“MESTIZA”, de Laura Espinosa Solano publicada por Ediciones Atlantis

“MESTIZA”, de Laura Espinosa Solano publicada por Ediciones Atlantis

“MESTIZA”, de Laura Espinosa Solano publicada por Ediciones Atlantis, expone aquí su comienzo:

Esa mañana me he desperté tarde. El reloj despertador de mi mesita de noche marcaba las doce menos cuarto. La ventana de mi habitación estaba abierta y unos cálidos rayos de sol entraban generosamente por ella. Al levantarme me he sorprendí al darme cuenta de que una pequeña cajita de joyería descansaba en mi regazo. Estaba cubierta por un bonito papel dorado y adornado con un gran lazo rojo perfectamente colocado. Examiné la caja con cuidado, intentando encontrar el lugar adecuado para abrirla sin romper el papel.

Con sumo cuidado, deshice el lazo y le quité el papel dorado a la caja, que resultó ser más antigua de lo que había supuesto en un primer momento. La madera de roble con grabados extraños pero igualmente antiguos, era áspera, pero reconfortante al tacto.

Inspeccioné la caja, pasando las yemas de mis dedos por los extraños grabados que la adornaban. El cierre era diferente a todos los que había visto anteriormente y a simple vista parecía muy difícil de abrir. Pero bastó un solo roce de mi dedo índice para que el cierre se abriera, dejando entrever lo que contenía.

Con cuidado, abrí la tapadera de la caja y poco a poco destapé su contenido, que estaba cubierto por una fina tela de terciopelo negro.

La antigua caja contenía un medallón. La cadena era de plata, muy fina y brillante. Una pequeña gota de un material translúcido y de diferentes matices de azul prendía de la delicada cadena. Parecía de un material muy delicado, posiblemente era de cristal, e irradiaba una pequeña luminosidad.

Saqué el medallón y lo miré con curiosidad, preguntándome el porqué de su extraña diafanidad. Desistí, al fin, en mi intento de descubrir su inusual refracción de la luz. Lo coloqué alrededor de mi cuello y me levanté de un salto. Miré el calendario. 24 de Junio, sábado, luna llena. Mi cumpleaños.

Ese día cumplía dieciséis años. Había organizado una fiesta en uno de los pocos clubes que había en el pueblo. Irían todos mis compañeros de clase, desde aquellos que habían pasado la infancia conmigo, hasta Rick.

Rick era un estudiante extranjero que había venido ese año a estudiar al pueblo en una especie de intercambio de estudiantes. Se había alojado en la casa de una vecina e íbamos juntos al instituto, ya que mi madre me había pedido que fuese su “guía” durante este año. Era muy alto, de tez morena y de cabello negro, que le caía a ambos lados de la cara. Pero lo que más me llamaba la atención de él eran sus ojos negros. Parecía que no tuviese pupilas, claro que eso era imposible. En clase, a veces, me quedaba mirándole a los ojos intentando distinguirlas del iris, pero acababa por desistir o mirar avergonzada hacia alguna otra parte si se daba cuenta de que lo miraba.

Moví la cabeza hacia los lados, sonriendo ante un pensamiento tan estúpido, y me dirigí al armario, centrándome en otros pensamientos.

En realidad era una suerte que en mi cumpleaños hubiese luna llena. Siempre me sentía mejor cuando la había. Era una sensación extraña, como si la luna ejerciese una fuerza en mi interior.

Me puse un pantalón corto y una camiseta sin mangas de color verde militar y me dirigí al baño. Me miré al espejo, preguntándome si podría arreglar algún día mi pelo. Negué con la cabeza y cogí el cepillo con decisión. Pasé más de un cuarto de hora desenredando los nudos que había en él. Por fin, cuando terminé, cogí el coletero que adornaba mi mano y me hice una cola alta. El pelo me llegaba a la altura de los hombros con ella, “así que no dejarás de darme calor, ¿eh?” pensé, con una sonrisa en la cara. Me agaché y cogí agua entre las manos, echándola sobre mi cara adormilada. Mientras me la secaba me acerqué al espejo, observando que no quedase ni rastro de la noche en mi cara. Mis ojos azules recorrieron cada rincón de mí y, al fin, desistieron. Me fijé que el medallón hacía juego con mis ojos y sonreí. Di media vuelta y salí del cuarto de baño. Bajé las escaleras que llegaban al salón para darle las gracias a mi madre por el medallón. Sabía de sobra que el regalo era suyo. Conocía mis gustos y esa pieza me gustaba especialmente, sobre todo el leve cosquilleo que producía al rozar mi piel.

Rachel, mi madre, trabajaba como agente de viajes en una gran empresa. Era una gran mujer, muy activa y despreocupada.

Hola cariño, ¿cómo has dormido? —preguntó mi madre con una sonrisa, cuando llegué a la cocina. Su actitud parecía cansada y triste. Pensé que no había dormido bien, así que no me preocupé. Últimamente se le notaba más distante conmigo, pero no le di importancia.

Muy bien, he dormido como un tronco —le saludé con un cariñoso beso y cogí el vaso de leche que estaba preparado en la encimera—, ¿y tú? Pareces cansada…

Sí, hoy casi no he descansado —pareció dudar—, me he despertado muchas veces…

Me bebí de un trago el vaso de leche y salí de la cocina, dispuesta a ir al centro del pueblo, pues tenía que hacer las últimas compras para la fiesta de esa noche, así que me dirigí hacia la tienda de complementos de la plaza, caminando por las calles en las que había crecido.

De repente, me invadió una extraña sensación. Sentí un escalofrío en la parte baja de la columna. Alcé la vista y me di cuenta de que un hombre alto y desaliñado me observaba desde la esquina de la calle mayor, no me daba buena espina. Era muy delgado y aparentaba tener unos treinta años o más. Llevaba una ropa desgastada y sucia. Su cara era alargada y su tez morena. Y tenía unos ojos verdes y grandes, enmarcados por unas cejas anchas y un pelo corto mal peinado.

Con un poco de prisa, di media vuelta y me dirigí hacia otra parte. Decidí dar un rodeo porque mi intuición me decía que no era bueno estar cerca de él, pero cuando di la vuelta a la esquina, aquel hombre estaba allí, mirándome otra vez. ¿Me estaba siguiendo? “No puede ser”, me dije, moviendo la cabeza y sonriendo para mí misma. “He visto demasiadas películas”, pensé con una sonrisa forzada en los labios. Después, en vez de dirigirme a mi destino, y para evitar cruzarme con aquel hombre otra vez, fui hacia la plaza, unas manzanas más a la izquierda. Pero, al sentir una fría punzada en la espalda, decidí mirar hacia atrás, y sorpren-diéndome mucho, mi intuición no me fallaba. Descubrí que aquel hombre desaliñado andaba directamente hacia donde estaba yo. Parecía moverse con cansancio y lentitud, pero, en cambio se movía rápidamente.

Mierda, la han encontrado.”

Alterada, empecé a correr hacia la plaza, sin mirar atrás, pero casi podía sentir los ojos verdes de ese hombre clavados en mi espalda. Vigilándome.

Corrí y corrí sin mirar hacia atrás hasta que llegué a la plaza. Estaba llena de gente. “Bien, podré mezclarme entre la gente fácilmente.” Sin parar de correr, esquivé a varias personas que obstruían mi camino, pero hubo una que no pude esquivar y choqué con ella. Avergonzada me separé, y miré hacia el suelo, en señal de disculpa.

Lo siento, no sé en qué estaba pensando… —dije casi inaudiblemente.

No importa —dijo el desconocido con un tono de voz seco e indiferente, pero extrañamente familiar. Parecía extranjero.

Para mi sorpresa, al mirar hacia arriba, descubrí que era Rick el que estaba delante de mí, pero sus ojos negros no me miraban. Estaban más fríos que de costumbre y se perdían en la multitud. Parecía que buscase a alguien, pero no había movimiento en ellos.

¿Te seguía? —dijo de repente, sin apartar los ojos de su objetivo.

Me giré hacia la dirección que apuntaba su mirada y tuve que ponerme de puntillas para ver lo que me estaba señalando. Conseguí distinguir al hombre desaliñado que me había estado siguiendo. Mantenía sus ojos fijos en los de Rick, que parecía estar desafiándole con su mirada.

¿Cómo lo has…? —pregunté azorada.

Intuición —cortó rápidamente—. No separa la vista de aquí. ¿Quieres que te acompañe a casa? —preguntó forzando demasiado una leve sonrisa.

No me pasará nada y, además, mi casa no está tan lejos de aquí.

Vamos, piensa algo… convéncela.”

¿Seguro? —preguntó, volviendo sus ojos negros y serios hacia mí.

Lo que quieras.

Bien.

No sé cómo lo hizo, pero me convenció solo con mirarme. Sus ojos parecían embaucadores, pero sinceros a la vez. Parecía que se preocupase por mí, al fin y al cabo… y, además, el camino parecía más seguro a su lado.

De vez en cuando yo miraba para atrás para cerciorarme de que el sospechoso hombre no nos seguía. Luego miraba a Rick, que caminaba a mi lado, ignorándome. ¿Por qué lo hacía? Era él el que quería acompañarme. Debería ser yo la que lo ignorase, pero me parecía imposible. Decidí apartar de mi cabeza aquellos pensamientos. Había algo más importante. Cuando estábamos en la plaza, por su expresión, me pareció que Rick conocía al hombre que minutos antes me había perseguido. ¿Lo reconocía?, ¿sabía quién era? Muchos interrogantes para mí en ese momento. Y no estaba dispuesta a preguntarle a él. Sus ojos fríos estaban ahora distantes, inertes. “Para variar…”

Puedes continuar esta historia en el siguiente enlace.

“LA ROSA DE SANGRE”, de Laura Alcantarilla Chaves

“LA ROSA DE SANGRE”, de Laura Alcantarilla Chaves, publicada por Ediciones Atlantis

Publicada por Ediciones Atlantis, “LA ROSA DE SANGRE”, de Laura Alcantarilla Chaves, comienza de esta manera:

Alemania, 1927.

Unos pasos lo acechaban por la casa. Podía escuchar el retumbar del techo cuando las temibles zancadas corrían en su búsqueda. Tenía miedo de aquel sonido. Necesitaba huir, esconderse. No quería seguir jugando. Ya no le gustaba. Le daba miedo. Él lo hacía peligroso y mamá siempre acababa enfadada con él, aunque no hubiera hecho nada malo. Además, estaba cansado de correr. Sus ligeras piernecitas infantiles comenzaban a temblar en cada intento de subir un nuevo escalón. Lo único que quería era acurrucarse en algún lugar oscuro y estar solo. El recuerdo de la habitación de la buhardilla, tan aislada y sombría, lo golpeó de pronto. Allí estaría a salvo. Allí no lo buscaría. Corrió hacia la puerta, escondida entre los destartalados tablones de madera roída. Aquella escalera le pareció interminable. Los escalones eran muy grandes y tenía que impulsarse con todas sus fuerzas, sujetos al posa manos para poder avanzar. Pero por fin llegó. Estaba arriba, sin más compañía que el polvo y las telarañas. Escuchó los pasos que se acercaban y corrió a ocultarse en algún rincón oscuro, hecho un ovillo y deseando con todas sus fuerzas que no lo encontrara. Pasaron unos minutos y, desde la puerta, se proyectó la imagen de una sombra alargada que observaba, buscándolo. Contuvo la respiración, «que no lo encontrase, que no lo encontrase», decía para sí. Al cabo de un rato, la sombra se desvaneció. Hasta que no vio como la oscura silueta se desvanecía entre el resto de las sombras, no se dio cuenta de lo incómodo que estaba en aquella posición, con las piernas tan encogidas. Comenzó a estirarse y, sin querer, golpeó el mueble que tan bien lo había escondido haciendo que cayera un libro viejo. Las hojas estaban rotas o sueltas, amarillentas y desgastadas, pero era un libro. Le gustaba leer y él no le dejaba nunca, decía que era para débiles. Se iba a quedar allí, leyendo, decidió. Callado, escondido y a salvo. Abrió la tapa. Estaba escrito a mano y parecía una especie de diario. Pronto las letras inundaron su mente y sus propios recuerdos se difuminaron envolviéndose en las palabras de tinta que leía.

«23 de junio de 1918.

No sé de dónde saco fuerzas para escribir ni cuánto podré continuar, pero necesitaba tanto poder plasmar en algún lugar mis recuerdos. Poder pensar en él. Devolver a mi memoria los momentos, los días que pasamos juntos. No podía permitir que el tiempo me arrebatase lo único que me queda de él, su recuerdo. Quizás por eso esté desafiando el frío y el hambre que recorre mi cuerpo. Quizás por eso he preferido hacerme con algo de papel y tinta en vez de con una hogaza de pan. Para que sea mi espíritu el que sobreviva al largo invierno de mi vida, ahora que él no está.

Nací el 6 de diciembre de 1897, una de las madrugadas más frías de todo el invierno londinense. Las calles estaban desiertas, los lagos helados y las ventanas de cada casa cubiertas de una densa escarcha que impedía la visibilidad. Llegué al mundo entre tinieblas y vientos gélidos, entre gritos y lágrimas de dolor. Así llegamos todos y así nos marcharemos, supongo. Solo entre esos dos momentos podemos, si tenemos mucha suerte, llegar a sentir algo parecido a la felicidad.

Aquella noche la ciudad dormía en silencio. Debió ser una hermosa noche, con los cielos despejados, la luna en lo alto, fiel testigo de cualquier suceso que transcurriera bajo su guardia. Con el cielo repleto de estrellas y la calma de la soledad. Solo unos gritos desgarradores se atrevieron a truncar aquella calma. Gritos de dolor y miedo, mientras mi madre soportaba, lo mejor que podía, los embistes de las contracciones. Sintiendo cómo su cuerpo se adaptaba para dar paso a una nueva vida. Imagino su dicha al escuchar mi llanto y sentirse liberada de mi peso en su interior, de nuevo única dueña de su cuerpo. Cogerme entre sus brazos y acunarme. Tocar por primera vez mis manitas sonrojadas y sentir el agarre de mis dedos. Una dicha que yo nunca llegaré a conocer, ya no podré sostener a ningún niño entre mis brazos, ni mecerlo, ni ver cómo crece. Ya no existirán…

Me llamaron Lorelay, como mi abuela, Lorelay Dashwood, un nombre que hubiera sido propio de una señorita, si no me hubiera criado en la más absoluta miseria. Crecí en una pequeña casa cerca del puerto donde mi padre trabajaba, siempre que podía. El olor a pescado podrido se convirtió en un invitado más del hogar, solía impregnar mi ropa para acompañarme a donde quiera que fuera. Para que no olvidara jamás de dónde venía. Aún hoy me parece seguir oliéndolo, aunque todo sea tan lejano y casi como un sueño. Aunque aquella niña de tirabuzones oscuros, llena de sueños y alegrías, haya muerto para siempre. Recuerdo aquellos años como una época feliz. Aunque pasara hambre y apenas tuviera algo que llevarme a la boca cada día. Sé que era feliz porque tenía a mis padres.

No lo recuerdo todo, hace muchos años, solo pequeñas cosas, detalles. La dulce voz de mi madre, el tacto áspero de la ropa que usaba, el frío del invierno y, sobre todo, lo que más recuerdo, son las leyendas. Los cuentos que me contaba mi padre antes de dormir. Mi favorita era la suya propia, la historia de mis padres, de cómo se conocieron y se enamoraron. Mi padre me la contaba a menudo y cada nueva vez sus ojos se iluminaban, su mirada cambiaba, desaparecía el dolor, el cansancio y volvía a ser el muchacho que la conquistó.

Mi padre se llamaba Edward y hubo un tiempo, lejano, antes de que yo naciera, en el que él vivía como heredero en una gran casa. Dueño de tierras, haciendas e, incluso, personas. Yo lo imaginaba montado en un gran caballo, alto, apuesto. No entendía cómo había escapado de aquel destino de grandeza para acabar recogiendo pescado muerto en nuestro puerto. Pero él continuaba con su historia sin hacer caso a mis preguntas, como si disfrutase más con el mero hecho de recordarla que de contármela a mí. Su mirada se perdía en el horizonte cuando hablaba de aquellos días, de la riqueza de las tierras, del esplendor que había dejado atrás. Hasta que mencionaba el nombre de su padre, mi abuelo, entonces sus ojos se teñían de tristeza. Yo era apenas una niña y recuerdo haberme imaginado a mi abuelo como un monstruo, como el peor de los ogros, un ser venido de los infiernos para atormentar mi mente infantil. Porque él fue el culpable de que mi padre dejara de ser el príncipe que yo imaginaba. El abuelo quería que mi padre se casara con una mujer de fortuna. Como tantos otros caballeros de su rango y posición, había perdido gran parte de la fortuna de la familia y solo le quedaba el título. Un nombre. Y él deseaba más, mucho más. Ambicionaba volver a poseer las riquezas que un día tuvo y desperdició. Mi padre lo sabía. Y, en aquella parte de la historia, era cuando su voz se apagaba. Sabía que debería casarse por dinero y no por amor. Lo sabía y estaba resignado a ello. Resignado pero no preparado para asumir las consecuencias de lo que ello significaba. Porque cuando conoció a mi madre el deber se esfumó de pronto de su mente, olvidó lo que debía haber tenido presente, se dejó atrapar por las despiadadas garras del amor y para cuando quiso reaccionar ya fue demasiado tarde.

Lo dejó todo. Lo cambió todo por ella. Por una chica sin fortuna ni apellidos, de ojos dulces y sonrisa encantadora. El cuento siempre acababa igual. No importaba el frío que hiciera ni el hambre que tuviéramos en aquel momento, ni el irritante dolor de las picaduras de los piojos y pulgas que nos asolaban. Siempre se fugaba con ella, dejaba el dinero atrás y era feliz. Por aquella época no lo entendía, era apenas una niña y poder comer o tener ropa de abrigo me parecía mucho más tentador que cualquier otra cosa en el mundo.

Aunque ahora no me creas, pequeña —solía decirme—, no cambiaría lo que tenemos por lo que tuve. No sacrificaría el calor del cariño por la frialdad del lujo. Un día, quizás, entiendas lo que te digo y espero que entonces recuerdes que la soledad no se deja ahuyentar con el dinero. Recuérdalo.

Años después, aquellas palabras resonarían en mi mente como el eco de un sueño lejano y distante. No sabía en aquel instante cuánto echaría de menos aquellas rodillas sobre las que me sentaba, aquella voz, aquellos ojos soñadores. No pude saberlo hasta que los perdí, a los dos. Una noche salieron a pasear y ya nunca regresaron. Me dejaron totalmente sola. Murieron, me abandonaron a los brazos de la vida, a mi suerte. No había nada que yo pudiera hacer sin ellos, no habría un futuro para mí. Deseaba morir y estar de nuevo con mis padres. No quería seguir en aquel mundo que se había vuelto extraño y frío desde que ellos se marcharon. Me acostaba cada noche rezando por no volver a despertar, para que el frío o el hambre acabaran conmigo por fin, pero cada mañana llegaba el alba y yo seguía allí. Seguía existiendo, seguía respirando y andando, aunque ya no vivía. Porque no volví a la vida, hasta que lo encontré a él.»

Puedes continuar esta novela aquí.

Historias de Los Bravos (Pensamientos, sueños, fantasías y realidades) Miguel Vicens Danús

Historias de Los Bravos

(Pensamientos, sueños, fantasías y realidades)

Miguel Vicens Danús, publicada por Ediciones Atlantis.

Éste es el inicio de esta historia del grupo musical “Los Bravos”:

Aposentados fijos, ya que mi padre había pedido pasar a la reserva para así no tener que depender de los destinos, porque cada vez teníamos que adaptarnos a nuevas convi-vencias, terminé el bachillerato a trancas y barrancas en el instituto Ramón Llull de Palma, por lo que mi padre decide que ingrese como voluntario en Infantería de Tierra con la idea de seguir la carrera militar, que pronto aborté al no congeniar con el régimen castrense.

Terminado el servicio militar, paso a trabajar de dependiente en unos grandes almacenes, para después trabajar con mi padre de mozo en la fábrica empaquetadora de terrones de azúcar que había montado con varios socios cafeteros. A los veinte años busco mi independencia y me marcho a Alemania.

Este tiempo, desde que llegué a la Lonja hasta mi salida a Alemania, fue un periodo donde se despejaron unas dudas y surgieron otras, para despejar los miedos que dejaran los colegios religiosos donde si no eras bueno eras acreedor del fuego y las tinieblas del infierno, del temor que me producían las procesiones de Semana Santa, donde el silencio al paso de las cofradías, solo roto por el sonido producido por las cadenas que arrastraban los penitentes, cánticos de perdona a tu pueblo Señor y el pausado redoble de los tambores que aceleraban los latidos y oprimían el corazón. Primera comunión con traje de marino de gala y refrigerio familiar, ceremonia que te comprometía a oír misa todos los domingos y fiestas de guardar, a confesar y comulgar por lo menos una vez al año o incurrir en pecado, pero el tiempo ofrecía otras opciones, nuevas inquietudes y sensaciones. Descubrí que el corazón latía por otros motivos y que me ruborizaba al ver bajar a aquella jovencita canadiense por la rampa del yate amarrado en el último muelle del club náutico, donde solíamos ir a bañarnos por ser socios. Mi padre tenía un amarre para una pequeña embarcación con la que salíamos de pesca algún fin de semana. Cuando se me acercaba con su larga melena rubia y sus azules ojos me miraban, me recorría un cosquilleo por todo el cuerpo que provocara fantasiosos dulces sueños, pero el yate zarpó y con él la jovencita.

No tardó en aparecer el poder del deseo que vencía aquellas creencias cargadas de dudas. Fue en esta época cuando me saqué el carnet de conducir y formé parte de un dúo que, acompañándonos de las guitarras, versionábamos canciones del Dúo Dinámico. Disfrutábamos con ello en la playa, en algún festival o en el recorrido de las típicas serenatas, con aquel que encontrara en el futuro tocando el bajo que me había desaparecido, el mismo que me cediera su puesto de bajista. Un año alternando fábrica y música hasta la partida a Alemania.

Un año en Alemania cosechando experiencias para regresar a Mallorca como auténticos rockeros. Al poco tiempo viajo a Madrid para incorporarme de bajo con los Sonor, donde en menos de un año me veo involucrado en el fenómeno social de los años sesenta que me retiene en Madrid durante los próximos seis años, Los Bravos. En estos me caso con Norma, de cuyo matrimonio nace mi hija, Chesca. En un tiempo cojo excedencia de Bravos para trasladarme a Mallorca donde formo el grupo Zebra y seguir haciendo música en la isla. Tras las desavenencias con la discográfica, la fatalidad hace que abandone la música. Me divorcio de Norma y me marcho a Colombia.

Al volver empiezo a trabajar en el pub de un inglés que más tarde adquiero junto con un restaurante que en un tiempo traspaso para trasladarme a Santanyi, cansado del acoso de aquellos que con sus ansias de justificar sus carencias o juegos sucios intentan implicarte con o sin causa.

Unos años en aquel voladizo rocoso que se levantaba sobre el puerto pesquero de Cala Figuera, donde no tardaron los del grupo en tenderme una trampa que aborté haciéndoles sentir el ridículo al tratarlos de prácticas engañosas, hechos que encolerizaron al comisario.

Al ser propiedad del ayuntamiento, el privilegiado chiringuito sale a concurso. Al presentar maqueta y proyecto, se nos adjudica una concesión por diez años para ser explotado como heladería, con mi primo. Paralelamente, en el ochenta y uno, monto con unos socios una pequeña fábrica de helado artesano y cubitos de hielo. En el ochenta y seis recibo una llamada de Mike para hacer una gira para celebrar el veinte aniversario de Bravos, que acepto.

Mi primo ya me había demostrado su interés en adquirir mi parte, por lo que vendo.

Con cuarenta y tres años viajo a Madrid con Caty, compañera sentimental, cogiendo un apartamento en Clara de Rey, donde habitaríamos el tiempo que durara el evento. Para mí duró hasta que después de una serie de galas, al ir a Palma para actuar en la plaza de toros, llegando al aeropuerto, somos sometidos a un exhaustivo cacheo, especialmente Toni. Pensé que tal vez fuera por algo del pasado, o ya estaba al acecho el encolerizado comisario. Tenía una semana para volver a Madrid, pero no acudiría ya que el desaprensivo confidente facilitó la aparición de un paquete en mi vehículo, cumpliéndose la amenaza de aquél que en su momento dijo que me cogería aunque tuviera que meterme la droga en el bolsillo.

Dos meses de preventivo por alarma social, para salir bajo fianza en espera de juicio. Al momento que se abre la puerta que proporciona la libertad se cierran las del exterior.

En el noventa me caso con Caty y nace Miguel, y al mismo tiempo, con dos días de intervalo, nace mi nieto, Carlos.

El veintitrés de noviembre del noventa y dos paso a cumplir condena de forma voluntaria para así detener las continuas trampas de aquellos que querían justificar el juego sucio que emplearan para mi detención. Cumplidos ocho meses de tres años de condena salgo en libertad por buena conducta y paso a reestructurar mi empresa. Otra vez volver a empezar. Desde este momento dejan de acosarme al darse cuenta del absurdo de su empeño injustificado.

Veintidós años pasaron. Trabajo duro para mantener la empresa. En dos mil dos aparece Mike para instalarse en Magalluf. Tercer intento del retorno de Bravos. Contacto con Trui Espectáculos y la gira termina como el rosario de la aurora. Llega mi segunda separación sentimental y con ella mi jubilación. El cuarto intento de Black is Black pasa sin pena ni gloria.

Hoy, con siete décadas en esta nave planetaria, llega el descanso del guerrero y sentado frente a mis dos ventanas observo al mundo y a mí mismo.

Puedes continuar esta historia aquí.

“EL HEREDERO AL TRONO DEL AVERNO”, de Sócrates García Gómez

“EL HEREDERO AL TRONO DEL AVERNO”, de Sócrates García Gómez, publicada por Ediciones Atlantis.

Ediciones Atlantis ha publicado “EL HEREDERO AL TRONO DEL AVERNO”, de Sócrates García Gómez. Aquí tienes el comienzo de esta historia:

Si estás leyendo estas líneas, solo puede ser por tres razones: que te halla llamado la atención el titulo de la portada, porque quieras vivir una experiencia terrorífica cargada de asesinatos, sadismo y sangre, o porque realmente no tienes ni idea de lo que estás haciendo.

Si no sabes dónde te has metido, te diré que esta historia trata de mí, de cómo he llegado hasta aquí, y por eso puedo asegurarte que esta historia no es para niños ni miedicas, ni gente impresionable o que padezcan del corazón. Por eso, si no estás muy seguro de poder soportar el pánico en el que te vas a ver envuelto, mi consejo es que cierres este libro, y lo devuelvas a la estantería de donde nunca debiste haberlo cogido. Nadie tiene porque saber, que no reuniste el valor necesario para afrontar la lectura de mis relatos y cabalgar por las atrocidades que he ido cometiendo a lo largo de mi vida.

¡Vamos!, puedes estar tranquilo, hazte un favor, cierra este libro y olvídate de esas líneas que parecían hablarte intentando echarte para atrás a la hora de leerme. Nadie va a juzgarte, yo no voy a decírselo a nadie, tu secreto estará a salvo conmigo.

¡Vamos!, ¿no me oyes? Cierra el libro y devuélvelo a ese sucio estante, por lo menos ahí cumple con una función, decorar…

Bien, yo te lo he advertido, te he dicho que cierres este libro y te olvides de la voz que te habla entre los párrafos. Pero tú, testarudo, has decidido continuar leyendo, supongo que tienes curiosidad por descubrir un poco de mis vivencias, y digo un poco, porque estoy seguro de que con el paso de las páginas te irás dando cuenta del tremendo error que estas cometiendo al proseguir con tu lectura.

Desde que te sumerjas en esta historia, no serás capaz de ver otra cosa a tu alrededor, solo el horror… sentirás mi gélido aliento tras tu nuca continuamente, y ni siquiera podrás cerrar los ojos e intentar concebir el sueño, porque yo apareceré constantemente en ellos, tornándolos en tales pesadillas, que sentirás el dolor tan adentro, que el sueño, te parecerá completamente real; cada segundo de tu vida desearás estar muerto, hasta que al final terminarás entregándome tu alma como tantos otros han hecho antes que tú, ¿Cómo?, ¿no me crees?… pues continua leyendo.

Hoy en día ya nadie cree en nada, ya nadie necesita tener fe. Ya no existe el cielo ni el infierno, ni Dios ni el Diablo.

Con el paso de los siglos, hemos ido adquiriendo diferentes dones y habilidades, así como conocimientos, creando un mundo físico a nuestro alrededor, al que llamamos realidad, y donde agrupamos todo lo que podemos explicar.

En la antigüedad no hacía falta poder explicarse algo para creer en ello. Hoy, ridiculizamos todas aquellas creencias que no tienen una explicación científica, pensamos que la ciencia es nuestra aliada, y que ella nos dará las respuestas a todo. Pero la ciencia que el ser humano conoce no es más que la ciencia terrestre, y ni siquiera la conoce plenamente, siendo la inmensidad del universo, demasiado distante, para el alcance de la humilde visión, de nuestros débiles ojos humanos, quien procesa, fabrica y distribuye nuestros conocimientos…. por eso, nos auto-engañamos al pensar que solo existe lo que conocemos o podemos ver.

Yo me río de toda esa gente que piensa así, hombres de poca fe, que ridiculizan las creencias de algunos de sus semejantes, sin ni siquiera darse cuenta que lo más ridículo de todo, es su estúpida convicción de creer saberlo todo.

Puedes llamarme crédulo, cándido, ridículo, o lo que quieras, porque yo sí creo en ello. ¿Que por qué una persona como yo cree en algo así? Muy sencillo. Porque si el negro existe es porque existe el blanco, entonces si el diablo existe, ¿por qué no iba a existir su némesis?

¿Que cómo puedo estar tan seguro sobre la existencia de entes demoniacas? Pues más sencillo aún. Porque yo mismo soy una de esas almas errantes buscando sin reposo las puertas del averno.

Seguramente, ahora estas pensando que solo soy un loco, un lunático que cree estar poseído por un demonio, seguro que piensas que soy esquizofrénico o que tengo algún otro tipo de demencia, quizás ocasionada por una infancia pegado al televisor, sin límite de horario ni censura en la programación; no te culpo, vuestros frágiles cerebros humanos no están preparados para la verdad. La psiquiatra de la cárcel también lo piensa…

¡Diablos! Se me ha escapado, no debería haber dicho que estoy en la cárcel. Pero, en fin, ahora ya lo sabes, sabes que escribo estas líneas en un viejo cuaderno tras los barrotes de mi celda. A mi compañero le hace gracia y le parece motivo de burla, me llama “el diplomado”, y se ríe el muy necio, dice que soy una princesita… Pobre infeliz, aunque esté respaldado por el resto de latinos de la cárcel por ser de una familia influyente, terminaré matándolo con mi bolígrafo, no me hará falta nada más para acabar con su ridículo ego y segar su alma… solamente un bolígrafo para transformarlo en el número 999 de mi lista.

Sabes que soy un preso, seguramente piensas que soy un simple reo, un pobre diablo, otro delincuente de poca monta al que atraparon con facilidad… Pues no puedes estar más equivocado. ¿Puede un simple reo presumir de haber segado mil almas en el poco tiempo que su cuerpo mortal le ha dado? Bueno, no voy a exagerar para no mentir, novecientas noventa y ocho almas, pero pronto cosecharé el millar…

¿Te escandaliza?, ¿te horroriza? Ya te advertí que no leyeras este libro. ¿Qué esperabas encontrarte entre las páginas de un libro cuyo autor te recomienda que no lo leas? Venga, aún estas a tiempo, te doy otra oportunidad de cerrarlo y olvidarlo para siempre. ¿No?, ¿piensas continuar con tu afán de conocer?, pues bien, esto no ha hecho más que empezar.

¿Te da morbo leer escenas sangrientas sobre las más terribles atrocidades jamás cometidas? Tranquilo, yo saciaré tu sádico morbo. Continúa leyendo…

Puedes continuar esta historia aquí.

“El Don”, de JAMG, publicada por Ediciones Atlantis

“El Don”, de JAMG, publicada por Ediciones Atlantis

Este es el comienzo de esta fantástica historia publicada por Ediciones Atlantis.

Era un amanecer más, coloreado por los mismos rayos de luz, que los días anteriores conocieron en aquella apacible primavera.

La madrugadora claridad acariciaba los contornos de un pueblecito protegido por la naturaleza. La luminosa presencia del astro rey escalaba poco a poco, centímetro a centímetro, una pared abotonada con una sencilla ventana. La luz dibujaba trazo a trazo, las formas de un dormitorio. Y en su afán juguetón, pellizcaba la adormecida tez de un niño, un niño como otro cualquiera.

Aquella mañana que hubiera podido ser como otras tantas, marcaría el comienzo de lo que nadie hubiera creído posible. Le despertó por una cálida visión que a través de su ventana pasaba como un río desbordado de colores y formas. Las formas de su reino, su castillo, su habitación, la habitación de John Anthony Peaceman.

El pequeño John, de doce años de edad, saltó de la cama cuando del silencio roto por el trinar de los pájaros, irrumpió una voz bien conocida por él.

¡Johnny, dormilón, el desayuno! —le gritó su madre desde la cocina.

¡Ya voy mami!

¡Hoy tienes creps con chocolate y vainilla!

Como si de palabras mágicas se tratase, el menudo hombretón de la casa, tomó las prendas de la silla y comenzó la odisea del día a día. Una vez estuvo preparado, aún con los pelos revueltos como los prados después de una tormenta, inició la mañana que todo lo cambiaría.

Tras el energético desayuno, Johnny montó en su bicicleta con rumbo al colegio. No había peligro, la escuela estaba en línea recta, tan sólo a dos kilómetros de casa, y en este rincón del mundo, todos se conocen, como el frutero, que saludó al crío con gran familiaridad.

¡Eh! Johnny, ¿al cole?

¡Sí!—respondió sin dejar de pedalear.

Alegre, continuó hacia su destino. Pero el hecho de que la mañana fuese agradable, y en el cielo el dibujo del vuelo de los pájaros deleitase la vista, no evitó que el caos llegase a gran velocidad, empapado en el hedor de una larga noche sin control.

Los dados estaban echados y la jugada en movimiento. A pocos minutos de la escuela, el frío impacto del metal sólo le dejó ver al pequeño John, un haz de color rojizo que le alcanzaba. Aunque el embriagado conductor intentó esquivarle, tocó lo suficiente su frágil bicicleta, y Johnny salió literalmente del camino, tomando de este modo, el rumbo de un trágico desenlace.

¡Craaack! El abollado vehículo y sus ocupantes se estrellaron contra un árbol quedando inconscientes. Mientras tanto, el vástago del infortunio entraba en un mar de sacudidas, ¡aaaaah! Rodaba hacia abajo por la interminable e irregular pendiente. Todo daba vueltas al tiempo que se mezclaban los sonidos de los golpes de su infantil físico contra el manto verde.

Pero nada quedó, nada se vio, pues el incidente ocurrió en el tramo donde las cosechas separan las casas.

Al pequeño John, el último impacto le llenó de una extraña sensación. Todo parecía eterno, notó sequedad en la boca, e intentó controlar su cuerpo, nada respondía, y los colores de su alrededor querían abandonarle. La luz que en aquel amanecer le pellizcó ya no le decía nada, y se alejaba, se alejaba, se alejaba.

Las horas, que normalmente pasan lentas, se sumaban una tras otra con facilidad y crueldad. Las diez de la mañana se hicieron las once, las doce, la una…

Y aunque era la única carretera con dirección al colegio, una casa en ruinas ocultaba el coche siniestrado y a sus ocupantes de cualquiera que pudiera pasar.

Margaret, preocupada porque su hijo no había vuelto, miraba con nerviosismo el reloj que en la cocina parecía clavar las horas directamente en su corazón. No había rincón de ésta que no hubiese andado ni silla en la que no se hubiera sentado. El minutero cruel encajó otra hora más y su Johnny seguía sin aparecer. Eran la siete de la tarde, la escuela estaba a pocos minutos en bicicleta y por si fuera poco, comenzó una tormenta de primavera.

Desesperada, llamó a alguna de las madres de los compañeros de su hijo.

Raquel, perdona. ¿Has visto a mi hijo?

No, Johnny no fue al colegio.

¿Cómo? Pero si yo le vi salir hacia allí.

Mi niño me dijo eso. ¿Qué ocurre? —¡Clak! Sin darse cuenta, Margaret colgó el teléfono, y temblorosa tomó el listín para llamar a su marido.

En otro lugar muy cercano, el húmedo impacto de miles de gotas de lluvia, que desde el cielo eran arrojadas con furia para reanimar la vida, devolvió del silencio más amargo al pequeño John.

Primero los sonidos del entorno rebotaron en su cabeza, como si de una caverna se tratase; poco a poco el flujo de este se individualizó para finalmente ser reconocidos. Eran la lluvia y el viento, el tronar de las gotas de agua que se rompían en mil pedazos al ser cazadas por la vegetación, y el impetuoso aire que las empujaba.

Se alzó tembloroso, inseguro, se ayudó agarrándose a algo, sin saber bien a qué, pues en su turbada penumbra solamente había sitio para las sombras. Estaba tan aturdido que caminaba haciendo eses y, a cada paso que daba, se alejaba inconscientemente del lugar del accidente sin que se percatase de ello. Aunque sus pies estaban torpes, su caminar era incesante.

Su visión mejoraba, lo que eran sombras pasaron a formas, y las formas a conocimientos, todo lo que le rodeaba por fin tenía textura y nombre, pero ¿dónde se encontraba? El inagotable manantial que empapaba su cuerpo, y el zarpazo violento del frío, le desconcertaban aún más.

Su soledad no iba a durar mucho ya que algo detrás de él, emitió un sonido desgarrador que salía de las mismísimas entrañas de la noche. Aterrorizado, se volvió y clavó su mirada en la oscura distancia, sus ojos se abrieron como los del cordero antes del sacrificio. Su tez quedó petrificada, su mirada se fijó en dos puntos luminosos que a unos cincuenta metros se le acercaban paulatinamente. Eran los reflejos de algún cazador nocturno, y no había tiempo para averiguar cuál, sólo para correr.

A pesar de sus heridas, corrió como nunca lo había hecho sorteando árboles, arbustos y ramas, casi podía sentir en el viento el ansia de la bestia. Sus piernas le llevaban en volandas, pero cuanto más lejos creía estar de ella, más cerca estaba el final.

El sudor era frío, y en su mente solo había una palabra: “Huye, huye, huye”.

El aliento del depredador comenzaba a sentirse en la piel del pequeño John, se podía escuchar el jadeo de la alimaña, cuyo calor recorría su columna vertebral. Todo estaba perdido, un chasquido indicó el salto final, y el ligero silbido de unas mandíbulas al abrirse en pleno salto, le marcaron la hora de la tragedia.

Johnny, en su carrera, dio su último paso mientras notaba sobre su nuca la saliva de su ejecutor. Repentinamente sonó un crujido, ¡craaak! El suelo se deshizo bajo sus pies, el cazador estaba encima de él, y juntos cayeron en la oscuridad. Rodaron sin control por una especie de canal subterráneo. La angustia se hizo mayor, pues el agua de lluvia actuaba de pista rápida, y aunque la bestia seguía secuestrada por este improvisado canal, le veía como su cena.

El pequeño en aterrorizada bajada, lanzaba los brazos al aire en su afán desesperado de parar su interminable pesadilla. ¡Aaaaaaah! El turbulento canal se estaba acabando, y en un acto reflejo, se agarró al cable que impactó contra su mano. El depredador pasó por debajo de su embarrado cuerpo mientras él quedaba frenado. Su iris lleno de terror percibió cómo la bestia se alejaba hacia un destino incierto, “se va” se decía animándose. Esos ojos que le sobrecogieron se iban haciendo cada vez más y más pequeños, hasta que se perdieron en la oscuridad.

El pánico le dio fuerzas para continuar agarrado, hasta que la lluvia comenzó a cesar. Todo parecía estar favoreciéndole; Pero su salvador cedió antes de lo previsto, y con la superficie ligeramente resbaladiza, comenzó otra vez la caída, aunque en esta ocasión, no fue tan veloz.

Cuando las circunstancias parecían conducirle a un trágico desenlace, el barro ya seco actuó de freno justo al final del imprevisible canal. Con la respiración acelerada, se aferraba a los salientes mientras miraba en todas direcciones. La pesadilla aún no había acabado.

Puedes continuar esta espectacular novela aquí.

“COSMOSIS”, de Magi Balsells Palau en Ediciones Atlantis

“COSMOSIS”, de Magi Balsells Palau en Ediciones Atlantis

Puedes disfrutar del inicio de esta historia, publicada por Ediciones Atlantis…

Capítulo 1

Ya le di al interruptor, pero nada ocurre. No noto nada, qué pasará, no podré repetirlo si los aparatos no son los ideales ya que todo mi patrimonio se ha ido en este trabajo y alguna deuda aún me queda de solventar.

Me desenchufo de todos los cables conectados. En aquel momento me doy cuenta que uno de ellos no estaba en la posición correcta. Qué alivio momentáneo, será esta la posible avería, enseguida lo comprobaré. Vuelvo a conectar todos los cables y procurando que esta vez todo esté correcto. Creo que es por una cuestión nerviosa que me ha ocurrido este problema, si se puede llamar así.

Ya está todo en posición. Vuelvo a darle a la conexión eléctrica y ahora sí, noto un pequeño zumbido. Amplío la potencia un poco y desaparece, pero veo por el cuadro de control que sí está funcionando todo correctamente

Me arrellano y cierro los ojos, concentrándome en enviar mi llamada estelar a través del rayo del láser. Voy elevando la potencia del mismo hasta llegar a unos niveles casi peligrosos para mi integridad. Estoy enviando mis ondas cerebrales al espacio. De momento no hay contestación, insisto, no decaigo. Si hay vida inteligente en el cosmos pueden llegarles mis envíos.

Pasan las horas, no hay ninguna respuesta. El día empieza a clarear. Se pasó la noche en un suspiro, pero sigo aferrado al equipo. Sé que alguien puede recibir mis ondas cerebrales. Me estoy agotando, este esfuerzo es superior a mis fuerzas pero no quiero dejarlo, sería volver a empezar. Lo intento una y otra vez, pongo la mente en blanco para un pequeño descanso.

Pasa el día sin ninguna respuesta. Vuelve ya la noche, me estoy durmiendo. Son muchas horas de padecer esta situación, el cuerpo humano tiene unos límites, voy a cerrarlo y mañana volver. Pero en este momento se produce…

Capítulo 2

¿Qué ocurre? ¿Qué pasa? Noto algo muy extraño, unos sonidos acompasados con fluctuaciones cada vez mas rápidas. Miro la pantalla de control, todo está correcto. Ahora siento como si algo o alguien quisiera penetrar en mi mente, como si apartara las defensas de la misma como abriéndose camino. Me asusta el no saber qué es lo que ocurre. Voy a apagar el equipo, pero algo superior a mí me lo impide, quedo como petrificado sin posible movimiento alguno. Por favor que alguien haga algo, que se corte la electricidad, estoy temblando, sudoroso, encogido.

De repente todo desaparece y una luz explota en el interior de mi cabeza. Luz más blanca nunca la había visto, me calma mi inquietud, aleja mis miedos y relaja mis músculos.

Se disipa la luz centellante, queda en una semioscuridad y en este momento en mi cerebro una voz resuena. No puede ser, serán figuraciones mías por la tensión pasada, pero no es así. Alguien me está hablando, no lo entiendo en mi estado de nerviosismo. Procuro calmarme, me está saludando una voz impersonal e imposible. Estaré soñando. Me pellizco y me duele, estoy despierto, no es un sueño es una realidad.

Siguen saludándome una y otra vez con el mismo mensaje sin cambios lingüísticos, la misma frase una y otra vez como si de una grabación se tratara. ¿Qué hago? ¿Contesto? O será alguien que se está riendo de mi buena fe, que por cualquier circunstancia habrá conectado con mi intento de mensaje.

Y casi sin atreverme, yo también contesto. Y es tanto mi atolondramiento, que solo consigo decir “hola aquí estoy, ¿quién eres?”

Espero anhelante si obtengo una contestación.

En este instante finaliza este mensaje repetitivo que estaba recibiendo y recibo la contestación esperada:

Sabemos dónde estás, en un planeta llamado «Tierra» en tu idioma, hemos recibido tu mensaje, lo cual nos complace. ¿Preguntas quiénes somos? Somos…

Sigue con esta espectacular historia aquí.

“BESTIA KUM”, de Rafael M. Medina en Ediciones Atlantis.

“BESTIA KUM”, de Rafael M. Medina, publicada por Ediciones Atlantis

A continuación puedes disfrutar del comienzo de esta obra, publicada por Ediciones Atlantis.

Carta de Augusto Regio, comandante de la VI Legión.

Para Quinto Curcio, general de las Legiones de Roma.

Asunto: Situación en la frontera de Germania.

La VI Legión llegó a la frontera germana sin demasiados contratiempos, con la excepción de algún problema de logística solucionado con el cese del responsable y el nombramiento de su sucesor.

A lo largo de la travesía nos vimos emboscados en diversas ocasiones por grupos rebeldes a Roma. Al principio sopesamos la situación como normal, pero después, los asaltos fueron cada vez más numerosos y más molestos. Llegamos entonces a la zona sur de Germania donde la situación era más delicada de lo que en un principio calculé, pues aquellas cédulas se habían organizado y tenían un líder imposible de comprar, más por su torpeza mental que por mi generosidad. Decidí y ordené la limpieza de la zona.

Nos retrasamos tres meses en las escaramuzas.

Una centuria perdida. Sin bajas destacables en caballería.

Tras esa demora retomamos la ruta inicial con destino a la frontera norte con una cohorte de leva sumada al grueso del ejército. No hubo más incidentes durante la travesía hasta la llegada a destino. Tres meses después de haber partido de Roma, nos encontramos en primavera con la última fortificación del Imperio.

Aquella misma noche una fuerte nevada cayó sobre nosotros. Los animales estaban inquietos y ninguno, ni soldados ni oficiales, pudimos dormir tranquilos. Al día siguiente el centurión del cuerpo de guardia vino a verme a mi tienda a primera hora de la mañana. Cinco caballos habían sido muertos durante la noche, sin ruido, signos claros de puñal. Sin embargo, sus carnes estaban intactas, pero sus ojos y sus corazones habían sido arrancados utilizando algún tipo de punzón o incluso la misma arma que los mató. Envié buscar aquellas vísceras y órganos. No se encontraron en los alrededores. Dictaminé la pena de muerte a unos culpables que tampoco pudieron ser hallados. Por aquel entonces el ejército estaba fuerte, bien alimentado y animado razonablemente para quienes habían sido arrancados de sus hogares y empujados hacia lo desconocido. No había ninguna razón para tan desagradable incidente. Deduje entonces que se debía a una apuesta o algún tipo de juego de algunos de nuestros soldados.

Pero aquello fue el comienzo de nuestra pesadilla.

Continuando con tus órdenes, las cuatro cohortes que componen la VI Legión fueron repartidas según tu disposición: la primera se situó en la zona oriental donde se levantó un fortín debidamente defendido por un foso. Su situación era adecuada: junto a un río y en medio de un gran claro. La segunda cohorte se fortificó a cuarenta millas de la primera siguiendo con la misma estructura defensiva utilizada en las restantes. La tercera a cincuenta millas de la segunda y la cuarta a treinta de la tercera. El campamento general, donde yo me sitúo, se halla en el tercer fortín, construido al comienzo de un bosque donde talamos unos árboles oscuros, de hoja y corteza, nunca vistos ni por los más experimentados legionarios. Esta tarea ha de hacerse una vez por semana pues nacen retoños que crecen con una rapidez asombrosa y las raíces rompen nuestras defensas, fabricadas con los troncos de esos mismos árboles. Es como si el bosque reclamase su tierra. Aquellos árboles tienen un tronco recto y son de corteza suave, pero cuando se talan comienzan a retorcerse delante de nuestros ojos, como si tuviesen iniciativa propia para quedar así inutilizados para fortificar la plaza, por lo que cada semana debemos reemplazarlos por otros nuevos que no tardan en retorcerse como leños viejos. Su madera no arde, ni recién cortada ni cuando está seca y temo la llegada del frío y de las nevadas. Además, aquel lento movimiento de cambio de forma hace que sus maderas resuenen en horribles crujidos que por la noche parecen quejas de difuntos. Ninguno de nosotros dormimos cerca de la empalizada. He comentado esto con los oficiales de las otras plazas y el bosque es igual a lo largo de toda la frontera, con el mismo tipo de árbol y la insistente oscuridad, impenetrable, que siempre deja un desasosiego en el alma cuando se mira de frente.

Soy consciente de tener delante de nuestra línea un mundo desconocido. Los más expertos vigías han tratado de escudriñar en su interior, pero la oscuridad allí es tan densa como para hacer imposible la visión más allá de diez metros hacia el interior. A veces, sin embargo, parecen verse movimientos de animales, pero nunca han salido al claro donde nos hallamos. Son grandes sombras corriendo por los límites espiando y temerosas de dejarse vez a la luz de la explanada desnuda de árboles. La caza conseguida y de la que nos alimentamos proviene de la parte sur, la que se encuentra a nuestras espaldas donde los bosques son verdes y frondosos y los ríos claros y limpios.

Esta línea formada por nuestras fortificaciones es la parte norte del Imperio romano y nuestras insignias se levantan orgullosas ante cualquier alzamiento. La orden de asentamiento y definición de la frontera ya está cumplida, sin embargo, la misión de avance me preocupa más.

Han pasado tres meses desde nuestra llegada y entre las fortificaciones nos mantenemos en contacto mediante palomas mensajeras y correos a caballo. Pero aún no me he atrevido a entrar en el bosque. Parece viejo, muy antiguo, y, sobretodo, parece hostil. Un sexto sentido me mantiene alerta y me aconseja no provocarlo.

Entonces pensé en los lugareños, en las tribus enemistadas entre sí, y ordené una entrevista con algunos líderes, aunque todos coincidieron en no traspasar la frontera forjada con nuestras fortificaciones y nuestras carreteras. Entre ellos había uno muy anciano, de barba muy larga, blanca como la nieve, que se apoyaba sobre un bastón blanco como el marfil pulido. Se llama Glaumak. Me dijo que si nos internábamos en el bosque nunca saldríamos de él. Según el germano, hay una maldición tan fuerte sobre aquellas tierras como para hacerlas oscuras y traicioneras. Solo los “Kum” viven allí, seres malignos y aciagos. Me reí, porque somos soldados: cuatro cohortes de cuatrocientos ochenta hombres cada una, experimentados en el ejército más grande del mundo, con dos centurias por cohorte de hombres traídos de Dacia, Hispania y Persia, hombres que cargaban a sus espaldas muchos años de luchas. Quién era él, un bárbaro medio desnudo, supersticioso y sometido, para juzgar a Roma.

No le hice caso.

A los cinco meses de haber llegado aquí envié notificaciones a todos los puestos de la frontera para que, a los dos días de la llegada del aviso, enviasen un manípulo de veinte exploradores al interior del bosque. Su misión no era puramente militar. Se debían de limitar a levantar un mapa geográfico lo más fiable posible con una distancia máxima de cincuenta millas desde los puestos. Debían de cartografiar los ríos, valles, cerros. Descubrir los posibles caminos, de dónde venían, a dónde llevaban; descubrir, sin ser descubiertos, posibles asentamientos hostiles, sus defensas, sus fuerzas y armamento. Se trataba de preparar el camino para poder introducir el grueso del ejército y las posibilidades de logística de la zona. El avance de Roma se estaba preparando.

Yo los vi partir desde la empalizada.

Veinte soldados, con un centurión experimentado al mando, salieron de patrulla desde cada fortificación.

Y ninguno regresó.

Esperé días, semanas. A los veinte días los di por perdidos.

Quedaban apenas un mes para que comenzasen las nevadas y el frío del otoño. Entonces, para gente del sur como nosotros, cualquier ataque, evacuación o avance sería una temeraria aventura y habría de esperar a que las nieves desapareciesen de nuevo. Pensar en un invierno en aquella frontera me erizaba la piel.

Incapaz de hacerme a la idea del frío, la oscuridad y el tedio, preparé otra expedición.

Esta vez organicé a dos centurias y me puse yo mismo al mando. Deseché los consejos y las ofertas de los tribunos y los oficiales y dejé bien organizada la defensa de las fortalezas. Los otros tres puestos recibieron las mismas órdenes.

El día anterior a nuestra partida yacía descansando en mi litera cuando el centurión de la guardia vino a verme.

El vigía de la torre norte había divisado algo en los límites del bosque.

Era una tarde fría y a lo largo del día el sol nunca había aparecido oculto tras un pesado manto gris capaz de soltar la lluvia en cualquier momento. Subí las escaleras de la torre acompañado por el centurión y el vigía quien, con el rostro constreñido por el miedo, apuntó con el dedo hacia los límites del oscuro bosque.

Dos ojos miraban directamente hacia nosotros.

Puedes continuar aquí esta historia.

“Un alma viajando por la cuarta dimensión”, Ignacio Martín Sequeros

“Un alma viajando por la cuarta dimensión”, de Ignacio Martín Sequeros en Ediciones Atlantis.

Éste es el comienzo de la nueva obra de Ignacio Martín Sequeros, publicada por Ediciones Atlantis:

Álex— Me tendría que haber despertado ya. Creo que llegaré tarde… ¡Qué raro! No noto mi cuerpo… Digo yo, que debo de seguir soñando, pero no siento ni frío ni calor. Parece como si estuviera en un sitio extraño donde la sensación de peso parece que no existiera… ¡No entiendo nada!

Evidentemente, Álex estaba muy desorientado, aletargado o en algún mundo diferente al del orbe de Morfeo y con la sensación de no tener la menor idea de cómo podría haber llegado a tal situación, la cual no parecía ser la de alguno de sus acostumbrados sueños.

Sentía como si vagara dentro de un mundo diferente, o más bien imaginario, repleto de luces y sombras con pocas conformaciones bien definidas, algo así como si se tratara de complejas estructuras salpi-cadas con colores en difracción, con multitud de líneas y curvas, unas más brillantes u oscuras que otras, pero difíciles de definir. Y no encontraba una forma de salir de tal estado, aunque eso apenas le incomodaba realmente; le parecía una especie de laberinto aunque no tan embarazoso.

Vagando en tan sorprendente estado, de repente, apareció en medio de ese extraño mundo, alguien que con su voz, se dirigió a Álex.

Otto— Por fin parece que encuentro a alguien.

Álex— ¿Pero de dónde sales tú?

Otto— Vengo viajando desde el año 2045, a través de este grandioso laberinto… ¡No te puedes hacer ni idea de lo que es esto! Por cierto, ¿en qué año estás tú y cómo te llamas?

Álex— ¿Me estás tomando el pelo? Cuando me quedé dormido, estaba en 2016, pero me parece absurdo lo que me comentas. Mi nombre es Álex. No me he metido por aquí voluntariamente y no sé tampoco cómo he llegado hasta esta absurda situación de la que en principio no sé cómo salir… Pero me parece todo esto tan raro… y encima apareces tú, a quien ni conozco… y que entiendo que estás tan perdido como yo…

Creo que eres mayor que yo y desde luego, estás vestido de una forma que a mí me parece curiosa.

Otto— Seguro que soy bastante mayor que tú. Yo nací en los principios del siglo XXI de este mismo centenario en el que al parecer y tal y como me dices, seguimos estando. Me pusieron de nombre Otto. En el tiempo de donde yo he regresado, ya prácticamente no existe la profesión de sastre, la cual seguramente aún conoces. Ya cuando somos pequeños nos colocan dentro del cuerpo un diminuto micro-chip que se alimenta con la energía que producimos en nuestro propio cuerpo. A veces, siendo adulto, suelen intervenirte de vez en cuando para renovarlo por un nuevo modelo más actualizado. Creo que algo así que se lo hacen a los animales domésticos de tu tiempo, donde reúnen la información del animal: dueño, vacunas, pedigrí y otras utilidades para controlarle, tanto el veterinario como las autoridades pertinentes. Bueno, pues algo así es lo que a todos nos han introducido con ese micro-chip perso-nalizado. Desde luego eso tiene sus ventajas, pero también sus inconvenientes. Ya no necesitamos tener con nosotros identificaciones, como documentos de identidad o tarjetas. Además, este injerto que llevamos dentro, si nos faltara nuestra vida, si fallecemos, al perder parte de la energía que lo alimenta, la electricidad generada en nuestro propio cuerpo, la mayoría de sus funciones se quedan paralizadas, dejando de funcionar en esas máquinas que nos ofrecen distintos tipos de servicios cotidianos.

Álex— Si como dices prácticamente ya no existen los “sastres”, ¿cómo conseguís vestiros de esa forma tan original?

Otto— De vez en cuando, nos introducen en una pequeña cabina donde se nos hace un escaneado del cuerpo en tres dimensiones. La información recogida, de muchos tipos, queda registrada en nuestro micro-chip personal. Así, por ejemplo, cuando queremos renovar los modelos con los que nos vestimos, nos sentamos ante una máquina que nos propone diferentes opciones de tejidos, colores, formas, calidades según la época del año, del lugar a donde deseamos ir e incluso si lo usamos para zonas de trabajo. A veces ni siquiera lo reutilizaremos, ni lavaremos esas prendas, sino que directamente serán recicladas y renovadas por otras a estrenar.

Álex— Yo diría que ese tipo de cosas incluso me parecen lógicas para una época tan avanzada como la que me cuentas… pero mira, a mí me gusta el mundo del automóvil, busco siempre modelos novedosos o con nuevas prestaciones y diseños. ¿Cómo son ahora? ¿Qué combustibles usáis en esta época? ¿Siguen funcionando con gasolina?

Otto— Pero qué barbaridad… Hace ya tiempo que el petróleo no se emplea para mover los motores en general. Ahora nadie puede explicarse cómo esa generación entre los siglos XX y XXI pudo aguantar tanta contaminación creada por el uso de esos sistemas tan obsoletos y perjudiciales.

Álex— Pues como no se muevan con aire o electricidad mediante placas que toman la energía del sol…

Otto— Es mucho más sencillo, aunque no vas desencaminado… En efecto, la energía que se produce y se almacena en un coche es eléctrica, pero la forma de conseguirla se realiza sencillamente a partir del agua.

Álex— Sí. Ya escuchaba que incluso se habían inventado motores que funcionaban con agua en la década de los sesenta del siglo XX, pero la industria del petróleo hizo retirar esos inventos para no perjudicarlos en el negocio de los carburantes, aunque desde luego nunca imaginé que finalmente podrían acabar funcionando con algo tan simple como es el agua…

OttoEn mi época incluso un niño sabe comprender que el agua es la forma más lógica de generar esa energía. Seguro que sabes que la fórmula del agua siempre fue considerada como H2O ¿verdad? Eso dio como resultado algo tan sencillo como liberar el hidrógeno para utilizarlo como combustible, es muy poderoso como tal; mientras que el oxígeno restante se libera debidamente tratado al medio ambiente, para que no produzca exceso de O3 (Ozono) que también podría ser perjudicial en cantidades excesivas, pero sin duda, nunca tanto como resultó ser el CO2 que lanzaban los tubos de escape de aquellos automóviles de vuestra época… No sé como esas generaciones lo aguantaron.

Álex— Sí, en efecto, siempre se ha dicho que el hidrógeno es un excelente combustible, ligero y muy eficiente, pero también peligroso de almacenar al ser altamente inflamable aún en estado líquido.

Otto— Pero eso ya hace mucho tiempo que se resolvió logrando una eficaz disociación del hidrógeno y el oxígeno a tiempo real, y a medida que se requiera para su uso, es decir, que solo se necesita almacenar un poco de agua y prácticamente es inerte. La solución se encontró al conseguir un catalizador para realizar la operación a una temperatura razonable, cuyo calor producido era fácilmente disipado. Lo obtenido era la electricidad que necesitara el vehículo, incluso alma-cenando parte de ella como residuo necesario para su uso en momentos en los que sus motores no estuvieran en marcha.

La cuestión es que se transformaron ese tipo de negocios y que ya no los controlaban las petroleras, sino las empresas que fabricaron los catalizadores y sistemas de computación que manejaban todo ese complejo funcionamiento. Estos catalizadores necesitan varios elementos o materias primas que no son fáciles de obtener y por lo que para conseguirlo, pugnan muchas empresas, así como para su distribución. Bueno, real-mente, no solo controlan este tipo de productos, sino también su funcionamiento y el de otras máquinas, incluso de robots que se construyen por sí mismos y a su vez a otras máquinas. Las fábricas se mueven con muy pocos operarios humanos actualmente.

Álex— Oye Otto, otra curiosidad… ¿Y los coches realmente vuelan a través de las ciudades, como vi hace tiempo en películas futuristas?

Otto— En efecto, desde hace mucho, algunos coches, pero no todos, despliegan unas alas que llevan adosadas transformándose en pequeños aparatos de vuelo para distancias no muy largas y a baja altura, por debajo de los 3.000 metros. Hay un sofisticado sistema que controla todo ese tráfico por el aire. Pero de todos modos, ya ocurre también y desde hace años que se decidió que ese tipo de vuelos se suprimieran dentro de las ciudades, para evitar congestiones y tráfico y por ello, ya solo se realizan fuera de ellas. Es decir, los automóviles que tienen ese tipo de dispositivos van en principio por superficie hasta las afueras de las ciudades y es allí donde pueden desplegar los motores de elevación sobre el suelo. Lo que también existe, son automóviles que ya no usan ruedas para moverse, sino que lo hacen sobre una especie de colchón de aire que al principio era ruidoso, pero que han conseguido que resulten más silenciosos y soportables. Igualmente, ya hace bastante tiempo que muchos coches circulan sin conductores. Solo tienes que comunicarles tu destino y te dejas llevar. A veces es más fácil hacer un transporte de ese modo que a través de autobuses y económi-camente similar, mediante bonos temporales. Para recorrer distancias más largas, suelen utilizarse los transportes que van por los tubos subterráneos hasta otras estaciones para recorrer distancias más largas o enlazar el viaje con otros medios más rápidos a las afueras de las ciudades.

Puedes continuar aquí esta historia fantástica…

“TREMEALOS”, de Gabriel Barrios Martín

“TREMEALOS”, de Gabriel Barrios Martín, publicada por Ediciones Atlantis.

Os dejamos el comienzo de esta obra:

 

—1—

HOY ES UN GRAN DÍA

Me eché la guitarra al costao y una mañana de julio bajé al Barco a hablar con Pedro de hombre a hombre. Venía de la familia de los Morondos y aunque era de Santa Lucía, su padre y el mío habían compartido majada más de tres veces y de cuatro. Sabía que andaría por la taberna de Lucio y allí aparecí con la venida de la tarde. Al verme, torció el gesto pues sabía que yo no soy de bares y que si estaba allí era por el asunto de las peñas. Nada más tenerme a tiro, me dijo:

  • Ya lo hemos hablado antes, Felizón: Que las piedras a mí no me las regalan y que yo tengo sueldos que pagar y máquinas que mantener. Podrás tenerlas a precio de coste. Hasta ahí puedo estirarme.

  • ¿No vas a convidarme a un chato, Morondo? —le dije quitándome la boina.

  • Eso está hecho, que ahí mi brazo llega —hizo un gesto a Lucio el posadero y nos alcanzó dos vasos de tinto.

  • ¿Cuál era el oficio de tu padre? —le dije acercando el vino.

Resopló con hastío. Cogió el vaso con sus rechonchos dedos, como si no pudiese con el esfuerzo. No quería mirarme directamente a la cara. Bebió. Yo seguí con lo mío:

  • ¿Y el tuyo hasta que nació la Petra?

El Morondo se puso serio y ceñudo. Bebió el vino de un trago y soltó el vaso de malas maneras. Me miró a los ojos.

  • Esa no es la cuestión, Julián, que todos los vecinos han sido pastores y ninguno de ellos, ni tú siquiera, está dispuesto a arreman-garse. ¿Por qué tendría que hacerlo yo?

  • Porque tú tienes las piedras —guardé silencio. Pedro bajó la vista hasta el entablado del suelo, girando el vaso sin pausa con los dedos. Proseguí—. Ahí lo quedo, Morondo. Me subo al Tremedal que la Nati me espera para cenas.

Al día siguiente se presentó en la era con el Santana y dos camiones con pluma. Ahí andábamos Juan y yo jugando a la calva. Se bajó en mitad de una polvareda y nos dijo muy serio al Goriche y a mí:

  • Dos están partidas y no las puedo vender. El que las esculpa que lo haga con tiento que yo no respondo. Y quiero una placa junto a las piedras que diga que las donó mi cantera.

  • ¡Ay, Morondo, que siempre fuiste un tierno! —gritó el Goriche con guasa. Pedro estuvo a un pelo de enojarse por el choteo. Tuve que tener un tanto los ánimos.

Las descargamos con ayuda de la grúa y de unos mozos de Ubiña que se trajo el Morondo. No tardó Jacinto en escribir una carta a la Diputación para hacer valer el trato. A los dos meses nos comunicaron que la escuela de canteros de El Barco de Ávila estaba dispuesta a esculpir las piedras de manera desinteresada. Y así fuimos al lío. Cada cual con lo suyo y en 1999 el monumento ya estaba acabado a la espera de inaugurarlo un día del verano. La verdad es que nos quedó muy pintón. Hice el chozo con unos buenos arreglos para que durase varias temporadas. Vino un ingeniero de la Diputación y le dio un vistazo diciendo que ese chozo aguantaría más de veinte años porque toda la base era del granito que había restado de los bloques del Morondo y el entramado, a pesar de ser de escobas, tenía la cruz principal de hierros soldados.

La cosa empezó hace cuatro años, cuando el Goriche y yo nos pusimos de acuerdo para llevar el asunto al alcalde de El Barco de Ávila, que en su mocedad se había criado aquí en el pueblo. Queríamos hacer un homenaje al pastor; un “monumento a la trashumancia”, como decían en los papeles que paseamos por toda la Diputación. Recordar con cariño la profesión que había sido nuestra, de nuestros padres y abuelos endenantes que nosotros. Y de esta manera honrar algo ya casi borrado del paisaje castellano y de las mentes de los jóvenes. Lo más fastidiado fue convencer a los pocos vecinos que quedaban en El Tremedal para acorpar todos a una y meter un primer gasto necesario para que nos calculasen el monto total del monumento. Pedro el Morondo, dueño de una cantera en Ubiña, vino con el Santana y fue muy amable con nosotros. Nos dio unos pensamientos muy válidos para este particular: hacer la figura de un pastor, por supuesto, y hacerle acompañar de dos o tres ovejas y vacas con formas de bichas ibéricas como las de Guisando. Fue al decir esto cuando se me ocurrió que el monumento podía completarse con un chozo, un caldero con sus llares y un redil menudo. Aún me acordaba de cómo hacer un chozo. Podría tomar prestado del museo el caldero, unos zurrones y otras cosas para dejarlo galán por dentro. No se habló más, Pedro tomó sus medidas y se fue por donde vino. A los tres días nos llamó y nos dijo el precio de la broma. Demasiado para nuestros bolsillos. Así que no tuvimos más remedio que recurrir a Jacinto el Mono, hijo de vecino del pueblo, que ahora era diputado por Ávila. Él ya me había ayudado a montar el museo del Tremedal cuatro años antes y más o menos sabíamos cómo iban estos tejemanejes. A Jacinto le gustó la idea desde el principio, pero nos advirtió de que esto iba a ser muy diferente a lo de montar un museo en las antiguas escuelas. En aquella ocasión teníamos el sitio y los trastos, y solo necesitábamos capital para la reforma y poco más. Ahora, no teníamos nada de nada y necesitábamos cuatro peñas de granito y alguien que las trabajase.

Tras hacer los formalismos, estuvimos dos años sin saber nada del asunto. No había mañana que no mirase el buzón en busca de la apetecida carta. Los demás vecinos andaban ya en otras cosas y poco les importaba este propósito. El Goriche me preguntaba de vez en vez porque él tampoco recibía nada. Y es que, dos años no son nada para unos asuntos pero son mucho para otros, sobre todo cuando eres viejo y estás más cerca del otro mundo que de este. Cuando llegó la misiva, no nos traía nada bueno. No la quise abrir solo y quedé con el Goriche para que las tortas se repartiesen mejor. Al leerla se nos quedó cara de moho y de seguido llamamos a Jacinto, a ver qué nos contaba. Nos dijo que, a las primeras, siempre dicen que no. Nos pidió que le enviásemos la mortaja y ahí quedó todo. Otra vez la tonta espera, esta vez de solo ocho meses. Volvimos a recibir un escrito en el que aprobaban el proyecto, pero que “por motivos de ajuste presupuestario, no se encontraban en posición de asumir los gastos al completo”. Nos platearon la opción de que si nosotros conseguíamos la piedra, ellos pagarían al cantero escultor. También nos dijeron que a partir de ahora nuestro delegado directo para este asunto sería Jacinto Sánchez Aurelio, lo que nos facilitó todo aún más. Ahora tocaba conseguir el granito como fuera. Hablamos otra vez con el Morondo y nos dijo que él podría vendernos la roca a precio de coste. Ni aun así conseguimos convencer a los vecinos para que acorpasen. Por eso me tuve que bajar aquella tarde a hablar con Pedro, de serrano a serrano.

Para la inauguración, Jacinto se puso un poco cabezón con el día. Quería que coincidiese con la festividad de las Nieves pues era cuando más gente había en el pueblo y según él, cuando más luciría el evento. Se esperaba también al presidente de la Diputación y la tele. Nosotros nos negamos, por supuesto. El día de la Virgen de las Nieves era para la Virgen de las Nieves. Ningún vecino se había atrevido siquiera a casarse ese día para no afear a la Virgen ni creerse más que nadie. Y nuestras mujeres preferían las piedras partidas por un mal rayo antes que estar haciendo vanidades el día de las Nieves. Jacinto no veía nuestras razones. Claro, él se había criado fuera del pueblo. Decía que una cosa no quitaba la otra y que había sitio para todo. Pero no hubo qué hablar. Las Nieves eran las Nieves. Y el monumento iría antes o después; o no iría. Pero las Nieves, se respetaba. Al final convenimos que se hiciese un día antes de la festividad, que era cuando se hacía la comida de hermandad en la era y se podría aprovechar la ocasión para invitar a la mesa al presidente de la Diputación, a la tele y a todos los forasteros que gustasen de probar la caldereta, que es lo típico de por aquí.

Y llegó el gran día. Además de la Diputación de Ávila, ha venido a la inauguración la televisión de la nación y a alguna que otra más menuda. Yo, vestido para la ocasión con mis zahones y mi zamarra. Aún me asienta el conjunto y mira que han pasado abriles. Con mi lazo colorín de lino para sujetarme el cuello de la camisa, el zurrón y mi chaleco de estezado. Los pantalones duros de vaquero y las calzas de lana. El Goriche, el Pues y el Morondo están a mi vera de la misma guisa, morral al hombro y abarca suelta, con una sonrisa que no les cabe en la cara y los colores subidos por el colambre de la mañana. A ellos el traje de pastor les queda un poco más prieto, pero igual les vale. El presidente de la Diputación lleva ya veinte minutos hablando. No le entiendo la mitad de las cosas que dice. Ninguna tiene que ver con el evento. Hay que tener paciencia, igual ahora dice algo sobre nosotros o las bichas. Detrás nuestra están las esculturas. Un pastor barbón con la montera y la garrota, como Dios manda, y cuatro bichas a su vera. A nuestra siniestra, el chozo. Hábil para tres personas, con el caldero y otros cacharros adornándolo por dentro. En un lateral hemos montado un redil. Tío Camuñas ha traído cuarenta ovejas de El Puerto de Castilla para que todo luzca como una majada pero en chico. Esteban trajo su burro y lo plantó allí, a la vieja usanza, con la cobija, la reata y los cántaros. Como está entero y en edad, no para de moverse y toda mosca le molesta. Jacinto está a la guarda del presidente de la Diputación. Mientras este habla, el Mono se me junta y me chisma: “Prepárate para hablar, que este es tu día”. Los de la tele y la radio parecen estar interesadísimos en lo que está pasando. Los zagales ya se han aburrido y han ido a jugar con la pelota al prao. Las mesas de la era están listas para la caldereta de después. Hemos hecho dos bancadas nuevas para que abarquemos todos, pues somos más de cincuenta entre pitos y flautas. Se ha empeñado Jacinto en traer refrescos, patatas fritas y esas cosas que gustan a los de ciudad. Tía Marciana ha quitado la pelota a los rabadanes para que no tumben nada de lo que hay preparado en las mesas. Nati no ha querido venir a los discursos. Se ha quedado en casa viendo la tele hasta la hora del almuerzo. Como dijo ella: “A mí déjame de esas gaitas, que yo ni entiendo ni quiero”.

Ahora el presidente ha concluido. El micrófono queda abierto para todo aquel que quiera engrandecer la cosa con sus palabras. Yo no tengo ninguna intención de hablar. Jacinto toma la vez y comienza así su discurso:

  • Gracias, en primer lugar, al señor Presidente de la Diputación de Ávila, a Julián Sánchez García, promotor de este evento, y a todos los asistentes. Nos vemos en el día de hoy, rindiendo homenaje a la memoria de tantos y tantos vecinos del pueblo que a través de su profesión, engrandecieron una institución milenaria: la del Real Concejo de la Mesta. Esto es, la ganadería trashumante. Institución que se remonta desde la Edad Media hasta casi nuestros días. Teníamos la necesidad de hacer algo en honor de nuestros antepasados, por lo mucho que lucharon para que un oficio y una manera de entender el mundo perviviese. Su vida fue el ganado y se la dejaron en los cordeles de toda Castilla y Extremadura.

Hizo una pausa y se giró a mí como queriendo que me acercase al atril. Ni un pelo moví. Las piernas no me regían. Además, ya me empezaba a doler la pata mala por llevar tanto rato tieso. Como sabía que no iba a torcer mi voluntad, se giró de nuevo y prosiguió con el discurso.

  • Todos vosotros conocéis la ingente la labor de Julián, ilustre vecino del pueblo, tratado por todos y al que es difícil decirle que no, cuando se trata de su empeño, primero recopilando las costumbres de la trashumancia en un libro y luego con la creación del Museo Etnográfico y de la Trashumancia de El Tremedal, situado en las antiguas escuelas. ¡Por cierto! Podrán visitarlo esta tarde, justo después de la comida de hermandad, en una muy especial visita guiada por el mismísimo homenajeado. Pido un aplauso para él, por favor.

¡Qué bien habla el condenao! ¡Cómo se nota que ha estudiao, el jodío! Toda la concurrencia aplaude a manos rotas. Sin pausas, el bribón del Goriche me empuja hacia el estrado para que dirija unas palabras a los concurrentes, pero me zafo como puedo endenantes que me ponga colorado, y no por el vino. De todos modos, la gente sigue aplaudiendo. Yo me apeo del estrado. Jacinto me disculpa delante de todos y cede la palabra al siguiente paisano. Ahí continúan avalando la cosa, cada cual con su monserga. Ahora lucen más nuestros nuevos vecinos de piedra. El sol ya ha tomado la sierra y toda la era empieza a calentarse. Los concurrentes parecen recobrar el interés.

Ahora le toca al Goriche. La mirada se me va hacia mis hijos, Antonio y Andrés. Les veo ahí, uno al cabo del otro, sonrientes entre los paisanos y cogiendo todo el evento con una grabadora de video. Las niñas de Andrés están ya un poco cansadas de estar de pie y se cogen a la pierna del padre. No fue fácil sacar esta familia adelante. Aún recuerdo cuando la profesora de Antonio nos citó a los padres para decirnos que el niño era muy aplicado y que le apoyásemos en todo lo que quisiese ser de mayor. En algo ha cambiado la nación. Cuando nosotros fuimos a la escuela de chicos, nunca nos preguntaron qué queríamos ser de mayor. Me imagino que ya éramos lo único que se podía ser: un buen hijo para tus padres y luego un buen padre para tus hijos. Ayudar en la casa y sacar todo el trabajo adelante, ya fuese en la era o con los animales. No se podían dejar las cosas para mañana. No contabas los guisantes que te comías y los que te guardabas. Tampoco se pensaba en el futuro y esas cosas. Solo importaba cómo vendrían ese año las nieves. Hasta el agua, que es la cosa más preciada que tenemos en el pueblo, nos podía echar a perder un año entero así viniese de tanta o de poca. Luego los hijos venían sin llamar a la puerta y ahí tampoco nadie te preguntaba. Entonces, cuando no daban trabajo las bestias, lo daba el tempero de la tierra y cuando no, los hijos. O los tres juntos, pues las chinches nunca viajan solas. Ahora, hasta los mozos aparecen con gaitas de que no les gusta hacer esto o no les gusta comer lo otro y hasta parece que la comida les mancha. Cuando yo era zagal, no había gustos. Mucho menos de mozo. El trabajo había que cubrirlo, gustase o no. Acorpar con lo que fuera. ¡Ay! Como siga un rato más de pie, me va a estar dando guerra la pata mala todo el día. Con este saco de años, las fuerzas empiezan a faltar por todos sitios.

Otra vez rompen en aplausos. Ya se nota a los convecinos algo cansados y a los rabadanes con hambre. Jacinto toma de nuevo la palabra para agradecer finalmente a los paisanos. Les invita a que visiten el chozo por dentro y a los zagales que den unas briznas de heno a las ovejas. Todos se dispersan. Cada cual con su uva. Los críos olvidan pronto el cansancio y se van a toda priesa a colgarse del redil para molestar al rucio. Se forman grupos de charleta y los de la tele empiezan a mirar de reojo las mesas de la era con los platos llenos de viandas. En los altavoces de amplificación, ponen una música que suena ridícula. Yo tengo ganas de sentarme, pero hay tanto follón que no me aclaro. Juan se acerca y me abraza con efusión mientras me dice que lo hemos conseguido. Yo, con sofocos, le digo que me marcho con la Nati, a ver en qué anda.

“NARRAGONIEM”, de Chema Sánchez Alcón

“NARRAGONIEM”, de Chema Sánchez Alcón, publicada en Ediciones Atlantis.

 

Éste es el comienzo de esta obra:

 

Prólogo

Narragoniem. El sueño de la razón…

Un abogado gris, normal y corriente, asciende a casi ministro de la Dictadura de Franco y consigue esconder sus presuntos crímenes, cometidos al amparo y con los medios de las cloacas del Estado.

La originalidad, surrealista y excéntrica, de este relato de Chema Sánchez Alcón reside en que el protagonista, un letrado asesino, dialoga sobre el bien y el mal, sobre la racionalidad y la locura, con locos, necios, tarados, enanos, putas, tullidos y bobos que aparecen en los cuadros célebres de Velázquez, Goya, Gutiérrez Solana, Sorolla, de Kooning, El Bosco, etc.

Su título no engaña a nadie pues “Narragoniem” es, según he comprobado en Google, “el país de los locos”. El alto funcionario va hurgando en las historias truculentas de todos ellos pero se resiste a confesarles sus propias matanzas.

Después del “Elogio de la locura” de Erasmo de Rotterdam y de “la razón de la sinrazón” de Cervantes, los ilustrados enfrentaron la razón a la locura. Un avance notable si lo comparamos con la simpleza dogmática del bien frente al mal de los eclesiásticos medievales. Con el adelanto de la ciencia, llegamos a confundir buenos y malos con sanos y enfermos. Galdós, utiliza a Maxi, su loco en “Fortunata y Jacinta”, para recomendarnos no ser muy tajantes, a la hora de separar lo sano de lo enfermo, si queremos entender algo de la naturaleza humana.

Así llegamos, con el desarrollo de esta novela, casi negra, nada menos que al meollo de la obra, polémica y devastadora, “Eichmann en Jerusalem. Un informe sobre la banalidad del mal”, de Hannah Arendt. Para la filósofa judía alemana, el criminal nazi no era “un monstruo” ni “un pozo de maldad” sino un burócrata, una persona normal, que cumplía órdenes con celo y eficiencia. No había en él un sentimiento de “bien” o “mal” en sus actos. Salvando las distancias, así retrata Sánchez Alcón, más o menos, al protagonista de su relato.

El título completo de “Narragoniem” incluye como un capítulo “El sueño de la razón crea monstruos”, de Goya. Con ello, el autor nos da una pista sobre los monstruos que la razón nos envía a poco que nos descuidemos. Sánchez Alcón se adentra, con cierta erudición histórica y literaria, y algún alarde filosófico, en “lo monstruoso racional”.

Se agradece el mimo con que trata nuestra lengua, lo que hace más atractiva la lectura. Ese cuidado exquisito se aprecia en la forma de contarnos los diálogos absurdos de este miembro distinguido del engranaje de las fuerzas de Seguridad de Estado con toda una galería de “monstruos” sacados de lienzos célebres que pertenecen la Historia del Arte.

Para Sánchez Alcón, el verdadero “monstruo” es el personaje principal. Para la España oficial aparece como un modelo de perfección, un triunfador. Sin embargo, ante sus interlocutores, salidos de los pinceles más famosos, se muestra como un ser sin escrúpulos, surgido de la clase dirigente del Estado franquista, capaz de cometer un crimen abominable.

Su obra comienza, naturalmente, con el descubrimiento, clásico en la historia de la novela, de una caja de documentos inéditos, espeluznantes, que el casi ministro de Franco entrega a un sargento de Inteligencia y este a su sobrino. El relato es un juego ingenioso, entre divertido e inquietante, con las piezas de ese “ponzoñoso legado”.

La investigación y la documentación cuidadosas de Sánchez Alcón nos acercan, con interés creciente, a las distintas épocas de los inocentes, los bobos que se masturban en las “risas pascualis”, las antimisas de los bufones, los enajenados que matan por nada y que sueñan con viajar a Narragoniem.

El secretario de Estado de la Dictadura no se atreve a confesar sus atrocidades a sus tarados interlocutores, encerrados en los museos. La intriga del crimen o crímenes a distancia del protagonista añade un toque policíaco, de novela negra, que aumenta la curiosidad del lector por llegar hasta el final del relato.

Los locos hablan, a veces, como cuerdos: “Los finos y bien pensantes mortales han sido la peor de las calañas bajo el disfraz de la aparente normalidad” o “En la cohorte de subordinados están todos los males”. El arte del disimulo (la “taqiyya”, práctica recomendada por los ulemas a los musulmanes en tierras cristianas) toma aquí la forma de “hacerse el tonto”. Los necios tratan de sobrevivir en un mundo en el que “la bondad y la maldad son caras de la misma moneda”, según le dice Jovellanos, en un diálogo que roza el surrealismo, al tonto de Abundio.

El protagonista de la historia, un triunfador del Régimen, un sicópata narcisista con piel de cordero, apenas tiene una posibilidad de redención a través de un resquicio minúsculo pero esperanzador: el amor imposible de una joven virgen de su pueblo.

¿Cuándo se empieza a dar uno cuenta de que es un miserable?”, se pregunta el presunto asesino. Para este letrado cínico, “mitad monstruo, mitad humano”, que asciende a las más altas cotas del Poder, “el mal y el bien siguen siendo inventos de esa humanidad debilitada por los afectos”. Desaprovecha el cable de salvación que, como doña Inés a don Juan, le echa el amor sin mácula de la joven Mercedes. El poder le corrompe. A través de varios simulacros, el autor nos acerca al poder real, al de verdad, o sea, al poder arbitrario que no conoce límites.

Se dice “eres más tonto que Abundio”. No es el caso del Abundio que dialoga con Jovellanos, allá por 1815, sobre al alma partida de los afrancesados: “Ninguno de nosotros es inocente”. Los ilustrados españoles se ven obligados a echar a las tropas invasoras de Napoleón, pese a estar de acuerdo con los ideales de la Revolución Francesa, y abren la puerta al absolutismo del Rey Felón. Paradoja cruel.

Los tontos, necios, bobos y tarados como Calabacillas, Abundio, Lindin, Riviere, madame Sontag, Matietes o el Pájaro, etc. (hasta 12, como los Apóstoles), encerrados en asilos o manicomios, sueñan con “viajar hacia el ignoto territorio de Narragoniem”, el país de los locos. Al llegar al final de esa obra, verán que Narragoniem “no era una quimera de un grupo de dementes medievales sino un estado del alma”.

No creo en las supersticiones. Traen mala suerte. Tampoco en las casualidades. Sin embargo, en ocasiones, fruto de mi ignorancia o de mi temeridad, me siento gobernado por ellas. Por eso, escribo estas líneas. A principios del siglo pasado, el matemático francés Henri Poincaré se atrevió a decir que “el azar no es más que la medida de la ignorancia del hombre”.

Seguramente por azar, el 2 de marzo pasado, 40 aniversario de mi secuestro, torturas y ejecución simulada, realizados por miembros de la Seguridad del Estado, con armas pagadas con nuestros impuestos, recibí inesperadamente en mi casa, por el antiguo correo postal, el texto de “Narragoniem” de José María Sánchez Alcón a quien no tenía el gusto de conocer personalmente.

El autor me atacó por mi lado más débil: la vanidad. Una oferta diabólica: “Le he elegido a usted como mi primer lector, si lo tiene a bien, porque le considero inspirador de este relato”. ¡Ay, la vanidad!, el flanco favorito del diablo. El halago debilita a cualquiera.

Y aquí estoy, animándole a leer, después de mi, este relato original, inquietante y algo excéntrico que no le decepcionará.

Cuando comencé a leer esta obra, me vino inmediatamente a la mente “No matarían ni una mosca”, de Slavenka Draculic, un minucioso reportaje, bastante perturbador, sobre los juicios de La Haya a los criminales de la guerra de los Balcanes. “Ninguno de nosotros estamos libres de caer en la maldad”, escribió la autora croata, “pues los criminales de guerra no son distintos de nosotros”.

Ese libro fue para mí el verdadero prólogo, terrorífico por cierto, de la obra “Narragoniem” que acababa de recibir por correo postal. La leí, pues, con el recuerdo fresco de los criminales de guerra, gente normal y corriente, de la ex Yugoslavia.

¿Somos piezas de un engranaje perverso bien engrasado? Para los presos del manicomio, que sueñan con viajar en “La nave de los locos”, de Sebastián Brand (siglo XV), “todos, absolutamente todos, son cómplices”.

Un aliciente adicional para leer con gusto y prologar esta obra fue que, de la mano del bobo de Coria, el relato me trasladó a su pueblo natal, Caminomorisco, en el corazón de las Hurdes, donde pasé mi viaje de novios. Otra casualidad.

A la luz, o quizás a la sombra, de dichos diálogos delirantes, alguno se preguntará, no sin razón: ¿Quién está más loco don Quijote o Sancho? ¿El médico o el enfermo? ¿El paciente del cuadro de El Bosco, a quien le van a extraer la piedra de la locura, o el cirujano que lleva un embudo en la cabeza? ¿No fue, acaso, el propio Alonso Quijano quien, a sabiendas, se hizo el loco?

 

“Y mientras tanto, te sigo esperando: septiembre”, de Rosa Gamero Arévalo

“Y mientras tanto, te sigo esperando: septiembre”, de  Rosa Gamero Arévalo.

Así comienza la esta novela publicada por Ediciones Atlantis.

Día 1 de Julio

Las chicharras con sus sonidos incesantes en esos tórridos días de verano no paraban de llamar a sus hembras con sus cantos que para mis oídos, eran más bien un concierto de percusión.

La serenata me anunciaba que estaba amaneciendo.

Como todas las mañanas al despertar lo primero que hice fue  mirar los mensajes de mi teléfono móvil.

Viviré de Marzo a Septiembre en Méjico.”

Al principio pensé que aún seguía dormida.

Me levanté como una autómata dirigiéndome al cuarto de baño, abrí los grifos de la ducha y dejé que el agua corriese por mi cuerpo tratando de asimilar esa… ¿buena noticia?

La escalera que separa mi dormitorio de la cocina me pareció tremendamente larga. Necesitaba un café con urgencia.

¡Genial!, no me queda café. Alguna otra cosa más me deparará el destino.

Tomaré café soluble, quizás me toque el premio de un sueldo para toda la vida.

Papu y Nala, mis dos perras, ya estaban dispuestas al paseo de todas las mañanas. No dejaban de dar saltos deseosas de convertirse en “lobas” corriendo por el parque, libres, sin ataduras.

Salimos al paseo diario.

Ensimismada en mis pensamientos, caminando entre los pinos y sin darme cuenta tomé el camino equivocado. No sé muy bien por qué motivo me confundí. Llevo mucho tiempo haciendo ese trayecto.

Repasé mentalmente los pasos de otros días sin lograr encontrarlos.

Decidí entonces seguir hacia adelante. ¿Fue equivocada mi decisión? Quizás hubiese sido más correcto volver al principio del camino y tomar la senda de siempre.

Cada vez era más difícil avanzar, estaba lleno de obstáculos, enormes piedras torcían mis pies, ramas secas que impedían que avanzara con rapidez.

Solo me preocupaba mirar hacia el suelo para tratar de esquivar tan mal camino, sin levantar la vista, preocupada por llegar; pero, ¿a dónde se suponía que tenía que llegar?

Me paré en seco. Dejé de mirar mis pies para otear el horizonte. Todo me parecía desconocido y el pánico se apoderó de mí. El dolor de pie era insoportable, ¿cómo me había perdido de esa manera?, ¿por qué había elegido el camino más difícil?

Absolutamente incompresible.

Las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos.

¿Lloraba porque estaba perdida?, o ¿era otro el motivo?

A partir de ese momento decidí calmarme y mirar sin la rabia contenida con la que había salido de casa.

Estoy atravesando una época de muchos cambios, siento bullir el crecimiento dentro de mí. Mis manos empiezan a sentir el barro para formar las esculturas que durante tanto tiempo han estado guardadas dentro de un cajón, todo es fantástico y a pesar de que las cosas no son como a mí me hubiesen gustado, mi actitud es de sosiego, de madurez, enfrentándome a las dificultades sin temor.

Casi sin darme cuenta empecé a reconocer el lugar, allí estaba la fuente de agua que todos los días calmaba nuestra sed, las piedras que el tiempo ha pulido dándole diversidad de formas, el camino donde mis pies podrían descansar. La senda ha sido dura, no podía ver el horizonte porque mis pies estaban demasiado preocupados por los obstáculos que me iba encontrando.

El sol estaba ya demasiado alto y las chicharras empezaban su frenético canto. Seguí caminando, estaba a punto de vislumbrar las primeras casas. Mis pies se esforzaban por seguir hacia adelante.

Casi piso a una guerrera. Una amapola, si, solo una, solo una ha sido capaz de resistir el calor que ya empieza a ser cada vez más intenso.

Sobrevivir a todas las dificultades del camino no es tarea fácil.

Si no existiera dentro de nosotros el miedo a no conseguirlo no conoceríamos nuestra parte más luchadora.

Estoy en casa.

Y mientras tanto, te sigo esperando, septiembre.

Día 2 de Julio

Nuestro paseo ha sido truncado. Esta mañana ha sido imposible salir. Una fiebre incómoda ha asaltado mi cuerpo provocándome un fuerte dolor de cabeza.

Este estado en que me he encontrado de letargo que en algunos momentos ha sido de perder la conciencia, (he alcanzado los 40 grados) me ha ausentado del mundo.

Siento el fragor de la batalla que mi cuerpo está tratando de solucionar. Los soldados que forman el sistema inmunológico no paran de lanzar flechas sobre esos “malos” que han invadido mi cuerpo sin permiso.

Mi mente no está demasiado despierta me siento aturdida, como en todas las contiendas tendré que esperar a que se calme la batalla y a que mi cuerpo recupere su estado natural de bienestar.

Y mientras tanto, sigo esperándote, septiembre.

 

Día 3 de Julio

He sido demasiado intrépida, he salido a dar mi paseo matutino; pensaba que estaba más fuerte, me equivoqué.

A menudo se ha comentado lo fieles que pueden llegar a ser los perros con sus dueños, cómo son capaces de reconocer sus hogares si se han perdido o han sido abandonados, que se quedan en la tumbas de sus amos si estos fallecen, en fin, infinidades de historias que de alguna u otra manera han llegado hasta nuestros oídos. Pues bien, esta mañana mis dos exploradoras Nala y Papu son protagonistas de una de estas historias de fidelidad.

No sé cómo, pero ellas bien sabían que no me sentía con fuerzas de dar un paseo demasiado largo. Mi ritmo al caminar no era el habitual de otros días ni tampoco mi respiración. Sentí que mi cuerpo me pedía un poco de “por favor, vamos a casa”; tan solo había avanzado unos metros cuando me di cuenta de mi osadía al salir.

Me senté en una piedra para descansar un rato. Ellas estaban corriendo y saltando de un lado a otro disfrutando de su libertad.

Casi sin fuerzas traté de llamarlas para regresar y poder descansar cuanto antes. No hizo falta llamarlas, no sé si es que lo olieron, percibieron o fue la intuición de los perros, esa de la que tanto se habla; solo sé que estaban a mi lado, las miré con cariño y una sonrisa apareció en mi rostro. Papu, la más inquieta de las dos, se puso a mi derecha, mientras mi delicada damisela Nala iba delante, como marcándome el camino de vuelta a casa.

Nos hemos encontrado con perros mucho más grandes que ellas que han intentado llamar la atención de alguna de las dos, pero han hecho caso omiso a esas insinuaciones, no estaban para tonterías perrunas.

El amor, siempre es esa palabra la que acude a mi mente cuando ocurren cosas como estas. No es solo una palabra, son muchas palabras positivas, ser amable, sonreír, compartir tu alegría… son muestras de amor. El amor no es solo para nuestras parejas, con nuestros hijos, amigos, con nuestros animales. El amor está en el corazón y es inagotable, solo depende de cada persona entregarlo o no. La amabilidad y la dulzura puede ser luz para otras personas que aún no entienden cómo funciona esto del amor.

También hay amor en la regañina que he recibido de mi hija al llegar a casa.

Espero estar más fuerte mañana.

Mientras tanto, te sigo esperando, septiembre.

Continúa

Hugo Amblar Esteban, experiencia Ediciones Atlantis

 Hugo Amblar Esteban, su experiencia con Ediciones Atlantis

Para mí ha supuesto una gran satisfacción y algo muy importante ser finalista con mi novela “última estación” de los premios Atlantis. Ha sido algo completamente inesperado y que valoro muchísimo. Es un espaldarazo que me da mucha motivación para seguir adelante. Hace tres años que empecé a escribir, nunca me había planteado hacerlo ni me había preparado en mis estudios para ello. Simplemente he sido un gran lector, esa ha sido mi única preparación, mi única escuela. Empecé a escribir de forma casual. Y tres años después haber conseguido esto, me quita un poco las dudas que tenía, es para mí la confirmación de que no debo hacerlo tan mal. En este tiempo he publicado cinco novelas, dos de ellas con ediciones Atlantis. Y no puedo más que estar inmensamente agradecido.

Hugo Amblar Esteban

Hugo Amblar Esteban