“Destino”, de Jessica Castro Martínez, publicado en Ediciones Atlantis

“Destino”, de Jessica Castro Martínez, publicado en Ediciones Atlantis

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—Como mucho te doy un año —fueron las duras palabras del doctor Gutiérrez, mientras miraba fijamente los resultados de mis últimas pruebas—. Lo lamento muchísimo, señorita Aguirre —me dedicó una corta mirada que, realmente, expresaba pena—. Es usted una chica muy joven

No se preocupe —le interrumpí, porque no quería escuchar las lamentaciones de un hombre al que solo conocía de unas pocas consultas médicas—. Sabré aceptarlo —mentí, mostrándole una sonrisa fingida, mientras me ponía en pie y me dirigía hacia la puerta de la consulta.

Señorita Aguirre —me detuve frente a la puerta y le miré un instante—. Podría mandarla al hospital para…

No voy a pasarme los últimos meses de mi vida ingresada en el hospital mientras los médicos investigan la enfermedad conmigo.

Salí de la consulta y al cerrar la puerta me sentí muy mal por la forma en la que le había hablado, como si él tuviera la culpa de que me estuviera muriendo. Cerré los ojos, suspiré y comencé a caminar hacia la salida. No vivía muy lejos de allí, así que fui dando un lento paseo, sin ningunas ganas de llegar a casa. No podía dejar de pensar en todo lo que me esperaba hasta el último día de mi vida. Fuertes dolores, mareos, vómitos, tristeza, vacío, soledad y un día mi respiración comenzaría a fallar. Parecía un camino duro y tormentoso, en el que más de un día desearía, suplicaría, que todo terminase de una vez.

Recordaba todos aquellos planes con los que soñé para mi futuro perfecto y no aparecía semejante pesadilla. Había dejado tantas cosas por hacer, pensando que tenía todo el tiempo del mundo, que me sentía decepcionada y perdida. Miré hacia atrás, recordando mi pasado y me di cuenta de que había malgastado mi vida. Como mucho me quedaba un año, ese era mi tiempo límite y sin embargo, quería hacer tantas cosas, que esos doce meses me parecían muy poco.

Sin darme cuenta, mis ojos comenzaron a derramar silenciosas lágrimas, debido a todo lo que no iba a tener y que tanto deseaba. Quería conocer a mi príncipe azul, quería ser muy feliz con él, que me pidiera matrimonio y celebrar una bonita boda. Disfrutaríamos de una increíble luna de miel y me quedaría embarazada de nuestro primer bebé. Seríamos muy felices los tres y adoptaríamos a un cariñoso perro. Después tendría a nuestro segundo bebé y ya tendríamos la familia al completo. Los cuidaría y los vería crecer día a día. Su primer amor, su graduación, su primer día de universidad, su primer trabajo, su boda y sus hijos. Entonces sería una abuelita y disfrutaría mimando a mis nietos. Moriría habiendo sido muy feliz y disfrutando de una vida plena. Pero nada de eso iba a pasar.

El móvil comenzó a sonar insistentemente, haciéndome volver a la realidad, dejando mis pensamientos a un lado. Lo saqué del bolsillo derecho del pantalón vaquero y vi la palabra “mamá” en la pantalla. Me quedé un instante observando cómo parpadeaba, sin atreverme a descolgar. Sabía lo que quería y no podía hablar de aquel asunto por teléfono, en mitad de la calle.

Al llegar a casa vi que tenía varios mensajes en el contestador, dos eran de mi madre, la pobre mujer sabía que me daban los resultados de mis últimas pruebas y estaba muy preocupada por saber cómo habían salido. Un tercer mensaje pertenecía a una antigua amiga con la que fui al bachillerato nocturno, donde nos conocimos y nos hicimos muy buenas amigas. En el mensaje me pedía que le devolviera la llamada, ya que quería que nos viésemos para tomar algo y hablar. Me hizo mucha ilusión escuchar su proposición, porque parecía que lo de mi enfermedad no era real. Pero en esos momentos no tenía ganas de llamar a nadie y mucho menos de ver en persona.

El cuarto y último mensaje de voz era de mi cuñada, que me proponía quedar para comer fuera. Sin darme cuenta, me salió una sonrisilla inocente, ya que siempre me gustó salir a comer o a cenar fuera de casa. Pero no tenía ganas de hablar, era como si me hubiera quedado muda y aunque quisiera, las palabras no salían de mi boca.

Borré los mensajes del contestador, subí al primer piso, entré en mi habitación y me dejé caer sobre la cama. Cerré los ojos y permití salir a las lágrimas en silencio, deslizándose por mis mejillas. La tristeza que me invadía por dentro, también lo hacía por fuera.

El sonido del timbre me despertó y fue cuando me di cuenta de que me había quedado completamente dormida. Me levanté de la cama, con la sensación de que todo había sido una pesadilla y que en realidad estaba bien. Pero cuando abrí la puerta y vi el preocupado rostro de mi madre, supe que todo había sido de verdad. Me estaba muriendo y mi tiempo tan solo era de un año de vida.

¿Por qué has tardado tanto? —preguntó medio enfadada, con una pequeña sonrisa—. Menos mal que un vecino me abrió el patio, sino te fundo el telefonillo.

Hola mamá —la saludé, ignorando su protesta, mientras me frotaba los ojos con las dos manos, ya que los tenía llenos de legañas y los notaba algo hinchados, seguramente de haber estado llorando—. Perdona, estaba durmiendo.

¿No has ido al médico?

Aquella pregunta hizo que me despertara por completo, provocando que recordara el momento en el que el médico me dio la mala noticia.

Asentí con la cabeza.

Al volver me eché y me quedé dormida —le expliqué.

Normal, no estás acostumbrada a madrugar —bromeó—. ¿Y qué te ha dicho el médico? ¿Cómo han salido los resultados?

Me fijé en su preocupado rostro, esperando con cierto nerviosismo mi respuesta. Podía ver las lágrimas acumulándose en sus ojos, como si algo en mí la hubiera alertado y entonces le mostré una gran sonrisa.

Todo está bien, mamá. No tengo nada —mentí.

Al ver la gran alegría en su rostro, supe que estaba haciendo lo correcto, porque ¿cómo se le dice a una madre, que su hija va a morir tan joven? No sabía cómo contarle que solo nos quedaba un año para estar juntas y no quería que se pasara los días llorando o rezando por un milagro que jamás ocurriría. No quería compartir mi sufrimiento y no quería verla triste ni un solo día.

Me dio un fuerte abrazo, aliviada al creer que estaba muy sana y era tan grande su alegría, que quería que saliéramos toda la familia a comer para celebrarlo. No me apetecía nada, ya que en realidad sería como festejar que me estaba muriendo y que les había mentido. Pero no podía negarme, porque mi madre podía llegar a sospechar sobre mi estado de ánimo. Tras un buen susto, debía estar muy contenta y fingirlo no me costaba nada, aunque a veces se me olvidaba.

Mi madre se quedó en el salón llamando al resto de la familia por teléfono, para avisarles de que salíamos a comer fuera. Mientras, yo regresé a mi habitación para cambiarme de ropa. Ni siquiera estaba con el ánimo para arreglarme, acababa de saber que me estaba muriendo y todavía no me había dado tiempo a asimilarlo. Creí que podría dejar la noticia a un lado de mi mente y centrarme en pasar un buen rato con mi familia. Así que escogí un bonito vestido largo y negro, con un fino cinturón dorado y unos zapatos de tacón. Elegante y encima me favorecía la figura. No era una chica delgada precisamente, tenía unos pocos kilos de más y encima mis pechos eran grandes, pero sin exagerar. Además, como era bajita, parecía estar más gorda de lo que era y me costaba encontrar ropa que me favoreciera y que encima fuera de mi agrado. Pero aquel vestido era increíble, me hacía sentir muy elegante y atractiva. Podía ser un vestido para una celebración importante o de funeral y eso me gustaba.

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