tipo de instituciones de forma abierta y encubierta. Y todo lo que obtuvimos quedó debidamente reflejado en el informé que le entregué a uno de tus socios.

En el momento de iniciar la investigación sabíamos que habías tenido que dimitir de tus cargos políticos. Parece ser que eres un corrupto de esos que tanto parecen abundar ahora, pero que en realidad han existido siempre. Esos que aparentemente transigimos en tiempos de bonanza, pero que en tiempos de crisis nos ha dado por no tolerar, cuando no deberíamos haberlos tolerado nunca, porque para empezar manchan el nombre de los que se dedican a la política con honestidad.

Parece que perteneces al grupo de buscavidas inmorales e interesados que utilizan la política para enriquecerse, cada uno a su manera; unos dándose golpes de pecho muy afectados todos los domingos en la casa del Señor, cuando su verdadero dios es el dinero; y otros presumiendo de progresismo cuando sólo utilizan la palabra interesadamente, desconociendo su verdadero significado. Pero es sólo mi opinión, para otros sois un ejemplo a seguir, y así van las cosas en una sociedad donde el honrado es el imbécil y el amoral el triunfador.

Averiguamos que la Justicia no te condenó porque gente de tu partido se encargó de protegerte. Puede que la Justicia sea igual para todos los ciudadanos, pero en algunas ocasiones es muy difícil lograrlo. Se puede luchar contra el poder pero cuesta mucho hacerlo contra el poder desmedido. Entre miles de casos de corrupción, de mayor o menor relevancia, el Poder Judicial es la última esperanza de los ciudadanos. Muchos jueces y magistrados honrados y valientes han asumido el papel que les corresponde sin complejos, convirtiéndose en los baluartes morales de la sociedad, pero topándose con muchas dificultades cuando tienen que juzgar a gente como tú: retrasos injustificados, destrucción de pruebas, falta de colaboración. Juego sucio puro y duro para que te librases de la cárcel.

Averiguamos que poco después de que dimitieras de todos tus cargos, aprovechándote de las influencias políticas que aún conservas, lograste convencer a varios inversores, entre ellos a nuestro cliente, para crear una empresa que explotara lo que hasta hacía poco tiempo era un servicio público, para hacer negocio con las necesidades de los ciudadanos con las que no se debería trapichear, para servir a vuestro dios el dinero del cual sois fervientes creyentes.

Costará probarlo en un juzgado, porque te esmeras en no dejar rastros, pero también tenemos indicios de que estás robando a tus socios. Parece que no sólo te quedas con parte del dinero negro que deberías entregar a tus amigos políticos que te favorecen con la empresa, sino que también desvías, valiéndote de varios subterfugios contables, fondos que deberías compartir con tus asociados. En eso eres muy bueno, has hecho sudar a mis especialistas informáticos y contables.

Vigilándote hemos descubierto que tienes una amante a la que le pagas el alquiler de un apartamento en la zona centro de Madrid y a la que todos los meses le entregas un sobre repleto de euros. Por cierto, aunque en público arengues a algunos de tus antiguos compañeros de partido para que sigan adelante con la nueva Ley del aborto, tenemos conversaciones grabadas en las que animas a tu amiga a abortar con todos los gastos pagados, aunque finalmente no fue necesario porque resultó ser una falsa alarma.

Después de que concluyera la investigación y entregáramos el correspondiente informe a nuestro cliente, decidí seguir controlándote por mi cuenta. Un fin de semana, aprovechando una salida familiar, instalé varios micrófonos en tu domicilio, porque tus teléfonos y tus ordenadores ya estaban intervenidos desde el principio. También me dediqué a seguirte y vigilarte personalmente.

Con el tiempo confirmé lo que decía una parte del informe: en tu casa no sólo se hace tu solemne voluntad, sino que no hacerlo se paga caro: con maltratos psicológicos y físicos. Pude comprobar lo cruel y calculador que eres. Alternas periodos de abusos e intimidaciones con otros de fingido arrepentimiento en los que te muestras más amigable. Juegas con las emociones de tu mujer. La manipulas para que no salga corriendo del nido y te chafe la fiesta, porque disfrutas mucho con tu exhibición de poder jugando con sus sentimientos. Es tal la presión a la que la sometes que ha perdido la facultad de decidir por sí misma. La has entumecido emocionalmente y has adormecido sus mecanismos de defensa.

Sorprendido y horrorizado, he oído como en los periodos de máxima violencia la despertabas en medio de la noche. Parece que su sueño y su descanso te pertenecen, ella duerme cuando tú se lo permites. He escuchado impotente como la violabas si se negaba a tener relaciones sexuales. La consideras de tu absoluta propiedad y puedes hacer con ella cuanto se te antoje.

También he escuchado como amedrentabas a tus hijos por cualquier nimiedad y arrinconabas a su madre cuando intentaba defenderles. Tus agresiones psicológicas y tus vejaciones son casi constantes pero racionadas maliciosamente.

Para alguien ajeno al problema es difícil comprender por qué tu mujer no te abandona o pide ayuda: la vergüenza, su educación católica, y sobre todo la manipulación a la que la sometes y sus miedos hacen que aguante creándose falsas esperanzas, atrapada en tu telaraña. Gradúas la presión para que se haga la ilusión de que todo puede cambiar.

Eres un gran manipulador emocional, y en cierto modo, aunque no soy ningún especialista en la materia, un psicópata: careces de empatía, ignoras el sufrimiento de tus víctimas y los efectos que produces en ellas. Quieres tener el control absoluto y para ello no toleras el más mínimo disentimiento. La razón siempre está de tu parte. Tu mujer es sólo un objeto a tu servicio y sistemáticamente no conoce de ti más emociones que la cólera. En mi opinión eres un narcisista prepotente de autoestima desmedida y te vales de todo tu atrezo para sentirte superior, y para ello, todo lo que te rodea tiene que ser inferior a ti. He comprobado que eres un fraude, un cobarde, un inestable emocional que sólo sabe tomar el control con la violencia o con el abuso de poder.

También he visto lo tierno que llegas a ser con tu amante, esa morenaza veinteañera de piernas largas y escote generoso que atiende a tus deseos más íntimos, y a la que parece que nunca le pones la mano encima. Verdaderamente no te conoce.

Socialmente vives de las apariencias, eres un verdadero encantador de serpientes fuera de casa, mientras que dentro de ella escenificas cada día un verdadero drama. Tus hijos estudian en un buen colegio, como no podía ser menos, y tu mujer va bien vestida y conduce un bonito coche, pero debajo de sus ropas esconde con vergüenza los moratones de su cuerpo y las cicatrices de su alma, que son profundas e irreversibles.

He observado con especial atención a tus hijos. Se sienten avergonzados, apocados, merecedores de cualquier castigo porque para ti todo lo hacen mal. He constatado que incluso pasan miedo. Les he visto caminar pensativos y con la cabeza baja. Tus constantes reproches, gritos y malos tratos les han convertido en niños con dificultades de concentración y problemas de aprendizaje. He constatado que les cuesta incluso relacionarse con otros niños y sufren trastornos de conducta en los que también usan la violencia. Me imagino su miedo y su sentimiento de culpa, pero también puedo sentir su hostilidad, porque la exposición repetida a escenas de violencia doméstica precipita en ellos comportamientos violentos.

Que quede claro, yo no busqué cruzarme en tu camino. Tampoco lo evité. Y al adentrarme en tu mundo de mentiras, traiciones, hipocresía, crueldad y ensañamiento, mis recuerdos se agolparon y se desbocaron de tal forma que, en un principio, me fue imposible controlarlos. En determinados momentos me sentí como una marioneta moviéndose entre las sombras, gobernado por mis emociones, inquieto y frágil. Fui como un boxeador sonado lanzando golpes al aire, indeciso y atormentado, a la defensiva y sin rumbo. Hasta que decidí asumir la situación y afrontarla, como hace años cuando era sólo un niño. Ahondé en tu vida y tras el enmarañamiento de eventualidades apareció tu verdadero rostro. Y lo que vi removió mi alma de tal forma que no podré descansar hasta que lo haga desaparecer. El mismo hado debe gobernar tu destino y el mío, para tu desgracia y para la mía; porque aunque no lo quise ni lo busqué, no puedo rehusar lo que creo mí desagradable deber.

No creo en las casualidades. Yo era la persona destinada a husmear en tu miserable vida, quien debía seguir tus pasos para sellar tu destino al encontrarme con lo que abrió de nuevo la herida que creía cerrada. Tú sólo me conoces de oídas. Soy un investigador muy especial, un ex agente de inteligencia que ahora trabaja por libre y al que recurren algunos empresarios para realizar trabajos de investigación muy especiales. Y ocurrió que el hado que nos gobierna hizo que uno de tus socios me contratara porque sospechaba que le robabas. Y estaba en lo cierto.

Pero habiendo llegado a este punto, ¿te preguntarás cómo llegué al vómito contigo? Mi fijación por ti fue progresiva. Creía poder controlar la situación. Me había propuesto ver las cosas desde la distancia, como el profesional que soy, ¡pero no pude! Día tras día releía ciertos párrafos del informe que le entregué a tu socio, esos que hablaban de que posiblemente maltratabas a tu mujer y a tus hijos, y decidí seguir investigando por mi cuenta, porque a pesar de lo que yo creía mi herida sigue abierta, y ahora sé con certeza, aunque en realidad siempre lo he sospechado, que seguirá abierta toda mi vida.

Puedo soportar que robes a tus socios y machaques a tus trabajadores, no soy un policía ni un sindicalista, y también que seas un corrupto, porque lo que tú hiciste no se diferencia de lo que hacen otros tantos en diferentes partidos políticos, ya que la corrupción no entiende de ideologías, es un asunto meramente material. Pero no puedo mirar hacia otro lado mientras maltratas a tu mujer y a tus hijos.

¡Ya sé!, ¿ahora te preguntarás el porqué? Y entonces tendré que responderte que lejos de la manida frase de: «no es nada personal, sólo trabajo», esto, para tu desgracia y para la mía, es muy personal, tan personal que duele como si me hubieras clavado un puñal.

Mi hermana y yo crecimos con un maltratador. Mi padre no tenía tu dinero ni tus influencias, pero os parecéis mucho. Tú no bebes, él bebía, ese era su pretexto. ¿Cuál es el tuyo? ¡Déjalo!, en realidad no me importa, sea cual sea sólo es eso, un pretexto.

El maltratador que nos amargó la vida pegaba a mi madre y tenía aterrorizada a mi hermana. En cuanto a mí, que puedo decirte, me destrozó la infancia como tú se la estás destrozando a tus hijos y me marcó para toda la vida. Con once años me pasaba los días imaginando que había crecido y le partía la cara a aquel indeseable, pero los maltratos seguían y acabaron pasándole factura a mi madre, estoy convencido de ello, murió como consecuencia de un derrame cerebral con tan sólo treinta y seis años, y entonces mi hermana y yo nos quedamos solos, a merced de aquella bestia.

Mi madre nunca se planteó irse de casa, eran otros tiempos, dependía totalmente de mi padre y entonces no estaba bien visto abandonar el hogar, había que aguantar con lo que a cada uno le había tocado. ¡Ojalá lo hubiera hecho, ojalá se hubiera ido de casa! Quizá ahora seguiría viva. Pero no lo hizo. Entonces el maltrato se consideraba algo raro y aislado, vivíamos en una sociedad machista que no quería saber de asuntos que, se consideraba, no debían salir fuera del entorno familiar. Éramos invisibles para la sociedad. Ya sabes, si te tapas los ojos no ves y a veces es mejor no ver ciertas cosas, como ahora les ocurre a algunas personas con la exclusión social y la miseria.

Creo que todavía no te he dicho que mi hermana era y es muy hermosa, al igual que lo era mi madre.

Perdona que pare unos instantes para respirar hondo, la herida es dolorosa. A veces quisiera poder llorar para desahogarme, pero no puedo, no soy ese tipo de persona, aunque en algunos momentos me gustaría serlo.

Como te decía, a aquel cerdo que se hacía llamar padre no le pasó desapercibida la incipiente belleza de mi hermana, y muerta mi madre decidió deshacerse de sus inhibiciones y abusar de su hija, que entonces tenía trece años. Yo me enfrenté a él, pero era más fuerte. Pensé en denunciarlo a las autoridades pero eran otros tiempos. Ahora me arrepiento. Lo único que puedo decir en mi defensa es que era sólo un niño asustado.

Casi cuarenta años después, mi hermana vive en Barcelona con su marido, un buen hombre, tienen dos hijos ya mayores y ella es feliz, aunque sé que convive con sus cicatrices y que de vez en cuando, durante las noches, regresan los fantasmas que la acosan. En cuanto a mí estoy divorciado y no tengo hijos. Creo que todo lo que viví me pasó factura, pero no he sido un cobarde como tú, en ningún momento culpé a mi mujer de lo ocurrido, simplemente nos separamos porque nuestro matrimonio no funcionó, probablemente por mi culpa. Ahora ella está con otro hombre y es feliz, y yo me alegro porque no soy como tú.

Sí, me has hecho recordar muchas cosas observando y oyendo como te comportas con tu mujer y tus hijos, los moratones que tenía mi madre por todo el cuerpo producidos por empujones y puñetazos que la llevaban de un extremo a otro de la habitación, las torturas psicológicas que la hacían sentirse peor que nada. Insultos y reproches constantes, controles de salidas y llegadas, amenazas, celos injustificados, humillaciones, exigencias de obediencia, culpándola de cualquier problema, controlando el dinero que manejaba hasta la exageración, como haces tú con tu mujer para luego regalárselo a tu amiguita con mucha generosidad.

Mi madre no tenía amigos porque mi padre así lo quería, como he observado que le ocurre a tu mujer que se limita a ejercer de consorte. Estoy seguro de que en los momentos en que aquel animal descargaba en ella la ira que escondía sus más profundas frustraciones, como el cobarde que era, se hubiera conformado con que la confundiera con un mueble más, con cualquier objeto, para que la dejara en paz. Pero también sé que no soportaba el maltrato a sus hijos y que fue eso lo que la llevó a la tumba. En cuanto a mi hermana, era tal el terror que sentía cuando aquel cerdo se acercaba a ella que cerraba los ojos, paralizada, esperando que pasara de largo.

No soy ningún santo, estoy curtido en mil batallas y dispuesto a correr riesgos, por lo tanto basta de palabrería, ahora viene la parte que no te va a gustar. Mañana cuando vayas a visitar a tu amiguita y te dirijas a recoger tu lujoso coche al aparcamiento de siempre, simularé un atraco, te quitaré tu caro reloj, tu cartera y tus gemelos, y tú por supuesto te resistirás. No habrá ninguna cámara que me grabe ni ningún detalle que me inculpe, recuerda soy un profesional. Lo tengo todo estudiado, yo elijo el momento y el lugar. Todo será una tapadera para quitarte de en medio. Seguramente tu caso tendrá mucha repercusión mediática y se investigará a fondo, pero confío en salir airoso. En todo caso creo que vale la pena arriesgarse.

En cuanto a tu mujer y tus hijos, es posible que en un primer momento tengan sentimientos encontrados, soy consciente de ello. Quizá sufran una especie de «Síndrome de Estocolmo», como reacción a la situación traumática que se han visto obligados a vivir. Sin duda van a pasar por malos momentos, pero espero que sea sólo por un corto periodo de tiempo y lo antes posible puedan tirar de las riendas de su vida. Sé por experiencia propia que es mejor para ellos no vivir y crecer junto a un maltratador. Confío en que tus hijos se conviertan en unos niños normales, todo lo normal que se puede ser después de haberte padecido. En cuanto a tu mujer, tiene toda la vida por delante y espero que pueda aprovecharla. Tu dinero les ayudará a seguir con su ritmo de vida, me encargaré de que reciban un anónimo que les informe con detalle de la existencia de todas tus cuentas, incluidas las de los paraísos fiscales, puesto que ahora mismo desconocen su existencia.

Sí, ya sé, existe otra opción y la he sopesado. ¿Denunciarte? No gracias. Tienes mucho dinero y amigos poderosos, y tu familia pasaría por un largo calvario, además temo por su integridad, sobre todo por la de tu mujer.

¿Qué por qué te estoy contando todo esto? No te equivoques, sólo te utilizo para desahogarme, para sobrellevar mi pesada carga, nunca llegarás a leer mi justificación, tu epitafio. Matar a alguien no es tan fácil, aunque sea un indeseable como tú, lo sé por propia experiencia, no es agradable vivir con ello. Mi padre murió oficialmente ahogado en sus propios vómitos después de una monumental borrachera, pero lo que no decía el informe de la autopsia es que yo le ayudé a que se ahogara tras intentar abusar por última vez de mi hermana, que entonces tenía catorce años. Logré controlar mi miedo y transformarlo en furia alimentada por el odio. Fue así como me convertí, a mi pesar, en un asesino de dieciséis años. Y ahora con más de cincuenta, el hado que nos gobierna, para tu desgracia y para la mía, reclama de nuevo justicia, mi justicia.

Madrid vol 1 Violencia de genero Portada_media

“Estadísticas de Virgo”, por Borja Campo Alange dentro de Antología “Golpe a la Violencia de Género” (Madrid)

“Estadísticas de Virgo”, por Borja Campo Alange. Ediciones Atlantis propuso a un grupo escritores que han confiado la publicación de su obra en ella. Esa confianza hizo posible devolver a la sociedad por medio de la publicación una aportación para el bien del conjunto de España.

Esperamos sea de vuestro gusto.

Estadísticas de Virgo

Borja Campo Alange

Nunca leeré Middlesex.

Un albino se nos asemeja a otro albino. Y todo el mundo me dice que debo leer Middlesex, la novela de Eugenides. Porque el protagonista nace hombre y renace mujer (eso me cuentan, ni la he leído ni la leeré). Y claro, les recuerda a mí con una insistencia rutinaria. Aunque yo no naciera ni hombre ni mujer, pero que más les da. Qué le importará todo a nadie. Yo carezco de sexo, de órganos sexuales, y a efectos estadísticos carezco de género. Soy una teratología, un individuo que no responde al patrón común. En las series que elaboramos en el INE esta posibilidad que soy yo, no se contempla. Solo hay datos de hombres o mujeres; ni siquiera la probabilidad me tiene en cuenta (¿por qué iba a hacerlo, si las personas tampoco? O viceversa).

Ayer la voz de mi jefe me encargó revisar los datos de violencia de género y violencia doméstica. Es habitual que alguien los repase antes de enviar las notas de prensa. Ocurre con todas las “estadísticas sensibles”, porque un error en las estadísticas de silvicultura no le costaría el puesto a nadie. La silvicultura hace referencia a la producción de los bosques. La sangre de los árboles solo es resina. Viscosa.

Aunque las notas de prensa que elaboramos tienen casi veinte páginas, los periodistas apenas se quedan con los tres primeros datos. También les interesan mucho los casos en los que las medidas cautelares no fueron efectivas, y son por tanto perfeccionables. ¿La relación entre el morbo y las áreas de mejora? También viscosa. Todos me preguntan que si no tengo órganos sexuales qué es lo que tengo. Para sentirme más fuerte imagino que soy un ángel, o un semidios. Que soy una sirena. Aventuro que soy la perfección del género humano, el octavo día de la creación. Que soy la mitología. Pero soy cobarde, también, y el espejo me devuelve un parapléjico, el lugar en el que acabaría la especie. Antinatura. Supongo que muchas de las mujeres que sí recogen mis estadísticas se habrán sentido así.

Pienso que ha habido una tremenda confusión: la refuto: no hay más género que el humano. No hay estadística que sensibilice esto. Pero la apariencia lo es todo, y resaltamos los datos de mayor interés periodístico en negrita o cursiva. Los gráficos gustan bastante pero por alguna razón no se difunden tanto. En términos actuales: no viralizan.

Estadísticas:

  1. El número de víctimas de violencia de género inscritas en el Registro en 2012 fue de 29.146 mujeres: mujeres como yo, aunque el denunciado podría ser también un hombre como yo. ¡Malditas estadísticas! ¡Tengo que sufrirlas a diario! ¿Por qué las detesto? Porque son impertinentes. Porque me recuerdan que a los ojos de la violencia un hombre es distinto a una mujer. Qué engaño. De cualquier modo, mi condición me ha impedido salir en ninguna. Ni siquiera cuando niño. Ni cuando mi madre me encierra en mi habitación durante días y ocasionalmente hasta olvida llevarme comida. No lo hace a mala fe. Necesita relajarse, eso es todo. Tampoco lo hace de siempre, solo desde que murió Dante, mi hermano Dante. La navaja de unos patines sobre hielo le segó el cuello. Un hielo que se deshizo bajo los pies de todos los que lo conocimos. La calamidad viraliza tan peculiar. Con personalidad. Y ahora me es fácil reconocer la sombra de la desgracia. Supongo que muchos de los hombres que causan mis estadísticas se acuestan con la desgracia. Con ella se levantaba mi madre, para pasar los días sentada en un sofá de terciopelo morado, mirando el pasado. En una ocasión interrumpo su letargo y dice, Dante, ¿eres tú? ¿Es posible que seas tú, hijo mío? Entonces vuelve al presente, que debe de parecerle despiadado y angustioso, y de nuevo, al verme, dice, ah, solo eres tú, y cuando me alejo oigo su voz que resuena en el pasillo y me persigue, solo eres tú.

  2. Más de la mitad de las víctimas de la violencia de género tenían entre 25 y 39 años. Entre esas edades vivía mi madre cuando murió Dante. La indiferencia es terriblemente violenta: por eso la ausencia de Dios da más miedo que el diablo. La indiferencia de mi madre surgió de la muerte de mi hermano. Mi padre, sin embargo, me odió desde el momento en que nací. No a mí, realmente, sino a mi condición, a mi género sin sexo. He reflexionado sobre eso. Sobre si la culpa ha sido mía. Lo creí durante años. Pero ser humano es lo único que todos tenemos en común, así que odiarme a mí es odiarlos a todos. Mi padre nos odiaba a todos. Dante pudo ser una excepción. Mi padre se preguntaba por qué yo no era como él.

  3. Más de la mitad de los denunciados por violencia de género se concentran en las edades de 25 a 44 años. El odio no es la antítesis del amor, que existe en toda su pureza. Lo contrario al amor es la ausencia de este. Y odiar es una combinación de ingredientes, una receta; o un veneno. ¾ partes de tremenda estupidez. Una pizca de ignorancia. Frustración. Una cucharadita de miedo, de cobardía. La maldad deja el regusto, pero en verdad es residual. La auténtica maldad requiere de mucha más capacidad de la que la mayoría tenemos, se nutre de una genialidad que es incompatible con lo común, muy especialmente a mitad del camino de la vida, cuando sufrimos la crisis de la mediocridad. Falleció con 43 ó 44 años, mi padre.

  4. Los delitos más frecuentes fueron los relativos a Lesiones (54,8%), Amenazas (20,2%) y Torturas (15,4%). Parece correcto.

No hace falta revisarlo porque no varía y se define en la nota de prensa, qué se entiende por violencia de género. Sí hay que explicarlo; resumiendo, un spin-off de la violencia doméstica, la serie –de datos- de más éxito. Ni más, ni menos.

Un nombre que nunca es el mío me traslada de la violencia a la violencia. De mi ficción particular y econométrica a mi realidad desfigurada de tanto abarcar, de tan genérica (me paro a pensar que comparto esa cualidad con Dios. Sí, ¡tengo una revelación!: solo el que es genéricamente humano, desfiguradamente humano, está hecho a imagen y semejanza de Dios) Mi jefe interrumpe mi anagnórisis con la delicadeza con la que hoza un puerco. Con un nombre que no es el mío. O todos los nombres son míos si hieren. El lenguaje condiciona el pensamiento, y el pensamiento el verbo. Una espiral. ¿He dicho mi nombre? ¿Por qué no he dicho aún mi nombre? Virgilio. Desde que naciera Dante cuatro años antes que yo, ya me llamaron Virgilio -mi madre, que amaba la literatura más que a mí-. Si me hubieran creído mujer (perfectamente posible), Beatriz -una comedia divina, la vida-. Dada la situación, Vir o Virgi o Virgen o Virgo, y respondo a cualquier nombre que se antoje ambiguo, Sacha, Andrea, Zoé, despierto la originalidad de mis congéneres, y me doy por aludido. Soberbia o sumisión.

El mundo siempre ha sido violento. No es culpa nuestra. Era así cuando llegamos, y algún día nos iremos y seguirá así. ¿No hay esperanza? O peor aún, ¿la hay solo para quien ve belleza en la violencia? Lo digo en alto, que el mundo siempre ha sido un lugar violento, y mi jefe asiente, estultamente, sobremirando las estadísticas. Me dice, Virgo, que tengo hasta las dos para mandárselas, para que sean otros quienes les den significado.

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“Creando un monstruo”, por Elisabeth Ledesma para Antología “Golpe a la Violencia de Género” (Madrid)

“Creando un monstruo”, por Elisabeth Ledesma, en Antología “Golpe a la Violencia de Género” (Madrid). Fue publicada por Ediciones Atlantis. Los autores se prestaron voluntariamente a participar en dicha obra de manera altruista. De esta forma, la Editorial y los autores, entregan a la sociedad un apoyo en favor de la lucha contra una de las lacras que tiene nuestra sociedad actual.

CREANDO UN MONSTRUO

Elisabeth Ledesma

Las sirenas de los coches de policía ponían en alerta a los vecinos que rápidamente empezaban a concentrarse en las aceras y a asomarse a los balcones de sus casas. Todos permanecían expectantes esperando cualquier tipo de información que saciase su indiscreta curiosidad. Una de las vecinas del portal que la policía había acordonado se dirigió a los sanitarios que bajaban de la ambulancia que acababa de llegar al lugar. – Señora apártese y déjenos trabajar-. Fue la contestación del paramédico que corría hacia el interior del inmueble. La puerta del 2º A estaba abierta y varios policías entraban y salían hablando por la radio. Dentro una mujer tendida en el suelo junto a un enorme charco de sangre, sobre ella un hombre de no más de treinta años sosteniendoen una mano un cuchillo de cocina ensangrentado y lo que parecía un teléfono móvil en la otra. La policía intentaba hablar con él, era necesario que soltase el cuchillo antes de proceder al arresto, pero el hombre no parecía tener intención de dar el paso, más bien permanecía aún sobre el cadáver de su mujer intentando asimilar lo que acababa de suceder en las últimas horas de su vida, preguntándose cómo era posible haber llegado a tal monstruosidad. En esos momentos pareció escuchar como alguien le llamaba insistentemente pronunciando su nombre una y otra vez: ¡Rafa!, ¡Rafa!, ¡Rafa!….

Rafa salía apresurado de su casa, eran las nueve menos cuarto de la mañana y no quería llegar tarde al colegio. – Rafa ¿Es que no me oyes? ¡Qué niño más antontao! ¿Es que no te das cuenta de que te dejas la mochila? Un día te vas a dejar la cabeza. ¡Es que no se puede ser tan inútil! Aunque lo mismo lo has hecho aposta porque en clase no haces nada. ¡Tú sigue así que verás! Verás cómo vas a acabar…-.Rafa permanecía en silenciomientras su madre soltaba todo tipo de improperios hasta que por fin la mujer se marchó relatando un momento a la alacena y aprovechó para salir.

Era un niño normal cuyo mayor sueño era ser médico aunque también tenía cierta sensibilidad artística, se le daba bastante bien el canto y de ello era conocedor su profesor de música que intentaba una y otra vez sin éxito que asistiera a sus clases de canto en la academia de música en la que trabajaba por las tardes. A Rafa le gustaba la idea pero estaba en sexto de primaria y al parecer este curso era un hervidero de hormonas revolucionadas en los niños de doce años que no tenían reparo en agredir a aquellos que pareciesen más débiles o no se ajustasen a los parámetros que a ellos se les hacían correctos como pudiera ser el gusto por las chicas o el fútbol. Por eso siempre intentaba pasar desapercibido, en clase evitaba el contacto visual con los profesores por si se decantaban por preguntarle a él el contenido de la lección y en los recreos se bajaba librosde música clásica. Para evitar conflictos con los demás chicos que consideraban gays a los que preferían leer a jugar al futbol forraba sus libros con papel de revistas deportivas con fotos de los grandes ídolos del fútbol del momento, aunque muchas veces ni así se libraba de los insultos y de algún que otro puñetazo, y es que nunca llueve a gusto de todos, ya que había chavales del Real Madrid, forofos del Atlético o verdaderos hinchas del Barça, por eso siempre provocaba la ira de alguno. Su rincón preferido para disfrutar de su lectura era bajo el gran abeto que presidía la entrada a los baños del patio del recreo, donde podía mantenerse alejado del resto de chicos que se pasaban el recreo entero jugando al fútbol en el campo que había tras el edificio del gimnasio, pero hoy su gozo en un pozo, las lluvias que habían azotado la ciudad durante toda la semana pasada habían provocado grandes daños en el patio que estaba lleno de charcos y hoyos por lo que la dirección del colegio había prohibido hacer deporte en el mismo hasta que los daños estuvieran reparados. Apenas había abierto el libro cuando una pandilla de chicos de su clase le abordó. – ¡Mirar aquí está el mariconcete!- exclamó el más alto. De repente todos los chicos formaron un círculo atrapándolo dentro, ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar. – ¿Qué hacéis? ¡Dejadme salir! ¡Quiero irme!- balbuceó él. Inmediatamente el niño que tenía más pinta de duro le arrebató el libro y empezó a ojearlo, pareció molestarse mucho al ver que se trataba de un libro aburrido de música e incitó al resto a darle una lección. – ¡Pero serás marica! ¿Qué pasa que eres uno de esos maricones que sueñan con pegar saltos en un escenario?-. –Mi padre dice que los maricas están enfermos- añadió otro.

Rafa estaba atemorizado porque sabía lo que estaba por suceder, buscaba con la mirada a algún profesor que estuviera vigilando el patio rogando porque interviniese y lo sacase de allí, pero nadie llegó, los chicos fueron subiendo el tono de sus insultos y cuanto más intentaba convencerles de que a él le gustaban el fútbol y las chicas, más odio parecía despertar en aquellos niños que pasaron rápido de las palabras a las manos, primero eran collejas, cada vez más y más fuertes, después algún puñetazo al estómago y a la cara y, de repente, fue un cúmulo de golpes, collejas, puñetazos, patadas y hasta algún mordisco que no se detuvieron hasta que el timbre anunció la vuelta a las clases.

Rafa estaba en su habitación haciendo los deberes cuando su padre llegó a casa. Rogaba porque esa tarde fuera una de las muchas en las que su padre tuviera que salir a cenar con clientes importantes para celebrar el cierre de algún trato. Pronto se dio cuenta de que no sería así, escuchaba a su madre reprocharle que nunca estabapara ayudarla con él, que se sentía desbordada y que no sabía qué hacer. – Me paso el día trabajando para que la nevera esté llena y podamos seguir bajo este techo. Lo único que tienes que hacer es limpiar y cuidar del niño. ¿Sabes la presión que siento todos los días? ¿Crees que es fácil conseguir clientes?… -. Le reprochaba el marido. Los reproches continuaron durante un buen rato. El silencio que vino después auguraba lo peor. La puerta de la habitación de Rafa se abrió bruscamente y su padre entró decidido.

-¡Dios mío! ¿Quién te ha hecho esto?- pareció preocuparse. El niño intentó restarle importancia alegando que se había peleado pero la insistencia del padre por conocer los detalles y los motivos que habían propiciado una pelea que había dejado a su hijo con los ojos hinchados y varios moretones en el cuello y la cara le hizo hablar. –Yo no les hice nada, estaba leyendo y ellos me rodearon y me insultaron, luego me pegaron…-. A medida que Rafa le contaba lo sucedido su padre parecía enfurecer más, hasta que finalmente explotó. -¿Cómo puedes quedarte tan tranquilo después de lo que te han hecho? ¿Cuántas veces te he dicho que te defiendas?…. – Cada vez gritaba más alto. – El respeto se consigue haciendo frente a las cosas, si te pegan una vez te van a pegar siempre. ¡Tienes que ser un hombre joder y partirle la cara a alguno! Si pillas a uno solo y le pegas una buena paliza entenderán que no es bueno meterse contigo. ¡Pareces una niña pequeña! ¡Échale huevos a la vida o te pisotearán siempre!….Y… ¿A qué coño viene eso de leer gilipolleces? ¿Por qué no puedes ser normal y jugar al fútbol como todos los niños? ¿Es que quieres llamar la atención por algo? ¿Por qué te gustan las chicas no?-. Reflexionó por un momento. Rafa se apresuró a confirmarlo para evitar que la ira de su padre se acrecentara aún más y terminara por golpearlo como ya había hecho en varias ocasiones. En el fondo no entendía qué tenía que ver la música con que le gustaran o no las chicas, a él le gustaban las dos cosas.

Soplaba la vela con el número dieciséis mientras pensaba en el deseo que anhelaba se cumpliera y esto le sorprendió, pues en realidad nunca se había planteado que cosas eran las que le harían feliz, quizás porque todavía no había experimentado ninguna sensación en su vida que le hubiera hecho sentir bien, a excepción de la música, pero esta había acabado por convertirse en un obstáculo por lo que ya hacía mucho tiempo que había tomado la decisión de que no era una opción para él.

El camarero le servía la tercera copa de licor de hierbas y Rafa miraba como saboreaba cada trago, aquel brebaje parecía provocar una sensación de satisfacción a su padre, como de calma, sensación que no estaba acostumbrado a ver reflejado en el rostro de aquel hombre. -¿A dónde vas a ir esta noche con tus amigos?- Interrumpió su madre. – Vamos a celebrar mi cumpleaños en el local del tío de mi amigo Juanmi-. Respondió sin entusiasmo. La velada transcurrió tranquila, tras varias copas más de licor su padre empezó a soltar la sin hueso revelándole a su hijo los secretos de la vida para triunfar con los amigos, con las chicas. Parecía tener la receta exacta para cada cosa y no se cortaba en ponerse como ejemplo. Para ser un líder, según él, había que hacer sacrificios y estar dispuesto a recibir de vez en cuando, por ejemplo si había una pelea uno se podía achantar bajo ningún concepto así fueran cuatro contra uno, sin duda saldría perdiendo pero el hecho de hacerles frente les haría recapacitar en que meterse con él significaría luchar contra un bloque firme, porque los matones son más cobardes de lo que aparentan y solo se meten con los más débiles, con aquellos que son objetivos fáciles.

Su padre roncaba en el sofá cuando él salía de casa, cosa que agradeció porque pensaba en que no sabía si soportaría otra charla como la del restaurante. Juanmi estaba en la puerta del local con una copa en la mano hablando con varios chavales que no reconocía. Enseguida se acercó a recibirlo. – ¡Felicidades monstruo! ¡Esta noche lo vamos a petar! -. Dijo ofreciéndole la copa que tenía en la mano. Rafa tomó un pequeño sorbo que le costó tragar, la ginebra no tenía un sabor de su agrado. – ¿Quiénes son todos estos?-. Preguntó. El lugar estaba lleno de chicos y chicas que no había visto jamás y, muchos de ellos, parecían ser bastante mayores. – ¡Son colegas hombre! ¡Mira tío está lleno de pivas cañón! ¡Esta noche te tienes que estrenar cabrón!-. Juanmi estaba emocionado y tanto entusiasmo estaba empezando a emocionarlo a él también.

Entraron al local que estaba lleno de gente bailando y bebiendo. El lugar era bastante cutre, lo que más le llamó la atención fue el fuerte olor que desprendía, una mezcla entre mohoso y rancio que le provocó arcadas. Pronto empezó a olvidarse del olor, es más, tras un rato dejó de percibirlo, estaba más concentrado en saludar a todas las personas que le iban felicitando, Juanmi le presentaba como el anfitrión y todos le extendían la mano y brindaban con él. Las chicas le daban besos e incluso alguna se ponía un poco más cariñosa de lo normal, seguramente consecuencia de varias copas de más. -¡Toma tronco de un trago!- Le ofreció Juanmi. – ¡Qué es esto!- dudó él. -¡Qué más da hombre! ¡Bébetelo y punto! Rafa observó el chupito un momento, se lo acercó a la nariz y lo retiró bruscamente ya que desprendía un olor bastante fuerte, sabía que aquello no le iba a gustar, sin embargo sentía la presión de su amigo observándolo esperando para tomar su trago con él. Entonces recordó esa tarde en el restaurante con sus padres, justo el momento en el que su padre saboreaba su copa de licor y, en ese instante, deseó sentir esa misma satisfacción. Era como si acabase de encontrar algo que le hacía sentir bien, le gustaba estar rodeado de gente que le saludaba y de chicas que se le insinuaban, entonces fue consciente de que había encontrado lo que no sabía que anhelaba, sentirse parte de algo, de repente comprendió las palabras de su padre, se sintió valiente, dispuesto a enfrentar lo que viniera, pero quizás lo que más le sorprendió fue que ya no sentía miedo, ese parásito que le había acompañado durante dieciséis años y que le había abocado a una vida de retraimiento e impotencia. Alzó la mano en señal de brindis consciente de que aquel momento marcaba el inicio de su nuevo yo y se tomó el chupito de golpe. -¡Otro!- dijo simplemente.

Los años fueron pasando y regalándole infinidad de experiencias que él creyó enriquecedoras. A los diecisiete le partieron la cara en varias ocasiones pero tal y como su padre había predicho fueron las últimas veces que tuvo que soportar los agravios de los matones de turno. El alcohol, el tabaco y algunas drogas de diseño le habían proporcionado la voluntad que le faltaba para enfrentarse al mundo, y por más que su familia y muchos de sus amigos le advirtieran del mal que le estaban provocando no se llegó ni siquiera a plantear el hecho de abandonarlos, se repetía una y otra vez cómo algo que le había ayudado a ser feliz, a tener valor, a hacerse un hombre, iba a ser perjudicial. Claro que sabía que el alcohol y las drogas no eran buenas pero también sabía que no podían ser tan malas cuando por ejemplo el alcohol era legal. – ¿Por qué me lo venden entonces?- Reflexionaba continuamente. Justificaba el abandono de muchas de sus amistades en que los verdaderos amigos son los que prevalecen ante cualquier circunstancia y que sino era así entonces no merecía la pena molestarse en conservarlos. Las chicas iban pasando por sus manos al mismo ritmo que las copas y los porros, unos decían que porque era demasiado egocéntrico, que había acabado por adoptar una actitud controladora que las chicas no estaban dispuestas a soportar, pero él estaba seguro de que el problema no era suyo sino de ellas que eran unas guarras que no podían estar con un solo hombre y tenían que picar aquí y allá. Pensaba en que todavía no había conocido a la mujer merecedora de su cariño y que cuando ese momento llegase él estaría preparado.

Fue el día de su veintinueve cumpleaños cuando la conoció. Ana se llamaba ella, casualmente un nombre que no sabía por qué había rondado muchas veces su mente. Aquello tenía que ser una señal, pensó que esa mujer era la que estaba destinada a ser su esposa, no solo porque era la mujer más atractiva que había visto en su vida, ni porque sus ojos azules pareciesen iluminarle cuando la miraba, sino porque el estómago se le encogía cada vez que ella estaba cerca, porque las manos le sudaban y porque era la única persona que había conseguido que deseara su compañía antes que la de una copa.

Se casaron en una bonita basílica del pueblo de ella, rodeados de lujos y ostentosidades y es que su padre era como una especie de terrateniente que poseía la gran mayoría de las tierras cultivables de la comarca. Por supuesto eso, además de que la chica era encantadora, agradaba mucho a los padres de Rafa quienes por primera vez hicieron sentir a su hijo que estaban orgullosos. La pareja no podía sentirse más afortunada, se habían trasladado a vivir a un bonito piso de un barrio acomodado de la ciudad. Ella había decidido trabajar a pesar de que su esposo tenía otros planes en mente. Quería tener pronto familia y, por supuesto, le había manifestado su intención de que fuese ella la que cuidara de sus hijos y no una ecuatoriana que no supiese ni siquiera escribir correctamente. Este pareció suponer el primer conflicto en la pareja y es que la mujer no se había planteado tener hijos a corto plazo, ella tenía la idea de disfrutar un poco del matrimonio, viajar…, en fin, hacer las cosas que las parejas sin hijos se pueden permitir. No es que este pequeño desacuerdo entre ellos le hiciera pensar que se había equivocado al elegir, pero le hizo reflexionar sobre algunos aspectos de ella que no le acababan de convencer aunque se tratase de cosas menores que se podían corregir con facilidad. No consideraba un gran problema convencer a su esposa de que lo mejor para el matrimonio era tener familia y cuidar de sus hijos, ya que eso provocaría una unión más fuerte entre ellos y el resto fluiría con armonía.

Había pasado un año desde el “sí quiero” y Rafa empezaba a darse cuenta de que no estaba siendo demasiado fácil acometer su propósito. El alcohol había vuelto a formar parte de su vida y poco a poco las drogas también. Al principio las discusiones entre ellos eran suaves y poco frecuentes, pero poco a poco y sin darse cuenta pasaron a formar parte del día a día, hasta tal punto que ella le puso sobre la mesa la idea del divorcio. – Rafa te quiero pero ya no me siento feliz a tu lado-. Apenas había terminado la frase cuando un demonio furioso pareció apoderarse de él y sin mediar palabra abofeteó a su mujer. Lejos de amedrentarla provocó sacar la verdulera que llevaba dentro, intentó devolverle el golpe solo que él más fuerte se defendió, aún así insistió dando manotazos a todas partes e insultándole. -¡Basta, estate quieta!- le rogó él. -¡Lo siento! No sé qué me ha pasado-. Prosiguió en un intento de volver a la calma. –Te ha pasado que me has pegado. Esto acaba de romper definitivamente nuestro matrimonio. ¡Coge tus cosas y márchate!-.

Llevaba cuatro días en una pensión recapacitando sobre lo sucedido. Pensaba en que su mujer no había resultado como él esperaba pero que ya no podía dar marcha atrás. Al casarse se había sentido un triunfador, hasta sus padres le habían mostrado respeto, por eso divorciarse no era una opción. No soportaría la humillación de saberse abandonado ante su padre o ante sus amigos y conocidos. No iba a permitir volver a sentir aquella sensación de inferioridad, de poca valía, que había soportado de niño.

Imploró de rodillas prometiendo que jamás sucedería de nuevo, incluso hubo lágrimas, lágrimas que más tarde entendería que no fueron fruto de su arrepentimiento sino del hecho de tener que humillarse ante ella. Este sentimiento despertó en él un profundo odio hacia su mujer que fue creciendo a medida que ella tomaba cada vez más la iniciativa en la relación. Se dio cuenta de que estaba atrapado en un callejón sin salida, por una parte no estaba dispuesto a aceptar ante los demás la derrota del matrimonio y que encima hubiese sido ella la que le dejara, pero por otra parte el rencor hacia ella crecía cada día, ya ni siquiera soportaba su sonrisa, su olor, la forma de vestirse, cualquier cosa que hiciese le molestaba, pero lo peor de todo era tener que morderse la lengua y no poder ponerla en su lugar, ya que se trataba de una mujer con recursos económicos que no dependía de él, y por tanto disponía de libertad para marcharse cuando quisiera. Además no tenían hijos, nada con lo que poder chantajearla emocionalmente y eso le ponía furioso, le hacía sentir que había perdido el control.

Eran las diez y pico de la noche cuando ella llegó a casa. Él la esperaba en el salón sentado en el sofá con la televisión apagada. -¿Se puede saber de dónde vienes si hace más de cuatro horas que saliste del trabajo?- le preguntó en tono de reproche. Ella se limitó a decirle que había ido a tomar algo con unos amigos y que estaba cansada por lo que se iba a acostar. – Todavía no he cenado, estaba esperando a que vinieras y preparases algo-. Insistió. – Pues yo he comido algo por ahí y ya te he dicho que estoy cansada. Hazte algo tú o cómete unos cereales-. Concluyó ella mientras se dirigía al dormitorio. Aquella actitud prepotente fue el desencadenante que la atormentada mente de Rafa estaba esperando para desatar toda la ira que tenía contenida desde hacía mucho tiempo. Los insultos de ambos fueron creciendo de tono e intensidad, y las frases hirientes empezaron a hacer su función, herir. La pelea se había empezado a descontrolar, y como era de esperar las voces y los gritos abrieron la veda para los golpes y los empujones. Rafa sintió que estaba a punto de explotar y que no podía reprimir por más tiempo las ganar de hacerle daño a quien creía la mayor arpía que había conocido, así que dio rienda suelta a sus emociones y empezó a golpear a su mujer con todas sus fuerzas, la propinó puñetazos en la cara, en el pecho, en el estómago, agarrándola del pelo y arrastrándola por todo el salón. Ana al principio intentó resistirse y devolverle los golpes, pero evidentemente estaba en desventaja, la fuerza de aquel monstruo conseguía doblegarla sin opción. Aprovechando un momento en el que la había lanzado hacia el pasillo, sacó fuerzas de las entrañas y corrió a encerrarse en el baño. Gritaba pidiendo auxilio mientras él pateaba la puerta una y otra vez hasta que al final terminó por destrozarla. Ella se quedó quieta mientras la puerta caía hacia adentro y entonces fue cuando lo vio, el cuchillo en su mano, aquello la aterró, no solo el arma sino la mirada, la mirada fue lo que la paralizó. Rogaba por su vida apelando al amor que al menos en algún momento sintió por ella, pero él no parecía entender ni una sola palabra, avanzaba sin pestañear y con la mirada fija en sus ojos, el corazón de Ana latía tan fuerte que el pecho le dolía. Casi lo tenía encima, creyó que aquel sería el final por lo que de forma inconsciente su cerebro dejó de luchar, se anuló su voluntad, las fuerzas se marcharon y sus piernas se doblaron haciéndola caer de rodillas, lo miró una última vez antes de cerrar los ojos momento en el que sintió el contacto húmedo de unos labios agrietados en su boca. Cuando los abrió de nuevo vio que la mano de su marido se ofrecía para ayudar a levantarla, temerosa aún la aceptó y muy despacio fue recobrando la compostura. Las manos de Ana aún temblorosas sujetaban una taza de té que bebía atropelladamente a pequeños sorbos. Rafa se sentó junto a ella en el sofá, no quería hablar, no sabía qué decir. Pasaron unos instantes en un incómodo silencio que la llamada del móvil de Ana interrumpió. Sonó cuatro veces antes de cortarse pero enseguida volvió a sonar, y así otra vez más. Aquello estaba poniendo nervioso al hombre que aún mantenía el cuchillo cerca de él, por eso Ana creyó que lo mejor sería no hacer nada que lo pudiera alterar, rezaba para que el dichoso móvil no volviese a sonar pero Dios no la estaba escuchando. -¡Joder! ¿Quién coño te llama tanto?- dijo él rebuscando en su bolso. Tenía el móvil en la mano, miró la pantalla y alzó la mirada, de nuevo esa mirada vacía, de nuevo la misma sensación de terror e impotencia en ella y la misma sensación de odio en la de él. Ana soltó la taza sobre la mesa e intentó correr hacia la puerta para salir pero la garra de la muerte fue más rápida que ella, apenas tuvo unos segundos para notar el frio del metal deslizarse por su garganta. “Marcos Abogado” era el nombre que el policía leyó en el registro de llamadas perdidas del teléfono de Ana justo antes de guardarlo en una bolsa de pruebas, junto con el cuchillo que el presunto asesino acababa de soltar.

FIN

Elizabeth Ledesma Jiménez (Madrid)

 

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Opinión de Ediciones Atlantis por Rosa Sánchez de la Vega

Hace un año que conozco a Editorial Atlantis, había enviado mi manuscrito a varias editoriales a las que solo pedía una respuesta positiva o negativa pero una respuesta. Cuando recibí un correo de J, diciéndome que mi novela le había gustado y quería publicarla me sentí muy afortunada. Desde aquel momento hasta hoy he cumplido muchos sueños.. 

Como decía mandar tu novela a las editoriales y que no te den una respuesta es algo que suele ocurrir, la mayoría de las veces ni siquiera te confirman que la han recibido y otras sencillamente argumentan  que es tal el volumen de obras que no tienen tiempo suficiente como para leerlas y desde luego valorarlas. He tenido amigos que han recibido el manuscrito de vuelta sin ni siquiera haber abierto el sobre. En el caso de Editorial Atlantis en unos meses si la recibí. Y no solo un correo, si no también el argumento de mi obra y los comentarios al respecto.

Ver tu manuscrito en forma de libro es una sensación maravillosa. Cierto es que nos gustaría estar en las grandes librerías y llenar las estanterías de los libros más vendidos, cosa que no ocurre, no porque la calidad no sea la suficiente, como lectora he leído cosas infumables con muy buena publicidad.  Es importante saber que si quieres que te conozcan tienes que moverte y promocionarte, con el apoyo de la Editorial desde luego, pero el escritor es el primero y más interesado.

Otro sueño cumplido también gracias a Atlantis es el poder firmar en la Feria del libro de Madrid. Fue una jornada preciosa.

Con mi primera obra también he sido finalista a mejor novela urbana 2014. Gracias por apostar por mi.

Estoy muy contenta de formar parte de la editorial. Cualquier duda que he tenido siempre ha sido resuelta, con amabilidad. J. D tiene un equipo estupendo donde da gusto hablar con ellos y solventar cualquier problema siempre con una sonrisa.

 

El programa en Radio Inter en la sección literaria ‘Te damos la palabra”, de la que J.D Álvarez es colaborador, El blog de la Editorial, Twiter, Facebook, Youtube y otras redes sociales ayudan en la publicidad de nuestras publicaciones. Estoy segura que Atlantis crecerá y ocupará las primeras posiciones.

Gracias por tanto.

Rosa Sánchez de la Vega

Serás tú quien lo descubra.

 

Rosa Sánchez