Francesca Valentincic

Francesca Valentincic y su experiencia con Ediciones Atlantis

La feria del libro de Madrid: una experiencia de sentimientos contrastados, entre poemas surgidos de la lava, fantasmas de otros tiempos y un camino infinito hacia el oeste.

Llegar al Parque del Retiro siempre me produce la sensación de haberme colado por error en una película norteamericana, aquellas en las que Central Park ejerce como protagonista y los demás actores no son que meros satélites que ruedan a su alrededor. Cada vez me sorprendo con el aire cosmopolita del lugar, aunque el sitio sea capaz de mantener, al mismo tiempo, la esencia madrileña de antaño. La medula de la ciudad, su alma, por una especie de milagro no se ve empañada por los centenares de “forasteros” que lo visitan y se pasean por sus caminos de grava.

FOTO-FRANCESCA-VALENTINCICAl proceder de un pequeño trozo de tierra en medio del mar y viniendo desde el aeropuerto, nunca sé por qué entrada accedo al Parque pero, por suerte, siempre encuentro algún lugareño (aunque dicen que quedan pocos autóctonos tengo una facilidad increíble para encontrarlos: será porque tienen aquel aire culto sin saberlo, aquel hablar tan castizo, aquella amabilidad  que hace sentir a cualquiera en casa…o por qué todos los que viven allí son considerados automáticamente de Madrid y parecen serlo) que me indican la dirección a seguir. Esta vez el objetivo a alcanzar era nada menos que La Feria del Libro 2014, donde me habían invitado a firmar mi última novela “Cuando el día cambia de color”. Por  miedo a llegar tarde a un evento tan importante, me adelanté, pudiéndome permitir el lujo de pasear entre las casetas aún cerradas y desiertas (nada en aquel momento podía hacer presagiar la llegada de la marea humana que se produjo después) y dar cuenta de un gratificante desayuno sentada en un bar de otros tiempos, de los que llenan el alma y el estomago al mismo tiempo.

No quiero alargarme mucho y resumiré mi paso por la Feria del Libro como una mezcla de emoción, agradecimiento, miedo a lo desconocido, orgullo, sensación de no estar a la altura. Afortunadamente la parte negativa de las vibraciones y la inseguridad desapareció cuando, sentada en la Caseta nº 42, las chicas de la distribuidora que la gestionaban me recomendaron que respirara hondo y me dejara llevar, disfrutando del momento, de la posibilidad de vivir aquel acontecimiento que tan pocos pueden experimentar. Y efectivamente yo estaba allí y mi nombre sonaba en la megafonía al lado del de Almudena Grandes, Rosa Montero, Ibáñez y muchos otros.

“Además, unas casetas más allá, están los famosillos de la tele” me dijo una de las chicas… “¿cómo competir con esto?”. Y entonces desaparecieron el miedo al ridículo, la preocupación por hacer quedar bien Ediciones Atlantis, el desamparo por no conocer absolutamente a nadie en la Capital del Reino (aprovecho para agradecer a los que acudieron a la llamada y se pararon delante de la caseta para comprar algunos ejemplares de la novela). A partir de aquel momento disfruté de aquel fluir impresionante e incansable de personas, que venían a participar durante unas horas de aquella fiesta cultural.

Pero hay unas cuantas cosas y personas que me gustaría que destacaran en este escrito como los  que realmente han hecho que valiera la pena el madrugón, el viaje, el estomago en un puño y mi presencia en la Feria del Libro de Madrid 2014. Dejando a un lado el respaldo de mi familia y el maravilloso Bocata de Calamares, que en Madrid sabe a gloria, he podido gozar de la presencia de personas y de la lectura de obras que de otra manera no hubiera conocido.

Para darme la bienvenida e infundirme el coraje necesario para afrontar mi asistencia en aquel lugar, estaba Carlota Lama, escritora gallega que forma parte de aquel grupo de madrileños que lo son por vivencias y meritos propios. La conocía por su maravillosa novela “El encuentro de las aguas” pero, a diferencia de su río y su mar, nunca nos habíamos encontrado aunque por sus palabras impresas sabía, de antemano, que la nuestra podría ser una amistad para toda la vida. Mi instinto no me falló y delante de mí se desplegaron la cultura y la sabiduría de quien ha vivido una vida plena y llena de hechos interesantes, en lugares distintos, con personas diversas, saboreando y haciendo acopio de todas las emociones y las sensaciones, almacenándola para luego verterlas en sus libros o en sus interesantes conversaciones. Al día siguiente firmaría su última novela “Sin nada”, de la que tuve el privilegio de llevarme una copia dedicada y que devoré a mi vuelta a la Isla. Con su lectura emprendí un largo camino hacia el Oeste, hacia donde la tierra acaba y empieza lo desconocido. Y siguiendo los dos protagonistas, me paré a comer pan con queso, a descansar, a masajearme los pies doloridos, porque como ellos noté cada bache y cada piedra del camino. Al empezar la lectura nos convertimos, sin quererlo, en unos peregrinos y al llegar a Santiago, la Catedral nos asombra y nos deja sin aliento con su majestuosidad. Y todo el misticismo contenido en sus paredes, toda la sabiduría gallega que envuelve las palabras de la escritora, nos atraviesan casi por osmosis. Es de esta manera como lo que es un viaje iniciático para algunos y de retorno de toda una existencia para otros, se convierte en una lección de vida para cualquier lector. Porque Carlota es una escritora sabia que nos deja consejos sobre cómo afrontar los retos que nos depara nuestro andar por los meandros de la existencia a la par que nos transporta en los lugares donde deambulan sus personajes:

“El sol había llegado antes que ellos. Podía así ofrecerles sus últimos rayos del día…Iban sumergidos en mil matices de verde cuando de repente, allá, a lo lejos, un azul dorado e infinito invadió el valle.”

Gracias, Carlota Lama, por indicarnos el camino hacia el saber estar, el buen hacer y la amistad. Sigue regalándonos pasajes a otros lugares a través de tus palabras  y déjanos vivir experiencias que también podrían ser nuestras siguiendo, en tus páginas, la vida de los personajes que has hábilmente creado. Curiosamente, como Lucca y Diego, protagonistas de “Sin nada”, yo también tengo la costumbre de caminar hacia el oeste al atardecer y dejarme empapar, hasta que la oscuridad me obliga a regresar, por los últimos rayos de sol. Algún día espero llegar donde la tierra se funde con el mar, o el mar penetra en los campos, matizando de azules el verde de la hierba de tu Galicia.

De un lugar mucho más lejano, de otra isla situada en un mar mucho más profundo y oscuro, de una tierra volcánica tan diferente a la caliza omnipresente en mi mundo, viene la otra persona cuya obra saboreé, página a página, sentada en una cafetería de antaño, a mi vuelta de Madrid. Conocí a su autor durante el tiempo que duró mi presencia en la Feria, pero me bastó para apreciar la cultura de profesor de literatura que manaba de sus palabras. Tengo que confesar que no estoy muy puesta en materia poética y que mi experiencia en este campo es muy reciente y se reduce a unas participaciones pasivas en unas magnificas e interesantes reuniones mallorquinas apodadas “El último Jueves” que, como su nombre indica se realizan el último jueves de cada mes y donde, después de presentar un autor concreto, los poetas asistentes al acto pueden acabar, en las dulces horas de la madrugada, declamando sus versos. José Antonio Luján es un escritor y poeta canario que me encantaría que pudiera participar en estas reuniones, por la calidad de sus versos, la profundidad de sus metáforas, la utilización culta de todos los recursos poéticos. Sus palabras se agarran a la tierra volcánica como la vid que se cultiva en su isla, parecen surgir de las mil cuevas formadas por los caprichos de la lava, entran en el alma y la cortan como el filo de las piedras  de magma que crean paisajes lunares. Su formación clásica emerge de entre los versos a través de Dioses del Olimpo, mitología griega mezclada con el viaje de Ulises, su cultura surge de las referencias al arte abstracto contemporáneo y a la filosofía platónica, la música clásica y los electrodomésticos modernos. Todo envuelto por los aromas y los paisajes de su tierra que, como el nombre de la obra bien indica “Salmodia Atlántica”, está bien anclada en medio del océano, surgida como Venus de las aguas. El libro es un aprendizaje para el alma y cuenta con la espectacular colaboración de veinte artistas plásticos locales, formados en la Escuela Luján Pérez, que han expresado en imágenes lo que José Antonio Luján ha plasmado en palabras. Por esto podemos zambullirnos en …la ruda retama blanca espuma recreando una estepa en el vacio…de “Creación” y verla en la pintura de Teo Mesa o observar el “Caos” de Orlando Hernández mientras leemos…el verbo troquelado tras el verso…y sumergirnos en el “Abstracto” de Yolanda Graziani mientras nos parece escuchar a Gustav Mahler de fondo. Una delicia para los sentidos.

La tercera obra que marcó un antes y un después por lo que concierne a mi presencia en el Parque del Retiro en un día de junio, hacía tiempo que quería adquirirla y leerla. Publicada en marzo de 2011, “Fantasmas de Kensington” de J.D. Álvarez, había planeado sobre mis ganas de una buena lectura como un espectro salido de sus páginas. Después de varios intentos conseguí un ejemplar dedicado por el autor, que llegó directamente a mi casa por mensajero desde la Feria del Libro 2014, ya que no pude coincidir con el escritor/editor en el momento de su firma. Durante su lectura me encontré delante de una novela diferente, llena de aportaciones interesantes y citas que delatan un profundo estudio del tema a tratar. La cultura del autor permanece presente per subyacente en todo momento, como con temor a ser descubierta por el lector, al cual quiere hacer creer que se encuentra delante de un libro de fácil lectura. Porque el tema principal se rehace a la novela de James Matthew Barrie, creador del personaje al que la mayoría creemos parecernos un poco, Peter Pan. El mismo que nos provoca a la vez ternura y fastidio, nostalgia por lo que fue, esperanza por lo que todavía podría ser y, simplemente rechazo, cuando ya apostamos directamente  por el futuro y ya no queremos creer en nada. Dependiendo de las diferentes épocas de nuestra vida, sentimos emociones encontradas hacia el eterno niño que puede volar gracias a un polvillo mágico, sensaciones que se descomponen en múltiples variantes  según nuestro estado de ánimo, casi las mismas que han llevado a diferentes estudiosos del tema a abordarlo. Así lo hemos podido ver en varias versiones cinematográficas, desde dibujos animados a interpretaciones de actores famosos, en canciones de autores nacionales o extranjeros, en obras de teatro escolares y disfraces de fin de curso. Estudiado y escudriñado en todas sus perspectivas: desde el punto de vista del protagonista o de Wendy, de su proprio autor o del malo de la historia. Pero nunca desde el planteamiento que nos propone J.D. Álvarez, uno de los mayores expertos en materia: desde el del hombre que una vez fue el niño que dio nombre al eterno adolescente, Peter Llewelyn  Davies, muerto suicida cansado de que le preguntaran por el que suponían su alter ego. ¿Y si no hubiera muerto arrollado por aquel tren en la estación Londinense de Sloane Square, dejando atónitos a todos los que contaban con él y le creían inmortal?¿Y su hubiera muerto otro en su lugar pudiendo, por fin, desprenderse de su sombra y empezar una nueva vida? Dicen que no hay ningún plan perfecto y que los fantasmas de tu pasado siempre te encuentran: será por este motivo que podemos pasearnos con el protagonista de la novela de J.D. Álvarez por unos parajes escoceses que intentan alejarse del estereotipo que tenemos de “Neverland”, el país de nunca jamás, pero seguimos encontrándonos con el cocodrilo, el capitán Garfio, las Sirenas y nuestros peores temores. Y es que nadie nunca dijo que esconderse de uno mismo y del destino que nos pertenece, fuera fácil. J.D. Álvarez, tampoco nos lo promete pero, a cambio, nos deja pasar un rato en compañía de personajes que creemos conocer, llevados de la mano por una prosa impecable y envueltos en la atmosfera claustrofóbica de una novela repleta de espectros no muy al uso.

Francesca Valentincic 

 

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