“DESERTORES”, de Aretussa Margaritti en Ediciones Atlantis

“DESERTORES”, de Aretussa Margaritti en Ediciones Atlantis.

Os dejamos aquí el inicio de este relato publicado por Ediciones Atlantis:

Todo empezó con la llegada de los Mentores. Ya llevaban varios meses informándonos de la llegada de dichos entes. Salían mensajes de publicidad en los que decían que estaban cualificados para traer la paz al mundo, personas que estaban dispuestas a ayudar a todo el que lo necesitase.

Con esos mensajes publicitarios la gente de Fÿnora estaba deseando que los mentores llegasen y ni siquiera sabían el propósito que los traía a nuestra ciudad.

¿Y si no debíamos fiarnos de ellos? ¿Y si no traían la paz sino la guerra? ¿Podíamos confiar a ciegas en un puñado de desconocidos? No, claro que no, pero la gente es curiosa, es débil, es arriesgada y es confiada.

El día de la llegada de los Mentores había llegado. El alcalde había preparado toda una fiesta para la celebración de su llegada.

La plaza estaba decorada a más no poder con motivos blancos. Serpentinas blancas, flores blancas, palomas blancas… hasta habían repartido unas pequeñas palomas en forma de broche para que la gente las llevara en ese gran día.

Nadie estaba tranquilo. Las ansias por verlos y hablar con ellos se palpaban en el aire.

La felicidad inundaba sus rostros y las ganas por creer en alguien que cambiaría su mundo les oprimía el corazón.

«Panda de ilusos».

Lo observaba todo desde un rincón, al final de la plaza. Escondida, oculta. No creía en ellos, no creía en nada de lo que decían y tampoco quería que llegasen, pero no podía negar que sentía curiosidad.

El silencio se hizo a la hora señalada y en el lugar señalado. Una enorme oscuridad invadió el cielo mientras todos los habitantes exclamaban al ver el fantástico numerito de los mentores que bajaban desde una enorme nave de color blanca.

Lentamente uno por uno se deslizaban cuerda abajo hasta caer al suelo delante del alcalde.

Había seis hombres y cuatro mujeres. Ellos con traje de chaqueta blanco y ellas con vestidos de tubo del mismo color. En el pecho de cada traje había una “M” mayúscula en letras doradas.

Sonreían y abrían los brazos hacia el público mientras este les aplaudía.

Saludaron al alcalde. Se estrecharon las manos uno por uno y luego fueron a saludar a las personas que rodeaban el escenario y alzaban las manos hacia ellos.

El más viejo de ellos, un hombre entrado en edades y con el pelo completamente blanco, caminó hacia un grupo de personas y rozó las manos contra las suyas como si fuese un artista, como si estuviésemos en un concierto de música y el cantante va a saludar a sus fans. Lo único que se asemejaba la escena con un concierto de música, es que la gente no paraba de gritarles y de alzar las manos para que alguno de ellos se las agarrase.

«Es patético ver a un grupo de ancianos gritar porque una persona le haya cogido de la mano».

El hombre más viejo de todos, cogió el micrófono de las manos del alcalde y se colocó en medio del escenario.

Las arrugas le surcaban toda la cara como si una araña hubiese construido su telaraña en ella. Tenía unos ojos azules, pálidos y fríos bajo unas pobladas cejas también blancas.

Una nariz redonda y grande bajaba por su cara hasta llegar a una pequeña boca, de labios finos y severos.

El hombre hizo un intento de sonrisa, pero lo único que se pudo percibir fue una mueca desagradable.

Apretó el micro con las manos, se lo acercó a la boca y finalmente habló.

Gracias a todos por venir —comenzó—. Es un honor estar hoy aquí con vosotros.

La gente aplaudió desesperadamente.

Hace un tiempo, nos hicieron llegar un informe de cada ciudad del país —continuó él con una voz ronca—, un informe que nos comunicaba el estado de las ciudades, de los países y de sus habitantes.

»Vuestra ciudad y vuestro país fue el elegido. Demasiadas guerras, demasiada pobreza. Demasiados niños sin hogar, demasiados niños sin estudios…

»Decidimos reemprender nuestro viaje —el hombre comenzó a pasear por el escenario—, recorriendo el mundo para llegar hasta esta ciudad con la idea de salvar a la población que vive en ella.

»Hoy, la ciudad de Fÿnora, es una ciudad pobre, una ciudad sin estudios, una ciudad que desaparece con el paso de los días.

Ni siquiera sabe nada de nuestra ciudad. La ciudad es pobre como otra cualquiera. Hay gente con más dinero y otras con menos. Hay trabajo en abundancia y cada persona de las que están hoy presentes, se ganan su bien merecido dinero cada día trabajando.

Hay seis escuelas, dos privadas, el resto son comunes. Nos dan la educación adecuada, la mejor diría yo. Y si hay algún niño que no va a clase es por su propia decisión, no porque se les esté prohibido.

La ciudad no es demasiado grande, pero tampoco es pequeña comparada con las ciudades o pueblos de los alrededores.

Fÿnora no es una ciudad turística, si quieres ir a hacer turismo y recorrer lugares hermosos, entonces estás en el lugar equivocado; pero nuestra ciudad no es desconocida y tampoco desaparece a los ojos de los demás.

Mañana —continuó el hombre canoso—, la ciudad de Fÿnora, será conocida por su experiencia, por sus estudios y diplomas académicos, por sus habitantes felices, por que será una ciudad emprendedora.

»Una ciudad que será reconocida por todas las demás ciudades, por los países nacionales e internacionales.

»Una ciudad que jamás caerá en el olvido, la ciudad de Fÿnora vivirá eternamente.

La gente comenzó a aplaudir y a silbar de nuevo. Sus caras estaban llenas de emoción y felicidad mientras oían las palabras que aquel hombre les decía, las palabras que el hombre decía para engatusar a la muchedumbre.

…puedes seguir esta historia aquí.