“Cor Draconis” de José Miguel Biel Buil, Ediciones Atlantis

“Cor Draconis” de José Miguel Biel Buil, Ediciones Atlantis

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Caía nuevamente la noche, sobre los bosques y montañas, sobre los ríos y prados, sobre las fortalezas y aldeas.

Aseret, encaramada a lo alto de un gran risco, había salido de su cubil, a contemplar el firmamento nocturno, aprove-chando la fresca brisa nocturna, en aquella noche de verano.

Muchos de sus congéneres, no se interesaban por el conoci-miento de las estrellas, más preocupados, simplemente por conseguir alimento.

No eran bestias ignorantes ni mucho menos, como algunos humanos aún creían, pero los tiempos les habían llevado más a preocuparse de la autopreservación que de otras cosas.

Vivían separados unos de otros, cada uno en algún risco, o una apartada cueva en la montaña. En aquella región, en la que Aseret tenía su morada, solamente moraba otro dragón, al que llamaban Domoros “el devorador de la llama”, llamado así por su poderoso aliento de fuego, el más poderoso que su raza hubiera conocido en mucho tiempo.

Lo propio era, entre los de su raza, que tan pronto como alcanzaran la madurez, machos y hembras se aparearan, en una danza brutal en los cielos, entrelazando sus poderosas alas.

Domoros, muchas veces la había cortejado, deseando conseguir sus favores y que diera lugar a una camada de nuevos dragones. Pero Aseret, para desesperación de Domoros, siempre había rechazado sus requerimientos.

Aseret, en cambio, tenía intereses bien diferentes. Contemplaba las estrellas, imaginando qué habría más allá del cielo, más allá de donde ningún dragón había llegado jamás a volar.

Y lo que era aún más extraño para un dragón, le interesaban los humanos. Le gustaba observarlos, estudiando sus rutinas, sus cos-tumbres, sus hábitos. Incluso le interesaba su idioma, tan musical, tan variado, comparado a los guturales sonidos y gruñidos propios de su raza.

No era que los dragones no pudieran comunicarse, pero en su caso contaban con el poder de la telepatía, el poder de hablar de mente a mente, sin necesidad de palabras, por lo que su capacidad de hablar, al carecer de cuerdas vocales y labios como los humanos, era mucho más reducida.

Sin embargo, Aseret, se empecinaba en aprender ese lenguaje humano, adoptando forma de una joven muchacha humana, y mez-clándose con ellos de vez en cuando.

Desde lo alto de su risco, se lanzaba a volar sobrevolando el poblado, en los días nublados, donde la niebla ocultaba a la débil vista de los humanos su gran silueta.

Contemplaba a los campesinos trabajando la tierra y le intrigaba las largas horas que dedicaban a esa labor, solamente para alimentarse.

Escuchaba sus conversaciones en el mercado, en las cele-braciones, contemplaba sus bailes y ritos, tratando de encontrar una explicación a sus comportamientos, para su raza tan ajenos.

A pesar de las recomendaciones y advertencias de los dragones más ancianos, Aseret usaba su poder de transformarse en humana, rozando los límites, rozando el punto en el que no habría marcha atrás, y no podría recobrar su forma de dragón nunca más.

En su forma de dragón, tenía una poderosa cobertura de escamas, de color verde y broncíneo, mezcla de los colores de sus progenitores. Tenía unos profundos ojos reptilianos con pupilas rasgadas, pero en lugar de tener el rojo anaranjado de otros dragones, sus ojos tenían un color almendrado con tonos de verde.

De cabeza de gran tamaño, con una línea de escamas en forma de pequeñas pirámides que recorrían la línea de su hocico por la parte superior, un hocico lleno de al menos sesenta afilados y puntiagudos dientes con una lengua bífida entre ellos.

Su poderoso cuerpo, lo remataban cuatro grandes patas, de un grosor aún mayor de las de un elefante, y del lomo brotaban dos alas membranosas, rematadas en garras, como sus patas.

El final del cuerpo, lo remataba una cola aún más larga que todo el resto del cuerpo, en una forma de punta de flecha.

Pero aquel era día de mercado en la aldea, y Aseret quería mezclase con los lugareños, según lo tenía por hábito.

Al amanecer, con los primeros rayos del sol, salió de su cubil, desplegó sus alas y con un poderoso aleteo se lanzó por el borde del risco, sobre los bosques.

Revoloteó por encima del espeso manto de árboles, a poco más de un metro por encima de ellos, lo justo para que las ramas no llegaran a rozar su vientre escamoso.

Se lanzó sobre el río, desierto de gente a esa temprana hora todavía, dejando que el agua salpicara sus alas, asustando a los pequeños animalillos de los alrededores, antes de planear y aterrizar en un apartado claro, a un centenar de metros de la aldea.

Replegó sus alas, cerró los ojos y se concentró, dejando que la magia recorriera su cuerpo reptiliano, preparándose para la trans-formación.

La magia de su condición de dragona fue recorriendo todo su cuerpo, transformando mágicamente su cuerpo de dragona en el cuerpo de una muchacha humana.

Tenía, en su forma humana un largo cabello castaño del color de las avellanas, que caía en bucles sobre sus hombros desnudos. Tenía una complexión fuerte, de espalda ancha y fuertes piernas, recuerdo de su condición de dragona, en una figura esbelta, femenina, hermosa.

El problema de su forma de dragona, era que cuando adoptaba forma humana, evidentemente lo hacía sin prendas humanas, pero ya había contado con ese detalle.

Cerca del claro, en el bosque, había un lugar donde las mujeres de la aldea acudían a tender la colada, tras la lavarla en el cercano río y no era raro encontrar durante el día todo tipo de prendas, tendidas para que se secaran al sol.

La dragona se acercó sigilosamente, entre los arbustos, ocultándose de la vista. En la orilla del río, había un grupo de mujeres, tendiendo precisamente en ese momento la colada que habían lavado en la orilla, entre risas y cotilleos.

Poco a poco, las mujeres, terminando su labor, se alejaron de regreso a la aldea, dejando la ropa tendida en una larga cuerda, sujeta entre dos árboles.

La dragona, una vez que se habían alejado, se acercó a la ropa, donde escogió una blusa de color verde hierba y una larga falda de color malva así como un par de zapatos.

Vestida con sus nuevos atavíos, se encaminó hacia la aldea, tratando de aparentar un comportamiento lo más naturalmente humano posible.

En el mercado de la aldea, se mezcló entre la gente, recorriendo los puestos llenos de piezas de caza, de frutas y verduras que los campesinos cultivaban, el puesto del armero donde ponía a la venta sus armas y armaduras, aunque pocos mortales, quitando de vez en cuando algún loco aventurero insensato, compraban objetos de ese género.

En el puesto de la curandera, había puestos llenos de bolsas de tela con plantas secas, frascos y botellitas de vidrio con todo tipo de ungüentos y bálsamos.

Resultaba extraño para la dragona, como los humanos empleaban esos objetos.

Su raza no precisaba más armas que sus garras ni más armadura que su grueso manto de escamas y su propia resistencia a la enfermedad y capacidad para cicatrizar sus heridas por sus propios medios, era el mejor remedio que podían necesitar.

Por eso le intrigaban tanto los humanos, tan diferentes a su raza, tan distintos en todos los sentidos a ellos.

Le fascinaba, desde su forma humana, la gracilidad, la delicadeza de los humanos, comparada a su torpeza natural de movimientos excepto cuando se alzan en el aire.

Desde la tierra, percibía los colores, los aromas, las sensaciones, de una forma tan intensa, que en su forma de dragona se le escapaba y pensaba en todo lo que a su raza estaba vetado, al no querer aprovechar mucho más las bondades de la posibilidad de transformarse.

Al rato, fatigada de deambular entre los puestos, se encaminó hacia la plaza mayor de la aldea, donde celebraban un baile.

No bailaba, al menos nunca se había atrevido a intentarlo, nunca había osado bailar como los humanos, pero le gustaba la música, algo que su raza desconocía.

Un grupo de músicos, tocaba en una esquina de la plaza, y en su centro, varias parejas danzaban al ritmo de los instrumentos. No eran músicos profesionales, tampoco bardos ni trovadores. Era aquella una aldea muy pequeña, y aquellos tenían más interés, en frecuentar las grandes y ricas cortes, donde podían obtener el favor de reyes y demás nobles.

Pero extrañamente, en aquel día, un joven bardo, armado con su laúd y su gaita se había acercado a la aldea.

En un portal, de una de las casas, había montado su pequeño escenario, donde un grupo de niños de la aldea, lo escuchaban con arrobo.

La dragona, se acercó a un retirado banco de piedra, a pocos metros de donde se encontraba el muchacho, donde pudiera escuchar sus historias.

El joven, contaría con poco más de veinte años de edad, a lo sumo. Tenía el pelo castaño corto, revuelto en una maraña de mechones rizados y lisos. Tenía un rostro redondeado de mejillas rellenas, con una nariz pequeña, sobre la que pendían en peligroso equilibrio, unas gafas de montura redondeada.

Tenía una complexión rechoncha, de estatura media para un ser humano. Vestía con un jubón de color añil, unas calzas de tono violáceo, ceñido con un cinturón negro y un par de botas de viaje. Sus ropas, gastadas y arrugadas, demostraban un espíritu viajero, no acompañado precisamente en cambio por una bolsa especialmente llena de dinero.

Sus posesiones no abarcaban más que un pequeño asno que era su montura, unas alforjas con una muda y algo de comida, un odre de vino y otro de agua, un puñado de libros y una pequeña daga, que hacía las más veces de cuchillo para trinchar queso y jamón.

Y continuar por completo aquí.

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