“UN MILAGRO DESESPERADO”, de Pilar Fuentes Muñoz

“UN MILAGRO DESESPERADO”, de Pilar Fuentes Muñoz en Golpe a la Crisis (Andalucía).

Ediciones Atlantis publica anualmente antologías sobre temática específica con relevancia social. Esta vez fue la “crisis”.

 

 

UN MILAGRO DESESPERADO

Pilar Fuentes Muñoz

El mirar por la ventana no le soluciona nada, solo siente desesperación. No puede entender cómo ha llegado hasta ese instante, hasta ese endemoniado momento de irritabilidad y soledad. Observa desde esa lejanía, en la distancia, a esos pequeños que juegan en el patio, ingenuos e inocentes, ajenos a la desgracia humana que les rodea. Le hace recordar que tiene dos preciosos hijos a los que no puede ver, porque su ex mujer se los ha arrebatado, porque según ella no le ha pagado la pensión desde hace dos meses. Siempre ha cumplido con su deber, minuciosamente ha llegado siempre a cumplir con los pagos, ahora, ella le falla, porque le debe sólo un par de meses. Se acabó el papi bueno, el papi que pagaba sus caprichos y todas las necesidades de los niños.

Ha perdido el trabajo y, desesperado, no encuentra nada. No le queda nada del paro, solo el último mes. Todo su sueldo ha ido siempre íntegro a casa de su ex, quedándole tan solo 200 míseros euros para pagar la cochambrosa habitación donde habita. ¿Qué le queda para comer? Nada, aíre. No le queda nada. Hasta su dignidad se ha marchitado.

Allí, en ese pequeño rincón, observa por el cristal de la única ventana que hay y desde esa abrasadora soledad, mira y abriga su corazón de esa lejana inocencia que le hace recordar que alguna vez tuvo dos hijos que le llamaban papá.

Piensa en la multitud de gente que recorre las calles últimamente en desaforada manifestación para quejarse porque le han quitado al sueldo… ¡Unos míseros euros!, que quizás le sirviera para un viaje, o unas entradas de futbol… ¿En qué manifestación sale él? ¿En qué grupo se tiene que quejar? ¿En el de los abandonados? ¿En el que ya no les queda nada, ni para malcomer?

¡Maldita sociedad! Solo viven unos pocos, el resto somos solo escoria —murmura mientras mantiene los puños cerrados.

Siente que ya no es ni eso: ni trabajador, ni persona. ¿Dónde manifestarse, si solo convocan huelgas para lo que tienen un puesto fijo, los que tienen sus pagas, los que van de viajecitos? ¿Dónde está esa huelga que se manifieste por los parados? ¿Dónde está el trabajo digno que le pertenece por solo el hecho de existir?

En el desesperado dolor de una intensa soledad, abrazado por el desamor de sus hijos, del no trabajo, de la sociedad ambigua, se sumerge en un infinito y lejano sentimiento que le hace dudar de su existencia…

¿Para qué vivir si solo soy escoria, si no tengo derecho ni a respirar porque me cobran dinero por ello? Pagar, pagar, pagar… No tengo para cumplir con esta sucia sociedad. No tengo la moneda de cambio que me da el derecho a comer, a estar bajo un techo digno, ni a respirar. No puedo cumplir con las obligaciones de mi casa y la de mis hijos. No puedo mirarles a la cara y decirles que no tengo para sus necesidades y caprichos. Solo me quedan doscientos míseros euros que debo a la pensión… Entonces, ¡qué pinto aquí! Malgastando el aíre que no merezco respirar… —expresa desolado y perdido.

Es una persona creyente, aunque nunca va a misa. No cree en los curas, ni en esas falsas expectativas religiosas. Siente que hasta la religión pierde adeptos. Para él su creencia solo va más allá de un Dios, de un todo que dirige el universo, que maneja las cuerdas de un reloj donde sus agujas crean horas, que pasan y tocan a cada uno de diferente manera. Un ser que dirige los destinos de cada ser viviente, que protege un Cielo donde descansar cuando la vida respire su último aliento.

“UNA LUZ EN LA OSCURIDAD”, Laura M. Lozano Ramírez

“UNA LUZ EN LA OSCURIDAD”, Laura M. Lozano Ramírez Golpe a la Crisis (Andalucía).

Ediciones Atlantis publica anualmente antologías sobre temática específica con relevancia social. Esta vez fue la “crisis”.

 

 

UNA LUZ EN LA OSCURIDAD

Laura M. Lozano Ramírez

«Todo hombre puede encenderse a sí mismo una luz en la oscuridad».

Heráclito.

Quizá aquella oración, previa a la salida, es una de las más importantes de su vida o tal vez la más intranscendente y sin sentido. Sin saber cómo podía sentir dos emociones contrapuestas, los pensamientos de Esteban chocan entre sí con la violencia de una roca contra otra y esparcen chispas que iluminan fugazmente sus confusas ideas, sumiéndolas inmediatamente en la oscuridad de sus opacas reflexiones. Lo único claro en su cabeza es que no tiene nada claro… Sin embargo está allí, expectante y preocupado, queriendo creer que los milagros existen. Necesitado de que uno, y bien grande, ocurra para arreglar sus problemas, que no son pocos los que machacan su vida a cada instante, y así, de esa manera, recuperar la ilusión de vivir de nuevo.

Los grandes portones de la casa de hermandad se abren y el clamor del gentío, que se aglutina en la calle, en espera de verles salir, llega hasta sus oídos. Se santigua después del Padre Nuestro y se ajusta el cíngulo a la cintura y los guantes a sus manos, dispuesto a la tarea. El interior del salón de tronos también está lleno de cofrades y amigos que abarrotan el deambulatorio del primer piso, pues han venido a ver ese especial momento, que no todo el mundo puede disfrutar de manera tan íntima y exclusiva la salida de una cofradía. Suena la campana martilleada por el mayordomo de trono, en un toque de atención, que alerta a Esteban y a todos sus compañeros portadores a que estuvieran atentos a la siguiente orden que, en breve, sonará sobre el bronce de su hechura.

Silencio. La mano del alcalde se levanta y queda suspendida en el aire por unos segundos, todos los portadores están a la expectativa. Suenan dos toques: el hombro se mete bajo el varal. Un toque más: ¡Arriba el trono! Se oye de fondo. Los primeros pasos resultan ligeros, no pesa, gusta de una manera atrayente y el corazón late con fuerza, henchido de una emoción raramente explicable.

Al asomar las cabezas de varales hacia la calle Victoria una sinfonía de campanillas estalla repiqueteando en las manos enguantadas de sus nazarenos, reciben a Jesús, al que llaman el Rico, repican de júbilo de contento; el mismo que se respira en el ambiente que se percibe entre el pueblo. Al lado la banda del Cuerpo de Policía entona el Himno Nacional, que se ve inmediatamente envuelto en una ovación clamorosa de todos los vecinos del barrio y de gentes de otros muchos sitios, que han acudido un año más a ver salir a su Nazareno, aquel que porta sobre su hombro la cruz por la humanidad, quien esparce infinitita misericordia desde sus ojos y lleva la libertad para un penado, que le espera hecho un manojo de nervios, unas calles más allá, sin haber asimilado todavía la suerte que le ha deparado el destino de ser agraciado por Él y abandonar su condición de recluso por la de liberto.

Suenan las saetas que hablan precisamente de eso, y otras son para la Madre que en seguida asoma por la puerta, siguiendo al resto de su sección de cofrades azules, estandartes y bocineros, perfumando el ambiente con las flores que la exornan y una petalada cae sobre su palio y manto como lluvia de primavera… Empieza la procesión otro año…

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“SE NOS OLVIDÓ 1929”, de Rafael Mª Cañadilla Moyano

“SE NOS OLVIDÓ 1929”, de Rafael Mª Cañadilla Moyano en Golpe a la Crisis (Andalucía).

Ediciones Atlantis publica anualmente antologías sobre temática específica con relevancia social. Esta vez fue la “crisis”.

 

 

SE NOS OLVIDÓ 1929

Rafael Mª Cañadilla Moyano

La reflexión obligada por no recordar la historia, es, precisamente, por qué hemos dado lugar a tener que sufrir en nuestras carnes lo que siempre estuvimos tratando de evitar, es decir, la pobreza, el sufrimiento, el paro, las situaciones de abuso. Contemplamos impotentes, cómo la distancia y la desigualdad entre ricos y pobres, se hacen cada vez mayor, provocando un abismo insalvable que nos conduce a una situación explosiva de consecuencias imprevisibles. Los más ricos, que no los más poderosos e inteligentes, se alían con estos, evidenciando el dicho de que «Dios los cría y ellos se juntan», resultando, por el egoísmo innato que es intrínseco al ser humano, un frenesí devorador de los derechos más básicos de las mayorías más desfavorecidas, y que les guste o no a dichos poderosos, los tienen por el solo hecho de existir como personas.

El paso del tiempo es, paradójicamente, bueno para muchas cosas, pero para otras, como el caso que nos trae, radicalmente malo. Malo, porque propicia el olvido de hechos y consecuencias —la Gran Depresión del 29— que nos hicieron sufrir hasta cotas que, en aquel momento, aquella generación de personas se juraron que jamás se volvería a repetir, donde las necesidades más elementales de cada persona dejaron de importar lo más mínimo a los que ascendieron en el escalafón de una riqueza injusta y miserable. Lamentablemente, nada nuevo si miramos la historia desde una lejana perspectiva.

Lo que más me llama la atención de este ser inteligente, que denominamos hombre, y lo digo desde la observación y autocrítica personal, es la dificultad tan tremenda que tenemos para interiorizar, memorizar y retener los mecanismos que depararían una vida mejor para la humanidad. Es como si el ser humano estuviese condenado a repetir y vivir los males acontecidos a lo largo de su historia, una y otra vez. Como si estuviésemos encadenados a una poderosa e indestructible noria de la existencia que nos esclaviza y desgasta, insensibilizándonos en la relación con los demás, con la naturaleza. En definitiva, con la vida misma. Quizás todo ello tenga que ver con la incapacidad de aceptar, de no hallar la humildad suficiente para sentirnos parte de un orden, de un Universo que se nos manifiesta tan grandioso, tan imponente, tan poderoso con sus leyes, que puede llegar a hacernos creer en un despiadado dictador que nos ha impuesto, sin pedirnos opinión alguna, formar parte de una existencia. Este sentimiento, sospecho, subyace a todos los que vamos navegando en este barco, que no hemos podido elegir tomar. Es la sensación de que nos dirigimos a algún puerto que se nos oculta, envuelto en un misterio insondable, aunque con la sospecha profunda en el subconsciente de cada uno, de que no hay ningún puerto.

Esta última reflexión puede llevarnos a pensar que el hombre no está diseñado para el vacío, para la experiencia más demoledora que se pueda vivir: el vacío interior, con la consiguiente falta de valores constructivos para nosotros mismos y los demás. Ante esto, ¿qué vamos a poder hacer por nosotros mismos? Nada. Y no digamos por los demás. Si quisiéramos remediar esto, habría que edificar un entramado de valores que diesen sentido a nuestra existencia, más allá del simple y superficial mundo de los deseos incontrolados, del instinto que portamos en nuestros genes tan fáciles de seguir. Un sinsentido en alza, por la cantidad de personas que se han dejado llevar por la corriente hedonista del placer por el placer, pero que acarreará un esfuerzo ímprobo a cualquiera que, a posteriori, decidiese cambiar su vida…

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“MI MUNDO PATAS ARRIBA”, de Pedro de Matos

“MI MUNDO PATAS ARRIBA”, de Pedro de Matos en Golpe a la Crisis (Andalucía).

Ediciones Atlantis publica anualmente antologías sobre temática específica con relevancia social. Esta vez fue la “crisis”.

 

MI MUNDO PATAS ARRIBA

Pedro de Matos

Malos despertares los hemos tenido todos.

Pero tan malo como el que estás teniendo, no lo ha tenido nadie antes.

Te despiertas dolorido, tendido en el suelo. Confuso, mareado. Notas el suelo rugoso. No quieres pensar por qué. Tienes arcadas. Temes vomitar, así que tratas de ponerte en pie. No es buena idea. Tampoco resulta productivo.

Intentas moverte, pero los huesos te duelen.

Estiras la mano a un lado, la otra mano, al otro lado. Estás en el pasillo. La casa está en penumbra y tú no recuerdas haber llegado aquí. Hay cosas en el suelo. Se han caído los marcos y se han roto. Notas cristales junto a tus pies descalzos.

La cabeza te va a estallar y el mundo te da vueltas. Finalmente, vomitas. Intentas recordar por qué estás tirado en el suelo del pasillo, pero el más mínimo esfuerzo de tu mente solo te devuelve dolor y quejidos.

La boca te sabe a suela de zapato y notas la lengua lacia. Anoche volviste a beber demasiado. Siempre bebes demasiado. Maldita sea, sabes que tu vida está en su peor momento cuando no recuerdas qué haces en el suelo del pasillo. Y por qué este tiene un tacto rugoso.

Maldita sea, ¿qué has estado haciendo?

Vuelves a despertar.

Sigues en el suelo. No sabes cuánto has dormido. La cabeza te sigue doliendo horrores. Crees que casi prefieres morir.

Tienes frío. Estás casi desnudo. Tratas de levantarte. Todo tu cuerpo se queja. Tu cabeza trata de acallar los gritos de dolor que envían tus miembros, pero eso es precisamente lo que más te duele.

Buscas el interruptor de la luz. No das con él.

Estiras las manos, recorres la pared. Frenético. Tropiezas con una puerta que no esperabas ahí. Intentas entrar en la habitación, pero tropiezas y caes, haciéndote bastante daño. ¿Qué demonios…?

Vuelves a despertar. La tibia te duele horrores, pero no es lo único. Has caído sobre trozos de algo. No estás seguro de dónde estás, pero la luz que entra por la persiana destrozada te da una idea.

Estás soñando. Una extraña y muy real pesadilla. No tiene otra explicación posible. Es un producto de tu borracha mente. Solo hay una alternativa, pero es demasiado descabellada, una auténtica locura, es totalmente imposible.

Pero, a primera vista, todo parece indicar que todo de repente está cabeza abajo…

Llevas minutos, horas, no sabes cuánto, sentado en una esquina del techo. Las manos contra la cabeza. Estás loco, no hay otra explicación. ¡No es posible que de buenas a primeras el mundo se dé la vuelta!

Poco a poco, decides levantarte.

A tu alrededor todo es un completo desastre. Los muebles, los electrodomésticos, todo se amontona por el techo. Durante un segundo de lucidez agradeces que te hubiera cogido en el pasillo y no en la cama, pues ahora tu cadáver estaría aplastado bajo el colchón. ¿O acaso no habría sido mejor así?

Finalmente te levantas. Vas caminando por el pasillo, tus pies descalzos recorren el techo hacia tu habitación.

No es hasta que levantas la pierna para cruzar el vano de la puerta, y ves el desastre que hay en tu cuarto, que te acuerdas del resto del mundo. De tu familia, de tus amigos. ¿Estarían en sus casas? ¿Yacerían sus cuerpos bajo montones de muebles?

Buscas mecánicamente unos zapatos mientras te preguntas qué habrá pasado con la gente que estaba fuera de sus casas.

La luz entra por la ventana, las cortinas yacen sobre el techo y la persiana, torcida, está a medio abrir.

Pensaste que vivir en un décimo sería beneficioso para mitigar tu miedo a las alturas, pero no funcionó. Ahora mirar por la ventana te da más miedo que nunca.

Una y otra vez te levantas y te acercas a la ventana, y una y otra vez vuelves a sentarte en tu rincón seguro. Te llevas las manos a la cabeza. Quieres llorar, quieres vomitar, quieres salir de ahí, pero, ¿a dónde?…

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“JUEGO DE PAÍSES”, de Raquel Olvera Olvera

“JUEGO DE PAÍSES”, de Raquel Olvera Olvera Golpe a la Crisis (Andalucía).

Ediciones Atlantis publica anualmente antologías sobre temática específica con relevancia social. Esta vez fue la “crisis”.

JUEGO DE PAÍSES

Raquel Olvera Olvera

Hace un par de meses que pedí un préstamo al banco para comprarme una casa en el campo, al principio se mostraron reacios a dármelo, pero al enseñarles mi contrato de trabajo y mi última nómina accedieron a ello. Soy trabajador fijo en una empresa de construcción, llevo treinta y siete años en ella, ¡todo un veterano! Mi mujer asegura que no deberíamos haber recurrido al banco… lo cierto es que yo también lo pensé en su momento; pues tenemos unos ahorros invertidos en bolsa que llevan dando sus frutos uno cuantos años, espero poder sacarlos… quizás para el año que viene…

Voy camino del colegio a recoger a mi hija de cinco años, se llama Sara y es lo más bonito que tengo en mi vida. Pero antes tengo que parar en una gasolinera. Al entrar me doy cuenta de que el gasoil ha subido considerablemente, lleva tiempo así, antes llenaba en tanque del coche con la mitad de dinero… Todo sube pero nada baja. Ya llegará el momento, las personas somos muy impacientes… deberíamos darle un voto de confianza a todos aquellos que dirigen el país.

De camino al colegio enciendo la radio, me gusta escuchar música mientras conduzco, evita que me duerma al volante… pero sospechosamente y no sé por qué, hay cientos de emisoras y todas hablan de lo mismo: la crisis financiera y la burbuja inmobiliaria.

De repente, me veo haciendo exactamente lo que hacía todos los días… había quedado atrapado como en una especie de remolino que me hacía volver a repetir las cosas una y otra vez, pero no solo en mí, sino en personas a las que veía y conocía también. En solo año y medio mi futuro, el de mi hija y mi esposa se han ido al garete: mi empresa, en la que llevaba tanto tiempo trabajando, me despidió alegando que necesitaban una reducción de personal. Después de tantos años con ellos no han mirado caras, me han echado como a un perro a la calle, sabían que dependía de mi sueldo, sabían que estaba pagando una hipoteca, que me había comprado un coche nuevo, que mi hija necesitaba de ese dinero para poder llevar una vida mejor… No pensaron en nada… pero, ¿y yo? ¿Pensé yo en ella? Me he enterado hoy de que no se trataba de una simple reducción de personal, no tienen a nadie trabajando, los materiales los están vendiendo incluso por un precio inferior a la mitad de lo que valían. Están desesperados, necesitan dinero a toda costa para poder pagar infinidad de deudas, ¿pero cómo es posible? Teníamos decenas de proyectos de futuro, un montón de edificios por construir y cada vez necesitamos más gente para trabajar porque no dábamos abasto…

¡Esto es increíble! ¡Impensable!

Quizás todo se deba a que se ha construido más de lo necesario, quizás todo esté causado por el endeudamiento de los españoles, los bancos podrían tener la culpa por conceder tantos préstamos a diestro y siniestro sin saber si la gente respondería o no… Así todo el mundo compra, así es muy fácil adquirir un piso, una casa, un chalet… ¡esto es un caos!

Otros dicen que fueron los partidos políticos, tanto los de izquierdas como derechas, los que impulsaron la venta de viviendas durante un largo tiempo. Ocultaron la crisis recurriendo a otros recursos económicos, ya que para impulsar la venta de viviendas bajo otras condiciones que no fuesen las anteriores, necesitaban nuevos seguros y subsidios, creando así grandes compañías hipotecarias privadas, la cuales, más tarde se encargarían de poder subvencionar los préstamos de las personas que no podían adquirirlos a través de los bancos de a pie. Eran empresas creadas por el gobierno, intocables, con un solo fin: ocultar la crisis por unos años más mientras la burbuja se hacía más grande y el país se iba cada vez más a la ruina, a la vez que ellos obtenían grandes beneficios.

¡Maldita sea! —grité agarrando el volante del coche con más fuerza. Las noticias de la radio me estaban poniendo de los nervios, no podía creerme que hubiéramos llegado a aquella situación, pero no todo terminó ahí, seguían hablando y hablando, dando información a las personas, destapándonos los ojos para que viéramos la cruda realidad…

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“ALL IN”, de J. A. Ortega, Golpe a la Crisis (Ediciones Atlantis)

“ALL IN”, de J. A. Ortega, Golpe a la Crisis (Andalucía).

Ediciones Atlantis publica anualmente antologías sobre temática específica con relevancia social. Esta vez fue la “crisis”.

 

ALL IN

J. A. Ortega

¡Maldita parejita! Tres veces seguidas me ha salido de mano y las tres me ha jodido la muy puñetera. Ni símbolo de la evolución ni leches. Y mucho menos de la regeneración. Me cago en el ocho y en todas sus castas. Un mojón pinchado en un palo para los pitagóricos y otro más para la numerología. Me inclino por el ochenta. En realidad, a mí nunca me dio igual uno y otro. Para numerólogo yo, que tiempo ha me las ingeniaba para vivir a cuerpo de rey y ahora me las tengo que ingeniar para llegar a fin de mes. Eso, sin mencionar las auténticas virguerías que tengo que hacer para esquivar acreedores un día sí y otro también… Pero tampoco le echo el muerto ahora al capitalismo internacional como se dedican a hacer otros. No tengo tanto morro. A ver si en la próxima me toca una de ases, ¡coño!

Twenty-five…

Para crisis, la mía, desde que tengo uso de razón. Mi relación de pareja se ha ido a pique en cuanto se me ha acabado el crédito, así que ahora estoy sin mujer, descompuesto, desempleado, sin un duro y esperando como un gilipollas solucionar mi situación a través del juego con un pelotazo. ¡Manda cojones!

Si estaré mal que hasta he llamado, vergüenza me da admitirlo, al parguela ese de Aceves (¡ojo!, Aceves con v no con b) para que me revele mi destino. El amor, hijo mío, que lo vuelve a uno tonto perdido a las primeras de cambio. Me refiero, claro, al futurólogo, ese pibe amanerado, brujo de profesión, no al que fuera ministro, que, por cierto, de angelito tenía bien poco —esto no es más que una opinión mía y gratuita— y de vidente —esto sí que es una afirmación basada en hechos constatables y constatados— absolutamente nada. ¡Ya lo hubiéramos querido! Más no es que tenga yo algo personal contra Octavito. Ni contra Octavito ni contra Novenito, por supuesto. No soy tan boludo. Por no tener no tengo nada en contra ni de mi ex, que, mira por donde, era también de allá, del Río La Plata, porteña para ser más exacto. Es solo que a veces se me va la olla y me paso de la raya. Con güisquisito, por cierto, para ponerme a tono, cuando encarta.

Raise!

Ya me extrañaba a mí que la muy cabrona me escribiera para interesarse por mi estado. A renglón seguido tenía que añadir alguna petición con su particular sutileza. Como que le empaquete y le envíe los libros y los CD’s que no tuvo tiempo de llevarse consigo cuando se quitó de en medio con su psicólogo. ¡Qué cara tiene la tipa! Lo que debería enviarle es al perrito gracioso que me dejó en casa, si no se hubiera largado también este verano, seguramente por lo detestable que me estoy volviendo. ¡Menuda epistolita mía le espera, vía e-mail, por supuesto, si es que le contesto!

Fifty…

Lo nuestro acabó de la mejor manera que podía acabar, con un polvo memorable, el mejor hasta la fecha y, teniendo en cuenta mi edad, creo ya que insuperable. Que yo sepa el viagra levanta el pene, no el entusiasmo. Aunque no estoy en condiciones de afirmarlo, porque, y así quiero que conste, aún no lo he probado. No practico el sexo lo bastante como para necesitarlo, qué más quisiera. Lo que sí sé es que la próxima vez que contraiga matrimonio no lo haré por amor sino por conveniencia. La razón más sólida por la que uno puede y debe casarse. No para garantizar la integridad de un patrimonio que, en mi caso, ya no poseo, sino la del corazón, en mi caso maltrecho. Me importa tres pitos que ella se haya quedado con las propiedades y yo con todas las deudas, incluida la hipoteca. Me lo tengo merecido. ¡A quién se le ocurre enamorarse de una tía capaz de llorar por una Visa o una Mastercard y emocionarse solo en Puerto Banús única y exclusivamente! ¡Menos mal que no tuvimos críos!

¡Joder con las damas!

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“El paraca”, de José Manuel Cano Pavón, Golpe a la Crisis (Ediciones Atlantis)

“El paraca”, de José Manuel Cano Pavón, Golpe a la Crisis (Andalucía).

Ediciones Atlantis publica anualmente antologías sobre temática específica con relevancia social. Esta vez fue la “crisis”.

EL PARACA

José Manuel Cano Pavón

Lo que menos podían esperar los vecinos de aquella urbanización de chalecitos adosados sin grandes pretensiones situada en las afueras de Alcalá de Henares, en una noche tranquila y con temperatura agradable de fines del mes de abril, era que se produjera una atronadora explosión en una de las viviendas. Casi todo el mundo se echó a la calle para saber qué había ocurrido, y entonces vieron que de una de las casas salía humo y que en la acera había fragmentos de paredes y de muebles, y entonces muchos pensaron que había sido una explosión de gas butano en la cocina. Bastante gente se congregó en la puerta de la casa que tenía el número doce y otros más prudentes optaron por llamar al teléfono de emergencia. Se oían gritos, pero no se veía nada porque la luz eléctrica de la vivienda se había ido como consecuencia de la explosión. «Ahí vive la familia Bazán», dijo alguien. Un par de vecinos trajeron linternas y entraron y comprobaron que la explosión no había ocurrido en la cocina como pensaron en un principio, sino en el salón comedor, en el que flotaba un olor a explosivo que uno de los que habían entrado asoció al olor que se notaba en los polígonos de tiro militares cuando se hacían prácticas con granadas de mano. El salón estaba destrozado y había varios cuerpos por el suelo, y con precauciones consiguieron liberar a un joven que estaba aprisionado por un trozo de pared y que no parecía estar grave. Era el hijo menor, un chico al que muchos conocían, y al que consiguieron sacar a la calle en el momento justo en el que llegaban un patrullero de la policía y una UVI móvil. Tras una cura de urgencia se lo llevaron al hospital y luego fueron sacando a los demás, la abuela, el padre y la madre. El hijo mayor estaba destrozado y fue necesario esperar al juez y a la policía científica para poder levantar el cuerpo.

Bueno, señoría, me llamo Paloma Narváez y soy médico del servicio de emergencias. Nos avisaron de que se había producido una explosión en la vivienda que ya conocen, el número doce de la calle Gregorio Arriaza, y allí que nos plantamos en dos o tres minutos, al mismo tiempo que los policías. Cuando llegamos los vecinos habían sacado a un chico muy joven que tenía la ropa chamuscada y ensangrentada, al igual que el rostro. Lo reconocimos y vimos que tenía una esquirla metálica en una pierna, pero salvo alguna posible lesión interna no parecía tener nada grave. Había que sacarle la esquirla y por eso lo enviamos al hospital de Alcalá; nos dijo que se llamaba Kevin. En el salón de la vivienda la cosa era peor, todo estaba lleno de sangre. Un joven alto estaba destrozado, con las vísceras fuera de la cavidad abdominal y la caja torácica abierta; obviamente estaba muerto. Estaban luego los padres, cada uno en un rincón, quejándose, con muchas heridas aunque ninguna mortal; la madre tenía lesiones graves en el ojo derecho y por causa de las cuales ha perdido la visión en él. Y el padre ha perdido un dedo de la mano, y tiene desgarros en los músculos de las piernas, aunque de eso sanará. Luego, en la cocina, nos encontramos moribunda a una anciana, no tenía heridas, pero le había sobrevenido un infarto agudo de miocardio. La explosión se produjo en el salón y el explosivo lo debía de llevar próximo a su cuerpo el joven que estaba destrozado. Los policías opinaron que la explosión parecía la de una granada de mano de las que se usan en el ejército, luego eso lo han confirmado los artificieros. Posiblemente la granada la llevó a la casa el joven, sustraída necesariamente del cuartel de los paracaidistas donde estaba destinado, porque había ingresado en dicha unidad como un año antes. Eso es lo que me han contado, su señoría tendrá más información que yo, y los datos clínicos están en el parte que le habrá remitido el hospital. Yo estoy muy impresionada, a pesar del tiempo que llevo en urgencias. No olvidaré el olor penetrante que había en esa casa, una mezcla de humo de explosivo y de sangre proyectada, no lo he podido olvidar. Yo no entiendo qué ha podido pasar, según los vecinos eran una familia normal aunque en los últimos tiempos tenían dificultades económicas porque el padre y la madre habían perdido sus empleos de muchos años y ahora estaban dando tumbos de aquí para allá…En fin, lo habitual en estos tiempos que corren.

Buenos días. Mi nombre es Alfredo Mediavilla y soy posiblemente el mejor amigo de Kevin. Estuvimos juntos en el parvulario y luego en el instituto. Después Kevin no pudo ir a la universidad porque en su casa tenían apuros económicos, algo que ha pasado en muchas familias. Pero seguimos con nuestra amistad y salíamos los fines de semana, aunque él llegaba reventado porque ayudaba a su padre a repartir paquetes por aquí y por allá, con una furgoneta que tienen. Pues hace pocos días se unió a nosotros el hermano de mi amigo, que se llama Edu, y que está en los paracaidistas, en la BRIPAC; tenía unos días de permiso. A mí nunca me ha caído simpático, porque trata muy mal a Kevin y de paso se mete conmigo, que si los universitarios somos unos mierdas, que si no tenemos cojones, que si vivimos de las tetas de nuestros padres y cosas así. Estuvimos tomando cervezas y luego nos fuimos a una plaza y allí sentados en un banco el Edu sacó una granada de mano y yo me acojoné un poco, porque no sabía qué iba a hacer aquel paraca con el explosivo. Me dijo que no temiera, que mientras no se tiraba de la anilla era inofensiva. Pero que si se quitaba aquella anilla se producía una explosión en unos ocho segundos, «pero te da tiempo a lanzarla, no pasa nada». Me la dieron para que la cogiera y para no parecer miedoso la cogí y vi que pesaba muy poco, parecía como si estuviera vacía. «No está vacía —dijo Edu—, lo que ocurre es que el explosivo pesa poco, pero dentro lleva una tremenda carga de muerte y destrucción».

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“El afortunado”, de Marga de Cala, Golpe a la Crisis (Ed. Atlantis)

“El afortunado”, de Marga de Cala, Golpe a la Crisis (Andalucía).

Ediciones Atlantis publica anualmente antologías sobre temática específica con relevancia social. Esta vez fue la “crisis”.

 

EL AFORTUNADO

Marga de Cala

«El hombre se descubre cuando se mide ante un obstáculo».

Antoine de Saint Exupéry

Cada vez que surgía un nuevo problema en su vida, Mario Bernal recordaba con cierta sorna la cita del aventurero autor de El Principito. Sin embargo, él pensaba que quizás la existencia no debiera ser una continua sucesión de dolorosos descubrimientos, sino un plácido camino lleno de experiencias dignas de recordar, en la futura y más calma ancianidad. Mario, un feliz padre de familia de 43 años con tres hijos pequeños a su cargo, conducía su monovolumen azul oscuro a través de un gastado camino que ya no tenía que recorrer por más tiempo: a las 14:30, se presentaba la hora de comer de un viernes cualquiera, pero treinta minutos antes lo habían despedido de su trabajo, gracias a la crisis que maltrataba al mundo, y ahora tocaba contárselo a su mujer y despedirse, también, de su felicidad.

Los escasos cincuenta kilómetros/hora que acompañaban su plomizo viaje de vuelta al hogar, y la música de blues de Ray Charles, daban algo de tiempo y sosiego a la confusa mente del nuevo desempleado oficial. No era la primera vez que se topaba con un obstáculo importante en su vida, aunque este —sin duda— era de los más preocupantes. Pensaba Mario Bernal, recordando la muerte de su padre a los 50 años, que esa otra piedra del destino consiguió dejar a su madre y a sus tres hermanos en la sima de la pobreza. E igualmente recordó que lograron salir de aquella… ¡Por descontado que así había de ser! La tenacidad de la viuda de Bernal y la colaboración de los cuatro hijos de don Tomás lo hicieron posible, sobre todo de los dos mayores, su hermano Sam y él mismo. Aquella miseria con sabor a humedad y a necesidades postergadas, terminó un par de años después, con la mitad de su familia ocupando un digno puesto de trabajo.

Sam y Mario, primer y segundo hijos del matrimonio, habían realizado los mismos estudios de arquitectura, compaginándolos a duras penas con un trabajo de media jornada en unos almacenes de su localidad natal. El favor procurado por su tío materno, empleado en la misma empresa, no podía rechazarse arguyendo un motivo tan egoísta como la universidad. Los hermanos tardarían el doble que sus compañeros de aula en aprobar las asignaturas elegidas, pero lo conseguirían porque habían nacido hombres de bien, y otro modo de actuar no era siquiera planteable. Un día perdido en el tiempo que se dibujó soñador, Sam y Mario Bernal proyectaron en su imaginación un negocio propio, dedicado a la arquitectura y al diseño, sus pasiones comunes; pero al llegar aquella misma noche a sus vidas, se dieron perfecta cuenta de que estaban pidiendo demasiado. Sus novias no debían esperar más, y con cerca de 30 años ya no eran unos críos. Llegaba el momento de continuar trabajando, sin riesgos, y formar una familia.

Con el transcurso del tiempo, Mario recibiría la oferta de una firma dedicada a la producción, distribución y venta de acero inoxidable, en la cual ocuparía un destacado puesto como director regional de ventas. Tampoco resultaría fácil aquel empleo, por diversos motivos, pero ya estaban sus tres hijos en el mundo y apechugar con sus obligaciones era la única opción para él.

Si su madre pudo con una vida tan sacrificada y logró retomar su actividad laboral a los 48 años de edad sin pronunciar una sola queja, bien podía él continuar con la suya aunque no fuera la que hubiera escogido, de ser otras las circunstancias.

¡Ah, mi madre! Mi querida y sufrida madre… ¡Cómo supo guiarnos tras aquel desastre, tan inesperado como injusto para la familia! Luego vendrían más frenos en la vida, Ray Charles, pero ninguno como aquel, tan devastador que siempre lo tengo presente cuando las cosas vienen mal dadas. Como ahora, Ray, como ahora…

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“EDÉN”, de José Antonio Carvajal, Golpe a la Crisis (Ed.Atlantis)

“EDÉN”, de José Antonio Carvajal, Golpe a la Crisis (Andalucía).

Ediciones Atlantis publica anualmente antologías sobre temática específica con relevancia social. Esta vez fue la “crisis”.

 

EDÉN

José Antonio Carvajal

Así es el mundo, y así soy yo.

No me preguntéis mi nombre, no pienso decirlo. Llamadme como queráis, no es importante. Lo único de relevancia en este momento es lo que soy, y el problema que tengo actualmente. Sí, claro, todo el mundo tiene alguno, ¿verdad?, no lo discuto, pero eso no me incumbe. No estoy aquí para preocuparme por los demás, ni tampoco me pagan por ello como a las ONG que se pegan la vidorra padre gracias a las «subvenciones» y «ayudas» para los más necesitados.

No, solo quiero contar mi historia, nada más. Después, poco importará si la recordáis en un futuro o preferís condenarla al más absoluto olvido como a cualquier bodrio de Hollywood que veis en el cine.

Mi vida está actualmente dividida. Estoy con medicación a causa de ello, os lo prometo. Realmente, es un asunto más serio de lo que pueda parecer a priori. Os explicaré primero a qué me dedico.

Todos tenéis teléfono móvil, ¿verdad?, claro, cómo no. Es la herramienta más sutil de esclavitud humana, nuestro dispositivo de seguimiento. Gracias a él, nos pueden localizar a cualquier hora, en cualquier lugar. Algunos incluso dependen de él, y no lo pierden de vista a expensas de una posible llamada para trabajar.

Esclavos, eso es lo que somos. No hay nada malo en admitirlo.

Lo más divertido de todo este asunto no es que hayamos asumido nuestra dependencia sobre dichos aparatos. Al fin y al cabo, la sociedad y la industria evolucionan, y las necesidades también.

Hace doscientos años, lo importante, además de un techo para dormir y algo para llevarse a la boca, era buscar la mejor forma de conseguir una buena educación. Algo que no estaba al alcance de todos pero que, con el auge de la ilustración, emergía para abrir puertas a un sector cada vez mayor de la población.

Hoy en día, quitando las necesidades vitales ya mencionadas, lo prioritario no es formarse adecuadamente, sino tener el mejor teléfono móvil.

La sociedad evoluciona, las necesidades cambian.

Creéis que exagero, ¿verdad?, muy bien, estáis en vuestro derecho, pero pensad en lo que os voy a decir a continuación.

Apple, la famosa multinacional, dispone actualmente de un producto que se vende más que cualquier otro que saca al mercado. Sus acciones, en conjunto, pueden alcanzar los 600 000 millones de dólares en bolsa, convirtiéndola en la compañía más de fuerte del mercado. Desde luego, su supremacía actual no es gracias a los iPad, ni a los iPod, ni a los Macintosh ni a las demás chorradas que sacan.

Obviamente, su actual producto estrella es el iPhone.

Estamos hablando de un producto que en su versión iPhone 4, anunciado el 7 de junio de 2010, vendió en su primer fin de semana 1 700 000 unidades, y del que hasta la fecha se han vendido más de 150 millones en todo el mundo. Lo más curioso es que su versión más económica sale por 350 dólares, a no ser que obtengas una promoción mediante una operadora de telefonía móvil que disponga de acuerdos con la marca.

No es precisamente barato, ¿verdad?, pero se vende como rosquillas. Bueno, quizás no. Con las rosquillas no se gana tanto dinero.

Su principal competidora hoy en día, en telefonía móvil, es Samsung. Uno de los grupos más fuertes del mercado también con importante presencia en el sector de electrodomésticos e industria pesada. Factura más de 100 000 millones de dólares al año de ingresos, y se ha impuesto a otras grandes marcas como Sony o Nokia debido a su modelo Galaxy Nexus.

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“Cuéntame la crisis y te diré quién eres”, Julio Antonio García López

“CUÉNTAME LA CRISIS Y TE DIRÉ QUIÉN ERES”, Julio Antonio García López en Golpe a la Crisis (Andalucía).

Ediciones Atlantis publica anualmente antologías sobre temática específica con relevancia social. Esta vez fue la “crisis”.

CUÉNTAME LA CRISIS Y TE DIRÉ QUIÉN ERES

Julio Antonio García López

«18 de marzo de 202…, dos fallecidos, un niño de diez años y una mujer de 35. Ambos de raza blanca, ella murió de fallo renal y él por extirpación de ambos riñones…”

Dicen que es bueno tener paciencia, no lo dudo, pero tras ver pasar dos metropolitanos seguidos con todos los vagones repletos, estaba harto y la paciencia hacía rato que había bullido, sublimándose, y escapado hacia el techo a través de mis orejas.

Todo empezó esa mañana: en comisaría me habían notificado que el bono-gasolina-mensual de mi coche patrulla había expirado.

¿Pero eso como va a ser sargento, si no llevo gastado ni el setenta por ciento de la asignación?

El sargento me explicó que el día anterior el ministerio había decidido unilateralmente reducir a la mitad el gasto de combustible en todas las comisarías de ciudades cuyo topónimo acabara en vocal, ene o ese. Ya estamos, pensaba, cuando mi compañero me largó un billete de metro por la ventanilla gritando: “¡Siguiente!”

Mi mal humor ya había comenzado a fraguarse lentamente en el momento en el que caí en la cuenta de que, si quería llegar al lugar del crimen a buena hora, debería salir cuanto antes, con lo cual se iba al garete el desayuno para el que llevaba ahorrando toda la semana. Lo hacía casi todos los viernes, para eso aprobé la oposición de funcionario temporal a teniente de homicidios: me gustaba tomarme con mucha tranquilidad, en la cafetería de alto standing de la esquina leyendo el periódico, una tostada con aceite y jamón, pero jamón serrano, y un café con leche en taza grande. Como un señor. Me conformé bebiendo un canguingo y comiendo un mascachapas con levita verde, en plan rápido, antes de tirar para la estación del metro.

Cuando por fin pude meterme en un vagón y acostumbrarme al codo ajeno que llevaba clavado en las costillas, me entró un Guasap que, tras conseguir sacar el móvil del bolsillo sin golpear a ningún compañero de viaje, resultó ser del cabo que había llegado primero a la escena del crimen, lo leí: “Mi teniente, prepárese que esto no es agradable, solo le digo que hay un niño muerto y una moribunda. Mensaje patrocinado por Banco de Salamanca, su banco.”

Vaya por Dios —pensé—, lo que faltaba, un niño muerto”. Si fuera creyente hubiera rezado para que la prensa no llegara antes que yo y así poder examinar con tranquilidad los cuerpos. Le contesté a mi subordinado preguntándole por cómo había muerto el pequeño pero la wi-fi del metro dejó de funcionar justo antes de apretar el botón de enviar. “Vaya tela”, pensé.

El pequeño de unos diez años tenía un profundo corte a la altura de cada riñón, los labios de las heridas parecían los de un desdentado ya que no estaba la víscera para mantener la carne en su sitio.

A la mujer le queda poco, mi teniente, en la Seguridad Social S.L. dicen que no entra el fallo renal en su póliza. El ATS le ha administrado un cóctel de Metadona y benzodiacepina para ayudarla a abandonar este mundo cruel.

Hum. Qué más.

Parece que una furgoneta paró por aquí y arrojó los dos cuerpos en el callejón para luego salir pitando.

¿Hay huellas? ¿Lo ha visto alguien?

No mi teniente y no mi teniente. Le he preguntado a ese indigente de ahí, pero dice que si no le pagamos algo sólo se lo cuenta a los de la TV.

Ajá. Habrá que esperar al noticiario de las catorce treinta. Muy bien, recojamos todo que nos vamos antes de que lleguen los buitres. ¿Nos ha dejado ya ella?

Grabé el necesario vídeo para la jueza de guardia con mi declaración jurada de policía judicial, adjuntando el video-informe sanitario de la EAPAPA (Eutanasia Administrativa Por Ausencia de Póliza Adecuada) que había aplicado el ATS y procedimos a levantar los cadáveres.

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“LA VOZ DEL DESPIERTO”, Miguel Ángel Alijarte Piñar. Golpe a la Crisis

 

“LA VOZ DEL DESPIERTO”, Miguel Ángel Alijarte Piñar. Golpe a la Crisis (Ediciones Atlantis)

LA VOZ DEL DESPIERTO

Miguel Ángel Alijarte Piñar

 

Ediciones Atlantis publica anualmente antologías sobre temática específica con relevancia social. Esta vez fue la “crisis”.

El joven Bruno sale por la puerta de su casa del barrio de Nueva España, al norte de Madrid, donde vive todavía junto a sus padres por la imposibilidad de emancipación a la que se ve sumido, pese a sus 30 años de edad. Va vestido de diario, pero es un día especial porque hoy es mucho más consciente del mundo en el que vive, y todo el año que lleva parado le ha hecho adquirir mucho conocimiento respecto a los verdaderos problemas que azotan al capitalismo inconsciente en el que, la mayor parte de la sociedad, todavía deambulamos.

Tras cerrar la cancela se detuvo en el borde de la acera y, después de unos minutos, paró el primer taxi libre que cruzaba por delante de él. Había decidido coger un medio de transporte alternativo a los que solía usar desde que se quedó parado porque un día como hoy metro y bus estarían más que saturados.

Se sentó junto al conductor puesto que ir de paquete en la parte de atrás siempre le había mareado. Quizá influía que desde que tenía el carné de conducir, su padre intercedió por él para que entrara a trabajar como chófer de limusinas, y desde hacía más de 10 años prácticamente siempre había circulado a los mandos de todo coche en el que se montaba.

¡Buenas tardes! —exclamó el taxista bajando la bandera verde y poniendo a cero el taxímetro—. ¿Dónde le llevo?

Voy a la Puerta del Sol. Sé que la zona está muy revuelta, por eso le agradecería si me puede dejar en la parada de taxis de la Castellana con Alcalá —comentó Bruno acomodándose dentro del coche tras cerrar la puerta.

De acuerdo, para allá vamos, joven —aseguró el conductor poniendo el taxi en marcha—. Qué extraño. Pensaba que la gente de estos barrios no formaba parte de esas revueltas de «perroflautas».

Ya ve. La vida nos sorprende a diario y le puedo asegurar que esa gente que usted llama así no es tan diferente de nosotros —aseguró el joven procurando hacer razonar al chófer público—. Nacemos en un mundo donde no paran de repetirnos que en el esfuerzo está la recompensa y yo, tras más de doce años de entrega incondicional al sistema, hoy me veo como un «indignado« más.

Te comprendo muchacho. Tengo un hijo con 27 años y estoy muy orgulloso de él porque es muy trabajador. Aunque sacó su carrera adelante, a día de hoy sigue vagando por trabajos ordinarios —comentó el taxista sin apartar la vista de la carretera—. A veces se viene abajo y amenaza con dejarlo todo y salir a quejarse, pero yo le digo que él no es ningún «nini» ni nada de eso, que debe seguir esforzándose.

Tiene su parte de razón pero se olvida de que ustedes, los padres, ya tienen prácticamente resuelta la vida y que para nosotros, los jóvenes, este sistema de engaños no nos da muchas expectativas para salir adelante —dijo Bruno siendo muy claro—. Nos aseguran que esto no tiene otra solución, mientras nos cuelan más y más impuestos y nos invitan a trabajar más para cobrar menos, omitiéndonos que quizá las soluciones pasen por tomar ejemplo de Islandia y meterlos a todos en la cárcel.

Es verdad que la cosa está jodida pero siempre ha sido muy difícil salir adelante desde abajo —respondió el conductor siendo coherente—. La manipulación ha sido siempre evidente. ¿Crees que nosotros no nos dábamos cuenta antes? Pero ahora hay menos represión y más modos para adquirir conocimientos.

Es cierto. Pero yo veo todo demasiado artificial y se aprovechan de la ignorancia y el miedo para tenernos esclavizados y confiados, sujetos a un profundo síndrome de Estocolmo. Enamorados de nuestros propios secuestradores de libertades —aseguraba el muchacho, reflexionando sobre el mundo, frente aquel desconocido—. ¿Ha visto usted alguna vez El Show de Truman?

No sé a qué te refieres, refréscame la memoria

respondió su interlocutor levantando una mano del volante para rascarse la cabeza—. Y no me trates más de usted, por favor. Mi nombre es Juan.

De acuerdo, yo soy Bruno. Sí, es una película donde un hombre es introducido desde pequeño en una ciudad que es un gran plató de televisión y toda la gente que Truman conoce son actores o figurantes —expuso el muchacho.

Vale, ya la recuerdo. Te refieres a esa película donde al final el protagonista habla con el director del programa y decide abandonar el show para vivir en libertad.

Exacto, Juan —contestó Bruno antes de explicarse—. Pues lo admito, yo también fui Truman. Quiero decir, me levantaba todas las mañanas con ganas de que terminara la jornada laboral para poder tener otro momento de vida antes del siguiente día de trabajo. Tenía un puesto de trabajo con un sueldo apetecible y aun así me resultaba imposible que algún día pudiera comprar una casa. Daba igual porque dentro de la falsa realidad yo era realista y completamente consciente de que mejor trabajo que ese no me podía surgir. Por lo tanto solo quedaba esperar, e ir ahorrando miguita a miguita y, mientras tanto, rezar para que la vivienda dejara de subir y así poder ir algún día al banco con unos ahorrillos y que el director no se riera de mí.

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“UN REGALO DEL CIELO”, J.D. Fernández, Golpe a la Crisis (Ediciones Atlantis)

“UN REGALO DEL CIELO”, J.D. Fernández, en Golpe a la Crisis (Andalucía).

Ediciones Atlantis publica anualmente antologías sobre temática específica con relevancia social. Esta vez fue la “crisis”.

A continuación puedes leer el comienzo del texto de J.D. Fernández.

UN REGALO DEL CIELO

J.D. Fernández

La espera se estaba haciendo eterna. Habían pasado dos horas y seguía sentado, con la mirada perdida sobre el reloj. Se encontraba en el hospital San Rafael, en el centro de la ciudad. Tenía cita con el doctor Álvarez a las diez, y ya eran casi las once. Pero eso no sorprendía a Carlos, no era la primera vez que tenía consulta y tampoco era la primera vez que no iba a entrar a su hora. Cerró los ojos y respiró profundamente. Necesitaba calmarse, y como pudo ver que todavía iba a pasar otro rato hasta que lo llamaran, se levantó y caminó hasta los servicios más cercanos.

La sala de espera estaba abarrotada y tuvo que abrirse paso a través del gentío para poder llegar a la puerta de los servicios. Daría lo que fuera por fumarse un cigarrillo, pero lo había dejado. Llevaba más de un mes sin fumar ninguno, desde que le diagnosticaran cáncer de pulmón. Por aquel entonces sufría de dolores en el pecho y tuvo que realizarse varias pruebas médicas y la noticia lo derrumbó. Acababa de perder su trabajo, y les azotaba una mala racha económica. La «crisis» estaba dejando huella en todo el país.

En ningún momento se lo contó a su mujer. Lo había intentado en más de una ocasión, pero al mirarla a los ojos siempre cambiaba de opinión, bastantes problemas tenían ya. Además los médicos querían hacerle más pruebas para determinar las opciones. Debían determinar en qué etapa se encontraba el cáncer. Cada vez que debían realizarle alguna prueba se inventaba cualquier excusa para evitar contarle la verdad a su esposa.

No podía parar de pensar en su princesita. Tenía una niña de cuatro años. Tenía que ser fuerte por ella y por su mujer.

Se adentró en los servicios, donde tuvo que tener cuidado de no resbalarse al entrar. El carrito de la limpieza todavía se encontraba aparcado en la puerta y el suelo estaba mojado, recién fregado, y emanaba un fresco olor a limón.

Se acercó al lavabo. Abrió el grifo y se llenó ambas manos de agua, que usó para refrescarse la cara. Su mirada de ojos marrones se clavó sobre su reflejo. Tenía las ojeras muy marcadas. Desde que lo habían llamado para darle los resultados de las pruebas no podía dormir. Lo había intentado incluso con pastillas, pero tan solo era capaz de dormir un par de horas por noche como mucho. El frescor del agua sobre la cara pareció relajarlo. Deslizó la mano por su pelo castaño y volvió a respirar profundamente.

Regresó a la sala de espera y no tardaron en llamarlo. En el instante en el que la enfermera se asomó y pronunció su nombre, un nudo le recorrió el estómago y le inundaron las náuseas. Cerró los ojos y avanzó hasta aquella sala aparentemente tranquilo, pero no lo estaba. Las náuseas seguían ahí y los nervios aumentaban con cada paso que se acercaba al interior de la consulta.

Una vez en el interior, la enfermera le indicó que se sentara, que el doctor Álvarez lo atendería en seguida. Carlos se sentó sobre un sillón de cuero negro. Le sudaban las palmas de las manos y se las deslizó por el pantalón disimuladamente.

Miró a su alrededor; nervioso, la consulta era una habitación de paredes blancas, que emanaba frialdad, a pesar de estar bien iluminada por un gran ventanal. Una mesa ocupaba parte de la sala, con sillas de cuero a ambos lados. La habitación disponía de otra puerta además de la entrada, en la cual tenían una camilla y varias estanterías llenas de medicamentos.

El doctor Álvarez no tardó en entrar en la consulta, sujetando entre sus manos varios documentos que no paraba de ojear. Tomó asiento y nada más ver la expresión en su rostro, Carlos supo que algo no iba bien. El médico lo miró a los ojos con una expresión de pesar.

Bueno… señor García —comenzó a hablar el doctor.

Llámeme Carlos, por favor.

Como desee. Tengo aquí los resultados de sus pruebas y me temo que no son buenas noticias.

Las palabras del doctor fueron como puñales que se clavaron en el pecho de Carlos.

Me temo que el cáncer está en una fase muy avanzada.

El rostro de Carlos palideció y las náuseas aumentaron.

Entonces… —Tragó saliva—. ¿Qué opciones tenemos? ¿Tendré que empezar quimioterapia?

La quimioterapia es una opción, pero debe de saber que el cáncer está demasiado avanzado. El uso de la quimioterapia o de la radioterapia tan solo retrasaría…

¿Qué es lo que está tratando de decirme?

El médico vaciló.

Está diciéndome que no tiene cura —vocalizó mientras una lágrima se deslizaba lentamente por su mejilla.

Lo siento mucho.

Sintió una punzada en el pecho y notó como se le cortaba la respiración. Tragó saliva y miró al doctor a los ojos.

¿Cuánto me queda?

El médico desvió la mirada.

¡Cuánto me queda! —dijo alzando la voz.

Es imposible saberlo, meses, puede que un año, pero debe saber…

Que voy a morir —le interrumpió.

El doctor Álvarez suspiró y lo miró a los ojos.

¿Ha hablado con su mujer? En estos casos el apoyo de su familia es importantísimo.

Carlos permaneció en silencio.

No, todavía no sabe nada.

Debe decírselo.

«No es tan fácil«, pensó.

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UN CUENTO PARA LAURA, de Alba Rueda en Ediciones Atlantis

UN CUENTO PARA LAURA, de Alba Rueda en Ediciones Atlantis

Os dejamos el inicio del relato “UN CUENTO PARA LAURA”, de Alba Rueda en Ediciones Atlantis, encuadrado dentro de la Antología “Golpe a la Crisis” (Castilla y León).

“Hay historias, como esta, que se resisten a ser contadas.

Aquel día estaba presentando mi primera novela. En contra de todo lo previsto el libro se había convertido en un enorme éxito. Era mi momento. Acababa de ver cumplido el sueño de toda una vida, me había convertido en escritora. Me sentía realizada en mi papel de mujer que lo tiene todo: talento, modales, encanto, experiencia, independencia… Era el mismo reflejo de la felicidad. Me había construido una idea sobre mí misma y la había llevado a cabo. Era el momento de disfrutar de las reacciones que provocaba en los demás mi recién conquistado estatus.

Atrás quedaban años de lucha, dolor y sufrimiento. La mujer que se presentaba a la vez que su libro era capaz de llenar toda una estancia de una paz casi magnética. Mi voz, cada gesto, el discurso, la profundidad de mi mirada…, todo hacía ver que había librado y ganado una larga y cruenta batalla y que, además, lo había logrado sin recurrir a venganzas ni rencores, sin necesidad de humillar ni desmerecer a nadie. Había hallado la única forma posible de vencer sin dejarme el corazón en el intento. Había luchado presentando siempre al adversario mi lado más puro, el que todos consideran como el más vulnerable sin entender que la soberbia, el orgullo y el desprecio por lo ajeno es lo que, en realidad, nos hace débiles.

Tras la presentación llegó el momento de la firma de ejemplares. Me sentía relajada y radiante como nunca. Estaba siendo consciente de mi conquista. Lo había conseguido respetando y siendo fiel a cada uno de mis principios. En el camino había aprendido a no causar más dolor del que ya soportan los que se empeñaron en hacerme daño, había aprendido a no tratar de justificar mis miserias con los errores ajenos, a procurar comprender antes de juzgar, a escuchar lo que hay detrás de cada palabra, de cada suspiro y de cada gesto. Había aprendido a creer en las personas y no en sus hechos, a verme reflejada en los demás como en un espejo. Por eso ninguna ofensa me parecía demasiado grande y ninguna equivocación definitiva. Recordaba bien haber consumado todos los errores que los otros ni siquiera llegarían nunca a cometer.

Me sentía libre. Me había deshecho de una pesada carga y, además, era capaz de contagiar aquel aparente «estado de gracia».

Fui atendiendo uno a uno a los entregados lectores. Escuché con toda la atención y el detenimiento lo que cada uno quería decirme o mostrarme. Traté de hacer lo necesario para que aquel instante fuera único y pudieran sentirse, como yo, especiales. Me empeñé en darles algo de mí a todos y cada uno de ellos. Quise compartir algo de lo que consideraban mi inmensa fortuna.

Me sorprendió la diversidad de mis lectores: hombres, mujeres, mayores y niños. Y me llegó al alma que todos tuvieran algo agradable que decirme y compartir conmigo.

Gracias se convirtió en la expresión más repetida. Gracias, de corazón.

Había pasado más de una hora de dedicatorias, fotos, besos y abrazos sinceros cuando tuve ante mí a una madre con su hija. La niña tendría unos nueve años. Fue toparme con los ojos de la mujer y reconocer algo muy familiar; pude reconocer y sentir su inmenso dolor.

Me llamo Pilar y ella es mi hija Laura.

Comenzamos a charlar mientras la niña nos observaba en silencio. Pilar me dio la enhorabuena y también las gracias. El libro había llegado a sus manos por pura casualidad y justo en el momento en que necesitaba un motivo que la ayudara a retomar su camino en el punto donde un día, hace mucho tiempo ya, se había perdido.

Hablamos cogidas de las manos y sin desprendernos la mirada y yo no dejaba de tener la sensación de haberme reencontrado con una vieja amiga, con alguien que había formado parte de mi vida en algún momento. Sentía una corriente de energía intensa, poderosa y ancestral. Tenía la impresión de conocer las raíces de su desesperación y conocía el remedio.

A la vista de cualquiera lo que se estaba produciendo era el encuentro de dos mujeres instaladas en mundos bien distintos: el éxito y la derrota. Pero a nuestros ojos no éramos más que las dos caras de una misma moneda.

Me contó que acababa de separarse y que estaba intentando dejar atrás una etapa de opresión, de frustración y de miedo. Me habló de Laura. Era una niña especial. Rehusaba emplear la palabra para expresarse y, quizá por eso, había desarrollado la cualidad de hacerse entender a través del corazón.

En las largas conversaciones que compartimos después de aquel día, Pilar me confesó que el padre de la pequeña la reprendía por cualquier motivo y también sin razón alguna, de manera que Laura se fue acostumbrando a no pronunciar ni tan siquiera un sonido. Fue tratando de hacerse invisible, de desaparecer. Su padre la obligaba a responder, a expresarse, solo para poder regañarla, humillarla y hacerla callar de nuevo. Lo mismo que hacía con su madre…”.

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Golpe a la Crisis de Ediciones Atlantis: Christian Furquet

Golpe a la Crisis de Ediciones Atlantis: Christian Furquet

SE VENDE PISO

CON PAREJA DENTRO

Christian Furquet

Te levantas siempre en la misma cama, a la misma hora, en la misma posición… Y piensas: «¿Por qué a mí…? ¿Qué he hecho yo para que esto me pase a mí…?» Sin embargo nada cambia a tú alrededor: la vida que has malogrado, malograda queda en cualquier parte del mundo. O al menos, eso mismo has subrayado entre las páginas de una novela que te acompaña cada noche. Una sensación de vértigo recorre tu cabeza mientras te dispones a empezar el día de otra manera; sabes que te estás engañando, que no podrás hacerlo, aún con todo el esfuerzo que dediques al cambio. Las cosas, siempre, permanecerán inalterables: el mismo tazón de café en la encimera de la cocina, el mismo rostro sobre el espejo del cuarto de baño, los mismos zapatos que te llevarán de un lado a otro sin encontrar siquiera un lugar para el descanso. Entonces querrás huir, escapar de tu propia vida y ofrecerte una segunda oportunidad. ¿Por qué no te la das…? Es imposible; intentas derribar los muros, vadear los baches, saltar los obstáculos sin percibir un daño mínimo. Pero no puedes; sabes que no puedes y eso te frustra, te acongoja, te hace ser una esquirla diminuta entre la corriente humana que se mezcla en la calle. ¿Adónde vas? ¿Qué quieres ser? ¿Por qué no das un giro inesperado? Darías un giro inesperado si no fuera porque…

Si no fuera porque Olga lo pensó en multitud de ocasiones, las cosas, según ella, habrían sido distintas. Habrían sido distintas desde el principio, tal vez. Pero ahora que se estiraba en la cama, se frotaba los ojos con los nudillos y miraba de pasada la luz que entraba por las rendijas de la persiana, apenas vislumbraba un futuro prometedor a las siete y media de la mañana. A esas horas lo único que le importaba era desaparecer de casa y no regresar hasta después de cenar. No le apetecía volver, y tampoco sentía la necesidad de obligarse. Y no se obligaba puesto que Olga era feliz cogiendo el metro y entrando en su puesto de trabajo. Eso es; Olga franqueaba aquel edificio enorme y cruzaba la primera sala, infestada por un ruido ensordecedor. Un ruido que parecía, más bien, el revoloteo de miles de moscas que se estrellaban una y otra vez contra las mismas paredes.

Pero Olga, después de un año, no se daba ni cuenta: se sentaba en su sitio, encendía el ordenador, esperaba a que el reloj marcase las nueve en punto y se ponía los cascos. Entonces, comenzaba un nuevo día: «¿Qué le ocurre, problemas con el ADSL? ¡No se preocupe, en seguida le doy un alta nueva! ¿Le apetecería disfrutar de una oferta? Es de un 20 por ciento y con un compromiso de permanencia… ¿Desearía adquirir otro producto…? Antes de darse de baja, ¿por qué no se lo piensa mejor? Si quiere, se lo vuelvo a explicar de nuevo». A Olga le gustaba ayudar a los clientes porque, de alguna manera, se sentía útil. Anotaba en un papel los problemas de cada uno y después, justo cuando el silencio interrumpía la conversación —o más bien el monólogo—, Olga se abalanzaba al otro lado de la línea con la única intención de resolver las dificultades. Así un día, y otro, y otro, aguantando el mismo tono de voz, las mismas quejas, la misma postura —inflexible en su mayoría— que venía a resumirse en que si Olga no encontraba una solución en escasos diez minutos, no valía para teleoperadora.

Aquel trabajo —el de teleoperadora, el de ayudar a los demás, el mismo de escuchar pacientemente las reclamaciones de los clientes— lo encontró por casualidad en la sección de empleos de un periódico local. Por aquel entonces, Olga ya ni se planteaba trabajar como periodista. Había acabado la carrera a los 23 años y el máster de Comunicación Digital con 25. Después, envió miles de curriculums a todas las empresas de comunicación habidas y por haber —la verdad, Olga nunca cerró puertas a nada e intentó localizar su destino en cualquier punto de la geografía española— hasta que un buen día, sonó el teléfono de casa y la citaron en una emisora de radio a la semana siguiente. El caso es que se entrevistó junto con otra docena de periodistas en una de las salas de la cadena y al cabo de una semana, la suerte le brindó una oportunidad…

Sigue en la fotografía…

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Golpe a la Crisis: Rosa del Valle Lucas

Golpe a la Crisis: Rosa del Valle Lucas

IDEAS DE UNA MENTE PRIVILEGIADA

Rosa del Valle Lucas

El 7 de octubre del 2003, José Aguilar y Augusto Mendoza llegaron a España. Dos atracos a punta de pistola en el último año pueden convertirse en una motivación más que poderosa para dejar un país. Pero su viaje no fue solo una huida lo más lejos posible de la violencia callejera diaria sino también una carrera de fondo hacia la prosperidad que les auguraban los que ya habían emprendido el mismo periplo meses atrás. Desde su aterrizaje en territorio hostil, como a ellos les gusta llamarlo a veces, han pasado por situaciones de lo más variopintas. Han estado arriba, casi rozando el cielo y también han estado tan abajo como para plantearse volver de nuevo a su tierra. La elección entre no tener para comer y que te asalten habitualmente no siempre es fácil. El fin del boom de la construcción fue especialmente duro para los extranjeros que llevaban años viviendo de la única salida que se les había ofrecido desde su llegada. A pesar de los altibajos que han tenido que sortear, de todos han salido, consiguiendo formar una familia y mantener, hasta hace un par de años, un trabajo al que llevaban tiempo agarrándose por un hilo muy fino. Amigos, casi hermanos, pero diferentes. José vive con los pies anclados a tierra firme. Aun así, cuando los pájaros que a veces revolotean sobre su cabeza le convencen para emprender alguna locura con la que calmar sus ansias de riqueza, es su mujer la que habitualmente le frena y le devuelve a la cruda realidad. Augusto, en cambio, vive convencido de que en la vida todo es tan sencillo como soplar y hacer botellas. Eso sumado a la suerte o la desgracia de haber encontrado a una mujer que le apoya en todo, por muy ilógica y esperpéntica que sea su ocurrencia, hace que a veces se embarque en empresas sin sentido.

José, en momentos de crisis es cuando triunfan las mentes privilegiadas. Deberíamos liarnos la manta a la cabeza y pensar en un negocio que por fin nos sacara de pobres—. Salen del INEM. Es el resultado de la última idea genial de Augusto. Dejar el trabajo e insultar a su jefe por no recibir el sueldo que esperaba.

La cosa está muy jodida. Nadie te lo pone fácil. Uno no puede montar un negocio de hoy para mañana. Aquí hay que solicitar permiso para todo. Hasta para pedir los permisos tendríamos que pedir otro permiso. Todo implica gastar un dinero que no tenemos antes de empezar y pagar un montón de impuestos una vez que arrancas. No estamos en Caracas. Por si no te has dado cuenta las cosas no funcionan igual que allí. Ni siquiera sé por qué hemos dejado el trabajo. Bueno, sí lo sé y prefiero no decirte lo que pienso y lo que me va a decir mi mujer cuando llegue a casa.

Hablas así porque sabes que tú mujer no te va a apoyar en lo que decidas. Pero, piénsalo bien. ¿No te gustaría ser tu propio jefe? Yo ya estoy cansado de rendirle cuentas a todos estos españolitos que se creen con derechos sobre uno simplemente porque no somos de aquí. No soporto que me den órdenes ni que me traten como si fuera idiota y menos aún que me roben a fin de mes.

Claro que me gustaría pero recuerda que tenemos hijos que mantener, hipotecas que pagar. Imagina que ahora nos embarcáramos en un negocio que después no funciona. ¿Qué haríamos después? ¿De qué viviríamos? No quiero perderlo todo con lo que me ha costado llegar hasta aquí.

No se puede ser tan negativo, José. Con ese pensamiento, ¿cómo nos va ir bien?

Está bien. ¿En qué habías pensado?

Pues en algo de lo que sabemos y mucho. Había pensado en montar una granja de cabras. En Caracas siempre viví de ello. Te puedo asegurar que sé cómo hacer que funcione. Y además he estado mirando y dan una ayuda de 30 000 euros a fondo perdido para comenzar.

No sé, no sé. En principio me parece buena idea pero tengo que hablarlo con Ana y ya te digo algo.

Como tú veas, pero sabes cual va a ser su respuesta. Te dirá que estamos locos.

José también lo sabe pero no pierde la esperanza en que a su mujer le parezca la idea más innovadora y prometedora de todas las que se le han ocurrido hasta ahora. De ser así, no dudará en decirle a su amigo que sí, que cuente con él para lo que sea. Pero como si de una pitonisa se tratara, sus predicciones no se desvían ni un milímetro de la realidad…

Sigue en la fotografía…

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Golpe a la Crisis: Jairo Prieto Fernández (II)

Golpe a la Crisis: Jairo Prieto Fernández (II)

 

DOS

Esa noche Ella quedó con unas amigas para ir a un club exclusivo que había en el centro y evadirse de sus preocupaciones, de su novio y de todo. Era un lugar extremadamente fashion, chic, lo último en diseño y ocio nocturno. Un mundo de luces, de música a todo volumen, de neones, de leds, de láseres multicolores, de pantallas de plasma, de strippers, de bailarinas en barras americanas y de gente pasándoselo muy bien, o como suele decirse comúnmente, «pasándoselo de puta madre», «de buen rollo». Pero no todo era lo que parecía a simple vista, y tras las bambalinas había otro universo de nicotina, de marihuana, de LSD, de cannabis, de porros, de todo tipo de pastillas, de traficantes, de camellos y de adicción. Aquí se podía conseguir todo tipo de sustancias psicotrópicas que, junto al alcohol y la música tecno-pop, ayudaban a Ella y a los demás juerguistas a entrar en un trance hipnótico que les permitía aguantar toda la noche bailando.

El café, el tabaco, el alcohol, la música y las luces, la habían desinhibido a no poder más. Lo veía todo como si estuviese hecho de cristal derretido; como si sus ojos vidriosos fuesen dos prismas por los que penetraba un mundo de sensaciones desconocidas en la realidad cotidiana. Había comenzado la fiesta: empujones, roces, insinuaciones, propuestas, miraditas, besos… Ella bailaba como una loca. Estaba en su ambiente. Esto era el culmen de su juego de presunción y vanidades. Y en menos de una hora se había olvidado de su novio, de sus preocupaciones y de todo. De hecho, empezó a bailar con un chico muy guapo que acababa de conocer y por el que se sentía atraída. Cambiar de chico para Ella era tan sencillo como cambiar de bolso o de zapatos. No le costaba nada. Tenía muy claro cuál escoger, y solía decirle a sus amigas que «los hombres son como los clínex, se usan y se tiran».

Ella se sentía la reina de la noche. Estaba despampanante con su pelo ondulado y suelto, cayéndole por encima de los hombros; su minifalda de colegiala que dejaba a la vista sus esbeltas piernas, y una blusa con un amplio y sugerente escote que revelaba unos senos perfectos; ni demasiados pequeños, ni demasiado grandes: normales, pero firmes. Sus pezones rasgaban la camiseta sudada y parecían querer salírsele lo justo como para que los hombres se arrastrasen hasta ella babeando; más por sus hormonas, que por ella misma. Pero otra cosa es que ese supuesto príncipe azul encajara: tenía que ser perfecto, y cuando digo perfecto, es que tenía que ser un complemento de moda ideal. Ella no se tomaba nada en serio: jugaba a conquistar, a crear ilusiones y a romper corazones. Se había convertido en un pirata que traficaba con emociones prefabricadas y sentimientos de plástico. Se había olvidado de lo que era el amor y también de sí misma…

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Golpe a la Crisis: Jairo Prieto Fernández

Golpe a la Crisis: Jairo Prieto Fernández

 

CIUDADES DE PLÁSTICO

Jairo Prieto Fernández

UNO

«Cuando uno menos se lo espera, la vida puede dar un giro inesperado y pasarnos todas aquellas cosas que nunca pensamos que podrían ocurrirnos a nosotros. Pero pasa. Y cuando pasa, ya nada vuelve a ser lo mismo. El nombre de la protagonista de este relato no importa, tampoco importa si es verídico o no, lo que importa es que esta historia podría ser la de cualquiera, la de un conocido, la de un amigo, la mía, e incluso, la tuya propia».

Y un día pasó lo inevitable… Lo que tenía que pasar

La angustia se enredaba en su estómago. «No puede ser», se repetía mentalmente mientras paseaba con Mitú, su pequeño foxterrier, por la calle de Preciados. No se creía lo que le estaba pasando. La acababan de despedir del trabajo, supuestamente por recorte de plantilla, y para colmo se había enterado de que su novio de toda la vida se había liado con su amiga de toda la vida. Podía aguantar sus manías; el hecho de que fuera impuntual en las citas, de ser poco detallista, de ser despistado, de ser un manazas, de ser celoso, pero esto ya no lo iba a tolerar… «¡Es un cabrón! ».

Era demasiado orgulloso como para reconocer sus errores. Siempre llegaba tarde, pero si la que se retrasaba era ella, se marchaba y la dejaba ahí plantada. Ni tan siquiera se disculpaba. Y encima, luego ella tenía que darle todo tipo de explicaciones y aclararle donde había estado, con quién había estado, lo que había hecho o lo que no había hecho… «¡Será cerdo!». Ella —la llamaremos así desde ahora— era una chica bien, de clase media-alta, y a la que la vida la había favorecido siempre. Le gustaba mucho ir de compras y cuidar su aspecto, y prácticamente eso era lo único que hacía. Era exigente y superficial a no poder más; extremadamente cuidadosa con su imagen, obsesiva; peluquería a diario, extensiones de pelo, planchado, tintes, perfumes caros, pintalabios, purpurina, perfiladores, maquillaje con efecto bronceado, rímel de marca, manicura todas las semanas, masaje ayurvédico, masaje relajante, exfoliación diaria, cremas hidratantes, cremas anti arrugas, cremas con efecto lifting, depilación, rayos UVA, sauna de vapor…, y dos o tres meses revisaba y cambiaba todos los bolsos, los pantalones, los trajes, y su completa colección de zapatos de tacón de aguja… No se podía permitir llevar el mismo atuendo más de dos o tres veces seguidas. Y por si todo eso no fuera poco, también tenía que «cuidar» a Mitú; sesiones de peluquería canina, visitas atiendas con lo último en moda perruna, veterinario, golosinas… Para Ella su perro era solo como un complemento más de moda. Con tanta envoltura y superficialidad Ella se había convertido en una muñequita de plástico, muy mona sí, pero por dentro estaba vacía y tenía la desagradable sensación de que su estómago era habitado por una serpiente que la estuviera devorando poco a poco. Pero Ella siempre lo ignoraba. Se ignoraba. Y lo ocultaba con una sonrisa sempiterna de oreja a oreja como si le hubiesen puesto una inyección de botox en la cara.

Lo que más le gustaba era contemplarse en las vitrinas y escaparates. Que la mirasen. Que los hombres recorrieran su cuerpo con la mirada y ardieran de deseo; y que las mujeres se apartaran de su camino y la mirasen con admiración, o mejor aún, con envidia. Le encantaba ser el centro de atención. De hecho, las calles eran para ella enormes pasarelas de asfalto y hormigón por las que desfilar y provocar. Pero hoy las malas noticias habían perturbado su mundo de lujos y exuberancia en la que había convertido su vida. Miraba sin mirar. Tenía la mirada perdida, ajena a lo que sucedía a su alrededor. Sin sus caprichos ella no sería nadie. Invisible…

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Antología Golpe a la Crisis: José Villalba

Antología Golpe a la Crisis: José Villalba

QUE RETUMBE LA FRAGUA OTRA VEZ

José Villalba

Ya me lo decía él a mí, y claro, pasó lo que tenía que pasar.

De aspiraciones humildes, como su procedencia, Azorín Ramos, herrero, hijo de herrero y nieto de herrero, había heredado de sus antepasados su carácter afable —aunque no el gusto por la literatura—, y la fragua familiar en la que ahora intentaba trabajar, y digo intentaba, porque el negocio no estaba muy boyante. Era una profesión en decadencia. La artesanía en hierro, además de cara, resulta innecesaria en estos tiempos, cuando tantos artículos se producen en serie y a otros precios bien diferentes. Aun así, Azorín siempre decía lo mismo:

Es que uno no sabe hacer otra cosa. —Ese era su sonsonete, y a decir verdad, trabajaba muy bien y era el creador de una obra pintoresca.

Su sueño, como persona que supo pisar el suelo y ser consciente de sus limitaciones, nunca fue otro que tener una vida normal. Y poco a poco, a pesar de las adversidades del destino, lo fue consiguiendo. Después de una juventud a la que logró sobrevivir, casi achicharrada por el coqueteo con las drogas del momento, tuvo un amor que se convirtió en su esposa, a la que no había dejado de querer, unos niños maravillosos y una casa por pagar.

No, si no es mía, todavía es del banco —decía siempre que se presentaba ocasión, con la sonrisa fuerte del que se cree poder con todo.

Pero eso era antes, antes de que la cosa empezara a ir tan mal. Entonces, rodeados de cervezas, en el bar donde nos reuníamos, todos creíamos saber tirar para adelante. Qué equivocados estábamos.

Al principio del final, todos hablábamos de lo mismo. En sus inicios, de manera anecdótica, después con curiosidad, más tarde con recelo, y en la última etapa con miedo. Al final, ya nadie quería mentar el tema. Era evidente que estábamos naufragando, y una desasosegada aprensión nos azotaba por dentro. Esos ratos que pasábamos juntos, cada vez más aunque tomáramos menos cervezas, habíamos llegado a un acuerdo sin palabras, eran mejores si se llevaban con buen ánimo. Que bastante teníamos el resto del día.

Crispín, trabajador del sector de la construcción, que llevaba en el paro el último año y medio, lo llevaba advirtiendo:

¡Cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar!

Lo de la construcción se venía venir. Aquel boom de entonces, que parecía no tener límites, tenía que cesar. Era insostenible, pero todo lo otro… Insisto, nadie creía entonces que las cosas llegaran donde llegaron.

Azorín fue el segundo en caer en picado, tanto, que su médico de cabecera le recomendó visitar a un psicólogo. Solo aguantó dos terapias. Y comentaba, indignado, por qué lo dejó:

Que las crisis son buenas oportunidades para cambiar, ¡maldito hijo de puta! —se desahogaba con nosotros, viendo perdida su oportunidad de comprender lo que sin duda le atormentaba—. Yo no quiero cambiar nada.

Pero no fue el último. El joven Ricardo, el más preparado de nosotros, con dos carreras en la universidad, aguantó poco más de tres meses trabajando. Siempre de aquí para allá. Es verdad que tenía buenos sueldos, cuando los tenía. Pero ya no. Parecía no haber consuelo para él. El muchacho no podía ni emprender su vida. Se acababa de independizar y otra vez tenía que volver a casa de sus padres. El abandono de sus ilusiones le obligaba a separarse por las noches de su querida novia, de la que tanto presumía.

Unos por jóvenes, otros por viejos, no se iba salvando nadie. Ismael, que llevaba más de treinta años en una empresa, tampoco se libró del descalabro. Él culpaba al gobierno, por su mala gestión y a los mercados. Pero ninguno supimos decir ni qué ni quiénes eran los mercados. En otros momentos nos habríamos reído y brindado por la madre que parió a los mercados, pero las risas ahora también escaseaban. Ismael culpaba, asimismo, a los bancos, por el abusivo ejercicio de su poder económico. Al final, el pobre hombre se resignó en una hundida incredulidad, sabedor que para él, a su edad, el circuito laboral se había cerrado herméticamente. Perdió toda esperanza de poder reemprender nada. A veces decía verse en el futuro como un vagabundo.

Fueron días aciagos y tristes. Penas revueltas con alcohol. Desdichas compartidas en la hombría de las lágrimas ausentes. Blasfemias y conjeturas, que no llegaron a nada, salieron de nuestras bocas calientes. Lanzamos maldiciones estériles y juramentos asesinos, encendidos por la pasión del que ya no tiene nada que perder, y reprimidos por etílicos sorbos de rabia.

A mí siempre me había parecido que estas eran cosas eran del pasado. Ingenuo que es uno…

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