“Cosas de la vida”, de Mónica Gallego Hernando, publicado en Ediciones Atlantis

“Cosas de la vida”, de Mónica Gallego Hernando, publicado en Ediciones Atlantis

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Verónica se sentía sumamente cansada. Como todos los días, no hizo falta que sonara el despertador para indicarle que eran las ocho de la mañana. Llevaba desde las siete y veinte despierta. Con signos claros de cansancio reflejados en su cara se levantó de la cama. A tientas, sin encender la luz del dormitorio ni levantar la persiana empezó a vestirse. Su marido Rubén aún dormía a su lado. En un primer momento se arrepintió de no haberse puesto pantalones el día anterior. Era más fácil averiguar cuál era la parte de delante y cuál la de atrás. Bastaba con palpar la cremallera y listo. Pero no, el día anterior se había puesto la falda de picos gris y granate que tanto le gustaba. A tientas palpó las medias. Era difícil detectar si se las estaba poniendo correctamente. No quería revirarlas porque luego, una vez reviradas, era muy difícil conseguir ponerlas de nuevo rectas con lo que generalmente acababan en el cubo de la basura. Le hacían daño en la entrepierna. Parece que hubo suerte. Había conseguido ponérselas correctamente. No le molestaban. Estiró el brazo y con ayuda de las yemas de los dedos y del sentido del tacto terminó de vestirse. Antes de ponerse los botines se dirigió al cuarto de baño, se acicaló un poco y abrió con cuidado la puerta de la cocina. Como de costumbre, Niebla y Shita la recibieron con alegría. Unos pocos mimos bastaron para tranquilizarlos. Les puso a cada uno su collar, el rojo a Niebla y el azul a Shita. Casi antes de abrir por completo la puerta de la cocina salieron corriendo hacia la puerta de la calle y, aunque por el pasillo no ladraron, como acostumbraba a hacer Niebla antes de bajar a la calle, de alegría, empezó a ladrar nada más que abrió la puerta.

En la calle el viento era cortante y frío. Nubes blancas provenientes de la mar entraban por Bermeo a gran velocidad. Si los árboles azotaban sus ramas con fuerza, si la rendija de la ventana de la cocina propinaba el silbido característico de un viento de invierno, a pesar de estar ya en primavera, no era de extrañar que las nubes atravesaran el cielo a tal velocidad.

Quizás sea esta dura primavera que estamos teniendo la que provoque que mi mente no pueda estar despejada y que mis párpados pesen como si llevara un saco de piedras colgando de ellos”, pensó.

Lo cierto era que, hiciera o no hiciera sol, luciera o no luciera en el cielo, Verónica no podía abrir los ojos. La claridad le molestaba. El tiempo estaba loco. Se suponía que el verano llegaba poco antes de la noche de San Juan. Esa noche en que con la magia de las hogueras, con el ritual que año tras año se celebra con ellas, se intenta dar fuerza al sol para que siga luciendo durante el verano, el otoño o el invierno. Sin embargo algo mal hicieron el año pasado ya que el duro invierno se estaba llevando la primavera y quién sabe si el verano que estaba a la vuelta de la esquina sin haber podido aún guardar el abrigo, la bufanda y con nieve aún en las montañas.

Tras unos veinte minutos en la calle, ya en casa, desayunó su vaso de Nesquick con cereales, empezó a recoger la ropa seca que estaba colgada en el colgador del balcón del salón y seguido fue a limpiar el polvo de las habitaciones. Cada mañana intentaba no ponerse la bata de estar en casa ya que no podía evitar recordar las palabras que, días antes de su boda, en el curso prematrimonial obligatorio que todas las parejas deben pasar y aprobar, había pronunciado el matrimonio que se ofreció a hablar a las distintas parejas —futuros matrimonios— allí presentes. Según decía el marido, una mujer no debe estar nunca con la bata puesta en casa ya que el marido, con ella puesta, no la encuentra atractiva. Nunca le había preguntado a Rubén lo que él opinaba. Si le molestaba o no verla con ella puesta. Lo cierto era que, como bien decían ambos, en casa hacía más frío que en la calle. No sabían por qué. Si el frío del invierno se negaba a abandonar la casa o si ellos se estaban haciendo viejos, a pesar de tener tan solo treinta y cinco años. Algo imposible. Eran aún muy jóvenes. Verónica muchas veces pensaba que la estación meteorológica de la balda de al lado de su cama no debía funcionar correctamente ya que no podía marcar diecinueve grados y ella tiritar de frío como si no hiciera más de cinco.

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