“EL AMANECER DEL CRISTAL”, de Tamara Pajarín Magán en Ediciones Atlantis

“EL AMANECER DEL CRISTAL”, de Tamara Pajarín Magán en Ediciones Atlantis

 

 

El espíritu de la bestia

En la Era de la Bestia se solía llamar al espíritu de una bestia, pero no a una cualquiera, sino a un espíritu ancestral. Se le llamaba para la elección de un niño o niña y aportarle el don de la invocación. Aunque ese día fuese un bebé, me acuerdo como si fuese ayer, cuando apareció el espíritu; recuerdo a un gran animal, se le parecía mucho a un caballo blanco y con un cuerno en el centro. Se les llamaba unicornios, pero este tenía algo distinto, se parecía más bien a un ángel, envuelto en un velo con la transparencia de un caballo. Aparte de darme el don de la invocación, me ofreció también el regalo de la curación, como una especie de curandera antigua que sanaba con las manos. Después de ahí, no recuerdo el después, solo algunas imágenes borrosas y sin poder descifrarlas. Suelo oír en el fondo de mi mente la dulce voz de mi madre, sosteniéndome en sus brazos.

En cambio, mi amiga Kate me contó que quien le aportó el don de la invocación fue otra criatura ancestral, una especie de toro, que aquí se le llama Ifrit, señor del fuego y de la destrucción. El don que le dio fue el dominio de los cielos, es decir, controlar el tiempo, tanto el Sol como el viento y las lluvias torrenciales. Pero no le pasó como a mí, solo le dio ese don. A mí me dieron el poder de la curación: podía curar a toda clase de seres vivos; lo único que me advirtieron fue que los que estaban muertos o morían por causas naturales, no se les podía hacer revivir, ya que eran perecederos de su destino y ellos mismos decidían dejar esta vida y regresar en otra. Siempre he creído que cuando morimos, morimos y no existe un regreso a otra forma ni vida, ya sea animal o humana.

Después de recordar tanto, me dispuse a levantarme de la cama y vestirme para ir a clase de control del don. Teníamos unas 300 horas a la semana (en nuestro mundo) de plan de estudios, sobre cómo controlar el don, y en qué situación. Luego teníamos clases de prácticas, donde nos enseñaban cómo utilizarlo y a dominarlo solamente con la mente. No nos gustaban mucho las clases de prácticas, y las de teoría eran un poco fastidiosas; preferíamos la acción, como todo buen guardián.

Tuvieron que hacer una clase extra para mi regalo extra, teniendo una clase extra y más horas, claro está.  Cuando me dirigía a la clase extra, miré al frente y vi al chico más guapo y atractivo de la residencia. La verdad es que se me caía la baba, todas estábamos coladitas por el tío cachas, que estaba con sus amigotes, se creía muy importante y, si quería, te hacía caso; y si no, no. Me quedaba un instante mirándolo, hasta que se daba cuenta uno de los chicos, y se me quedaba mirando. Era guapo, pelo rubio, ojos verdes, alto y fuerte, se llamaba Dalton y me miraba con curiosidad. Había oído que él tenía el don de la luz y controlaba todo tipo de luz, pero también podía emerger ocultando el Sol y dejándonos sin luz y en una total oscuridad.

Pero desde la destrucción del poblado de la invocación, no tuvimos más remedio que abandonar, al menos los que sobre-vivimos, y vinimos a parar a un lugar sagrado dentro de una superficie que la luna llena mostraba, un poblado escondido entre la luz de la luna llena; nadie sabe de sus existencia, al menos para los que ya saben dónde está. Nos conocen o nos llaman los néfiros, invocadores de las bestias sagradas. Cada néfiro desempeña su papel; a algunos se les conoce aquí como arcángeles, protectores que darían su vida por proteger el poder de la invocación y a sus descendientes.

Dejé de mirar a los chicos y entré a clase; era la única de mi clase, solo estaba yo en aquella sala con el profesor. Al parecer, era el único que también poseía el don de la curación, por eso le recomendaron darme clases. La clase empezó con algo básico. Mientras escribía un mural de los dones, escuchaba atenta:

—Hace años que una bestia sagrada y muy poderosa nos otorgó los dones. Se predecía que algo en la Tierra iba a suceder y, entre todos los seres humanos y las aldeas más allegadas, nos eligió a nosotros, a los néfiros. Después de elegirnos, nos dijo que buscáramos un lugar sagrado y que lo protegiésemos con magia.

Lo que contaba el profesor lo sabían todos los néfiros, ha pasado de generación en generación durante miles de años.

—Al cabo de unos años, nos mantuvimos ocultos para los demás seres humanos. Nuestros dones son una gran respon-sabilidad, es lo que diferencia entre vivir o morir, es un gran honor poder tenerlos y ser diferentes a los demás. Bien, el poder de la curación… son muy pocos los que obtienen el regalo; lo obtenemos porque nuestra alma es pura y sin maldad. Amamos la vida y todo lo que hay en ella. Mientras que otros alumnos solo obtienen un don, los privilegiados, como yo los llamo, señorita Katlin. ¿Entiende el motivo? Porque la bestia sagrada le dio el regalo de la curación. ¿Lo llega a comprender?

Miraba al profesor, detenidamente, entonces asentí. El enarcó una ceja  y se quitó las gafas, para limpiárselas y volvérselas a poner, me quedé pensando en que su gesto indicaba que no me creía.

—Entonces, si lo llega a comprender, dígame: ¿qué le hace tan especial? o ¿por qué le regaló ese don la bestia sagrada?           —mientras me hacía las preguntas, nunca me paré a pensar: ¿por qué yo?

—Pues verá, pienso que me dio ese don por la simple razón de que era mi destino, y que soy importante para lo que vaya a suceder. Y no es que me considere especial. La bestia sagrada me lo otorgó por algo, ese algo sucederá, no digo que hoy ni mañana. Pero algo estará a punto de pasar.

El profesor, sonrió, siguiendo con la clase. Se habrá quedado satisfecho con mi respuesta.

—La curación es el don de curar heridas, de curar aquello que más nos importa, si se hace de corazón…, pero hace siglos hubo una chica, señorita Katlin, que me dio la misma respuesta que usted me ha dado. Aprendió rápida a controlarlo, a manejarlo. Era espléndida. Como el don crecía dentro de ella, llegó a controlarlo tanto, que hasta ella podía curarse a sí misma.

Me quedé ensimismada.

—¿Curarse ella misma, cómo?

—Nunca supimos cómo lo hizo. Lo que sí sabemos es que traicionó a los néfiros. Una noche llegó un chico que tenía algo extraño, la mirada siempre la tenía llena de odio. Ella se enamoró de él y él de ella, supuestamente. Dejó de practicar y faltaba a las clases, hasta que un día se escapó con él. No volvimos a saber de ella, hasta unas décadas después, que la encontraron dos arcángeles de la guarda. Estaba muerta y desintegrada, porque aquel chico la había robado el don, consumiéndola a ella y causándole la muerte. Pero también supimos que cuando te enamoras del mal, tu don cambia, odiando a todo ser vivo de la Tierra. Hay un hombre que llegó a desafiar a la bestia sagrada, dándole un poder de invocación poderoso. Aquel hombre se llamaba Calón Serguei. Levante la mano para preguntar. ¿Sí, señorita Katlin?

—¿Roban el poder de la curación, para qué?

—Verás, Katlin, el don que tú tienes no es muy corriente y pueden pasar siglos y siglos, hasta que haya alguien que tenga ese don. Es muy poderoso. Calón Serguei lo sabía y utiliza ese don para curarse a sí mismo, lo que le hace invencible e inmortal.

 

Este es el inicio de esta novela…

 

aquí continua.

“EL AMANECER DEL CRISTAL”, de Tamara Pajarín Magán

“EL AMANECER DEL CRISTAL”, de Tamara Pajarín Magán

“EL AMANECER DEL CRISTAL”, de Tamara Pajarín Magán, publicada por Ediciones Atlantis.

A continuación puedes leer el comienzo de esta historia:

portada-el-amanecer-del-cristal-pq_media

 

El espíritu de la bestia

En la Era de la Bestia se solía llamar al espíritu de una bestia, pero no a una cualquiera, sino a un espíritu ancestral. Se le llamaba para la elección de un niño o niña y aportarle el don de la invocación. Aunque ese día fuese un bebé, me acuerdo como si fuese ayer, cuando apareció el espíritu; recuerdo a un gran animal, se le parecía mucho a un caballo blanco y con un cuerno en el centro. Se les llamaba unicornios, pero este tenía algo distinto, se parecía más bien a un ángel, envuelto en un velo con la transparencia de un caballo. Aparte de darme el don de la invocación, me ofreció también el regalo de la curación, como una especie de curandera antigua que sanaba con las manos. Después de ahí, no recuerdo el después, solo algunas imágenes borrosas y sin poder descifrarlas. Suelo oír en el fondo de mi mente la dulce voz de mi madre, sosteniéndome en sus brazos.

En cambio, mi amiga Kate me contó que quien le aportó el don de la invocación fue otra criatura ancestral, una especie de toro, que aquí se le llama Ifrit, señor del fuego y de la destrucción. El don que le dio fue el dominio de los cielos, es decir, controlar el tiempo, tanto el Sol como el viento y las lluvias torrenciales. Pero no le pasó como a mí, solo le dio ese don. A mí me dieron el poder de la curación: podía curar a toda clase de seres vivos; lo único que me advirtieron fue que los que estaban muertos o morían por causas naturales, no se les podía hacer revivir, ya que eran perecederos de su destino y ellos mismos decidían dejar esta vida y regresar en otra. Siempre he creído que cuando morimos, morimos y no existe un regreso a otra forma ni vida, ya sea animal o humana.

Después de recordar tanto, me dispuse a levantarme de la cama y vestirme para ir a clase de control del don. Teníamos unas 300 horas a la semana (en nuestro mundo) de plan de estudios, sobre cómo controlar el don, y en qué situación. Luego teníamos clases de prácticas, donde nos enseñaban cómo utilizarlo y a dominarlo solamente con la mente. No nos gustaban mucho las clases de prácticas, y las de teoría eran un poco fastidiosas; preferíamos la acción, como todo buen guardián.

Tuvieron que hacer una clase extra para mi regalo extra, teniendo una clase extra y más horas, claro está.  Cuando me dirigía a la clase extra, miré al frente y vi al chico más guapo y atractivo de la residencia. La verdad es que se me caía la baba, todas estábamos coladitas por el tío cachas, que estaba con sus amigotes, se creía muy importante y, si quería, te hacía caso; y si no, no. Me quedaba un instante mirándolo, hasta que se daba cuenta uno de los chicos, y se me quedaba mirando. Era guapo, pelo rubio, ojos verdes, alto y fuerte, se llamaba Dalton y me miraba con curiosidad. Había oído que él tenía el don de la luz y controlaba todo tipo de luz, pero también podía emerger ocultando el Sol y dejándonos sin luz y en una total oscuridad.

Pero desde la destrucción del poblado de la invocación, no tuvimos más remedio que abandonar, al menos los que sobre-vivimos, y vinimos a parar a un lugar sagrado dentro de una superficie que la luna llena mostraba, un poblado escondido entre la luz de la luna llena; nadie sabe de sus existencia, al menos para los que ya saben dónde está. Nos conocen o nos llaman los néfiros, invocadores de las bestias sagradas. Cada néfiro desempeña su papel; a algunos se les conoce aquí como arcángeles, protectores que darían su vida por proteger el poder de la invocación y a sus descendientes.

Dejé de mirar a los chicos y entré a clase; era la única de mi clase, solo estaba yo en aquella sala con el profesor. Al parecer, era el único que también poseía el don de la curación, por eso le recomendaron darme clases. La clase empezó con algo básico. Mientras escribía un mural de los dones, escuchaba atenta:

—Hace años que una bestia sagrada y muy poderosa nos otorgó los dones. Se predecía que algo en la Tierra iba a suceder y, entre todos los seres humanos y las aldeas más allegadas, nos eligió a nosotros, a los néfiros. Después de elegirnos, nos dijo que buscáramos un lugar sagrado y que lo protegiésemos con magia.

Lo que contaba el profesor lo sabían todos los néfiros, ha pasado de generación en generación durante miles de años.

—Al cabo de unos años, nos mantuvimos ocultos para los demás seres humanos. Nuestros dones son una gran respon-sabilidad, es lo que diferencia entre vivir o morir, es un gran honor poder tenerlos y ser diferentes a los demás. Bien, el poder de la curación… son muy pocos los que obtienen el regalo; lo obtenemos porque nuestra alma es pura y sin maldad. Amamos la vida y todo lo que hay en ella. Mientras que otros alumnos solo obtienen un don, los privilegiados, como yo los llamo, señorita Katlin. ¿Entiende el motivo? Porque la bestia sagrada le dio el regalo de la curación. ¿Lo llega a comprender?

Miraba al profesor, detenidamente, entonces asentí. El enarcó una ceja  y se quitó las gafas, para limpiárselas y volvérselas a poner, me quedé pensando en que su gesto indicaba que no me creía.

—Entonces, si lo llega a comprender, dígame: ¿qué le hace tan especial? o ¿por qué le regaló ese don la bestia sagrada?           —mientras me hacía las preguntas, nunca me paré a pensar: ¿por qué yo?

—Pues verá, pienso que me dio ese don por la simple razón de que era mi destino, y que soy importante para lo que vaya a suceder. Y no es que me considere especial. La bestia sagrada me lo otorgó por algo, ese algo sucederá, no digo que hoy ni mañana. Pero algo estará a punto de pasar.

El profesor, sonrió, siguiendo con la clase. Se habrá quedado satisfecho con mi respuesta.

—La curación es el don de curar heridas, de curar aquello que más nos importa, si se hace de corazón…, pero hace siglos hubo una chica, señorita Katlin, que me dio la misma respuesta que usted me ha dado. Aprendió rápida a controlarlo, a manejarlo. Era espléndida. Como el don crecía dentro de ella, llegó a controlarlo tanto, que hasta ella podía curarse a sí misma.

Me quedé ensimismada.

—¿Curarse ella misma, cómo?

—Nunca supimos cómo lo hizo. Lo que sí sabemos es que traicionó a los néfiros. Una noche llegó un chico que tenía algo extraño, la mirada siempre la tenía llena de odio. Ella se enamoró de él y él de ella, supuestamente. Dejó de practicar y faltaba a las clases, hasta que un día se escapó con él. No volvimos a saber de ella, hasta unas décadas después, que la encontraron dos arcángeles de la guarda. Estaba muerta y desintegrada, porque aquel chico la había robado el don, consumiéndola a ella y causándole la muerte. Pero también supimos que cuando te enamoras del mal, tu don cambia, odiando a todo ser vivo de la Tierra. Hay un hombre que llegó a desafiar a la bestia sagrada, dándole un poder de invocación poderoso. Aquel hombre se llamaba Calón Serguei. Levante la mano para preguntar. ¿Sí, señorita Katlin?

—¿Roban el poder de la curación, para qué?

—Verás, Katlin, el don que tú tienes no es muy corriente y pueden pasar siglos y siglos, hasta que haya alguien que tenga ese don. Es muy poderoso. Calón Serguei lo sabía y utiliza ese don para curarse a sí mismo, lo que le hace invencible e inmortal.

—Pero entonces, la que tiene el don perece muriendo. ¿No es así? Tú puedes ofrecer tu don, voluntariamente, al contrario. Te hace usarlo y usarlo, hasta que llega un momento en que te ha consumido tanto, que lo ofreces, y claro, al tener el cuerpo tan débil, pues mueres y tu cuerpo se consume al dar tu don a otra persona.

Bajé la cabeza, mirando a la mesa de color verde. La volví a levantar. El profesor se acercó, tocándome el brazo.

—Te diré algo: no tienes de qué preocuparte, eso ocurrió hace tiempo. Lo que sí te pediría es que tengas presente lo que te acabo de contar.

—¿Por qué ha dicho que pasó hace tiempo?

—Solo digo que lo tengas muy presente.

—Ya veo, profesor, ¿llegó a la conclusión de que volverá a ocurrir, verdad?

—El secreto de que hay una chica con el don de la curación se ha expandido como la pólvora, Katlin.

Me quedé inquieta, tendría que estar alerta, no podía fiarme de nadie más que de mí misma.

—No está seguro de que vaya a ocurrir, ¿verdad, profesor? Respóndame —no recibí la respuesta; el profesor guardó silencio y se dirigió hasta la pizarra, siguiendo con la clase. Pero la campana estaba resonó entre tintineos. Me levanté de la silla, recogí el cuaderno y el bolígrafo.

—¿Katlin? Y una cosa…, no estoy seguro de que vuelva a ocurrir. Pero aun así, ándate con mucho ojo —sugirió el alarmante—. Ah, y mañana empezaremos con las prácticas, te sugiero que descanses.

Asentí con la cabeza.

Salí de la clase, encontrándome en el pasillo, miré para un lado y para el otro, pero estaba desierto, ni un alma. Y era com-prensible, ya que las clases para los demás habían acabado hace horas, pero para mí dos horas más me hacían sentir un bichejo. Mientras caminaba lentamente por aquel pasillo reluciente, un escalofrío recorrió mi cuerpo y cuando expulsaba el aire de mis pulmones se convertía en vaho. La verdad es que empezaba hacer un frío helado. Me arrimé a la pared intentando encontrar alguna ráfaga de calor; apoyándome en ella, dejé el cuaderno y el bolígrafo en el suelo, y me abracé sobándome por encima de los brazos para entrar en calor. Entonces levanté la cabeza y vi una persona que estaba en la otra punta; solo llevaba ropa negra y se empezó acercar. El pánico se empezó  apoderar de mí, me levanté, estaba temblando, no es que tuviese miedo, sino que el frío me estaba congelando cada centímetro de mi cuerpo y me hacía tiritar;

—¿Quién eres? ¿Sabes por qué hace tanto frío? —pregunté, inquieta y temblando de frío. Me agaché para coger el cuaderno y el bolígrafo.

A mitad de camino, antes de que llegase a donde estaba, esperaba alguna respuesta a mi pregunta y, a medida que se acercaba, vi que tenía una capucha que le tapaba el rostro y una chaqueta de cuero de color azulado y unos pantalones negros con varios bolsillos a ambos lados. No veía que llevase ningún cuchillo o arma. Vi cómo sacaba algo del bolsillo, cuando estaba enfrente de mí y solo sentía su respiración y su aliento. Entonces se quitó la capucha, mostrando su rostro. Me quede atónita, su mirada era penetrante, de unos ojos negros azabache y su melena corta cayéndole por la frente. El chico me miraba detenidamente, quería echarme más hacia atrás, pero no podía, la pared me lo impidió.

—Perdona que te haya asustado. Soy nuevo aquí, me llamo Keinan Wattergaich, ¿y tú? —declaró amablemente, mientras se apartaba echándose hacia atrás.

—¿Asustarme? ¡No! Solo que no se puede ser tan misterioso, pueden confundirte con alguien malvado. Me llamo Katlin —contesté cordial y con un tono de enfado. Me coloqué el pelo—. ¿De dónde vienes?

—Uhm… vengo de las montañas Breaksoul, y detrás hay una aldea. ¿Conoces la aldea de los fenixsos? —admitió sonriente y misterioso, mientras se colocaba la mochila en el hombro.

Ladeé la cabeza de un lado para otro.

Me quede pensativa. Había oído hablar de los fenixsos. Lo que pasa que sus costumbres y su manera de convivir con los seres vivos no era la nuestra y no nos dejaban o, más bien, teníamos prohibido acercarnos a ellos. Y no es que fueran malos, ni nada por el estilo, pero los fenixsos son brujos especializados, sobre todo en la magia maléfica y demoniaca, y siempre llevan en su hombro un fénix negro, que se les llama así por ser negro con sus plumas; “el fénix del caos” y “el fénix del fuego” son iguales, pero muy diferentes: uno revitaliza a los seres vivos, devolviéndoles la vida, y el fénix negro quita la vida. Aunque la directora (la señora Amie Wersail) suele hacer tratos con ellos, como comprarles o venderles su mercancía. Pero siempre mantienen una distancia. Los fenixsos fueron creados hace siglos, viven en la Tierra y convivían con la aldea de los invocadores mucho antes de que los humanos, o aldeas consagradas como la nuestra, se realzaran:

—Katlin, ¿estás bien? Te estoy hablando y no me estás escuchando. Te preguntaba si conoces la aldea de los fenixsos; está detrás de esa montaña —comentó él con voz confusa y señalándome las montañas.

—¡Ah! Perdona, sí te estaba escuchando. Conocer de haber estado allí, no, pero sí he oído hablar de ellos. ¿Vives allí con ellos? —pregunté dudosa y mirando a la dirección que señalaban sus ojos, y volviéndole a mirar su rostro a los ojos, sin apartarle la mirada.

Él negó con la cabeza.

—No vivo allí. Pero mi padre es amigo del jefe de los fenixsos del caos; entonces, tenemos como un privilegio —anunció presumido—. ¿Y tú, Katlin?

Cuanto más le miraba más creía que guardaba algún secreto que escondían sus negros y prohibidos ojos. ¿Cuál sería su don? Tampoco es que me molase su rollazo de tío misterioso. Pero el chico era guapísimo, saltaba a la vista. En mi mente oía las palabras del profesor, mientras miraba a Keinan: “ándate con mucho ojo, ejem”. Nos dimos la vuelta mirando para un lado y no había nadie, y miramos para el otro y había una profesora delante de nosotros. Nos miramos al mismo tiempo, con los ojos entreabiertos.

—¡Wattergaich y Doyle! ¿Qué hacen aquí, cuando deberían estar en el comedor, para la hora de la cena? —dijo con recelo. Mientras, se cruzaba de brazos y nos miraba fijamente. Doyle debería ir a cambiarse de ropa.

Asentí, mirando a Keinan.

Pasé por entre medias de los dos, yendo por el pasillo para ir a la habitación y cambiarme de ropa y ponerme algo más cómodo. Cuando llegué al vestíbulo había un gran alboroto de bandejas, platos y vasos, que se movían de un lado a otro, y donde a los que residíamos allí nos servían la cena, pues tenía pinta de buffet libre, pero sin que nos las sirviéramos nosotros. Entonces divisé a Kate en la cola, sosteniendo una bandeja y hablando con una chica; no reconocía de quién se trataba, por estar de espaldas a mí; solo su pelo castaño y recogido con una trenza y con decorativos de flores en ella. Vi la mano de Kate saludándome desde la fila, que avanzaba despacio, como una tortuga. La sonreí y ella me la devolvió. Cuando pasaba entre la gente, zigzagueaba e intentaba no chocarme con nadie, pues éramos muchos y debíamos mantener un orden y una educación como néfiros que coexistíamos, y dar buena imagen a nuestro linaje, como porta-dores de los dones. A punto de llegar a la fila y encontrarme con mi amiga, alguien se me cruzó y se me puso enfrente, le observé ropa negra y en su rostro las gafas: era el profesor. ¿Qué es lo que quería? ¡La lección  de hoy había acabado!, me pregunté, mirán-dole fijamente.

—Señorita Katlin. Espero que no olvide lo que le he dicho hoy —repitió, mirándome sin pestañear—. Espero que la cena sea de su agrado, nos veremos mañana en clase.

Era extraño que cuando iba a contestarle se esfumara. Aunque entiendo la postura; tantos alumnos…, no es que fuese la única, daba otras clases a chicos con problemas de control y con serios problemas de personalidad. Y muy rara vez se veía casos de profesores saturados por el estrés o por alguna otra dolencia. De tanto fundirme en mis pensamientos me olvidé de Kate; miré rápidamente en dirección hacia la fila y no se encontraba allí. “Mierda”, me dije con tono de voz alta; hasta los oídos más insurgentes de aquel comedor, me hubiesen escuchado, pero a nadie pareció importarle.

Decidí acercarme para picar algo, cogí una bandeja de las tres mil que se encontraban allí en una pila. Y una señora con un uniforme blanco y un gorro ancho en su cabeza, me sirvió en la bandeja algo que olía demasiado bien. Cuando me echó con la cuchara aquello, unas arcadas me invadieron por dentro; me imaginaba que alguien había potado y que nos lo estaban sirviendo; intente visualizar otra cosa comestible, estaba claro que no iba a comerme ese potaje hecho a saber de qué.

Una dieta estricta para los néfiros no era lo que se llamaba saludable, era todo muy restringido. Una vez por semana nos dejaban comer lo que nos gustaba, pero ya sabes, sin pasarse. Muchos se guardaban en los bolsillos de sus pantalones, y las chicas traían bolsos no muy grandes, para guardarse alguna chuchería o bollería. En el mostrador, una bandeja llena de fruta: naranjas, manzanas, incluso peras, y no eran como en el mundo humano; tenían un color diferente: la naranja era de color morado, la manzana de color negro y la pera de un rosa fucsia. El sabor era directamente más dulce y se deshacía en la boca. Escogí la manzana, me recordaba a los ojos negros de Keinan que, por cierto, me había olvidado de él por completo. Dale la cabeza sonriendo, de mi mala cabeza.

Cuando terminé de echarme lo que iba a cenar, las mesas del comedor estaban algunas llenas por diferentes cuerpos inertes y otras totalmente vacías. Di pasos agigantados acercándome a una de las mesas vacías y me senté, posando la bandeja con sumo cuidado. No es que me gustase la soledad o estar apartada del mundo, solo que me sentía mejor si no tenía tantas voces a mi alrededor, llamándome mil veces por minuto o contándome chismorreos de cosas que realmente a mí no me llamaban la atención; la vida de cada néfiro era suya y cada cual hacía con ella lo que quería. Después de terminar de cenar me aproximé a dejar la bandeja donde estaban las demás sucias y donde se las llevarían para lavar.

Salí del comedor, la gente estaba en los pasillos y me acerqué a una de las ventanas abiertas, agarré la cortina blanca que volaba por el viento, y vi más cabezas de néfiros dirigiéndose hacia la aldea. Era una noche espléndida como muchas otras, dirigí la vista hacia el cielo y las estrellas brillaban más que nunca en el paraíso de los néfiros; nuestra armonía se podía palpar con la luz de la Luna; no era precisamente un paraíso con palmeras, pero sí un auténtica expectación poder vivir entre ellos.

—Ey, Katlin, ¿dónde te habías metido? —preguntó ella burlonamente—. Te he estado buscando. ¿Sabías que Jordán está saliendo con el cachas de Cail?

La sonrisa desvelaba felicidad, al contarme la gran noticia que se hablaría durante un largo tiempo.

—¿En serio, Kate? —dije, sin mucho entusiasmo—. He estado en el comedor terminando de cenar. Me iré a dar un paseo, ¿quieres venir?

—No puedo, he quedado, Katlin. Con un chico monísimo. Ah, acuérdate que dentro de unos días es el baile de la era de la bestia y tenemos que asistir. Ese día es el más importante para nosotros —me dio un beso y se marchó.

¡El baile, oh, no! No me acordaba de ese momento: vestidos, zapatos y peinados, y deslumbrar ante todo el mundo. Como la nueva generación que sustituiría a nuestros ancestros, cuando ya no se encontraran ante nosotros. Los nervios pasaban por mis venas y mi corazón se aceleraba por momentos, solo de pensar que ese día llegaría y no estaba preparada. ¡Para hacer el ridículo! Una terrible desesperación de hacer lo que sea por no asistir, y aunque me encontrase mal me harían ir sin dudarlo. Y no es todo el ir, sino el encontrar una pareja; la idea me repugnaba. No me hacían mucha gracia los bailes, y los vestidos y el andar con tacones, y el no pensar en caerme con ello y delante de toda la aldea “¡Qué vergüenza!”, me dije, ni viéndome el rostro en un espejo, sabía que los ojos se me habrían puesto en blanco como la nieve. Intenté quitarme esa idea y el trauma de la felicidad de Kate y la infelicidad que aquello me producía. Pero son costumbres de los néfiros y no podías saltártelas.

 

Puedes continuar la historia aquí