Jose Manuel Muriel opina de Ediciones Atlantis

Jose Manuel Muriel opina de Ediciones Atlantis

Opinión José Manuel Muriel

(autor del libro “Pesadilas”)

Mi nombre es José Manuel Muriel, soy empresario y accionista único del grupo MV, formado por las siguientes empresas: Condepols, MV Gestion, MV Inversiones.

Desde hace 7 años estoy tratando de abrirme camino como escritor, tarea harto difícil, especialmente en los tiempos que vivimos, donde las nuevas tecnologías han afectado negativamente a sectores como la prensa escrita o al sector editorial. Mi actividad literaria donde ya tengo 10 libros publicados se reparte entre el género de libros de empresa/gestión y literatura de ficción.

Mi primera experiencia con ediciones Atlantis fue cuando les envié el original de mi libro PESADILLAS. No los conocía, ni ellos a mí, pero desde el primer momento me llamó la atención su diligencia y el trato con el autor. Sé que no son la editorial más grande, ni la más importante, ni la que tiene mejor distribución, ni la que más puede invertir en la promoción de los libros que editan, pero desde el primer contacto me han hecho sentir como si yo fuera un premio Nobel.

Te llaman continuamente, se involucran en ayudarte a promocionar tu obra, te ofrecen consejos, te presentan gente, te animan, te acompañan, te hacen pensar que realmente te has convertido en un escritor y para mí, en mis circunstancias personales, esto es lo mas importante: sentir que se preocupan de ti y de tu obra, ante todo.

Por ello, esta relación que se inició hace meses, es para mí tan importante y solo puedo decir que si la editorial Atlantis y su editor, Jota (J.D. Álvarez), no existieran, habría que inventarlos. Pero afortunadamente no es necesario, existen y están aquí para suerte de los autores que tenemos la oportunidad de trabajar con ellos.

Por eso solo puedo decir: GRACIAS

“Del azul mahón al rosa palo”, de F. Roselló, en Ed. Atlantis

“Del azul mahón al rosa palo”, de F. Roselló, en Ed. Atlantis

A continuación puedes leer el comienzo de esta interesante historia…

Soñando caminos

I

¿Tres? Quizá cuatro estampidos secos.

El sol brillaba en lo alto endureciendo los perfiles de los edificios y los automóviles, que esperaban la llegada de sus ilustres ocupantes.

Junto a ellos, los chóferes inhalaban apresuradamente las últimas chupadas a los apresurados cigarrillos. Los escoltas oteaban los alrededores con inquisitivas y aburridas miradas.

Apenas pudo reaccionar. Estaba absorto en sus pensamientos. Todo aquel asunto lo tenía desconcertado.

A aquel acuciante problema se sumaban las actuales negociaciones. Nadie cedía un ápice.

Si supieran… ¿O sabían?

Aquello no era soportable durante mucho más tiempo. Había pasado por vicisitudes muy complicadas a lo largo de su vida, pero aquello se salía de los cauces que podían considerarse normales incluso en una vida como la suya, muy alejada de la normalidad.

No había podido dormir más allá de un par de horas la noche anterior —hacía ya más de veinticuatro— y tenía cuerpo, boca y ánimo con esa sensación que queda tras una larga noche de juerga, alcohol y tabaco. Pero en esta ocasión la juerga la habían constituido las discusiones con tirios y troyanos, empeñados en no ceder el más mínimo espacio de terreno si no era después de una continuada y feroz lucha alrededor de un concepto o, cuando no, de una simple coma convertida en bastión inexpugnable. El tabaco sí, en cantidades suficientes como para hacer aumentar los dividendos de Tabacalera. El alcohol, finalmente, había sido sustituido por litros de café siendo posiblemente el causante de aquella sensación de pellizco aposentado desde hacía un buen rato en el estómago.

Y luego aquellas cavilaciones que, en las últimas fechas, habían constituido el sustrato de sus pesadillas.

¿Qué le había alertado? Posiblemente nada, al menos de una forma consciente. Tal vez la posición de aquel hombre: piernas semiflexionadas, brazos extendidos en su dirección… Se sintió impelido a lanzarse al suelo y rodar intentando guarecerse entre los coches aparcados mientras era consciente de los proyectiles silbando en busca de su cuerpo.

Dos encontraron blanco.

¿Cómo podría ocurrir?, se pregunta.

Siente la mordedura en el costado izquierdo y un fuerte escozor en la cabeza, en toda la cabeza.

Allí, a plena luz, rodeado de guardaespaldas, escoltas y policía.

Hay una explosión de colores y piensa: un atentado.

Un atentado así, en abstracto. Como cuando se investiga en una comisión para analizar sus consecuencias. Como cuando se lee en el periódico o se contempla en el televisor. O como cuando se ha de ir a observar sus secuelas en cumplimiento de los deberes del cargo.

No puede observar la rápida huida en el coche negro del hombre que ha atentado contra él, salvaguardado por el fuego de cobertura que se abate sobre los sorprendidos agentes encargados de la protección de los delegados que abandonaban el edificio.

Corre entre gavillas apretadas y enhiestas dispuestas a lo largo y ancho del campo segado en toda la mañana. Las hoces en las manos; el sudor, en la frente bajo el sombrero de paja y en todo el cuerpo bajo la abotonada camisa sin cuello.

Resuena una canción en algún lugar. Lejanas, como las imágenes confusas por el sepia del tiempo. Ricardo no la reconoce. Habla de apretar, ir en busca de algo cuyo significado se funde con aquellas gavillas apretadas ahora sobre los lomos de las mulas.

Apretadas también están las sardinas saladas, en la cuba, encima del mostrador de la tienda lóbrega, con olores a vino y cuero rancio.

Su padre las envuelve, una por una, en un papel de estraza, las introduce en la rendija de la puerta y cierra esta. Se produce un ruido sordo, un crujido. Después arranca cabeza y vísceras, desprende escamas y piel de la carne magra y oscura y se la ofrece.

Está vivo —exclama alguien.

¿Está vivo?

Quiere irse de la tienda, olvidarse de las sardinas. Volver atrás, al verano de la siega o aquel otro de los suspensos en junio.

El calor inmenso de la siesta.

El silencio aplastante de la ciudad.

Camina hacia lo que llaman pomposamente academia. Trata de aprovechar las escuetas sombras de los edificios, buscando la protección del inmisericorde sol que se desploma sobre el asfalto, licuándolo en una pasta ardiente y pegajosa que se adhiere a la suela de las sandalias y casi le impide caminar.

Academia: dos habitaciones con sendas pizarras; diez o doce desvencijados bancos; unas persianas verdes, tamizando la luz del sol, pero no el calor, y las consabidas fotografías del Jefe del Estado y el de Falange, amén de un crucifijo de madera y un cuadro con la fotografía de Pío XII, con la leyenda en negra y rotunda letra gótica: Dios bendiga cada rincón de esta casa.

Un par de docenas de chiquillos, sentados en los ruinosos bancos, simulan prestar atención a las palabras de don Diego o don Rufino que pretenden imbuirles las ecuaciones de segundo grado, el concepto de fototropismo o el insondable misterio de las sales y las bases el uno, y la fórmula magistral de las subordinadas adjetivas, los afluentes de todos los ríos de todas las vertientes o las extraordinarias heroicidades de Viriato, el Cid Campeador y Cabeza de Vaca, el otro.

Las cabezas, muy a su pesar, se inclinan a veces hacia el pecho y en algunas ocasiones los ojos se cierran vencidos por el sopor de la siesta y el arrullo del monótono discurso del profesor.

No es extraño que este interrumpa su docta exposición para propinar un sonoro sopapo —más ruido que nueces, dice sentencioso don Diego— en el expuesto cuello del durmiente.

Los chicos aguardan estoicos el transcurso de las dos horas de suplicio aguardando poder salir a comprar alguno de aquellos inefables polos artesanos de puro hielo con misteriosos colorantes y sabores: amarillo-limón, rojo-fresa o blanco-vainilla, al menos en los primeros instantes. Después, todo será de un uniforme e insípido incoloro-hielo.

Otra apretada fila de imágenes trata de abrirse paso, superponiéndose las unas sobre las otras, tratando de mostrar la trascendencia que en su día tuvieron para llegar hasta allí.

¿Cuál fue más importante?

¿Qué decisión más acertada?

¿Dónde estuvo el secreto del éxito que pareció sentarse allí, con él, en el inmenso sillón rojo frente al ujier de barroca librea y gesto inescrutable?

Pero eso fue mucho después ¿O no?

La colosal mesa, los micrófonos estilizados y ergonómicos, los dosieres esparcidos sobre el pulido y brillante tablero, los trajes de distintos tonos, pero indefectiblemente grises, como si fuera el uniforme elegido para la reunión… y las sonrisas, las amplias y esplendorosas sonrisas.

Sonrisas triunfantes, henchidas de orgullo y, por qué no decirlo, de cierta desconfianza. Trataban de guardarla en lo más profundo de la mente, pero —Ricardo lo sabía muy bien—, tozuda, asomaba una y otra vez, planteando dudas reflejadas sin pudor en sus rostros.

Todos habían seguido un largo camino hasta encontrarse allí. Todos debieron renunciar a muchas cosas hasta aquel momento y todos —suponía— podían sentirse tentados de volver la vista atrás y recordar el largo camino hasta llegar a aquella meta.

Sabe que muchos de ellos —hombres y mujeres sentados junto a él— son imposiciones de los distintos grupos que tratan de controlar parte del pastel del poder y la influencia.

Para estos, sí es la meta. Meta ni soñada ni merecida. Para otros, posiblemente, sólo sea un paso hacia un horizonte de más alto valor y servicio. De todas formas la vida, la suerte, o las oportunidades —no siempre la valía— pondrá a cada uno en su sitio.

Algarabía. Sirenas, bocinazos, pasos apresurados…

Ruidos, ruidos, ruidos…

Federico… Federico… ¿Quién es Federico?

Alguien levanta pausadamente la vista del documento, toma un sorbo del vaso de agua y lo apoya con alguna brusquedad sobre el pequeño plato.

Es, o aparenta ser, la señal. Aún persiste unos instantes un ligero murmullo que se va apagando lenta y suavemente. Finalmente todos guardan silencio

Pasa la mirada por los rostros de cada uno de los presentes, hombres y mujeres, y deja asomar a sus labios una amplia sonrisa.

Ricardo lo contempla con fijeza. Trata de evitar el reflejo en su rostro del interrogante insidioso que transmite su mente.

¿Quién es? ¿Qué pretende?

De una forma instintiva e involuntaria siempre hubo algo para hacerle desconfiar. Sí, todo el mundo está de acuerdo en su forma de hacer las cosas.

Es suave. Es delicado. Es dialogante… Todas esas expresiones y algunas más de la misma índole se han aducido, pero…

Señoras y señores, compañeras y compañeros o, en definitiva, amigas y amigos —las primeras palabras de la reunión le sacan de sus pensamientos. Ya no hay flashes, cámaras ni periodistas. Se han retirado ordenadamente después de haber estado más de diez minutos inmortalizando el acto.

Ricardo escucha el discurso pleno de buenos deseos, inmejorables intenciones y no exento de la emoción que el estar allí presta a cada uno de los presentes como individuos, y a todos, como grupo.

Ha sido un largo caminar, pero aquí estamos y permaneceremos en tanto en cuanto seamos capaces de cumplir los objetivos marcado; no podemos dormirnos en los laureles del triunfo. Triunfo ciertamente merecido, pero que nos obliga a continuar la lucha desde este mismo instante.

Continua desgranando el discurso, no exento de conceptos grandilocuentes normalmente no utilizados para el consumo interno, pero justificado en aquella ocasión por la emotividad del momento.

Ricardo quiere bucear en las palabras desgranadas con un acento de alarma.

Mira a los demás, sentados alrededor de la inmensa mesa, pero nadie parece ir más allá de las palabras que resuenan suaves en la espaciosa sala.

No —se da cuenta—. No se perciben directamente sino a través de la sofisticada megafonía, del estilizado micrófono, de los ocultos altavoces…

Bueno ¿Y qué importancia tiene?

A Ricardo le duele la cabeza.

Le duele la cabeza.

Hay mucho ruido, demasiado ruido, pero no está fuera. Está allí, dentro de él, en algún lugar hasta aquel momento inaccesible, pero manifestándose cada vez de forma más agresiva.

Se nos va.

Alguien grita en su oído.

Se nos va.

Hay voces confusas. Quiere huir de aquella confusión. Le duele la cabeza.

Hay una nota encima de su mesa.

Ahora era distinto. Tras aquellos años, se han cambiado rostros, sonrisas y palabras. Algunos se fueron, otros permanecen en los mismos lugares o en otros afines, pero la ilusión de aquellos primeros días, incluso meses o años desapareció con la realidad.

Las ilusiones siempre chocan con ella.

La realidad es tozuda.

Una nube de humo envuelve la solemne cabeza, como un halo que se sumara al alborotado cabello, que constituye ya en sí una magnífica y personal aureola. Surge con fuerza desde la cazoleta que parece cobrar vida propia en determinados lugares del parlamento y asciende mansamente o con violencia, subrayando el latido de sus palabras.

No podemos cambiarla aunque, eso sí, podemos enmascararla durante algún tiempo y engañar, sobre todo a los que quieren ser engañados ¡que los hay!

Papel amarillo y la apresurada caligrafía de Cecilia.

Quiere verle. Dieciocho treinta.”

La sonrisa no desaparece normalmente de los labios de Federico, Fede para los íntimos. Sigue siendo un hombre sonriente, piensa Ricardo, pero los tensos años han señalado líneas en las comisuras de los labios y en la frente y unas ojeras no demasiado marcadas en los ojos. Ahora sus gestos dejan adivinar cierta urgencia ¿o es indecisión?

Ricardo hace un gesto de asentimiento sin descomponer la sonrisa en los labios ni dejar de oprimir la mano aferrada con inusitada fuerza a la suya.

Fede señala el sillón frente a él.

Ricardo —espeta sin rodeos—, ¿qué es para ti la democracia?

Están sentados en dos amplios sillones situados frente a una ventana sobre el jardín. Infinidad de flores —amarillas, azules, rojas, blancas…— muestran desde los arriates, árboles y macetas el esplendor de la estación.

 

 

Sigue la historia

“MESTIZA”, de Laura Espinosa Solano publicada por Ediciones Atlantis

“MESTIZA”, de Laura Espinosa Solano publicada por Ediciones Atlantis

“MESTIZA”, de Laura Espinosa Solano publicada por Ediciones Atlantis, expone aquí su comienzo:

Esa mañana me he desperté tarde. El reloj despertador de mi mesita de noche marcaba las doce menos cuarto. La ventana de mi habitación estaba abierta y unos cálidos rayos de sol entraban generosamente por ella. Al levantarme me he sorprendí al darme cuenta de que una pequeña cajita de joyería descansaba en mi regazo. Estaba cubierta por un bonito papel dorado y adornado con un gran lazo rojo perfectamente colocado. Examiné la caja con cuidado, intentando encontrar el lugar adecuado para abrirla sin romper el papel.

Con sumo cuidado, deshice el lazo y le quité el papel dorado a la caja, que resultó ser más antigua de lo que había supuesto en un primer momento. La madera de roble con grabados extraños pero igualmente antiguos, era áspera, pero reconfortante al tacto.

Inspeccioné la caja, pasando las yemas de mis dedos por los extraños grabados que la adornaban. El cierre era diferente a todos los que había visto anteriormente y a simple vista parecía muy difícil de abrir. Pero bastó un solo roce de mi dedo índice para que el cierre se abriera, dejando entrever lo que contenía.

Con cuidado, abrí la tapadera de la caja y poco a poco destapé su contenido, que estaba cubierto por una fina tela de terciopelo negro.

La antigua caja contenía un medallón. La cadena era de plata, muy fina y brillante. Una pequeña gota de un material translúcido y de diferentes matices de azul prendía de la delicada cadena. Parecía de un material muy delicado, posiblemente era de cristal, e irradiaba una pequeña luminosidad.

Saqué el medallón y lo miré con curiosidad, preguntándome el porqué de su extraña diafanidad. Desistí, al fin, en mi intento de descubrir su inusual refracción de la luz. Lo coloqué alrededor de mi cuello y me levanté de un salto. Miré el calendario. 24 de Junio, sábado, luna llena. Mi cumpleaños.

Ese día cumplía dieciséis años. Había organizado una fiesta en uno de los pocos clubes que había en el pueblo. Irían todos mis compañeros de clase, desde aquellos que habían pasado la infancia conmigo, hasta Rick.

Rick era un estudiante extranjero que había venido ese año a estudiar al pueblo en una especie de intercambio de estudiantes. Se había alojado en la casa de una vecina e íbamos juntos al instituto, ya que mi madre me había pedido que fuese su “guía” durante este año. Era muy alto, de tez morena y de cabello negro, que le caía a ambos lados de la cara. Pero lo que más me llamaba la atención de él eran sus ojos negros. Parecía que no tuviese pupilas, claro que eso era imposible. En clase, a veces, me quedaba mirándole a los ojos intentando distinguirlas del iris, pero acababa por desistir o mirar avergonzada hacia alguna otra parte si se daba cuenta de que lo miraba.

Moví la cabeza hacia los lados, sonriendo ante un pensamiento tan estúpido, y me dirigí al armario, centrándome en otros pensamientos.

En realidad era una suerte que en mi cumpleaños hubiese luna llena. Siempre me sentía mejor cuando la había. Era una sensación extraña, como si la luna ejerciese una fuerza en mi interior.

Me puse un pantalón corto y una camiseta sin mangas de color verde militar y me dirigí al baño. Me miré al espejo, preguntándome si podría arreglar algún día mi pelo. Negué con la cabeza y cogí el cepillo con decisión. Pasé más de un cuarto de hora desenredando los nudos que había en él. Por fin, cuando terminé, cogí el coletero que adornaba mi mano y me hice una cola alta. El pelo me llegaba a la altura de los hombros con ella, “así que no dejarás de darme calor, ¿eh?” pensé, con una sonrisa en la cara. Me agaché y cogí agua entre las manos, echándola sobre mi cara adormilada. Mientras me la secaba me acerqué al espejo, observando que no quedase ni rastro de la noche en mi cara. Mis ojos azules recorrieron cada rincón de mí y, al fin, desistieron. Me fijé que el medallón hacía juego con mis ojos y sonreí. Di media vuelta y salí del cuarto de baño. Bajé las escaleras que llegaban al salón para darle las gracias a mi madre por el medallón. Sabía de sobra que el regalo era suyo. Conocía mis gustos y esa pieza me gustaba especialmente, sobre todo el leve cosquilleo que producía al rozar mi piel.

Rachel, mi madre, trabajaba como agente de viajes en una gran empresa. Era una gran mujer, muy activa y despreocupada.

Hola cariño, ¿cómo has dormido? —preguntó mi madre con una sonrisa, cuando llegué a la cocina. Su actitud parecía cansada y triste. Pensé que no había dormido bien, así que no me preocupé. Últimamente se le notaba más distante conmigo, pero no le di importancia.

Muy bien, he dormido como un tronco —le saludé con un cariñoso beso y cogí el vaso de leche que estaba preparado en la encimera—, ¿y tú? Pareces cansada…

Sí, hoy casi no he descansado —pareció dudar—, me he despertado muchas veces…

Me bebí de un trago el vaso de leche y salí de la cocina, dispuesta a ir al centro del pueblo, pues tenía que hacer las últimas compras para la fiesta de esa noche, así que me dirigí hacia la tienda de complementos de la plaza, caminando por las calles en las que había crecido.

De repente, me invadió una extraña sensación. Sentí un escalofrío en la parte baja de la columna. Alcé la vista y me di cuenta de que un hombre alto y desaliñado me observaba desde la esquina de la calle mayor, no me daba buena espina. Era muy delgado y aparentaba tener unos treinta años o más. Llevaba una ropa desgastada y sucia. Su cara era alargada y su tez morena. Y tenía unos ojos verdes y grandes, enmarcados por unas cejas anchas y un pelo corto mal peinado.

Con un poco de prisa, di media vuelta y me dirigí hacia otra parte. Decidí dar un rodeo porque mi intuición me decía que no era bueno estar cerca de él, pero cuando di la vuelta a la esquina, aquel hombre estaba allí, mirándome otra vez. ¿Me estaba siguiendo? “No puede ser”, me dije, moviendo la cabeza y sonriendo para mí misma. “He visto demasiadas películas”, pensé con una sonrisa forzada en los labios. Después, en vez de dirigirme a mi destino, y para evitar cruzarme con aquel hombre otra vez, fui hacia la plaza, unas manzanas más a la izquierda. Pero, al sentir una fría punzada en la espalda, decidí mirar hacia atrás, y sorpren-diéndome mucho, mi intuición no me fallaba. Descubrí que aquel hombre desaliñado andaba directamente hacia donde estaba yo. Parecía moverse con cansancio y lentitud, pero, en cambio se movía rápidamente.

Mierda, la han encontrado.”

Alterada, empecé a correr hacia la plaza, sin mirar atrás, pero casi podía sentir los ojos verdes de ese hombre clavados en mi espalda. Vigilándome.

Corrí y corrí sin mirar hacia atrás hasta que llegué a la plaza. Estaba llena de gente. “Bien, podré mezclarme entre la gente fácilmente.” Sin parar de correr, esquivé a varias personas que obstruían mi camino, pero hubo una que no pude esquivar y choqué con ella. Avergonzada me separé, y miré hacia el suelo, en señal de disculpa.

Lo siento, no sé en qué estaba pensando… —dije casi inaudiblemente.

No importa —dijo el desconocido con un tono de voz seco e indiferente, pero extrañamente familiar. Parecía extranjero.

Para mi sorpresa, al mirar hacia arriba, descubrí que era Rick el que estaba delante de mí, pero sus ojos negros no me miraban. Estaban más fríos que de costumbre y se perdían en la multitud. Parecía que buscase a alguien, pero no había movimiento en ellos.

¿Te seguía? —dijo de repente, sin apartar los ojos de su objetivo.

Me giré hacia la dirección que apuntaba su mirada y tuve que ponerme de puntillas para ver lo que me estaba señalando. Conseguí distinguir al hombre desaliñado que me había estado siguiendo. Mantenía sus ojos fijos en los de Rick, que parecía estar desafiándole con su mirada.

¿Cómo lo has…? —pregunté azorada.

Intuición —cortó rápidamente—. No separa la vista de aquí. ¿Quieres que te acompañe a casa? —preguntó forzando demasiado una leve sonrisa.

No me pasará nada y, además, mi casa no está tan lejos de aquí.

Vamos, piensa algo… convéncela.”

¿Seguro? —preguntó, volviendo sus ojos negros y serios hacia mí.

Lo que quieras.

Bien.

No sé cómo lo hizo, pero me convenció solo con mirarme. Sus ojos parecían embaucadores, pero sinceros a la vez. Parecía que se preocupase por mí, al fin y al cabo… y, además, el camino parecía más seguro a su lado.

De vez en cuando yo miraba para atrás para cerciorarme de que el sospechoso hombre no nos seguía. Luego miraba a Rick, que caminaba a mi lado, ignorándome. ¿Por qué lo hacía? Era él el que quería acompañarme. Debería ser yo la que lo ignorase, pero me parecía imposible. Decidí apartar de mi cabeza aquellos pensamientos. Había algo más importante. Cuando estábamos en la plaza, por su expresión, me pareció que Rick conocía al hombre que minutos antes me había perseguido. ¿Lo reconocía?, ¿sabía quién era? Muchos interrogantes para mí en ese momento. Y no estaba dispuesta a preguntarle a él. Sus ojos fríos estaban ahora distantes, inertes. “Para variar…”

Puedes continuar esta historia en el siguiente enlace.

“LA ROSA DE SANGRE”, de Laura Alcantarilla Chaves

“LA ROSA DE SANGRE”, de Laura Alcantarilla Chaves, publicada por Ediciones Atlantis

Publicada por Ediciones Atlantis, “LA ROSA DE SANGRE”, de Laura Alcantarilla Chaves, comienza de esta manera:

Alemania, 1927.

Unos pasos lo acechaban por la casa. Podía escuchar el retumbar del techo cuando las temibles zancadas corrían en su búsqueda. Tenía miedo de aquel sonido. Necesitaba huir, esconderse. No quería seguir jugando. Ya no le gustaba. Le daba miedo. Él lo hacía peligroso y mamá siempre acababa enfadada con él, aunque no hubiera hecho nada malo. Además, estaba cansado de correr. Sus ligeras piernecitas infantiles comenzaban a temblar en cada intento de subir un nuevo escalón. Lo único que quería era acurrucarse en algún lugar oscuro y estar solo. El recuerdo de la habitación de la buhardilla, tan aislada y sombría, lo golpeó de pronto. Allí estaría a salvo. Allí no lo buscaría. Corrió hacia la puerta, escondida entre los destartalados tablones de madera roída. Aquella escalera le pareció interminable. Los escalones eran muy grandes y tenía que impulsarse con todas sus fuerzas, sujetos al posa manos para poder avanzar. Pero por fin llegó. Estaba arriba, sin más compañía que el polvo y las telarañas. Escuchó los pasos que se acercaban y corrió a ocultarse en algún rincón oscuro, hecho un ovillo y deseando con todas sus fuerzas que no lo encontrara. Pasaron unos minutos y, desde la puerta, se proyectó la imagen de una sombra alargada que observaba, buscándolo. Contuvo la respiración, «que no lo encontrase, que no lo encontrase», decía para sí. Al cabo de un rato, la sombra se desvaneció. Hasta que no vio como la oscura silueta se desvanecía entre el resto de las sombras, no se dio cuenta de lo incómodo que estaba en aquella posición, con las piernas tan encogidas. Comenzó a estirarse y, sin querer, golpeó el mueble que tan bien lo había escondido haciendo que cayera un libro viejo. Las hojas estaban rotas o sueltas, amarillentas y desgastadas, pero era un libro. Le gustaba leer y él no le dejaba nunca, decía que era para débiles. Se iba a quedar allí, leyendo, decidió. Callado, escondido y a salvo. Abrió la tapa. Estaba escrito a mano y parecía una especie de diario. Pronto las letras inundaron su mente y sus propios recuerdos se difuminaron envolviéndose en las palabras de tinta que leía.

«23 de junio de 1918.

No sé de dónde saco fuerzas para escribir ni cuánto podré continuar, pero necesitaba tanto poder plasmar en algún lugar mis recuerdos. Poder pensar en él. Devolver a mi memoria los momentos, los días que pasamos juntos. No podía permitir que el tiempo me arrebatase lo único que me queda de él, su recuerdo. Quizás por eso esté desafiando el frío y el hambre que recorre mi cuerpo. Quizás por eso he preferido hacerme con algo de papel y tinta en vez de con una hogaza de pan. Para que sea mi espíritu el que sobreviva al largo invierno de mi vida, ahora que él no está.

Nací el 6 de diciembre de 1897, una de las madrugadas más frías de todo el invierno londinense. Las calles estaban desiertas, los lagos helados y las ventanas de cada casa cubiertas de una densa escarcha que impedía la visibilidad. Llegué al mundo entre tinieblas y vientos gélidos, entre gritos y lágrimas de dolor. Así llegamos todos y así nos marcharemos, supongo. Solo entre esos dos momentos podemos, si tenemos mucha suerte, llegar a sentir algo parecido a la felicidad.

Aquella noche la ciudad dormía en silencio. Debió ser una hermosa noche, con los cielos despejados, la luna en lo alto, fiel testigo de cualquier suceso que transcurriera bajo su guardia. Con el cielo repleto de estrellas y la calma de la soledad. Solo unos gritos desgarradores se atrevieron a truncar aquella calma. Gritos de dolor y miedo, mientras mi madre soportaba, lo mejor que podía, los embistes de las contracciones. Sintiendo cómo su cuerpo se adaptaba para dar paso a una nueva vida. Imagino su dicha al escuchar mi llanto y sentirse liberada de mi peso en su interior, de nuevo única dueña de su cuerpo. Cogerme entre sus brazos y acunarme. Tocar por primera vez mis manitas sonrojadas y sentir el agarre de mis dedos. Una dicha que yo nunca llegaré a conocer, ya no podré sostener a ningún niño entre mis brazos, ni mecerlo, ni ver cómo crece. Ya no existirán…

Me llamaron Lorelay, como mi abuela, Lorelay Dashwood, un nombre que hubiera sido propio de una señorita, si no me hubiera criado en la más absoluta miseria. Crecí en una pequeña casa cerca del puerto donde mi padre trabajaba, siempre que podía. El olor a pescado podrido se convirtió en un invitado más del hogar, solía impregnar mi ropa para acompañarme a donde quiera que fuera. Para que no olvidara jamás de dónde venía. Aún hoy me parece seguir oliéndolo, aunque todo sea tan lejano y casi como un sueño. Aunque aquella niña de tirabuzones oscuros, llena de sueños y alegrías, haya muerto para siempre. Recuerdo aquellos años como una época feliz. Aunque pasara hambre y apenas tuviera algo que llevarme a la boca cada día. Sé que era feliz porque tenía a mis padres.

No lo recuerdo todo, hace muchos años, solo pequeñas cosas, detalles. La dulce voz de mi madre, el tacto áspero de la ropa que usaba, el frío del invierno y, sobre todo, lo que más recuerdo, son las leyendas. Los cuentos que me contaba mi padre antes de dormir. Mi favorita era la suya propia, la historia de mis padres, de cómo se conocieron y se enamoraron. Mi padre me la contaba a menudo y cada nueva vez sus ojos se iluminaban, su mirada cambiaba, desaparecía el dolor, el cansancio y volvía a ser el muchacho que la conquistó.

Mi padre se llamaba Edward y hubo un tiempo, lejano, antes de que yo naciera, en el que él vivía como heredero en una gran casa. Dueño de tierras, haciendas e, incluso, personas. Yo lo imaginaba montado en un gran caballo, alto, apuesto. No entendía cómo había escapado de aquel destino de grandeza para acabar recogiendo pescado muerto en nuestro puerto. Pero él continuaba con su historia sin hacer caso a mis preguntas, como si disfrutase más con el mero hecho de recordarla que de contármela a mí. Su mirada se perdía en el horizonte cuando hablaba de aquellos días, de la riqueza de las tierras, del esplendor que había dejado atrás. Hasta que mencionaba el nombre de su padre, mi abuelo, entonces sus ojos se teñían de tristeza. Yo era apenas una niña y recuerdo haberme imaginado a mi abuelo como un monstruo, como el peor de los ogros, un ser venido de los infiernos para atormentar mi mente infantil. Porque él fue el culpable de que mi padre dejara de ser el príncipe que yo imaginaba. El abuelo quería que mi padre se casara con una mujer de fortuna. Como tantos otros caballeros de su rango y posición, había perdido gran parte de la fortuna de la familia y solo le quedaba el título. Un nombre. Y él deseaba más, mucho más. Ambicionaba volver a poseer las riquezas que un día tuvo y desperdició. Mi padre lo sabía. Y, en aquella parte de la historia, era cuando su voz se apagaba. Sabía que debería casarse por dinero y no por amor. Lo sabía y estaba resignado a ello. Resignado pero no preparado para asumir las consecuencias de lo que ello significaba. Porque cuando conoció a mi madre el deber se esfumó de pronto de su mente, olvidó lo que debía haber tenido presente, se dejó atrapar por las despiadadas garras del amor y para cuando quiso reaccionar ya fue demasiado tarde.

Lo dejó todo. Lo cambió todo por ella. Por una chica sin fortuna ni apellidos, de ojos dulces y sonrisa encantadora. El cuento siempre acababa igual. No importaba el frío que hiciera ni el hambre que tuviéramos en aquel momento, ni el irritante dolor de las picaduras de los piojos y pulgas que nos asolaban. Siempre se fugaba con ella, dejaba el dinero atrás y era feliz. Por aquella época no lo entendía, era apenas una niña y poder comer o tener ropa de abrigo me parecía mucho más tentador que cualquier otra cosa en el mundo.

Aunque ahora no me creas, pequeña —solía decirme—, no cambiaría lo que tenemos por lo que tuve. No sacrificaría el calor del cariño por la frialdad del lujo. Un día, quizás, entiendas lo que te digo y espero que entonces recuerdes que la soledad no se deja ahuyentar con el dinero. Recuérdalo.

Años después, aquellas palabras resonarían en mi mente como el eco de un sueño lejano y distante. No sabía en aquel instante cuánto echaría de menos aquellas rodillas sobre las que me sentaba, aquella voz, aquellos ojos soñadores. No pude saberlo hasta que los perdí, a los dos. Una noche salieron a pasear y ya nunca regresaron. Me dejaron totalmente sola. Murieron, me abandonaron a los brazos de la vida, a mi suerte. No había nada que yo pudiera hacer sin ellos, no habría un futuro para mí. Deseaba morir y estar de nuevo con mis padres. No quería seguir en aquel mundo que se había vuelto extraño y frío desde que ellos se marcharon. Me acostaba cada noche rezando por no volver a despertar, para que el frío o el hambre acabaran conmigo por fin, pero cada mañana llegaba el alba y yo seguía allí. Seguía existiendo, seguía respirando y andando, aunque ya no vivía. Porque no volví a la vida, hasta que lo encontré a él.»

Puedes continuar esta novela aquí.

Historias de Los Bravos (Pensamientos, sueños, fantasías y realidades) Miguel Vicens Danús

Historias de Los Bravos

(Pensamientos, sueños, fantasías y realidades)

Miguel Vicens Danús, publicada por Ediciones Atlantis.

Éste es el inicio de esta historia del grupo musical “Los Bravos”:

Aposentados fijos, ya que mi padre había pedido pasar a la reserva para así no tener que depender de los destinos, porque cada vez teníamos que adaptarnos a nuevas convi-vencias, terminé el bachillerato a trancas y barrancas en el instituto Ramón Llull de Palma, por lo que mi padre decide que ingrese como voluntario en Infantería de Tierra con la idea de seguir la carrera militar, que pronto aborté al no congeniar con el régimen castrense.

Terminado el servicio militar, paso a trabajar de dependiente en unos grandes almacenes, para después trabajar con mi padre de mozo en la fábrica empaquetadora de terrones de azúcar que había montado con varios socios cafeteros. A los veinte años busco mi independencia y me marcho a Alemania.

Este tiempo, desde que llegué a la Lonja hasta mi salida a Alemania, fue un periodo donde se despejaron unas dudas y surgieron otras, para despejar los miedos que dejaran los colegios religiosos donde si no eras bueno eras acreedor del fuego y las tinieblas del infierno, del temor que me producían las procesiones de Semana Santa, donde el silencio al paso de las cofradías, solo roto por el sonido producido por las cadenas que arrastraban los penitentes, cánticos de perdona a tu pueblo Señor y el pausado redoble de los tambores que aceleraban los latidos y oprimían el corazón. Primera comunión con traje de marino de gala y refrigerio familiar, ceremonia que te comprometía a oír misa todos los domingos y fiestas de guardar, a confesar y comulgar por lo menos una vez al año o incurrir en pecado, pero el tiempo ofrecía otras opciones, nuevas inquietudes y sensaciones. Descubrí que el corazón latía por otros motivos y que me ruborizaba al ver bajar a aquella jovencita canadiense por la rampa del yate amarrado en el último muelle del club náutico, donde solíamos ir a bañarnos por ser socios. Mi padre tenía un amarre para una pequeña embarcación con la que salíamos de pesca algún fin de semana. Cuando se me acercaba con su larga melena rubia y sus azules ojos me miraban, me recorría un cosquilleo por todo el cuerpo que provocara fantasiosos dulces sueños, pero el yate zarpó y con él la jovencita.

No tardó en aparecer el poder del deseo que vencía aquellas creencias cargadas de dudas. Fue en esta época cuando me saqué el carnet de conducir y formé parte de un dúo que, acompañándonos de las guitarras, versionábamos canciones del Dúo Dinámico. Disfrutábamos con ello en la playa, en algún festival o en el recorrido de las típicas serenatas, con aquel que encontrara en el futuro tocando el bajo que me había desaparecido, el mismo que me cediera su puesto de bajista. Un año alternando fábrica y música hasta la partida a Alemania.

Un año en Alemania cosechando experiencias para regresar a Mallorca como auténticos rockeros. Al poco tiempo viajo a Madrid para incorporarme de bajo con los Sonor, donde en menos de un año me veo involucrado en el fenómeno social de los años sesenta que me retiene en Madrid durante los próximos seis años, Los Bravos. En estos me caso con Norma, de cuyo matrimonio nace mi hija, Chesca. En un tiempo cojo excedencia de Bravos para trasladarme a Mallorca donde formo el grupo Zebra y seguir haciendo música en la isla. Tras las desavenencias con la discográfica, la fatalidad hace que abandone la música. Me divorcio de Norma y me marcho a Colombia.

Al volver empiezo a trabajar en el pub de un inglés que más tarde adquiero junto con un restaurante que en un tiempo traspaso para trasladarme a Santanyi, cansado del acoso de aquellos que con sus ansias de justificar sus carencias o juegos sucios intentan implicarte con o sin causa.

Unos años en aquel voladizo rocoso que se levantaba sobre el puerto pesquero de Cala Figuera, donde no tardaron los del grupo en tenderme una trampa que aborté haciéndoles sentir el ridículo al tratarlos de prácticas engañosas, hechos que encolerizaron al comisario.

Al ser propiedad del ayuntamiento, el privilegiado chiringuito sale a concurso. Al presentar maqueta y proyecto, se nos adjudica una concesión por diez años para ser explotado como heladería, con mi primo. Paralelamente, en el ochenta y uno, monto con unos socios una pequeña fábrica de helado artesano y cubitos de hielo. En el ochenta y seis recibo una llamada de Mike para hacer una gira para celebrar el veinte aniversario de Bravos, que acepto.

Mi primo ya me había demostrado su interés en adquirir mi parte, por lo que vendo.

Con cuarenta y tres años viajo a Madrid con Caty, compañera sentimental, cogiendo un apartamento en Clara de Rey, donde habitaríamos el tiempo que durara el evento. Para mí duró hasta que después de una serie de galas, al ir a Palma para actuar en la plaza de toros, llegando al aeropuerto, somos sometidos a un exhaustivo cacheo, especialmente Toni. Pensé que tal vez fuera por algo del pasado, o ya estaba al acecho el encolerizado comisario. Tenía una semana para volver a Madrid, pero no acudiría ya que el desaprensivo confidente facilitó la aparición de un paquete en mi vehículo, cumpliéndose la amenaza de aquél que en su momento dijo que me cogería aunque tuviera que meterme la droga en el bolsillo.

Dos meses de preventivo por alarma social, para salir bajo fianza en espera de juicio. Al momento que se abre la puerta que proporciona la libertad se cierran las del exterior.

En el noventa me caso con Caty y nace Miguel, y al mismo tiempo, con dos días de intervalo, nace mi nieto, Carlos.

El veintitrés de noviembre del noventa y dos paso a cumplir condena de forma voluntaria para así detener las continuas trampas de aquellos que querían justificar el juego sucio que emplearan para mi detención. Cumplidos ocho meses de tres años de condena salgo en libertad por buena conducta y paso a reestructurar mi empresa. Otra vez volver a empezar. Desde este momento dejan de acosarme al darse cuenta del absurdo de su empeño injustificado.

Veintidós años pasaron. Trabajo duro para mantener la empresa. En dos mil dos aparece Mike para instalarse en Magalluf. Tercer intento del retorno de Bravos. Contacto con Trui Espectáculos y la gira termina como el rosario de la aurora. Llega mi segunda separación sentimental y con ella mi jubilación. El cuarto intento de Black is Black pasa sin pena ni gloria.

Hoy, con siete décadas en esta nave planetaria, llega el descanso del guerrero y sentado frente a mis dos ventanas observo al mundo y a mí mismo.

Puedes continuar esta historia aquí.

“EL HEREDERO AL TRONO DEL AVERNO”, de Sócrates García Gómez

“EL HEREDERO AL TRONO DEL AVERNO”, de Sócrates García Gómez, publicada por Ediciones Atlantis.

Ediciones Atlantis ha publicado “EL HEREDERO AL TRONO DEL AVERNO”, de Sócrates García Gómez. Aquí tienes el comienzo de esta historia:

Si estás leyendo estas líneas, solo puede ser por tres razones: que te halla llamado la atención el titulo de la portada, porque quieras vivir una experiencia terrorífica cargada de asesinatos, sadismo y sangre, o porque realmente no tienes ni idea de lo que estás haciendo.

Si no sabes dónde te has metido, te diré que esta historia trata de mí, de cómo he llegado hasta aquí, y por eso puedo asegurarte que esta historia no es para niños ni miedicas, ni gente impresionable o que padezcan del corazón. Por eso, si no estás muy seguro de poder soportar el pánico en el que te vas a ver envuelto, mi consejo es que cierres este libro, y lo devuelvas a la estantería de donde nunca debiste haberlo cogido. Nadie tiene porque saber, que no reuniste el valor necesario para afrontar la lectura de mis relatos y cabalgar por las atrocidades que he ido cometiendo a lo largo de mi vida.

¡Vamos!, puedes estar tranquilo, hazte un favor, cierra este libro y olvídate de esas líneas que parecían hablarte intentando echarte para atrás a la hora de leerme. Nadie va a juzgarte, yo no voy a decírselo a nadie, tu secreto estará a salvo conmigo.

¡Vamos!, ¿no me oyes? Cierra el libro y devuélvelo a ese sucio estante, por lo menos ahí cumple con una función, decorar…

Bien, yo te lo he advertido, te he dicho que cierres este libro y te olvides de la voz que te habla entre los párrafos. Pero tú, testarudo, has decidido continuar leyendo, supongo que tienes curiosidad por descubrir un poco de mis vivencias, y digo un poco, porque estoy seguro de que con el paso de las páginas te irás dando cuenta del tremendo error que estas cometiendo al proseguir con tu lectura.

Desde que te sumerjas en esta historia, no serás capaz de ver otra cosa a tu alrededor, solo el horror… sentirás mi gélido aliento tras tu nuca continuamente, y ni siquiera podrás cerrar los ojos e intentar concebir el sueño, porque yo apareceré constantemente en ellos, tornándolos en tales pesadillas, que sentirás el dolor tan adentro, que el sueño, te parecerá completamente real; cada segundo de tu vida desearás estar muerto, hasta que al final terminarás entregándome tu alma como tantos otros han hecho antes que tú, ¿Cómo?, ¿no me crees?… pues continua leyendo.

Hoy en día ya nadie cree en nada, ya nadie necesita tener fe. Ya no existe el cielo ni el infierno, ni Dios ni el Diablo.

Con el paso de los siglos, hemos ido adquiriendo diferentes dones y habilidades, así como conocimientos, creando un mundo físico a nuestro alrededor, al que llamamos realidad, y donde agrupamos todo lo que podemos explicar.

En la antigüedad no hacía falta poder explicarse algo para creer en ello. Hoy, ridiculizamos todas aquellas creencias que no tienen una explicación científica, pensamos que la ciencia es nuestra aliada, y que ella nos dará las respuestas a todo. Pero la ciencia que el ser humano conoce no es más que la ciencia terrestre, y ni siquiera la conoce plenamente, siendo la inmensidad del universo, demasiado distante, para el alcance de la humilde visión, de nuestros débiles ojos humanos, quien procesa, fabrica y distribuye nuestros conocimientos…. por eso, nos auto-engañamos al pensar que solo existe lo que conocemos o podemos ver.

Yo me río de toda esa gente que piensa así, hombres de poca fe, que ridiculizan las creencias de algunos de sus semejantes, sin ni siquiera darse cuenta que lo más ridículo de todo, es su estúpida convicción de creer saberlo todo.

Puedes llamarme crédulo, cándido, ridículo, o lo que quieras, porque yo sí creo en ello. ¿Que por qué una persona como yo cree en algo así? Muy sencillo. Porque si el negro existe es porque existe el blanco, entonces si el diablo existe, ¿por qué no iba a existir su némesis?

¿Que cómo puedo estar tan seguro sobre la existencia de entes demoniacas? Pues más sencillo aún. Porque yo mismo soy una de esas almas errantes buscando sin reposo las puertas del averno.

Seguramente, ahora estas pensando que solo soy un loco, un lunático que cree estar poseído por un demonio, seguro que piensas que soy esquizofrénico o que tengo algún otro tipo de demencia, quizás ocasionada por una infancia pegado al televisor, sin límite de horario ni censura en la programación; no te culpo, vuestros frágiles cerebros humanos no están preparados para la verdad. La psiquiatra de la cárcel también lo piensa…

¡Diablos! Se me ha escapado, no debería haber dicho que estoy en la cárcel. Pero, en fin, ahora ya lo sabes, sabes que escribo estas líneas en un viejo cuaderno tras los barrotes de mi celda. A mi compañero le hace gracia y le parece motivo de burla, me llama “el diplomado”, y se ríe el muy necio, dice que soy una princesita… Pobre infeliz, aunque esté respaldado por el resto de latinos de la cárcel por ser de una familia influyente, terminaré matándolo con mi bolígrafo, no me hará falta nada más para acabar con su ridículo ego y segar su alma… solamente un bolígrafo para transformarlo en el número 999 de mi lista.

Sabes que soy un preso, seguramente piensas que soy un simple reo, un pobre diablo, otro delincuente de poca monta al que atraparon con facilidad… Pues no puedes estar más equivocado. ¿Puede un simple reo presumir de haber segado mil almas en el poco tiempo que su cuerpo mortal le ha dado? Bueno, no voy a exagerar para no mentir, novecientas noventa y ocho almas, pero pronto cosecharé el millar…

¿Te escandaliza?, ¿te horroriza? Ya te advertí que no leyeras este libro. ¿Qué esperabas encontrarte entre las páginas de un libro cuyo autor te recomienda que no lo leas? Venga, aún estas a tiempo, te doy otra oportunidad de cerrarlo y olvidarlo para siempre. ¿No?, ¿piensas continuar con tu afán de conocer?, pues bien, esto no ha hecho más que empezar.

¿Te da morbo leer escenas sangrientas sobre las más terribles atrocidades jamás cometidas? Tranquilo, yo saciaré tu sádico morbo. Continúa leyendo…

Puedes continuar esta historia aquí.

“El Don”, de JAMG, publicada por Ediciones Atlantis

“El Don”, de JAMG, publicada por Ediciones Atlantis

Este es el comienzo de esta fantástica historia publicada por Ediciones Atlantis.

Era un amanecer más, coloreado por los mismos rayos de luz, que los días anteriores conocieron en aquella apacible primavera.

La madrugadora claridad acariciaba los contornos de un pueblecito protegido por la naturaleza. La luminosa presencia del astro rey escalaba poco a poco, centímetro a centímetro, una pared abotonada con una sencilla ventana. La luz dibujaba trazo a trazo, las formas de un dormitorio. Y en su afán juguetón, pellizcaba la adormecida tez de un niño, un niño como otro cualquiera.

Aquella mañana que hubiera podido ser como otras tantas, marcaría el comienzo de lo que nadie hubiera creído posible. Le despertó por una cálida visión que a través de su ventana pasaba como un río desbordado de colores y formas. Las formas de su reino, su castillo, su habitación, la habitación de John Anthony Peaceman.

El pequeño John, de doce años de edad, saltó de la cama cuando del silencio roto por el trinar de los pájaros, irrumpió una voz bien conocida por él.

¡Johnny, dormilón, el desayuno! —le gritó su madre desde la cocina.

¡Ya voy mami!

¡Hoy tienes creps con chocolate y vainilla!

Como si de palabras mágicas se tratase, el menudo hombretón de la casa, tomó las prendas de la silla y comenzó la odisea del día a día. Una vez estuvo preparado, aún con los pelos revueltos como los prados después de una tormenta, inició la mañana que todo lo cambiaría.

Tras el energético desayuno, Johnny montó en su bicicleta con rumbo al colegio. No había peligro, la escuela estaba en línea recta, tan sólo a dos kilómetros de casa, y en este rincón del mundo, todos se conocen, como el frutero, que saludó al crío con gran familiaridad.

¡Eh! Johnny, ¿al cole?

¡Sí!—respondió sin dejar de pedalear.

Alegre, continuó hacia su destino. Pero el hecho de que la mañana fuese agradable, y en el cielo el dibujo del vuelo de los pájaros deleitase la vista, no evitó que el caos llegase a gran velocidad, empapado en el hedor de una larga noche sin control.

Los dados estaban echados y la jugada en movimiento. A pocos minutos de la escuela, el frío impacto del metal sólo le dejó ver al pequeño John, un haz de color rojizo que le alcanzaba. Aunque el embriagado conductor intentó esquivarle, tocó lo suficiente su frágil bicicleta, y Johnny salió literalmente del camino, tomando de este modo, el rumbo de un trágico desenlace.

¡Craaack! El abollado vehículo y sus ocupantes se estrellaron contra un árbol quedando inconscientes. Mientras tanto, el vástago del infortunio entraba en un mar de sacudidas, ¡aaaaah! Rodaba hacia abajo por la interminable e irregular pendiente. Todo daba vueltas al tiempo que se mezclaban los sonidos de los golpes de su infantil físico contra el manto verde.

Pero nada quedó, nada se vio, pues el incidente ocurrió en el tramo donde las cosechas separan las casas.

Al pequeño John, el último impacto le llenó de una extraña sensación. Todo parecía eterno, notó sequedad en la boca, e intentó controlar su cuerpo, nada respondía, y los colores de su alrededor querían abandonarle. La luz que en aquel amanecer le pellizcó ya no le decía nada, y se alejaba, se alejaba, se alejaba.

Las horas, que normalmente pasan lentas, se sumaban una tras otra con facilidad y crueldad. Las diez de la mañana se hicieron las once, las doce, la una…

Y aunque era la única carretera con dirección al colegio, una casa en ruinas ocultaba el coche siniestrado y a sus ocupantes de cualquiera que pudiera pasar.

Margaret, preocupada porque su hijo no había vuelto, miraba con nerviosismo el reloj que en la cocina parecía clavar las horas directamente en su corazón. No había rincón de ésta que no hubiese andado ni silla en la que no se hubiera sentado. El minutero cruel encajó otra hora más y su Johnny seguía sin aparecer. Eran la siete de la tarde, la escuela estaba a pocos minutos en bicicleta y por si fuera poco, comenzó una tormenta de primavera.

Desesperada, llamó a alguna de las madres de los compañeros de su hijo.

Raquel, perdona. ¿Has visto a mi hijo?

No, Johnny no fue al colegio.

¿Cómo? Pero si yo le vi salir hacia allí.

Mi niño me dijo eso. ¿Qué ocurre? —¡Clak! Sin darse cuenta, Margaret colgó el teléfono, y temblorosa tomó el listín para llamar a su marido.

En otro lugar muy cercano, el húmedo impacto de miles de gotas de lluvia, que desde el cielo eran arrojadas con furia para reanimar la vida, devolvió del silencio más amargo al pequeño John.

Primero los sonidos del entorno rebotaron en su cabeza, como si de una caverna se tratase; poco a poco el flujo de este se individualizó para finalmente ser reconocidos. Eran la lluvia y el viento, el tronar de las gotas de agua que se rompían en mil pedazos al ser cazadas por la vegetación, y el impetuoso aire que las empujaba.

Se alzó tembloroso, inseguro, se ayudó agarrándose a algo, sin saber bien a qué, pues en su turbada penumbra solamente había sitio para las sombras. Estaba tan aturdido que caminaba haciendo eses y, a cada paso que daba, se alejaba inconscientemente del lugar del accidente sin que se percatase de ello. Aunque sus pies estaban torpes, su caminar era incesante.

Su visión mejoraba, lo que eran sombras pasaron a formas, y las formas a conocimientos, todo lo que le rodeaba por fin tenía textura y nombre, pero ¿dónde se encontraba? El inagotable manantial que empapaba su cuerpo, y el zarpazo violento del frío, le desconcertaban aún más.

Su soledad no iba a durar mucho ya que algo detrás de él, emitió un sonido desgarrador que salía de las mismísimas entrañas de la noche. Aterrorizado, se volvió y clavó su mirada en la oscura distancia, sus ojos se abrieron como los del cordero antes del sacrificio. Su tez quedó petrificada, su mirada se fijó en dos puntos luminosos que a unos cincuenta metros se le acercaban paulatinamente. Eran los reflejos de algún cazador nocturno, y no había tiempo para averiguar cuál, sólo para correr.

A pesar de sus heridas, corrió como nunca lo había hecho sorteando árboles, arbustos y ramas, casi podía sentir en el viento el ansia de la bestia. Sus piernas le llevaban en volandas, pero cuanto más lejos creía estar de ella, más cerca estaba el final.

El sudor era frío, y en su mente solo había una palabra: “Huye, huye, huye”.

El aliento del depredador comenzaba a sentirse en la piel del pequeño John, se podía escuchar el jadeo de la alimaña, cuyo calor recorría su columna vertebral. Todo estaba perdido, un chasquido indicó el salto final, y el ligero silbido de unas mandíbulas al abrirse en pleno salto, le marcaron la hora de la tragedia.

Johnny, en su carrera, dio su último paso mientras notaba sobre su nuca la saliva de su ejecutor. Repentinamente sonó un crujido, ¡craaak! El suelo se deshizo bajo sus pies, el cazador estaba encima de él, y juntos cayeron en la oscuridad. Rodaron sin control por una especie de canal subterráneo. La angustia se hizo mayor, pues el agua de lluvia actuaba de pista rápida, y aunque la bestia seguía secuestrada por este improvisado canal, le veía como su cena.

El pequeño en aterrorizada bajada, lanzaba los brazos al aire en su afán desesperado de parar su interminable pesadilla. ¡Aaaaaaah! El turbulento canal se estaba acabando, y en un acto reflejo, se agarró al cable que impactó contra su mano. El depredador pasó por debajo de su embarrado cuerpo mientras él quedaba frenado. Su iris lleno de terror percibió cómo la bestia se alejaba hacia un destino incierto, “se va” se decía animándose. Esos ojos que le sobrecogieron se iban haciendo cada vez más y más pequeños, hasta que se perdieron en la oscuridad.

El pánico le dio fuerzas para continuar agarrado, hasta que la lluvia comenzó a cesar. Todo parecía estar favoreciéndole; Pero su salvador cedió antes de lo previsto, y con la superficie ligeramente resbaladiza, comenzó otra vez la caída, aunque en esta ocasión, no fue tan veloz.

Cuando las circunstancias parecían conducirle a un trágico desenlace, el barro ya seco actuó de freno justo al final del imprevisible canal. Con la respiración acelerada, se aferraba a los salientes mientras miraba en todas direcciones. La pesadilla aún no había acabado.

Puedes continuar esta espectacular novela aquí.

“COSMOSIS”, de Magi Balsells Palau en Ediciones Atlantis

“COSMOSIS”, de Magi Balsells Palau en Ediciones Atlantis

Puedes disfrutar del inicio de esta historia, publicada por Ediciones Atlantis…

Capítulo 1

Ya le di al interruptor, pero nada ocurre. No noto nada, qué pasará, no podré repetirlo si los aparatos no son los ideales ya que todo mi patrimonio se ha ido en este trabajo y alguna deuda aún me queda de solventar.

Me desenchufo de todos los cables conectados. En aquel momento me doy cuenta que uno de ellos no estaba en la posición correcta. Qué alivio momentáneo, será esta la posible avería, enseguida lo comprobaré. Vuelvo a conectar todos los cables y procurando que esta vez todo esté correcto. Creo que es por una cuestión nerviosa que me ha ocurrido este problema, si se puede llamar así.

Ya está todo en posición. Vuelvo a darle a la conexión eléctrica y ahora sí, noto un pequeño zumbido. Amplío la potencia un poco y desaparece, pero veo por el cuadro de control que sí está funcionando todo correctamente

Me arrellano y cierro los ojos, concentrándome en enviar mi llamada estelar a través del rayo del láser. Voy elevando la potencia del mismo hasta llegar a unos niveles casi peligrosos para mi integridad. Estoy enviando mis ondas cerebrales al espacio. De momento no hay contestación, insisto, no decaigo. Si hay vida inteligente en el cosmos pueden llegarles mis envíos.

Pasan las horas, no hay ninguna respuesta. El día empieza a clarear. Se pasó la noche en un suspiro, pero sigo aferrado al equipo. Sé que alguien puede recibir mis ondas cerebrales. Me estoy agotando, este esfuerzo es superior a mis fuerzas pero no quiero dejarlo, sería volver a empezar. Lo intento una y otra vez, pongo la mente en blanco para un pequeño descanso.

Pasa el día sin ninguna respuesta. Vuelve ya la noche, me estoy durmiendo. Son muchas horas de padecer esta situación, el cuerpo humano tiene unos límites, voy a cerrarlo y mañana volver. Pero en este momento se produce…

Capítulo 2

¿Qué ocurre? ¿Qué pasa? Noto algo muy extraño, unos sonidos acompasados con fluctuaciones cada vez mas rápidas. Miro la pantalla de control, todo está correcto. Ahora siento como si algo o alguien quisiera penetrar en mi mente, como si apartara las defensas de la misma como abriéndose camino. Me asusta el no saber qué es lo que ocurre. Voy a apagar el equipo, pero algo superior a mí me lo impide, quedo como petrificado sin posible movimiento alguno. Por favor que alguien haga algo, que se corte la electricidad, estoy temblando, sudoroso, encogido.

De repente todo desaparece y una luz explota en el interior de mi cabeza. Luz más blanca nunca la había visto, me calma mi inquietud, aleja mis miedos y relaja mis músculos.

Se disipa la luz centellante, queda en una semioscuridad y en este momento en mi cerebro una voz resuena. No puede ser, serán figuraciones mías por la tensión pasada, pero no es así. Alguien me está hablando, no lo entiendo en mi estado de nerviosismo. Procuro calmarme, me está saludando una voz impersonal e imposible. Estaré soñando. Me pellizco y me duele, estoy despierto, no es un sueño es una realidad.

Siguen saludándome una y otra vez con el mismo mensaje sin cambios lingüísticos, la misma frase una y otra vez como si de una grabación se tratara. ¿Qué hago? ¿Contesto? O será alguien que se está riendo de mi buena fe, que por cualquier circunstancia habrá conectado con mi intento de mensaje.

Y casi sin atreverme, yo también contesto. Y es tanto mi atolondramiento, que solo consigo decir “hola aquí estoy, ¿quién eres?”

Espero anhelante si obtengo una contestación.

En este instante finaliza este mensaje repetitivo que estaba recibiendo y recibo la contestación esperada:

Sabemos dónde estás, en un planeta llamado «Tierra» en tu idioma, hemos recibido tu mensaje, lo cual nos complace. ¿Preguntas quiénes somos? Somos…

Sigue con esta espectacular historia aquí.

“BESTIA KUM”, de Rafael M. Medina en Ediciones Atlantis.

“BESTIA KUM”, de Rafael M. Medina, publicada por Ediciones Atlantis

A continuación puedes disfrutar del comienzo de esta obra, publicada por Ediciones Atlantis.

Carta de Augusto Regio, comandante de la VI Legión.

Para Quinto Curcio, general de las Legiones de Roma.

Asunto: Situación en la frontera de Germania.

La VI Legión llegó a la frontera germana sin demasiados contratiempos, con la excepción de algún problema de logística solucionado con el cese del responsable y el nombramiento de su sucesor.

A lo largo de la travesía nos vimos emboscados en diversas ocasiones por grupos rebeldes a Roma. Al principio sopesamos la situación como normal, pero después, los asaltos fueron cada vez más numerosos y más molestos. Llegamos entonces a la zona sur de Germania donde la situación era más delicada de lo que en un principio calculé, pues aquellas cédulas se habían organizado y tenían un líder imposible de comprar, más por su torpeza mental que por mi generosidad. Decidí y ordené la limpieza de la zona.

Nos retrasamos tres meses en las escaramuzas.

Una centuria perdida. Sin bajas destacables en caballería.

Tras esa demora retomamos la ruta inicial con destino a la frontera norte con una cohorte de leva sumada al grueso del ejército. No hubo más incidentes durante la travesía hasta la llegada a destino. Tres meses después de haber partido de Roma, nos encontramos en primavera con la última fortificación del Imperio.

Aquella misma noche una fuerte nevada cayó sobre nosotros. Los animales estaban inquietos y ninguno, ni soldados ni oficiales, pudimos dormir tranquilos. Al día siguiente el centurión del cuerpo de guardia vino a verme a mi tienda a primera hora de la mañana. Cinco caballos habían sido muertos durante la noche, sin ruido, signos claros de puñal. Sin embargo, sus carnes estaban intactas, pero sus ojos y sus corazones habían sido arrancados utilizando algún tipo de punzón o incluso la misma arma que los mató. Envié buscar aquellas vísceras y órganos. No se encontraron en los alrededores. Dictaminé la pena de muerte a unos culpables que tampoco pudieron ser hallados. Por aquel entonces el ejército estaba fuerte, bien alimentado y animado razonablemente para quienes habían sido arrancados de sus hogares y empujados hacia lo desconocido. No había ninguna razón para tan desagradable incidente. Deduje entonces que se debía a una apuesta o algún tipo de juego de algunos de nuestros soldados.

Pero aquello fue el comienzo de nuestra pesadilla.

Continuando con tus órdenes, las cuatro cohortes que componen la VI Legión fueron repartidas según tu disposición: la primera se situó en la zona oriental donde se levantó un fortín debidamente defendido por un foso. Su situación era adecuada: junto a un río y en medio de un gran claro. La segunda cohorte se fortificó a cuarenta millas de la primera siguiendo con la misma estructura defensiva utilizada en las restantes. La tercera a cincuenta millas de la segunda y la cuarta a treinta de la tercera. El campamento general, donde yo me sitúo, se halla en el tercer fortín, construido al comienzo de un bosque donde talamos unos árboles oscuros, de hoja y corteza, nunca vistos ni por los más experimentados legionarios. Esta tarea ha de hacerse una vez por semana pues nacen retoños que crecen con una rapidez asombrosa y las raíces rompen nuestras defensas, fabricadas con los troncos de esos mismos árboles. Es como si el bosque reclamase su tierra. Aquellos árboles tienen un tronco recto y son de corteza suave, pero cuando se talan comienzan a retorcerse delante de nuestros ojos, como si tuviesen iniciativa propia para quedar así inutilizados para fortificar la plaza, por lo que cada semana debemos reemplazarlos por otros nuevos que no tardan en retorcerse como leños viejos. Su madera no arde, ni recién cortada ni cuando está seca y temo la llegada del frío y de las nevadas. Además, aquel lento movimiento de cambio de forma hace que sus maderas resuenen en horribles crujidos que por la noche parecen quejas de difuntos. Ninguno de nosotros dormimos cerca de la empalizada. He comentado esto con los oficiales de las otras plazas y el bosque es igual a lo largo de toda la frontera, con el mismo tipo de árbol y la insistente oscuridad, impenetrable, que siempre deja un desasosiego en el alma cuando se mira de frente.

Soy consciente de tener delante de nuestra línea un mundo desconocido. Los más expertos vigías han tratado de escudriñar en su interior, pero la oscuridad allí es tan densa como para hacer imposible la visión más allá de diez metros hacia el interior. A veces, sin embargo, parecen verse movimientos de animales, pero nunca han salido al claro donde nos hallamos. Son grandes sombras corriendo por los límites espiando y temerosas de dejarse vez a la luz de la explanada desnuda de árboles. La caza conseguida y de la que nos alimentamos proviene de la parte sur, la que se encuentra a nuestras espaldas donde los bosques son verdes y frondosos y los ríos claros y limpios.

Esta línea formada por nuestras fortificaciones es la parte norte del Imperio romano y nuestras insignias se levantan orgullosas ante cualquier alzamiento. La orden de asentamiento y definición de la frontera ya está cumplida, sin embargo, la misión de avance me preocupa más.

Han pasado tres meses desde nuestra llegada y entre las fortificaciones nos mantenemos en contacto mediante palomas mensajeras y correos a caballo. Pero aún no me he atrevido a entrar en el bosque. Parece viejo, muy antiguo, y, sobretodo, parece hostil. Un sexto sentido me mantiene alerta y me aconseja no provocarlo.

Entonces pensé en los lugareños, en las tribus enemistadas entre sí, y ordené una entrevista con algunos líderes, aunque todos coincidieron en no traspasar la frontera forjada con nuestras fortificaciones y nuestras carreteras. Entre ellos había uno muy anciano, de barba muy larga, blanca como la nieve, que se apoyaba sobre un bastón blanco como el marfil pulido. Se llama Glaumak. Me dijo que si nos internábamos en el bosque nunca saldríamos de él. Según el germano, hay una maldición tan fuerte sobre aquellas tierras como para hacerlas oscuras y traicioneras. Solo los “Kum” viven allí, seres malignos y aciagos. Me reí, porque somos soldados: cuatro cohortes de cuatrocientos ochenta hombres cada una, experimentados en el ejército más grande del mundo, con dos centurias por cohorte de hombres traídos de Dacia, Hispania y Persia, hombres que cargaban a sus espaldas muchos años de luchas. Quién era él, un bárbaro medio desnudo, supersticioso y sometido, para juzgar a Roma.

No le hice caso.

A los cinco meses de haber llegado aquí envié notificaciones a todos los puestos de la frontera para que, a los dos días de la llegada del aviso, enviasen un manípulo de veinte exploradores al interior del bosque. Su misión no era puramente militar. Se debían de limitar a levantar un mapa geográfico lo más fiable posible con una distancia máxima de cincuenta millas desde los puestos. Debían de cartografiar los ríos, valles, cerros. Descubrir los posibles caminos, de dónde venían, a dónde llevaban; descubrir, sin ser descubiertos, posibles asentamientos hostiles, sus defensas, sus fuerzas y armamento. Se trataba de preparar el camino para poder introducir el grueso del ejército y las posibilidades de logística de la zona. El avance de Roma se estaba preparando.

Yo los vi partir desde la empalizada.

Veinte soldados, con un centurión experimentado al mando, salieron de patrulla desde cada fortificación.

Y ninguno regresó.

Esperé días, semanas. A los veinte días los di por perdidos.

Quedaban apenas un mes para que comenzasen las nevadas y el frío del otoño. Entonces, para gente del sur como nosotros, cualquier ataque, evacuación o avance sería una temeraria aventura y habría de esperar a que las nieves desapareciesen de nuevo. Pensar en un invierno en aquella frontera me erizaba la piel.

Incapaz de hacerme a la idea del frío, la oscuridad y el tedio, preparé otra expedición.

Esta vez organicé a dos centurias y me puse yo mismo al mando. Deseché los consejos y las ofertas de los tribunos y los oficiales y dejé bien organizada la defensa de las fortalezas. Los otros tres puestos recibieron las mismas órdenes.

El día anterior a nuestra partida yacía descansando en mi litera cuando el centurión de la guardia vino a verme.

El vigía de la torre norte había divisado algo en los límites del bosque.

Era una tarde fría y a lo largo del día el sol nunca había aparecido oculto tras un pesado manto gris capaz de soltar la lluvia en cualquier momento. Subí las escaleras de la torre acompañado por el centurión y el vigía quien, con el rostro constreñido por el miedo, apuntó con el dedo hacia los límites del oscuro bosque.

Dos ojos miraban directamente hacia nosotros.

Puedes continuar aquí esta historia.

“Un alma viajando por la cuarta dimensión”, Ignacio Martín Sequeros

“Un alma viajando por la cuarta dimensión”, de Ignacio Martín Sequeros en Ediciones Atlantis.

Éste es el comienzo de la nueva obra de Ignacio Martín Sequeros, publicada por Ediciones Atlantis:

Álex— Me tendría que haber despertado ya. Creo que llegaré tarde… ¡Qué raro! No noto mi cuerpo… Digo yo, que debo de seguir soñando, pero no siento ni frío ni calor. Parece como si estuviera en un sitio extraño donde la sensación de peso parece que no existiera… ¡No entiendo nada!

Evidentemente, Álex estaba muy desorientado, aletargado o en algún mundo diferente al del orbe de Morfeo y con la sensación de no tener la menor idea de cómo podría haber llegado a tal situación, la cual no parecía ser la de alguno de sus acostumbrados sueños.

Sentía como si vagara dentro de un mundo diferente, o más bien imaginario, repleto de luces y sombras con pocas conformaciones bien definidas, algo así como si se tratara de complejas estructuras salpi-cadas con colores en difracción, con multitud de líneas y curvas, unas más brillantes u oscuras que otras, pero difíciles de definir. Y no encontraba una forma de salir de tal estado, aunque eso apenas le incomodaba realmente; le parecía una especie de laberinto aunque no tan embarazoso.

Vagando en tan sorprendente estado, de repente, apareció en medio de ese extraño mundo, alguien que con su voz, se dirigió a Álex.

Otto— Por fin parece que encuentro a alguien.

Álex— ¿Pero de dónde sales tú?

Otto— Vengo viajando desde el año 2045, a través de este grandioso laberinto… ¡No te puedes hacer ni idea de lo que es esto! Por cierto, ¿en qué año estás tú y cómo te llamas?

Álex— ¿Me estás tomando el pelo? Cuando me quedé dormido, estaba en 2016, pero me parece absurdo lo que me comentas. Mi nombre es Álex. No me he metido por aquí voluntariamente y no sé tampoco cómo he llegado hasta esta absurda situación de la que en principio no sé cómo salir… Pero me parece todo esto tan raro… y encima apareces tú, a quien ni conozco… y que entiendo que estás tan perdido como yo…

Creo que eres mayor que yo y desde luego, estás vestido de una forma que a mí me parece curiosa.

Otto— Seguro que soy bastante mayor que tú. Yo nací en los principios del siglo XXI de este mismo centenario en el que al parecer y tal y como me dices, seguimos estando. Me pusieron de nombre Otto. En el tiempo de donde yo he regresado, ya prácticamente no existe la profesión de sastre, la cual seguramente aún conoces. Ya cuando somos pequeños nos colocan dentro del cuerpo un diminuto micro-chip que se alimenta con la energía que producimos en nuestro propio cuerpo. A veces, siendo adulto, suelen intervenirte de vez en cuando para renovarlo por un nuevo modelo más actualizado. Creo que algo así que se lo hacen a los animales domésticos de tu tiempo, donde reúnen la información del animal: dueño, vacunas, pedigrí y otras utilidades para controlarle, tanto el veterinario como las autoridades pertinentes. Bueno, pues algo así es lo que a todos nos han introducido con ese micro-chip perso-nalizado. Desde luego eso tiene sus ventajas, pero también sus inconvenientes. Ya no necesitamos tener con nosotros identificaciones, como documentos de identidad o tarjetas. Además, este injerto que llevamos dentro, si nos faltara nuestra vida, si fallecemos, al perder parte de la energía que lo alimenta, la electricidad generada en nuestro propio cuerpo, la mayoría de sus funciones se quedan paralizadas, dejando de funcionar en esas máquinas que nos ofrecen distintos tipos de servicios cotidianos.

Álex— Si como dices prácticamente ya no existen los “sastres”, ¿cómo conseguís vestiros de esa forma tan original?

Otto— De vez en cuando, nos introducen en una pequeña cabina donde se nos hace un escaneado del cuerpo en tres dimensiones. La información recogida, de muchos tipos, queda registrada en nuestro micro-chip personal. Así, por ejemplo, cuando queremos renovar los modelos con los que nos vestimos, nos sentamos ante una máquina que nos propone diferentes opciones de tejidos, colores, formas, calidades según la época del año, del lugar a donde deseamos ir e incluso si lo usamos para zonas de trabajo. A veces ni siquiera lo reutilizaremos, ni lavaremos esas prendas, sino que directamente serán recicladas y renovadas por otras a estrenar.

Álex— Yo diría que ese tipo de cosas incluso me parecen lógicas para una época tan avanzada como la que me cuentas… pero mira, a mí me gusta el mundo del automóvil, busco siempre modelos novedosos o con nuevas prestaciones y diseños. ¿Cómo son ahora? ¿Qué combustibles usáis en esta época? ¿Siguen funcionando con gasolina?

Otto— Pero qué barbaridad… Hace ya tiempo que el petróleo no se emplea para mover los motores en general. Ahora nadie puede explicarse cómo esa generación entre los siglos XX y XXI pudo aguantar tanta contaminación creada por el uso de esos sistemas tan obsoletos y perjudiciales.

Álex— Pues como no se muevan con aire o electricidad mediante placas que toman la energía del sol…

Otto— Es mucho más sencillo, aunque no vas desencaminado… En efecto, la energía que se produce y se almacena en un coche es eléctrica, pero la forma de conseguirla se realiza sencillamente a partir del agua.

Álex— Sí. Ya escuchaba que incluso se habían inventado motores que funcionaban con agua en la década de los sesenta del siglo XX, pero la industria del petróleo hizo retirar esos inventos para no perjudicarlos en el negocio de los carburantes, aunque desde luego nunca imaginé que finalmente podrían acabar funcionando con algo tan simple como es el agua…

OttoEn mi época incluso un niño sabe comprender que el agua es la forma más lógica de generar esa energía. Seguro que sabes que la fórmula del agua siempre fue considerada como H2O ¿verdad? Eso dio como resultado algo tan sencillo como liberar el hidrógeno para utilizarlo como combustible, es muy poderoso como tal; mientras que el oxígeno restante se libera debidamente tratado al medio ambiente, para que no produzca exceso de O3 (Ozono) que también podría ser perjudicial en cantidades excesivas, pero sin duda, nunca tanto como resultó ser el CO2 que lanzaban los tubos de escape de aquellos automóviles de vuestra época… No sé como esas generaciones lo aguantaron.

Álex— Sí, en efecto, siempre se ha dicho que el hidrógeno es un excelente combustible, ligero y muy eficiente, pero también peligroso de almacenar al ser altamente inflamable aún en estado líquido.

Otto— Pero eso ya hace mucho tiempo que se resolvió logrando una eficaz disociación del hidrógeno y el oxígeno a tiempo real, y a medida que se requiera para su uso, es decir, que solo se necesita almacenar un poco de agua y prácticamente es inerte. La solución se encontró al conseguir un catalizador para realizar la operación a una temperatura razonable, cuyo calor producido era fácilmente disipado. Lo obtenido era la electricidad que necesitara el vehículo, incluso alma-cenando parte de ella como residuo necesario para su uso en momentos en los que sus motores no estuvieran en marcha.

La cuestión es que se transformaron ese tipo de negocios y que ya no los controlaban las petroleras, sino las empresas que fabricaron los catalizadores y sistemas de computación que manejaban todo ese complejo funcionamiento. Estos catalizadores necesitan varios elementos o materias primas que no son fáciles de obtener y por lo que para conseguirlo, pugnan muchas empresas, así como para su distribución. Bueno, real-mente, no solo controlan este tipo de productos, sino también su funcionamiento y el de otras máquinas, incluso de robots que se construyen por sí mismos y a su vez a otras máquinas. Las fábricas se mueven con muy pocos operarios humanos actualmente.

Álex— Oye Otto, otra curiosidad… ¿Y los coches realmente vuelan a través de las ciudades, como vi hace tiempo en películas futuristas?

Otto— En efecto, desde hace mucho, algunos coches, pero no todos, despliegan unas alas que llevan adosadas transformándose en pequeños aparatos de vuelo para distancias no muy largas y a baja altura, por debajo de los 3.000 metros. Hay un sofisticado sistema que controla todo ese tráfico por el aire. Pero de todos modos, ya ocurre también y desde hace años que se decidió que ese tipo de vuelos se suprimieran dentro de las ciudades, para evitar congestiones y tráfico y por ello, ya solo se realizan fuera de ellas. Es decir, los automóviles que tienen ese tipo de dispositivos van en principio por superficie hasta las afueras de las ciudades y es allí donde pueden desplegar los motores de elevación sobre el suelo. Lo que también existe, son automóviles que ya no usan ruedas para moverse, sino que lo hacen sobre una especie de colchón de aire que al principio era ruidoso, pero que han conseguido que resulten más silenciosos y soportables. Igualmente, ya hace bastante tiempo que muchos coches circulan sin conductores. Solo tienes que comunicarles tu destino y te dejas llevar. A veces es más fácil hacer un transporte de ese modo que a través de autobuses y económi-camente similar, mediante bonos temporales. Para recorrer distancias más largas, suelen utilizarse los transportes que van por los tubos subterráneos hasta otras estaciones para recorrer distancias más largas o enlazar el viaje con otros medios más rápidos a las afueras de las ciudades.

Puedes continuar aquí esta historia fantástica…

“TREMEALOS”, de Gabriel Barrios Martín

“TREMEALOS”, de Gabriel Barrios Martín, publicada por Ediciones Atlantis.

Os dejamos el comienzo de esta obra:

 

—1—

HOY ES UN GRAN DÍA

Me eché la guitarra al costao y una mañana de julio bajé al Barco a hablar con Pedro de hombre a hombre. Venía de la familia de los Morondos y aunque era de Santa Lucía, su padre y el mío habían compartido majada más de tres veces y de cuatro. Sabía que andaría por la taberna de Lucio y allí aparecí con la venida de la tarde. Al verme, torció el gesto pues sabía que yo no soy de bares y que si estaba allí era por el asunto de las peñas. Nada más tenerme a tiro, me dijo:

  • Ya lo hemos hablado antes, Felizón: Que las piedras a mí no me las regalan y que yo tengo sueldos que pagar y máquinas que mantener. Podrás tenerlas a precio de coste. Hasta ahí puedo estirarme.

  • ¿No vas a convidarme a un chato, Morondo? —le dije quitándome la boina.

  • Eso está hecho, que ahí mi brazo llega —hizo un gesto a Lucio el posadero y nos alcanzó dos vasos de tinto.

  • ¿Cuál era el oficio de tu padre? —le dije acercando el vino.

Resopló con hastío. Cogió el vaso con sus rechonchos dedos, como si no pudiese con el esfuerzo. No quería mirarme directamente a la cara. Bebió. Yo seguí con lo mío:

  • ¿Y el tuyo hasta que nació la Petra?

El Morondo se puso serio y ceñudo. Bebió el vino de un trago y soltó el vaso de malas maneras. Me miró a los ojos.

  • Esa no es la cuestión, Julián, que todos los vecinos han sido pastores y ninguno de ellos, ni tú siquiera, está dispuesto a arreman-garse. ¿Por qué tendría que hacerlo yo?

  • Porque tú tienes las piedras —guardé silencio. Pedro bajó la vista hasta el entablado del suelo, girando el vaso sin pausa con los dedos. Proseguí—. Ahí lo quedo, Morondo. Me subo al Tremedal que la Nati me espera para cenas.

Al día siguiente se presentó en la era con el Santana y dos camiones con pluma. Ahí andábamos Juan y yo jugando a la calva. Se bajó en mitad de una polvareda y nos dijo muy serio al Goriche y a mí:

  • Dos están partidas y no las puedo vender. El que las esculpa que lo haga con tiento que yo no respondo. Y quiero una placa junto a las piedras que diga que las donó mi cantera.

  • ¡Ay, Morondo, que siempre fuiste un tierno! —gritó el Goriche con guasa. Pedro estuvo a un pelo de enojarse por el choteo. Tuve que tener un tanto los ánimos.

Las descargamos con ayuda de la grúa y de unos mozos de Ubiña que se trajo el Morondo. No tardó Jacinto en escribir una carta a la Diputación para hacer valer el trato. A los dos meses nos comunicaron que la escuela de canteros de El Barco de Ávila estaba dispuesta a esculpir las piedras de manera desinteresada. Y así fuimos al lío. Cada cual con lo suyo y en 1999 el monumento ya estaba acabado a la espera de inaugurarlo un día del verano. La verdad es que nos quedó muy pintón. Hice el chozo con unos buenos arreglos para que durase varias temporadas. Vino un ingeniero de la Diputación y le dio un vistazo diciendo que ese chozo aguantaría más de veinte años porque toda la base era del granito que había restado de los bloques del Morondo y el entramado, a pesar de ser de escobas, tenía la cruz principal de hierros soldados.

La cosa empezó hace cuatro años, cuando el Goriche y yo nos pusimos de acuerdo para llevar el asunto al alcalde de El Barco de Ávila, que en su mocedad se había criado aquí en el pueblo. Queríamos hacer un homenaje al pastor; un “monumento a la trashumancia”, como decían en los papeles que paseamos por toda la Diputación. Recordar con cariño la profesión que había sido nuestra, de nuestros padres y abuelos endenantes que nosotros. Y de esta manera honrar algo ya casi borrado del paisaje castellano y de las mentes de los jóvenes. Lo más fastidiado fue convencer a los pocos vecinos que quedaban en El Tremedal para acorpar todos a una y meter un primer gasto necesario para que nos calculasen el monto total del monumento. Pedro el Morondo, dueño de una cantera en Ubiña, vino con el Santana y fue muy amable con nosotros. Nos dio unos pensamientos muy válidos para este particular: hacer la figura de un pastor, por supuesto, y hacerle acompañar de dos o tres ovejas y vacas con formas de bichas ibéricas como las de Guisando. Fue al decir esto cuando se me ocurrió que el monumento podía completarse con un chozo, un caldero con sus llares y un redil menudo. Aún me acordaba de cómo hacer un chozo. Podría tomar prestado del museo el caldero, unos zurrones y otras cosas para dejarlo galán por dentro. No se habló más, Pedro tomó sus medidas y se fue por donde vino. A los tres días nos llamó y nos dijo el precio de la broma. Demasiado para nuestros bolsillos. Así que no tuvimos más remedio que recurrir a Jacinto el Mono, hijo de vecino del pueblo, que ahora era diputado por Ávila. Él ya me había ayudado a montar el museo del Tremedal cuatro años antes y más o menos sabíamos cómo iban estos tejemanejes. A Jacinto le gustó la idea desde el principio, pero nos advirtió de que esto iba a ser muy diferente a lo de montar un museo en las antiguas escuelas. En aquella ocasión teníamos el sitio y los trastos, y solo necesitábamos capital para la reforma y poco más. Ahora, no teníamos nada de nada y necesitábamos cuatro peñas de granito y alguien que las trabajase.

Tras hacer los formalismos, estuvimos dos años sin saber nada del asunto. No había mañana que no mirase el buzón en busca de la apetecida carta. Los demás vecinos andaban ya en otras cosas y poco les importaba este propósito. El Goriche me preguntaba de vez en vez porque él tampoco recibía nada. Y es que, dos años no son nada para unos asuntos pero son mucho para otros, sobre todo cuando eres viejo y estás más cerca del otro mundo que de este. Cuando llegó la misiva, no nos traía nada bueno. No la quise abrir solo y quedé con el Goriche para que las tortas se repartiesen mejor. Al leerla se nos quedó cara de moho y de seguido llamamos a Jacinto, a ver qué nos contaba. Nos dijo que, a las primeras, siempre dicen que no. Nos pidió que le enviásemos la mortaja y ahí quedó todo. Otra vez la tonta espera, esta vez de solo ocho meses. Volvimos a recibir un escrito en el que aprobaban el proyecto, pero que “por motivos de ajuste presupuestario, no se encontraban en posición de asumir los gastos al completo”. Nos platearon la opción de que si nosotros conseguíamos la piedra, ellos pagarían al cantero escultor. También nos dijeron que a partir de ahora nuestro delegado directo para este asunto sería Jacinto Sánchez Aurelio, lo que nos facilitó todo aún más. Ahora tocaba conseguir el granito como fuera. Hablamos otra vez con el Morondo y nos dijo que él podría vendernos la roca a precio de coste. Ni aun así conseguimos convencer a los vecinos para que acorpasen. Por eso me tuve que bajar aquella tarde a hablar con Pedro, de serrano a serrano.

Para la inauguración, Jacinto se puso un poco cabezón con el día. Quería que coincidiese con la festividad de las Nieves pues era cuando más gente había en el pueblo y según él, cuando más luciría el evento. Se esperaba también al presidente de la Diputación y la tele. Nosotros nos negamos, por supuesto. El día de la Virgen de las Nieves era para la Virgen de las Nieves. Ningún vecino se había atrevido siquiera a casarse ese día para no afear a la Virgen ni creerse más que nadie. Y nuestras mujeres preferían las piedras partidas por un mal rayo antes que estar haciendo vanidades el día de las Nieves. Jacinto no veía nuestras razones. Claro, él se había criado fuera del pueblo. Decía que una cosa no quitaba la otra y que había sitio para todo. Pero no hubo qué hablar. Las Nieves eran las Nieves. Y el monumento iría antes o después; o no iría. Pero las Nieves, se respetaba. Al final convenimos que se hiciese un día antes de la festividad, que era cuando se hacía la comida de hermandad en la era y se podría aprovechar la ocasión para invitar a la mesa al presidente de la Diputación, a la tele y a todos los forasteros que gustasen de probar la caldereta, que es lo típico de por aquí.

Y llegó el gran día. Además de la Diputación de Ávila, ha venido a la inauguración la televisión de la nación y a alguna que otra más menuda. Yo, vestido para la ocasión con mis zahones y mi zamarra. Aún me asienta el conjunto y mira que han pasado abriles. Con mi lazo colorín de lino para sujetarme el cuello de la camisa, el zurrón y mi chaleco de estezado. Los pantalones duros de vaquero y las calzas de lana. El Goriche, el Pues y el Morondo están a mi vera de la misma guisa, morral al hombro y abarca suelta, con una sonrisa que no les cabe en la cara y los colores subidos por el colambre de la mañana. A ellos el traje de pastor les queda un poco más prieto, pero igual les vale. El presidente de la Diputación lleva ya veinte minutos hablando. No le entiendo la mitad de las cosas que dice. Ninguna tiene que ver con el evento. Hay que tener paciencia, igual ahora dice algo sobre nosotros o las bichas. Detrás nuestra están las esculturas. Un pastor barbón con la montera y la garrota, como Dios manda, y cuatro bichas a su vera. A nuestra siniestra, el chozo. Hábil para tres personas, con el caldero y otros cacharros adornándolo por dentro. En un lateral hemos montado un redil. Tío Camuñas ha traído cuarenta ovejas de El Puerto de Castilla para que todo luzca como una majada pero en chico. Esteban trajo su burro y lo plantó allí, a la vieja usanza, con la cobija, la reata y los cántaros. Como está entero y en edad, no para de moverse y toda mosca le molesta. Jacinto está a la guarda del presidente de la Diputación. Mientras este habla, el Mono se me junta y me chisma: “Prepárate para hablar, que este es tu día”. Los de la tele y la radio parecen estar interesadísimos en lo que está pasando. Los zagales ya se han aburrido y han ido a jugar con la pelota al prao. Las mesas de la era están listas para la caldereta de después. Hemos hecho dos bancadas nuevas para que abarquemos todos, pues somos más de cincuenta entre pitos y flautas. Se ha empeñado Jacinto en traer refrescos, patatas fritas y esas cosas que gustan a los de ciudad. Tía Marciana ha quitado la pelota a los rabadanes para que no tumben nada de lo que hay preparado en las mesas. Nati no ha querido venir a los discursos. Se ha quedado en casa viendo la tele hasta la hora del almuerzo. Como dijo ella: “A mí déjame de esas gaitas, que yo ni entiendo ni quiero”.

Ahora el presidente ha concluido. El micrófono queda abierto para todo aquel que quiera engrandecer la cosa con sus palabras. Yo no tengo ninguna intención de hablar. Jacinto toma la vez y comienza así su discurso:

  • Gracias, en primer lugar, al señor Presidente de la Diputación de Ávila, a Julián Sánchez García, promotor de este evento, y a todos los asistentes. Nos vemos en el día de hoy, rindiendo homenaje a la memoria de tantos y tantos vecinos del pueblo que a través de su profesión, engrandecieron una institución milenaria: la del Real Concejo de la Mesta. Esto es, la ganadería trashumante. Institución que se remonta desde la Edad Media hasta casi nuestros días. Teníamos la necesidad de hacer algo en honor de nuestros antepasados, por lo mucho que lucharon para que un oficio y una manera de entender el mundo perviviese. Su vida fue el ganado y se la dejaron en los cordeles de toda Castilla y Extremadura.

Hizo una pausa y se giró a mí como queriendo que me acercase al atril. Ni un pelo moví. Las piernas no me regían. Además, ya me empezaba a doler la pata mala por llevar tanto rato tieso. Como sabía que no iba a torcer mi voluntad, se giró de nuevo y prosiguió con el discurso.

  • Todos vosotros conocéis la ingente la labor de Julián, ilustre vecino del pueblo, tratado por todos y al que es difícil decirle que no, cuando se trata de su empeño, primero recopilando las costumbres de la trashumancia en un libro y luego con la creación del Museo Etnográfico y de la Trashumancia de El Tremedal, situado en las antiguas escuelas. ¡Por cierto! Podrán visitarlo esta tarde, justo después de la comida de hermandad, en una muy especial visita guiada por el mismísimo homenajeado. Pido un aplauso para él, por favor.

¡Qué bien habla el condenao! ¡Cómo se nota que ha estudiao, el jodío! Toda la concurrencia aplaude a manos rotas. Sin pausas, el bribón del Goriche me empuja hacia el estrado para que dirija unas palabras a los concurrentes, pero me zafo como puedo endenantes que me ponga colorado, y no por el vino. De todos modos, la gente sigue aplaudiendo. Yo me apeo del estrado. Jacinto me disculpa delante de todos y cede la palabra al siguiente paisano. Ahí continúan avalando la cosa, cada cual con su monserga. Ahora lucen más nuestros nuevos vecinos de piedra. El sol ya ha tomado la sierra y toda la era empieza a calentarse. Los concurrentes parecen recobrar el interés.

Ahora le toca al Goriche. La mirada se me va hacia mis hijos, Antonio y Andrés. Les veo ahí, uno al cabo del otro, sonrientes entre los paisanos y cogiendo todo el evento con una grabadora de video. Las niñas de Andrés están ya un poco cansadas de estar de pie y se cogen a la pierna del padre. No fue fácil sacar esta familia adelante. Aún recuerdo cuando la profesora de Antonio nos citó a los padres para decirnos que el niño era muy aplicado y que le apoyásemos en todo lo que quisiese ser de mayor. En algo ha cambiado la nación. Cuando nosotros fuimos a la escuela de chicos, nunca nos preguntaron qué queríamos ser de mayor. Me imagino que ya éramos lo único que se podía ser: un buen hijo para tus padres y luego un buen padre para tus hijos. Ayudar en la casa y sacar todo el trabajo adelante, ya fuese en la era o con los animales. No se podían dejar las cosas para mañana. No contabas los guisantes que te comías y los que te guardabas. Tampoco se pensaba en el futuro y esas cosas. Solo importaba cómo vendrían ese año las nieves. Hasta el agua, que es la cosa más preciada que tenemos en el pueblo, nos podía echar a perder un año entero así viniese de tanta o de poca. Luego los hijos venían sin llamar a la puerta y ahí tampoco nadie te preguntaba. Entonces, cuando no daban trabajo las bestias, lo daba el tempero de la tierra y cuando no, los hijos. O los tres juntos, pues las chinches nunca viajan solas. Ahora, hasta los mozos aparecen con gaitas de que no les gusta hacer esto o no les gusta comer lo otro y hasta parece que la comida les mancha. Cuando yo era zagal, no había gustos. Mucho menos de mozo. El trabajo había que cubrirlo, gustase o no. Acorpar con lo que fuera. ¡Ay! Como siga un rato más de pie, me va a estar dando guerra la pata mala todo el día. Con este saco de años, las fuerzas empiezan a faltar por todos sitios.

Otra vez rompen en aplausos. Ya se nota a los convecinos algo cansados y a los rabadanes con hambre. Jacinto toma de nuevo la palabra para agradecer finalmente a los paisanos. Les invita a que visiten el chozo por dentro y a los zagales que den unas briznas de heno a las ovejas. Todos se dispersan. Cada cual con su uva. Los críos olvidan pronto el cansancio y se van a toda priesa a colgarse del redil para molestar al rucio. Se forman grupos de charleta y los de la tele empiezan a mirar de reojo las mesas de la era con los platos llenos de viandas. En los altavoces de amplificación, ponen una música que suena ridícula. Yo tengo ganas de sentarme, pero hay tanto follón que no me aclaro. Juan se acerca y me abraza con efusión mientras me dice que lo hemos conseguido. Yo, con sofocos, le digo que me marcho con la Nati, a ver en qué anda.

“NARRAGONIEM”, de Chema Sánchez Alcón

“NARRAGONIEM”, de Chema Sánchez Alcón, publicada en Ediciones Atlantis.

 

Éste es el comienzo de esta obra:

 

Prólogo

Narragoniem. El sueño de la razón…

Un abogado gris, normal y corriente, asciende a casi ministro de la Dictadura de Franco y consigue esconder sus presuntos crímenes, cometidos al amparo y con los medios de las cloacas del Estado.

La originalidad, surrealista y excéntrica, de este relato de Chema Sánchez Alcón reside en que el protagonista, un letrado asesino, dialoga sobre el bien y el mal, sobre la racionalidad y la locura, con locos, necios, tarados, enanos, putas, tullidos y bobos que aparecen en los cuadros célebres de Velázquez, Goya, Gutiérrez Solana, Sorolla, de Kooning, El Bosco, etc.

Su título no engaña a nadie pues “Narragoniem” es, según he comprobado en Google, “el país de los locos”. El alto funcionario va hurgando en las historias truculentas de todos ellos pero se resiste a confesarles sus propias matanzas.

Después del “Elogio de la locura” de Erasmo de Rotterdam y de “la razón de la sinrazón” de Cervantes, los ilustrados enfrentaron la razón a la locura. Un avance notable si lo comparamos con la simpleza dogmática del bien frente al mal de los eclesiásticos medievales. Con el adelanto de la ciencia, llegamos a confundir buenos y malos con sanos y enfermos. Galdós, utiliza a Maxi, su loco en “Fortunata y Jacinta”, para recomendarnos no ser muy tajantes, a la hora de separar lo sano de lo enfermo, si queremos entender algo de la naturaleza humana.

Así llegamos, con el desarrollo de esta novela, casi negra, nada menos que al meollo de la obra, polémica y devastadora, “Eichmann en Jerusalem. Un informe sobre la banalidad del mal”, de Hannah Arendt. Para la filósofa judía alemana, el criminal nazi no era “un monstruo” ni “un pozo de maldad” sino un burócrata, una persona normal, que cumplía órdenes con celo y eficiencia. No había en él un sentimiento de “bien” o “mal” en sus actos. Salvando las distancias, así retrata Sánchez Alcón, más o menos, al protagonista de su relato.

El título completo de “Narragoniem” incluye como un capítulo “El sueño de la razón crea monstruos”, de Goya. Con ello, el autor nos da una pista sobre los monstruos que la razón nos envía a poco que nos descuidemos. Sánchez Alcón se adentra, con cierta erudición histórica y literaria, y algún alarde filosófico, en “lo monstruoso racional”.

Se agradece el mimo con que trata nuestra lengua, lo que hace más atractiva la lectura. Ese cuidado exquisito se aprecia en la forma de contarnos los diálogos absurdos de este miembro distinguido del engranaje de las fuerzas de Seguridad de Estado con toda una galería de “monstruos” sacados de lienzos célebres que pertenecen la Historia del Arte.

Para Sánchez Alcón, el verdadero “monstruo” es el personaje principal. Para la España oficial aparece como un modelo de perfección, un triunfador. Sin embargo, ante sus interlocutores, salidos de los pinceles más famosos, se muestra como un ser sin escrúpulos, surgido de la clase dirigente del Estado franquista, capaz de cometer un crimen abominable.

Su obra comienza, naturalmente, con el descubrimiento, clásico en la historia de la novela, de una caja de documentos inéditos, espeluznantes, que el casi ministro de Franco entrega a un sargento de Inteligencia y este a su sobrino. El relato es un juego ingenioso, entre divertido e inquietante, con las piezas de ese “ponzoñoso legado”.

La investigación y la documentación cuidadosas de Sánchez Alcón nos acercan, con interés creciente, a las distintas épocas de los inocentes, los bobos que se masturban en las “risas pascualis”, las antimisas de los bufones, los enajenados que matan por nada y que sueñan con viajar a Narragoniem.

El secretario de Estado de la Dictadura no se atreve a confesar sus atrocidades a sus tarados interlocutores, encerrados en los museos. La intriga del crimen o crímenes a distancia del protagonista añade un toque policíaco, de novela negra, que aumenta la curiosidad del lector por llegar hasta el final del relato.

Los locos hablan, a veces, como cuerdos: “Los finos y bien pensantes mortales han sido la peor de las calañas bajo el disfraz de la aparente normalidad” o “En la cohorte de subordinados están todos los males”. El arte del disimulo (la “taqiyya”, práctica recomendada por los ulemas a los musulmanes en tierras cristianas) toma aquí la forma de “hacerse el tonto”. Los necios tratan de sobrevivir en un mundo en el que “la bondad y la maldad son caras de la misma moneda”, según le dice Jovellanos, en un diálogo que roza el surrealismo, al tonto de Abundio.

El protagonista de la historia, un triunfador del Régimen, un sicópata narcisista con piel de cordero, apenas tiene una posibilidad de redención a través de un resquicio minúsculo pero esperanzador: el amor imposible de una joven virgen de su pueblo.

¿Cuándo se empieza a dar uno cuenta de que es un miserable?”, se pregunta el presunto asesino. Para este letrado cínico, “mitad monstruo, mitad humano”, que asciende a las más altas cotas del Poder, “el mal y el bien siguen siendo inventos de esa humanidad debilitada por los afectos”. Desaprovecha el cable de salvación que, como doña Inés a don Juan, le echa el amor sin mácula de la joven Mercedes. El poder le corrompe. A través de varios simulacros, el autor nos acerca al poder real, al de verdad, o sea, al poder arbitrario que no conoce límites.

Se dice “eres más tonto que Abundio”. No es el caso del Abundio que dialoga con Jovellanos, allá por 1815, sobre al alma partida de los afrancesados: “Ninguno de nosotros es inocente”. Los ilustrados españoles se ven obligados a echar a las tropas invasoras de Napoleón, pese a estar de acuerdo con los ideales de la Revolución Francesa, y abren la puerta al absolutismo del Rey Felón. Paradoja cruel.

Los tontos, necios, bobos y tarados como Calabacillas, Abundio, Lindin, Riviere, madame Sontag, Matietes o el Pájaro, etc. (hasta 12, como los Apóstoles), encerrados en asilos o manicomios, sueñan con “viajar hacia el ignoto territorio de Narragoniem”, el país de los locos. Al llegar al final de esa obra, verán que Narragoniem “no era una quimera de un grupo de dementes medievales sino un estado del alma”.

No creo en las supersticiones. Traen mala suerte. Tampoco en las casualidades. Sin embargo, en ocasiones, fruto de mi ignorancia o de mi temeridad, me siento gobernado por ellas. Por eso, escribo estas líneas. A principios del siglo pasado, el matemático francés Henri Poincaré se atrevió a decir que “el azar no es más que la medida de la ignorancia del hombre”.

Seguramente por azar, el 2 de marzo pasado, 40 aniversario de mi secuestro, torturas y ejecución simulada, realizados por miembros de la Seguridad del Estado, con armas pagadas con nuestros impuestos, recibí inesperadamente en mi casa, por el antiguo correo postal, el texto de “Narragoniem” de José María Sánchez Alcón a quien no tenía el gusto de conocer personalmente.

El autor me atacó por mi lado más débil: la vanidad. Una oferta diabólica: “Le he elegido a usted como mi primer lector, si lo tiene a bien, porque le considero inspirador de este relato”. ¡Ay, la vanidad!, el flanco favorito del diablo. El halago debilita a cualquiera.

Y aquí estoy, animándole a leer, después de mi, este relato original, inquietante y algo excéntrico que no le decepcionará.

Cuando comencé a leer esta obra, me vino inmediatamente a la mente “No matarían ni una mosca”, de Slavenka Draculic, un minucioso reportaje, bastante perturbador, sobre los juicios de La Haya a los criminales de la guerra de los Balcanes. “Ninguno de nosotros estamos libres de caer en la maldad”, escribió la autora croata, “pues los criminales de guerra no son distintos de nosotros”.

Ese libro fue para mí el verdadero prólogo, terrorífico por cierto, de la obra “Narragoniem” que acababa de recibir por correo postal. La leí, pues, con el recuerdo fresco de los criminales de guerra, gente normal y corriente, de la ex Yugoslavia.

¿Somos piezas de un engranaje perverso bien engrasado? Para los presos del manicomio, que sueñan con viajar en “La nave de los locos”, de Sebastián Brand (siglo XV), “todos, absolutamente todos, son cómplices”.

Un aliciente adicional para leer con gusto y prologar esta obra fue que, de la mano del bobo de Coria, el relato me trasladó a su pueblo natal, Caminomorisco, en el corazón de las Hurdes, donde pasé mi viaje de novios. Otra casualidad.

A la luz, o quizás a la sombra, de dichos diálogos delirantes, alguno se preguntará, no sin razón: ¿Quién está más loco don Quijote o Sancho? ¿El médico o el enfermo? ¿El paciente del cuadro de El Bosco, a quien le van a extraer la piedra de la locura, o el cirujano que lleva un embudo en la cabeza? ¿No fue, acaso, el propio Alonso Quijano quien, a sabiendas, se hizo el loco?

 

“Y mientras tanto, te sigo esperando: septiembre”, de Rosa Gamero Arévalo

“Y mientras tanto, te sigo esperando: septiembre”, de  Rosa Gamero Arévalo.

Así comienza la esta novela publicada por Ediciones Atlantis.

Día 1 de Julio

Las chicharras con sus sonidos incesantes en esos tórridos días de verano no paraban de llamar a sus hembras con sus cantos que para mis oídos, eran más bien un concierto de percusión.

La serenata me anunciaba que estaba amaneciendo.

Como todas las mañanas al despertar lo primero que hice fue  mirar los mensajes de mi teléfono móvil.

Viviré de Marzo a Septiembre en Méjico.”

Al principio pensé que aún seguía dormida.

Me levanté como una autómata dirigiéndome al cuarto de baño, abrí los grifos de la ducha y dejé que el agua corriese por mi cuerpo tratando de asimilar esa… ¿buena noticia?

La escalera que separa mi dormitorio de la cocina me pareció tremendamente larga. Necesitaba un café con urgencia.

¡Genial!, no me queda café. Alguna otra cosa más me deparará el destino.

Tomaré café soluble, quizás me toque el premio de un sueldo para toda la vida.

Papu y Nala, mis dos perras, ya estaban dispuestas al paseo de todas las mañanas. No dejaban de dar saltos deseosas de convertirse en “lobas” corriendo por el parque, libres, sin ataduras.

Salimos al paseo diario.

Ensimismada en mis pensamientos, caminando entre los pinos y sin darme cuenta tomé el camino equivocado. No sé muy bien por qué motivo me confundí. Llevo mucho tiempo haciendo ese trayecto.

Repasé mentalmente los pasos de otros días sin lograr encontrarlos.

Decidí entonces seguir hacia adelante. ¿Fue equivocada mi decisión? Quizás hubiese sido más correcto volver al principio del camino y tomar la senda de siempre.

Cada vez era más difícil avanzar, estaba lleno de obstáculos, enormes piedras torcían mis pies, ramas secas que impedían que avanzara con rapidez.

Solo me preocupaba mirar hacia el suelo para tratar de esquivar tan mal camino, sin levantar la vista, preocupada por llegar; pero, ¿a dónde se suponía que tenía que llegar?

Me paré en seco. Dejé de mirar mis pies para otear el horizonte. Todo me parecía desconocido y el pánico se apoderó de mí. El dolor de pie era insoportable, ¿cómo me había perdido de esa manera?, ¿por qué había elegido el camino más difícil?

Absolutamente incompresible.

Las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos.

¿Lloraba porque estaba perdida?, o ¿era otro el motivo?

A partir de ese momento decidí calmarme y mirar sin la rabia contenida con la que había salido de casa.

Estoy atravesando una época de muchos cambios, siento bullir el crecimiento dentro de mí. Mis manos empiezan a sentir el barro para formar las esculturas que durante tanto tiempo han estado guardadas dentro de un cajón, todo es fantástico y a pesar de que las cosas no son como a mí me hubiesen gustado, mi actitud es de sosiego, de madurez, enfrentándome a las dificultades sin temor.

Casi sin darme cuenta empecé a reconocer el lugar, allí estaba la fuente de agua que todos los días calmaba nuestra sed, las piedras que el tiempo ha pulido dándole diversidad de formas, el camino donde mis pies podrían descansar. La senda ha sido dura, no podía ver el horizonte porque mis pies estaban demasiado preocupados por los obstáculos que me iba encontrando.

El sol estaba ya demasiado alto y las chicharras empezaban su frenético canto. Seguí caminando, estaba a punto de vislumbrar las primeras casas. Mis pies se esforzaban por seguir hacia adelante.

Casi piso a una guerrera. Una amapola, si, solo una, solo una ha sido capaz de resistir el calor que ya empieza a ser cada vez más intenso.

Sobrevivir a todas las dificultades del camino no es tarea fácil.

Si no existiera dentro de nosotros el miedo a no conseguirlo no conoceríamos nuestra parte más luchadora.

Estoy en casa.

Y mientras tanto, te sigo esperando, septiembre.

Día 2 de Julio

Nuestro paseo ha sido truncado. Esta mañana ha sido imposible salir. Una fiebre incómoda ha asaltado mi cuerpo provocándome un fuerte dolor de cabeza.

Este estado en que me he encontrado de letargo que en algunos momentos ha sido de perder la conciencia, (he alcanzado los 40 grados) me ha ausentado del mundo.

Siento el fragor de la batalla que mi cuerpo está tratando de solucionar. Los soldados que forman el sistema inmunológico no paran de lanzar flechas sobre esos “malos” que han invadido mi cuerpo sin permiso.

Mi mente no está demasiado despierta me siento aturdida, como en todas las contiendas tendré que esperar a que se calme la batalla y a que mi cuerpo recupere su estado natural de bienestar.

Y mientras tanto, sigo esperándote, septiembre.

 

Día 3 de Julio

He sido demasiado intrépida, he salido a dar mi paseo matutino; pensaba que estaba más fuerte, me equivoqué.

A menudo se ha comentado lo fieles que pueden llegar a ser los perros con sus dueños, cómo son capaces de reconocer sus hogares si se han perdido o han sido abandonados, que se quedan en la tumbas de sus amos si estos fallecen, en fin, infinidades de historias que de alguna u otra manera han llegado hasta nuestros oídos. Pues bien, esta mañana mis dos exploradoras Nala y Papu son protagonistas de una de estas historias de fidelidad.

No sé cómo, pero ellas bien sabían que no me sentía con fuerzas de dar un paseo demasiado largo. Mi ritmo al caminar no era el habitual de otros días ni tampoco mi respiración. Sentí que mi cuerpo me pedía un poco de “por favor, vamos a casa”; tan solo había avanzado unos metros cuando me di cuenta de mi osadía al salir.

Me senté en una piedra para descansar un rato. Ellas estaban corriendo y saltando de un lado a otro disfrutando de su libertad.

Casi sin fuerzas traté de llamarlas para regresar y poder descansar cuanto antes. No hizo falta llamarlas, no sé si es que lo olieron, percibieron o fue la intuición de los perros, esa de la que tanto se habla; solo sé que estaban a mi lado, las miré con cariño y una sonrisa apareció en mi rostro. Papu, la más inquieta de las dos, se puso a mi derecha, mientras mi delicada damisela Nala iba delante, como marcándome el camino de vuelta a casa.

Nos hemos encontrado con perros mucho más grandes que ellas que han intentado llamar la atención de alguna de las dos, pero han hecho caso omiso a esas insinuaciones, no estaban para tonterías perrunas.

El amor, siempre es esa palabra la que acude a mi mente cuando ocurren cosas como estas. No es solo una palabra, son muchas palabras positivas, ser amable, sonreír, compartir tu alegría… son muestras de amor. El amor no es solo para nuestras parejas, con nuestros hijos, amigos, con nuestros animales. El amor está en el corazón y es inagotable, solo depende de cada persona entregarlo o no. La amabilidad y la dulzura puede ser luz para otras personas que aún no entienden cómo funciona esto del amor.

También hay amor en la regañina que he recibido de mi hija al llegar a casa.

Espero estar más fuerte mañana.

Mientras tanto, te sigo esperando, septiembre.

Continúa

Hugo Amblar Esteban, experiencia Ediciones Atlantis

 Hugo Amblar Esteban, su experiencia con Ediciones Atlantis

Para mí ha supuesto una gran satisfacción y algo muy importante ser finalista con mi novela “última estación” de los premios Atlantis. Ha sido algo completamente inesperado y que valoro muchísimo. Es un espaldarazo que me da mucha motivación para seguir adelante. Hace tres años que empecé a escribir, nunca me había planteado hacerlo ni me había preparado en mis estudios para ello. Simplemente he sido un gran lector, esa ha sido mi única preparación, mi única escuela. Empecé a escribir de forma casual. Y tres años después haber conseguido esto, me quita un poco las dudas que tenía, es para mí la confirmación de que no debo hacerlo tan mal. En este tiempo he publicado cinco novelas, dos de ellas con ediciones Atlantis. Y no puedo más que estar inmensamente agradecido.

Hugo Amblar Esteban

Hugo Amblar Esteban

Alejandro Ruiz Lara, su experiencia Ediciones Atlantis

Alejandro Ruiz Lara, su experiencia Ediciones Atlantis

ALEJANDRO RUIZ LARA – GÉNESIS Y LAS CINCO ARCAS: FINALISTA PREMIOS ATLANTIS

En mi caso, responder a la pregunta de qué ha significado para mí la nominación a la VII EDICIÓN DE LOS PREMIOS ATLÁNTIS en la categoría de CIENCIA-FICCIÓN Y FANTASÍA se podría resumir a una sola palabra: Impresión. Aunque tal vez también podría sustituirla por asombro, sorpresa o, la más adecuada, ilusión. Como desde la editorial bien saben, mi aventura en el mundo novelístico comenzó hace poco más de una año, ya que mi obra, Génesis y las cinco Arcas, fue publicada el 24 de Octubre del 2015 y para mí fue algo totalmente inesperado ser nombrado finalista para este galardón.

Aunque hace poco menos de año y medio aún ni me había planteado llevar mi creatividad al ámbito de la literatura, desde que Atlantis accedió a la publicación de mi novela, la afición acerca de la escritura tuvo que derivar en algo mucho más complejo y trabajoso: Un profundo trabajo de publicidad, continuas presentaciones y trabajo desenfrenado solo movido por la confianza en mi obra y por el apoyo de quienes confiaron en mí en primer lugar. Ha sido un año ilusionante en lo que ha conllevado defender este proyecto pero en ocasiones solitario e incluso exasperante.

Por lo que, después de idas y venidas, charlas y entrevistas, abrir el correo electrónico que, tras un año de duro trabajo paralelo a mi ocupación principal, me desvelaba el reconocimiento por parte de la editorial de mi obra como una de las 4 mejores en mi categoría fue un enorme soplo de aire fresco que me dejó sin aliento. No me lo esperaba en absoluto. A decir verdad, ni tuve conocimiento de que aspiraba a ser nombrado finalista. Simplemente era algo que no me planteaba. Con lo que puedo decir que quienes más experiencia tienen en el mundo literario y que trabajan en mi novela me hayan considerado digno de tal honor me hace muy afortunado.

En el acto final, no fui nombrado ganador pero en absoluto me importó, desde el momento en que vi mi rango de finalista el resto dejó de importarme y, aunque pueda parecer tópico, es la realidad: Me siento ganador de estos premios Atlantis y estoy muy agradecido por la oportunidad que se me brindó hace un año y que aún se me sigue brindando.

Como punto final y algo que no podía dejar de decir, mi mayor felicitación a la obra ganadora en esta categoría: “Antes de que el sol se ponga” y por mi parte solo puedo decir que sigo y seguiré trabajando porque mis nuevos proyectos puedan seguir creciendo aún más.

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Pablo García Barberá, su experiencia con Ediciones Atlantis

Pablo García Barberá, su experiencia con Ediciones Atlantis

 Hace ya unos días de la celebración de la VII Edición de los premios Atlantis “La Isla de las Letras”, y aún me perduran los dulces sabores de la experiencia, sabores que poco a poco van licuándose en unos recuerdos que pienso atesorar toda la vida. Y es que en mis treinta y dos años de vida, he viajado a Madrid en tan solo dos ocasiones, y ambas por “culpa” de Ediciones Atlantis. Esa editorial empeñada en ser la voz de los autores noveles. Sí, la misma que lleva haciéndome sentir un escritor desde el primer momento en que nos pusimos en contacto. Y así, los premios que celebra la editorial no hacen sino avalar su gran labor. 

Ha sido para mí un enorme orgullo estar entre los finalistas y un auténtico placer asistir a los premios, pues además de agradecer la nominación, he podido al fin conocer en persona a J. D. Álvarez, editor encargado de hacer realidad el sueño de muchos y culpable de que el enorme trabajo que esconden las páginas de un libro, puedan ver la luz. Por supuesto, a las que también tenía muchas, muchísimas ganas de conocer, era a las tres Marías. Tanto he hablado con ellas, que siento conocerlas desde hace mucho tiempo. 

La Flor de Nîsser, un bravo y un soñador y un servidor, no nos hicimos con el primer premio, sin embargo, los premios (porque han sido muchos) ya los traía puestos de casa: La primera novela escrita y la primera publicada, nominada a mejor novela en la categoría fantasía y ciencia ficción por la misma editorial y una esposa que me ha acompañado todo lo andado, y que por supuesto, no imagino el resto del camino sin ella a mi lado. Honestamente, no se debe pedir más. ¡Ojo! Debo decir que me hubiera gustado ser yo el que se comiese la guinda del pastel, como hizo Ernesto Goñi con su novela Antes de que el sol se apague, al que aprovecho para felicitar y dar mi más grata enhorabuena una vez más por el premio. 

En definitiva, fue una gran experiencia, muy enriquecedora y deseo de todo corazón que Ediciones Atlantis celebre muchas más ediciones de unos premios donde todos sentimos ser ganadores, y perdure en el tiempo siendo la voz de autores noveles que tanto se necesita. 

Gracias a todo el equipo editorial y enhorabuena a los ganadores. 

Nos vemos pronto. 

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José Vera, su opinión en Premios Ediciones Atlantis

José Vera, su opinión en Premios Ediciones Atlantis

Desde el momento en que recibí el mail de Atlantis, anunciándome que mi novela era una de las finalistas de sus premios hasta el momento en que salí de la Fnac, estuve viviendo en una nube. Yo, un mozo de almacén con faltas de ortografía, estaba nominado al premio Atlantis a la mejor novela urbana de 2015. No era posible, no podía ser.

Supongo que la mayoría de gente tiene sus complejos. El mío es sin duda que siento que no pertenezco al fabuloso mundo de los escritores, no me siento digno de él. Quizás sea que jamás sentí la necesidad de escribir, puede ser lo que mencionaba anteriormente sobre mis excesivas faltas ortográficas o simplemente que todo está yendo tan rápido que no me da tiempo a asimilarlo. En tres meses, de octubre a diciembre de 2015, pasé de ser alguien que casi por casualidad había acabado su primera novela, su primera incursión en la escritura, a tener una criatura literaria publicada. Atlantis tuvo las agallas que le faltan a los demás e hizo posible lo que no era, si quiera, un sueño. Jamás soñé con eso. Desde entonces siempre digo que estoy jugando a ser escritor. Siempre lo vi como algo pasajero, como algo que se acabaría en cualquier momento, algo demasiado bonito como para perdurar en el tiempo.  Ser finalista ha cambiado esa percepción. ¿Y si realmente he hecho algo que vale la pena?,  ¿es posible que sea lo suficientemente bueno?, ¿soy ya un escritor?. En los 10 meses que llevo con Autocompasión de un tonto con suerte en el mercado jamás había respondido afirmativamente a estas preguntas, a ninguna de ellas.

Quizás por esas dudas sobre mí acudí a la gala sabiendo que no iba a ganar. Quizás por eso lo disfruté más, no sentía presión.

Me embarqué en un viaje de seis horas, de Barcelona a Madrid, para ir a la entrega de premios aun sabiendo que no ganaría. Simplemente quería estar allí, compartir un rato con otros escritores, sentirme por fin uno de ellos, comprobar que no estaba inmiscuyéndome en un territorio ajeno a mí. Necesitaba sentirme parte de esto y, después de casi un año moviéndome en terrenos hasta ese momento ajenos a mí, me atrevería a decir que hasta merecía percibirme así.

Me encantó la experiencia y eso que desde el minuto uno supe que no ganaría. Cuando el editor, J, dijo que este año se había premiado bastante la espiritualidad, supe que mis escasas opciones de ganar habían desaparecido. A pesar de ello lo pasé muy bien y se me hizo corto, charlé con alguno de los otros finalistas y, ante mi asombro, comprobé que era uno más, que no me veían como a un extraño. Ese era mi único miedo, que la gente me señalara con el dedo y dijeran: Mira, el que no sabe escribir. Complejos que tiene uno.

No me he leído ninguna de las otras obras finalistas, intentaré poner remedio a eso. No sé si mi novela es mejor o peor que el resto y la verdad es que me importa poco.  Creo que en la gala se dijo que en 2015 Atlantis había publicado 85 novelas, 16 de ellas fueron finalistas y si, la mía era una de ellas, así que por lo que a mí respecta, aunque no tenga físicamente el premio de ganador, yo también he vencido. He pasado de jugar a ser escritor, a serlo.

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Francisco Fernández Martí, su experiencia con Ediciones Atlantis

Francisco Fernández Martí, su experiencia con Ediciones Atlantis

Hace años sentí la necesidad de escribir. El sentimiento fue tan fuerte que acabé por escribir una novela mejor de lo que nunca imaginé. Aquellos años de escritura fueron los más intensos y más vivos de mi existencia: abrí mis puertas a la creatividad de par en par, pero aquella bocanada de aire fresco vino acompañada de muchos sacrificios y mucho trabajo. Nunca pensé que yo fuera capaz de dar tanto de mí mismo, pero así fue. Fue la escritura lo que me hizo crecer y, ahora que ha pasado un tiempo desde que puse el punto final a “Castillos de naipes”, considero que es lo más importante que obtuve con su escritura: crecer como persona. Tras aquella experiencia vital, tuve la suerte de que Ediciones Atlantis materializara aquella ardua labor en una novela. La satisfacción fue grande, ya que a todos nos gusta que se reconozca nuestro trabajo. Pero no quedó ahí la cosa: pasado un tiempo, mi novela fue seleccionada entre las mejores de las publicadas por la editorial en el año 2015. Mi novela pasaba de ser considerada una obra aceptable a ser considerada una buena obra. Cuando me lo comunicaron me sentí nuevamente satisfecho, y acudí a la gala a la que Atlantis nos había convocado con la incertidumbre de si mi novela resultaría ganadora o no pero, en cualquier caso, con un sincero sentimiento de haber logrado ya más de lo que esperaba. El ambiente que me encontré fue cálido, casi familiar, y en él se respiraba amor por aquello que unía a los presentes: la literatura. Allí se encontraban Jota y el resto del equipo de Atlantis, con los que he mantenido una buena relación desde que comencé a caminar con ellos, y me alegré de verlos. Había muchas otras personas que, como yo, miraban a uno u otro lado con cierto aire de curiosidad: eran otros escritores, y sonreí al poner rostro a aquellas personas que, en soledad, porque no puede ser de otra manera, habían recorrido aquel duro pero bonito camino que es el de escribir una novela. Algunos familiares y curiosos completaban el aforo. El acto se desarrolló en un ambiente distendido, centrado en la crítica de cada una de las obras que habían sido seleccionadas. Se entregaron los premios de cada una de las categorías. Llegado el momento en el que se entregaban los de mi categoría, salimos los cuatro nominados y nos situamos junto al jurado. En ese momento desapareció aquella cierta ansiedad que me había acompañado durante los días previos y que venía motivada por si sería el ganador o no; tan sólo me veía junto a otros tres escritores que disfrutaban de lo mismo de lo que disfruto yo: de escribir. Resultó que no gané yo, sino un compañero por el que, en el momento en que el jurado hizo público el fallo, sentí alegría. Le estreché la mano y le di la enhorabuena, y sentí que si yo me había esforzado al máximo para plasmar en “Castillos de naipes” lo mejor de mí, muchas otras personas hacen lo mismo y consiguen crear grandes obras. Cuando llegué a casa puse el trofeo de finalista en un lugar preferente y, ahora que han pasado unos días, me siento reconocido por mi trabajo, y deseo toda la suerte del mundo a esta editorial que crece día a día a base del más potente de los combustibles: la ilusión. Gracias, Ediciones Atlantis.

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Impresión de Maribel Molina Carrillo, premio a Mejor novela Histórica de 2015

Impresión de Maribel Molina Carrillo, premio a Mejor novela Histórica de 2015:

María Magdalena, la esposa de Jesús’, premio a Mejor novela Histórica de 2015

Para mí ganar este premio con la novela “Maria Magdalena, la esposa de Jesús”, ha sido algo muy bonito. Con él he visto reconocido mi trabajo y ahora me da alas para seguir escribiendo. Aunque no he podido asistir, lo pude ver en directo en Facebook y al escuchar mi nombre, la verdad es que me hizo mucha ilusión. Para mí esta novela es muy especial y está escrita con mucho cariño y respecto a ambos protagonistas. Está escrita desde y para el corazón y confío que esta maravillosa historia llegue a muchos corazones y consiga florecer esa semilla que todos llevamos dentro.
Este premio hace que me marque otros retos y que siga escribiendo  con más ganas e ilusión.
A mí me llegó la inspiración a raíz de un accidente de coche, y ahora se ha convertido en pura pasión, pasión por escribir y disfrutar de cada personaje, ya que cada uno aporta algo, tanto al lector como al autor… Escribir no es algo sencillo, aunque pueda hacerlo todo el mundo, dejarse guiar por el corazón no siempre es fácil. En mi caso, necesito conocer gente nueva a menudo, conocer distintas culturas, viajar … todo ello te hace abrir la mente y el corazón y todo lo experimentado me sirve para escribir.
Con este premio se inicia un largo camino, lleno de cosas nuevas y quién sabe lo que nos deparará el mañana…

 

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Premios Atlantis: La isla de las letras, novela histórica

Premios Atlantis: La isla de las letras, novela histórica

María Magdalena, la esposa de Jesús’, premio a Mejor novela Histórica de 2015

El jurado Antonio Castillo habló del enorme mérito que tiene escribir una novela histórica y de lo complejo que ha sido elegir un ganador, ya que cualquier lector podría regocijarse leyendo cualquiera de los cuatro títulos finalistas. En este sentido, ha querido destacar que este año se ha dejado influir por factores más subjetivos, como sus gustos o inquietudes personales, sin descuidar los métodos tradicionales. La obra ganadora consigue un trascendental mensaje místico, una labor de conocimiento de uno de los personajes de nuestra historia más injustamente tratados.

María Magdalena, la esposa de Jesús’, narra la historia de una gran mujer que solo unos pocos tuvieron el privilegio de conocerla realmente. Una mujer sencilla, con un amor tan grande hacia su amado Jesús, que la marcó toda su vida. Una mujer incomprendida, igual que lo fue Él… La historia la ha tratado injustamente, pero llegará el día que será reconocida como la esposa, madre, reina que fue… la esposa de Jesús y madre de sus hijos. Una mujer valiente, fuerte, adelantada a su tiempo y una gran luchadora. Una historia que no dejará a nadie impasible.

Los finalistas:

Por otro lado, Antonio Castillo ha premiado la novela de Vladimir Merino que se alza con el premio ‘Mención especial’, por su calidad narrativa y por los hechos narrados, ya que “habla de unos niños víctimas de la barbarie humana desde el punto desde un punto de vista que bien podría ser el del autor”. El relato se inicia con la huida familiar desde Rentería con destino a Guernica. Tras el bombardeo, Bilbao será el refugio desde el que se organizará la evacuación de 4500 niños; de ellos, 1495 con destino a la URSS. Sin embargo, durante todo el libro, siempre nos queda el sabor de la esperanza de una niña, que con el tiempo se hace mujer; hasta que finalmente llegada a la ancianidad, narra a la nieta esta historia a sus noventa años; demostrando a los lectores que con tesón y fortaleza, siempre es posible comenzar una nueva vida y otorgar a los demás la fe en la existencia, la misma fe que muestra a sus descendientes. Con atmósferas creíbles, desgarradoras en ciertos momentos, sabe enganchar al lector a lo largo de sus capítulos. Es además interesante el complemento de archivos y fotografías que ilustran esta historia que no dejará indiferente a nadie.

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Premios Atlantis: La isla de las letras, novela urbana

Premios Atlantis: La isla de las letras, novela urbana

 

La Puerta de Peter Pan’, del escritor y dramaturgo Javier Espinosa, se alza con el galardón a mejor novela urbana publicada en 2015

Como algo inusual, el jurado encargado de elegir a la mejor novela urbana fue el editor J.D Álvarez, quien aseguró que había sido una elección muy difícil ya que todas las novelas que concurrían eran merecedoras: ‘Astronautas’ por su frescura, ‘Autocompasión de un tonto con suerte’ por su humor, ‘Castillos de Naipes’ por sus valores y la búsqueda de la felicidad o ‘La Puerta de Peter Pan’ por su temática trascendental y por ser un libro necesario que puede echar una mano a los lectores. En ese sentido, aseguró que son cuatro títulos de mucha calidad a distintos niveles y optó por ‘La Puerta de Peter Pan’, ya que este año los Premios Atlantis han estado protagonizados por la “espiritualidad”. El autor, Javier Espinosa, recogió el premio muy emocionado por lo que ese libro significaba para él, ya que trata sobre el acoso escolar que él mismo sufrió cuando en su infancia y la manara de superarlo. Un libro que “ tiene respuestas a esas preguntas que quizás ni siquiera aún te has hecho. Siente sus páginas pero no te aventures en sus secretos aún… siéntelos página a página… Siéntete niño… niña… Coge tus folios… tus lápices de colores… los necesitarás… “La Puerta de Peter Pan” tiene el secreto que he guardado para ti y ahora, mientras lees estas suaves frases, lo reconoces, lo sabes…  Estabas esperando algo así… Y quizás… cuando abras la primera puerta… esa que es azul… esa que inunda la portada… quizás cuando la abras… sepas por qué Peter Pan siempre fue azul…”

Los finalistas:

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Premios Atlantis: La isla de las letras, novela de intriga y suspense

Premios Atlantis: La isla de las letras, novela de intriga y suspense

Volved a Riverthree’, de Óscar Fernández Camporro, gana el premio a mejor novela de intriga y suspense publicada en 2015 

El jurado Gabriel Monte Vado, escritor, licenciado en Geografía e Historia y militar en la reserva que participó en la sección de protección de militares amenazados por grupos terroristas y grupos de inteligencia, fue el encargado de elegir la novela ganadora, que recayó sobre ‘Volved a Riverthree’, una novela muy bien ambientada y documentada, con personajes muy bien construidos psicológicamente, que no deja respiro y que te atrapa desde las primeras páginas. Todos ellos, elementos esenciales en una novela de intriga que la hacen ser ganadora en esta VII edición.

Los finalistas:

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Premios Atlantis: La isla de las letras, género Fantástico 2015

Premios Atlantis: La isla de las letras, género Fantástico 2015

Antes de que el sol se apague’, de Ernesto goñi, consiguió el premio a mejor novela de Género Fantástico 2015 

El primer galardón se entregó de la mano de Teresa Abedul y Ainara del Olmo y Abedul. Madre e hija, ganadoras de los Premios Atlantis en su V Edición, sorprendieron a los tres finalistas que asistieron con algunas preguntas. Acto seguido y tras resaltar la calidad de las novelas que concurrían al premio en esta categoría, aseguraron que la merecedora era ‘Antes de que el sol se apague’, una novela de ciencia ficción con el siguiente argumento: “La verdadera batalla entre el bien y el mal no se libraba en aquel prado o en otras guerras, sino dentro de cada persona, cada día.” Renesto sobrevive al accidente de coche en el que fallece su familia. Días después, en el despacho de su padre, un científico embarcado en una investigación sin precedentes, descubre un diario y un sobre con una extraña ecuación matemática en su interior. Este hallazgo le arrastrará a un viaje extraordinario hacia lugares fantásticos y remotos para encontrar una verdad difícil de asimilar. ¿Qué pasaría si todo fuera posible y cualquier cosa que pudieras imaginar se hiciera realidad? La respuesta es una singularidad en la que decenas de personajes se verán inevitablemente enredados en un sinfín de sucesos inexplicables que les obligarán a tomar partido y actuar hasta las últimas consecuencias. “¿Por qué danzan los pájaros al amanecer, y qué clase de ritual les hace volver a bailar justo antes de que el sol se apague?”

Los finalistas:

“Premios Atlantis: La Isla de las Letras”

“Premios Atlantis: La Isla de las Letras”

 

El pasado viernes 18 de noviembre, la editorial Atlantis celebraba la VII edición de ‘Los Premios Atlantis. La Isla de las Letras’, por lo que ya son siete los años que llevamos reconociendo la labor de escritores noveles que con gran calidad publican sus primeras novelas.

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La librería FNAC del Centro Comercial La Gavia fue la encargada de acoger esta nueva edición presentada por la periodista Alexia Cué y el editor J.D Álvarez y que arrancó con la maravillosa interpretación de chelo de la también escritora Ainara del Olmo y Abedul.

De todas las obras publicadas en 2015, se seleccionaron cuatro merecidos finalistas de cada uno de los siguientes géneros: Novela Fantástica y ciencia ficción, Novela Histórica, Novela Urbana, Novela Policíaca y Negra. Como se repitió en varias ocasiones a lo largo de la gala, el hecho de estar entre los finalistas ya es un premio que supone el reconocimiento del trabajo de nuestros autores de forma pública, dando a conocer sus novelas y animando a promocionar nuevamente cada título.

Este año, el jurado ha estado compuesto por: Gabriel Monte (escritor y contertulio de Radio Inter), Antonio Castillo Olivares- Reixa (Ganador de la III Edición de los Premios Atlantis Las Isla de Las Letras 2012 y contertulio de Radio Inter), Teresa Abedul (Ganadora de la V Edición de los Premios Atlantis Las Isla de Las Letras 2014) y el editor de Ediciones Atlantis, J.D Álvarez.

El acto se retransmitió en directo a través de Facebook.

 

Experiencia de Pablo García Barberá Ediciones Atlantis Feria del Libro

Experiencia de Pablo García Barberá Ediciones Atlantis en Feria del Libro

 

PABLO GARCÍA BARBERÁ: “LA FLOR DE NÎSSER, UN BRAVO, UN SOÑADOR”

BIOGRAFÍA

Pablo García Barberá

(Daya Nueva, 1984)

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Pablo García Barberá, nació en Daya Nueva, pequeño pueblo al sur de la provincia de Alicante, en 1984. Estudió secundaria en el I.E.S. Azud de alfeitamí, Almoradí, donde concluyó sus estudios como técnico en gestión administrativa. En su último año se presentó por primera vez al concurso literario de relatos cortos donde obtuvo el primer premio con el título: Injuria al alma. A raíz de este reconocimiento decidió iniciar este proyecto que en el camino se ha visto acompañado de varias narrativas como: Julia y el espejo rojo y El paseo del campanario. Actualmente se encuentra escribiendo la segunda parte de su obra titulada ‘La Flor de Nîsser y el sendero del rey’.

EXPERIENCIA FERIA DEL LIBRO DE MADRID 2016

Recién acabada la Feria del Libro de Madrid 2016, y a menos de un mes para que se cumpla un año de que Ediciones Atlantis publicara mí novela La Flor de Nîsser, un bravo y un soñador, tan solo tengo palabras de gratitud hacia la editorial y reconocimiento del gran trabajo que realizan.

Si al poner el punto final a mi novela, alguien me hubiera dicho que no solo se publicaría, sino que al año siguiente iba a asistir a tan importante evento literario, no lo hubiera creído. 

Gracias a las personas que componen el equipo editorial, por haberme brindado la oportunidad de estar rodeado (este 5 de junio de 2016, el cual recordaré siempre), de escritores de altísimo nivel y como no; de lectores, de muchos lectores. Vivir por primera vez la feria del libro y hacerlo desde el lado de los autores es algo que nunca hubiera imaginado de forma real, porque soñarlo sí, alguna que otra vez.

No sé qué sucederá en el futuro, pero le doy las gracias al pasado por haberme hecho aterrizar en Ediciones Atlantis y formar parte de esta gran familia.

Escondida, de Raquel Olvera Olvera en Ediciones Atlantis

 Escondida, de Raquel Olvera Olvera en Ediciones Atlantis

 Escondida, de Raquel Olvera Olvera, es su aportación a “Golpe a la Violencia de Género” (Andalucía)

Ya se acerca, espero que pase de largo y no sepa que estoy aquí escondida… Tengo miedo y no sé cómo decirlo y mientras abrazo el palo de golf, me da por pensar en cosas que jamás habrían pasado por mi cabeza en circunstancias normales. Si tuviera el valor de hacerlo… le partiría el palo en la cabeza y acabaría con mi sufrimiento; pero él es más fuerte que yo, más corpulento y más rápido. ¡Ahí viene!

No respires.

No te muevas.

No suspires.

Ni siquiera abras los ojos.

Y todo irá bien…

Por favor, por favor, por favor, no te detengas.

Y mientras suplico y ruego a todos los dioses que conozco que no abra la puerta, recuerdo el día en que lo conocí: lo normal que era, amable y feliz… Simplemente era la persona perfecta para mí.

Yo trabajaba en un KFC, un restaurante de comida rápida, el típico lugar al que gusta ir a comer pero que cuando trabajas en él lo acabas aborreciendo con todas las ganas de tu oscuro y negro corazón… También asistía a la universidad, eso es sí, asistía, pues él me prohibió salir y yo como una mema obedecía sin rechistar. Quería diplomarme en psicología… después de esto la que va a necesitar un psicólogo voy a ser yo.

Todo comenzó de una forma bastante rara y bonita a la vez… Bueno, yo la veo bonita, otros podéis calificarla de estúpida o quizás algo peor… El caso es que faltaba poco para cerrar y uno de los clientes intentó pasarse de listo conmigo y él apareció con su sonrisa perfecta y me salvó. Ni siquiera alzó la voz, solo fueron suficientes cuatro palabras inteligentes y una mirada amenazante que habría intimidado a cualquier hombre.

No era la primera vez que lo veía por allí, no era la primera vez que se dirigía a mí con esa admiración, con amabilidad y respeto… Como él quedaban pocos…

Que equivocada estaba.

Al día siguiente volvió, y preguntó si me encontraba bien. Se preocupó por mí, algo que no había hecho nadie más, ni siquiera mis compañeras de trabajo. Aunque lo mejor vino después… me invitó a salir y sin pensarlo dije que sí.

En qué mal momento…

La primera cita fue genial, era como estar viviendo un sueño, uno que había imaginado una y mil veces, pero mejor aún. Hablamos de muchas cosas: él me contó que trabajaba como director adjunto de un banco desde hacía varios años, que poco a poco fue escalando posiciones y que ahora poseía su propio despacho y a más de doscientas personas a su cargo.

Puedes continuar leyendo esta obra en Antología “Golpe a la Violencia de Género” (Andalucía).

Poseído, de Azucena Salto Garrido en Antología… en Ediciones Atlantis

 Poseído, de Azucena Salto Garrido en Antología “Golpe a la Violencia de Género” (Andalucía).

Te dejamos un trozo del relato aportado por Azucena Salto Garrido, titulado “Poseído”:

Martín ya veía los márgenes del poblado, no podía llamarse de otro modo a la localidad, jamás se hubiera acercado a ella en otras circunstancias pero iba desde La puebla de Montalbán cerca de Toledo hasta Santa Olalla y le llegó la noticia. En los lugares tan pequeños nunca pasaba nada. Hasta que pasaba algo terrible.

Mientras que su caballo pardo le llevaba hacia su destino, el inquisidor recordaba los hechos que habían llegado a sus oídos.

En una casa había sucedido una matanza, el padre y la madre muertos, la única superviviente una niña o adolescente, ese detalle no había quedado claro, y la sospecha de que un demonio había provocado la tragedia.

Eso había llamado su atención y como estaba de paso, decidió investigar, a veces la sospecha era mucho más terrible que la evidencia y que cada cual pensara que su vecino era un esbirro del demonio podía acabar mucho peor de lo que unos campesinos podían llegar a imaginar.

Él lo había visto, lo había vivido, y por eso decidió intentar con todas sus fuerzas llegar a ser inquisidor, y por eso no pasaba por alto un suceso aparentemente nimio para otros.

El pueblo era minúsculo y gris. Triste en todos los aspectos en el que un paisaje puede parecerlo, la lluvia que caía suave pero continua incrementaba esa sensación. El barro se pegaba a los cascos de su montura y salpicaba por todos lados.

La gente miraba por las ventanas sin salir, sin saludar. Era comprensible, el temor rodeaba el cargo de inquisidor y esos aldeanos debían de saber quién era él, al fin y al cabo no tenían que llegar muchas visitas allí.

Un niño salió corriendo de una casa y lo perdió de viste en una esquina. Lo volvió a ver junto a la fuente de la plaza. Un grupo de hombres lo flanqueaban. Los líderes de la zona, supuso.

Buenas tardes, señor, soy Luis —dijo uno de ellos, el más alto, el más grueso, signo de que le iba bien. Incluso en esta época de miseria tenía comida. Era lógico que él hablara.

Marín desmontó para saludarlo, era por naturaleza cortés. Después de las presentaciones pertinentes fue hacia la casa de Luis, allí se hospedaría hasta averiguar lo sucedido. La tenían en el granero, al menos habían tenido la lucidez de no haberla encerrado en su propia casa. Era algo habitual cuando la población no tenía dónde encerrar al sospechoso.

Era algo terrible si el acusado era inocente pasar los días en el lugar del crimen y a veces también si se era culpable. Pero a veces lo disfrutaban, si era un frío asesino, uno calculador, que no se deja llevar por la rabia, esos a veces lo disfrutaban. Recordando lo que habían hecho. Él había visto el verdadero mal que andaba por la tierra y a veces no era un demonio, aunque siempre eran enemigos de Dios.

Dejo el zurrón junto al a cama que le habían asignado. Era la del hijo mayor de Luis, el único de los seis hermanos que tenía cama. El muchacho dormiría esos días en el suelo junto con sus hermanos.

Se aseó y fue a poner su alma en conexión con Dios a la capilla. No habló con el cura, ni con nadie más. No quería saber nada más del “asunto”, prefería no tener ideas preconcebidas al respecto.

Cogió la biblia, su rosario alrededor del cuello y todo lo necesario, un crucifijo y agua bendita, ya que no tenía ninguna reliquia disponible para aumentar la fuerza del exorcismo en caso necesario, y se dirigió al granero. Notaba de nuevo las miradas clavadas en su nuca. La puerta estaba custodiada por un robusto campesino armado una azada. Cuando vio a Martín acercarse, se quitó la gorra respetuoso y bajó la vista mientras le abría la puerta para dejarle pasar. Ya les había advertido que él realizaba los interrogatorios sólo, en privado, así que no se extrañaron cuando cerró la puerta tras de sí.

La chica estaba atada a un pilar, sentada en el suelo con las piernas recogidas contra el pecho. El cabello castaño y largo caía en sucias guedejas sobre su rostro. Olía mal, puede que incluso se hubiese orinado encima, algo probable si estaba allí desde que la apresaron.

Se acercó sin tocarla, no olía a azufre, no había malformaciones en el ganado ni en los niños, ninguna marca visible que delatara la presencia del Diablo. Aunque eso no lo sorprendía, sólo tres veces en su larga carrera se había encontrado cara a cara con él y los indicios siempre fueron sutiles, excepto al final, claro. Intentó verla sin prejuicios, con la mente clara. La chica tendría unos trece años o algo menos, estaba muy delgada, la malnutrición hacía muchas veces que los jóvenes no se desarrollasen bien. Unos ojos inmensos y oscuros lo observaban con miedo, pero no reusó sus signos católicos, no apartó la mirada de la cruz o la Biblia, pero sí de sus ojos.

Hola, Me llamo Martín —dijo mientras se acuclillaba en el suelo poniéndose a su altura.

Yo soy Luisa, padre —contestó dubitativa tras un carraspeo.

Él supo que no había bebido en demasiado tiempo. Se acercó a la puerta y pidió una jarra y un par de vasos. Se lo trajeron de inmediato.

¿Quieres agua?

Sí, gracias —bebió agua a tragos cortos del vaso que él le sujetó delante de la cara.

Bueno, Luisa. Necesito que me cuentes qué ha pasado —pidió con la voz calma como si fueran amigos. Eso solía funcionar. Los apresados tras días de encierro y muchas veces tortura respondían a la amabilidad.

Padre mató a madre y yo lo maté a él —dijo mientras lloraba aunque no hipaba, parecía serena excepto por el torrente que surgía de sus ojos.

Lo lamento Luisa, ha tenido que ser una experiencia muy dura, pero si quieres salir de aquí y retomar tu vida, necesito que me cuentes algo más.

Puedes completar el texto en “Golpe a la Violencia de Género” (Andalucía)

Esther Chinarro firma en Feria del Libro de Madrid 2016 con Ediciones Atlantis

Esther Chinarro firma en Feria del Libro de Madrid 2016 con Ediciones Atlantis

Ha publicado “Nombres de Mujer” en Ediciones Atlantis.

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¡Llegó el día!…¡Es muy temprano!

Sentada en uno de los bancos de El Retiro, ni la gran sombra del magnánimo roble evita el calor interno y externo que invade mi cuerpo y alma, en idéntica medida, durante esta dulce espera.

Excesiva incertidumbre, enorme felicidad…

¡Ya!…¡Es la hora!…

No termino de creer que la tradicional visita a la gran Feria del Libro de Madrid, en la que curiosidad y sana envidia se apoderaban de mí al observar a los escritores que firmaban sus libros; es hoy el sueño, hecho realidad, de disfrutar como otros lectores, quizá también escritores, se acercan a hojear mi libro, mientras una incansable sonrisa parece haberse instalado de forma definitiva en mi rostro.

Estaré eternamente agradecida al equipo de Ediciones Atlantis por darme la oportunidad de sentirme escritora, por apostar por aquellos textos propios y ajenos que, sin su ayuda, permanecerían en la oscuridad.

Comencé a escribir cuentos y relatos en mi juventud. Nunca lo conté, jamás los mostré. Historias y recuerdos, reales o quizá ficticios, han invadido durante años mi imaginación e igual que llegaban, volaban al olvido de lo que no está escrito, de lo que no permite al presunto lector otorgar un veredicto.

Y en plena madurez, una visión clara, unos posibles e interesantes personajes y un impactante final se apoderaron de mí y, como poseída por la magia de la ficción, retomé mi abandonada pasión por la escritura. Fueron cuatro largos años de trabajo intermitente. Esta vez, el texto definitivo merecía salir a la luz con la que me iluminaban familia y amigos. Y fue su cálida, sincera y entrañable acogida lo que me animó a intentar publicar mi primera novela.

Aquí empezó una carrera con más tropiezos de los esperados, cuyo final todavía no está escrito…

Ninguna editorial, antes de Atlantis, llegó a leer mis textos. Era comprensible, una desconocida más engrosaba la montaña de los manuscritos pendientes de valorar. En meses no hubo ninguna respuesta, excepto alguna disculpa por la imposibilidad de leer mi novela. Pero ya había comenzado esta nueva historia, la mía, y la auto-publicación era una opción razonable.

A finales de 2014, “Lección mortal” estaba disponible en Amazon, la gran plataforma digital. Las positivas críticas y ánimos de los que la leyeron me animaron a continuar escribiendo y una entrevista en “Sólo Boadilla”, la revista de mi localidad, me permitió participar en la Feria del Libro de Boadilla del Monte en 2015. A principios de 2016, la segunda invitación para presentar mi obra en esta misma Feria me empujó a reunir los relatos que había ido escribiendo de forma pausada, sin ninguna intención concreta, y plantearme de nuevo la auto-publicación. La intención era evitar una nueva ausencia de respuesta por parte de las editoriales.

Pero una de las redes sociales que utilizo, con ese curioso algoritmo que descubre tus más ocultos intereses, me informó de lo que yo no sabía, y pude comprobar que Ediciones Atlantis, como ellos mismos se definen fielmente, es la voz de las nuevas promesas. En menos de dos semanas su editor, J., hizo un análisis exhaustivo de cada uno de los relatos que le había hecho llegar y se ofrecía a publicar un libro con todos ellos. Nacía “Nombres de mujer”, y el equipo de Atlantis organizaba en tiempo record una entrañable presentación en el mismísimo Barrio de las letras de Madrid, al tiempo que me proponía firmar mi libro en la 75 edición de la Feria del Libro de Madrid.

Y, ¡aquí estoy!…

¡Disculpad!…tengo que dejaros… ¡parece que se acerca un lector!…

¡Quiere que le firme “Nombres de mujer”!…

Fuente: Eschipe

Esther Chinarro nos cuenta la emocionante sensación de firmar ejemplares en la Feria del Libro de Madrid año 2016.

“MACHISMO, GÉRMEN DE VIOLENCIA (El machismo en el inconsciente colectivo), por Juan Sánchez Vallejo en Ediciones Atlantis

“MACHISMO, GÉRMEN DE VIOLENCIA (El machismo en el inconsciente colectivo), por Juan Sánchez Vallejo en Ediciones Atlantis

La violencia de género es sin lugar a dudas una de las lacras más abominables de la humanidad. Lo es en la actualidad, pero también lo ha venido siendo a lo largo y ancho de la historia, aunque sin más “datos estadísticos” que alguna que otra referencia explícita que a veces leemos en apolillados libros escritos mayormente por hombres, claro está.

El preámbulo necesario para la violencia de género es el machismo, no lo olvidemos. Digamos que el machismo viene a ser el sustrato ideológico sobre el que crecen estas actitudes violentas que acaban con la vida de mujeres… ¡y niños (tampoco lo olvidemos)!

¿Cuándo, dónde y por qué surgió el machismo? Son preguntas imposibles de contestar, pero desde tiempos bíblicos sabemos que existía -incluso estaba sacralizada- la poligamia (es decir, un hombre conviviendo con varias mujeres) pero, en cambio, era perseguida a sangre y fuego la poliandria (una mujer conviviendo con varios hombres).

Igualmente pienso que el feminismo ha existido desde que ha existido el machismo; digamos que ha sido y seguirá siendo la respuesta más lógica al machismo, o su consecuencia natural. La ideología machista –y su contrapunto, el feminismo- se ha venido reflejando no solo en la vida cotidiana sino en las artes, literatura y otras manifestaciones culturales o sociales a lo largo y ancho de nuestra historia. Tenemos sobrados ejemplos de ello, algunos tremendamente significativos e impactantes. Miren lo que escribía en pleno siglo inquisitorial, también llamado el Siglo de Oro de nuestra literatura, una feminista obviamente adelantada a su tiempo como lo fue Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695):

Hombres necios que acusáis

a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis.

Si con ansias sin igual

solicitáis su desdén,

¿por qué queréis que obren bien

si las incitáis al mal?……

……. Con el favor y el desdén

tenéis condición igual,

quejándoos si os tratan mal,

burlándoos si os quieren bien.

Opinión ninguna gana,

pues la que más se recata,

si no os admite, es ingrata

y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis

que con desigual nivel

a una culpáis por cruel

y a otra por fácil culpáis…”

Lo realmente extraño es que esta poesía, de alto valor literario, fuera incluida en pleno franquismo entre LAS MIL MEJORES POESÍAS DE LA LENGUA CASTELLANA.

Por necesidades de espacio me veo obligado a limitar estos y otros trabajos de ilustres feministas, como lo fueron Carolina Coronado, Clara Campoamor, Gertrudis Gómez de Avellaneda, George Sand (se puso nombre masculino. En realidad se llamaba Amandine A. Dupin), y un largo etcétera de auténticas heroínas que se rebelaron contra la ideología machista.

Pero también les traigo ejemplos tragi-cómicos, realmente patéticos, de lo que fue y sigue representando el machismo en nuestro país. Les muestro un ejemplo que plasma como pocos la internalización mental en nuestra sociedad del machismo como ideología, que ha venido impregnando costumbres, cultura y conductas. Lean ustedes, no tiene pérdida:

No quiero en fea público cilicio

ni belleza sin par ni quita-sueño:

antes que necia, venga un maleficio,

y antes que docta, un toro jarameño.

Lejos de mí la que se incline al vicio;

lejos de mí, virtud de adusto ceño.

Yo busco una mujer boca de risa,

guardosa sin afán, franca sin tasa,

que al honesto festín vaya sin prisa,

y traiga entera su virtud y gasa.

No sepa si el sultán viste camisa

mas sepa repasar las que hay en casa….

.Dulcinea la busco, no Quijote;

no haga de gallo quien nació gallina.

Ponga el amor a sus vivezas dique,

sin que a fuerza de amor me crucifique…

Marimacho no luzca en un caballo

en su rollizo muslo pantalones;

de ningún tribunal me explique el fallo,

ni por solo intrigar suba escalones,

ni describir sus dedos críen callos…

¿De nada ha de hacer gala? -Sí: de juicio.

¿No ha de tomar noticias? – De sus eras.

¿Jamás ha de leer? – No por oficio.

¿No podrá disputar? – Nunca de veras.

¿No es virtud el valor? – En ellas, vicio.

¿Cuáles son sus faenas? – Las caseras

Que no hay manjar que cause más empacho

que mujer transformada en marimacho….”

Este poema titulado “Proclama de un solterón” es de un autor llamado José Vargas Ponce (1760-1821), que vivió sus mejores años en el llamado “Siglo de las Luces” (¡cómo serían las “oscuridades”!). Como verán ustedes es un auténtico canto al machismo ibérico en estado puro.

En cualquier caso ustedes pensarán que el machismo, precisamente por su componente injusto y reaccionario, ha de ir forzosamente desapareciendo de la faz de la tierra por pura inercia, porque sí, sin más. Grave error de percepción y de cálculo. Les vuelvo a poner otros gráficos ejemplos que demuestran justamente lo contrario, y que nos dicen que el machismo sigue muy vigente en el inconsciente colectivo de nuestros tiempos.

Y es que en las últimas décadas los contenidos culturales, emocionales y sociales siguen reflejando el sentir de la sociedad -supuestamente moderna- hacia esta ideología.

No me puedo olvidar de un cuplé que popularizó en España la excelente artista Sara Montiel, aunque quiero dejar claro que la citada persona fue una adelantada a su época en muchos aspectos relacionados con la ruptura de moldes machistas que atenazaban (y siguen atenazando) a la mujer. El cuplé de marras dice así:

Cuando le vi

yo me dije para mí: es mi hombre.

Solo vivo por él

mientras quiera serme fiel, ese hombre.

No puedo pasar

una noche sin pensar, en mi hombre.

Y le doy cuanto soy,

lo que tengo se lo doy, a mi hombre.

Y así estoy, es un macró, un gigolo

pero no importa porque así le quiero yo.

Cualquier día por Pigale, para mi mal

otra vez le perderé, luego… no sé

ni lo que va a ser de mí, porque le quiero.

Solo tengo corazón, para monhomme.

si me pega me da igual, es natural

que me tenga siempre así

porque así le quiero.

Ya no tengo corazón.

Aunque este cuplé lo popularizó Sara Montiel, su autor creo que era inglés (o francés, no estoy muy seguro). También en Francia tuvo mucho eco esta canción, titulada allí “Monhomme”.

Como ven ustedes se trata de una letra descarnada en la que la propia mujer, abducida por su pasión amorosa, acaba exclamando aquello de “si me pega me da igual”, rematando su locura masoquista con eso de ¡…es natural! ¡Vamos, lo esperable al parecer en una relación de pareja!

Y, a día de hoy, el machismo sigue haciendo estragos a pesar de la fuerza con que van emergiendo movimientos sociales que reclaman con toda justicia la igualdad de la mujer. Con razón el gran humanista Erich Fromm afirmaba que “nuestra sociedad contemporánea se podría decir que vive técnicamente en la era atómica, pero emocionalmente en la edad de piedra”.¿Cómo se entiende si no que haga furor ese libro de la italiana Constanza Miriano, que acaba de editarse y ya está consiguiendo records de ventas, titulado “Cásate y sé sumisa”? Un libro éste en el que ya el título sugiere de qué va la cosa. Por cierto, a algunos obispos españoles les ha faltado tiempo para “bendecirlo” e integrarlo en sus pliegues ideológicos, para consolidar aún más esa visión que tienen los sectores más reaccionarios de la Iglesia Católica del rol de la mujer en la vida humana, a saber: sumisión absoluta al hombre. Sin duda alguna este asunto de la liberación de la mujer va a ser uno de los más complicados de abordar por el papa Francisco, en su admirable afán de modernizar y adecuar a los tiempos los mensajes y propuestas de la Iglesia Católica en estas materias sociales.

El libro de esta italiana contiene reflexiones que alimentan ¡y de qué manera! la prepotencia machista. Algunas de estas reflexiones podrían pasar a la historia dentro de la antología del disparate. Vean ustedes:

No somos iguales a los hombres; no reconocerlo solo trae sufrimiento”.

El feminismo fue una primavera; tomó el camino equivocado”.

La mujer lleva la obediencia en su interior”.

Cuando tu marido te dice algo le debes escuchar como si fuera Dios el que te habla”.

Tu marido es un santo que te soporta a pesar de todo. Si algo de él no te parece bien, con quien tienes que hablar es con Dios”.

Echo de menos aquellos tiempos en que los maridos aparecían solamente a la hora justa, preguntando ¿qué hay de comer?”.

Estos contenidos se agravan por la circunstancia de ser una mujer quien lo escribe. Un servidor podría estar escribiendo cosas acerca de estas majaderías reaccionarias “hasta el amanecer”, pero creo que no hace falta; el contenido machista que encierran es bien evidente.

Lamentablemente “el efecto machista” no se queda solo en actitudes, comentarios y escritos más o menos pintorescos o ridículos. El título que he puesto a este breve trabajo, “MACHISMO, GERMEN DE VIOLENCIA”, lo he pensado a conciencia, porque, en efecto, el machismo convierte al hombre en un inmisericorde amo que pretende esclavizar a la mujer, hasta convertirla en un objeto con el que puede hacer lo que le venga en gana, y de aquí a la agresión (incluido el asesinato) cuando ese “objeto” ya no sirve y no se adecúa a sus expectativas hay solo un paso; un paso más tenue de lo que se pudiera pensar. De modo que esos hombres que llevan impreso o internalizado aquello tan terrible de la maté porque era mía, actúan movidos por esa necesidad enfermiza de adueñarse de la mujer en vez de compartir con ella. Quieren ser sus amos, no sus compañeros; quieren vencer, no amar.

Los resultados más alarmantes y dramáticos de todo esto que digo son los que nos traen los medios de comunicación año tras año, cuando hacen el “suma y sigue” de los resultados de la violencia de género (o “violencia doméstica” según lo expresan otros). No hay año en que no haya solo en Euskadi ¡4.000 denuncias por violencia de género! Y en el Estado español cuando menos entre 50-60 asesinatos de mujeres cada año (700 en los diez últimos años, según recientes datos) a manos de sus compañeros o maridos. A esta cifra trágica hay que añadir la de los niños que mueren en este contexto de la llamada violencia de género. Durante 2013 han sido cinco menores las víctimas inocentes de estos bárbaros que, no satisfechos con violentar y agredir a sus compañeras, matan a criaturas en su sádico intento de hacer el mayor daño posible a éstas mujeres ¡y a fe que lo consiguen!

Estos bárbaros malvados son los responsables directos de estos crímenes, siendo castigados con las sanciones que contempla la ley, obviamente. Pero hay otros responsables: existen también responsabilidades políticas e ideológicas en manos de aquellos que ostentan cargos públicos y/o políticos y que proponen (o dejan de proponer) iniciativas que atañen a la igualdad de la mujer en derechos y obligaciones, y que han de mirar con lupa todas aquellas disposiciones (leyes, decretos, reglamentos) que, por acción u omisión, pudieran menoscabar la igualdad de géneros. ¿Por qué aún persisten circunstancias laborales que consienten peor salario para el mismo trabajo cuando se es mujer? ¿Por qué, en pleno siglo XXI, hay sociedades en Euskadi que no permiten la entrada a mujeres?

Podría seguir con más ejemplos discriminatorios, pero ahora deseo mejor tocar “el ejemplo de los ejemplos” y que está de rabiosa actualidad: el Anteproyecto de Ley del Aborto, popularmente conocida como “Ley Gallardón”, que vuelve a tratar a las mujeres como seres inferiores en lo referente a sus derechos básicos y capacidad de decisión. Una ley que, además, impregna de rancia moralina todo el asunto del sexo por aquello de “la que lo hace que pague las consecuencias”.

Me pregunto hasta cuándo estarán los derechos de la mujer pendientes de la moralina de los obispos y determinados gobernantes.

Por fortuna, y dentro de lo que estamos sufriendo con esta crisis, no deja de ser un enorme consuelo comprobar el coraje con que nuestra sociedad está respondiendo a los intentos de retroceder a las cavernas reaccionarias franquistas, aunque de vez en cuando algunos políticos nos sorprendan con actuaciones y declaraciones deplorables de corte machista que ponen la carne de gallina y causan sonrojo: no hace mucho el alcalde de una importante ciudad castellana (creo que era Valladolid) decía de una Ministra de Sanidad lo siguiente: “es una chica preparadísima, hábil y discreta; va repartiendo condones a diestro y siniestro y va a ser la alegría de la huerta. Vamos, que cada vez que veo esa cara y esos morritos pienso lo mismo, pero no lo voy a decir…”¡Ahí queda eso!

No contento con esto, el mismo alcalde decía de Carme Chacón (a la sazón Ministra del Ejército): “es una señorita Pepis vestida de soldado” ¡Toma ya! Pero el alcalde prosigue con más disparates. Vean la joya que exhibe cuando un periodista le pregunta sobre las políticas de igualdad de la mujer: “no creo en las paridades; me parecen paridas” ¡Qué imaginativo, oiga!

Pues si esto es lo que piensan nuestros recios y viriles gobernantes sobre la mujer, andamos listos.

En fin, prefiero pensar en clave optimista y entender que estos zoquetes están en vías de extinción.

¡Que así sea!

Querido Dios, por Ricard Pérez i Braña en Ediciones Atlantis

Querido Dios, por Ricard Pérez i Braña en Ediciones Atlantis

 

Llevo tanto tiempo esperanzado contigo, que me he dado cuenta que cuando no lloro, siempre te estoy rezando. Y a pesar de que se que no me escuchas, que hace días que ya no te hablo por sentirme abandonado, tal vez resulte que a pesar de ser Dios, seas sordo y tan solo pueda comunicarme contigo escribiéndote una carta. Es lo único que se me ocurre. Porque si realmente existes, si en verdad eres ese Dios del que tantos hablan, no comprendo porque no haces nada por ayudarme. Así que sin tu permiso, he decidido escribirte con la esperanza de que, a pesar de tu sordera, al menos, sepas leer. No se si debo tutearte, pero si en verdad eres quién dicen que eres, estoy seguro que sabrás perdonarme.

Tengo tantas cosas que contarte que no se por donde empezar.

Intentaré hacerlo desde el principio. Porque es desde el principio, donde se me ocurre hacerlo.

Cuando mi abuela murió muchos años después que mis padres, me donó en testamento una buena cantidad de propiedades y fondos del tesoro que harían palidecer a cualquier hombre de la tierra. Supongo que a todos, menos a mi. Aquella abuela, hija de puta como la que más, no solo me amargó la vida desde que se vio obligada a adoptarme tras la muerte accidental de mis padres y mi hermano, si no que se encargó de atormentar psicológicamente a uno de mis hijos, hasta que este se quitó la vida a principios de febrero de dos mil doce.

Ni tan siquiera fue a su entierro. Ni una maldita lágrima se deslizó sobre su rostro.

Los que se quitan la vida, no son dignos de Dios.– me dijo mirándome a los ojos y acuchillándome con su mirada.

Nunca pude perdonárselo. Ni tan siquiera volví a verla con vida. Murió seis meses después de la muerte de Andrés, de un cáncer de estómago que la reventó por dentro como lo muy cerda que era. Cuando me enteré de ello, recuerdo que estaba haciendo una tortilla de patatas para cenar y mi mujer, se acercó a la cocina para darme la buena nueva.

Nunca creí que te diría esto. – me dijo –Hubiese querido que te enterases de otro modo. Pero hemos de hablar.

La miré desconcertado y tras ello, le sugerí que me contase aquello que tanto le costaba decir.

Tu abuela ha muerto.

Tras un silencio, me atreví a interrogarla.

¿Y?

Pues eso. Que ha muerto.

¿Cómo?

De cáncer de estómago. Hace tres meses. Murió sola. Por lo que sé, ni tan siquiera nadie fue a su entierro.

Normal. Nadie la quería. –respondí mientras le daba la vuelta a la tortilla.

Mi mujer me miró directamente a los ojos. Noté en su mirada que le repugnaban aquellas palabras. Pero me daba igual. Tan solo yo sabía lo que aquella desgraciada me hizo pasar durante toda mi juventud. Bueno, yo y tú. Porque como el Dios que eres, te tenía autentica devoción. Me importaba una mierda que hubiese muerto. Tan solo esperaba que, si realmente tú eras justo, no le acogerías en tu reino y la mandarías directamente a las brasas del infierno. Odiaba aquella vieja asquerosa como tan solo se podía odiar en la oscuridad. Y me regocijaba en mi odio hacia ella. Era el único modo que tenía de hacerle daño. De vengarme.

¿Y se puede saber como te has enterado?

Me lo ha dicho Antonia. Su vecina. Se enteró de su muerte, porque fue la única persona que se atrevió a visitarla.

Porque era la única persona en el mundo tan estúpida de aguantarle sus cabronadas. –le respondí con una rabia contenida, por no poder haberle dicho en su lecho de muerte, todo aquello que nunca me atrevía a decirle en vida.

Mi mujer no me respondió.

Aquella conversación terminó tan velozmente como había empezado, mientras yo me atormentaba con sus recuerdos y sobre todas aquellas cosas desagradables que me había tocado vivir con ella.

No pegué ojo en toda la noche, mientras mi mujer roncaba a pierna suelta, sin tan siquiera preocuparse por los malos momentos que yo había pasado con la perra de mi abuela.

Desde el primer instante, noté como a ella, tampoco le importaba su muerte. Se notaba en un instante como no le guardaba ningún rencor por nada. Tan solo hacía dos años que estaba con ella. Que nos habíamos casado. Desde que me separé de Carmela, mi primera esposa, justo después del suicidio de mi hijo Andrés, siempre lo habíamos compartido todo. Penas y alegrías combinadas.

Pero aquel día todo cambió para mí.

Lo primero que me dijo mientras desayunábamos en aquella cutre mesa de cristal de la cocina, al día siguiente, fue sobre ella.

Deberías averiguar si ha dejado testamento. –dijo.

¿Quién? –le pregunté haciéndole ver que no sabía de qué me hablaba.

Hablo de tu abuela.

Levanté la vista y por primera vez, la miré con desprecio.

Das asco. –le dije mientras a ella le sorprendió mi respuesta inesperada. –Eres tan hija de puta como ella. Ni tan siquiera te importa mi dolor. Tan solo te importa si ha dejado algún testamento.

Mi mujer bajó la cabeza de inmediato. Totalmente sumisa.

En aquel instante, que me pareció una eternidad, ni tan siquiera dejé de mirarla. Estaba deseando levantarme y reventarle los sesos contra la pared de la cocina, hasta que la mierda que hubiese en su interior, se hubiese esparcido por toda la estancia. Incluso me imaginé haciéndolo.

Mantuve la mirada mucho tiempo. Incluso ella, me miró de reojo unos segundos, cerciorándose de que seguía observándola. Solo tú, Dios míos, sabes que con mucho gusto me hubiese levantado de la silla y la hubiera molido a palos. Pero ya sabes que no lo hice. Tan solo me levanté de la silla y me fui a trabajar a la oficina. Era lo único que podía hacer.

Estuve trabajando hasta tarde. Atormentándome todo el día, por aquellas cosas malvadas que me hizo la puta de mi abuela durante toda mi vida y que no dejaban de pasearse por mi cabeza, merodeando por cada rincón de ella y haciéndome recordar cosas que ya creía olvidadas.

Cuando llegué a casa, mi mujer me estaba esperando.

Lucía un bonito encaje de seda a conjunto con sus bragas. He de reconocer que por un momento miré a mi esposa con ganas de untarla con miel y saborear con mi lengua cada rincón de su perfilado cuerpo. Pero todo el odio que había acumulado en el interior de mi mente, durante aquella dura jornada, pudo conmigo.

Tú lo sabes muy bien, Dios mío.

Sabes que no pude evitarlo. Que hice lo que hice, porque tenía que hacerlo.

¿Dónde vas así vestida? –le pregunté con ira. –¿No te das cuenta que pareces una puta?

Me acerqué a ella y le di una enorme bofetada con la mano abierta que le giré la cara al instante. En seco.

Ella ni gritó. Tampoco le di tiempo.

La empecé a golpear una y otra vez. Primero con las palmas de las manos. Luego con los puños. Una vez tras otra y sin descanso. Recuerdo que mientras le daba golpes, incluso empecé a excitarme. Noté como mi polla se endurecía como hacía mucho tiempo que no lo hacía. No recuerdo cuando dejó de gritar. No sé si al caer sobre ella y aplastarle la cara con una rodilla mientras le daba puñetazos en las costillas o mientras la violaba.

Lo que si recuerdo es que después de desahogarme y dejarla inconsciente, la desperté orinándome encima de ella. Estaba hecha una puta mierda. Tenía media cara reventada.

El meado desinfecta. –le dije mucho más tranquilo y dejándola ahí tirada en medio del pasillo de nuestra casa.

No nos hablamos durante tres horas. Ya era tarde y nos disponíamos a acostarnos, mientras ella no dejaba de llorar. Y lo primero que le dije, fueron amenazas.

Si hablas con alguien de esto, te mato. Te quito la vida.

No se atrevió a responderme.

Aquella noche, dormí a pierna suelta. Satisfecho de mi mismo. Me sentía complacido. Era como si toda mi ira hubiese desparecido, al golpear a mi mujer. En el fondo le estaba agradecido. Gracias a ella, a su comprensión de haberme permitido golpearla sin piedad, pude echar del interior de mi cuerpo toda la maldad que la hija de puta de mi abuela había sembrado dentro de mí. Fue placentero. Y le estaba muy agradecido.

Por eso, al día siguiente, al regresar de la oficina le regalé un buen ramo de flores. Las más bonitas que tenían en la tienda del centro de la ciudad. Las más bonitas y sea dicho de paso, las más caras. Mi mujer se lo merecía. No todo el mundo tenía la suerte de tener a su lado una mujer que se esforzara tanto en comprenderle y en ofrecerse a si misma para que su marido pudiese descargar su rabia tan fácilmente. Era un hombre afortunado.

Cuando llegué a casa, se las entregué con una sonrisa sincera.

Solo al mirarla a la cara, pude comprobar la crueldad de mis actos en su rostro y el esfuerzo que ella había hecho por complacerme la noche anterior. Sentí lástima por ella.

Ni tan siquiera me miraba. Aún le temblaba todo el cuerpo.

Son para ti, cariño. –le dije suavemente ignorando sus heridas. –Tómalas.

Ni me respondió.

De repente, empezó a llorar de nuevo.

¿Por qué me pegaste de esa forma? –me preguntó entre sollozos ahogados. –¿Es que ya no me quieres?

Aquellas palabras me llegaron al alma.

¿Cómo no iba a quererla? Al contrario. La quería como a nada en el mundo. Y se lo dije.

Claro que te quiero. Te quiero como a nada en el mundo.

Ella no pareció creerme mucho. Entonces me disculpé.

Ayer perdí el control, cariño. Lo siento mucho. Muchísimo. Creo que la muerte de mi abuela me trastocó por completo. La rabia que tenía dentro de mí, hacia esa vieja cabrona, me ensombreció la mente. No sabía lo que hacía. Estaba descontrolado. Poseído por la rabia. Te pido perdón, cariño. Nunca más volverá a pasar. Te quiero, te quiero muchísimo. –y lloré.

Sabes Dios mío, que fueron lágrimas sinceras. Solo lo sabes tú, porque ella me perdonó y nunca se lo contamos a nadie. Por eso tú, que eres mi Dios, sabes que lo que digo es cierto. Que lloré sinceramente.

Al mes de aquella paliza, nuestra vida parecía haber retomado de nuevo la tranquilidad.

Ella ya volvía a sonreír. Incluso bromeábamos juntos. Estoy seguro de que me había comprendido y perdonado en su totalidad.

Pero la noche que fuimos a la fiesta que sus padres habían organizado en aquel maldito restaurante, con motivo de su aniversario de bodas, algo sucedió que no me agradó.

Estábamos toda la familia. Y éramos una familia enorme. Al menos, y no es por exagerar, éramos cien. Todos contentos. Todos sonrientes con sus condenadas sonrisas blanquecinas y sus chistecillos de tres al cuarto. Sobre todo el tío Miguel. El humorista de pacotilla salido de un club de la comedia, se pasó toda la comida haciendo gracias de todo cuanto veía. Todo el mundo se reía menos yo. Tenía unas ganas de quitarle a hostias esa dentadura postiza y ese peluquín más parecido a un felpudo que a otra cosa, que ni tan siquiera podía contener aquellos deseos que intentaban, una y otra vez, hacerse realidad.

Pero pude controlarme.

El tío Miguel me sacaba de quicio.

Pero la parte que le dio por hablar de su querida abuela, que se sentaba cinco sillas más a la izquierda y que estaba más sorda que una tapia, fue la gota que colmó el vaso.

Mi abuela es la persona más buena que he conocido nunca. –decía –.Es encantadora.

Me daba asco.

Lo pensaba. Pero por fortuna para todos los presentes e intentando hacer un esfuerzo enorme por no decirle a ese gilipollas todo lo que pensaba sobre él y sobre su maldita abuela enana, gorda y coja, me callé.

La puta velada duró casi ocho interminables horas. Estuvimos desde las dos de la tarde, hasta las diez de la noche con aquellos malditos “ji –ji” “ja–ja”. Sin movernos de aquel lugar. Pero al fin, nos fuimos a casa.

¿Qué le pasa? –oí susurrar a mi suegra, refiriéndose a mí, mientras se despedía de mi esposa.

No le pasa nada mamá. Es que está muy cansado.

Parecía distante.

No es nada. Seguro que se le pasará.

Durante el camino en coche hasta nuestra casa, estuvimos callados. Ella no me decía nada. Yo tampoco le hablaba a ella. Estaba muy agobiado por todo y lo último que me apetecía era hablar.

¿Una última copa? –me dijo sonriente mi mujer, nada más cerrar la puerta de nuestra casa.

Venga cariño. –insistió mientras se echaba sobre mí y me hacía respirar aquel asqueroso aliento de alcohol, de todo el champagne que se había bebido en la fiesta.

Quita.–le dije tras un empujón. –Pareces una golfa borracha.

Mi mujer me miró fijamente.

¿Cómo coño se le ocurrió mirarme fijamente con aquella mirada desafiante? ¿Se había vuelto loca? Ella no se. Pero desde luego, yo sí.

Apreté los labios. Respiré profundamente por la nariz. Me quité la chaqueta y la colgué en el perchero de la habitación. Al acabar, me subí lentamente las dos mangas de la camisa. Ella dio tres pasos hacia atrás.

Sabía lo que le esperaba.

Ni se te ocurra ponerme la mano encima. –me advirtió mientras sus ojos se humedecían.

No le hice ni puto caso.

¿Qué no te ponga la mano encima? –le pregunté sin alzar la voz, mientras noté como mi polla volvía a ponerse dura desde la última vez que la machaqué.

Me estaba excitando.

Mi respiración se aceleraba velozmente y necesitaba imperiosamente sacarme toda esa mala leche que me nublaba la mente.

Te voy a dar una paliza tan grande, que te quedarás encerrada en esta puta casa al menos un mes. –le advertí.

Ella corrió a la cocina. Bueno, más que correr, hizo el amago de hacerlo pues, nada más intentarlo, la cogí con fuerza por los pelos y la eché contra el sofá del comedor.

Como al caer no se hizo daño, supongo que se envalentonó.

¡Te he dicho que ni se te ocurra tocarme! –me chilló la muy zorra.

¿Hace un momento querías emborracharte y follar conmigo y ahora me pides que no te toque? –le pregunté mientras le daba el primer golpe con la mano abierta, lo suficientemente fuerte como para tirarla sobre la pequeña mesa de cristal de tomar café que había justo en frente del sofá y que se rompió al impacto.

La volví a agarrar de los pelos con una mano y, mientras con la otra tocaba toda mi polla dura, la levanté de inmediato mientras chillaba como una hiena mal herida.

Mira lo que has hecho, puta. Has roto la mesa.

Y tras ellos, le solté un puñetazo enorme que le tiró un metro más allá.

No sé cómo lo hizo la muy hija de puta, pero de repente, se levantó de inmediato y se atrevió a mirarme fijamente de nuevo, mientras me quitaba la camisa para que no se manchara de sangre de la paliza que estaba a punto de darle. Supongo que unas cuantas copas de champagne hacen milagros. No lo se. Lo que si sé y lo juro por ti, querido Dios, es que de repente vi la cara de mi abuela en su rostro. Lo sabes bien. Seguro que lo entiendes.

No me toques desgraciado. Ni se te ocurra tocarme otra vez. –gritó.

Me quedé helado.

Por un instante, no fui capaz ni de moverme. Mi abuela había poseído su cuerpo. Aquella vieja asquerosa que tanto odiaba, había vuelto del infierno para atormentarme de nuevo. Desde luego, no estaba dispuesto a permitirlo.

Aún te doy gracias por permitir que mi abuela regresara del más allá, para poseer el cuerpo de ella. Estoy seguro que fue gracia de tu divinidad. Me serviste en bandeja mi venganza y no la desaproveché.

Cállate hija de puta. –le grité mientras me echaba sobre ella obcecado por la rabia.

Empecé a golpearla como siempre había deseado golpear a aquella vieja indeseable.

Estás muerta. Estás muerta. –le decía una y otra vez, mientras su sangre salpicaba mi rostro cada vez que le daba un nuevo puñetazo en la cara y, su mirada, se clavaba en mí como solo mi abuela sabía hacerlo. Parecía sonreír. Daba la sensación que aquella zorra disfrutaba con lo que le estaba haciendo. Sonreía a cada puñetazo. Parecía excitarse a cada golpe. Incluso más que yo. Mi deseo de golpearla era tan grande que parecía que mi propia polla iba a estallar de lo dura que se me había puesto al golpearla. Pero no me importaba. Sonreía ella y disfrutaba yo. Ambos lo estábamos pasando bien. De no ser porque lo estaba poniendo todo pringado de sangre, se diría que aquello era el acto sexual más grande, de toda la historia de los actos sexuales grandes.

Cuando no pude más, me quité los pantalones y mientras reanudaba la paliza, me corrí en toda su cara ensangrentaba. Me estaba muriendo de gusto. Y tras correrme, volví a pegarle de nuevo, hasta que me corrí encima de ella otra vez.

Así hasta tres veces.

La excitación era extrema.

Notaba cómo ella jadeaba intensamente, mientras mi pulso se aceleraba enormemente. Eché mi cuerpo sobre ella y mientras la presionaba con todo mi cuerpo contra el suelo, seguí moliéndola a golpes. Incluso de un mordisco, le arranqué media oreja. O eso creo.

No podía parar. No podía impedirlo.

Hasta que de repente, dejó de gemir y la cara de mi abuela desapareció para siempre y al instante. Mis nudillos estaban en sangre viva y a pesar de estar agotado, mi polla seguía dura.

Así que me levanté y decidí correrme de nuevo en su cara.

Menuda satisfacción. Aquello era lo máximo que un hombre podía experimentar. ¿Cómo no lo había probado antes y mucho más a menudo?

Al cabo de unos tres minutos de descanso placentero, de haber disfrutado como nunca antes lo había hecho en mi vida y de estar observándola fijamente, por si acaso a mi abuela se le ocurría regresar, volví a orinarme encima de ella.

Pero no decía nada. Estaba ahí tirada en el suelo, como la mierda que era, cubierta de sangre y semen sin atreverse a pronunciar palabra alguna.

No te quejes. –le dije mientras me meaba. –Mañana más.

Y dando por concluida aquella sesión de relax, me dirigí en silencio a mi habitación y me acosté en la cama, satisfecho por todo aquello.

Aquella noche entendí lo grande que eres, Dios mío. Entendí lo todo poderoso que eres.

Lo inmensa que es tu bondad. ¿Cómo si no, me hubieras dado la oportunidad de saborear el placer de la venganza? Ni mi mejor amigo, me hubiese devuelto a mi abuela para que pudiera vengarme de ella. Gracias a ti, a tu inmensidad, no desaproveché la ocasión. Seguro que estás orgulloso de mí.

Dormí muy bien.

A la mañana siguiente, el condenado despertador no sonó a las cinco de la mañana, como era su costumbre. Tardé un tiempo en recordar que era sábado y que no tenía que ir a trabajar a la oficina de aquella entidad bancaria que tanto odiaba, pero que gracias a ella, podía sustentar a mi familia. Suspiré de alivio.

Lentamente me reincorporé de la cama y comprobé que mi mujer no estaba en ella. Era normal. Después de la fiesta de anoche, seguramente se dispuso a limpiar todo lo que ella había ensuciado y roto, en su afán de complacerme. Bueno, de complacernos. Porque estoy seguro que después de permitir que mi abuela se metiera en su cuerpo y que pudiese despedirme de ella como me vino en gana, a ti también te complació. Sonreí y prometí que al día siguiente y aprovechando que era domingo, acudiría a la iglesia para darte las gracias.

Me quité la ropa y me di una buena ducha de al menos una hora. El agua estaba caliente y disfrutaba de ella al extremo. Mientras me untaba mi cuerpo con jabón, no pide evitar pensar de nuevo en cuanto disfrutamos la noche anterior. Volví a excitarme, solo en pesar en ello. Y sin poder evitarlo, me masturbé bajo el agua caliente de aquella intensa ducha mientras las imágenes se repetían una y otra vez en mi cabeza, deseando locamente volver a repetir aquella agradable experiencia. Pensé que cuando terminase la ducha, buscaría a mi mujer y volvería a acariciarla de aquel modo que solo ella y yo sabíamos. Solo con pensarlo, me retorcía de placer. Cualquier excusa sería buena, para darle una par de hostias bien dadas. Como solo yo sabia darlas. Seguro que ayer se quedó con ganas de más.

Me vestí tranquilamente y bajé a la cocina.

Tenía muy claro que, antes de volver a pegarle de nuevo, tenía que reponer fuerzas. Y nada mejor para ello, que saborear un suculento desayuno que, con toda seguridad, ella ya me habría preparado con mimo. Imaginaba su cara sonriente, mientras me susurraba al oído aquello de “pégame”.Que ganas tenía de volver a hacerlo. Lo íbamos a pasar de lo lindo.

Pero la mala leche volvió a entrar en mi cuerpo, cuando vi a aquella golfa descansando como una perra, en el comedor de mi casa. La muy puerca ni se había movido. Todo seguía manchado de su sangre y por todas partes se podían ver los destrozos de la noche anterior. No se había dignado ni a recoger nada. Era una cerda de mucho cuidado. Parecía que el ejército del mismísimo Atila, hubiese realizado una incursión en aquel comedor. Apreté los dientes con rabia. Aquella puta, seguía tirada en el suelo como si nada hubiese pasado.

Despierta zorra. –le dije mientras le daba una patada en la costilla. No me hizo ni puto caso.

¡Que despiertes! –le grité mientras le pisaba la cabeza.

Tampoco hizo el menor esfuerzo por levantarse. ¿Qué coño se había creído? Después de despertarla, le iba a dar tan fuerte que, desde luego, aquello no iba a volver a repetirse.

Le di otra patada en sus costillas, que desde luego, hubiese resucitado de nuevo al mismísimo Lázaro. Si, aquel de las sagradas escrituras que tu hijo ya había resucitado en una ocasión. Pero la muy puta ni se movió. Por un momento, pensé que se habría drogado para aliviar el dolor de las heridas. Que estaba ahí tirada con un colocón de la leche. Me la quedé mirando un buen rato.

Solo al darme cuenta que tenía la cara y el cuerpo destrozado y que estaba tumbada en un enorme charco de sangre, me di cuenta de que no respiraba. Pensé que tal vez uno de esos cristales rotos de la mesita de café del comedor, sería el culpable. Tal vez algún cristal roto la había dañado más seriamente de lo normal y sin querer, le habría cortado en algún lugar que no debería. La levanté como pude y la tumbé en el sofá. Le cogí por el brazo para tomarle el pulso y me di cuenta que tenía el brazo roto por tres sitios. Entonces, lo peor de todo pasó por mi mente y me dispuse ha realizarle el boca a boca para poder reanimarla. Cuando me apresuré a hacerlo, casi no podía encontrarle ni la boca entre aquel enorme hinchazón que era su cara. Me fijé en ella y no la reconocí. Estaba machacada. Todo su cuerpo lo estaba. La paliza fue tal, que casi no se la podía reconocer. Empecé a enloquecer. Me di cuenta que, tal vez, me hubiera sobrepasado un poco. ¿Cómo podía ser? Ayer lo estuvimos pasando tan bien… Intente reanimarla, por lo menos, durante media hora. Pero no pude. Estaba muerta. Llevaba muerta yo que sé cuanto tiempo.

Sin poder evitarlo, me eché las manos a la cabeza y me puse a llorar como un niño mientras contemplaba su cuerpo deforme, inerte sobre el sofá.

Lloré y lloré hasta casi perder la poca cordura que me quedaba. Y volví corriendo a mi habitación entre llantos de desesperación. ¿Qué había hecho? La quería tanto…

No se cuánto tiempo me quedé ahí encerrado. Pues entre llanto y llanto, me arrodillaba en el suelo y pedía fervientemente que enviaras a un ángel de los tuyos para que pudiera ayudarme. Aquello era cosa de los dos. Tuya y mía. ¿Acaso no fuiste tú, quién introdujo el cuerpo de mi abuela en su cuerpo, para que yo obtuviera mi venganza sufrida? ¿Acaso tú no me ayudaste en todo lo que hice? Te imploraba. Te rogaba. Y cuando ya no podía más con mis oraciones…lloraba de nuevo. Así una vez tras otra, sin descanso alguno.

Cuando me había cansado de llorar y rezar, volví a bajar al comedor. Tal vez hubieses escuchado mis oraciones, y mi querida esposa estaría ahora limpiando todo lo que había manchado y roto.

Cuando bajé, todo estaba igual. Ella seguía muerta y el comedor era un auténtico campo de batalla lleno de sangre y cosas rotas. Y sin poder evitarlo, volví a llorar.

Empecé a darme cuenta que aquello se tendría que solucionar de algún modo. No estaba dispuesto a pagar los platos rotos de aquella fiesta que mantuvimos los dos. Ella estaba muerta, si. Pero eso ya no podía cambiarlo. Solo cabía limpiar todo aquel destrozo y así lo hice.

Con un buen montón de botellas de amoníaco, limpié toda la sangre. Creo que no quedó ni rastro de ella. Todo lo roto, lo tiré a la basura. Todo menos a mi mujer.

A ella la llevé al baño.

Introduje su cuerpo en la bañera y me la quedé mirando de nuevo. Solo con pensar que ya no podría volver a disfrutar con ella, se me rompió el corazón. Y volví a rezarte. Esta vez, con la esperanza de que escucharas de una puta vez. Que ya estaba bien.

No es que te culpe, pero después de provocar esa situación, no fuiste capaz ni de pedirme disculpas. A pesar de que incluso ese domingo por la mañana, me vestí de gala y con aparente tranquilidad, me fui a la iglesia y te imploré que arreglaras todo lo que se había estropeado.

Los caminos del señor son inescrutables. – me dijo el cura cabrón que me oyó llorar sinceramente.

Mira, no le reventé la cabeza porque era un hombre. Si hubiese sido una monja de mierda, seguro que la habría agarrado del brazo y le hubiera dado para el pelo. ¿Los caminos del señor son inescrutables? ¿Qué coño sabía aquel cura de mierda de los caminos del señor? A parte de rezar y ponerse hasta el culo de vino en cada misa, poco sabría de los caminos del señor. Él nunca había visto un milagro divino como lo vi yo. Él, a pesar de ser cura, no era más que un borracho pesetero, que con toda seguridad se excitaría cada noche pensando en su monaguillo. Ni en el más remoto de sus sueños, aquel cura calvo con cara de tocino, podría imaginar lo que yo vi que hiciste con mi abuela y mi esposa, la noche anterior.

Sin hacerle puto caso, ignorando sus bobadas, seguí llorando y orando en tu nombre. Insistí en que arreglases aquello que habías estropeado y te supliqué por ello. Incluso cuando compre aquellos tres enormes cirios de cera que me costaron un riñón, al encenderlos, tuve la sensación de que esta vez, si me habrías escuchado.

Fue tan sincera mi súplica, que al salir de la iglesia, incluso creí que habrías obrado el milagro. Que en esta ocasión, sí habrías arreglado todo lo que estropeaste.

Al fin y al cabo, eres todo poderoso.

De regresó a casa me topé con un coche de la policía que iba a toda hostia hacía alguna parte que desconocía.

Me asusté.

Pero afortunadamente, aquel vehículo histérico, iba en dirección contraria a mi casa.

Me tranquilicé.

Fue entonces cuando, por un instante, creí que lo habías hecho. Que me habías escuchado.

Al entrar en mi casa, aún se podía oler al amoníaco que había usado para limpiarlo todo.

Hola cariño. –dije en voz alta con la esperanza de recibir respuesta. –Soy yo. He vuelto –insistí nervioso.

Pero nada.

Ni tan solo un hola.

Todo estaba limpio. Recogido. Y no fue hasta que subí al baño y vi a mi esposa en el interior de la bañera del mismo modo que yo la había dejado, cuando entendí que no escuchaste mis oraciones.

¿Por qué? ¿Por qué no escuchaste mis oraciones? ¿Acaso te había fallado en algo?

No lo entendí. Lo de que no me ayudases, digo.

Pero lo que si entendí, fue que debía despedirme de mi mujer para siempre. Que debía terminar para siempre con aquella locura. Así que bajé al cobertizo y fui a por las herramientas que había en él y que nunca usaba.

Cuando subí de nuevo al baño, tras llorar una vez más y volver a pedirte ayuda, descuarticé a mi esposa. Tenía tantos huesos rotos que no me costó mucho hacerlo. Además, aquella sierra cortaba bien.

Dispuse los trozos en bolsas de basura y las deposité en el congelador de emergencia que había en el cobertizo. Por primera vez desde que lo compramos, aquel congelador, usó a la perfección su apodo de “congelador de emergencia”. Allí descansarían los trozos de mi mujer durante una buena temporada sin levantar sospecha alguna. Ya habría tiempo de buscar un buen sitio para ellos. A lo mejor, una piara estaría bien. Dicen que los cerdos se lo comen todo. Que no dejan ni los restos.

Y tras subir de nuevo al baño y limpiarlo todo de sangre con aquel amoníaco, cuyo olor, me estaba destrozando las fosas nasales, me di una nueva ducha.

No tardé mucho en salir.

Puse mi ropa ensangrentada en aquella lavadora que no había usado en toda mi vida y entonces, sonó el teléfono.

Al principio, no le hice caso. Pero por su insistencia, al final, decidí cogerlo.

Hola. Soy Amelia. –dijo la voz al otro lado de la línea. Era la madre de mi esposa.

¿Está por ahí tu amorcito?

No. Ha ido a correr un rato.

¿Ella corre? –me preguntó extrañada. –No lo sabía.

Eso me ha dicho. –le respondí haciéndome el loco.

Vaya, pues nada. ¿Le podrás recordar que mañana por la tarde, hemos quedado para ir al centro comercial. Es lunes y los lunes, se compra de maravilla. No hay mucha gente.

Sí, se lo diré –le dije. –Pero no creo que pueda ir.

¿Por qué?

Porque nos vamos. Ella aún no lo sabe, pero nos vamos. He preparado una escapada de una semana a París. Es una sorpresa. Así podremos estar juntos una semana entera sin interrupción.

¿Y la oficina? –me interrogó Amelia, como si le jodieran aquellas palabras.

Me debían una semana de vacaciones. No te preocupes, ya te llamará. –le dije. –Y te traeremos un buen regalito de París. –le volví a decir antes de colgar el teléfono, para tranquilizarla.

Ya estaba hecho. Ya estaba todo dispuesto.

Por fin había entendido que ya no podía rogarte más, Dios mío. De repente comprendí que aquello que hiciste, lo hiciste para que mi esposa y yo, nos reuniéramos contigo en tu Reino.

Perdí la noción del tiempo.

Solo al final, me pareció que llevaba casi dos días llorando y rezando. Lo supe cuando el despertador de mi habitación sonó a las cinco de la mañana. Era lunes. Día de ir a trabajar de nuevo a la oficina del banco.

Pero aquel día no fui a la oficina.

Pensaba escribirte esta carta y entregarme a ti, en el reino de los cielos. Cuando termine de escribirla, subiré al baño, llenaré la bañera de agua caliente y, ahí, me cortaré las venas. Se que será indoloro. Además, tendré el placer de despedirme de este mundo como lo hizo mi querido hijo Andrés, que seguro lo tienes en tu gloria. Y si a lo largo de mi vida, he pecado alguna vez, estoy seguro que sabrás perdonarme.

Seguro que me esperarás con los brazos abiertos.

Porque sé que me amas.

Tu hijo por siempre, Julio.

AMEN.

Posdata: Ignoro si las cartas dirigidas a ti, se terminan con un Amén. Es la primera vez que escribo una.

Cuando el cuerpo nacional de policía llegó al hogar de Julio Gómez Sanlúcar, el catorce de febrero de dos mil catorce, alertados por el fuerte olor que desprendía el cuerpo de este, ensangrentado dentro de su bañera, descubrió el cuerpo de su mujer descuartizado en el congelador de su cobertizo. Tenía restos de semen.

Habían pasado dos horas desde el hallazgo del cadáver de su asesino.

Tras leer la carta que había escrito a Dios, tardaron muy poco en encontrarlo. Aquel crimen fue relatado en los principales telediarios del país como un crimen más de violencia de género.

Todos los vecinos se horrorizaron con aquellos hechos. Incluso el ayuntamiento bajó su bandera a media asta y se declararon tres días de luto.

Todos hablaron de ello durante las siguientes veinticuatro horas. También se manifestaron por sus calles indignados, pidiendo más endurecimiento de las penas de cárcel para los maltratadotes y más protección para las victimas de violencia de género. Gritaron que aquello no podía volver a pasar. Que no pararían hasta conseguir que sus peticiones fueran escuchadas.

Pero al poco tiempo, aquel acto salvaje fue olvidado por todos y las manifestaciones cesaron.

Tan solo los vecinos más cercanos de aquella casa recordaron aquella barbaridad cometida, siempre que veían en las noticias una nueva victima de violencia de género.

Pero solo lo recordaban los vecinos más cercanos. Lo hacían mientras hablaban de ella. A los pocos minutos, volvían a olvidarse.

Y la vida continuó como si nada.

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