“Barcelona Joyce”, de Prudencio Salces, en Ediciones Atlantis

“Barcelona Joyce”, de Prudencio Salces, en Ediciones Atlantis

Éste es el inicio de esta obra…

Lo ha llamado su hermana Blanca Remedios, la que tiene los ojos de nube derramada, para felicitarlo en su treinta y tres cumpleaños. Nunca se olvida la más pequeña de sus hermanas de llamarlo los días más significados de su vida. ¿Qué vas a hacer esta tarde? Él titubea ante la pregunta y no dice nada concreto sobre la historia de Barcelona Joyce que tiene sobre la mesa. ¿Quieres venirte a cenar con nosotros? El plural nosotros le retiene en el no más explícito porque ahí entra su cuñado Henry, un triunfador desde joven que mira con desdén la vida desperdiciada de Joao Silvestre, pero no quiere ser hiriente, no pretende desagradecerle a su hermana lo que él sabe que significa más que una cortesía. Quisiera celebrarlo junto a él. De modo que se disculpa, se ensimisma, estaba almorzando y no termina la comida. El estómago también suele ser muy sensible al recibir emociones contrariadas, pues a fin de cuentas no es más que un músculo, como el corazón. La llamada le ha producido esa felicidad desmochada que suele alterar el mal logrado ritmo de un día cualquiera, por hermoso que sea el mes de abril cuando se cumplen treinta y tres años sin arreglo a la vista. Tenía olvidado el hecho onomástico y la recordación de Blanca Remedios fue detonante para la dicha, pero después… Intenta leer y dormir un rato. No se concentra ni concilia el sueño, piensa en su hermana Blanca Remedios, la que tiene los ojos de nube derramada, tan sensible mujer que nunca olvida un detalle. ¿Por qué las mujeres sensibles se casan con hombres soberbios? ¿Debiera guardar también las distancias con ella a consecuencia de que Henry y él son enemigos declarados? Eso nunca, le dice su voz interior. ¿Cómo vas a desdeñarla por culpa de su esposo? Joao sabe que el matrimonio está pasando por una situación que su hermana no le aclara del todo pero que la hace sufrir. Prefiere no verse entre dos aguas, menos si cabe tratándose del que lo mira por encima del hombro. Él tiene derecho a que respeten su vida de perdedor solitario. Blanca Remedios sí lo respeta y lo considera. Por las hondas vivencias compartidas entre ambos, nunca dejarán de ser mucho más que hermanos: amigos íntimos que se quieren. Aún le quedan otras tres hermanas más, tres hermanas que siguen queriéndolo igual, por las que él siente ese amor reverencial que los adultos descubren en su espíritu y profesan a las personas mayores que se lo merecen, aunque no se tenga con ellas una relación continua, pero sí afectiva, duradera. La madre ya murió. Blanca Remedios ha sido siempre su hermana más próxima en todas las pulsiones de su vida. Cuando murió su esposa, apenas un año después de casados, ella lo asistió en todo, no se retiró un solo momento de su lado. La lloró como a una hermana pequeña, como si la difunta hubiese sido él, su hermanito Joao. Desde hace unos meses, sin embargo, le cuenta que tiene problemas con su esposo, problemas que no le ha pormenorizado, pese a la extrema confianza que entre los dos existe, pero que le producen un malestar profundo. Eso es todo lo que le ha dado a saber. Él la quiere mucho y conoce sus problemas vitales, pero no sabe con exactitud los que le ocasione el arrogante Henry.

La familia Bolívar se reúne al completo todas las noches de fin de año. Las cuatro hermanas con sus familias, y lo hacen en la casa de Georgina de Luna, la mayor, y su esposo Thomas. Durante la cena del último año, hace tan solo unos meses, además de insolente con mi amigo Joao, Henry estuvo muy agresivo con Cyprian Ekwensi, el marido de Presentación Adelaida. Cyprian Ekwensi es de Mali y desde la caída de la torres gemelas de Nueva York Henry lo desdeña como si de un asunto personal se tratase. A Cyprian lo enviaron a Europa durante unos juegos olímpicos para ganar medallas corriendo en las pistas de largo recorrido. Era un buen atleta pero decidió no volver a su país y cuando se casó con Presentación Adelaida, la que siempre sonríe en alto, montaron un gimnasio particular donde los que quieren tener su cuerpo elegante y musculoso, y las personas que han de hacer ejercicios de rehabilitación médica, son atendidos graciosamente por estas dos personas exóticas y comunicativas.

La solución del terrorismo habrá que abordarla un día desde la perspectiva filosófica y política en la que las razas y religiones extranjeras se adecuen a nuestra cultura o se les ponga a cada uno en su país —decía Henry engolando la voz e inflando el pecho mientras lanzaba miradas desaprensivas sobre su concuñado musulmán.

Presentación Adelaida, la que siempre sonríe en alto, sale en defensa de su esposo con su particular alegría despechada:

Mira tú el sabueso este de los banqueros, que no sabe controlar la úlcera de su mediocridad, y quiere en-mendar el mundo matando moscas.

¡Qué descerebrado estás tú hoy, Henry! Ni que fueses secretario de aquel rey español, Felipe, ¿no se llamaba así?, que desalojó el país de moriscos y judíos. ¿Y cuál sería entonces nuestra religión, la de Thomas o la tuya? —le respondió con no menos guasa e intención de ridiculizarlo Gertrudis, la de acerado temple. Thomas, el esposo de Georgina de Luna, es alemán y protestante, un abogado que profesa la equidistancia con los asuntos de la familia y la mesura en sus creencias, dijo que:

Una idea tan descabellada, afortunadamente, solo hay un modo seguro de exponerla, y es en una reunión como esta, en la que todo el que te oiga dirá para sí que no sabe de lo que hablas. Por lo que no saldrá de este círculo ni te perjudicará en nada. ¿Puedes estar tranquilo y continuar con tus barrabasadas, querido Henry?

Cyprian no quiso darse por aludido ante una opinión de radicales consecuencias y se limitó a hacerle un aspa-viento con la mano a Henry. Es un hombre de los que llamamos apolítico y comprende que ese terreno mientras más lo aleje de su órbita personal más tranquilo vive su corazón; así es Cyprian Ekwensi, el antiguo corredor de fondo.

¿No está tu marido esta noche más antipático que nunca? —le preguntó Joao Silvestre a Blanca Remedios en un momento que se encontraron a solas en la cocina.

Es que lo tengo puesto entre su podredumbre y la pared y no se soporta. Quiero volver a ser madre y él se opone tajantemente tras decir eso, ella encajó la puerta y lo encaró con la sonrisa cómplice que él le conoce bien—. Así que igual tendré que pedírtelo a ti le besó la mejilla con los labios abiertos, humedecidos, y lo miró con hondura provocativa.

Él pronunció, conteniendo la voz, el diminutivo de su nombre…

La historia continúa