“El éxodo de una estirpe”, de A. L. Egea Torregrosa

“El éxodo de una estirpe”, de A. L. Egea Torregrosa, publicada por Ediciones Atlantis

He aquí el comienzo de esta novela histórica:

 

 

PRÓLOGO

Un Viaje Por El Tiempo—

TIERRA SANTA

JERUSALEN – AÑO 1192 DE NUESTRA ERA

André de Bisson es despertado por unas voces en el exterior del cuarto donde se encuentra descansando, tras una turbulenta noche de mujeres y vino, en la que estuvo desfogando su espíritu de avezado guerrero junto a otros caballeros cruzados.

Hacía ya casi un año que Jerusalén había sido arrebatada a los musulmanes después de cuatro años de asedio, donde las fuertes murallas que rodean la ciudad, las cuales fueron construidas por ellos mismos antes de ser entregada a Saladino, se les habían resistido.

Sin duda las levantaron a conciencia. De cualquier forma: acostumbrado a la batalla, el hastío empezaba a manifestarse. Él era un hombre de acción, por eso lo dejó todo en Francia para ir a luchar a Tierra Santa siguiendo a su rey Felipe Augusto, que junto a Ricardo Corazón de León estaban liderando la tercera cruzada. Pronto volvería a su tierra, aquella aventura para él estaba tocando a su fin. Tras cinco años de lucha en este inhóspito país, creía haber cumplido ya con su Rey, su nación y por supuesto… con Dios.

Otra vez los malditos gritos. La cabeza parece querer estallarle. Desenvainando la pesada espada con su mano derecha, sale de repente abriendo la puerta de golpe.

―¿¿Qué demonios pasa??… ¿¿Por qué gritáis así??

Luc, su fiel escudero, plantado ante la entrada del cuarto sujeta a un individuo de aspecto humilde y mirada huidiza que parece ser un criado.

―Perdóname señor, pero trato de explicarle a este hombre la conveniencia de no molestarte, si quiere seguir manteniendo su cabeza unida a los hombros ―contesta su sirviente volviéndose hacia él.

―¿¿Tú quién eres que te atreves a interrumpir mi descanso?? ―escupe las palabras el de Bisson mirando fijamente al intruso.

―Te pido perdón mi señor, pero es necesario que me escuches. Traigo un mensaje de un buen amigo tuyo que necesita verte con urgencia —dice rápidamente el hombre un tanto cohibido.

―Habla rápido, ¿de qué se trata?

―Mi señor, el caballero Hugo de Montidier desea hablar contigo cuanto antes. El asunto según me dijo es muy importante.

―¡Pero si es así!… ¿por qué no ha acudido él personalmente a verme?

―Señor, la desgracia se ha cebado con él, su fin está muy próximo y, antes de reunirse con el creador, debe confiarte algo de mucha transcendencia.

―¿Qué desgracia es esa que le impide venir hasta aquí si el asunto es tan significativo?

―¡Lepra mi señor! ―contesta el hombre santiguándose con mano temblorosa.

Acababan de dejar atrás la protección de las murallas tras salir por la puerta norte, en dirección al caserío habilitado para albergar a los que contraían la nefasta enfermedad, y de la que no se conocía que existiese cura. La única solución era aislarlos en aquel infesto lugar envueltos en harapos, con el único propósito de mantener sujetas el máximo tiempo posible las carnes a su abyecto cuerpo. Sin duda era un vano intento cuando entraban en putrefacción, ya que estas tenían tendencia a desprenderse conforme el mal avanzaba.

André, montado sobre el caballo de guerra, sujeta firmemente las riendas sin perder de vista el horizonte. A pesar de que el hospital de los leprosos (o lazareto como también lo llaman) queda muy cerca, él no descarta volver sobre su grupo al menor indicio de ver acercarse hacia ellos perros herejes. Muchos infieles, tras la reconquista de esas tierras por parte de los cristianos, después de ser derrotados quedaron desperdigados dedicándose al pillaje. No les teme, pero su cuerpo no está en condiciones de hacerles frente. La noche anterior había sido muy agitada. Más bien delirante.

Luc, el escudero, le precede en su pequeño corcel. El harapiento sirviente enviado por el caballero Hugo de Montidier camina tras ellos, tal como había llegado a la ciudad por orden de su señor.

Lepra…, qué mala fortuna.

¿Cómo un hombre que había llegado hasta aquel lejano lugar a derramar su sangre para tan noble misión, podía recibir ese miserable castigo a cambio?

No entendía por qué Dios permitía que aconteciesen ciertas cosas. Pero en fin: él no era quién para juzgar sus designios.

El calor estaba siendo insoportable y la terrible resaca más.

Luc, dame agua ―le dice a su escudero.

Parece que hoy tienes mucha sed mi señor.

―¡Ya conoces la causa miserable espantajo! Llevas mucho tiempo junto a mí y por eso te permito ciertas licencias, pero no te confíes, en cualquier momento te puedo rebanar el pescuezo para borrarte esa estúpida sonrisa.

El escudero, riendo maliciosamente entre dientes, le da el odre de agua que lleva colgado a su espalda, al mismo tiempo que le dice:

―Creo que ya hemos llegado a nuestro destino.

A un centenar de metros, vislumbran una gran casa de ladrillo y argamasa de dos alturas, construida posiblemente mucho tiempo atrás por algún potentado granjero. Con seguridad tuvo que ser abandonada ante el empuje enemigo en la anterior cruzada. Un pequeño terreno circunda la edificación, quedando delimitada por postes con travesaños de madera bastante desvencijados, que hacen las veces de vallado para aislarla del exterior. Al quedar marcados sus límites, parece avisar que por allí no es conveniente andar muy cerca. De todas formas el lugar es ya muy conocido por todos, incluso por los musulmanes errantes. Desde luego en un ancho perímetro nadie se atreve a acercarse, a no ser que sea por algún importante motivo.

Todo está muy oscuro, y el lugar pestilente y sucio. Aquello parece la antecámara del infierno. Sin duda no es el mejor sitio para dar hospitalidad a un enfermo, a no ser que se quiera acelerar su muerte, aunque quizás eso fuese lo más piadoso dadas las circunstancias.

―Por aquí mi señor…, seguidme ―oye decir al sirviente.

Al entrar en una gran sala de escasas y pequeñas ventanas, varios infectados permanecen desperdigados sobre jergones oscurecidos y malolientes. Desde un apartado rincón se oye una quejumbrosa y desconocida voz:

Has… venido… querido amigo. No temas… puedes acercarte, para contagiarte… tendrías que estar mucho tiempo entre nosotros y no creo…, no creo que sean esas… tus intenciones.

El fiel sirviente con un ademán de la mano les invita a que se aproximen.

El estupor le deja sin habla. ¿Qué había sido del fuerte guerrero?

Aquel despojo de huesos, con la cabeza cubierta por una mugrienta tela, solo deja al descubierto su ojo derecho, donde un febril brillo delata la espantosa degeneración que está sufriendo.

Sin duda, Dios no se dejaba ver por allí, de haberlo hecho se habría ido espantado.

―¿Eres?…, ¿eres tú?…, ¿Hugo de Montidier? ―le pregunta al moribundo.

―Sí, amigo mío…, o mejor lo que queda de él.

―Te juro que te hacía de regreso en Francia.

―Yo…, ya no volveré a ver nuestros hermosos campos y bellas mujeres, pero tú sí, por eso te he hecho venir…, créeme si no fuese muy importante no hubiese mandado buscarte para que cabalgaras hasta…, hasta este apestoso lugar.

Un fuerte golpe de tos le provoca de pronto unos repugnantes esputos.

Maldita sea ―piensa el caballero de Bisson―, mi estómago está a punto de jugarme una mala pasada, las náuseas están queriendo apoderarse de mí. Debo intentar por todos los medios contenerme. Sería una falta de respeto. Aunque bien mirado, según podía observar, el suyo no hubiese sido el único vómito.

Se sentía incapaz de adivinar qué diablos les daban como sostén a esos desgraciados, desde luego las inmundicias que se veían en derredor resultaban asquerosas, y el penetrante olor insoportable.

―Lo siento… amigo…, lo siento mucho ―le vuelve a hablar Hugo entre jadeos.

―No te preocupes, entiendo que no podrás evitarlo. ¿Qué es eso que tenías que compartir conmigo?

―Bueno…, no voy a alargarme mucho en explicaciones…, espero que lo comprendas.

―Sí, sí, por supuesto.

―Cuando llegamos aquí…, recuerda que al poco tiempo me enrolé en el ejercito al mando de…, de aquel Duque inglés para luchar en extramuros.

―Lo recuerdo perfectamente, fue cuando te perdí la pista.

―Combatimos junto a un numeroso contingente de templarios, donde pude hacer buena amistad con uno de ellos… el cual me confesó que era poseedor de unos enigmáticos rollos encontrados… dentro de una gran ánfora aquí, en Tierra Santa. En el interior de la ciudad de Jerusalén, este monje guerrero quiso el destino que intimase con una familia de buenos cristianos…, que poco tiempo atrás habían localizado con motivo de unas obras en su casa, junto a un pozo en el patio de la misma, esta ánfora…, que por la forma en que estaba enterrada, después de tanto tiempo a ellos les parecía imposible que estuviese en tan buen estado. Los buenos vecinos no dominaban el arte de leer y, viendo que las hordas de Saladino podrían entrar en la ciudad en cualquier momento, decidieron que el caballero templario sería el mejor protector de aquellos escritos. Los cuales… intuían que podían ser de gran importancia, por la forma en que habían querido preservarlos quienes allí los escondieron. El caballero de inmediato sintió… que Dios le había guiado hasta allí para ser custodio de aquel tesoro.

En ese momento, Hugo de Montidier se encoge a la vez que sujeta su estómago tosiendo aparatosamente. André de Bisson guarda silencio observando con tristeza al que había sido su compañero de armas, esperando a que se le pase el violento ataque que le había obligado a interrumpir su relato.

Una vez recuperado el de Montidier prosigue:

―Tras caer herido de muerte en la batalla…, y no…, y no pudiendo confiar en nadie, pues todos sus compañeros de la orden ya habían desaparecido en el fragor de la lucha…, me hizo jurar que yo los haría llegar a Francia para depositarlos en una encomienda…, como habrás podido adivinar, me parece que va a ser imposible que pueda cumplir con el juramento hecho al monje moribundo.

―¿Y qué deseas que haga yo? ―le pregunta el caballero de Bisson tras escucharle atentamente.

―Querido amigo, bastantes cosas me llevo dentro de mí al otro lado como… como para irme cargado con esto también.

El de Montidier señala una abultada alforja de cuero firmemente cerrada por fuertes correas.

―Es muy… importante que me jures… amigo mío, que tú cumplirás por mí esta misión. Confío en ti… buen amigo… confío en ti.

Venciendo sus náuseas, André de Bisson esboza una sonrisa piadosa. Cogiéndole la temblorosa mano le confirma su compromiso, jurándole que protegerá con su propia vida aquella bolsa con tan enigmático contenido. La llevaría consigo a Francia para depositarla en una encomienda del temple.

Una vez fuera de aquella morada de inhóspito horror, tras el juramento de cumplir fielmente con la última voluntad del leproso, subido en su caballo, camarada fiel de numerosas batallas y, acompañado por Luc, el buen escudero con quien tantas aventuras había compartido, se disponen a recorrer el camino de vuelta hacia las murallas de la ciudad. En lo alto de su grupa lleva fuertemente sujeta la alforja, de la que ya no se separaría hasta llegar a Francia. Allí, en aquel repugnante e indigno lugar de sufrimiento, quedaba Hugo de Montidier, agonizando entre vómitos y estertores. No… ese no era el mejor final para un caballero cruzado.

André de Bisson, con la mirada al frente, las riendas del corcel firmemente sujetas por sus encallecidas y fuertes manos de guerrero, a la vez que inspira profundamente completamente consternado, le pide al cielo que tenga piedad del alma de su buen amigo Hugo de Montidier y de la de todos aquellos que como él están ya en el infierno sin haber abandonado aún este mundo.

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“Destino”, de Jessica Castro Martínez, publicado en Ediciones Atlantis

“Destino”, de Jessica Castro Martínez, publicado en Ediciones Atlantis

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—Como mucho te doy un año —fueron las duras palabras del doctor Gutiérrez, mientras miraba fijamente los resultados de mis últimas pruebas—. Lo lamento muchísimo, señorita Aguirre —me dedicó una corta mirada que, realmente, expresaba pena—. Es usted una chica muy joven

No se preocupe —le interrumpí, porque no quería escuchar las lamentaciones de un hombre al que solo conocía de unas pocas consultas médicas—. Sabré aceptarlo —mentí, mostrándole una sonrisa fingida, mientras me ponía en pie y me dirigía hacia la puerta de la consulta.

Señorita Aguirre —me detuve frente a la puerta y le miré un instante—. Podría mandarla al hospital para…

No voy a pasarme los últimos meses de mi vida ingresada en el hospital mientras los médicos investigan la enfermedad conmigo.

Salí de la consulta y al cerrar la puerta me sentí muy mal por la forma en la que le había hablado, como si él tuviera la culpa de que me estuviera muriendo. Cerré los ojos, suspiré y comencé a caminar hacia la salida. No vivía muy lejos de allí, así que fui dando un lento paseo, sin ningunas ganas de llegar a casa. No podía dejar de pensar en todo lo que me esperaba hasta el último día de mi vida. Fuertes dolores, mareos, vómitos, tristeza, vacío, soledad y un día mi respiración comenzaría a fallar. Parecía un camino duro y tormentoso, en el que más de un día desearía, suplicaría, que todo terminase de una vez.

Recordaba todos aquellos planes con los que soñé para mi futuro perfecto y no aparecía semejante pesadilla. Había dejado tantas cosas por hacer, pensando que tenía todo el tiempo del mundo, que me sentía decepcionada y perdida. Miré hacia atrás, recordando mi pasado y me di cuenta de que había malgastado mi vida. Como mucho me quedaba un año, ese era mi tiempo límite y sin embargo, quería hacer tantas cosas, que esos doce meses me parecían muy poco.

Sin darme cuenta, mis ojos comenzaron a derramar silenciosas lágrimas, debido a todo lo que no iba a tener y que tanto deseaba. Quería conocer a mi príncipe azul, quería ser muy feliz con él, que me pidiera matrimonio y celebrar una bonita boda. Disfrutaríamos de una increíble luna de miel y me quedaría embarazada de nuestro primer bebé. Seríamos muy felices los tres y adoptaríamos a un cariñoso perro. Después tendría a nuestro segundo bebé y ya tendríamos la familia al completo. Los cuidaría y los vería crecer día a día. Su primer amor, su graduación, su primer día de universidad, su primer trabajo, su boda y sus hijos. Entonces sería una abuelita y disfrutaría mimando a mis nietos. Moriría habiendo sido muy feliz y disfrutando de una vida plena. Pero nada de eso iba a pasar.

El móvil comenzó a sonar insistentemente, haciéndome volver a la realidad, dejando mis pensamientos a un lado. Lo saqué del bolsillo derecho del pantalón vaquero y vi la palabra “mamá” en la pantalla. Me quedé un instante observando cómo parpadeaba, sin atreverme a descolgar. Sabía lo que quería y no podía hablar de aquel asunto por teléfono, en mitad de la calle.

Al llegar a casa vi que tenía varios mensajes en el contestador, dos eran de mi madre, la pobre mujer sabía que me daban los resultados de mis últimas pruebas y estaba muy preocupada por saber cómo habían salido. Un tercer mensaje pertenecía a una antigua amiga con la que fui al bachillerato nocturno, donde nos conocimos y nos hicimos muy buenas amigas. En el mensaje me pedía que le devolviera la llamada, ya que quería que nos viésemos para tomar algo y hablar. Me hizo mucha ilusión escuchar su proposición, porque parecía que lo de mi enfermedad no era real. Pero en esos momentos no tenía ganas de llamar a nadie y mucho menos de ver en persona.

El cuarto y último mensaje de voz era de mi cuñada, que me proponía quedar para comer fuera. Sin darme cuenta, me salió una sonrisilla inocente, ya que siempre me gustó salir a comer o a cenar fuera de casa. Pero no tenía ganas de hablar, era como si me hubiera quedado muda y aunque quisiera, las palabras no salían de mi boca.

Borré los mensajes del contestador, subí al primer piso, entré en mi habitación y me dejé caer sobre la cama. Cerré los ojos y permití salir a las lágrimas en silencio, deslizándose por mis mejillas. La tristeza que me invadía por dentro, también lo hacía por fuera.

El sonido del timbre me despertó y fue cuando me di cuenta de que me había quedado completamente dormida. Me levanté de la cama, con la sensación de que todo había sido una pesadilla y que en realidad estaba bien. Pero cuando abrí la puerta y vi el preocupado rostro de mi madre, supe que todo había sido de verdad. Me estaba muriendo y mi tiempo tan solo era de un año de vida.

¿Por qué has tardado tanto? —preguntó medio enfadada, con una pequeña sonrisa—. Menos mal que un vecino me abrió el patio, sino te fundo el telefonillo.

Hola mamá —la saludé, ignorando su protesta, mientras me frotaba los ojos con las dos manos, ya que los tenía llenos de legañas y los notaba algo hinchados, seguramente de haber estado llorando—. Perdona, estaba durmiendo.

¿No has ido al médico?

Aquella pregunta hizo que me despertara por completo, provocando que recordara el momento en el que el médico me dio la mala noticia.

Asentí con la cabeza.

Al volver me eché y me quedé dormida —le expliqué.

Normal, no estás acostumbrada a madrugar —bromeó—. ¿Y qué te ha dicho el médico? ¿Cómo han salido los resultados?

Me fijé en su preocupado rostro, esperando con cierto nerviosismo mi respuesta. Podía ver las lágrimas acumulándose en sus ojos, como si algo en mí la hubiera alertado y entonces le mostré una gran sonrisa.

Todo está bien, mamá. No tengo nada —mentí.

Al ver la gran alegría en su rostro, supe que estaba haciendo lo correcto, porque ¿cómo se le dice a una madre, que su hija va a morir tan joven? No sabía cómo contarle que solo nos quedaba un año para estar juntas y no quería que se pasara los días llorando o rezando por un milagro que jamás ocurriría. No quería compartir mi sufrimiento y no quería verla triste ni un solo día.

Me dio un fuerte abrazo, aliviada al creer que estaba muy sana y era tan grande su alegría, que quería que saliéramos toda la familia a comer para celebrarlo. No me apetecía nada, ya que en realidad sería como festejar que me estaba muriendo y que les había mentido. Pero no podía negarme, porque mi madre podía llegar a sospechar sobre mi estado de ánimo. Tras un buen susto, debía estar muy contenta y fingirlo no me costaba nada, aunque a veces se me olvidaba.

Mi madre se quedó en el salón llamando al resto de la familia por teléfono, para avisarles de que salíamos a comer fuera. Mientras, yo regresé a mi habitación para cambiarme de ropa. Ni siquiera estaba con el ánimo para arreglarme, acababa de saber que me estaba muriendo y todavía no me había dado tiempo a asimilarlo. Creí que podría dejar la noticia a un lado de mi mente y centrarme en pasar un buen rato con mi familia. Así que escogí un bonito vestido largo y negro, con un fino cinturón dorado y unos zapatos de tacón. Elegante y encima me favorecía la figura. No era una chica delgada precisamente, tenía unos pocos kilos de más y encima mis pechos eran grandes, pero sin exagerar. Además, como era bajita, parecía estar más gorda de lo que era y me costaba encontrar ropa que me favoreciera y que encima fuera de mi agrado. Pero aquel vestido era increíble, me hacía sentir muy elegante y atractiva. Podía ser un vestido para una celebración importante o de funeral y eso me gustaba.

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“Cosas de la vida”, de Mónica Gallego Hernando, publicado en Ediciones Atlantis

“Cosas de la vida”, de Mónica Gallego Hernando, publicado en Ediciones Atlantis

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Verónica se sentía sumamente cansada. Como todos los días, no hizo falta que sonara el despertador para indicarle que eran las ocho de la mañana. Llevaba desde las siete y veinte despierta. Con signos claros de cansancio reflejados en su cara se levantó de la cama. A tientas, sin encender la luz del dormitorio ni levantar la persiana empezó a vestirse. Su marido Rubén aún dormía a su lado. En un primer momento se arrepintió de no haberse puesto pantalones el día anterior. Era más fácil averiguar cuál era la parte de delante y cuál la de atrás. Bastaba con palpar la cremallera y listo. Pero no, el día anterior se había puesto la falda de picos gris y granate que tanto le gustaba. A tientas palpó las medias. Era difícil detectar si se las estaba poniendo correctamente. No quería revirarlas porque luego, una vez reviradas, era muy difícil conseguir ponerlas de nuevo rectas con lo que generalmente acababan en el cubo de la basura. Le hacían daño en la entrepierna. Parece que hubo suerte. Había conseguido ponérselas correctamente. No le molestaban. Estiró el brazo y con ayuda de las yemas de los dedos y del sentido del tacto terminó de vestirse. Antes de ponerse los botines se dirigió al cuarto de baño, se acicaló un poco y abrió con cuidado la puerta de la cocina. Como de costumbre, Niebla y Shita la recibieron con alegría. Unos pocos mimos bastaron para tranquilizarlos. Les puso a cada uno su collar, el rojo a Niebla y el azul a Shita. Casi antes de abrir por completo la puerta de la cocina salieron corriendo hacia la puerta de la calle y, aunque por el pasillo no ladraron, como acostumbraba a hacer Niebla antes de bajar a la calle, de alegría, empezó a ladrar nada más que abrió la puerta.

En la calle el viento era cortante y frío. Nubes blancas provenientes de la mar entraban por Bermeo a gran velocidad. Si los árboles azotaban sus ramas con fuerza, si la rendija de la ventana de la cocina propinaba el silbido característico de un viento de invierno, a pesar de estar ya en primavera, no era de extrañar que las nubes atravesaran el cielo a tal velocidad.

Quizás sea esta dura primavera que estamos teniendo la que provoque que mi mente no pueda estar despejada y que mis párpados pesen como si llevara un saco de piedras colgando de ellos”, pensó.

Lo cierto era que, hiciera o no hiciera sol, luciera o no luciera en el cielo, Verónica no podía abrir los ojos. La claridad le molestaba. El tiempo estaba loco. Se suponía que el verano llegaba poco antes de la noche de San Juan. Esa noche en que con la magia de las hogueras, con el ritual que año tras año se celebra con ellas, se intenta dar fuerza al sol para que siga luciendo durante el verano, el otoño o el invierno. Sin embargo algo mal hicieron el año pasado ya que el duro invierno se estaba llevando la primavera y quién sabe si el verano que estaba a la vuelta de la esquina sin haber podido aún guardar el abrigo, la bufanda y con nieve aún en las montañas.

Tras unos veinte minutos en la calle, ya en casa, desayunó su vaso de Nesquick con cereales, empezó a recoger la ropa seca que estaba colgada en el colgador del balcón del salón y seguido fue a limpiar el polvo de las habitaciones. Cada mañana intentaba no ponerse la bata de estar en casa ya que no podía evitar recordar las palabras que, días antes de su boda, en el curso prematrimonial obligatorio que todas las parejas deben pasar y aprobar, había pronunciado el matrimonio que se ofreció a hablar a las distintas parejas —futuros matrimonios— allí presentes. Según decía el marido, una mujer no debe estar nunca con la bata puesta en casa ya que el marido, con ella puesta, no la encuentra atractiva. Nunca le había preguntado a Rubén lo que él opinaba. Si le molestaba o no verla con ella puesta. Lo cierto era que, como bien decían ambos, en casa hacía más frío que en la calle. No sabían por qué. Si el frío del invierno se negaba a abandonar la casa o si ellos se estaban haciendo viejos, a pesar de tener tan solo treinta y cinco años. Algo imposible. Eran aún muy jóvenes. Verónica muchas veces pensaba que la estación meteorológica de la balda de al lado de su cama no debía funcionar correctamente ya que no podía marcar diecinueve grados y ella tiritar de frío como si no hiciera más de cinco.

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