“Cava”, Rafael Álvarez Cardeñosa, publicado en Ediciones Atlantis

“Cava” de Rafael Álvarez Cardeñosa, para Ediciones Atlantis

Este es el inicio de este relato:

CAPITULO 1

Era viernes por la noche, estaba tomando un café en una estación de servicio de Requena, había llenado el depósito y quería ya hacer de un tirón lo que le quedaba de viaje, calculaba que unas cuatro horas más.

En todo el viaje no había dejado de pensar en él, sobretodo en momentos de su niñez junto a él, cuando le acompañaba cada día al campo, a pesar de tener que levantarse a las cinco de la mañana. No le importaba madrugar tanto, le gustaba mucho ir con él a la huerta, aunque nunca le dijo que sobretodo le gustaba para poder montar en la Serranilla, aquella yegua a la que tanto quería y por la que lloró tanto cuando se murió.

Nunca se lo dijo, pero un día se dio cuenta de que él lo sabía, aquel día que no le dijo nada de subir a lomos de la yegua en el lugar donde solía hacerlo, y le hizo ir andando un trecho largo. No se atrevió a decirle nada para que no notara que era eso lo que más le gustaba, para que no se enfadara y ya no quisiera llevarle con él. Le miraba de reojo pero él no decía nada, aunque notó una cierta sonrisa socarrona en su boca. Al final no pudo aguantarse más y le dijo que le dolía un pie porque tenía una china en la zapatilla, y él le dijo que si le dolía que subiera el trozo que quedaba para llegar, que no se había acordado de decirle que subiera antes. Le alzó con sus fuertes brazos y le montó, y vio que se daba la vuelta para que no notara como se reía por lo bajo.

El rato en la huerta era divertido, le ayudaba a regar, a veces a recoger tomates o plantar lechugas, pero no dejaba de mirar el reloj que le habían regalado para la comunión, esperando que llegara la una, la hora de vuelta de nuevo a lomos de la Serranilla. Aunque también había un momento especialmente deseado, el del almuerzo, abrir esa taleguilla y descubrir lo que aquel día había preparado para almorzar, a veces queso, a veces morcilla, o chorizo, y siempre ese pan con tanta miga que disfrutaba tanto dándole mordiscos.

Cuando se fue haciendo mayor esos momentos terminaron, porque ya empezó a hacer otras cosas más de mayores, como salir a la discoteca por la noche, y ya no era capaz de pegarse esos madrugones. Pero ahora, en aquel momento y durante aquel viaje, esos recuerdos eran los que más venían a su mente, y los añoraba y hubiera querido hacerlo de nuevo, aunque esta vez fuera en coche y no a lomos de una yegua, pero en compañía de él, su abuelo.

Hacía algunos años que no hacía ese viaje, no había podido ir por el trabajo, pero nunca lo había hecho triste como ahora. Siempre había sido algo alegre, impaciente por llegar y disfrutar del verano en el pueblo, primero con sus padres, los últimos años solo, ya que sus padres se habían ido a vivir al pueblo tras la jubilación de su padre.

No debía perder más tiempo, necesitaba despedirse de él antes del fatal desenlace. Los médicos les habían dicho que era cuestión de días, y decidió partir de inmediato para verle por última vez. No podría quedarse más que un día por culpa del maldito trabajo, pero necesitaba verle y hablar con él por última vez.

Partió rumbo a la provincia de Cuenca, dirección a Villanueva de la Jara, para posteriormente pasar por la provincia de Albacete, Villarrobledo, y luego ya pasar a la de Ciudad Real, Tomelloso, Manzanares, Ciudad real capital. Y desde allí ya faltaría menos de dos horas.

Ahora los recuerdos fueron a la última vez que le vio hacía un par de años, estaba mayor pero todavía le veía con bríos. Le preguntó por qué no se había casado, con las buenas muchachas que había por el pueblo, que tenía que dejar descendencia, al menos uno, para que no se perdiera el apellido, le dijo. Como si nuestro apellido estuviera en peligro de extinción, solo en el pueblo había decenas de Caballero, pero suponía que él quería un Caballero que fuera de su sangre. Tendría que hacer un pensamiento y cumplir su deseo, seguro que en cuanto le viera sería una de las cosas que le haría prometerle.

La verdad es que no había tenido suerte con las mujeres, había tenido muchas novias, pero en serio, de vivir juntos, solo dos. La primera vez era demasiado joven para vivir en pareja y acabó como el rosario de la aurora, y la segunda fue su gran amor, pero él no el de ella por lo visto. Desde esta última vez habían pasado ya más de cinco años, y varias chicas por su vida, pero o bien había creado una coraza, o bien había perdido la capacidad de amar de nuevo, pero ninguna de esas chicas duró más de unas pocas semanas en su vida.

En realidad estaba muy bien viviendo solo, ya se había acostumbrado, tenía sus amigos para salir de fiesta, no le costaba conocer chicas y ligar, ya que según le decían era apuesto, cuerpo atlético que sus horas de gimnasio le costaba, pelo completo a pesar de sus treinta y ocho años, y sobretodo esos ojos azules que había sacado de su abuelo, que eran su principal baza.

Sigue a continuación

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