“ABSORBIDA POR EL AGUJERO NEGRO”, Abby C. T., en Ed. Atlantis

“ABSORBIDA POR EL AGUJERO NEGRO”, Abby C. T., en Ed. Atlantis

Aquí comienza este impactante relato…

Las campanas de medianoche sonaban… Pero ella seguía corriendo, huyendo de su propia respiración agitada sin saber a dónde se dirigía. Sus ojos fijos hacia adelante no reparaban ni un instante en el sinfín de obstáculos que se interponían en su camino. Con la vista perdida, su mente se hallaba más perdida aún en una lluvia de pensamientos y sentimientos que no podía controlar. Ahogándose en su mismo respirar, estaba librando una batalla que irracionalmente creía poder ganar de esa forma, huyendo de sí… Porque únicamente deseaba huir: huir de aquellas imágenes que la atormentaban, de esos recuerdos que con tanta intensidad había procurado desterrar de su memoria, del sonido de pasos que jamás podría olvidar.

De repente, un inquietante sonido la hizo detenerse. Era un silbido de la noche. La luna llena estaba iluminando su camino cuando, de repente, empezó a ver que estaba totalmente rodeada de tumbas. No sabía cómo, había llegado a un solitario, lejano y abandonado cementerio, al que lo único que lo podía hacer más lúgubre era el reflejo de la luna sobre esas tristes lápidas que se esforzaban en vano por mantener el recuerdo, una mínima reminiscencia, de decenas de personas, cuya vida había finalizado y, aparentemente, nadie había conservado prueba de su existencia… Nadie ni nada, excepto esas frías lápidas labradas en piedra, que solo lograban mantener con vida el musgo que las cubría.

El batir de unas alas se cruzó delante de ella. El intenso olor de barro, unido al aire impregnado de hu-medad que empapaba los pensamientos, captó sus sentidos.

Azubá había estado corriendo durante una media hora cuando empezaba a tomar consciencia de dónde se hallaba. Aun así, no reparó ni un momento en su pre-sencia: Sus descalzos pies se habían manchado de barro y llenado de heridas y piedras; sus manos y brazos mostraban arañazos producidos por el rozar de arbustos y ramaje que no había dejado de cruzarse en su ca-mino; sus largos cabellos rubios habían perdido su radiante aspecto para presentarse enmarañados entre sí, entrelazando con sus ondas algunos restos de vegetación; y su mente no podía más que estar sumergida en un continuo estado de pánico y desesperación.

Sus mayores temores se habían hecho realidad al terminar corriendo sin consciencia de hacia dónde iba, con el mismo camisón con el que se había acostado y perseguida por unos recuerdos que había intentado enterrar en el pasado, solo logrando aumentar así su poder de intimidación. Porque, sin darse cuenta, había alimentado sus miedos. Lo había hecho a tal grado que habían crecido de forma desmesurada llegando a controlar, disimulada pero totalmente, su vivir diario.

Ahora se encontraba inmóvil, en plena noche y en un lugar desconocido, acompañada por un enorme sen-timiento de plena tristeza y soledad. Una pesada carga emocional la abatió por completo hasta el punto de casi perder el equilibrio y caer sobre el mismísimo barro que pisaba. Gracias a un movimiento instintivo, no cayó del todo puesto que su mano había recurrido a una de esas húmedas lápidas como punto de apoyo. Una exhalación larga y sentida le permitió relajarse lo suficiente como para empezar a ordenar sus pensamientos. Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que debía volver atrás, no únicamente hacia donde había salido esa noche, sino también hacia la situación de la que había huido hacía mucho tiempo.

En el camino de vuelta, aún sin detenerse a pensar en su aspecto, empezó a retroceder en el tiempo hasta su propia niñez. Sus piernas la devolvían a su actual lugar de residencia mientras que su mente estaba inmersa en un camino de vuelta muy diferente, un camino de vuelta al que no se había atrevido enfrentar aún. Y, lo cierto, es que todo aquello se remontaba algunos años atrás…

…aquí continua