“Abogados, Jueces, Policías y estrellas de cine”, de Álvaro Pinuaga Duce en Ediciones Atlantis

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Te ofrecemos el inicio de este relato:

1. UNA BREVE HISTORIA DEL DERECHO

Lógicamente, cualquier historia universal del Derecho peca de inexactitud, ya que todos los Estados han tenido sus propias tradiciones e instituciones jurídicas, de tal forma que se requiere un estudio individualizado los mismos. No obstante, si es cierto que partiendo de la historia jurídica occidental, y dado que a través del colonialismo y la expansión territorial muchas de esas tradiciones llegaron a numerosos puntos del globo terrestre, es posible un cierto resumen de cómo la se ha ido forjando aquellos que solemos conocer como ordenamiento jurídico.

Desde la aparición de las diversas sociedades, la regulación de su sistema de convivencia mediante normas escritas o no, ha estado presente. En el Antiguo Testamento se señalaba unos mandamientos concretos dirigidos al pueblo hebreo, recogidos por Moisés de parte de la máxima autoridad existente: el mismísimo Dios de los judíos, también se incluía la equitativa decisión del Rey Salomón ante las dos madres que reclamaban para sí a un recién nacido que, no obstante, escondía la intención de averiguar a qué mujer importaba más la criatura, en el Nuevo Testamento no son pocas la referencias al amor y la búsqueda la “Justicia”. En realidad, en la antigüedad el elemento de divinidad y mitológico estaba presente en las reglas que debían acatar los hombres.

La noción de justicia empieza a ser estudiada, cómo no, por los griegos y las diversas líneas de pensamiento heleno plantearon diversas acepciones la misma, en cuanto a su significado. Platón en “La República” establece una tesis sobre la sociedad más perfecta y, por lo tanto, justa en la que cada uno debe cumplir sus cometidos, y Aristóteles en su “Ética a Nicómaco” la identificaba como la suma de todas las virtudes y dar a cada cual lo suyo en función de sus méritos. Con Aristóteles se inicia, pues, el concepto de Justicia distributiva que recompensa las actitudes y capacidades de los seres humanos.

Los romanos sucedieron a los griegos como potencia pero con un elemento añadido, no se limitaron al campo de las ideas y a un área geográfica restringida, sino que extendieron los tentáculos a territorios de casi todo el mundo por aquel entonces conocido, constituyendo el primer ejemplo claro de potencia militar mundial. El gobierno de tan amplio Imperio requería de pragmatismo y un enfoque más realista, ya que el mundo de las ideas no era suficiente para garantizar la estabilidad de sus conquistas.

En función de estos antecedentes, no resulta extraño que en la época romana se empezara a forjar la creación profesional del Derecho mediante la obra de grandes juristas que establecían una sistemática en la solución de conflictos. Ulpiano, uno de los primeros grandes jurisconsultos de la historia, definió los elementos esenciales de aquello que era justo: vivir honradamente, dar a cada uno lo suyo y no perjudicar al otro. Es en Roma en donde se produce la simbiosis de Justicia y Derecho, esencial para el devenir de la historia. La Justicia romana no se identificaba tanto como un ideal abstracto, como con una aceptación consensuada de las normas que debían regir la resolución de conflictos, una idea clave en su formulación histórica posterior.

En el mundo romano se empezó a percibir, asimismo, como las normas eran un instrumento clave para reforzar el poder de los dirigentes algo que se acrecentó cuando la República se transformó en Imperio de la mano de Octavio César Augusto. Los juristas y políticos romanos se dieron cuenta que si las reglas se consignaban en un texto escrito, su eficacia aumentaba de forma muy signi-ficativa, ya que todos estaban en disposición de conocerlas. De esta manera surgieron grandes obras como las llamadas XII Tablas y, con posterioridad, el Corpus Iuris Civilis (una recopilación de las principales disposiciones imperiales y decisiones de los Tribunales), que con el tiempo se convertiría en una obra esencial de Derecho en occidente.

En 476 d de C. la parte occidental del Imperio Romano, tras años de acusada decadencia, caía a manos de las invasiones de los pueblos bárbaros procedentes del centro de Europa. La consecuencia más importante de este acontecimiento fue la fragmentación del poder político; ya no existía un Imperio que buscaba la unidad sino una pluralidad de reinos gobernados por familias guerreras, que vivían en permanente estado de alerta ante las amenazas exteriores, como las del Islam desde África o la de los violentos pueblos procedentes del norte de Europa como los vikingos.

Como consecuencia de esta precaria organización política, durante buena parte de la alta Edad Media, hasta finales del siglo XI aproximadamente, no existirá otra normativa que las costumbres asentadas y los fueros (normas jurídicas de un determinado lugar). Era una época de gran dispersión del poder, con unos monarcas sometidos a la necesidad de apoyo militar de los nobles y poco dada a cualquier tipo de centralización y, por lo tanto, muy alejada de un ideal común de lo que era justo, los reyes no dictaban normas apenas, y el precario orden legal existente estaba sometido a las costumbres locales.

En una Europa fragmentada en numerosos reinos y dominada por el espiritualismo cristiano, el Dios católico inspiraba la vida de todos los habitantes, de la condición que fuesen. La Iglesia era, pues, un centro de poder esencial y la única legitimada para interpretar la palabra de Dios. Este centro de poder social y espiritual creará su propio ordenamiento jurídico: el Derecho Canónico

Los Papas y la alta jerarquía eclesiástica pensaban que su condición les otorgaba una posición esencial para conocer la verdad revelada por el ser supremo; es más se llega a la conclusión que la ley debe emanar de la propia naturaleza de las cosas, de una verdad procedente del Señor que se debe anteponer a los eventuales deseo. Se produce, pues, el nacimiento del llamado Iusnaturalismo o Derecho natural; sostenido doctrinalmente por pensadores cristianos como Santo Tomás de Aquino, y que otorgaba al culto católico y la teología el patrimonio de la interpretación sobre lo que era justo o injusto, ya que a fin de cuentas tenía inspiración divina.

Pero los monarcas medievales recelaban del poder de la Iglesia y no se contentaban con ser meros súbditos del Papa. A medida que avanzaba la Edad Media los reyes cristianos fueron aumentando su poder, en función de alianzas entre casas nobiliarias, conquistas territoriales y un renacer de la vida en las ciudades y de la actividad comercial. La nueva clase social burguesa (nombre derivado de burgo ciudad) estaba interesada en una centralización del poder en los reyes, ya que éstos les garantizaban privilegios en cuanto a protección de sus actividades y apertura de mercados, y para ello era necesario un régimen legal adecuado para sus intereses.

En aquellos años algunas Universidades europeas destacadas como Bolonia redescubrieron la obra de los juristas romanos clásicos, a través del análisis de la Compilación Justinianea, y el poder político se dio cuenta que ese sistema legal, creado en gran parte en la Roma Imperial, era perfecto para sus fines de concentración del poder. A comienzos del siglo XVI los nuevos Estados como España, Francia o Inglaterra eran una realidad, como la consagración de las monarquías absolutas.

Durante bastantes años, sin embargo, el poder de los monarcas tenía un límite: las leyes y fueros de las tierras que gobernaban, que se veían obligados a respetar. No tardaron los reyes en buscar diversas fórmulas de saltarse ese deber de obediencia y reafirmar su posición de dominio. Pero incluso en los momentos de mayor expansión de las ideas absolutistas, ciertas corrientes de pensamiento defendían la existencia de una serie de “leyes fundamentales” tales como la conservación de la propiedad o el respeto por los derechos sucesorios que hasta el príncipe más autoritario debía de respetar y en países como Inglaterra, esa limitación de la autoridad real adquirió el rango de peculiaridad nacional

Además, en el siglo XVI una conmoción sacudió al occidente cristiano: el monje agustino Martin Lutero se rebelaba ante la autoridad del Papa Romano y proponía una interpretación distinta del cristianismo. Ello abrió un periodo de intensos debates teológicos y, sobre todo, de guerras entre los recién creados Estados europeos que en las que los elementos religiosos se combinaban con los intereses políticos. Los pensadores europeos se dieron cuenta que no podían sostener un ordenamiento jurídico natural de raíz teológica, puesto que las diversas interpretaciones del credo cristiano impedían el derivar una noción clara y universal de cómo debían de ser las leyes y hasta podían provocar conflictos armados.

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