“Crónica de Atlantis”, de L. C. Canorea, publicado en Ediciones Atlantis

“Crónica de Atlantis”, de L. C. Canorea, publicado en Ediciones Atlantis

El inicio del relato es…

 

 

El hombre de la barba entrecana miraba sin ver los caprichosos reflejos que el fuego de las antorchas proyectaba sobre la oscura pared de piedra milenaria. En otros días, ya lejanos, cuando el rojo de sus cabellos conservaba aún todo su esplendor, la suya debía de haber sido una figura imponente. Su elevada estatura, su robusta complexión, la templanza de sus rasgos, sus ojos profundos, todo ello subsistía hoy en su apariencia; pero el hombre sentado en el suelo enmohecido, de espaldas al muro, recio y desapacible para las vértebras, de aquella gruta artificial, estaba muerto. O al menos su alma lo estaba. Muerto, como su raza extinguida, como su historia.

¿Para qué seguir esforzándose en conservar una vida que no le permitía aspirar a ningún fin concreto, salvo, quizá, el de terminar con ella y dejar así de ser un fósil de sí mismo? ¿Para qué?

El saber a ciencia cierta que en alguna otra parte existían otros como él no le reportaba ningún consuelo; antes al contrario, fomentaba su eterna sensación de soledad. Ese vacío de años que parecían siglos. Esa ausencia clavada en mitad del pecho que ya duraba décadas.

Solo. A pesar de la proximidad de cuantos guardaban silencio junto a él. Un silencio reverencial que ninguno de aquéllos se atrevería a romper en su presencia. Solo. Como un cadáver arrojado a la fosa común.

¡Ah, lo que daría por escuchar una frase, una palabra dirigida a él sin el peso añadido de la inquina dogmática o la veneración! Su nombre, el auténtico, el escogido para él por su madre nada más darle a luz; no ningún título, ningún apodo pseudomístico; su nombre, su nombre pronunciado por alguno de aquellos labios sellados. Labios de adorador. De creyente.

¿Cuándo, dónde, debido a qué gesto o palabra suyos había recaído sobre su cabeza tan incómoda aura? Él no la había buscado.

Y, sin embargo, aquí estaba, fugitivo de la superstición y de la ignorancia —de la ignorancia necia, que se refocila en su propia insensatez— y arrastrando consigo a este centenar de pobres inocentes.

Los tenía tan cerca, y se hallaban tan apretados los unos a los otros en el interior de aquella cámara, que podía oler su sudor. A pesar del frío, a pesar de la humedad: olían a miedo.

Había aprendido a reconocer sus desagradables efluvios hacía muchos años, demasiados, aunque no los suficientes para haber tenido la dicha de olvidarlo. Se le había quedado impregnado en la memoria como el falso aroma de un veneno mortal. Oh, sí, también conocía el hedor de la muerte. Lo conocía de antiguo.

Suspiró entrecortadamente y tragó saliva. Bien. Tal vez ahora aquellos seguidores suyos se dieran cuenta por fin de que él era humano. De que podía sentir el miedo correr por sus venas como cualquier otro. Y eso, a pesar de ser el hijo bastardo de uno de aquellos dioses venidos de las estrellas.

¡Oh, padre, padre! ¿Por qué no me llevaste contigo cuando aún podías? Padre, quienquiera que fueras…

Un dios. ¡Valiosa herencia! Cuántos años de juventud había desperdiciado en la búsqueda vana de aquél ser desconocido que había seducido a su madre para luego yacer con ella. Cuántos mundos había visitado rastreando cada una de la multitud de pistas improbables que se cruzaban en su errático camino. Cuántas preguntas. Cuántos viajes estériles. Cuánto no estar donde, con quien debería haber estado.

Se había lanzado a la ventura con el ímpetu de la inmadurez haciendo vibrar sus sentidos de gozo. Había perseguido un sueño, una ilusión, una perfección que, como todo en los sueños, sólo se hallaba dentro de su mente y, en lo que soñaba, había despreciado todas las buenas cosas que la realidad le había puesto desde el principio al alcance de la mano:

Una tierra espléndida, una madre generosa, gentes afables que se llamaban «hermanos» entre sí, que rechazaban cuanto quisiera alejarse de lo justo o de la virtud, hombres y mujeres que no se hallaban aquí bajo ningún mandato, bajo ningún plan preconcebido. Simplemente estaban en su hogar, en su mundo natal. Donde pertenecían.

Él había tardado demasiado tiempo en comprenderlo y, cuando lo hizo, ¡fue tan poco lo que pudo disfrutarlo!

Dolía. Seguía doliendo. Allí, en lo profundo del alma. Una opresión tan grande que daban ganas de arrancarse uno mismo el corazón.

Volvió a deglutir y sintió las miradas de los más cercanos caer disimuladamente sobre él. El rozar del cuello de sus vestiduras. Túnicas de hilos de algodón coloreados en la misma planta de donde habían sido extraídos. ¿Era eso todo lo que iba a perdurar de su obra de veinte años entre aquellos pueblos? Tehuti, el tintorero mágico. Eso y el maíz gigante.

Monstruos, deformidades de la naturaleza como todos esos niños que habían empezado a nacer a los pocos meses de su llegada. Siameses, niños sin brazos, sin piernas o con dos cabezas. Tal vez no fuera él el culpable. Tal vez no fuera él el único culpable. ¿Qué dosis de aire corrompido pudieron traer el viento y la lluvia negra hasta los poblados de estos infelices? Tal vez la culpa fuera de sus madres, salvajes inconscientes, ingenuas, curiosas, que se acercaron en exceso —ellas y el germen de sus vientres— para mejor contemplar el prodigio de aquel pájaro de fuego, aquel dragón, aquella serpiente voladora que había descendido entre los suyos.

Pero no, inútil tratar de engañarse, tratar de buscar culpables donde no existían para no admitir la maldición que se había abatido sobre su estirpe: perecer o llevar la adversidad con ellos allí donde fueren.

El hombre de la barba entrecana sintió el escozor de sus ojos y su vista se nubló por un instante.

Mi Señor… Mi Señor…

Tehuti volvió el rostro hacia quien así había hablado, creyendo, casi con alivio, haber sido descubierto en su debilidad. El joven, sin embargo, había clavado una rodilla en tierra y permanecía con la cabeza gacha, a un paso delante y a la diestra de él.

Mi Señor —repitió el muchacho y la bóveda, expectante un segundo atrás, se pobló ahora de murmullos. ¡Sólo el joven Tezpi podía llegar a ser tan osado!

Prácticamente, Tehuti lo había visto nacer. Lo había tomado entre sus brazos, a petición de su madre, y —tal y como se había visto obligado a hacer con todos los infantes a partir de entonces— se lo había llevado hasta un rincón apartado, cálido y sosegado, donde, a falta de las invocaciones protectoras encargadas por la familia, le había hablado de este triste tiempo y lugar en el que había venido a soltar su primer llanto. Y, al final de aquel improvisado rito, le había deseado suerte.

Tezpi había sido el primer niño sano nacido en la aldea después de la catástrofe, cuando muchos —incluido el propio Tehuti— dudaban ya que tal milagro volviera a producirse alguna vez.

Pues bien, aquí estaba hoy el pequeño Tezpi, convertido en un hombre por obra y gracia de la más reciente ceremonia de iniciación. Condición ésta, por otra parte, que no le impediría mantenerse inmóvil y persistir en su sumisa postura, en tanto él no le indicase lo contrario.

Dime, Tezpi, ¿qué es lo que quieres? —le preguntó con voz apacible. La misma que empleara para no asustarlo cuando no era más que un recién nacido.

Mi Señor —respondió el joven sin levantar la vista—. Sabes que los hechiceros han ordenado destruir las tablillas que Coxcox, el escriba, había grabado con tu historia para la posteridad…

Lo sé —asintió el mayor.

Para ellos es vital que nadie te recuerde. Quieren que tu paso por esta tierra se pierda en el olvido y que, de esta forma, nadie conozca nunca lo terrible de su iniquidad al expulsarte.

Tehuti alargó su mano, grande y curtida, como la que cabría esperar en un añoso roble, y con las yemas de los dedos forzó al muchacho a levantar el lampiño mentón.

Mírame, Tezpi —le ordenó, y el otro obedeció mansamente, sin oponer ninguna resistencia. Cuánta limpieza vio Tehuti en aquellos ojos tan jóvenes, cuánta sabiduría. Aun así: era necesario—. No voy a luchar contra nadie —le dijo, cargando sus palabras de firmeza—. Nunca me veré envuelto en otra guerra, y menos si es por mi causa. Nunca, entiéndelo bien —elevó el tono de voz para que todos le oyeran—. Ni siquiera para salvar mi vida.

¡Oh, no, no, mi Señor! —se disculpó de inmediato Tezpi, visiblemente azorado y quizá no poco sorprendido de que sus palabras se hubieran así malinterpretado—. Tú sabes que he aprendido bien todas tus enseñanzas. Amo a mis semejantes y jamás haría ningún mal, ni aun al peor de mis enemigos. ¡Ni aun a esos adoradores del maligno Ah-Puch! No, mi Señor. Mi intención al venir a ti ha sido muy otra. Y te pido cuatrocientos perdones por no haberme expresado con claridad.

Basta, Tezpi. No des más rodeos —le interrumpió Tehuti con aire cansado—. Ayúdame a levantarme —le pidió, entrelazando su mano a la del joven. Y como, al ponerse en pie, la práctica totalidad de quienes se hallaban con ellos en la cámara hicieron ademán de imitarles, Tehuti viose obligado a alzar la voz una vez más para puntualizar—: ¡Yo solo! —de manera que todos aquellos permanecieran sentados donde estaban; aunque, seguidamente, tuviera que añadir—: Y tú también, Tezpi. Tú ven conmigo —pues el muchacho había vuelto a agacharse de golpe con la primera advertencia.

Tehuti caminó sin prisa hasta la entrada de la bóveda, traspasó el punto donde aguardaba el más próximo de los centinelas apostados a lo largo de la oscura galería y, después de sumar un par de pasos más, se volvió hacia su joven discípulo, que lo había seguido en silencio.

 

El relato sigue aquí

“Croma”, de Iñaki Torres, en Ediciones Atlantis

“Croma”, de Iñaki Torres, en Ediciones Atlantis

El relato empieza de esta manera:

 

 

Acámara lenta, en plano cenital, las bolas de malabar rodaban en el aire como planetas, emergiendo y desvaneciéndose en un fondo vacío.

La lente descendió despacio y capturó, en primer plano, un rostro de ojos dilatados y burlones y una boca animal que reía muda en la sombra.

Sin dejar su lento movimiento de rastreo y registro, la cámara invadió aquel rostro hasta rebasar el umbral de su definición, y la imagen se confundió con las propias manchas que lo formaban perdiéndose en una compleja abstracción.

Temblando, palpitando, ese universo de señales se agrupaba ahora en torno a una llama blanca oscilante, y poco después formó una figura femenina que bailaba espectral con un movimiento que parecía detenido y, al mismo tiempo, no cesaba.

Esta vez él no dudó, no se apartó. Alargó la mano hacia la mujer para tocar sus dedos de plata… Casi podía verla con su escotado vestido de verano y su flamante melena, y aunque su aspecto era diferente de las otras visiones, los ojos desafiantes, impacientes, eran los mismos, y esperaban lo mismo. Su voz le llegó entonces como el rumor de un oleaje o una tormenta cuando dijo: “¿De qué tienes miedo?”

De pronto, sacudiendo la cabeza, él se giró bruscamente y exclamó confuso e irritado:

¡Aquí falla algo!

Un rumor de queja recorrió el enjambre de cámaras y técnicos que poblaban el set.

¡Corten! —Hugo Roma se echó atrás en su silla torciendo el gesto mientras se quitaba los cascos haciendo oscilar el puñado de piercings de su cara. Habían repetido la escena tantas veces que empezaba a ser una tortura—. ¿Qué pasa ahora, Donan? —se rascó nerviosamente el pelo rastafari mientras arrugaba la nariz como si estuviera esnifando el aire pesado y quieto del plató—. ¿Cuál es el problema?

Te diré cuál es el problema: ¿cómo va a tener miedo un tipo como yo de una chiquilla? Una chiquilla que además… —frunció el ceño haciendo un ademán con la mano—, ¡que además es un sueño! —se levantó molesto y dio unos pasos, sintiéndose ridículo por ir vestido, por exigencias del guión, con sandalias de oro ético, pantalones de malla y camisa de tirantes.

¿Un tipo como tú? —el rastafari enarcó una ceja.

Quiero decir… —miró a la chica fugazmente; ella permanecía sentada, con aire aburrido, mientras retocaban su maquillaje—. Podría ser su padre. Además, no entiendo por qué tiene que estar mi cámara ahí arriba todo el tiempo. Con tanto picado va a parecer que estoy pidiendo un crédito en lugar de…

Se interrumpió farfullando al ver que el asistente de Roma, un tipo enjuto y atildado, se acercaba al director para decirle algo al oído. Este se rascó la barba rala asintiendo y haciendo un gesto con la mano para tratar ese asunto luego.

Hemos reescrito el diálogo más de quince veces —dijo Roma arrastrando las palabras mientras se estiraba las extensiones de su alargada cabeza—. No sé cómo coño quieres hacer la maldita escena.

El actor hizo un gesto con los brazos.

Soy yo el que debería llevar el control de la situación, no ella.

Pues yo creo que no es problema del guión —murmuró la chica con alguna intención. Le miró un momento, mientras seguían peinando su melena cobriza, de la misma manera felina que lo había hecho durante el rodaje, aunque ahora no actuaba. El actor no sabía qué había querido insinuar y le lanzó una mirada escrutadora, pero ella se puso a ojear los mensajes de su teléfono desentendiéndose de él por completo.

La verdad es que tenía que admitir que la chica le intimidaba un poco. Parecía demasiado segura de sí misma, incluso un poco vidente, como si pudiera incluso adivinar lo que le pasaba por la cabeza. No había dejado de tener esa impresión desde el primer día de rodaje. Quizá sospechaba las dudas que suscitaba en él la película, y eso (se le ocurrió que ella podría interpretarlo así), le hacía parecer distante y arrogante, como una prima dona que se tiene que rebajar a trabajar con actores de poca monta.

Olvidando a la chica, resbaló la mirada por la pantalla verde que había detrás para insertar el paisaje onírico que se vería en el montaje final y se acordó de que, en las pruebas que había visionado, aparecía un halo alrededor de ellos, como en las producciones de bajo coste.

Por cierto —volvió a quejarse—, ¿habéis solucionado ya lo del dichoso halo del croma? En todas las escenas, parezco fray escoba.

Uno de los técnicos que hacía ajustes en el sonido y oía sin querer la conversación, se echó a reír ruidosamente. Molesto por la risotada, Roma miró al técnico con desaprobación, como si tuviera resaca y le molestaran los ruidos.

¿No crees que eso es asunto nuestro? Ya lo arreglaremos luego, con un soft, o algo —pensó en los problemas que le hubiera evitado el actor que él había propuesto para ese papel. Baserfal, la prometedora estrella del momento, un modelo andrógino con más tatuajes que cerebro, pero al que adoraban las mujeres (de todas las edades) y muchos hombres (también de todas las edades).

Aparte de que no entiendo lo del sueño —volvió a la carga el actor—. ¿Por qué iba a tener un alquimista miedo de algo así?

Keli Gres, la guionista, una chica muy guapa de rasgos musulmanes, intervino entonces para decir con timidez, casi como si se estuviera disculpando:

Él no tiene miedo del sueño, sino… de sí mismo.

El actor se volvió para mirarla un momento. Ella añadió para defender su guión con la misma expresión apocada:

Esa visión y esa pregunta… —se azoró aún más—, es la revelación de su destino.

Hugo Roma empezaba a estar harto. Un parpadeo nervioso agitó brevemente sus ojos hundidos y se incorporó cansinamente haciendo bailar los aros que agujereaban su nariz.

Oye, Donan, es solo una película —dijo cansinamente—. Cine, tío, nada más. ¿Entiendes?

Una película no es solo una película —replicó el actor.

El señor Baster tiene razón —una voz firme y autoritaria irrumpió fuera del decorado. Desde donde estaban, solo se podía ver la silueta de una sombra echando al aire el denso humo de un eCig—. La escena es poco creíble. El feriante no debería tener miedo de la visión. Al fin y al cabo, se trata de un alquimista para quien lo sobrenatural no es ningún misterio —luego, dirigiéndose a Roma, añadió—: Hugo, vuelve a grabar la escena cuando hayáis corregido el guión, ¿de acuerdo?

El rastafari se encogió de hombros filosóficamente. Miró furtivamente al actor y dijo con voz gangosa.

Bien, Donan, reescribiremos el guión una vez más. ¿Por qué no te tomas un par de días de descanso? —y dirigiéndose a los demás, ordenó en tono aburrido tocándose el pendiente en forma de cruz gamada que colgaba de su labio inferior—: Aprovecharemos la iluminación para continuar con las otras tomas.

Antes de que Baster enfilara por uno de los pasillos en dirección a su camerino, echó otra ojeada a la sombra que había hablado, aunque suponía quien era: Enzo Lukanen, el productor. Contra todo pronóstico, lo había elegido entre un considerable número de candidatos, posiblemente mejor cualificados para ese papel. Entre otros, el que el propio Roma había propuesto. Cuando su agente le llamó dándole la noticia, supo de inmediato que había sido gracias a su amigo Karval, el famoso director de cine que continuaba en paradero desconocido después de su brote psicótico de dismorfofobia.

Al pensar en ello, hizo un gesto de disgusto. No lo veía desde hacía años y le echaba de menos. Con él había interpretado sus mejores papeles. Karval había sido capaz de sacar lo mejor de él, a pesar del nivel de exigencia al que le había sometido. A pesar de ello, pensó, o precisamente gracias a ello.

Eh, Baster, venga aquí un momento —Lukanen le llamó desde el lugar apartado que ocupaba.

Después de dudarlo un momento, accedió. Cuando llegó a su lado vio a un hombre corpulento, con pajarita, una camisa de estampado caleidoscópico y pantalones trasparentes quizá más propio de alguien más delgado. Le pareció raro que nunca antes hubiera tenido ocasión de hablar con él. El productor también le estudió un momento mirándole de arriba abajo sin molestarse en disimular.

Siéntese. Vamos a charlar un poco como un par de viejos amigos.

Cuando lo hizo, el hombre señaló a Hugo Roma.

No se equivoque, Roma conoce su oficio, sabe qué espera ver la gente cuando se sienta en su butaca. Hace bien lo que sabe hacer, ya me entiende —sonrió mostrando una hilera de dientes reconstruidos—. Créame, es buen director, aunque no tenga imaginación. Pero, ¿quién le va a culpar por eso? Además, no se le ha contratado para que la tenga, sino para que sepa aplicar los trucos que garantizan el éxito de una película —le miró con gesto pícaro—. Por cierto, ¿sabe cuál es?

¿La clave del éxito? —preguntó dubitativo. No sabía exactamente de qué estaba hablando.

Lukanen echó una risita sin dejar de observarle con curiosidad.

Al actor se le ocurrió pensar en esa fórmula matemática que, según algunos analistas, había sido la clave del éxito en taquilla de las últimas películas.

 

 

Puedes continuar aquí

“Cor Draconis” de José Miguel Biel Buil, Ediciones Atlantis

“Cor Draconis” de José Miguel Biel Buil, Ediciones Atlantis

Puedes comenzar el nuevo relato aquí:

Caía nuevamente la noche, sobre los bosques y montañas, sobre los ríos y prados, sobre las fortalezas y aldeas.

Aseret, encaramada a lo alto de un gran risco, había salido de su cubil, a contemplar el firmamento nocturno, aprove-chando la fresca brisa nocturna, en aquella noche de verano.

Muchos de sus congéneres, no se interesaban por el conoci-miento de las estrellas, más preocupados, simplemente por conseguir alimento.

No eran bestias ignorantes ni mucho menos, como algunos humanos aún creían, pero los tiempos les habían llevado más a preocuparse de la autopreservación que de otras cosas.

Vivían separados unos de otros, cada uno en algún risco, o una apartada cueva en la montaña. En aquella región, en la que Aseret tenía su morada, solamente moraba otro dragón, al que llamaban Domoros “el devorador de la llama”, llamado así por su poderoso aliento de fuego, el más poderoso que su raza hubiera conocido en mucho tiempo.

Lo propio era, entre los de su raza, que tan pronto como alcanzaran la madurez, machos y hembras se aparearan, en una danza brutal en los cielos, entrelazando sus poderosas alas.

Domoros, muchas veces la había cortejado, deseando conseguir sus favores y que diera lugar a una camada de nuevos dragones. Pero Aseret, para desesperación de Domoros, siempre había rechazado sus requerimientos.

Aseret, en cambio, tenía intereses bien diferentes. Contemplaba las estrellas, imaginando qué habría más allá del cielo, más allá de donde ningún dragón había llegado jamás a volar.

Y lo que era aún más extraño para un dragón, le interesaban los humanos. Le gustaba observarlos, estudiando sus rutinas, sus cos-tumbres, sus hábitos. Incluso le interesaba su idioma, tan musical, tan variado, comparado a los guturales sonidos y gruñidos propios de su raza.

No era que los dragones no pudieran comunicarse, pero en su caso contaban con el poder de la telepatía, el poder de hablar de mente a mente, sin necesidad de palabras, por lo que su capacidad de hablar, al carecer de cuerdas vocales y labios como los humanos, era mucho más reducida.

Sin embargo, Aseret, se empecinaba en aprender ese lenguaje humano, adoptando forma de una joven muchacha humana, y mez-clándose con ellos de vez en cuando.

Desde lo alto de su risco, se lanzaba a volar sobrevolando el poblado, en los días nublados, donde la niebla ocultaba a la débil vista de los humanos su gran silueta.

Contemplaba a los campesinos trabajando la tierra y le intrigaba las largas horas que dedicaban a esa labor, solamente para alimentarse.

Escuchaba sus conversaciones en el mercado, en las cele-braciones, contemplaba sus bailes y ritos, tratando de encontrar una explicación a sus comportamientos, para su raza tan ajenos.

A pesar de las recomendaciones y advertencias de los dragones más ancianos, Aseret usaba su poder de transformarse en humana, rozando los límites, rozando el punto en el que no habría marcha atrás, y no podría recobrar su forma de dragón nunca más.

En su forma de dragón, tenía una poderosa cobertura de escamas, de color verde y broncíneo, mezcla de los colores de sus progenitores. Tenía unos profundos ojos reptilianos con pupilas rasgadas, pero en lugar de tener el rojo anaranjado de otros dragones, sus ojos tenían un color almendrado con tonos de verde.

De cabeza de gran tamaño, con una línea de escamas en forma de pequeñas pirámides que recorrían la línea de su hocico por la parte superior, un hocico lleno de al menos sesenta afilados y puntiagudos dientes con una lengua bífida entre ellos.

Su poderoso cuerpo, lo remataban cuatro grandes patas, de un grosor aún mayor de las de un elefante, y del lomo brotaban dos alas membranosas, rematadas en garras, como sus patas.

El final del cuerpo, lo remataba una cola aún más larga que todo el resto del cuerpo, en una forma de punta de flecha.

Pero aquel era día de mercado en la aldea, y Aseret quería mezclase con los lugareños, según lo tenía por hábito.

Al amanecer, con los primeros rayos del sol, salió de su cubil, desplegó sus alas y con un poderoso aleteo se lanzó por el borde del risco, sobre los bosques.

Revoloteó por encima del espeso manto de árboles, a poco más de un metro por encima de ellos, lo justo para que las ramas no llegaran a rozar su vientre escamoso.

Se lanzó sobre el río, desierto de gente a esa temprana hora todavía, dejando que el agua salpicara sus alas, asustando a los pequeños animalillos de los alrededores, antes de planear y aterrizar en un apartado claro, a un centenar de metros de la aldea.

Replegó sus alas, cerró los ojos y se concentró, dejando que la magia recorriera su cuerpo reptiliano, preparándose para la trans-formación.

La magia de su condición de dragona fue recorriendo todo su cuerpo, transformando mágicamente su cuerpo de dragona en el cuerpo de una muchacha humana.

Tenía, en su forma humana un largo cabello castaño del color de las avellanas, que caía en bucles sobre sus hombros desnudos. Tenía una complexión fuerte, de espalda ancha y fuertes piernas, recuerdo de su condición de dragona, en una figura esbelta, femenina, hermosa.

El problema de su forma de dragona, era que cuando adoptaba forma humana, evidentemente lo hacía sin prendas humanas, pero ya había contado con ese detalle.

Cerca del claro, en el bosque, había un lugar donde las mujeres de la aldea acudían a tender la colada, tras la lavarla en el cercano río y no era raro encontrar durante el día todo tipo de prendas, tendidas para que se secaran al sol.

La dragona se acercó sigilosamente, entre los arbustos, ocultándose de la vista. En la orilla del río, había un grupo de mujeres, tendiendo precisamente en ese momento la colada que habían lavado en la orilla, entre risas y cotilleos.

Poco a poco, las mujeres, terminando su labor, se alejaron de regreso a la aldea, dejando la ropa tendida en una larga cuerda, sujeta entre dos árboles.

La dragona, una vez que se habían alejado, se acercó a la ropa, donde escogió una blusa de color verde hierba y una larga falda de color malva así como un par de zapatos.

Vestida con sus nuevos atavíos, se encaminó hacia la aldea, tratando de aparentar un comportamiento lo más naturalmente humano posible.

En el mercado de la aldea, se mezcló entre la gente, recorriendo los puestos llenos de piezas de caza, de frutas y verduras que los campesinos cultivaban, el puesto del armero donde ponía a la venta sus armas y armaduras, aunque pocos mortales, quitando de vez en cuando algún loco aventurero insensato, compraban objetos de ese género.

En el puesto de la curandera, había puestos llenos de bolsas de tela con plantas secas, frascos y botellitas de vidrio con todo tipo de ungüentos y bálsamos.

Resultaba extraño para la dragona, como los humanos empleaban esos objetos.

Su raza no precisaba más armas que sus garras ni más armadura que su grueso manto de escamas y su propia resistencia a la enfermedad y capacidad para cicatrizar sus heridas por sus propios medios, era el mejor remedio que podían necesitar.

Por eso le intrigaban tanto los humanos, tan diferentes a su raza, tan distintos en todos los sentidos a ellos.

Le fascinaba, desde su forma humana, la gracilidad, la delicadeza de los humanos, comparada a su torpeza natural de movimientos excepto cuando se alzan en el aire.

Desde la tierra, percibía los colores, los aromas, las sensaciones, de una forma tan intensa, que en su forma de dragona se le escapaba y pensaba en todo lo que a su raza estaba vetado, al no querer aprovechar mucho más las bondades de la posibilidad de transformarse.

Al rato, fatigada de deambular entre los puestos, se encaminó hacia la plaza mayor de la aldea, donde celebraban un baile.

No bailaba, al menos nunca se había atrevido a intentarlo, nunca había osado bailar como los humanos, pero le gustaba la música, algo que su raza desconocía.

Un grupo de músicos, tocaba en una esquina de la plaza, y en su centro, varias parejas danzaban al ritmo de los instrumentos. No eran músicos profesionales, tampoco bardos ni trovadores. Era aquella una aldea muy pequeña, y aquellos tenían más interés, en frecuentar las grandes y ricas cortes, donde podían obtener el favor de reyes y demás nobles.

Pero extrañamente, en aquel día, un joven bardo, armado con su laúd y su gaita se había acercado a la aldea.

En un portal, de una de las casas, había montado su pequeño escenario, donde un grupo de niños de la aldea, lo escuchaban con arrobo.

La dragona, se acercó a un retirado banco de piedra, a pocos metros de donde se encontraba el muchacho, donde pudiera escuchar sus historias.

El joven, contaría con poco más de veinte años de edad, a lo sumo. Tenía el pelo castaño corto, revuelto en una maraña de mechones rizados y lisos. Tenía un rostro redondeado de mejillas rellenas, con una nariz pequeña, sobre la que pendían en peligroso equilibrio, unas gafas de montura redondeada.

Tenía una complexión rechoncha, de estatura media para un ser humano. Vestía con un jubón de color añil, unas calzas de tono violáceo, ceñido con un cinturón negro y un par de botas de viaje. Sus ropas, gastadas y arrugadas, demostraban un espíritu viajero, no acompañado precisamente en cambio por una bolsa especialmente llena de dinero.

Sus posesiones no abarcaban más que un pequeño asno que era su montura, unas alforjas con una muda y algo de comida, un odre de vino y otro de agua, un puñado de libros y una pequeña daga, que hacía las más veces de cuchillo para trinchar queso y jamón.

Y continuar por completo aquí.

“Aquellos Dioses Inmorales”, de Carlos Vázquez Iruzubieta, en Ediciones Atlantis

“Aquellos Dioses Inmorales”, de Carlos Vázquez Iruzubieta, en Ediciones Atlantis

Aquí comienza este apasionante relato:

ANabucodonosor le bastaron pocos meses de asedio para entrar triunfante en Jerusalem. Ocupó poco tiempo en rendir a una ciudad y a un reino. Estaba escrito como una fatalidad porque los israelíes carecían de fuerza militar para combatir ya que por ellos lo hacían los soldados del Faraón, a quien pagaban tributo. Diluida esa protección tras la derrota que le infligieron las tropas de Nabucodonosor a las del Faraón Nekao en el campo de Karkemish, el Rey Eliacim, primo-génito de Josías, rindió su reino y la ciudad sagrada bajo la promesa del invasor de respetar vidas y bienes evitando así la rapiña de la soldadesca.

También obtuvo de Nabucodonosor la promesa de mantener intactas las murallas del Templo de Salomón, aunque el babilonio se aseguró de despojarlo de los vasos sagrados y demás instrumentos rituales. No le pareció bastante porque ordenó a sus capitanes que deportaran a doscientas familias prominentes de Jerusalem y algunos niños de estirpe real para ser instruidos en la cultura y hábitos de origen caldeo, a fin de que olvidaran a su Dios y entregaran su credo y voluntad a los dioses de Babilonia. También arrastraron a la deportación al Rey Eliacim, aunque no en condición de cautivo sino de prisionero, y se cree que murió en el desierto durante la travesía porque nunca se supo cómo acabó sus días.

En su lugar Nabucodonosor puso en la cabeza del reino de Judá a su hijo Joconías, quien prometió pagar a Babilonia los tributos convenidos.

En cuanto a aquellas doscientas familias fue incluida la de Jehú, escriba de los jueces, hombre instruido en los mandamientos y rituales, lector de la Torah y miembro del Sanhedrín. Era Jehú misericordioso con sus hermanos y piadoso con los pobres de Jerusalem, y lo era a los ojos de YHVH y de los sacerdotes, quienes lo tenían en alta estima y lo respetaban por su silencioso estar, prudente y comedido.

El día que Jehú regresó a su casa y su hija mayor le informó que su hermana menor y Giesi habían desaparecido abandonando la casa sin ser vistos, Jehú se lanzó por las callejuelas de la ciudad a buscar a su hija y a su compañero de travesuras. Los chiquillos se habían fugado para vagabundear por las estrechas calles de Jerusalem, y para Jehú nada superaba al amor por su familia.

Ruth, era la primogénita y su mejor apoyo porque rondando los diecinueve y sin proponérselo, había adquirido el oficio de madre de sus hermanas y del pequeño Harús, que naciendo de pie mató a su madre con su primer aliento; era el único hijo varón de Jehú y rondaba el niño los siete años. Uno mayor que él, la tercera hija del buen Jehú llevaba el nombre de Hafsiba, y permanecía recluida en una impenetrable introspección. Deambulaba por la casa sin agitar el aire. Silenciosa como una nube, era un islote lejano e inaccesible, una existencia suspendida en el vacío.

La segunda hija de Jehú era Hadaía, vivaz y extrovertida; todo lo contrario que Hafsiba, su hermana menor. Aventurera e inquieta, habituaba escapar de su casa para vivir buena parte del día en las callejuelas de Jerusalem. Y para cubrir sus espaldas solía ser acompañada por Gieci, que la seguía como un voluntario protector, aunque cualquiera hubiera podido dudar de su ineficacia aparentando la misma edad que su protegida.

Aquel día, el de la entrada de Nabucodonosor a Jerusalem, vagaban los dos niños por las calles peligrosas aunque el pacto de los monarcas fue el de preservar la vida y bienes de los habitantes de la capital del reino. No obstante, algunos soldados recorrían la ciudad husmeando por todas partes y sin control alguno se dedicaban al pillaje cargando con cabras, gallinas y corderos, mientras otros saqueaban a los mercaderes ricos.

Apostados detrás de los escombros de una casa derruida, Hadaía y Gieci contemplaban las fechorías que cometían media docena de soldados babilonios, saqueando el ajuar de la casa de un mercader de paños y maltratando a su mujer, a la que habían arrastrado de los cabellos hasta la calle para comenzar a desnudarla. Cuando su marido intervino para socorrerla fue decapitado al lado de ella, clamando al cielo con un grito desgarrador. La desdichada perdió el sentido facilitando a los soldados la práctica de su lascivia. Sin embargo, luego de observar el cuerpo y creyéndola muerta la abandonaron en mitad de la calle y se marcharon.

Hadaía y Gieci se miraron sin saber si debían hacerlo o no, pues el miedo los tenía inmovilizados. Pero cuando Hadaía salió corriendo hacia la mujer, Gieci la siguió sin dudarlo. Entre los dos la condujeron dentro de su casa, arrastrándola por los hombros. La casa estaba devastada. Dejaron a la mujer en el suelo apoyando su nuca en un par de cojines, y en medio de tanta destrucción encontraron amplios paños con los que cubrieron su desnudez. Hadaía corrió hacia el interior de la casa a buscar agua y regresó con un cubo.

Mojaba la niña pequeños retazos de paño para limpiar el rostro de la mujer que permanecía sin sentido, tumbada en el suelo. Decidido a conocer su estado, Gieci apoyó una oreja en la boca de ella para comprobar si aún respiraba.

Está viva. Creo que vive —dijo, y Hadaía también quiso comprobarlo.

Sí que está viva —confirmó, y siguió reanimándola con paños húmedos que posaba sobre las sienes y el rostro.

¿Y ahora, qué hacemos? —preguntó Gieci.

Si salimos a la calle y nos encontramos con los soldados… —murmuró Hadaía y con gesto fatalista resbaló su índice por el cuello.

Entonces, será mejor que esperemos un rato antes de salir.

No lo sé —respondía Hadaía, que no alcanzaba a despejar sus dudas.

La mujer comenzó a mover sus extremidades y pasaba el dorso de su mano por la frente sudorosa. Un sudor frío que Hadaía secó con un paño. Cuando recobró la conciencia, miró aturdida a su alrededor y sólo vio las huellas del pillaje. Una casa violentada. Comenzó a gritar desesperadamente sin que los niños lograran acallarla. Se incorporó y ganó la calle semidesnuda cubierta apenas por un paño que sobre ella echó Gieci antes de que se marchara a toda prisa. La mujer corrió en dirección al Templo saltando por sobre el cadáver de su marido, para desaparecer al doblar en la esquina de la primera callejuela. Los niños la siguieron sin dejar de temer un encuentro con los soldados.

Luego de correr un buen rato encontraron a la desventurada mujer, de bruces, en medio de un charco de sangre. Era evidente el asesinato. En una que otra casa, pocas, se podía ver a pequeños grupos de soldados que seguían dedicados al saqueo. El miedo hizo correr a los niños velozmente hasta que a lo lejos pudo Hadaía advertir la figura de su padre recortándose su silueta a contraluz. Abrazada a su padre, Hadaía desató el llanto que había contenido. Apretada contra el pecho de su padre, lloraba sin parar.

Dime, ¿qué es lo que ha pasado? ¿Os han hecho daño los soldados?

A ella, nada —le informó Gieci, añadiendo—: Hemos visto matar a un hombre y volverse loca a su mujer. Luego la hallamos muerta también a ella. Teníamos miedo, mucho miedo. Había sangre por todas partes.

¡Me habéis desobedecido! —les reprochó Jehú, añadiendo—. Vamos a casa, rápidamente.

El muchacho calló la verdad para no delatar a Hadaía, porque fue ella la promotora de la huida del hogar aprovechando un descuido de Ruth. Siempre se hacía cargo de los castigos y represalias, sintiendo que de ese modo protegía a sus hermanas y al pequeño Harús. Esa vez, Gieci había corrido tras ella para vigilar sus pasos alocados siempre y traviesos.

De noche, después de cenar, Ruth preguntó a su padre acerca de lo que había ocurrido, pues Jerusalem seguía en pie y sus habitantes, vivos. Jehú les aclaró que el Rey Eliacim prefirió cambiar el vasallaje egipcio por el babilónico para salvar a la ciudad y al Templo.

¿Y qué hará el Faraón cuando se entere? —preguntó Ruth.

Se pondrá furioso. ¿Qué otra cosa? —intuyó Gieci.

Pero, padre, ¿qué tenemos que ver nosotros con eso? ¿Por qué nos atacan y nos roban? —preguntó Hadaía.

Todo fue por culpa de la ambición del Faraón Nekao. Como sabéis, luego de vencer a nuestro Rey Josías sometió a Judá y dejó en el trono a Eliacim, que es el primogénito de Josías. Allí hubiera terminado todo y hubiéramos podido vivir en paz pagando tributo al Faraón. Pero, no fue así. Nekao es hombre ambicioso y se acercó al Éufrates, rozando con sus tropas las fronteras del reino de Babilonia, y las huestes de Nabucodonosor lo enfrentaron y vencieron en el campo de Karkemish. Su ejército, dispersado, huyó sin concierto ni destino. Los babilonios lo persiguieron hasta las murallas de Jerusalem, y aprovechando el viaje nos asediaron hasta que finalmente Eliacim cedió sin lucha y no vaciló en cambiar el vasallaje egipcio por el babilónico para evitarle desgracias al pueblo de Jerusalem.

Pues, no está tan mal —comentó Gieci.

Sí que lo está, porque para retener el trono de Judá, el pueblo tiene que pagar un precio más alto que el reclamado en su día por el egipcio.

¿Y cuál es el precio, padre? —preguntó Ruth, preocupada.

Permitirá a Nabucodonosor el saqueo del Templo. Se desplazarán a Babilonia los vasos sagrados que pasaron por las manos de Salomón, y asumirá Judá el compromiso de pagar tributos desgarradores para nuestro pueblo, empobrecido desde siempre. No me explico cómo se podrá cumplir con ese compromiso.

¿Y eso es todo? —preguntó Hadaía.

No es poco, pero aún hay más. Lo peor de todo, niños, es que el Rey Eliacim aceptó que sean deportadas unas doscientas familias de Jerusalem y con ellas, a un puñado de niños de estirpe real, para que asimilen en Babilonia la lengua y la cultura caldeas. Y también, y esto es lo más doloroso, para que se olviden de nuestros preceptos revelados en la Torah y terminen acojiendo a los dioses babilónicos como propios y verdaderos.

Los hijos de Jehú enmudecieron tras oír las explicaciones de su padre. Esta vez no eran vaticinios sino decisiones firmes y que en pocos días se llevarían a cabo. Se habían acabado por el momento todas las preguntas. Lo que no se atrevieron a preguntar fue si ellos formarían parte de las doscientas familias que deportarían a Babilonia. Jehú sí que lo sabía y disimulaba su tristeza para no apenar a sus hijos esa noche de quebrantos. Hafsiba no pronunciaba palabra, como siempre. Dentro de la confusión, lo que estaba muy claro fue que a Babilonia deportarían a las familias más importantes de la ciudad, dejando en ella a la escoria, según lo había resuelto el invasor. Un escriba como Jehú no sería excluido de la marcha hacia Babilonia a través del desierto. Así, pues, al siguiente día de aquella conversación familiar comenzaron a preparar sus enseres; pocos, conforme ordenaron los oficiales de Nabucodonosor. Y en efecto, cuando finalmente se dio la orden de marchar a los tres días de aquella noche, se requisaron de los carros aviados lo que a juicio de los soldados sobraba, que según ellos, era casi todo.

Puedes continuar esta novela.

“ABSORBIDA POR EL AGUJERO NEGRO”, Abby C. T., en Ed. Atlantis

“ABSORBIDA POR EL AGUJERO NEGRO”, Abby C. T., en Ed. Atlantis

Aquí comienza este impactante relato…

Las campanas de medianoche sonaban… Pero ella seguía corriendo, huyendo de su propia respiración agitada sin saber a dónde se dirigía. Sus ojos fijos hacia adelante no reparaban ni un instante en el sinfín de obstáculos que se interponían en su camino. Con la vista perdida, su mente se hallaba más perdida aún en una lluvia de pensamientos y sentimientos que no podía controlar. Ahogándose en su mismo respirar, estaba librando una batalla que irracionalmente creía poder ganar de esa forma, huyendo de sí… Porque únicamente deseaba huir: huir de aquellas imágenes que la atormentaban, de esos recuerdos que con tanta intensidad había procurado desterrar de su memoria, del sonido de pasos que jamás podría olvidar.

De repente, un inquietante sonido la hizo detenerse. Era un silbido de la noche. La luna llena estaba iluminando su camino cuando, de repente, empezó a ver que estaba totalmente rodeada de tumbas. No sabía cómo, había llegado a un solitario, lejano y abandonado cementerio, al que lo único que lo podía hacer más lúgubre era el reflejo de la luna sobre esas tristes lápidas que se esforzaban en vano por mantener el recuerdo, una mínima reminiscencia, de decenas de personas, cuya vida había finalizado y, aparentemente, nadie había conservado prueba de su existencia… Nadie ni nada, excepto esas frías lápidas labradas en piedra, que solo lograban mantener con vida el musgo que las cubría.

El batir de unas alas se cruzó delante de ella. El intenso olor de barro, unido al aire impregnado de hu-medad que empapaba los pensamientos, captó sus sentidos.

Azubá había estado corriendo durante una media hora cuando empezaba a tomar consciencia de dónde se hallaba. Aun así, no reparó ni un momento en su pre-sencia: Sus descalzos pies se habían manchado de barro y llenado de heridas y piedras; sus manos y brazos mostraban arañazos producidos por el rozar de arbustos y ramaje que no había dejado de cruzarse en su ca-mino; sus largos cabellos rubios habían perdido su radiante aspecto para presentarse enmarañados entre sí, entrelazando con sus ondas algunos restos de vegetación; y su mente no podía más que estar sumergida en un continuo estado de pánico y desesperación.

Sus mayores temores se habían hecho realidad al terminar corriendo sin consciencia de hacia dónde iba, con el mismo camisón con el que se había acostado y perseguida por unos recuerdos que había intentado enterrar en el pasado, solo logrando aumentar así su poder de intimidación. Porque, sin darse cuenta, había alimentado sus miedos. Lo había hecho a tal grado que habían crecido de forma desmesurada llegando a controlar, disimulada pero totalmente, su vivir diario.

Ahora se encontraba inmóvil, en plena noche y en un lugar desconocido, acompañada por un enorme sen-timiento de plena tristeza y soledad. Una pesada carga emocional la abatió por completo hasta el punto de casi perder el equilibrio y caer sobre el mismísimo barro que pisaba. Gracias a un movimiento instintivo, no cayó del todo puesto que su mano había recurrido a una de esas húmedas lápidas como punto de apoyo. Una exhalación larga y sentida le permitió relajarse lo suficiente como para empezar a ordenar sus pensamientos. Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que debía volver atrás, no únicamente hacia donde había salido esa noche, sino también hacia la situación de la que había huido hacía mucho tiempo.

En el camino de vuelta, aún sin detenerse a pensar en su aspecto, empezó a retroceder en el tiempo hasta su propia niñez. Sus piernas la devolvían a su actual lugar de residencia mientras que su mente estaba inmersa en un camino de vuelta muy diferente, un camino de vuelta al que no se había atrevido enfrentar aún. Y, lo cierto, es que todo aquello se remontaba algunos años atrás…

…aquí continua

“De Jerusalén a Manhattan”, de Jordi Planes Rovira & Goyo Martínez, Ed. Atlantis

“De Jerusalén a Manhattan”, de Jordi Planes Rovira & Goyo Martínez, Ed. Atlantis

El inicio de esta historia…

Es difícil explicar los hechos que inspiraron esta historia. La vida es un milagro y como tal, mágica. La magia no es una ilusión, responde a una actitud y el mundo es como un enorme aparador donde podemos observar cientos de actitudes y, con ellas, realidades que cristalizan y comprometen la vida de sus creadores. Consuela saber que en la vida todo sucede por algún motivo, aunque en muchas de las ocasiones no sepamos o no queramos verlo. Siempre ha sido así, y siempre así será.

Esta historia comienza donde la mayoría de las historias, en Nueva York, la ciudad que nunca duerme y que nunca se acaba. Una ciudad que nos muestra el latido de millones de seres humanos, venidos de todos los rincones del mundo, con una misma ilusión, con un mismo propósito: encontrar la felicidad. Nueva York, la metrópoli pensada cien veces como una catástrofe, y cincuenta veces como una hermosa catástrofe. Donde la creatividad no descansa, donde el esfuerzo tiene su premio, donde la voluntad del hombre está en su cielo.

Son las nueve de la noche. En Europa las tres de la madrugada, seis horas más, pero quizás de seis años antes. Se respira pasión y bullicio.

Manhattan es como una gran manzana que Adán muerde cada día.

Algunos van con más prisa que otros, quizá en busca de la calidez de la sonrisa de un rostro humano aún por hallar entre la multitud, un gesto de solidaridad en el barullo de cuerpos que se cruzan y tropiezan, de gente que busca su tren con una expresión de desvalimiento en el rostro y la torpeza de la urgencia en el cuerpo.

Cuatro músicos que llegaron a la ciudad sin más equipaje que sus instrumentos tocan en las mismas verjas del parque, y tocan canciones de amor.

Ningún otro escenario podría describir con tanto genio y belleza la gravedad y trascendencia de un acontecimiento llamado a cambiar el destino de la humanidad.

¡Nueva York!

¡Sublime deseo! ¡Eterno deseo!

El secreto mejor guardado porque todos lo conocen.

«El honor prohíbe acciones que la ley tolera»

Séneca.

…y continúa aquí.

“Barcelona Joyce”, de Prudencio Salces, en Ediciones Atlantis

“Barcelona Joyce”, de Prudencio Salces, en Ediciones Atlantis

Éste es el inicio de esta obra…

Lo ha llamado su hermana Blanca Remedios, la que tiene los ojos de nube derramada, para felicitarlo en su treinta y tres cumpleaños. Nunca se olvida la más pequeña de sus hermanas de llamarlo los días más significados de su vida. ¿Qué vas a hacer esta tarde? Él titubea ante la pregunta y no dice nada concreto sobre la historia de Barcelona Joyce que tiene sobre la mesa. ¿Quieres venirte a cenar con nosotros? El plural nosotros le retiene en el no más explícito porque ahí entra su cuñado Henry, un triunfador desde joven que mira con desdén la vida desperdiciada de Joao Silvestre, pero no quiere ser hiriente, no pretende desagradecerle a su hermana lo que él sabe que significa más que una cortesía. Quisiera celebrarlo junto a él. De modo que se disculpa, se ensimisma, estaba almorzando y no termina la comida. El estómago también suele ser muy sensible al recibir emociones contrariadas, pues a fin de cuentas no es más que un músculo, como el corazón. La llamada le ha producido esa felicidad desmochada que suele alterar el mal logrado ritmo de un día cualquiera, por hermoso que sea el mes de abril cuando se cumplen treinta y tres años sin arreglo a la vista. Tenía olvidado el hecho onomástico y la recordación de Blanca Remedios fue detonante para la dicha, pero después… Intenta leer y dormir un rato. No se concentra ni concilia el sueño, piensa en su hermana Blanca Remedios, la que tiene los ojos de nube derramada, tan sensible mujer que nunca olvida un detalle. ¿Por qué las mujeres sensibles se casan con hombres soberbios? ¿Debiera guardar también las distancias con ella a consecuencia de que Henry y él son enemigos declarados? Eso nunca, le dice su voz interior. ¿Cómo vas a desdeñarla por culpa de su esposo? Joao sabe que el matrimonio está pasando por una situación que su hermana no le aclara del todo pero que la hace sufrir. Prefiere no verse entre dos aguas, menos si cabe tratándose del que lo mira por encima del hombro. Él tiene derecho a que respeten su vida de perdedor solitario. Blanca Remedios sí lo respeta y lo considera. Por las hondas vivencias compartidas entre ambos, nunca dejarán de ser mucho más que hermanos: amigos íntimos que se quieren. Aún le quedan otras tres hermanas más, tres hermanas que siguen queriéndolo igual, por las que él siente ese amor reverencial que los adultos descubren en su espíritu y profesan a las personas mayores que se lo merecen, aunque no se tenga con ellas una relación continua, pero sí afectiva, duradera. La madre ya murió. Blanca Remedios ha sido siempre su hermana más próxima en todas las pulsiones de su vida. Cuando murió su esposa, apenas un año después de casados, ella lo asistió en todo, no se retiró un solo momento de su lado. La lloró como a una hermana pequeña, como si la difunta hubiese sido él, su hermanito Joao. Desde hace unos meses, sin embargo, le cuenta que tiene problemas con su esposo, problemas que no le ha pormenorizado, pese a la extrema confianza que entre los dos existe, pero que le producen un malestar profundo. Eso es todo lo que le ha dado a saber. Él la quiere mucho y conoce sus problemas vitales, pero no sabe con exactitud los que le ocasione el arrogante Henry.

La familia Bolívar se reúne al completo todas las noches de fin de año. Las cuatro hermanas con sus familias, y lo hacen en la casa de Georgina de Luna, la mayor, y su esposo Thomas. Durante la cena del último año, hace tan solo unos meses, además de insolente con mi amigo Joao, Henry estuvo muy agresivo con Cyprian Ekwensi, el marido de Presentación Adelaida. Cyprian Ekwensi es de Mali y desde la caída de la torres gemelas de Nueva York Henry lo desdeña como si de un asunto personal se tratase. A Cyprian lo enviaron a Europa durante unos juegos olímpicos para ganar medallas corriendo en las pistas de largo recorrido. Era un buen atleta pero decidió no volver a su país y cuando se casó con Presentación Adelaida, la que siempre sonríe en alto, montaron un gimnasio particular donde los que quieren tener su cuerpo elegante y musculoso, y las personas que han de hacer ejercicios de rehabilitación médica, son atendidos graciosamente por estas dos personas exóticas y comunicativas.

La solución del terrorismo habrá que abordarla un día desde la perspectiva filosófica y política en la que las razas y religiones extranjeras se adecuen a nuestra cultura o se les ponga a cada uno en su país —decía Henry engolando la voz e inflando el pecho mientras lanzaba miradas desaprensivas sobre su concuñado musulmán.

Presentación Adelaida, la que siempre sonríe en alto, sale en defensa de su esposo con su particular alegría despechada:

Mira tú el sabueso este de los banqueros, que no sabe controlar la úlcera de su mediocridad, y quiere en-mendar el mundo matando moscas.

¡Qué descerebrado estás tú hoy, Henry! Ni que fueses secretario de aquel rey español, Felipe, ¿no se llamaba así?, que desalojó el país de moriscos y judíos. ¿Y cuál sería entonces nuestra religión, la de Thomas o la tuya? —le respondió con no menos guasa e intención de ridiculizarlo Gertrudis, la de acerado temple. Thomas, el esposo de Georgina de Luna, es alemán y protestante, un abogado que profesa la equidistancia con los asuntos de la familia y la mesura en sus creencias, dijo que:

Una idea tan descabellada, afortunadamente, solo hay un modo seguro de exponerla, y es en una reunión como esta, en la que todo el que te oiga dirá para sí que no sabe de lo que hablas. Por lo que no saldrá de este círculo ni te perjudicará en nada. ¿Puedes estar tranquilo y continuar con tus barrabasadas, querido Henry?

Cyprian no quiso darse por aludido ante una opinión de radicales consecuencias y se limitó a hacerle un aspa-viento con la mano a Henry. Es un hombre de los que llamamos apolítico y comprende que ese terreno mientras más lo aleje de su órbita personal más tranquilo vive su corazón; así es Cyprian Ekwensi, el antiguo corredor de fondo.

¿No está tu marido esta noche más antipático que nunca? —le preguntó Joao Silvestre a Blanca Remedios en un momento que se encontraron a solas en la cocina.

Es que lo tengo puesto entre su podredumbre y la pared y no se soporta. Quiero volver a ser madre y él se opone tajantemente tras decir eso, ella encajó la puerta y lo encaró con la sonrisa cómplice que él le conoce bien—. Así que igual tendré que pedírtelo a ti le besó la mejilla con los labios abiertos, humedecidos, y lo miró con hondura provocativa.

Él pronunció, conteniendo la voz, el diminutivo de su nombre…

La historia continúa

“Bula de difuntos”, de Juan Ignacio Villarías, en Ediciones Atlantis

“Bula de difuntos”, de Juan Ignacio Villarías, en Ediciones Atlantis

Aquí comienza la historia…

El encomenzamiento

No lleva ni un mes instalado Juvenal Acebedo en su nueva casa, más que casa, a saber qué nombre común habrá que aplicar al espacio que queda comprendido entre los cuatro muros exteriores y que le sirve de morada. La palabra más extendida y vulgar, casa, se le queda corta para sus pretensiones, y mucho más si se tiene en cuenta su etimología latina, pues en aquel idioma, en buena o en mala hora desaparecido, casa significaba choza o cosa por el estilo, nada que ver con el caso presente. Mansión ya está algo mejor, si bien esa palabra no necesariamente incluye la significación de fastuosa. O sí, que con estos nuevos académicos de la lengua, ya ni se sabe. Morada es el lugar donde se mora, lo cual al fin y al cabo nada viene a poner en claro. Palacio en cambio resultaría demasiado, tampoco es para tanto. Palacio es el del rey, y también el de otros destacados personajes, mucho más de cualquier forma que el caso presente. Quinta llaman a una casa de recreo en el campo, o quintana, que viene a ser lo mismo, a ésta no hay más que verla para darse cuenta de que tampoco es el caso. Lo mismo se podría decir de una villa, igual definición más o menos, o de una torre, como suelen llamar en esta comarca a las casas independientes y aisladas aun cuando no sean más altas que anchas. Habitación es lugar en que se habita; residencia, allí donde se reside, si bien este último término incluye la acepción de casa grande y suntuosa, lo cual sí sería de aplicación al caso. Casa solariega sería si hubiera pertenecido a sus antepasados, mas lo cierto es que se trata de una propiedad de reciente adquisición. Palacete tiene su nuevo propietario entendido que lo llamaban propios y extraños, y no le parece inadecuada tal denominación, aun cuando ese sustantivo se aplica con propiedad a casas de recreo, y no a las que sirven de residencia habitual como es el caso al menos a partir de ahora. Al cabo, aun ante tan amplia sinonimia, o precisamente por esa causa, no acierta a dar su dueño actual con la denominación que con exactitud le cuadre a esta su casa presente, de donde se infiere que la abundancia de sinónimos, en vez de constituir riqueza léxica, a veces degenera en todo lo contrario, pobreza e imprecisión. Casa es como la llamaría cualquiera, el nombre más vulgar o más sencillo. ¿La sencillez es vulgar, o es que la vulgaridad es sencilla? A cualquiera que se lo pregunten dirá que ni una cosa ni otra, pero Juvenal no se muestra del todo conforme con las corrientes estéticas de la actualidad.

En tales casos, acierta a cavilar al fin, a una de estas casas tan espléndidas se le suele poner un nombre propio, generalmente femenino, Villa Fulanita, si bien no siempre. Cuando se case, algún día, puestos en la contingencia, ya se considerará la posibilidad de nominarla de conveniente manera, adecuada a las situaciones contingentes en lo por venir.

Las circunstancias tocantes a la vida y milagros de los antiguos propietarios ha preferido él ignorarlas adrede, allá películas. A saber qué habrá pensado a ese mismo respecto, será que se quiere hacer la ilusión de haber sido el primer y único propietario y residente del palacete, vamos a llamarle así, y si no se conoce residente anterior, es como si no le hubiera habido nunca, pues lo acontecido en un lugar antes de que uno llegue y se acomode en ese mismo lugar, es como si no hubiera pasado, sobre todo si no se sabe lo que pasó.

Así que, cuando acudió al agente de la propiedad inmobiliaria, o éste a él, no preguntó nada Juvenal acerca de lo que saber no le interesaba, sino que tan sólo atendió a lo tocante a las características de la finca urbana en venta, a su situación, metros cuadrados habitables, estado de conservación del edificio, y, lo que es más importante, el precio, tan favorable para el comprador que hasta llegó a entrar en recelo. ¿Por este precio esta magnífica casa, poco menos que un palacio? Pero a tocateja, eso sí, y sin dilaciones, o lo tomas ya, o lo dejas para siempre, así mismo se lo vinieron a proponer, pues por lo visto no era él el único que aspiraba a devenir en propietario de tan excelente mansión, o por lo menos eso es lo que le quisieron dar a entender, no se sabe si con buen fundamento, o tan sólo por tratar de forzar la situación, tal como suelen hacer algunos vendedores ladinos. De lo contrario, cabría pensar que, cuando nadie hasta el momento la ha querido ni siquiera a precio tan conveniente, por algo tendría que ser. Pero por más que trataba de buscarle pegas, no conseguía encontrarlas; claro que él tampoco es ningún aparejador, ni se las da de entendido en la materia, pero del más atento examen de visu se deducía que no se trata de ningún vetusto caserón, sino más bien de una casa razonablemente moderna y con todos sus elementos materiales en regla, para eso no hace falta ser arquitecto ni ingeniero de caminos. O así al menos es como lo consideró, de lo cual ahora muy mucho se complace.

Continua este relato

CRÓNICAS DE ILIA (Los ojos de los Dioses), de Cristina Salas Rojo en Ediciones Atlantis

 

CRÓNICAS DE ILIA (Los ojos de los Dioses), de Cristina Salas Rojo en Ediciones Atlantis

Comienza aquí la aventura…

Victoria

La sangre bañaba la hierba a la luz de Rha, el astro diurno, secándose. Cadáveres y armas des-cansaban sobre el lecho verde, manchando lo que antes era inmaculado. El paisaje era desolador: aquellas colinas antaño sagradas habían sido el escenario de una dura batalla. Aún se oían respiraciones agitadas de aquellos que se resistían a cruzar el umbral de la muerte. La lucha ni siquiera había durado un día; había sido rápida, encarnizada, despia-dada. Los supervivientes hablarían de ella durante muchos años.

Por muy cansada que estuviera, Lun no rehuía ante la responsabilidad de recoger los cuerpos de los caídos. Tenía el brazo izquierdo vendado, herido por un tajo que le habían lanzado en mitad de la batalla. Medio segundo más en reaccio-nar y habría perdido la extremidad; por suerte, la herida era de fácil recuperación. Su amiga Qüen, la maga, le curaría en un pestañeo y hasta entonces la improvisada venda serviría. Rha empezó a descender, llevándose la luz consigo, mientras Lun ayudaba a transportar cuerpos inertes hacia los carromatos.

  • Lun, márchate de aquí. Estás muy cansada y estorbas más que ayudas. Ve a que te curen.

Lun resopló, apoyándose durante un breve momento en el carromato. Su capitán tenía razón y la mayor parte del tra-bajo estaba hecho. Se dio la vuelta y comenzó a andar hacia el campamento, donde ya estaba la mayoría de las tropas.

Muchos habían caído en aquella lucha. Mientras Lun caminaba sin poder evitarlo sobre las oscuras manchas de sangre, agradecía no encontrarse entre los caídos. La pelirroja miró al suelo al oír un débil mugido: un hombre con cabeza de toro y garras de tigre respiraba con dificultad. Su pecho estaba desgarrado; no tardaría mucho en morir, pero de igual manera Lun desenvainó su daga del muslo y le remató. La pobre criatura ya había sufrido bastante.

Llegó al campamento y fue a la tienda de curación, pero ni siquiera entró. Había muchos heridos y Qüen y las hadas, que eran las únicas que podían usar la magia, debían centrarse en los que estaban en peligro, y ese no era su caso. Observó a su amiga, que estaba concentrada en el vientre de una mujer, entonando un mágico canto de curación y expandiendo ungüento de mumu, una fruta con grandes propiedades curativas, sobre la herida. Incluso desde la entrada de la tienda podía ver el sudor correr por su frente, e intuía el cansancio en cada músculo de su cuerpo. Sonrió, orgullosa del gran trabajo que Qüen hacía. Con un suspiro, se separó de la entrada de la tienda y dio unas vueltas por el campamento, inspeccionándolo con la mirada. Muchos estaban de celebración, abriendo barriles de cerveza y gritando en honor a Ilia, su Reino. Algunos compañeros animaron a Lun a unirse pero ella declinó las invitaciones. Aunque se venza, tras una batalla tan sangrienta no hay mucho que festejar, y no sólo sus enemigos habían caído; también muchos de sus compa-ñeros habían abandonado la vida en aquellas colinas.

Se aproximó a la linde del Bosque de Wur, junto al que habían establecido el campamento. Sentada bajo un árbol retiró la venda para examinar su brazo: no tenía buen aspecto, pero al menos había dejado de sangrar. Lo volvió a cubrir y observó las luces del campamento. Oía vítores y jaleo jocoso. Negó con la cabeza; la frivolidad de su raza le entristecía y frustraba.

Sigue aquí

“COMIENZOS”… de Rebeca Rodríguez del Valle, publicado por Ediciones Atlantis

“COMIENZOS”… de Rebeca Rodríguez del Valle, publicado por Ediciones Atlantis

Cuando mi padre mató a mi madre

Una oportunidad para la transformación—

Éste es el inicio del relato…

1. EL DIA QUE NUNCA PARECÍA ESCRIBIRSE

Estoy nerviosa y confundida. Son minutos lentos y el tiempo se fuga por debajo de las ruedas del coche camino a donde nunca pensé que llegaría.

El corazón late tan fuerte que puedo escucharlo entre el tráfico.

Mi cara se refleja desencajada, fría y pálida en la ventanilla del coche. ¿Qué estoy haciendo? Aún puedo dar la vuelta y seguir mi vida como antes. No, no…tengo que hacerlo, algo me dice que tengo que hacerlo.

No pienses, no pienses, siente, siente, siente… ¿Qué sientes? Puf, de todo.

Me inunda la alegría y la ilusión junto con el miedo a verle. Han pasado diez años y me tiemblan hasta los párpados.

Levanto mi cabeza por encima del salpicadero y la vista es realmente hermosa. El cielo está azul y un par de nubes rozan las alas de un grupo de pájaros grandes y preciosos que invitan a coger una gran bocanada de aire y soltarlo hasta perder la noción de todo aquello que dejas atrás. Un paisaje impresionante que acoge tu cuerpo para elevarte por encima de cualquier emoción dejando solo el rastro de la serenidad y la confianza.

Siento la vida en un instante justo para convencerme de que estoy haciendo lo correcto y que no estoy sola. Todo está conmigo: Las aves, el cielo, las nubes, el horizonte, el aire, el amor; Todo está acompañándome.

Puedo ver cada vez más cerca el cartel de la carretera indicando la entrada a Salamanca de manera más tranquila, sin miedo ni dudas y sintiendo un amor profundo donde la mente está clara y segura de todo.

Al entrar en la ciudad reconozco lugares que compartí con algún ex novio. ¡Se ve tan raro ahora! Esos lugares que en su día fueron tan importantes y que ahora los contemplo con ojos de turista y no de enamorada. No me había dado cuenta de tantos detalles en esos edificios de piedra levantados con tanta belleza y rodeados de jardines con flores de mil colores diferentes que abrazan a quien las observa.

La voz de mi compañero detiene ese viaje por el presente para traerme de vuelta a otra realidad temporal. Le miro perdida en todo mientras agarra mi mano con la fuerza del cariño.

Observo una pequeña y vieja iglesia desde el aparcamiento en un barrio pobre de ropa tendida en la ventana y manchas de grafiti por alguna que otra pared. Un escalofrío me recorre el cuerpo con extraña preocupación por ese entorno.

Bajamos del coche y nos dirigimos hacia la iglesia; Mareada de nuevo por los nervios agarro aún más fuerte la mano de Alberto para no caerme en la calle. Las piernas me flaquean y tengo la tentación de salir corriendo y volver con las nubes y los pájaros.

Continúa

“DELIRIUM. LOS DISCÍPULOS DE EXUS”, de Joan Vallverdú Guillén

“DELIRIUM. LOS DISCÍPULOS DE EXUS”, de Joan Vallverdú Guillén, publicada por Ediciones Atlantis

El comienzo del relato es el siguiente:

CAPITULO I. LA VIEJA SERPIENTE

Quince años después…

El vehículo circulaba con mucha precaución por la vieja carretera N—20972 que, durante tantos años, había sido utilizada por miles de personas para los desplazamientos hacia el norte de la provincia de Lleida. Una vía que contaba con las zonas montañosas más bellas de España, además de convertirse en paso obligado para los vehículos que querían desplazarse hacia Francia o Andorra.

Poblaciones con un atractivo especial como Pont de Suert, Oliana, Tremp, La Seu D’urgell… y tantas otras, sin olvidar la belleza y la magia de la Vall D’aran y la autenticidad de sus gentes, hacían de esta provincia una experiencia única, en especial para los turistas que buscaban la paz que ofrecía aquellos parajes o bien para jóvenes aventureros que buscaban vivir grandes experiencias. Sin duda, una zona interesante por descubrir.

Pero desde que construyeron la nueva autovía, apenas una docena de vehículos al día se desplazaban por ella, de las cuales, la mayoría eran lugareños que iban hacia sus casas ocultas entre montañas. Los fines de semana podían llegar a la centena los que transitaban por la “vieja serpiente”, tal como se le conocía a esta carretera, sobretodo utilizada por cazadores y buscadores de setas.

Es increíble lo rápido que se deterioran las cosas cuando el hombre deja de usarlas.

Antiguamente, esta carretera parecía tener alma propia, el incesante ir y venir de las familias en sus vehículos, ruidos de cláxones, restaurantes repletos de turistas hambrientos esperando probar la anunciada y valorada como “la mejor carne de la zona”, autos aparcados en cualquier recoveco libre con los intermitentes puestos mientras el hijo vomitaba la “mejor carne de la zona”, acurrucado entre los brazos de su madre mientras el padre maldecía entre dientes “vamos cariño, ya verás qué bien lo vamos a pasar en la montaña”…

Era tradicional la parada en el camino de regreso a casa en una de las muchas fuentes naturales que había a pie de carretera. Veías una cola de personas llenando numerosas garrafas de plástico del agua procedente del interior de la montaña para luego beberla en sus pisos de la capital. Muchas de estas personas estaban convencidas de que esa agua les sanaría de cualquier enfermedad que contrajeran.

Excursionistas que por un día habían cambiado sus trajes elegantes y sus portátiles por cómodas camisetas y unos pantalones cortos que dejaban ver unas piernas completamente pálidas y zapatillas de deporte. Eso sí, todo de marca… y los portátiles en el maletero, por si acaso…aunque cuando llegaban a estos parajes se encontraban con que la tecnología iba un par de siglos por detrás de la capital, pues los veías “sudando la gota gorda” buscando un punto donde hubiera cobertura, simplemente, para poder llamar por el inalámbrico.

Por no hablar del tráfico de los camiones o vehículos lentos, cuando hacías kilómetros enteros a una desesperante velocidad, sin la mínima posibilidad de adelantarlos, a no ser que el chófer decidiera que era la hora de descansar o de comer o de hacer otras necesidades más íntimas.

Entonces te imaginabas al chófer, moreno por tantas horas al volante, serio, mirando por el retrovisor y enseñando una media sonrisa sarcástica que parecía estar diciendo entre dientes “joderos, haberos quedado en vuestras casas” mientras se hurgaba los dientes con un palillo deformado por el uso.

Cuando te encontrabas detrás de uno de ellos se hacía interminable los viajes hasta aquellos parajes tan alejados de la “civilización”.

Ahora, sin embargo, todo parecía tan distinto… la mayoría de restaurantes aparecían abandonados, muchos de ellos, víctimas de pintadas realizadas por muchachos que solían pasar el fin de semana por aquellos lugares, si no es que les daba por incendiarlos, como el último establecimiento que cayó entre las garras de estas “cosmopolitas” criaturas.

Cinco de las ocho estaciones de servicio también habían corrido la misma suerte y de las tres que todavía permanecían en pie, dos estaban condenadas a desaparecer a corto plazo.

Ahora, ya no habían niños vomitando en los rincones de los espacios habilitados para dejar los vehículos, ni gente riendo y cantando mientras recogían el agua milagrosa de las fuentes… nada… ¡Hasta se encuentran a faltar los camiones!… que eternizaban los más de setenta kilómetros de la antigua serpiente.

Incluso los dos únicos pueblos que había en toda la carretera hasta llegar a la capital comarcal también se habían ido despoblando lentamente. Antes estaban llenos de vida, incluso había habido un par de pensiones donde los turistas solían alojarse para pasar unas merecidas vacaciones…pero ahora, con esta soledad…nadie se quedaba por allí.

 

 

Sigue aquí esta impactante historia.

“El éxodo de una estirpe”, de A. L. Egea Torregrosa

“El éxodo de una estirpe”, de A. L. Egea Torregrosa, publicada por Ediciones Atlantis

He aquí el comienzo de esta novela histórica:

 

 

PRÓLOGO

Un Viaje Por El Tiempo—

TIERRA SANTA

JERUSALEN – AÑO 1192 DE NUESTRA ERA

André de Bisson es despertado por unas voces en el exterior del cuarto donde se encuentra descansando, tras una turbulenta noche de mujeres y vino, en la que estuvo desfogando su espíritu de avezado guerrero junto a otros caballeros cruzados.

Hacía ya casi un año que Jerusalén había sido arrebatada a los musulmanes después de cuatro años de asedio, donde las fuertes murallas que rodean la ciudad, las cuales fueron construidas por ellos mismos antes de ser entregada a Saladino, se les habían resistido.

Sin duda las levantaron a conciencia. De cualquier forma: acostumbrado a la batalla, el hastío empezaba a manifestarse. Él era un hombre de acción, por eso lo dejó todo en Francia para ir a luchar a Tierra Santa siguiendo a su rey Felipe Augusto, que junto a Ricardo Corazón de León estaban liderando la tercera cruzada. Pronto volvería a su tierra, aquella aventura para él estaba tocando a su fin. Tras cinco años de lucha en este inhóspito país, creía haber cumplido ya con su Rey, su nación y por supuesto… con Dios.

Otra vez los malditos gritos. La cabeza parece querer estallarle. Desenvainando la pesada espada con su mano derecha, sale de repente abriendo la puerta de golpe.

―¿¿Qué demonios pasa??… ¿¿Por qué gritáis así??

Luc, su fiel escudero, plantado ante la entrada del cuarto sujeta a un individuo de aspecto humilde y mirada huidiza que parece ser un criado.

―Perdóname señor, pero trato de explicarle a este hombre la conveniencia de no molestarte, si quiere seguir manteniendo su cabeza unida a los hombros ―contesta su sirviente volviéndose hacia él.

―¿¿Tú quién eres que te atreves a interrumpir mi descanso?? ―escupe las palabras el de Bisson mirando fijamente al intruso.

―Te pido perdón mi señor, pero es necesario que me escuches. Traigo un mensaje de un buen amigo tuyo que necesita verte con urgencia —dice rápidamente el hombre un tanto cohibido.

―Habla rápido, ¿de qué se trata?

―Mi señor, el caballero Hugo de Montidier desea hablar contigo cuanto antes. El asunto según me dijo es muy importante.

―¡Pero si es así!… ¿por qué no ha acudido él personalmente a verme?

―Señor, la desgracia se ha cebado con él, su fin está muy próximo y, antes de reunirse con el creador, debe confiarte algo de mucha transcendencia.

―¿Qué desgracia es esa que le impide venir hasta aquí si el asunto es tan significativo?

―¡Lepra mi señor! ―contesta el hombre santiguándose con mano temblorosa.

Acababan de dejar atrás la protección de las murallas tras salir por la puerta norte, en dirección al caserío habilitado para albergar a los que contraían la nefasta enfermedad, y de la que no se conocía que existiese cura. La única solución era aislarlos en aquel infesto lugar envueltos en harapos, con el único propósito de mantener sujetas el máximo tiempo posible las carnes a su abyecto cuerpo. Sin duda era un vano intento cuando entraban en putrefacción, ya que estas tenían tendencia a desprenderse conforme el mal avanzaba.

André, montado sobre el caballo de guerra, sujeta firmemente las riendas sin perder de vista el horizonte. A pesar de que el hospital de los leprosos (o lazareto como también lo llaman) queda muy cerca, él no descarta volver sobre su grupo al menor indicio de ver acercarse hacia ellos perros herejes. Muchos infieles, tras la reconquista de esas tierras por parte de los cristianos, después de ser derrotados quedaron desperdigados dedicándose al pillaje. No les teme, pero su cuerpo no está en condiciones de hacerles frente. La noche anterior había sido muy agitada. Más bien delirante.

Luc, el escudero, le precede en su pequeño corcel. El harapiento sirviente enviado por el caballero Hugo de Montidier camina tras ellos, tal como había llegado a la ciudad por orden de su señor.

Lepra…, qué mala fortuna.

¿Cómo un hombre que había llegado hasta aquel lejano lugar a derramar su sangre para tan noble misión, podía recibir ese miserable castigo a cambio?

No entendía por qué Dios permitía que aconteciesen ciertas cosas. Pero en fin: él no era quién para juzgar sus designios.

El calor estaba siendo insoportable y la terrible resaca más.

Luc, dame agua ―le dice a su escudero.

Parece que hoy tienes mucha sed mi señor.

―¡Ya conoces la causa miserable espantajo! Llevas mucho tiempo junto a mí y por eso te permito ciertas licencias, pero no te confíes, en cualquier momento te puedo rebanar el pescuezo para borrarte esa estúpida sonrisa.

El escudero, riendo maliciosamente entre dientes, le da el odre de agua que lleva colgado a su espalda, al mismo tiempo que le dice:

―Creo que ya hemos llegado a nuestro destino.

A un centenar de metros, vislumbran una gran casa de ladrillo y argamasa de dos alturas, construida posiblemente mucho tiempo atrás por algún potentado granjero. Con seguridad tuvo que ser abandonada ante el empuje enemigo en la anterior cruzada. Un pequeño terreno circunda la edificación, quedando delimitada por postes con travesaños de madera bastante desvencijados, que hacen las veces de vallado para aislarla del exterior. Al quedar marcados sus límites, parece avisar que por allí no es conveniente andar muy cerca. De todas formas el lugar es ya muy conocido por todos, incluso por los musulmanes errantes. Desde luego en un ancho perímetro nadie se atreve a acercarse, a no ser que sea por algún importante motivo.

Todo está muy oscuro, y el lugar pestilente y sucio. Aquello parece la antecámara del infierno. Sin duda no es el mejor sitio para dar hospitalidad a un enfermo, a no ser que se quiera acelerar su muerte, aunque quizás eso fuese lo más piadoso dadas las circunstancias.

―Por aquí mi señor…, seguidme ―oye decir al sirviente.

Al entrar en una gran sala de escasas y pequeñas ventanas, varios infectados permanecen desperdigados sobre jergones oscurecidos y malolientes. Desde un apartado rincón se oye una quejumbrosa y desconocida voz:

Has… venido… querido amigo. No temas… puedes acercarte, para contagiarte… tendrías que estar mucho tiempo entre nosotros y no creo…, no creo que sean esas… tus intenciones.

El fiel sirviente con un ademán de la mano les invita a que se aproximen.

El estupor le deja sin habla. ¿Qué había sido del fuerte guerrero?

Aquel despojo de huesos, con la cabeza cubierta por una mugrienta tela, solo deja al descubierto su ojo derecho, donde un febril brillo delata la espantosa degeneración que está sufriendo.

Sin duda, Dios no se dejaba ver por allí, de haberlo hecho se habría ido espantado.

―¿Eres?…, ¿eres tú?…, ¿Hugo de Montidier? ―le pregunta al moribundo.

―Sí, amigo mío…, o mejor lo que queda de él.

―Te juro que te hacía de regreso en Francia.

―Yo…, ya no volveré a ver nuestros hermosos campos y bellas mujeres, pero tú sí, por eso te he hecho venir…, créeme si no fuese muy importante no hubiese mandado buscarte para que cabalgaras hasta…, hasta este apestoso lugar.

Un fuerte golpe de tos le provoca de pronto unos repugnantes esputos.

Maldita sea ―piensa el caballero de Bisson―, mi estómago está a punto de jugarme una mala pasada, las náuseas están queriendo apoderarse de mí. Debo intentar por todos los medios contenerme. Sería una falta de respeto. Aunque bien mirado, según podía observar, el suyo no hubiese sido el único vómito.

Se sentía incapaz de adivinar qué diablos les daban como sostén a esos desgraciados, desde luego las inmundicias que se veían en derredor resultaban asquerosas, y el penetrante olor insoportable.

―Lo siento… amigo…, lo siento mucho ―le vuelve a hablar Hugo entre jadeos.

―No te preocupes, entiendo que no podrás evitarlo. ¿Qué es eso que tenías que compartir conmigo?

―Bueno…, no voy a alargarme mucho en explicaciones…, espero que lo comprendas.

―Sí, sí, por supuesto.

―Cuando llegamos aquí…, recuerda que al poco tiempo me enrolé en el ejercito al mando de…, de aquel Duque inglés para luchar en extramuros.

―Lo recuerdo perfectamente, fue cuando te perdí la pista.

―Combatimos junto a un numeroso contingente de templarios, donde pude hacer buena amistad con uno de ellos… el cual me confesó que era poseedor de unos enigmáticos rollos encontrados… dentro de una gran ánfora aquí, en Tierra Santa. En el interior de la ciudad de Jerusalén, este monje guerrero quiso el destino que intimase con una familia de buenos cristianos…, que poco tiempo atrás habían localizado con motivo de unas obras en su casa, junto a un pozo en el patio de la misma, esta ánfora…, que por la forma en que estaba enterrada, después de tanto tiempo a ellos les parecía imposible que estuviese en tan buen estado. Los buenos vecinos no dominaban el arte de leer y, viendo que las hordas de Saladino podrían entrar en la ciudad en cualquier momento, decidieron que el caballero templario sería el mejor protector de aquellos escritos. Los cuales… intuían que podían ser de gran importancia, por la forma en que habían querido preservarlos quienes allí los escondieron. El caballero de inmediato sintió… que Dios le había guiado hasta allí para ser custodio de aquel tesoro.

En ese momento, Hugo de Montidier se encoge a la vez que sujeta su estómago tosiendo aparatosamente. André de Bisson guarda silencio observando con tristeza al que había sido su compañero de armas, esperando a que se le pase el violento ataque que le había obligado a interrumpir su relato.

Una vez recuperado el de Montidier prosigue:

―Tras caer herido de muerte en la batalla…, y no…, y no pudiendo confiar en nadie, pues todos sus compañeros de la orden ya habían desaparecido en el fragor de la lucha…, me hizo jurar que yo los haría llegar a Francia para depositarlos en una encomienda…, como habrás podido adivinar, me parece que va a ser imposible que pueda cumplir con el juramento hecho al monje moribundo.

―¿Y qué deseas que haga yo? ―le pregunta el caballero de Bisson tras escucharle atentamente.

―Querido amigo, bastantes cosas me llevo dentro de mí al otro lado como… como para irme cargado con esto también.

El de Montidier señala una abultada alforja de cuero firmemente cerrada por fuertes correas.

―Es muy… importante que me jures… amigo mío, que tú cumplirás por mí esta misión. Confío en ti… buen amigo… confío en ti.

Venciendo sus náuseas, André de Bisson esboza una sonrisa piadosa. Cogiéndole la temblorosa mano le confirma su compromiso, jurándole que protegerá con su propia vida aquella bolsa con tan enigmático contenido. La llevaría consigo a Francia para depositarla en una encomienda del temple.

Una vez fuera de aquella morada de inhóspito horror, tras el juramento de cumplir fielmente con la última voluntad del leproso, subido en su caballo, camarada fiel de numerosas batallas y, acompañado por Luc, el buen escudero con quien tantas aventuras había compartido, se disponen a recorrer el camino de vuelta hacia las murallas de la ciudad. En lo alto de su grupa lleva fuertemente sujeta la alforja, de la que ya no se separaría hasta llegar a Francia. Allí, en aquel repugnante e indigno lugar de sufrimiento, quedaba Hugo de Montidier, agonizando entre vómitos y estertores. No… ese no era el mejor final para un caballero cruzado.

André de Bisson, con la mirada al frente, las riendas del corcel firmemente sujetas por sus encallecidas y fuertes manos de guerrero, a la vez que inspira profundamente completamente consternado, le pide al cielo que tenga piedad del alma de su buen amigo Hugo de Montidier y de la de todos aquellos que como él están ya en el infierno sin haber abandonado aún este mundo.

Sigue esta apasionante historia

“Destino”, de Jessica Castro Martínez, publicado en Ediciones Atlantis

“Destino”, de Jessica Castro Martínez, publicado en Ediciones Atlantis

Puedes comenzar a leer este relato:

—Como mucho te doy un año —fueron las duras palabras del doctor Gutiérrez, mientras miraba fijamente los resultados de mis últimas pruebas—. Lo lamento muchísimo, señorita Aguirre —me dedicó una corta mirada que, realmente, expresaba pena—. Es usted una chica muy joven

No se preocupe —le interrumpí, porque no quería escuchar las lamentaciones de un hombre al que solo conocía de unas pocas consultas médicas—. Sabré aceptarlo —mentí, mostrándole una sonrisa fingida, mientras me ponía en pie y me dirigía hacia la puerta de la consulta.

Señorita Aguirre —me detuve frente a la puerta y le miré un instante—. Podría mandarla al hospital para…

No voy a pasarme los últimos meses de mi vida ingresada en el hospital mientras los médicos investigan la enfermedad conmigo.

Salí de la consulta y al cerrar la puerta me sentí muy mal por la forma en la que le había hablado, como si él tuviera la culpa de que me estuviera muriendo. Cerré los ojos, suspiré y comencé a caminar hacia la salida. No vivía muy lejos de allí, así que fui dando un lento paseo, sin ningunas ganas de llegar a casa. No podía dejar de pensar en todo lo que me esperaba hasta el último día de mi vida. Fuertes dolores, mareos, vómitos, tristeza, vacío, soledad y un día mi respiración comenzaría a fallar. Parecía un camino duro y tormentoso, en el que más de un día desearía, suplicaría, que todo terminase de una vez.

Recordaba todos aquellos planes con los que soñé para mi futuro perfecto y no aparecía semejante pesadilla. Había dejado tantas cosas por hacer, pensando que tenía todo el tiempo del mundo, que me sentía decepcionada y perdida. Miré hacia atrás, recordando mi pasado y me di cuenta de que había malgastado mi vida. Como mucho me quedaba un año, ese era mi tiempo límite y sin embargo, quería hacer tantas cosas, que esos doce meses me parecían muy poco.

Sin darme cuenta, mis ojos comenzaron a derramar silenciosas lágrimas, debido a todo lo que no iba a tener y que tanto deseaba. Quería conocer a mi príncipe azul, quería ser muy feliz con él, que me pidiera matrimonio y celebrar una bonita boda. Disfrutaríamos de una increíble luna de miel y me quedaría embarazada de nuestro primer bebé. Seríamos muy felices los tres y adoptaríamos a un cariñoso perro. Después tendría a nuestro segundo bebé y ya tendríamos la familia al completo. Los cuidaría y los vería crecer día a día. Su primer amor, su graduación, su primer día de universidad, su primer trabajo, su boda y sus hijos. Entonces sería una abuelita y disfrutaría mimando a mis nietos. Moriría habiendo sido muy feliz y disfrutando de una vida plena. Pero nada de eso iba a pasar.

El móvil comenzó a sonar insistentemente, haciéndome volver a la realidad, dejando mis pensamientos a un lado. Lo saqué del bolsillo derecho del pantalón vaquero y vi la palabra “mamá” en la pantalla. Me quedé un instante observando cómo parpadeaba, sin atreverme a descolgar. Sabía lo que quería y no podía hablar de aquel asunto por teléfono, en mitad de la calle.

Al llegar a casa vi que tenía varios mensajes en el contestador, dos eran de mi madre, la pobre mujer sabía que me daban los resultados de mis últimas pruebas y estaba muy preocupada por saber cómo habían salido. Un tercer mensaje pertenecía a una antigua amiga con la que fui al bachillerato nocturno, donde nos conocimos y nos hicimos muy buenas amigas. En el mensaje me pedía que le devolviera la llamada, ya que quería que nos viésemos para tomar algo y hablar. Me hizo mucha ilusión escuchar su proposición, porque parecía que lo de mi enfermedad no era real. Pero en esos momentos no tenía ganas de llamar a nadie y mucho menos de ver en persona.

El cuarto y último mensaje de voz era de mi cuñada, que me proponía quedar para comer fuera. Sin darme cuenta, me salió una sonrisilla inocente, ya que siempre me gustó salir a comer o a cenar fuera de casa. Pero no tenía ganas de hablar, era como si me hubiera quedado muda y aunque quisiera, las palabras no salían de mi boca.

Borré los mensajes del contestador, subí al primer piso, entré en mi habitación y me dejé caer sobre la cama. Cerré los ojos y permití salir a las lágrimas en silencio, deslizándose por mis mejillas. La tristeza que me invadía por dentro, también lo hacía por fuera.

El sonido del timbre me despertó y fue cuando me di cuenta de que me había quedado completamente dormida. Me levanté de la cama, con la sensación de que todo había sido una pesadilla y que en realidad estaba bien. Pero cuando abrí la puerta y vi el preocupado rostro de mi madre, supe que todo había sido de verdad. Me estaba muriendo y mi tiempo tan solo era de un año de vida.

¿Por qué has tardado tanto? —preguntó medio enfadada, con una pequeña sonrisa—. Menos mal que un vecino me abrió el patio, sino te fundo el telefonillo.

Hola mamá —la saludé, ignorando su protesta, mientras me frotaba los ojos con las dos manos, ya que los tenía llenos de legañas y los notaba algo hinchados, seguramente de haber estado llorando—. Perdona, estaba durmiendo.

¿No has ido al médico?

Aquella pregunta hizo que me despertara por completo, provocando que recordara el momento en el que el médico me dio la mala noticia.

Asentí con la cabeza.

Al volver me eché y me quedé dormida —le expliqué.

Normal, no estás acostumbrada a madrugar —bromeó—. ¿Y qué te ha dicho el médico? ¿Cómo han salido los resultados?

Me fijé en su preocupado rostro, esperando con cierto nerviosismo mi respuesta. Podía ver las lágrimas acumulándose en sus ojos, como si algo en mí la hubiera alertado y entonces le mostré una gran sonrisa.

Todo está bien, mamá. No tengo nada —mentí.

Al ver la gran alegría en su rostro, supe que estaba haciendo lo correcto, porque ¿cómo se le dice a una madre, que su hija va a morir tan joven? No sabía cómo contarle que solo nos quedaba un año para estar juntas y no quería que se pasara los días llorando o rezando por un milagro que jamás ocurriría. No quería compartir mi sufrimiento y no quería verla triste ni un solo día.

Me dio un fuerte abrazo, aliviada al creer que estaba muy sana y era tan grande su alegría, que quería que saliéramos toda la familia a comer para celebrarlo. No me apetecía nada, ya que en realidad sería como festejar que me estaba muriendo y que les había mentido. Pero no podía negarme, porque mi madre podía llegar a sospechar sobre mi estado de ánimo. Tras un buen susto, debía estar muy contenta y fingirlo no me costaba nada, aunque a veces se me olvidaba.

Mi madre se quedó en el salón llamando al resto de la familia por teléfono, para avisarles de que salíamos a comer fuera. Mientras, yo regresé a mi habitación para cambiarme de ropa. Ni siquiera estaba con el ánimo para arreglarme, acababa de saber que me estaba muriendo y todavía no me había dado tiempo a asimilarlo. Creí que podría dejar la noticia a un lado de mi mente y centrarme en pasar un buen rato con mi familia. Así que escogí un bonito vestido largo y negro, con un fino cinturón dorado y unos zapatos de tacón. Elegante y encima me favorecía la figura. No era una chica delgada precisamente, tenía unos pocos kilos de más y encima mis pechos eran grandes, pero sin exagerar. Además, como era bajita, parecía estar más gorda de lo que era y me costaba encontrar ropa que me favoreciera y que encima fuera de mi agrado. Pero aquel vestido era increíble, me hacía sentir muy elegante y atractiva. Podía ser un vestido para una celebración importante o de funeral y eso me gustaba.

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“Cosas de la vida”, de Mónica Gallego Hernando, publicado en Ediciones Atlantis

“Cosas de la vida”, de Mónica Gallego Hernando, publicado en Ediciones Atlantis

Puedes comenzar a leer este relato aquí:

Verónica se sentía sumamente cansada. Como todos los días, no hizo falta que sonara el despertador para indicarle que eran las ocho de la mañana. Llevaba desde las siete y veinte despierta. Con signos claros de cansancio reflejados en su cara se levantó de la cama. A tientas, sin encender la luz del dormitorio ni levantar la persiana empezó a vestirse. Su marido Rubén aún dormía a su lado. En un primer momento se arrepintió de no haberse puesto pantalones el día anterior. Era más fácil averiguar cuál era la parte de delante y cuál la de atrás. Bastaba con palpar la cremallera y listo. Pero no, el día anterior se había puesto la falda de picos gris y granate que tanto le gustaba. A tientas palpó las medias. Era difícil detectar si se las estaba poniendo correctamente. No quería revirarlas porque luego, una vez reviradas, era muy difícil conseguir ponerlas de nuevo rectas con lo que generalmente acababan en el cubo de la basura. Le hacían daño en la entrepierna. Parece que hubo suerte. Había conseguido ponérselas correctamente. No le molestaban. Estiró el brazo y con ayuda de las yemas de los dedos y del sentido del tacto terminó de vestirse. Antes de ponerse los botines se dirigió al cuarto de baño, se acicaló un poco y abrió con cuidado la puerta de la cocina. Como de costumbre, Niebla y Shita la recibieron con alegría. Unos pocos mimos bastaron para tranquilizarlos. Les puso a cada uno su collar, el rojo a Niebla y el azul a Shita. Casi antes de abrir por completo la puerta de la cocina salieron corriendo hacia la puerta de la calle y, aunque por el pasillo no ladraron, como acostumbraba a hacer Niebla antes de bajar a la calle, de alegría, empezó a ladrar nada más que abrió la puerta.

En la calle el viento era cortante y frío. Nubes blancas provenientes de la mar entraban por Bermeo a gran velocidad. Si los árboles azotaban sus ramas con fuerza, si la rendija de la ventana de la cocina propinaba el silbido característico de un viento de invierno, a pesar de estar ya en primavera, no era de extrañar que las nubes atravesaran el cielo a tal velocidad.

Quizás sea esta dura primavera que estamos teniendo la que provoque que mi mente no pueda estar despejada y que mis párpados pesen como si llevara un saco de piedras colgando de ellos”, pensó.

Lo cierto era que, hiciera o no hiciera sol, luciera o no luciera en el cielo, Verónica no podía abrir los ojos. La claridad le molestaba. El tiempo estaba loco. Se suponía que el verano llegaba poco antes de la noche de San Juan. Esa noche en que con la magia de las hogueras, con el ritual que año tras año se celebra con ellas, se intenta dar fuerza al sol para que siga luciendo durante el verano, el otoño o el invierno. Sin embargo algo mal hicieron el año pasado ya que el duro invierno se estaba llevando la primavera y quién sabe si el verano que estaba a la vuelta de la esquina sin haber podido aún guardar el abrigo, la bufanda y con nieve aún en las montañas.

Tras unos veinte minutos en la calle, ya en casa, desayunó su vaso de Nesquick con cereales, empezó a recoger la ropa seca que estaba colgada en el colgador del balcón del salón y seguido fue a limpiar el polvo de las habitaciones. Cada mañana intentaba no ponerse la bata de estar en casa ya que no podía evitar recordar las palabras que, días antes de su boda, en el curso prematrimonial obligatorio que todas las parejas deben pasar y aprobar, había pronunciado el matrimonio que se ofreció a hablar a las distintas parejas —futuros matrimonios— allí presentes. Según decía el marido, una mujer no debe estar nunca con la bata puesta en casa ya que el marido, con ella puesta, no la encuentra atractiva. Nunca le había preguntado a Rubén lo que él opinaba. Si le molestaba o no verla con ella puesta. Lo cierto era que, como bien decían ambos, en casa hacía más frío que en la calle. No sabían por qué. Si el frío del invierno se negaba a abandonar la casa o si ellos se estaban haciendo viejos, a pesar de tener tan solo treinta y cinco años. Algo imposible. Eran aún muy jóvenes. Verónica muchas veces pensaba que la estación meteorológica de la balda de al lado de su cama no debía funcionar correctamente ya que no podía marcar diecinueve grados y ella tiritar de frío como si no hiciera más de cinco.

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“Complicidades”, de Felipe Díaz Pardo, publicado por Ediciones Atlantis

“Complicidades”, de Felipe Díaz Pardo, publicado por Ediciones Atlantis

Este es el inicio del relato publicado por Ediciones Atlantis:

COMPLICIDAD

Otra vez, como cada día, me veía haciendo los cálculos temporales, rodeado de adormilados acompañantes. Llevaba un rato de pie, ante la puerta, pero no conseguía colocarme el primero. En esos momentos es cuando comprendo el empeño de los coches de carreras por hacerse con una buena posición en la rampa de salida. Pero yo nunca consigo alcanzar la pole position. Siempre empiezo la cuenta atrás al otear, desde lo alto, los edificios iluminados que rodean la estación y veo que, de nuevo, es inevitable el retraso. Aquella mañana, como casi siempre, eran ya y catorce y mi segundo tren salía a y diecisiete. Y para no variar, también tenía que soportar el monólogo insoportable del acompañante que esa mañana me había tocado al azar. Esta vez era el vecino del tercero, apoderado del Banco de Crédito Expansivo que, aunque tiene su hora de entrada a las ocho, hace méritos siempre que puede llegando a la sucursal unos minutos antes. Ese día estaba haciendo méritos, sin embargo, para que le perdiera de vista en cuanto pudiera, y la excusa de salir corriendo para alcanzar el andén del otro lado de la estación era la mejor que se me proporcionaba en esos momentos.

El tren empezó a remolonear, como es su costumbre, por la zona de los antiguos cuarteles, como si quisiera ponernos a prueba a los allí semidormidos todavía, todos de pie y silenciosos, esperando el pistoletazo de salida. Eran justo y diecisiete cuando hacíamos entrada en la estación, y justo enfrente también veía mi otro tren, con su locomotora apuntando hacia un punto que hacía imaginar el centro de la ciudad, el cual, sin ninguna piedad e inexorablemente, abría sus puertas para soltar y recoger remesas de viajeros.

Casi con sincronía acordada por ambas máquinas, mi vagón por fin se abrió también y emprendimos la feroz y despiadada carrera hacia las escaleras mecánicas. La sabiduría que da la rutina de tantos años me hace controlar cada milímetro del andén, así que sé ponerme en la puerta más cercana a la subida. Solo dos de mis contrincantes en la carrera se me adelantaron, pero tal contrariedad no interfirió en mi voluntad. Ayudaba al deslizamiento de los peldaños con un vertiginoso ascenso a pie por mi parte y pronto me vi en lo alto del puente que comunica todas las vías. Apenas dio tiempo a que mi corazón emitiera las pulsaciones aceleradas, convenientes en estos casos, cuando me vi volando por la otra escalera de bajada sin apenas mirar por donde pisaba. La experiencia me ha dotado también de los conocimientos necesarios para saber que cualquier milésima de segundo que pierda en preocuparme por la suerte de mis pisadas, o en comprobar que todavía la cartera va conmigo, es motivo suficiente para que el maquinista se burle de mí y me dé con la puerta en las narices en el momento justo de la llegada, ante la mirada impasible de unos vigilantes con chalecos reflectantes y espaldas voluminosas, que siempre suelen alegrarse de las desgracias de los demás.

Así que, fiel a ese saber adquirido con el paso de los años, el último pie que puse en el suelo antes de abandonar la superficie metálica que se movía como una lengua sin fin, me lanzó en un único y certero salto al interior de mi nuevo vagón. La satisfacción invadió entonces todo mi ser. La proeza me sirvió para no perder más tiempo de mi vida y no tener que recuperar unos minutos preciosos bajo la implacable mirada del reloj que nos persigue y vigila a cada uno de los pobres funcionarios.

No obstante, como igualmente suele pasarme muchas mañanas, ese primer momento de alivio se fue diluyendo al ver que el tren no iniciaba la marcha cuando debía y que mi vecino del Banco de Crédito Expansivo conseguía darme alcance, esta vez acompañado, tan tranquilamente, de otro amigo del barrio, empleado este también en el sector financiero, al que había encontrado en su trayecto, realizado, como ha quedado dicho, con menos angustia y más parsimonia que yo, hacia el vagón.

Resignado y desarmado de cualquier excusa, acepté tan grata compañía, a través de la cual conseguiría informarme, una vez más y con todo detalle, de la política de personal de ambas entidades bancarias, estrategia marcada, según ellos, por el menosprecio al indefenso trabajador. Nos adentramos entre los vericuetos colapsados de carteras y miembros humanos repartidos por el lugar hasta encontrar el sitio apropiado, compuesto por tres asientos vacíos, que servía de hueco perfecto para acoplar nuestros cuerpos y seguir con el castigo que ambos acompañantes me infligían. El cuarto lo ocupaba ella, a la que, con cortesía mecánica y aprendida como acto reflejo, saludé con toda la naturalidad de los conocidos.

En efecto, el convencimiento con que ambos nos saludamos dio por supuesto a todos los presentes, y a mí el primero, que nos conocíamos. Natural fue también que me mantuviera ajeno a su presencia mientras los dos bancarios requerían mi participación en la conversación. Sin embargo, las estaciones iban pasando. En la siguiente parada nos abandonó el amigo del barrio, también docto empleado de la competencia en el mundo de las finanzas, lo cual me llenó de una infinita alegría. Y me las prometía más felices todavía al saber que en la próxima iba a ser abandonado por el otro experto, servidor del Banco de Crédito Expansivo. Una vez desembarazado de la compañía de aquella pareja de siervos de la farándula monetaria, era poco tiempo ya, pues, el que me quedaba para intentar recordar aquella cara que nunca había visto y a la que con toda simpatía me había dirigido antes y con la que, incluso, había intercambiado alguna expresión del tipo “qué tal hoy”, “aquí andamos otra vez”, o algo por el estilo.

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“Cava”, Rafael Álvarez Cardeñosa, publicado en Ediciones Atlantis

“Cava” de Rafael Álvarez Cardeñosa, para Ediciones Atlantis

Este es el inicio de este relato:

CAPITULO 1

Era viernes por la noche, estaba tomando un café en una estación de servicio de Requena, había llenado el depósito y quería ya hacer de un tirón lo que le quedaba de viaje, calculaba que unas cuatro horas más.

En todo el viaje no había dejado de pensar en él, sobretodo en momentos de su niñez junto a él, cuando le acompañaba cada día al campo, a pesar de tener que levantarse a las cinco de la mañana. No le importaba madrugar tanto, le gustaba mucho ir con él a la huerta, aunque nunca le dijo que sobretodo le gustaba para poder montar en la Serranilla, aquella yegua a la que tanto quería y por la que lloró tanto cuando se murió.

Nunca se lo dijo, pero un día se dio cuenta de que él lo sabía, aquel día que no le dijo nada de subir a lomos de la yegua en el lugar donde solía hacerlo, y le hizo ir andando un trecho largo. No se atrevió a decirle nada para que no notara que era eso lo que más le gustaba, para que no se enfadara y ya no quisiera llevarle con él. Le miraba de reojo pero él no decía nada, aunque notó una cierta sonrisa socarrona en su boca. Al final no pudo aguantarse más y le dijo que le dolía un pie porque tenía una china en la zapatilla, y él le dijo que si le dolía que subiera el trozo que quedaba para llegar, que no se había acordado de decirle que subiera antes. Le alzó con sus fuertes brazos y le montó, y vio que se daba la vuelta para que no notara como se reía por lo bajo.

El rato en la huerta era divertido, le ayudaba a regar, a veces a recoger tomates o plantar lechugas, pero no dejaba de mirar el reloj que le habían regalado para la comunión, esperando que llegara la una, la hora de vuelta de nuevo a lomos de la Serranilla. Aunque también había un momento especialmente deseado, el del almuerzo, abrir esa taleguilla y descubrir lo que aquel día había preparado para almorzar, a veces queso, a veces morcilla, o chorizo, y siempre ese pan con tanta miga que disfrutaba tanto dándole mordiscos.

Cuando se fue haciendo mayor esos momentos terminaron, porque ya empezó a hacer otras cosas más de mayores, como salir a la discoteca por la noche, y ya no era capaz de pegarse esos madrugones. Pero ahora, en aquel momento y durante aquel viaje, esos recuerdos eran los que más venían a su mente, y los añoraba y hubiera querido hacerlo de nuevo, aunque esta vez fuera en coche y no a lomos de una yegua, pero en compañía de él, su abuelo.

Hacía algunos años que no hacía ese viaje, no había podido ir por el trabajo, pero nunca lo había hecho triste como ahora. Siempre había sido algo alegre, impaciente por llegar y disfrutar del verano en el pueblo, primero con sus padres, los últimos años solo, ya que sus padres se habían ido a vivir al pueblo tras la jubilación de su padre.

No debía perder más tiempo, necesitaba despedirse de él antes del fatal desenlace. Los médicos les habían dicho que era cuestión de días, y decidió partir de inmediato para verle por última vez. No podría quedarse más que un día por culpa del maldito trabajo, pero necesitaba verle y hablar con él por última vez.

Partió rumbo a la provincia de Cuenca, dirección a Villanueva de la Jara, para posteriormente pasar por la provincia de Albacete, Villarrobledo, y luego ya pasar a la de Ciudad Real, Tomelloso, Manzanares, Ciudad real capital. Y desde allí ya faltaría menos de dos horas.

Ahora los recuerdos fueron a la última vez que le vio hacía un par de años, estaba mayor pero todavía le veía con bríos. Le preguntó por qué no se había casado, con las buenas muchachas que había por el pueblo, que tenía que dejar descendencia, al menos uno, para que no se perdiera el apellido, le dijo. Como si nuestro apellido estuviera en peligro de extinción, solo en el pueblo había decenas de Caballero, pero suponía que él quería un Caballero que fuera de su sangre. Tendría que hacer un pensamiento y cumplir su deseo, seguro que en cuanto le viera sería una de las cosas que le haría prometerle.

La verdad es que no había tenido suerte con las mujeres, había tenido muchas novias, pero en serio, de vivir juntos, solo dos. La primera vez era demasiado joven para vivir en pareja y acabó como el rosario de la aurora, y la segunda fue su gran amor, pero él no el de ella por lo visto. Desde esta última vez habían pasado ya más de cinco años, y varias chicas por su vida, pero o bien había creado una coraza, o bien había perdido la capacidad de amar de nuevo, pero ninguna de esas chicas duró más de unas pocas semanas en su vida.

En realidad estaba muy bien viviendo solo, ya se había acostumbrado, tenía sus amigos para salir de fiesta, no le costaba conocer chicas y ligar, ya que según le decían era apuesto, cuerpo atlético que sus horas de gimnasio le costaba, pelo completo a pesar de sus treinta y ocho años, y sobretodo esos ojos azules que había sacado de su abuelo, que eran su principal baza.

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“Castillos de naipes”, de Francisco Martínez Martí

“Castillos de naipes”, de Francisco Martínez Martí, publicada por Ediciones Atlantis

Te invitamos a conocer el comienzo de este bonito relato…

Eres tu infancia

Pancho se adentró en las cristalinas aguas hasta que le cubrieron por la cintura. Envuelto en el aroma de algas que arrastraba la brisa de levante, contempló el vasto Mediterráneo que se fundía en el horizonte con la cúpula celeste. Se confabuló con el líquido elemento y se dejó caer de espaldas. Su cuerpo quedó sumergido por completo y sintió con placer cómo las cálidas aguas acariciaban su cuerpo ingrávido y cómo sus cabellos se balanceaban cual algas en busca de la superficie. En un alarde de parsimonia, se irguió hasta sacar el torso del agua. El viento le parecía frío ahora, y trotó hacia la orilla en busca del cobijo de su toalla. Apenas ponía un pie en seco, se topó con una niña que recogía pechinas y las guardaba en un cestito de mimbre. Debía tener algún año menos que él. Se detuvieron el uno frente al otro y se observaron con la pureza en la mirada que es acervo de los niños. Ella vestía un traje de baño de color ocre que realzaba el tostado de su piel. Sus lacios y rubios cabellos se encontraban quemados por el sol y la sal de la mar, y sus ojos verdes eran torrentes de vida. La niña rebuscó en el cestito, cogió una pechina y se la ofreció sobre la palma de la mano. Pancho la observó durante unos instantes, la tomó con suavidad y compartieron una sonrisa. Oteó los alrededores en busca de otra pechina con la que corresponderle, y divisó una entre la espuma de las olas de la orilla. Mientras se acercaba a recogerla, el violento impacto de un balón de fútbol contra su cabeza le devolvió al mundo real. Sus amigos habían llegado. Cuando se quiso dar cuenta, su efímera compañera corría cual gacela al regazo de sus padres. Guardó la pechina en un bolsillo y se unió al grupo.

El verano de 1972 contemplaba el florecimiento de las primeras urbanizaciones turísticas en La Manga del Mar Menor, un brazo de pálidas dunas de dieciocho kilómetros de longitud que nace en el sureste español y se adentra en la mar. El paso de los años y la especulación urbanística sepultaron aquel paraíso de arena con hormigón y asfalto y, quizás, lo único que queda hoy en día de lo que era La Manga por aquel entonces, es el aroma de las algas en la playa.

Aquellos días de verano tenían un sabor especial. Pancho se despertaba al escuchar el borboteo del café y las conversaciones de sus padres en la cocina. Remoloneaba entre las sábanas hasta que el aroma a pan tostado le incitaba a levantarse. Desayunaba con sus hermanos mientras comentaban de dónde soplaría el viento aquel día o a quién correspondía ir a comprar el pan. Después ordenaba su habitación y ayudaba con la limpieza de la casa hasta que sus amigos venían a buscarle para bajar a la playa del mar Menor; la gran laguna de someras aguas que se forma entre La Manga y la costa peninsular. Allí nadaban, hacían carreras sobre la arena, se peleaban, se reconciliaban y volvían a pelearse hasta la hora de comer. Tras la siesta, bajaba de nuevo a la calle y caminaba los trescientos metros que La Manga tiene de ancho en aquella zona hasta llegar a la playa del mar Mediterráneo, denominado mar Mayor por los lugareños. Allí se reunía de nuevo con la pandilla y jugaban al fútbol hasta que, al ocaso, el faro del vecino pueblo de Cabo de Palos emitía los primeros destellos y daban por finalizada la contienda. Y así de placenteras transcurrían las vacaciones de Pancho, una sucesión de días caracterizados por una permanente diversión hasta que, llegado septiembre, se trasladaba a Cartagena para comenzar un nuevo curso escolar.

Hicieron el reparto de equipos y comenzó el partido. Pancho parecía que hubiese nacido aprendido y despuntaba en el fútbol tanto como en el resto de facetas de la vida, pero aquel verano había llegado un niño nuevo a la urbanización que había revolucionado el orden establecido. Rafita era un agresivo delantero que convertía en gol todos los balones que llegaban a sus pies, colaboraba en la elaboración de jugadas desde el mediocampo, ayudaba en la defensa, corría detrás de cada pelota como si le fuese la vida en ello y podía pasarse dos días sin hablar, si salían derrotados. Algunos niños de la pandilla comenzaban a estar hartos del carácter semiprofesional que habían adquirido aquellas pachangas sobre la arena desde la llegada de Rafita, pero Pancho opinaba que su nuevo amigo era alguien digno de admiración. “¡Este tío es un fenómeno!”, decía abiertamente en cuanto tenía ocasión, mientras sus antiguos amigos le recriminaban que había preferido pasar a Rafita aun cuando ellos habían logrado un mejor desmarque.

Al igual que Pancho, Rafita tenía diez años, pero si esa edad debe ser sinónimo de inocencia, Rafita no tenía diez años mas que porque así lo decía su partida de nacimiento. Era el menor de siete hermanos varones, había crecido cual conejillo de indias y estaba más resabiado que Lázaro de Tormes. Se echaba eructos de cinco segundos sin ninguna dificultad, ya marcaba bíceps y el propio Pancho había visto cómo partía dos peonzas en el transcurso de una sola tarde, pero era jugando al tenis donde aquel desmesurado espíritu competitivo galopaba como un caballo desbocado. Rafita había nacido con una raqueta en la mano, tenía un talento especial para el tenis e incluso participaba en torneos en Cartagena contra chicos de categorías superiores. A los diez años todo aquello era tremendamente importante, aquella prematura apertura a la vida le confería un atractivo especial y Pancho se había visto deslumbrado en pocos días.

Con los primeros destellos del faro, dieron por finalizado el partido. Antes de regresar a la urbanización y de acuerdo al ritual, se dieron un baño para quitarse la arena y comentar las principales jugadas. Pancho quería que aquella amistad fuese más allá del verano. Al cabo de poco tiempo regresarían a Cartagena y tenía una propuesta que hacer a su amigo.

Oye, Rafita. ¿Cuándo empezáis los entrenamientos de tenis?

La semana que viene, en cuanto comiencen las clases.

Mira, he pensado en apuntarme. ¿Tú jugarías conmigo a dobles? Tú mismo has dicho que estabas buscando pareja.

¡Pero qué dices, Pancho! ¡Tú ahí no duras ni cinco minutos! —rió.

¿Cómo que no? —se sintió ofendido.

Hombre, Pancho… no sé si te gustaría. Yo el tenis no me lo tomo como un juego, para mí es algo más serio. Pero puedes venir a mi casa a jugar cuando quieras, y yo voy a la tuya.

Sí, claro, pero aparte de eso, me gustaría apuntarme a tenis. ¡Venga, Rafita, hombre!

Bueno… ¡A lo mejor llevas un Manolo Santana dentro de ti! —sonrió— De acuerdo, probaremos.

De regreso a casa se abrazaron por el hombro como dos buenos camaradas. Seguro que encajaría sin ningún problema. A la semana siguiente comenzaron los entrenamientos.

Gabriel y María, apenas recién levantados y siguiendo la costumbre de cada domingo, subieron corriendo por la vieja escalera de caracol que daba a la buhardilla. El sol se colaba por los tragaluces del techo e inundaba de luz la estancia de blancas paredes. En una de las esquinas había un caballete de madera sobre el que descansaba una carta náutica que abarcaba las costas de Cartagena, Cabo de Palos y La Manga del Mar Menor. Sobre algunas mesas se encontraban diseminados fragmentos de ánforas, duelas de barriles y otros restos arqueológicos procedentes de pecios que yacen sumergidos en los fondos de la costa murciana. El monótono tic-tac de un antiquísimo reloj de pared hacía compañía a Ricardo. Un mar de serrín lo rodeaba, y las infinitas partículas que flotaban en el ambiente envolvían una magnífica exposición de maquetas de barcos de madera. La trémula luz del quinqué delataba que llevaba allí desde antes del amanecer. Enfrascado en la construcción de su última maqueta, había olvidado que una pipa apagada colgaba de sus labios. Apenas superaba los cincuenta, pero su picuda barba lucía enteramente blanca. Se había casado mayor y había enviudado joven. Aquella buena mujer había dejado un vacío difícil de llenar, y aquel profesor de Geografía e Historia y arqueólogo submarino tiraba del carro lo mejor que podía. Los niños corrieron al encuentro de su padre. Éste, sin apenas desviar la atención de sus quehaceres, presentó la mejilla para recibir los besos de rigor.

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“Caminando hacia el interior”, de Toni Paradell Llaudet

“Caminando hacia el interior”, de Toni Paradell Llaudet, publicada por Ediciones Atlantis

Aquí comienza esta historia…

LA DECISIÓN

Oigo un sonido lejano que mi cerebro desprecia, como si no fuera con él.

El desagradable zumbido persiste y finalmente consigue su propósito. Dentro de mi cabeza se da la orden de abrir los ojos.

Reunir las fuerzas es complicado. Encontrar motivaciones, imposible.

Finalmente me incorporo sentándome en el borde de la cama, contradiciendo toda lógica, traicionando mis más profundos deseos.

Son las siete de la mañana y el despertador ha dejado de sonar.

Hace ya dos años que duermo solo y todavía realizo el maquinal gesto con el brazo de comprobar que no hay nadie a mi lado, de que estoy solo entre las sábanas.

Miro a mi alrededor. La casa está llena de recuerdos. Fotografías enmarcadas. Una imagen, un instante, un momento. Sonrisas en la cima. Visiones que vuelven a mi memoria y provocan en mí un vacío.

Voy a llegar tarde.

El día es gris, como mi estado de ánimo. Diría que empieza un nuevo día pero eso es mentira, empieza el mismo día de siempre. Preparar el café, abrir el grifo del agua caliente de la ducha, ver cómo el vapor borra mi cara en el espejo… apretar el nudo de la corbata.

Un día más en una gran ciudad, donde la rutina mata la emoción.

El ascensor, que siempre tarda demasiado en bostezar, abre por fin su boca y me vomita en la calle, donde me recoge un apestoso autobús lleno de gente que no se mira a la cara, que no tiene ninguna expresión que mostrar.

Cuando se abren las puertas del autobús, me encuentro al pie del edificio donde trabajo; montaña de paredes verticales de acero y de cristal. Seguidamente me engulle otro ascensor que en pocos segundos, me eleva del nivel de la calle hasta el piso 17. En media hora y sin apenas mover las piernas, he recorrido más trayecto que cualquier antepasado mío andando durante horas. La grasa se acumula peligrosamente en mis arterias. Me prometo a mí mismo que a partir de mañana realizaré el trayecto a pie y subiré el mismo desnivel por las escaleras. Ir a trabajar sin la ayuda de medios artificiales. Patético reto para un alpinista como yo.

Después de un saludo obligado y carente de la más mínima emotividad hacia las personas que me voy cruzando por el pasillo, me encierro en mi despacho.

Enciendo el ordenador y se supone que empiezo a trabajar, pero mi cabeza está muy lejos de este edificio, incluso muy lejos de esta ciudad. Mis pensamientos discurren entre montañas y tormentas, entre bosques y arroyos, entre penas y alegrías.

Recuerdos tristes se mezclan entre inmensas satisfacciones.

Debería tomar una actitud más activa frente a la realidad, pero veo pasar la vida ante mí, sin emoción. Nada tiene sentido.

Miro a través de la ventana de mi despacho y no consigo ver nada que me consuele, ningún lugar donde refugiarme. Nada que satisfaga mi deseo de evasión y de realización personal. A veces me gustaría desaparecer, encontrar una cueva donde por mucho que buscaran, nadie diera conmigo. Pero desaparecer no es la solución, eso sería demasiado fácil. Cada cuarenta segundos se suicida una persona en el mundo.

Pienso que ya nos vamos demasiado deprisa de este planeta. No hace falta provocarlo intencionadamente. Apenas da tiempo de echarle un vistazo, de explorarlo, de contemplarlo con toda su grandeza, de disfrutarlo… ¡Cuantas cosas quedan por hacer cuando nos vamos de esta vida y dejamos de existir! ¿Las haremos en otra vida? Quizás.

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“Arca Sacrarium” de Sergio Ramírez Vaqué en Ed. Atlantis

“Arca Sacrarium” de Sergio Ramírez Vaqué en Ediciones Atlantis

Puedes comenzar aquí esta historia…

—¡Estamos dentro! exclamó el sargento Jairo Fargas, empuñando su arma frente a él. Pulsó unos interruptores conectados en la pared—. No hay timbre, ni interfono y la corriente parece cortada. A nuestra derecha veo una puerta, y delante de nosotros, las escaleras que suben al edificio.

¡Sargento!… Atiéndame. No sigan adelante. Aguarden a la segunda unidad… —dijo una voz grave al otro lado de la transmisión. Esto no tiene buena pinta.

Debemos continuar, señor. No hay opción. La agente Linde y yo procederemos lo más rápido posible respondió el policía a través del micrófono de gancho conectado a su oreja. Luego, hizo un doble aspaviento con su mano para que su compañera comprobara la puerta identificada.

Está bien… Pero tengan cuidado y no se hagan los héroes. No saben con lo que se pueden encontrar ahí dentro ­—entre ligeras interferencias, el inspector Liébana se comunicaba desde el Centro de Operaciones de la Comisaría de Policía de los Mossos d´Esquadra.

El haz de luz de las linternas de los dos agentes de la División de Investigación Criminal, enfundados en sus uniformes de operaciones especiales, irrumpió en la espesa oscuridad de un vestíbulo donde apenas se apreciaba un habitáculo de recepción, en cuyo interior, además de una butaca de madera, se reclinaba contra la pared una espigada planta artificial.

La apagada noche sumada a una total ausencia de alumbrado público evitaban que por el portal acristalado por el que habían accedido se colase ni un resquicio de luz.

La agente Linde no tardó en descubrir que tras la puerta divisada sólo había un reducido cuarto repleto de cajas y utensilios de limpieza. Seguidamente, corrió hacia su compañero, el cual había ascendido unos cuantos peldaños por las escaleras.

Señor. Nada en el vestíbulo. Subimos —informó Fargas al Centro de Operaciones.

Creo que nos estamos metiendo en la boca del lobo insinuó la chica, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano que sujetaba su pistola.

Linde… Ten los ojos bien abiertos. No quiero sorpresas indicó él, haciendo caso omiso a su advertencia.

No me gusta… Esto no me gusta nada pronunció de nuevo ella con una entonación entrecortada.

Ambos avanzaron con celeridad. El único ruido que irrumpía en el ambiente era el de sus voces y constantes pero cautelosos pasos. A través del transmisor se filtraba el jadeo incesante de los dos policías, producido por el esfuerzo y la tensión acumulada.

Y, en breve, alcanzaron la planta uno.

¡Señor! ¿Me escucha?

Sí… perfectamente.

En el primer nivel sólo hay un local… La puerta está entreabierta.

Fargas se acercó precavidamente, marcándola con el objetivo de su arma. Colocó la linterna en la obertura y empujó la puerta. Luego, dio un paso hacia el interior mientras que su lámpara revelaba lo que parecía un estudio de paredes graffiteadas.

Aquí tampoco hay nada, señor informó. Subimos al segundo nivel.

Linde volvió a dejar paso a su compañero.

Las destartaladas escaleras ascendían por un edificio de mugrientos tabiques desconchados, provisto de una inestable barandilla de listones verticales de hierro que se tambaleaba al más mínimo roce.

En el siguiente rellano descubrieron una estancia cuyo marco de acceso carecía de puerta. Fargas se detuvo y alzó la mano. La agente observó la orden y se mantuvo en alerta sobre el último peldaño, cubriendo el área con su arma.

Fargas entró. También vacía.

Segundo piso despejado. Continuamos comunicó el sargento. Se colocó otra vez al frente.

Linde, sin dejar de iluminar hacia arriba, lanzó una mirada por el hueco de la escalera, cuya ciega visión le erizó la piel.

Cuando restaban escasos escalones para alcanzar el siguiente nivel del inmueble, el sargento advirtió que se trataba del último.

El edificio es de tres pisos. ¿Me escucha, señor?

Comprendido.

Al igual que en los niveles inferiores, la tercera planta disponía de un único local, esta vez bloqueado por una puerta de acero. El policía exhaló aire y avanzó hasta palpar con la mano enguantada la superficie metálica.

No hay cerradura. Totalmente bloqueada. No esperaremos. Voy a echarla abajo.

El tiempo transcurría como una cuenta atrás.

Por un momento se perdió la comunicación a través del radiorreceptor. A los pocos segundos volvió a funcionar, percibiéndose lo que parecía una pregunta:

¿Están seguros…?

¡Señor! ¡Repita! —exclamó Fargas, presionando el auricular sobre su oído—. No le hemos entendido. ¡La comunicación se corta!

Estos trastos son un desastre cuando más se necesitan —manifestó su compañera a su espalda.

De acuerdo. Procedan —se entendió pronunciar al inspector a pesar de la mala señal. No había tiempo para barajar otras opciones.

Jairo Fargas retrocedió unos pasos, apuntó con el cañón de su arma no reglamentaria Hunter 500 S&W Magnum sobre uno de los laterales e hizo cuatro ensordecedores disparos.

¡¡¡Abierta!!! —vociferó con ímpetu, dando un puntapié sobre la puerta despedazada.

Precavido, pero con decisión, accedió al piso. La agente, que pasó después, tragó saliva al iluminar la apretada negrura de aquel lugar y toparse con algo que la dejó sin aliento.

Un profundo hedor rompía en la atmósfera.

¿¿¿Qué…??? —La radio volvía a fallar, pero el inspector insistió al no recibir respuesta—. Sarg… ¿¿¿Qué ocurre??? ¡Agente Linde! ¿Me oyen?

¡¡¡Por dios!!!! ¿¿¿Qué es esto??? —profirió Fargas con tono acelerado a la vez que aterrador. Hizo un gesto con la mano, ordenando a su compañera a que avanzara por la derecha de la lóbrega sala.

¿¿¿Qué está sucediendo ahí??? —la voz grave de la radio seguía solicitando alguna contestación.

¡Señor! ¡Esto es horrible! Hay gente… Todos sentados… en una mesa… —respondió el policía alumbrando un espantoso panorama.

¡Explíquense! —mandó inmediatamente el inspector Liébana.

Cadáveres… sólo cadáveres —sentenció la agente Naima Linde acercándose a uno de los cuerpos.

Señor. Comprobamos si alguien continúa con vida. Pero, me temo que… —el sargento sesgó la frase y avanzó por el flanco izquierdo de la mesa. Se desenfundó un guante y verificó el pulso de una de las víctimas, colocando dos dedos sobre la arteria carótida de su cuello.

… y continuar aquí

“Ámbar”, de Cristian Reche Lillo en Ed. Atlantis

“Ámbar”, de Cristian Reche Lillo en Ed. Atlantis

Aquí comienza esta historia…

Recuerdo nº 1

De nuevo este recuerdo.

Otra vez se ve a sí mismo en medio de esta granulación inconexa; erguido sobre unos bultos que proyectan sombras según les parece, negando la posición de la luz, confundiéndola.

De nuevo esta secuencia. Escena compuesta de planos que se yuxtaponen solapando un hilo argumental oculto entre espesa bruma de celuloide mental.

¿Qué hago yo aquí, en medio de toda esta irrealidad? ¿Por qué me encuentro de pie, inmóvil, mientras ella llora?

En ocasiones la imagen se vuelve ininteligible, hasta el punto de dañar los ojos. Durante estos fragmentos en los que el cinematógrafo cumple mal su función, mientras el celuloide quemado anuncia delirios en la pantalla, tan sólo puede distinguirse un pitido agudo. Es el sonido de la percepción desmoronándose. Quizá por ello las partes más difíciles de digerir sean éstas. Blanco. Frío. Intenso. Maldita memoria.

¿Acaso me pertenece este recuerdo? ¿Existió de veras tal momento? ¿Cómo se conecta a mí? ¿Qué parte me concierne? Ese tipo enjuto frente a la chica, el arma… ¿soy yo?

En cualquier caso no hay más opción que visualizar la proyección siendo un espectador silencioso e invisible, sin capacidad de elección. Quieto. Y al poco que uno espera van volviendo los contornos. Si bien nada queda nítido, al menos da para percibir un trozo de lo que sucede.

Y sucede lo siguiente:

La habitación está revuelta. Él la ha desordenado. Lo sabe. Sin embargo, no recuerda el porqué. Cae el sudor surcando un rostro, ajeno a su ser, como quien ve el reflejo en el espejo. Observa atento, y no sin cierto sobrecogimiento, las lágrimas de Alicia saliendo a borbotones de unos ojos enrojecidos por el llanto. Llora pidiendo clemencia, trémula, apelando a sentimientos que él no siente, que no recuerda. ¿Cuántas veces habrá vivido esto? Ha perdido la cuenta, en verdad.

Sabe de sobra cómo acaba todo. Lo ha visto cientos de veces y siempre alberga la misma extraña impresión. Algo que le confunde y lo pone a temblar. ¿El qué? Ni él mismo lo sabe. Pero ahí está, la misma vorágine una y otra vez. Este recuerdo no le gusta, ya sabe cómo acaba.

Alicia recibe un disparo en la sien. Deja de llorar en el instante en que la bala perfora su cráneo. Él la mira unos segundos. Parece abstraído, fuera de sí. Tal como si el crimen no tuviera nada que ver con su persona. Un reflejo fantasmagórico de sí mismo. Un “yo” diferente, sumergido en un mundo diferente, regido por normas diferentes. El ente de la incoherencia. Así se ve.

Y el recuerdo número uno termina esta vez tal como las anteriores. Exactamente igual que tantas otras veces. Una habitación desordenada, Alicia muerta y en el centro, de pie, el verdugo desconcertado.

El cinematógrafo se detiene. Su sonido cesa. Y la electricidad discurre en sentido opuesto al de la escena, directa a la realidad.

Directa a la memoria.

Día 36

I

Amaneció gris, con una capa compacta de nubes plomizas que ocultaban el sol.

A mí tanto me dio. No me gustan especialmente los días soleados, aunque a decir verdad tampoco soy de los que se pierden por los nublados. Lo mismo me da. Por mí como si aquella mañana algún huracán tenía en mente romper sus cadenas y barrer el lugar. Me era indiferente. Al fin y al cabo yo estaba atrapado en Ámbar.

Sin remedio.

Desperté alterado. Sentía el corazón latir a buen ritmo en mi garganta. PUM—PUM. Un pulso que también tenía lugar en la sien. PUM—PUM. Siempre me sucedía lo mismo. Cada vez que soñaba con ese recuerdo en particular me desvelaba acometido por un acceso de ansiedad y mi cuerpo demandaba aire desesperadamente. Gajes del proceso de inmersión mental. Prioridad: salir a la superficie y recoger oxígeno. El resto podía esperar.

PUM—PUM.

Tras lograr serenarme alcancé un punto de coherencia con la realidad. Después salté de la cama. Me enfundé un jersey marrón que tenía muy a mano y unos pantalones de tela, de esos con muchos bolsillos. Fui al baño. Hice todo lo que había que hacer. Durante unos segundos (tal vez fueron minutos, ahora mismo no lo recuerdo con exactitud) quedé mirando fijamente la ducha. Aún hoy no sé si realmente pensé en ducharme o si simplemente sufrí uno de esos momentos en los que alguien desconecta el cable al otro lado dejándome inmóvil, en stand by.

PUM—PUM.

No me duché, claro. Fui a la pequeña cocina del diminuto estudio en el que me alojaba y preparé algo de café. Media taza, dos de azúcar y unas gotas de brandy. Desayuno listo. No precisaba más para empezar el día. Que, por cierto, ya era el 36.

Día 36, me dije mientras me fumaba el cigarrillo reglamentario de las mañanas, a los pies de la cama, cara a cara con la ventana y su campo visual. ¿Quién soy? ¿Cómo llegué aquí? ¿Por qué no recuerdo nada?

Muchas preguntas. Cero respuestas. Nivel de frustración por las nubes. Cordura nula.

Hace tiempo que no me cuestiono esas cosas. ¿De qué me vale hacerlo? De nada. No encuentro claridad, más bien confusión. Al adentrarme en mi memoria únicamente veo ruinas. Una ciudad de recuerdos en llamas. Si me acerco demasiado su fuego me deslumbra y termina por calcinarme. Mi mente no falla porque una bruma espesa impregne su memento. No. Al contrario, no es capaz de aunar experiencias sensoriales con emociones, ya que una luz crematoria carboniza los fragmentos a cada segundo. Ni más ni menos. Ambiguo, ¿verdad? Y con todo, es como mejor puedo explicarlo.

No conseguía recordar. Me movía por pura intuición. Generé un “yo” a partir de lo que los demás me contaban de mí. Y no creo que ese ser obligado a apelmazar retazos fuera alguien real. Pero, ¿qué opción quedaba? Era precisa una base con la que dar forma a mi sustancia. Una tabla en el mar para poder naufragar en condiciones.

PUM—PUM

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“AL OTRO LADO DEL EXTREMO”, de Shaidy en Ed. Atlantis

“AL OTRO LADO DEL EXTREMO”, de Shaidy en Ed. Atlantis

El inicio de esta historia es…

1

Hace trece meses que viví la peor experiencia con Rafa. Hace exactamente un año y un mes que Rafa me mostró hasta dónde podían llegar sus demonios y de qué manera podían llegar a poseerle, de tal forma que no le podían dejar ver que violaba a la persona que más ha amado en su vida.

Siempre he sabido que me amaba, son esas cosas que una mujer es capaz de ver en la mirada del hombre con el que duerme, vive y con el que hace el amor. Todo hubiera sido perfecto de no haber sido por su debilidad, desde que Alfonso se encargó de liquidar nuestros sueños, Rafa se había sumido en un mundo paralelo, en su infierno particular sin dejar lugar al razonamiento, sólo abandonarse a su ira, su miedo y su rabia.

Me ha pesado mucho todo lo ocurrido en mi vida desde que conocí a Rafa. Pero de alguna manera no le he reprochado nada. Desde el día que apareció por la inmobiliaria con esa melena y sus profundos ojos verdes, que me acaramelaron, no he podido resistirme a él. Durante toda mi vida había evitado a hombres que llevaban el cartel de ‘problemas’ escrito por todo su rostro, pero Rafa era especial. En él existía lo que en otros en su lugar no había, deseos de luchar. Era la primera vez que me veía a merced de mis sentimientos y dejando correr el entusiasmo por mis venas, no quise contenerme en amarle, quería ir más allá. Me puse una venda en los ojos y me dejé llevar por su fuerza.

Nunca me he arrepentido, creo que si no hubiera conocido a Rafa no hubiera tenido la dicha de haber sentido el amor verdadero. Todo lo que Rafa simbolizaba era la pura esencia de lo más carnal.

Su carácter débil oculto en su escudo de ser una persona fuerte e invencible, su sonrisa que recordaba a la de un niño, su manera de entender la pasión y de entregarse a ella, su agonía interior que fortificaba su personalidad inestable, su sinceridad a la hora de confesar lo que en su interior había, sus ojos que en ellos había escritos la necesidad de dejar de existir y la ilusión perdida del vivir. Era una mezcla agridulce la que Rafa poseía, una frenética mezcla que hacía que quererle fuera insuficiente para hacer florecer su lado más bueno.

Me hubiera gustado poder amarle más, es difícil amar tanto como se siente, es un sufrimiento agradable amar tanto y no lograr demostrar cuánto.

En estos trece meses han ocurrido muchas cosas en mi vida, todas las vivencias han tenido que ver de forma directa e indirecta con Rafa. Por mucho que me hubiera empeñado en descartar a Rafa de mi vida, no lo hubiera conseguido nunca, he sentido un amor con el añadido de sentir compasión por él que pocas personas puedan haber sentido por nadie.

Cuando Rafa se vio poseído por el mismísimo diablo, sentí miedo y terror, pero curiosamente debido a lo que he sentido por él y por procurar no ver su rostro endiablado, las secuelas han sido suaves, y como por un capricho del destino, milagro o mensaje, siempre ocurre algo bueno.

 

 

 

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“Astronautas”, de Verónica Martín en Ed. Atlantis

 

“Astronautas”, de Verónica Martín en Ed. Atlantis

El inicio de esta interesante historia…

Através de la ventana entreabierta, Cosmo escuchó el rumor de la cadena de la bicicleta estática aparcada en la azotea. Tirado en la cama, dando caladas cortas a un pitillo, lo oía deslizarse a toda velocidad. Un soniquete vertiginoso, como si en vez de su madre montada en la bici, un ciclista de gemelos fibrosos descendiera montaña abajo, doblando en las curvas e inclinando el cuerpo encima del manillar. Estaba convencido de que ella la había arrastrado hasta colocarla frente a los cristales de su dormitorio, de lo contrario, era imposible que le llegara el ruido tan próximo, rodando ofuscado en el eje del piñón.

Cuando su madre se enfadaba seriamente, conservaba toda la rabia en su interior, silenciosa, reconcentrada. En el momento en que ya no aguantaba más, se la podía ver empujar una cómoda a la salida de su cuarto. Tan admirable era el afán que ponía en su tarea: sus brazotes tensos, las manos que imitaban dos palas de limpiar nieve, conduciendo la cajonera de un lado a otro, con la vista fija en el suelo, que su hijo sentía la necesidad de echarle una mano; realizar el recorrido completo hombro contra hombro, caminar cerca de la cocina o del saloncito, incluso enfilar a la terraza, cauteloso al preguntar dónde pretendía ubicar el mamotreto en el que guardaba las medias y aquellos sostenes armados que se mantenían tiesos sin ayuda, sujetos gracias a un busto de tetas voluptuosas e invisibles.

Una vez el chiffonnier estaba de nuevo instalado en su cuarto, después de haber concluido ese absurdo peregrinaje, la mujer se derrumbaba sobre una deslucida butaca que ella adoraba por confortable, por vieja y por haber pertenecido a la tía Raquel, la hermana mayor de su padre, que se trasladó a Madrid al poco tiempo de casarse. Raquel fue quien acogió al abuelo cuando le despidieron del taller de Stuttgart y, más tarde, a ella y a su pequeño sobrino nieto. Sin embargo, no fue solo ese acto de generosidad lo que le hacía entenderse más que bien con la tía Raquel, sino una complicidad remota que las unía como un hilo de pescar.

La madre de Cosmo decía que esa silla la abrazaba. Su hijo sonreía ante la elocuencia con la que afirmaba esa idea, pues lo que ocurría era que su rotundo contorno encajaba a duras penas en el sillón.

Yo creo que te estrangula —replicaba él—. Te convendría hacer más ejercicio.

Si monto en la bicicleta todos los días —le argumentaba ella, apretándose en la poltrona.

Andar por la calle también ayuda —su hijo aprovechaba cualquier ocasión de intentar abrir una brecha—. ¿Recuerdas? Ir a la carnicería o al tapicero a encargar una tela nueva para tu querida butaca.

Este sillón está mejor que tú y que yo. Y el servicio que me hace… —lo palpaba satisfecha—. ¡Un servicio buenísimo!

Además, contaba con múltiples personalidades. No le importaba ser una percha, mesilla en la que apoyar el transistor durante las hondas noches de insomnio de la mujer o tendedero improvisado donde colgar los pantys cuando afuera, en la azotea, la lluvia caía chisporroteando en las losetas rojizas y en el plástico que protegía a la bici.

Le conmovía contemplar a su madre reposar tras un disgusto. Su cabeza recostada, los brazos flojos y abiertos como una matrona exhausta.

Voy a salir —murmuraba el chico en el umbral del dormitorio—, ¿traigo el pan?

A veces la mujer tardaba en responder, sumida en un universo que le obligaba a fruncir los labios.

¿Panecillo o pistola, mamá? También compro una media docena de huevos morenos en la bodega —le concedía unos segundos—.Vale, y una litrona, una fresquita. No me entretengo, ahora, si me encuentro con el Machuca… igual me lío.

Señales luminosas que lograban disipar su ensimismamiento. Primero un suspiro, los labios se relajaban.

Panecillo blanco, nada de tostado —su voz parecía surgir de lo más profundo de su garganta, mucho más abajo, desde su pecho. La delicada cadencia de su tono no se correspondía con el tamaño de su delantera.

Una vez roto el hechizo, todo volvía a la sosegada normalidad; las cómodas a su lugar designado y el televisor frente al sofá. Aunque esta vez, el chico, ya no un niño de pelo al cero, sino un casi adulto de greñas rubias e indomables, no tenía intención de que nada regresara a su sitio, ni siquiera la bicicleta inmóvil. Si ella había sido capaz de moverla, el resto era posible, porque aquel bicho metálico era tan estático, que Cosmo creía que estaba soldado al pavimento de la azotea.

Sus primeros recuerdos de crío, jugando a indios y vaqueros, no eran los de él trotando a lo largo del pasillo con una escoba entre las piernas. Se entretenía mucho más subido a lomos de la descascarillada bici, por aquella época reluciente y blanca, con el nombre escrito en un lateral: BH ÓNIX. Tocaba el manillar y la calmaba al finalizar una persecución en el desierto, tras esquivar flechas de Pieles Rojas disparadas desde el bloque de enfrente.

¡Sooo, soo! Tranquila, Bonita Ónix —le susurraba—. Te has portado muy bien.

Había tratado de modificar el emplazamiento de aquel trasto, según las necesidades de sus persecuciones imaginarias. Llegó a convencer a su abuelo de que si la situaban más al fondo, cerca de los maceteros de pensamientos, podría ver más de cerca las torres de los otros fuertes. Lo máximo que lograron fue un chirrido de la base al arañar el suelo y ambos soltaron la bici temiendo haberle causado un estropicio irreparable. Sí, no era difícil enredar al padre de su madre, lo complicado era sujetarle los pies en el juego o, siendo más exactos, al enlosado que pisaban.

El abuelo accedía a aguantar quieto en un rincón de la terraza, en cualquier punto que este señalara; detrás de las sábanas que acababa de colgar la tía Raquel, si era el caso, y ahí aguardaba paciente a que su nieto terminara de examinar las herraduras de la Bonita Ónix. No obstante, en cuanto el chaval se despistaba un par de minutos, él tenía la mirada perdida más allá de las antenas y la uralita de los tejados aledaños. Sus rasgos parecían vaciarse de toda expresión, sus párpados abultados se relajaban como en el instante en el que el sueño te acaricia suave, muy suave, la coronilla. Cruzaba la línea fuera del mundo de tal forma, que podría haberse quedado soñando, recostado en uno de los almohadones húmedos prendidos con dos pinzas verdes.

El niño, encaramado al sillín, pedaleaba a toda marcha y aceleraba a ratos, para que la cadena hiciera ese ruido inquietante, de enjambre de abejas zumbando. La postura del abuelo proyectaba su sombra alargada e hierática sobre los arriates de flores púrpura que su madre sembraba en otoño. Como mucho, conseguía un leve gesto bajo los pómulos afilados del hombre.

¿Te has quedado frito? —preguntaba su nieto intranquilo—. No puedo confiar en un guardia que a la primera de cambio se me dispersa.

El abuelo encogía sus escuálidos hombros. A Cosmo le encantada notar las finas aristas de su cuerpo. Pasados los años de la adolescencia, a la vuelta de las clases en la Escuela de Enfermería, le abrazaba por detrás si se lo encontraba, a oscuras, sentado en una silla de la cocina. Sentía sus omóplatos duros y enormes, de dinosaurio cansado, a través de la camisa y le venían a la mente recortes de un domingo soleado a la puerta de la bodega. Le costaba trabajo creer que, en algún momento de su vida, hubieran estado allí los dos juntos.

¿Ves algo? —le preguntaba el crío— Bonita Ónix, con este vigilante nos cosen a tiros los indios. ¡Abuelo, joer! —exclamaba. Su persistente abstracción lo desesperaba. Los cuatro pelos de la nuca, revueltos por la brisa del atardecer, era la única parte de su cuerpo que denotaba movimiento— ¡Abuelo! —gritaba.

Le costaba mantener los pies en la superficie; daba igual si era en las baldosas del baño, la alfombra de la habitación que compartía con su nieto o el suelo de la azotea. El pequeño se bajaba de la bici a toda prisa, intentando cogerle del brazo que estaba tieso.

¿Te aburres? Pues jugamos a conducir una nave espacial.

Se giraba el hombre. Examinaba la figura de la bici y apoyando la mano, apretaba flojito los dedos en la espalda del chaval.

Vamos a dentro, criatura —respondía—. Yo no sé nada del espacio.

Una vez en la casa, la madre les solicitaba para que alguno ayudara a la tía a recoger las vainas de los guisantes que serviría en la cena y el desencuentro de la azotea se difuminaba, aunque siempre dejaba una muesca muy débil en los ojos tristes del hombre y una preocupación particular por parte del niño hacia él, que no le abandonaba hasta que el abuelo tomaba una de sus pastillas y se acostaba en la cama inmediata a la suya esa noche y todas las que siguieron en sus años de convivencia.

 

 

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“Ábrete al mundo”, de Pilar Lorente Moreno en Ed. Atlantis

“Ábrete al mundo”, de Pilar Lorente Moreno en Ed. Atlantis

Puedes comenzar esta historia en el siguiente texto:

La Escuela de las hadas

Las jóvenes hadas, que iban siguiendo a su Hada Madrina por el sendero, se detuvieron a una orden de ella. Habían llegado hasta un círculo de piedra que se encontraba en aquel inmenso bosque. Sabiendo lo que había que hacer, se sentaron cada una en una piedra, mientras su maestra se colocaba en el centro.

Os he reunido aquí porque creo necesario que estéis en este lugar para que adquiráis un paso importante en vuestro aprendizaje como hadas del bosque. Antiguamente, aquí se celebraban nuestros Círculos de Hadas nocturnos y este lugar fue uno de los escenarios donde ocurrió un hecho sin precedentes en nuestro mundo y también en el mundo de las flores —suspiró hondo al decir esto y realizó una pausa meditativa.

Aquellas jóvenes e inexpertas hadas se miraron intrigadas y guardaron silencio ante la pausa de su maestra, que contemplaba algunas de las piedras que no habían sido ocupadas.

¿Conocéis la Leyenda de la Flor Sin Nombre? —preguntó a sus alumnas.

Es una canción que se canta en los Círculos de las Hadas —respondió una de ellas.

Exacto, conocéis la canción. Pero hoy os voy a contar la historia completa y verídica de lo que ocurrió hace ya muchísimo tiempo y que debéis conocer si queréis llegar a ser unas buenísimas hadas.

Las hadas aplaudieron expectantes y jubilosas, pues por fin iban a descubrir el porqué se cantaba aquella nostálgica canción en todos los confines de su país y en todos los reinos de hadas del mundo.

La Hada Madrina se sentó en el centro del círculo de piedra. Y, mirando hacia un árbol que tenía en frente, perdió su mirada en él, comenzando la narración.

El nacimiento

Existió una vez una gran casa señorial con un hermoso e inmenso jardín, del cual todo viajero que visitaba el lugar hablaba maravillas de él. Su cuidador, un jardinero entrado en años, no regateaba esfuerzos en mantenerlo sano y cuidado, siendo muy popular en su comarca por su exquisitez y gusto por las flores más bellas y ornamentales: tulipanes veteados de colores mixtos; azucenas vigorosas con su delicioso perfume; narcisos blancos y longevos; olorosos y frescos jacintos; elegantes y estirados gladiolos; preciosas verónicas azules; margaritas multicolores y otras especies más, formaban parte de aquella gran familia que habitaba el mimado vergel. Sin duda alguna, eran la envidia de todas las flores silvestres que crecían sin amparo en las orillas de los caminos o entre las rocas, asediadas por molestas hierbas y ansiosas de deseo por los días de lluvia. Era un gran privilegio pertenecer a dicho edén, donde siempre reinaba la belleza, y donde las flores deslumbraban al visitante como agua fresca iluminada por el sol.

En realidad, quienes brillaban de verdad eran las rosas, pues siempre habían sido las reinas del jardín desde tiempos inmemoriales. Su intenso y delicado aroma y sus pétalos tentadores atraían a toda persona que paseara por el lugar. Se les atendía con especial mimo, y diariamente, su protector revisaba los nuevos capullos que iban brotando, procurando evitar las espinas para no lastimarse. Se decía que las rosas eran las flores más bellas y orgullosas de los jardines de todo el mundo y que por eso tenían espinas. Nadie lo ponía en duda, pues aquéllas eran de lo más hermosas, además de espinosas. Cierto era también que las verdaderas soberanas del lugar habían sido las rosas rojas. Sus grandes pétalos aterciopelados de un color vivo carmesí y su fragancia de inigualable exquisitez, según algunos expertos perfumistas, incitaba a que todo el mundo quisiera poseerlas, siendo las más codiciadas de su especie.

Pero hacía ya mucho tiempo que en aquel lugar no brotaba ninguna rosa roja. La avaricia de algunas personas ignorantes hacía que las cortasen sin piedad mucho antes de que pudieran abrir totalmente sus bellos pétalos, terminando así con las últimas de su estirpe. Aunque esto poco importaba a las demás especies de rosas, pues ahora eran ellas las que podían presumir de ser las reinas de aquel paraíso multicolor.

La mayor parte del terreno fértil estaba dedicado a los rosales, al amparo de un largo muro que rodeaba los lindes de la propiedad. Muchos de ellos estaban enzarzados entre sí, dando la aparente sensación óptica de que brotaban todos del mismo arbusto, como si fueran híbridos, pues había rosas de diferentes colores, predominando las blancas, las amarillas, las azules y algunas de un carmín muy pálido.

Fue una tranquila mañana, cuando despertaron las rosas por la llegada del agua fresca que tiraba un difusor de riego del jardín, en la que vieron algo que las sorprendió. En un apartado ángulo del muro, donde hacía incontables años que no crecían rosales, había nacido un pequeño brote formando un débil y tierno capullo. Habían estado tan ocupadas últimamente en su aspecto físico y en sus charlas animadas sobre el color, el perfume y la belleza, que no habían reparado antes en aquel olvidado recodo; y ello comenzó a suscitar clamorosos cuchicheos entre ellas. Los murmullos aumentaron considerablemente de tono al contemplar que el jardinero se acercaba al recién nacido para comprobar su estado, sonriéndole y regalándole una leve caricia. El pequeño capullo se estremeció.

  • ¡Buenos días tengas, pequeño! —le saludó animosamente y se marchó para continuar sus labores sin decir nada más.

Entonces, las demás rosas se sintieron ofendidas e irguieron sus espinas mirando con rabia al pequeño. ¿Qué estaba ocurriendo allí? El cuidador se había olvidado de saludarlas a ellas; algo que hacía todas las mañanas, y en cambio, había acariciado y saludado a un brote solitario, minúsculo e insignificante que había crecido en una zona seca y llena de hierbajos.

 

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“Del azul mahón al rosa palo”, de F. Roselló, en Ed. Atlantis

“Del azul mahón al rosa palo”, de F. Roselló, en Ed. Atlantis

A continuación puedes leer el comienzo de esta interesante historia…

Soñando caminos

I

¿Tres? Quizá cuatro estampidos secos.

El sol brillaba en lo alto endureciendo los perfiles de los edificios y los automóviles, que esperaban la llegada de sus ilustres ocupantes.

Junto a ellos, los chóferes inhalaban apresuradamente las últimas chupadas a los apresurados cigarrillos. Los escoltas oteaban los alrededores con inquisitivas y aburridas miradas.

Apenas pudo reaccionar. Estaba absorto en sus pensamientos. Todo aquel asunto lo tenía desconcertado.

A aquel acuciante problema se sumaban las actuales negociaciones. Nadie cedía un ápice.

Si supieran… ¿O sabían?

Aquello no era soportable durante mucho más tiempo. Había pasado por vicisitudes muy complicadas a lo largo de su vida, pero aquello se salía de los cauces que podían considerarse normales incluso en una vida como la suya, muy alejada de la normalidad.

No había podido dormir más allá de un par de horas la noche anterior —hacía ya más de veinticuatro— y tenía cuerpo, boca y ánimo con esa sensación que queda tras una larga noche de juerga, alcohol y tabaco. Pero en esta ocasión la juerga la habían constituido las discusiones con tirios y troyanos, empeñados en no ceder el más mínimo espacio de terreno si no era después de una continuada y feroz lucha alrededor de un concepto o, cuando no, de una simple coma convertida en bastión inexpugnable. El tabaco sí, en cantidades suficientes como para hacer aumentar los dividendos de Tabacalera. El alcohol, finalmente, había sido sustituido por litros de café siendo posiblemente el causante de aquella sensación de pellizco aposentado desde hacía un buen rato en el estómago.

Y luego aquellas cavilaciones que, en las últimas fechas, habían constituido el sustrato de sus pesadillas.

¿Qué le había alertado? Posiblemente nada, al menos de una forma consciente. Tal vez la posición de aquel hombre: piernas semiflexionadas, brazos extendidos en su dirección… Se sintió impelido a lanzarse al suelo y rodar intentando guarecerse entre los coches aparcados mientras era consciente de los proyectiles silbando en busca de su cuerpo.

Dos encontraron blanco.

¿Cómo podría ocurrir?, se pregunta.

Siente la mordedura en el costado izquierdo y un fuerte escozor en la cabeza, en toda la cabeza.

Allí, a plena luz, rodeado de guardaespaldas, escoltas y policía.

Hay una explosión de colores y piensa: un atentado.

Un atentado así, en abstracto. Como cuando se investiga en una comisión para analizar sus consecuencias. Como cuando se lee en el periódico o se contempla en el televisor. O como cuando se ha de ir a observar sus secuelas en cumplimiento de los deberes del cargo.

No puede observar la rápida huida en el coche negro del hombre que ha atentado contra él, salvaguardado por el fuego de cobertura que se abate sobre los sorprendidos agentes encargados de la protección de los delegados que abandonaban el edificio.

Corre entre gavillas apretadas y enhiestas dispuestas a lo largo y ancho del campo segado en toda la mañana. Las hoces en las manos; el sudor, en la frente bajo el sombrero de paja y en todo el cuerpo bajo la abotonada camisa sin cuello.

Resuena una canción en algún lugar. Lejanas, como las imágenes confusas por el sepia del tiempo. Ricardo no la reconoce. Habla de apretar, ir en busca de algo cuyo significado se funde con aquellas gavillas apretadas ahora sobre los lomos de las mulas.

Apretadas también están las sardinas saladas, en la cuba, encima del mostrador de la tienda lóbrega, con olores a vino y cuero rancio.

Su padre las envuelve, una por una, en un papel de estraza, las introduce en la rendija de la puerta y cierra esta. Se produce un ruido sordo, un crujido. Después arranca cabeza y vísceras, desprende escamas y piel de la carne magra y oscura y se la ofrece.

Está vivo —exclama alguien.

¿Está vivo?

Quiere irse de la tienda, olvidarse de las sardinas. Volver atrás, al verano de la siega o aquel otro de los suspensos en junio.

El calor inmenso de la siesta.

El silencio aplastante de la ciudad.

Camina hacia lo que llaman pomposamente academia. Trata de aprovechar las escuetas sombras de los edificios, buscando la protección del inmisericorde sol que se desploma sobre el asfalto, licuándolo en una pasta ardiente y pegajosa que se adhiere a la suela de las sandalias y casi le impide caminar.

Academia: dos habitaciones con sendas pizarras; diez o doce desvencijados bancos; unas persianas verdes, tamizando la luz del sol, pero no el calor, y las consabidas fotografías del Jefe del Estado y el de Falange, amén de un crucifijo de madera y un cuadro con la fotografía de Pío XII, con la leyenda en negra y rotunda letra gótica: Dios bendiga cada rincón de esta casa.

Un par de docenas de chiquillos, sentados en los ruinosos bancos, simulan prestar atención a las palabras de don Diego o don Rufino que pretenden imbuirles las ecuaciones de segundo grado, el concepto de fototropismo o el insondable misterio de las sales y las bases el uno, y la fórmula magistral de las subordinadas adjetivas, los afluentes de todos los ríos de todas las vertientes o las extraordinarias heroicidades de Viriato, el Cid Campeador y Cabeza de Vaca, el otro.

Las cabezas, muy a su pesar, se inclinan a veces hacia el pecho y en algunas ocasiones los ojos se cierran vencidos por el sopor de la siesta y el arrullo del monótono discurso del profesor.

No es extraño que este interrumpa su docta exposición para propinar un sonoro sopapo —más ruido que nueces, dice sentencioso don Diego— en el expuesto cuello del durmiente.

Los chicos aguardan estoicos el transcurso de las dos horas de suplicio aguardando poder salir a comprar alguno de aquellos inefables polos artesanos de puro hielo con misteriosos colorantes y sabores: amarillo-limón, rojo-fresa o blanco-vainilla, al menos en los primeros instantes. Después, todo será de un uniforme e insípido incoloro-hielo.

Otra apretada fila de imágenes trata de abrirse paso, superponiéndose las unas sobre las otras, tratando de mostrar la trascendencia que en su día tuvieron para llegar hasta allí.

¿Cuál fue más importante?

¿Qué decisión más acertada?

¿Dónde estuvo el secreto del éxito que pareció sentarse allí, con él, en el inmenso sillón rojo frente al ujier de barroca librea y gesto inescrutable?

Pero eso fue mucho después ¿O no?

La colosal mesa, los micrófonos estilizados y ergonómicos, los dosieres esparcidos sobre el pulido y brillante tablero, los trajes de distintos tonos, pero indefectiblemente grises, como si fuera el uniforme elegido para la reunión… y las sonrisas, las amplias y esplendorosas sonrisas.

Sonrisas triunfantes, henchidas de orgullo y, por qué no decirlo, de cierta desconfianza. Trataban de guardarla en lo más profundo de la mente, pero —Ricardo lo sabía muy bien—, tozuda, asomaba una y otra vez, planteando dudas reflejadas sin pudor en sus rostros.

Todos habían seguido un largo camino hasta encontrarse allí. Todos debieron renunciar a muchas cosas hasta aquel momento y todos —suponía— podían sentirse tentados de volver la vista atrás y recordar el largo camino hasta llegar a aquella meta.

Sabe que muchos de ellos —hombres y mujeres sentados junto a él— son imposiciones de los distintos grupos que tratan de controlar parte del pastel del poder y la influencia.

Para estos, sí es la meta. Meta ni soñada ni merecida. Para otros, posiblemente, sólo sea un paso hacia un horizonte de más alto valor y servicio. De todas formas la vida, la suerte, o las oportunidades —no siempre la valía— pondrá a cada uno en su sitio.

Algarabía. Sirenas, bocinazos, pasos apresurados…

Ruidos, ruidos, ruidos…

Federico… Federico… ¿Quién es Federico?

Alguien levanta pausadamente la vista del documento, toma un sorbo del vaso de agua y lo apoya con alguna brusquedad sobre el pequeño plato.

Es, o aparenta ser, la señal. Aún persiste unos instantes un ligero murmullo que se va apagando lenta y suavemente. Finalmente todos guardan silencio

Pasa la mirada por los rostros de cada uno de los presentes, hombres y mujeres, y deja asomar a sus labios una amplia sonrisa.

Ricardo lo contempla con fijeza. Trata de evitar el reflejo en su rostro del interrogante insidioso que transmite su mente.

¿Quién es? ¿Qué pretende?

De una forma instintiva e involuntaria siempre hubo algo para hacerle desconfiar. Sí, todo el mundo está de acuerdo en su forma de hacer las cosas.

Es suave. Es delicado. Es dialogante… Todas esas expresiones y algunas más de la misma índole se han aducido, pero…

Señoras y señores, compañeras y compañeros o, en definitiva, amigas y amigos —las primeras palabras de la reunión le sacan de sus pensamientos. Ya no hay flashes, cámaras ni periodistas. Se han retirado ordenadamente después de haber estado más de diez minutos inmortalizando el acto.

Ricardo escucha el discurso pleno de buenos deseos, inmejorables intenciones y no exento de la emoción que el estar allí presta a cada uno de los presentes como individuos, y a todos, como grupo.

Ha sido un largo caminar, pero aquí estamos y permaneceremos en tanto en cuanto seamos capaces de cumplir los objetivos marcado; no podemos dormirnos en los laureles del triunfo. Triunfo ciertamente merecido, pero que nos obliga a continuar la lucha desde este mismo instante.

Continua desgranando el discurso, no exento de conceptos grandilocuentes normalmente no utilizados para el consumo interno, pero justificado en aquella ocasión por la emotividad del momento.

Ricardo quiere bucear en las palabras desgranadas con un acento de alarma.

Mira a los demás, sentados alrededor de la inmensa mesa, pero nadie parece ir más allá de las palabras que resuenan suaves en la espaciosa sala.

No —se da cuenta—. No se perciben directamente sino a través de la sofisticada megafonía, del estilizado micrófono, de los ocultos altavoces…

Bueno ¿Y qué importancia tiene?

A Ricardo le duele la cabeza.

Le duele la cabeza.

Hay mucho ruido, demasiado ruido, pero no está fuera. Está allí, dentro de él, en algún lugar hasta aquel momento inaccesible, pero manifestándose cada vez de forma más agresiva.

Se nos va.

Alguien grita en su oído.

Se nos va.

Hay voces confusas. Quiere huir de aquella confusión. Le duele la cabeza.

Hay una nota encima de su mesa.

Ahora era distinto. Tras aquellos años, se han cambiado rostros, sonrisas y palabras. Algunos se fueron, otros permanecen en los mismos lugares o en otros afines, pero la ilusión de aquellos primeros días, incluso meses o años desapareció con la realidad.

Las ilusiones siempre chocan con ella.

La realidad es tozuda.

Una nube de humo envuelve la solemne cabeza, como un halo que se sumara al alborotado cabello, que constituye ya en sí una magnífica y personal aureola. Surge con fuerza desde la cazoleta que parece cobrar vida propia en determinados lugares del parlamento y asciende mansamente o con violencia, subrayando el latido de sus palabras.

No podemos cambiarla aunque, eso sí, podemos enmascararla durante algún tiempo y engañar, sobre todo a los que quieren ser engañados ¡que los hay!

Papel amarillo y la apresurada caligrafía de Cecilia.

Quiere verle. Dieciocho treinta.”

La sonrisa no desaparece normalmente de los labios de Federico, Fede para los íntimos. Sigue siendo un hombre sonriente, piensa Ricardo, pero los tensos años han señalado líneas en las comisuras de los labios y en la frente y unas ojeras no demasiado marcadas en los ojos. Ahora sus gestos dejan adivinar cierta urgencia ¿o es indecisión?

Ricardo hace un gesto de asentimiento sin descomponer la sonrisa en los labios ni dejar de oprimir la mano aferrada con inusitada fuerza a la suya.

Fede señala el sillón frente a él.

Ricardo —espeta sin rodeos—, ¿qué es para ti la democracia?

Están sentados en dos amplios sillones situados frente a una ventana sobre el jardín. Infinidad de flores —amarillas, azules, rojas, blancas…— muestran desde los arriates, árboles y macetas el esplendor de la estación.

 

 

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José Luis Varea Serrano: Feria del Libro 2016 Madrid

José Luis Varea Serrano: Feria del Libro 2016 Madrid

JOSÉ LUIS VAREA: “PROYECTO VERDAD (REBELACIÓN)”

BIOGRAFÍA

José Luis Varea Serrano

Parla. Madrid (1977)

Hijo de un obrero de la construcción y una ama de casa, es el menor de cuatro hermanos, con los que mantiene una estrecha y afectuosa relación. Dejó los estudios a una edad muy temprana y desde muy joven se fue a trabajar con su padre. Durante mucho tiempo se dedicó a la construcción. A los veinticinco años y tras el fallecimiento de su padre, decidió cambiar de oficio y entró en una empresa de rehabilitación e inspección de canalizaciones. Tras siete años allí, sufrió unas lesiones en la columna que le incapacitaron de por vida. Después de pasar por unos duros tratamientos y pruebas médicas, decidió dedicarse a lo que siempre le ha gustado: escribir.

EXPERIENCIA FERIA DEL LIBRO DE MADRID 2016

Fue una experiencia increíble y muy amena. El sentirte rodeado por tanta literatura y ver a esa enorme cantidad gente que le gustan los libros, es uno de los mejores momentos que un escritor puede tener.

Gracias a ediciones Atlantis y a la librería Salamanca, por esa tarde inolvidable.

jose.luis.varea

Francisco Sanz Navarro y su experiencia con Atlantis

Francisco Sanz Navarro y su experiencia con Atlantis

Carta abierta a Ediciones Atlantis:

Soy Francisco Sanz Navarro, autor de RAPPEL, novela editada por Ediciones Atlantis el 17 de junio de 2016 gracias a la selección particular que en su día hizo J. D. Álvarez (editor) y que solicitó mi manuscrito del cual hizo un exhaustivo estudio y reflexión llegando al convencimiento de que era una obra interesante y que debía ser publicada. Desde ese día, todo el personal de la editorial se volcó en conseguir una edición lo más correcta posible sin imponerme ni tipografía, ni portada, a lo que les estoy muy agradecido. También me pareció muy profesional la contribución de Mercedes del Castillo para acompañarme en la presentación del libro, sin embargo, y no es un reproche, la fecha, hora y lugar no pudo ser menos acertada pues un viernes a las seis de la tarde y en el mes de junio no podía funcionar ya que estaba todo el mundo o trabajando o de vacaciones o en las fiestas de despedida de los colegios. De hecho, recibí muchos mensajes disculpándose por no poder asistir. Espero que en el mes de octubre pueda subsanarlo con una nueva presentación, esta vez en la Biblioteca Municipal de Pozuelo de Alarcón, Madrid.

Así pues, quiero reiterar mi agradecimiento a J. D. Álvarez y a todo su equipo por haberme dado su confianza sin conocerme y sin exigirme más valor que mi propia obra y me gustaría corresponderles con un éxito de ventas que, aunque hoy por hoy no está en mis manos, haré todo lo posible porque lo esté. Las editoriales pequeñas trabajan en condiciones muy desfavorables respecto a las grandes y necesitan de nuestra colaboración para que no desaparezcan, ¿y que mejor colaboración que la de difundir la obra con todos nuestros medios que aunque parezcan escasos pueden ayudar bastante? Ellos han plantado la semilla, pero nosotros debemos regarla y abonarla para recoger la cosecha, y el que no sepa o no pueda hacerlo, se quedará sin el preciado fruto, pero no le echemos la culpa al editor, que ya ha hecho bastante con jugarse los cuartos… Todos sabemos lo costosa que resulta la publicidad y si le añadimos la distribución, entonces se disparan los precios y se pierde competitividad. No nos engañemos, las editoriales pequeñas no se enriquecen con nuestras publicaciones y tienen que ajustar muy bien sus presupuestos para poder mantener una mínima plantilla con la que dar un servicio digno al escritor. Yo hace tiempo que lo descubrí y por eso, cuando un editor me solicita el manuscrito, no tiro las campanas al vuelo pues sé el calvario que le sigue después de la edición.
Como pintor profesional (que también soy) y habiendo hecho muchas exposiciones en España y Portugal, sucede lo mismo con los galeristas. ¿Por qué han cerrado tantas galerías de arte? Porque hay muchos intermediarios alrededor de los pintores y sólo viven los muy consagrados con precios astronómicos; los demás, tienen que exponer en galerías de segunda, aunque los gastos que origina cada exposición encarecen tanto la obra, que no los puede asumir nadie. La triste realidad es que, aunque el pintor o escritor sean los más perjudicados, ninguno puede echar el cierre cuando le van mal las cosas, por eso hemos de colaborar con aquellos que nos dan una oportunidad…

francisco.sanz.navarro

Rappel

José Ramón Vera Torres: Feria del Libro 2016 Madrid

José Ramón Vera Torres: Feria del Libro 2016 Madrid

JOSÉ RAMÓN VERA TORRES: “AUTOCOMPASIÓN DE UN TONTO CON SUERTE”

BIOGRAFÍA

José Ramón Vera Torres

(Mollet del Vallés, 1977)

Soy José Ramón Vera Torres (Mollet del Valles, 1977). Peso 110 kilos y mido 1´73 m. Casi todo el mundo me confunde con mi hermano gemelo. Soy feo, ordenado y poco ambicioso. Creativo de profesión y mozo de almacén por devoción… ¿o era al revés? Me gusta el zumo de manzana, los periódicos deportivos, los ñus y vestir cómodo. Odio los coches, la carne cruda, la política y los cerezos en flor. No creo que tengáis que saber mucho más sobre mí, por ahora.

EXPERIENCIA FERIA DEL LIBRO DE MADRID 2016

Llegué, como siempre hago, bastante más pronto de lo que debía, así que me dio tiempo a pasearme por las casetas del retiro, empapándome del ambiente. En un momento dado, mientras mis familiares ojeaban libros sobre fotografía y las más pequeñas buscaban incesantemente el nuevo libro de su youtuber preferido, yo me paré a respirar y reflexionar. ¿Qué estaría haciendo yo justo hace un año, durante la Feria del libro del año pasado? Soy mozo de almacén, así que supongo que descargar camiones o reponer estanterías, pensé. Por las tardes, me encontraba acabando mi primera novela…”Autocompasión de un tonto con suerte”, la que vengo a presentar a Madrid. La de vueltas que da la vida. En un año, he cumplido el sueño de escribir un libro y, gracias a cruzarme con Ediciones Atlantis, de que sea publicado. Parece que haya pasado medio siglo.

Mientras noto como se me hincha el pecho de alegría, felicidad y orgullo, sigo paseando entre los libros, las casetas y los aficionados a la lectura que van buscando ese trozo de magia que solo dan los libros. No dejo de mirar los carteles de cada caseta, los que anuncian el próximo escritor que se pasará por allí a firmar sus ejemplares. Alucino. A la misma hora que yo estarán Matilde Asensi, Aute, Juan José Millas…gente que admiro y/o venero, ¿cómo coño has llegado tú hasta aquí, José Ramón? Por un par de horitas estaré entre los grandes, en un rincón allí a lo lejos, pero entre ellos. Estaré al otro lado de la caseta, donde nunca he estado, firmando trozos de mí a desconocidos, con los que ya estaré unido, de una forma u otra, para siempre jamás. Estaré al otro lado del negocio, vendiendo… jugando a ser escritor.

jose.ramon.vera.torres

David Gutiérrez: Feria del Libro 2016 Madrid

David Gutiérrez: Feria del Libro 2016 Madrid

DAVID GUTIÉRREZ: “TU COLOR”

BIOGRAFÍA

David Gutiérrez

Bellpuig (Lleida, 1999)

David Gutiérrez nació en Bellpuig (Lleida, 1999).

Ha ganado varios premios literarios comarcales de forma consecutiva. Es un gran aficionado a la cultura japonesa, el manga, el anime y un ávido lector de todo libro que caiga en sus manos.

Tu color es su primera novela, escrita con tan solo 15 años.

EXPERIENCIA FERIA DEL LIBRO DE MADRID 2016

Mi experiencia en la Feria del Libro es completamente inolvidable: el ambiente ajetreado con el ir y venir de tanta gente, los colores de todas esas portadas de tantos libros, la sensación de no ser más que un niño cuando mi nombre sonaba a través de los altavoces junto con al de grandes titanes de la literatura actual. Poder estar allí y tener la oportunidad de mostrar mi novela a tanta gente y saber que muchos de ellos hoy la tienen en sus casas me hace sentir enormemente agradecido con Ediciones Atlantis.

Una vez más, gracias por todo.

david.gutierrez

Daniel L. Serrano Páez: Feria del Libro 2016 Madrid

Daniel L. Serrano Páez: Feria del Libro 2016 Madrid

DANIEL L-SERRANO PÁEZ: “RELATOS DE LA GRAN GUERRA”

BIOGRAFÍA

Daniel López-Serrano Páez, “Canichu”

(1979)

Reside en Alcalá de Henares. Allí comenzó a escribir. Recibió premios literarios infantiles y juveniles desde los 10 años de edad. Entre 1994 y 1995 colaboró en la revista local Omnia. Durante el bachillerato codirigió la revista El Recreo (1995-1999). Pasó a ser redactor de otra publicación literaria llamada Claxon (1998-2000). Uno de sus poemas apareció en la sección de cartas de Rolling Stone edición española en 2001, con motivo de los atentados de Nueva York del 11 de septiembre. Volvió a codirigir una revista, ahora propia con algunos amigos que también escribieron con él, entre ellos Francisco Huerta, Alberto Cordero y Pedro J. Maza, La botella vacía (2000-2008). Distribuyeron por toda la ciudad y tuvo un colofón en 2015 como El vaso lleno del vacío de la botella. Ese mismo año fue publicado en una antología hispanoamericana llamada Tú, 2. Licenciado en Historia, archivero, más desempleado que con sueldo, tras varios trabajos no obvios y un deambular de historias complejas, ha sacado adelante numerosos recitales de poesía y una Antología (2016) de poetas complutenses actuales, esta en colaboración con la poetisa y fotógrafa Sofía Winter. Siempre perdiendo dinero en sus proyectos, pero ganando satisfacciones. Colaborador de Julián Vadillo en investigaciones de Historia, y locutor en Radio Arrebato, es autor de Noticias de un espía en el bar desde 2005.

EXPERIENCIA FERIA DEL LIBRO DE MADRID 2016

Ha escrito Juan José Millás en un artículo reciente en El País un toque de atención sobre lo solicitadas que estaban las casetas de la Feria del Libro de Madrid donde firmaban sus libros montones de cocineros, deportistas, cantantes, “youtubers” y otras personas que al terminar la feria lo que no harán será pensar en el siguiente libro, mientras las casetas de los escritores estaban desiertas o con menos interés del público. Estos, dice él, seguirán escribiendo y pensando en el siguiente libro, pues ellos son los escritores. Venía a lanzar él en cierto modo la idea de una relativa necesidad de unidad entre los escritores, editores y demás para defender la esencia de lo que debiera ser una feria del libro respecto a la literatura. En nuestras épocas las ferias de libro ya no son tanto una defensa de la cultura y en concreto de la cultura escrita de la literatura, si no un lugar donde promocionar y vender libros. Se venden libros como productos, no tanto como literatura. Sea como sea la reflexión de Millás, las estadísticas de ventas de este año en la Feria del Libro de Madrid nos indican que este 2016 se ha vendido un 9% más respecto al año pasado. Lo que en principio nos hace pensar que hay salud, relativa, en el interés por leer y por leer además en libro de papel. A menudo se nos dice que los libros electrónicos son el futuro y que se venden cada ve más, pero pienso yo sencillamente que la promoción de esos libros es a menudo fuertes campañas comerciales de los productores de aparatos electrónicos, los mismos que el día de mañana nos dirán lo desfasados que están nuestros modelos de lectores de libros electrónicos para que los vayamos reemplazando. No son la panacea de la ecología, como también nos han hecho creer, en unos tiempo donde el recalentamiento del planeta se debe a las muchas emisiones de CO2 al ambiente, emisiones que en parte generan el consumo de recursos energéticos, incluida la generación de la electricidad que necesitan las baterías de estos aparatos; baterías que a la par tienen un consumo limitado de tiempo de vida y que contienen una gran cantidad de contaminantes dañinos y difíciles de eliminar. Pienso además que la crisis económica de 2008, que aún padecemos, contribuyó en mucho en la eliminación de la compra de libros como gasto personal, o que aquellos que tuvieron que volver a las casas de sus padres o que alquilaron habitaciones o pequeños pisos tampoco disponían de espacio para poder disfrutar de los libros en papel. La economía, no el abandono del papel por sí mismo, es lo que ha provocado este desequilibrio papel-formato electrónico. Pero este año se ha vendido un 9% más en la Feria del Libro de Madrid y eso nos indica algo en un año que se ha generado algo más de empleo, si bien ha sido empleo precario de corta duración y bajos sueldos. La gente, con dinero en su bolsillo por primera vez en mucho tiempo, aunque escaso, ha comenzado a darse caprichos de ocio, aunque sepa que mañana volverá el desempleo a su hogar. Y si ese capricho de ocio es en libros, lo han gastado en libros de papel y no en libros electrónicos.

En ese 9% más de ventas he tenido la fortuna de ser uno de los autores que ha vendido en la Fería del Libro de Madrid. Fue el 1 de junio, en la caseta de la Librería Salamanca, de la mano de la editorial Atlantis con mi libro “Relatos de la Gran Guerra”, sobre relatos de ficción antibélica ambientados en la Primera Guerra Mundial. Lo cierto es que no creo que Juan José Millás ande descaminado en cuanto a los intereses de muchos lectores actuales, sin embargo yo tuve la fortuna de ver agotarse todos los ejemplares de mi obra que se encontraban a la venta en ese momento. Firmé una gran cantidad de libros, si bien yo no conté con enormes colas de personas a la espera. Fue una firma constante sin parar, eso sí, y conversando con quien se acercó. En la hora y media que estuve en mi caseta asignada pude ver incluso a personas que eran conocidas para mí y que venían de treinta a cuarenta kilómetros más allá de la ciudad de Madrid.

Firmar mi primer libro publicado, que no el primero escrito, en esta feria me resulta altamente gratificante. No todo el mundo comienza la publicación de sus libros con esta acogida, especialmente lo escribo por el interés que ha suscitado a bastante lectores interesados. Curiosamente me encuentro una gran cantidad de casos de personas que encuentran en la Primera Guerra Mundial un algo romántico que en su época era impensable. Veo igualmente, ahora que han pasado las semanas desde la presentación del libro en Alcalá de Henares, cómo diversas librerías venden mi libro recomendándolo junto al de “Cuentos de la Gran Guerra” que escribió Blasco Ibáñez en el comienzo del siglo XX. No sé qué pensaría él de tal unión de nuestras obras, pero a mí me resulta ciertamente halagador, no lo voy a negar, aunque Blasco Ibáñez siempre será uno de los grandes entre los grandes, por ello me halaga el ego, claro está, aunque yo sé dónde está él y dónde estoy yo.

Conocí en la feria a Eugenio Piñeiro, que publica en la misma editorial que yo, Atlantis, “El heraldo del caos”. Un hombre de pocas palabras pero directas, franco. También me parece de especial valor el poder tener estas relaciones entre nosotros, más o menos compañeros de algún modo. Es por todo esto que mi experiencia en la Feria del Libro de Madrid me ha resultado buena y me ha dado alegrías. No puedo decir menos que espero que este sea el peldaño de una buena trayectoria, y sé que suena mal decirlo uno mismo, pero fíjese el lector que he dicho que espero que sea, no he dicho nada más, y en expresar esperanzas e ilusiones no hay nada que suene mal, pues no es vanagloria, sino el deseo de compartir sueños por cumplir. Y es precisamente, el fijarse bien en lo que se lee de lo que va la lectura y con ella los procesos que se alimentan con ello mediante los cuales vamos formando formas de entender y de pensar. Os invito a todos a la lectura, siempre, y a la diversión que nos da todos y cada uno de los mundos que los escritores y escritoras os compartimos.

daniel.l.serrano.paez

Francisco Po Egea: Feria del Libro 2016 Madrid

Francisco Po Egea: Feria del Libro 2016 Madrid

FRANCISCO PO EGEA: “TRAS LA ESTELA DE LAS MONTAÑAS VOLADORAS”

BIOGRAFÍA

Francisco Po Egea

(Zaragoza, 1936)

Vive en San Lorenzo de El Escorial después de haberlo hecho en París, Bilbao, Barcelona, Madrid y Sídney. Ingeniero industrial y MBA Insead (Fontainebleau). Diez años de ejecutivo de multinacionales que cambió para ser trotamundos, escritor y fotógrafo. Desde hace cerca de cuarenta años recorre Asia hasta algunos de sus más escondidos rincones, así como numerosos países de los demás continentes, alternando los viajes de aventura con los grandes hoteles de lujo. Ha publicado cientos de reportajes en Viajar, Oro de Visa, Ronda y Excelente de Iberia, Rutas del Mundo, Viajes del Nat. Geo. y en los suplementos de viajes de El Pais, amén de otras revistas. Es autor de: Rumbo a Isla Mauricio (Laertes), Grandes Hoteles de España (El Pais Aguilar) y Los 100 hoteles más románticos del mundo (Formentera). Ha obtenido varios premios por sus reportajes: el Premio Francia (tres veces), el Premio Véneto y la Pluma de Plata Mexicana.

EXPERIENCIA FERIA DEL LIBRO DE MADRID 2016

Como ya esperaba vinieron solo algunos amigos que no habían venido a la presentación. Uno de ellos compañero de carrera al que llevaba 15 años sin ver. Hay tantos libros que si no eres conocido como escritor o de la tele, no se acerca nadie. A mi lado estaba Javier Urra y a él si que se acercó bastante gente aunque la mayoría eran conocidos suyos. En total firmé 8 ejemplares (dos de regalo). Lo máximo que esperaba.

francisco.po.egea