“Croma”, de Iñaki Torres, en Ediciones Atlantis

“Croma”, de Iñaki Torres, en Ediciones Atlantis

El relato empieza de esta manera:

 

 

Acámara lenta, en plano cenital, las bolas de malabar rodaban en el aire como planetas, emergiendo y desvaneciéndose en un fondo vacío.

La lente descendió despacio y capturó, en primer plano, un rostro de ojos dilatados y burlones y una boca animal que reía muda en la sombra.

Sin dejar su lento movimiento de rastreo y registro, la cámara invadió aquel rostro hasta rebasar el umbral de su definición, y la imagen se confundió con las propias manchas que lo formaban perdiéndose en una compleja abstracción.

Temblando, palpitando, ese universo de señales se agrupaba ahora en torno a una llama blanca oscilante, y poco después formó una figura femenina que bailaba espectral con un movimiento que parecía detenido y, al mismo tiempo, no cesaba.

Esta vez él no dudó, no se apartó. Alargó la mano hacia la mujer para tocar sus dedos de plata… Casi podía verla con su escotado vestido de verano y su flamante melena, y aunque su aspecto era diferente de las otras visiones, los ojos desafiantes, impacientes, eran los mismos, y esperaban lo mismo. Su voz le llegó entonces como el rumor de un oleaje o una tormenta cuando dijo: “¿De qué tienes miedo?”

De pronto, sacudiendo la cabeza, él se giró bruscamente y exclamó confuso e irritado:

¡Aquí falla algo!

Un rumor de queja recorrió el enjambre de cámaras y técnicos que poblaban el set.

¡Corten! —Hugo Roma se echó atrás en su silla torciendo el gesto mientras se quitaba los cascos haciendo oscilar el puñado de piercings de su cara. Habían repetido la escena tantas veces que empezaba a ser una tortura—. ¿Qué pasa ahora, Donan? —se rascó nerviosamente el pelo rastafari mientras arrugaba la nariz como si estuviera esnifando el aire pesado y quieto del plató—. ¿Cuál es el problema?

Te diré cuál es el problema: ¿cómo va a tener miedo un tipo como yo de una chiquilla? Una chiquilla que además… —frunció el ceño haciendo un ademán con la mano—, ¡que además es un sueño! —se levantó molesto y dio unos pasos, sintiéndose ridículo por ir vestido, por exigencias del guión, con sandalias de oro ético, pantalones de malla y camisa de tirantes.

¿Un tipo como tú? —el rastafari enarcó una ceja.

Quiero decir… —miró a la chica fugazmente; ella permanecía sentada, con aire aburrido, mientras retocaban su maquillaje—. Podría ser su padre. Además, no entiendo por qué tiene que estar mi cámara ahí arriba todo el tiempo. Con tanto picado va a parecer que estoy pidiendo un crédito en lugar de…

Se interrumpió farfullando al ver que el asistente de Roma, un tipo enjuto y atildado, se acercaba al director para decirle algo al oído. Este se rascó la barba rala asintiendo y haciendo un gesto con la mano para tratar ese asunto luego.

Hemos reescrito el diálogo más de quince veces —dijo Roma arrastrando las palabras mientras se estiraba las extensiones de su alargada cabeza—. No sé cómo coño quieres hacer la maldita escena.

El actor hizo un gesto con los brazos.

Soy yo el que debería llevar el control de la situación, no ella.

Pues yo creo que no es problema del guión —murmuró la chica con alguna intención. Le miró un momento, mientras seguían peinando su melena cobriza, de la misma manera felina que lo había hecho durante el rodaje, aunque ahora no actuaba. El actor no sabía qué había querido insinuar y le lanzó una mirada escrutadora, pero ella se puso a ojear los mensajes de su teléfono desentendiéndose de él por completo.

La verdad es que tenía que admitir que la chica le intimidaba un poco. Parecía demasiado segura de sí misma, incluso un poco vidente, como si pudiera incluso adivinar lo que le pasaba por la cabeza. No había dejado de tener esa impresión desde el primer día de rodaje. Quizá sospechaba las dudas que suscitaba en él la película, y eso (se le ocurrió que ella podría interpretarlo así), le hacía parecer distante y arrogante, como una prima dona que se tiene que rebajar a trabajar con actores de poca monta.

Olvidando a la chica, resbaló la mirada por la pantalla verde que había detrás para insertar el paisaje onírico que se vería en el montaje final y se acordó de que, en las pruebas que había visionado, aparecía un halo alrededor de ellos, como en las producciones de bajo coste.

Por cierto —volvió a quejarse—, ¿habéis solucionado ya lo del dichoso halo del croma? En todas las escenas, parezco fray escoba.

Uno de los técnicos que hacía ajustes en el sonido y oía sin querer la conversación, se echó a reír ruidosamente. Molesto por la risotada, Roma miró al técnico con desaprobación, como si tuviera resaca y le molestaran los ruidos.

¿No crees que eso es asunto nuestro? Ya lo arreglaremos luego, con un soft, o algo —pensó en los problemas que le hubiera evitado el actor que él había propuesto para ese papel. Baserfal, la prometedora estrella del momento, un modelo andrógino con más tatuajes que cerebro, pero al que adoraban las mujeres (de todas las edades) y muchos hombres (también de todas las edades).

Aparte de que no entiendo lo del sueño —volvió a la carga el actor—. ¿Por qué iba a tener un alquimista miedo de algo así?

Keli Gres, la guionista, una chica muy guapa de rasgos musulmanes, intervino entonces para decir con timidez, casi como si se estuviera disculpando:

Él no tiene miedo del sueño, sino… de sí mismo.

El actor se volvió para mirarla un momento. Ella añadió para defender su guión con la misma expresión apocada:

Esa visión y esa pregunta… —se azoró aún más—, es la revelación de su destino.

Hugo Roma empezaba a estar harto. Un parpadeo nervioso agitó brevemente sus ojos hundidos y se incorporó cansinamente haciendo bailar los aros que agujereaban su nariz.

Oye, Donan, es solo una película —dijo cansinamente—. Cine, tío, nada más. ¿Entiendes?

Una película no es solo una película —replicó el actor.

El señor Baster tiene razón —una voz firme y autoritaria irrumpió fuera del decorado. Desde donde estaban, solo se podía ver la silueta de una sombra echando al aire el denso humo de un eCig—. La escena es poco creíble. El feriante no debería tener miedo de la visión. Al fin y al cabo, se trata de un alquimista para quien lo sobrenatural no es ningún misterio —luego, dirigiéndose a Roma, añadió—: Hugo, vuelve a grabar la escena cuando hayáis corregido el guión, ¿de acuerdo?

El rastafari se encogió de hombros filosóficamente. Miró furtivamente al actor y dijo con voz gangosa.

Bien, Donan, reescribiremos el guión una vez más. ¿Por qué no te tomas un par de días de descanso? —y dirigiéndose a los demás, ordenó en tono aburrido tocándose el pendiente en forma de cruz gamada que colgaba de su labio inferior—: Aprovecharemos la iluminación para continuar con las otras tomas.

Antes de que Baster enfilara por uno de los pasillos en dirección a su camerino, echó otra ojeada a la sombra que había hablado, aunque suponía quien era: Enzo Lukanen, el productor. Contra todo pronóstico, lo había elegido entre un considerable número de candidatos, posiblemente mejor cualificados para ese papel. Entre otros, el que el propio Roma había propuesto. Cuando su agente le llamó dándole la noticia, supo de inmediato que había sido gracias a su amigo Karval, el famoso director de cine que continuaba en paradero desconocido después de su brote psicótico de dismorfofobia.

Al pensar en ello, hizo un gesto de disgusto. No lo veía desde hacía años y le echaba de menos. Con él había interpretado sus mejores papeles. Karval había sido capaz de sacar lo mejor de él, a pesar del nivel de exigencia al que le había sometido. A pesar de ello, pensó, o precisamente gracias a ello.

Eh, Baster, venga aquí un momento —Lukanen le llamó desde el lugar apartado que ocupaba.

Después de dudarlo un momento, accedió. Cuando llegó a su lado vio a un hombre corpulento, con pajarita, una camisa de estampado caleidoscópico y pantalones trasparentes quizá más propio de alguien más delgado. Le pareció raro que nunca antes hubiera tenido ocasión de hablar con él. El productor también le estudió un momento mirándole de arriba abajo sin molestarse en disimular.

Siéntese. Vamos a charlar un poco como un par de viejos amigos.

Cuando lo hizo, el hombre señaló a Hugo Roma.

No se equivoque, Roma conoce su oficio, sabe qué espera ver la gente cuando se sienta en su butaca. Hace bien lo que sabe hacer, ya me entiende —sonrió mostrando una hilera de dientes reconstruidos—. Créame, es buen director, aunque no tenga imaginación. Pero, ¿quién le va a culpar por eso? Además, no se le ha contratado para que la tenga, sino para que sepa aplicar los trucos que garantizan el éxito de una película —le miró con gesto pícaro—. Por cierto, ¿sabe cuál es?

¿La clave del éxito? —preguntó dubitativo. No sabía exactamente de qué estaba hablando.

Lukanen echó una risita sin dejar de observarle con curiosidad.

Al actor se le ocurrió pensar en esa fórmula matemática que, según algunos analistas, había sido la clave del éxito en taquilla de las últimas películas.

 

 

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