“DELIRIUM. LOS DISCÍPULOS DE EXUS”, de Joan Vallverdú Guillén

“DELIRIUM. LOS DISCÍPULOS DE EXUS”, de Joan Vallverdú Guillén, publicada por Ediciones Atlantis

El comienzo del relato es el siguiente:

CAPITULO I. LA VIEJA SERPIENTE

Quince años después…

El vehículo circulaba con mucha precaución por la vieja carretera N—20972 que, durante tantos años, había sido utilizada por miles de personas para los desplazamientos hacia el norte de la provincia de Lleida. Una vía que contaba con las zonas montañosas más bellas de España, además de convertirse en paso obligado para los vehículos que querían desplazarse hacia Francia o Andorra.

Poblaciones con un atractivo especial como Pont de Suert, Oliana, Tremp, La Seu D’urgell… y tantas otras, sin olvidar la belleza y la magia de la Vall D’aran y la autenticidad de sus gentes, hacían de esta provincia una experiencia única, en especial para los turistas que buscaban la paz que ofrecía aquellos parajes o bien para jóvenes aventureros que buscaban vivir grandes experiencias. Sin duda, una zona interesante por descubrir.

Pero desde que construyeron la nueva autovía, apenas una docena de vehículos al día se desplazaban por ella, de las cuales, la mayoría eran lugareños que iban hacia sus casas ocultas entre montañas. Los fines de semana podían llegar a la centena los que transitaban por la “vieja serpiente”, tal como se le conocía a esta carretera, sobretodo utilizada por cazadores y buscadores de setas.

Es increíble lo rápido que se deterioran las cosas cuando el hombre deja de usarlas.

Antiguamente, esta carretera parecía tener alma propia, el incesante ir y venir de las familias en sus vehículos, ruidos de cláxones, restaurantes repletos de turistas hambrientos esperando probar la anunciada y valorada como “la mejor carne de la zona”, autos aparcados en cualquier recoveco libre con los intermitentes puestos mientras el hijo vomitaba la “mejor carne de la zona”, acurrucado entre los brazos de su madre mientras el padre maldecía entre dientes “vamos cariño, ya verás qué bien lo vamos a pasar en la montaña”…

Era tradicional la parada en el camino de regreso a casa en una de las muchas fuentes naturales que había a pie de carretera. Veías una cola de personas llenando numerosas garrafas de plástico del agua procedente del interior de la montaña para luego beberla en sus pisos de la capital. Muchas de estas personas estaban convencidas de que esa agua les sanaría de cualquier enfermedad que contrajeran.

Excursionistas que por un día habían cambiado sus trajes elegantes y sus portátiles por cómodas camisetas y unos pantalones cortos que dejaban ver unas piernas completamente pálidas y zapatillas de deporte. Eso sí, todo de marca… y los portátiles en el maletero, por si acaso…aunque cuando llegaban a estos parajes se encontraban con que la tecnología iba un par de siglos por detrás de la capital, pues los veías “sudando la gota gorda” buscando un punto donde hubiera cobertura, simplemente, para poder llamar por el inalámbrico.

Por no hablar del tráfico de los camiones o vehículos lentos, cuando hacías kilómetros enteros a una desesperante velocidad, sin la mínima posibilidad de adelantarlos, a no ser que el chófer decidiera que era la hora de descansar o de comer o de hacer otras necesidades más íntimas.

Entonces te imaginabas al chófer, moreno por tantas horas al volante, serio, mirando por el retrovisor y enseñando una media sonrisa sarcástica que parecía estar diciendo entre dientes “joderos, haberos quedado en vuestras casas” mientras se hurgaba los dientes con un palillo deformado por el uso.

Cuando te encontrabas detrás de uno de ellos se hacía interminable los viajes hasta aquellos parajes tan alejados de la “civilización”.

Ahora, sin embargo, todo parecía tan distinto… la mayoría de restaurantes aparecían abandonados, muchos de ellos, víctimas de pintadas realizadas por muchachos que solían pasar el fin de semana por aquellos lugares, si no es que les daba por incendiarlos, como el último establecimiento que cayó entre las garras de estas “cosmopolitas” criaturas.

Cinco de las ocho estaciones de servicio también habían corrido la misma suerte y de las tres que todavía permanecían en pie, dos estaban condenadas a desaparecer a corto plazo.

Ahora, ya no habían niños vomitando en los rincones de los espacios habilitados para dejar los vehículos, ni gente riendo y cantando mientras recogían el agua milagrosa de las fuentes… nada… ¡Hasta se encuentran a faltar los camiones!… que eternizaban los más de setenta kilómetros de la antigua serpiente.

Incluso los dos únicos pueblos que había en toda la carretera hasta llegar a la capital comarcal también se habían ido despoblando lentamente. Antes estaban llenos de vida, incluso había habido un par de pensiones donde los turistas solían alojarse para pasar unas merecidas vacaciones…pero ahora, con esta soledad…nadie se quedaba por allí.

 

 

Sigue aquí esta impactante historia.