“El éxodo de una estirpe”, de A. L. Egea Torregrosa

“El éxodo de una estirpe”, de A. L. Egea Torregrosa, publicada por Ediciones Atlantis

He aquí el comienzo de esta novela histórica:

 

 

PRÓLOGO

Un Viaje Por El Tiempo—

TIERRA SANTA

JERUSALEN – AÑO 1192 DE NUESTRA ERA

André de Bisson es despertado por unas voces en el exterior del cuarto donde se encuentra descansando, tras una turbulenta noche de mujeres y vino, en la que estuvo desfogando su espíritu de avezado guerrero junto a otros caballeros cruzados.

Hacía ya casi un año que Jerusalén había sido arrebatada a los musulmanes después de cuatro años de asedio, donde las fuertes murallas que rodean la ciudad, las cuales fueron construidas por ellos mismos antes de ser entregada a Saladino, se les habían resistido.

Sin duda las levantaron a conciencia. De cualquier forma: acostumbrado a la batalla, el hastío empezaba a manifestarse. Él era un hombre de acción, por eso lo dejó todo en Francia para ir a luchar a Tierra Santa siguiendo a su rey Felipe Augusto, que junto a Ricardo Corazón de León estaban liderando la tercera cruzada. Pronto volvería a su tierra, aquella aventura para él estaba tocando a su fin. Tras cinco años de lucha en este inhóspito país, creía haber cumplido ya con su Rey, su nación y por supuesto… con Dios.

Otra vez los malditos gritos. La cabeza parece querer estallarle. Desenvainando la pesada espada con su mano derecha, sale de repente abriendo la puerta de golpe.

―¿¿Qué demonios pasa??… ¿¿Por qué gritáis así??

Luc, su fiel escudero, plantado ante la entrada del cuarto sujeta a un individuo de aspecto humilde y mirada huidiza que parece ser un criado.

―Perdóname señor, pero trato de explicarle a este hombre la conveniencia de no molestarte, si quiere seguir manteniendo su cabeza unida a los hombros ―contesta su sirviente volviéndose hacia él.

―¿¿Tú quién eres que te atreves a interrumpir mi descanso?? ―escupe las palabras el de Bisson mirando fijamente al intruso.

―Te pido perdón mi señor, pero es necesario que me escuches. Traigo un mensaje de un buen amigo tuyo que necesita verte con urgencia —dice rápidamente el hombre un tanto cohibido.

―Habla rápido, ¿de qué se trata?

―Mi señor, el caballero Hugo de Montidier desea hablar contigo cuanto antes. El asunto según me dijo es muy importante.

―¡Pero si es así!… ¿por qué no ha acudido él personalmente a verme?

―Señor, la desgracia se ha cebado con él, su fin está muy próximo y, antes de reunirse con el creador, debe confiarte algo de mucha transcendencia.

―¿Qué desgracia es esa que le impide venir hasta aquí si el asunto es tan significativo?

―¡Lepra mi señor! ―contesta el hombre santiguándose con mano temblorosa.

Acababan de dejar atrás la protección de las murallas tras salir por la puerta norte, en dirección al caserío habilitado para albergar a los que contraían la nefasta enfermedad, y de la que no se conocía que existiese cura. La única solución era aislarlos en aquel infesto lugar envueltos en harapos, con el único propósito de mantener sujetas el máximo tiempo posible las carnes a su abyecto cuerpo. Sin duda era un vano intento cuando entraban en putrefacción, ya que estas tenían tendencia a desprenderse conforme el mal avanzaba.

André, montado sobre el caballo de guerra, sujeta firmemente las riendas sin perder de vista el horizonte. A pesar de que el hospital de los leprosos (o lazareto como también lo llaman) queda muy cerca, él no descarta volver sobre su grupo al menor indicio de ver acercarse hacia ellos perros herejes. Muchos infieles, tras la reconquista de esas tierras por parte de los cristianos, después de ser derrotados quedaron desperdigados dedicándose al pillaje. No les teme, pero su cuerpo no está en condiciones de hacerles frente. La noche anterior había sido muy agitada. Más bien delirante.

Luc, el escudero, le precede en su pequeño corcel. El harapiento sirviente enviado por el caballero Hugo de Montidier camina tras ellos, tal como había llegado a la ciudad por orden de su señor.

Lepra…, qué mala fortuna.

¿Cómo un hombre que había llegado hasta aquel lejano lugar a derramar su sangre para tan noble misión, podía recibir ese miserable castigo a cambio?

No entendía por qué Dios permitía que aconteciesen ciertas cosas. Pero en fin: él no era quién para juzgar sus designios.

El calor estaba siendo insoportable y la terrible resaca más.

Luc, dame agua ―le dice a su escudero.

Parece que hoy tienes mucha sed mi señor.

―¡Ya conoces la causa miserable espantajo! Llevas mucho tiempo junto a mí y por eso te permito ciertas licencias, pero no te confíes, en cualquier momento te puedo rebanar el pescuezo para borrarte esa estúpida sonrisa.

El escudero, riendo maliciosamente entre dientes, le da el odre de agua que lleva colgado a su espalda, al mismo tiempo que le dice:

―Creo que ya hemos llegado a nuestro destino.

A un centenar de metros, vislumbran una gran casa de ladrillo y argamasa de dos alturas, construida posiblemente mucho tiempo atrás por algún potentado granjero. Con seguridad tuvo que ser abandonada ante el empuje enemigo en la anterior cruzada. Un pequeño terreno circunda la edificación, quedando delimitada por postes con travesaños de madera bastante desvencijados, que hacen las veces de vallado para aislarla del exterior. Al quedar marcados sus límites, parece avisar que por allí no es conveniente andar muy cerca. De todas formas el lugar es ya muy conocido por todos, incluso por los musulmanes errantes. Desde luego en un ancho perímetro nadie se atreve a acercarse, a no ser que sea por algún importante motivo.

Todo está muy oscuro, y el lugar pestilente y sucio. Aquello parece la antecámara del infierno. Sin duda no es el mejor sitio para dar hospitalidad a un enfermo, a no ser que se quiera acelerar su muerte, aunque quizás eso fuese lo más piadoso dadas las circunstancias.

―Por aquí mi señor…, seguidme ―oye decir al sirviente.

Al entrar en una gran sala de escasas y pequeñas ventanas, varios infectados permanecen desperdigados sobre jergones oscurecidos y malolientes. Desde un apartado rincón se oye una quejumbrosa y desconocida voz:

Has… venido… querido amigo. No temas… puedes acercarte, para contagiarte… tendrías que estar mucho tiempo entre nosotros y no creo…, no creo que sean esas… tus intenciones.

El fiel sirviente con un ademán de la mano les invita a que se aproximen.

El estupor le deja sin habla. ¿Qué había sido del fuerte guerrero?

Aquel despojo de huesos, con la cabeza cubierta por una mugrienta tela, solo deja al descubierto su ojo derecho, donde un febril brillo delata la espantosa degeneración que está sufriendo.

Sin duda, Dios no se dejaba ver por allí, de haberlo hecho se habría ido espantado.

―¿Eres?…, ¿eres tú?…, ¿Hugo de Montidier? ―le pregunta al moribundo.

―Sí, amigo mío…, o mejor lo que queda de él.

―Te juro que te hacía de regreso en Francia.

―Yo…, ya no volveré a ver nuestros hermosos campos y bellas mujeres, pero tú sí, por eso te he hecho venir…, créeme si no fuese muy importante no hubiese mandado buscarte para que cabalgaras hasta…, hasta este apestoso lugar.

Un fuerte golpe de tos le provoca de pronto unos repugnantes esputos.

Maldita sea ―piensa el caballero de Bisson―, mi estómago está a punto de jugarme una mala pasada, las náuseas están queriendo apoderarse de mí. Debo intentar por todos los medios contenerme. Sería una falta de respeto. Aunque bien mirado, según podía observar, el suyo no hubiese sido el único vómito.

Se sentía incapaz de adivinar qué diablos les daban como sostén a esos desgraciados, desde luego las inmundicias que se veían en derredor resultaban asquerosas, y el penetrante olor insoportable.

―Lo siento… amigo…, lo siento mucho ―le vuelve a hablar Hugo entre jadeos.

―No te preocupes, entiendo que no podrás evitarlo. ¿Qué es eso que tenías que compartir conmigo?

―Bueno…, no voy a alargarme mucho en explicaciones…, espero que lo comprendas.

―Sí, sí, por supuesto.

―Cuando llegamos aquí…, recuerda que al poco tiempo me enrolé en el ejercito al mando de…, de aquel Duque inglés para luchar en extramuros.

―Lo recuerdo perfectamente, fue cuando te perdí la pista.

―Combatimos junto a un numeroso contingente de templarios, donde pude hacer buena amistad con uno de ellos… el cual me confesó que era poseedor de unos enigmáticos rollos encontrados… dentro de una gran ánfora aquí, en Tierra Santa. En el interior de la ciudad de Jerusalén, este monje guerrero quiso el destino que intimase con una familia de buenos cristianos…, que poco tiempo atrás habían localizado con motivo de unas obras en su casa, junto a un pozo en el patio de la misma, esta ánfora…, que por la forma en que estaba enterrada, después de tanto tiempo a ellos les parecía imposible que estuviese en tan buen estado. Los buenos vecinos no dominaban el arte de leer y, viendo que las hordas de Saladino podrían entrar en la ciudad en cualquier momento, decidieron que el caballero templario sería el mejor protector de aquellos escritos. Los cuales… intuían que podían ser de gran importancia, por la forma en que habían querido preservarlos quienes allí los escondieron. El caballero de inmediato sintió… que Dios le había guiado hasta allí para ser custodio de aquel tesoro.

En ese momento, Hugo de Montidier se encoge a la vez que sujeta su estómago tosiendo aparatosamente. André de Bisson guarda silencio observando con tristeza al que había sido su compañero de armas, esperando a que se le pase el violento ataque que le había obligado a interrumpir su relato.

Una vez recuperado el de Montidier prosigue:

―Tras caer herido de muerte en la batalla…, y no…, y no pudiendo confiar en nadie, pues todos sus compañeros de la orden ya habían desaparecido en el fragor de la lucha…, me hizo jurar que yo los haría llegar a Francia para depositarlos en una encomienda…, como habrás podido adivinar, me parece que va a ser imposible que pueda cumplir con el juramento hecho al monje moribundo.

―¿Y qué deseas que haga yo? ―le pregunta el caballero de Bisson tras escucharle atentamente.

―Querido amigo, bastantes cosas me llevo dentro de mí al otro lado como… como para irme cargado con esto también.

El de Montidier señala una abultada alforja de cuero firmemente cerrada por fuertes correas.

―Es muy… importante que me jures… amigo mío, que tú cumplirás por mí esta misión. Confío en ti… buen amigo… confío en ti.

Venciendo sus náuseas, André de Bisson esboza una sonrisa piadosa. Cogiéndole la temblorosa mano le confirma su compromiso, jurándole que protegerá con su propia vida aquella bolsa con tan enigmático contenido. La llevaría consigo a Francia para depositarla en una encomienda del temple.

Una vez fuera de aquella morada de inhóspito horror, tras el juramento de cumplir fielmente con la última voluntad del leproso, subido en su caballo, camarada fiel de numerosas batallas y, acompañado por Luc, el buen escudero con quien tantas aventuras había compartido, se disponen a recorrer el camino de vuelta hacia las murallas de la ciudad. En lo alto de su grupa lleva fuertemente sujeta la alforja, de la que ya no se separaría hasta llegar a Francia. Allí, en aquel repugnante e indigno lugar de sufrimiento, quedaba Hugo de Montidier, agonizando entre vómitos y estertores. No… ese no era el mejor final para un caballero cruzado.

André de Bisson, con la mirada al frente, las riendas del corcel firmemente sujetas por sus encallecidas y fuertes manos de guerrero, a la vez que inspira profundamente completamente consternado, le pide al cielo que tenga piedad del alma de su buen amigo Hugo de Montidier y de la de todos aquellos que como él están ya en el infierno sin haber abandonado aún este mundo.

Sigue esta apasionante historia

“TREMEALOS”, de Gabriel Barrios Martín

“TREMEALOS”, de Gabriel Barrios Martín, publicada por Ediciones Atlantis.

Os dejamos el comienzo de esta obra:

 

—1—

HOY ES UN GRAN DÍA

Me eché la guitarra al costao y una mañana de julio bajé al Barco a hablar con Pedro de hombre a hombre. Venía de la familia de los Morondos y aunque era de Santa Lucía, su padre y el mío habían compartido majada más de tres veces y de cuatro. Sabía que andaría por la taberna de Lucio y allí aparecí con la venida de la tarde. Al verme, torció el gesto pues sabía que yo no soy de bares y que si estaba allí era por el asunto de las peñas. Nada más tenerme a tiro, me dijo:

  • Ya lo hemos hablado antes, Felizón: Que las piedras a mí no me las regalan y que yo tengo sueldos que pagar y máquinas que mantener. Podrás tenerlas a precio de coste. Hasta ahí puedo estirarme.

  • ¿No vas a convidarme a un chato, Morondo? —le dije quitándome la boina.

  • Eso está hecho, que ahí mi brazo llega —hizo un gesto a Lucio el posadero y nos alcanzó dos vasos de tinto.

  • ¿Cuál era el oficio de tu padre? —le dije acercando el vino.

Resopló con hastío. Cogió el vaso con sus rechonchos dedos, como si no pudiese con el esfuerzo. No quería mirarme directamente a la cara. Bebió. Yo seguí con lo mío:

  • ¿Y el tuyo hasta que nació la Petra?

El Morondo se puso serio y ceñudo. Bebió el vino de un trago y soltó el vaso de malas maneras. Me miró a los ojos.

  • Esa no es la cuestión, Julián, que todos los vecinos han sido pastores y ninguno de ellos, ni tú siquiera, está dispuesto a arreman-garse. ¿Por qué tendría que hacerlo yo?

  • Porque tú tienes las piedras —guardé silencio. Pedro bajó la vista hasta el entablado del suelo, girando el vaso sin pausa con los dedos. Proseguí—. Ahí lo quedo, Morondo. Me subo al Tremedal que la Nati me espera para cenas.

Al día siguiente se presentó en la era con el Santana y dos camiones con pluma. Ahí andábamos Juan y yo jugando a la calva. Se bajó en mitad de una polvareda y nos dijo muy serio al Goriche y a mí:

  • Dos están partidas y no las puedo vender. El que las esculpa que lo haga con tiento que yo no respondo. Y quiero una placa junto a las piedras que diga que las donó mi cantera.

  • ¡Ay, Morondo, que siempre fuiste un tierno! —gritó el Goriche con guasa. Pedro estuvo a un pelo de enojarse por el choteo. Tuve que tener un tanto los ánimos.

Las descargamos con ayuda de la grúa y de unos mozos de Ubiña que se trajo el Morondo. No tardó Jacinto en escribir una carta a la Diputación para hacer valer el trato. A los dos meses nos comunicaron que la escuela de canteros de El Barco de Ávila estaba dispuesta a esculpir las piedras de manera desinteresada. Y así fuimos al lío. Cada cual con lo suyo y en 1999 el monumento ya estaba acabado a la espera de inaugurarlo un día del verano. La verdad es que nos quedó muy pintón. Hice el chozo con unos buenos arreglos para que durase varias temporadas. Vino un ingeniero de la Diputación y le dio un vistazo diciendo que ese chozo aguantaría más de veinte años porque toda la base era del granito que había restado de los bloques del Morondo y el entramado, a pesar de ser de escobas, tenía la cruz principal de hierros soldados.

La cosa empezó hace cuatro años, cuando el Goriche y yo nos pusimos de acuerdo para llevar el asunto al alcalde de El Barco de Ávila, que en su mocedad se había criado aquí en el pueblo. Queríamos hacer un homenaje al pastor; un “monumento a la trashumancia”, como decían en los papeles que paseamos por toda la Diputación. Recordar con cariño la profesión que había sido nuestra, de nuestros padres y abuelos endenantes que nosotros. Y de esta manera honrar algo ya casi borrado del paisaje castellano y de las mentes de los jóvenes. Lo más fastidiado fue convencer a los pocos vecinos que quedaban en El Tremedal para acorpar todos a una y meter un primer gasto necesario para que nos calculasen el monto total del monumento. Pedro el Morondo, dueño de una cantera en Ubiña, vino con el Santana y fue muy amable con nosotros. Nos dio unos pensamientos muy válidos para este particular: hacer la figura de un pastor, por supuesto, y hacerle acompañar de dos o tres ovejas y vacas con formas de bichas ibéricas como las de Guisando. Fue al decir esto cuando se me ocurrió que el monumento podía completarse con un chozo, un caldero con sus llares y un redil menudo. Aún me acordaba de cómo hacer un chozo. Podría tomar prestado del museo el caldero, unos zurrones y otras cosas para dejarlo galán por dentro. No se habló más, Pedro tomó sus medidas y se fue por donde vino. A los tres días nos llamó y nos dijo el precio de la broma. Demasiado para nuestros bolsillos. Así que no tuvimos más remedio que recurrir a Jacinto el Mono, hijo de vecino del pueblo, que ahora era diputado por Ávila. Él ya me había ayudado a montar el museo del Tremedal cuatro años antes y más o menos sabíamos cómo iban estos tejemanejes. A Jacinto le gustó la idea desde el principio, pero nos advirtió de que esto iba a ser muy diferente a lo de montar un museo en las antiguas escuelas. En aquella ocasión teníamos el sitio y los trastos, y solo necesitábamos capital para la reforma y poco más. Ahora, no teníamos nada de nada y necesitábamos cuatro peñas de granito y alguien que las trabajase.

Tras hacer los formalismos, estuvimos dos años sin saber nada del asunto. No había mañana que no mirase el buzón en busca de la apetecida carta. Los demás vecinos andaban ya en otras cosas y poco les importaba este propósito. El Goriche me preguntaba de vez en vez porque él tampoco recibía nada. Y es que, dos años no son nada para unos asuntos pero son mucho para otros, sobre todo cuando eres viejo y estás más cerca del otro mundo que de este. Cuando llegó la misiva, no nos traía nada bueno. No la quise abrir solo y quedé con el Goriche para que las tortas se repartiesen mejor. Al leerla se nos quedó cara de moho y de seguido llamamos a Jacinto, a ver qué nos contaba. Nos dijo que, a las primeras, siempre dicen que no. Nos pidió que le enviásemos la mortaja y ahí quedó todo. Otra vez la tonta espera, esta vez de solo ocho meses. Volvimos a recibir un escrito en el que aprobaban el proyecto, pero que “por motivos de ajuste presupuestario, no se encontraban en posición de asumir los gastos al completo”. Nos platearon la opción de que si nosotros conseguíamos la piedra, ellos pagarían al cantero escultor. También nos dijeron que a partir de ahora nuestro delegado directo para este asunto sería Jacinto Sánchez Aurelio, lo que nos facilitó todo aún más. Ahora tocaba conseguir el granito como fuera. Hablamos otra vez con el Morondo y nos dijo que él podría vendernos la roca a precio de coste. Ni aun así conseguimos convencer a los vecinos para que acorpasen. Por eso me tuve que bajar aquella tarde a hablar con Pedro, de serrano a serrano.

Para la inauguración, Jacinto se puso un poco cabezón con el día. Quería que coincidiese con la festividad de las Nieves pues era cuando más gente había en el pueblo y según él, cuando más luciría el evento. Se esperaba también al presidente de la Diputación y la tele. Nosotros nos negamos, por supuesto. El día de la Virgen de las Nieves era para la Virgen de las Nieves. Ningún vecino se había atrevido siquiera a casarse ese día para no afear a la Virgen ni creerse más que nadie. Y nuestras mujeres preferían las piedras partidas por un mal rayo antes que estar haciendo vanidades el día de las Nieves. Jacinto no veía nuestras razones. Claro, él se había criado fuera del pueblo. Decía que una cosa no quitaba la otra y que había sitio para todo. Pero no hubo qué hablar. Las Nieves eran las Nieves. Y el monumento iría antes o después; o no iría. Pero las Nieves, se respetaba. Al final convenimos que se hiciese un día antes de la festividad, que era cuando se hacía la comida de hermandad en la era y se podría aprovechar la ocasión para invitar a la mesa al presidente de la Diputación, a la tele y a todos los forasteros que gustasen de probar la caldereta, que es lo típico de por aquí.

Y llegó el gran día. Además de la Diputación de Ávila, ha venido a la inauguración la televisión de la nación y a alguna que otra más menuda. Yo, vestido para la ocasión con mis zahones y mi zamarra. Aún me asienta el conjunto y mira que han pasado abriles. Con mi lazo colorín de lino para sujetarme el cuello de la camisa, el zurrón y mi chaleco de estezado. Los pantalones duros de vaquero y las calzas de lana. El Goriche, el Pues y el Morondo están a mi vera de la misma guisa, morral al hombro y abarca suelta, con una sonrisa que no les cabe en la cara y los colores subidos por el colambre de la mañana. A ellos el traje de pastor les queda un poco más prieto, pero igual les vale. El presidente de la Diputación lleva ya veinte minutos hablando. No le entiendo la mitad de las cosas que dice. Ninguna tiene que ver con el evento. Hay que tener paciencia, igual ahora dice algo sobre nosotros o las bichas. Detrás nuestra están las esculturas. Un pastor barbón con la montera y la garrota, como Dios manda, y cuatro bichas a su vera. A nuestra siniestra, el chozo. Hábil para tres personas, con el caldero y otros cacharros adornándolo por dentro. En un lateral hemos montado un redil. Tío Camuñas ha traído cuarenta ovejas de El Puerto de Castilla para que todo luzca como una majada pero en chico. Esteban trajo su burro y lo plantó allí, a la vieja usanza, con la cobija, la reata y los cántaros. Como está entero y en edad, no para de moverse y toda mosca le molesta. Jacinto está a la guarda del presidente de la Diputación. Mientras este habla, el Mono se me junta y me chisma: “Prepárate para hablar, que este es tu día”. Los de la tele y la radio parecen estar interesadísimos en lo que está pasando. Los zagales ya se han aburrido y han ido a jugar con la pelota al prao. Las mesas de la era están listas para la caldereta de después. Hemos hecho dos bancadas nuevas para que abarquemos todos, pues somos más de cincuenta entre pitos y flautas. Se ha empeñado Jacinto en traer refrescos, patatas fritas y esas cosas que gustan a los de ciudad. Tía Marciana ha quitado la pelota a los rabadanes para que no tumben nada de lo que hay preparado en las mesas. Nati no ha querido venir a los discursos. Se ha quedado en casa viendo la tele hasta la hora del almuerzo. Como dijo ella: “A mí déjame de esas gaitas, que yo ni entiendo ni quiero”.

Ahora el presidente ha concluido. El micrófono queda abierto para todo aquel que quiera engrandecer la cosa con sus palabras. Yo no tengo ninguna intención de hablar. Jacinto toma la vez y comienza así su discurso:

  • Gracias, en primer lugar, al señor Presidente de la Diputación de Ávila, a Julián Sánchez García, promotor de este evento, y a todos los asistentes. Nos vemos en el día de hoy, rindiendo homenaje a la memoria de tantos y tantos vecinos del pueblo que a través de su profesión, engrandecieron una institución milenaria: la del Real Concejo de la Mesta. Esto es, la ganadería trashumante. Institución que se remonta desde la Edad Media hasta casi nuestros días. Teníamos la necesidad de hacer algo en honor de nuestros antepasados, por lo mucho que lucharon para que un oficio y una manera de entender el mundo perviviese. Su vida fue el ganado y se la dejaron en los cordeles de toda Castilla y Extremadura.

Hizo una pausa y se giró a mí como queriendo que me acercase al atril. Ni un pelo moví. Las piernas no me regían. Además, ya me empezaba a doler la pata mala por llevar tanto rato tieso. Como sabía que no iba a torcer mi voluntad, se giró de nuevo y prosiguió con el discurso.

  • Todos vosotros conocéis la ingente la labor de Julián, ilustre vecino del pueblo, tratado por todos y al que es difícil decirle que no, cuando se trata de su empeño, primero recopilando las costumbres de la trashumancia en un libro y luego con la creación del Museo Etnográfico y de la Trashumancia de El Tremedal, situado en las antiguas escuelas. ¡Por cierto! Podrán visitarlo esta tarde, justo después de la comida de hermandad, en una muy especial visita guiada por el mismísimo homenajeado. Pido un aplauso para él, por favor.

¡Qué bien habla el condenao! ¡Cómo se nota que ha estudiao, el jodío! Toda la concurrencia aplaude a manos rotas. Sin pausas, el bribón del Goriche me empuja hacia el estrado para que dirija unas palabras a los concurrentes, pero me zafo como puedo endenantes que me ponga colorado, y no por el vino. De todos modos, la gente sigue aplaudiendo. Yo me apeo del estrado. Jacinto me disculpa delante de todos y cede la palabra al siguiente paisano. Ahí continúan avalando la cosa, cada cual con su monserga. Ahora lucen más nuestros nuevos vecinos de piedra. El sol ya ha tomado la sierra y toda la era empieza a calentarse. Los concurrentes parecen recobrar el interés.

Ahora le toca al Goriche. La mirada se me va hacia mis hijos, Antonio y Andrés. Les veo ahí, uno al cabo del otro, sonrientes entre los paisanos y cogiendo todo el evento con una grabadora de video. Las niñas de Andrés están ya un poco cansadas de estar de pie y se cogen a la pierna del padre. No fue fácil sacar esta familia adelante. Aún recuerdo cuando la profesora de Antonio nos citó a los padres para decirnos que el niño era muy aplicado y que le apoyásemos en todo lo que quisiese ser de mayor. En algo ha cambiado la nación. Cuando nosotros fuimos a la escuela de chicos, nunca nos preguntaron qué queríamos ser de mayor. Me imagino que ya éramos lo único que se podía ser: un buen hijo para tus padres y luego un buen padre para tus hijos. Ayudar en la casa y sacar todo el trabajo adelante, ya fuese en la era o con los animales. No se podían dejar las cosas para mañana. No contabas los guisantes que te comías y los que te guardabas. Tampoco se pensaba en el futuro y esas cosas. Solo importaba cómo vendrían ese año las nieves. Hasta el agua, que es la cosa más preciada que tenemos en el pueblo, nos podía echar a perder un año entero así viniese de tanta o de poca. Luego los hijos venían sin llamar a la puerta y ahí tampoco nadie te preguntaba. Entonces, cuando no daban trabajo las bestias, lo daba el tempero de la tierra y cuando no, los hijos. O los tres juntos, pues las chinches nunca viajan solas. Ahora, hasta los mozos aparecen con gaitas de que no les gusta hacer esto o no les gusta comer lo otro y hasta parece que la comida les mancha. Cuando yo era zagal, no había gustos. Mucho menos de mozo. El trabajo había que cubrirlo, gustase o no. Acorpar con lo que fuera. ¡Ay! Como siga un rato más de pie, me va a estar dando guerra la pata mala todo el día. Con este saco de años, las fuerzas empiezan a faltar por todos sitios.

Otra vez rompen en aplausos. Ya se nota a los convecinos algo cansados y a los rabadanes con hambre. Jacinto toma de nuevo la palabra para agradecer finalmente a los paisanos. Les invita a que visiten el chozo por dentro y a los zagales que den unas briznas de heno a las ovejas. Todos se dispersan. Cada cual con su uva. Los críos olvidan pronto el cansancio y se van a toda priesa a colgarse del redil para molestar al rucio. Se forman grupos de charleta y los de la tele empiezan a mirar de reojo las mesas de la era con los platos llenos de viandas. En los altavoces de amplificación, ponen una música que suena ridícula. Yo tengo ganas de sentarme, pero hay tanto follón que no me aclaro. Juan se acerca y me abraza con efusión mientras me dice que lo hemos conseguido. Yo, con sofocos, le digo que me marcho con la Nati, a ver en qué anda.

“NARRAGONIEM”, de Chema Sánchez Alcón

“NARRAGONIEM”, de Chema Sánchez Alcón, publicada en Ediciones Atlantis.

 

Éste es el comienzo de esta obra:

 

Prólogo

Narragoniem. El sueño de la razón…

Un abogado gris, normal y corriente, asciende a casi ministro de la Dictadura de Franco y consigue esconder sus presuntos crímenes, cometidos al amparo y con los medios de las cloacas del Estado.

La originalidad, surrealista y excéntrica, de este relato de Chema Sánchez Alcón reside en que el protagonista, un letrado asesino, dialoga sobre el bien y el mal, sobre la racionalidad y la locura, con locos, necios, tarados, enanos, putas, tullidos y bobos que aparecen en los cuadros célebres de Velázquez, Goya, Gutiérrez Solana, Sorolla, de Kooning, El Bosco, etc.

Su título no engaña a nadie pues “Narragoniem” es, según he comprobado en Google, “el país de los locos”. El alto funcionario va hurgando en las historias truculentas de todos ellos pero se resiste a confesarles sus propias matanzas.

Después del “Elogio de la locura” de Erasmo de Rotterdam y de “la razón de la sinrazón” de Cervantes, los ilustrados enfrentaron la razón a la locura. Un avance notable si lo comparamos con la simpleza dogmática del bien frente al mal de los eclesiásticos medievales. Con el adelanto de la ciencia, llegamos a confundir buenos y malos con sanos y enfermos. Galdós, utiliza a Maxi, su loco en “Fortunata y Jacinta”, para recomendarnos no ser muy tajantes, a la hora de separar lo sano de lo enfermo, si queremos entender algo de la naturaleza humana.

Así llegamos, con el desarrollo de esta novela, casi negra, nada menos que al meollo de la obra, polémica y devastadora, “Eichmann en Jerusalem. Un informe sobre la banalidad del mal”, de Hannah Arendt. Para la filósofa judía alemana, el criminal nazi no era “un monstruo” ni “un pozo de maldad” sino un burócrata, una persona normal, que cumplía órdenes con celo y eficiencia. No había en él un sentimiento de “bien” o “mal” en sus actos. Salvando las distancias, así retrata Sánchez Alcón, más o menos, al protagonista de su relato.

El título completo de “Narragoniem” incluye como un capítulo “El sueño de la razón crea monstruos”, de Goya. Con ello, el autor nos da una pista sobre los monstruos que la razón nos envía a poco que nos descuidemos. Sánchez Alcón se adentra, con cierta erudición histórica y literaria, y algún alarde filosófico, en “lo monstruoso racional”.

Se agradece el mimo con que trata nuestra lengua, lo que hace más atractiva la lectura. Ese cuidado exquisito se aprecia en la forma de contarnos los diálogos absurdos de este miembro distinguido del engranaje de las fuerzas de Seguridad de Estado con toda una galería de “monstruos” sacados de lienzos célebres que pertenecen la Historia del Arte.

Para Sánchez Alcón, el verdadero “monstruo” es el personaje principal. Para la España oficial aparece como un modelo de perfección, un triunfador. Sin embargo, ante sus interlocutores, salidos de los pinceles más famosos, se muestra como un ser sin escrúpulos, surgido de la clase dirigente del Estado franquista, capaz de cometer un crimen abominable.

Su obra comienza, naturalmente, con el descubrimiento, clásico en la historia de la novela, de una caja de documentos inéditos, espeluznantes, que el casi ministro de Franco entrega a un sargento de Inteligencia y este a su sobrino. El relato es un juego ingenioso, entre divertido e inquietante, con las piezas de ese “ponzoñoso legado”.

La investigación y la documentación cuidadosas de Sánchez Alcón nos acercan, con interés creciente, a las distintas épocas de los inocentes, los bobos que se masturban en las “risas pascualis”, las antimisas de los bufones, los enajenados que matan por nada y que sueñan con viajar a Narragoniem.

El secretario de Estado de la Dictadura no se atreve a confesar sus atrocidades a sus tarados interlocutores, encerrados en los museos. La intriga del crimen o crímenes a distancia del protagonista añade un toque policíaco, de novela negra, que aumenta la curiosidad del lector por llegar hasta el final del relato.

Los locos hablan, a veces, como cuerdos: “Los finos y bien pensantes mortales han sido la peor de las calañas bajo el disfraz de la aparente normalidad” o “En la cohorte de subordinados están todos los males”. El arte del disimulo (la “taqiyya”, práctica recomendada por los ulemas a los musulmanes en tierras cristianas) toma aquí la forma de “hacerse el tonto”. Los necios tratan de sobrevivir en un mundo en el que “la bondad y la maldad son caras de la misma moneda”, según le dice Jovellanos, en un diálogo que roza el surrealismo, al tonto de Abundio.

El protagonista de la historia, un triunfador del Régimen, un sicópata narcisista con piel de cordero, apenas tiene una posibilidad de redención a través de un resquicio minúsculo pero esperanzador: el amor imposible de una joven virgen de su pueblo.

¿Cuándo se empieza a dar uno cuenta de que es un miserable?”, se pregunta el presunto asesino. Para este letrado cínico, “mitad monstruo, mitad humano”, que asciende a las más altas cotas del Poder, “el mal y el bien siguen siendo inventos de esa humanidad debilitada por los afectos”. Desaprovecha el cable de salvación que, como doña Inés a don Juan, le echa el amor sin mácula de la joven Mercedes. El poder le corrompe. A través de varios simulacros, el autor nos acerca al poder real, al de verdad, o sea, al poder arbitrario que no conoce límites.

Se dice “eres más tonto que Abundio”. No es el caso del Abundio que dialoga con Jovellanos, allá por 1815, sobre al alma partida de los afrancesados: “Ninguno de nosotros es inocente”. Los ilustrados españoles se ven obligados a echar a las tropas invasoras de Napoleón, pese a estar de acuerdo con los ideales de la Revolución Francesa, y abren la puerta al absolutismo del Rey Felón. Paradoja cruel.

Los tontos, necios, bobos y tarados como Calabacillas, Abundio, Lindin, Riviere, madame Sontag, Matietes o el Pájaro, etc. (hasta 12, como los Apóstoles), encerrados en asilos o manicomios, sueñan con “viajar hacia el ignoto territorio de Narragoniem”, el país de los locos. Al llegar al final de esa obra, verán que Narragoniem “no era una quimera de un grupo de dementes medievales sino un estado del alma”.

No creo en las supersticiones. Traen mala suerte. Tampoco en las casualidades. Sin embargo, en ocasiones, fruto de mi ignorancia o de mi temeridad, me siento gobernado por ellas. Por eso, escribo estas líneas. A principios del siglo pasado, el matemático francés Henri Poincaré se atrevió a decir que “el azar no es más que la medida de la ignorancia del hombre”.

Seguramente por azar, el 2 de marzo pasado, 40 aniversario de mi secuestro, torturas y ejecución simulada, realizados por miembros de la Seguridad del Estado, con armas pagadas con nuestros impuestos, recibí inesperadamente en mi casa, por el antiguo correo postal, el texto de “Narragoniem” de José María Sánchez Alcón a quien no tenía el gusto de conocer personalmente.

El autor me atacó por mi lado más débil: la vanidad. Una oferta diabólica: “Le he elegido a usted como mi primer lector, si lo tiene a bien, porque le considero inspirador de este relato”. ¡Ay, la vanidad!, el flanco favorito del diablo. El halago debilita a cualquiera.

Y aquí estoy, animándole a leer, después de mi, este relato original, inquietante y algo excéntrico que no le decepcionará.

Cuando comencé a leer esta obra, me vino inmediatamente a la mente “No matarían ni una mosca”, de Slavenka Draculic, un minucioso reportaje, bastante perturbador, sobre los juicios de La Haya a los criminales de la guerra de los Balcanes. “Ninguno de nosotros estamos libres de caer en la maldad”, escribió la autora croata, “pues los criminales de guerra no son distintos de nosotros”.

Ese libro fue para mí el verdadero prólogo, terrorífico por cierto, de la obra “Narragoniem” que acababa de recibir por correo postal. La leí, pues, con el recuerdo fresco de los criminales de guerra, gente normal y corriente, de la ex Yugoslavia.

¿Somos piezas de un engranaje perverso bien engrasado? Para los presos del manicomio, que sueñan con viajar en “La nave de los locos”, de Sebastián Brand (siglo XV), “todos, absolutamente todos, son cómplices”.

Un aliciente adicional para leer con gusto y prologar esta obra fue que, de la mano del bobo de Coria, el relato me trasladó a su pueblo natal, Caminomorisco, en el corazón de las Hurdes, donde pasé mi viaje de novios. Otra casualidad.

A la luz, o quizás a la sombra, de dichos diálogos delirantes, alguno se preguntará, no sin razón: ¿Quién está más loco don Quijote o Sancho? ¿El médico o el enfermo? ¿El paciente del cuadro de El Bosco, a quien le van a extraer la piedra de la locura, o el cirujano que lleva un embudo en la cabeza? ¿No fue, acaso, el propio Alonso Quijano quien, a sabiendas, se hizo el loco?

 

“Y mientras tanto, te sigo esperando: septiembre”, de Rosa Gamero Arévalo

“Y mientras tanto, te sigo esperando: septiembre”, de  Rosa Gamero Arévalo.

Así comienza la esta novela publicada por Ediciones Atlantis.

Día 1 de Julio

Las chicharras con sus sonidos incesantes en esos tórridos días de verano no paraban de llamar a sus hembras con sus cantos que para mis oídos, eran más bien un concierto de percusión.

La serenata me anunciaba que estaba amaneciendo.

Como todas las mañanas al despertar lo primero que hice fue  mirar los mensajes de mi teléfono móvil.

Viviré de Marzo a Septiembre en Méjico.”

Al principio pensé que aún seguía dormida.

Me levanté como una autómata dirigiéndome al cuarto de baño, abrí los grifos de la ducha y dejé que el agua corriese por mi cuerpo tratando de asimilar esa… ¿buena noticia?

La escalera que separa mi dormitorio de la cocina me pareció tremendamente larga. Necesitaba un café con urgencia.

¡Genial!, no me queda café. Alguna otra cosa más me deparará el destino.

Tomaré café soluble, quizás me toque el premio de un sueldo para toda la vida.

Papu y Nala, mis dos perras, ya estaban dispuestas al paseo de todas las mañanas. No dejaban de dar saltos deseosas de convertirse en “lobas” corriendo por el parque, libres, sin ataduras.

Salimos al paseo diario.

Ensimismada en mis pensamientos, caminando entre los pinos y sin darme cuenta tomé el camino equivocado. No sé muy bien por qué motivo me confundí. Llevo mucho tiempo haciendo ese trayecto.

Repasé mentalmente los pasos de otros días sin lograr encontrarlos.

Decidí entonces seguir hacia adelante. ¿Fue equivocada mi decisión? Quizás hubiese sido más correcto volver al principio del camino y tomar la senda de siempre.

Cada vez era más difícil avanzar, estaba lleno de obstáculos, enormes piedras torcían mis pies, ramas secas que impedían que avanzara con rapidez.

Solo me preocupaba mirar hacia el suelo para tratar de esquivar tan mal camino, sin levantar la vista, preocupada por llegar; pero, ¿a dónde se suponía que tenía que llegar?

Me paré en seco. Dejé de mirar mis pies para otear el horizonte. Todo me parecía desconocido y el pánico se apoderó de mí. El dolor de pie era insoportable, ¿cómo me había perdido de esa manera?, ¿por qué había elegido el camino más difícil?

Absolutamente incompresible.

Las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos.

¿Lloraba porque estaba perdida?, o ¿era otro el motivo?

A partir de ese momento decidí calmarme y mirar sin la rabia contenida con la que había salido de casa.

Estoy atravesando una época de muchos cambios, siento bullir el crecimiento dentro de mí. Mis manos empiezan a sentir el barro para formar las esculturas que durante tanto tiempo han estado guardadas dentro de un cajón, todo es fantástico y a pesar de que las cosas no son como a mí me hubiesen gustado, mi actitud es de sosiego, de madurez, enfrentándome a las dificultades sin temor.

Casi sin darme cuenta empecé a reconocer el lugar, allí estaba la fuente de agua que todos los días calmaba nuestra sed, las piedras que el tiempo ha pulido dándole diversidad de formas, el camino donde mis pies podrían descansar. La senda ha sido dura, no podía ver el horizonte porque mis pies estaban demasiado preocupados por los obstáculos que me iba encontrando.

El sol estaba ya demasiado alto y las chicharras empezaban su frenético canto. Seguí caminando, estaba a punto de vislumbrar las primeras casas. Mis pies se esforzaban por seguir hacia adelante.

Casi piso a una guerrera. Una amapola, si, solo una, solo una ha sido capaz de resistir el calor que ya empieza a ser cada vez más intenso.

Sobrevivir a todas las dificultades del camino no es tarea fácil.

Si no existiera dentro de nosotros el miedo a no conseguirlo no conoceríamos nuestra parte más luchadora.

Estoy en casa.

Y mientras tanto, te sigo esperando, septiembre.

Día 2 de Julio

Nuestro paseo ha sido truncado. Esta mañana ha sido imposible salir. Una fiebre incómoda ha asaltado mi cuerpo provocándome un fuerte dolor de cabeza.

Este estado en que me he encontrado de letargo que en algunos momentos ha sido de perder la conciencia, (he alcanzado los 40 grados) me ha ausentado del mundo.

Siento el fragor de la batalla que mi cuerpo está tratando de solucionar. Los soldados que forman el sistema inmunológico no paran de lanzar flechas sobre esos “malos” que han invadido mi cuerpo sin permiso.

Mi mente no está demasiado despierta me siento aturdida, como en todas las contiendas tendré que esperar a que se calme la batalla y a que mi cuerpo recupere su estado natural de bienestar.

Y mientras tanto, sigo esperándote, septiembre.

 

Día 3 de Julio

He sido demasiado intrépida, he salido a dar mi paseo matutino; pensaba que estaba más fuerte, me equivoqué.

A menudo se ha comentado lo fieles que pueden llegar a ser los perros con sus dueños, cómo son capaces de reconocer sus hogares si se han perdido o han sido abandonados, que se quedan en la tumbas de sus amos si estos fallecen, en fin, infinidades de historias que de alguna u otra manera han llegado hasta nuestros oídos. Pues bien, esta mañana mis dos exploradoras Nala y Papu son protagonistas de una de estas historias de fidelidad.

No sé cómo, pero ellas bien sabían que no me sentía con fuerzas de dar un paseo demasiado largo. Mi ritmo al caminar no era el habitual de otros días ni tampoco mi respiración. Sentí que mi cuerpo me pedía un poco de “por favor, vamos a casa”; tan solo había avanzado unos metros cuando me di cuenta de mi osadía al salir.

Me senté en una piedra para descansar un rato. Ellas estaban corriendo y saltando de un lado a otro disfrutando de su libertad.

Casi sin fuerzas traté de llamarlas para regresar y poder descansar cuanto antes. No hizo falta llamarlas, no sé si es que lo olieron, percibieron o fue la intuición de los perros, esa de la que tanto se habla; solo sé que estaban a mi lado, las miré con cariño y una sonrisa apareció en mi rostro. Papu, la más inquieta de las dos, se puso a mi derecha, mientras mi delicada damisela Nala iba delante, como marcándome el camino de vuelta a casa.

Nos hemos encontrado con perros mucho más grandes que ellas que han intentado llamar la atención de alguna de las dos, pero han hecho caso omiso a esas insinuaciones, no estaban para tonterías perrunas.

El amor, siempre es esa palabra la que acude a mi mente cuando ocurren cosas como estas. No es solo una palabra, son muchas palabras positivas, ser amable, sonreír, compartir tu alegría… son muestras de amor. El amor no es solo para nuestras parejas, con nuestros hijos, amigos, con nuestros animales. El amor está en el corazón y es inagotable, solo depende de cada persona entregarlo o no. La amabilidad y la dulzura puede ser luz para otras personas que aún no entienden cómo funciona esto del amor.

También hay amor en la regañina que he recibido de mi hija al llegar a casa.

Espero estar más fuerte mañana.

Mientras tanto, te sigo esperando, septiembre.

Continúa

“El legado de un titán”, de Alberto Soler, publicado por Ediciones Atlantis

Ediciones Atlantis publica “El legado de un titán”, de Alberto Soler. Siempre se agradecerá a la providencia divina que ambos -autor y editor- se conocieran. Este impresionante relato es la base de la confianza mutua.

Ponte cómodo para introducirte en este mundo de Alberto Soler.

 

Montagud

Primera parte

MONOTONÍA INTERRUMPIDA

CAPÍTULO 1

Monotonía interrumpida

Lunes, 18 de octubre de 1999

Tras descartar la idea de ir a comer a un restaurante, Gustavo optó por quedarse en el despacho y esperar la llegada de su primer paciente mientras, algo optimista, contemplaba la posibilidad de dormir un par de horas en su sillón favorito.

Cuando conectó el equipo de alta fidelidad donde aún permanecía el último cedé que había escuchado la tarde del viernes, Gustavo reflexionó acerca del mucho tiempo que llevaba encerrado entre las cuatro paredes de esa habitación llamada monotonía en que se había convertido su vida durante los últimos años y, una vez más, reconsideró la idea de emprender un viaje que consiguiera apartarlo de la rutina que atenazaba su monótona existencia.

Al caer en la cuenta de que eran ya casi cinco años los que llevaba sin salir de una ciudad que le atrapaba casi tanto como le atraía, precisamente a él, que años atrás había sido un incansable viajero, Gustavo encendió un cigarrillo y recordó con rabia como el año anterior, y por culpa de una inoportuna ciática, le fue imposible asistir al congreso donde tendría que haber presentado un trabajo que resumía casi dos lustros de investigación dedicada a demostrar que el psicoanálisis seguía siendo una opción válida en la práctica psiquiátrica diaria. Como parte de las conclusiones de su análisis, Gustavo Arriaga se dedicó a refutar las críticas de aquellos sectores de la psiquiatría convencional que desacreditaban al psicoanálisis al calificarlo como una “práctica alternativa, alejada del método científico e inadecuada para ser utilizada por médicos”. Si bien algunos de sus colegas eran algo más benévolos y lo definían como “un mero pasatiempo o un divertimento intelectual carente de utilidad práctica y terapéutica”, Gustavo arremetió también contra ellos en el libro que tendría que haber presentado en el XXVI Congreso Psicoanalítico Internacional, cuya sede sería Viena durante la primera semana de octubre de 1998. Finalmente, Gustavo Arriaga no tuvo más remedio que enviar por correo el borrador del manuscrito de su obra, casi doscientos folios, que fue excelentemente acogido por el ámbito psicoanalítico internacional, un éxito profesional que Gustavo Arriaga no llegó a disfrutar personalmente al no poder asistir al evento.

Cuando estaba ya semitumbado en su sillón y mientras sonaba Conversations with myself, de Bill Evans, Gustavo se sintió invadido por una serie de recuerdos que le hicieron retroceder a la semana de la primavera de 1994 cuando viajó a Norteamérica para estar presente en la boda de su amiga Alma Pradas. Gustavo llegó a la conclusión de que, sin duda, aquél fue el último y auténtico viaje que pudo permitirse durante los cinco últimos años, y, sin saber por qué, comenzó a reflexionar sobre sí mismo (tal y como Bill Evans hacía al piano) para llegar a la conclusión de que el Gustavo Arriaga de mediados de los noventa era un hombre permanentemente estresado y absorbido por su trabajo, circunstancias que le hacían manifestarse con esa actitud huraña y taciturna tan propia de aquellos solitarios que no llegan a asumir que su condición se debe más a una imposición del destino que a su propio y libre albedrío. Para colmo de males, siguió reflexionando, el Gustavo de aquella época apenas si se alimentaba adecuadamente ya que solía pasar días enteros a base de cafés con leche y algún que otro bocadillo, así como también presentaba un cúmulo de síntomas propios de una fatiga crónica, seguramente producida por un pertinaz insomnio que, aún en la actualidad, le mortificaba cuando con exasperante puntualidad le visitaba una noche tras otra.

Los recuerdos que acudían a la mente de Gustavo se asociaban irremediablemente a un abrumador sentimiento de soledad, así como a un desesperado intento por convencerse a sí mismo de que si estaba sin compañía era por su propia voluntad. Sin embargo, la permanente falta de alguien con quien compartir su vida había cincelado en Gustavo un rictus de amargura que le convertía en un abatido solitario que una vez más se había quedado sin su comida del mediodía tal vez por no tener con quien compartirla.

Así era el Gustavo Arriaga actual, y así lo era porque sin duda era ése el modo como había decidido que transcurriese su vida —¿o quizá le resultaba imposible vivir de otro modo?—, la vida de un esquivo y taciturno espécimen que, con el estómago vacío, se esforzaba por conciliar una reparadora siesta que le compensara del cansancio que arrastraba desde la insomne noche anterior y tal vez desde tantas y tantas noches.

Intentando que el sueño lo atrapase, Gustavo se estiró en el sillón al tiempo que entrelazaba las manos y las dejaba reposar sobre el pecho hasta adoptar una postura que recordaba a la de un cadáver. Podía parecer macabro, pero a él le gustaba descansar de esta guisa Decía que le ayudaba a relajarse. Luego, Gustavo cerró los ojos y esbozó una mueca entre guasona y amarga cuando, atrapado de nuevo por sus recuerdos, evocó el lejano momento de aquel día en que le llegó la invitación para la boda de Alma Pradas. Habían transcurrido desde entonces cinco largos años.

Gustavo se recordó a sí mismo, transcurría el año 1994, sentado ante su aparatoso ordenador y sorprendido al descubrir que en la bandeja de entrada había un inesperado correo electrónico (casi todos los mail que recibía Gustavo eran por temas relacionados con su trabajo). El e-mail llevaba como asunto: “Para Gus, después de tantos años”, y como remitente, simplemente, “Alma”. Gustavo recordó que se quedó petrificado y permaneció así, mirando fijamente el monitor, durante varios minutos, en los cuales releyó el texto una y otra vez (“¿cómo coño habrá encontrado mi dirección?”). En el e-mail, su antigua y vieja amiga se expresaba con el desparpajo habitual que la caracterizaba y se interesaba por lo que había sido de la vida de Gustavo durante los últimos años. Alma se comportaba, a través de su escrito, como si hubieran transcurrido tan sólo unos días y no varios años desde la última vez que ella y Gustavo Arriaga habían mantenido algún tipo de contacto.

El absorto Gustavo sumergido en lo ocurrido cinco años atrás recordó cómo entonces su estupefacción llegó al límite cuando, a través de su e-mail, su amiga Alma no sólo le anunciaba que estaba a punto de casarse con un tipo americano a quien, por supuesto, él no conocía de nada, sino también le invitaba a que fuera, precisamente él, padrino de su boda.

En su intentona de siesta, Gustavo rememoraba estos recuerdos con la sensación de estar visionando una especie de película en la que alguien se hubiera dedicado a fundir planos y más planos extraídos de un archivo ubicado en algún lugar de su mente, de tal modo que, en la virtual pantalla de su imaginación, pudiera verse a sí mismo tal y como ahora se veía en aquel día de hacía cinco años: presa de un repentino acceso de rabia, dando un violento manotazo sobre su pulcra y bien ordenada mesa de trabajo y lanzando al suelo todo lo que había sobre ella.

“¿Que Alma se casa…?”. “¿Y quiere que sea su padrino después de haberme rechazado…?”. “Si piensa que voy a ir a la boda, lo tiene bastante crudo…”. “¡De ningún modo!”. “Lo tengo más que claro. ¡Por supuesto que no pienso ir!”.

Gustavo sonrió al recordar que aquella misma noche de hacía cinco años atrás, mucho más calmado tras dar un largo paseo por la playa, pudo constatar cómo su rabia se desvanecía justo al escuchar la voz de Alma a través del teléfono.

Fue Gustavo quien tomó la iniciativa de marcar el número que Alma le había enviado en su correo. Alma y él conversaron durante más de una hora, un tiempo que resultó ser más que suficiente para que Gustavo se ablandara hasta el extremo de que, tres semanas después, tomó un avión con destino a Los Ángeles. Llevaba como equipaje un traje de etiqueta embutido en la maleta y el corazón oprimido y abrumado por un cúmulo de nostalgia.

Apenas llevaba quince minutos dormido cuando el estridente timbre del teléfono despertó a Gustavo Arriaga de su siesta, interrumpiendo una secuencia de recuerdos que finalmente se habían convertido en sueños. Antes de responder a la llamada, Gustavo consultó el reloj para comprobar cuánto tiempo había conseguido dormir. Computar sus horas de sueño se había convertido en una auténtica obsesión desde que sufría su incómodo y pertinaz insomnio nocturno.

—¿Sí, dígame…? —dijo Gustavo con la voz adormilada.

—¿Es usted Gustavo Arriaga? —preguntó una voz masculina y aparentemente desconocida para Gustavo.

—Sí, soy yo. ¿Con quién hablo? —Gustavo carraspeó en un claro intento de aclararse la voz y parecer más despierto.

—Mi nombre es Luis Vila y le llamo desde Soria. Soy el pasante de la notaría de don Juan Granados. Quería hablar con usted en relación a un expediente que contiene las últimas voluntades de uno de nuestros clientes, don Antón Maldonado.

Gustavo, que intentaba desembarazarse de la pesada modorra que le embotaba, se sintió de pronto totalmente despejado tras escuchar el nombre que acababa de pronunciar el pasante.

—¿Ha dicho usted… Antón Maldonado?

Gustavo se sintió profundamente impresionado y sorprendido. Hacía ya varios años que Antón Maldonado, párroco titular de San Florián, un pequeño pueblo soriano, había fallecido. Efectivamente, Gustavo lo conoció en su juventud. Y también Alma Pradas. Fue precisamente el viejo cura quien los presentó cuando Gustavo ejercía como médico interino en San Florián, pero habían pasado demasiados años. Sin duda, el pasante —pensó Gustavo— se había equivocado de hombre al confundir sus nombres.

—El único Antón Maldonado que conozco —dijo Gustavo— murió hace años. Por eso me resulta extraño que a estas alturas estén todavía pendientes sus últimas voluntades y, más aún, que tenga yo algo que ver con las mismas. ¿No puede ser que se esté refiriendo a otro Antón Maldonado?

—Veamos, ¿es usted Gustavo Arriaga Blasco? —dijo el pasante remarcando el nombre y cada uno de los apellidos.

—Sí, en efecto… —interrumpió Gustavo aún sorprendido.

—… ¿Médico psiquiatra, con despacho profesional en la calle Gómez de Aranda, número…?

—¡No, un momento! —interrumpió Gustavo de nuevo—. Hace tiempo que mi consulta no está en la calle Gómez de Aranda. Ahora atiendo a mis pacientes en la calle de Ayala Monforte, número veinticinco.

El pasante guardó silencio durante varios segundos. Mientras tanto, Gustavo escuchó el sonido de unos papeles que sin duda Luis Vila consultaba. El sonido producido al pasar las hojas era claramente inconfundible. Cuando el pasante retomó de nuevo la palabra parecía algo contrariado.

—En la guía telefónica que he consultado consta que esa dirección de la calle Gómez de Aranda se corresponde exactamente con el número de teléfono que he marcado para hablar con usted.

—Por supuesto —dijo Gustavo Arriaga—, y hay una sencilla explicación para ello ya que conservo el mismo número de teléfono de mi anterior despacho. Mi socio Lucas y yo disponíamos de dos líneas y, al separarnos, quise conservar mi número…, pero no sé por qué le estoy dando tantas explicaciones si ni siquiera sé si usted es quien dice ser.

De repente Gustavo se arrepintió de haber sido tan explícito con un perfecto desconocido.

—Lo siento, doctor Arriaga. Lo único que necesito es confirmar que usted es el Gustavo Arriaga que consta en el expediente de esta notaría y, sobre todo, tener la certeza de que es el mismo Gustavo Arriaga mencionado por don Antón Maldonado en el mismo.

Tras reafirmarse en su identidad, Gustavo hizo varias preguntas al pasante a pesar de que éste se mostraba algo esquivo al responder a alguna de ellas aduciendo que no estaba autorizado para ofrecer determinadas informaciones a través del teléfono y sólo le pudo confirmar a Gustavo que era uno de los beneficiarios de un legado que, siguiendo claras instrucciones del fallecido Antón Maldonado, sólo se podría comunicar a sus herederos a partir del uno de enero de mil novecientos noventa y nueve.

—Sin embargo estamos ya en octubre. Han transcurrido ya diez meses desde la fecha que usted menciona —dijo Gustavo con un atisbo de desconfianza.

—En sus instrucciones, don Antón dijo, y voy a citarlo textualmente, que tendría que darse a conocer el legado “a partir del uno de enero de 1999, y nunca antes de esa fecha…”. Como puede comprobar, don Gustavo, nos hemos ceñido a esas instrucciones ya que la fecha de hoy es posterior a la especificada por don Antón en su legado.

En un intento de disipar la desconfiada reticencia de Gustavo Arriaga, Luis Vila le informó que desde el mes de enero había intentado averiguar el paradero de los tres beneficiarios del legado, uno de los cuales era él mismo, y que las gestiones habían sido arduas debido a que dos de los adjudicatarios residían fuera de España y su localización había sido una muy difícil tarea.

—¿Ha dicho usted tres beneficiarios? —preguntó Gustavo.

—Efectivamente, doctor Arriaga, usted y dos personas más. Y se da la circunstancia de que al señor notario le urge que se reúnan con él lo más pronto posible.

—Algo me dice que debe tener ya prevista una fecha para esa reunión —dijo Gustavo algo incómodo al sentirse forzado por el inesperado acontecimiento.

—Efectivamente la tengo. Concretamente dentro de una semana, el lunes veinticinco a las cuatro de la tarde, siempre y cuando a usted le venga bien, por supuesto.

El pasante le informó a Gustavo Arriaga que la reunión debería celebrarse necesariamente en el despacho notarial siguiendo las instrucciones que constaban en el legado. También le dijo que en la elección de la fecha se había dado prioridad a la disponibilidad de los otros dos beneficiarios al considerar que tenían que desplazarse desde el extranjero.

—Al residir usted en España, y por tanto estar relativamente cerca de Soria —dijo el pasante—, dimos por supuesto que no le sería tan difícil como a los otros dos beneficiarios ajustarse a una fecha concreta. Precisamente por ello la concertamos previamente con ellos, una vez que pudimos localizarlos, claro está.

—Sí, claro. Lo entiendo perfectamente. —Gustavo no hacía nada por ocultar su desconcierto—. Pero considere que, así de pronto, me resulta precipitado confirmarle ahora mismo mi presencia o ausencia en esa reunión, pues tengo obligaciones que me supeditan a mi agenda de trabajo.

—Me hago cargo, don Gustavo, y por supuesto que no tiene por qué tomar ninguna decisión ahora mismo —dijo el pasante—. Tómese una semana para pensarlo, aunque, eso sí, le rogaría que con la mayor brevedad posible me diera su respuesta. Don Antón fue muy preciso con la sistemática a seguir si alguno de ustedes no acudía a la cita, bien porque no consiguiéramos localizarlo, bien porque hubiera fallecido o simplemente porque no deseara acudir a la convocatoria. Por ello dejó bien claro que, aunque ocurriera alguno de estos supuestos, el legado debería abrirse de todos modos, fueran tres, dos o incluso uno los adjudicatarios presentes.

—¿En pocas palabras está insinuando que no es imprescindible que yo acuda a la reunión? —apuntó Gustavo sin ocultar un cierto malestar.

—No se trata de eso, don Gustavo. Considere que, si así fuera, tal vez no le habría telefoneado. Es cierto que, en principio, la reunión podría celebrarse incluso sin usted o sin alguno de los otros dos beneficiarios. Es por ello que don Antón, previendo cada uno de los supuestos e incluso la eventualidad de que ninguno de los tres se adhiriesen a la cita, diseñó un protocolo para cada uno de los casos posibles y, como cada uno de los protocolos requiere de cierta preparación por nuestra parte, nos apremia conocer con antelación cuántos y quiénes acudirán a la cita. Simplemente para tener preparado el protocolo y evitar así improvisaciones de última hora.

—¿Podría facilitarme la identidad de las otras dos personas? —Preguntó Gustavo a sabiendas de que era una información que difícilmente obtendría de Luis Vila.

—Lo siento, pero no estoy autorizado para darle esa información. Don Antón Maldonado dejó muy claro que sólo cuando estuvieran en la notaría conocerían sus respectivas identidades.

Gustavo guardó silencio durante varios segundos para reflexionar acerca de lo que acababa de decirle el pasante.

—¿Está usted ahí, don Gustavo…?

—Sí, disculpe. ¿Puede decirme de qué plazo máximo dispondría entonces para darle una respuesta?

—Ya le he dicho que tiene una semana para pensárselo, aunque lo ideal sería que no se demorara más allá de la tarde del jueves próximo.

—Creo que es un plazo razonable —reflexionó Gustavo en voz alta—. Deme un número de teléfono donde pueda localizarlo y antes del jueves tendrá noticias mías. Por cierto, le pido disculpas si le he parecido desconfiado, pero su llamada me ha cogido tan de sorpresa…

—No hay nada que disculpar, don Gustavo. Es perfectamente comprensible su reacción. De hecho, los otros dos beneficiarios manifestaron una misma actitud de cautela y suspicacia. Incluso, podría asegurarle que me hicieron casi las mismas preguntas que usted.

Después de que el pasante le facilitara a Gustavo Arriaga un par de números de teléfono donde poder localizarlo a cualquier hora del día, dieron por finalizada la conversación.

Apenas Gustavo Arriaga colgó el teléfono, sonó el timbre de la puerta de su despacho. Era el paciente de las cuatro y media, que acudía puntualmente a su sesión semanal de terapia y que probablemente tendría muy bien preparado todo aquello que pensaba decirle a su psicoanalista. Gustavo, como siempre, le escucharía con atención y en silencio, aunque tal vez esa tarde su mente se encontrara más alejada de lo que sucediera en el diván que en anteriores ocasiones.

Cuando eran ya las veinte horas y treinta minutos, Gustavo percibió que el último de sus pacientes se mostraba contrariado mientras se despedía de él. Se trataba de un individuo con acusados rasgos obsesivos y muy acostumbrado a vivir a base de rutinas. Tanto que casi se descompuso al saber que se produciría un cambio en el ritmo de sus sesiones. El paciente había interiorizado, como una regla fija e inamovible, la costumbre de acudir todos los lunes a sus sesiones de las siete y media y por eso le incomodó que Gustavo le anunciara que el próximo lunes no tendrían su habitual sesión por causa de un inesperado viaje.

Una vez solo en su despacho, y siendo consciente de que a lo largo de la tarde había tomado la decisión de acudir a la cita notarial, Gustavo abrió la ventana, como siempre hacía, para limpiar el ambiente del olor a tabaco que dejaban los cigarrillos que algunos de sus pacientes consumían durante la sesión de terapia. Él evitaba fumar mientras ejercía como terapeuta, aunque no siempre lo consiguiera.

En realidad, al ventilar la habitación, Gustavo no hacía más que ejecutar un ritual a través del cual no sólo aireaba la estancia, sino que también ejecutaba un ceremonial de purificación encaminado a que la angustia volcada por sus pacientes nunca llegara a impregnar el ambiente. Cinco minutos con la ventana abierta solían ser suficientes para tal fin y, mientras tanto, Gustavo Arriaga se dedicaba a desconectar el equipo de música (siempre había música en su consulta), guardaba las historias clínicas en el archivo, ordenaba el escritorio y, finalmente, fumaba lentamente un cigarrillo cuyo humo nunca llegó a considerar contaminante como el de sus pacientes.

Mientras cumplimentaba su singular protocolo (que repetía tarde tras tarde desde hacía varios años), Gustavo pensó en los preparativos a los que tendría que hacer frente con motivo de su viaje a Soria. Antes de que la angustia le invadiera (siempre había odiado hacer maletas), comenzó a elaborar un listado mental con todo aquello que debería hacer antes de su partida: anular las citas con los pacientes de la próxima semana, cancelar su asistencia a una conferencia en la que él era el ponente, alquilar un coche…

Poco antes de abandonar el despacho, Gustavo se sentó de nuevo en el sillón donde pocas horas antes había dormido su especial siesta y escribió en una cuartilla el esbozo de lo que sería el listado de preparativos y tareas previas al viaje. Una vez que lo dio por cumplimentado, le grapó una cuartilla en blanco que más adelante utilizaría como segunda lista, en la que iría anotando a lo largo de los días siguientes, y según le viniera a la cabeza, todo lo que presumiblemente necesitaría llevar consigo en el viaje. De este modo, cuando llegara el temido momento de tener que hacer la maleta, tan sólo tendría que buscar en los armarios aquello que previamente hubiera anotado.

“El monje y la prostituta de Constantinopla” (La historia jamás contada), de Andrés Vázquez Mariscal

La Editorial Atlantis tuvo el placer y honor de publicar “El monje y la prostituta de Constantinopla” (La historia jamás contada), de Andrés Vázquez Mariscal. La confianza fue plena entre los dos amigos: escritor y editor. La relación es tan cercana que se pasa a formar parte de la familia Atlantis, incluso se llaman entre sí “los atlantes”.

A continuación puedes comenzar a leer esta historia.

 

Observatio prævia

Me siento en la obligación de advertirle, estimado lector, que el libro que tiene entre sus manos no es una de esas novelas históricas tan en boga, sino un libro de Historia. Esta sutil diferencia semántica podrá apreciarla tan pronto comience la lectura de las primeras páginas. Quisiera, por tanto, entonar un sentido mea culpa si su contenido resulta excesivo por la abundancia de nombres, fechas y lugares. En mi descargo diré que mi intención ha sido escribir un texto que pueda ser útil al erudito, didáctico para el amante de la Historia y ameno a quien sólo busca en la lectura solaz para sus ratos de ocio. Empeño utópico que espero se me perdone si no cumple su triple objetivo. No obstante, y aunque resulte pretensioso por mi parte, quisiera recordar al lector las palabras de Séneca (Epístola XLV): «Los libros más importa tenerlos buenos que tener muchos; porque la lectura de un libro especial es provechosa, y la de muchos solamente agradable».

La idea de escribirlo surgió en mi ánimo cuando descubrí la existencia de un monje benedictino de la abadía de Reichenau, en la Baja Sajonia, de nombre Hermann der Lahme o Hermannus Contractus (Germán el Cojo), o Hermannus Augiensis, cuyas vivencias me parecieron apasionantes. Fue con motivo de la investigación que llevé a cabo sobre el paradero del Enchiridion, el fabuloso libro de ensalmos y conjuros que el Papa León III regaló a Carlomagno el día de su coronación como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, en el año 800. Al ahondar en su vida, descubrí que existieron al menos tres personajes que parecían ser el mismo; Hermannus Contractus, Hermann de Reichenau y Hermann de Altshausen. Esta última denominación correspondería al lugar de su nacimiento, Reichenau a la abadía donde profesó como monje y Contractus a su defecto físico. También pudo ser el monje benedictino Hermann de Dalmacia (llamado igualmente en latín Hermannus Sclavus, o Hermannus Secun-dus, o Hermannus de Carinthia), científico, músico, médico, alquimista, mago, astrólogo, traductor de latín, griego y árabe, y autor, entre otras, de la obra De essentiis que presenta una mezcla de tradiciones platónicas, aristotélicas, árabes y de Europa Occidental. Lo curioso de todo ello es que sus vidas transcurrieron entre los años 800 y 1054. Obviamente no podía tratarse de alguien de doscientos cincuenta años de edad, a no ser que…

He intentado, tras dos años de duro e intenso trabajo, recoger en este libro los hechos menos conocidos de aquellos siglos de oscuridad que conformaron la Historia de Europa y de la Iglesia. Desde el año 800, con la coronación de Carlomagno y la creación del Imperio Carolingio, y el advenimiento de Silvestre II al pontificado en el año 999, ocurrieron cosas terribles. Durante ese tiempo, la historia de la Iglesia corrió emparejada a la de Europa. Eran los Papas, más atentos al poder temporal que al espiritual, quienes nombraban emperadores y ungían reyes, hacían y deshacían imperios, organizaban guerras y mantenían su supremacía sobre el resto de los mortales apoyados en el imperativo de su origen divino. En efecto, vigilada por la omnipresente Iglesia y su ejército de frailes, Europa surgió de las tinieblas de la Edad Media para enfrentarse a un caos que aún perdura. No me ha sido posible separar de la historia política de estos años la del papado, ni la de sus partícipes, aquellos que cubrieron de oprobio, con sus actos, a la Iglesia.

La humanidad no ha avanzado lo bastante en dieciséis siglos, desde el II al XVIII, para haber transformado la vida cotidiana. Digamos que la conversión del mundo romano al cristianismo, la caída del imperio romano, la utilización de la pólvora, la aparición de la imprenta, el descubrimiento de América y la revolución francesa, no han sido suficientes para que aprendamos de nuestros errores.

Quiero dejar sentada la enorme deuda que tengo con autores de otrora como Liutprando de Cremona, Harmant Schedel, Assher bishop of St. David, Ethelwerd, Erasmo de Rotterdam, Juan Pérez de Moya, Robert Burton, Marsilio Ficino, Luigi Cornaro, Teofrasto Paracelso y un largo etc. De todos ellos he tomado prestados algunos párrafos para recrear el espíritu medieval de las angustias, reflexiones y andanzas de Hermannus Contractus. Mención especial de agradecimiento merece mi admirado Agustín de Hipona, cuya magna obra (Confessionum, Soliloquirum, Civitas Dei, De Fide rerum quae non videntur, etc.) me ha servido de fuente primordial e ineludible, para solventar las dudas existenciales y de fe de nuestro protagonista. El lector interesado puede obtener información adicional en las fuentes que he consultado y que listo en la Bibliografía.

Finalmente, decir que la crónica más antigua en español de la que tengo referencia sobre la vida de Hermannus Contractus (conocido en los textos hispanos como Hermano Contracto), está reflejada en el libro titulado Crónica General de la Orden de San Benito – Tomo VI, escrito en 1617 por fray Antonio de Yepes, Definidor Mayor de la Orden de San Benito. Recoge fray Antonio la biografía que escribió el abad Johannes Trithemius (1462-1516) del último Hermannus Contractus conocido, nacido en el año 1013 y muerto en el 1054, a quien se le atribuye todas las virtudes y conocimientos de los Hermannus anteriores. Le recomiendo, estimado lector, que no deje de leerla.

Quiero llamar también la atención del lector sobre Hrosvitha Gandeshe-mensis o Hroswit von Gandersheim, escritora alemana y abadesa de la abadía de Bad Gandersheim desde el año 960 al 1002. De ella se desconoce, a pesar de su ingente obra literaria, su fecha y lugar de nacimiento, así como también el lugar y fecha de su muerte. El lector podrá comprender las razones para esta ignorancia y su relación con Hermannus Contractus cuando alcance el último capítulo de este libro. También es de notar el hecho de que Hrostvitha describe con minuciosidad en su obra escenas de amor un tanto escabrosas. Por ejemplo, en una de ellas, Paphnutius, narra de forma conmovedora la conversión de una mujer caída, lo que induce a pensar que fue monaguillo antes que fraile. Ya sabrá el lector por qué hago referencia a estos detalles.

EXORDIUM1

In loco ignotus2

(Anno Domini MCL)

En este año de 1050 de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo, confieso que no había yo pensado en escribir de mi vida y de las cosas que he visto; ni me había pasado por la imaginación. Una persona, a quien tributa muchas veneraciones mi corazón, que tiene mucho imperio sobre mi voluntad, y cuyo dictamen tiene mucha preponderancia sobre el mío, me persuadió a que tomase a mi cargo este asunto, puesto que un espíritu verdaderamente generoso, y muy amante de Dios, y de su honor, quería se supiese. Así, escribiré, me digo a mí mismo, pero… ¿conseguiré que alguien lea lo escrito? Admitamos que lo lean, pero con el correr del tiempo ¿no se hará cada día almoneda de los libros usados hasta llegar a ser desdeñado y olvidado? Me temo que este libro nunca vea la luz. Acaso ni siquiera llegue a ser un libro, pero si llegara a serlo, lo sería tan sólo para unos pocos.

Mas siendo la empresa ardua y trabajosa, consumiré necesariamente algunos años antes de llegar al punto de poder ser útil. Quisiera, además, que nadie pasara por alto que no voy a tratar de bagatelas y de charlatanerías con su típica carencia de sentido, porque los que con verdadero fervor aman la verdad, no desdeñan confesar su ignorancia cuando reconocen sus yerros, sin permitir que pase por ellos crédula la posteridad. Pero los que ponen todo su cuidado en buscarla, y anteponerla a cualquier otra causa, doran el hierro con lo generoso de su confesión. Esto hizo San Agustín, milagro de los ingenios, y así no concibo como puede haber hombre que le preocupe confesar su ignorancia, cuando el que presume de más sabio tiene tan cerrados los ojos que no ve lo mucho que ignora. Si yo condujese un arado, apacentase un rebaño, cultivase un huerto, remendase un vestido, nadie me tendría en cuenta, raros serían los que me entendiesen, y difícilmente podría complacer a todos. Así, aun cuando escriba de manera que pueda ser entendido por todos y a través de todas las cosas, nadie habrá al que —si se presenta con fe atenta y atención fiel— no pueda ayudar mucho y, de alguna manera, complacerle según el conocimiento que tenga de no importa en qué disciplina en la que esté versado.

Los yerros que cometeré en lo que escriba, serán muchísimos, y me alegraré de conocerlos todos para enmendarlos y corregirlos, pero me consuelo que por la gran misericordia de Dios, no habré errado de malicia, ni preocupado de pasión, ni de interés. No en todas las cosas se puede hallar la verdad, así por la larga distancia del tiempo, como por la falta de documentos escritos que respalden mis palabras. Aunque es difícil satisfacer a un entendimiento preocupado del amor, o el odio, para justificar en general algunas cosas que he escrito, necesito hacer algunas advertencias a quien se hallare libre de toda preocupación.

Todos los hombres doctos y de juicio conocen y alaban la Crítica por buena, porque es el arte de discernir lo verdadero de lo falso, y la Mentira, que sobre no ser en ningún caso lícita, es naturalmente aborrecible a todos. Ahora bien, entre los historiadores, los hay que apetecen notoriedad relatando hechos increíbles, y como sus lectores se dormirían sobre acontecimientos demasiado comunes, los despiertan con relatos prodigiosos. Unos son crédulos, y otros negligentes; algunos se dejan sorprender por la mentira, y no faltan quienes encuentran deleite en ella; estos la buscan, aquellos no saben evitarla. Este es el vicio principal de todos estos escritores que creen que no pueden agradar ni popularizarse sus obras si no están sazonadas con mentiras. O aquellos otros, que siendo de imaginación hinchada, muestran tener poco juicio, porque son innumerables, y hoy más que nunca reina la moda de querer los hombres parecer sabios, amontonando citas y noticias, aunque sean inútiles y vulgares. ¡Oh, cuántos libros llenan los estantes, sin haber en ellos más que amontonamiento de noticias falsas, o inciertas, pero arregladas de tal modo, que puedan hacer impresión en la fantasía!

Pues bien, súbitamente, he sentido la necesidad de mostrar a la humanidad lo que sé y quién soy yo. Yo soy una singularidad. La vida es para mí el instinto de supervivencia, la acumulación de fuerzas, la voluntad de dominio. Sin dominio sólo existe degeneración. Ante mis ojos han desfilado escenas tan horribles como dolorosas; he descubierto la corrupción de los hombres y afirmo que los valores fundamentados en la consecución de sus más elevados deseos, son valores en decadencia.

Es necesario haber visto de cerca el horror, o mejor aún, haberlo vivido, haber estado a punto de perecer en él, para comprender la burla que significa el libre pensamiento. Por encima de todo, hemos de enfrentarnos a esas fuerzas perniciosas sobre las cuales mora el espíritu, como si la humildad, la pobreza, la castidad, en una palabra, la santidad, no hubieran hecho, hasta ahora, mucho más daño a la vida que las cosas más espantosas que sean posibles imaginar. ¿Qué es la verdad? La respuesta a esta pregunta carecerá de sentido mientras quienes personifiquen la negación y la nada, se arroguen su representación. Por ello, estoy dispuesto a revelar mi verdad. Me impongo este deber como un sacrificio ante un Dios pagano e impersonal que, por imperativo teológico, me exige lo contrario. Si con la muerte se acaba todo, como pensaba Epicuro, estas páginas servirán de muy poco. ¿Por qué me empeño entonces en buscar la gloria y la fama de un buen recuerdo? Si a pesar de todo, después de abandonar el cuerpo siguiéramos viviendo, tampoco podré recibir placer alguno, ni las alabanzas de mis amigos ni las maldiciones de mis enemigos.

El amable lector sentirá una gran curiosidad por saber quién tiene la insolencia de presentarse ante los ojos de todos, puede que enmascarado con el nombre de otro. Se preguntará quién soy, de dónde provengo, qué tengo que decir y por qué lo hago, y a ello responderé con las palabras que Séneca dejó escritas en su Apokolokyntosis: «Soy un hombre libre, y puedo elegir lo que voy a decir, ¿quién puede obligarme a lo contrario?». No indagues en lo que está oculto, no me gustaría que se me conociera, sin embargo, para satisfacerte de algún modo, te diré que yo soy una cosa y mi obra es otra, y antes de hablar de mí, he de decir algunas palabras acerca de ciertas contradicciones. Lo hago sin concederle la debida importancia, porque este asunto está muy lejos de ser actual. Yo mismo no soy un hombre actual. Hay individuos que nacen de un modo póstumo y día llegará en que mis palabras sean aceptadas como la verdad absoluta.

Si entendemos la sabiduría como la acumulación de conocimientos, soy el hombre más sabio del mundo. He adquirido una gran sabiduría, mayor que la de todos los que me precedieron. Me dediqué a conocer la ciencia, la locura y la necedad y también he comprendido que todo eso es anhelo del viento. Lo vivido ha de haberse experimentado con suficiente frecuencia, o intensidad, como para que no se borre de nuestro recuerdo, se inserte en los esquemas de lo que consideramos bueno o malo, y se tome en cuenta como parte de los procesos de supervivencia del ser humano. Cuando el medio cambia, y la memoria a largo plazo sólo rescata recuerdos que ya no son actuales, la edad, el envejecimiento y el desgaste dificultan la inserción de nuevos datos, dilatan los tiempos de respuesta y ponen en grave peligro la existencia misma del individuo. No es este mi caso, ya que mi existencia está supeditada a una terrible fatalidad que cambió el curso de mi vida. Aunque gracias a ella, puedo presumir de haber saboreado todo —lo grande y lo pequeño— como nadie jamás ha podido saborearlo. De todo cuanto se ve, se oye o acontece, he obtenido una consecuencia favorable, lo que me autoriza a sobrepasar las perspectivas puramente locales para convertirme en mi propio yo. Mi experiencia me obliga a desconfiar de aquellos siempre dispuestos a mostrar su compasión y a socorrerte. Sólo los decadentes pueden considerar la compasión como una virtud.

Soy capaz de recordar los más nimios detalles de cuanto he vivido. Tanto el proceso de almacenamiento de datos en mi memoria, como la recuperación de estos, constituyen un conjunto especializado en la ejecución de varias tareas simultáneas. Pienso y actúo con extrema lucidez. Entiendo y hablo a la perfección varios idiomas; todos ellos me han sido útiles en alguna etapa de mi larga vida. Estoy dotado de infinita paciencia, lo que me permite alcanzar cualquier objetivo por lejano que se encuentre en el tiempo, a la vez que me imprime un rasgo de temperamento y madurez. Soy ajeno al dolor físico, a las enfermedades y a las epidemias, y mis heridas curan con inusitada rapidez, aún las de mayor gravedad. No acumulo riquezas, pero dispongo de ellas en inmensas cantidades acorde con mis necesidades. A lo largo de mi existencia he vivido en mil sitios diferentes y he tenido múltiples personalidades obligado por el transcurrir de los años. Si alguien conociera mi secreto, o supiera de la realidad de mi existencia, estaría muerto.

Doy gracias en verdad a mi naturaleza, porque soy capaz de penetrar en los misterios más secretos. Conozco de qué elementos se compone el universo; quién es su arquitecto o conservador, que es Dios; si está absorto en su propia contemplación, o si alguna vez inclina hacia nosotros su mirada; si crea diariamente o ha creado una vez sola; si forma parte del mundo o es el mundo mismo; si todavía hoy puede dar nuevos decretos y modificar las leyes físicas, o si le es imposible retocar su obra sin descender de su majestad y reconocer que se ha equivocado. No soy por esto más libre ni más poderoso, por el contrario, me encuentro inmerso en la contradicción que supone los dos caminos que enseña la filosofía: uno, desvanece nuestros errores y trae la luz que ilumina los engaños de la vida; el otro, nos eleva sobre esta densa niebla en la que nos agitamos, y sacándonos de la oscuridad, nos conduce al manantial primigenio de la luz. Recuerda, amable lector, que la plenitud y consumación de la felicidad para el hombre, consiste en hollar todo lo malo, elevarse y penetrar en el seno de la naturaleza, y si no puede elevarse a todo esto, para nada habría nacido.

Ahora, hastiado de una humanidad abocada a su autodestrucción, me dispongo devolverle a ésta parte de la verdad, para que pueda mirar detrás de ella con una visión retrospectiva y profunda que le permita salir de su marasmo. Mis propósitos son consecuencia de mi convicción acerca de la decadencia de los valores, del instinto de negación y del imperio de la corrupción que anida en la sociedad.

Dejando aparte las digresiones en la que voluntariamente incurriré, voy a referir la verdadera historia de amplias facetas de la propia Historia. Apenas hay historiador que al ponderar las antigüedades de los pueblos no cometa mil absurdos y falsedades, por gobernarse, en vez de buenos documentos, por una vana credulidad y preocupación. Por ello, primero debo comenzar explicando el porqué de considerarme una singularidad, es decir, una alteración biológica adquirida. Miro a mi alrededor y no encuentro ni una palabra de lo que antes se llamaba la verdad. Nuestro tiempo es un tiempo extraño, lo que antes era una enfermedad, no es hoy más que un simple anacronismo. La vejez no me afecta y, en mi fuero interno, me considero estigmatizado con la marca de Caín.

Nací el año ochocientos de la encarnación de nuestro Señor Jesucristo. El veinticinco de diciembre, fiesta de la Natividad del hijo de Dios, el mismo día y a la misma hora en la que Carlomagno era coronado emperador por el Papa León III. Esta coincidencia fue la primera de una serie de ellas que marcarían para siempre mi devenir. Tampoco envejezco, el tiempo no pasa sobre mi cuerpo, aunque sí afecta a mi alma. La inmortalidad, ese ansia humana que constituye el núcleo de las religiones que la prometen en otra vida, para mí supone un carga tan pesada que transciende los límites de lo imaginable. No puedo afirmar que mis actos estén predestinados. El destino es un concepto abstracto que me ha demostrado, a lo largo de mi vida, su nula influencia en las acciones futuras: nada se crea de la nada, al igual que nada ocurre por azar. Todo tiene su causa, aunque la vida es un continuo renacer, por lo que niego la predestinación absoluta, niego que todo forme parte de un plan creado por Dios que de ninguna manera puede ser modificado. El destino, —las Moiras de los griegos o el Fatum de los romanos—, no se sitúa por encima de los hombres, sino que estos son capaces de modificarlo a su libre albedrío. Sin embargo, mi destino está determinado por el devenir de los astros. La vida de los inmortales transcurre bajo el capricho de Láquesis, la segunda de las tres Moiras, quien con su vara de medir teje el hilo de la vida y fija su duración alargándola, en mi caso, hasta el infinito.

La soledad, ¡ah! la soledad. Solo conmigo mismo, transitando un único camino hasta que una mano misericordiosa decida poner fin mis días. Sé que habrá un alma biempensante presta a aconsejarme el remedio infalible para acabar con tan nefasta existencia. ¡Jamás lo haré! Quitarme la vida con mi propia mano sería un acto ignominioso. Creo que se me ha concedido un don único e irrepetible, para un fin hasta ahora ignorado, que me niego a trastornar.

Despierto y, como San Antonio en el desierto, exclamo: «¡Un día más! ¡Ha pasado otro día!» ¿Habré soñado? A veces los sueños me sirven para cobrar vida, para no caer en el abismo, el primero de los eones, el Dios supremo de la doctrina gnóstica de Valentino, el teólogo más influyente del siglo II. Mis pensamientos pugnan por salir de su prisión, quizás aunando mis fuerzas lo conseguiré, mientras, mis días transcurren con una lentitud exasperante. Tengo un espíritu errático, como un spaniel inquieto, que ladra a todo pájaro que ve. Yo he seguido todo menos lo que debía, y debo lamentarme con razón, puesto que «el que está en todas partes, no está en ninguna». El camino es largo y ya he vivido demasiado, pero tengo aún muchas cosas que contar, así que lo que hicieron algunos hombres, sus deseos, temores, iras, placeres y alegrías, será el asunto de mi libro.

No negué a mis ojos nada de cuanto deseaban, ni privé a mi corazón de placer alguno, porque mi corazón gozó en todo mi trabajo. Luego reflexioné sobre todas las obras que mis manos habían hecho y sobre la fatiga que me había tomado por hacerlas, y he aquí que todo es vanidad y no queda provecho alguno bajo el sol. Como el filósofo estoico, que ve todas las épocas, presentes y pretéritas, con un solo golpe de vista, así veo como otros se mueven, corren, se agolpan, alborotan, se atormentan y mueren. Soy un mero espectador de sus fortunas y sus desgracias, de sus vidas, como si de la escena de un teatro se tratara, por eso me rio de las vanidades de los hombres, convencido, tal como Cipriano reflejó en su Tractatus ad Donatum, que «mi pleito no se pierde, mis barcos no naufragan, mi grano y mi ganado no se descarrían, mi oficio no quiebra, y tampoco tengo mujer ni hijos buenos o malos a los que mantener».

Como fiel, humilde, aunque indigno hijo de la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana, en quien solamente está la verdad y la vida, y en su consecuencia obedeciendo los decretos de los Sumos Pontífices, que son regla viva de la fe y de las costumbres, declaro que las historias, hechos, tradiciones, y semejantes cosas, que de todas y cada una que de por sí se trata en esta obra, todo esto, digo, no merece más que una fe humana, falible, capaz de error, y sólo son dichos por una opinión fundada en la piedad cristiana, pues al sólo juicio de la Iglesia está sujeta la censura de esta naturaleza, y sólo ella es la que puede dar firmeza a mis asertos, y sin ella todo es falible. Por lo cual, lo sujeto todo a su sabia, prudente, infalible, y cierta censura y corrección.

Las satisfacciones impertinentes que dan ciertos autores a los prólogos, son efectos del amor propio. El prólogo se hace para advertir algunas cosas, sin cuyo conocimiento no se penetraría tal vez el designio de la obra, o para dar a los lectores una descripción general de ella, y para que se muevan con mayor afición a leerla. Pero poner en los prólogos sino excusas, ponderaciones de su trabajo, y dejar a los lectores que juzguen si ha cumplido o no con la empresa, son también exageraciones que ocasiona la inmodestia. Pocas veces se pide perdón a los lectores por humildad, y casi siempre lo es por amor propio creyendo, con ello, hallar mejor acogida en ellos. Una de las cosas que más comúnmente hacen los escritores espurios, es hinchar la cabeza al lector con citas comunes de Cicerón, Plinio, Aristóteles y otros autores de la antigüedad. Es tanta la inclinación que tienen algunos a mostrarse eruditos citando autores, que uno de ellos al que conocí hablando de la batalla de Farsalia, que no había leído sino de paso en alguno de los libros que tratan de la historia de Roma, se le había embotado la cabeza de tal manera que decía: «Gran hombre era Farsalia», y Farsalia no fue un gran hombre, ni pequeño, sino un campo o lugar donde se dio la batalla entre Cesar y Pompeyo.

Ocurre, frecuentísimamente, que se juzga con precipitación una obra sin tener verdadero juicio para ello. De la misma manera, nacen a veces alabanzas vanísimas o vituperios contra los autores, porque toma uno un libro en la mano, y luego que empieza a leerle, encuentra algo que no le satisface, y sin pasar más adelante dice que el libro no vale nada, que es una tontería cuanto el autor escribe, y otras cosas semejantes. Por el contrario, si haya en el libro un estilo proporcionado a su ingenio, u otras cosas que en los principios le contentan, dice que el libro es bueno y es lo mejor que se ha escrito. De este modo se hacen muchas críticas, y las hacen personas de buena recomendación, pero resulta fácil de demostrar que casi siempre lo hacen con manifiesta precipitación de juicio. A veces la precipitación del juicio es cosa muy peligrosa, porque ocasiona errores enormes. Por ello, contraviniendo mi propio sentir, os ruego encarecidamente que leáis este libro con benevolencia y atención, y os pido que os mostréis indulgentes con aquellas cosas que os parecieren incomprensibles, por no haber sabido dar la debida expresión a mis torpes palabras, a pesar de mis esfuerzos. Si alguien tuviera objeciones tras leerlo, y se preguntara sobre los motivos que he tenido para escribirlo, puedo alegar algunos: escribo para estar ocupado y combatir de esta manera la melancolía; escribo para decir cosas de provecho por su interés y deleitar al lector a la par que se instruye; escribo, como decía Séneca, porque «es mejor hacer cualquier cosa que no hacer nada» y escribo, sobre todo, para que el tiempo no acabe por borrar la Historia.

Cualquiera que haya leído mucho, habrá sin duda hallado cosas tan bien escritas, artículos, discursos, pensamientos tan excelentes y amenos, usos y costumbres cuyo conocimiento es de tanta utilidad, que no habrá podido menos que desear que todos los hombres gozasen del placer y de la instrucción que le resulte de su lectura. No pudiendo resistir la tentación de hacer común a los demás hombres lo que a mí me ha instruido, lo haré sin presentar cosas que puedan perjudicar a la religión y a las costumbres, a nuestras leyes y gobierno. Sabed pues, y comprended, que doy comienzo a este libro, no para escribir de hechos galantes ni para sostener discursos con bellas palabras, sino para hablar de cosas de provecho que no necesitan del estilo pulido ni de la charlatanería. No deja duda de que la clase de lector a la que se dirige en particular este libro, lo leerá con toda la atención debida a la alta importancia de su objeto, aunque varones disciplinados y dotados por la naturaleza de agudeza e ingenio, podrán descubrir y entenderán en él, con una sola atenta lectura, puesto que en esto no exijo un Edipo o un Tiresias descifradores de enigmas, todas las cosas y todos los modos que me llevaron a escribirlo. Nadie, empero, se sentirá frustrado con la lectura, a no ser que esté ciego. He pedido a Dios que me dirija y me conduzca a la verdad, y con su ayuda así sea.

Esto es todo.

Incipit Liber Primus

Abadía de Reichenau

(Annus Domini DCCC – DCCCLV)

I

No en todas las cosas es posible hallar la verdad, así por la larga distancia en el tiempo, como por la falta de escritos. Bien sé que muchos juzgarán por yerros aquellas opiniones que son contrarias a lo que el vulgo regularmente cree, pero los eruditos ya saben qué se debe hacer con el vulgo ignorante, y es que estamos en un siglo en el que la verdadera Crítica nos lleva más cerca de la verdad. El mantenerse en las opiniones, que se hacen con la razón, es consejo del Espíritu Santo. Puede que otros me culpen porque mi estilo no es elegante, ni elocuente; a lo que respondo: que todos los que saben de esta materia, han aprendido y enseñan, que es muy diferente el estilo del historiador que el estilo del orador, y así lo dice Plinio el Joven, y otros muchos que tratan del arte de la Historia, porque el estilo del orador ha de ser hijo del cuidado y del estudio, de suerte que alague el oído valiéndose de las figuras que enseña la Retórica. La Historia, cuyo fin es hacer presentes las cosas pasadas para enseñanza de las cosas futuras, sólo pide un estilo fácil y llano. Y éste es el estilo que usaron los Historiadores Sagrados, porque el principal cuidado del que escribe Historia, ha de ser mostrarse escrupuloso con la verdad, y si esto es así a juicio de los doctos y justos censores, habré cumplido con mi obligación, por más que ladren mis émulos. Y si me calumnian porque he omitido muchas cosas, responderé que no he hecho obligación de referirlo todo, sino sólo lo sustancial de la Historia que viví.

Así, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo comenzaré, pues, mi historia. Mi padre fue un humilde y sumiso bauer, un labriego de los alrededores de Altshausen que apenas podía alimentar a sus nueve hijos en una sociedad esclavista y ancestral. Tanto, que el 28 de enero del año 814, el mismo día en que murió Carlomagno, a mis trece años de edad, me entregó al servicio de los monjes del monasterio benedictino de Reichenau tras recorrer a pie veinte leguas. Mientras que un rechoncho y bien alimentado fraile me empujaba al interior de la abadía sujetándome con fuerza de una oreja, me dijo al despedirse: «Al menos aquí no morirás de hambre, tú no serás labrador, estudiarás, serás un hombre culto y no descansarás hasta que tu nombre brille entre todos».

La noticia de la muerte del Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico se propagó por todo el orbe cristiano con la rapidez del viento. Llegada a Roma, nuestro padre amantísimo León III, el mismo que en su día le coronara, organizó en su recuerdo un solemne responso que duró siete días. Todas las campanas del imperio tocaron a difuntos y en todas las iglesias se oró por el eterno descanso de quien fuera el mayor defensor de la cristiandad que recuerdan los tiempos. El Santo Padre siempre tuvo mucho que agradecer al gran Carlomagno y así le pagaba: asegurándole la entrada en los cielos.

El Papa León III, hijo de Arrupio, era un varón de gran sabiduría que desde su juventud fue educado en las disciplinas eclesiásticas. Era casto, íntegro, pudoroso hablador y amante de los hombres doctos que, en muchas ocasiones, le habían demostrado su aprecio. Pero nunca fue León III santo de devoción de la nobleza romana puesto que no era noble, sino un romano de la plebe, de estirpe siciliana. Yo aún no había nacido, pero mi padre ya me había engendrado, y gracia a las enseñanzas de mi noble maestro Einhard, tengo en la memoria lo que me contó sobre la aciaga revuelta que los dos parientes de Adriano I, el primicerio romano Pascual y el sakellarios Cámpulo, fomentaron el 25 de abril del 799. Y así, cuando el Santo Padre se dirigía a la iglesia de San Silvestre para las rogativas que había instituido en Roma San Gregorio, un grupo de exaltados, armados hasta los dientes, lo apresaron por sorpresa y le arrancaron el palio pontifical. Una vez encerrado, los carceleros se burlaban de su exigua fuerza y con sus dedos le tiraban de la lengua y con sus uñas de garfio intentaron sacarle los ojos de sus cuencas. Sufriendo intensos dolores, León III fue llevado prisionero al convento de San Erasmo donde quedó custodiado y donde, según se cuenta, gracias a la intervención del cielo, le fue restituida el habla y la vista. Con la ayuda de la Divina Providencia y de un estucador que engañó a los guardias, se le condujo a la basílica de San Pedro donde quedó bajo la custodia de Vinigisio, duque de Spoleto. Tras permanecer allí unos pocos días, huyó al encuentro de Carlomagno, que se encontraba en Paderborn. Enterado éste de lo ocurrido, abandonó su campaña en Sajonia y se apresuró a invitar al Papa a que regresara a Roma. Acto seguido ordenó que una fuerte escolta, acompañada de los obispos Hildebando de Colonia y Arno de Salzburgo, le custodiara de camino a Roma, donde el pueblo, enterado de su regreso, salió a recibirle hasta el puente Milvio. Reunidos en Paderborn en julio del 799, Carlomagno convocó a los enemigos de León III que le acusaron de perjurio y adulterio. Aconsejado por Alcuino de York, Carlomagno dictaminó que nadie podía juzgar a un Papa ya que era el vicario de Dios en la tierra. Los missi dominici del futuro emperador, citaron a Pascual y Cámpulo a probar sus acusaciones en un placitum, corte pública que se celebró en Letrán. Al no poder probarlas, ambos nefastos personajes, a los que Dios haya condenado a las penas del infierno, fueron desterrados a Francia a la espera de que Carlomagno dictaminara la pena que merecían por las injurias infligidas al representante de Dios mismo.

Pero el gran Carlos no se precipitó, y hasta el mes de agosto del año 800, tras la Dieta de Maguncia, no decidió viajar personalmente a Roma. Se encontró con León III en Mentana, en las cercanías de Roma, donde el 23 de agosto celebraron un gran banquete. Carlomagno permaneció en Roma aprovechando la bonanza del principio del invierno, y participó, a principios de diciembre, en un concilio en San Pedro al que asistió toda la nobleza romana. Ya en la primera sesión, Carlomagno dejó claro que el motivo del concilio era juzgar las acusaciones presentadas contra Su Santidad y demandó a éste a que ofreciera ante todos los asistentes un juramento exculpatorio. Los que acusaron al Papa falsamente fueron condenados a muerte, pero León III intercedió por ellos y la sentencia fue mudada por la de destierro. Según los Anales de Lorsch, en este concilio se pidió que Carlomagno fuera coronado Emperador de Bizancio, puesto que se creía que la sede de Constantinopla, hasta ese momento en manos de una mujer, la emperatriz Irene, se encontraba vacante.

Salvados todos los inconvenientes, y restaurada la credibilidad papal, el 25 de diciembre del año 800, en la tercera misa del día de Navidad, estando Carlomagno arrodillado para el canto de las letanías, León III se levantó y colocó sobre su cabeza la corona imperial. Acto seguido, siguiendo el antiguo ritual de la proskynesis, se arrodilló ante él, siendo ésta la última vez que un Papa se arrodillaría ante un Emperador. Al efectuar una translatio Imperii, de los romanos a los francos, nacía así, legitimado por obra de Dios, el Sacro Imperio Romano Germánico. Pero esta coronación supuso un importante perjuicio para los intereses bizantinos. Irene consideró que el acto significaba la usurpación de su autoridad y, como consecuencia, el Imperio Romano se separó definitivamente en dos partes. En su intento para solucionar las diferencias, Carlomagno envió una misión diplomática a Constantinopla con una propuesta de matrimonio. Pero antes de su llegada, se produjo una revolución palaciega que destronó a Irene, era el 31 de octubre del 802. La emperatriz fue desterrada a la isla de Lesbos donde falleció. Nicéforo I sería su sucesor.

Contaba mi maestro Einhard, que Carlomagno era de cuerpo ancho y robusto, de estatura eminente, sin exceder la justa medida, pues alcanzaba siete pies suyos; de cabeza redonda en la parte superior, ojos grandes y brillantes, nariz poco más que mediana, cabellera blanca y hermosa, rostro alegre y regocijado; de suerte que tanto estando de pie como sentado realzaba su figura con gran autoridad y dignidad. Y aunque la cerviz era obesa y breve, y el vientre un tanto prominente, desaparecía todo ello ante la armonía y proporción de los demás miembros. Su andar era firme, y toda la actitud de su cuerpo varonil; su voz tan clara, que no respondía a la figura corporal. Gozó de próspera salud, menos en sus cuatro últimos años, pues entonces adoleció frecuentemente de fiebres y, al final, hasta cojeaba de un pie. Aunque entonces se regía más por su gusto que por el parecer de los médicos, a quienes odiaba porque le aconsejaban que no comiera carne asada, según su costumbre, sino cocida. Hacía continuo ejercicio de cabalgar y cazar, lo cual le venía de casta, pues difícilmente habrá nación que en este arte venza a los francos. Se deleitaba con los vapores de las aguas termales y ejercitaba su cuerpo con frecuencia en la natación, y lo hacía tan bien que nadie le aventajaba. Por eso construyó el palacio en Aquisgrán, y allí habitó los últimos años de su vida. Y no iba al baño con sus hijos, sino con los magnates y amigos y aún con otros subalternos y guardias suyos, de modo que algunas veces se bañaban con él cien y más hombres. Vestía a la manera de los francos: camisa de lino y calzones de lo mismo, túnica con pasamanos de seda; envolvía sus piernas con polainas de tiras, y en invierno protegía hombros y pechos con pieles de foca y de marta; llevaba sayo verdemar y siempre al cinto la espada, cuya empuñadura y talabarte eran de oro o de plata. También usaba a veces espada guarnecida de gemas, pero sólo en las grandes festividades y cuando venían embajadores extranjeros. Los trajes extraños, por hermosos que fuesen, los desechaba, de modo que sólo una vez, a petición del pontífice Adriano, y otra a ruego del Papa León, se vistió la larga túnica y la clámide, y usó el calzado a la usanza romana. En las fiestas ostentaba vestidura entretejida de oro y calzado adornado de piedras preciosas, broche de oro en el manto y diadema cuajada de oro y perlas. En los demás días apenas se diferenciaba del uso común y plebeyo. En el comer y beber era templado, sobre todo en el beber, pues aborrecía la embriaguez en cualquiera, mucho más en sí y en los suyos. Del alimento no podía abstenerse mucho y aún se quejaba de que los ayunos le eran perjudiciales. Rarísimos eran sus banquetes, y sólo en las grandes festividades, pero entonces con gran número de convidados. Le presentaban en la mesas no más de cuatro platos, fuera del venado asado, que era lo que más le gustaba. Mientras comía le placía alguna música o alguna lectura. Le leían historias y los hechos de armas de los antiguos. También le deleitaban los libros de San Agustín, principalmente los de la Ciudad de Dios. En el vino y en toda bebida era tan parco, que de ordinario no bebía más de tres veces en cada comida. En el verano, después de comer, tomaba alguna fruta con algún trago y echaba una siesta de dos o tres horas, desnudándose como por la noche. Interrumpía el sueño nocturno despertándose cuatro o cinco veces, y hasta se levantaba. Recibía a sus amigos mientras se calzaba y vestía, y también, si se le decía que había un litigio pendiente, hacía entrar a los litigantes, dictaminado allí como si estuviera sentado en el tribunal.

Tras los hechos anteriormente narrados, se gestó el inicio de Europa, una Europa basada en la solemnidad de las fórmulas carolingias, a pesar de la mediocridad del aparato institucional. Aunque la historia de Occidente es demasiado voluminosa, ecléctica y cruel como para poder discernir sobre su trayectoria, me vanaglorio de poder afirmar que soy tan viejo como la vieja Europa, a la que he acompañado desde aquellos tiempos en que la adminis-tración de la corte de los monarcas francos descansaba sobre el Archicapellan, jefe de los servicios religiosos; el Canciller, guardián del sello real; y el Comes palatii, que sustituyó al Maior domus y que supervisaba a los que ejercían las funciones domésticas: el comes stabuli (jefe de caballerizas), el comes armiger (guardaespaldas que permanecía junto al rey mientras ejercitaba sus funciones), el comes spathariorum (responsable de los spatharii o guardias armados), el comes cubiculii (responsable de la cámara regia), etc.

Los ducados, como circunscripciones administrativas, perdieron su importancia en beneficio de los condados gobernados por un comes con amplias prerrogativas judiciales, militares y económicas. En las zonas fronterizas, la agrupación de algunos condados integraban las marcas (de Bretaña, del Elba, Septimania, etc.) a cuyo frente había un marchio dotado de gran autonomía. El enlace entre el poder central y los poderes locales se ejercía a través de los missi dominici, cuerpo de inspectores que, bajo los merovingios habían actuado esporádicamente y que Carlomagno reglamentó en el 802. Actuando en parejas (un missus laico y otro eclesiástico, generalmente un obispo o abad) velaban por el buen cumplimiento de las normas civiles y eclesiásticas y recibían las peticiones de ayuda de los desvalidos.

Desde el punto de vista militar, el ejército de los carolingios seguía en principio la idea del pueblo en armas sometido a periódicas revisiones. En la práctica, lo gravoso de las obligaciones militares (equipo caro y abandono de las labores de la tierra) dio pie a otros procedimientos de recluta: un capitular del 808 impuso el servicio de armas sólo a aquellos propietarios de cuatro o más mansos (unidad familiar) de tierra.

Los recursos económicos con los que el Estado carolingio contaba en torno al 800 tenían ya poco que ver con las viejas pautas romanas. El rey/emperador tenía que cubrir sus necesidades con el fruto de sus dominios personales. De ahí el interés de Carlomagno por una meticulosa organización de éstos reflejada en el capitular De Villis. El saqueo de los países conquistados (el tesoro de los ávaros causó admiración entre sus contemporáneos) constituía una fuente de ingresos un tanto aleatoria, al igual que los donativos otorgados al monarca en los plácita o asambleas políticas o de los telonea, impuestos percibidos en unas rutas comerciales generalmente de muy escaso tráfico.

La variedad territorial sobre la que los carolingios gobernaban se reflejaba en la diversidad de leyes. Algunas de las tradicionales (salios, ripuarios o bávaros) habían sido ya revisadas en tiempos de Pipino el Breve. Las nuevas incorporaciones obligaron a la redacción de leyes para turingios, sajones y frisones. Junto a las leyes, otras disposiciones especiales (los capitulares) sirvieron para promulgar decisiones que afectaban a todo el territorio imperial o que completaban alguna ley nacional. En el 803, el Capitulare legibus additum supuso un aditivo común a todas ellas. Aun en sus momentos de esplendor, Carlomagno fue consciente de los defectos de la administración de su Estado. De ahí que tratara de reforzarla mediante la imposición a sus súbditos de ciertos compromisos morales: los juramentos generales de fidelidad del 789 o el 793 que trataban de ligar de una forma personal a todos los hombres libres con su soberano. Los mecanismos institucionales de la feudalidad empezaban a competir seriamente con la noción romana de res publica. A mayor abundamiento, en el 806, el emperador planificó el futuro de sus dominios mediante la divissio regnorum: reparto patrimonial del territorio imperial entre sus hijos, a los que unía el apoyo recíproco y la defensa común de la Iglesia. Sin embargo, en el 814 sólo un varón, Luis, sobrevivió a su padre permitiendo mantener, en su momento, la unidad del imperio.

Perdóneseme esta digresión, sólo consecuencia de mi afán de dar a conocer el entorno en el que se desenvolvieron mis primeros años. Sea aceptada con benevolencia y considérese didáctica. En mi descargo diré que cada época reescribe la Historia de nuevo, revisando textos y hechos según su propia perspectiva, por ello, de vez en cuando, considero mi deber aclarar algunos aspectos de sus controvertidos orígenes.

II

Reichenau es una isla situada en el Lago Constanza, distrito de Friburgo de Brisgovia (Germania), y se encuentra entre los lagos Gnadensee y Untersee. Entonces la isla era conocida por su nombre germánico de Sindleozesauua, o abreviadamente como Ow (auua), En ella está ubicado el monasterio benedictino de Mittelzell fundado en el año 724 por Pirminius, monje itinerante de nuestra orden que fuera abad de Mittelzell y del que se dice que había llegado de Hispania, huyendo de los invasores musulmanes, bajo la protección del conde Berthold de Ahalolfinger y del duque Alemannian Santfrid I. Sus obras, Dicta Abbatis Pirminii, de singulis libris canonicis Scarapsus y el catecismo Excarpsus sigulis de canonicalis libris, serían para mí fuente de inspiración y guía espiritual mientras permanecí en la abadía.

Hasta los trece años trabajé junto a mi padre en las labores del campo. Éramos gente grosera, ignorante, analfabeta y, según un dicho popular de aquel tiempo «en todo semejante al buey, sólo que sin cuernos». Recolectábamos lo necesario para nuestra propia susistencia, alimentar al señor de nuestras tierras, pagar los tributos señoriales, los diezmos eclesiásticos y las rentas reales. Formábamos parte del escalón más bajo de la sociedad, los laboratores, a pesar de ser la mayor fuerza generadora de riqueza de la época. Nuestro trabajo diario, de sol a sol, se desarrollaba en el pequeño terreno de producción de carácter familiar, pero, como he dicho, las tierras eran propiedad del señor a quien jurábamos fidelidad de vasallaje. La vida campesina era excesivamente dura ya que los medios disponibles eran muy básicos, la producción limitada y la carga fiscal determinante. No contábamos con ningún animal de tiro, por lo que mi padre arrastraba el arado y yo procuraba mantenerlo dentro del surco. Fue en esa época cuando comenzó a usarse la rotación trienal: la tierra se dividía en tres zonas que se dedicaban respectivamente a cultivos de invierno, de primavera y barbecho, lo que aumentaba la cosecha y la hacía más diversificada.

En mi familia se reunían al menos tres generaciones divididas en abuelos, hermanos o hermanas no casados, y parientes lejanos. Mi padre ocupaba el papel protagonista siendo su principal objetivo la protección y la seguridad de los miembros del clan familiar y de la casa donde habitábamos. El matrimonio solía estar concertado, aunque a medida que avanzó el tiempo la Iglesia lo sacralizó al convertirlo en un sacramento. Su objetivo prioritario era la procreación, por lo que los nacimientos debían de ser numerosos para paliar la mortalidad infantil. Mi madre estaba en una situación de absoluta inferioridad, teniendo que ocuparse de los hijos, de las numerosas tareas de la casa y la labranza del pequeño huerto donde obteníamos hortalizas, generalmente coles. Los hijos estábamos valorados como simple fuerza de trabajo y desde los seis o siete años comenzábamos la dura tarea de ayudar a nuestros padres. Cuando la hambruna del 814 acabó con la vida de mi madre y tres de mis hermanos, mi padre se vio obligado a desprenderse de mí y entregarme a los frailes. A cambio recibió un cerdo. No sólo se ahorraba mantenerme y vestirme, sino que obtuvo alimento para el resto del invierno.

A mi llegada a la abadía, el abad Waldo de Reichenau acababa de morir. Hijo de Richbold, conde de Breisgau, había sido el verdadero impulsor de la abadía con la creación de la escuela donde se educaban los futuros miembros de la Cancillería Imperial de Carlomagno. Para su sucesor, Reginbert de Reichenau, más interesado en su copiosa colección de libros, la presencia de un raquítico y mugriento campesino era un estorbo que no merecía la menor consideración. Por ello, durante los tres primeros años, fui puesto bajo la tutela de fray Aidan de Goswick, un irlandés llamado así en honor del santo fundador del castillo-monasterio de Lindisfarne. Aidan huyó de Irlanda tras el ataque y saqueo de los vikingos, en junio del año 793, en compañía de un enorme perro wolfhound irlandés llamado Rugh, oscura palabra irlandesa cuyo significado sólo él conocía. Aidan llenaba mi cabeza de espantosos relatos en los que los monjes eran pasados a cuchillo, y en los que terribles profecías se habían cumplido. Sus palabras fueron las causantes de mis peores pesadillas: «En ese feroz año, maldiciones funestas cayeron sobre la tierra de Northumberland. Hubo tremendos vendavales, rayos y tempestades, y feroces dragones fueron vistos en el cielo. Estas señales fueron seguidas de una gran hambruna, y el 8 de Junio una horda de hombres salvajes destruyó la Iglesia de Dios en Lindisfarne. Nunca antes tal terror había aparecido en Britania como el que sufrimos de esta raza maldita. Los paganos derramaron la sangre de santos en el altar, y profanaron sus cuerpos en el templo de Dios, como estiércol en las calles». Fray Adian fue uno de los que pudieron salvar los restos de San Cuthbert y la cabeza de San Osvaldo de Northumberland del saqueo y posterior incendio, y, por ello, era considerado y respetado por todos… excepto por mí.

Cruel y de mente retorcida, fray Adian estaba encargado por la comunidad del cuidado y mantenimiento de la granja de la abadía compuesta de cerdos, ovejas, algunas vacas, gallinas y gansos. He dicho con anterioridad que fui puesto bajo su tutela, pero lo cierto es que, desde el primer día, me vi obligado a servirle como bracero en las labores más sucias. Trabajaba de sol a sol bajo su atenta mirada; limpiaba las porquerizas, alimentaba a los cerdos con los desperdicios de la cocina, ordeñaba vacas y ovejas, recogía los huevos, acarreaba agua y, si en algo no cumplía sus estrictas normas, mis costillas se resentían bajo los golpes que me propinaba con la vara de acebo que llevaba permanentemente sujeta al cíngulo. Me gritaba órdenes en un latín vulgar con mezcla de innumerables palabras irlandesas que no entendía, y me amenazaba con ser devorado por su temible perro, Rugh. Cuando creía haber terminado mi trabajo diario, me obligaba a arrastrar grandes piedras para reparar vallas y cercados. Aprendí a ser humilde, obediente y callado, y así transcurrieron tres años, hasta que cierto día, una mala caída desde el tejado de la iglesia cuando ayudaba a su reparación, y un mal entablillado de mi pierna rota, me convirtieron para toda la vida en Hermannus Contractus, es decir: Germán el Cojo.

A la tragedia de mi cojera, siguió otra aún peor; mal comido y sin un descanso apropiado, caí enfermo. El frío reinante aquel invierno hizo que mi débil cuerpo no pudiera resistir el trabajo a la intemperie y, exhausto, estuve a punto de morir de lo que se denominaba “mal del pecho”. Viéndome en tan terrible situación, fray Adian tuvo compasión de mí, aunque dudo mucho en decirlo así, puesto que estoy convencido que su interés se centraba en mantenerme vivo a toda costa para extraer de mí hasta la última gota de sangre. Fui trasladado al interior de la abadía, a un cuartucho tras las cocinas que estas mantenían caliente. Me embadurnaron de ungüentos el pecho, y entre golpes de tos y oraciones me alimentaron con caldo de gallina, me dieron de comer carne de cordero, de beber leche de vaca y hasta el abad vino a interesarse por mi salud.

En la abadía se acogía a peregrinos, enfermos y desahuciados, aunque la medicina practicada por los monjes carecía, en general, de toda base racional, siendo más de índole caritativa y resultado de la experiencia. Fray Gormündo de Breitenstein, que se hacía llamar Magister orientis et occidentis, ejercía las funciones de cocinero y médico según lo aprendido en viejos pergaminos griegos que recogían las enseñanzas de Hipócrates y Galeno de Pérgamo. Como complemento a sus conocimientos se encomendaba a San Cosme y San Damián, médicos y hermanos gemelos que ejercieron la medicina en Cilicia en el siglo III y que fueron ajusticiados por orden de Diocleciano.

El gordezuelo fray Gormündo dedicó a mi salud todas sus atenciones. Pasaba largas horas a mi cuidado y me hablaba incansablemente de sus técnicas médicas. Cierto día me confesó que él no estaba tan convencido de la intervención de los santos Cosme y Damián, que era mejor que invocara la ayuda de Asclepio, el dios de la medicina de los antiguos griegos, que resucitaba a los muertos. Me explicó que Panacea, la hija del dios Asclepio, como favorecedora de la curación universal por medio de las plantas, era quien me curaría si se lo rogaba con suficiente devoción. Me hizo prometerle que si sanaba por su mediación, algún día visitaría el Asclepion, el templo dedicado a Asclepio por el poeta Arquias, en agradecimiento por los cuidados recibidos por el dios. Ante semejante herejía, mi alma padeció terribles angustias. Sólo por el hecho de pensar en esta posibilidad ya me veía condenado al fuego del infierno, pero lo cierto es que la exhortación diaria a los santos Cosme y Damián no dio ningún resultado y, ante la proximidad de la muerte, invoqué a Panacea tal como me había enseñado fray Gormündo. La fiebre desapareció y, tras seis semanas de cuidados, pude levantarme del jergón de paja aunque con extrema debilidad. Estoy convencido que puedo estar hoy escribiendo gracias a la intervención de la diosa Panacea “la que todo lo cura”. Pero tan pronto sentí a la negra parca alejarse de los pies de mi cama, volví a prestar mi devoción a todos los santos del cielo.

Fue en aquellos días, en los que ayudaba en la cocina mientras tomaba fuerzas, cuando fray Adian de Goswick apareció ahogado en el lago. Una terrible conmoción recorrió el recinto de la abadía, se organizaron funerales que duraron quince días y se le enterró en el pequeño cementerio del lado norte tras el torreón. Algunos lamentaron su muerte, pero otros muchos se alegraron, yo entre ellos. A pesar de haber sido enterrado en sagrado una nube de sospecha se extendió entre todos los hermanos. El hecho de que su perro Rugh apareciera al mismo tiempo ahorcado en un abeto, indujo a decir a los maledicentes que la muerte de fray Adian había sido premeditada. Me alegré oír esto porque, de haberse suicidado, ardería en los infiernos por toda la eternidad.

Cumplidos los dieciséis años, era edad para entrar a formar parte de la comunidad monacal. Recuerdo perfectamente la fecha porque coincidió con la de la muerte de nuestro venerado Papa León III, el 12 de junio del año del Señor de 816, tras un periodo de grandes alteraciones en el Pontificado. Once días más tarde, el 23 de junio, fue elegido un nuevo Papa con el nombre de Esteban IV. De familia aristocrática, conciliador y muy popular, se impuso la obligación de acomodar los intereses encontrados de los tres grandes grupos, o familias, que controlaban las estructuras de gobierno de lo que entonces ya era un extenso principado soberano: el sector imperial, sustentado desde la corte carolingia; el senatorial, formado por los grandes oficiales laicos y jefes de la milicia; y el conocido como Familia Sancti Petri, compuesto por los más directos colaboradores del Papa junto con sus parientes. Carlomagno había muerto dos años antes, así que el nuevo Papa se apresuró a rendir homenaje a su sucesor, el emperador Ludovico I, llamado el Piadoso por su religiosidad, como quedó demostrado por el acto de contrición y penitencia que hizo en Attigny tras el fallecimiento de su sobrino Bernardo, al que había hecho encarcelar y cegar causándole la muerte. Esteban IV hizo que el pueblo jurara fidelidad a Ludovico y él mismo se desplazó a Reims, portando la corona de Constantino con la que consagrar al nuevo Emperador. Misma ceremonia que León III realizara con Carlomagno y que sentó definitivamente el precedente de que sólo el Vicario de Cristo tenía potestad de ungir a un emperador. Su acercamiento a los francos no sirvió de nada a Esteban IV puesto que moriría seis meses más tarde, justo en la fecha de mi diecisiete cumpleaños, el 28 de Enero del 817.

Las tardías noticias de la llegada al solio pontificio de Esteban IV, de su muerte y de la elección el mismo día de Pascual I como su sucesor, llegaron a la abadía todas juntas. Las luchas intestinas en la corte a raíz del Ordinatio Imperii de Ludovico Pio, el decreto imperial que establecía el criterio sucesorio a seguir tras su muerte, y los conflictos fronterizos originados por la rebelión de los sorbios, hacían los caminos intransitables y peligrosos para los mensajeros. Resulta del todo curioso, pero las etapas importantes de mi vida aparecían ligadas a fechas trascendentales para la historia del papado o del imperio, era como si el Altísimo me hubiera ya predestinado para alguna misión trascendente.

Tras la extraña muerte de fray Adian, me encontré sin tutor. A instancias de fray Gormündo el abad me asignó a su cuidado como aprendiz y ayudante. Por aquel tiempo ya hablaba suficiente latín, gracias a la jerigonza de fray Adian, como para que la instrucción en la lectura y escritura de este idioma no me resultara difícil. Comencé mi labor recogiendo yerbas en el bosque, limpiándolas, machacándolas y destilándolas según me ordenaba fray Gormündo. Al poco tiempo era capaz de identificarlas a primera vista y de preparar sin ayuda los diversos brebajes que usaba en sus curaciones. También aprendí a mezclar ciertas plantas (como la mandrágora) con manteca de cerdo como apósito para curar heridas y laceraciones, además de algunos perfumes. Recuerdo, por ejemplo, el kísthos (la jara), cuyas flores tienen virtud astringente majadas y bebidas con vino áspero, por lo que conviene en disenterías si se toma dos veces al día. Ellas solas, en cataplasma, detienen las úlceras invasivas, con cerato sanan las quemaduras y llagas antiguas. O el myrtídanon (la excrecencia de mirto), que majado y mezclado con vino seco se moldea en forma de pastillas, y es de mucha utilidad para los que tienen necesidad de astringencia. Del sēsamon (sésamo), emulsionado con aceite perfumado de rosas, obteníamos una cataplasma que alivia los dolores de cabeza por insolación. Sabíamos como curar los malos humores (la sangre, la flema, la bilis negra y la bilis amarilla) y la melancolía, aplicando las recetas de Celio Aureliano. Aprendí que un exceso de sangre provocaba conductas hiperactivas, mientras que el exceso de bilis negra conllevaba a un comportamiento abatido, apático y a un manifiesto sentimiento de tristeza. Aprendí a averiguar cuál era el momento “crítico”, en el que se debía producir la expulsión de los malos humores a través del sudor, los vómitos, la expectoración, la orina, o las heces, para facilitarlo mediante la aplicación de los correspondientes tratamientos. También que la sangre espesa hinchaba los pies, por eso, muchas enfermedades mejoraban mediante la aplicación de simples sangrías y purgas estomacales a base de eléboro blanco.

Teniendo en cuenta que en aquellos años de oscurantismo, la enfermedad y su curación respondían a los designios y a la voluntad divina, era portentoso que algunas de las recetas de fray Gormündo resultaran verdaderamente efectivas. Es cierto que mi maestro se aplicaba con rigor, dentro de lo que cabe para la época, en desentrañar y aplicar toda clase de recetas extraídas de los códices procedentes de la extensa biblioteca de la abadía. Sin embargo, otros que, por su contenido mágico y esotérico, podían ser tachados de heréticos y obra del mismísimo diablo, fray Gormündo los escondía celosamente en su celda. Así aprendí a leer en griego y latín obras de todos los tiempos que recopilaban las enfermedades y sus tratamientos, como los hipocráticos (Pronóstico, Sobre la dieta en las enfermedades agudas), obras de Rufo, Pedanio Dioscórides (De Materia Medica) y Galeno (Terapéutica a Glaucón, Sobre la curación de las fiebres), el pseudo-Dioscórides De herbis femininis o el escrito pseudo-Galeno Sobre los medicamentos simples. Fray Gormündo conservaba como un tesoro, escritos de Areteo de Capadocia y Sorano de Éfeso. De Parménides de Elea, poseía un rarísimo ejemplar del poema didáctico escrito en hexámetros titulado Sobre la Naturaleza (con observaciones anatómicas y fisiológicas), tristemente desaparecido en el incendio de la abadía el año 817. Como consecuencia de tan lamentable tragedia, fray Gormündo murió de una apoplejía.

La abadía tardó tiempo en reponerse de los daños sufridos durante el incendio. Algunos frailes, en su afán de salvar sus pobres pertenencias y los ornamentos sagrados, sufrieron quemaduras que tuve que atender personalmente tras el fallecimiento de fray Gormündo. Las enseñanzas recibidas de mi desaparecido maestro me fueron de gran ayuda y me comportaron la admiración de todos. Sin embargo, se me tenía reservada otra labor que la de aliviar las dolencias de mis hermanos. Se me dijo que mis conocimientos de latín y griego me hacían digno, dentro de la vida monástica, de un futuro más próximo a la pluma que a la azada, dado que el cultivo del intelecto conlleva el enriquecimiento del alma y todo lo que de ello se deriva, y es que, si genéricamente el mundo es complicado y el hombre un ser complejo, también específicamente lo es el monje en su monasterio. Por ello, se me destinó al scriptorium en calidad de hermano lego.

Al contrario que los benedictinos de San Gall, que habían instalado el scriptorium colectivo junto a la iglesia, en Reichenau se encontraba sobre el claustro, con la luz entrando a raudales. Originalmente era un simple corredor abierto al patio central del claustro[] protegido de los elementos tan sólo por el muro trasero y por el abovedado del techo, pero el frio del invierno paralizaba las manos del copista. Fue gracias a las mejoras introducidas por el abad Reginbert cuando se cubrieron todas las paredes y se instaló un hypocaustum bajo el suelo que lograba mantener el espacio seco. El hipocausto era el sistema de calefacción ideado por el arquitecto romano Caius·Sergius Aurata (Cayo Sergio Orata) en el siglo I a.C. y utilizado en las termas del Imperio Romano. A mi llegada, el scriptorium acogía a unos veinte monjes que se dividían entre los que preparaban los pergaminos para la copia, alisando y marcando con tiza la superficie, los que pautaban el pergamino y copiaban el texto, y los que lo ilustraban. A veces, un único monje podía asumir todas estas funciones. En Reichenau se copiaban principalmente los comentarios y cartas de los primeros Padres de la Iglesia junto con la Biblia de San Jerónimo, tanto con intención evangelizadora como para su uso en el propio monasterio. Empeñado en alcanzar la perfección, el abad Reginbert, siguiendo las normas que el converso Casiodoro aplicó en su monasterio de Vivarium allá por el año 550, obligó a que los lectores en latín aprendiesen griego con el fin de preservar, para futuras generaciones, tanto los textos sagrados como los profanos. A la entrada de la sala se habían escrito, para recuerdo de todos, las palabras pronunciadas por Casiodoro: «El monasterio constituye una ciudad en la cual las cives religiosi no tendrán que preocuparse de su subsistencia material, debiendo únicamente consagrarse a los oficios litúrgicos, al ejercicio de las artes y, sobre todo, a la copia y corrección de libros. El monasterio es un centro de primordial importancia para la transmisión de textos, tanto bíblicos, como litúrgicos o paganos».

Los libros satisfacían una necesidad vital en los monasterios, ya que formaban parte de la propia vida monástica, aunque he de admitir que el trabajo inherente a los mismos era el más adecuado a la vida de clausura. Y dentro de esta labor, la copia de códices por los jóvenes era la única tarea permitida, y así, al escriba de pluma veloz se le comparaba, metafóricamente, con la lengua que entonaba las alabanzas del Señor. De esta manera, los monjes medievales llegábamos a un conocimiento y experiencia íntimos con los textos que copiábamos. El acto de la transcripción se convertía en un acto de meditación y oración, y no de simple copia. Es importante notar que la Regla de San Benito, el tratado monástico más famoso del siglo VII, indica, de forma explícita, que los monjes deben tener acceso fácil a los libros durante dos horas diarias de lectura obligatoria y durante la Cuaresma, cuando cada monje tenía que leer un libro entero. Consecuentemente, cada monasterio debía poseer una amplia colección de libros, y la única manera de conseguirlo era a través de la copia. El abad Reginbert, siguiendo estrictamente las normas de San Benito acerca del scriptorium, lo había convertido en un lugar para el silencio y para la oración reverente. Los escribas trabajaban con frecuencia toda su vida en un scriptorium mal iluminado y dado que la escritura de manuscritos era un proceso laborioso, éste podía llegar afectar a la salud. Todos nos quejábamos al respecto del daño que provocaba en los ojos, la espalda y en el cuerpo entero.

El director del scriptorium era el armarius (proveedor), que proveía a los escribas de sus materiales y supervisaba el proceso de copia. No obstante, el armarius tenía otras obligaciones: al comienzo de la Cuaresma era responsable de asegurar que todos los monjes recibiesen libros para leer, pero también tenía la potestad de denegar el acceso a determinados libros. En Reichenau el armarius, fray Romulus, tenía también funciones litúrgicas, por ejemplo; cantar el octavo responsorio, sostener el farol mientras el abad leía y aprobar todo el material que fuese a ser leído en voz alta en la iglesia, la sala capitular y en el refectorio, generalmente Salmos. El recitado de los Salmos era obligatorio hacerlo al menos una vez a la semana durante el periodo de estudio, siempre manteniendo a la vista el comentario sobre el mismo con el fin de asociarlo a cada verso de la Escritura Sagrada. Precisamente, los comentarios de Casiodoro sobre los Salmos titulado Expositio Psalmorum, fue mi primera copia, ya que el texto es una introducción para todos aquellos deseosos de pertenecer a una comunidad monástica. El abad Reginbert lo imponía a todos los que nos iniciábamos en el scriptorium; era el llamado Codex Regularum, o sea, el códice y normas dictadas por el abad de cada abadía. Pero eso fue mucho más tarde, porque mi primer año, y gran parte del segundo, lo pasé conservando vivas las lámparas de aceite; preparando la tinta a base de una mezcla de ácido gálico, sulfato ferroso y goma arábiga; rellenando los tinteros en los escritorios; afilando las navajas; recortando las puntas de los calamus; barriendo y fregando los suelos de las manchas de tinta; proveyendo a los monjes de agua; trayendo y llevando pliegos de pergamino; manteniendo en funcionamiento la clepsidra que marcaba las horas en las que la falta de luz impedía la utilización del reloj de sol, etc.

Si bien el proceso de fabricación de los códices era el mismo, cada taller, acaso cada artesano, poseía una manera particular, y a veces personal, de llevar a cabo ciertos detalles tanto en la ornamentación como en la escritura. Se utilizaban colores opacos, dibujos geométricos siguiendo la tradición del salterio de Utrecht y ropas muy plegadas, tal como si estuvieran mojadas. Encrucijada entre el modelo bizantino, la paisajística romana y la gesticulación levantina, el estilo de Reichenau fue exportado a Inglaterra por los frailes celtas que retornaron del exilio. La abigarrada ornamentación de las letras capitales, tal como ocurre en el Libro de Kells (Leabhar Cheanannais en irlandés) de finales del siglo VIII, sirvió de pauta para la traducción que Ethelwoldo hizo de la Regula Benedicti (Regla de San Benito), y fue rápidamente adoptada por personajes como Dunstan, abad de Glastonbury y metropolitano de Canterbury, y Oswaldo, el obispo de Worcester.

Comencé a copiar salterios, cuya demanda iba in crescendo debido a las regulaciones que sobre el canto gregoriano había llevado a cabo el sexagésimo cuarto Papa Gregorio Magno. Un salterio es un compendio o colección de salmos, composiciones líricas musicales sagradas, que puede hacer referencia a distintas colecciones de himnos de este género. Entonces era el único libro litúrgico que podía poseer un laico y se presentaba en manuscritos iluminados. Esta peculiaridad hizo necesario incrementar la producción hasta términos agotadores. Mi habilidad para la decoración de las letras capitales con oro y plata, de los bordes y miniaturas, me convirtió en alguien indispensable a la hora de crear aquellos ejemplares destinados a la nobleza y a la alta curia. Escritos habitualmente sobre pergamino, los manuscritos ilustrados importantes lo eran sobre los de mejor calidad, llamados papel vitela, tradicionalmente elaborado con piel de becerro y de menor delgadez, durabilidad y lisura. Los pliegos de papel vitela se obtenían en el propio monasterio por un grupo de monjes especializados en estos menesteres. Se producía de piel de becerro que debía ser mojada y sometida a un proceso con cal, esquilada y luego secada a la intemperie bajo tensión sujeta en un marco estirador. Sin embargo, a veces se utilizaba la piel de oveja o de gamo.

En la elaboración de un manuscrito ilustrado, el texto solía escribirse primero. Las hojas de pergamino se cortaban al tamaño que el autor consideraba apropiado, luego se planificaba la configuración general de la página marcándola tenuemente con una varilla puntiaguda y, tras esto, el amanuense comenzaba a trabajar con tinta y el calamus romano o plumas de ganso o cisne, que son de mayor calidad. Obteníamos los colores de diferentes maneras, por ejemplo; para el rojo se utilizaba el cinabrio o bermellón y el minio; el amarillo se obtenía a base de plantas, tales como la reseda, la cúrcuma longa o el azafrán; el verde también estaba compuesto a base de plantas, como la baya frangula, o combinados de cobre tales como el cardenillo y la malaquita; el blanco era simplemente albayalde o tiza, y el negro procedía de fuentes como el hollín, carbón vegetal y huesos o marfil quemado. El oro se implementaba en láminas extremadamente finas o pulverizado y esparcido en goma arábiga o huevo (al que llamábamos “oro de caracola” no sé por qué motivo). De igual manera, la plata se aplicaba en forma de láminas o pulverizada, aunque a veces se utilizaban simples hojas de estaño. La importancia de los salterios se debía a que las normas de San Benito exigían hacer recitaciones diarias aparte de la misa. Todos los monjes y sacerdotes debían conocerlo de memoria, al igual que el Calendario Litúrgico y las Letanías de los Santos.

Pero mi verdadera pasión comenzó cuando realicé la primera copia de un antifonario, el manuscrito que recoge todas las antífonas del año en una forma musical y litúrgica. Estos cantos, frecuentes en los oficios, fueron el origen del canto llano y del gregoriano. Creo, sin ánimo de vanagloria, que yo tuve mucho que ver con esta evolución. Las antífonas, con su estilo repetitivo, se cantaban durante los oficios religiosos siguiendo una tradición heredada de las sinagogas judías. Ignacio de Antioquia (50-107 d.C.), que tuvo una visión de ángeles cantando en coros alternos, introdujo las antífonas en la iglesia cristiana de Antioquía, y San Ambrosio (340-397 d.C.), obispo de Milán, en la iglesia cristiana occidental. A partir de esta última fecha comenzaron a recopilarse estos cantos antifonales en los antifonarios. Cuando empecé a interesarme por la música, la notación se realizaba por un sistema rudimentario, conocido como neuma, que sólo indicaba la altura y la duración del canto. En la práctica se agregaba una sección adicional, o tropo, a un canto llano, haciéndole apropiado para ocasiones especiales. Fue Agobardo de Lyon, que ejercía como obispo de esta ciudad desde el 813, quién fijó las normas en su Liber de Correctione Antiphonari, donde criticaba las practicas profanas y herejes, estableciendo que «…nadie debe atreverse a cantar en la iglesia melodías de responsorio y antífonas con textos que no sean de la Biblia».

Como digo, mi pasión por la música me llevó a pasar largo tiempo dedicado a su estudio. La casi imposible manera de desentrañar los neumas, esas notaciones que junto al texto indicaban la forma de leer la música, y que no suponían un sistema musical propiamente dicho ya, que su interpretación sólo era posible si se conocía previamente la melodía, se convirtió en un verdadero reto para mí. La palabra griega πνεμα, transliterada como pneuma o simplemente neuma, con sus punctum, virga, podatus, tórculus o clivis, que indicaban movimientos ascendentes o descendentes, graves o agudos, suponían solamente una ayuda a la memoria. El riesgo de que los cánticos sagrados como las antífonas, introitos, aleluyas y ofertorios, pudieran desaparecer por estar encomendados a la memoria de los cantores, sin ninguna otra ayuda musical, me condujo a estudiar un sistema universal que permitiera a cualquier monje interpretar lo escrito. Tras unos primeros intentos por encontrar un medio de mejorar el sistema, y sobre todo su aprendizaje, la inspiración final me vino cierto día en que celebrándose la fiesta de San Juan Bautista, noté que en el canto de su himno, conocido como Ut queant laxis y escrito por nuestro hermano benedictino Pablo el Diácono de la abadía de Montecassino, tenía la particularidad de que la primera sílaba de cada verso se entonaba con una nota superior a la que antecedía. De manera que se me ocurrió crear una escala en la que los tonos coincidieran con los correspondientes al himno de San Juan. Para ello tomé como referencia las primeras sílabas de cada verso, Ut queant laxis, Resonare fibbris, Mira gestorum, Famuli tuorum, Solve polluti, Labii reatum, Sancte Ioanne, para nombrar las seis primeras notas que tracé sobre una pauta musical de cuatro líneas, y no sobre una sola línea tal como ocurría con los neumas.

Mostré mi idea al maestro cantor, fray Lingobardo, que manifestó su entusiasmo por ella pidiendo al abad me permitiera el suficiente tiempo libre para terminar de desarrollarla. Como, desafortunadamente, la mayoría de mis hermanos en Cristo eran bastante obtusos y tardos en comprender las cosas, idee un sistema práctico para que mis notas entraran en sus endurecidas molleras. Sobre la palma de la mano de cada uno de los cantores dibujé una serie de líneas, aprovechando las articulaciones y las yemas de los dedos de la mano izquierda, y agrupé las notas en un sistema al que llamé hexacordo, que consistía básicamente en una colección de seis tonos, los mismos de las notas del Ut queant laxis. Así, cada porción de la mano representaba una nota específica dentro del hexacordo, con una tesitura cercana a las tres octavas desde ut hasta la. Ut era la yema del pulgar, re el interior del nudillo del pulgar, mi la articulación de la base del pulgar, etc. Para enseñar el sistema, el maestro cantor indicaba una serie de notas sobre la palma de la mano, y el estudiante debía entonarlas. De manera tan simple conseguí que en menos de una semana todos aprendieran a entonar algunas de las antífonas.

Se decidió que ya era tiempo de que comenzara mi educación religiosa y me integrara plenamente en la comunidad monástica. Desde los primeros años me distinguí en el aprendizaje de las Sagradas Escrituras. Ello me comportó dolorosos escarmientos debido a mi irrefrenable afán de controversia, ya que, a menudo, más de lo que hubiese deseado, mis pensamientos desmedidos confundían a mis doctos maestros con impertinentes preguntas. ¿Por qué necesitaba Jesús el bautismo si él era el Verbo? ¿Por qué recibió al Espíritu Santo si él era el Hijo? ¿Cómo podía tentarlo el Diablo si él era Dios? Poco importan estas necias cuestiones, me respondían, hay que creer en las Escrituras. Pero yo, obcecado como Orígenes, no las entendía de manera literal y, a pesar de los castigos corporales a los que era sometido, sin poder refrenar mi boca, continuaba planteando preguntas a cual más enojosa. ¿Por qué el Ángel de la Anunciación, según el Evangelio de Mateo, se aparece a San José, mientras que, según Lucas, se le aparece a María? ¿Por qué el episodio de la mujer que ungió a Jesús transcurre, según el primer Evangelio, al comienzo de su vida pública y, según los demás, pocos días antes de su muerte? ¿Por qué la bebida que le ofrecieron en la cruz era, según Mateo, hiel y vinagre, y según Marcos, vino y mirra? Haría falta mucho tiempo para contestarte, me respondían, ahora, reza y mortifícate para que el diablo aleje de ti tan oscuros pensamientos. Hasta que un día, el abad Eingert, que era doctor de las naciones en la fe y en la verdad, y al que yo, fiel y obediente, oía cuanto me avisaba, me dijo: «Evita las cuestiones necias y sin disciplina, sabiendo que engendran pleitos; mas el siervo del Señor no tiene que ser pleiteador». Desde entonces, sus palabras quedaron grabadas a fuego en mi corazón, y toda mi existencia ha transcurrido apoyándose en este humilde y acertado consejo. Siempre he evitado las cuestiones necias; jamás he pleiteado; jamás me he enfrentado a nadie al que su furia, o su ofuscación, pudieran convertir en un contendiente exaltado y, sobre todo, siempre he exigido la más estricta disciplina. Cuando en cualquier orden se debilita una parte, por pequeña que sea, degenera inmediata-mente el conjunto, por eso soy partidario de extirparla y aislarla implacablemente de las demás.

III

La llegada a la comunidad de un nuevo monje, fray Berengario, que había estudiado medicina en Cremona, trajo vientos de renovación y trastocó del todo mi futuro. Fray Berengario, además de medicina, había cultivado otra arte más reservada y profunda practicada desde tiempo inmemorial en Egipto, Mesopotamia, la Antigua Grecia y el Imperio Romano. Un arte que abarca al menos 3.000 años de antigüedad no podía tomarse a la ligera.

Una mañana, después maitines, el abad me comunicó que, como único conocedor en la abadía del uso de los alambiques y las retortas, debía ponerme a disposición de fray Berengario. Le serviría en cuanto me indicase y me aplicaría en aprender tal como hice con fray Gormündo. Era a la sazón el 11 de febrero del año de Nuestro Señor de 824, aquél en el que moría el papa Pascual I, agotado en su intensa lucha con el emperador Lotario I por el poder en las provincias del Patrimonium Petri, y por el conflicto generado por el ajusticiamiento, por parte de la curia romana, del protonotario Teodoro y del nomenclátor León, ambos pertenecientes a la nobleza senatorial del partido franco. El 5 de abril de 823, diez meses antes, el propio Pascual I había coronado a Lotario emperador de Occidente, lo que provocó que se acrecentara la confrontación con el trono de Bizancio y, por ende, el estado de salud del Papa.

Para mí, cansado de servir de amanuense, con la salud aún resentida y con la vista disminuida por la escasa iluminación del scriptorium, la decisión del abad supuso un respiro en un destino inexorablemente oscuro. Pensaba, por aquel entonces, que el conocimiento purifica al hombre y los ensayos con nuevas ciencias, lo enaltecen. Aquel día desperté y un viento huracanado barrió de golpe todos mis desfallecimientos. Jubiloso y lleno de risas infantiles en mi interior, procedí a entregar mis útiles al armarius, fray Romulus, y abandoné, deseaba que por siempre, el scriptorium. Había llegado mi momento y, en silencio y aparentando humildad, me presenté ante fray Berengario con la cabeza gacha, ojos limpios y el semblante recogido. Le besé la mano y esperé a oír sus palabras con la mirada fija en el suelo. ¡Ya es tiempo! ¡La hora ha llegado!, le oí exclamar, y su figura pasó a mi lado como una sombra dirigiéndose al fondo del largo corredor. Le seguí presuroso, bajamos escaleras, abrimos y cerramos puertas, y descendimos a las profundidades de la abadía donde nunca antes había pisado. Una congoja, que comenzaba a trastornar mi espíritu, había sustituido mi alborozo inicial. ¿Qué lugar era aquél al que me conducía? ¿Qué hondo misterio albergaba? ¿Acaso había despreciado prematuramente las comodidades del scriptorium para morir enterrado bajo los cimientos de la abadía? Perdida la fe sentí desconfianza, en tanto mi alma angustiada temía alcanzar la ignota meta.

Parose fray Berengario frente una puerta de tamaño reducido, aspecto inadvertido, refuerzos de clavos y falleba con doble cerradura. Extrajo de bajo su hábito un manojo de llaves y con mano temblorosa la abrió. He de decir que fray Berengario era un hombre de aspecto minúsculo, encanecida barba, hirsuta cabellera y mirada retraída. Parecía como si cualquiera de sus movimientos le costara una grandísima fatiga, hasta en el andar daba muestras de cansancio. Observé que no podía empujar la puerta con facilidad y me adelante a ayudarle. Chirriaron los enmohecidos goznes tras un leve esfuerzo y el resplandor de una chimenea que ardía frente a la entrada me impidió ver con precisión el resto de la amplia estancia. Tras de mí, fray Berengario se apresuraba en adelantarse a mis pasos. Puso su mano sobre mi pecho y, empujándome, me obligó a retroceder hasta el umbral de la puerta. Mientras mis ojos se acostumbraban a la semioscuridad, él, con un tizón en la mano, prendía un par de candiles que colgaban en las paredes. Hízose la luz, y ante mí apareció el lugar más abigarrado de insólitos utensilios que imaginar se pueda. Muchos desconocidos, otros me eran familiares: alambiques, atanores, redomas, retortas, frascos y vasijas de variados tamaños y formas, fogones, hornos, aves disecadas, estanterías repletas de libros y un sinfín de adminículos de uso incierto. Seguía atónito junto a la puerta mientras fray Berengario descorría unos pequeños ventanucos por los que entraron a raudales los rayos del sol y el frío aire de aquella mañana de febrero aliviando el hedor de la suciedad que se acumulaba por los rincones. A continuación se sentó en un alto sillón, como si del trono de un obispo se tratara, me miró, y con voz contundente e imperativa dijo: «¡Coge esa escoba y barre, luego friega el suelo!»

Barrer, fregar, limpiar, encender los fogones, retirar las cenizas, traer leña, acarrear agua, mantener vivas las lámparas de aceite, abrillantar los crisoles, trasvasar líquidos, ordenar las estanterías, y vuelta a empezar: barrer, fregar, limpiar… Y así un día tras otro hasta pasado un año, mientras fray Berengario se afanaba en extraños experimentos que yo observaba con disimulo. La multitud de dolorosos pensamientos que durante este tiempo atormentaron mi alma, agriaron mi carácter y me pusieron al borde de la desesperación, no son para contar.

Hombre parco de palabras, fray Berengario mantenía un estólido secreto sobre lo que hacía. Sólo un día, en el que había bebido algo más de vino de lo acostumbrado, abrió una rendija en la puerta por la que pude vislumbrar una pequeña parte de sus conocimientos. Y así, habló con palabras que no fui capaz de comprender pero que causaron una honda impresión en mi alma. Entre el cuerpo del mundo, dijo, palpable y en parte caduco y su propia alma, cuya naturaleza está demasiado alejada de la de un cuerpo de esta especie, está presente por doquier el espíritu. Se requiere necesariamente este espíritu como medio, de suerte que así como el alma divina está presente en el cuerpo, más denso, así también le comunica íntimamente la vida. Sabemos asimismo que todos los seres vivientes, tanto del reino vegetal como del animal, viven y generan por medio de un espíritu similar a éste. Pero tú, por tu parte, pregúntate por qué si los elementos y los seres animados generan cosas parecidas a ellos por medio de un cierto espíritu peculiar suyo, no generan, en cambio, las piedras y los metales, que ocupan un puesto intermedio entre los elementos y los seres animados. La respuesta es que, evidentemente, en ellos el espíritu está retenido por una materia más densa. Si alguna vez este espíritu quedara separado de la manera correcta y, una vez separado, se mantuviera y conservara en este estado, podría, como virtud seminal, generar alguna cosa parecida a él mismo, con la única condición de que fuera aplicado a una materia del mismo género. Algunos diligentes filósofos de la naturaleza han conseguido, con la sublimación junto al fuego, separar este espíritu del oro y, aplicándolo a cualquier metal, transformarlo en oro. A este espíritu del oro, o de cualquier otro metal, extraído según un método correcto y luego conservado, le aplican los astrónomos árabes el nombre de elixir. Terminó aquí de hablar, bostezó y se durmió, y yo, aturdido por sus palabras me deshacía en elogios pensando en la gran sabiduría que albergaban sus palabras.

Pero un día todo terminó, o quizás debo decir empezó. Fray Berengario dio por consumado el periodo de preparación y adaptación, y me habló en estos términos: «Hijo mío, has superado la prueba y es llegada la hora de que comiences tu verdadero aprendizaje. Sólo el hombre humilde y paciente es capaz de alcanzar la Gran Obra. Con tu trabajo y resignación has demostrado estar dotado del don necesario para emprender el camino que te conducirá a la gran meta. He aquí, pues, que dejarás las labores pesadas, ya encontraremos quien te sustituya, y desde hoy aprenderás conmigo los pasos, y los medios, para obtener los conocimientos transcendentes de la cábala y las ciencias que te garantizarán un excepcional poder sobre la naturaleza de las cosas. Escucha y abre bien los oídos a cuanto te diré. El hombre puede perfeccionarse si amplía la idea que concibe de su Creador, mediante la práctica de los grandes secretos que fueron revelados a nuestros antepasados. Te estoy hablando del Arte Hermético, de todos los misterios de la Ciencia de Hermes desde sus principios. Es la Kēme (Khmi) egipcia, la Alchimia romana, la Chemeia (χημεία) griega, la Al-kīmiyā (الكيمياء) árabe. Te mostraré lo que yo mismo he visto. He visto cómo se producía el secreto del fuego, he visto cómo los dos espermas metálicos se formaban a sí mismos: el blanco, que es como el mercurio, y el rojo, que es un aceite viscoso, como el azufre líquido. Te enseñaré cómo puede producirse oro, pero créeme, yo nunca lo he hecho porque significaría la ruina universal. Es justo que la existencia de este secreto sea negada para que nadie pueda buscarlo, ya que su poseedor debe ser de espíritu elevado por una moral intachable para que nunca abuse de él. El secreto se esconde en la producción química de lo binario en el Reino de los metales, tras la cual, de una sustancia se crean dos, y de estas dos substancias otra, que de ninguna manera se parece a la primera. Se trata de un secreto de la Naturaleza, que no hace nada por casualidad. Ahora bien, has de saber que nuestras obras nos transforman en lo que somos y, a través de ellas, nuestros cuerpos reciben un completo cambio de apariencia. Es por esta razón que el Santo Evangelio nos dice que los hombres serán juzgados de acuerdo con sus obras. También te mostraré a través de qué métodos, los auténticos iniciados se transforman en señores de la vida gracias al hecho de dominar el sufrimiento y la muerte».

Perplejo, escuché las palabras de fray Berengario, sin imaginar hasta qué grado iban a transformarme. Pero en aquellos instantes mi mente estaba repleta de confusos pensamientos. Había sido elegido de entre todos los hermanos por mis conocimientos de latín y griego, por mi pericia en la destilación de yerbas y, puede que también, por mi habilidad para copiar manuscritos. ¿Eso era todo? Estaba seguro de que, en alguna parte de los múltiples monasterios de la orden, existían otros muchos hombres que no sólo tenían las mismas cualidades que yo, sino que incluso las superaban. Sin embargo, el abad Reingbert y fray Berengario, habían considerado que el contractus Hermann, el más bajo de cuantos compartíamos la fe de Cristo, era el más idóneo para ser iniciado en el saber por el que muchos matarían. Pasada la prueba de humildad, me encontraba dispuesto a comenzar el trabajo frente a los fogones, pero antes, fray Berengario me hizo leer un largo manuscrito en el que se recogían las peripecias que, a lo largo de los siglos, habían rodeado al arte de la alchimia. Leí en él que la alquimia consiste en la búsqueda de la Piedra Filosofal, con la que se es capaz de transmutar en oro algunos metales innobles o alcanzar la panacea universal y la vida eterna. Para ello, el alquimista debe transmutar su propia alma antes de transmutar los metales, es decir, debe purificarse y prepararse mediante la oración y el ayuno.

Durante varias semanas mi instrucción consistió en la lectura de los libros que fray Berengario atesoraba, la gran mayoría escritos en griegos, pero otros lo estaban en hebreo, lengua que hasta aquél momento desconocía, pero en la que pronto mi maestro comenzó a ilustrarme. Pantaculos, gráficos, palabras hasta ahora desconocidas, representaciones de monstruos simbólicos, círculos mágicos, ideogramas y lenguaje cifrado, nombres como Thot o Hermes Trismegisto, la Tábula Smaragdina, macrocosmos y microcosmos, los cuatro elementos y un sin fin de metales y sus propiedades rebullían en mi cabeza sometidos a la constante presión de fray Berengario, que no desfallecía a la hora de vigilarme sobre cuanto leía. Una vez consideró que sabía reconocer por sus nombres a todos y cada unos de los elementos de la Gran Obra, me puso a trabajar.

No alargaré excesivamente la historia, sépase que comencé mi labor aprendiendo a preparar el aqua regia, siguiendo los escritos del alquimista persa Abu Musa Jabir Ibn Hayyan Al-Azdi (llamado Geber entre los latinos) y mezclando sal común con vitriolo. Geber había fallecido en Irak hacía nueve años, el 815, e ignoro de qué forma obtuvo fray Berengario sus escritos sobre la al-kīmiyā, lo cierto es que gracias a ellos, el arduo y largo trabajo necesario para la culminación de la Gran Obra, se vio acortado de manera sensible gracias a que el aqua regia era capaz de disolver el oro. Fray Berengario me hizo grabar, en una hoja de pergamino, una de sus frases que resumía la máxima de los alquimistas: «Lo esencial en la al-kīmiyā, es llevar a cabo trabajos aplicados y experimentos, ya que aquel que no los realiza jamás alcanzará los más altos grados del conocimiento».

Practiqué también, en mis primeros tiempos, con la tediosa fabricación de “nuestra agua”. Mediante un sistema de destilación continuada, se pueden alterar las propiedades físicas del agua, tales como la densidad o la temperatura de ebullición. Con ella, se consigue moderar las reacciones de los procesos alquímicos que se llevan a cabo en el crisol. El arte de la alchimia exige, pues, una prudencia de la cual pueden temerse innumerables fallos. Además de los posibles riesgos físicos, por manipulaciones inexpertas, los efectos de las mismas podrían rebelarse nefastos. Abordar las temibles cuestiones del fin y la renovación de los tiempos, exige, paradójicamente, sondear sus orígenes, y aquellos de inteligencia escasa encuentran que las vías que exige esta ciencia transcurren por inesperados derroteros. Siempre a resguardo de habladurías, los físicos y los monjes que instalaron sus hornos en castillos o monasterios, encubrían sus actividades con cortinas de humo como la fabricación de remedios, tintes y colores para tintoreros y pintores, y productos para el curtido del cuero y perfumes. La vía que permite conseguir rápidamente la Piedra Filosofal, llamada la “vía breve”, es de las más peligrosas. Su práctica exige el dominio de las medidas y el equilibrio entre ellas, mientras se avanza en un trabajo realizado peligrosamente a ciegas. La falta de paciencia, o el deseo de obtener resultados imaginados muy lejos de la naturaleza de la Obra, conducen a menudo a extremar la intensidad del fuego o las proporciones, imposibilitando resultados objetivos. La iluminación sólo se alcanza tras duros años de estudio y experimentación. Una vez que el aprendiz logra controlar el fuego y el tiempo de los procesos, está listo para acceder a los arcanos mayores. «Toda gran verdad es simple», repetía fray Berengario, aunque esta afirmación no aligeró de manera alguna mi tarea sino que, por el contrario, la dificultó, pues los sistemas gnósticos, sólo en pequeña parte, consisten en experiencias inmediatas del alma, siendo la mayoría de las veces elaboraciones especulativas3.

Las dos aguas filosóficas que he mencionado anteriormente, el agua regia y el agua pesada, permiten realizar, a partir de la naturaleza de un solo metal, dos emulsiones de composición opuesta; una tiene la virtud de fijar, coagular y endurecer, la otra será volátil, inestable y blanda. Esta segunda emulsión debe ser endurecida, fijada y coagulada por la primera. De estas dos emulsiones sale una piedra fija y dura que tiene el poder de coagular lo que no lo está, de endurecer lo que es blando y de ablandar lo que es duro. Así el mercurio, el plomo, el azufre y otros muchos cuerpos pueden actuar de formas opuestas según sus diversos usos. Con la disolución en esta agua de polvo de la Piedra Filosofal, se obtiene el elixir de la panacea, un remedio que cura todas las enfermedades y prolonga la vida indefinidamente. Los iniciados deben recordar que la Piedra Filosofal «in flumine pascitur, id est, mercurius», se alimenta en un río que es el mercurio. Todos los que han oído hablar, aunque fuera sólo una vez, de su poder, a no ser que sean absolutamente incrédulos, preguntan dónde se la puede encontrar y corren a buscarla entre las cosas de mayor valor que existen. Sin embargo, su aspecto es tan simple que podemos decir lo que los antiguos: «que ha sido tirada a la tierra, porque parece cosa vil y de escaso precio, y si la llamáramos por su nombre propio, los necios no creerían que se trate de ella».

Tras diez años de infructuosos ensayos, muchos de ellos accidentados, fray Berengario murió sin haber concluido la Gran Obra. Lo encontré un día sentado en su sillón de obispo, con las manos cruzadas sobre su pecho y los ojos abiertos mirando la eternidad. El padre abad, dictaminó terminar con los experimentos y clausurar la sala donde los realizábamos, pero le convencí de que me hallaba próximo a su conclusión y me concedió tres meses de gracia. Arriesgándome hasta límites rayanos en la inconsciencia, me propuse revisar las últimas operaciones en las que claramente había disentido de la opinión de fray Berengario. Así, comencé modificando la parte superior de la caldera, la cámara de combustión del horno, y diseñé una nueva cámara para la destilación y la marmita de hierro donde se calcinaban los metales. De esta manera, el fuego calienta en el horno la materia y extrae lo mejor de ella, el espíritu, al que eleva hasta la parte más alta del yelmo, para finalmente volver a descender. Tras el caos primaterial de los elementos, obtuve la sublimación perfecta, el estado original y paradisiaco de la materia. Pude ver el sublime momento en que apareció el anhelado color rojo del lapis que destruyó sus proporciones naturales, transformando la homogeneidad en heterogeneidad y trastocando los elementos, y le confirió a la materia esa grosera confusión que le es propia.

A continuación seguí las indicaciones de Hermes Trismegisto en su Tabla Esmeralda, en la que explica que «se eleva desde la tierra a los cielos», y con sus palabras da a entender cómo el recipiente alquímico debe ser ordenado y dispuesto. Esto se produce en el hornillo del atanor y se concreta en una forma totalmente transparente, clara y límpida como el cristal. Puesto que la preparación de la Piedra Filosofal se hace según el modelo de la creación del mundo, son precisos su caos y su materia primigenia, mezclándolos hasta que el espíritu ígneo los separe. Una vez ocurrido esto, lo que es sutil se elevará a lo alto, y lo que es grosero se precipitará al fondo. Cuanto más transparente y sutil es el lapis, mayor es su fuerza de penetración y más vivos son sus colores. Para intensificar esas cualidades lo sometí a otras sublimaciones, fecundándolo con el mercurio filosofal tantas veces como fue necesario, hasta que se produjo la disolución de la piedra.

Por fin, en soledad y con un júbilo indescriptible, pude ver terminado la Opus Magnum, la gran obra que me condujo a un estado de excitación próximo al paroxismo. Durante dos días no salí de la covacha en la que dormía, el sueño huyó de mí y mis pensamientos forjaron multitud de fantasías. No osé probar el poder de la Piedra hasta tres días después, cuando decidí realizar la transmutación de un trozo de plomo. He aquí, pues, que vertí, en las proporciones que los libros de los antiguos indicaban, tres partes de aqua vitae, una parte del compuesto lixiviado de la Piedra Filosofal, y una de plomo. Cerré la tapa del recipiente y encendí el hornillo para que el fuego hiciera su labor en la transmutación. El tiempo de cocción y la temperatura son de especial relevancia, y su control y mantenimiento exigen un conocimiento sólo adquirido tras intensos años de práctica. Al cabo de concluida la operación, dejé enfriar el recipiente y, al abrirlo y separar las cenizas, encontré un delgada lámina cuya forma se adaptaba a la del fondo del recipiente cilíndrico. Temblando por la emoción, la extraje de su lugar y la acerqué a la luz del ventanuco. Mi vista, muy dañada por horas de trabajo en semioscuridad, no era capaz de distinguir las cualidades del metal que tenía en mis manos. Era de color plomizo, con lo que mi ánimo se derrumbó al creer que concluía mi centésimo fracaso; seguía teniendo un pedazo de plomo. Pero, en un momento de lucidez, y con la esperanza aún latiendo en mi corazón, rasqué en él con una cuchilla de hierro. Debajo de la superficie, el brillo del oro refulgió cual sol naciente. Por fin había conseguido el Compositum de Compositis, el Compuesto de los Compuestos. Caí de rodillas y di gracias al Altísimo, después guardé mi preciado tesoro, anoté todos los pasos que había realizado y salí al exterior sin expresar mi alegría, a pesar de que la sangre me latía tan fuerte en las venas que parecía como si fuera a romperlas. Sentía deseos de gritar, deseaba tener alas, retorcer mi cuerpo, dividirme en muchas partes, fluir como el agua, penetrar en cada átomo, bajar al fondo de la materia, ¡ser la materia!

Antes de proclamar mi éxito al abad, y tras meditarlo durante días, tomé la decisión que marcaría mi existencia para siempre. Conseguida la transmutación del plomo en oro, quedaba por comprobar la del cuerpo. Al igual que los metales cambiaban sus características físicas, el organismo lo hace de la misma manera. Así, el cuerpo, que por su propia naturaleza tiende al deterioro y a la descomposición, es trasladado a un nivel superior en el que deja de padecer los achaques de la enfermedad y de la vejez. Aunque incrédulo aún sobre el poder de la panacea, preparé con suma atención la bebida que me convertiría en lo que soy. Una simple copa conteniendo aqua vitae, en la que previamente se ha disuelto polvo de la Piedra Filosofal, basta. Las proporciones deben ser usadas con precisión, ya que en caso contrario, la disolución puede acarrear la muerte. Me arriesgué al confiar en las anotaciones de fray Berengario, y sin plantearme las consecuencias de mi acción, bebí aquel agua de vida. Esperaba terribles convulsiones o, lo que es peor, que el brebaje abrasara mi estómago, pero no fue así, no sentí nada, sólo un ligero sabor metálico que se mantuvo en mi lengua algún tiempo. Mi cuerpo no rejuveneció de repente, ni me sentí aliviado de mis pesares, ni sensación alguna me permitió creer que algo así sucedería en el futuro. ¿Quizás había errado en la aplicación de la fórmula? Es posible, me dije, pero no podía volver a repetir la prueba, las indicaciones de fray Berengario eran tajantes en este sentido: una segunda toma causaría el efecto contrario al deseado.

Era, pues, llegado el momento de comunicar al abad Walahfrid Strabo, que aquel año del Señor de 834 regía los destinos de la abadía, mi descubrimiento. Con humildad, me postré ante él y le hablé de cómo el trabajo inacabado de fray Berengario había llegado a su conclusión. La abadía aumentaría sus riquezas y se convertiría en la envidia de la cristiandad. Como prueba le mostré aquél pequeño trozo de oro, pero, irreflexivamente, me abstuve de mencionarle que había bebido la panacea. Las palabras del abad trajeron a mi corazón sentimientos encontrados. Hijo mío, dijo, este arte deriva de una ciencia profana, recuerda que fue Dioclesiano quien ordenó, por decreto, quemar en Alejandría todos los antiguos escritos de los egipcios que trataban sobre cómo fabricar oro y plata. Nuestro Santo Padre Gregorio IV lo ha condenado como un arte diabólico, pero dejando aparte el dogma, y aunque nos está permitido investigar, el secreto que tú conoces debe ser guardado por sabios. Toma cuantos escritos conserves de fray Berengario y tráemelos aquí, luego destruye todo lo demás, que no quede rastro para que nadie pueda utilizar los poderes de la piedra contra la Santa Madre Iglesia. Así fue como el secreto del elixir de la vida quedó enterrado en las profundidades de la biblioteca de la abadía de Reichenau. Sólo que yo, también soy portador del mismo.

Pues bien, que nadie dude de lo que afirmo, porque soy la prueba viviente, quizás no la única, puesto que los que somos inmortales no nos damos a conocer. Diré, por último, que este arte está prohibido a la mujer, por ser ella de naturaleza impura y propensa a la hechicería.

IV

Los diez años que permanecí encerrado en el semisótano junto a fray Berengario, me habían mantenido alejado del transcurrir del mundo. Tenía treinta y cuatro años y no había vivido las delicias de la vida, ni conocido a mujer, ni la turbación de los adúlteros, ni el placer de contemplar desnuda a quien conocías vestida. Mis sueños me traían imágenes pecaminosas en las que disfrutaba estrechando contra mi pecho a una virgen que me amaba, mientras se abandonaba a mí sin pudor ni remordimientos. La imaginaba caminando a mi lado a la luz de la luna, de la mano, mientras un estremecimiento recorría todo mi cuerpo y mi corazón estallaba de puro gozo. Era como un torbellino, como una embriaguez desbordante.

Comencé a sentir como si mi cuerpo renaciera, una sorprendente vitalidad me permitía realizar cosas sorprendentes que mis hermanos contemplaban con admiración. Levantaba grandes pesos y era capaz de recorrer largos caminos sin mostrar cansancio alguno. Casi no comía durante el día y, a pesar de ello, mis ojos, antes hundidos en sus órbitas, relucían con fiereza. Los dolores que aquejaban mi espalda habían desaparecido, mis brazos y mis piernas se fortalecieron y mi mente era capaz de recordar todo cuanto otros decían. El secreto que al abad Walahfrid y yo manteníamos, me permitió tener una posición privilegiada dentro de la abadía. Pasé a ser custodio de la biblioteca; por mis manos pasaron los escritos de los antiguos y de los padres de la Iglesia, y mis conocimientos se ampliaron hasta límites inconcebibles. Recitaba de memoria los salmos de Salomón, y en un año aprendí hebreo y el idioma de los francos y de los ítalos.

Durante los diez años perdidos, acontecieron sucesos que me afectarían en el futuro. Se habían sucedido dos Papas desde Pascual I; Eugenio II, muerto en agosto de 827 y Valentín, cuyo efímero pontificado sólo duró cuarenta días y que no dejó constancia de ningún hecho relevante. En aquellos días regía los destinos de la Santa Madre Iglesia Gregorio IV, consagrado el 29 de marzo de 828. Pero algo terrible, castigo de Dios por los pecados de la curia, estaba sucediendo. Los sarracenos, que ya dominaban Hispania, desembarcaron en Mazzara (Sicilia) el 827 y, desde allí, con sus razzias, saqueaban, quemaban casas y campos, asesinaban a mujeres y niños y llevaban como esclavos a los hombres. El Papa Gregorio, ante el temor de que pudieran llegar a Roma, mandó construir en Ostia un bastión para impedir los desembarcos. Mientras tanto, el imperio se había roto. Hacía dos años, el 832, los tres hijos mayores de Luis el Piadoso, Lotario, Pipino y Luis, se sublevaron por segunda vez contra su padre a causa de las alteraciones del Ordinatio Imperii. Luis el Piadoso pretendía incluir en la herencia a Carlos el Calvo, nacido de su segundo matrimonio con Judith, hija del conde Altdorf. La negativa de Lotario a aceptar que se le otorgaran tierras a Carlos a costa de las que le pertenecían, había dado lugar a una primera guerra civil en la que Luis el Piadoso fue hecho prisionero. Agradecimos al Altísimo su posterior liberación y la derrota de los hijos rebeldes, gracias a las numerosas tropas enviadas en su ayuda por el reino de Nimega. El año anterior había resurgido el conflicto. El clero estaba dividido y el propio Gregorio IV parecía apoyar a Lotario en contra del emperador, pero las noticias que nos llegaban eran tan confusas y contradictorias, que me negaba a considerarlas ciertas.

Decidí, por aquel entonces, desentenderme de las cosas mundanas y dedicar todo mi esfuerzo a ampliar mis conocimientos. La vida monástica transcurría pacífica y ajena a los avatares que asolaban el reino. Yo me encontraba poseído de una inquietud espiritual que me mantenía en permanente estado de vigilia, sólo sosegada por la oración. Pero todo cambió con la llegada de Einhard a mediados del año 835. Enfermo y viudo de su esposa Emma, la hermana del obispo Bernharius de Worms, se retiró a la vida monástica en Reichenau. Había nacido el 770, en Meingau, valle del Main, y fue discípulo de Alcuino de York y favorito de Carlomagno, que le concedió la intendencia y dirección de los trabajos públicos y le confió misiones de gran trascendencia política. Más tarde, continuó gozando de gran predicamento y del favor real del sucesor de Carlomagno, Ludovico Pío, que le nombró tutor de su hijo Lotario. Escribió la Vita Karoli Magni (Vida de Carlomagno), siguiendo la tradición literaria de Las vidas de los doce césares de Suetonio, el mejor relato existente sobre la vida del Emperador, y los Annales Francorum, correspondientes a los años 741 a 829. También fue autor de los Anales del reino de los francos (Annales regum Francorum) y de 68 cartas de las que aún conservo varias.

Gracias a él, pude salir del marasmo en que transcurría mi existencia. Por aquellos años, me creía investido de un don divino que me permitía afrontar con éxito cualquier tarea que desempeñara. Consideraba que mi misión en esta vida consistía en preparar a la humanidad para el momento supremo del fin del mundo, que a todas luces ocurriría el año mil, cuando se cumpliera el término del reino de Cristo según el Apocalipsis de San Juan y los escritos de los Santos Padres de la Iglesia. Estos propósitos míos se desprendían del convencimiento de que la humanidad no seguía el camino recto, y que lejos de parecer gobernada por la providencia divina, en ella se ocultaban los más bajos instintos de corrupción que la conducían irremediablemente a la decadencia final. Pero terribles conmociones me asechaban a cada paso, la duda asaltaba mi mente y en la soledad de mi celda, veía reflejarse en las paredes sueños que conturbaban mi alma. Mi obsesión por los clásicos griegos y romanos me hacía imaginar fantasmagóricas visiones donde Pan, Sileno, los Sátiros, las Bacantes, las Ménades con sus serpientes, sus antorchas y sus máscaras negras, se tiraban flores, sacudían timbales, golpeaban con sus tirsos, se lapidaban con caracolas marinas, comían uva, degollaban a un macho cabrío y adoraban a Baco.

Mi falta de apetito y mi extrema delgadez inquietaron de tal manera a mis hermanos que el abad me eximió de cualquier trabajo y de asistir a los rezos. Con el paso de las semanas y la ayuda espiritual de Einhart, mi desfallecimiento comenzó a mermar y mi espíritu a recobrar la calma. Las palabras de mi maestro fueron para mí bálsamo de salud. ¡No!, ¡basta ya de formas!, me gritó, ¡Tienes que llegar más lejos aún! ¡Hasta lo más alto de la cima, hasta la idea pura! Yo argüía, con mi débil voz, que el mundo era abominable, que debía ser regenerado antes de la hecatombe final y que Dios me había elegido para proteger al pueblo miserable que arrastraba sus grilletes por los campos de piedras, a los porqueros que tocaban la trompa para reunir a los cerdos, a los que cortaban los racimos en los viñedos, a los que arreaban a los asnos cargados de estiércol y a los vaqueros que a la sombra de los tilos, junto a calabazas llenas de leche, tocaban sus flautas de caña. Esa pobre gente cuyo único disfrute era comer bellotas, cebollas crudas, guisantes y pedazos de carnero fritos en manteca rancia, merecían alcanzar la gloria del Señor en la otra vida.

Mis dislocados pensamientos acrecentaban las atenciones de mi maestro. ¿Acaso es culpa tuya? me reprochaba con ternura, ¿no lo quiere así Dios?, mira y observa a tu alrededor, somos hombrecillos que hormigueamos por el mundo como los piojos sobre la joroba de un dromedario. Si en alguna parte vislumbras a un hombre que se rebele contra este destino, habrás encontrado a un hombre justo a quien el Espíritu Santo tendrá reservado un fin relevante. Ahora mira en tu interior y dime si eres tú ese hombre. Sus palabras, como una suave embriaguez, como un torbellino desbordante, tuvieron la virtud de alejar de mi alma los tristes augurios y traer el sosiego a mi corazón. Cuando ya mi cuerpo recuperó su vigor, y mis piernas soportaron sin esfuerzo su peso, mi maestro me descubrió su secreto.

Cierto día, me hizo llamar a su celda y me mostró un libro bellamente encuadernado con tapas de madera cubiertas de piel de becerro, herrajes de oro y cuajado de gemas. Este es, me dijo, el maravilloso libro de acrisolada y poderosa virtud que su Santidad el Papa León III regaló al emperador Carlomagno tras su coronación. Esconde los secretos mejor guardados por los sabios de la antigüedad. Con él, nuestro emperador descubrió la faz de lo desconocido, se comunicaba con las aves, resultaba inmune a los venenos y sus enemigos no pudieron hacerle mal alguno. Escucha bien, hijo mío, harás para mí tres copias de este libro, yo te diré cómo. Las oraciones y ensalmos que contiene sólo tienen poder si se recitan junto con los pantaculos del rey Salomón, pero observa que para ello la posición de estos últimos, y sus letras hebreas, deben estar colocadas exactamente en su lugar. Cualquier modificación del texto o de las figuras aquí representadas, anula el poder de la oración. Nadie conoce la existencia de este libro, salvo el abad Walahfrid y ahora tú. Te confío una gran responsabilidad. Dispondrás de todos los medios necesarios y el aislamiento apropiado, así que trata esta labor con absoluta reserva, prudencia y discreción. Yo permaneceré a tu lado durante todo el tiempo, te entregaré el libro por la mañana y lo retiraré al anochecer, nadie más debe verlo ni saber de su existencia.

Las palabras de mi maestro me intrigaron en grado sumo, pero he de decir que nunca creí que el libro del Papa León procurara bienes tan maravillosos. Aún así, me apliqué con exactitud a reproducir lo que mi maestro me indicaba, con la salvedad que cada oración, cada pantaculo, estaba ligera y sutilmente modificado. Algunas palabras en latín eran sustituidas por sus sinónimos y las letras hebreas intercambiadas con otras que por su forma parecen iguales, como por ejemplo, he (ה) y jet (ח) o vau (ז) y zayn (ן). Tras tediosos y duros meses en los que, ciertamente, estuve aislado del resto de la comunidad monacal (se dijo que había sido trasladado temporalmente a otra abadía con el fin de mostrar mis logros musicales) mi trabajo dio sus frutos, por fin los pliegos de pergamino estaban listos para ser encuadernados. Me preguntaba insistentemente las razones de mi maestro para ordenar la confección de tres ejemplares falsos del Enchiridion, y plasmé en ellos ciertos detalles que, llegado el caso, me facilitarían su identificación. Al igual que en las copias que con anterioridad había realizado de antifonarios y otros libros, todas ellas llevaban una pequeña marca, disimulada en la ornamentación de las letras capitales, que me permitían reconocer mi autoría. Legué a la conclusión de que el libro, que había sido confeccionado mediante las artes diabólicas de los rabinos judíos, posiblemente sí era capaz de conceder a su poseedor todos los bienes de este mundo, tanto materiales como espirituales. Si la grandeza del imperio carolingio se había debido a su poder, entonces, quien lo poseyera sería capaz de emular las hazañas de Carlomagno.

Ocurrió que la continua presencia del maestro Einhard ante mi pequeño escritorio de trabajo, y su afán por controlar cuanto yo hacía, fueron mermando su salud y su vista. Cierto día de principios del año 840, sin que tuviéramos conocimiento de ello, el maestro Einhard fue trasladado al monasterio de Selingestadt, donde murió a los tres meses de su llegada, el 14 de marzo. Su entierro fue oficiado por Rabanus Maurus, arzobispo de Mainz, quien también escribió su epitafio. El secreto del destino del Enchiridion Leonis Papaæ murió con él.

El año de Nuestro Señor de 850 Juan Escoto Eriúgena llegó a la corte de Carlos el Calvo para dirigir la Escuela Palatina. Pronto, las heréticas opiniones del irlandés contaminaron a otros padres de la Iglesia. Su nefasta influencia sobre Erico de Auxerre, monje oblato de nuestro monasterio benedictino de Saint-Germain de Auxerre, desencadenó una fuerte polémica. Sus opiniones para explicar la realidad mediante un sistema racional y unitario, que contradecía el dualismo de la religión —Dios y mundo son dos realidades diferentes— y los dogmas relativos a la creación y la voluntad divina, fueron contestadas por el mismísimo Rabano Mauro, arzobispo de Maguncia, que enfrentó a Escoto en la disputa sobre la predestinación. Escoto, siguiendo al Pseudo Dionisio Areopagita y a Boecio, afirmaba la posibilidad de creer en la existencia de Dios, y de comprenderlo, por medio de sus manifestaciones divinas. Ahora bien, Dios está más allá de la razón humana, porque desde el momento que se le atribuye una esencia se lo determina y limita. Para Escoto, ni siquiera Dios puede comprender su esencia, porque si así lo hiciera, necesitaría verse a sí mismo reflejado en sus criaturas (lo creado), esto es, en sus manifestaciones que están en el plano del ser. Ergo, si Dios se pensara a sí mismo, se limitaría.

Le extensión de la herejía con el apoyo de Godescalco de Orbais, fue motivo para que Hincmar, arzobispo de Reims, convocara un nuevo concilio, tras el de Quierzy del año 853, para debatir la doctrina de la predestinación. Para refutar esta herejía, que ponía en grave peligro el alma de los creyentes, Hincmar compuso su De praedestinatione Dei et libero arbitrio, y contra ciertas proposiciones avanzadas por Godescalco sobre la Santísima Trinidad, escribió el tratado llamado De una et non trina deitate. Hizo algo más, acudió a Reichenau para buscar en nuestra biblioteca ayuda, en los escritos de los Padres de la Iglesia, con la que refutar a los herejes. El abad Walahfrid Strabo había rendido su alma a Dios hacía seis años y la sede se encontraba vacante, razón por la cual la abadía era administrada por los tres hermanos de mayor de edad, yo entre ellos, ya que tenía en aquella fecha cincuenta y cinco años, aunque no los aparentara. Como responsable y custodio de los fondos de la biblioteca, me correspondió el honor de ilustrar y acompañar al arzobispo Hincmar y su séquito por entre el cúmulo de libros que podían serle de utilidad.

Supe entonces que el nuevo concilio se llevaría a cabo en la ciudad de Valence, y que perseguía una segunda y más contundente condena de la herejía, que la ocurrida en Quierzy dos años atrás. Puesto que Godescalco se encontraba en prisión desde el 849, se me informó que sus seguidores apoyarían la defensa de su doctrina, aunque de modo parcial, en el modelo agustiniano, y se me pidió mi docto consejo como erudito en latín y griego. Estudié a Jerónimo de Estridón, Agustín de Hipona, Ambrosio de Milán y Gregorio Magno, los cuatro grandes maestros de la fe cristiana, y redacté un corto alegato que, dentro de mi modestia, me atreví presentar a la consideración del arzobispo Hincmar. Decía así:

Fielmente mantenemos que Dios sabe de antemano, y eternamente supo, tanto los bienes que los buenos habían de hacer como los males que los malos habían de cometer, pues tenemos la palabra de la Escritura que dice: Dios eterno, que eres conocedor de lo escondido y todo lo sabes antes de que suceda [Dan. 13, 42]; y nos place mantener que supo absolutamente de antemano que los buenos habían de ser buenos por su gracia y que por la misma gracia habían de recibir los premios eternos; y previó que los malos habían de ser malos por su propia malicia y había de condenarlos con eterno castigo por su justicia, como según el Salmista: Porque de Dios es el poder y del Señor la misericordia.

El señor arzobispo leyó con atención mi escrito, levantó la mirada y dijo con voz clara y contundente: «El hermano Hermann es sabio en edad y joven de cuerpo, bueno será para la causa de la Iglesia que asista al concilio. Su presencia y sus consejos nos serán de ayuda».

Y así fue como salí de Reichenau camino de un futuro incierto. Pero fueron las palabras del arzobispo Hincmar las que despertaron mi conciencia. Por primera vez pude observar que, a pesar de mi edad, mi pelo no había blanqueado, mis dientes permanecían sanos, la piel de mis manos era tersa, podía leer sin necesidad de un cristal de aumento, las fiebres cuartanas me evitaban y mi cojera era casi imperceptible. Entonces recordé que quince años atrás había bebido una copa de aqua vitae, y mi corazón empezó a latir desbocado. Al principio, con desesperación, me arrepentí de mi acto, había atentando contra la voluntad de Dios y mi alma sería condenada por toda la eternidad. Luego me pregunté: ¿qué puede haber más dulce y precioso que la vida misma?, y ¿a quién se debe que haya sido yo elegido para pervivir eternamente sino al propio Dios nuestro Señor?, ¿acaso no soy instrumento de Su voluntad? No he de maldecir, pues, este don que me ha sido otorgado, antes bien, trataré de conservarlo a la espera de que me sea revelado el fin para el que fui elegido. Por mucho que traten de ocultarse, por algún lugar aparecerán las prominentes orejas de Midas, pero mi secreto será sólo mío y he de pensar cómo preservarlo de la curiosidad de los demás.

Ahora ya conocéis mi origen, mi educación y mi secreto, que nadie, pues, crea que usurpo sin causa un puesto entre los dioses del Olimpo. Sin embargo, mi pesar es grande, puesto que nada amarga más la vida del hombre como no gozar de la felicidad completa. Yo no podré gozar de la vejez, ni del amor de los que envejecen, sólo la locura me espera al final del camino. Admito que nada hay más apetecible que la juventud, ni más detestable que la vejez, pero he de enfrentarme a este privilegio con la grandeza de quien siendo viejo parece ser joven. Siento que no podré vivir la existencia de los hombres corrientes, lo que ciertamente me consta que no será agradable sin el aderezo de la locura. Pero he de huir de la tristeza, a fin de que esta hermana gemela del tedio no me prive de todos los placeres.

La naturaleza del hombre es tal, que no se encontrará a nadie, sin excluir a los grandes genios, que no tenga defectos. Si a esto añadimos la considerable variedad de temperamentos y de conocimientos, los errores y los desaciertos, se comprenderá que mi presencia en el concilio de Valence fue motivo de discordia. El arzobispo Hincmar me tomó a su servicio, y quienes hasta entonces habían gozado de su favor, se juramentaron contra mí. Las palabras, que en representación del arzobispo Hincmar dirigí a la asamblea de obispos, fueron largamente criticadas, aunque no fue mi intención zaherir a los presentes:

Santidades y padres, señores obispos, sacerdotes y demás órdenes de la Santa Iglesia, yo, Hermannus el pecador, os presento mis saludos en Cristo. Doy gracias a Dios porque tantos hombres santos se reúnan para así tratar sobre la verdad de la fe y de las buenas obras y, para que, como tales, juzguen sobre el asunto en disputa con juicio y tino a través de los sentidos bien afinados, de modo que les sea posible discernir el bien y el mal. Evitemos la profana y vana palabrería; pues muchos la aprovechan para la impiedad. Nada se haga por espíritu de contienda ni por vanagloria; debemos fomentar, en cuanto el Señor nos lo diere, la paz y la caridad. Evitemos con todo empeño las novedades de las palabras y las presuntuosas charlatanerías por las que puede fomentarse entre los hermanos las contiendas y los escándalos. En cambio, sin vacilación alguna prestemos reverentemente oído y sometamos obedientemente nuestro entendimiento a los doctores que piadosa y rectamente trataron las palabras de la Sagrada Escritura, esto es, a Cipriano, Hilario, Ambrosio, Jerónimo, Agustín y a los demás, y abracemos según nuestras fuerzas lo que para nuestra salvación escribieron. Porque, sobre la presciencia de Dios y sobre la predestinación y las otras cuestiones que se ve han escandalizado no poco a los espíritus de nuestros hermanos, creemos que sólo han de tenerse con toda firmeza lo que hemos obtenido de las maternas entrañas de la Iglesia.

¿Acaso son estas palabras objeto de reproche?, ¿puede estar de acuerdo con otro quien no lo está conmigo? Creo que nadie responderá afirmativamente. A pesar de la maledicencia de quienes consideraban que estaba usurpando su lugar junto al arzobispo, mis palabras fueron la llave que me abrió la puerta a otros destinos de mayor relevancia. Terminado el concilio con la condena de la doctrina De Divina Praedestinatione, fui requerido por el camarlengo de su Santidad León IV para acudir a Roma y ser presentado al Pontífice. Benedictino de estirpe lombarda, León IV era un hombre enérgico que ejercía su influencia en apaciguar las discordias entre los pretendientes a la herencia de Luis el Piadoso. Aquél año, aún se encontraba envuelto en la construcción de Centumcellae (Civitavecchia) como defensa contra los árabes que, tras su reaparición el 849, y a pesar de la derrota que las flotas cristianas de Nápoles, Amalfi y Gaeta les habían infligido en la batalla naval de Ostia, hostigaban constantemente las costas.

Llegué a Roma, tras una breve estancia en Reichenau y un largo camino vía Milano y Livorno, en los primeros días del mes de julio del año del Señor 855. A lomos de una mula, cargado con mis escasas pertenencias, los extractos de mis experimentos de alchimia, algunas láminas de oro y una piedra de vulgar aspecto que guardaba en un bolsón, iniciando así una nueva etapa en el transcurrir de mi extensa vida. Ahora concluyo el primer libro de esta obra, esperando que con la gracia de Jesucristo crucificado, tenga fuerzas para ultimarla.

EXPLICIT LIBER PRIMUS DEO GRATIAS

1 Exordio: Principio, introducción, preámbulo de una obra literaria; especialmente la primera parte del discurso oratorio, la cual tiene por objeto excitar la atención y preparar el ánimo del lector.

2 En un lugar desconocido.

3 Nota del autor: Puesto que la idea de la trasmutación de los metales es teóricamente posible mediante fisión nuclear, según los cánones de la ciencia actual, no tenemos por qué dudar que la alchimia lo consiguiera por medios naturales. Por supuesto, convertir plomo en oro no es del todo un proyecto descabellado, ya que basta con extraer tres protones de un átomo de plomo (82 protones) para obtener otro de oro puro (79 protones). El que los físicos del siglo XXI no lo consigan, radica en el hecho de que los nuevos átomos del oro puro, al ser isótopos muy inestables, se desintegran con rapidez (entre cinco y diez segundos). Sin embargo, el secreto de la alchimia, consiste en el conocimiento del método para estabilizar dichos isótopos y, por tanto, permitir la transmutación plena.

“La indiferencia de los pájaros”, de Javier Rodríguez Alcayna, publicada por Ediciones Atlantis

Ediciones Atlantis ha publicado “La indiferencia de los pájaros”, escrita por Javier Rodríguez Alcayna. La confianza se basa en un contrato que firman ambas partes.

Puedes leer el comienzo de tan bonito relato…

JavierRAlcayna

I

El horror empezó aquella tarde. El último día de paz. El primero en el camino que me condujo a ver el sol a través de los barrotes. Una tarde normal en la que, como siempre, pensaba en Claudia. Siempre en Claudia. Así los dos últimos años. Sonreía al recordar el nuevo episodio de nuestra relación ambigua. Estábamos a la sombra de un castaño, junto al río. Yo tenía la espalda en el tronco y ella se había tumbado en la hierba. El viento revolvió las hojas y se incorporó. Al frotarse los hombros, se volvió hacia mí con ojos de súplica y me dijo que tenía frío. Apoyó la cabeza en mi pecho y la envolví con los brazos mientras contemplaba las algas marrones y verdes que arrastraba el agua. Escuché su respiración. La patilla de las gafas de pasta morada se me clavaba en el pecho. Se había dormido. Contemplé sus pantalones de rayas rojas y azules.

Tenía que actuar y decirle allí mismo que nos aclarásemos, que hacía dos años que jugábamos a insinuarnos y que necesitaba saber lo que sentía en realidad. Contemplé su pelo negro y corto mientras escuchaba a los pájaros y acariciaba la piel que dejaba ver el pantalón. Al poco, ella se despertó, sonrió y me clavó los ojos azules. La acaricié un rato más, mientras me decidía a hablarle. Ella se puso de rodillas frente a mí, acomodó las manos en mis piernas y se inclinó hacia delante. No pude evitar la mirada fugaz a los pechos que bailaban libres del sujetador en la camiseta verde de tirantes. Ella se dio cuenta, sonrió más y me ruboricé. Acercó la cabeza. Mi corazón se aceleró. Movió los labios para decirme algo. El pitido de su móvil lo derrumbó todo. Se giró hacia la mochila, volvió a mirarme. Yo no hice nada. Resopló y cogió el teléfono.

—¿Ahora? —dijo—. Pensé que iba a ser más tarde.

Contemplé a contraluz las puntas del pelo revuelto. Guardó el móvil y se quedó de pie, con los brazos en jarras. Yo seguía en el suelo, apoyado en la hierba.

—Me toca pegar carteles por la ciudad, quieren excluir del parque natural el bosque que llega hasta tu casa.

Solté una carcajada seca para ocultar mi fastidio.

—¿Y después qué haréis, encadenaros a los árboles?

Se había esfumado otra oportunidad.

Al volver a casa encontré la cancela cerrada y como me había dejado la llave dentro, aparqué el coche y salté. Vivía con mi padre en una casa de doscientos años enclavada en una propiedad enorme, con un bosque privado que lindaba con los cotos de caza y al que no sabíamos sacar provecho y, como quería Claudia, estaba destinado a incorporarse a un parque natural. La casa también era grande. Tenía nueve dormitorios y tres salones, aunque con la muerte de mi madre y la jubilación de mi padre ocupamos de forma progresiva las habitaciones necesarias y dejamos que el polvo se extendiera por las que cerramos con llave. Conservábamos el buen aspecto de una parte del jardín y yo soñaba con construir una piscina.

Aquel terreno y la casa repleta de antigüedades eran los restos de la fortuna familiar que levantó Martín Noceda, el antepasado que se convirtió en un héroe local al lograr que los franceses se retiraran a Madrid durante la guerra de la Independencia; una historia que, como la herencia, causaba muchas complicaciones.

Al subir la cuesta que llevaba al porche escuché un golpe seco y un suspiro de fatiga. Mi padre, con una camisa blanca desabrochada, pantalones cortos grises y un sombrero de paja, levantaba con la pesadez de sus ochenta y cuatro años una pala llena de tierra. Llegué hasta él y conté más de quince agujeros esparcidos por el jardín en los que cabía una persona. Él ni me miró, inauguró un nuevo montón de arena, volvió a clavar la pala con ayuda del pie y apretó los dientes.

Seguía enfadado. La noche anterior apagó los plomos y fue a buscarme con medio centenar de velas y una caja de cerillas para que le ayudara a colocarlas por el salón. Cuando me negué y volví a encender la luz, desapareció tras un portazo. Con esta nueva escena empezaba a preocuparme.

Sus movimientos no eran veloces, pero la pala subía repleta, incluso con raíces arrancadas. Apreté los dedos contra el fondo de los bolsillos. El sudor le caía del gorro de paja. Busqué una frase para disuadirlo y me fijé en que iba descalzo.

—Papá, te vas a clavar algo —le dije.

Sin soltar la pala me dedicó una mirada hostil.

—¿No has venido muy pronto?

Giró la cabeza y volvió a recoger arena. Tenía negros los dedos de los pies y la camisa sudada le transparentaba la espalda. El sol nos picaba las cabezas.

—Venga, vamos dentro.

Le agarré del brazo, se revolvió, estiró la pierna y se metió en el agujero con la prudencia de quien se sumerge en una piscina. Apreté los puños.

—Papá, haz el favor.

No me miró y volvió a herir la tierra.

—¿Se puede saber a qué viene tanto agujero? —La ira fluía por mis venas como la savia en los árboles—. ¿Qué va a decir Zacarías cuando vea todo esto?

Mi padre escupió. Un gorrión se posó junto al agujero. Tosió y me señaló enfadado.

—Ese jardinero es tan pelmazo como tú. —Agitó el dedo—. Me tratáis como si hubiese perdido la cabeza.

Tras un nuevo escupitajo volvió a cavar. Cuando le dije que iba a darle un infarto ladeó el sombrero para dejar de verme. Le toqué el hombro. Insistí. Traté de cogerle la pala pero exhibió la fortaleza de un coloso. Me crucé de brazos y paseé alrededor del agujero mientras le suplicaba. Mi respiración se agitó hasta que perdí el control y salté dentro del hoyo.

—¡Joder! —chilló.

Le había pisado. Enseñó la dentadura al agacharse y me dio en la tripa con el gorro de paja, que cayó al fondo del agujero. Se incorporó. Advertimos que un hombre se acercaba hacia nosotros.

—¿Hola?

La voz acentuaba la última sílaba de forma llamativa. Era un hombre de poco más de treinta años, con el pelo negro y rizado, la cara roja y unos ojos azules diminutos.

—Buenas tardes —añadió alargando la pronunciación de las eses.

Mi padre frunció el ceño, se apoyó en el borde del agujero y se impulsó para salir con la ayuda de un gemido. Como no lo lograba, aquel hombre se agachó y le extendió el brazo. Papá lo rechazó con la mano y se volvió a impulsar. Yo le empujé las piernas.

—¡Déjame! —protestó.

Al salir miró con rabia al desconocido, se sacudió el polvo de la camisa y se fue a casa. Desde el fondo del agujero contemplé el portazo. Salí de mi perplejidad al descubrir las gotas de sudor en la frente de aquel hombre. Llevaba sandalias y un pantalón caqui sobre los que caía una bandolera marrón. Del bolsillo delantero de la camisa azul celeste sobresalía un papel doblado y un bolígrafo.

—¿Qué le trae por aquí? —dije mientras abandonaba el agujero con dificultad.

Se secó la frente con el dorso de la mano.

—Usted perdone, he caminado un buen rato hasta aquí.

—Hablaba como si mascase chicle; sin duda era norteamericano—. Me llamo Robert, Robert Green.

Extendió la mano con la que se acababa de limpiar el sudor.

—Mucho gusto, mi nombre es Gabriel —le dije tras soltarla con rapidez.

—Verá. —Sacó el papel doblado del bolsillo de la camisa—. Me dieron las señas de esta casa. —Señaló la hoja—. Señores Noceda, ¿es así?

Contemplé las mejillas sofocadas como pétalos de amapola y asentí.

—¿Descendiente de Martín Noceda, el héroe de la guerra contra los franceses?

—¡Joder! ¡El cangrejo es otro pirado! —Era la voz de mi padre, que había escuchado toda la conversación desde la ventana más próxima—. ¡Oiga usted Hemingway de pacotilla, váyase a hacer puñetas, que aquí no somos monos de feria!

Golpeó la contraventana. El señor Green estiró el cuello y se llevó la mano al pecho. Yo también me había sobresaltado, pero disimulé.

—Ya comprendo amigo. —Intenté ser cordial—. Usted viene de un paseo guiado por el casco histórico de la ciudad.

—Cogí un autobús en la plaza del Ayuntamiento, el guía me dijo…

—Sí —interrumpí—, tendré que volver a hablar con ese guía.

El norteamericano agachó la cabeza para guardar la hoja, en la que se adivinaban los garabatos de quien prueba un boli.

—Me temo que no soy bienvenido —dijo.

Hacía mucho calor, y aquel hombre estaba tan rojo que le iba a dar una insolación.

—No es eso, amigo. —Hice ademán de tocarle el hombro y desvié la mano a mi coronilla—. Lo que pasa es que ese guía se empeña en exaltar nuestra hospitalidad, y en realidad esta casa no es un museo.

Le sonreí.

—Entiendo, vienen más curiosos.

—Digamos que el ancestro nos complica la vida.

—Pero yo soy historiador de verdad. —Buscó en su bandolera y me alargó un carné que cogí con ambas manos—. Y su ancestro el héroe local con una estatua en la plaza.

—Vaya, de la Universidad de Boston. —Aquello era una novedad, le devolví el carné; no dejaba de sudar, debía de estar cansado—. Tal vez quiera tomar algo.

Le invité a un refresco en el porche y el doctor Green se recostó en la hamaca sin soltar el vaso helado que marcó con los dedos. Me dijo que había venido a España con una beca del CSIC para convertirse en un gran hispanista. Era risueño y la tripa, que de pie no se le notaba, se agitaba al hablar y cada vez que bebía.

Confesó que mi ilustre antepasado le interesaba desde una perspectiva científica y que por eso se había emocionado al creer que era posible visitar la casa. Conocía muy bien su historia: las escaramuzas más célebres contra Napoleón, su oposición a los servilones con el final de la guerra, su vida de diputado en el Madrid del trienio liberal, el exilio en Inglaterra y Nápoles y el regreso a esta misma ciudad con el triunfo del motín de La Granja. Le advertí que conservábamos libros, cartas e incluso prendas suyas, que le enseñaría con gusto si mi padre estuviera de mejor humor. Agradecía una conversación racional para variar, pero temía una repentina aparición de papá. No sería la primera vez que sacaba la escopeta.

Una avispa nos sobrevoló. Observé el pin de la bandera de los Estados Unidos que llevaba en la solapa y que reverberaba con el sol. Apuró el refresco de un trago y dijo que sería un honor poder investigar los documentos de mi abuelo famoso.

—Lo que no sé es el lugar exacto de su muerte —indicó tras colocar el vaso con suavidad en la mesa.

Alcé las manos y miré alrededor.

—Falleció en esta casa. —Sus ojos se abrieron con emoción—. Tras una corta enfermedad.

El norteamericano soltó en su idioma una de esas exclamaciones de presentador de documental que no pude comprender y se quedó con la boca abierta. Me esforcé por contener la risa. Sin decir nada, y como si yo no estuviera, se levantó, señaló la pared más próxima sin mirarme y se acercó a ella como si flotara. Tras acariciar el muro con veneración sacó una pequeña bolsa de plástico transparente del bolsillo.

—¿Le importa si…? —me preguntó.

Yo permanecí pegado al asiento con las cejas levantadas. Sin esperar una respuesta me dio la espalda, salió del porche y se agachó para arrancar un poco de césped y coger un puñado de tierra. Tal y como había dejado mi padre el jardín no me importaba. Se volvió hacia mí con los ojos brillantes y sonrió con picardía mientras se guardaba la muestra en la bandolera. Dio unos pasitos hacia la silla y se sentó.

A souvenir —dijo con una sonrisa.

Con el norteamericano otra vez en el planeta Tierra respiré hondo y volví a beber. Un doctorado por la Universidad de Boston merecía confianza, así que hice como si nada hubiese pasado. Hablamos un rato más y confirmé su cordura. Fue él quien se extrañó de mis miradas fugaces a la puerta por la que temía que nos asaltara papá. Cuando indicó que iba a marcharse me dio su tarjeta y me preguntó si podría visitarme alguna vez, animándome a que le llamara cuando fuera a Madrid.

En el jardín, camino de la puerta, miró los agujeros extrañado, pero no dijo nada. Después se fijó en el dado de piedra enorme en lo alto de la colina en el que se apoyaba un cilindro, también de piedra, dentro del perímetro de nuestra propiedad.

—Es un vértice geodésico, lo pusieron ahí en los años veinte. —Su silencio y su expresión me sugirieron que no lo comprendía—. Sirve para hacer mapas, vienen los topógrafos con sus aparatos y miden distancias desde ahí.

—¡Ah! Comprendo —exclamó después de mirar reflexivo al cielo—. Geodesy.

Asentí aliviado porque no sintiese la curiosidad de subir hasta allí arriba. Cuando se marchó me detuve a contemplar la casa que tanta emoción había causado a aquel hombre vivaracho. La torre le daba un aspecto fantasmagórico que mitigaban el sol y el césped que la rodeaba. Las enredaderas invadían los artesonados de los balcones y su color verde contrastaba con la pintura blanca. Reconocí que la casa merecía ser un museo y comprendí que vivir en ella era un privilegio.

Al entrar llamé a mi padre. No contestó. Subí a su cuarto con la mano en la balaustrada de mármol de la escalinata y agité el pomo. Había cerrado con pestillo. Seguía sin responder y le imaginé desplomado en la cama, con el corazón exhausto. Se me cortó la respiración y tiré del pomo dispuesto a arrancarlo. Me sudaban las manos. Los golpes se convirtieron en puñetazos y las llamadas en alaridos. Maldije al estúpido americano. Justo en el momento en el que iba a salir para trepar por la hiedra, su voz se escuchó en el interior de la habitación con tono airado:

—¡Vas a echar la puerta abajo!

Sonó el pestillo y suspiré. Abrí la puerta y una nube de humo me cubrió el rostro. Tosí y después de frotarme los ojos me fijé en mi padre. Se balanceaba en la mecedora con el periódico en las manos y un puro en el cenicero que ardía sobre los restos de otros cinco. Había ceniza en el parqué. Agité la nube con la mano.

—El médico no te deja fumar papá.

Me acerqué al cenicero y apagué el puro; él me miró con ojos encendidos.

—En cuanto te vayas encenderé otro. No sabes dónde los escondo.

Le miré con los brazos caídos. No tenía fuerzas para otra pelea.

—Espero que lo hayas pasado bien con tu nuevo amigo —añadió antes de sacudir el periódico para estirar las páginas y volver a leer.

Cerré la puerta y me fui. Cuando tuvo hambre bajó a cenar.

“La Vida Epifita”, de Borja Castellano, publicada por Ediciones Atlantis

Ediciones Atlantis publicó “La Vida Epifita”, de Borja Castellano. La confianza puesta en este joven autor respondió con un gran éxito de su relato.

Ahora puedes leer un anticipo de dicha obra para, con total seguridad, adquirir el relato completo.

Un hombre es capaz de acabar con otra persona si no la deja marcharse y tampoco permite que se acerque por completo a él; la ata a sí mismo y no la devuelve al mundo, y al mismo tiempo mantiene las distancias, no fragua ninguna alianza con ella. La persona así tratada acaba muriendo por haber sido apartada del mundo. Por quedarse sola y, a la vez, no estarlo del todo, porque vive en una especie de atadura y su carcelero no se ocupa de ella…”.

Sándor Márai. La Gaviota.

Uno

Muchos años antes, cuando abandonó aquel hombre a su trágica suerte, el Conde tuvo la certeza de que el suceso que acababa de presenciar traería consecuencias el resto de su vida: Cecilia fue, en un principio, la penitencia.

De nuevo pensaba en ello, esta vez mientras escuchaba el sonido de los pasos de Cecilia, el seco y breve posar de sus zapatos sobre el suelo, que delataba su posición. Con los ojos cerrados, el Conde la imaginó cruzando el pasillo y atravesando lenta y rítmicamente el salón principal hasta llegar a la terraza del primer piso, donde él mismo se encontraba apoyado en la barandilla. Una vez allí, Cecilia permaneció en silencio, mirando las espaldas del Conde bajo las ménsulas voladas de granito.

Él no se volvió y ella no se acercó.

Desde la altura de la galería se divisa una vasta superficie, y aquel verano gallego trajo multitud de aromas que, si bien el Conde no era capaz de reconocer, sí era capaz de apreciar. Las sombras de los pájaros se enredaban sobre el césped del jardín: era a Cecilia, que continuaba inmóvil detrás de él, a quien le gustaban los pájaros, los árboles y los prados, las caminatas por terrenos embarrados, el tacto de la lana viva, el correteo de las gallinas, y los tomates y los pimientos de la huerta a los que sacaba brillo con las mangas de su camisa; por el contrario, él sentía una hipnótica atracción por el bosque espeso, por los altos helechos, los riachuelos ocultos, los caminos sinuosos y perdidos. También por eso le gustaba aquella casa, perteneciente al concejo de Lugarnovo (al sur de la Ulloa), en lo alto de una pequeña colina, aislada y rodeada, junto al jardín y el pequeño prado, por grandes carvallos.

Cecilia levantó el brazo y acercó su mano para ponerla sobre el hombro del Conde, como si quisiera decirle que estaba allí y que necesitaba de él, pero no llegó a tocarle. En cambio se dejó caer sobre su espalda, o tal vez no pudo evitarlo y simple-mente desfalleció sobre ella. Eso sí, a su manera. Cecilia, aunque no era alta, tenía una presencia alargada, parecida a una espiga de trigo que agradece el sol y el viento que la mece venga de donde venga. Lo cierto es que le rodeó con los brazos, apoyó la oreja entre los omóplatos y se aferró a él, clavándole las uñas en el vientre para después arrastrarlas hasta el pecho y de nuevo apretar fuerte. Así afloró un mínimo de la pasión contenida durante los últimos años. Él se limitó a agarrarse con más fuerza a la piedra de la barandilla como si aquello fuera todo lo que podía hacer.

Así permanecieron un tiempo, lo mismo pudieron ser minutos que horas, descansando de una larga vigilia o despertando de un largo sueño. Dos peregrinos conscientes de que es más relevante el camino que el destino.

—¿Por qué no podemos estar juntos? —preguntó Cecilia.

La pregunta era trascendental porque aquella fue la primera vez que hablaron explícitamente de su amor. Infinidad de veces habían debatido sobre el amor. El amor en general. El amor filial, el amor paterno, el amor fraternal, el amor carnal, el amor propio, el amor a Dios. A raíz de novelas o ensayos o películas argumentaban posturas distintas (aunque no siempre creyeran lo que decían) porque aquello les parecía divertido y porque les gustaba debatir y argumentar, a veces discutir. Y era en esos momentos cuando ella extravertía los ojos, del color del agua de un estanque impresionista, dos pinceladas de luz y color, que eran apéndices movidos por la fuerza centrífuga del entusiasmo; el resto de su cuerpo sumiso se vencía muy ligeramente.

Aun así, siempre abordaban el tema desde la distancia psíquica y sentimental, como el investigador que estudia el cáncer o el forense que disecciona un cadáver.

Y a pesar de todo, de la claridad de la pregunta, de la necesidad de una respuesta, a pesar de la convicción plena de que el momento de declarar su amor por Cecilia había llegado, el Conde no contestó.

—Sé que en las cartas que envías a tu padre no le hablas de mí —continuó Cecilia sin dejar de abrazarle—. Las he leído. Algunas, no todas. Perdóname pero necesitaba entender. Por un tiempo pensé que te avergonzabas de quererme. Que tal vez te importaba lo que otros pensaran. Pero tú no eres así, no te importa lo que digan los demás. ¿Qué es entonces? ¿Qué te impide amarme?

Una vez más no contestó.

A sus treinta y cuatro años el Conde era un hombre autárquico a quien le gustaba la soledad, lucía unas incipientes ojeras (de lector insomne o púgil trasnochado), dos filigranas sobre una piel minuciosamente pálida. Su nombre de pila ya casi nadie lo recordaba y algunos probablemente ni lo sabían, y esto le hacía sentir confortable. Hay quienes pensaban (y quienes criticaban) que su soltería y la ausencia de relaciones sentimentales conocidas tendrían también el mismo origen de afinidad por el aislamiento interior. De cualquier manera, como acababa de afirmar Cecilia, nunca le importó lo que otros pensaran (ni lo que otros criticaran), aunque entendió que Cecilia podía referirse tanto a la diferencia de clase social como a la diferencia de edad. Ninguna de las dos cosas era cierta.

Con la mejilla aún sobre la espalda del Conde, Cecilia podía escuchar el corazón que latía arrítmicamente. Cómo cada diástole dejaba marchar un año del quinquenio que habían estado juntos en aquella casa que insistía en plegarse sobre sí misma. Un latido por cada vez que quisieron transgredir la profundidad de la piel y no quebraron ni el aire. Un tañido por cada pensamiento que nunca se hizo carne. Repiques acelerados por cada vez que él ansió ese momento y no supo realizarlo. Una pulsación para medir la vida entrelazada que se les escurría. Un pálpito. Cinco años según ella; once años en realidad, desde que el Conde descubrió que era ella la hija huérfana de un hombre muerto ante sus ojos: el sexenio del centro de menores, pensó el Conde al uso de quien estudia la historia revuelta de España, y el quinquenio de Lugarnovo. Distintos latidos para distintas épocas. Aunque reconociera en aquella a quien amaba en esta. Aunque en aquella la cuidara y protegiera desde el anonimato y en esta desde una fachada ficticia que se desmoronaba. Una larga vigilia o un largo sueño.

¿Por qué no podemos estar juntos? —acababa de preguntar Cecilia—. “¿Qué te impide amarme?”. ¡La historia que desconoces! Siempre es Dios o la Historia, pensó el Conde.

—¡No puedo seguir así! —gritó Cecilia, aunque las palabras salieron de su boca como un susurro, lánguidas como la saliva que de sus labios cayó sobre una espalda.

Detrás de cada declaración de Cecilia se producía un sólido silencio. La casa se hundía en la colina asediada por los robles. Nada revelaba una aldea próxima.

Hay cosas, pensó el Conde, para las que un hombre no está preparado ni siquiera cuando las espera. Algunas personas nunca están preparadas para la muerte, otras (acaso las mismas) nunca asimilan el amor. El mutismo del Conde podría hacerle parecer una de esas personas. Quizá en otro tiempo, pensó, pero no ahora y desde luego no en el futuro. Quiso (pero no lo hizo) darse la vuelta, fundir la parte inferior de su cuerpo con el de Cecilia y besarla. Inmediatamente después, declararía que en el fondo siempre la había querido, que su vida carecía de sentido sin ella, que nunca se lo había dicho por miedo, porque si lo hacía también debería confesar su vergonzosa implicación en la muerte de su padre.

Sabía que aquel momento habría de llegar y aun así sintió que necesitaba estar más preparado. ¿Era posible estar más preparado para confesarle a quien se ama que toda su vida ha sido una farsa? ¿Que lo que cree saber de su pasado y de la persona a la que acaba de declararse está tergiversado y manipulado? Trató de ordenar sus pensamientos lo más rápida-mente posible, pero la vida parecía urdir un desencuentro. Sin que mediara una palabra más, Cecilia escabulló sus brazos enredados en el cuerpo inerte del Conde y se marchó. Paso a paso comenzó a desdibujarse. Como unos minutos o unas horas antes, él oyó el rasgado retumbar de sus andares; sobre la baldosa de la galería, sobre la tarima del salón, sobre la piedra del distribuidor; la perdió.

Se quedó solo en la terraza con la vista perdida en la espesura. Ni siquiera advirtió en qué momento se acabó el día. Como tampoco imaginó que en aquellos instantes Cecilia estaba haciendo la maleta dispuesta a irse de su casa, y que en su equipaje no había más que algo de ropa y un neceser; ni un solo libro (ni una sola de las obras que habían leído juntos, porque la literatura no es de quien la compra, mucho menos de quien la escribe, sino de quien la lee, y más aún como ellos, por comentarla y compartirla; porque para ellos la literatura había sido el punto de encuentro, un estado compartido; quizá por eso no se llevaba ni un libro, porque pensaba que en cierto modo sería como cargar con un pedazo de algo que no era enteramente suyo).

Apremiado por el frescor de la noche entró de nuevo en la casa. Se acercó al armario esquinera del salón (su mueble favorito por la belleza de la balda de mármol verde impregnada de vetas blancas —con forma de neuronas o nervios— y de la marquetería) en donde guardaba el ron añejo. Se sirvió una copa que paseó varias veces y finalmente no se bebió. En su lugar buscó algo que pudiera deshelar sus intestinos y de paso ayudarle a pensar. Los treinta y siete grados y medio del ron le parecieron pocos, el vodka y la ginebra los compró solo para los invitados, porque a él le producían arcadas, al igual que el whisky. En la balda inferior del mueble rebuscó entre los licores y oculta tras un limoncello descubrió una botella de absenta de ochenta grados que compró en Turquía años atrás, aunque el origen de la absenta era probablemente suizo, que estaba a medio beber y que ya había olvidado. Bebió un trago directamente de la botella. Como la lava por un glaciar se desplazó la absenta por la garganta y los intestinos. Cuando no quedaba nada más que derretir el Conde bajó las escaleras en busca de Cecilia.

La encontró en el amplio vestíbulo dispuesta a abandonar la casa por la puerta principal. Desde allí atravesaría el jardín, bajo las estrellas, hasta la cancela de entrada a la finca por donde el Conde hubiera podido verla de haber seguido en la terraza del primer piso. Vestía unos vaqueros y una chaqueta larga verde caqui que le llegaba casi hasta las rodillas. Calzaba unas bailarinas. El resto de ropa la llevaría dentro de la maleta que agarraba desde el asa con las dos manos en una actitud tan valiente como inocente, similar a la del día que llegó, apenas cinco años antes. Por un instante le recordó a una hermosa niña que navegaba en una frágil balsa.

Se miraron fijamente.

—¡No te vayas! —suplicó el Conde.

—¿Por qué habría de quedarme? —respondió Cecilia con una súplica encubierta.

Esta vez el Conde fue capaz de contestar.

—Necesito algo más de tiempo —dijo mientras se acercaba un paso—. Hay algo que debo arreglar antes de que podamos estar juntos.

Había poca luz en el vestíbulo.

—Hay algo que debes saber —confesó el Conde—. Y necesito tiempo para contártelo.

Los ojos del color del agua de un estanque, que eran pinceladas y apéndices, se volvieron aún más líquidos. Entre sollozos, Cecilia tal vez recordó cómo partió del hogar de acogida para trabajar de asistenta en la casa de un conde en Lugarnovo (que más parecía un refugio). O revivió cómo conoció el amor reprimido y recibió todo tipo de atenciones, desde un futuro íntimo y abstracto hasta una carrera universitaria. Tal vez lloró al pensar que todo había sido una ilusión o un engaño, el juego sádico de un nigromante. Por primera vez el Conde tuvo la impresión de que Cecilia no se mecía a favor del destino, sino que se quebraba un poco. ¡Pero necesitaba el tiempo que pedía! Para explicarle por qué era ella quien había tenido que dar un paso tan valiente, tan esperado y necesario. Para decírselo de la mejor manera.

—Te esperaré —dijo Cecilia.

La maleta se le cayó de las manos, ajena a la fragilidad de su balsa y al hambre de los depredadores que acechan bajo las aguas oscuras.

“La vida epifita”, de Borja Castellano en Ediciones Atlantis.

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“Los verdes campos de Ítaca”, de Julio García Llopis, en Ediciones Atlantis

Ediciones Atlantis confió en Julio García Llopis para publicar “Los verdes campos de Ítaca”. PUedes leer los comienzoas de este maravilloso relato.

PRÓLOGO

Soplaba un viento recio, ahuyentador de nubes bajas, con sabor a yodo. Iraila, septiembre, mes de los helechos y las avellanas. Pero allí, silencio eterno, solo crecían ramos de flores mustias y fotografías ajadas.

El ángel de piedra, el Innombrable, musitó:

—Es la hora.

Y voces sin cuerpo, remedos del viento recio, repitieron:

—¡Es la hora!

El ángel de piedra, el Innombrable, alzó sus alas quietas.

—Ha de regresar —dijo—. Su lugar está donde debe estar, entre el polvo de huesos de sus antepasados. Tiene el lecho preparado, la morada angosta de la que nunca se sale. Cuando el viento recio se vuelva para él viento negro, nuestra fiesta será su fiesta, nuestra triste alegría su alegría.

“Hace años que abandonó la tierra madre; casi el doble de las horas de un día. Por entonces, el jinete armado araba los campos con pólvora y la bienvenida a los nuevos era continua. ¿Recordáis?”

—¡Sí, sí, recordamos! —hicieron eco la calavera, el atlante, el marino, el niño.

—Él, como aquel otro Ulises legendario —prosiguió el ángel—, combatió en una guerra cruel que los anales registrarán a fuego hasta la consunción del universo. Pero los hados de la victoria no fueron propicios a los suyos. La espada de un hombre ambicioso, hoy también en el reino de las sombras, se impuso al coraje de las ideas. Así empezó su destierro. Y hubo otra guerra; pueblos contra pueblos, mar, tierra, aire, infiernos, desatados. Y Ulises volvió a luchar por el concepto abstracto de libertad. Cuando amaneció la paz sobre el mundo, su paz seguía siendo la de los vencidos. Invadido su país, proscrita su lengua, atropellada su cultura, no quedaba reducto para la esperanza. Como tantos otros, el peregrinaje fue su castigo. Y conoció nuevas tierras. Gentes, pampas, puertos, ciudades; siempre oteando cambios, siempre inútil la búsqueda.

—¿Y las ramas de su tronco? —preguntó la calavera.

—Nació una —repuso el ángel—. Un varón fuerte, de carácter inquieto, con el latido de la raza en las venas: ojos, boca, nariz, mentón, estatura… Pronto entendió que su sitio no estaba en la Cúpula, la morada fetal de los poderosos junto al mar contaminado, y rompió amarras de clase. A él le toca el papel de Telémaco en esta historia reinventada.

—¡Haznos ver a Penélope y a los pretendientes! —suplicaron el niño, la rosa, el ramo y la cruz.

—Penélope esperó —continuó el angel, con un crujido de sus alas quietas—, soportando el desprecio de la Cúpula. Los elegidos no aceptan intrusos, y ella era reo de intrusismo por su unión con Ulises. Llegaba de las castas bajas, del limo sudoroso que apuntala cimientos y ara surcos. Fue marginada, aislada, reducida al olvido. Entretanto, los hermanos del hermano mayor, de Ulises peregrino, controlaban el reino de los bloques ensamblados, las soldaduras chispeantes, los barcos que se botan de noche, como ladrones. Ocuparon el palacio con sus mujeres y sus vástagos, y acudieron a la diosa de los ojos vendados, el fiel del derecho, para que se le declarara muerto.

—¡Muerto! ¡Muerto! —se alzaron murmullos desde Aitzerrota hasta Punta Galea.

—Sí, muerto —dijo el ángel—. Pero ella enseñaba cartas, mostraba sobres con sellos extraños, y la rabia mordía labios y fruncía ceños. Hasta que un día —Día humano, hoja del calendario—, no pudo mostrar más cartas. Ulises callaba en su refugio último, envuelto en perfumes y en colores que manchan.

—¿Sabes tú dónde se oculta, ángel? —inquirió el atlante.

—Yo sé todo lo que se me permite saber —contestó el Innombrable—. Está en un lugar donde se trenza espuma de olas y la vista recorre horizontes siempre brumosos. Allá todo es orden natural, cuevas, abismos, bosques, gigantes de granito. Y moradas…

—¡Moradas! ¡Moradas! —reflejaron asombro las voces.

—En el paraje del que os hablo —dijo el ángel— hay campos sembrados de altas moradas, sin cruces, ni cercas de granito, ni frases indelebles. Polvo de humanos primitivos hace crecer la hierba y se escuchan gritos de aves picudas sobre los acantilados que devoran el vértigo. El legendario Ulises añoró a su vez esta costa cuando las corrientes le arrastraban hacia las fauces inevitables de Escila y Caribdis.

—¿Es deso de este otro Ulises querer regresar a su tierra? —quiso saber el marino.

—Ulises sueña despierto —repuso el Gran Alado—. Muchas veces camina distraído al borde del vacío mientras sus pensamientos vuelan lejos. Ha entrado ya en el tercer sendero de la vida, el definitivo, y puede más en él el torbellino del pasado que las caricias jóvenes o el correr de pinceles sobre la tela blanca. Lo escrito se cumplirá.

—¡Cumplirá! ¡Cumplirá!

El ángel de piedra, el Innombrable, orientó entonces sus alas trabadas hacia el panteón gris, de mármol fino, en cuya losa se leía “Familia Mendiguren” y con su pluma más fina caligrafió un nombre sobre el nicho vacío:

ULISES MENDIGUREN

El viento recio soplaba sin tregua, poniendo escalofríos de otoño en un mar de chocolate.

UNO

Pero se me parte el corazón a causa

del prudente y desgraciado Ulises, que

hace tiempo padece angustiado lejos

de los suyos…

(La Odisea. CantoI)

¿Mi padre?

—Soy… era un buen amigo suyo. Me llamo Aldamiz, Julio Aldamiz.

La primera impresión —su aspecto, el bulto que llevaba bajo el brazo— le hicieron pensar “Un representante”. Llegaban a diario a la Galería, más ahora que el trabajo escaseaba y la gente se agarraba a lo que podía. Pero luego, no; demasiada altivez en su mirada. “¿Es usted Aitor Mendiguren? Vengo a hablarle de su padre”.

Era un hombre alto, de pelo canoso y edad indefinida; esa frontera de más de sesenta años, aunque imprecisa, bien conservada.

—¿Mi padre?

—Soy… era un buen amigo suyo. Me llamo Aldamiz, Julio Aldamiz.

Estrechó Aitor su mano adelantada, apretó unos dedos nudosos, sin flojera en el choque.

—Acompáñeme, por favor. Estaremos mejor en el despacho.

Cruzaron la sala —exponía Villegas, el seudopuntillista; un plomo—, subieron las pequeñas escaleras hasta el santuario de los números. “¡Dios, no se vende una gorda!”.

Frente a frente, en sillas metálicas desvencijadas, interrogante él, dispuesto el visitante a romper el hielo.

—Una bonita sala de exposiciones… —Y, fijando la vista en el bodegón de la pared, su primera época—. ¿Pinta usted también?

—Algo. Lo imprescindible para justificar mi comercio con el arte.

“O para tapar a pinceladas mi frustración —pensó, fiel a su manía de dar continuidad mental a las frases—. La pintura es el clavo ardiente de los indecisos”.

El hombre había aprovechado la pausa para sacar de su gabardina una bolsa de cuero. Extrajo del interior una pipa curva y empezó a cargarla con gestos calmosos, de fumador experto.

—Su padre era un gran dibujante —dijo, mientras distribuía el tabaco en la cazoleta—. Le recuerdo siempre con un bloc bajo el brazo, casi negras las pastas a fuerza de usarlo. Tomaba apuntes de cuanto veía: paisajes, rostros, situaciones… En el frente le llamábamos Matalápices.

—¿Estuvo con él en la guerra? —inquirió Aitor, tratando de parecer cortés.

Su interlocutor prendió fuego a la mezcla. Aspiró con fuerza y un humo dulzón se extendió por la habitación.

—Más que eso —repuso. Masticadas las palabras, acento de pipa—. Estudiamos juntos, jugamos juntos a la política. Luego, llegado el momento, también luchamos en el mismo batallón. Lo que se dice una amistad firme —añadió con una sonrisa.

—¿Ha vuelto a verle desde entonces?

—No. Cuando cayó Bilbao y nos replegamos hacia Santander, perdí su rastro. A mí me hicieron prisionero los italianos en Santoña. Supuse que había logrado escapar de la encerrona.

—Ya… —puso Aitor en la palabra un tono de incomodidad. No andaba sobrado de trabajo, pero tampoco le agradaba la perspectiva de forzar la conversación con un desconocido, ignorando sus reglas de esgrima.

—Espero que no le haya incordiado mi visita —pareció interceptar sus pensamientos el hombre—. Imaginé que le gustaría saber cosas que solo él hubiese podido contarle. Tener padre es algo que no aprecian más que aquellos que lo han perdido o nunca lo conocieron.

—En absoluto, en absoluto… —se apresuró a responder Aitor. “Vendo cuadros, pero también cortesía”—. Solo que me resulta chocante estar hablando con usted de mi padre. Es como evocar a un…

—¿Fantasma?

—Algo así. Hace más de diez años que no tenemos noticias suyas. Su última carta estaba fechada en la Argentina. Decía que pensaba establecerse en Francia, para estar cerca cuando reventase la dictadura. Desde entonces no volvió a escribir —hizo una pausa dolorosa: nervios en el estómago—. Ama es la única que aún conserva la esperanza. “Sé que vive”, insiste. Y se aferra a esa idea con todas sus fuerzas.

—Es probable que acierte —Se acomodó mejor en su asiento Julio Aldamiz, dio una nueva chupada a la boquilla—. Las mujeres poseen un sexto sentido que rara vez las engaña.

—Pero, si vive, ¿por qué no se ha puesto en contacto con nostros? Casi todos han retornado ya —replicó Aitor, un nuevo espasmo estomacal pidiendo el cotidiano café bien cargado.

—A veces concurren motivaciones impensables, circunstancias difíciles de enjuiciar. A cierta edad, usted lo comprobará algún día, las decisiones se toman con lentitud, requieren un complejo proceso de elaboración mental. No basta el “quiero”. Intervienen otros factores como “me encuentro dispuesto”, “estoy preparado”, “voy a”… Está también el miedo a recobrar el pasado ¿Se imagina? Dejó a una mujer joven y la semilla de un hijo en su vientre. Iba a encontrarse con una anciana y un hombre adulto que ha de llamarle papá. Algo duro, ¿no le parece?

—Pudo habernos avisado para que nos reuniéramos con él. Hubiésemos compartido su vida, por muy difícil que resultara.

—Compartir, ¿qué? ¿Su amargura de exiliado, su vagar constante, su inseguridad económica? Sabía que, aquí, su madre y usted tenían cubiertas las necesidades básicas. Por otro lado, todos conservábamos la vana ilusión de que el régimen no duraría mucho. “Cuando ganen los aliados, cuando el bloqueo económico los obligue a ceder, cuando muera Franco…”. No sabe lo que eso significa. Mi caso fue diferente, aunque en cierto modo similar. Al salir de la cárcel, me desterraron a Andalucía, a Huelva; todo el país de por medio para aislarme de lo que había sido mi existencia anterior. Tuve que partir de cero; una nueva identidad. Ser un lobo solitario me ayudó a resistir. No lo hubiera soportado si alguien —una mujer, un hijo— se hubiesen visto forzados a seguir mi calvario.

Amagó Aitor una sonrisa irónica. “Nosotros castrados; ellos masoquistas —pensó—. Gozan con el relato de sus sufrimientos.

—No deja de ser una forma de cobardía —repuso.

—O de fatalismo; la actitud de los personajes de la tragedia griega. ¿Ha leído a Homero? Puedo asegurarle que entre los dos Ulises, su padre y aquel Odiseo mítico enfrentado a la ira de los dioses, que hundían sus barcos, dejaban morir a sus compañeros y retrasaban indefinidamente su vuelta a Ítaca, existen curiosos paralelismos.

Aitor empezaba a irritarse, consciente de que el absurdo diálogo estaba llegando demasiado lejos. Sin embargo, algo frenaba su impulso de levantarse, cortar con un “perdóneme, estoy muy ocupado”, y salir a tomar el café que su cuerpo reclamaba desde hacía tiempo.

—Escúcheme… —dijo con calma—. El único paralelismo posible es el onomástico. Descendemos de una estirpe de marinos. Aunque con el abuelo se interrumpiera en parte la tradición, me parece perfectamente natural que pusiese a su primer hijo un nombre relacionado con la mar: Ulises, Jasón, Cristóbal… No creo que en esa coincidencia exista nada esotérico.

Esta vez fue Julio Aldamiz quien se envaró en su asiento.

—Me toma por loco, ¿verdad? Lo leo en sus ojos… Pero concédame al menos unos minutos más para que le cuente una pequeña anécdota —Sin esperar respuesta, reavivó con una larga chupada el brasero de su pipa y prosiguió—. Durante la ofensiva de Vitoria, nos quedamos aislados en una colina, cerca de Villareal. Como nuestro capitán había muerto en un reciente bombardeo, Ulises, su padre, recientemente ascendido a sargento, tuvo que tomar el mando de la compañía. Se ganaban estrellas con facilidad, ya sabe. Los nacionales pegaban fuerte por el norte. No nos quedaba otra salida que replegarnos y abandonar la posición. “Vamos a intentar una vieja treta”, me dijo, “tal vez tengamos suerte”. El reconocimiento del terreno nos había permitido localizar, por casualidad, una profunda cueva cuya entrada quedaba oculta entre zarzas. Eligió su padre diez voluntarios y, mientras el resto nos retirábamos hacia el sur, abandonando la cota, se escondieron en el interior de la gruta. Los nacionales tomaron la colina durante la tarde, seguros de no encontrar resistencia, como así fue. Desde nuestra nueva posición veíamos las hogueras y escuchábamos sus canciones con el temor de que, en cualquier momento, fueran descubiertos nuestros camaradas y terminara de modo trágico aquel loco intento.

Hizo Aldamiz una nueva pausa de humo antes de continuar:

—Habíamos convenido contraatacar a medianoche. A esa hora lanzamos fuego de artillería e iniciamos el avance. Fue la señal para que ellos salieran… Cogidos entre dos flancos, los franquistas creyeron que se les echaba encima todo un ejército. Así reconquistamos el montículo sin apenas bajas.

Aitor tuvo que reconocer las facultades narrativas de su visitante. Aunque la guerra civil solo significaba para él un mero hito de reflexión histórica, el relato —quizás a causa de la identidad biológica con su protagonista— había conseguido materializar por un momento fusiles, metralla, explosiones y muerte.

Suspiró. Suspiro masculino; aire con fuerza por la nariz que descarga tensiones.

—Increíble… —musitó.

—¿Le resulta increíble mi historia? —preguntó Aldamiz.

—Me resulta increíble todo: usted, la conversación que estamos manteniendo, esa caricatura mitológica de un padre al que ni siquiera conozco.

Se puso en pie Julio Aldamiz con brusquedad, un gesto crispado en la comisura de los labios.

—Lo lamento… Ahora comprendo que no debí venir —Y rechazando el gesto de Aitor para acompañarle—. No se moleste, gracias; conozco el camino.

Le siguió Aitor en picado creciente mientras iniciaba el descenso de la escalera. Sus blancos y espesos cabellos, iluminados por las luces indirectas de la sala, brillaban con intensidad; un aura que —pensó— tenía aspecto de casco guerrero.

De pronto, al llegar al último peldaño, se volvió hacia él.

—Me olvidaba —dijo—. El paquete que traía era para usted. Acéptelo como regalo de un pobre loco.

Y su mutis dejó pasos prendidos entre las telas de Villegas, el seudopuntillista.

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“Nunca te quise tanto como para no matarte”, de Javier Ochoa

Ediciones Atlantis publicó Nunca te quise tanto como para no matarte”, de Javier Ochoa.

A continuación puedes leer unas páginas de tan interesante trama, así como puedes enlazar con la compra del ejemplar en el enlace señalado anteriormente. Disfruta…

 

 

Lo siento mucho, la vida es así…

no la he inventado yo”.

Sandro Giacobbe, El jardín prohibido

Nick. Nick Corey, tus problemas acabarán desquiciándote, así que lo mejor es que pienses algo pronto. Lo mejor es que tomes una decisión, Nick Corey, porque, si no, lamentarás no haberlo hecho.

De modo que me puse a pensar, y luego pensé un poco más. Y decidí que no sabía qué mierda hacer.

Jim Thompson, 1.280 almas

CAPITULO 1

«Vamos, Paco Galindo, ahora no puedes desani-marte y venirte abajo. Tienes que hacer un último y titánico esfuerzo para alcanzar la meta. Acabas de salir muy bien colocado de la última curva y estás perfectamente situado en la recta de llegada. No debes permitir que tus dudas y remordimientos te superen en el sprint final. Recuerda que solo el vencedor tendrá derecho a la recom-pensa del premio, todos los demás caerán en la indiferencia más absoluta y se ahogarán en el olvido.»

Paco pensó como lo haría el sheriff de Potts Country, un pueblo sureño de los Estados Unidos con una población de 1.280 habitantes blancos (los negros y los perros no contaban para las estadísticas demográficas en los albores del siglo xx) que él conocía muy bien, pese a no haberlo visitado nunca… excepto en su imaginación.

«Paco. Paco Galindo, tus problemas acabarán desqui-ciándote, así que lo mejor es que pienses algo pronto. Lo mejor es que tomes una decisión, Paco Galindo, porque, si no, lamentarás no haberlo hecho.»

Cometí una debilidad el pasado día de San Valentín y lo peor de todo es que lo hice sin analizar sus posibles y fatídicas consecuencias. Me comporté exactamente igual que lo hubiese hecho un idiota redomado que no tuviera dos dedos de frente y ahora, cada minuto que pasa, el problema se complica un poco más. Tengo que darle una solución definitiva en los próximos días.

En aquellos tiempos, llevaba más de año y medio trabajando en una novela con la intención de presentarla a un gran concurso literario, el mejor dotado económicamente del mundo de habla hispana: el Premio Satélite. En la etapa final, tuve que trabajar sin pausa ni descanso para conseguir terminar la obra a mitad del mes de junio, fecha límite para su presentación. Tengo muchas esperanzas depositadas en ella porque tal vez sea la última oportunidad que se me presente de darle un giro radical a mi vida, aunque está claro que los grandes certámenes literarios son pactados de antemano y que nadie que no tenga un reconocido prestigio y una dilatada carrera bien consolidada dentro del mundo de las letras lo tendrá fácil para ganarlo. Pero yo he dedicado varios años de mi vida a estudiar, a analizar y a diseccionar con esmero el proceso y funcionamiento de estos concursos para escribir una obra ganadora. Incluso he leído, y memorizado, la apasionante vida del viejo editor, hoy fallecido, que instauró el premio. Así conseguí hacerme una idea de cómo pensaba. Me he sumergido y escarbado en su cerebro con la minuciosidad y precisión de un neurocirujano: en resumidas cuentas, venía a decir que estas convocatorias se realizan para obtener dinero en abundancia con un libro «que tenga mucho tomate y que esté escrito con un lenguaje que entiendan hasta las porteras».

Atendiendo a esos sencillos parámetros ganadores, redacté mi escrito:

Amancio Quiroga es un industrial, de origen vasco y afincado en Madrid, de sesenta y dos años. Hoy en día es muy rico, pero vive apartado del mundo empresarial por no haber sido capaz de superar el trauma emocional que le produjo el asesinato, en un atentado terrorista, de su segunda esposa y de sus dos hijos pequeños.

Su infancia se desarrolló en un hogar marginal de clase obrera y tuvo que empezar a trabajar con nueve años para ayudar a conseguir el sustento alimentario necesario ya que su madre estaba enferma y su padre era un alcohólico.

Un desconocido, que le recuerda el atentado en el que murieron sus seres queridos, lo aborda a la salida de su casa y le menciona la posibilidad de aliviar su angustia. Exactamente, le dice que, si tiene interés en seguir hablando del tema, tendrá que acudir a una entrevista tres días más tarde.

El empresario, con un millón de dudas y muchos temores, se presenta en el lugar indicado. Orlando, un personaje distinto al del primer encuentro, lo está esperando y le explica que comprende el calvario emocional que lleva atravesando los últimos cinco años de su vida. Que él conoce la identidad y la ubicación exacta de los tres terroristas que intervinieron en el atentado. Que uno de los responsables ya ha abandonado la cárcel por no haber sido declarado autor material de los hechos. Que los otros dos, que aún permanecen en prisión, saldrán en unos plazos máximos de cinco y doce años y que él, Orlando, repre-senta a una organización que se dedica a corregir los defectos clamorosos y la laxitud de la justicia.

Cuando el sicario se pone de nuevo en contacto con Amancio Quiroga Solozábal, el empresario acepta llevar a cabo el plan expuesto: tres muertes por encargo.

Durante el desarrollo del argumento, Amancio evoluciona favorablemente de su depresión y consigue volver a transformarse en el hombre que solía ser.

En el epílogo, se descubrirá una gran sorpresa final.

Si este argumento no merece recompensa, que venga Dios y lo vea. Tiene todos los ingredientes necesarios para triunfar en el mercado literario: es la historia de una venganza justificada, algo muy humano y comprensible, en la que prevalecen el coraje y la superación personal de un protagonista de humilde cuna e infancia desgraciada: drama, drama y más drama… Tiene muertos, sexo, misterio, romanticismo y un final sorprendente y abierto para todos los gustos. ¿Se puede pedir más tomate? Y, por lo demás, el estilo es sencillo y directo. El mismo que se habla en la calle, sin florituras ni adornos literarios: un lenguaje fácilmente comprensible, sin frases complejas ni términos rebuscados ni complicados giros gramaticales. ¿No estará asegurado su éxito comercial?

Pues bien, después de realizar este arduo trabajo de cuatrocientas sesenta páginas, el pasado día de los enamorados, pese a que la relación con Araceli, mi esposa, ya estaba bastante deteriorada, hice un desesperado intento de reconciliación y cometí el error de regalarle los derechos de autor de mi novela El hombre que no se reflejaba en los espejos. Hasta el título es condenadamente sugerente y atractivo, del estilo de cualquier best seller del superventas sueco Stieg Larsson.

Pero lo anterior no habría representado un problema mayor si solo se lo hubiese dicho de palabra; lo absolutamente injustificable, lo verdaderamente inaudito, es que, para darle mayor importancia y credibilidad a mi estúpida y desacertada actuación, yo mismo redacté un documento, utilizando términos más o menos legales, según el cual le cedía todos los beneficios económicos que generase la obra.

La primera reacción de mi esposa fue llamarme anormal, algo a lo que voy estando acostumbrado porque el regalo que ella esperaba era una Thermomix nueva (la que teníamos en casa se había roto, sin posibilidad de reparación, hacía más de tres meses). Pero, incomprensiblemente, al cabo de unos minutos, la Vacaburra (así la llamo en secreto en el ámbito de mi intimidad personal) cambió de opinión y le pareció bien el presente recibido. Incluso se dignó a darme un beso como recompensa y en señal de agradecimiento. Yo no tuve que disimular sorpresa ni gratitud al abrir su regalo porque hace más de dos años que no tiene la delicadeza de obsequiarme con un detalle en las fechas señaladas de nuestro exiguo calendario de conmemoraciones personales.

Aún fue mayor mi asombro cuando descubrí que su mente seguía siendo capaz de fantasear, disciplina intelectual que yo le suponía agotada o abandonada por voluntad propia:

Imagínate lo que haría yo si ganaras el Premio Satélite —dijo—. ¡¡Seiscientos mil euros!!… ¡Ave María! No consigo calcular cuánto abulta tal cantidad de dinero junto.

En ese preciso instante, y no en otro anterior o posterior de la conversación, comprendí la verdadera magnitud de mi equivocación; pues, seguramente, la observación que le hubiese gustado exponerme era: ¿Adivinas adónde te mandaría en cuanto tuviera la pasta ingresada, segura y a buen recaudo, en mi cuenta corriente?

No reaccioné de inmediato. Conociéndola como la co-nozco, después de dieciocho años de matrimonio, sé que lo mejor es dejar correr un plazo prudencial de tiempo hasta que se le pase el éxtasis emocional.

Si yo, en ese mismo momento, hubiese demostrado interés por recuperar los derechos sobre mi obra, los habría perdido irremediablemente de manera definitiva. Tenía que esperar a que la fiera se tranquilizara, a que disfrutara de su reciente éxito. De haber reaccionado manifestándole lo que sinceramente pensaba, me hubiese convertido motu proprio en un tierno cervatillo dispuesto a servirle de banquete a sus afilados colmillos de depredadora.

Un buen día, mientras yo fregaba los platos y ella iba secándolos y colocándolos en su lugar correspondiente, aproveché la ocasión para volver a intentarlo:

¿Por qué no nos vamos a Oviedo y compramos un robot de cocina nuevo? —pregunté cándidamente para tantear el terreno que pisaba.

Cuando tú quieras —respondió ella, casi con cierto cariño y sin pensárselo dos veces.

Si te lo compro… ¿me harías el favor de devolverme el documento de cesión de los derechos sobre mi novela?

¿Estás loco? —respondió instintivamente—. Mi hermano Quimi dice que es un magnífico trabajo.

Otra vez aquel entrometido apareciendo en mi vida, como si no la hubiera jodido ya bastante. Un ser pedante y repelente, alguien insustancial, un periodista frustrado que dejó la carrera a mitad del tercer curso cuando dio el braguetazo de su vida al casarse con la fea y gorda hija de un ricachón de pueblo, con residencia en Ciudad Real, que apenas reúne el conocimiento justo para acabar el día. Un esnob intelectualoide que se las da de experto en cualquier disciplina artística sea cual sea la época, escuela, estilo o tendencia. Un parásito social que se gana la vida trabajando en la gestoría administrativa de su suegro porque le faltan las agallas suficientes para cortar el cordón umbilical que lo mantiene unido al bolsillo de su benefactor e iniciar una vida independiente. Una persona que resulta absolutamente insoportable, insufrible, inaguantable e intratable. Claro que, para cebar su enorme ego, vive entre alimañas de su misma calaña: su engreído padre político, la ridícula y pretenciosa suegra —a la que llama mamá—, su voluminosa y grasienta esposa Amanda y las dos monstruitos gemelas que engendraron hace once años, fruto de su viscosa y empalagosa relación: Elizabeth y Jenniffer (con dos enes y dos efes, aclara siempre la repulsiva niña).

¿Cuándo le has mandado el manuscrito? —quise saber para calcular la importancia real de los daños recibidos—. ¡Aún no estaba terminado de corregir!

Al día siguiente de regalármelo. Me ha dicho que tendrías muchas posibilidades de triunfar si fueses alguien dentro del mundillo literario.

¿Y quién es él dentro del mundillo a secas? Además, yo no te regalé el libro, solamente los beneficios que generase…

No sé lo que pretendes decirme, pero no me vengas con triquiñuelas. Quimi dice que, lamentablemente, has empezado a escribir demasiado tarde, que nadie te conoce, que ahora vas a pagar muy caro ese carácter tan vago que tienes…

¿Y el documento?, ¿también se lo hiciste llegar? —pregunté presa del pánico.

No, pero se lo leí por teléfono. Dice que está muy bien redactado.

Vaya, menos mal…

Pero no te creas que me lo vas a quitar. Lo tengo bien guardado y nunca darías con él, aunque removieras Roma con San Tirso.

Desoyendo la aberración de la expresión popular que acababa de escuchar, me cagué en la puta madre de Quimi, aunque aquella mujer sea mi suegra. ¿Quién coño se cree ese tipo que es para criticar mi libro? Él, que también se considera del gremio de escritores, como no podía ser de otra manera, porque un día vomitó un bodrio literario, sin pies ni cabeza, ambientado en el mundo esotérico de la Baja Edad Media y en cuyo final el Santo Grial acaba en manos de unos extraterrestres camino de la constelación Gamma-Épsilon. Por supuesto que nadie ha tenido el mal gusto de publicárselo. Pero es que fue aún más allá, demostrando su osadía, ignorancia e idiotez, al atreverse a calificarlo con términos tan antagónicos como novela de historia-ficción cuando no es más que un folletín, inconexo y enrevesado, parido por una mente calenturienta y escrita con el culo en sus ratos libres entre cagada y cagada para intentar apro-vecharse de un momento en el cual el género histórico está de moda. ¡Malditos sean Quimi y toda su puta casta, joder!

Yo no quiero quitártelo, Araceli —intenté tranquili-zarla—. Solo te estaba ofreciendo la posibilidad de cambiar el último modelo de Thermomix por esa tontería de mis derechos de autor porque, en realidad, no suponen nada, son humo. Una ilusión.

¿Qué coño te crees que es esto? —me preguntó, poniéndose a la defensiva—. ¿El Un, dos, tres, responda otra vez…? No veo a la Mayra Gómez Kemp. ¿Acaso la estás viendo tú?… Vamos, dímelo, a lo mejor es que me he vuelto gilipollas y ciega y tonta y sorda y no la veo ni la oigo por ninguna parte.

En ese momento, supe que tenía la batalla perdida y que lo más prudente era emprender la retirada. Silencioso repliegue, discreto mutis por el foro. Mejor dejarlo así hasta que se me ocurriera otra forma de recuperar el comprometedor documento y acabar ganando la guerra.

Dejé pasar unos días antes de intentarlo de nuevo. Pero, esta vez, no pondría en sobre aviso al adversario. Simplemente, buscaría el objeto de mi deseo hasta dar con él y lo haría desaparecer. Cortaría los folios interiores de la carpeta y los destruiría. Seguramente, ella nunca comprobaría que faltaban las dos hojas porque es demasiado perezosa para tomarse ese trabajo. O, mejor aún, cambiaría las páginas originales por otras en blanco o emborronadas. Sería gracioso poder decirle que las tintas de la impresora y de la pluma se habían deteriorado mucho por efecto de la humedad hasta llegar a borrarse completamente, tal vez se lo creyera y rompiera a llorar. Sería una situación verdaderamente cómica, llegado el caso. De todas formas, si yo conseguía mi objetivo ella no descubriría la jugarreta hasta que fuese demasiado tarde, cuando el nombre del ganador se hubiera desvelado.

Así, desapareciendo el compromiso documental, si algún día llegaba a obtener el Premio Satélite o si la importante editorial se ponía en contacto conmigo para publicar el libro, ella no tendría prueba alguna que avalase su débil e inconsistente testimonio y, consecuentemente, ningún juez sobre la faz de la Tierra le daría la razón si, aconsejada por el Quimi de los cojones, presentara una demanda contra mi persona. Bastante suplicio representaría para mí, en caso de alzarme con el premio, el tener que darle la mitad de mis ingresos, por tratarse de bienes gananciales, a la persona que más detesto en el mundo. Alguien que me desprecia y me ha perdido el respeto.

El hecho fue que no conseguí encontrar el documento y algo tan volátil, etéreo, inconsistente e intangible como un posible futuro beneficio económico se convirtió en el leitmotiv de la supervivencia de nuestro matrimonio: yo quería encontrarlo para destruirlo y divorciarme de la Vacaburra y ella quería conservarlo para, en caso de ganar el premio, divorciarse de mí y mandarme a la mierda.

Esta paradójica situación se resolverá dentro de unas tres semanas, cuando, el 15 de octubre, se haga público el nombre del ganador del certamen. Por eso me urge tanto resolver el desaguisado ya que no me queda tiempo material para intentar ninguna otra maniobra persuasiva. Pero es que, para mayor regocijo de mis desgracias, resulta que, unos días antes de la gala de entrega de premios, comunicarán a los diez autores finalistas su condición de tales para que hagan sus preparativos y resuelvan sus asuntos importantes pendientes para acudir a la inexcusable cena en el Hotel Artis, de Barcelona, donde se celebrará el acto protocolario. La cuestión es que estoy convencido de que el mero hecho de llegar a encontrarse entre los afortunados elegidos supondrá una importante recompensa económica puesto que esos trabajos literarios, seguramente, se publicarán en varios países y, con una promoción y distribución adecuadas, pueden conseguirse pingües beneficios. Además, está más que demostrado que el personal de Ediciones Satélite es de los que saben hacer bien las cosas a este respecto, aunque solo sea para recuperar el dinero invertido en toda esta excesiva parafernalia.

Por todo lo anterior, he de reconocer que me hallo inmerso en un contradictorio callejón sin salida aparente y el motivo de mi sufrimiento es que, si consiguiera llegar a la fase final y obtener el premio en metálico, después de años de preparación y sacrificado trabajo, haría rica a la persona que más aborrezco del mundo. A no ser que, oportunamente, claro está, ella la palmara antes de conocerse la identidad de los aspirantes a obtener el galardón final.

Ya había contemplado esa opción con anterioridad, pero resulta que no he sido capaz, por el momento, de encontrar un plan que me ofrezca garantías suficientes como para no convertirme, irremediablemente, en el principal sospechoso del suceso.

Además, si se me hallase culpable de su muerte, pasaría los próximos años de mi vida recluido a la sombra y con mi manutención a cargo de los presupuestos generales del Estado. Situación que no me seduce lo más mínimo.

javier ochoa

‘Quienes califican mi novela de sexista son unos indigentes intelectuales’

“Catalonia Paradis”, de José Vaccaro, publicado por Ediciones Atlantis

Este es el comienzo de “Catalonia Paradis”, de José Vaccaro, en Ediciones Atlantis.

 

Catalonia Paradís

José Vaccaro Ruiz

Los hechos, personajes y situaciones de Catalonia Paradís son fruto de la imaginación del autor. Lo que éste no puede afirmar ni negar es que cualquier parecido con la realidad sea o no pura coincidencia.

Prólogo

Siempre resulta arriesgado encargar a un psiquiatra una introducción o un prólogo, y el riesgo nace de la “manía” o también llamada “deformación profesional” de estos sujetos por desentrañar los intríngulis psíquicos de aquello que prologan, de buscar los fantasmas inconscientes que siempre yacen tras las conductas humanas, y cómo no tras las palabras escritas como representación éstas últimas de la personalidad del autor.

Pero el que así arriesga, ya sea autor o editor, demuestra su valentía, y en cierto modo se desnuda para ofrecer con sinceridad una obra y el esfuerzo que ésta siempre comporta.

En este caso de CATALONIA PARADIS el riesgo es además doble, y tiene dos direcciones, ya que por una lado estamos ante una novela negra con contenido político criminológico, y un fundamento basado en la consabida “corrupción urbanística”, y por otro el autor que es un profesional de calado en la materia que la novela expresa, un arquitecto y abogado, ahí es nada.

Pero por añadidura el riesgo se vuelve además contra el prologuista ya que no es conocedor de las “bambalinas” de los asuntos de recalificaciones y otras “menudencias” de tipo urbanístico, a pesar de lo cual confiesa subyugado por la lectura de la novela el ardor y rotundidad de la misma.

Estamos en CATALONIA PARADIS ante el abismo del alma humana cuando se enfrenta a los intereses “terrenales”, cuando chocan las ideas y los ideales con la cruda realidad, estamos pues ante el eterno tópico de ¿cuál es el precio en que cada uno se valora a sí mismo?.

La novela, tejida en un lenguaje llano, pero denso, fácil pero técnico, y psicológico hasta el detalle, saca a la luz las oscuridades de los intereses del capital frente a cualquier otra consideración, desgrana las bajezas de los que gobiernan y deciden, disecciona con maestría y franqueza el “gran teatro socio-político” en el que se mueven todas las decisiones y al final coloca al “poder” en el lugar que le corresponde, las sombras.

El amigo Vaccaro con el conocimiento largo y tendido del mundo urbano, de la gestión, y de las leyes que nacen y mueren a conveniencia de unos pocos, ha sabido entregarnos a manera de un test proyectivo de su personalidad lo que debe ser el fiel reflejo del mundo de la política y los intereses comerciales, tras los cuales, como no podía ser de otra manera siempre hay personas.

En CATALONIA PARADIS además tenemos un amplio muestrario de seres humanos con sus luces y sus sombras, y tras cada diálogo se retrata una conducta, unos anhelos, y por así decirlo un deseo en el fondo de encontrar una verdad a la que agarrarse y dar sentido a la vida. Y es que la vida no se debe vivir sin un sentido o soportando una presión moral más allá de lo razonable.

Carles Granell no pudo más, y a pesar de tener un buen corazón, una gran inteligencia y unos principios morales notables para estos tiempos, finalizó su vida por la vía rápida ante demasiado peso sobre sus hombros, y en la carta que dejó a su mujer hizo el descargo de conciencia que necesitaba dando así al principio de una cadena apasionante de movimientos que la novela desgrana de manera meticulosa y que impiden coger siquiera el aliento hasta llegar al final.

Para un psiquiatra y forense como un servidor ha sido un placer leer un relato tan bien construido y con tanto fundamento moral como CATALONIA PARADIS, ahora bien un consejo: Prohibir su lectura a los políticos, por peligro de muerte psíquica.

PRIMERA PARTE

1

Carles Granell i Sobrevíes, director de urbanismo de la Generalitat de Catalunya desde hacía seis años, levantó su Parker de la hoja escrita y releyó atentamente aquellas manchas de negro sobre blanco, que debían ser el último testimonio de su paso por este mundo. Solamente añadió una coma, lo firmó y lo introdujo en un sobre con indicación del destinatario: «Para Marta». El texto lo tenía decidido y memorizado desde hacía días, por eso le fue posible escribirlo de corrido. Era un mensaje de despedida corto y preciso, propio de su estilo, en él pretendió resumir el cariño que le significaba su mujer y al tiempo, pedirle perdón por haber edificado aquellos más de treinta años de convivencia sobre una simulación y una mentira.

Se levantó, dejó el sobre cerrado encima de una de las dos banquetas del recibidor de su antiguo despacho profesional, para que quien entrara lo viera inmediatamente, y regresó al taburete colocado frente a su mesa de dibujo, en la cabecera de la hoy desierta sala de delineantes. Allí, donde tiempo atrás había desarrollado su trabajo de arquitecto liberal, ahora, de vez en cuando, acudía a lamerse las heridas que la vida y su labor al frente del urbanismo catalán le deparaban (claudicaciones, complicidades, verdades a medias, codicias y miserias), que en aquel lugar, como si del útero materno se tratara, completamente a solas y en silencio con sus pensamientos, era capaz, tras horas de reflexión, de cicatrizar y cerrar. Abrió el cajón del mueble auxiliar, situado entre los caballetes que sostenían el tablero de la mesa, y sacó la pistola Astra 300, comprobó que estaba cargada y le quitó el seguro, al tiempo que la miraba como algo extraño, a pesar de la cantidad de ocasiones en que la limpió, engrasó y usó. Veía la cuadrícula del grabado en relieve de la negra culata, la oscuridad y el rayado del ánima de seis estrías del cañón, su peso, el roce frío del metal y el pavonado del acero, dotados de un sentido y una imagen distintos a lo habitual. Posiblemente, esa diferente percepción del arma, tantas veces empuñada y disparada en Montjuich, respondía a la conciencia de ser el instrumento de muerte elegido para acabar con su vida.

Quemar pólvora las mañanas de los sábados servía para eliminar el sobrante de adrenalina que la dirección de urbanismo le generaba. Podía saberse su estado de ánimo por las cajas de munición gastadas en cada visita al túnel de tiro.

Siempre le habían atraído las armas. Le gustaba estudiar los detalles del percutor, ánima, calibre y centro de gravedad, pensando en el tiempo y la dedicación empleados en hacer aquellos objetos lo más eficientes a la hora de escupir dolor y muerte. El Astra 300, que empuñaba, era conocido por los coleccionistas con el sobrenombre del Purito. El apelativo le venía de que el modelo 300 tenía un hermano mayor, el 400 de calibre 9 largo. En la diferencia entre uno y otro había una explicación. Ambas fueron pistolas reglamentarias en el ejército español pero la 300, de menor peso y volumen, se empleaba en los desfiles y los trajes de gala para lucirla como un entorchado más, mientras que la 400, más pesada y potente, estaba destinada a masacrar en la lucha cuerpo a cuerpo. Se hizo con el Astra 300 en una subasta de reliquias procedentes de la División Azul, prefiriéndola a partir de entonces a la S&W 40, más moderna, anatómica y ligera, pero carente del tacto aristado de la otra. Como alguien le dijo, al Astra, cúbica y lineal, debías adaptarte tú, mientras que otras, como la S&W, eran ellas las que se ajustaban a la mano que las empuñaba. ¿Quizá su propia vida de flamante y triunfador urbanista —pensaba ahora— había sido una permanente adaptación y acomodo a lo que le venía desde fuera, sin cuestionamiento alguno por su parte?

Con el arma en su mano, dirigió la vista a su alrededor. Objetos y detalles colocados aquí y allá, que traían a su memoria escenas y acontecimientos del pasado. De su época de becado estudiante de Arquitectura conservaba una regla de cálculo capaz de darle al momento, con solo mover el cursor, la cuantía de las armaduras del hormigón armado, un trasto ahora inútil frente a los ordenadores de bolsillo que permiten, tocando una tecla, conocer el número de hierros para cualquier estructura. Entre los libros, y en lugar preferente, los textos de Resistencia de Materiales y de Estática, rellenos sus márgenes de anotaciones y apuntes hechos con lápiz de mina dura y letra minúscula, los tres tomos de Análisis Matemático de Pi Calleja y, guardados en cilindros metálicos, varios rollos de planos de papel vegetal con sus trabajos de la asignatura de Proyectos en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Diagonal.

Destacaba el título, enmarcado con un ancho paspartú. Un diploma cargado de cenefas encabezado con la pomposidad de «S.M. el Rey Juan Carlos I y en su nombre el Ministro de Educación…», con la firma en uno de sus ángulos de un funcionario habilitado, que era quien al final certificaba su validez. Prácticamente ni un vacío en las paredes, empapeladas con perspectivas y distribuciones de sus primeros trabajos. Un bloque de apartamentos en Ocata que, como una parte importante de aquellos anteproyectos, no llegó a formalizarse, los esbozos en brillantes colores de un plan parcial en Badalona que le «pasó» el arquitecto del ayuntamiento y diversas propuestas de ordenación urbanística, especialidad a la que finalmente se dedicaría. Ese plan parcial de Badalona, que contaba desde el inicio con el interés y la «colaboración» del municipal, sí que llegó a hacerse, aprobarse y cobrarse, contrariamente al bloque de apartamentos de Ocata.

Allí estaba su vida, no solamente la profesional, sino también la familiar. Una fotografía de Marta, enmarcada y colocada encima de la mesa de dibujo, ocupaba un lugar preferente en sus recuerdos. Su despreocupada sonrisa, mirando a la cámara, le retrotraía al viaje a Grecia donde tomó la instantánea. Coincidió con el primer encargo de un edificio plurifamiliar, dejados atrás los remiendos y las mal remuneradas obras de apeo y reforma. Como escenario de fondo, detrás del rostro alegre de la mujer, se vislumbraban las Cariátides del Partenón y un nítido cielo azul haciendo juego con sus ojos. Fueron dos semanas llenas, aparte de horas de autocar, de momentos felices que regresaban ahora en cascada. Corfú, Mikonos, la plaza Sintagma, lugares recorridos a toda prisa, comandados por guías más empeñados en que compraran platos de cerámica y esculturas de terracota que en impartirles cultura, a los que él daba la vara con preguntas para las que no tenían respuesta (el segmento áureo, el canon de Fidias). Viaje hecho, de punta a punta, cogido de la mano de aquella mujer atenta y arrebolada ante las explicaciones que su hombre, él, pedante y erudito, le iba dando sobre arquitrabes, metopas, frisos. La emoción sentida ante el bronce del auriga de Delfos, su oráculo, la estatua de Poseidón, el estadio de Olimpia. Hubo después más viajes y más fotografías y videos, pero el de Grecia tuvo un sabor especial, para él y para Marta.

Y, como el momento de máxima realización profesional, su nombramiento como director de urbanismo reflejado en la carta enmarcada y colocada junto al título, firmada por el Honorable Conseller d’Obres Públiques i Urbanisme [Honorable Consejero de Obras Públicas y Urbanismo]. Recordaba los ojos de su mujer llenos de satisfacción y orgullo cuando le dio la noticia, viéndolo como el ser que había colmado todos sus sueños, la persona más inteligente y adorable de la creación.

Giró la vista al amplio ventanal, que mostraba el patio interior de manzana que daba fachada a su despacho, con la perspectiva de las azoteas del barrio de Gracia, surcadas por alambres con ropa tendida mecida al viento, un bosque de antenas por encima de los edificios y los tiestos amorosamente dispuestos en las terrazas, repletos de geranios, rosales o claveles. El mismo paisaje urbano, prácticamente inalterable hacía decenios y que él, tantas veces y durante tantas horas, había contemplado desde su mesa de dibujo sin verlo, meditando, abstraído en cómo resolver una fachada, una zona verde o un equipamiento. Un panorama que ahora tomaba un sentido especial y único, cual un amigo que le hubiera acompañado y protegido durante aquellos años, y que ese día estaba allí como un camarada fiel para escoltarle en su definitivo viaje.

En el dibujo asistido por ordenador, solo la pantalla de cristal líquido y el teclado tienen importancia, careciendo la luz natural de la mínima relevancia, al revés de lo que sucedía cuando el lápiz, la goma y el escalímetro eran los instrumentos a manejar. Ahora estaba uno obligado a concentrarse en el universo limitado y concreto del rectángulo luminiscente que contenía los puntos, las líneas y las superficies del plano que iba perfilando y a los que se iba acercando o alejando con periódicas órdenes de zoom acompañadas de alarga, recorta, perpendicular. La claridad del día representaba un incordio y una distracción, algo muy distinto a sus comienzos, en que era el don más preciado de un despacho de arquitectura. Pero Carles gustaba, tanto en sus inicios de usuario de lápiz de mina Faber Castell como luego con el ratón como herramienta de trabajo, de vez en cuando, y durante largos ratos, abandonar aquel hermético y cerrado entorno del papel cebolla o la pantalla informática y dirigir su mirada lejos, atravesar el ventanal situado a un metro y medio escaso y otear lo que ocurría en las azoteas del variopinto patio de manzana. Disfrutaba contemplando las labores de regado y cuidado de las plantas que una desconocida mujer, apareciendo por una puerta estrecha y carcomida, realizaba en su espacio de terraza cada tarde durante un par de horas, ya fuera invierno o verano, dedicada a la limpieza de las hojas secas, a la poda de las plantas, a rociarlas con antiparásitos y a abonarlas. O de la visión del viejo achacoso que sentado al sol de la mañana, entre acceso de tos y acceso de tos, fumaba con placer pecaminoso el caliqueño o el toscano, que el médico de cabecera le prohibió bajo pena de muerte, escondido en un rincón y atento a no ser sorprendido por su mujer, su hija o su yerno. Y también de la matrona que en verano tomaba el sol en bikini para regocijo de los delineantes de su despacho, a los que, en más de una ocasión, sorprendió agazapados tras el cristal para ver bajarse la tira del sostén con la esperanza, jamás colmada, de poder atisbar la areola del pecho. Tal vez esa contemplación de la vida que latía a su alrededor era un reflejo de su propio trabajo de arquitecto, la búsqueda de inspiración para que de los dibujos, surgidos de su lápiz o de su ratón, resultara la existencia de aquellas gentes anónimas —la jardinera, el bronquítico, la pechugona— más ordenada, más plena y feliz.

Sintió que el momento que estaba viviendo, aquella evocación, era el último instante feliz de su existencia y decidió apurarlo y alargarlo al máximo, aun sabiendo que su presencia, ausente de las reuniones previstas para esa mañana, ya había sido notada, convencido de que su móvil, puesto en la función de silencio y postergado en el bolsillo de su pantalón, tendría decenas de perdidas y mensajes. Pronto, dentro de unos minutos, ya nada importaría. El patio, sus recuerdos y, por supuesto, las llamadas por atender quedarían en una dimensión inaccesible cuando fuera un montón de carne inanimada.

La otra vida y lo que significaba aquel tránsito voluntario, para una persona creyente y practicante como él, había sido un problema a resolver. La doctrina de la Iglesia católica es muy clara y dura para con los suicidas, negándoles el pan y la sal de la gloria eterna, incluso, hasta hacía poco, la sepultura en tierra bendecida. Pero el arquitecto, además de la idea de Dios contenida en el catecismo y en los salmos, creía en un Todopoderoso misericordioso que, precisamente por serlo, admitiría sus razones para acabar con su existencia y lo sentaría a su diestra. Tanto esperaba esa acogida benevolente del Señor como dudaba encontrar comprensión en este mundo. Aunque, razonaba Carles Granell, con su acción a nadie estaba perjudicando excepto a sí mismo; más bien evitaba un futuro de sufrimiento en su entorno. Sobre todo en Marta. Sin duda, el Altísimo entendería sus motivos y perdonaría su pecado.

Marta. Dudó en explicarle todo, sincerarse con ella, buscar clemencia para su conducta, pero sabía que, aunque se la concediera de principio, al final vendría la ruptura. Cuando alguien con quien has vivido durante tantos años en la comunión de ideas y emociones que ambos compartieron, conoce de repente que esa vida ha estado basada en una mentira y en una simulación, todo se viene abajo. Fue la primera y única mujer para él desde los dieciocho años que tenían al conocerse, y él lo mismo para ella. Lo poco o mucho que sabían del otro sexo, del amor entre hombre y mujer, era consecuencia de una sola persona para ambos: de Carles para Marta y de Marta para Carles. Con frecuencia, al explicar a los demás ese prematuro y largo noviazgo y su exclusividad veían aflorar sonrisas de suficiencia a su alrededor, incapaz quien lo oía de entender el placer que les comportaba. Sabía que ella no podría asumir la nueva realidad, aceptarlo como la persona radicalmente diferente a la que conocía y junto a la que dormía, otro ser descubierto de repente, puesto en evidencia por su confesión, el reverso del hombre de quien no se separó jamás, estuviera donde estuviera, dando conferencias o cursos en el extranjero, de oyente, en la primera o la última fila, o dormitando en los vestíbulos de los aeropuertos. Con quien lo compartía o creía compartirlo todo.

Eso, una vez roto, estaba convencido de que no existía remedio ni medio capaz de recomponerlo. Se convertiría, de súbito, en un completo extraño. A partir de ahí, sería inevitable la separación. Y él no se sentía con fuerzas de soportar, no ya la soledad que conllevaría, sino el complejo de culpa que le acompañaría para siempre por ser el causante de la ruptura.

Regresó al momento y al entorno presentes desde sus meditaciones, que no hacían sino ratificarle en la decisión tomada. Se imaginó el aspecto que tendrían aquellas paredes decoradas y amuebladas, que constituyeron su espacio de trabajo habitual antes de ser nombrado director, —láminas, acuarelas y grabados amarillentos por la pátina del tiempo como testimonio de horas y horas buscando lo imposible, la perfección— y en cómo quedarían cuando hubiera apretado el gatillo. Los escasos espacios del estuco veneciano que asomaba entre tanto papel, la tapicería de las sillas, los libros ordenados en los estantes, la propia mesa frente a la que estaba sentado. Todo salpicado y manchado con los restos esparcidos de su cuerpo, la carnicería que la bala provocaría como algo necesario para lograr su muerte. Este pensamiento le devolvió a la inmediatez de aquello que debía hacer.

Quitó el seguro y dirigió el cañón hacia su boca. Quería morir, no quedar malherido, y para lograrlo solo existía un procedimiento seguro, que el proyectil penetrara por el paladar y masacrara su cerebro hasta salir por el parietal. Sabía que el espíritu de supervivencia de los humanos, de la carne, hacía que, con frecuencia y en el último instante, la mano del suicida desviara el arma o destensara la soga en un acto reflejo para evitar la muerte. A él no le ocurriría, deseaba un final rápido; pero sobre todo certero. Desconocía si, a pesar del contundente ataque a su cuerpo que se proponía llevar a cabo, habría células, terminaciones nerviosas o neuronas, que le transmitirían algún pensamiento o dolor durante segundos. Pero aunque tal cosa sucediera, estaba convencido de que el resultado final estaba garantizado.

Su boca, ante el duro contacto del metal en el velo del paladar, reaccionó de forma distinta a su voluntad de matarife, insalivando, como si quisiera tantear el contorno del incómodo y frío huésped recién llegado para integrarlo en su naturaleza, buscando una imposible simbiosis de vida con aquel instrumento de muerte, recibiendo la invasión del acero con una secreción de humedad, lo más parecido a la suavidad del capullo con que el gusano de seda envuelve su larva o la lascivia que se destila para seducir al amante.

Se concedió unos últimos instantes de sosiego antes de flexionar el dedo índice sobre el gatillo. Decían, los que habían estado al borde de la muerte, que en ese momento regresa en torbellino la vida entera, detalles olvidados de la infancia que se hacen presentes con exactitud fotográfica. Y debía ser así, porque sentía cruzar delante de él, a velocidad de vértigo, todo su pasado con una intensidad y nitidez absolutas.

Un minuto después resonó el estampido de un disparo, amortiguado por la puerta blindada del despacho. La ausencia de persona alguna en el rellano de la escalera y la densa circulación de coches en el cruce de la avenida Príncipe de Asturias con Gran de Gràcia, su guirigay de bocinazos y el petardeo de los tubos de escape de las motocicletas, camuflaron el sonido como uno más de los ruidos de fondo habitual en las grandes ciudades. Ello hizo que si alguien escuchó el trueno de la pólvora al explosionar lo asociara, en aquel entorno urbano de gente con prisa, con cualquier cosa distinta de lo que había sido, un tiro.

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“Reina sin don”, de Javier Bodas Ortega

Puedes leer el primer capítulo de esta gran obra de Javier Bodas Ortega, publicada por Ediciones Atlantis.

“Reina sin don” de Javier Bodas Ortega

Introducción

El autor de esta obra conoció a uno de sus personajes en un encuentro fugaz que tuvo con él al final de una de sus actuaciones como mimo andante en el parque del Retiro al lado del estanque. Jonás de la Jara encontró al autor en una tarde soleada de domingo de finales de invierno recostado sobre un banco y con claros signos de haber bebido en exceso y estar pasando los efectos de su gran borrachera. Jonás se sentó a su lado le arropó con una de sus mantas y junto con sus gatos pasó la noche con él en ese mismo lugar contándole la historia que relata a continuación el autor, sin que éste pueda precisar los nombres de las personas de la historia con certeza, pero sí los hechos que transcribe, los cuales se cuentan tal como los recuerda según las palabras salidas de la boca de Jonás aquella larga tarde noche. El autor va con frecuencia desde entonces varios domingos al estanque del parque del Retiro de Madrid para ver si hay algún rastro de Jonás que le permita dar con él o con algún otro personaje de su historia, y poder seguir charlando sobre ella y el transcurso de sus vidas desde entonces. Pero nada, todos sus intentos han sido inútiles hasta la fecha desde aquel día.

Capítulo 1

Amanecía en la Madrid. Dios creó el mundo en siete días. Pero Iñigo, el periodista amigo de mi padre desde su Olimpo particular de la radio cada mañana, creaba la noticia, su noticia, cada día. O la buscaba o la radiaba a través de las ondas para despertarnos, mientras nos desperezábamos, nos afeitábamos o nos duchábamos cada uno en sus casas o en los lugares donde dormíamos cada cual. Creaba así también el mundo. Su mundo de cada día. Pero el mundo que él creaba, no era el de todos. No llegaba a todos los rincones. Parecía olvidarse de otros pequeños submundos para él desconocidos. Para él la existencia de algunos guetos, de algunos infiernos, de valles de lágrimas particulares, sencillamente, no existían. No eran suyos. Posiblemente por ello no eran noticia, no había que crearlos, ni decir siquiera que existían. ¿Para qué? O no estaban en los canales de información al uso que le permitieran decir que eso era noticia quizá porque ella no viniera facilitada por persona o personaje conocido o en posesión de elementos que fueran de fiar.

La radio llegaba también a la casa de mi padre afeitándose de buena hora. A las siete de la mañana como cada día. Era madrugador aun siendo viejo. Sin que en apariencia nadie le obligara a levantarse pronto. Esa mañana el periodista abría con una pequeña entrevista con el patrón de La Fundación. Iñigo ya le conocía de otras veces, y además, algo le conté yo acerca de él en casa de mi padre el día que comí con él y sus amigos.

A veces uno siente dentro de sí como si dijéramos el derecho de que pase algo. Algo importante, tan importante que sea noticia, y que uno, o al menos alguien conocido de uno, sea protagonista de ella. Sí, de la noticia. Esa mañana a mí me estaba pasando justo eso. Y mira por donde. El Patrón, tristemente célebre en la historia de Adora y de Jesusa, en antena, entrevistado nada menos que por ese amigo de mi padre, sí, Iñigo. Ambos en el aire. “¡Dios mío!”. Me dije. Yo también me estaba afeitando. En el Centro. Interno, como Adora, o Jesusa, cuidándola. Intentando hacerla reinar como ella yo creo que hubiera deseado aunque en el fondo nunca ni por lo más remoto se la hubiera ocurrido ni decirlo ni siquiera pensarlo, más bien eso sería una veleidad mía hacia ella. Mimándola. Cuidándola. Haciéndola reinar en su reino desconocido o quizá inexistente o virtual. O animal o vegetal. Dentro del especial cambio de estado que a lo largo de tiempo que llevaba interna había ido sufriendo su personalidad, su comportamiento y su propia vida.

Buenos días Sr. Temor, la última vez que tuvimos la oportunidad de brindarle desde esta emisora nuestros micrófonos fue con motivo de un acto que se producía organizado por Vd., consistente en una mini maratón con participación de niños de La Fundación que preside. Hoy, pasados ya unos meses desde aquel evento, han sucedido muchas cosas relacionadas con Vd. y con dicha entidad, juegos deportivos en los que se le imputan supuestas irregularidades en su organización, desvío de los fondos y ayudas económicas de las instituciones públicas y privadas en beneficio propio, y especialmente una noticia por la cual en particular queremos hoy conectar con Vd. y que nos la ratifique o rectifique según su mejor información. Se trata de, según nos indican, que se haya recluida o secuestrada, o retenida, no sabemos muy bien cómo, una persona en uno de los centros que Vd. preside, que al parecer entrando como supuesta interna para vivir de cerca la atención de los niños en esa entidad, hoy ha desaparecido, o se la ha perdido el rastro, no sabemos, tras haber facilitado información confidencial a la prensa sobre su particular manera de gestionar los centros y dirigir la actividad, así como, informaciones diversas de las supuestas malversaciones de fondos y de los otros supuestos delitos de los que se le acusa. ¿Qué hay de verdad en esto Sr. Temor?” Oía decir por la radio a Iñigo mientras me cortaba, del susto, la cara con la cuchilla de afeitar, y mientras mi corazón latía desbocado como una locomotora cuesta debajo de la emoción.

Mire Vd., Iñigo, respecto de lo primero, Vd., ya, me conoce, y sé que, no dudará de mi palabra cuando le diga, cuando le diga, ¿sabe Vd.?, que…, todas las acusaciones son infundadas, y una …, una patraña para desprestigiar la labor que se hace, y se viene haciendo, desde la organización que presido. Pero no se preocupe porque eso está en manos de mis abogados que están tratando el asunto debidamente… y todo se sabrá a su debido tiempo, porque yo confío, yo, confío, en la justicia. Además tengo buenos amigos… tanto en la administración pública, en la política, así como entre las entidades privadas y las innumerables… personas de prestigio del mundo artístico y en general que aportan o han aportado sus ayudas a la entidad que presido, y por ello confío profundamente en ellos y sé que todo lo aclararán, … como Dios manda. ¿Sabe? Estoy seguro. Y respecto a lo segundo… lo referente a esa persona que dice interna en uno de los Centros, o desaparecida, no tengo noticia alguna al respecto, pero como a mí también me ha llegado esa información, he dado instrucciones a todos los directores de los Centros de La Fundación para que analicen los últimos ingresos producidos y así determinar si es cierta la noticia de que me habla. En este momento no puedo ni desmentir ni confirmar su información. Lo siento.” Contestaba el Patrón a la pregunta del periodista quien acto seguido, tras despedirse de él daba paso a otra información relacionada con el mismo asunto…