“UN MILAGRO DESESPERADO”, de Pilar Fuentes Muñoz

“UN MILAGRO DESESPERADO”, de Pilar Fuentes Muñoz en Golpe a la Crisis (Andalucía).

Ediciones Atlantis publica anualmente antologías sobre temática específica con relevancia social. Esta vez fue la “crisis”.

 

 

UN MILAGRO DESESPERADO

Pilar Fuentes Muñoz

El mirar por la ventana no le soluciona nada, solo siente desesperación. No puede entender cómo ha llegado hasta ese instante, hasta ese endemoniado momento de irritabilidad y soledad. Observa desde esa lejanía, en la distancia, a esos pequeños que juegan en el patio, ingenuos e inocentes, ajenos a la desgracia humana que les rodea. Le hace recordar que tiene dos preciosos hijos a los que no puede ver, porque su ex mujer se los ha arrebatado, porque según ella no le ha pagado la pensión desde hace dos meses. Siempre ha cumplido con su deber, minuciosamente ha llegado siempre a cumplir con los pagos, ahora, ella le falla, porque le debe sólo un par de meses. Se acabó el papi bueno, el papi que pagaba sus caprichos y todas las necesidades de los niños.

Ha perdido el trabajo y, desesperado, no encuentra nada. No le queda nada del paro, solo el último mes. Todo su sueldo ha ido siempre íntegro a casa de su ex, quedándole tan solo 200 míseros euros para pagar la cochambrosa habitación donde habita. ¿Qué le queda para comer? Nada, aíre. No le queda nada. Hasta su dignidad se ha marchitado.

Allí, en ese pequeño rincón, observa por el cristal de la única ventana que hay y desde esa abrasadora soledad, mira y abriga su corazón de esa lejana inocencia que le hace recordar que alguna vez tuvo dos hijos que le llamaban papá.

Piensa en la multitud de gente que recorre las calles últimamente en desaforada manifestación para quejarse porque le han quitado al sueldo… ¡Unos míseros euros!, que quizás le sirviera para un viaje, o unas entradas de futbol… ¿En qué manifestación sale él? ¿En qué grupo se tiene que quejar? ¿En el de los abandonados? ¿En el que ya no les queda nada, ni para malcomer?

¡Maldita sociedad! Solo viven unos pocos, el resto somos solo escoria —murmura mientras mantiene los puños cerrados.

Siente que ya no es ni eso: ni trabajador, ni persona. ¿Dónde manifestarse, si solo convocan huelgas para lo que tienen un puesto fijo, los que tienen sus pagas, los que van de viajecitos? ¿Dónde está esa huelga que se manifieste por los parados? ¿Dónde está el trabajo digno que le pertenece por solo el hecho de existir?

En el desesperado dolor de una intensa soledad, abrazado por el desamor de sus hijos, del no trabajo, de la sociedad ambigua, se sumerge en un infinito y lejano sentimiento que le hace dudar de su existencia…

¿Para qué vivir si solo soy escoria, si no tengo derecho ni a respirar porque me cobran dinero por ello? Pagar, pagar, pagar… No tengo para cumplir con esta sucia sociedad. No tengo la moneda de cambio que me da el derecho a comer, a estar bajo un techo digno, ni a respirar. No puedo cumplir con las obligaciones de mi casa y la de mis hijos. No puedo mirarles a la cara y decirles que no tengo para sus necesidades y caprichos. Solo me quedan doscientos míseros euros que debo a la pensión… Entonces, ¡qué pinto aquí! Malgastando el aíre que no merezco respirar… —expresa desolado y perdido.

Es una persona creyente, aunque nunca va a misa. No cree en los curas, ni en esas falsas expectativas religiosas. Siente que hasta la religión pierde adeptos. Para él su creencia solo va más allá de un Dios, de un todo que dirige el universo, que maneja las cuerdas de un reloj donde sus agujas crean horas, que pasan y tocan a cada uno de diferente manera. Un ser que dirige los destinos de cada ser viviente, que protege un Cielo donde descansar cuando la vida respire su último aliento.

“UNA LUZ EN LA OSCURIDAD”, Laura M. Lozano Ramírez

“UNA LUZ EN LA OSCURIDAD”, Laura M. Lozano Ramírez Golpe a la Crisis (Andalucía).

Ediciones Atlantis publica anualmente antologías sobre temática específica con relevancia social. Esta vez fue la “crisis”.

 

 

UNA LUZ EN LA OSCURIDAD

Laura M. Lozano Ramírez

«Todo hombre puede encenderse a sí mismo una luz en la oscuridad».

Heráclito.

Quizá aquella oración, previa a la salida, es una de las más importantes de su vida o tal vez la más intranscendente y sin sentido. Sin saber cómo podía sentir dos emociones contrapuestas, los pensamientos de Esteban chocan entre sí con la violencia de una roca contra otra y esparcen chispas que iluminan fugazmente sus confusas ideas, sumiéndolas inmediatamente en la oscuridad de sus opacas reflexiones. Lo único claro en su cabeza es que no tiene nada claro… Sin embargo está allí, expectante y preocupado, queriendo creer que los milagros existen. Necesitado de que uno, y bien grande, ocurra para arreglar sus problemas, que no son pocos los que machacan su vida a cada instante, y así, de esa manera, recuperar la ilusión de vivir de nuevo.

Los grandes portones de la casa de hermandad se abren y el clamor del gentío, que se aglutina en la calle, en espera de verles salir, llega hasta sus oídos. Se santigua después del Padre Nuestro y se ajusta el cíngulo a la cintura y los guantes a sus manos, dispuesto a la tarea. El interior del salón de tronos también está lleno de cofrades y amigos que abarrotan el deambulatorio del primer piso, pues han venido a ver ese especial momento, que no todo el mundo puede disfrutar de manera tan íntima y exclusiva la salida de una cofradía. Suena la campana martilleada por el mayordomo de trono, en un toque de atención, que alerta a Esteban y a todos sus compañeros portadores a que estuvieran atentos a la siguiente orden que, en breve, sonará sobre el bronce de su hechura.

Silencio. La mano del alcalde se levanta y queda suspendida en el aire por unos segundos, todos los portadores están a la expectativa. Suenan dos toques: el hombro se mete bajo el varal. Un toque más: ¡Arriba el trono! Se oye de fondo. Los primeros pasos resultan ligeros, no pesa, gusta de una manera atrayente y el corazón late con fuerza, henchido de una emoción raramente explicable.

Al asomar las cabezas de varales hacia la calle Victoria una sinfonía de campanillas estalla repiqueteando en las manos enguantadas de sus nazarenos, reciben a Jesús, al que llaman el Rico, repican de júbilo de contento; el mismo que se respira en el ambiente que se percibe entre el pueblo. Al lado la banda del Cuerpo de Policía entona el Himno Nacional, que se ve inmediatamente envuelto en una ovación clamorosa de todos los vecinos del barrio y de gentes de otros muchos sitios, que han acudido un año más a ver salir a su Nazareno, aquel que porta sobre su hombro la cruz por la humanidad, quien esparce infinitita misericordia desde sus ojos y lleva la libertad para un penado, que le espera hecho un manojo de nervios, unas calles más allá, sin haber asimilado todavía la suerte que le ha deparado el destino de ser agraciado por Él y abandonar su condición de recluso por la de liberto.

Suenan las saetas que hablan precisamente de eso, y otras son para la Madre que en seguida asoma por la puerta, siguiendo al resto de su sección de cofrades azules, estandartes y bocineros, perfumando el ambiente con las flores que la exornan y una petalada cae sobre su palio y manto como lluvia de primavera… Empieza la procesión otro año…

portada-andalucia-crisis_media

“SE NOS OLVIDÓ 1929”, de Rafael Mª Cañadilla Moyano

“SE NOS OLVIDÓ 1929”, de Rafael Mª Cañadilla Moyano en Golpe a la Crisis (Andalucía).

Ediciones Atlantis publica anualmente antologías sobre temática específica con relevancia social. Esta vez fue la “crisis”.

 

 

SE NOS OLVIDÓ 1929

Rafael Mª Cañadilla Moyano

La reflexión obligada por no recordar la historia, es, precisamente, por qué hemos dado lugar a tener que sufrir en nuestras carnes lo que siempre estuvimos tratando de evitar, es decir, la pobreza, el sufrimiento, el paro, las situaciones de abuso. Contemplamos impotentes, cómo la distancia y la desigualdad entre ricos y pobres, se hacen cada vez mayor, provocando un abismo insalvable que nos conduce a una situación explosiva de consecuencias imprevisibles. Los más ricos, que no los más poderosos e inteligentes, se alían con estos, evidenciando el dicho de que «Dios los cría y ellos se juntan», resultando, por el egoísmo innato que es intrínseco al ser humano, un frenesí devorador de los derechos más básicos de las mayorías más desfavorecidas, y que les guste o no a dichos poderosos, los tienen por el solo hecho de existir como personas.

El paso del tiempo es, paradójicamente, bueno para muchas cosas, pero para otras, como el caso que nos trae, radicalmente malo. Malo, porque propicia el olvido de hechos y consecuencias —la Gran Depresión del 29— que nos hicieron sufrir hasta cotas que, en aquel momento, aquella generación de personas se juraron que jamás se volvería a repetir, donde las necesidades más elementales de cada persona dejaron de importar lo más mínimo a los que ascendieron en el escalafón de una riqueza injusta y miserable. Lamentablemente, nada nuevo si miramos la historia desde una lejana perspectiva.

Lo que más me llama la atención de este ser inteligente, que denominamos hombre, y lo digo desde la observación y autocrítica personal, es la dificultad tan tremenda que tenemos para interiorizar, memorizar y retener los mecanismos que depararían una vida mejor para la humanidad. Es como si el ser humano estuviese condenado a repetir y vivir los males acontecidos a lo largo de su historia, una y otra vez. Como si estuviésemos encadenados a una poderosa e indestructible noria de la existencia que nos esclaviza y desgasta, insensibilizándonos en la relación con los demás, con la naturaleza. En definitiva, con la vida misma. Quizás todo ello tenga que ver con la incapacidad de aceptar, de no hallar la humildad suficiente para sentirnos parte de un orden, de un Universo que se nos manifiesta tan grandioso, tan imponente, tan poderoso con sus leyes, que puede llegar a hacernos creer en un despiadado dictador que nos ha impuesto, sin pedirnos opinión alguna, formar parte de una existencia. Este sentimiento, sospecho, subyace a todos los que vamos navegando en este barco, que no hemos podido elegir tomar. Es la sensación de que nos dirigimos a algún puerto que se nos oculta, envuelto en un misterio insondable, aunque con la sospecha profunda en el subconsciente de cada uno, de que no hay ningún puerto.

Esta última reflexión puede llevarnos a pensar que el hombre no está diseñado para el vacío, para la experiencia más demoledora que se pueda vivir: el vacío interior, con la consiguiente falta de valores constructivos para nosotros mismos y los demás. Ante esto, ¿qué vamos a poder hacer por nosotros mismos? Nada. Y no digamos por los demás. Si quisiéramos remediar esto, habría que edificar un entramado de valores que diesen sentido a nuestra existencia, más allá del simple y superficial mundo de los deseos incontrolados, del instinto que portamos en nuestros genes tan fáciles de seguir. Un sinsentido en alza, por la cantidad de personas que se han dejado llevar por la corriente hedonista del placer por el placer, pero que acarreará un esfuerzo ímprobo a cualquiera que, a posteriori, decidiese cambiar su vida…

portada-andalucia-crisis_media

“MI MUNDO PATAS ARRIBA”, de Pedro de Matos

“MI MUNDO PATAS ARRIBA”, de Pedro de Matos en Golpe a la Crisis (Andalucía).

Ediciones Atlantis publica anualmente antologías sobre temática específica con relevancia social. Esta vez fue la “crisis”.

 

MI MUNDO PATAS ARRIBA

Pedro de Matos

Malos despertares los hemos tenido todos.

Pero tan malo como el que estás teniendo, no lo ha tenido nadie antes.

Te despiertas dolorido, tendido en el suelo. Confuso, mareado. Notas el suelo rugoso. No quieres pensar por qué. Tienes arcadas. Temes vomitar, así que tratas de ponerte en pie. No es buena idea. Tampoco resulta productivo.

Intentas moverte, pero los huesos te duelen.

Estiras la mano a un lado, la otra mano, al otro lado. Estás en el pasillo. La casa está en penumbra y tú no recuerdas haber llegado aquí. Hay cosas en el suelo. Se han caído los marcos y se han roto. Notas cristales junto a tus pies descalzos.

La cabeza te va a estallar y el mundo te da vueltas. Finalmente, vomitas. Intentas recordar por qué estás tirado en el suelo del pasillo, pero el más mínimo esfuerzo de tu mente solo te devuelve dolor y quejidos.

La boca te sabe a suela de zapato y notas la lengua lacia. Anoche volviste a beber demasiado. Siempre bebes demasiado. Maldita sea, sabes que tu vida está en su peor momento cuando no recuerdas qué haces en el suelo del pasillo. Y por qué este tiene un tacto rugoso.

Maldita sea, ¿qué has estado haciendo?

Vuelves a despertar.

Sigues en el suelo. No sabes cuánto has dormido. La cabeza te sigue doliendo horrores. Crees que casi prefieres morir.

Tienes frío. Estás casi desnudo. Tratas de levantarte. Todo tu cuerpo se queja. Tu cabeza trata de acallar los gritos de dolor que envían tus miembros, pero eso es precisamente lo que más te duele.

Buscas el interruptor de la luz. No das con él.

Estiras las manos, recorres la pared. Frenético. Tropiezas con una puerta que no esperabas ahí. Intentas entrar en la habitación, pero tropiezas y caes, haciéndote bastante daño. ¿Qué demonios…?

Vuelves a despertar. La tibia te duele horrores, pero no es lo único. Has caído sobre trozos de algo. No estás seguro de dónde estás, pero la luz que entra por la persiana destrozada te da una idea.

Estás soñando. Una extraña y muy real pesadilla. No tiene otra explicación posible. Es un producto de tu borracha mente. Solo hay una alternativa, pero es demasiado descabellada, una auténtica locura, es totalmente imposible.

Pero, a primera vista, todo parece indicar que todo de repente está cabeza abajo…

Llevas minutos, horas, no sabes cuánto, sentado en una esquina del techo. Las manos contra la cabeza. Estás loco, no hay otra explicación. ¡No es posible que de buenas a primeras el mundo se dé la vuelta!

Poco a poco, decides levantarte.

A tu alrededor todo es un completo desastre. Los muebles, los electrodomésticos, todo se amontona por el techo. Durante un segundo de lucidez agradeces que te hubiera cogido en el pasillo y no en la cama, pues ahora tu cadáver estaría aplastado bajo el colchón. ¿O acaso no habría sido mejor así?

Finalmente te levantas. Vas caminando por el pasillo, tus pies descalzos recorren el techo hacia tu habitación.

No es hasta que levantas la pierna para cruzar el vano de la puerta, y ves el desastre que hay en tu cuarto, que te acuerdas del resto del mundo. De tu familia, de tus amigos. ¿Estarían en sus casas? ¿Yacerían sus cuerpos bajo montones de muebles?

Buscas mecánicamente unos zapatos mientras te preguntas qué habrá pasado con la gente que estaba fuera de sus casas.

La luz entra por la ventana, las cortinas yacen sobre el techo y la persiana, torcida, está a medio abrir.

Pensaste que vivir en un décimo sería beneficioso para mitigar tu miedo a las alturas, pero no funcionó. Ahora mirar por la ventana te da más miedo que nunca.

Una y otra vez te levantas y te acercas a la ventana, y una y otra vez vuelves a sentarte en tu rincón seguro. Te llevas las manos a la cabeza. Quieres llorar, quieres vomitar, quieres salir de ahí, pero, ¿a dónde?…

portada-andalucia-crisis_media

“JUEGO DE PAÍSES”, de Raquel Olvera Olvera

“JUEGO DE PAÍSES”, de Raquel Olvera Olvera Golpe a la Crisis (Andalucía).

Ediciones Atlantis publica anualmente antologías sobre temática específica con relevancia social. Esta vez fue la “crisis”.

JUEGO DE PAÍSES

Raquel Olvera Olvera

Hace un par de meses que pedí un préstamo al banco para comprarme una casa en el campo, al principio se mostraron reacios a dármelo, pero al enseñarles mi contrato de trabajo y mi última nómina accedieron a ello. Soy trabajador fijo en una empresa de construcción, llevo treinta y siete años en ella, ¡todo un veterano! Mi mujer asegura que no deberíamos haber recurrido al banco… lo cierto es que yo también lo pensé en su momento; pues tenemos unos ahorros invertidos en bolsa que llevan dando sus frutos uno cuantos años, espero poder sacarlos… quizás para el año que viene…

Voy camino del colegio a recoger a mi hija de cinco años, se llama Sara y es lo más bonito que tengo en mi vida. Pero antes tengo que parar en una gasolinera. Al entrar me doy cuenta de que el gasoil ha subido considerablemente, lleva tiempo así, antes llenaba en tanque del coche con la mitad de dinero… Todo sube pero nada baja. Ya llegará el momento, las personas somos muy impacientes… deberíamos darle un voto de confianza a todos aquellos que dirigen el país.

De camino al colegio enciendo la radio, me gusta escuchar música mientras conduzco, evita que me duerma al volante… pero sospechosamente y no sé por qué, hay cientos de emisoras y todas hablan de lo mismo: la crisis financiera y la burbuja inmobiliaria.

De repente, me veo haciendo exactamente lo que hacía todos los días… había quedado atrapado como en una especie de remolino que me hacía volver a repetir las cosas una y otra vez, pero no solo en mí, sino en personas a las que veía y conocía también. En solo año y medio mi futuro, el de mi hija y mi esposa se han ido al garete: mi empresa, en la que llevaba tanto tiempo trabajando, me despidió alegando que necesitaban una reducción de personal. Después de tantos años con ellos no han mirado caras, me han echado como a un perro a la calle, sabían que dependía de mi sueldo, sabían que estaba pagando una hipoteca, que me había comprado un coche nuevo, que mi hija necesitaba de ese dinero para poder llevar una vida mejor… No pensaron en nada… pero, ¿y yo? ¿Pensé yo en ella? Me he enterado hoy de que no se trataba de una simple reducción de personal, no tienen a nadie trabajando, los materiales los están vendiendo incluso por un precio inferior a la mitad de lo que valían. Están desesperados, necesitan dinero a toda costa para poder pagar infinidad de deudas, ¿pero cómo es posible? Teníamos decenas de proyectos de futuro, un montón de edificios por construir y cada vez necesitamos más gente para trabajar porque no dábamos abasto…

¡Esto es increíble! ¡Impensable!

Quizás todo se deba a que se ha construido más de lo necesario, quizás todo esté causado por el endeudamiento de los españoles, los bancos podrían tener la culpa por conceder tantos préstamos a diestro y siniestro sin saber si la gente respondería o no… Así todo el mundo compra, así es muy fácil adquirir un piso, una casa, un chalet… ¡esto es un caos!

Otros dicen que fueron los partidos políticos, tanto los de izquierdas como derechas, los que impulsaron la venta de viviendas durante un largo tiempo. Ocultaron la crisis recurriendo a otros recursos económicos, ya que para impulsar la venta de viviendas bajo otras condiciones que no fuesen las anteriores, necesitaban nuevos seguros y subsidios, creando así grandes compañías hipotecarias privadas, la cuales, más tarde se encargarían de poder subvencionar los préstamos de las personas que no podían adquirirlos a través de los bancos de a pie. Eran empresas creadas por el gobierno, intocables, con un solo fin: ocultar la crisis por unos años más mientras la burbuja se hacía más grande y el país se iba cada vez más a la ruina, a la vez que ellos obtenían grandes beneficios.

¡Maldita sea! —grité agarrando el volante del coche con más fuerza. Las noticias de la radio me estaban poniendo de los nervios, no podía creerme que hubiéramos llegado a aquella situación, pero no todo terminó ahí, seguían hablando y hablando, dando información a las personas, destapándonos los ojos para que viéramos la cruda realidad…

portada-andalucia-crisis_media

“ALL IN”, de J. A. Ortega, Golpe a la Crisis (Ediciones Atlantis)

“ALL IN”, de J. A. Ortega, Golpe a la Crisis (Andalucía).

Ediciones Atlantis publica anualmente antologías sobre temática específica con relevancia social. Esta vez fue la “crisis”.

 

ALL IN

J. A. Ortega

¡Maldita parejita! Tres veces seguidas me ha salido de mano y las tres me ha jodido la muy puñetera. Ni símbolo de la evolución ni leches. Y mucho menos de la regeneración. Me cago en el ocho y en todas sus castas. Un mojón pinchado en un palo para los pitagóricos y otro más para la numerología. Me inclino por el ochenta. En realidad, a mí nunca me dio igual uno y otro. Para numerólogo yo, que tiempo ha me las ingeniaba para vivir a cuerpo de rey y ahora me las tengo que ingeniar para llegar a fin de mes. Eso, sin mencionar las auténticas virguerías que tengo que hacer para esquivar acreedores un día sí y otro también… Pero tampoco le echo el muerto ahora al capitalismo internacional como se dedican a hacer otros. No tengo tanto morro. A ver si en la próxima me toca una de ases, ¡coño!

Twenty-five…

Para crisis, la mía, desde que tengo uso de razón. Mi relación de pareja se ha ido a pique en cuanto se me ha acabado el crédito, así que ahora estoy sin mujer, descompuesto, desempleado, sin un duro y esperando como un gilipollas solucionar mi situación a través del juego con un pelotazo. ¡Manda cojones!

Si estaré mal que hasta he llamado, vergüenza me da admitirlo, al parguela ese de Aceves (¡ojo!, Aceves con v no con b) para que me revele mi destino. El amor, hijo mío, que lo vuelve a uno tonto perdido a las primeras de cambio. Me refiero, claro, al futurólogo, ese pibe amanerado, brujo de profesión, no al que fuera ministro, que, por cierto, de angelito tenía bien poco —esto no es más que una opinión mía y gratuita— y de vidente —esto sí que es una afirmación basada en hechos constatables y constatados— absolutamente nada. ¡Ya lo hubiéramos querido! Más no es que tenga yo algo personal contra Octavito. Ni contra Octavito ni contra Novenito, por supuesto. No soy tan boludo. Por no tener no tengo nada en contra ni de mi ex, que, mira por donde, era también de allá, del Río La Plata, porteña para ser más exacto. Es solo que a veces se me va la olla y me paso de la raya. Con güisquisito, por cierto, para ponerme a tono, cuando encarta.

Raise!

Ya me extrañaba a mí que la muy cabrona me escribiera para interesarse por mi estado. A renglón seguido tenía que añadir alguna petición con su particular sutileza. Como que le empaquete y le envíe los libros y los CD’s que no tuvo tiempo de llevarse consigo cuando se quitó de en medio con su psicólogo. ¡Qué cara tiene la tipa! Lo que debería enviarle es al perrito gracioso que me dejó en casa, si no se hubiera largado también este verano, seguramente por lo detestable que me estoy volviendo. ¡Menuda epistolita mía le espera, vía e-mail, por supuesto, si es que le contesto!

Fifty…

Lo nuestro acabó de la mejor manera que podía acabar, con un polvo memorable, el mejor hasta la fecha y, teniendo en cuenta mi edad, creo ya que insuperable. Que yo sepa el viagra levanta el pene, no el entusiasmo. Aunque no estoy en condiciones de afirmarlo, porque, y así quiero que conste, aún no lo he probado. No practico el sexo lo bastante como para necesitarlo, qué más quisiera. Lo que sí sé es que la próxima vez que contraiga matrimonio no lo haré por amor sino por conveniencia. La razón más sólida por la que uno puede y debe casarse. No para garantizar la integridad de un patrimonio que, en mi caso, ya no poseo, sino la del corazón, en mi caso maltrecho. Me importa tres pitos que ella se haya quedado con las propiedades y yo con todas las deudas, incluida la hipoteca. Me lo tengo merecido. ¡A quién se le ocurre enamorarse de una tía capaz de llorar por una Visa o una Mastercard y emocionarse solo en Puerto Banús única y exclusivamente! ¡Menos mal que no tuvimos críos!

¡Joder con las damas!

portada-andalucia-crisis_media

“El paraca”, de José Manuel Cano Pavón, Golpe a la Crisis (Ediciones Atlantis)

“El paraca”, de José Manuel Cano Pavón, Golpe a la Crisis (Andalucía).

Ediciones Atlantis publica anualmente antologías sobre temática específica con relevancia social. Esta vez fue la “crisis”.

EL PARACA

José Manuel Cano Pavón

Lo que menos podían esperar los vecinos de aquella urbanización de chalecitos adosados sin grandes pretensiones situada en las afueras de Alcalá de Henares, en una noche tranquila y con temperatura agradable de fines del mes de abril, era que se produjera una atronadora explosión en una de las viviendas. Casi todo el mundo se echó a la calle para saber qué había ocurrido, y entonces vieron que de una de las casas salía humo y que en la acera había fragmentos de paredes y de muebles, y entonces muchos pensaron que había sido una explosión de gas butano en la cocina. Bastante gente se congregó en la puerta de la casa que tenía el número doce y otros más prudentes optaron por llamar al teléfono de emergencia. Se oían gritos, pero no se veía nada porque la luz eléctrica de la vivienda se había ido como consecuencia de la explosión. «Ahí vive la familia Bazán», dijo alguien. Un par de vecinos trajeron linternas y entraron y comprobaron que la explosión no había ocurrido en la cocina como pensaron en un principio, sino en el salón comedor, en el que flotaba un olor a explosivo que uno de los que habían entrado asoció al olor que se notaba en los polígonos de tiro militares cuando se hacían prácticas con granadas de mano. El salón estaba destrozado y había varios cuerpos por el suelo, y con precauciones consiguieron liberar a un joven que estaba aprisionado por un trozo de pared y que no parecía estar grave. Era el hijo menor, un chico al que muchos conocían, y al que consiguieron sacar a la calle en el momento justo en el que llegaban un patrullero de la policía y una UVI móvil. Tras una cura de urgencia se lo llevaron al hospital y luego fueron sacando a los demás, la abuela, el padre y la madre. El hijo mayor estaba destrozado y fue necesario esperar al juez y a la policía científica para poder levantar el cuerpo.

Bueno, señoría, me llamo Paloma Narváez y soy médico del servicio de emergencias. Nos avisaron de que se había producido una explosión en la vivienda que ya conocen, el número doce de la calle Gregorio Arriaza, y allí que nos plantamos en dos o tres minutos, al mismo tiempo que los policías. Cuando llegamos los vecinos habían sacado a un chico muy joven que tenía la ropa chamuscada y ensangrentada, al igual que el rostro. Lo reconocimos y vimos que tenía una esquirla metálica en una pierna, pero salvo alguna posible lesión interna no parecía tener nada grave. Había que sacarle la esquirla y por eso lo enviamos al hospital de Alcalá; nos dijo que se llamaba Kevin. En el salón de la vivienda la cosa era peor, todo estaba lleno de sangre. Un joven alto estaba destrozado, con las vísceras fuera de la cavidad abdominal y la caja torácica abierta; obviamente estaba muerto. Estaban luego los padres, cada uno en un rincón, quejándose, con muchas heridas aunque ninguna mortal; la madre tenía lesiones graves en el ojo derecho y por causa de las cuales ha perdido la visión en él. Y el padre ha perdido un dedo de la mano, y tiene desgarros en los músculos de las piernas, aunque de eso sanará. Luego, en la cocina, nos encontramos moribunda a una anciana, no tenía heridas, pero le había sobrevenido un infarto agudo de miocardio. La explosión se produjo en el salón y el explosivo lo debía de llevar próximo a su cuerpo el joven que estaba destrozado. Los policías opinaron que la explosión parecía la de una granada de mano de las que se usan en el ejército, luego eso lo han confirmado los artificieros. Posiblemente la granada la llevó a la casa el joven, sustraída necesariamente del cuartel de los paracaidistas donde estaba destinado, porque había ingresado en dicha unidad como un año antes. Eso es lo que me han contado, su señoría tendrá más información que yo, y los datos clínicos están en el parte que le habrá remitido el hospital. Yo estoy muy impresionada, a pesar del tiempo que llevo en urgencias. No olvidaré el olor penetrante que había en esa casa, una mezcla de humo de explosivo y de sangre proyectada, no lo he podido olvidar. Yo no entiendo qué ha podido pasar, según los vecinos eran una familia normal aunque en los últimos tiempos tenían dificultades económicas porque el padre y la madre habían perdido sus empleos de muchos años y ahora estaban dando tumbos de aquí para allá…En fin, lo habitual en estos tiempos que corren.

Buenos días. Mi nombre es Alfredo Mediavilla y soy posiblemente el mejor amigo de Kevin. Estuvimos juntos en el parvulario y luego en el instituto. Después Kevin no pudo ir a la universidad porque en su casa tenían apuros económicos, algo que ha pasado en muchas familias. Pero seguimos con nuestra amistad y salíamos los fines de semana, aunque él llegaba reventado porque ayudaba a su padre a repartir paquetes por aquí y por allá, con una furgoneta que tienen. Pues hace pocos días se unió a nosotros el hermano de mi amigo, que se llama Edu, y que está en los paracaidistas, en la BRIPAC; tenía unos días de permiso. A mí nunca me ha caído simpático, porque trata muy mal a Kevin y de paso se mete conmigo, que si los universitarios somos unos mierdas, que si no tenemos cojones, que si vivimos de las tetas de nuestros padres y cosas así. Estuvimos tomando cervezas y luego nos fuimos a una plaza y allí sentados en un banco el Edu sacó una granada de mano y yo me acojoné un poco, porque no sabía qué iba a hacer aquel paraca con el explosivo. Me dijo que no temiera, que mientras no se tiraba de la anilla era inofensiva. Pero que si se quitaba aquella anilla se producía una explosión en unos ocho segundos, «pero te da tiempo a lanzarla, no pasa nada». Me la dieron para que la cogiera y para no parecer miedoso la cogí y vi que pesaba muy poco, parecía como si estuviera vacía. «No está vacía —dijo Edu—, lo que ocurre es que el explosivo pesa poco, pero dentro lleva una tremenda carga de muerte y destrucción».

portada-andalucia-crisis_media

“El afortunado”, de Marga de Cala, Golpe a la Crisis (Ed. Atlantis)

“El afortunado”, de Marga de Cala, Golpe a la Crisis (Andalucía).

Ediciones Atlantis publica anualmente antologías sobre temática específica con relevancia social. Esta vez fue la “crisis”.

 

EL AFORTUNADO

Marga de Cala

«El hombre se descubre cuando se mide ante un obstáculo».

Antoine de Saint Exupéry

Cada vez que surgía un nuevo problema en su vida, Mario Bernal recordaba con cierta sorna la cita del aventurero autor de El Principito. Sin embargo, él pensaba que quizás la existencia no debiera ser una continua sucesión de dolorosos descubrimientos, sino un plácido camino lleno de experiencias dignas de recordar, en la futura y más calma ancianidad. Mario, un feliz padre de familia de 43 años con tres hijos pequeños a su cargo, conducía su monovolumen azul oscuro a través de un gastado camino que ya no tenía que recorrer por más tiempo: a las 14:30, se presentaba la hora de comer de un viernes cualquiera, pero treinta minutos antes lo habían despedido de su trabajo, gracias a la crisis que maltrataba al mundo, y ahora tocaba contárselo a su mujer y despedirse, también, de su felicidad.

Los escasos cincuenta kilómetros/hora que acompañaban su plomizo viaje de vuelta al hogar, y la música de blues de Ray Charles, daban algo de tiempo y sosiego a la confusa mente del nuevo desempleado oficial. No era la primera vez que se topaba con un obstáculo importante en su vida, aunque este —sin duda— era de los más preocupantes. Pensaba Mario Bernal, recordando la muerte de su padre a los 50 años, que esa otra piedra del destino consiguió dejar a su madre y a sus tres hermanos en la sima de la pobreza. E igualmente recordó que lograron salir de aquella… ¡Por descontado que así había de ser! La tenacidad de la viuda de Bernal y la colaboración de los cuatro hijos de don Tomás lo hicieron posible, sobre todo de los dos mayores, su hermano Sam y él mismo. Aquella miseria con sabor a humedad y a necesidades postergadas, terminó un par de años después, con la mitad de su familia ocupando un digno puesto de trabajo.

Sam y Mario, primer y segundo hijos del matrimonio, habían realizado los mismos estudios de arquitectura, compaginándolos a duras penas con un trabajo de media jornada en unos almacenes de su localidad natal. El favor procurado por su tío materno, empleado en la misma empresa, no podía rechazarse arguyendo un motivo tan egoísta como la universidad. Los hermanos tardarían el doble que sus compañeros de aula en aprobar las asignaturas elegidas, pero lo conseguirían porque habían nacido hombres de bien, y otro modo de actuar no era siquiera planteable. Un día perdido en el tiempo que se dibujó soñador, Sam y Mario Bernal proyectaron en su imaginación un negocio propio, dedicado a la arquitectura y al diseño, sus pasiones comunes; pero al llegar aquella misma noche a sus vidas, se dieron perfecta cuenta de que estaban pidiendo demasiado. Sus novias no debían esperar más, y con cerca de 30 años ya no eran unos críos. Llegaba el momento de continuar trabajando, sin riesgos, y formar una familia.

Con el transcurso del tiempo, Mario recibiría la oferta de una firma dedicada a la producción, distribución y venta de acero inoxidable, en la cual ocuparía un destacado puesto como director regional de ventas. Tampoco resultaría fácil aquel empleo, por diversos motivos, pero ya estaban sus tres hijos en el mundo y apechugar con sus obligaciones era la única opción para él.

Si su madre pudo con una vida tan sacrificada y logró retomar su actividad laboral a los 48 años de edad sin pronunciar una sola queja, bien podía él continuar con la suya aunque no fuera la que hubiera escogido, de ser otras las circunstancias.

¡Ah, mi madre! Mi querida y sufrida madre… ¡Cómo supo guiarnos tras aquel desastre, tan inesperado como injusto para la familia! Luego vendrían más frenos en la vida, Ray Charles, pero ninguno como aquel, tan devastador que siempre lo tengo presente cuando las cosas vienen mal dadas. Como ahora, Ray, como ahora…

portada-andalucia-crisis_media

“EDÉN”, de José Antonio Carvajal, Golpe a la Crisis (Ed.Atlantis)

“EDÉN”, de José Antonio Carvajal, Golpe a la Crisis (Andalucía).

Ediciones Atlantis publica anualmente antologías sobre temática específica con relevancia social. Esta vez fue la “crisis”.

 

EDÉN

José Antonio Carvajal

Así es el mundo, y así soy yo.

No me preguntéis mi nombre, no pienso decirlo. Llamadme como queráis, no es importante. Lo único de relevancia en este momento es lo que soy, y el problema que tengo actualmente. Sí, claro, todo el mundo tiene alguno, ¿verdad?, no lo discuto, pero eso no me incumbe. No estoy aquí para preocuparme por los demás, ni tampoco me pagan por ello como a las ONG que se pegan la vidorra padre gracias a las «subvenciones» y «ayudas» para los más necesitados.

No, solo quiero contar mi historia, nada más. Después, poco importará si la recordáis en un futuro o preferís condenarla al más absoluto olvido como a cualquier bodrio de Hollywood que veis en el cine.

Mi vida está actualmente dividida. Estoy con medicación a causa de ello, os lo prometo. Realmente, es un asunto más serio de lo que pueda parecer a priori. Os explicaré primero a qué me dedico.

Todos tenéis teléfono móvil, ¿verdad?, claro, cómo no. Es la herramienta más sutil de esclavitud humana, nuestro dispositivo de seguimiento. Gracias a él, nos pueden localizar a cualquier hora, en cualquier lugar. Algunos incluso dependen de él, y no lo pierden de vista a expensas de una posible llamada para trabajar.

Esclavos, eso es lo que somos. No hay nada malo en admitirlo.

Lo más divertido de todo este asunto no es que hayamos asumido nuestra dependencia sobre dichos aparatos. Al fin y al cabo, la sociedad y la industria evolucionan, y las necesidades también.

Hace doscientos años, lo importante, además de un techo para dormir y algo para llevarse a la boca, era buscar la mejor forma de conseguir una buena educación. Algo que no estaba al alcance de todos pero que, con el auge de la ilustración, emergía para abrir puertas a un sector cada vez mayor de la población.

Hoy en día, quitando las necesidades vitales ya mencionadas, lo prioritario no es formarse adecuadamente, sino tener el mejor teléfono móvil.

La sociedad evoluciona, las necesidades cambian.

Creéis que exagero, ¿verdad?, muy bien, estáis en vuestro derecho, pero pensad en lo que os voy a decir a continuación.

Apple, la famosa multinacional, dispone actualmente de un producto que se vende más que cualquier otro que saca al mercado. Sus acciones, en conjunto, pueden alcanzar los 600 000 millones de dólares en bolsa, convirtiéndola en la compañía más de fuerte del mercado. Desde luego, su supremacía actual no es gracias a los iPad, ni a los iPod, ni a los Macintosh ni a las demás chorradas que sacan.

Obviamente, su actual producto estrella es el iPhone.

Estamos hablando de un producto que en su versión iPhone 4, anunciado el 7 de junio de 2010, vendió en su primer fin de semana 1 700 000 unidades, y del que hasta la fecha se han vendido más de 150 millones en todo el mundo. Lo más curioso es que su versión más económica sale por 350 dólares, a no ser que obtengas una promoción mediante una operadora de telefonía móvil que disponga de acuerdos con la marca.

No es precisamente barato, ¿verdad?, pero se vende como rosquillas. Bueno, quizás no. Con las rosquillas no se gana tanto dinero.

Su principal competidora hoy en día, en telefonía móvil, es Samsung. Uno de los grupos más fuertes del mercado también con importante presencia en el sector de electrodomésticos e industria pesada. Factura más de 100 000 millones de dólares al año de ingresos, y se ha impuesto a otras grandes marcas como Sony o Nokia debido a su modelo Galaxy Nexus.

portada-andalucia-crisis_media

“Cuéntame la crisis y te diré quién eres”, Julio Antonio García López

“CUÉNTAME LA CRISIS Y TE DIRÉ QUIÉN ERES”, Julio Antonio García López en Golpe a la Crisis (Andalucía).

Ediciones Atlantis publica anualmente antologías sobre temática específica con relevancia social. Esta vez fue la “crisis”.

CUÉNTAME LA CRISIS Y TE DIRÉ QUIÉN ERES

Julio Antonio García López

«18 de marzo de 202…, dos fallecidos, un niño de diez años y una mujer de 35. Ambos de raza blanca, ella murió de fallo renal y él por extirpación de ambos riñones…”

Dicen que es bueno tener paciencia, no lo dudo, pero tras ver pasar dos metropolitanos seguidos con todos los vagones repletos, estaba harto y la paciencia hacía rato que había bullido, sublimándose, y escapado hacia el techo a través de mis orejas.

Todo empezó esa mañana: en comisaría me habían notificado que el bono-gasolina-mensual de mi coche patrulla había expirado.

¿Pero eso como va a ser sargento, si no llevo gastado ni el setenta por ciento de la asignación?

El sargento me explicó que el día anterior el ministerio había decidido unilateralmente reducir a la mitad el gasto de combustible en todas las comisarías de ciudades cuyo topónimo acabara en vocal, ene o ese. Ya estamos, pensaba, cuando mi compañero me largó un billete de metro por la ventanilla gritando: “¡Siguiente!”

Mi mal humor ya había comenzado a fraguarse lentamente en el momento en el que caí en la cuenta de que, si quería llegar al lugar del crimen a buena hora, debería salir cuanto antes, con lo cual se iba al garete el desayuno para el que llevaba ahorrando toda la semana. Lo hacía casi todos los viernes, para eso aprobé la oposición de funcionario temporal a teniente de homicidios: me gustaba tomarme con mucha tranquilidad, en la cafetería de alto standing de la esquina leyendo el periódico, una tostada con aceite y jamón, pero jamón serrano, y un café con leche en taza grande. Como un señor. Me conformé bebiendo un canguingo y comiendo un mascachapas con levita verde, en plan rápido, antes de tirar para la estación del metro.

Cuando por fin pude meterme en un vagón y acostumbrarme al codo ajeno que llevaba clavado en las costillas, me entró un Guasap que, tras conseguir sacar el móvil del bolsillo sin golpear a ningún compañero de viaje, resultó ser del cabo que había llegado primero a la escena del crimen, lo leí: “Mi teniente, prepárese que esto no es agradable, solo le digo que hay un niño muerto y una moribunda. Mensaje patrocinado por Banco de Salamanca, su banco.”

Vaya por Dios —pensé—, lo que faltaba, un niño muerto”. Si fuera creyente hubiera rezado para que la prensa no llegara antes que yo y así poder examinar con tranquilidad los cuerpos. Le contesté a mi subordinado preguntándole por cómo había muerto el pequeño pero la wi-fi del metro dejó de funcionar justo antes de apretar el botón de enviar. “Vaya tela”, pensé.

El pequeño de unos diez años tenía un profundo corte a la altura de cada riñón, los labios de las heridas parecían los de un desdentado ya que no estaba la víscera para mantener la carne en su sitio.

A la mujer le queda poco, mi teniente, en la Seguridad Social S.L. dicen que no entra el fallo renal en su póliza. El ATS le ha administrado un cóctel de Metadona y benzodiacepina para ayudarla a abandonar este mundo cruel.

Hum. Qué más.

Parece que una furgoneta paró por aquí y arrojó los dos cuerpos en el callejón para luego salir pitando.

¿Hay huellas? ¿Lo ha visto alguien?

No mi teniente y no mi teniente. Le he preguntado a ese indigente de ahí, pero dice que si no le pagamos algo sólo se lo cuenta a los de la TV.

Ajá. Habrá que esperar al noticiario de las catorce treinta. Muy bien, recojamos todo que nos vamos antes de que lleguen los buitres. ¿Nos ha dejado ya ella?

Grabé el necesario vídeo para la jueza de guardia con mi declaración jurada de policía judicial, adjuntando el video-informe sanitario de la EAPAPA (Eutanasia Administrativa Por Ausencia de Póliza Adecuada) que había aplicado el ATS y procedimos a levantar los cadáveres.

portada-andalucia-crisis_media

“LA VOZ DEL DESPIERTO”, Miguel Ángel Alijarte Piñar. Golpe a la Crisis

 

“LA VOZ DEL DESPIERTO”, Miguel Ángel Alijarte Piñar. Golpe a la Crisis (Ediciones Atlantis)

LA VOZ DEL DESPIERTO

Miguel Ángel Alijarte Piñar

 

Ediciones Atlantis publica anualmente antologías sobre temática específica con relevancia social. Esta vez fue la “crisis”.

El joven Bruno sale por la puerta de su casa del barrio de Nueva España, al norte de Madrid, donde vive todavía junto a sus padres por la imposibilidad de emancipación a la que se ve sumido, pese a sus 30 años de edad. Va vestido de diario, pero es un día especial porque hoy es mucho más consciente del mundo en el que vive, y todo el año que lleva parado le ha hecho adquirir mucho conocimiento respecto a los verdaderos problemas que azotan al capitalismo inconsciente en el que, la mayor parte de la sociedad, todavía deambulamos.

Tras cerrar la cancela se detuvo en el borde de la acera y, después de unos minutos, paró el primer taxi libre que cruzaba por delante de él. Había decidido coger un medio de transporte alternativo a los que solía usar desde que se quedó parado porque un día como hoy metro y bus estarían más que saturados.

Se sentó junto al conductor puesto que ir de paquete en la parte de atrás siempre le había mareado. Quizá influía que desde que tenía el carné de conducir, su padre intercedió por él para que entrara a trabajar como chófer de limusinas, y desde hacía más de 10 años prácticamente siempre había circulado a los mandos de todo coche en el que se montaba.

¡Buenas tardes! —exclamó el taxista bajando la bandera verde y poniendo a cero el taxímetro—. ¿Dónde le llevo?

Voy a la Puerta del Sol. Sé que la zona está muy revuelta, por eso le agradecería si me puede dejar en la parada de taxis de la Castellana con Alcalá —comentó Bruno acomodándose dentro del coche tras cerrar la puerta.

De acuerdo, para allá vamos, joven —aseguró el conductor poniendo el taxi en marcha—. Qué extraño. Pensaba que la gente de estos barrios no formaba parte de esas revueltas de «perroflautas».

Ya ve. La vida nos sorprende a diario y le puedo asegurar que esa gente que usted llama así no es tan diferente de nosotros —aseguró el joven procurando hacer razonar al chófer público—. Nacemos en un mundo donde no paran de repetirnos que en el esfuerzo está la recompensa y yo, tras más de doce años de entrega incondicional al sistema, hoy me veo como un «indignado« más.

Te comprendo muchacho. Tengo un hijo con 27 años y estoy muy orgulloso de él porque es muy trabajador. Aunque sacó su carrera adelante, a día de hoy sigue vagando por trabajos ordinarios —comentó el taxista sin apartar la vista de la carretera—. A veces se viene abajo y amenaza con dejarlo todo y salir a quejarse, pero yo le digo que él no es ningún «nini» ni nada de eso, que debe seguir esforzándose.

Tiene su parte de razón pero se olvida de que ustedes, los padres, ya tienen prácticamente resuelta la vida y que para nosotros, los jóvenes, este sistema de engaños no nos da muchas expectativas para salir adelante —dijo Bruno siendo muy claro—. Nos aseguran que esto no tiene otra solución, mientras nos cuelan más y más impuestos y nos invitan a trabajar más para cobrar menos, omitiéndonos que quizá las soluciones pasen por tomar ejemplo de Islandia y meterlos a todos en la cárcel.

Es verdad que la cosa está jodida pero siempre ha sido muy difícil salir adelante desde abajo —respondió el conductor siendo coherente—. La manipulación ha sido siempre evidente. ¿Crees que nosotros no nos dábamos cuenta antes? Pero ahora hay menos represión y más modos para adquirir conocimientos.

Es cierto. Pero yo veo todo demasiado artificial y se aprovechan de la ignorancia y el miedo para tenernos esclavizados y confiados, sujetos a un profundo síndrome de Estocolmo. Enamorados de nuestros propios secuestradores de libertades —aseguraba el muchacho, reflexionando sobre el mundo, frente aquel desconocido—. ¿Ha visto usted alguna vez El Show de Truman?

No sé a qué te refieres, refréscame la memoria

respondió su interlocutor levantando una mano del volante para rascarse la cabeza—. Y no me trates más de usted, por favor. Mi nombre es Juan.

De acuerdo, yo soy Bruno. Sí, es una película donde un hombre es introducido desde pequeño en una ciudad que es un gran plató de televisión y toda la gente que Truman conoce son actores o figurantes —expuso el muchacho.

Vale, ya la recuerdo. Te refieres a esa película donde al final el protagonista habla con el director del programa y decide abandonar el show para vivir en libertad.

Exacto, Juan —contestó Bruno antes de explicarse—. Pues lo admito, yo también fui Truman. Quiero decir, me levantaba todas las mañanas con ganas de que terminara la jornada laboral para poder tener otro momento de vida antes del siguiente día de trabajo. Tenía un puesto de trabajo con un sueldo apetecible y aun así me resultaba imposible que algún día pudiera comprar una casa. Daba igual porque dentro de la falsa realidad yo era realista y completamente consciente de que mejor trabajo que ese no me podía surgir. Por lo tanto solo quedaba esperar, e ir ahorrando miguita a miguita y, mientras tanto, rezar para que la vivienda dejara de subir y así poder ir algún día al banco con unos ahorrillos y que el director no se riera de mí.

portada-andalucia-crisis_media

“UN REGALO DEL CIELO”, J.D. Fernández, Golpe a la Crisis (Ediciones Atlantis)

“UN REGALO DEL CIELO”, J.D. Fernández, en Golpe a la Crisis (Andalucía).

Ediciones Atlantis publica anualmente antologías sobre temática específica con relevancia social. Esta vez fue la “crisis”.

A continuación puedes leer el comienzo del texto de J.D. Fernández.

UN REGALO DEL CIELO

J.D. Fernández

La espera se estaba haciendo eterna. Habían pasado dos horas y seguía sentado, con la mirada perdida sobre el reloj. Se encontraba en el hospital San Rafael, en el centro de la ciudad. Tenía cita con el doctor Álvarez a las diez, y ya eran casi las once. Pero eso no sorprendía a Carlos, no era la primera vez que tenía consulta y tampoco era la primera vez que no iba a entrar a su hora. Cerró los ojos y respiró profundamente. Necesitaba calmarse, y como pudo ver que todavía iba a pasar otro rato hasta que lo llamaran, se levantó y caminó hasta los servicios más cercanos.

La sala de espera estaba abarrotada y tuvo que abrirse paso a través del gentío para poder llegar a la puerta de los servicios. Daría lo que fuera por fumarse un cigarrillo, pero lo había dejado. Llevaba más de un mes sin fumar ninguno, desde que le diagnosticaran cáncer de pulmón. Por aquel entonces sufría de dolores en el pecho y tuvo que realizarse varias pruebas médicas y la noticia lo derrumbó. Acababa de perder su trabajo, y les azotaba una mala racha económica. La «crisis» estaba dejando huella en todo el país.

En ningún momento se lo contó a su mujer. Lo había intentado en más de una ocasión, pero al mirarla a los ojos siempre cambiaba de opinión, bastantes problemas tenían ya. Además los médicos querían hacerle más pruebas para determinar las opciones. Debían determinar en qué etapa se encontraba el cáncer. Cada vez que debían realizarle alguna prueba se inventaba cualquier excusa para evitar contarle la verdad a su esposa.

No podía parar de pensar en su princesita. Tenía una niña de cuatro años. Tenía que ser fuerte por ella y por su mujer.

Se adentró en los servicios, donde tuvo que tener cuidado de no resbalarse al entrar. El carrito de la limpieza todavía se encontraba aparcado en la puerta y el suelo estaba mojado, recién fregado, y emanaba un fresco olor a limón.

Se acercó al lavabo. Abrió el grifo y se llenó ambas manos de agua, que usó para refrescarse la cara. Su mirada de ojos marrones se clavó sobre su reflejo. Tenía las ojeras muy marcadas. Desde que lo habían llamado para darle los resultados de las pruebas no podía dormir. Lo había intentado incluso con pastillas, pero tan solo era capaz de dormir un par de horas por noche como mucho. El frescor del agua sobre la cara pareció relajarlo. Deslizó la mano por su pelo castaño y volvió a respirar profundamente.

Regresó a la sala de espera y no tardaron en llamarlo. En el instante en el que la enfermera se asomó y pronunció su nombre, un nudo le recorrió el estómago y le inundaron las náuseas. Cerró los ojos y avanzó hasta aquella sala aparentemente tranquilo, pero no lo estaba. Las náuseas seguían ahí y los nervios aumentaban con cada paso que se acercaba al interior de la consulta.

Una vez en el interior, la enfermera le indicó que se sentara, que el doctor Álvarez lo atendería en seguida. Carlos se sentó sobre un sillón de cuero negro. Le sudaban las palmas de las manos y se las deslizó por el pantalón disimuladamente.

Miró a su alrededor; nervioso, la consulta era una habitación de paredes blancas, que emanaba frialdad, a pesar de estar bien iluminada por un gran ventanal. Una mesa ocupaba parte de la sala, con sillas de cuero a ambos lados. La habitación disponía de otra puerta además de la entrada, en la cual tenían una camilla y varias estanterías llenas de medicamentos.

El doctor Álvarez no tardó en entrar en la consulta, sujetando entre sus manos varios documentos que no paraba de ojear. Tomó asiento y nada más ver la expresión en su rostro, Carlos supo que algo no iba bien. El médico lo miró a los ojos con una expresión de pesar.

Bueno… señor García —comenzó a hablar el doctor.

Llámeme Carlos, por favor.

Como desee. Tengo aquí los resultados de sus pruebas y me temo que no son buenas noticias.

Las palabras del doctor fueron como puñales que se clavaron en el pecho de Carlos.

Me temo que el cáncer está en una fase muy avanzada.

El rostro de Carlos palideció y las náuseas aumentaron.

Entonces… —Tragó saliva—. ¿Qué opciones tenemos? ¿Tendré que empezar quimioterapia?

La quimioterapia es una opción, pero debe de saber que el cáncer está demasiado avanzado. El uso de la quimioterapia o de la radioterapia tan solo retrasaría…

¿Qué es lo que está tratando de decirme?

El médico vaciló.

Está diciéndome que no tiene cura —vocalizó mientras una lágrima se deslizaba lentamente por su mejilla.

Lo siento mucho.

Sintió una punzada en el pecho y notó como se le cortaba la respiración. Tragó saliva y miró al doctor a los ojos.

¿Cuánto me queda?

El médico desvió la mirada.

¡Cuánto me queda! —dijo alzando la voz.

Es imposible saberlo, meses, puede que un año, pero debe saber…

Que voy a morir —le interrumpió.

El doctor Álvarez suspiró y lo miró a los ojos.

¿Ha hablado con su mujer? En estos casos el apoyo de su familia es importantísimo.

Carlos permaneció en silencio.

No, todavía no sabe nada.

Debe decírselo.

«No es tan fácil«, pensó.

portada-andalucia-crisis_media

UN CUENTO PARA LAURA, de Alba Rueda en Ediciones Atlantis

UN CUENTO PARA LAURA, de Alba Rueda en Ediciones Atlantis

Os dejamos el inicio del relato “UN CUENTO PARA LAURA”, de Alba Rueda en Ediciones Atlantis, encuadrado dentro de la Antología “Golpe a la Crisis” (Castilla y León).

“Hay historias, como esta, que se resisten a ser contadas.

Aquel día estaba presentando mi primera novela. En contra de todo lo previsto el libro se había convertido en un enorme éxito. Era mi momento. Acababa de ver cumplido el sueño de toda una vida, me había convertido en escritora. Me sentía realizada en mi papel de mujer que lo tiene todo: talento, modales, encanto, experiencia, independencia… Era el mismo reflejo de la felicidad. Me había construido una idea sobre mí misma y la había llevado a cabo. Era el momento de disfrutar de las reacciones que provocaba en los demás mi recién conquistado estatus.

Atrás quedaban años de lucha, dolor y sufrimiento. La mujer que se presentaba a la vez que su libro era capaz de llenar toda una estancia de una paz casi magnética. Mi voz, cada gesto, el discurso, la profundidad de mi mirada…, todo hacía ver que había librado y ganado una larga y cruenta batalla y que, además, lo había logrado sin recurrir a venganzas ni rencores, sin necesidad de humillar ni desmerecer a nadie. Había hallado la única forma posible de vencer sin dejarme el corazón en el intento. Había luchado presentando siempre al adversario mi lado más puro, el que todos consideran como el más vulnerable sin entender que la soberbia, el orgullo y el desprecio por lo ajeno es lo que, en realidad, nos hace débiles.

Tras la presentación llegó el momento de la firma de ejemplares. Me sentía relajada y radiante como nunca. Estaba siendo consciente de mi conquista. Lo había conseguido respetando y siendo fiel a cada uno de mis principios. En el camino había aprendido a no causar más dolor del que ya soportan los que se empeñaron en hacerme daño, había aprendido a no tratar de justificar mis miserias con los errores ajenos, a procurar comprender antes de juzgar, a escuchar lo que hay detrás de cada palabra, de cada suspiro y de cada gesto. Había aprendido a creer en las personas y no en sus hechos, a verme reflejada en los demás como en un espejo. Por eso ninguna ofensa me parecía demasiado grande y ninguna equivocación definitiva. Recordaba bien haber consumado todos los errores que los otros ni siquiera llegarían nunca a cometer.

Me sentía libre. Me había deshecho de una pesada carga y, además, era capaz de contagiar aquel aparente «estado de gracia».

Fui atendiendo uno a uno a los entregados lectores. Escuché con toda la atención y el detenimiento lo que cada uno quería decirme o mostrarme. Traté de hacer lo necesario para que aquel instante fuera único y pudieran sentirse, como yo, especiales. Me empeñé en darles algo de mí a todos y cada uno de ellos. Quise compartir algo de lo que consideraban mi inmensa fortuna.

Me sorprendió la diversidad de mis lectores: hombres, mujeres, mayores y niños. Y me llegó al alma que todos tuvieran algo agradable que decirme y compartir conmigo.

Gracias se convirtió en la expresión más repetida. Gracias, de corazón.

Había pasado más de una hora de dedicatorias, fotos, besos y abrazos sinceros cuando tuve ante mí a una madre con su hija. La niña tendría unos nueve años. Fue toparme con los ojos de la mujer y reconocer algo muy familiar; pude reconocer y sentir su inmenso dolor.

Me llamo Pilar y ella es mi hija Laura.

Comenzamos a charlar mientras la niña nos observaba en silencio. Pilar me dio la enhorabuena y también las gracias. El libro había llegado a sus manos por pura casualidad y justo en el momento en que necesitaba un motivo que la ayudara a retomar su camino en el punto donde un día, hace mucho tiempo ya, se había perdido.

Hablamos cogidas de las manos y sin desprendernos la mirada y yo no dejaba de tener la sensación de haberme reencontrado con una vieja amiga, con alguien que había formado parte de mi vida en algún momento. Sentía una corriente de energía intensa, poderosa y ancestral. Tenía la impresión de conocer las raíces de su desesperación y conocía el remedio.

A la vista de cualquiera lo que se estaba produciendo era el encuentro de dos mujeres instaladas en mundos bien distintos: el éxito y la derrota. Pero a nuestros ojos no éramos más que las dos caras de una misma moneda.

Me contó que acababa de separarse y que estaba intentando dejar atrás una etapa de opresión, de frustración y de miedo. Me habló de Laura. Era una niña especial. Rehusaba emplear la palabra para expresarse y, quizá por eso, había desarrollado la cualidad de hacerse entender a través del corazón.

En las largas conversaciones que compartimos después de aquel día, Pilar me confesó que el padre de la pequeña la reprendía por cualquier motivo y también sin razón alguna, de manera que Laura se fue acostumbrando a no pronunciar ni tan siquiera un sonido. Fue tratando de hacerse invisible, de desaparecer. Su padre la obligaba a responder, a expresarse, solo para poder regañarla, humillarla y hacerla callar de nuevo. Lo mismo que hacía con su madre…”.

golpe.a.la.crisis

.

Golpe a la Crisis de Ediciones Atlantis: Christian Furquet

Golpe a la Crisis de Ediciones Atlantis: Christian Furquet

SE VENDE PISO

CON PAREJA DENTRO

Christian Furquet

Te levantas siempre en la misma cama, a la misma hora, en la misma posición… Y piensas: «¿Por qué a mí…? ¿Qué he hecho yo para que esto me pase a mí…?» Sin embargo nada cambia a tú alrededor: la vida que has malogrado, malograda queda en cualquier parte del mundo. O al menos, eso mismo has subrayado entre las páginas de una novela que te acompaña cada noche. Una sensación de vértigo recorre tu cabeza mientras te dispones a empezar el día de otra manera; sabes que te estás engañando, que no podrás hacerlo, aún con todo el esfuerzo que dediques al cambio. Las cosas, siempre, permanecerán inalterables: el mismo tazón de café en la encimera de la cocina, el mismo rostro sobre el espejo del cuarto de baño, los mismos zapatos que te llevarán de un lado a otro sin encontrar siquiera un lugar para el descanso. Entonces querrás huir, escapar de tu propia vida y ofrecerte una segunda oportunidad. ¿Por qué no te la das…? Es imposible; intentas derribar los muros, vadear los baches, saltar los obstáculos sin percibir un daño mínimo. Pero no puedes; sabes que no puedes y eso te frustra, te acongoja, te hace ser una esquirla diminuta entre la corriente humana que se mezcla en la calle. ¿Adónde vas? ¿Qué quieres ser? ¿Por qué no das un giro inesperado? Darías un giro inesperado si no fuera porque…

Si no fuera porque Olga lo pensó en multitud de ocasiones, las cosas, según ella, habrían sido distintas. Habrían sido distintas desde el principio, tal vez. Pero ahora que se estiraba en la cama, se frotaba los ojos con los nudillos y miraba de pasada la luz que entraba por las rendijas de la persiana, apenas vislumbraba un futuro prometedor a las siete y media de la mañana. A esas horas lo único que le importaba era desaparecer de casa y no regresar hasta después de cenar. No le apetecía volver, y tampoco sentía la necesidad de obligarse. Y no se obligaba puesto que Olga era feliz cogiendo el metro y entrando en su puesto de trabajo. Eso es; Olga franqueaba aquel edificio enorme y cruzaba la primera sala, infestada por un ruido ensordecedor. Un ruido que parecía, más bien, el revoloteo de miles de moscas que se estrellaban una y otra vez contra las mismas paredes.

Pero Olga, después de un año, no se daba ni cuenta: se sentaba en su sitio, encendía el ordenador, esperaba a que el reloj marcase las nueve en punto y se ponía los cascos. Entonces, comenzaba un nuevo día: «¿Qué le ocurre, problemas con el ADSL? ¡No se preocupe, en seguida le doy un alta nueva! ¿Le apetecería disfrutar de una oferta? Es de un 20 por ciento y con un compromiso de permanencia… ¿Desearía adquirir otro producto…? Antes de darse de baja, ¿por qué no se lo piensa mejor? Si quiere, se lo vuelvo a explicar de nuevo». A Olga le gustaba ayudar a los clientes porque, de alguna manera, se sentía útil. Anotaba en un papel los problemas de cada uno y después, justo cuando el silencio interrumpía la conversación —o más bien el monólogo—, Olga se abalanzaba al otro lado de la línea con la única intención de resolver las dificultades. Así un día, y otro, y otro, aguantando el mismo tono de voz, las mismas quejas, la misma postura —inflexible en su mayoría— que venía a resumirse en que si Olga no encontraba una solución en escasos diez minutos, no valía para teleoperadora.

Aquel trabajo —el de teleoperadora, el de ayudar a los demás, el mismo de escuchar pacientemente las reclamaciones de los clientes— lo encontró por casualidad en la sección de empleos de un periódico local. Por aquel entonces, Olga ya ni se planteaba trabajar como periodista. Había acabado la carrera a los 23 años y el máster de Comunicación Digital con 25. Después, envió miles de curriculums a todas las empresas de comunicación habidas y por haber —la verdad, Olga nunca cerró puertas a nada e intentó localizar su destino en cualquier punto de la geografía española— hasta que un buen día, sonó el teléfono de casa y la citaron en una emisora de radio a la semana siguiente. El caso es que se entrevistó junto con otra docena de periodistas en una de las salas de la cadena y al cabo de una semana, la suerte le brindó una oportunidad…

Sigue en la fotografía…

golpe.a.la.crisis

Golpe a la Crisis: Rosa del Valle Lucas

Golpe a la Crisis: Rosa del Valle Lucas

IDEAS DE UNA MENTE PRIVILEGIADA

Rosa del Valle Lucas

El 7 de octubre del 2003, José Aguilar y Augusto Mendoza llegaron a España. Dos atracos a punta de pistola en el último año pueden convertirse en una motivación más que poderosa para dejar un país. Pero su viaje no fue solo una huida lo más lejos posible de la violencia callejera diaria sino también una carrera de fondo hacia la prosperidad que les auguraban los que ya habían emprendido el mismo periplo meses atrás. Desde su aterrizaje en territorio hostil, como a ellos les gusta llamarlo a veces, han pasado por situaciones de lo más variopintas. Han estado arriba, casi rozando el cielo y también han estado tan abajo como para plantearse volver de nuevo a su tierra. La elección entre no tener para comer y que te asalten habitualmente no siempre es fácil. El fin del boom de la construcción fue especialmente duro para los extranjeros que llevaban años viviendo de la única salida que se les había ofrecido desde su llegada. A pesar de los altibajos que han tenido que sortear, de todos han salido, consiguiendo formar una familia y mantener, hasta hace un par de años, un trabajo al que llevaban tiempo agarrándose por un hilo muy fino. Amigos, casi hermanos, pero diferentes. José vive con los pies anclados a tierra firme. Aun así, cuando los pájaros que a veces revolotean sobre su cabeza le convencen para emprender alguna locura con la que calmar sus ansias de riqueza, es su mujer la que habitualmente le frena y le devuelve a la cruda realidad. Augusto, en cambio, vive convencido de que en la vida todo es tan sencillo como soplar y hacer botellas. Eso sumado a la suerte o la desgracia de haber encontrado a una mujer que le apoya en todo, por muy ilógica y esperpéntica que sea su ocurrencia, hace que a veces se embarque en empresas sin sentido.

José, en momentos de crisis es cuando triunfan las mentes privilegiadas. Deberíamos liarnos la manta a la cabeza y pensar en un negocio que por fin nos sacara de pobres—. Salen del INEM. Es el resultado de la última idea genial de Augusto. Dejar el trabajo e insultar a su jefe por no recibir el sueldo que esperaba.

La cosa está muy jodida. Nadie te lo pone fácil. Uno no puede montar un negocio de hoy para mañana. Aquí hay que solicitar permiso para todo. Hasta para pedir los permisos tendríamos que pedir otro permiso. Todo implica gastar un dinero que no tenemos antes de empezar y pagar un montón de impuestos una vez que arrancas. No estamos en Caracas. Por si no te has dado cuenta las cosas no funcionan igual que allí. Ni siquiera sé por qué hemos dejado el trabajo. Bueno, sí lo sé y prefiero no decirte lo que pienso y lo que me va a decir mi mujer cuando llegue a casa.

Hablas así porque sabes que tú mujer no te va a apoyar en lo que decidas. Pero, piénsalo bien. ¿No te gustaría ser tu propio jefe? Yo ya estoy cansado de rendirle cuentas a todos estos españolitos que se creen con derechos sobre uno simplemente porque no somos de aquí. No soporto que me den órdenes ni que me traten como si fuera idiota y menos aún que me roben a fin de mes.

Claro que me gustaría pero recuerda que tenemos hijos que mantener, hipotecas que pagar. Imagina que ahora nos embarcáramos en un negocio que después no funciona. ¿Qué haríamos después? ¿De qué viviríamos? No quiero perderlo todo con lo que me ha costado llegar hasta aquí.

No se puede ser tan negativo, José. Con ese pensamiento, ¿cómo nos va ir bien?

Está bien. ¿En qué habías pensado?

Pues en algo de lo que sabemos y mucho. Había pensado en montar una granja de cabras. En Caracas siempre viví de ello. Te puedo asegurar que sé cómo hacer que funcione. Y además he estado mirando y dan una ayuda de 30 000 euros a fondo perdido para comenzar.

No sé, no sé. En principio me parece buena idea pero tengo que hablarlo con Ana y ya te digo algo.

Como tú veas, pero sabes cual va a ser su respuesta. Te dirá que estamos locos.

José también lo sabe pero no pierde la esperanza en que a su mujer le parezca la idea más innovadora y prometedora de todas las que se le han ocurrido hasta ahora. De ser así, no dudará en decirle a su amigo que sí, que cuente con él para lo que sea. Pero como si de una pitonisa se tratara, sus predicciones no se desvían ni un milímetro de la realidad…

Sigue en la fotografía…

golpe.a.la.crisis

Golpe a la Crisis: Jairo Prieto Fernández (II)

Golpe a la Crisis: Jairo Prieto Fernández (II)

 

DOS

Esa noche Ella quedó con unas amigas para ir a un club exclusivo que había en el centro y evadirse de sus preocupaciones, de su novio y de todo. Era un lugar extremadamente fashion, chic, lo último en diseño y ocio nocturno. Un mundo de luces, de música a todo volumen, de neones, de leds, de láseres multicolores, de pantallas de plasma, de strippers, de bailarinas en barras americanas y de gente pasándoselo muy bien, o como suele decirse comúnmente, «pasándoselo de puta madre», «de buen rollo». Pero no todo era lo que parecía a simple vista, y tras las bambalinas había otro universo de nicotina, de marihuana, de LSD, de cannabis, de porros, de todo tipo de pastillas, de traficantes, de camellos y de adicción. Aquí se podía conseguir todo tipo de sustancias psicotrópicas que, junto al alcohol y la música tecno-pop, ayudaban a Ella y a los demás juerguistas a entrar en un trance hipnótico que les permitía aguantar toda la noche bailando.

El café, el tabaco, el alcohol, la música y las luces, la habían desinhibido a no poder más. Lo veía todo como si estuviese hecho de cristal derretido; como si sus ojos vidriosos fuesen dos prismas por los que penetraba un mundo de sensaciones desconocidas en la realidad cotidiana. Había comenzado la fiesta: empujones, roces, insinuaciones, propuestas, miraditas, besos… Ella bailaba como una loca. Estaba en su ambiente. Esto era el culmen de su juego de presunción y vanidades. Y en menos de una hora se había olvidado de su novio, de sus preocupaciones y de todo. De hecho, empezó a bailar con un chico muy guapo que acababa de conocer y por el que se sentía atraída. Cambiar de chico para Ella era tan sencillo como cambiar de bolso o de zapatos. No le costaba nada. Tenía muy claro cuál escoger, y solía decirle a sus amigas que «los hombres son como los clínex, se usan y se tiran».

Ella se sentía la reina de la noche. Estaba despampanante con su pelo ondulado y suelto, cayéndole por encima de los hombros; su minifalda de colegiala que dejaba a la vista sus esbeltas piernas, y una blusa con un amplio y sugerente escote que revelaba unos senos perfectos; ni demasiados pequeños, ni demasiado grandes: normales, pero firmes. Sus pezones rasgaban la camiseta sudada y parecían querer salírsele lo justo como para que los hombres se arrastrasen hasta ella babeando; más por sus hormonas, que por ella misma. Pero otra cosa es que ese supuesto príncipe azul encajara: tenía que ser perfecto, y cuando digo perfecto, es que tenía que ser un complemento de moda ideal. Ella no se tomaba nada en serio: jugaba a conquistar, a crear ilusiones y a romper corazones. Se había convertido en un pirata que traficaba con emociones prefabricadas y sentimientos de plástico. Se había olvidado de lo que era el amor y también de sí misma…

Sigue en la fotografía…

golpe.a.la.crisis

Golpe a la Crisis: Jairo Prieto Fernández

Golpe a la Crisis: Jairo Prieto Fernández

 

CIUDADES DE PLÁSTICO

Jairo Prieto Fernández

UNO

«Cuando uno menos se lo espera, la vida puede dar un giro inesperado y pasarnos todas aquellas cosas que nunca pensamos que podrían ocurrirnos a nosotros. Pero pasa. Y cuando pasa, ya nada vuelve a ser lo mismo. El nombre de la protagonista de este relato no importa, tampoco importa si es verídico o no, lo que importa es que esta historia podría ser la de cualquiera, la de un conocido, la de un amigo, la mía, e incluso, la tuya propia».

Y un día pasó lo inevitable… Lo que tenía que pasar

La angustia se enredaba en su estómago. «No puede ser», se repetía mentalmente mientras paseaba con Mitú, su pequeño foxterrier, por la calle de Preciados. No se creía lo que le estaba pasando. La acababan de despedir del trabajo, supuestamente por recorte de plantilla, y para colmo se había enterado de que su novio de toda la vida se había liado con su amiga de toda la vida. Podía aguantar sus manías; el hecho de que fuera impuntual en las citas, de ser poco detallista, de ser despistado, de ser un manazas, de ser celoso, pero esto ya no lo iba a tolerar… «¡Es un cabrón! ».

Era demasiado orgulloso como para reconocer sus errores. Siempre llegaba tarde, pero si la que se retrasaba era ella, se marchaba y la dejaba ahí plantada. Ni tan siquiera se disculpaba. Y encima, luego ella tenía que darle todo tipo de explicaciones y aclararle donde había estado, con quién había estado, lo que había hecho o lo que no había hecho… «¡Será cerdo!». Ella —la llamaremos así desde ahora— era una chica bien, de clase media-alta, y a la que la vida la había favorecido siempre. Le gustaba mucho ir de compras y cuidar su aspecto, y prácticamente eso era lo único que hacía. Era exigente y superficial a no poder más; extremadamente cuidadosa con su imagen, obsesiva; peluquería a diario, extensiones de pelo, planchado, tintes, perfumes caros, pintalabios, purpurina, perfiladores, maquillaje con efecto bronceado, rímel de marca, manicura todas las semanas, masaje ayurvédico, masaje relajante, exfoliación diaria, cremas hidratantes, cremas anti arrugas, cremas con efecto lifting, depilación, rayos UVA, sauna de vapor…, y dos o tres meses revisaba y cambiaba todos los bolsos, los pantalones, los trajes, y su completa colección de zapatos de tacón de aguja… No se podía permitir llevar el mismo atuendo más de dos o tres veces seguidas. Y por si todo eso no fuera poco, también tenía que «cuidar» a Mitú; sesiones de peluquería canina, visitas atiendas con lo último en moda perruna, veterinario, golosinas… Para Ella su perro era solo como un complemento más de moda. Con tanta envoltura y superficialidad Ella se había convertido en una muñequita de plástico, muy mona sí, pero por dentro estaba vacía y tenía la desagradable sensación de que su estómago era habitado por una serpiente que la estuviera devorando poco a poco. Pero Ella siempre lo ignoraba. Se ignoraba. Y lo ocultaba con una sonrisa sempiterna de oreja a oreja como si le hubiesen puesto una inyección de botox en la cara.

Lo que más le gustaba era contemplarse en las vitrinas y escaparates. Que la mirasen. Que los hombres recorrieran su cuerpo con la mirada y ardieran de deseo; y que las mujeres se apartaran de su camino y la mirasen con admiración, o mejor aún, con envidia. Le encantaba ser el centro de atención. De hecho, las calles eran para ella enormes pasarelas de asfalto y hormigón por las que desfilar y provocar. Pero hoy las malas noticias habían perturbado su mundo de lujos y exuberancia en la que había convertido su vida. Miraba sin mirar. Tenía la mirada perdida, ajena a lo que sucedía a su alrededor. Sin sus caprichos ella no sería nadie. Invisible…

Sigue en la fotografía…

golpe.a.la.crisis

Antología Golpe a la Crisis: José Villalba

Antología Golpe a la Crisis: José Villalba

QUE RETUMBE LA FRAGUA OTRA VEZ

José Villalba

Ya me lo decía él a mí, y claro, pasó lo que tenía que pasar.

De aspiraciones humildes, como su procedencia, Azorín Ramos, herrero, hijo de herrero y nieto de herrero, había heredado de sus antepasados su carácter afable —aunque no el gusto por la literatura—, y la fragua familiar en la que ahora intentaba trabajar, y digo intentaba, porque el negocio no estaba muy boyante. Era una profesión en decadencia. La artesanía en hierro, además de cara, resulta innecesaria en estos tiempos, cuando tantos artículos se producen en serie y a otros precios bien diferentes. Aun así, Azorín siempre decía lo mismo:

Es que uno no sabe hacer otra cosa. —Ese era su sonsonete, y a decir verdad, trabajaba muy bien y era el creador de una obra pintoresca.

Su sueño, como persona que supo pisar el suelo y ser consciente de sus limitaciones, nunca fue otro que tener una vida normal. Y poco a poco, a pesar de las adversidades del destino, lo fue consiguiendo. Después de una juventud a la que logró sobrevivir, casi achicharrada por el coqueteo con las drogas del momento, tuvo un amor que se convirtió en su esposa, a la que no había dejado de querer, unos niños maravillosos y una casa por pagar.

No, si no es mía, todavía es del banco —decía siempre que se presentaba ocasión, con la sonrisa fuerte del que se cree poder con todo.

Pero eso era antes, antes de que la cosa empezara a ir tan mal. Entonces, rodeados de cervezas, en el bar donde nos reuníamos, todos creíamos saber tirar para adelante. Qué equivocados estábamos.

Al principio del final, todos hablábamos de lo mismo. En sus inicios, de manera anecdótica, después con curiosidad, más tarde con recelo, y en la última etapa con miedo. Al final, ya nadie quería mentar el tema. Era evidente que estábamos naufragando, y una desasosegada aprensión nos azotaba por dentro. Esos ratos que pasábamos juntos, cada vez más aunque tomáramos menos cervezas, habíamos llegado a un acuerdo sin palabras, eran mejores si se llevaban con buen ánimo. Que bastante teníamos el resto del día.

Crispín, trabajador del sector de la construcción, que llevaba en el paro el último año y medio, lo llevaba advirtiendo:

¡Cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar!

Lo de la construcción se venía venir. Aquel boom de entonces, que parecía no tener límites, tenía que cesar. Era insostenible, pero todo lo otro… Insisto, nadie creía entonces que las cosas llegaran donde llegaron.

Azorín fue el segundo en caer en picado, tanto, que su médico de cabecera le recomendó visitar a un psicólogo. Solo aguantó dos terapias. Y comentaba, indignado, por qué lo dejó:

Que las crisis son buenas oportunidades para cambiar, ¡maldito hijo de puta! —se desahogaba con nosotros, viendo perdida su oportunidad de comprender lo que sin duda le atormentaba—. Yo no quiero cambiar nada.

Pero no fue el último. El joven Ricardo, el más preparado de nosotros, con dos carreras en la universidad, aguantó poco más de tres meses trabajando. Siempre de aquí para allá. Es verdad que tenía buenos sueldos, cuando los tenía. Pero ya no. Parecía no haber consuelo para él. El muchacho no podía ni emprender su vida. Se acababa de independizar y otra vez tenía que volver a casa de sus padres. El abandono de sus ilusiones le obligaba a separarse por las noches de su querida novia, de la que tanto presumía.

Unos por jóvenes, otros por viejos, no se iba salvando nadie. Ismael, que llevaba más de treinta años en una empresa, tampoco se libró del descalabro. Él culpaba al gobierno, por su mala gestión y a los mercados. Pero ninguno supimos decir ni qué ni quiénes eran los mercados. En otros momentos nos habríamos reído y brindado por la madre que parió a los mercados, pero las risas ahora también escaseaban. Ismael culpaba, asimismo, a los bancos, por el abusivo ejercicio de su poder económico. Al final, el pobre hombre se resignó en una hundida incredulidad, sabedor que para él, a su edad, el circuito laboral se había cerrado herméticamente. Perdió toda esperanza de poder reemprender nada. A veces decía verse en el futuro como un vagabundo.

Fueron días aciagos y tristes. Penas revueltas con alcohol. Desdichas compartidas en la hombría de las lágrimas ausentes. Blasfemias y conjeturas, que no llegaron a nada, salieron de nuestras bocas calientes. Lanzamos maldiciones estériles y juramentos asesinos, encendidos por la pasión del que ya no tiene nada que perder, y reprimidos por etílicos sorbos de rabia.

A mí siempre me había parecido que estas eran cosas eran del pasado. Ingenuo que es uno…

Puedes seguir en la fotografía…

golpe.a.la.crisis

Ya se ha ido, de José Viñolo López en Ediciones Atlantis

Ya se ha ido, de José Viñolo López en Ediciones Atlantis

Esta es una muestra del texto completo recogido en Antología “Golpe a la Violencia de Género” (Andalucía).

Ediciones Atlantis, como editorial comprometida con la sociedad y los escritores noveles, publica anualmente una pequeña antología.

“Ya se ha ido. El niño está dormido y a Clara le resbala una lágrima por la cara al recordar como la criatura temblaba anoche, cuando él golpeó la mesa derramando la sopa, la cogió fuertemente del brazo y comenzó a zarandearla y gritarle. Él es bueno, pero en esos momentos es otra persona. Ella ya lo sabe y por eso prefirió no contestar, aguantar la tempestad, que la furia y la rabia galoparan sin riendas por el salón, que él se desahogara y la pausa se adueñara otra vez de cada rincón. Pero a él ya no le bastaba su sumisión, se le representaba como una arrogante indiferencia que le desafiaba y retaba a su razón, si ella pretendía ignorarlo con esa insultante serenidad, él sabía cómo imponer su autoridad. Un golpe seco le cruzó el rostro a Clara que, aturdida, protegió en su regazo a su hijo cuando este se le vino encima llorando y sus gritos de “mamá”, se confundían con los enfurecidos insultos de él que se levantó de la mesa y cerró violentamente la puerta del dormitorio haciendo que de la pared se desplomara una enmarcación que se precipitó contra el suelo quebrando los cristales tras los que quedó una fotografía de su boda en la que la alegría e ilusión de ambos quedaba ahora desfigurada tras las cortantes aristas del cristal roto.

Esta mañana ella estaba inmóvil fingiendo que dormía cuando él se ha levantado, se ha vestido y antes de salir de la habitación, le ha acariciado suavemente el pelo besando tiernamente su dolorida y amoratada mejilla. Cuando le ha susurrado que la quería, un cálido sentimiento le ha reconfortado el alma y el corazón, convenciéndola, por un momento, que es posible el anhelo de vencer al desconsuelo, de querer y olvidar, de cicatrizar la crueldad y dibujar pinceladas de felicidad donde, los tres, puedan retornar a a las risas en el hogar, a un lugar para soñar.

Pero ahora ella está sola en la cocina, sentada frente a una taza de café que se va enfriando sin que se dé cuenta. Se acerca la hora de levantar a su pequeño y una tristeza angustiosa le remuerde en la cabeza y en el pecho, pensando cómo le habrá afectado al niño lo de ayer. Le prepara el desayuno al menor, guarda su bocadillo en la mochila y cuelga su chaquetón en el respaldo de una de las cuatro sillas que se disponen alrededor de la ovalada mesa del salón. Cuando lo despierta, el niño se le abraza fuerte al cuello:

Venga cariño, despierta que hay que irse al cole —le dice mientras lo sienta y le acerca un vaso templado de leche con cacao que el crío se bebe en silencio y cabizbajo.

Ella habla y habla como si nada hubiera pasado…”

Puedes continuar leyendo esta obra en Antología “Golpe a la Violencia de Género” (Andalucía).

Vuestra vida sin mí, de José Carlos González Sánchez en Ediciones Atlantis

Vuestra vida sin mí, de José Carlos González Sánchez en Ediciones Atlantis

Una parte del texto publicado en Antología “Golpe a la Violencia de Género”.

La Editorial “Ediciones Atlantis” aporta con esta obra su lucha contra este mal de la sociedad.

Queridos hijos, cuando leáis esta carta yo ya no estaré viva. Todas las mujeres nacen guapas y bonitas, todas se casan enamoradas y esperanzadas, sintiéndose como reinas o princesas pero, tras la boda, todo cambia, pronto, muy pronto. Yo, una vez que he conseguido criaros y veros establecidos en la vida, con trabajo, parejas e hijos, he decidido no seguir viviendo y poner fin a este absurdo viaje a ninguna parte que es mi vida; ahora me veo en la obligación de despedirme de vosotros. Conocéis muchos de los padecimientos a los que vuestro padre me ha sometido desde que nos casamos, pero desconocéis otros muchos porque yo, con el propósito de evitaros sufrimiento, os he escondido. En los meses iniciales de mi primer embarazo, recibí la primera bofetada; apenas pasaron unos días, la segunda y, antes de dar a luz, la primera paliza. Recuerdo que vino borracho de un bar que había en la esquina y me recriminó que la cena estaba fría. Le propuse calentarla pero a él no le importaba la temperatura de la comida. Comenzó con insultos y con algunos bofetones en la cara y, poco a poco, el vocerío fue in crescendo hasta que se ensañó conmigo. Me golpeó con los puños en la cabeza y me daba patadas cuando estaba en el suelo. Me pegó un puntapié en la barriga —con mi hijo dentro— y temí que el golpe me provocase un aborto. Ya no me importaba mi cuerpo, solo protegía mi vientre de los golpes. No recuerdo con nitidez el episodio porque, creo, quedé sobreimpresionada y desbordada por los acontecimientos, sumida en una especie de estado de shock, pero supongo que duró apenas unos minutos. Después calenté la cena y se la dejó intacta en el plato: tan solo bebió unos vasos de vino. Me tuve que acostar en su misma cama y aquella noche perdí la batalla. Debí abandonarlo entonces pero ¿dónde podía ir en los años setenta una mujer sin preparación ni estudios, en una sociedad machista y casposa? Evidentemente, a ningún sitio. No pretendo justificarme pero la vida no era tal y como vosotros tres la conocéis. Un marido podía llamar a la policía si su mujer abandonaba el domicilio y las fuerzas del orden se la volvían a traer a su casa como si de un animal se tratase. Pasaron algunos años y, entre palizas y ultrajes, volví a quedar encinta por segunda vez. Los insultos y las humillaciones ya las conocéis porque vuestro padre nunca se ha escondido de vosotros, pero hay más cosas. Me violó por primera vez durante este embarazo, aunque, en aquella época, un marido no podía violar a una mujer porque ella era un objeto de su propiedad. Según los valores actuales, me ha violado muchas veces o, lo que es lo mismo, me ha forzado a acostarme con él muchas veces, no las recuerdo, pero más de mil. En la cama, igualmente me obligaba a hacer cosas que yo no quería, sin tener opción a la negativa. Fui empequeñeciendo como mujer, poco a poco, hasta convertirme en lo que soy ahora: nada. Estáis al corriente de que toda la familia considera a vuestro padre una buena persona, honrado y trabajador, pero ellos desconocen lo que vosotros conocéis: su comportamiento bipolar. Sabéis que su conducta cambia, como la noche y el día, cuando está dentro o fuera del hogar. Una vez se cierra la puerta de la casa, se vuelve agresivo y despótico, desafiante; disfruta humillándome. Me ha anulado como mujer y, lo que es peor, como persona; hace muchos años que perdí las ganas de vivir, pero tenía que continuar, por vosotros, no podía tirar la toalla, así que aprendí a vivir por inercia, siendo infeliz y sin esperar nada bueno de la vida, en un estado de conformismo de baja intensidad que me llevó a cambiar y a transmutarme como un personaje, admitiendo en lo que me había transformado y aceptando mi vida, la única que tenía: me convertí en quien era. En contra de su deseo, comencé a estudiar la carrera de filosofía, lo que me granjeó muchas palizas, pero no me arrepiento de esos golpes, han sido los que mejor he aguantado ya que su consecuencia era poder salir por las tardes a la universidad y adquirir cultura, algo que desgraciadamente siempre me fue negado como a la mayoría de las mujeres de mi edad…”

Andalucia.violencia

Réquiem por una verdad, de Laura M. Lozano Ramírez en Ediciones Atlantis

Réquiem por una verdad, de Laura M. Lozano Ramírez en Ediciones Atlantis

Os dejamos una parte del texto recogido en Antología “Golpe a la Violencia de Género” (Andalucía).

Esta obra fue publicada por Ediciones Atlantis.

“Las diferencias entre hombres y mujeres solo están a flor de piel; las similitudes habitan en el corazón.

ELLA

Ella siempre lo había sabido, algo en su corazón, profundo y recóndito, le hablaba en voz baja augurándole un destino que nunca imaginó porque siempre pensó que la vida era bella, que las personas eran buenas y que todos merecemos de alguna manera una segunda oportunidad. Con esas nobles ideas difícilmente podría haberlo evitado: era su destino, eso tan intrínsecamente personal e intransferible que nace con todos nosotros y nos guía a lo largo de la vida por unas sendas, que por muchas vueltas que demos, para bien o para mal, debemos atravesar. No era otra cosa que eso, el favor desfavorable de la diosa fortuna que le marcaba un sino inamovible y nublaba su razón impidiéndole ver la realidad que se escondía detrás. Era miedo a la soledad, a no ser válida… Aquella imagen de ella misma que le daba tanto miedo, a la que cerraba los ojos para no verla cuando en la privacidad de su cuarto, la asaltaba como una pesadilla oscureciendo su felicidad en aquel tiempo en que todavía la inocencia llenaba todo a su alrededor y la vida no era sino la feliz rutina del hogar al cobijo de unos padres amorosos y protectores. Y quiso pensar que fue un mal sueño, y quiso olvidar que alguna vez lo había soñado… Cuando era niña e imaginaba, como cualquier niña, como serían las cosas cuando fuese mayor y se veía vestida de blanco, luciendo un vestido de princesa, caminando del brazo de su padre hacia el altar de la iglesia de su barrio, su vida estaba llena y, al igual que sus padres, deseaba tener hijos a los que querer y cuidar, a los que llevar al colegio y ayudar con las tareas, con los que divertirse en la feria de primavera o en la verbena del barrio y verles hacer la comunión… Vivía un cuento de hadas donde dibujaba cada día en su mente el rostro de aquel chico, el de sus sueños; aquel moreno graciosillo que, cuando tenía once años, le vacilaba en su bici BH haciéndole piruetas y caballitos para atrapar su atención, mientras ella se compraba un polo de sabor a limón en el kiosco del parque y volvía rápidamente a casa haciendo caso a los consejos de mamá. “No andes con chicos”, le decía muy a menudo desde que tuvo la primera regla, quizá temiendo que algún bribón aventajado en pocos años le robara el corazón y la razón a su adorada niña. ¡Pobre madre!, No sabía que le iban a robar mucho más que todo eso. Ojalá ella hubiera escuchado, pero, ¿quién iba a suponerlo? Él era guapo a rabiar y tenía unos penetrantes ojos negros que traspasaban cuando te miraban y dejaban un rastro atrayente y, sin embargo, abismalmente incierto, donde se escondían las vilezas de su naturaleza, aún ocultas, inmaduras y esperando su momento de aflorar como un volcán en erupción. Él era el más alto de la charpa, el que siempre era ocurrente, el de los mejores chistes, el primero en fumar, el que se atrevía a beber para perder la vergüenza rápidamente, vistoso, saleroso y galán donde los hubiera. Aquel de los ojos grandes y almendrados, por más señas, que al mirarla la derretía por dentro y cuando le hablaba el corazón le palpitaba galopante como un caballo desbocado en su pecho, que se henchía de alegría, preso de unos sentimientos que creían por días, que creía indestructibles, fuertes y eternos… Aquél que, cuando andaba con otras, la volvía loca de celos, que la ahogaban de rabia e impotencia, pero que a él le divertían a más no poder y desataban de forma automática un humor duro, ofensivo y hasta un poco ruin, con el que la tachaba entre sus amigos de ilusa, ingenua y romántica con saleroso remedo que imitaba a los cómicos más conocidos del momento y, a espaldas suyas, la hacía centro de burlas y mofas diciendo que de donde se sacaba aquello de que él era su novio, cuando él era libre como el viento. Y el graciosillo, que le vacilaba con la bici, también fue creciendo, y la bici pasó a ser una moto, y de tunante a un muchacho, al parecer serio, que hizo un módulo en mecánica y buscó trabajo en el taller de motos en la misma calle. Se embutió en un momo azul comido de suciedad y de grasa, que no hacía justicia a su porte, pero así ganaba dinero para casa, pero más para sus juergas. Ella se había convertido en una mujercita preciosa y después de la EGB empezó a trabajar de cajera en Pryca y también ganaba su sueldo, que guardaba celosamente, la mayor parte para ayudar en casa y un poco para poder realizar sus sueños…”

Andalucia.violencia

Las gafas mágicas de mamá, de Antonio Marín Bastida en Ediciones Atlantis

Las gafas mágicas de mamá, de Antonio Marín Bastida en Ediciones Atlantis

Parte del texto recogido en Antología “Golpe a la Violencia de Género” (Andalucía), de Ediciones Atlantis.

“Aún no habían repuntado los primeros rayos del alba, cuando Topillo, como así conocían todos familiarmente al pequeño Samuel, brincaba ya inquieto entre las sábanas y repuntes de su peculiar lecho. No había cumplido todavía los seis años, un apunte que su sufrida apariencia parecía atestiguar, pero que compensaba con creces con su vivacidad, su infinita curiosidad y una irrefrenable querencia al minucioso escrutinio de su acotado entorno. Desde su más tierna infancia Topillo, había derivado su existencia a compartir confidencias con sus más cercanos, confidencias que rozaban en ocasiones, tribuladas experiencias nada infantiles, pero que poco a poco se iban convirtiendo en rutinario soniquete, incluso cuando comenzó a indagar en “determinados detalles”. Al cumplir los tres años, sus padres le regalaron una cama con amplios cajones de almacenaje, todos acoplados en la parte inferior de la misma, un microuniverso muy particular, donde cada minúsculo centímetro del mismo, acrecentaba la particular batalla que el irrefrenable mozalbete comenzaba a revelar. Gritos y lamentos, acompañados de inexcusables silencios, conformaron en ese tiempo los primeros encuentros de Topillo con una cruenta realidad. Sin poder liberar una razón coherente, el pequeño buscaba refugio entre almohadones, edredones, y demás ropaje de cama, enclaustrado en los diferentes emplazamientos de aquel mundillo subterráneo del confortable lecho. Su peculiar peregrinaje fue el que le acotó su original apodo, por el que acumulo decenas de reproches, por el que enjuago millares de lágrimas, por el que creo infinitas fabulaciones, aunque fue la que le proporcionó su madre en una de aquellas interminables circunstancias, la que marcó el resto de su existencia.

Había sido un golpe seco, un golpe que actuaba en plena soledad, un golpe que acompañado de vacilantes pasos de tacones, cruzaban el pasillo central de la vivienda, con la vista puesta en el dormitorio de Topillo, y el alma rota en innumerables pedazos.

Con denodados esfuerzos para no comprometer su llegada, la madre de Topillo, una menuda mujer de dolientes facciones, buscó entre susurros la figura de su hijo,

¿Cariño estas ahí? —inquiría la mujer— Sal por favor, no tengas miedo, todo va bien — insistía en su proclama

Durante algunos segundos, sólo se percibió el fuerte latido de un corazón, acompasado a escasa medida de un pequeño gemido, proveniente del más alejado de los cajones de almacenamiento. Entre mullidas sábanas de colores y anaranjados crespones utilizados para decorar cortinas, aparecía recostada la pequeña figura de Topillo.

Puedes salir, no pasa nada, tengo que hablar contigo —apuraba la mujer, mientras trataba de gobernar la temblorosa mano de su hijo—. No quiero salir mamá, no quiero —contestó Topillo sin abandonar ni un centímetro la rigidez de su claustro,

Tras un breve, pero intenso proceder sobre emociones y sentimientos, la sufrida madre consiguió su propósito, retornar a su hijo al plano menos lúdico de aquella maldita realidad.

Sentado ahora sobre las rodillas de su madre, el aún tembloroso infante, se preparaba para escuchar el enésimo capítulo de coraje, que su madre se esforzaba en retocar hacia un escenario menos doliente y menos sincero. Con sostenida paciencia, comenzó a relatarle una nueva escaramuza de su atormentada esencia, pero en esta ocasión, iba a caminar por derroteros muy distintos a los episodios anteriores. Mirando a los ojos a su hijo, aunque ahora pertrechados bajo unas voluminosas gafas de brillantísima capa anacarada y coloreados cristales, inició aquella centelleante narración…”

Andalucia.violencia

La amarga espera, por Francisco Javier Guerrero de Gomar en Ediciones Atlantis

La amarga espera, por Francisco Javier Guerrero de Gomar en Ediciones Atlantis

Después de haber salido de ese despacho sombrío, sin vida y portador de nunca se sabe que noticias tendrá, el de su abogado, Marcos se dirige a su casa, como de costumbre cabizbajo, sin ánimos y con la única esperanza de tomar un café, con el euro treinta que le ha dado su madre, frente a la Bahía de Cádiz, admirándola y pensando en un mañana que no llega.

La guerra continúa, una guerra interior y exterior que cada vez lo desgasta más en el cuerpo y en su alma. Un amanecer tardío, un día esperado que no reluce en su camino, porque lleva diez meses sin ver a sus hijas, ¡sí!, diez dolorosos meses a base de llamadas telefónicas y el único aliento de las repetidas súplicas por que le dejen verlas, solo un instante, solo unos segundos. Bastaría con un abrazo, con un te quiero Papá, pero los trámites, la burocracia del papeleo, el colapso en los tribunales de no sé cuantos expedientes por juzgado, hacen de los procedimientos abiertos que abarca esta ley de “VIOLENCIA DE GÉNERO”, algo interminable e injusto para Marcos y el resto de personas que están como Él.

¡Sigue adelante! —le dice todo el mundo. Algo que entiende como una frase odiosa que no termina de encajar. Él se pregunta—: ¿Cuándo va a terminar esta historia de terror que me ha tocado vivir?, ¿Cuándo veré fin a este calvario?

Todo comienza a finales de abril de hace unos años, cuando lo denuncia su ex mujer por un golpe que decía que le había propinado en la cara, y queda posteriormente demostrado en los juzgados que es falso.

En ese momento, ese domingo fatídico cuando es detenido por la Policía Nacional aproximadamente a las doce del mediodía y encarcelado en las dependencias de esta última, y para mayor vergüenza de sus dos hijas, Estefanía y Raquel de nueve y siete años de edad respectivamente, y la mofa que conlleva hacia las niñas de sus compañeros y compañeras de su colegio a los días siguientes, por la filtración de la noticia de alguien cercano al centro.

Hasta un día después que comparece ante los juzgados, con lo que duerme en la cárcel como un vulgar delincuente, donde es puesto en libertad tras haber declarado en un juicio de estos que le llaman “rápido”, y meses después se demuestra su inocencia. El juez falla a su favor, y poco más, porque era una medida preventiva que recoge esta ley en uno de sus artículos. Nadie le devolverá ese día injusto, ni a las niñas le devolverán la dignidad que le robaron a su padre por una mentira.

Marcos es un hombre de treinta y ocho años, que se ha visto obligado a vivir con sus padres, y dando gracias a Dios que los tiene y lo han recogido, porque tiene que pasar una manutención de cuatrocientos euros, más aparte trescientos más de la mitad de la hipoteca de la casa conyugal, donde viven sus hijas y su ex mujer con su nueva pareja, por supuesto, al quedarse con la custodia de las niñas.

Ella se quedó con el coche familiar, el Peugeot trescientos ocho con tres años casi nuevo, y el utiliza el Citroen Saxo, con doce años y que casi ni arranca, que le deja el padre para poder ir a trabajar.

Todo esto por una denuncia de malos tratos con la que amenazó su ex mujer interponerle si no firmaba un convenio regulador desproporcionado. Así también me divorcio yo, se dice a sí mismo Marcos. Aunque como he contado antes, lo termina denunciando por malos tratos cuando pidió la custodia compartida.

Decir que trabaja como carpintero en una carpintería de su ciudad y cobra no más de novecientos cincuenta euros. Claro aparte también tiene que pasarle la mitad de los gastos escolares y por supuesto los gastos médicos a medias, los que no pasa la seguridad social, añadiendo a esto que también tiene que subir a esa manutención el IPC anual.

El lleva con el sueldo congelado más de cinco años y todavía quedan otros cuantos más de congelación. En resumen, no ve a sus hijas porque la madre no lo deja, no tiene dinero y ha perdido su intimidad y su vida porque vuelve a vivir con sus padres.

Si quiere la custodia compartida, la tiene que luchar en los juzgados a base de pagar abogados con dinero del que no dispone y poseer una vivienda digna, y él se pregunta: ¿Cómo lo hago? “bendita ley”, aunque queda demostrado que está protegiendo a muchas mujeres de estos hombres, por llamarlos de alguna manera, que están perjudicando con sus acciones a otros tantos, como a Marcos en este caso.

Hay que explicar que cada vez que existe una denuncia por violencia de género en España, se activan todas las alarmas. Si la denuncia es verdadera, perfecto, si no lo es, ¿qué hacemos entonces?, gran dilema este.

Cuando va a recoger a sus hijas a la casa conyugal, sale el novio de su ex pareja a decirle en la puerta de su propia casa, que paga todos los meses religiosamente, que se vaya por donde vino que las niñas están mejor con él y con la madre de estas. Encima tiene que aguantar eso.

La primera vez que fue a denunciar esto a la comisaría de policía, decidió llamar desde su móvil para que la policía se personara en el domicilio, y la respuesta de esta fue que no podían ir allí sin una orden judicial. Y Marcos se vuelve preguntar: ¿entonces, cuál es el Estado de derecho que dice el gobierno que tenemos? Claro, si no te dejan ver a tus hijos es considerado una falta, y no un delito, he aquí la cuestión.

Después de denunciarla en más de treinta y dos ocasiones por incumplimiento del convenio regulador, que ella le hizo firmar y que fue rubricado y sentenciado por un juez, ella bajo su responsabilidad y libre voluntad decide no dejar que el padre vea a sus hijas.

Marcos se vuelve a preguntar de nuevo, ¿para qué sirven entonces las Leyes o quién es el responsable de hacer cumplir el artículo de la LECRIM donde se asegura el cumplimiento o se hace cumplir las sentencias firmes de los jueces?

Al cabo de los seis meses de este suceso, vuelve a denunciarlo por malos tratos, pero esta vez lo hace con “supuestos” testigos. Claro vuelve a repetirse el encarcelamiento, pero esta vez lo hace un sábado, y así consigue que Marcos duerma dos noches en vez de una, en el “GRAN HOTEL” de nuevo, al no haber juzgado que pueda atender en “juicio rápido” a partir de las dos de la tarde…

Puedes continuar leyendo esta obra en Antología “Golpe a la Violencia de Género” (Andalucía).

Escondida, de Raquel Olvera Olvera en Ediciones Atlantis

 Escondida, de Raquel Olvera Olvera en Ediciones Atlantis

 Escondida, de Raquel Olvera Olvera, es su aportación a “Golpe a la Violencia de Género” (Andalucía)

Ya se acerca, espero que pase de largo y no sepa que estoy aquí escondida… Tengo miedo y no sé cómo decirlo y mientras abrazo el palo de golf, me da por pensar en cosas que jamás habrían pasado por mi cabeza en circunstancias normales. Si tuviera el valor de hacerlo… le partiría el palo en la cabeza y acabaría con mi sufrimiento; pero él es más fuerte que yo, más corpulento y más rápido. ¡Ahí viene!

No respires.

No te muevas.

No suspires.

Ni siquiera abras los ojos.

Y todo irá bien…

Por favor, por favor, por favor, no te detengas.

Y mientras suplico y ruego a todos los dioses que conozco que no abra la puerta, recuerdo el día en que lo conocí: lo normal que era, amable y feliz… Simplemente era la persona perfecta para mí.

Yo trabajaba en un KFC, un restaurante de comida rápida, el típico lugar al que gusta ir a comer pero que cuando trabajas en él lo acabas aborreciendo con todas las ganas de tu oscuro y negro corazón… También asistía a la universidad, eso es sí, asistía, pues él me prohibió salir y yo como una mema obedecía sin rechistar. Quería diplomarme en psicología… después de esto la que va a necesitar un psicólogo voy a ser yo.

Todo comenzó de una forma bastante rara y bonita a la vez… Bueno, yo la veo bonita, otros podéis calificarla de estúpida o quizás algo peor… El caso es que faltaba poco para cerrar y uno de los clientes intentó pasarse de listo conmigo y él apareció con su sonrisa perfecta y me salvó. Ni siquiera alzó la voz, solo fueron suficientes cuatro palabras inteligentes y una mirada amenazante que habría intimidado a cualquier hombre.

No era la primera vez que lo veía por allí, no era la primera vez que se dirigía a mí con esa admiración, con amabilidad y respeto… Como él quedaban pocos…

Que equivocada estaba.

Al día siguiente volvió, y preguntó si me encontraba bien. Se preocupó por mí, algo que no había hecho nadie más, ni siquiera mis compañeras de trabajo. Aunque lo mejor vino después… me invitó a salir y sin pensarlo dije que sí.

En qué mal momento…

La primera cita fue genial, era como estar viviendo un sueño, uno que había imaginado una y mil veces, pero mejor aún. Hablamos de muchas cosas: él me contó que trabajaba como director adjunto de un banco desde hacía varios años, que poco a poco fue escalando posiciones y que ahora poseía su propio despacho y a más de doscientas personas a su cargo.

Puedes continuar leyendo esta obra en Antología “Golpe a la Violencia de Género” (Andalucía).

Poseído, de Azucena Salto Garrido en Antología… en Ediciones Atlantis

 Poseído, de Azucena Salto Garrido en Antología “Golpe a la Violencia de Género” (Andalucía).

Te dejamos un trozo del relato aportado por Azucena Salto Garrido, titulado “Poseído”:

Martín ya veía los márgenes del poblado, no podía llamarse de otro modo a la localidad, jamás se hubiera acercado a ella en otras circunstancias pero iba desde La puebla de Montalbán cerca de Toledo hasta Santa Olalla y le llegó la noticia. En los lugares tan pequeños nunca pasaba nada. Hasta que pasaba algo terrible.

Mientras que su caballo pardo le llevaba hacia su destino, el inquisidor recordaba los hechos que habían llegado a sus oídos.

En una casa había sucedido una matanza, el padre y la madre muertos, la única superviviente una niña o adolescente, ese detalle no había quedado claro, y la sospecha de que un demonio había provocado la tragedia.

Eso había llamado su atención y como estaba de paso, decidió investigar, a veces la sospecha era mucho más terrible que la evidencia y que cada cual pensara que su vecino era un esbirro del demonio podía acabar mucho peor de lo que unos campesinos podían llegar a imaginar.

Él lo había visto, lo había vivido, y por eso decidió intentar con todas sus fuerzas llegar a ser inquisidor, y por eso no pasaba por alto un suceso aparentemente nimio para otros.

El pueblo era minúsculo y gris. Triste en todos los aspectos en el que un paisaje puede parecerlo, la lluvia que caía suave pero continua incrementaba esa sensación. El barro se pegaba a los cascos de su montura y salpicaba por todos lados.

La gente miraba por las ventanas sin salir, sin saludar. Era comprensible, el temor rodeaba el cargo de inquisidor y esos aldeanos debían de saber quién era él, al fin y al cabo no tenían que llegar muchas visitas allí.

Un niño salió corriendo de una casa y lo perdió de viste en una esquina. Lo volvió a ver junto a la fuente de la plaza. Un grupo de hombres lo flanqueaban. Los líderes de la zona, supuso.

Buenas tardes, señor, soy Luis —dijo uno de ellos, el más alto, el más grueso, signo de que le iba bien. Incluso en esta época de miseria tenía comida. Era lógico que él hablara.

Marín desmontó para saludarlo, era por naturaleza cortés. Después de las presentaciones pertinentes fue hacia la casa de Luis, allí se hospedaría hasta averiguar lo sucedido. La tenían en el granero, al menos habían tenido la lucidez de no haberla encerrado en su propia casa. Era algo habitual cuando la población no tenía dónde encerrar al sospechoso.

Era algo terrible si el acusado era inocente pasar los días en el lugar del crimen y a veces también si se era culpable. Pero a veces lo disfrutaban, si era un frío asesino, uno calculador, que no se deja llevar por la rabia, esos a veces lo disfrutaban. Recordando lo que habían hecho. Él había visto el verdadero mal que andaba por la tierra y a veces no era un demonio, aunque siempre eran enemigos de Dios.

Dejo el zurrón junto al a cama que le habían asignado. Era la del hijo mayor de Luis, el único de los seis hermanos que tenía cama. El muchacho dormiría esos días en el suelo junto con sus hermanos.

Se aseó y fue a poner su alma en conexión con Dios a la capilla. No habló con el cura, ni con nadie más. No quería saber nada más del “asunto”, prefería no tener ideas preconcebidas al respecto.

Cogió la biblia, su rosario alrededor del cuello y todo lo necesario, un crucifijo y agua bendita, ya que no tenía ninguna reliquia disponible para aumentar la fuerza del exorcismo en caso necesario, y se dirigió al granero. Notaba de nuevo las miradas clavadas en su nuca. La puerta estaba custodiada por un robusto campesino armado una azada. Cuando vio a Martín acercarse, se quitó la gorra respetuoso y bajó la vista mientras le abría la puerta para dejarle pasar. Ya les había advertido que él realizaba los interrogatorios sólo, en privado, así que no se extrañaron cuando cerró la puerta tras de sí.

La chica estaba atada a un pilar, sentada en el suelo con las piernas recogidas contra el pecho. El cabello castaño y largo caía en sucias guedejas sobre su rostro. Olía mal, puede que incluso se hubiese orinado encima, algo probable si estaba allí desde que la apresaron.

Se acercó sin tocarla, no olía a azufre, no había malformaciones en el ganado ni en los niños, ninguna marca visible que delatara la presencia del Diablo. Aunque eso no lo sorprendía, sólo tres veces en su larga carrera se había encontrado cara a cara con él y los indicios siempre fueron sutiles, excepto al final, claro. Intentó verla sin prejuicios, con la mente clara. La chica tendría unos trece años o algo menos, estaba muy delgada, la malnutrición hacía muchas veces que los jóvenes no se desarrollasen bien. Unos ojos inmensos y oscuros lo observaban con miedo, pero no reusó sus signos católicos, no apartó la mirada de la cruz o la Biblia, pero sí de sus ojos.

Hola, Me llamo Martín —dijo mientras se acuclillaba en el suelo poniéndose a su altura.

Yo soy Luisa, padre —contestó dubitativa tras un carraspeo.

Él supo que no había bebido en demasiado tiempo. Se acercó a la puerta y pidió una jarra y un par de vasos. Se lo trajeron de inmediato.

¿Quieres agua?

Sí, gracias —bebió agua a tragos cortos del vaso que él le sujetó delante de la cara.

Bueno, Luisa. Necesito que me cuentes qué ha pasado —pidió con la voz calma como si fueran amigos. Eso solía funcionar. Los apresados tras días de encierro y muchas veces tortura respondían a la amabilidad.

Padre mató a madre y yo lo maté a él —dijo mientras lloraba aunque no hipaba, parecía serena excepto por el torrente que surgía de sus ojos.

Lo lamento Luisa, ha tenido que ser una experiencia muy dura, pero si quieres salir de aquí y retomar tu vida, necesito que me cuentes algo más.

Puedes completar el texto en “Golpe a la Violencia de Género” (Andalucía)

Querido Dios, por Ricard Pérez i Braña en Ediciones Atlantis

Querido Dios, por Ricard Pérez i Braña en Ediciones Atlantis

 

Llevo tanto tiempo esperanzado contigo, que me he dado cuenta que cuando no lloro, siempre te estoy rezando. Y a pesar de que se que no me escuchas, que hace días que ya no te hablo por sentirme abandonado, tal vez resulte que a pesar de ser Dios, seas sordo y tan solo pueda comunicarme contigo escribiéndote una carta. Es lo único que se me ocurre. Porque si realmente existes, si en verdad eres ese Dios del que tantos hablan, no comprendo porque no haces nada por ayudarme. Así que sin tu permiso, he decidido escribirte con la esperanza de que, a pesar de tu sordera, al menos, sepas leer. No se si debo tutearte, pero si en verdad eres quién dicen que eres, estoy seguro que sabrás perdonarme.

Tengo tantas cosas que contarte que no se por donde empezar.

Intentaré hacerlo desde el principio. Porque es desde el principio, donde se me ocurre hacerlo.

Cuando mi abuela murió muchos años después que mis padres, me donó en testamento una buena cantidad de propiedades y fondos del tesoro que harían palidecer a cualquier hombre de la tierra. Supongo que a todos, menos a mi. Aquella abuela, hija de puta como la que más, no solo me amargó la vida desde que se vio obligada a adoptarme tras la muerte accidental de mis padres y mi hermano, si no que se encargó de atormentar psicológicamente a uno de mis hijos, hasta que este se quitó la vida a principios de febrero de dos mil doce.

Ni tan siquiera fue a su entierro. Ni una maldita lágrima se deslizó sobre su rostro.

Los que se quitan la vida, no son dignos de Dios.– me dijo mirándome a los ojos y acuchillándome con su mirada.

Nunca pude perdonárselo. Ni tan siquiera volví a verla con vida. Murió seis meses después de la muerte de Andrés, de un cáncer de estómago que la reventó por dentro como lo muy cerda que era. Cuando me enteré de ello, recuerdo que estaba haciendo una tortilla de patatas para cenar y mi mujer, se acercó a la cocina para darme la buena nueva.

Nunca creí que te diría esto. – me dijo –Hubiese querido que te enterases de otro modo. Pero hemos de hablar.

La miré desconcertado y tras ello, le sugerí que me contase aquello que tanto le costaba decir.

Tu abuela ha muerto.

Tras un silencio, me atreví a interrogarla.

¿Y?

Pues eso. Que ha muerto.

¿Cómo?

De cáncer de estómago. Hace tres meses. Murió sola. Por lo que sé, ni tan siquiera nadie fue a su entierro.

Normal. Nadie la quería. –respondí mientras le daba la vuelta a la tortilla.

Mi mujer me miró directamente a los ojos. Noté en su mirada que le repugnaban aquellas palabras. Pero me daba igual. Tan solo yo sabía lo que aquella desgraciada me hizo pasar durante toda mi juventud. Bueno, yo y tú. Porque como el Dios que eres, te tenía autentica devoción. Me importaba una mierda que hubiese muerto. Tan solo esperaba que, si realmente tú eras justo, no le acogerías en tu reino y la mandarías directamente a las brasas del infierno. Odiaba aquella vieja asquerosa como tan solo se podía odiar en la oscuridad. Y me regocijaba en mi odio hacia ella. Era el único modo que tenía de hacerle daño. De vengarme.

¿Y se puede saber como te has enterado?

Me lo ha dicho Antonia. Su vecina. Se enteró de su muerte, porque fue la única persona que se atrevió a visitarla.

Porque era la única persona en el mundo tan estúpida de aguantarle sus cabronadas. –le respondí con una rabia contenida, por no poder haberle dicho en su lecho de muerte, todo aquello que nunca me atrevía a decirle en vida.

Mi mujer no me respondió.

Aquella conversación terminó tan velozmente como había empezado, mientras yo me atormentaba con sus recuerdos y sobre todas aquellas cosas desagradables que me había tocado vivir con ella.

No pegué ojo en toda la noche, mientras mi mujer roncaba a pierna suelta, sin tan siquiera preocuparse por los malos momentos que yo había pasado con la perra de mi abuela.

Desde el primer instante, noté como a ella, tampoco le importaba su muerte. Se notaba en un instante como no le guardaba ningún rencor por nada. Tan solo hacía dos años que estaba con ella. Que nos habíamos casado. Desde que me separé de Carmela, mi primera esposa, justo después del suicidio de mi hijo Andrés, siempre lo habíamos compartido todo. Penas y alegrías combinadas.

Pero aquel día todo cambió para mí.

Lo primero que me dijo mientras desayunábamos en aquella cutre mesa de cristal de la cocina, al día siguiente, fue sobre ella.

Deberías averiguar si ha dejado testamento. –dijo.

¿Quién? –le pregunté haciéndole ver que no sabía de qué me hablaba.

Hablo de tu abuela.

Levanté la vista y por primera vez, la miré con desprecio.

Das asco. –le dije mientras a ella le sorprendió mi respuesta inesperada. –Eres tan hija de puta como ella. Ni tan siquiera te importa mi dolor. Tan solo te importa si ha dejado algún testamento.

Mi mujer bajó la cabeza de inmediato. Totalmente sumisa.

En aquel instante, que me pareció una eternidad, ni tan siquiera dejé de mirarla. Estaba deseando levantarme y reventarle los sesos contra la pared de la cocina, hasta que la mierda que hubiese en su interior, se hubiese esparcido por toda la estancia. Incluso me imaginé haciéndolo.

Mantuve la mirada mucho tiempo. Incluso ella, me miró de reojo unos segundos, cerciorándose de que seguía observándola. Solo tú, Dios míos, sabes que con mucho gusto me hubiese levantado de la silla y la hubiera molido a palos. Pero ya sabes que no lo hice. Tan solo me levanté de la silla y me fui a trabajar a la oficina. Era lo único que podía hacer.

Estuve trabajando hasta tarde. Atormentándome todo el día, por aquellas cosas malvadas que me hizo la puta de mi abuela durante toda mi vida y que no dejaban de pasearse por mi cabeza, merodeando por cada rincón de ella y haciéndome recordar cosas que ya creía olvidadas.

Cuando llegué a casa, mi mujer me estaba esperando.

Lucía un bonito encaje de seda a conjunto con sus bragas. He de reconocer que por un momento miré a mi esposa con ganas de untarla con miel y saborear con mi lengua cada rincón de su perfilado cuerpo. Pero todo el odio que había acumulado en el interior de mi mente, durante aquella dura jornada, pudo conmigo.

Tú lo sabes muy bien, Dios mío.

Sabes que no pude evitarlo. Que hice lo que hice, porque tenía que hacerlo.

¿Dónde vas así vestida? –le pregunté con ira. –¿No te das cuenta que pareces una puta?

Me acerqué a ella y le di una enorme bofetada con la mano abierta que le giré la cara al instante. En seco.

Ella ni gritó. Tampoco le di tiempo.

La empecé a golpear una y otra vez. Primero con las palmas de las manos. Luego con los puños. Una vez tras otra y sin descanso. Recuerdo que mientras le daba golpes, incluso empecé a excitarme. Noté como mi polla se endurecía como hacía mucho tiempo que no lo hacía. No recuerdo cuando dejó de gritar. No sé si al caer sobre ella y aplastarle la cara con una rodilla mientras le daba puñetazos en las costillas o mientras la violaba.

Lo que si recuerdo es que después de desahogarme y dejarla inconsciente, la desperté orinándome encima de ella. Estaba hecha una puta mierda. Tenía media cara reventada.

El meado desinfecta. –le dije mucho más tranquilo y dejándola ahí tirada en medio del pasillo de nuestra casa.

No nos hablamos durante tres horas. Ya era tarde y nos disponíamos a acostarnos, mientras ella no dejaba de llorar. Y lo primero que le dije, fueron amenazas.

Si hablas con alguien de esto, te mato. Te quito la vida.

No se atrevió a responderme.

Aquella noche, dormí a pierna suelta. Satisfecho de mi mismo. Me sentía complacido. Era como si toda mi ira hubiese desparecido, al golpear a mi mujer. En el fondo le estaba agradecido. Gracias a ella, a su comprensión de haberme permitido golpearla sin piedad, pude echar del interior de mi cuerpo toda la maldad que la hija de puta de mi abuela había sembrado dentro de mí. Fue placentero. Y le estaba muy agradecido.

Por eso, al día siguiente, al regresar de la oficina le regalé un buen ramo de flores. Las más bonitas que tenían en la tienda del centro de la ciudad. Las más bonitas y sea dicho de paso, las más caras. Mi mujer se lo merecía. No todo el mundo tenía la suerte de tener a su lado una mujer que se esforzara tanto en comprenderle y en ofrecerse a si misma para que su marido pudiese descargar su rabia tan fácilmente. Era un hombre afortunado.

Cuando llegué a casa, se las entregué con una sonrisa sincera.

Solo al mirarla a la cara, pude comprobar la crueldad de mis actos en su rostro y el esfuerzo que ella había hecho por complacerme la noche anterior. Sentí lástima por ella.

Ni tan siquiera me miraba. Aún le temblaba todo el cuerpo.

Son para ti, cariño. –le dije suavemente ignorando sus heridas. –Tómalas.

Ni me respondió.

De repente, empezó a llorar de nuevo.

¿Por qué me pegaste de esa forma? –me preguntó entre sollozos ahogados. –¿Es que ya no me quieres?

Aquellas palabras me llegaron al alma.

¿Cómo no iba a quererla? Al contrario. La quería como a nada en el mundo. Y se lo dije.

Claro que te quiero. Te quiero como a nada en el mundo.

Ella no pareció creerme mucho. Entonces me disculpé.

Ayer perdí el control, cariño. Lo siento mucho. Muchísimo. Creo que la muerte de mi abuela me trastocó por completo. La rabia que tenía dentro de mí, hacia esa vieja cabrona, me ensombreció la mente. No sabía lo que hacía. Estaba descontrolado. Poseído por la rabia. Te pido perdón, cariño. Nunca más volverá a pasar. Te quiero, te quiero muchísimo. –y lloré.

Sabes Dios mío, que fueron lágrimas sinceras. Solo lo sabes tú, porque ella me perdonó y nunca se lo contamos a nadie. Por eso tú, que eres mi Dios, sabes que lo que digo es cierto. Que lloré sinceramente.

Al mes de aquella paliza, nuestra vida parecía haber retomado de nuevo la tranquilidad.

Ella ya volvía a sonreír. Incluso bromeábamos juntos. Estoy seguro de que me había comprendido y perdonado en su totalidad.

Pero la noche que fuimos a la fiesta que sus padres habían organizado en aquel maldito restaurante, con motivo de su aniversario de bodas, algo sucedió que no me agradó.

Estábamos toda la familia. Y éramos una familia enorme. Al menos, y no es por exagerar, éramos cien. Todos contentos. Todos sonrientes con sus condenadas sonrisas blanquecinas y sus chistecillos de tres al cuarto. Sobre todo el tío Miguel. El humorista de pacotilla salido de un club de la comedia, se pasó toda la comida haciendo gracias de todo cuanto veía. Todo el mundo se reía menos yo. Tenía unas ganas de quitarle a hostias esa dentadura postiza y ese peluquín más parecido a un felpudo que a otra cosa, que ni tan siquiera podía contener aquellos deseos que intentaban, una y otra vez, hacerse realidad.

Pero pude controlarme.

El tío Miguel me sacaba de quicio.

Pero la parte que le dio por hablar de su querida abuela, que se sentaba cinco sillas más a la izquierda y que estaba más sorda que una tapia, fue la gota que colmó el vaso.

Mi abuela es la persona más buena que he conocido nunca. –decía –.Es encantadora.

Me daba asco.

Lo pensaba. Pero por fortuna para todos los presentes e intentando hacer un esfuerzo enorme por no decirle a ese gilipollas todo lo que pensaba sobre él y sobre su maldita abuela enana, gorda y coja, me callé.

La puta velada duró casi ocho interminables horas. Estuvimos desde las dos de la tarde, hasta las diez de la noche con aquellos malditos “ji –ji” “ja–ja”. Sin movernos de aquel lugar. Pero al fin, nos fuimos a casa.

¿Qué le pasa? –oí susurrar a mi suegra, refiriéndose a mí, mientras se despedía de mi esposa.

No le pasa nada mamá. Es que está muy cansado.

Parecía distante.

No es nada. Seguro que se le pasará.

Durante el camino en coche hasta nuestra casa, estuvimos callados. Ella no me decía nada. Yo tampoco le hablaba a ella. Estaba muy agobiado por todo y lo último que me apetecía era hablar.

¿Una última copa? –me dijo sonriente mi mujer, nada más cerrar la puerta de nuestra casa.

Venga cariño. –insistió mientras se echaba sobre mí y me hacía respirar aquel asqueroso aliento de alcohol, de todo el champagne que se había bebido en la fiesta.

Quita.–le dije tras un empujón. –Pareces una golfa borracha.

Mi mujer me miró fijamente.

¿Cómo coño se le ocurrió mirarme fijamente con aquella mirada desafiante? ¿Se había vuelto loca? Ella no se. Pero desde luego, yo sí.

Apreté los labios. Respiré profundamente por la nariz. Me quité la chaqueta y la colgué en el perchero de la habitación. Al acabar, me subí lentamente las dos mangas de la camisa. Ella dio tres pasos hacia atrás.

Sabía lo que le esperaba.

Ni se te ocurra ponerme la mano encima. –me advirtió mientras sus ojos se humedecían.

No le hice ni puto caso.

¿Qué no te ponga la mano encima? –le pregunté sin alzar la voz, mientras noté como mi polla volvía a ponerse dura desde la última vez que la machaqué.

Me estaba excitando.

Mi respiración se aceleraba velozmente y necesitaba imperiosamente sacarme toda esa mala leche que me nublaba la mente.

Te voy a dar una paliza tan grande, que te quedarás encerrada en esta puta casa al menos un mes. –le advertí.

Ella corrió a la cocina. Bueno, más que correr, hizo el amago de hacerlo pues, nada más intentarlo, la cogí con fuerza por los pelos y la eché contra el sofá del comedor.

Como al caer no se hizo daño, supongo que se envalentonó.

¡Te he dicho que ni se te ocurra tocarme! –me chilló la muy zorra.

¿Hace un momento querías emborracharte y follar conmigo y ahora me pides que no te toque? –le pregunté mientras le daba el primer golpe con la mano abierta, lo suficientemente fuerte como para tirarla sobre la pequeña mesa de cristal de tomar café que había justo en frente del sofá y que se rompió al impacto.

La volví a agarrar de los pelos con una mano y, mientras con la otra tocaba toda mi polla dura, la levanté de inmediato mientras chillaba como una hiena mal herida.

Mira lo que has hecho, puta. Has roto la mesa.

Y tras ellos, le solté un puñetazo enorme que le tiró un metro más allá.

No sé cómo lo hizo la muy hija de puta, pero de repente, se levantó de inmediato y se atrevió a mirarme fijamente de nuevo, mientras me quitaba la camisa para que no se manchara de sangre de la paliza que estaba a punto de darle. Supongo que unas cuantas copas de champagne hacen milagros. No lo se. Lo que si sé y lo juro por ti, querido Dios, es que de repente vi la cara de mi abuela en su rostro. Lo sabes bien. Seguro que lo entiendes.

No me toques desgraciado. Ni se te ocurra tocarme otra vez. –gritó.

Me quedé helado.

Por un instante, no fui capaz ni de moverme. Mi abuela había poseído su cuerpo. Aquella vieja asquerosa que tanto odiaba, había vuelto del infierno para atormentarme de nuevo. Desde luego, no estaba dispuesto a permitirlo.

Aún te doy gracias por permitir que mi abuela regresara del más allá, para poseer el cuerpo de ella. Estoy seguro que fue gracia de tu divinidad. Me serviste en bandeja mi venganza y no la desaproveché.

Cállate hija de puta. –le grité mientras me echaba sobre ella obcecado por la rabia.

Empecé a golpearla como siempre había deseado golpear a aquella vieja indeseable.

Estás muerta. Estás muerta. –le decía una y otra vez, mientras su sangre salpicaba mi rostro cada vez que le daba un nuevo puñetazo en la cara y, su mirada, se clavaba en mí como solo mi abuela sabía hacerlo. Parecía sonreír. Daba la sensación que aquella zorra disfrutaba con lo que le estaba haciendo. Sonreía a cada puñetazo. Parecía excitarse a cada golpe. Incluso más que yo. Mi deseo de golpearla era tan grande que parecía que mi propia polla iba a estallar de lo dura que se me había puesto al golpearla. Pero no me importaba. Sonreía ella y disfrutaba yo. Ambos lo estábamos pasando bien. De no ser porque lo estaba poniendo todo pringado de sangre, se diría que aquello era el acto sexual más grande, de toda la historia de los actos sexuales grandes.

Cuando no pude más, me quité los pantalones y mientras reanudaba la paliza, me corrí en toda su cara ensangrentaba. Me estaba muriendo de gusto. Y tras correrme, volví a pegarle de nuevo, hasta que me corrí encima de ella otra vez.

Así hasta tres veces.

La excitación era extrema.

Notaba cómo ella jadeaba intensamente, mientras mi pulso se aceleraba enormemente. Eché mi cuerpo sobre ella y mientras la presionaba con todo mi cuerpo contra el suelo, seguí moliéndola a golpes. Incluso de un mordisco, le arranqué media oreja. O eso creo.

No podía parar. No podía impedirlo.

Hasta que de repente, dejó de gemir y la cara de mi abuela desapareció para siempre y al instante. Mis nudillos estaban en sangre viva y a pesar de estar agotado, mi polla seguía dura.

Así que me levanté y decidí correrme de nuevo en su cara.

Menuda satisfacción. Aquello era lo máximo que un hombre podía experimentar. ¿Cómo no lo había probado antes y mucho más a menudo?

Al cabo de unos tres minutos de descanso placentero, de haber disfrutado como nunca antes lo había hecho en mi vida y de estar observándola fijamente, por si acaso a mi abuela se le ocurría regresar, volví a orinarme encima de ella.

Pero no decía nada. Estaba ahí tirada en el suelo, como la mierda que era, cubierta de sangre y semen sin atreverse a pronunciar palabra alguna.

No te quejes. –le dije mientras me meaba. –Mañana más.

Y dando por concluida aquella sesión de relax, me dirigí en silencio a mi habitación y me acosté en la cama, satisfecho por todo aquello.

Aquella noche entendí lo grande que eres, Dios mío. Entendí lo todo poderoso que eres.

Lo inmensa que es tu bondad. ¿Cómo si no, me hubieras dado la oportunidad de saborear el placer de la venganza? Ni mi mejor amigo, me hubiese devuelto a mi abuela para que pudiera vengarme de ella. Gracias a ti, a tu inmensidad, no desaproveché la ocasión. Seguro que estás orgulloso de mí.

Dormí muy bien.

A la mañana siguiente, el condenado despertador no sonó a las cinco de la mañana, como era su costumbre. Tardé un tiempo en recordar que era sábado y que no tenía que ir a trabajar a la oficina de aquella entidad bancaria que tanto odiaba, pero que gracias a ella, podía sustentar a mi familia. Suspiré de alivio.

Lentamente me reincorporé de la cama y comprobé que mi mujer no estaba en ella. Era normal. Después de la fiesta de anoche, seguramente se dispuso a limpiar todo lo que ella había ensuciado y roto, en su afán de complacerme. Bueno, de complacernos. Porque estoy seguro que después de permitir que mi abuela se metiera en su cuerpo y que pudiese despedirme de ella como me vino en gana, a ti también te complació. Sonreí y prometí que al día siguiente y aprovechando que era domingo, acudiría a la iglesia para darte las gracias.

Me quité la ropa y me di una buena ducha de al menos una hora. El agua estaba caliente y disfrutaba de ella al extremo. Mientras me untaba mi cuerpo con jabón, no pide evitar pensar de nuevo en cuanto disfrutamos la noche anterior. Volví a excitarme, solo en pesar en ello. Y sin poder evitarlo, me masturbé bajo el agua caliente de aquella intensa ducha mientras las imágenes se repetían una y otra vez en mi cabeza, deseando locamente volver a repetir aquella agradable experiencia. Pensé que cuando terminase la ducha, buscaría a mi mujer y volvería a acariciarla de aquel modo que solo ella y yo sabíamos. Solo con pensarlo, me retorcía de placer. Cualquier excusa sería buena, para darle una par de hostias bien dadas. Como solo yo sabia darlas. Seguro que ayer se quedó con ganas de más.

Me vestí tranquilamente y bajé a la cocina.

Tenía muy claro que, antes de volver a pegarle de nuevo, tenía que reponer fuerzas. Y nada mejor para ello, que saborear un suculento desayuno que, con toda seguridad, ella ya me habría preparado con mimo. Imaginaba su cara sonriente, mientras me susurraba al oído aquello de “pégame”.Que ganas tenía de volver a hacerlo. Lo íbamos a pasar de lo lindo.

Pero la mala leche volvió a entrar en mi cuerpo, cuando vi a aquella golfa descansando como una perra, en el comedor de mi casa. La muy puerca ni se había movido. Todo seguía manchado de su sangre y por todas partes se podían ver los destrozos de la noche anterior. No se había dignado ni a recoger nada. Era una cerda de mucho cuidado. Parecía que el ejército del mismísimo Atila, hubiese realizado una incursión en aquel comedor. Apreté los dientes con rabia. Aquella puta, seguía tirada en el suelo como si nada hubiese pasado.

Despierta zorra. –le dije mientras le daba una patada en la costilla. No me hizo ni puto caso.

¡Que despiertes! –le grité mientras le pisaba la cabeza.

Tampoco hizo el menor esfuerzo por levantarse. ¿Qué coño se había creído? Después de despertarla, le iba a dar tan fuerte que, desde luego, aquello no iba a volver a repetirse.

Le di otra patada en sus costillas, que desde luego, hubiese resucitado de nuevo al mismísimo Lázaro. Si, aquel de las sagradas escrituras que tu hijo ya había resucitado en una ocasión. Pero la muy puta ni se movió. Por un momento, pensé que se habría drogado para aliviar el dolor de las heridas. Que estaba ahí tirada con un colocón de la leche. Me la quedé mirando un buen rato.

Solo al darme cuenta que tenía la cara y el cuerpo destrozado y que estaba tumbada en un enorme charco de sangre, me di cuenta de que no respiraba. Pensé que tal vez uno de esos cristales rotos de la mesita de café del comedor, sería el culpable. Tal vez algún cristal roto la había dañado más seriamente de lo normal y sin querer, le habría cortado en algún lugar que no debería. La levanté como pude y la tumbé en el sofá. Le cogí por el brazo para tomarle el pulso y me di cuenta que tenía el brazo roto por tres sitios. Entonces, lo peor de todo pasó por mi mente y me dispuse ha realizarle el boca a boca para poder reanimarla. Cuando me apresuré a hacerlo, casi no podía encontrarle ni la boca entre aquel enorme hinchazón que era su cara. Me fijé en ella y no la reconocí. Estaba machacada. Todo su cuerpo lo estaba. La paliza fue tal, que casi no se la podía reconocer. Empecé a enloquecer. Me di cuenta que, tal vez, me hubiera sobrepasado un poco. ¿Cómo podía ser? Ayer lo estuvimos pasando tan bien… Intente reanimarla, por lo menos, durante media hora. Pero no pude. Estaba muerta. Llevaba muerta yo que sé cuanto tiempo.

Sin poder evitarlo, me eché las manos a la cabeza y me puse a llorar como un niño mientras contemplaba su cuerpo deforme, inerte sobre el sofá.

Lloré y lloré hasta casi perder la poca cordura que me quedaba. Y volví corriendo a mi habitación entre llantos de desesperación. ¿Qué había hecho? La quería tanto…

No se cuánto tiempo me quedé ahí encerrado. Pues entre llanto y llanto, me arrodillaba en el suelo y pedía fervientemente que enviaras a un ángel de los tuyos para que pudiera ayudarme. Aquello era cosa de los dos. Tuya y mía. ¿Acaso no fuiste tú, quién introdujo el cuerpo de mi abuela en su cuerpo, para que yo obtuviera mi venganza sufrida? ¿Acaso tú no me ayudaste en todo lo que hice? Te imploraba. Te rogaba. Y cuando ya no podía más con mis oraciones…lloraba de nuevo. Así una vez tras otra, sin descanso alguno.

Cuando me había cansado de llorar y rezar, volví a bajar al comedor. Tal vez hubieses escuchado mis oraciones, y mi querida esposa estaría ahora limpiando todo lo que había manchado y roto.

Cuando bajé, todo estaba igual. Ella seguía muerta y el comedor era un auténtico campo de batalla lleno de sangre y cosas rotas. Y sin poder evitarlo, volví a llorar.

Empecé a darme cuenta que aquello se tendría que solucionar de algún modo. No estaba dispuesto a pagar los platos rotos de aquella fiesta que mantuvimos los dos. Ella estaba muerta, si. Pero eso ya no podía cambiarlo. Solo cabía limpiar todo aquel destrozo y así lo hice.

Con un buen montón de botellas de amoníaco, limpié toda la sangre. Creo que no quedó ni rastro de ella. Todo lo roto, lo tiré a la basura. Todo menos a mi mujer.

A ella la llevé al baño.

Introduje su cuerpo en la bañera y me la quedé mirando de nuevo. Solo con pensar que ya no podría volver a disfrutar con ella, se me rompió el corazón. Y volví a rezarte. Esta vez, con la esperanza de que escucharas de una puta vez. Que ya estaba bien.

No es que te culpe, pero después de provocar esa situación, no fuiste capaz ni de pedirme disculpas. A pesar de que incluso ese domingo por la mañana, me vestí de gala y con aparente tranquilidad, me fui a la iglesia y te imploré que arreglaras todo lo que se había estropeado.

Los caminos del señor son inescrutables. – me dijo el cura cabrón que me oyó llorar sinceramente.

Mira, no le reventé la cabeza porque era un hombre. Si hubiese sido una monja de mierda, seguro que la habría agarrado del brazo y le hubiera dado para el pelo. ¿Los caminos del señor son inescrutables? ¿Qué coño sabía aquel cura de mierda de los caminos del señor? A parte de rezar y ponerse hasta el culo de vino en cada misa, poco sabría de los caminos del señor. Él nunca había visto un milagro divino como lo vi yo. Él, a pesar de ser cura, no era más que un borracho pesetero, que con toda seguridad se excitaría cada noche pensando en su monaguillo. Ni en el más remoto de sus sueños, aquel cura calvo con cara de tocino, podría imaginar lo que yo vi que hiciste con mi abuela y mi esposa, la noche anterior.

Sin hacerle puto caso, ignorando sus bobadas, seguí llorando y orando en tu nombre. Insistí en que arreglases aquello que habías estropeado y te supliqué por ello. Incluso cuando compre aquellos tres enormes cirios de cera que me costaron un riñón, al encenderlos, tuve la sensación de que esta vez, si me habrías escuchado.

Fue tan sincera mi súplica, que al salir de la iglesia, incluso creí que habrías obrado el milagro. Que en esta ocasión, sí habrías arreglado todo lo que estropeaste.

Al fin y al cabo, eres todo poderoso.

De regresó a casa me topé con un coche de la policía que iba a toda hostia hacía alguna parte que desconocía.

Me asusté.

Pero afortunadamente, aquel vehículo histérico, iba en dirección contraria a mi casa.

Me tranquilicé.

Fue entonces cuando, por un instante, creí que lo habías hecho. Que me habías escuchado.

Al entrar en mi casa, aún se podía oler al amoníaco que había usado para limpiarlo todo.

Hola cariño. –dije en voz alta con la esperanza de recibir respuesta. –Soy yo. He vuelto –insistí nervioso.

Pero nada.

Ni tan solo un hola.

Todo estaba limpio. Recogido. Y no fue hasta que subí al baño y vi a mi esposa en el interior de la bañera del mismo modo que yo la había dejado, cuando entendí que no escuchaste mis oraciones.

¿Por qué? ¿Por qué no escuchaste mis oraciones? ¿Acaso te había fallado en algo?

No lo entendí. Lo de que no me ayudases, digo.

Pero lo que si entendí, fue que debía despedirme de mi mujer para siempre. Que debía terminar para siempre con aquella locura. Así que bajé al cobertizo y fui a por las herramientas que había en él y que nunca usaba.

Cuando subí de nuevo al baño, tras llorar una vez más y volver a pedirte ayuda, descuarticé a mi esposa. Tenía tantos huesos rotos que no me costó mucho hacerlo. Además, aquella sierra cortaba bien.

Dispuse los trozos en bolsas de basura y las deposité en el congelador de emergencia que había en el cobertizo. Por primera vez desde que lo compramos, aquel congelador, usó a la perfección su apodo de “congelador de emergencia”. Allí descansarían los trozos de mi mujer durante una buena temporada sin levantar sospecha alguna. Ya habría tiempo de buscar un buen sitio para ellos. A lo mejor, una piara estaría bien. Dicen que los cerdos se lo comen todo. Que no dejan ni los restos.

Y tras subir de nuevo al baño y limpiarlo todo de sangre con aquel amoníaco, cuyo olor, me estaba destrozando las fosas nasales, me di una nueva ducha.

No tardé mucho en salir.

Puse mi ropa ensangrentada en aquella lavadora que no había usado en toda mi vida y entonces, sonó el teléfono.

Al principio, no le hice caso. Pero por su insistencia, al final, decidí cogerlo.

Hola. Soy Amelia. –dijo la voz al otro lado de la línea. Era la madre de mi esposa.

¿Está por ahí tu amorcito?

No. Ha ido a correr un rato.

¿Ella corre? –me preguntó extrañada. –No lo sabía.

Eso me ha dicho. –le respondí haciéndome el loco.

Vaya, pues nada. ¿Le podrás recordar que mañana por la tarde, hemos quedado para ir al centro comercial. Es lunes y los lunes, se compra de maravilla. No hay mucha gente.

Sí, se lo diré –le dije. –Pero no creo que pueda ir.

¿Por qué?

Porque nos vamos. Ella aún no lo sabe, pero nos vamos. He preparado una escapada de una semana a París. Es una sorpresa. Así podremos estar juntos una semana entera sin interrupción.

¿Y la oficina? –me interrogó Amelia, como si le jodieran aquellas palabras.

Me debían una semana de vacaciones. No te preocupes, ya te llamará. –le dije. –Y te traeremos un buen regalito de París. –le volví a decir antes de colgar el teléfono, para tranquilizarla.

Ya estaba hecho. Ya estaba todo dispuesto.

Por fin había entendido que ya no podía rogarte más, Dios mío. De repente comprendí que aquello que hiciste, lo hiciste para que mi esposa y yo, nos reuniéramos contigo en tu Reino.

Perdí la noción del tiempo.

Solo al final, me pareció que llevaba casi dos días llorando y rezando. Lo supe cuando el despertador de mi habitación sonó a las cinco de la mañana. Era lunes. Día de ir a trabajar de nuevo a la oficina del banco.

Pero aquel día no fui a la oficina.

Pensaba escribirte esta carta y entregarme a ti, en el reino de los cielos. Cuando termine de escribirla, subiré al baño, llenaré la bañera de agua caliente y, ahí, me cortaré las venas. Se que será indoloro. Además, tendré el placer de despedirme de este mundo como lo hizo mi querido hijo Andrés, que seguro lo tienes en tu gloria. Y si a lo largo de mi vida, he pecado alguna vez, estoy seguro que sabrás perdonarme.

Seguro que me esperarás con los brazos abiertos.

Porque sé que me amas.

Tu hijo por siempre, Julio.

AMEN.

Posdata: Ignoro si las cartas dirigidas a ti, se terminan con un Amén. Es la primera vez que escribo una.

Cuando el cuerpo nacional de policía llegó al hogar de Julio Gómez Sanlúcar, el catorce de febrero de dos mil catorce, alertados por el fuerte olor que desprendía el cuerpo de este, ensangrentado dentro de su bañera, descubrió el cuerpo de su mujer descuartizado en el congelador de su cobertizo. Tenía restos de semen.

Habían pasado dos horas desde el hallazgo del cadáver de su asesino.

Tras leer la carta que había escrito a Dios, tardaron muy poco en encontrarlo. Aquel crimen fue relatado en los principales telediarios del país como un crimen más de violencia de género.

Todos los vecinos se horrorizaron con aquellos hechos. Incluso el ayuntamiento bajó su bandera a media asta y se declararon tres días de luto.

Todos hablaron de ello durante las siguientes veinticuatro horas. También se manifestaron por sus calles indignados, pidiendo más endurecimiento de las penas de cárcel para los maltratadotes y más protección para las victimas de violencia de género. Gritaron que aquello no podía volver a pasar. Que no pararían hasta conseguir que sus peticiones fueran escuchadas.

Pero al poco tiempo, aquel acto salvaje fue olvidado por todos y las manifestaciones cesaron.

Tan solo los vecinos más cercanos de aquella casa recordaron aquella barbaridad cometida, siempre que veían en las noticias una nueva victima de violencia de género.

Pero solo lo recordaban los vecinos más cercanos. Lo hacían mientras hablaban de ella. A los pocos minutos, volvían a olvidarse.

Y la vida continuó como si nada.

Portada Cataluña Violencia de género_media

MACHISMO…, por Juan Sánchez Vallejo en Ediciones Atlantis

MACHISMO…, por Juan Sánchez Vallejo en Ediciones Atlantis

La violencia de género es sin lugar a dudas una de las lacras más abominables de la humanidad. Lo es en la actualidad, pero también lo ha venido siendo a lo largo y ancho de la historia, aunque sin más “datos estadísticos” que alguna que otra referencia explícita que a veces leemos en apolillados libros escritos mayormente por hombres, claro está.

El preámbulo necesario para la violencia de género es el machismo, no lo olvidemos. Digamos que el machismo viene a ser el sustrato ideológico sobre el que crecen estas actitudes violentas que acaban con la vida de mujeres… ¡y niños (tampoco lo olvidemos)!

¿Cuándo, dónde y por qué surgió el machismo? Son preguntas imposibles de contestar, pero desde tiempos bíblicos sabemos que existía -incluso estaba sacralizada- la poligamia (es decir, un hombre conviviendo con varias mujeres) pero, en cambio, era perseguida a sangre y fuego la poliandria (una mujer conviviendo con varios hombres).

Igualmente pienso que el feminismo ha existido desde que ha existido el machismo; digamos que ha sido y seguirá siendo la respuesta más lógica al machismo, o su consecuencia natural. La ideología machista –y su contrapunto, el feminismo- se ha venido reflejando no solo en la vida cotidiana sino en las artes, literatura y otras manifestaciones culturales o sociales a lo largo y ancho de nuestra historia. Tenemos sobrados ejemplos de ello, algunos tremendamente significativos e impactantes. Miren lo que escribía en pleno siglo inquisitorial, también llamado el Siglo de Oro de nuestra literatura, una feminista obviamente adelantada a su tiempo como lo fue Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695):

Hombres necios que acusáis

a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis.

Si con ansias sin igual

solicitáis su desdén,

¿por qué queréis que obren bien

si las incitáis al mal?……

……. Con el favor y el desdén

tenéis condición igual,

quejándoos si os tratan mal,

burlándoos si os quieren bien.

Opinión ninguna gana,

pues la que más se recata,

si no os admite, es ingrata

y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis

que con desigual nivel

a una culpáis por cruel

y a otra por fácil culpáis…”

Lo realmente extraño es que esta poesía, de alto valor literario, fuera incluida en pleno franquismo entre LAS MIL MEJORES POESÍAS DE LA LENGUA CASTELLANA.

Por necesidades de espacio me veo obligado a limitar estos y otros trabajos de ilustres feministas, como lo fueron Carolina Coronado, Clara Campoamor, Gertrudis Gómez de Avellaneda, George Sand (se puso nombre masculino. En realidad se llamaba Amandine A. Dupin), y un largo etcétera de auténticas heroínas que se rebelaron contra la ideología machista.

Pero también les traigo ejemplos tragi-cómicos, realmente patéticos, de lo que fue y sigue representando el machismo en nuestro país. Les muestro un ejemplo que plasma como pocos la internalización mental en nuestra sociedad del machismo como ideología, que ha venido impregnando costumbres, cultura y conductas. Lean ustedes, no tiene pérdida:

No quiero en fea público cilicio

ni belleza sin par ni quita-sueño:

antes que necia, venga un maleficio,

y antes que docta, un toro jarameño.

Lejos de mí la que se incline al vicio;

lejos de mí, virtud de adusto ceño.

Yo busco una mujer boca de risa,

guardosa sin afán, franca sin tasa,

que al honesto festín vaya sin prisa,

y traiga entera su virtud y gasa.

No sepa si el sultán viste camisa

mas sepa repasar las que hay en casa….

.Dulcinea la busco, no Quijote;

no haga de gallo quien nació gallina.

Ponga el amor a sus vivezas dique,

sin que a fuerza de amor me crucifique…

Marimacho no luzca en un caballo

en su rollizo muslo pantalones;

de ningún tribunal me explique el fallo,

ni por solo intrigar suba escalones,

ni describir sus dedos críen callos…

¿De nada ha de hacer gala? -Sí: de juicio.

¿No ha de tomar noticias? – De sus eras.

¿Jamás ha de leer? – No por oficio.

¿No podrá disputar? – Nunca de veras.

¿No es virtud el valor? – En ellas, vicio.

¿Cuáles son sus faenas? – Las caseras

Que no hay manjar que cause más empacho

que mujer transformada en marimacho….”

Este poema titulado “Proclama de un solterón” es de un autor llamado José Vargas Ponce (1760-1821), que vivió sus mejores años en el llamado “Siglo de las Luces” (¡cómo serían las “oscuridades”!). Como verán ustedes es un auténtico canto al machismo ibérico en estado puro.

En cualquier caso ustedes pensarán que el machismo, precisamente por su componente injusto y reaccionario, ha de ir forzosamente desapareciendo de la faz de la tierra por pura inercia, porque sí, sin más. Grave error de percepción y de cálculo. Les vuelvo a poner otros gráficos ejemplos que demuestran justamente lo contrario, y que nos dicen que el machismo sigue muy vigente en el inconsciente colectivo de nuestros tiempos.

Y es que en las últimas décadas los contenidos culturales, emocionales y sociales siguen reflejando el sentir de la sociedad -supuestamente moderna- hacia esta ideología.

No me puedo olvidar de un cuplé que popularizó en España la excelente artista Sara Montiel, aunque quiero dejar claro que la citada persona fue una adelantada a su época en muchos aspectos relacionados con la ruptura de moldes machistas que atenazaban (y siguen atenazando) a la mujer. El cuplé de marras dice así:

Cuando le vi

yo me dije para mí: es mi hombre.

Solo vivo por él

mientras quiera serme fiel, ese hombre.

No puedo pasar

una noche sin pensar, en mi hombre.

Y le doy cuanto soy,

lo que tengo se lo doy, a mi hombre.

Y así estoy, es un macró, un gigolo

pero no importa porque así le quiero yo.

Cualquier día por Pigale, para mi mal

otra vez le perderé, luego… no sé

ni lo que va a ser de mí, porque le quiero.

Solo tengo corazón, para monhomme.

si me pega me da igual, es natural

que me tenga siempre así

porque así le quiero.

Ya no tengo corazón.

Aunque este cuplé lo popularizó Sara Montiel, su autor creo que era inglés (o francés, no estoy muy seguro). También en Francia tuvo mucho eco esta canción, titulada allí “Monhomme”.

Como ven ustedes se trata de una letra descarnada en la que la propia mujer, abducida por su pasión amorosa, acaba exclamando aquello de “si me pega me da igual”, rematando su locura masoquista con eso de ¡…es natural! ¡Vamos, lo esperable al parecer en una relación de pareja!

Y, a día de hoy, el machismo sigue haciendo estragos a pesar de la fuerza con que van emergiendo movimientos sociales que reclaman con toda justicia la igualdad de la mujer. Con razón el gran humanista Erich Fromm afirmaba que “nuestra sociedad contemporánea se podría decir que vive técnicamente en la era atómica, pero emocionalmente en la edad de piedra”.¿Cómo se entiende si no que haga furor ese libro de la italiana Constanza Miriano, que acaba de editarse y ya está consiguiendo records de ventas, titulado “Cásate y sé sumisa”? Un libro éste en el que ya el título sugiere de qué va la cosa. Por cierto, a algunos obispos españoles les ha faltado tiempo para “bendecirlo” e integrarlo en sus pliegues ideológicos, para consolidar aún más esa visión que tienen los sectores más reaccionarios de la Iglesia Católica del rol de la mujer en la vida humana, a saber: sumisión absoluta al hombre. Sin duda alguna este asunto de la liberación de la mujer va a ser uno de los más complicados de abordar por el papa Francisco, en su admirable afán de modernizar y adecuar a los tiempos los mensajes y propuestas de la Iglesia Católica en estas materias sociales.

El libro de esta italiana contiene reflexiones que alimentan ¡y de qué manera! la prepotencia machista. Algunas de estas reflexiones podrían pasar a la historia dentro de la antología del disparate. Vean ustedes:

No somos iguales a los hombres; no reconocerlo solo trae sufrimiento”.

El feminismo fue una primavera; tomó el camino equivocado”.

La mujer lleva la obediencia en su interior”.

Cuando tu marido te dice algo le debes escuchar como si fuera Dios el que te habla”.

Tu marido es un santo que te soporta a pesar de todo. Si algo de él no te parece bien, con quien tienes que hablar es con Dios”.

Echo de menos aquellos tiempos en que los maridos aparecían solamente a la hora justa, preguntando ¿qué hay de comer?”.

Estos contenidos se agravan por la circunstancia de ser una mujer quien lo escribe. Un servidor podría estar escribiendo cosas acerca de estas majaderías reaccionarias “hasta el amanecer”, pero creo que no hace falta; el contenido machista que encierran es bien evidente.

Lamentablemente “el efecto machista” no se queda solo en actitudes, comentarios y escritos más o menos pintorescos o ridículos. El título que he puesto a este breve trabajo, “MACHISMO, GERMEN DE VIOLENCIA”, lo he pensado a conciencia, porque, en efecto, el machismo convierte al hombre en un inmisericorde amo que pretende esclavizar a la mujer, hasta convertirla en un objeto con el que puede hacer lo que le venga en gana, y de aquí a la agresión (incluido el asesinato) cuando ese “objeto” ya no sirve y no se adecúa a sus expectativas hay solo un paso; un paso más tenue de lo que se pudiera pensar. De modo que esos hombres que llevan impreso o internalizado aquello tan terrible de la maté porque era mía, actúan movidos por esa necesidad enfermiza de adueñarse de la mujer en vez de compartir con ella. Quieren ser sus amos, no sus compañeros; quieren vencer, no amar.

Los resultados más alarmantes y dramáticos de todo esto que digo son los que nos traen los medios de comunicación año tras año, cuando hacen el “suma y sigue” de los resultados de la violencia de género (o “violencia doméstica” según lo expresan otros). No hay año en que no haya solo en Euskadi ¡4.000 denuncias por violencia de género! Y en el Estado español cuando menos entre 50-60 asesinatos de mujeres cada año (700 en los diez últimos años, según recientes datos) a manos de sus compañeros o maridos. A esta cifra trágica hay que añadir la de los niños que mueren en este contexto de la llamada violencia de género. Durante 2013 han sido cinco menores las víctimas inocentes de estos bárbaros que, no satisfechos con violentar y agredir a sus compañeras, matan a criaturas en su sádico intento de hacer el mayor daño posible a éstas mujeres ¡y a fe que lo consiguen!

Estos bárbaros malvados son los responsables directos de estos crímenes, siendo castigados con las sanciones que contempla la ley, obviamente. Pero hay otros responsables: existen también responsabilidades políticas e ideológicas en manos de aquellos que ostentan cargos públicos y/o políticos y que proponen (o dejan de proponer) iniciativas que atañen a la igualdad de la mujer en derechos y obligaciones, y que han de mirar con lupa todas aquellas disposiciones (leyes, decretos, reglamentos) que, por acción u omisión, pudieran menoscabar la igualdad de géneros. ¿Por qué aún persisten circunstancias laborales que consienten peor salario para el mismo trabajo cuando se es mujer? ¿Por qué, en pleno siglo XXI, hay sociedades en Euskadi que no permiten la entrada a mujeres?

Podría seguir con más ejemplos discriminatorios, pero ahora deseo mejor tocar “el ejemplo de los ejemplos” y que está de rabiosa actualidad: el Anteproyecto de Ley del Aborto, popularmente conocida como “Ley Gallardón”, que vuelve a tratar a las mujeres como seres inferiores en lo referente a sus derechos básicos y capacidad de decisión. Una ley que, además, impregna de rancia moralina todo el asunto del sexo por aquello de “la que lo hace que pague las consecuencias”.

Me pregunto hasta cuándo estarán los derechos de la mujer pendientes de la moralina de los obispos y determinados gobernantes.

Por fortuna, y dentro de lo que estamos sufriendo con esta crisis, no deja de ser un enorme consuelo comprobar el coraje con que nuestra sociedad está respondiendo a los intentos de retroceder a las cavernas reaccionarias franquistas, aunque de vez en cuando algunos políticos nos sorprendan con actuaciones y declaraciones deplorables de corte machista que ponen la carne de gallina y causan sonrojo: no hace mucho el alcalde de una importante ciudad castellana (creo que era Valladolid) decía de una Ministra de Sanidad lo siguiente: “es una chica preparadísima, hábil y discreta; va repartiendo condones a diestro y siniestro y va a ser la alegría de la huerta. Vamos, que cada vez que veo esa cara y esos morritos pienso lo mismo, pero no lo voy a decir…”¡Ahí queda eso!

No contento con esto, el mismo alcalde decía de Carme Chacón (a la sazón Ministra del Ejército): “es una señorita Pepis vestida de soldado” ¡Toma ya! Pero el alcalde prosigue con más disparates. Vean la joya que exhibe cuando un periodista le pregunta sobre las políticas de igualdad de la mujer: “no creo en las paridades; me parecen paridas” ¡Qué imaginativo, oiga!

Pues si esto es lo que piensan nuestros recios y viriles gobernantes sobre la mujer, andamos listos.

En fin, prefiero pensar en clave optimista y entender que estos zoquetes están en vías de extinción.

¡Que así sea!

Ediciones Atlantis

El dulce adiós, de Iñaki Santamaría Carbajo en Ediciones Atlantis

El dulce adiós, de Iñaki Santamaría Carbajo en Ediciones Atlantis

Era una fría noche, con unas densas nubes cubriendo el cielo, en cuyo oscuro velo brillaba radiante la Luna, jalonada de estrellas. Las bajas temperaturas habían sacudido la ciudad desde las últimas semanas, lo que, unido a la avanzada hora de la noche, hacía que las calles estuvieran, en su gran mayoría, vacías; con las gentes de bien instaladas en el confort de su hogar, abrigándose al calor de la chimenea, mientras sus hijos dormían de forma placida en sus camas.

En una zona indeterminada de la ciudad, ella suspiró, y miró por la ventana: desde el dormitorio en el que estaba, tenía una vista panorámica de toda la ciudad, con sus calles envueltas por la niebla. Una gota cayó contra el cristal, precedida de un relámpago que centelleó en el cielo, donde las densas nubes chocaron con gran estrepito, y la lluvia comenzó a caer en una gran cortina que mojaba hasta el tuétano, martilleaba sobre el acanalado techo de las casas, bajaba por los desagües con gran ruido, y se esparcía por el suelo como un torrente.

La puerta principal se abrió con un fuerte golpe, y él cruzó el umbral. Con la mano que tenía libre, ya que con la otra sujetaba una botella de bebida, de la que echó un trago largo, golpeó varias veces el aire, hasta que acertó por fin con el interruptor, y la luz se encendió.

Cuando sus borrosas pupilas se acostumbraron a la iluminación, caminó tambaleándose hasta la cocina, donde dejó la botella sobre una mesa; aunque en realidad lo hizo a un lado, con lo que se cayó y se rompió en mil pedazos al chocar contra el suelo.

Con la garganta dolorida de pasar toda la noche con sus amigos, con quienes había aprovechado a proferir toda suerte de comentarios despectivos y bromas pesadas sobre su pareja (si bien hay que decir que, por desgracia, no era nada que no hiciera también en público, y sin necesidad de recurrir al alcohol), la llamó varias veces; tratando de no perder el equilibrio mientras lo hacía.

Al no hallar respuesta de ella, profirió varios insultos hacia su persona, se subió las mangas de la camisa con un enfado visible, y cerró los puños con furia. Se giró, con el firme propósito de encontrarla y darle su merecido (ella misma se lo había buscado, como en ocasiones anteriores), y se dirigía hacia la salida de la cocina, cuando algo hizo que se detuviera.

Sobre la mesa, en lugar de la botella de bebida que, creía, había dejado, había ahora una hoja de papel, escrita con caligrafía fina y estilizada, pero de trazo firme. Guardando el precario equilibrio que a duras penas lograba mantener, la cogió, y empezó a leerla.

Cuando hubo acabado, su rostro estaba rojo de furia. La mano que sujetaba la hoja comenzó a arrugarla. Su respiración se aceleró, los latidos de su corazón se dispararon. Sintió la hoja de papel hecha ya una bola en su mano, y la miró de reojo. Pues no se había atrevido a decirle que le iba a dejar. Negó con la cabeza, contrariado. Ya sabía él que el que ella ganara más dinero que él no podía traer nada bueno. Pues se iba a enterar cuando volviera. Le haría entrar en razón. Y si no cambiaba de idea, se tendría que atener a las consecuencias. Ella solita se lo había buscado. ¿Qué se había creído?

Tan enfadado estaba que ni se había percatado del olor a gas que llenaba toda la cocina.

Ella seguía con la vista perdida en el horizonte, viendo las gotas de lluvia cayendo sobre el cristal de la ventana, pudiendo ver su respiración en forma de vaho cada vez que suspiraba.

De pronto, giró la cabeza, sobresaltada. Un ruido se había colado a través de la puerta entreabierta del dormitorio. Su corazón se disparó cuando oyó cómo unos pasos iban subiendo por la escalera. Todo su porte se tensó: los pasos sonaban cada vez más cerca. Habían terminado ya de subir los escalones, y ahora iban por el pasillo.

Ella centró toda su atención en la puerta del dormitorio, con el corazón latiendo con fuerza en la garganta. Los pasos avanzaban por el pasillo, y ahora estaban ya llegando al dormitorio. En unos pocos segundos, una mano se posó sobre la puerta, y, con un leve empujón, la abrió del todo.

El rostro de ella cambió por completo su expresión cuando vio al hombre que acababa de entrar en la habitación, y una radiante sonrisa, que podía haber iluminado a toda la ciudad, se le dibujó nada más verle. Mientras se limitaba a mirarla, apoyada en el umbral de la puerta, ella fue hacia allí, con sus ojos brillando de felicidad, y le dio un fuerte abrazo, seguido de un beso en la mejilla. Mientras apoyaba su cabeza en el hombro que tenía ante ella, húmedo aún por la lluvia del exterior, notó una mano que le acariciaba el pelo con ternura.

Sintió unos labios que se acercaban a su oído, y que le susurraban que todo había acabado ya. Ella ni se movió; se limitó a seguir allí, entre sus brazos, y a cerrar los ojos. Una lágrima esta vez de sincera alegría, la primera en mucho tiempo, se le escapó, le recorrió la mejilla, y cayó al suelo.

Fuera, los relámpagos seguían centelleando, con su resplandor perfilando la silueta de los dos, unidos en uno solo.

A la mañana siguiente, seguía lloviendo sobre la ciudad. Un fino velo de neblina matutina se deslizaba como un silencioso fantasma, envolviendo la calle, aparecía acordonadayllena de coches de policía. Los agentes trataban de mantener alejados a los curiosos que se agolpaban tras el cordón policial.

La puerta de la entrada se abrió, y dos agentes salieron llevando una camilla que transportaba una bolsa de plástico negro, que ocultaban un cuerpo hinchado por el gas, y con una mueca grotesca en su rostro inerte.

Mientras los agentes subían la camilla a la ambulancia aparcada en un lateral, el detective encargado de investigar aquella muerte salía de la casa, y parpadeaba mirando hacia el cielo gris que se extendía sobre su cabeza. Aquello parecía claro: una botella de bebida rota en el suelo, un fuerte olor a gas en la cocina… Ya en su mente estaba redactando el informe: el sujeto había llegado borracho a la noche, había intentado hacerse la cena, o el desayuno, pero el alcohol ganó la batalla, dejándole inconsciente, y el gas fue llenando poco a poco los pulmones. Muerte accidental, y caso cerrado.

Se abrochó la gabardina, y comenzó a caminar hacia donde tenía aparcado el coche, andando despacio bajo la lluvia, sintiendo las pesadas gotas martilleando sobre su cabeza y sus hombros. Pasó por debajo del cordón policial, y, tras una breve caminata, se detuvo al lado de su coche.

Antes de abrir la puerta para montar en su vehículo, observó dos siluetas paradas ante él. Sus ojos dirigieron su atención hacia ella, que le miraba con gran fijeza. Miró de reojo a su acompañante, reconociendo a un buen amigo suyo.

El detective se limitó a asentir con la cabeza. La mujer suspiró, aliviada, y, ante su mirada sorprendida, el detective extendió el brazo, y le entregó una hoja de papel arrugada, que había sacado del interior de uno de los bolsillos de su gabardina.

Ella se quedó mirando el papel unos segundos, hasta que por fin entendió, y lo guardó el su bolso. Luego, le dio al detective un abrazo de sincera gratitud, y, cuando su acompañante, se hubo despedido con un fuerte apretón de manos, le cogió de la mano, y ambos se alejaron.

Solo ahora, el detective no pudo evitar esbozar una sonrisa al verles a los dos caminando de la mano. Al fin y al cabo, gente como la que acababan de sacar en la bolsa negra sobra en el mundo. Nadie le echaría de menos. Se encogió de hombros, subió al coche, y, tras arrancar, se marchó de allí.

En la distancia, los relámpagos centelleaban con fuerza.

61Bra4XWXPL._SX352_BO1,204,203,200_

Ediciones Atlantis 

“LIBERADAS”, de Diego Galán Ruiz, para Antología “Golpe a la Violencia de Género” publicada por Ediciones Atlantis

“LIBERADAS”, de Diego Galán Ruiz, para Antología “Golpe a la Violencia de Género” publicada por Ediciones Atlantis

Diego Galán Ruiz colabora con Ediciones Atlantis en Antología “Golpe a la Violencia de Género” publicada por Ediciones Atlantis. Este relato es tremendo, tan real que casi se podría decir que no es ficción. Gracias a Diego Galán Ruiz por tan estupenda aportación a la sociedad.

LIBERADAS

Diego Galán Ruiz

Mientras consolaba a mi madre eché la vista atrás, quizás aunque sea muy duro decirlo la muerte de mi padre era lo mejor que nos podía haber pasado. Mi pobre madre había sido siempre una sumisa ama de casa a las órdenes de su marido, un déspota que al llegar del trabajo se creía el dueño y señor del castillo. Todo era poco para él ,mi pobre madre se desvivía y no recibía más que reprimendas como premio a su buen hacer.

Mis dos hermanas y yo, que era la menor, éramos tres esclavas más a su servicio y al de mi hermano mayor. Éste no daba palo al agua y se comportaba como el segundo de abordo solo superado por mi padre. Esta situación se repitió para mí a lo largo de más de 20 años hasta que pude ser liberada al casarme, pudiendo huir de ese infierno. Antes que yo, mis dos hermanas no habían podido aguantar más escapándose de casa, mi madre en cambio aún tuvo que soportar 16 años mas al “dictador” y “solo” 12 a su “querido hijo”. Mi hermano, con el cual he roto todo contacto, se dedica ahora a hacer la vida imposible como su “maestro” le enseñara a su pobre mujer, que es un calco de mi madre o quizás más sumisa si cabe. Es padre de dos niños a los cuales está instruyendo con las enseñanzas de su abuelo, para que la tradición familiar de que los hijos varones sean los dueños y señores con dominio total sobre cualquier mujer que se les cruce por su camino no se pierda, usando cualquier método de disuasión, si no dejan que las dominen, llegando al maltrato tanto psíquico como físico.

Mis hermanas finalmente viven felices al lado de sus actuales maridos, han tenido tanta suerte como yo y han encontrado unos hombres totalmente diferentes a mi padre y a mi hermano. Cuando se fueron rompieron todo contacto con el “dictador”, intentaron sin éxito poder ver a mi madre pero esta no quiso verlas, su “querido marido” se sentía ofendido por su huida y para ella faltarle el respeto era gravísimo. Según mi madre él se desvivía por su familia y sus hijas no lo valorábamos, mis hermanas dejaron de hablar también con ella y ahora solo mantienen contacto conmigo. Decidieron no tener hijos, tenían pánico a que en caso de tener hijos varones pudieran tener los genes de su abuelo. Yo les dije que era una gran tontería, Los genes no tenían influencia alguna sobre la manera como se comportarían con las mujeres, pero no me escucharon a pesar de haber conocido a dos hombres buenos como eran sus maridos. Las malas experiencias vividas les acompañarían toda su vida. No podían olvidar, al contrario que me pasara a mi. Ellas aún no habían podido liberarse y quizás nunca lo consiguieran.

En el tema de los hijos era una gran pena ver cómo desperdiciaban la experiencia de crear una nueva vida. Yo no podía tener hijos y era una gran desgracia para mí, lo deseaba con toda mi alma. Poder enseñar a mis hijos fuera del sexo que fueran, el valor de la igualdad entre los dos sexos, me hubiera llenado como nada podía llenarme.

Yo tampoco he olvidado mis malas experiencias y no tengo por qué hacerlo. Olvidar no te hace más feliz. No puedo borrar de un plumazo parte de mi vida, me guste o no. No se debe permitir que esa parte desagradable te persiga el resto de ella. De un modo distinto, pero de igual manera, tanto a mi hermano como a mi hermana, las experiencias pasadas los han influenciado en su vida. Mis hermanas no lo han superado y mi hermano no tiene vida propia. Se comporta como su padre y su vida es la de su padre, es una lástima y una gran pena.

Al “bueno” de mi padre se lo llevó finalmente el demonio anteayer. Hoy yo y mi madre y nadie más le damos sepultura, ningún miembro de la familia, ni tan siquiera mis hermanas y mi hermano, se han dignado a venir. Ya tenía asumido que mis hermanas no vendrían, lo de mi hermano me sorprendió en un principio pero realmente es bastante lógico. En el fondo odiaba a mi padre por haberle convertido en el monstruo que es ahora, estoy convencida de que se odia a sí mismo por ser como es y esta frustración la paga su pobre mujer y por desgracia sus hijos. Si nada lo remedia seguirán su mismo camino.

Vamos madre, deberíamos irnos, aquí ya no hacemos nada – le dije a mi pobre madre que no paraba de llorar y se resistía a irse.

Tu pobre padre tanto que nos quería y se ha ido –dijo mi madre que a pesar de todo nunca tuvo reproche alguno y siempre quiso con locura a mi padre. Ella desde pequeña había sido instruida en la obediencia plena al varón. En su época era lo lógico, no conoció nada más y para ella mi padre obraba como debía hacerlo, nunca tuvo conciencia alguna de ser maltratada y yo doy fe de que sí lo fue.

Como pude la convencí y junto a mi marido Juan, una buenísima persona que hizo que cambiara a bien mi opinión sobre los hombres, la acompañamos hasta al coche para llevarla a mi casa, donde a partir de ahora ella viviría. Mi madre entró en el coche con la cara desencajada, no podía dejar de pensar que su gran amor había muerto y ya nunca más volvería a verle, nunca más volvería a gritarle, nunca más volvería a golpearla ni a humillarla. Lo que había vivido con él no se volvería a repetir más y para ella era algo horrible. A mí me costaba mucho poder entenderla, ¿como podía echar en falta esta horrible vida?. Supuse que para ella nunca fue horrible, siempre se sintió feliz y agradecida por los reproches y golpes de mi padre. Ella decía que eran necesarios para poder darse cuenta de sus errores. Mi pobre madre sufría el síndrome de Estocolmo, sentía gran amor y admiración por su maltrarador,que casi llego a ser su verdugo. Solo Dios evitó en más de una ocasión su muerte, pero ni estando a punto de morir tuvo reproche alguno y siguió sirviendo a su amo y señor con todas sus fuerzas.

Por el camino recordé la primera vez que vi a mi padre golpear a mi madre y cómo esta lloraba, no de dolor si no de frustración por haber hecho enfadar a mi padre. Yo era muy pequeña y no comprendía bien qué estaba pasando. Mis hermanas ya mayores, al reclamarle, obtuvieron como respuesta dos bofetadas cada una. Mi hermano, mientras, observaba la escena con una media sonrisa burlona. Era el fiel reflejo de mi padre, una persona malvada. Aún así yo sabía que sufría una lucha interna. Las enseñanzas de mi padre eran bien claras: las mujeres eran inferiores y los hombres tenían derecho a hacer lo que desearan con ellas. Aún así quería a mi madre y en otras ocasiones pude ver cómo por un momento estuvo tentado a reprochar a mi padre sus maltratos y continuas vejaciones que mi madre sufría, pero no llego a atreverse. Más que admirar a mi padre le tenía miedo, autentico pánico. Estas imágenes me llevaron a pensar que todos los hombres eran malas personas. Mi opinión no cambió en absoluto hasta que conocí a Juan. Los únicos hombres que conocía aparte de mi padre y mi hermano, eran los amigos de ambos que se comportaban de igual manera. Por suerte mi marido era todo lo contrario, muy respetuoso y cortés, para nada machista. Su padre, una bellísima persona, en su juventud fue el hazmerreir de sus amigos. Le llamaban calzonazos por el simple motivo de tratar bien a su mujer. Él nunca les hizo caso. Mi marido tuvo mucha suerte de tener tan buen ejemplo, algo muy difícil en esa época, la de mi padre, donde las mujeres sufrieron y mucho por culpa de sus maridos.

Distraída en mis pensamientos llegamos a mi casa.

Bueno ya hemos llegado. Este será a partir de ahora su nuevo hogar, señora María –le dijo mi marido a mi madre mientras la ayudaba a bajar del coche.

Mi madre con cara de circunstancia bajó de él y se agarró a mi brazo. Juntas entramos en casa y subimos las escaleras camino de su habitación. Mientras subíamos la miraba. Ella seguía cabizbaja y no tenia porqué.

Hacía 20 años yo había subido esas mismas escaleras junto a mi marido y me sentí liberada. Ahora ella, aunque no lo sabía, también acababa de liberarse. Por fin mi madre era libre y yo con ella.

“LA VIDA SE ME VA”, de Marcos Vergara Martínez, en Antología “Golpe a la Violencia de Género” (Cataluña) publicada por Ediciones Atlantis

“LA VIDA SE ME VA”, de Marcos Vergara Martínez, en Antología “Golpe a la Violencia de Género” (Cataluña) publicada por Ediciones Atlantis

El escritor Marcos Vergara Martínez contribuye con “La vida se me va” a la  Antología “Golpe a la Violencia de Género” (Cataluña) publicada por Ediciones Atlantis. Esta editorial entrega a la sociedad el granito de arena para luchas contra la Violencia de Género, una de las más odiosas lacras que asolan al país.

La confianza en Ediciones Atlantis de Marcos Vergara Martínez fue clave en invitar a participar en la Antología. Un escritor “Atlantes” es de fiar, ya que cumple su contrato doblemente con la editorial y con la sociedad. Escribió “La espiral del tiempo” con Ediciones Atlantis.

LA VIDA SE ME VA

Marcos Vergara Martínez

Ahora recuerdo el día que te conocí, había tanto amor que el mundo empequeñecía en una prístina luz blanca. Tu forma de expresarte, la cercanía de tus palabras, la sencillez y la naturalidad de tus movimientos acompasados… Y tu mirada, recuerdo como me mirabas, había tanto amor que el mundo empequeñecía en un minúsculo punto de luz, pleno de dicha y todo desaparecía a nuestro alrededor, o tal vez sólo al mío. Mis pensamientos cabalgaban desbocados por un mundo imaginario, un mundo ideal lleno de amor y pureza. Y supe en ese momento que serías para mí, que me pertenecerías para siempre jamás.

Mi gran error fue querer conservar aquel momento para la eternidad y tener más de ello a cada instante, a cada segundo… Que el tiempo se detuviera una y otra vez.

Tal vez, si no hubiera accedido tan rápidamente, ahora no me vería aquí tendida rodeada de sangre y llena de moratones por todos los recovecos de mi cuerpo.

Fui presa fácil, me entregué a ti embelesada por tus encantos, por tu disponibilidad, por tus miradas furtivas, por tus celestes ojos que penetraron hasta el fondo de mi ser, desgarrando mi pena, haciendo desaparecer mis miedos internos y mis relaciones pasadas. Mi madre ya me lo decía, hazte querer pero entrando en el juego del amor, sin prisas, rechazando la primera propuesta, alargando las miradas hasta la eternidad y sin cerrar las puertas al amor, siempre me decía que no cerrara ninguna puerta que me pudiera crear sufrimiento. Accede a todo creando suspense, creando ilusión y manteniendo la llama de la pasión.

Ilusa de mí, me entregué a ti como la polilla va hacia la luz, hacia una muerte segura, quedando atrapada en tu maldita aura envolvente, sin retorno, sin capacidad para reaccionar… Te idolatré formando un altar hacia tu ser, adornándolo con bellos sentimientos de amor y ternura, una oda a la divinidad.

Ingenua de mí, me entregué como un libro abierto, renunciando a mis ideas, a mi forma de pensar… Y todo por un sueño, por acariciar la eternidad entre tus brazos, por sentirme protegida…

Tu melena al viento me impactó, el caracoleo de tus rubios rizos flotando en el espacio, a cada paso revoloteaban dibujando una aurora boreal.

Ese momento perdurará para siempre en mi retina, me acompañará hasta el fin de los días, en este y en los próximos nacimientos. Y sí, pensarás que soy tonta, que tropezaré eternamente con la misma piedra. Aunque qué es la vida sino amor, amor hacia los demás, hacia uno y hacia la divinidad, unidad entre el universo y lo que está en su interior, que somos nosotros. Todos: animales, plantas, piedras… Incluso el pensamiento forma parte de ese absoluto supremo.

Y te preguntarás cómo sé esto, pues sintiendo amor. Cuando pienso en ti no importa nada, el mundo entero desaparece, se desvanece y me siento viva, ya no hay pesar porque lo suelto todo, mi ser se nutre de ese amor; se me pasan las horas, los días, los meses acariciando tu ser y se repite a cada instante. En mi mente ya no existe el tiempo ni el espacio, simplemente soy amor, me fundo y me reconozco en esta dicha y no lamento haberme entregado a ti. Ahora sé que lo volvería a hacer sin reparo alguno, aceptando las consecuencias.

Mi cuerpo está sufriendo, lleno de golpes, la vista se me nubla buscándote en mi interior, te llamo mentalmente para que vengas a rescatarme, para que me acompañes en este viaje sin retorno hacia el más allá y quiero retenerte, quiero que me perdones por no escucharte, por abandonarte cuando más me necesitabas. No supe leer entre palabras, entre suspiros, entre jadeos interminables, tu pena. Un Dios no sufre porque es perfecto, y tú lo eras, por lo menos en mi corazón, y cuando más me necesitabas te fallé. Sólo querías un poco de mi amor, con un poco te hubiera bastado, no supe estar a la altura, mi ego nubló mis sentidos. Me habías saciado y no supe corresponderte. Te habías convertido en mi peón y ya no servías para mi propósito. Me lo diste todo, absolutamente todo, contigo toqué el cielo y ahora acaricio las llamas del infierno en este charco de sangre que me lleva hacia el más allá…

Me refugié en este maldito hombre que no ha parado de maltratarme hasta este mismo momento, en que la vida se me va. Se dejó querer, engatusándome en mi fragilidad, recordando inconscientemente mi imagen paterna. Ahora soy consciente de ese abuso emocional proporcionado por mi padre, el maltrato hacia mi ser… Maldita sea, el patrón no deja de repetirse, al final buscamos fuera el mismo modelo que piensas que te ha querido, que te ha amado. Porque al fin y al cabo, no deja de ser tu padre. Te odio y te amo a la vez, padre. Maldito seas… Que vida tan perra, tan mísera. Busqué en este canalla el amor, el reconocimiento, mi verdadera identidad personal… Necesitaba no fracasar una y otra vez. ¿Cómo romper mi relación sin haberlo intentado por lo menos una vez más? Quizá no supe poner lo mejor de mi parte. Y él se aprovechó, y tanto que se aprovechó. De tanto en tanto accedía a lo que le pedía, con la esperanza de que todo fuera a cambiar, de que todo iría bien y eso no iba a ocurrir jamás. Una y otra vez volvía el abuso, el maltrato… físico y emocional…

No me lo quito de la cabeza, te tuve ahí para siempre y te perdí. Que grande ha sido mi mal, ahora soy consciente del daño que te hice al abandonarte, como a un perro viejo… Y te sigo llamando, para poder verte por última vez, para sentir tus caricias, para darte el beso que te negué, para irme en paz. Necesito de ti, que seas lo último que vean mis ojos.

Me voy y no apareces, qué será de ti…

***

Aquí estoy, después de tantos años separados, sin dejar de pensar en ti. Una extraña sensación invade mis pensamientos. Me abandonaste cruelmente por otra persona que no te convenía y durante estos años has sufrido su mal humor, su chantaje emocional y algún que otro golpe. A veces creo que te fallé, aunque tuve que desapegarme para darme cuenta de todo el daño que te había hecho. Y ahora este cosquilleo en el estómago me dice que algo no va bien, no paro de escuchar tu voz en la lejanía y recuerdo cuando viniste a mí como por arte de magia, llenando mi vacío interior, dibujando un mundo ideal repleto de bellos matices. Me entregué a ti con alegría, con todo mi amor, sin crear expectativas innecesarias. Yo sólo quería amarte, mimarte, mecerte en la cuna del cariño, sentirte a cada momento y viajar a tu lado por un camino de dicha y plenitud.

Siempre me pregunté qué salió mal, te lo di todo, te entregué mi alma a cambio de tenerte siempre cerca, para sentirme amado, y al principio lo conseguí. Estabas tan enamorada que me sentía dichoso por poder complacer a alguien así, de esa manera. Estabas llena de vida irradiando felicidad por doquier, hasta tus amigas te lo decían: “Has encontrado al hombre ideal”. Y algo rompió ese hechizo, ese encanto del momento. Tal vez fui yo con mi inseguridad, con mi miedo a perderte. Recuerdo tus miradas, profundas y amorosas, pasábamos tardes enteras mirándonos a los ojos, atravesando nuestra esencia más profunda y fundiendo nuestras almas en pura conciencia cósmica. Tus caricias traspasaban mi ser inundando de gozo cada parte de mi cuerpo, cada poro de mi piel…

Y cuando estaba contigo el mundo desaparecía, no importaba nada, como cuando era niño que veía las nubes pasar imaginando un mundo celestial de paz y armonía.

Creo que ese fue mi error. Toda mi vida giraba en torno a ti, me entregué abandonándome por completo. Ahora lo entiendo todo, la frescura que te encandiló desapareció con mi dependencia hacia tu persona. Cada uno es como es y tiene que serlo siempre, evolucionando, adaptándose a las adversidades y fluyendo como el curso de un rio dirigiéndose hacia el mar. Y me equivoqué, claro que me equivoqué. Sólo puedo pedir tu perdón y escuchar a mi corazón, sentir y dejarte libre.

Esta sensación de pérdida me está matando, siento tu llamada y permanezco inmóvil, incapaz de mover un solo dedo. Cojo el móvil para llamarte y se me van las fuerzas, lo apago… Permanezco absorto con la mirada en el infinito, mis ojos llorosos confunden las imágenes que van y vienen a una velocidad vertiginosa, detengo mis pensamientos y fluyo hacia mi interior. Tu llamada me golpea repetidamente, no sé qué hacer, quiero gritar, deseo salir corriendo y el miedo me paraliza, no quiero equivocarme otra vez. Debería hacer lo que siento presentarme ante tu puerta y decirte que te echo de menos, que te amo y que te he amado desde que te conocí hasta el día de hoy con locura.

Algo en mi corazón me dice que te vas, que se te acaba el tiempo y salgo corriendo en tu busca. Bajo las escaleras de tres en tres, golpeando a la vecina que sube cargada con la compra, todo se esparrama por el suelo, me disculpo y sigo corriendo sin parar. Ya nada me detiene porque voy a decirte lo que ha estado retenido en mi mente durante estos últimos años. Aunque presiento que algo va mal, muy mal. Ya no escucho tu llamada. ¡No te vayas ahora que podemos ser felices, ahora que podemos contemplar un nuevo amanecer! ¡Respóndeme, mi vida!

Llego a tu portal y sin saber cómo, me encuentro delante de tu piso. La puerta entreabierta me dice que he llegado tarde. Aparece tu cuerpo tendido en el comedor, rodeado de sangre y me dirijo hacia él con lágrimas en los ojos, me agacho para ver si respiras y…

***

Todo empezó aquella noche que bebiste más de lo normal. Tus suaves palabras se envenenaron profundamente para humillarme sin piedad, tratándome como a una cualquiera, sin respeto alguno hacia mi ser. Recuerdo el dolor que sentí cuando me arrastrabas por la habitación estirando de mi melena, las lágrimas se derramaban por mis mejillas llenas de rabia, llenas de impotencia… Y sucumbí a mi debilidad, te di, inconscientemente, todo el poder para que me manejaras a tu antojo. ¡Qué bien te fue canalla!

Te llegué a querer, a amarte incondicionalmente sin saber porqué, pero lo hice. Ahora me arrepiento de no escuchar a mi corazón y de no salir corriendo en busca de mi verdadero amor, aquel que un día tuve entre mis brazos, aquel que besé con toda pasión, aquel que todavía amo y que no sé porqué le he negado mi amor…

Camino por el pasillo con pesar, mi cabeza embotada no para de martillearme lentamente, sigilosamente me recuerda todos aquellos momentos de ignorancia en los que sufría, en los que buscaba un refugio para calmar mi alma. La puerta de entrada se abre y aparece el borracho de turno. ¡Otra vez no, por favor, ya estoy harta!

Vienes hacia mí intentando besarme, me manoseas y te esquivo como puedo. Te tambaleas y caes redondo al suelo. Tus ojos brillan con maldad, tu mirada está poseída. Con una mano atrapas mi pierna, lanzo una patada y consigo huir por el momento. Te echas encima desgarrándome el vestido, intento gritar y me tapas la boca con la mano. Me tienes atrapada. Golpeo tu espalda con furia y con las uñas desgarro toda tu piel. La sangre brota ligeramente y muerdo un hombro. Tus manos no paran de golpearme, ya no siento nada, me dejo llevar… Por mi mente pasan pensamientos nefastos y de rabia, veo la oscuridad y pierdo el sentido.

Pasa el tiempo y despierto rodeada de mi propia sangre, siento un dolor profundo en mis entrañas y sólo me queda recordar, recordar momentos de luz, momentos de dicha y de amor. Tu imagen aparece rodeada de un aura celestial, quiero atraparte, quiero retener tu sonrisa, tu mirada… Te llamo mentalmente para que vengas a rescatarme y siento como la vida se me va, sólo deseo verte una vez más para marchar tranquila, en paz. Ya no siento miedo, ni odio, ni rencor, ya está todo hecho…

La puerta se abre y te veo entrar, corres hacia mi cuerpo tendido y, desde lo alto de la habitación, contemplo la última escena de esta vida. Observo a mi amado por última vez y doy las gracias por este momento. Te estaré esperando allí hacia donde me dirija.

La mirada se me nubla y todo a mi alrededor desaparece lentamente. ¡Por favor, mírame por última vez, mi amor!

La luz se apaga, la oscuridad me atrapa y en el último suspiro observo como miras hacia arriba buscándome…

Portada Cataluña Violencia de género_media