“ECOS DE UN FUTURO DISTANTE (Rebelión)”, de Alejandro Riveiro Ediciones Atlantis

“ECOS DE UN FUTURO DISTANTE (Rebelión)”, de Alejandro Riveiro Ediciones Atlantis

Así comienza este apasionante relato:

Capítulo I

Un amanecer oscuro

Hans miraba ausente la ciudad que yacía a sus pies, lejos del Palacio Imperial. Era un hombre que acababa de rebasar la barrera de los cincuenta años, en la flor de su vida. De estatura mediana, cabello corto completamente negro, y unos ojos azules que no lograban ocultar la profunda tristeza que le acompañaba desde aquella distante pero todavía fatídica noche. Contemplaba como las naves de carga iban de aquí para allá, comunicando los almacenes con las minas. Distantes minas que había visto tiempo atrás, cuando de pequeño, su padre, conocido por el pueblo como el emperador Borghent, le enseñaba las maravillas de su tierra natal. Antaria era un planeta próspero en el sistema de Doburie, en la galaxia de Arhan, cerca de uno de los brazos de la misma, o por lo menos eso era lo que decían sus científicos… Poco le importaban las cuestiones astronómicas al emperador Brandhal, como le conocía el pueblo. Estaba sumido en sus pensamientos más terrenales. Estaba deprimido. Habían pasado treinta años desde el fallecimiento de Donan, y ahora todo el peso del Imperio recaía sobre sus hombros. Nunca quiso aceptar aquella responsabilidad. Desde pequeño había ansiado poder ser una persona humilde que pudiera vivir en la Ciudad Baja, como uno más. Había llegado a odiar el Palacio Imperial, construido muchos siglos antes, en el que se tomaban todas las decisiones del Imperio. La noche comenzaba a caer, y el bello atardecer del sistema solar doble se teñía de negro en su mente cada vez que se dibujaba en el horizonte aquella luna. Aquel astro que, durante varios días, quedó oculto al planeta por culpa de la batalla más salvaje que nunca vieran sus ojos… Todavía hoy no lo entendía, se preguntaba por qué, treinta años atrás, el Imperio Tarshtan atacó de una forma tan brutal la capital de Ilstram.

Todavía podía recordar con pavor el brillo de las bombas de plasma cayendo sobre las defensas del planeta, ocultas en las montañas lejos de la ciudad para que la vida fuera lo más normal posible.

De repente, unos pasos en el vacío balcón de mármol le despertaron de su letargo:

—¿Otra vez perdido en tus recuerdos, querido?

Era Alha, su bella mujer. Tenía una preciosa melena rizada de color castaño que caía grácil hasta media espalda, y una delicada figura que resultaba tremendamente atractiva bajo la menguante luz del atardecer. A sus atrayentes ojos de tonalidad marrón había que sumarle su gusto por vestir con prendas que evocaban a la antigua Grecia clásica. Prendas de una época que había tenido lugar incontables milenios de años atrás, cuando la primitiva Humanidad vivía únicamente en el planeta Tierra, muchos miles de años antes de que el ser humano comenzase a colonizar el espacio:

—Esa maldita batalla… —susurraba Hans— No consigo quitármela de la cabeza… Treinta años y sigue retumbando dentro de mí.

—Deberías aprender a olvidar, querido. El dolor que aprisiona tu corazón jamás se irá si no permites que te abandone.

—Nunca lo olvidaré. Todavía lo recuerdo como si fuera ayer. Estaba cerca de este balcón… cuando salí la batalla  ya había comenzado y mi padre estaba aquí —se quedó callado.

Alha sabía perfectamente que su marido estaba de nuevo rememorando aquella terrible noche. Ella no llegó a vivirla. En aquella época vivía en Kharnassos, una de las colonias del Imperio, y siendo niña vino a la capital con sus padres en busca de una vida mejor. Su padre encontró un trabajo digno en las minas de metal, donde trabajaba la gran mayoría de la población del imperio de Ilstram.

No hubo declaración de guerra, ni aviso previo. Las fuerzas del Imperio Tarsthan aparecieron sin que nadie pudiera hacer nada por reaccionar a tiempo. Algunas de las tropas ya habían sido detectadas pero, tras cientos de años de paz y prosperidad en los que las guerras se libraban en otros imperios, las tropas de su padre estaban dispersas ayudando a las colonias a mejorar el nivel de vida de los habitantes. Algunas naves estaban concentradas estableciendo una red comercial con la capital para aumentar los beneficios de todo el reino, y, la gran mayoría, estaban en los límites del Imperio, inmersos en diferentes conflictos regionales. Sea como fuere, las tropas estacionadas en Antaria salieron a la defensa del planeta. Desde hacía siglos, era una norma asentada incluso entre los muchos atacantes del universo respetar a los civiles de cualquier planeta, por lo que las ciudades casi siempre estaban a salvo, pero, ¿cómo saberlo ante un ataque tan inesperado? Había imperios muy sanguinarios, por todos conocidos, y aunque estaban controlados, al menos en apariencia, no hacían nada por ocultar su naturaleza. Basaban su poder en el miedo que infundían…

…y puedes seguir aquí.