“MESTIZA”, de Laura Espinosa Solano publicada por Ediciones Atlantis

“MESTIZA”, de Laura Espinosa Solano publicada por Ediciones Atlantis

“MESTIZA”, de Laura Espinosa Solano publicada por Ediciones Atlantis, expone aquí su comienzo:

Esa mañana me he desperté tarde. El reloj despertador de mi mesita de noche marcaba las doce menos cuarto. La ventana de mi habitación estaba abierta y unos cálidos rayos de sol entraban generosamente por ella. Al levantarme me he sorprendí al darme cuenta de que una pequeña cajita de joyería descansaba en mi regazo. Estaba cubierta por un bonito papel dorado y adornado con un gran lazo rojo perfectamente colocado. Examiné la caja con cuidado, intentando encontrar el lugar adecuado para abrirla sin romper el papel.

Con sumo cuidado, deshice el lazo y le quité el papel dorado a la caja, que resultó ser más antigua de lo que había supuesto en un primer momento. La madera de roble con grabados extraños pero igualmente antiguos, era áspera, pero reconfortante al tacto.

Inspeccioné la caja, pasando las yemas de mis dedos por los extraños grabados que la adornaban. El cierre era diferente a todos los que había visto anteriormente y a simple vista parecía muy difícil de abrir. Pero bastó un solo roce de mi dedo índice para que el cierre se abriera, dejando entrever lo que contenía.

Con cuidado, abrí la tapadera de la caja y poco a poco destapé su contenido, que estaba cubierto por una fina tela de terciopelo negro.

La antigua caja contenía un medallón. La cadena era de plata, muy fina y brillante. Una pequeña gota de un material translúcido y de diferentes matices de azul prendía de la delicada cadena. Parecía de un material muy delicado, posiblemente era de cristal, e irradiaba una pequeña luminosidad.

Saqué el medallón y lo miré con curiosidad, preguntándome el porqué de su extraña diafanidad. Desistí, al fin, en mi intento de descubrir su inusual refracción de la luz. Lo coloqué alrededor de mi cuello y me levanté de un salto. Miré el calendario. 24 de Junio, sábado, luna llena. Mi cumpleaños.

Ese día cumplía dieciséis años. Había organizado una fiesta en uno de los pocos clubes que había en el pueblo. Irían todos mis compañeros de clase, desde aquellos que habían pasado la infancia conmigo, hasta Rick.

Rick era un estudiante extranjero que había venido ese año a estudiar al pueblo en una especie de intercambio de estudiantes. Se había alojado en la casa de una vecina e íbamos juntos al instituto, ya que mi madre me había pedido que fuese su “guía” durante este año. Era muy alto, de tez morena y de cabello negro, que le caía a ambos lados de la cara. Pero lo que más me llamaba la atención de él eran sus ojos negros. Parecía que no tuviese pupilas, claro que eso era imposible. En clase, a veces, me quedaba mirándole a los ojos intentando distinguirlas del iris, pero acababa por desistir o mirar avergonzada hacia alguna otra parte si se daba cuenta de que lo miraba.

Moví la cabeza hacia los lados, sonriendo ante un pensamiento tan estúpido, y me dirigí al armario, centrándome en otros pensamientos.

En realidad era una suerte que en mi cumpleaños hubiese luna llena. Siempre me sentía mejor cuando la había. Era una sensación extraña, como si la luna ejerciese una fuerza en mi interior.

Me puse un pantalón corto y una camiseta sin mangas de color verde militar y me dirigí al baño. Me miré al espejo, preguntándome si podría arreglar algún día mi pelo. Negué con la cabeza y cogí el cepillo con decisión. Pasé más de un cuarto de hora desenredando los nudos que había en él. Por fin, cuando terminé, cogí el coletero que adornaba mi mano y me hice una cola alta. El pelo me llegaba a la altura de los hombros con ella, “así que no dejarás de darme calor, ¿eh?” pensé, con una sonrisa en la cara. Me agaché y cogí agua entre las manos, echándola sobre mi cara adormilada. Mientras me la secaba me acerqué al espejo, observando que no quedase ni rastro de la noche en mi cara. Mis ojos azules recorrieron cada rincón de mí y, al fin, desistieron. Me fijé que el medallón hacía juego con mis ojos y sonreí. Di media vuelta y salí del cuarto de baño. Bajé las escaleras que llegaban al salón para darle las gracias a mi madre por el medallón. Sabía de sobra que el regalo era suyo. Conocía mis gustos y esa pieza me gustaba especialmente, sobre todo el leve cosquilleo que producía al rozar mi piel.

Rachel, mi madre, trabajaba como agente de viajes en una gran empresa. Era una gran mujer, muy activa y despreocupada.

Hola cariño, ¿cómo has dormido? —preguntó mi madre con una sonrisa, cuando llegué a la cocina. Su actitud parecía cansada y triste. Pensé que no había dormido bien, así que no me preocupé. Últimamente se le notaba más distante conmigo, pero no le di importancia.

Muy bien, he dormido como un tronco —le saludé con un cariñoso beso y cogí el vaso de leche que estaba preparado en la encimera—, ¿y tú? Pareces cansada…

Sí, hoy casi no he descansado —pareció dudar—, me he despertado muchas veces…

Me bebí de un trago el vaso de leche y salí de la cocina, dispuesta a ir al centro del pueblo, pues tenía que hacer las últimas compras para la fiesta de esa noche, así que me dirigí hacia la tienda de complementos de la plaza, caminando por las calles en las que había crecido.

De repente, me invadió una extraña sensación. Sentí un escalofrío en la parte baja de la columna. Alcé la vista y me di cuenta de que un hombre alto y desaliñado me observaba desde la esquina de la calle mayor, no me daba buena espina. Era muy delgado y aparentaba tener unos treinta años o más. Llevaba una ropa desgastada y sucia. Su cara era alargada y su tez morena. Y tenía unos ojos verdes y grandes, enmarcados por unas cejas anchas y un pelo corto mal peinado.

Con un poco de prisa, di media vuelta y me dirigí hacia otra parte. Decidí dar un rodeo porque mi intuición me decía que no era bueno estar cerca de él, pero cuando di la vuelta a la esquina, aquel hombre estaba allí, mirándome otra vez. ¿Me estaba siguiendo? “No puede ser”, me dije, moviendo la cabeza y sonriendo para mí misma. “He visto demasiadas películas”, pensé con una sonrisa forzada en los labios. Después, en vez de dirigirme a mi destino, y para evitar cruzarme con aquel hombre otra vez, fui hacia la plaza, unas manzanas más a la izquierda. Pero, al sentir una fría punzada en la espalda, decidí mirar hacia atrás, y sorpren-diéndome mucho, mi intuición no me fallaba. Descubrí que aquel hombre desaliñado andaba directamente hacia donde estaba yo. Parecía moverse con cansancio y lentitud, pero, en cambio se movía rápidamente.

Mierda, la han encontrado.”

Alterada, empecé a correr hacia la plaza, sin mirar atrás, pero casi podía sentir los ojos verdes de ese hombre clavados en mi espalda. Vigilándome.

Corrí y corrí sin mirar hacia atrás hasta que llegué a la plaza. Estaba llena de gente. “Bien, podré mezclarme entre la gente fácilmente.” Sin parar de correr, esquivé a varias personas que obstruían mi camino, pero hubo una que no pude esquivar y choqué con ella. Avergonzada me separé, y miré hacia el suelo, en señal de disculpa.

Lo siento, no sé en qué estaba pensando… —dije casi inaudiblemente.

No importa —dijo el desconocido con un tono de voz seco e indiferente, pero extrañamente familiar. Parecía extranjero.

Para mi sorpresa, al mirar hacia arriba, descubrí que era Rick el que estaba delante de mí, pero sus ojos negros no me miraban. Estaban más fríos que de costumbre y se perdían en la multitud. Parecía que buscase a alguien, pero no había movimiento en ellos.

¿Te seguía? —dijo de repente, sin apartar los ojos de su objetivo.

Me giré hacia la dirección que apuntaba su mirada y tuve que ponerme de puntillas para ver lo que me estaba señalando. Conseguí distinguir al hombre desaliñado que me había estado siguiendo. Mantenía sus ojos fijos en los de Rick, que parecía estar desafiándole con su mirada.

¿Cómo lo has…? —pregunté azorada.

Intuición —cortó rápidamente—. No separa la vista de aquí. ¿Quieres que te acompañe a casa? —preguntó forzando demasiado una leve sonrisa.

No me pasará nada y, además, mi casa no está tan lejos de aquí.

Vamos, piensa algo… convéncela.”

¿Seguro? —preguntó, volviendo sus ojos negros y serios hacia mí.

Lo que quieras.

Bien.

No sé cómo lo hizo, pero me convenció solo con mirarme. Sus ojos parecían embaucadores, pero sinceros a la vez. Parecía que se preocupase por mí, al fin y al cabo… y, además, el camino parecía más seguro a su lado.

De vez en cuando yo miraba para atrás para cerciorarme de que el sospechoso hombre no nos seguía. Luego miraba a Rick, que caminaba a mi lado, ignorándome. ¿Por qué lo hacía? Era él el que quería acompañarme. Debería ser yo la que lo ignorase, pero me parecía imposible. Decidí apartar de mi cabeza aquellos pensamientos. Había algo más importante. Cuando estábamos en la plaza, por su expresión, me pareció que Rick conocía al hombre que minutos antes me había perseguido. ¿Lo reconocía?, ¿sabía quién era? Muchos interrogantes para mí en ese momento. Y no estaba dispuesta a preguntarle a él. Sus ojos fríos estaban ahora distantes, inertes. “Para variar…”

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