“Del azul mahón al rosa palo”, de F. Roselló, en Ed. Atlantis

“Del azul mahón al rosa palo”, de F. Roselló, en Ed. Atlantis

A continuación puedes leer el comienzo de esta interesante historia…

Soñando caminos

I

¿Tres? Quizá cuatro estampidos secos.

El sol brillaba en lo alto endureciendo los perfiles de los edificios y los automóviles, que esperaban la llegada de sus ilustres ocupantes.

Junto a ellos, los chóferes inhalaban apresuradamente las últimas chupadas a los apresurados cigarrillos. Los escoltas oteaban los alrededores con inquisitivas y aburridas miradas.

Apenas pudo reaccionar. Estaba absorto en sus pensamientos. Todo aquel asunto lo tenía desconcertado.

A aquel acuciante problema se sumaban las actuales negociaciones. Nadie cedía un ápice.

Si supieran… ¿O sabían?

Aquello no era soportable durante mucho más tiempo. Había pasado por vicisitudes muy complicadas a lo largo de su vida, pero aquello se salía de los cauces que podían considerarse normales incluso en una vida como la suya, muy alejada de la normalidad.

No había podido dormir más allá de un par de horas la noche anterior —hacía ya más de veinticuatro— y tenía cuerpo, boca y ánimo con esa sensación que queda tras una larga noche de juerga, alcohol y tabaco. Pero en esta ocasión la juerga la habían constituido las discusiones con tirios y troyanos, empeñados en no ceder el más mínimo espacio de terreno si no era después de una continuada y feroz lucha alrededor de un concepto o, cuando no, de una simple coma convertida en bastión inexpugnable. El tabaco sí, en cantidades suficientes como para hacer aumentar los dividendos de Tabacalera. El alcohol, finalmente, había sido sustituido por litros de café siendo posiblemente el causante de aquella sensación de pellizco aposentado desde hacía un buen rato en el estómago.

Y luego aquellas cavilaciones que, en las últimas fechas, habían constituido el sustrato de sus pesadillas.

¿Qué le había alertado? Posiblemente nada, al menos de una forma consciente. Tal vez la posición de aquel hombre: piernas semiflexionadas, brazos extendidos en su dirección… Se sintió impelido a lanzarse al suelo y rodar intentando guarecerse entre los coches aparcados mientras era consciente de los proyectiles silbando en busca de su cuerpo.

Dos encontraron blanco.

¿Cómo podría ocurrir?, se pregunta.

Siente la mordedura en el costado izquierdo y un fuerte escozor en la cabeza, en toda la cabeza.

Allí, a plena luz, rodeado de guardaespaldas, escoltas y policía.

Hay una explosión de colores y piensa: un atentado.

Un atentado así, en abstracto. Como cuando se investiga en una comisión para analizar sus consecuencias. Como cuando se lee en el periódico o se contempla en el televisor. O como cuando se ha de ir a observar sus secuelas en cumplimiento de los deberes del cargo.

No puede observar la rápida huida en el coche negro del hombre que ha atentado contra él, salvaguardado por el fuego de cobertura que se abate sobre los sorprendidos agentes encargados de la protección de los delegados que abandonaban el edificio.

Corre entre gavillas apretadas y enhiestas dispuestas a lo largo y ancho del campo segado en toda la mañana. Las hoces en las manos; el sudor, en la frente bajo el sombrero de paja y en todo el cuerpo bajo la abotonada camisa sin cuello.

Resuena una canción en algún lugar. Lejanas, como las imágenes confusas por el sepia del tiempo. Ricardo no la reconoce. Habla de apretar, ir en busca de algo cuyo significado se funde con aquellas gavillas apretadas ahora sobre los lomos de las mulas.

Apretadas también están las sardinas saladas, en la cuba, encima del mostrador de la tienda lóbrega, con olores a vino y cuero rancio.

Su padre las envuelve, una por una, en un papel de estraza, las introduce en la rendija de la puerta y cierra esta. Se produce un ruido sordo, un crujido. Después arranca cabeza y vísceras, desprende escamas y piel de la carne magra y oscura y se la ofrece.

Está vivo —exclama alguien.

¿Está vivo?

Quiere irse de la tienda, olvidarse de las sardinas. Volver atrás, al verano de la siega o aquel otro de los suspensos en junio.

El calor inmenso de la siesta.

El silencio aplastante de la ciudad.

Camina hacia lo que llaman pomposamente academia. Trata de aprovechar las escuetas sombras de los edificios, buscando la protección del inmisericorde sol que se desploma sobre el asfalto, licuándolo en una pasta ardiente y pegajosa que se adhiere a la suela de las sandalias y casi le impide caminar.

Academia: dos habitaciones con sendas pizarras; diez o doce desvencijados bancos; unas persianas verdes, tamizando la luz del sol, pero no el calor, y las consabidas fotografías del Jefe del Estado y el de Falange, amén de un crucifijo de madera y un cuadro con la fotografía de Pío XII, con la leyenda en negra y rotunda letra gótica: Dios bendiga cada rincón de esta casa.

Un par de docenas de chiquillos, sentados en los ruinosos bancos, simulan prestar atención a las palabras de don Diego o don Rufino que pretenden imbuirles las ecuaciones de segundo grado, el concepto de fototropismo o el insondable misterio de las sales y las bases el uno, y la fórmula magistral de las subordinadas adjetivas, los afluentes de todos los ríos de todas las vertientes o las extraordinarias heroicidades de Viriato, el Cid Campeador y Cabeza de Vaca, el otro.

Las cabezas, muy a su pesar, se inclinan a veces hacia el pecho y en algunas ocasiones los ojos se cierran vencidos por el sopor de la siesta y el arrullo del monótono discurso del profesor.

No es extraño que este interrumpa su docta exposición para propinar un sonoro sopapo —más ruido que nueces, dice sentencioso don Diego— en el expuesto cuello del durmiente.

Los chicos aguardan estoicos el transcurso de las dos horas de suplicio aguardando poder salir a comprar alguno de aquellos inefables polos artesanos de puro hielo con misteriosos colorantes y sabores: amarillo-limón, rojo-fresa o blanco-vainilla, al menos en los primeros instantes. Después, todo será de un uniforme e insípido incoloro-hielo.

Otra apretada fila de imágenes trata de abrirse paso, superponiéndose las unas sobre las otras, tratando de mostrar la trascendencia que en su día tuvieron para llegar hasta allí.

¿Cuál fue más importante?

¿Qué decisión más acertada?

¿Dónde estuvo el secreto del éxito que pareció sentarse allí, con él, en el inmenso sillón rojo frente al ujier de barroca librea y gesto inescrutable?

Pero eso fue mucho después ¿O no?

La colosal mesa, los micrófonos estilizados y ergonómicos, los dosieres esparcidos sobre el pulido y brillante tablero, los trajes de distintos tonos, pero indefectiblemente grises, como si fuera el uniforme elegido para la reunión… y las sonrisas, las amplias y esplendorosas sonrisas.

Sonrisas triunfantes, henchidas de orgullo y, por qué no decirlo, de cierta desconfianza. Trataban de guardarla en lo más profundo de la mente, pero —Ricardo lo sabía muy bien—, tozuda, asomaba una y otra vez, planteando dudas reflejadas sin pudor en sus rostros.

Todos habían seguido un largo camino hasta encontrarse allí. Todos debieron renunciar a muchas cosas hasta aquel momento y todos —suponía— podían sentirse tentados de volver la vista atrás y recordar el largo camino hasta llegar a aquella meta.

Sabe que muchos de ellos —hombres y mujeres sentados junto a él— son imposiciones de los distintos grupos que tratan de controlar parte del pastel del poder y la influencia.

Para estos, sí es la meta. Meta ni soñada ni merecida. Para otros, posiblemente, sólo sea un paso hacia un horizonte de más alto valor y servicio. De todas formas la vida, la suerte, o las oportunidades —no siempre la valía— pondrá a cada uno en su sitio.

Algarabía. Sirenas, bocinazos, pasos apresurados…

Ruidos, ruidos, ruidos…

Federico… Federico… ¿Quién es Federico?

Alguien levanta pausadamente la vista del documento, toma un sorbo del vaso de agua y lo apoya con alguna brusquedad sobre el pequeño plato.

Es, o aparenta ser, la señal. Aún persiste unos instantes un ligero murmullo que se va apagando lenta y suavemente. Finalmente todos guardan silencio

Pasa la mirada por los rostros de cada uno de los presentes, hombres y mujeres, y deja asomar a sus labios una amplia sonrisa.

Ricardo lo contempla con fijeza. Trata de evitar el reflejo en su rostro del interrogante insidioso que transmite su mente.

¿Quién es? ¿Qué pretende?

De una forma instintiva e involuntaria siempre hubo algo para hacerle desconfiar. Sí, todo el mundo está de acuerdo en su forma de hacer las cosas.

Es suave. Es delicado. Es dialogante… Todas esas expresiones y algunas más de la misma índole se han aducido, pero…

Señoras y señores, compañeras y compañeros o, en definitiva, amigas y amigos —las primeras palabras de la reunión le sacan de sus pensamientos. Ya no hay flashes, cámaras ni periodistas. Se han retirado ordenadamente después de haber estado más de diez minutos inmortalizando el acto.

Ricardo escucha el discurso pleno de buenos deseos, inmejorables intenciones y no exento de la emoción que el estar allí presta a cada uno de los presentes como individuos, y a todos, como grupo.

Ha sido un largo caminar, pero aquí estamos y permaneceremos en tanto en cuanto seamos capaces de cumplir los objetivos marcado; no podemos dormirnos en los laureles del triunfo. Triunfo ciertamente merecido, pero que nos obliga a continuar la lucha desde este mismo instante.

Continua desgranando el discurso, no exento de conceptos grandilocuentes normalmente no utilizados para el consumo interno, pero justificado en aquella ocasión por la emotividad del momento.

Ricardo quiere bucear en las palabras desgranadas con un acento de alarma.

Mira a los demás, sentados alrededor de la inmensa mesa, pero nadie parece ir más allá de las palabras que resuenan suaves en la espaciosa sala.

No —se da cuenta—. No se perciben directamente sino a través de la sofisticada megafonía, del estilizado micrófono, de los ocultos altavoces…

Bueno ¿Y qué importancia tiene?

A Ricardo le duele la cabeza.

Le duele la cabeza.

Hay mucho ruido, demasiado ruido, pero no está fuera. Está allí, dentro de él, en algún lugar hasta aquel momento inaccesible, pero manifestándose cada vez de forma más agresiva.

Se nos va.

Alguien grita en su oído.

Se nos va.

Hay voces confusas. Quiere huir de aquella confusión. Le duele la cabeza.

Hay una nota encima de su mesa.

Ahora era distinto. Tras aquellos años, se han cambiado rostros, sonrisas y palabras. Algunos se fueron, otros permanecen en los mismos lugares o en otros afines, pero la ilusión de aquellos primeros días, incluso meses o años desapareció con la realidad.

Las ilusiones siempre chocan con ella.

La realidad es tozuda.

Una nube de humo envuelve la solemne cabeza, como un halo que se sumara al alborotado cabello, que constituye ya en sí una magnífica y personal aureola. Surge con fuerza desde la cazoleta que parece cobrar vida propia en determinados lugares del parlamento y asciende mansamente o con violencia, subrayando el latido de sus palabras.

No podemos cambiarla aunque, eso sí, podemos enmascararla durante algún tiempo y engañar, sobre todo a los que quieren ser engañados ¡que los hay!

Papel amarillo y la apresurada caligrafía de Cecilia.

Quiere verle. Dieciocho treinta.”

La sonrisa no desaparece normalmente de los labios de Federico, Fede para los íntimos. Sigue siendo un hombre sonriente, piensa Ricardo, pero los tensos años han señalado líneas en las comisuras de los labios y en la frente y unas ojeras no demasiado marcadas en los ojos. Ahora sus gestos dejan adivinar cierta urgencia ¿o es indecisión?

Ricardo hace un gesto de asentimiento sin descomponer la sonrisa en los labios ni dejar de oprimir la mano aferrada con inusitada fuerza a la suya.

Fede señala el sillón frente a él.

Ricardo —espeta sin rodeos—, ¿qué es para ti la democracia?

Están sentados en dos amplios sillones situados frente a una ventana sobre el jardín. Infinidad de flores —amarillas, azules, rojas, blancas…— muestran desde los arriates, árboles y macetas el esplendor de la estación.

 

 

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