“Crónica de Atlantis”, de L. C. Canorea, publicado en Ediciones Atlantis

“Crónica de Atlantis”, de L. C. Canorea, publicado en Ediciones Atlantis

El inicio del relato es…

 

 

El hombre de la barba entrecana miraba sin ver los caprichosos reflejos que el fuego de las antorchas proyectaba sobre la oscura pared de piedra milenaria. En otros días, ya lejanos, cuando el rojo de sus cabellos conservaba aún todo su esplendor, la suya debía de haber sido una figura imponente. Su elevada estatura, su robusta complexión, la templanza de sus rasgos, sus ojos profundos, todo ello subsistía hoy en su apariencia; pero el hombre sentado en el suelo enmohecido, de espaldas al muro, recio y desapacible para las vértebras, de aquella gruta artificial, estaba muerto. O al menos su alma lo estaba. Muerto, como su raza extinguida, como su historia.

¿Para qué seguir esforzándose en conservar una vida que no le permitía aspirar a ningún fin concreto, salvo, quizá, el de terminar con ella y dejar así de ser un fósil de sí mismo? ¿Para qué?

El saber a ciencia cierta que en alguna otra parte existían otros como él no le reportaba ningún consuelo; antes al contrario, fomentaba su eterna sensación de soledad. Ese vacío de años que parecían siglos. Esa ausencia clavada en mitad del pecho que ya duraba décadas.

Solo. A pesar de la proximidad de cuantos guardaban silencio junto a él. Un silencio reverencial que ninguno de aquéllos se atrevería a romper en su presencia. Solo. Como un cadáver arrojado a la fosa común.

¡Ah, lo que daría por escuchar una frase, una palabra dirigida a él sin el peso añadido de la inquina dogmática o la veneración! Su nombre, el auténtico, el escogido para él por su madre nada más darle a luz; no ningún título, ningún apodo pseudomístico; su nombre, su nombre pronunciado por alguno de aquellos labios sellados. Labios de adorador. De creyente.

¿Cuándo, dónde, debido a qué gesto o palabra suyos había recaído sobre su cabeza tan incómoda aura? Él no la había buscado.

Y, sin embargo, aquí estaba, fugitivo de la superstición y de la ignorancia —de la ignorancia necia, que se refocila en su propia insensatez— y arrastrando consigo a este centenar de pobres inocentes.

Los tenía tan cerca, y se hallaban tan apretados los unos a los otros en el interior de aquella cámara, que podía oler su sudor. A pesar del frío, a pesar de la humedad: olían a miedo.

Había aprendido a reconocer sus desagradables efluvios hacía muchos años, demasiados, aunque no los suficientes para haber tenido la dicha de olvidarlo. Se le había quedado impregnado en la memoria como el falso aroma de un veneno mortal. Oh, sí, también conocía el hedor de la muerte. Lo conocía de antiguo.

Suspiró entrecortadamente y tragó saliva. Bien. Tal vez ahora aquellos seguidores suyos se dieran cuenta por fin de que él era humano. De que podía sentir el miedo correr por sus venas como cualquier otro. Y eso, a pesar de ser el hijo bastardo de uno de aquellos dioses venidos de las estrellas.

¡Oh, padre, padre! ¿Por qué no me llevaste contigo cuando aún podías? Padre, quienquiera que fueras…

Un dios. ¡Valiosa herencia! Cuántos años de juventud había desperdiciado en la búsqueda vana de aquél ser desconocido que había seducido a su madre para luego yacer con ella. Cuántos mundos había visitado rastreando cada una de la multitud de pistas improbables que se cruzaban en su errático camino. Cuántas preguntas. Cuántos viajes estériles. Cuánto no estar donde, con quien debería haber estado.

Se había lanzado a la ventura con el ímpetu de la inmadurez haciendo vibrar sus sentidos de gozo. Había perseguido un sueño, una ilusión, una perfección que, como todo en los sueños, sólo se hallaba dentro de su mente y, en lo que soñaba, había despreciado todas las buenas cosas que la realidad le había puesto desde el principio al alcance de la mano:

Una tierra espléndida, una madre generosa, gentes afables que se llamaban «hermanos» entre sí, que rechazaban cuanto quisiera alejarse de lo justo o de la virtud, hombres y mujeres que no se hallaban aquí bajo ningún mandato, bajo ningún plan preconcebido. Simplemente estaban en su hogar, en su mundo natal. Donde pertenecían.

Él había tardado demasiado tiempo en comprenderlo y, cuando lo hizo, ¡fue tan poco lo que pudo disfrutarlo!

Dolía. Seguía doliendo. Allí, en lo profundo del alma. Una opresión tan grande que daban ganas de arrancarse uno mismo el corazón.

Volvió a deglutir y sintió las miradas de los más cercanos caer disimuladamente sobre él. El rozar del cuello de sus vestiduras. Túnicas de hilos de algodón coloreados en la misma planta de donde habían sido extraídos. ¿Era eso todo lo que iba a perdurar de su obra de veinte años entre aquellos pueblos? Tehuti, el tintorero mágico. Eso y el maíz gigante.

Monstruos, deformidades de la naturaleza como todos esos niños que habían empezado a nacer a los pocos meses de su llegada. Siameses, niños sin brazos, sin piernas o con dos cabezas. Tal vez no fuera él el culpable. Tal vez no fuera él el único culpable. ¿Qué dosis de aire corrompido pudieron traer el viento y la lluvia negra hasta los poblados de estos infelices? Tal vez la culpa fuera de sus madres, salvajes inconscientes, ingenuas, curiosas, que se acercaron en exceso —ellas y el germen de sus vientres— para mejor contemplar el prodigio de aquel pájaro de fuego, aquel dragón, aquella serpiente voladora que había descendido entre los suyos.

Pero no, inútil tratar de engañarse, tratar de buscar culpables donde no existían para no admitir la maldición que se había abatido sobre su estirpe: perecer o llevar la adversidad con ellos allí donde fueren.

El hombre de la barba entrecana sintió el escozor de sus ojos y su vista se nubló por un instante.

Mi Señor… Mi Señor…

Tehuti volvió el rostro hacia quien así había hablado, creyendo, casi con alivio, haber sido descubierto en su debilidad. El joven, sin embargo, había clavado una rodilla en tierra y permanecía con la cabeza gacha, a un paso delante y a la diestra de él.

Mi Señor —repitió el muchacho y la bóveda, expectante un segundo atrás, se pobló ahora de murmullos. ¡Sólo el joven Tezpi podía llegar a ser tan osado!

Prácticamente, Tehuti lo había visto nacer. Lo había tomado entre sus brazos, a petición de su madre, y —tal y como se había visto obligado a hacer con todos los infantes a partir de entonces— se lo había llevado hasta un rincón apartado, cálido y sosegado, donde, a falta de las invocaciones protectoras encargadas por la familia, le había hablado de este triste tiempo y lugar en el que había venido a soltar su primer llanto. Y, al final de aquel improvisado rito, le había deseado suerte.

Tezpi había sido el primer niño sano nacido en la aldea después de la catástrofe, cuando muchos —incluido el propio Tehuti— dudaban ya que tal milagro volviera a producirse alguna vez.

Pues bien, aquí estaba hoy el pequeño Tezpi, convertido en un hombre por obra y gracia de la más reciente ceremonia de iniciación. Condición ésta, por otra parte, que no le impediría mantenerse inmóvil y persistir en su sumisa postura, en tanto él no le indicase lo contrario.

Dime, Tezpi, ¿qué es lo que quieres? —le preguntó con voz apacible. La misma que empleara para no asustarlo cuando no era más que un recién nacido.

Mi Señor —respondió el joven sin levantar la vista—. Sabes que los hechiceros han ordenado destruir las tablillas que Coxcox, el escriba, había grabado con tu historia para la posteridad…

Lo sé —asintió el mayor.

Para ellos es vital que nadie te recuerde. Quieren que tu paso por esta tierra se pierda en el olvido y que, de esta forma, nadie conozca nunca lo terrible de su iniquidad al expulsarte.

Tehuti alargó su mano, grande y curtida, como la que cabría esperar en un añoso roble, y con las yemas de los dedos forzó al muchacho a levantar el lampiño mentón.

Mírame, Tezpi —le ordenó, y el otro obedeció mansamente, sin oponer ninguna resistencia. Cuánta limpieza vio Tehuti en aquellos ojos tan jóvenes, cuánta sabiduría. Aun así: era necesario—. No voy a luchar contra nadie —le dijo, cargando sus palabras de firmeza—. Nunca me veré envuelto en otra guerra, y menos si es por mi causa. Nunca, entiéndelo bien —elevó el tono de voz para que todos le oyeran—. Ni siquiera para salvar mi vida.

¡Oh, no, no, mi Señor! —se disculpó de inmediato Tezpi, visiblemente azorado y quizá no poco sorprendido de que sus palabras se hubieran así malinterpretado—. Tú sabes que he aprendido bien todas tus enseñanzas. Amo a mis semejantes y jamás haría ningún mal, ni aun al peor de mis enemigos. ¡Ni aun a esos adoradores del maligno Ah-Puch! No, mi Señor. Mi intención al venir a ti ha sido muy otra. Y te pido cuatrocientos perdones por no haberme expresado con claridad.

Basta, Tezpi. No des más rodeos —le interrumpió Tehuti con aire cansado—. Ayúdame a levantarme —le pidió, entrelazando su mano a la del joven. Y como, al ponerse en pie, la práctica totalidad de quienes se hallaban con ellos en la cámara hicieron ademán de imitarles, Tehuti viose obligado a alzar la voz una vez más para puntualizar—: ¡Yo solo! —de manera que todos aquellos permanecieran sentados donde estaban; aunque, seguidamente, tuviera que añadir—: Y tú también, Tezpi. Tú ven conmigo —pues el muchacho había vuelto a agacharse de golpe con la primera advertencia.

Tehuti caminó sin prisa hasta la entrada de la bóveda, traspasó el punto donde aguardaba el más próximo de los centinelas apostados a lo largo de la oscura galería y, después de sumar un par de pasos más, se volvió hacia su joven discípulo, que lo había seguido en silencio.

 

El relato sigue aquí