“Barcelona Joyce”, de Prudencio Salces, en Ediciones Atlantis

“Barcelona Joyce”, de Prudencio Salces, en Ediciones Atlantis

Éste es el inicio de esta obra…

Lo ha llamado su hermana Blanca Remedios, la que tiene los ojos de nube derramada, para felicitarlo en su treinta y tres cumpleaños. Nunca se olvida la más pequeña de sus hermanas de llamarlo los días más significados de su vida. ¿Qué vas a hacer esta tarde? Él titubea ante la pregunta y no dice nada concreto sobre la historia de Barcelona Joyce que tiene sobre la mesa. ¿Quieres venirte a cenar con nosotros? El plural nosotros le retiene en el no más explícito porque ahí entra su cuñado Henry, un triunfador desde joven que mira con desdén la vida desperdiciada de Joao Silvestre, pero no quiere ser hiriente, no pretende desagradecerle a su hermana lo que él sabe que significa más que una cortesía. Quisiera celebrarlo junto a él. De modo que se disculpa, se ensimisma, estaba almorzando y no termina la comida. El estómago también suele ser muy sensible al recibir emociones contrariadas, pues a fin de cuentas no es más que un músculo, como el corazón. La llamada le ha producido esa felicidad desmochada que suele alterar el mal logrado ritmo de un día cualquiera, por hermoso que sea el mes de abril cuando se cumplen treinta y tres años sin arreglo a la vista. Tenía olvidado el hecho onomástico y la recordación de Blanca Remedios fue detonante para la dicha, pero después… Intenta leer y dormir un rato. No se concentra ni concilia el sueño, piensa en su hermana Blanca Remedios, la que tiene los ojos de nube derramada, tan sensible mujer que nunca olvida un detalle. ¿Por qué las mujeres sensibles se casan con hombres soberbios? ¿Debiera guardar también las distancias con ella a consecuencia de que Henry y él son enemigos declarados? Eso nunca, le dice su voz interior. ¿Cómo vas a desdeñarla por culpa de su esposo? Joao sabe que el matrimonio está pasando por una situación que su hermana no le aclara del todo pero que la hace sufrir. Prefiere no verse entre dos aguas, menos si cabe tratándose del que lo mira por encima del hombro. Él tiene derecho a que respeten su vida de perdedor solitario. Blanca Remedios sí lo respeta y lo considera. Por las hondas vivencias compartidas entre ambos, nunca dejarán de ser mucho más que hermanos: amigos íntimos que se quieren. Aún le quedan otras tres hermanas más, tres hermanas que siguen queriéndolo igual, por las que él siente ese amor reverencial que los adultos descubren en su espíritu y profesan a las personas mayores que se lo merecen, aunque no se tenga con ellas una relación continua, pero sí afectiva, duradera. La madre ya murió. Blanca Remedios ha sido siempre su hermana más próxima en todas las pulsiones de su vida. Cuando murió su esposa, apenas un año después de casados, ella lo asistió en todo, no se retiró un solo momento de su lado. La lloró como a una hermana pequeña, como si la difunta hubiese sido él, su hermanito Joao. Desde hace unos meses, sin embargo, le cuenta que tiene problemas con su esposo, problemas que no le ha pormenorizado, pese a la extrema confianza que entre los dos existe, pero que le producen un malestar profundo. Eso es todo lo que le ha dado a saber. Él la quiere mucho y conoce sus problemas vitales, pero no sabe con exactitud los que le ocasione el arrogante Henry.

La familia Bolívar se reúne al completo todas las noches de fin de año. Las cuatro hermanas con sus familias, y lo hacen en la casa de Georgina de Luna, la mayor, y su esposo Thomas. Durante la cena del último año, hace tan solo unos meses, además de insolente con mi amigo Joao, Henry estuvo muy agresivo con Cyprian Ekwensi, el marido de Presentación Adelaida. Cyprian Ekwensi es de Mali y desde la caída de la torres gemelas de Nueva York Henry lo desdeña como si de un asunto personal se tratase. A Cyprian lo enviaron a Europa durante unos juegos olímpicos para ganar medallas corriendo en las pistas de largo recorrido. Era un buen atleta pero decidió no volver a su país y cuando se casó con Presentación Adelaida, la que siempre sonríe en alto, montaron un gimnasio particular donde los que quieren tener su cuerpo elegante y musculoso, y las personas que han de hacer ejercicios de rehabilitación médica, son atendidos graciosamente por estas dos personas exóticas y comunicativas.

La solución del terrorismo habrá que abordarla un día desde la perspectiva filosófica y política en la que las razas y religiones extranjeras se adecuen a nuestra cultura o se les ponga a cada uno en su país —decía Henry engolando la voz e inflando el pecho mientras lanzaba miradas desaprensivas sobre su concuñado musulmán.

Presentación Adelaida, la que siempre sonríe en alto, sale en defensa de su esposo con su particular alegría despechada:

Mira tú el sabueso este de los banqueros, que no sabe controlar la úlcera de su mediocridad, y quiere en-mendar el mundo matando moscas.

¡Qué descerebrado estás tú hoy, Henry! Ni que fueses secretario de aquel rey español, Felipe, ¿no se llamaba así?, que desalojó el país de moriscos y judíos. ¿Y cuál sería entonces nuestra religión, la de Thomas o la tuya? —le respondió con no menos guasa e intención de ridiculizarlo Gertrudis, la de acerado temple. Thomas, el esposo de Georgina de Luna, es alemán y protestante, un abogado que profesa la equidistancia con los asuntos de la familia y la mesura en sus creencias, dijo que:

Una idea tan descabellada, afortunadamente, solo hay un modo seguro de exponerla, y es en una reunión como esta, en la que todo el que te oiga dirá para sí que no sabe de lo que hablas. Por lo que no saldrá de este círculo ni te perjudicará en nada. ¿Puedes estar tranquilo y continuar con tus barrabasadas, querido Henry?

Cyprian no quiso darse por aludido ante una opinión de radicales consecuencias y se limitó a hacerle un aspa-viento con la mano a Henry. Es un hombre de los que llamamos apolítico y comprende que ese terreno mientras más lo aleje de su órbita personal más tranquilo vive su corazón; así es Cyprian Ekwensi, el antiguo corredor de fondo.

¿No está tu marido esta noche más antipático que nunca? —le preguntó Joao Silvestre a Blanca Remedios en un momento que se encontraron a solas en la cocina.

Es que lo tengo puesto entre su podredumbre y la pared y no se soporta. Quiero volver a ser madre y él se opone tajantemente tras decir eso, ella encajó la puerta y lo encaró con la sonrisa cómplice que él le conoce bien—. Así que igual tendré que pedírtelo a ti le besó la mejilla con los labios abiertos, humedecidos, y lo miró con hondura provocativa.

Él pronunció, conteniendo la voz, el diminutivo de su nombre…

La historia continúa

“Bula de difuntos”, de Juan Ignacio Villarías, en Ediciones Atlantis

“Bula de difuntos”, de Juan Ignacio Villarías, en Ediciones Atlantis

Aquí comienza la historia…

El encomenzamiento

No lleva ni un mes instalado Juvenal Acebedo en su nueva casa, más que casa, a saber qué nombre común habrá que aplicar al espacio que queda comprendido entre los cuatro muros exteriores y que le sirve de morada. La palabra más extendida y vulgar, casa, se le queda corta para sus pretensiones, y mucho más si se tiene en cuenta su etimología latina, pues en aquel idioma, en buena o en mala hora desaparecido, casa significaba choza o cosa por el estilo, nada que ver con el caso presente. Mansión ya está algo mejor, si bien esa palabra no necesariamente incluye la significación de fastuosa. O sí, que con estos nuevos académicos de la lengua, ya ni se sabe. Morada es el lugar donde se mora, lo cual al fin y al cabo nada viene a poner en claro. Palacio en cambio resultaría demasiado, tampoco es para tanto. Palacio es el del rey, y también el de otros destacados personajes, mucho más de cualquier forma que el caso presente. Quinta llaman a una casa de recreo en el campo, o quintana, que viene a ser lo mismo, a ésta no hay más que verla para darse cuenta de que tampoco es el caso. Lo mismo se podría decir de una villa, igual definición más o menos, o de una torre, como suelen llamar en esta comarca a las casas independientes y aisladas aun cuando no sean más altas que anchas. Habitación es lugar en que se habita; residencia, allí donde se reside, si bien este último término incluye la acepción de casa grande y suntuosa, lo cual sí sería de aplicación al caso. Casa solariega sería si hubiera pertenecido a sus antepasados, mas lo cierto es que se trata de una propiedad de reciente adquisición. Palacete tiene su nuevo propietario entendido que lo llamaban propios y extraños, y no le parece inadecuada tal denominación, aun cuando ese sustantivo se aplica con propiedad a casas de recreo, y no a las que sirven de residencia habitual como es el caso al menos a partir de ahora. Al cabo, aun ante tan amplia sinonimia, o precisamente por esa causa, no acierta a dar su dueño actual con la denominación que con exactitud le cuadre a esta su casa presente, de donde se infiere que la abundancia de sinónimos, en vez de constituir riqueza léxica, a veces degenera en todo lo contrario, pobreza e imprecisión. Casa es como la llamaría cualquiera, el nombre más vulgar o más sencillo. ¿La sencillez es vulgar, o es que la vulgaridad es sencilla? A cualquiera que se lo pregunten dirá que ni una cosa ni otra, pero Juvenal no se muestra del todo conforme con las corrientes estéticas de la actualidad.

En tales casos, acierta a cavilar al fin, a una de estas casas tan espléndidas se le suele poner un nombre propio, generalmente femenino, Villa Fulanita, si bien no siempre. Cuando se case, algún día, puestos en la contingencia, ya se considerará la posibilidad de nominarla de conveniente manera, adecuada a las situaciones contingentes en lo por venir.

Las circunstancias tocantes a la vida y milagros de los antiguos propietarios ha preferido él ignorarlas adrede, allá películas. A saber qué habrá pensado a ese mismo respecto, será que se quiere hacer la ilusión de haber sido el primer y único propietario y residente del palacete, vamos a llamarle así, y si no se conoce residente anterior, es como si no le hubiera habido nunca, pues lo acontecido en un lugar antes de que uno llegue y se acomode en ese mismo lugar, es como si no hubiera pasado, sobre todo si no se sabe lo que pasó.

Así que, cuando acudió al agente de la propiedad inmobiliaria, o éste a él, no preguntó nada Juvenal acerca de lo que saber no le interesaba, sino que tan sólo atendió a lo tocante a las características de la finca urbana en venta, a su situación, metros cuadrados habitables, estado de conservación del edificio, y, lo que es más importante, el precio, tan favorable para el comprador que hasta llegó a entrar en recelo. ¿Por este precio esta magnífica casa, poco menos que un palacio? Pero a tocateja, eso sí, y sin dilaciones, o lo tomas ya, o lo dejas para siempre, así mismo se lo vinieron a proponer, pues por lo visto no era él el único que aspiraba a devenir en propietario de tan excelente mansión, o por lo menos eso es lo que le quisieron dar a entender, no se sabe si con buen fundamento, o tan sólo por tratar de forzar la situación, tal como suelen hacer algunos vendedores ladinos. De lo contrario, cabría pensar que, cuando nadie hasta el momento la ha querido ni siquiera a precio tan conveniente, por algo tendría que ser. Pero por más que trataba de buscarle pegas, no conseguía encontrarlas; claro que él tampoco es ningún aparejador, ni se las da de entendido en la materia, pero del más atento examen de visu se deducía que no se trata de ningún vetusto caserón, sino más bien de una casa razonablemente moderna y con todos sus elementos materiales en regla, para eso no hace falta ser arquitecto ni ingeniero de caminos. O así al menos es como lo consideró, de lo cual ahora muy mucho se complace.

Continua este relato

CRÓNICAS DE ILIA (Los ojos de los Dioses), de Cristina Salas Rojo en Ediciones Atlantis

 

CRÓNICAS DE ILIA (Los ojos de los Dioses), de Cristina Salas Rojo en Ediciones Atlantis

Comienza aquí la aventura…

Victoria

La sangre bañaba la hierba a la luz de Rha, el astro diurno, secándose. Cadáveres y armas des-cansaban sobre el lecho verde, manchando lo que antes era inmaculado. El paisaje era desolador: aquellas colinas antaño sagradas habían sido el escenario de una dura batalla. Aún se oían respiraciones agitadas de aquellos que se resistían a cruzar el umbral de la muerte. La lucha ni siquiera había durado un día; había sido rápida, encarnizada, despia-dada. Los supervivientes hablarían de ella durante muchos años.

Por muy cansada que estuviera, Lun no rehuía ante la responsabilidad de recoger los cuerpos de los caídos. Tenía el brazo izquierdo vendado, herido por un tajo que le habían lanzado en mitad de la batalla. Medio segundo más en reaccio-nar y habría perdido la extremidad; por suerte, la herida era de fácil recuperación. Su amiga Qüen, la maga, le curaría en un pestañeo y hasta entonces la improvisada venda serviría. Rha empezó a descender, llevándose la luz consigo, mientras Lun ayudaba a transportar cuerpos inertes hacia los carromatos.

  • Lun, márchate de aquí. Estás muy cansada y estorbas más que ayudas. Ve a que te curen.

Lun resopló, apoyándose durante un breve momento en el carromato. Su capitán tenía razón y la mayor parte del tra-bajo estaba hecho. Se dio la vuelta y comenzó a andar hacia el campamento, donde ya estaba la mayoría de las tropas.

Muchos habían caído en aquella lucha. Mientras Lun caminaba sin poder evitarlo sobre las oscuras manchas de sangre, agradecía no encontrarse entre los caídos. La pelirroja miró al suelo al oír un débil mugido: un hombre con cabeza de toro y garras de tigre respiraba con dificultad. Su pecho estaba desgarrado; no tardaría mucho en morir, pero de igual manera Lun desenvainó su daga del muslo y le remató. La pobre criatura ya había sufrido bastante.

Llegó al campamento y fue a la tienda de curación, pero ni siquiera entró. Había muchos heridos y Qüen y las hadas, que eran las únicas que podían usar la magia, debían centrarse en los que estaban en peligro, y ese no era su caso. Observó a su amiga, que estaba concentrada en el vientre de una mujer, entonando un mágico canto de curación y expandiendo ungüento de mumu, una fruta con grandes propiedades curativas, sobre la herida. Incluso desde la entrada de la tienda podía ver el sudor correr por su frente, e intuía el cansancio en cada músculo de su cuerpo. Sonrió, orgullosa del gran trabajo que Qüen hacía. Con un suspiro, se separó de la entrada de la tienda y dio unas vueltas por el campamento, inspeccionándolo con la mirada. Muchos estaban de celebración, abriendo barriles de cerveza y gritando en honor a Ilia, su Reino. Algunos compañeros animaron a Lun a unirse pero ella declinó las invitaciones. Aunque se venza, tras una batalla tan sangrienta no hay mucho que festejar, y no sólo sus enemigos habían caído; también muchos de sus compa-ñeros habían abandonado la vida en aquellas colinas.

Se aproximó a la linde del Bosque de Wur, junto al que habían establecido el campamento. Sentada bajo un árbol retiró la venda para examinar su brazo: no tenía buen aspecto, pero al menos había dejado de sangrar. Lo volvió a cubrir y observó las luces del campamento. Oía vítores y jaleo jocoso. Negó con la cabeza; la frivolidad de su raza le entristecía y frustraba.

Sigue aquí

“COMIENZOS”… de Rebeca Rodríguez del Valle, publicado por Ediciones Atlantis

“COMIENZOS”… de Rebeca Rodríguez del Valle, publicado por Ediciones Atlantis

Cuando mi padre mató a mi madre

Una oportunidad para la transformación—

Éste es el inicio del relato…

1. EL DIA QUE NUNCA PARECÍA ESCRIBIRSE

Estoy nerviosa y confundida. Son minutos lentos y el tiempo se fuga por debajo de las ruedas del coche camino a donde nunca pensé que llegaría.

El corazón late tan fuerte que puedo escucharlo entre el tráfico.

Mi cara se refleja desencajada, fría y pálida en la ventanilla del coche. ¿Qué estoy haciendo? Aún puedo dar la vuelta y seguir mi vida como antes. No, no…tengo que hacerlo, algo me dice que tengo que hacerlo.

No pienses, no pienses, siente, siente, siente… ¿Qué sientes? Puf, de todo.

Me inunda la alegría y la ilusión junto con el miedo a verle. Han pasado diez años y me tiemblan hasta los párpados.

Levanto mi cabeza por encima del salpicadero y la vista es realmente hermosa. El cielo está azul y un par de nubes rozan las alas de un grupo de pájaros grandes y preciosos que invitan a coger una gran bocanada de aire y soltarlo hasta perder la noción de todo aquello que dejas atrás. Un paisaje impresionante que acoge tu cuerpo para elevarte por encima de cualquier emoción dejando solo el rastro de la serenidad y la confianza.

Siento la vida en un instante justo para convencerme de que estoy haciendo lo correcto y que no estoy sola. Todo está conmigo: Las aves, el cielo, las nubes, el horizonte, el aire, el amor; Todo está acompañándome.

Puedo ver cada vez más cerca el cartel de la carretera indicando la entrada a Salamanca de manera más tranquila, sin miedo ni dudas y sintiendo un amor profundo donde la mente está clara y segura de todo.

Al entrar en la ciudad reconozco lugares que compartí con algún ex novio. ¡Se ve tan raro ahora! Esos lugares que en su día fueron tan importantes y que ahora los contemplo con ojos de turista y no de enamorada. No me había dado cuenta de tantos detalles en esos edificios de piedra levantados con tanta belleza y rodeados de jardines con flores de mil colores diferentes que abrazan a quien las observa.

La voz de mi compañero detiene ese viaje por el presente para traerme de vuelta a otra realidad temporal. Le miro perdida en todo mientras agarra mi mano con la fuerza del cariño.

Observo una pequeña y vieja iglesia desde el aparcamiento en un barrio pobre de ropa tendida en la ventana y manchas de grafiti por alguna que otra pared. Un escalofrío me recorre el cuerpo con extraña preocupación por ese entorno.

Bajamos del coche y nos dirigimos hacia la iglesia; Mareada de nuevo por los nervios agarro aún más fuerte la mano de Alberto para no caerme en la calle. Las piernas me flaquean y tengo la tentación de salir corriendo y volver con las nubes y los pájaros.

Continúa

“DELIRIUM. LOS DISCÍPULOS DE EXUS”, de Joan Vallverdú Guillén

“DELIRIUM. LOS DISCÍPULOS DE EXUS”, de Joan Vallverdú Guillén, publicada por Ediciones Atlantis

El comienzo del relato es el siguiente:

CAPITULO I. LA VIEJA SERPIENTE

Quince años después…

El vehículo circulaba con mucha precaución por la vieja carretera N—20972 que, durante tantos años, había sido utilizada por miles de personas para los desplazamientos hacia el norte de la provincia de Lleida. Una vía que contaba con las zonas montañosas más bellas de España, además de convertirse en paso obligado para los vehículos que querían desplazarse hacia Francia o Andorra.

Poblaciones con un atractivo especial como Pont de Suert, Oliana, Tremp, La Seu D’urgell… y tantas otras, sin olvidar la belleza y la magia de la Vall D’aran y la autenticidad de sus gentes, hacían de esta provincia una experiencia única, en especial para los turistas que buscaban la paz que ofrecía aquellos parajes o bien para jóvenes aventureros que buscaban vivir grandes experiencias. Sin duda, una zona interesante por descubrir.

Pero desde que construyeron la nueva autovía, apenas una docena de vehículos al día se desplazaban por ella, de las cuales, la mayoría eran lugareños que iban hacia sus casas ocultas entre montañas. Los fines de semana podían llegar a la centena los que transitaban por la “vieja serpiente”, tal como se le conocía a esta carretera, sobretodo utilizada por cazadores y buscadores de setas.

Es increíble lo rápido que se deterioran las cosas cuando el hombre deja de usarlas.

Antiguamente, esta carretera parecía tener alma propia, el incesante ir y venir de las familias en sus vehículos, ruidos de cláxones, restaurantes repletos de turistas hambrientos esperando probar la anunciada y valorada como “la mejor carne de la zona”, autos aparcados en cualquier recoveco libre con los intermitentes puestos mientras el hijo vomitaba la “mejor carne de la zona”, acurrucado entre los brazos de su madre mientras el padre maldecía entre dientes “vamos cariño, ya verás qué bien lo vamos a pasar en la montaña”…

Era tradicional la parada en el camino de regreso a casa en una de las muchas fuentes naturales que había a pie de carretera. Veías una cola de personas llenando numerosas garrafas de plástico del agua procedente del interior de la montaña para luego beberla en sus pisos de la capital. Muchas de estas personas estaban convencidas de que esa agua les sanaría de cualquier enfermedad que contrajeran.

Excursionistas que por un día habían cambiado sus trajes elegantes y sus portátiles por cómodas camisetas y unos pantalones cortos que dejaban ver unas piernas completamente pálidas y zapatillas de deporte. Eso sí, todo de marca… y los portátiles en el maletero, por si acaso…aunque cuando llegaban a estos parajes se encontraban con que la tecnología iba un par de siglos por detrás de la capital, pues los veías “sudando la gota gorda” buscando un punto donde hubiera cobertura, simplemente, para poder llamar por el inalámbrico.

Por no hablar del tráfico de los camiones o vehículos lentos, cuando hacías kilómetros enteros a una desesperante velocidad, sin la mínima posibilidad de adelantarlos, a no ser que el chófer decidiera que era la hora de descansar o de comer o de hacer otras necesidades más íntimas.

Entonces te imaginabas al chófer, moreno por tantas horas al volante, serio, mirando por el retrovisor y enseñando una media sonrisa sarcástica que parecía estar diciendo entre dientes “joderos, haberos quedado en vuestras casas” mientras se hurgaba los dientes con un palillo deformado por el uso.

Cuando te encontrabas detrás de uno de ellos se hacía interminable los viajes hasta aquellos parajes tan alejados de la “civilización”.

Ahora, sin embargo, todo parecía tan distinto… la mayoría de restaurantes aparecían abandonados, muchos de ellos, víctimas de pintadas realizadas por muchachos que solían pasar el fin de semana por aquellos lugares, si no es que les daba por incendiarlos, como el último establecimiento que cayó entre las garras de estas “cosmopolitas” criaturas.

Cinco de las ocho estaciones de servicio también habían corrido la misma suerte y de las tres que todavía permanecían en pie, dos estaban condenadas a desaparecer a corto plazo.

Ahora, ya no habían niños vomitando en los rincones de los espacios habilitados para dejar los vehículos, ni gente riendo y cantando mientras recogían el agua milagrosa de las fuentes… nada… ¡Hasta se encuentran a faltar los camiones!… que eternizaban los más de setenta kilómetros de la antigua serpiente.

Incluso los dos únicos pueblos que había en toda la carretera hasta llegar a la capital comarcal también se habían ido despoblando lentamente. Antes estaban llenos de vida, incluso había habido un par de pensiones donde los turistas solían alojarse para pasar unas merecidas vacaciones…pero ahora, con esta soledad…nadie se quedaba por allí.

 

 

Sigue aquí esta impactante historia.

“El éxodo de una estirpe”, de A. L. Egea Torregrosa

“El éxodo de una estirpe”, de A. L. Egea Torregrosa, publicada por Ediciones Atlantis

He aquí el comienzo de esta novela histórica:

 

 

PRÓLOGO

Un Viaje Por El Tiempo—

TIERRA SANTA

JERUSALEN – AÑO 1192 DE NUESTRA ERA

André de Bisson es despertado por unas voces en el exterior del cuarto donde se encuentra descansando, tras una turbulenta noche de mujeres y vino, en la que estuvo desfogando su espíritu de avezado guerrero junto a otros caballeros cruzados.

Hacía ya casi un año que Jerusalén había sido arrebatada a los musulmanes después de cuatro años de asedio, donde las fuertes murallas que rodean la ciudad, las cuales fueron construidas por ellos mismos antes de ser entregada a Saladino, se les habían resistido.

Sin duda las levantaron a conciencia. De cualquier forma: acostumbrado a la batalla, el hastío empezaba a manifestarse. Él era un hombre de acción, por eso lo dejó todo en Francia para ir a luchar a Tierra Santa siguiendo a su rey Felipe Augusto, que junto a Ricardo Corazón de León estaban liderando la tercera cruzada. Pronto volvería a su tierra, aquella aventura para él estaba tocando a su fin. Tras cinco años de lucha en este inhóspito país, creía haber cumplido ya con su Rey, su nación y por supuesto… con Dios.

Otra vez los malditos gritos. La cabeza parece querer estallarle. Desenvainando la pesada espada con su mano derecha, sale de repente abriendo la puerta de golpe.

―¿¿Qué demonios pasa??… ¿¿Por qué gritáis así??

Luc, su fiel escudero, plantado ante la entrada del cuarto sujeta a un individuo de aspecto humilde y mirada huidiza que parece ser un criado.

―Perdóname señor, pero trato de explicarle a este hombre la conveniencia de no molestarte, si quiere seguir manteniendo su cabeza unida a los hombros ―contesta su sirviente volviéndose hacia él.

―¿¿Tú quién eres que te atreves a interrumpir mi descanso?? ―escupe las palabras el de Bisson mirando fijamente al intruso.

―Te pido perdón mi señor, pero es necesario que me escuches. Traigo un mensaje de un buen amigo tuyo que necesita verte con urgencia —dice rápidamente el hombre un tanto cohibido.

―Habla rápido, ¿de qué se trata?

―Mi señor, el caballero Hugo de Montidier desea hablar contigo cuanto antes. El asunto según me dijo es muy importante.

―¡Pero si es así!… ¿por qué no ha acudido él personalmente a verme?

―Señor, la desgracia se ha cebado con él, su fin está muy próximo y, antes de reunirse con el creador, debe confiarte algo de mucha transcendencia.

―¿Qué desgracia es esa que le impide venir hasta aquí si el asunto es tan significativo?

―¡Lepra mi señor! ―contesta el hombre santiguándose con mano temblorosa.

Acababan de dejar atrás la protección de las murallas tras salir por la puerta norte, en dirección al caserío habilitado para albergar a los que contraían la nefasta enfermedad, y de la que no se conocía que existiese cura. La única solución era aislarlos en aquel infesto lugar envueltos en harapos, con el único propósito de mantener sujetas el máximo tiempo posible las carnes a su abyecto cuerpo. Sin duda era un vano intento cuando entraban en putrefacción, ya que estas tenían tendencia a desprenderse conforme el mal avanzaba.

André, montado sobre el caballo de guerra, sujeta firmemente las riendas sin perder de vista el horizonte. A pesar de que el hospital de los leprosos (o lazareto como también lo llaman) queda muy cerca, él no descarta volver sobre su grupo al menor indicio de ver acercarse hacia ellos perros herejes. Muchos infieles, tras la reconquista de esas tierras por parte de los cristianos, después de ser derrotados quedaron desperdigados dedicándose al pillaje. No les teme, pero su cuerpo no está en condiciones de hacerles frente. La noche anterior había sido muy agitada. Más bien delirante.

Luc, el escudero, le precede en su pequeño corcel. El harapiento sirviente enviado por el caballero Hugo de Montidier camina tras ellos, tal como había llegado a la ciudad por orden de su señor.

Lepra…, qué mala fortuna.

¿Cómo un hombre que había llegado hasta aquel lejano lugar a derramar su sangre para tan noble misión, podía recibir ese miserable castigo a cambio?

No entendía por qué Dios permitía que aconteciesen ciertas cosas. Pero en fin: él no era quién para juzgar sus designios.

El calor estaba siendo insoportable y la terrible resaca más.

Luc, dame agua ―le dice a su escudero.

Parece que hoy tienes mucha sed mi señor.

―¡Ya conoces la causa miserable espantajo! Llevas mucho tiempo junto a mí y por eso te permito ciertas licencias, pero no te confíes, en cualquier momento te puedo rebanar el pescuezo para borrarte esa estúpida sonrisa.

El escudero, riendo maliciosamente entre dientes, le da el odre de agua que lleva colgado a su espalda, al mismo tiempo que le dice:

―Creo que ya hemos llegado a nuestro destino.

A un centenar de metros, vislumbran una gran casa de ladrillo y argamasa de dos alturas, construida posiblemente mucho tiempo atrás por algún potentado granjero. Con seguridad tuvo que ser abandonada ante el empuje enemigo en la anterior cruzada. Un pequeño terreno circunda la edificación, quedando delimitada por postes con travesaños de madera bastante desvencijados, que hacen las veces de vallado para aislarla del exterior. Al quedar marcados sus límites, parece avisar que por allí no es conveniente andar muy cerca. De todas formas el lugar es ya muy conocido por todos, incluso por los musulmanes errantes. Desde luego en un ancho perímetro nadie se atreve a acercarse, a no ser que sea por algún importante motivo.

Todo está muy oscuro, y el lugar pestilente y sucio. Aquello parece la antecámara del infierno. Sin duda no es el mejor sitio para dar hospitalidad a un enfermo, a no ser que se quiera acelerar su muerte, aunque quizás eso fuese lo más piadoso dadas las circunstancias.

―Por aquí mi señor…, seguidme ―oye decir al sirviente.

Al entrar en una gran sala de escasas y pequeñas ventanas, varios infectados permanecen desperdigados sobre jergones oscurecidos y malolientes. Desde un apartado rincón se oye una quejumbrosa y desconocida voz:

Has… venido… querido amigo. No temas… puedes acercarte, para contagiarte… tendrías que estar mucho tiempo entre nosotros y no creo…, no creo que sean esas… tus intenciones.

El fiel sirviente con un ademán de la mano les invita a que se aproximen.

El estupor le deja sin habla. ¿Qué había sido del fuerte guerrero?

Aquel despojo de huesos, con la cabeza cubierta por una mugrienta tela, solo deja al descubierto su ojo derecho, donde un febril brillo delata la espantosa degeneración que está sufriendo.

Sin duda, Dios no se dejaba ver por allí, de haberlo hecho se habría ido espantado.

―¿Eres?…, ¿eres tú?…, ¿Hugo de Montidier? ―le pregunta al moribundo.

―Sí, amigo mío…, o mejor lo que queda de él.

―Te juro que te hacía de regreso en Francia.

―Yo…, ya no volveré a ver nuestros hermosos campos y bellas mujeres, pero tú sí, por eso te he hecho venir…, créeme si no fuese muy importante no hubiese mandado buscarte para que cabalgaras hasta…, hasta este apestoso lugar.

Un fuerte golpe de tos le provoca de pronto unos repugnantes esputos.

Maldita sea ―piensa el caballero de Bisson―, mi estómago está a punto de jugarme una mala pasada, las náuseas están queriendo apoderarse de mí. Debo intentar por todos los medios contenerme. Sería una falta de respeto. Aunque bien mirado, según podía observar, el suyo no hubiese sido el único vómito.

Se sentía incapaz de adivinar qué diablos les daban como sostén a esos desgraciados, desde luego las inmundicias que se veían en derredor resultaban asquerosas, y el penetrante olor insoportable.

―Lo siento… amigo…, lo siento mucho ―le vuelve a hablar Hugo entre jadeos.

―No te preocupes, entiendo que no podrás evitarlo. ¿Qué es eso que tenías que compartir conmigo?

―Bueno…, no voy a alargarme mucho en explicaciones…, espero que lo comprendas.

―Sí, sí, por supuesto.

―Cuando llegamos aquí…, recuerda que al poco tiempo me enrolé en el ejercito al mando de…, de aquel Duque inglés para luchar en extramuros.

―Lo recuerdo perfectamente, fue cuando te perdí la pista.

―Combatimos junto a un numeroso contingente de templarios, donde pude hacer buena amistad con uno de ellos… el cual me confesó que era poseedor de unos enigmáticos rollos encontrados… dentro de una gran ánfora aquí, en Tierra Santa. En el interior de la ciudad de Jerusalén, este monje guerrero quiso el destino que intimase con una familia de buenos cristianos…, que poco tiempo atrás habían localizado con motivo de unas obras en su casa, junto a un pozo en el patio de la misma, esta ánfora…, que por la forma en que estaba enterrada, después de tanto tiempo a ellos les parecía imposible que estuviese en tan buen estado. Los buenos vecinos no dominaban el arte de leer y, viendo que las hordas de Saladino podrían entrar en la ciudad en cualquier momento, decidieron que el caballero templario sería el mejor protector de aquellos escritos. Los cuales… intuían que podían ser de gran importancia, por la forma en que habían querido preservarlos quienes allí los escondieron. El caballero de inmediato sintió… que Dios le había guiado hasta allí para ser custodio de aquel tesoro.

En ese momento, Hugo de Montidier se encoge a la vez que sujeta su estómago tosiendo aparatosamente. André de Bisson guarda silencio observando con tristeza al que había sido su compañero de armas, esperando a que se le pase el violento ataque que le había obligado a interrumpir su relato.

Una vez recuperado el de Montidier prosigue:

―Tras caer herido de muerte en la batalla…, y no…, y no pudiendo confiar en nadie, pues todos sus compañeros de la orden ya habían desaparecido en el fragor de la lucha…, me hizo jurar que yo los haría llegar a Francia para depositarlos en una encomienda…, como habrás podido adivinar, me parece que va a ser imposible que pueda cumplir con el juramento hecho al monje moribundo.

―¿Y qué deseas que haga yo? ―le pregunta el caballero de Bisson tras escucharle atentamente.

―Querido amigo, bastantes cosas me llevo dentro de mí al otro lado como… como para irme cargado con esto también.

El de Montidier señala una abultada alforja de cuero firmemente cerrada por fuertes correas.

―Es muy… importante que me jures… amigo mío, que tú cumplirás por mí esta misión. Confío en ti… buen amigo… confío en ti.

Venciendo sus náuseas, André de Bisson esboza una sonrisa piadosa. Cogiéndole la temblorosa mano le confirma su compromiso, jurándole que protegerá con su propia vida aquella bolsa con tan enigmático contenido. La llevaría consigo a Francia para depositarla en una encomienda del temple.

Una vez fuera de aquella morada de inhóspito horror, tras el juramento de cumplir fielmente con la última voluntad del leproso, subido en su caballo, camarada fiel de numerosas batallas y, acompañado por Luc, el buen escudero con quien tantas aventuras había compartido, se disponen a recorrer el camino de vuelta hacia las murallas de la ciudad. En lo alto de su grupa lleva fuertemente sujeta la alforja, de la que ya no se separaría hasta llegar a Francia. Allí, en aquel repugnante e indigno lugar de sufrimiento, quedaba Hugo de Montidier, agonizando entre vómitos y estertores. No… ese no era el mejor final para un caballero cruzado.

André de Bisson, con la mirada al frente, las riendas del corcel firmemente sujetas por sus encallecidas y fuertes manos de guerrero, a la vez que inspira profundamente completamente consternado, le pide al cielo que tenga piedad del alma de su buen amigo Hugo de Montidier y de la de todos aquellos que como él están ya en el infierno sin haber abandonado aún este mundo.

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“Destino”, de Jessica Castro Martínez, publicado en Ediciones Atlantis

“Destino”, de Jessica Castro Martínez, publicado en Ediciones Atlantis

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—Como mucho te doy un año —fueron las duras palabras del doctor Gutiérrez, mientras miraba fijamente los resultados de mis últimas pruebas—. Lo lamento muchísimo, señorita Aguirre —me dedicó una corta mirada que, realmente, expresaba pena—. Es usted una chica muy joven

No se preocupe —le interrumpí, porque no quería escuchar las lamentaciones de un hombre al que solo conocía de unas pocas consultas médicas—. Sabré aceptarlo —mentí, mostrándole una sonrisa fingida, mientras me ponía en pie y me dirigía hacia la puerta de la consulta.

Señorita Aguirre —me detuve frente a la puerta y le miré un instante—. Podría mandarla al hospital para…

No voy a pasarme los últimos meses de mi vida ingresada en el hospital mientras los médicos investigan la enfermedad conmigo.

Salí de la consulta y al cerrar la puerta me sentí muy mal por la forma en la que le había hablado, como si él tuviera la culpa de que me estuviera muriendo. Cerré los ojos, suspiré y comencé a caminar hacia la salida. No vivía muy lejos de allí, así que fui dando un lento paseo, sin ningunas ganas de llegar a casa. No podía dejar de pensar en todo lo que me esperaba hasta el último día de mi vida. Fuertes dolores, mareos, vómitos, tristeza, vacío, soledad y un día mi respiración comenzaría a fallar. Parecía un camino duro y tormentoso, en el que más de un día desearía, suplicaría, que todo terminase de una vez.

Recordaba todos aquellos planes con los que soñé para mi futuro perfecto y no aparecía semejante pesadilla. Había dejado tantas cosas por hacer, pensando que tenía todo el tiempo del mundo, que me sentía decepcionada y perdida. Miré hacia atrás, recordando mi pasado y me di cuenta de que había malgastado mi vida. Como mucho me quedaba un año, ese era mi tiempo límite y sin embargo, quería hacer tantas cosas, que esos doce meses me parecían muy poco.

Sin darme cuenta, mis ojos comenzaron a derramar silenciosas lágrimas, debido a todo lo que no iba a tener y que tanto deseaba. Quería conocer a mi príncipe azul, quería ser muy feliz con él, que me pidiera matrimonio y celebrar una bonita boda. Disfrutaríamos de una increíble luna de miel y me quedaría embarazada de nuestro primer bebé. Seríamos muy felices los tres y adoptaríamos a un cariñoso perro. Después tendría a nuestro segundo bebé y ya tendríamos la familia al completo. Los cuidaría y los vería crecer día a día. Su primer amor, su graduación, su primer día de universidad, su primer trabajo, su boda y sus hijos. Entonces sería una abuelita y disfrutaría mimando a mis nietos. Moriría habiendo sido muy feliz y disfrutando de una vida plena. Pero nada de eso iba a pasar.

El móvil comenzó a sonar insistentemente, haciéndome volver a la realidad, dejando mis pensamientos a un lado. Lo saqué del bolsillo derecho del pantalón vaquero y vi la palabra “mamá” en la pantalla. Me quedé un instante observando cómo parpadeaba, sin atreverme a descolgar. Sabía lo que quería y no podía hablar de aquel asunto por teléfono, en mitad de la calle.

Al llegar a casa vi que tenía varios mensajes en el contestador, dos eran de mi madre, la pobre mujer sabía que me daban los resultados de mis últimas pruebas y estaba muy preocupada por saber cómo habían salido. Un tercer mensaje pertenecía a una antigua amiga con la que fui al bachillerato nocturno, donde nos conocimos y nos hicimos muy buenas amigas. En el mensaje me pedía que le devolviera la llamada, ya que quería que nos viésemos para tomar algo y hablar. Me hizo mucha ilusión escuchar su proposición, porque parecía que lo de mi enfermedad no era real. Pero en esos momentos no tenía ganas de llamar a nadie y mucho menos de ver en persona.

El cuarto y último mensaje de voz era de mi cuñada, que me proponía quedar para comer fuera. Sin darme cuenta, me salió una sonrisilla inocente, ya que siempre me gustó salir a comer o a cenar fuera de casa. Pero no tenía ganas de hablar, era como si me hubiera quedado muda y aunque quisiera, las palabras no salían de mi boca.

Borré los mensajes del contestador, subí al primer piso, entré en mi habitación y me dejé caer sobre la cama. Cerré los ojos y permití salir a las lágrimas en silencio, deslizándose por mis mejillas. La tristeza que me invadía por dentro, también lo hacía por fuera.

El sonido del timbre me despertó y fue cuando me di cuenta de que me había quedado completamente dormida. Me levanté de la cama, con la sensación de que todo había sido una pesadilla y que en realidad estaba bien. Pero cuando abrí la puerta y vi el preocupado rostro de mi madre, supe que todo había sido de verdad. Me estaba muriendo y mi tiempo tan solo era de un año de vida.

¿Por qué has tardado tanto? —preguntó medio enfadada, con una pequeña sonrisa—. Menos mal que un vecino me abrió el patio, sino te fundo el telefonillo.

Hola mamá —la saludé, ignorando su protesta, mientras me frotaba los ojos con las dos manos, ya que los tenía llenos de legañas y los notaba algo hinchados, seguramente de haber estado llorando—. Perdona, estaba durmiendo.

¿No has ido al médico?

Aquella pregunta hizo que me despertara por completo, provocando que recordara el momento en el que el médico me dio la mala noticia.

Asentí con la cabeza.

Al volver me eché y me quedé dormida —le expliqué.

Normal, no estás acostumbrada a madrugar —bromeó—. ¿Y qué te ha dicho el médico? ¿Cómo han salido los resultados?

Me fijé en su preocupado rostro, esperando con cierto nerviosismo mi respuesta. Podía ver las lágrimas acumulándose en sus ojos, como si algo en mí la hubiera alertado y entonces le mostré una gran sonrisa.

Todo está bien, mamá. No tengo nada —mentí.

Al ver la gran alegría en su rostro, supe que estaba haciendo lo correcto, porque ¿cómo se le dice a una madre, que su hija va a morir tan joven? No sabía cómo contarle que solo nos quedaba un año para estar juntas y no quería que se pasara los días llorando o rezando por un milagro que jamás ocurriría. No quería compartir mi sufrimiento y no quería verla triste ni un solo día.

Me dio un fuerte abrazo, aliviada al creer que estaba muy sana y era tan grande su alegría, que quería que saliéramos toda la familia a comer para celebrarlo. No me apetecía nada, ya que en realidad sería como festejar que me estaba muriendo y que les había mentido. Pero no podía negarme, porque mi madre podía llegar a sospechar sobre mi estado de ánimo. Tras un buen susto, debía estar muy contenta y fingirlo no me costaba nada, aunque a veces se me olvidaba.

Mi madre se quedó en el salón llamando al resto de la familia por teléfono, para avisarles de que salíamos a comer fuera. Mientras, yo regresé a mi habitación para cambiarme de ropa. Ni siquiera estaba con el ánimo para arreglarme, acababa de saber que me estaba muriendo y todavía no me había dado tiempo a asimilarlo. Creí que podría dejar la noticia a un lado de mi mente y centrarme en pasar un buen rato con mi familia. Así que escogí un bonito vestido largo y negro, con un fino cinturón dorado y unos zapatos de tacón. Elegante y encima me favorecía la figura. No era una chica delgada precisamente, tenía unos pocos kilos de más y encima mis pechos eran grandes, pero sin exagerar. Además, como era bajita, parecía estar más gorda de lo que era y me costaba encontrar ropa que me favoreciera y que encima fuera de mi agrado. Pero aquel vestido era increíble, me hacía sentir muy elegante y atractiva. Podía ser un vestido para una celebración importante o de funeral y eso me gustaba.

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“Cosas de la vida”, de Mónica Gallego Hernando, publicado en Ediciones Atlantis

“Cosas de la vida”, de Mónica Gallego Hernando, publicado en Ediciones Atlantis

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Verónica se sentía sumamente cansada. Como todos los días, no hizo falta que sonara el despertador para indicarle que eran las ocho de la mañana. Llevaba desde las siete y veinte despierta. Con signos claros de cansancio reflejados en su cara se levantó de la cama. A tientas, sin encender la luz del dormitorio ni levantar la persiana empezó a vestirse. Su marido Rubén aún dormía a su lado. En un primer momento se arrepintió de no haberse puesto pantalones el día anterior. Era más fácil averiguar cuál era la parte de delante y cuál la de atrás. Bastaba con palpar la cremallera y listo. Pero no, el día anterior se había puesto la falda de picos gris y granate que tanto le gustaba. A tientas palpó las medias. Era difícil detectar si se las estaba poniendo correctamente. No quería revirarlas porque luego, una vez reviradas, era muy difícil conseguir ponerlas de nuevo rectas con lo que generalmente acababan en el cubo de la basura. Le hacían daño en la entrepierna. Parece que hubo suerte. Había conseguido ponérselas correctamente. No le molestaban. Estiró el brazo y con ayuda de las yemas de los dedos y del sentido del tacto terminó de vestirse. Antes de ponerse los botines se dirigió al cuarto de baño, se acicaló un poco y abrió con cuidado la puerta de la cocina. Como de costumbre, Niebla y Shita la recibieron con alegría. Unos pocos mimos bastaron para tranquilizarlos. Les puso a cada uno su collar, el rojo a Niebla y el azul a Shita. Casi antes de abrir por completo la puerta de la cocina salieron corriendo hacia la puerta de la calle y, aunque por el pasillo no ladraron, como acostumbraba a hacer Niebla antes de bajar a la calle, de alegría, empezó a ladrar nada más que abrió la puerta.

En la calle el viento era cortante y frío. Nubes blancas provenientes de la mar entraban por Bermeo a gran velocidad. Si los árboles azotaban sus ramas con fuerza, si la rendija de la ventana de la cocina propinaba el silbido característico de un viento de invierno, a pesar de estar ya en primavera, no era de extrañar que las nubes atravesaran el cielo a tal velocidad.

Quizás sea esta dura primavera que estamos teniendo la que provoque que mi mente no pueda estar despejada y que mis párpados pesen como si llevara un saco de piedras colgando de ellos”, pensó.

Lo cierto era que, hiciera o no hiciera sol, luciera o no luciera en el cielo, Verónica no podía abrir los ojos. La claridad le molestaba. El tiempo estaba loco. Se suponía que el verano llegaba poco antes de la noche de San Juan. Esa noche en que con la magia de las hogueras, con el ritual que año tras año se celebra con ellas, se intenta dar fuerza al sol para que siga luciendo durante el verano, el otoño o el invierno. Sin embargo algo mal hicieron el año pasado ya que el duro invierno se estaba llevando la primavera y quién sabe si el verano que estaba a la vuelta de la esquina sin haber podido aún guardar el abrigo, la bufanda y con nieve aún en las montañas.

Tras unos veinte minutos en la calle, ya en casa, desayunó su vaso de Nesquick con cereales, empezó a recoger la ropa seca que estaba colgada en el colgador del balcón del salón y seguido fue a limpiar el polvo de las habitaciones. Cada mañana intentaba no ponerse la bata de estar en casa ya que no podía evitar recordar las palabras que, días antes de su boda, en el curso prematrimonial obligatorio que todas las parejas deben pasar y aprobar, había pronunciado el matrimonio que se ofreció a hablar a las distintas parejas —futuros matrimonios— allí presentes. Según decía el marido, una mujer no debe estar nunca con la bata puesta en casa ya que el marido, con ella puesta, no la encuentra atractiva. Nunca le había preguntado a Rubén lo que él opinaba. Si le molestaba o no verla con ella puesta. Lo cierto era que, como bien decían ambos, en casa hacía más frío que en la calle. No sabían por qué. Si el frío del invierno se negaba a abandonar la casa o si ellos se estaban haciendo viejos, a pesar de tener tan solo treinta y cinco años. Algo imposible. Eran aún muy jóvenes. Verónica muchas veces pensaba que la estación meteorológica de la balda de al lado de su cama no debía funcionar correctamente ya que no podía marcar diecinueve grados y ella tiritar de frío como si no hiciera más de cinco.

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“Complicidades”, de Felipe Díaz Pardo, publicado por Ediciones Atlantis

“Complicidades”, de Felipe Díaz Pardo, publicado por Ediciones Atlantis

Este es el inicio del relato publicado por Ediciones Atlantis:

COMPLICIDAD

Otra vez, como cada día, me veía haciendo los cálculos temporales, rodeado de adormilados acompañantes. Llevaba un rato de pie, ante la puerta, pero no conseguía colocarme el primero. En esos momentos es cuando comprendo el empeño de los coches de carreras por hacerse con una buena posición en la rampa de salida. Pero yo nunca consigo alcanzar la pole position. Siempre empiezo la cuenta atrás al otear, desde lo alto, los edificios iluminados que rodean la estación y veo que, de nuevo, es inevitable el retraso. Aquella mañana, como casi siempre, eran ya y catorce y mi segundo tren salía a y diecisiete. Y para no variar, también tenía que soportar el monólogo insoportable del acompañante que esa mañana me había tocado al azar. Esta vez era el vecino del tercero, apoderado del Banco de Crédito Expansivo que, aunque tiene su hora de entrada a las ocho, hace méritos siempre que puede llegando a la sucursal unos minutos antes. Ese día estaba haciendo méritos, sin embargo, para que le perdiera de vista en cuanto pudiera, y la excusa de salir corriendo para alcanzar el andén del otro lado de la estación era la mejor que se me proporcionaba en esos momentos.

El tren empezó a remolonear, como es su costumbre, por la zona de los antiguos cuarteles, como si quisiera ponernos a prueba a los allí semidormidos todavía, todos de pie y silenciosos, esperando el pistoletazo de salida. Eran justo y diecisiete cuando hacíamos entrada en la estación, y justo enfrente también veía mi otro tren, con su locomotora apuntando hacia un punto que hacía imaginar el centro de la ciudad, el cual, sin ninguna piedad e inexorablemente, abría sus puertas para soltar y recoger remesas de viajeros.

Casi con sincronía acordada por ambas máquinas, mi vagón por fin se abrió también y emprendimos la feroz y despiadada carrera hacia las escaleras mecánicas. La sabiduría que da la rutina de tantos años me hace controlar cada milímetro del andén, así que sé ponerme en la puerta más cercana a la subida. Solo dos de mis contrincantes en la carrera se me adelantaron, pero tal contrariedad no interfirió en mi voluntad. Ayudaba al deslizamiento de los peldaños con un vertiginoso ascenso a pie por mi parte y pronto me vi en lo alto del puente que comunica todas las vías. Apenas dio tiempo a que mi corazón emitiera las pulsaciones aceleradas, convenientes en estos casos, cuando me vi volando por la otra escalera de bajada sin apenas mirar por donde pisaba. La experiencia me ha dotado también de los conocimientos necesarios para saber que cualquier milésima de segundo que pierda en preocuparme por la suerte de mis pisadas, o en comprobar que todavía la cartera va conmigo, es motivo suficiente para que el maquinista se burle de mí y me dé con la puerta en las narices en el momento justo de la llegada, ante la mirada impasible de unos vigilantes con chalecos reflectantes y espaldas voluminosas, que siempre suelen alegrarse de las desgracias de los demás.

Así que, fiel a ese saber adquirido con el paso de los años, el último pie que puse en el suelo antes de abandonar la superficie metálica que se movía como una lengua sin fin, me lanzó en un único y certero salto al interior de mi nuevo vagón. La satisfacción invadió entonces todo mi ser. La proeza me sirvió para no perder más tiempo de mi vida y no tener que recuperar unos minutos preciosos bajo la implacable mirada del reloj que nos persigue y vigila a cada uno de los pobres funcionarios.

No obstante, como igualmente suele pasarme muchas mañanas, ese primer momento de alivio se fue diluyendo al ver que el tren no iniciaba la marcha cuando debía y que mi vecino del Banco de Crédito Expansivo conseguía darme alcance, esta vez acompañado, tan tranquilamente, de otro amigo del barrio, empleado este también en el sector financiero, al que había encontrado en su trayecto, realizado, como ha quedado dicho, con menos angustia y más parsimonia que yo, hacia el vagón.

Resignado y desarmado de cualquier excusa, acepté tan grata compañía, a través de la cual conseguiría informarme, una vez más y con todo detalle, de la política de personal de ambas entidades bancarias, estrategia marcada, según ellos, por el menosprecio al indefenso trabajador. Nos adentramos entre los vericuetos colapsados de carteras y miembros humanos repartidos por el lugar hasta encontrar el sitio apropiado, compuesto por tres asientos vacíos, que servía de hueco perfecto para acoplar nuestros cuerpos y seguir con el castigo que ambos acompañantes me infligían. El cuarto lo ocupaba ella, a la que, con cortesía mecánica y aprendida como acto reflejo, saludé con toda la naturalidad de los conocidos.

En efecto, el convencimiento con que ambos nos saludamos dio por supuesto a todos los presentes, y a mí el primero, que nos conocíamos. Natural fue también que me mantuviera ajeno a su presencia mientras los dos bancarios requerían mi participación en la conversación. Sin embargo, las estaciones iban pasando. En la siguiente parada nos abandonó el amigo del barrio, también docto empleado de la competencia en el mundo de las finanzas, lo cual me llenó de una infinita alegría. Y me las prometía más felices todavía al saber que en la próxima iba a ser abandonado por el otro experto, servidor del Banco de Crédito Expansivo. Una vez desembarazado de la compañía de aquella pareja de siervos de la farándula monetaria, era poco tiempo ya, pues, el que me quedaba para intentar recordar aquella cara que nunca había visto y a la que con toda simpatía me había dirigido antes y con la que, incluso, había intercambiado alguna expresión del tipo “qué tal hoy”, “aquí andamos otra vez”, o algo por el estilo.

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“Cava”, Rafael Álvarez Cardeñosa, publicado en Ediciones Atlantis

“Cava” de Rafael Álvarez Cardeñosa, para Ediciones Atlantis

Este es el inicio de este relato:

CAPITULO 1

Era viernes por la noche, estaba tomando un café en una estación de servicio de Requena, había llenado el depósito y quería ya hacer de un tirón lo que le quedaba de viaje, calculaba que unas cuatro horas más.

En todo el viaje no había dejado de pensar en él, sobretodo en momentos de su niñez junto a él, cuando le acompañaba cada día al campo, a pesar de tener que levantarse a las cinco de la mañana. No le importaba madrugar tanto, le gustaba mucho ir con él a la huerta, aunque nunca le dijo que sobretodo le gustaba para poder montar en la Serranilla, aquella yegua a la que tanto quería y por la que lloró tanto cuando se murió.

Nunca se lo dijo, pero un día se dio cuenta de que él lo sabía, aquel día que no le dijo nada de subir a lomos de la yegua en el lugar donde solía hacerlo, y le hizo ir andando un trecho largo. No se atrevió a decirle nada para que no notara que era eso lo que más le gustaba, para que no se enfadara y ya no quisiera llevarle con él. Le miraba de reojo pero él no decía nada, aunque notó una cierta sonrisa socarrona en su boca. Al final no pudo aguantarse más y le dijo que le dolía un pie porque tenía una china en la zapatilla, y él le dijo que si le dolía que subiera el trozo que quedaba para llegar, que no se había acordado de decirle que subiera antes. Le alzó con sus fuertes brazos y le montó, y vio que se daba la vuelta para que no notara como se reía por lo bajo.

El rato en la huerta era divertido, le ayudaba a regar, a veces a recoger tomates o plantar lechugas, pero no dejaba de mirar el reloj que le habían regalado para la comunión, esperando que llegara la una, la hora de vuelta de nuevo a lomos de la Serranilla. Aunque también había un momento especialmente deseado, el del almuerzo, abrir esa taleguilla y descubrir lo que aquel día había preparado para almorzar, a veces queso, a veces morcilla, o chorizo, y siempre ese pan con tanta miga que disfrutaba tanto dándole mordiscos.

Cuando se fue haciendo mayor esos momentos terminaron, porque ya empezó a hacer otras cosas más de mayores, como salir a la discoteca por la noche, y ya no era capaz de pegarse esos madrugones. Pero ahora, en aquel momento y durante aquel viaje, esos recuerdos eran los que más venían a su mente, y los añoraba y hubiera querido hacerlo de nuevo, aunque esta vez fuera en coche y no a lomos de una yegua, pero en compañía de él, su abuelo.

Hacía algunos años que no hacía ese viaje, no había podido ir por el trabajo, pero nunca lo había hecho triste como ahora. Siempre había sido algo alegre, impaciente por llegar y disfrutar del verano en el pueblo, primero con sus padres, los últimos años solo, ya que sus padres se habían ido a vivir al pueblo tras la jubilación de su padre.

No debía perder más tiempo, necesitaba despedirse de él antes del fatal desenlace. Los médicos les habían dicho que era cuestión de días, y decidió partir de inmediato para verle por última vez. No podría quedarse más que un día por culpa del maldito trabajo, pero necesitaba verle y hablar con él por última vez.

Partió rumbo a la provincia de Cuenca, dirección a Villanueva de la Jara, para posteriormente pasar por la provincia de Albacete, Villarrobledo, y luego ya pasar a la de Ciudad Real, Tomelloso, Manzanares, Ciudad real capital. Y desde allí ya faltaría menos de dos horas.

Ahora los recuerdos fueron a la última vez que le vio hacía un par de años, estaba mayor pero todavía le veía con bríos. Le preguntó por qué no se había casado, con las buenas muchachas que había por el pueblo, que tenía que dejar descendencia, al menos uno, para que no se perdiera el apellido, le dijo. Como si nuestro apellido estuviera en peligro de extinción, solo en el pueblo había decenas de Caballero, pero suponía que él quería un Caballero que fuera de su sangre. Tendría que hacer un pensamiento y cumplir su deseo, seguro que en cuanto le viera sería una de las cosas que le haría prometerle.

La verdad es que no había tenido suerte con las mujeres, había tenido muchas novias, pero en serio, de vivir juntos, solo dos. La primera vez era demasiado joven para vivir en pareja y acabó como el rosario de la aurora, y la segunda fue su gran amor, pero él no el de ella por lo visto. Desde esta última vez habían pasado ya más de cinco años, y varias chicas por su vida, pero o bien había creado una coraza, o bien había perdido la capacidad de amar de nuevo, pero ninguna de esas chicas duró más de unas pocas semanas en su vida.

En realidad estaba muy bien viviendo solo, ya se había acostumbrado, tenía sus amigos para salir de fiesta, no le costaba conocer chicas y ligar, ya que según le decían era apuesto, cuerpo atlético que sus horas de gimnasio le costaba, pelo completo a pesar de sus treinta y ocho años, y sobretodo esos ojos azules que había sacado de su abuelo, que eran su principal baza.

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“Castillos de naipes”, de Francisco Martínez Martí

“Castillos de naipes”, de Francisco Martínez Martí, publicada por Ediciones Atlantis

Te invitamos a conocer el comienzo de este bonito relato…

Eres tu infancia

Pancho se adentró en las cristalinas aguas hasta que le cubrieron por la cintura. Envuelto en el aroma de algas que arrastraba la brisa de levante, contempló el vasto Mediterráneo que se fundía en el horizonte con la cúpula celeste. Se confabuló con el líquido elemento y se dejó caer de espaldas. Su cuerpo quedó sumergido por completo y sintió con placer cómo las cálidas aguas acariciaban su cuerpo ingrávido y cómo sus cabellos se balanceaban cual algas en busca de la superficie. En un alarde de parsimonia, se irguió hasta sacar el torso del agua. El viento le parecía frío ahora, y trotó hacia la orilla en busca del cobijo de su toalla. Apenas ponía un pie en seco, se topó con una niña que recogía pechinas y las guardaba en un cestito de mimbre. Debía tener algún año menos que él. Se detuvieron el uno frente al otro y se observaron con la pureza en la mirada que es acervo de los niños. Ella vestía un traje de baño de color ocre que realzaba el tostado de su piel. Sus lacios y rubios cabellos se encontraban quemados por el sol y la sal de la mar, y sus ojos verdes eran torrentes de vida. La niña rebuscó en el cestito, cogió una pechina y se la ofreció sobre la palma de la mano. Pancho la observó durante unos instantes, la tomó con suavidad y compartieron una sonrisa. Oteó los alrededores en busca de otra pechina con la que corresponderle, y divisó una entre la espuma de las olas de la orilla. Mientras se acercaba a recogerla, el violento impacto de un balón de fútbol contra su cabeza le devolvió al mundo real. Sus amigos habían llegado. Cuando se quiso dar cuenta, su efímera compañera corría cual gacela al regazo de sus padres. Guardó la pechina en un bolsillo y se unió al grupo.

El verano de 1972 contemplaba el florecimiento de las primeras urbanizaciones turísticas en La Manga del Mar Menor, un brazo de pálidas dunas de dieciocho kilómetros de longitud que nace en el sureste español y se adentra en la mar. El paso de los años y la especulación urbanística sepultaron aquel paraíso de arena con hormigón y asfalto y, quizás, lo único que queda hoy en día de lo que era La Manga por aquel entonces, es el aroma de las algas en la playa.

Aquellos días de verano tenían un sabor especial. Pancho se despertaba al escuchar el borboteo del café y las conversaciones de sus padres en la cocina. Remoloneaba entre las sábanas hasta que el aroma a pan tostado le incitaba a levantarse. Desayunaba con sus hermanos mientras comentaban de dónde soplaría el viento aquel día o a quién correspondía ir a comprar el pan. Después ordenaba su habitación y ayudaba con la limpieza de la casa hasta que sus amigos venían a buscarle para bajar a la playa del mar Menor; la gran laguna de someras aguas que se forma entre La Manga y la costa peninsular. Allí nadaban, hacían carreras sobre la arena, se peleaban, se reconciliaban y volvían a pelearse hasta la hora de comer. Tras la siesta, bajaba de nuevo a la calle y caminaba los trescientos metros que La Manga tiene de ancho en aquella zona hasta llegar a la playa del mar Mediterráneo, denominado mar Mayor por los lugareños. Allí se reunía de nuevo con la pandilla y jugaban al fútbol hasta que, al ocaso, el faro del vecino pueblo de Cabo de Palos emitía los primeros destellos y daban por finalizada la contienda. Y así de placenteras transcurrían las vacaciones de Pancho, una sucesión de días caracterizados por una permanente diversión hasta que, llegado septiembre, se trasladaba a Cartagena para comenzar un nuevo curso escolar.

Hicieron el reparto de equipos y comenzó el partido. Pancho parecía que hubiese nacido aprendido y despuntaba en el fútbol tanto como en el resto de facetas de la vida, pero aquel verano había llegado un niño nuevo a la urbanización que había revolucionado el orden establecido. Rafita era un agresivo delantero que convertía en gol todos los balones que llegaban a sus pies, colaboraba en la elaboración de jugadas desde el mediocampo, ayudaba en la defensa, corría detrás de cada pelota como si le fuese la vida en ello y podía pasarse dos días sin hablar, si salían derrotados. Algunos niños de la pandilla comenzaban a estar hartos del carácter semiprofesional que habían adquirido aquellas pachangas sobre la arena desde la llegada de Rafita, pero Pancho opinaba que su nuevo amigo era alguien digno de admiración. “¡Este tío es un fenómeno!”, decía abiertamente en cuanto tenía ocasión, mientras sus antiguos amigos le recriminaban que había preferido pasar a Rafita aun cuando ellos habían logrado un mejor desmarque.

Al igual que Pancho, Rafita tenía diez años, pero si esa edad debe ser sinónimo de inocencia, Rafita no tenía diez años mas que porque así lo decía su partida de nacimiento. Era el menor de siete hermanos varones, había crecido cual conejillo de indias y estaba más resabiado que Lázaro de Tormes. Se echaba eructos de cinco segundos sin ninguna dificultad, ya marcaba bíceps y el propio Pancho había visto cómo partía dos peonzas en el transcurso de una sola tarde, pero era jugando al tenis donde aquel desmesurado espíritu competitivo galopaba como un caballo desbocado. Rafita había nacido con una raqueta en la mano, tenía un talento especial para el tenis e incluso participaba en torneos en Cartagena contra chicos de categorías superiores. A los diez años todo aquello era tremendamente importante, aquella prematura apertura a la vida le confería un atractivo especial y Pancho se había visto deslumbrado en pocos días.

Con los primeros destellos del faro, dieron por finalizado el partido. Antes de regresar a la urbanización y de acuerdo al ritual, se dieron un baño para quitarse la arena y comentar las principales jugadas. Pancho quería que aquella amistad fuese más allá del verano. Al cabo de poco tiempo regresarían a Cartagena y tenía una propuesta que hacer a su amigo.

Oye, Rafita. ¿Cuándo empezáis los entrenamientos de tenis?

La semana que viene, en cuanto comiencen las clases.

Mira, he pensado en apuntarme. ¿Tú jugarías conmigo a dobles? Tú mismo has dicho que estabas buscando pareja.

¡Pero qué dices, Pancho! ¡Tú ahí no duras ni cinco minutos! —rió.

¿Cómo que no? —se sintió ofendido.

Hombre, Pancho… no sé si te gustaría. Yo el tenis no me lo tomo como un juego, para mí es algo más serio. Pero puedes venir a mi casa a jugar cuando quieras, y yo voy a la tuya.

Sí, claro, pero aparte de eso, me gustaría apuntarme a tenis. ¡Venga, Rafita, hombre!

Bueno… ¡A lo mejor llevas un Manolo Santana dentro de ti! —sonrió— De acuerdo, probaremos.

De regreso a casa se abrazaron por el hombro como dos buenos camaradas. Seguro que encajaría sin ningún problema. A la semana siguiente comenzaron los entrenamientos.

Gabriel y María, apenas recién levantados y siguiendo la costumbre de cada domingo, subieron corriendo por la vieja escalera de caracol que daba a la buhardilla. El sol se colaba por los tragaluces del techo e inundaba de luz la estancia de blancas paredes. En una de las esquinas había un caballete de madera sobre el que descansaba una carta náutica que abarcaba las costas de Cartagena, Cabo de Palos y La Manga del Mar Menor. Sobre algunas mesas se encontraban diseminados fragmentos de ánforas, duelas de barriles y otros restos arqueológicos procedentes de pecios que yacen sumergidos en los fondos de la costa murciana. El monótono tic-tac de un antiquísimo reloj de pared hacía compañía a Ricardo. Un mar de serrín lo rodeaba, y las infinitas partículas que flotaban en el ambiente envolvían una magnífica exposición de maquetas de barcos de madera. La trémula luz del quinqué delataba que llevaba allí desde antes del amanecer. Enfrascado en la construcción de su última maqueta, había olvidado que una pipa apagada colgaba de sus labios. Apenas superaba los cincuenta, pero su picuda barba lucía enteramente blanca. Se había casado mayor y había enviudado joven. Aquella buena mujer había dejado un vacío difícil de llenar, y aquel profesor de Geografía e Historia y arqueólogo submarino tiraba del carro lo mejor que podía. Los niños corrieron al encuentro de su padre. Éste, sin apenas desviar la atención de sus quehaceres, presentó la mejilla para recibir los besos de rigor.

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“Caminando hacia el interior”, de Toni Paradell Llaudet

“Caminando hacia el interior”, de Toni Paradell Llaudet, publicada por Ediciones Atlantis

Aquí comienza esta historia…

LA DECISIÓN

Oigo un sonido lejano que mi cerebro desprecia, como si no fuera con él.

El desagradable zumbido persiste y finalmente consigue su propósito. Dentro de mi cabeza se da la orden de abrir los ojos.

Reunir las fuerzas es complicado. Encontrar motivaciones, imposible.

Finalmente me incorporo sentándome en el borde de la cama, contradiciendo toda lógica, traicionando mis más profundos deseos.

Son las siete de la mañana y el despertador ha dejado de sonar.

Hace ya dos años que duermo solo y todavía realizo el maquinal gesto con el brazo de comprobar que no hay nadie a mi lado, de que estoy solo entre las sábanas.

Miro a mi alrededor. La casa está llena de recuerdos. Fotografías enmarcadas. Una imagen, un instante, un momento. Sonrisas en la cima. Visiones que vuelven a mi memoria y provocan en mí un vacío.

Voy a llegar tarde.

El día es gris, como mi estado de ánimo. Diría que empieza un nuevo día pero eso es mentira, empieza el mismo día de siempre. Preparar el café, abrir el grifo del agua caliente de la ducha, ver cómo el vapor borra mi cara en el espejo… apretar el nudo de la corbata.

Un día más en una gran ciudad, donde la rutina mata la emoción.

El ascensor, que siempre tarda demasiado en bostezar, abre por fin su boca y me vomita en la calle, donde me recoge un apestoso autobús lleno de gente que no se mira a la cara, que no tiene ninguna expresión que mostrar.

Cuando se abren las puertas del autobús, me encuentro al pie del edificio donde trabajo; montaña de paredes verticales de acero y de cristal. Seguidamente me engulle otro ascensor que en pocos segundos, me eleva del nivel de la calle hasta el piso 17. En media hora y sin apenas mover las piernas, he recorrido más trayecto que cualquier antepasado mío andando durante horas. La grasa se acumula peligrosamente en mis arterias. Me prometo a mí mismo que a partir de mañana realizaré el trayecto a pie y subiré el mismo desnivel por las escaleras. Ir a trabajar sin la ayuda de medios artificiales. Patético reto para un alpinista como yo.

Después de un saludo obligado y carente de la más mínima emotividad hacia las personas que me voy cruzando por el pasillo, me encierro en mi despacho.

Enciendo el ordenador y se supone que empiezo a trabajar, pero mi cabeza está muy lejos de este edificio, incluso muy lejos de esta ciudad. Mis pensamientos discurren entre montañas y tormentas, entre bosques y arroyos, entre penas y alegrías.

Recuerdos tristes se mezclan entre inmensas satisfacciones.

Debería tomar una actitud más activa frente a la realidad, pero veo pasar la vida ante mí, sin emoción. Nada tiene sentido.

Miro a través de la ventana de mi despacho y no consigo ver nada que me consuele, ningún lugar donde refugiarme. Nada que satisfaga mi deseo de evasión y de realización personal. A veces me gustaría desaparecer, encontrar una cueva donde por mucho que buscaran, nadie diera conmigo. Pero desaparecer no es la solución, eso sería demasiado fácil. Cada cuarenta segundos se suicida una persona en el mundo.

Pienso que ya nos vamos demasiado deprisa de este planeta. No hace falta provocarlo intencionadamente. Apenas da tiempo de echarle un vistazo, de explorarlo, de contemplarlo con toda su grandeza, de disfrutarlo… ¡Cuantas cosas quedan por hacer cuando nos vamos de esta vida y dejamos de existir! ¿Las haremos en otra vida? Quizás.

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“Arca Sacrarium” de Sergio Ramírez Vaqué en Ed. Atlantis

“Arca Sacrarium” de Sergio Ramírez Vaqué en Ediciones Atlantis

Puedes comenzar aquí esta historia…

—¡Estamos dentro! exclamó el sargento Jairo Fargas, empuñando su arma frente a él. Pulsó unos interruptores conectados en la pared—. No hay timbre, ni interfono y la corriente parece cortada. A nuestra derecha veo una puerta, y delante de nosotros, las escaleras que suben al edificio.

¡Sargento!… Atiéndame. No sigan adelante. Aguarden a la segunda unidad… —dijo una voz grave al otro lado de la transmisión. Esto no tiene buena pinta.

Debemos continuar, señor. No hay opción. La agente Linde y yo procederemos lo más rápido posible respondió el policía a través del micrófono de gancho conectado a su oreja. Luego, hizo un doble aspaviento con su mano para que su compañera comprobara la puerta identificada.

Está bien… Pero tengan cuidado y no se hagan los héroes. No saben con lo que se pueden encontrar ahí dentro ­—entre ligeras interferencias, el inspector Liébana se comunicaba desde el Centro de Operaciones de la Comisaría de Policía de los Mossos d´Esquadra.

El haz de luz de las linternas de los dos agentes de la División de Investigación Criminal, enfundados en sus uniformes de operaciones especiales, irrumpió en la espesa oscuridad de un vestíbulo donde apenas se apreciaba un habitáculo de recepción, en cuyo interior, además de una butaca de madera, se reclinaba contra la pared una espigada planta artificial.

La apagada noche sumada a una total ausencia de alumbrado público evitaban que por el portal acristalado por el que habían accedido se colase ni un resquicio de luz.

La agente Linde no tardó en descubrir que tras la puerta divisada sólo había un reducido cuarto repleto de cajas y utensilios de limpieza. Seguidamente, corrió hacia su compañero, el cual había ascendido unos cuantos peldaños por las escaleras.

Señor. Nada en el vestíbulo. Subimos —informó Fargas al Centro de Operaciones.

Creo que nos estamos metiendo en la boca del lobo insinuó la chica, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano que sujetaba su pistola.

Linde… Ten los ojos bien abiertos. No quiero sorpresas indicó él, haciendo caso omiso a su advertencia.

No me gusta… Esto no me gusta nada pronunció de nuevo ella con una entonación entrecortada.

Ambos avanzaron con celeridad. El único ruido que irrumpía en el ambiente era el de sus voces y constantes pero cautelosos pasos. A través del transmisor se filtraba el jadeo incesante de los dos policías, producido por el esfuerzo y la tensión acumulada.

Y, en breve, alcanzaron la planta uno.

¡Señor! ¿Me escucha?

Sí… perfectamente.

En el primer nivel sólo hay un local… La puerta está entreabierta.

Fargas se acercó precavidamente, marcándola con el objetivo de su arma. Colocó la linterna en la obertura y empujó la puerta. Luego, dio un paso hacia el interior mientras que su lámpara revelaba lo que parecía un estudio de paredes graffiteadas.

Aquí tampoco hay nada, señor informó. Subimos al segundo nivel.

Linde volvió a dejar paso a su compañero.

Las destartaladas escaleras ascendían por un edificio de mugrientos tabiques desconchados, provisto de una inestable barandilla de listones verticales de hierro que se tambaleaba al más mínimo roce.

En el siguiente rellano descubrieron una estancia cuyo marco de acceso carecía de puerta. Fargas se detuvo y alzó la mano. La agente observó la orden y se mantuvo en alerta sobre el último peldaño, cubriendo el área con su arma.

Fargas entró. También vacía.

Segundo piso despejado. Continuamos comunicó el sargento. Se colocó otra vez al frente.

Linde, sin dejar de iluminar hacia arriba, lanzó una mirada por el hueco de la escalera, cuya ciega visión le erizó la piel.

Cuando restaban escasos escalones para alcanzar el siguiente nivel del inmueble, el sargento advirtió que se trataba del último.

El edificio es de tres pisos. ¿Me escucha, señor?

Comprendido.

Al igual que en los niveles inferiores, la tercera planta disponía de un único local, esta vez bloqueado por una puerta de acero. El policía exhaló aire y avanzó hasta palpar con la mano enguantada la superficie metálica.

No hay cerradura. Totalmente bloqueada. No esperaremos. Voy a echarla abajo.

El tiempo transcurría como una cuenta atrás.

Por un momento se perdió la comunicación a través del radiorreceptor. A los pocos segundos volvió a funcionar, percibiéndose lo que parecía una pregunta:

¿Están seguros…?

¡Señor! ¡Repita! —exclamó Fargas, presionando el auricular sobre su oído—. No le hemos entendido. ¡La comunicación se corta!

Estos trastos son un desastre cuando más se necesitan —manifestó su compañera a su espalda.

De acuerdo. Procedan —se entendió pronunciar al inspector a pesar de la mala señal. No había tiempo para barajar otras opciones.

Jairo Fargas retrocedió unos pasos, apuntó con el cañón de su arma no reglamentaria Hunter 500 S&W Magnum sobre uno de los laterales e hizo cuatro ensordecedores disparos.

¡¡¡Abierta!!! —vociferó con ímpetu, dando un puntapié sobre la puerta despedazada.

Precavido, pero con decisión, accedió al piso. La agente, que pasó después, tragó saliva al iluminar la apretada negrura de aquel lugar y toparse con algo que la dejó sin aliento.

Un profundo hedor rompía en la atmósfera.

¿¿¿Qué…??? —La radio volvía a fallar, pero el inspector insistió al no recibir respuesta—. Sarg… ¿¿¿Qué ocurre??? ¡Agente Linde! ¿Me oyen?

¡¡¡Por dios!!!! ¿¿¿Qué es esto??? —profirió Fargas con tono acelerado a la vez que aterrador. Hizo un gesto con la mano, ordenando a su compañera a que avanzara por la derecha de la lóbrega sala.

¿¿¿Qué está sucediendo ahí??? —la voz grave de la radio seguía solicitando alguna contestación.

¡Señor! ¡Esto es horrible! Hay gente… Todos sentados… en una mesa… —respondió el policía alumbrando un espantoso panorama.

¡Explíquense! —mandó inmediatamente el inspector Liébana.

Cadáveres… sólo cadáveres —sentenció la agente Naima Linde acercándose a uno de los cuerpos.

Señor. Comprobamos si alguien continúa con vida. Pero, me temo que… —el sargento sesgó la frase y avanzó por el flanco izquierdo de la mesa. Se desenfundó un guante y verificó el pulso de una de las víctimas, colocando dos dedos sobre la arteria carótida de su cuello.

… y continuar aquí

“Ámbar”, de Cristian Reche Lillo en Ed. Atlantis

“Ámbar”, de Cristian Reche Lillo en Ed. Atlantis

Aquí comienza esta historia…

Recuerdo nº 1

De nuevo este recuerdo.

Otra vez se ve a sí mismo en medio de esta granulación inconexa; erguido sobre unos bultos que proyectan sombras según les parece, negando la posición de la luz, confundiéndola.

De nuevo esta secuencia. Escena compuesta de planos que se yuxtaponen solapando un hilo argumental oculto entre espesa bruma de celuloide mental.

¿Qué hago yo aquí, en medio de toda esta irrealidad? ¿Por qué me encuentro de pie, inmóvil, mientras ella llora?

En ocasiones la imagen se vuelve ininteligible, hasta el punto de dañar los ojos. Durante estos fragmentos en los que el cinematógrafo cumple mal su función, mientras el celuloide quemado anuncia delirios en la pantalla, tan sólo puede distinguirse un pitido agudo. Es el sonido de la percepción desmoronándose. Quizá por ello las partes más difíciles de digerir sean éstas. Blanco. Frío. Intenso. Maldita memoria.

¿Acaso me pertenece este recuerdo? ¿Existió de veras tal momento? ¿Cómo se conecta a mí? ¿Qué parte me concierne? Ese tipo enjuto frente a la chica, el arma… ¿soy yo?

En cualquier caso no hay más opción que visualizar la proyección siendo un espectador silencioso e invisible, sin capacidad de elección. Quieto. Y al poco que uno espera van volviendo los contornos. Si bien nada queda nítido, al menos da para percibir un trozo de lo que sucede.

Y sucede lo siguiente:

La habitación está revuelta. Él la ha desordenado. Lo sabe. Sin embargo, no recuerda el porqué. Cae el sudor surcando un rostro, ajeno a su ser, como quien ve el reflejo en el espejo. Observa atento, y no sin cierto sobrecogimiento, las lágrimas de Alicia saliendo a borbotones de unos ojos enrojecidos por el llanto. Llora pidiendo clemencia, trémula, apelando a sentimientos que él no siente, que no recuerda. ¿Cuántas veces habrá vivido esto? Ha perdido la cuenta, en verdad.

Sabe de sobra cómo acaba todo. Lo ha visto cientos de veces y siempre alberga la misma extraña impresión. Algo que le confunde y lo pone a temblar. ¿El qué? Ni él mismo lo sabe. Pero ahí está, la misma vorágine una y otra vez. Este recuerdo no le gusta, ya sabe cómo acaba.

Alicia recibe un disparo en la sien. Deja de llorar en el instante en que la bala perfora su cráneo. Él la mira unos segundos. Parece abstraído, fuera de sí. Tal como si el crimen no tuviera nada que ver con su persona. Un reflejo fantasmagórico de sí mismo. Un “yo” diferente, sumergido en un mundo diferente, regido por normas diferentes. El ente de la incoherencia. Así se ve.

Y el recuerdo número uno termina esta vez tal como las anteriores. Exactamente igual que tantas otras veces. Una habitación desordenada, Alicia muerta y en el centro, de pie, el verdugo desconcertado.

El cinematógrafo se detiene. Su sonido cesa. Y la electricidad discurre en sentido opuesto al de la escena, directa a la realidad.

Directa a la memoria.

Día 36

I

Amaneció gris, con una capa compacta de nubes plomizas que ocultaban el sol.

A mí tanto me dio. No me gustan especialmente los días soleados, aunque a decir verdad tampoco soy de los que se pierden por los nublados. Lo mismo me da. Por mí como si aquella mañana algún huracán tenía en mente romper sus cadenas y barrer el lugar. Me era indiferente. Al fin y al cabo yo estaba atrapado en Ámbar.

Sin remedio.

Desperté alterado. Sentía el corazón latir a buen ritmo en mi garganta. PUM—PUM. Un pulso que también tenía lugar en la sien. PUM—PUM. Siempre me sucedía lo mismo. Cada vez que soñaba con ese recuerdo en particular me desvelaba acometido por un acceso de ansiedad y mi cuerpo demandaba aire desesperadamente. Gajes del proceso de inmersión mental. Prioridad: salir a la superficie y recoger oxígeno. El resto podía esperar.

PUM—PUM.

Tras lograr serenarme alcancé un punto de coherencia con la realidad. Después salté de la cama. Me enfundé un jersey marrón que tenía muy a mano y unos pantalones de tela, de esos con muchos bolsillos. Fui al baño. Hice todo lo que había que hacer. Durante unos segundos (tal vez fueron minutos, ahora mismo no lo recuerdo con exactitud) quedé mirando fijamente la ducha. Aún hoy no sé si realmente pensé en ducharme o si simplemente sufrí uno de esos momentos en los que alguien desconecta el cable al otro lado dejándome inmóvil, en stand by.

PUM—PUM.

No me duché, claro. Fui a la pequeña cocina del diminuto estudio en el que me alojaba y preparé algo de café. Media taza, dos de azúcar y unas gotas de brandy. Desayuno listo. No precisaba más para empezar el día. Que, por cierto, ya era el 36.

Día 36, me dije mientras me fumaba el cigarrillo reglamentario de las mañanas, a los pies de la cama, cara a cara con la ventana y su campo visual. ¿Quién soy? ¿Cómo llegué aquí? ¿Por qué no recuerdo nada?

Muchas preguntas. Cero respuestas. Nivel de frustración por las nubes. Cordura nula.

Hace tiempo que no me cuestiono esas cosas. ¿De qué me vale hacerlo? De nada. No encuentro claridad, más bien confusión. Al adentrarme en mi memoria únicamente veo ruinas. Una ciudad de recuerdos en llamas. Si me acerco demasiado su fuego me deslumbra y termina por calcinarme. Mi mente no falla porque una bruma espesa impregne su memento. No. Al contrario, no es capaz de aunar experiencias sensoriales con emociones, ya que una luz crematoria carboniza los fragmentos a cada segundo. Ni más ni menos. Ambiguo, ¿verdad? Y con todo, es como mejor puedo explicarlo.

No conseguía recordar. Me movía por pura intuición. Generé un “yo” a partir de lo que los demás me contaban de mí. Y no creo que ese ser obligado a apelmazar retazos fuera alguien real. Pero, ¿qué opción quedaba? Era precisa una base con la que dar forma a mi sustancia. Una tabla en el mar para poder naufragar en condiciones.

PUM—PUM

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“AL OTRO LADO DEL EXTREMO”, de Shaidy en Ed. Atlantis

“AL OTRO LADO DEL EXTREMO”, de Shaidy en Ed. Atlantis

El inicio de esta historia es…

1

Hace trece meses que viví la peor experiencia con Rafa. Hace exactamente un año y un mes que Rafa me mostró hasta dónde podían llegar sus demonios y de qué manera podían llegar a poseerle, de tal forma que no le podían dejar ver que violaba a la persona que más ha amado en su vida.

Siempre he sabido que me amaba, son esas cosas que una mujer es capaz de ver en la mirada del hombre con el que duerme, vive y con el que hace el amor. Todo hubiera sido perfecto de no haber sido por su debilidad, desde que Alfonso se encargó de liquidar nuestros sueños, Rafa se había sumido en un mundo paralelo, en su infierno particular sin dejar lugar al razonamiento, sólo abandonarse a su ira, su miedo y su rabia.

Me ha pesado mucho todo lo ocurrido en mi vida desde que conocí a Rafa. Pero de alguna manera no le he reprochado nada. Desde el día que apareció por la inmobiliaria con esa melena y sus profundos ojos verdes, que me acaramelaron, no he podido resistirme a él. Durante toda mi vida había evitado a hombres que llevaban el cartel de ‘problemas’ escrito por todo su rostro, pero Rafa era especial. En él existía lo que en otros en su lugar no había, deseos de luchar. Era la primera vez que me veía a merced de mis sentimientos y dejando correr el entusiasmo por mis venas, no quise contenerme en amarle, quería ir más allá. Me puse una venda en los ojos y me dejé llevar por su fuerza.

Nunca me he arrepentido, creo que si no hubiera conocido a Rafa no hubiera tenido la dicha de haber sentido el amor verdadero. Todo lo que Rafa simbolizaba era la pura esencia de lo más carnal.

Su carácter débil oculto en su escudo de ser una persona fuerte e invencible, su sonrisa que recordaba a la de un niño, su manera de entender la pasión y de entregarse a ella, su agonía interior que fortificaba su personalidad inestable, su sinceridad a la hora de confesar lo que en su interior había, sus ojos que en ellos había escritos la necesidad de dejar de existir y la ilusión perdida del vivir. Era una mezcla agridulce la que Rafa poseía, una frenética mezcla que hacía que quererle fuera insuficiente para hacer florecer su lado más bueno.

Me hubiera gustado poder amarle más, es difícil amar tanto como se siente, es un sufrimiento agradable amar tanto y no lograr demostrar cuánto.

En estos trece meses han ocurrido muchas cosas en mi vida, todas las vivencias han tenido que ver de forma directa e indirecta con Rafa. Por mucho que me hubiera empeñado en descartar a Rafa de mi vida, no lo hubiera conseguido nunca, he sentido un amor con el añadido de sentir compasión por él que pocas personas puedan haber sentido por nadie.

Cuando Rafa se vio poseído por el mismísimo diablo, sentí miedo y terror, pero curiosamente debido a lo que he sentido por él y por procurar no ver su rostro endiablado, las secuelas han sido suaves, y como por un capricho del destino, milagro o mensaje, siempre ocurre algo bueno.

 

 

 

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“Ábrete al mundo”, de Pilar Lorente Moreno en Ed. Atlantis

“Ábrete al mundo”, de Pilar Lorente Moreno en Ed. Atlantis

Puedes comenzar esta historia en el siguiente texto:

La Escuela de las hadas

Las jóvenes hadas, que iban siguiendo a su Hada Madrina por el sendero, se detuvieron a una orden de ella. Habían llegado hasta un círculo de piedra que se encontraba en aquel inmenso bosque. Sabiendo lo que había que hacer, se sentaron cada una en una piedra, mientras su maestra se colocaba en el centro.

Os he reunido aquí porque creo necesario que estéis en este lugar para que adquiráis un paso importante en vuestro aprendizaje como hadas del bosque. Antiguamente, aquí se celebraban nuestros Círculos de Hadas nocturnos y este lugar fue uno de los escenarios donde ocurrió un hecho sin precedentes en nuestro mundo y también en el mundo de las flores —suspiró hondo al decir esto y realizó una pausa meditativa.

Aquellas jóvenes e inexpertas hadas se miraron intrigadas y guardaron silencio ante la pausa de su maestra, que contemplaba algunas de las piedras que no habían sido ocupadas.

¿Conocéis la Leyenda de la Flor Sin Nombre? —preguntó a sus alumnas.

Es una canción que se canta en los Círculos de las Hadas —respondió una de ellas.

Exacto, conocéis la canción. Pero hoy os voy a contar la historia completa y verídica de lo que ocurrió hace ya muchísimo tiempo y que debéis conocer si queréis llegar a ser unas buenísimas hadas.

Las hadas aplaudieron expectantes y jubilosas, pues por fin iban a descubrir el porqué se cantaba aquella nostálgica canción en todos los confines de su país y en todos los reinos de hadas del mundo.

La Hada Madrina se sentó en el centro del círculo de piedra. Y, mirando hacia un árbol que tenía en frente, perdió su mirada en él, comenzando la narración.

El nacimiento

Existió una vez una gran casa señorial con un hermoso e inmenso jardín, del cual todo viajero que visitaba el lugar hablaba maravillas de él. Su cuidador, un jardinero entrado en años, no regateaba esfuerzos en mantenerlo sano y cuidado, siendo muy popular en su comarca por su exquisitez y gusto por las flores más bellas y ornamentales: tulipanes veteados de colores mixtos; azucenas vigorosas con su delicioso perfume; narcisos blancos y longevos; olorosos y frescos jacintos; elegantes y estirados gladiolos; preciosas verónicas azules; margaritas multicolores y otras especies más, formaban parte de aquella gran familia que habitaba el mimado vergel. Sin duda alguna, eran la envidia de todas las flores silvestres que crecían sin amparo en las orillas de los caminos o entre las rocas, asediadas por molestas hierbas y ansiosas de deseo por los días de lluvia. Era un gran privilegio pertenecer a dicho edén, donde siempre reinaba la belleza, y donde las flores deslumbraban al visitante como agua fresca iluminada por el sol.

En realidad, quienes brillaban de verdad eran las rosas, pues siempre habían sido las reinas del jardín desde tiempos inmemoriales. Su intenso y delicado aroma y sus pétalos tentadores atraían a toda persona que paseara por el lugar. Se les atendía con especial mimo, y diariamente, su protector revisaba los nuevos capullos que iban brotando, procurando evitar las espinas para no lastimarse. Se decía que las rosas eran las flores más bellas y orgullosas de los jardines de todo el mundo y que por eso tenían espinas. Nadie lo ponía en duda, pues aquéllas eran de lo más hermosas, además de espinosas. Cierto era también que las verdaderas soberanas del lugar habían sido las rosas rojas. Sus grandes pétalos aterciopelados de un color vivo carmesí y su fragancia de inigualable exquisitez, según algunos expertos perfumistas, incitaba a que todo el mundo quisiera poseerlas, siendo las más codiciadas de su especie.

Pero hacía ya mucho tiempo que en aquel lugar no brotaba ninguna rosa roja. La avaricia de algunas personas ignorantes hacía que las cortasen sin piedad mucho antes de que pudieran abrir totalmente sus bellos pétalos, terminando así con las últimas de su estirpe. Aunque esto poco importaba a las demás especies de rosas, pues ahora eran ellas las que podían presumir de ser las reinas de aquel paraíso multicolor.

La mayor parte del terreno fértil estaba dedicado a los rosales, al amparo de un largo muro que rodeaba los lindes de la propiedad. Muchos de ellos estaban enzarzados entre sí, dando la aparente sensación óptica de que brotaban todos del mismo arbusto, como si fueran híbridos, pues había rosas de diferentes colores, predominando las blancas, las amarillas, las azules y algunas de un carmín muy pálido.

Fue una tranquila mañana, cuando despertaron las rosas por la llegada del agua fresca que tiraba un difusor de riego del jardín, en la que vieron algo que las sorprendió. En un apartado ángulo del muro, donde hacía incontables años que no crecían rosales, había nacido un pequeño brote formando un débil y tierno capullo. Habían estado tan ocupadas últimamente en su aspecto físico y en sus charlas animadas sobre el color, el perfume y la belleza, que no habían reparado antes en aquel olvidado recodo; y ello comenzó a suscitar clamorosos cuchicheos entre ellas. Los murmullos aumentaron considerablemente de tono al contemplar que el jardinero se acercaba al recién nacido para comprobar su estado, sonriéndole y regalándole una leve caricia. El pequeño capullo se estremeció.

  • ¡Buenos días tengas, pequeño! —le saludó animosamente y se marchó para continuar sus labores sin decir nada más.

Entonces, las demás rosas se sintieron ofendidas e irguieron sus espinas mirando con rabia al pequeño. ¿Qué estaba ocurriendo allí? El cuidador se había olvidado de saludarlas a ellas; algo que hacía todas las mañanas, y en cambio, había acariciado y saludado a un brote solitario, minúsculo e insignificante que había crecido en una zona seca y llena de hierbajos.

 

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“Del azul mahón al rosa palo”, de F. Roselló, en Ed. Atlantis

“Del azul mahón al rosa palo”, de F. Roselló, en Ed. Atlantis

A continuación puedes leer el comienzo de esta interesante historia…

Soñando caminos

I

¿Tres? Quizá cuatro estampidos secos.

El sol brillaba en lo alto endureciendo los perfiles de los edificios y los automóviles, que esperaban la llegada de sus ilustres ocupantes.

Junto a ellos, los chóferes inhalaban apresuradamente las últimas chupadas a los apresurados cigarrillos. Los escoltas oteaban los alrededores con inquisitivas y aburridas miradas.

Apenas pudo reaccionar. Estaba absorto en sus pensamientos. Todo aquel asunto lo tenía desconcertado.

A aquel acuciante problema se sumaban las actuales negociaciones. Nadie cedía un ápice.

Si supieran… ¿O sabían?

Aquello no era soportable durante mucho más tiempo. Había pasado por vicisitudes muy complicadas a lo largo de su vida, pero aquello se salía de los cauces que podían considerarse normales incluso en una vida como la suya, muy alejada de la normalidad.

No había podido dormir más allá de un par de horas la noche anterior —hacía ya más de veinticuatro— y tenía cuerpo, boca y ánimo con esa sensación que queda tras una larga noche de juerga, alcohol y tabaco. Pero en esta ocasión la juerga la habían constituido las discusiones con tirios y troyanos, empeñados en no ceder el más mínimo espacio de terreno si no era después de una continuada y feroz lucha alrededor de un concepto o, cuando no, de una simple coma convertida en bastión inexpugnable. El tabaco sí, en cantidades suficientes como para hacer aumentar los dividendos de Tabacalera. El alcohol, finalmente, había sido sustituido por litros de café siendo posiblemente el causante de aquella sensación de pellizco aposentado desde hacía un buen rato en el estómago.

Y luego aquellas cavilaciones que, en las últimas fechas, habían constituido el sustrato de sus pesadillas.

¿Qué le había alertado? Posiblemente nada, al menos de una forma consciente. Tal vez la posición de aquel hombre: piernas semiflexionadas, brazos extendidos en su dirección… Se sintió impelido a lanzarse al suelo y rodar intentando guarecerse entre los coches aparcados mientras era consciente de los proyectiles silbando en busca de su cuerpo.

Dos encontraron blanco.

¿Cómo podría ocurrir?, se pregunta.

Siente la mordedura en el costado izquierdo y un fuerte escozor en la cabeza, en toda la cabeza.

Allí, a plena luz, rodeado de guardaespaldas, escoltas y policía.

Hay una explosión de colores y piensa: un atentado.

Un atentado así, en abstracto. Como cuando se investiga en una comisión para analizar sus consecuencias. Como cuando se lee en el periódico o se contempla en el televisor. O como cuando se ha de ir a observar sus secuelas en cumplimiento de los deberes del cargo.

No puede observar la rápida huida en el coche negro del hombre que ha atentado contra él, salvaguardado por el fuego de cobertura que se abate sobre los sorprendidos agentes encargados de la protección de los delegados que abandonaban el edificio.

Corre entre gavillas apretadas y enhiestas dispuestas a lo largo y ancho del campo segado en toda la mañana. Las hoces en las manos; el sudor, en la frente bajo el sombrero de paja y en todo el cuerpo bajo la abotonada camisa sin cuello.

Resuena una canción en algún lugar. Lejanas, como las imágenes confusas por el sepia del tiempo. Ricardo no la reconoce. Habla de apretar, ir en busca de algo cuyo significado se funde con aquellas gavillas apretadas ahora sobre los lomos de las mulas.

Apretadas también están las sardinas saladas, en la cuba, encima del mostrador de la tienda lóbrega, con olores a vino y cuero rancio.

Su padre las envuelve, una por una, en un papel de estraza, las introduce en la rendija de la puerta y cierra esta. Se produce un ruido sordo, un crujido. Después arranca cabeza y vísceras, desprende escamas y piel de la carne magra y oscura y se la ofrece.

Está vivo —exclama alguien.

¿Está vivo?

Quiere irse de la tienda, olvidarse de las sardinas. Volver atrás, al verano de la siega o aquel otro de los suspensos en junio.

El calor inmenso de la siesta.

El silencio aplastante de la ciudad.

Camina hacia lo que llaman pomposamente academia. Trata de aprovechar las escuetas sombras de los edificios, buscando la protección del inmisericorde sol que se desploma sobre el asfalto, licuándolo en una pasta ardiente y pegajosa que se adhiere a la suela de las sandalias y casi le impide caminar.

Academia: dos habitaciones con sendas pizarras; diez o doce desvencijados bancos; unas persianas verdes, tamizando la luz del sol, pero no el calor, y las consabidas fotografías del Jefe del Estado y el de Falange, amén de un crucifijo de madera y un cuadro con la fotografía de Pío XII, con la leyenda en negra y rotunda letra gótica: Dios bendiga cada rincón de esta casa.

Un par de docenas de chiquillos, sentados en los ruinosos bancos, simulan prestar atención a las palabras de don Diego o don Rufino que pretenden imbuirles las ecuaciones de segundo grado, el concepto de fototropismo o el insondable misterio de las sales y las bases el uno, y la fórmula magistral de las subordinadas adjetivas, los afluentes de todos los ríos de todas las vertientes o las extraordinarias heroicidades de Viriato, el Cid Campeador y Cabeza de Vaca, el otro.

Las cabezas, muy a su pesar, se inclinan a veces hacia el pecho y en algunas ocasiones los ojos se cierran vencidos por el sopor de la siesta y el arrullo del monótono discurso del profesor.

No es extraño que este interrumpa su docta exposición para propinar un sonoro sopapo —más ruido que nueces, dice sentencioso don Diego— en el expuesto cuello del durmiente.

Los chicos aguardan estoicos el transcurso de las dos horas de suplicio aguardando poder salir a comprar alguno de aquellos inefables polos artesanos de puro hielo con misteriosos colorantes y sabores: amarillo-limón, rojo-fresa o blanco-vainilla, al menos en los primeros instantes. Después, todo será de un uniforme e insípido incoloro-hielo.

Otra apretada fila de imágenes trata de abrirse paso, superponiéndose las unas sobre las otras, tratando de mostrar la trascendencia que en su día tuvieron para llegar hasta allí.

¿Cuál fue más importante?

¿Qué decisión más acertada?

¿Dónde estuvo el secreto del éxito que pareció sentarse allí, con él, en el inmenso sillón rojo frente al ujier de barroca librea y gesto inescrutable?

Pero eso fue mucho después ¿O no?

La colosal mesa, los micrófonos estilizados y ergonómicos, los dosieres esparcidos sobre el pulido y brillante tablero, los trajes de distintos tonos, pero indefectiblemente grises, como si fuera el uniforme elegido para la reunión… y las sonrisas, las amplias y esplendorosas sonrisas.

Sonrisas triunfantes, henchidas de orgullo y, por qué no decirlo, de cierta desconfianza. Trataban de guardarla en lo más profundo de la mente, pero —Ricardo lo sabía muy bien—, tozuda, asomaba una y otra vez, planteando dudas reflejadas sin pudor en sus rostros.

Todos habían seguido un largo camino hasta encontrarse allí. Todos debieron renunciar a muchas cosas hasta aquel momento y todos —suponía— podían sentirse tentados de volver la vista atrás y recordar el largo camino hasta llegar a aquella meta.

Sabe que muchos de ellos —hombres y mujeres sentados junto a él— son imposiciones de los distintos grupos que tratan de controlar parte del pastel del poder y la influencia.

Para estos, sí es la meta. Meta ni soñada ni merecida. Para otros, posiblemente, sólo sea un paso hacia un horizonte de más alto valor y servicio. De todas formas la vida, la suerte, o las oportunidades —no siempre la valía— pondrá a cada uno en su sitio.

Algarabía. Sirenas, bocinazos, pasos apresurados…

Ruidos, ruidos, ruidos…

Federico… Federico… ¿Quién es Federico?

Alguien levanta pausadamente la vista del documento, toma un sorbo del vaso de agua y lo apoya con alguna brusquedad sobre el pequeño plato.

Es, o aparenta ser, la señal. Aún persiste unos instantes un ligero murmullo que se va apagando lenta y suavemente. Finalmente todos guardan silencio

Pasa la mirada por los rostros de cada uno de los presentes, hombres y mujeres, y deja asomar a sus labios una amplia sonrisa.

Ricardo lo contempla con fijeza. Trata de evitar el reflejo en su rostro del interrogante insidioso que transmite su mente.

¿Quién es? ¿Qué pretende?

De una forma instintiva e involuntaria siempre hubo algo para hacerle desconfiar. Sí, todo el mundo está de acuerdo en su forma de hacer las cosas.

Es suave. Es delicado. Es dialogante… Todas esas expresiones y algunas más de la misma índole se han aducido, pero…

Señoras y señores, compañeras y compañeros o, en definitiva, amigas y amigos —las primeras palabras de la reunión le sacan de sus pensamientos. Ya no hay flashes, cámaras ni periodistas. Se han retirado ordenadamente después de haber estado más de diez minutos inmortalizando el acto.

Ricardo escucha el discurso pleno de buenos deseos, inmejorables intenciones y no exento de la emoción que el estar allí presta a cada uno de los presentes como individuos, y a todos, como grupo.

Ha sido un largo caminar, pero aquí estamos y permaneceremos en tanto en cuanto seamos capaces de cumplir los objetivos marcado; no podemos dormirnos en los laureles del triunfo. Triunfo ciertamente merecido, pero que nos obliga a continuar la lucha desde este mismo instante.

Continua desgranando el discurso, no exento de conceptos grandilocuentes normalmente no utilizados para el consumo interno, pero justificado en aquella ocasión por la emotividad del momento.

Ricardo quiere bucear en las palabras desgranadas con un acento de alarma.

Mira a los demás, sentados alrededor de la inmensa mesa, pero nadie parece ir más allá de las palabras que resuenan suaves en la espaciosa sala.

No —se da cuenta—. No se perciben directamente sino a través de la sofisticada megafonía, del estilizado micrófono, de los ocultos altavoces…

Bueno ¿Y qué importancia tiene?

A Ricardo le duele la cabeza.

Le duele la cabeza.

Hay mucho ruido, demasiado ruido, pero no está fuera. Está allí, dentro de él, en algún lugar hasta aquel momento inaccesible, pero manifestándose cada vez de forma más agresiva.

Se nos va.

Alguien grita en su oído.

Se nos va.

Hay voces confusas. Quiere huir de aquella confusión. Le duele la cabeza.

Hay una nota encima de su mesa.

Ahora era distinto. Tras aquellos años, se han cambiado rostros, sonrisas y palabras. Algunos se fueron, otros permanecen en los mismos lugares o en otros afines, pero la ilusión de aquellos primeros días, incluso meses o años desapareció con la realidad.

Las ilusiones siempre chocan con ella.

La realidad es tozuda.

Una nube de humo envuelve la solemne cabeza, como un halo que se sumara al alborotado cabello, que constituye ya en sí una magnífica y personal aureola. Surge con fuerza desde la cazoleta que parece cobrar vida propia en determinados lugares del parlamento y asciende mansamente o con violencia, subrayando el latido de sus palabras.

No podemos cambiarla aunque, eso sí, podemos enmascararla durante algún tiempo y engañar, sobre todo a los que quieren ser engañados ¡que los hay!

Papel amarillo y la apresurada caligrafía de Cecilia.

Quiere verle. Dieciocho treinta.”

La sonrisa no desaparece normalmente de los labios de Federico, Fede para los íntimos. Sigue siendo un hombre sonriente, piensa Ricardo, pero los tensos años han señalado líneas en las comisuras de los labios y en la frente y unas ojeras no demasiado marcadas en los ojos. Ahora sus gestos dejan adivinar cierta urgencia ¿o es indecisión?

Ricardo hace un gesto de asentimiento sin descomponer la sonrisa en los labios ni dejar de oprimir la mano aferrada con inusitada fuerza a la suya.

Fede señala el sillón frente a él.

Ricardo —espeta sin rodeos—, ¿qué es para ti la democracia?

Están sentados en dos amplios sillones situados frente a una ventana sobre el jardín. Infinidad de flores —amarillas, azules, rojas, blancas…— muestran desde los arriates, árboles y macetas el esplendor de la estación.

 

 

Sigue la historia

“MESTIZA”, de Laura Espinosa Solano publicada por Ediciones Atlantis

“MESTIZA”, de Laura Espinosa Solano publicada por Ediciones Atlantis

“MESTIZA”, de Laura Espinosa Solano publicada por Ediciones Atlantis, expone aquí su comienzo:

Esa mañana me he desperté tarde. El reloj despertador de mi mesita de noche marcaba las doce menos cuarto. La ventana de mi habitación estaba abierta y unos cálidos rayos de sol entraban generosamente por ella. Al levantarme me he sorprendí al darme cuenta de que una pequeña cajita de joyería descansaba en mi regazo. Estaba cubierta por un bonito papel dorado y adornado con un gran lazo rojo perfectamente colocado. Examiné la caja con cuidado, intentando encontrar el lugar adecuado para abrirla sin romper el papel.

Con sumo cuidado, deshice el lazo y le quité el papel dorado a la caja, que resultó ser más antigua de lo que había supuesto en un primer momento. La madera de roble con grabados extraños pero igualmente antiguos, era áspera, pero reconfortante al tacto.

Inspeccioné la caja, pasando las yemas de mis dedos por los extraños grabados que la adornaban. El cierre era diferente a todos los que había visto anteriormente y a simple vista parecía muy difícil de abrir. Pero bastó un solo roce de mi dedo índice para que el cierre se abriera, dejando entrever lo que contenía.

Con cuidado, abrí la tapadera de la caja y poco a poco destapé su contenido, que estaba cubierto por una fina tela de terciopelo negro.

La antigua caja contenía un medallón. La cadena era de plata, muy fina y brillante. Una pequeña gota de un material translúcido y de diferentes matices de azul prendía de la delicada cadena. Parecía de un material muy delicado, posiblemente era de cristal, e irradiaba una pequeña luminosidad.

Saqué el medallón y lo miré con curiosidad, preguntándome el porqué de su extraña diafanidad. Desistí, al fin, en mi intento de descubrir su inusual refracción de la luz. Lo coloqué alrededor de mi cuello y me levanté de un salto. Miré el calendario. 24 de Junio, sábado, luna llena. Mi cumpleaños.

Ese día cumplía dieciséis años. Había organizado una fiesta en uno de los pocos clubes que había en el pueblo. Irían todos mis compañeros de clase, desde aquellos que habían pasado la infancia conmigo, hasta Rick.

Rick era un estudiante extranjero que había venido ese año a estudiar al pueblo en una especie de intercambio de estudiantes. Se había alojado en la casa de una vecina e íbamos juntos al instituto, ya que mi madre me había pedido que fuese su “guía” durante este año. Era muy alto, de tez morena y de cabello negro, que le caía a ambos lados de la cara. Pero lo que más me llamaba la atención de él eran sus ojos negros. Parecía que no tuviese pupilas, claro que eso era imposible. En clase, a veces, me quedaba mirándole a los ojos intentando distinguirlas del iris, pero acababa por desistir o mirar avergonzada hacia alguna otra parte si se daba cuenta de que lo miraba.

Moví la cabeza hacia los lados, sonriendo ante un pensamiento tan estúpido, y me dirigí al armario, centrándome en otros pensamientos.

En realidad era una suerte que en mi cumpleaños hubiese luna llena. Siempre me sentía mejor cuando la había. Era una sensación extraña, como si la luna ejerciese una fuerza en mi interior.

Me puse un pantalón corto y una camiseta sin mangas de color verde militar y me dirigí al baño. Me miré al espejo, preguntándome si podría arreglar algún día mi pelo. Negué con la cabeza y cogí el cepillo con decisión. Pasé más de un cuarto de hora desenredando los nudos que había en él. Por fin, cuando terminé, cogí el coletero que adornaba mi mano y me hice una cola alta. El pelo me llegaba a la altura de los hombros con ella, “así que no dejarás de darme calor, ¿eh?” pensé, con una sonrisa en la cara. Me agaché y cogí agua entre las manos, echándola sobre mi cara adormilada. Mientras me la secaba me acerqué al espejo, observando que no quedase ni rastro de la noche en mi cara. Mis ojos azules recorrieron cada rincón de mí y, al fin, desistieron. Me fijé que el medallón hacía juego con mis ojos y sonreí. Di media vuelta y salí del cuarto de baño. Bajé las escaleras que llegaban al salón para darle las gracias a mi madre por el medallón. Sabía de sobra que el regalo era suyo. Conocía mis gustos y esa pieza me gustaba especialmente, sobre todo el leve cosquilleo que producía al rozar mi piel.

Rachel, mi madre, trabajaba como agente de viajes en una gran empresa. Era una gran mujer, muy activa y despreocupada.

Hola cariño, ¿cómo has dormido? —preguntó mi madre con una sonrisa, cuando llegué a la cocina. Su actitud parecía cansada y triste. Pensé que no había dormido bien, así que no me preocupé. Últimamente se le notaba más distante conmigo, pero no le di importancia.

Muy bien, he dormido como un tronco —le saludé con un cariñoso beso y cogí el vaso de leche que estaba preparado en la encimera—, ¿y tú? Pareces cansada…

Sí, hoy casi no he descansado —pareció dudar—, me he despertado muchas veces…

Me bebí de un trago el vaso de leche y salí de la cocina, dispuesta a ir al centro del pueblo, pues tenía que hacer las últimas compras para la fiesta de esa noche, así que me dirigí hacia la tienda de complementos de la plaza, caminando por las calles en las que había crecido.

De repente, me invadió una extraña sensación. Sentí un escalofrío en la parte baja de la columna. Alcé la vista y me di cuenta de que un hombre alto y desaliñado me observaba desde la esquina de la calle mayor, no me daba buena espina. Era muy delgado y aparentaba tener unos treinta años o más. Llevaba una ropa desgastada y sucia. Su cara era alargada y su tez morena. Y tenía unos ojos verdes y grandes, enmarcados por unas cejas anchas y un pelo corto mal peinado.

Con un poco de prisa, di media vuelta y me dirigí hacia otra parte. Decidí dar un rodeo porque mi intuición me decía que no era bueno estar cerca de él, pero cuando di la vuelta a la esquina, aquel hombre estaba allí, mirándome otra vez. ¿Me estaba siguiendo? “No puede ser”, me dije, moviendo la cabeza y sonriendo para mí misma. “He visto demasiadas películas”, pensé con una sonrisa forzada en los labios. Después, en vez de dirigirme a mi destino, y para evitar cruzarme con aquel hombre otra vez, fui hacia la plaza, unas manzanas más a la izquierda. Pero, al sentir una fría punzada en la espalda, decidí mirar hacia atrás, y sorpren-diéndome mucho, mi intuición no me fallaba. Descubrí que aquel hombre desaliñado andaba directamente hacia donde estaba yo. Parecía moverse con cansancio y lentitud, pero, en cambio se movía rápidamente.

Mierda, la han encontrado.”

Alterada, empecé a correr hacia la plaza, sin mirar atrás, pero casi podía sentir los ojos verdes de ese hombre clavados en mi espalda. Vigilándome.

Corrí y corrí sin mirar hacia atrás hasta que llegué a la plaza. Estaba llena de gente. “Bien, podré mezclarme entre la gente fácilmente.” Sin parar de correr, esquivé a varias personas que obstruían mi camino, pero hubo una que no pude esquivar y choqué con ella. Avergonzada me separé, y miré hacia el suelo, en señal de disculpa.

Lo siento, no sé en qué estaba pensando… —dije casi inaudiblemente.

No importa —dijo el desconocido con un tono de voz seco e indiferente, pero extrañamente familiar. Parecía extranjero.

Para mi sorpresa, al mirar hacia arriba, descubrí que era Rick el que estaba delante de mí, pero sus ojos negros no me miraban. Estaban más fríos que de costumbre y se perdían en la multitud. Parecía que buscase a alguien, pero no había movimiento en ellos.

¿Te seguía? —dijo de repente, sin apartar los ojos de su objetivo.

Me giré hacia la dirección que apuntaba su mirada y tuve que ponerme de puntillas para ver lo que me estaba señalando. Conseguí distinguir al hombre desaliñado que me había estado siguiendo. Mantenía sus ojos fijos en los de Rick, que parecía estar desafiándole con su mirada.

¿Cómo lo has…? —pregunté azorada.

Intuición —cortó rápidamente—. No separa la vista de aquí. ¿Quieres que te acompañe a casa? —preguntó forzando demasiado una leve sonrisa.

No me pasará nada y, además, mi casa no está tan lejos de aquí.

Vamos, piensa algo… convéncela.”

¿Seguro? —preguntó, volviendo sus ojos negros y serios hacia mí.

Lo que quieras.

Bien.

No sé cómo lo hizo, pero me convenció solo con mirarme. Sus ojos parecían embaucadores, pero sinceros a la vez. Parecía que se preocupase por mí, al fin y al cabo… y, además, el camino parecía más seguro a su lado.

De vez en cuando yo miraba para atrás para cerciorarme de que el sospechoso hombre no nos seguía. Luego miraba a Rick, que caminaba a mi lado, ignorándome. ¿Por qué lo hacía? Era él el que quería acompañarme. Debería ser yo la que lo ignorase, pero me parecía imposible. Decidí apartar de mi cabeza aquellos pensamientos. Había algo más importante. Cuando estábamos en la plaza, por su expresión, me pareció que Rick conocía al hombre que minutos antes me había perseguido. ¿Lo reconocía?, ¿sabía quién era? Muchos interrogantes para mí en ese momento. Y no estaba dispuesta a preguntarle a él. Sus ojos fríos estaban ahora distantes, inertes. “Para variar…”

Puedes continuar esta historia en el siguiente enlace.

“LA ROSA DE SANGRE”, de Laura Alcantarilla Chaves

“LA ROSA DE SANGRE”, de Laura Alcantarilla Chaves, publicada por Ediciones Atlantis

Publicada por Ediciones Atlantis, “LA ROSA DE SANGRE”, de Laura Alcantarilla Chaves, comienza de esta manera:

Alemania, 1927.

Unos pasos lo acechaban por la casa. Podía escuchar el retumbar del techo cuando las temibles zancadas corrían en su búsqueda. Tenía miedo de aquel sonido. Necesitaba huir, esconderse. No quería seguir jugando. Ya no le gustaba. Le daba miedo. Él lo hacía peligroso y mamá siempre acababa enfadada con él, aunque no hubiera hecho nada malo. Además, estaba cansado de correr. Sus ligeras piernecitas infantiles comenzaban a temblar en cada intento de subir un nuevo escalón. Lo único que quería era acurrucarse en algún lugar oscuro y estar solo. El recuerdo de la habitación de la buhardilla, tan aislada y sombría, lo golpeó de pronto. Allí estaría a salvo. Allí no lo buscaría. Corrió hacia la puerta, escondida entre los destartalados tablones de madera roída. Aquella escalera le pareció interminable. Los escalones eran muy grandes y tenía que impulsarse con todas sus fuerzas, sujetos al posa manos para poder avanzar. Pero por fin llegó. Estaba arriba, sin más compañía que el polvo y las telarañas. Escuchó los pasos que se acercaban y corrió a ocultarse en algún rincón oscuro, hecho un ovillo y deseando con todas sus fuerzas que no lo encontrara. Pasaron unos minutos y, desde la puerta, se proyectó la imagen de una sombra alargada que observaba, buscándolo. Contuvo la respiración, «que no lo encontrase, que no lo encontrase», decía para sí. Al cabo de un rato, la sombra se desvaneció. Hasta que no vio como la oscura silueta se desvanecía entre el resto de las sombras, no se dio cuenta de lo incómodo que estaba en aquella posición, con las piernas tan encogidas. Comenzó a estirarse y, sin querer, golpeó el mueble que tan bien lo había escondido haciendo que cayera un libro viejo. Las hojas estaban rotas o sueltas, amarillentas y desgastadas, pero era un libro. Le gustaba leer y él no le dejaba nunca, decía que era para débiles. Se iba a quedar allí, leyendo, decidió. Callado, escondido y a salvo. Abrió la tapa. Estaba escrito a mano y parecía una especie de diario. Pronto las letras inundaron su mente y sus propios recuerdos se difuminaron envolviéndose en las palabras de tinta que leía.

«23 de junio de 1918.

No sé de dónde saco fuerzas para escribir ni cuánto podré continuar, pero necesitaba tanto poder plasmar en algún lugar mis recuerdos. Poder pensar en él. Devolver a mi memoria los momentos, los días que pasamos juntos. No podía permitir que el tiempo me arrebatase lo único que me queda de él, su recuerdo. Quizás por eso esté desafiando el frío y el hambre que recorre mi cuerpo. Quizás por eso he preferido hacerme con algo de papel y tinta en vez de con una hogaza de pan. Para que sea mi espíritu el que sobreviva al largo invierno de mi vida, ahora que él no está.

Nací el 6 de diciembre de 1897, una de las madrugadas más frías de todo el invierno londinense. Las calles estaban desiertas, los lagos helados y las ventanas de cada casa cubiertas de una densa escarcha que impedía la visibilidad. Llegué al mundo entre tinieblas y vientos gélidos, entre gritos y lágrimas de dolor. Así llegamos todos y así nos marcharemos, supongo. Solo entre esos dos momentos podemos, si tenemos mucha suerte, llegar a sentir algo parecido a la felicidad.

Aquella noche la ciudad dormía en silencio. Debió ser una hermosa noche, con los cielos despejados, la luna en lo alto, fiel testigo de cualquier suceso que transcurriera bajo su guardia. Con el cielo repleto de estrellas y la calma de la soledad. Solo unos gritos desgarradores se atrevieron a truncar aquella calma. Gritos de dolor y miedo, mientras mi madre soportaba, lo mejor que podía, los embistes de las contracciones. Sintiendo cómo su cuerpo se adaptaba para dar paso a una nueva vida. Imagino su dicha al escuchar mi llanto y sentirse liberada de mi peso en su interior, de nuevo única dueña de su cuerpo. Cogerme entre sus brazos y acunarme. Tocar por primera vez mis manitas sonrojadas y sentir el agarre de mis dedos. Una dicha que yo nunca llegaré a conocer, ya no podré sostener a ningún niño entre mis brazos, ni mecerlo, ni ver cómo crece. Ya no existirán…

Me llamaron Lorelay, como mi abuela, Lorelay Dashwood, un nombre que hubiera sido propio de una señorita, si no me hubiera criado en la más absoluta miseria. Crecí en una pequeña casa cerca del puerto donde mi padre trabajaba, siempre que podía. El olor a pescado podrido se convirtió en un invitado más del hogar, solía impregnar mi ropa para acompañarme a donde quiera que fuera. Para que no olvidara jamás de dónde venía. Aún hoy me parece seguir oliéndolo, aunque todo sea tan lejano y casi como un sueño. Aunque aquella niña de tirabuzones oscuros, llena de sueños y alegrías, haya muerto para siempre. Recuerdo aquellos años como una época feliz. Aunque pasara hambre y apenas tuviera algo que llevarme a la boca cada día. Sé que era feliz porque tenía a mis padres.

No lo recuerdo todo, hace muchos años, solo pequeñas cosas, detalles. La dulce voz de mi madre, el tacto áspero de la ropa que usaba, el frío del invierno y, sobre todo, lo que más recuerdo, son las leyendas. Los cuentos que me contaba mi padre antes de dormir. Mi favorita era la suya propia, la historia de mis padres, de cómo se conocieron y se enamoraron. Mi padre me la contaba a menudo y cada nueva vez sus ojos se iluminaban, su mirada cambiaba, desaparecía el dolor, el cansancio y volvía a ser el muchacho que la conquistó.

Mi padre se llamaba Edward y hubo un tiempo, lejano, antes de que yo naciera, en el que él vivía como heredero en una gran casa. Dueño de tierras, haciendas e, incluso, personas. Yo lo imaginaba montado en un gran caballo, alto, apuesto. No entendía cómo había escapado de aquel destino de grandeza para acabar recogiendo pescado muerto en nuestro puerto. Pero él continuaba con su historia sin hacer caso a mis preguntas, como si disfrutase más con el mero hecho de recordarla que de contármela a mí. Su mirada se perdía en el horizonte cuando hablaba de aquellos días, de la riqueza de las tierras, del esplendor que había dejado atrás. Hasta que mencionaba el nombre de su padre, mi abuelo, entonces sus ojos se teñían de tristeza. Yo era apenas una niña y recuerdo haberme imaginado a mi abuelo como un monstruo, como el peor de los ogros, un ser venido de los infiernos para atormentar mi mente infantil. Porque él fue el culpable de que mi padre dejara de ser el príncipe que yo imaginaba. El abuelo quería que mi padre se casara con una mujer de fortuna. Como tantos otros caballeros de su rango y posición, había perdido gran parte de la fortuna de la familia y solo le quedaba el título. Un nombre. Y él deseaba más, mucho más. Ambicionaba volver a poseer las riquezas que un día tuvo y desperdició. Mi padre lo sabía. Y, en aquella parte de la historia, era cuando su voz se apagaba. Sabía que debería casarse por dinero y no por amor. Lo sabía y estaba resignado a ello. Resignado pero no preparado para asumir las consecuencias de lo que ello significaba. Porque cuando conoció a mi madre el deber se esfumó de pronto de su mente, olvidó lo que debía haber tenido presente, se dejó atrapar por las despiadadas garras del amor y para cuando quiso reaccionar ya fue demasiado tarde.

Lo dejó todo. Lo cambió todo por ella. Por una chica sin fortuna ni apellidos, de ojos dulces y sonrisa encantadora. El cuento siempre acababa igual. No importaba el frío que hiciera ni el hambre que tuviéramos en aquel momento, ni el irritante dolor de las picaduras de los piojos y pulgas que nos asolaban. Siempre se fugaba con ella, dejaba el dinero atrás y era feliz. Por aquella época no lo entendía, era apenas una niña y poder comer o tener ropa de abrigo me parecía mucho más tentador que cualquier otra cosa en el mundo.

Aunque ahora no me creas, pequeña —solía decirme—, no cambiaría lo que tenemos por lo que tuve. No sacrificaría el calor del cariño por la frialdad del lujo. Un día, quizás, entiendas lo que te digo y espero que entonces recuerdes que la soledad no se deja ahuyentar con el dinero. Recuérdalo.

Años después, aquellas palabras resonarían en mi mente como el eco de un sueño lejano y distante. No sabía en aquel instante cuánto echaría de menos aquellas rodillas sobre las que me sentaba, aquella voz, aquellos ojos soñadores. No pude saberlo hasta que los perdí, a los dos. Una noche salieron a pasear y ya nunca regresaron. Me dejaron totalmente sola. Murieron, me abandonaron a los brazos de la vida, a mi suerte. No había nada que yo pudiera hacer sin ellos, no habría un futuro para mí. Deseaba morir y estar de nuevo con mis padres. No quería seguir en aquel mundo que se había vuelto extraño y frío desde que ellos se marcharon. Me acostaba cada noche rezando por no volver a despertar, para que el frío o el hambre acabaran conmigo por fin, pero cada mañana llegaba el alba y yo seguía allí. Seguía existiendo, seguía respirando y andando, aunque ya no vivía. Porque no volví a la vida, hasta que lo encontré a él.»

Puedes continuar esta novela aquí.

Historias de Los Bravos (Pensamientos, sueños, fantasías y realidades) Miguel Vicens Danús

Historias de Los Bravos

(Pensamientos, sueños, fantasías y realidades)

Miguel Vicens Danús, publicada por Ediciones Atlantis.

Éste es el inicio de esta historia del grupo musical “Los Bravos”:

Aposentados fijos, ya que mi padre había pedido pasar a la reserva para así no tener que depender de los destinos, porque cada vez teníamos que adaptarnos a nuevas convi-vencias, terminé el bachillerato a trancas y barrancas en el instituto Ramón Llull de Palma, por lo que mi padre decide que ingrese como voluntario en Infantería de Tierra con la idea de seguir la carrera militar, que pronto aborté al no congeniar con el régimen castrense.

Terminado el servicio militar, paso a trabajar de dependiente en unos grandes almacenes, para después trabajar con mi padre de mozo en la fábrica empaquetadora de terrones de azúcar que había montado con varios socios cafeteros. A los veinte años busco mi independencia y me marcho a Alemania.

Este tiempo, desde que llegué a la Lonja hasta mi salida a Alemania, fue un periodo donde se despejaron unas dudas y surgieron otras, para despejar los miedos que dejaran los colegios religiosos donde si no eras bueno eras acreedor del fuego y las tinieblas del infierno, del temor que me producían las procesiones de Semana Santa, donde el silencio al paso de las cofradías, solo roto por el sonido producido por las cadenas que arrastraban los penitentes, cánticos de perdona a tu pueblo Señor y el pausado redoble de los tambores que aceleraban los latidos y oprimían el corazón. Primera comunión con traje de marino de gala y refrigerio familiar, ceremonia que te comprometía a oír misa todos los domingos y fiestas de guardar, a confesar y comulgar por lo menos una vez al año o incurrir en pecado, pero el tiempo ofrecía otras opciones, nuevas inquietudes y sensaciones. Descubrí que el corazón latía por otros motivos y que me ruborizaba al ver bajar a aquella jovencita canadiense por la rampa del yate amarrado en el último muelle del club náutico, donde solíamos ir a bañarnos por ser socios. Mi padre tenía un amarre para una pequeña embarcación con la que salíamos de pesca algún fin de semana. Cuando se me acercaba con su larga melena rubia y sus azules ojos me miraban, me recorría un cosquilleo por todo el cuerpo que provocara fantasiosos dulces sueños, pero el yate zarpó y con él la jovencita.

No tardó en aparecer el poder del deseo que vencía aquellas creencias cargadas de dudas. Fue en esta época cuando me saqué el carnet de conducir y formé parte de un dúo que, acompañándonos de las guitarras, versionábamos canciones del Dúo Dinámico. Disfrutábamos con ello en la playa, en algún festival o en el recorrido de las típicas serenatas, con aquel que encontrara en el futuro tocando el bajo que me había desaparecido, el mismo que me cediera su puesto de bajista. Un año alternando fábrica y música hasta la partida a Alemania.

Un año en Alemania cosechando experiencias para regresar a Mallorca como auténticos rockeros. Al poco tiempo viajo a Madrid para incorporarme de bajo con los Sonor, donde en menos de un año me veo involucrado en el fenómeno social de los años sesenta que me retiene en Madrid durante los próximos seis años, Los Bravos. En estos me caso con Norma, de cuyo matrimonio nace mi hija, Chesca. En un tiempo cojo excedencia de Bravos para trasladarme a Mallorca donde formo el grupo Zebra y seguir haciendo música en la isla. Tras las desavenencias con la discográfica, la fatalidad hace que abandone la música. Me divorcio de Norma y me marcho a Colombia.

Al volver empiezo a trabajar en el pub de un inglés que más tarde adquiero junto con un restaurante que en un tiempo traspaso para trasladarme a Santanyi, cansado del acoso de aquellos que con sus ansias de justificar sus carencias o juegos sucios intentan implicarte con o sin causa.

Unos años en aquel voladizo rocoso que se levantaba sobre el puerto pesquero de Cala Figuera, donde no tardaron los del grupo en tenderme una trampa que aborté haciéndoles sentir el ridículo al tratarlos de prácticas engañosas, hechos que encolerizaron al comisario.

Al ser propiedad del ayuntamiento, el privilegiado chiringuito sale a concurso. Al presentar maqueta y proyecto, se nos adjudica una concesión por diez años para ser explotado como heladería, con mi primo. Paralelamente, en el ochenta y uno, monto con unos socios una pequeña fábrica de helado artesano y cubitos de hielo. En el ochenta y seis recibo una llamada de Mike para hacer una gira para celebrar el veinte aniversario de Bravos, que acepto.

Mi primo ya me había demostrado su interés en adquirir mi parte, por lo que vendo.

Con cuarenta y tres años viajo a Madrid con Caty, compañera sentimental, cogiendo un apartamento en Clara de Rey, donde habitaríamos el tiempo que durara el evento. Para mí duró hasta que después de una serie de galas, al ir a Palma para actuar en la plaza de toros, llegando al aeropuerto, somos sometidos a un exhaustivo cacheo, especialmente Toni. Pensé que tal vez fuera por algo del pasado, o ya estaba al acecho el encolerizado comisario. Tenía una semana para volver a Madrid, pero no acudiría ya que el desaprensivo confidente facilitó la aparición de un paquete en mi vehículo, cumpliéndose la amenaza de aquél que en su momento dijo que me cogería aunque tuviera que meterme la droga en el bolsillo.

Dos meses de preventivo por alarma social, para salir bajo fianza en espera de juicio. Al momento que se abre la puerta que proporciona la libertad se cierran las del exterior.

En el noventa me caso con Caty y nace Miguel, y al mismo tiempo, con dos días de intervalo, nace mi nieto, Carlos.

El veintitrés de noviembre del noventa y dos paso a cumplir condena de forma voluntaria para así detener las continuas trampas de aquellos que querían justificar el juego sucio que emplearan para mi detención. Cumplidos ocho meses de tres años de condena salgo en libertad por buena conducta y paso a reestructurar mi empresa. Otra vez volver a empezar. Desde este momento dejan de acosarme al darse cuenta del absurdo de su empeño injustificado.

Veintidós años pasaron. Trabajo duro para mantener la empresa. En dos mil dos aparece Mike para instalarse en Magalluf. Tercer intento del retorno de Bravos. Contacto con Trui Espectáculos y la gira termina como el rosario de la aurora. Llega mi segunda separación sentimental y con ella mi jubilación. El cuarto intento de Black is Black pasa sin pena ni gloria.

Hoy, con siete décadas en esta nave planetaria, llega el descanso del guerrero y sentado frente a mis dos ventanas observo al mundo y a mí mismo.

Puedes continuar esta historia aquí.

“EL HEREDERO AL TRONO DEL AVERNO”, de Sócrates García Gómez

“EL HEREDERO AL TRONO DEL AVERNO”, de Sócrates García Gómez, publicada por Ediciones Atlantis.

Ediciones Atlantis ha publicado “EL HEREDERO AL TRONO DEL AVERNO”, de Sócrates García Gómez. Aquí tienes el comienzo de esta historia:

Si estás leyendo estas líneas, solo puede ser por tres razones: que te halla llamado la atención el titulo de la portada, porque quieras vivir una experiencia terrorífica cargada de asesinatos, sadismo y sangre, o porque realmente no tienes ni idea de lo que estás haciendo.

Si no sabes dónde te has metido, te diré que esta historia trata de mí, de cómo he llegado hasta aquí, y por eso puedo asegurarte que esta historia no es para niños ni miedicas, ni gente impresionable o que padezcan del corazón. Por eso, si no estás muy seguro de poder soportar el pánico en el que te vas a ver envuelto, mi consejo es que cierres este libro, y lo devuelvas a la estantería de donde nunca debiste haberlo cogido. Nadie tiene porque saber, que no reuniste el valor necesario para afrontar la lectura de mis relatos y cabalgar por las atrocidades que he ido cometiendo a lo largo de mi vida.

¡Vamos!, puedes estar tranquilo, hazte un favor, cierra este libro y olvídate de esas líneas que parecían hablarte intentando echarte para atrás a la hora de leerme. Nadie va a juzgarte, yo no voy a decírselo a nadie, tu secreto estará a salvo conmigo.

¡Vamos!, ¿no me oyes? Cierra el libro y devuélvelo a ese sucio estante, por lo menos ahí cumple con una función, decorar…

Bien, yo te lo he advertido, te he dicho que cierres este libro y te olvides de la voz que te habla entre los párrafos. Pero tú, testarudo, has decidido continuar leyendo, supongo que tienes curiosidad por descubrir un poco de mis vivencias, y digo un poco, porque estoy seguro de que con el paso de las páginas te irás dando cuenta del tremendo error que estas cometiendo al proseguir con tu lectura.

Desde que te sumerjas en esta historia, no serás capaz de ver otra cosa a tu alrededor, solo el horror… sentirás mi gélido aliento tras tu nuca continuamente, y ni siquiera podrás cerrar los ojos e intentar concebir el sueño, porque yo apareceré constantemente en ellos, tornándolos en tales pesadillas, que sentirás el dolor tan adentro, que el sueño, te parecerá completamente real; cada segundo de tu vida desearás estar muerto, hasta que al final terminarás entregándome tu alma como tantos otros han hecho antes que tú, ¿Cómo?, ¿no me crees?… pues continua leyendo.

Hoy en día ya nadie cree en nada, ya nadie necesita tener fe. Ya no existe el cielo ni el infierno, ni Dios ni el Diablo.

Con el paso de los siglos, hemos ido adquiriendo diferentes dones y habilidades, así como conocimientos, creando un mundo físico a nuestro alrededor, al que llamamos realidad, y donde agrupamos todo lo que podemos explicar.

En la antigüedad no hacía falta poder explicarse algo para creer en ello. Hoy, ridiculizamos todas aquellas creencias que no tienen una explicación científica, pensamos que la ciencia es nuestra aliada, y que ella nos dará las respuestas a todo. Pero la ciencia que el ser humano conoce no es más que la ciencia terrestre, y ni siquiera la conoce plenamente, siendo la inmensidad del universo, demasiado distante, para el alcance de la humilde visión, de nuestros débiles ojos humanos, quien procesa, fabrica y distribuye nuestros conocimientos…. por eso, nos auto-engañamos al pensar que solo existe lo que conocemos o podemos ver.

Yo me río de toda esa gente que piensa así, hombres de poca fe, que ridiculizan las creencias de algunos de sus semejantes, sin ni siquiera darse cuenta que lo más ridículo de todo, es su estúpida convicción de creer saberlo todo.

Puedes llamarme crédulo, cándido, ridículo, o lo que quieras, porque yo sí creo en ello. ¿Que por qué una persona como yo cree en algo así? Muy sencillo. Porque si el negro existe es porque existe el blanco, entonces si el diablo existe, ¿por qué no iba a existir su némesis?

¿Que cómo puedo estar tan seguro sobre la existencia de entes demoniacas? Pues más sencillo aún. Porque yo mismo soy una de esas almas errantes buscando sin reposo las puertas del averno.

Seguramente, ahora estas pensando que solo soy un loco, un lunático que cree estar poseído por un demonio, seguro que piensas que soy esquizofrénico o que tengo algún otro tipo de demencia, quizás ocasionada por una infancia pegado al televisor, sin límite de horario ni censura en la programación; no te culpo, vuestros frágiles cerebros humanos no están preparados para la verdad. La psiquiatra de la cárcel también lo piensa…

¡Diablos! Se me ha escapado, no debería haber dicho que estoy en la cárcel. Pero, en fin, ahora ya lo sabes, sabes que escribo estas líneas en un viejo cuaderno tras los barrotes de mi celda. A mi compañero le hace gracia y le parece motivo de burla, me llama “el diplomado”, y se ríe el muy necio, dice que soy una princesita… Pobre infeliz, aunque esté respaldado por el resto de latinos de la cárcel por ser de una familia influyente, terminaré matándolo con mi bolígrafo, no me hará falta nada más para acabar con su ridículo ego y segar su alma… solamente un bolígrafo para transformarlo en el número 999 de mi lista.

Sabes que soy un preso, seguramente piensas que soy un simple reo, un pobre diablo, otro delincuente de poca monta al que atraparon con facilidad… Pues no puedes estar más equivocado. ¿Puede un simple reo presumir de haber segado mil almas en el poco tiempo que su cuerpo mortal le ha dado? Bueno, no voy a exagerar para no mentir, novecientas noventa y ocho almas, pero pronto cosecharé el millar…

¿Te escandaliza?, ¿te horroriza? Ya te advertí que no leyeras este libro. ¿Qué esperabas encontrarte entre las páginas de un libro cuyo autor te recomienda que no lo leas? Venga, aún estas a tiempo, te doy otra oportunidad de cerrarlo y olvidarlo para siempre. ¿No?, ¿piensas continuar con tu afán de conocer?, pues bien, esto no ha hecho más que empezar.

¿Te da morbo leer escenas sangrientas sobre las más terribles atrocidades jamás cometidas? Tranquilo, yo saciaré tu sádico morbo. Continúa leyendo…

Puedes continuar esta historia aquí.

“El Don”, de JAMG, publicada por Ediciones Atlantis

“El Don”, de JAMG, publicada por Ediciones Atlantis

Este es el comienzo de esta fantástica historia publicada por Ediciones Atlantis.

Era un amanecer más, coloreado por los mismos rayos de luz, que los días anteriores conocieron en aquella apacible primavera.

La madrugadora claridad acariciaba los contornos de un pueblecito protegido por la naturaleza. La luminosa presencia del astro rey escalaba poco a poco, centímetro a centímetro, una pared abotonada con una sencilla ventana. La luz dibujaba trazo a trazo, las formas de un dormitorio. Y en su afán juguetón, pellizcaba la adormecida tez de un niño, un niño como otro cualquiera.

Aquella mañana que hubiera podido ser como otras tantas, marcaría el comienzo de lo que nadie hubiera creído posible. Le despertó por una cálida visión que a través de su ventana pasaba como un río desbordado de colores y formas. Las formas de su reino, su castillo, su habitación, la habitación de John Anthony Peaceman.

El pequeño John, de doce años de edad, saltó de la cama cuando del silencio roto por el trinar de los pájaros, irrumpió una voz bien conocida por él.

¡Johnny, dormilón, el desayuno! —le gritó su madre desde la cocina.

¡Ya voy mami!

¡Hoy tienes creps con chocolate y vainilla!

Como si de palabras mágicas se tratase, el menudo hombretón de la casa, tomó las prendas de la silla y comenzó la odisea del día a día. Una vez estuvo preparado, aún con los pelos revueltos como los prados después de una tormenta, inició la mañana que todo lo cambiaría.

Tras el energético desayuno, Johnny montó en su bicicleta con rumbo al colegio. No había peligro, la escuela estaba en línea recta, tan sólo a dos kilómetros de casa, y en este rincón del mundo, todos se conocen, como el frutero, que saludó al crío con gran familiaridad.

¡Eh! Johnny, ¿al cole?

¡Sí!—respondió sin dejar de pedalear.

Alegre, continuó hacia su destino. Pero el hecho de que la mañana fuese agradable, y en el cielo el dibujo del vuelo de los pájaros deleitase la vista, no evitó que el caos llegase a gran velocidad, empapado en el hedor de una larga noche sin control.

Los dados estaban echados y la jugada en movimiento. A pocos minutos de la escuela, el frío impacto del metal sólo le dejó ver al pequeño John, un haz de color rojizo que le alcanzaba. Aunque el embriagado conductor intentó esquivarle, tocó lo suficiente su frágil bicicleta, y Johnny salió literalmente del camino, tomando de este modo, el rumbo de un trágico desenlace.

¡Craaack! El abollado vehículo y sus ocupantes se estrellaron contra un árbol quedando inconscientes. Mientras tanto, el vástago del infortunio entraba en un mar de sacudidas, ¡aaaaah! Rodaba hacia abajo por la interminable e irregular pendiente. Todo daba vueltas al tiempo que se mezclaban los sonidos de los golpes de su infantil físico contra el manto verde.

Pero nada quedó, nada se vio, pues el incidente ocurrió en el tramo donde las cosechas separan las casas.

Al pequeño John, el último impacto le llenó de una extraña sensación. Todo parecía eterno, notó sequedad en la boca, e intentó controlar su cuerpo, nada respondía, y los colores de su alrededor querían abandonarle. La luz que en aquel amanecer le pellizcó ya no le decía nada, y se alejaba, se alejaba, se alejaba.

Las horas, que normalmente pasan lentas, se sumaban una tras otra con facilidad y crueldad. Las diez de la mañana se hicieron las once, las doce, la una…

Y aunque era la única carretera con dirección al colegio, una casa en ruinas ocultaba el coche siniestrado y a sus ocupantes de cualquiera que pudiera pasar.

Margaret, preocupada porque su hijo no había vuelto, miraba con nerviosismo el reloj que en la cocina parecía clavar las horas directamente en su corazón. No había rincón de ésta que no hubiese andado ni silla en la que no se hubiera sentado. El minutero cruel encajó otra hora más y su Johnny seguía sin aparecer. Eran la siete de la tarde, la escuela estaba a pocos minutos en bicicleta y por si fuera poco, comenzó una tormenta de primavera.

Desesperada, llamó a alguna de las madres de los compañeros de su hijo.

Raquel, perdona. ¿Has visto a mi hijo?

No, Johnny no fue al colegio.

¿Cómo? Pero si yo le vi salir hacia allí.

Mi niño me dijo eso. ¿Qué ocurre? —¡Clak! Sin darse cuenta, Margaret colgó el teléfono, y temblorosa tomó el listín para llamar a su marido.

En otro lugar muy cercano, el húmedo impacto de miles de gotas de lluvia, que desde el cielo eran arrojadas con furia para reanimar la vida, devolvió del silencio más amargo al pequeño John.

Primero los sonidos del entorno rebotaron en su cabeza, como si de una caverna se tratase; poco a poco el flujo de este se individualizó para finalmente ser reconocidos. Eran la lluvia y el viento, el tronar de las gotas de agua que se rompían en mil pedazos al ser cazadas por la vegetación, y el impetuoso aire que las empujaba.

Se alzó tembloroso, inseguro, se ayudó agarrándose a algo, sin saber bien a qué, pues en su turbada penumbra solamente había sitio para las sombras. Estaba tan aturdido que caminaba haciendo eses y, a cada paso que daba, se alejaba inconscientemente del lugar del accidente sin que se percatase de ello. Aunque sus pies estaban torpes, su caminar era incesante.

Su visión mejoraba, lo que eran sombras pasaron a formas, y las formas a conocimientos, todo lo que le rodeaba por fin tenía textura y nombre, pero ¿dónde se encontraba? El inagotable manantial que empapaba su cuerpo, y el zarpazo violento del frío, le desconcertaban aún más.

Su soledad no iba a durar mucho ya que algo detrás de él, emitió un sonido desgarrador que salía de las mismísimas entrañas de la noche. Aterrorizado, se volvió y clavó su mirada en la oscura distancia, sus ojos se abrieron como los del cordero antes del sacrificio. Su tez quedó petrificada, su mirada se fijó en dos puntos luminosos que a unos cincuenta metros se le acercaban paulatinamente. Eran los reflejos de algún cazador nocturno, y no había tiempo para averiguar cuál, sólo para correr.

A pesar de sus heridas, corrió como nunca lo había hecho sorteando árboles, arbustos y ramas, casi podía sentir en el viento el ansia de la bestia. Sus piernas le llevaban en volandas, pero cuanto más lejos creía estar de ella, más cerca estaba el final.

El sudor era frío, y en su mente solo había una palabra: “Huye, huye, huye”.

El aliento del depredador comenzaba a sentirse en la piel del pequeño John, se podía escuchar el jadeo de la alimaña, cuyo calor recorría su columna vertebral. Todo estaba perdido, un chasquido indicó el salto final, y el ligero silbido de unas mandíbulas al abrirse en pleno salto, le marcaron la hora de la tragedia.

Johnny, en su carrera, dio su último paso mientras notaba sobre su nuca la saliva de su ejecutor. Repentinamente sonó un crujido, ¡craaak! El suelo se deshizo bajo sus pies, el cazador estaba encima de él, y juntos cayeron en la oscuridad. Rodaron sin control por una especie de canal subterráneo. La angustia se hizo mayor, pues el agua de lluvia actuaba de pista rápida, y aunque la bestia seguía secuestrada por este improvisado canal, le veía como su cena.

El pequeño en aterrorizada bajada, lanzaba los brazos al aire en su afán desesperado de parar su interminable pesadilla. ¡Aaaaaaah! El turbulento canal se estaba acabando, y en un acto reflejo, se agarró al cable que impactó contra su mano. El depredador pasó por debajo de su embarrado cuerpo mientras él quedaba frenado. Su iris lleno de terror percibió cómo la bestia se alejaba hacia un destino incierto, “se va” se decía animándose. Esos ojos que le sobrecogieron se iban haciendo cada vez más y más pequeños, hasta que se perdieron en la oscuridad.

El pánico le dio fuerzas para continuar agarrado, hasta que la lluvia comenzó a cesar. Todo parecía estar favoreciéndole; Pero su salvador cedió antes de lo previsto, y con la superficie ligeramente resbaladiza, comenzó otra vez la caída, aunque en esta ocasión, no fue tan veloz.

Cuando las circunstancias parecían conducirle a un trágico desenlace, el barro ya seco actuó de freno justo al final del imprevisible canal. Con la respiración acelerada, se aferraba a los salientes mientras miraba en todas direcciones. La pesadilla aún no había acabado.

Puedes continuar esta espectacular novela aquí.

“COSMOSIS”, de Magi Balsells Palau en Ediciones Atlantis

“COSMOSIS”, de Magi Balsells Palau en Ediciones Atlantis

Puedes disfrutar del inicio de esta historia, publicada por Ediciones Atlantis…

Capítulo 1

Ya le di al interruptor, pero nada ocurre. No noto nada, qué pasará, no podré repetirlo si los aparatos no son los ideales ya que todo mi patrimonio se ha ido en este trabajo y alguna deuda aún me queda de solventar.

Me desenchufo de todos los cables conectados. En aquel momento me doy cuenta que uno de ellos no estaba en la posición correcta. Qué alivio momentáneo, será esta la posible avería, enseguida lo comprobaré. Vuelvo a conectar todos los cables y procurando que esta vez todo esté correcto. Creo que es por una cuestión nerviosa que me ha ocurrido este problema, si se puede llamar así.

Ya está todo en posición. Vuelvo a darle a la conexión eléctrica y ahora sí, noto un pequeño zumbido. Amplío la potencia un poco y desaparece, pero veo por el cuadro de control que sí está funcionando todo correctamente

Me arrellano y cierro los ojos, concentrándome en enviar mi llamada estelar a través del rayo del láser. Voy elevando la potencia del mismo hasta llegar a unos niveles casi peligrosos para mi integridad. Estoy enviando mis ondas cerebrales al espacio. De momento no hay contestación, insisto, no decaigo. Si hay vida inteligente en el cosmos pueden llegarles mis envíos.

Pasan las horas, no hay ninguna respuesta. El día empieza a clarear. Se pasó la noche en un suspiro, pero sigo aferrado al equipo. Sé que alguien puede recibir mis ondas cerebrales. Me estoy agotando, este esfuerzo es superior a mis fuerzas pero no quiero dejarlo, sería volver a empezar. Lo intento una y otra vez, pongo la mente en blanco para un pequeño descanso.

Pasa el día sin ninguna respuesta. Vuelve ya la noche, me estoy durmiendo. Son muchas horas de padecer esta situación, el cuerpo humano tiene unos límites, voy a cerrarlo y mañana volver. Pero en este momento se produce…

Capítulo 2

¿Qué ocurre? ¿Qué pasa? Noto algo muy extraño, unos sonidos acompasados con fluctuaciones cada vez mas rápidas. Miro la pantalla de control, todo está correcto. Ahora siento como si algo o alguien quisiera penetrar en mi mente, como si apartara las defensas de la misma como abriéndose camino. Me asusta el no saber qué es lo que ocurre. Voy a apagar el equipo, pero algo superior a mí me lo impide, quedo como petrificado sin posible movimiento alguno. Por favor que alguien haga algo, que se corte la electricidad, estoy temblando, sudoroso, encogido.

De repente todo desaparece y una luz explota en el interior de mi cabeza. Luz más blanca nunca la había visto, me calma mi inquietud, aleja mis miedos y relaja mis músculos.

Se disipa la luz centellante, queda en una semioscuridad y en este momento en mi cerebro una voz resuena. No puede ser, serán figuraciones mías por la tensión pasada, pero no es así. Alguien me está hablando, no lo entiendo en mi estado de nerviosismo. Procuro calmarme, me está saludando una voz impersonal e imposible. Estaré soñando. Me pellizco y me duele, estoy despierto, no es un sueño es una realidad.

Siguen saludándome una y otra vez con el mismo mensaje sin cambios lingüísticos, la misma frase una y otra vez como si de una grabación se tratara. ¿Qué hago? ¿Contesto? O será alguien que se está riendo de mi buena fe, que por cualquier circunstancia habrá conectado con mi intento de mensaje.

Y casi sin atreverme, yo también contesto. Y es tanto mi atolondramiento, que solo consigo decir “hola aquí estoy, ¿quién eres?”

Espero anhelante si obtengo una contestación.

En este instante finaliza este mensaje repetitivo que estaba recibiendo y recibo la contestación esperada:

Sabemos dónde estás, en un planeta llamado «Tierra» en tu idioma, hemos recibido tu mensaje, lo cual nos complace. ¿Preguntas quiénes somos? Somos…

Sigue con esta espectacular historia aquí.

“BESTIA KUM”, de Rafael M. Medina en Ediciones Atlantis.

“BESTIA KUM”, de Rafael M. Medina, publicada por Ediciones Atlantis

A continuación puedes disfrutar del comienzo de esta obra, publicada por Ediciones Atlantis.

Carta de Augusto Regio, comandante de la VI Legión.

Para Quinto Curcio, general de las Legiones de Roma.

Asunto: Situación en la frontera de Germania.

La VI Legión llegó a la frontera germana sin demasiados contratiempos, con la excepción de algún problema de logística solucionado con el cese del responsable y el nombramiento de su sucesor.

A lo largo de la travesía nos vimos emboscados en diversas ocasiones por grupos rebeldes a Roma. Al principio sopesamos la situación como normal, pero después, los asaltos fueron cada vez más numerosos y más molestos. Llegamos entonces a la zona sur de Germania donde la situación era más delicada de lo que en un principio calculé, pues aquellas cédulas se habían organizado y tenían un líder imposible de comprar, más por su torpeza mental que por mi generosidad. Decidí y ordené la limpieza de la zona.

Nos retrasamos tres meses en las escaramuzas.

Una centuria perdida. Sin bajas destacables en caballería.

Tras esa demora retomamos la ruta inicial con destino a la frontera norte con una cohorte de leva sumada al grueso del ejército. No hubo más incidentes durante la travesía hasta la llegada a destino. Tres meses después de haber partido de Roma, nos encontramos en primavera con la última fortificación del Imperio.

Aquella misma noche una fuerte nevada cayó sobre nosotros. Los animales estaban inquietos y ninguno, ni soldados ni oficiales, pudimos dormir tranquilos. Al día siguiente el centurión del cuerpo de guardia vino a verme a mi tienda a primera hora de la mañana. Cinco caballos habían sido muertos durante la noche, sin ruido, signos claros de puñal. Sin embargo, sus carnes estaban intactas, pero sus ojos y sus corazones habían sido arrancados utilizando algún tipo de punzón o incluso la misma arma que los mató. Envié buscar aquellas vísceras y órganos. No se encontraron en los alrededores. Dictaminé la pena de muerte a unos culpables que tampoco pudieron ser hallados. Por aquel entonces el ejército estaba fuerte, bien alimentado y animado razonablemente para quienes habían sido arrancados de sus hogares y empujados hacia lo desconocido. No había ninguna razón para tan desagradable incidente. Deduje entonces que se debía a una apuesta o algún tipo de juego de algunos de nuestros soldados.

Pero aquello fue el comienzo de nuestra pesadilla.

Continuando con tus órdenes, las cuatro cohortes que componen la VI Legión fueron repartidas según tu disposición: la primera se situó en la zona oriental donde se levantó un fortín debidamente defendido por un foso. Su situación era adecuada: junto a un río y en medio de un gran claro. La segunda cohorte se fortificó a cuarenta millas de la primera siguiendo con la misma estructura defensiva utilizada en las restantes. La tercera a cincuenta millas de la segunda y la cuarta a treinta de la tercera. El campamento general, donde yo me sitúo, se halla en el tercer fortín, construido al comienzo de un bosque donde talamos unos árboles oscuros, de hoja y corteza, nunca vistos ni por los más experimentados legionarios. Esta tarea ha de hacerse una vez por semana pues nacen retoños que crecen con una rapidez asombrosa y las raíces rompen nuestras defensas, fabricadas con los troncos de esos mismos árboles. Es como si el bosque reclamase su tierra. Aquellos árboles tienen un tronco recto y son de corteza suave, pero cuando se talan comienzan a retorcerse delante de nuestros ojos, como si tuviesen iniciativa propia para quedar así inutilizados para fortificar la plaza, por lo que cada semana debemos reemplazarlos por otros nuevos que no tardan en retorcerse como leños viejos. Su madera no arde, ni recién cortada ni cuando está seca y temo la llegada del frío y de las nevadas. Además, aquel lento movimiento de cambio de forma hace que sus maderas resuenen en horribles crujidos que por la noche parecen quejas de difuntos. Ninguno de nosotros dormimos cerca de la empalizada. He comentado esto con los oficiales de las otras plazas y el bosque es igual a lo largo de toda la frontera, con el mismo tipo de árbol y la insistente oscuridad, impenetrable, que siempre deja un desasosiego en el alma cuando se mira de frente.

Soy consciente de tener delante de nuestra línea un mundo desconocido. Los más expertos vigías han tratado de escudriñar en su interior, pero la oscuridad allí es tan densa como para hacer imposible la visión más allá de diez metros hacia el interior. A veces, sin embargo, parecen verse movimientos de animales, pero nunca han salido al claro donde nos hallamos. Son grandes sombras corriendo por los límites espiando y temerosas de dejarse vez a la luz de la explanada desnuda de árboles. La caza conseguida y de la que nos alimentamos proviene de la parte sur, la que se encuentra a nuestras espaldas donde los bosques son verdes y frondosos y los ríos claros y limpios.

Esta línea formada por nuestras fortificaciones es la parte norte del Imperio romano y nuestras insignias se levantan orgullosas ante cualquier alzamiento. La orden de asentamiento y definición de la frontera ya está cumplida, sin embargo, la misión de avance me preocupa más.

Han pasado tres meses desde nuestra llegada y entre las fortificaciones nos mantenemos en contacto mediante palomas mensajeras y correos a caballo. Pero aún no me he atrevido a entrar en el bosque. Parece viejo, muy antiguo, y, sobretodo, parece hostil. Un sexto sentido me mantiene alerta y me aconseja no provocarlo.

Entonces pensé en los lugareños, en las tribus enemistadas entre sí, y ordené una entrevista con algunos líderes, aunque todos coincidieron en no traspasar la frontera forjada con nuestras fortificaciones y nuestras carreteras. Entre ellos había uno muy anciano, de barba muy larga, blanca como la nieve, que se apoyaba sobre un bastón blanco como el marfil pulido. Se llama Glaumak. Me dijo que si nos internábamos en el bosque nunca saldríamos de él. Según el germano, hay una maldición tan fuerte sobre aquellas tierras como para hacerlas oscuras y traicioneras. Solo los “Kum” viven allí, seres malignos y aciagos. Me reí, porque somos soldados: cuatro cohortes de cuatrocientos ochenta hombres cada una, experimentados en el ejército más grande del mundo, con dos centurias por cohorte de hombres traídos de Dacia, Hispania y Persia, hombres que cargaban a sus espaldas muchos años de luchas. Quién era él, un bárbaro medio desnudo, supersticioso y sometido, para juzgar a Roma.

No le hice caso.

A los cinco meses de haber llegado aquí envié notificaciones a todos los puestos de la frontera para que, a los dos días de la llegada del aviso, enviasen un manípulo de veinte exploradores al interior del bosque. Su misión no era puramente militar. Se debían de limitar a levantar un mapa geográfico lo más fiable posible con una distancia máxima de cincuenta millas desde los puestos. Debían de cartografiar los ríos, valles, cerros. Descubrir los posibles caminos, de dónde venían, a dónde llevaban; descubrir, sin ser descubiertos, posibles asentamientos hostiles, sus defensas, sus fuerzas y armamento. Se trataba de preparar el camino para poder introducir el grueso del ejército y las posibilidades de logística de la zona. El avance de Roma se estaba preparando.

Yo los vi partir desde la empalizada.

Veinte soldados, con un centurión experimentado al mando, salieron de patrulla desde cada fortificación.

Y ninguno regresó.

Esperé días, semanas. A los veinte días los di por perdidos.

Quedaban apenas un mes para que comenzasen las nevadas y el frío del otoño. Entonces, para gente del sur como nosotros, cualquier ataque, evacuación o avance sería una temeraria aventura y habría de esperar a que las nieves desapareciesen de nuevo. Pensar en un invierno en aquella frontera me erizaba la piel.

Incapaz de hacerme a la idea del frío, la oscuridad y el tedio, preparé otra expedición.

Esta vez organicé a dos centurias y me puse yo mismo al mando. Deseché los consejos y las ofertas de los tribunos y los oficiales y dejé bien organizada la defensa de las fortalezas. Los otros tres puestos recibieron las mismas órdenes.

El día anterior a nuestra partida yacía descansando en mi litera cuando el centurión de la guardia vino a verme.

El vigía de la torre norte había divisado algo en los límites del bosque.

Era una tarde fría y a lo largo del día el sol nunca había aparecido oculto tras un pesado manto gris capaz de soltar la lluvia en cualquier momento. Subí las escaleras de la torre acompañado por el centurión y el vigía quien, con el rostro constreñido por el miedo, apuntó con el dedo hacia los límites del oscuro bosque.

Dos ojos miraban directamente hacia nosotros.

Puedes continuar aquí esta historia.

“Un alma viajando por la cuarta dimensión”, Ignacio Martín Sequeros

“Un alma viajando por la cuarta dimensión”, de Ignacio Martín Sequeros en Ediciones Atlantis.

Éste es el comienzo de la nueva obra de Ignacio Martín Sequeros, publicada por Ediciones Atlantis:

Álex— Me tendría que haber despertado ya. Creo que llegaré tarde… ¡Qué raro! No noto mi cuerpo… Digo yo, que debo de seguir soñando, pero no siento ni frío ni calor. Parece como si estuviera en un sitio extraño donde la sensación de peso parece que no existiera… ¡No entiendo nada!

Evidentemente, Álex estaba muy desorientado, aletargado o en algún mundo diferente al del orbe de Morfeo y con la sensación de no tener la menor idea de cómo podría haber llegado a tal situación, la cual no parecía ser la de alguno de sus acostumbrados sueños.

Sentía como si vagara dentro de un mundo diferente, o más bien imaginario, repleto de luces y sombras con pocas conformaciones bien definidas, algo así como si se tratara de complejas estructuras salpi-cadas con colores en difracción, con multitud de líneas y curvas, unas más brillantes u oscuras que otras, pero difíciles de definir. Y no encontraba una forma de salir de tal estado, aunque eso apenas le incomodaba realmente; le parecía una especie de laberinto aunque no tan embarazoso.

Vagando en tan sorprendente estado, de repente, apareció en medio de ese extraño mundo, alguien que con su voz, se dirigió a Álex.

Otto— Por fin parece que encuentro a alguien.

Álex— ¿Pero de dónde sales tú?

Otto— Vengo viajando desde el año 2045, a través de este grandioso laberinto… ¡No te puedes hacer ni idea de lo que es esto! Por cierto, ¿en qué año estás tú y cómo te llamas?

Álex— ¿Me estás tomando el pelo? Cuando me quedé dormido, estaba en 2016, pero me parece absurdo lo que me comentas. Mi nombre es Álex. No me he metido por aquí voluntariamente y no sé tampoco cómo he llegado hasta esta absurda situación de la que en principio no sé cómo salir… Pero me parece todo esto tan raro… y encima apareces tú, a quien ni conozco… y que entiendo que estás tan perdido como yo…

Creo que eres mayor que yo y desde luego, estás vestido de una forma que a mí me parece curiosa.

Otto— Seguro que soy bastante mayor que tú. Yo nací en los principios del siglo XXI de este mismo centenario en el que al parecer y tal y como me dices, seguimos estando. Me pusieron de nombre Otto. En el tiempo de donde yo he regresado, ya prácticamente no existe la profesión de sastre, la cual seguramente aún conoces. Ya cuando somos pequeños nos colocan dentro del cuerpo un diminuto micro-chip que se alimenta con la energía que producimos en nuestro propio cuerpo. A veces, siendo adulto, suelen intervenirte de vez en cuando para renovarlo por un nuevo modelo más actualizado. Creo que algo así que se lo hacen a los animales domésticos de tu tiempo, donde reúnen la información del animal: dueño, vacunas, pedigrí y otras utilidades para controlarle, tanto el veterinario como las autoridades pertinentes. Bueno, pues algo así es lo que a todos nos han introducido con ese micro-chip perso-nalizado. Desde luego eso tiene sus ventajas, pero también sus inconvenientes. Ya no necesitamos tener con nosotros identificaciones, como documentos de identidad o tarjetas. Además, este injerto que llevamos dentro, si nos faltara nuestra vida, si fallecemos, al perder parte de la energía que lo alimenta, la electricidad generada en nuestro propio cuerpo, la mayoría de sus funciones se quedan paralizadas, dejando de funcionar en esas máquinas que nos ofrecen distintos tipos de servicios cotidianos.

Álex— Si como dices prácticamente ya no existen los “sastres”, ¿cómo conseguís vestiros de esa forma tan original?

Otto— De vez en cuando, nos introducen en una pequeña cabina donde se nos hace un escaneado del cuerpo en tres dimensiones. La información recogida, de muchos tipos, queda registrada en nuestro micro-chip personal. Así, por ejemplo, cuando queremos renovar los modelos con los que nos vestimos, nos sentamos ante una máquina que nos propone diferentes opciones de tejidos, colores, formas, calidades según la época del año, del lugar a donde deseamos ir e incluso si lo usamos para zonas de trabajo. A veces ni siquiera lo reutilizaremos, ni lavaremos esas prendas, sino que directamente serán recicladas y renovadas por otras a estrenar.

Álex— Yo diría que ese tipo de cosas incluso me parecen lógicas para una época tan avanzada como la que me cuentas… pero mira, a mí me gusta el mundo del automóvil, busco siempre modelos novedosos o con nuevas prestaciones y diseños. ¿Cómo son ahora? ¿Qué combustibles usáis en esta época? ¿Siguen funcionando con gasolina?

Otto— Pero qué barbaridad… Hace ya tiempo que el petróleo no se emplea para mover los motores en general. Ahora nadie puede explicarse cómo esa generación entre los siglos XX y XXI pudo aguantar tanta contaminación creada por el uso de esos sistemas tan obsoletos y perjudiciales.

Álex— Pues como no se muevan con aire o electricidad mediante placas que toman la energía del sol…

Otto— Es mucho más sencillo, aunque no vas desencaminado… En efecto, la energía que se produce y se almacena en un coche es eléctrica, pero la forma de conseguirla se realiza sencillamente a partir del agua.

Álex— Sí. Ya escuchaba que incluso se habían inventado motores que funcionaban con agua en la década de los sesenta del siglo XX, pero la industria del petróleo hizo retirar esos inventos para no perjudicarlos en el negocio de los carburantes, aunque desde luego nunca imaginé que finalmente podrían acabar funcionando con algo tan simple como es el agua…

OttoEn mi época incluso un niño sabe comprender que el agua es la forma más lógica de generar esa energía. Seguro que sabes que la fórmula del agua siempre fue considerada como H2O ¿verdad? Eso dio como resultado algo tan sencillo como liberar el hidrógeno para utilizarlo como combustible, es muy poderoso como tal; mientras que el oxígeno restante se libera debidamente tratado al medio ambiente, para que no produzca exceso de O3 (Ozono) que también podría ser perjudicial en cantidades excesivas, pero sin duda, nunca tanto como resultó ser el CO2 que lanzaban los tubos de escape de aquellos automóviles de vuestra época… No sé como esas generaciones lo aguantaron.

Álex— Sí, en efecto, siempre se ha dicho que el hidrógeno es un excelente combustible, ligero y muy eficiente, pero también peligroso de almacenar al ser altamente inflamable aún en estado líquido.

Otto— Pero eso ya hace mucho tiempo que se resolvió logrando una eficaz disociación del hidrógeno y el oxígeno a tiempo real, y a medida que se requiera para su uso, es decir, que solo se necesita almacenar un poco de agua y prácticamente es inerte. La solución se encontró al conseguir un catalizador para realizar la operación a una temperatura razonable, cuyo calor producido era fácilmente disipado. Lo obtenido era la electricidad que necesitara el vehículo, incluso alma-cenando parte de ella como residuo necesario para su uso en momentos en los que sus motores no estuvieran en marcha.

La cuestión es que se transformaron ese tipo de negocios y que ya no los controlaban las petroleras, sino las empresas que fabricaron los catalizadores y sistemas de computación que manejaban todo ese complejo funcionamiento. Estos catalizadores necesitan varios elementos o materias primas que no son fáciles de obtener y por lo que para conseguirlo, pugnan muchas empresas, así como para su distribución. Bueno, real-mente, no solo controlan este tipo de productos, sino también su funcionamiento y el de otras máquinas, incluso de robots que se construyen por sí mismos y a su vez a otras máquinas. Las fábricas se mueven con muy pocos operarios humanos actualmente.

Álex— Oye Otto, otra curiosidad… ¿Y los coches realmente vuelan a través de las ciudades, como vi hace tiempo en películas futuristas?

Otto— En efecto, desde hace mucho, algunos coches, pero no todos, despliegan unas alas que llevan adosadas transformándose en pequeños aparatos de vuelo para distancias no muy largas y a baja altura, por debajo de los 3.000 metros. Hay un sofisticado sistema que controla todo ese tráfico por el aire. Pero de todos modos, ya ocurre también y desde hace años que se decidió que ese tipo de vuelos se suprimieran dentro de las ciudades, para evitar congestiones y tráfico y por ello, ya solo se realizan fuera de ellas. Es decir, los automóviles que tienen ese tipo de dispositivos van en principio por superficie hasta las afueras de las ciudades y es allí donde pueden desplegar los motores de elevación sobre el suelo. Lo que también existe, son automóviles que ya no usan ruedas para moverse, sino que lo hacen sobre una especie de colchón de aire que al principio era ruidoso, pero que han conseguido que resulten más silenciosos y soportables. Igualmente, ya hace bastante tiempo que muchos coches circulan sin conductores. Solo tienes que comunicarles tu destino y te dejas llevar. A veces es más fácil hacer un transporte de ese modo que a través de autobuses y económi-camente similar, mediante bonos temporales. Para recorrer distancias más largas, suelen utilizarse los transportes que van por los tubos subterráneos hasta otras estaciones para recorrer distancias más largas o enlazar el viaje con otros medios más rápidos a las afueras de las ciudades.

Puedes continuar aquí esta historia fantástica…

“TREMEALOS”, de Gabriel Barrios Martín

“TREMEALOS”, de Gabriel Barrios Martín, publicada por Ediciones Atlantis.

Os dejamos el comienzo de esta obra:

 

—1—

HOY ES UN GRAN DÍA

Me eché la guitarra al costao y una mañana de julio bajé al Barco a hablar con Pedro de hombre a hombre. Venía de la familia de los Morondos y aunque era de Santa Lucía, su padre y el mío habían compartido majada más de tres veces y de cuatro. Sabía que andaría por la taberna de Lucio y allí aparecí con la venida de la tarde. Al verme, torció el gesto pues sabía que yo no soy de bares y que si estaba allí era por el asunto de las peñas. Nada más tenerme a tiro, me dijo:

  • Ya lo hemos hablado antes, Felizón: Que las piedras a mí no me las regalan y que yo tengo sueldos que pagar y máquinas que mantener. Podrás tenerlas a precio de coste. Hasta ahí puedo estirarme.

  • ¿No vas a convidarme a un chato, Morondo? —le dije quitándome la boina.

  • Eso está hecho, que ahí mi brazo llega —hizo un gesto a Lucio el posadero y nos alcanzó dos vasos de tinto.

  • ¿Cuál era el oficio de tu padre? —le dije acercando el vino.

Resopló con hastío. Cogió el vaso con sus rechonchos dedos, como si no pudiese con el esfuerzo. No quería mirarme directamente a la cara. Bebió. Yo seguí con lo mío:

  • ¿Y el tuyo hasta que nació la Petra?

El Morondo se puso serio y ceñudo. Bebió el vino de un trago y soltó el vaso de malas maneras. Me miró a los ojos.

  • Esa no es la cuestión, Julián, que todos los vecinos han sido pastores y ninguno de ellos, ni tú siquiera, está dispuesto a arreman-garse. ¿Por qué tendría que hacerlo yo?

  • Porque tú tienes las piedras —guardé silencio. Pedro bajó la vista hasta el entablado del suelo, girando el vaso sin pausa con los dedos. Proseguí—. Ahí lo quedo, Morondo. Me subo al Tremedal que la Nati me espera para cenas.

Al día siguiente se presentó en la era con el Santana y dos camiones con pluma. Ahí andábamos Juan y yo jugando a la calva. Se bajó en mitad de una polvareda y nos dijo muy serio al Goriche y a mí:

  • Dos están partidas y no las puedo vender. El que las esculpa que lo haga con tiento que yo no respondo. Y quiero una placa junto a las piedras que diga que las donó mi cantera.

  • ¡Ay, Morondo, que siempre fuiste un tierno! —gritó el Goriche con guasa. Pedro estuvo a un pelo de enojarse por el choteo. Tuve que tener un tanto los ánimos.

Las descargamos con ayuda de la grúa y de unos mozos de Ubiña que se trajo el Morondo. No tardó Jacinto en escribir una carta a la Diputación para hacer valer el trato. A los dos meses nos comunicaron que la escuela de canteros de El Barco de Ávila estaba dispuesta a esculpir las piedras de manera desinteresada. Y así fuimos al lío. Cada cual con lo suyo y en 1999 el monumento ya estaba acabado a la espera de inaugurarlo un día del verano. La verdad es que nos quedó muy pintón. Hice el chozo con unos buenos arreglos para que durase varias temporadas. Vino un ingeniero de la Diputación y le dio un vistazo diciendo que ese chozo aguantaría más de veinte años porque toda la base era del granito que había restado de los bloques del Morondo y el entramado, a pesar de ser de escobas, tenía la cruz principal de hierros soldados.

La cosa empezó hace cuatro años, cuando el Goriche y yo nos pusimos de acuerdo para llevar el asunto al alcalde de El Barco de Ávila, que en su mocedad se había criado aquí en el pueblo. Queríamos hacer un homenaje al pastor; un “monumento a la trashumancia”, como decían en los papeles que paseamos por toda la Diputación. Recordar con cariño la profesión que había sido nuestra, de nuestros padres y abuelos endenantes que nosotros. Y de esta manera honrar algo ya casi borrado del paisaje castellano y de las mentes de los jóvenes. Lo más fastidiado fue convencer a los pocos vecinos que quedaban en El Tremedal para acorpar todos a una y meter un primer gasto necesario para que nos calculasen el monto total del monumento. Pedro el Morondo, dueño de una cantera en Ubiña, vino con el Santana y fue muy amable con nosotros. Nos dio unos pensamientos muy válidos para este particular: hacer la figura de un pastor, por supuesto, y hacerle acompañar de dos o tres ovejas y vacas con formas de bichas ibéricas como las de Guisando. Fue al decir esto cuando se me ocurrió que el monumento podía completarse con un chozo, un caldero con sus llares y un redil menudo. Aún me acordaba de cómo hacer un chozo. Podría tomar prestado del museo el caldero, unos zurrones y otras cosas para dejarlo galán por dentro. No se habló más, Pedro tomó sus medidas y se fue por donde vino. A los tres días nos llamó y nos dijo el precio de la broma. Demasiado para nuestros bolsillos. Así que no tuvimos más remedio que recurrir a Jacinto el Mono, hijo de vecino del pueblo, que ahora era diputado por Ávila. Él ya me había ayudado a montar el museo del Tremedal cuatro años antes y más o menos sabíamos cómo iban estos tejemanejes. A Jacinto le gustó la idea desde el principio, pero nos advirtió de que esto iba a ser muy diferente a lo de montar un museo en las antiguas escuelas. En aquella ocasión teníamos el sitio y los trastos, y solo necesitábamos capital para la reforma y poco más. Ahora, no teníamos nada de nada y necesitábamos cuatro peñas de granito y alguien que las trabajase.

Tras hacer los formalismos, estuvimos dos años sin saber nada del asunto. No había mañana que no mirase el buzón en busca de la apetecida carta. Los demás vecinos andaban ya en otras cosas y poco les importaba este propósito. El Goriche me preguntaba de vez en vez porque él tampoco recibía nada. Y es que, dos años no son nada para unos asuntos pero son mucho para otros, sobre todo cuando eres viejo y estás más cerca del otro mundo que de este. Cuando llegó la misiva, no nos traía nada bueno. No la quise abrir solo y quedé con el Goriche para que las tortas se repartiesen mejor. Al leerla se nos quedó cara de moho y de seguido llamamos a Jacinto, a ver qué nos contaba. Nos dijo que, a las primeras, siempre dicen que no. Nos pidió que le enviásemos la mortaja y ahí quedó todo. Otra vez la tonta espera, esta vez de solo ocho meses. Volvimos a recibir un escrito en el que aprobaban el proyecto, pero que “por motivos de ajuste presupuestario, no se encontraban en posición de asumir los gastos al completo”. Nos platearon la opción de que si nosotros conseguíamos la piedra, ellos pagarían al cantero escultor. También nos dijeron que a partir de ahora nuestro delegado directo para este asunto sería Jacinto Sánchez Aurelio, lo que nos facilitó todo aún más. Ahora tocaba conseguir el granito como fuera. Hablamos otra vez con el Morondo y nos dijo que él podría vendernos la roca a precio de coste. Ni aun así conseguimos convencer a los vecinos para que acorpasen. Por eso me tuve que bajar aquella tarde a hablar con Pedro, de serrano a serrano.

Para la inauguración, Jacinto se puso un poco cabezón con el día. Quería que coincidiese con la festividad de las Nieves pues era cuando más gente había en el pueblo y según él, cuando más luciría el evento. Se esperaba también al presidente de la Diputación y la tele. Nosotros nos negamos, por supuesto. El día de la Virgen de las Nieves era para la Virgen de las Nieves. Ningún vecino se había atrevido siquiera a casarse ese día para no afear a la Virgen ni creerse más que nadie. Y nuestras mujeres preferían las piedras partidas por un mal rayo antes que estar haciendo vanidades el día de las Nieves. Jacinto no veía nuestras razones. Claro, él se había criado fuera del pueblo. Decía que una cosa no quitaba la otra y que había sitio para todo. Pero no hubo qué hablar. Las Nieves eran las Nieves. Y el monumento iría antes o después; o no iría. Pero las Nieves, se respetaba. Al final convenimos que se hiciese un día antes de la festividad, que era cuando se hacía la comida de hermandad en la era y se podría aprovechar la ocasión para invitar a la mesa al presidente de la Diputación, a la tele y a todos los forasteros que gustasen de probar la caldereta, que es lo típico de por aquí.

Y llegó el gran día. Además de la Diputación de Ávila, ha venido a la inauguración la televisión de la nación y a alguna que otra más menuda. Yo, vestido para la ocasión con mis zahones y mi zamarra. Aún me asienta el conjunto y mira que han pasado abriles. Con mi lazo colorín de lino para sujetarme el cuello de la camisa, el zurrón y mi chaleco de estezado. Los pantalones duros de vaquero y las calzas de lana. El Goriche, el Pues y el Morondo están a mi vera de la misma guisa, morral al hombro y abarca suelta, con una sonrisa que no les cabe en la cara y los colores subidos por el colambre de la mañana. A ellos el traje de pastor les queda un poco más prieto, pero igual les vale. El presidente de la Diputación lleva ya veinte minutos hablando. No le entiendo la mitad de las cosas que dice. Ninguna tiene que ver con el evento. Hay que tener paciencia, igual ahora dice algo sobre nosotros o las bichas. Detrás nuestra están las esculturas. Un pastor barbón con la montera y la garrota, como Dios manda, y cuatro bichas a su vera. A nuestra siniestra, el chozo. Hábil para tres personas, con el caldero y otros cacharros adornándolo por dentro. En un lateral hemos montado un redil. Tío Camuñas ha traído cuarenta ovejas de El Puerto de Castilla para que todo luzca como una majada pero en chico. Esteban trajo su burro y lo plantó allí, a la vieja usanza, con la cobija, la reata y los cántaros. Como está entero y en edad, no para de moverse y toda mosca le molesta. Jacinto está a la guarda del presidente de la Diputación. Mientras este habla, el Mono se me junta y me chisma: “Prepárate para hablar, que este es tu día”. Los de la tele y la radio parecen estar interesadísimos en lo que está pasando. Los zagales ya se han aburrido y han ido a jugar con la pelota al prao. Las mesas de la era están listas para la caldereta de después. Hemos hecho dos bancadas nuevas para que abarquemos todos, pues somos más de cincuenta entre pitos y flautas. Se ha empeñado Jacinto en traer refrescos, patatas fritas y esas cosas que gustan a los de ciudad. Tía Marciana ha quitado la pelota a los rabadanes para que no tumben nada de lo que hay preparado en las mesas. Nati no ha querido venir a los discursos. Se ha quedado en casa viendo la tele hasta la hora del almuerzo. Como dijo ella: “A mí déjame de esas gaitas, que yo ni entiendo ni quiero”.

Ahora el presidente ha concluido. El micrófono queda abierto para todo aquel que quiera engrandecer la cosa con sus palabras. Yo no tengo ninguna intención de hablar. Jacinto toma la vez y comienza así su discurso:

  • Gracias, en primer lugar, al señor Presidente de la Diputación de Ávila, a Julián Sánchez García, promotor de este evento, y a todos los asistentes. Nos vemos en el día de hoy, rindiendo homenaje a la memoria de tantos y tantos vecinos del pueblo que a través de su profesión, engrandecieron una institución milenaria: la del Real Concejo de la Mesta. Esto es, la ganadería trashumante. Institución que se remonta desde la Edad Media hasta casi nuestros días. Teníamos la necesidad de hacer algo en honor de nuestros antepasados, por lo mucho que lucharon para que un oficio y una manera de entender el mundo perviviese. Su vida fue el ganado y se la dejaron en los cordeles de toda Castilla y Extremadura.

Hizo una pausa y se giró a mí como queriendo que me acercase al atril. Ni un pelo moví. Las piernas no me regían. Además, ya me empezaba a doler la pata mala por llevar tanto rato tieso. Como sabía que no iba a torcer mi voluntad, se giró de nuevo y prosiguió con el discurso.

  • Todos vosotros conocéis la ingente la labor de Julián, ilustre vecino del pueblo, tratado por todos y al que es difícil decirle que no, cuando se trata de su empeño, primero recopilando las costumbres de la trashumancia en un libro y luego con la creación del Museo Etnográfico y de la Trashumancia de El Tremedal, situado en las antiguas escuelas. ¡Por cierto! Podrán visitarlo esta tarde, justo después de la comida de hermandad, en una muy especial visita guiada por el mismísimo homenajeado. Pido un aplauso para él, por favor.

¡Qué bien habla el condenao! ¡Cómo se nota que ha estudiao, el jodío! Toda la concurrencia aplaude a manos rotas. Sin pausas, el bribón del Goriche me empuja hacia el estrado para que dirija unas palabras a los concurrentes, pero me zafo como puedo endenantes que me ponga colorado, y no por el vino. De todos modos, la gente sigue aplaudiendo. Yo me apeo del estrado. Jacinto me disculpa delante de todos y cede la palabra al siguiente paisano. Ahí continúan avalando la cosa, cada cual con su monserga. Ahora lucen más nuestros nuevos vecinos de piedra. El sol ya ha tomado la sierra y toda la era empieza a calentarse. Los concurrentes parecen recobrar el interés.

Ahora le toca al Goriche. La mirada se me va hacia mis hijos, Antonio y Andrés. Les veo ahí, uno al cabo del otro, sonrientes entre los paisanos y cogiendo todo el evento con una grabadora de video. Las niñas de Andrés están ya un poco cansadas de estar de pie y se cogen a la pierna del padre. No fue fácil sacar esta familia adelante. Aún recuerdo cuando la profesora de Antonio nos citó a los padres para decirnos que el niño era muy aplicado y que le apoyásemos en todo lo que quisiese ser de mayor. En algo ha cambiado la nación. Cuando nosotros fuimos a la escuela de chicos, nunca nos preguntaron qué queríamos ser de mayor. Me imagino que ya éramos lo único que se podía ser: un buen hijo para tus padres y luego un buen padre para tus hijos. Ayudar en la casa y sacar todo el trabajo adelante, ya fuese en la era o con los animales. No se podían dejar las cosas para mañana. No contabas los guisantes que te comías y los que te guardabas. Tampoco se pensaba en el futuro y esas cosas. Solo importaba cómo vendrían ese año las nieves. Hasta el agua, que es la cosa más preciada que tenemos en el pueblo, nos podía echar a perder un año entero así viniese de tanta o de poca. Luego los hijos venían sin llamar a la puerta y ahí tampoco nadie te preguntaba. Entonces, cuando no daban trabajo las bestias, lo daba el tempero de la tierra y cuando no, los hijos. O los tres juntos, pues las chinches nunca viajan solas. Ahora, hasta los mozos aparecen con gaitas de que no les gusta hacer esto o no les gusta comer lo otro y hasta parece que la comida les mancha. Cuando yo era zagal, no había gustos. Mucho menos de mozo. El trabajo había que cubrirlo, gustase o no. Acorpar con lo que fuera. ¡Ay! Como siga un rato más de pie, me va a estar dando guerra la pata mala todo el día. Con este saco de años, las fuerzas empiezan a faltar por todos sitios.

Otra vez rompen en aplausos. Ya se nota a los convecinos algo cansados y a los rabadanes con hambre. Jacinto toma de nuevo la palabra para agradecer finalmente a los paisanos. Les invita a que visiten el chozo por dentro y a los zagales que den unas briznas de heno a las ovejas. Todos se dispersan. Cada cual con su uva. Los críos olvidan pronto el cansancio y se van a toda priesa a colgarse del redil para molestar al rucio. Se forman grupos de charleta y los de la tele empiezan a mirar de reojo las mesas de la era con los platos llenos de viandas. En los altavoces de amplificación, ponen una música que suena ridícula. Yo tengo ganas de sentarme, pero hay tanto follón que no me aclaro. Juan se acerca y me abraza con efusión mientras me dice que lo hemos conseguido. Yo, con sofocos, le digo que me marcho con la Nati, a ver en qué anda.

“NARRAGONIEM”, de Chema Sánchez Alcón

“NARRAGONIEM”, de Chema Sánchez Alcón, publicada en Ediciones Atlantis.

 

Éste es el comienzo de esta obra:

 

Prólogo

Narragoniem. El sueño de la razón…

Un abogado gris, normal y corriente, asciende a casi ministro de la Dictadura de Franco y consigue esconder sus presuntos crímenes, cometidos al amparo y con los medios de las cloacas del Estado.

La originalidad, surrealista y excéntrica, de este relato de Chema Sánchez Alcón reside en que el protagonista, un letrado asesino, dialoga sobre el bien y el mal, sobre la racionalidad y la locura, con locos, necios, tarados, enanos, putas, tullidos y bobos que aparecen en los cuadros célebres de Velázquez, Goya, Gutiérrez Solana, Sorolla, de Kooning, El Bosco, etc.

Su título no engaña a nadie pues “Narragoniem” es, según he comprobado en Google, “el país de los locos”. El alto funcionario va hurgando en las historias truculentas de todos ellos pero se resiste a confesarles sus propias matanzas.

Después del “Elogio de la locura” de Erasmo de Rotterdam y de “la razón de la sinrazón” de Cervantes, los ilustrados enfrentaron la razón a la locura. Un avance notable si lo comparamos con la simpleza dogmática del bien frente al mal de los eclesiásticos medievales. Con el adelanto de la ciencia, llegamos a confundir buenos y malos con sanos y enfermos. Galdós, utiliza a Maxi, su loco en “Fortunata y Jacinta”, para recomendarnos no ser muy tajantes, a la hora de separar lo sano de lo enfermo, si queremos entender algo de la naturaleza humana.

Así llegamos, con el desarrollo de esta novela, casi negra, nada menos que al meollo de la obra, polémica y devastadora, “Eichmann en Jerusalem. Un informe sobre la banalidad del mal”, de Hannah Arendt. Para la filósofa judía alemana, el criminal nazi no era “un monstruo” ni “un pozo de maldad” sino un burócrata, una persona normal, que cumplía órdenes con celo y eficiencia. No había en él un sentimiento de “bien” o “mal” en sus actos. Salvando las distancias, así retrata Sánchez Alcón, más o menos, al protagonista de su relato.

El título completo de “Narragoniem” incluye como un capítulo “El sueño de la razón crea monstruos”, de Goya. Con ello, el autor nos da una pista sobre los monstruos que la razón nos envía a poco que nos descuidemos. Sánchez Alcón se adentra, con cierta erudición histórica y literaria, y algún alarde filosófico, en “lo monstruoso racional”.

Se agradece el mimo con que trata nuestra lengua, lo que hace más atractiva la lectura. Ese cuidado exquisito se aprecia en la forma de contarnos los diálogos absurdos de este miembro distinguido del engranaje de las fuerzas de Seguridad de Estado con toda una galería de “monstruos” sacados de lienzos célebres que pertenecen la Historia del Arte.

Para Sánchez Alcón, el verdadero “monstruo” es el personaje principal. Para la España oficial aparece como un modelo de perfección, un triunfador. Sin embargo, ante sus interlocutores, salidos de los pinceles más famosos, se muestra como un ser sin escrúpulos, surgido de la clase dirigente del Estado franquista, capaz de cometer un crimen abominable.

Su obra comienza, naturalmente, con el descubrimiento, clásico en la historia de la novela, de una caja de documentos inéditos, espeluznantes, que el casi ministro de Franco entrega a un sargento de Inteligencia y este a su sobrino. El relato es un juego ingenioso, entre divertido e inquietante, con las piezas de ese “ponzoñoso legado”.

La investigación y la documentación cuidadosas de Sánchez Alcón nos acercan, con interés creciente, a las distintas épocas de los inocentes, los bobos que se masturban en las “risas pascualis”, las antimisas de los bufones, los enajenados que matan por nada y que sueñan con viajar a Narragoniem.

El secretario de Estado de la Dictadura no se atreve a confesar sus atrocidades a sus tarados interlocutores, encerrados en los museos. La intriga del crimen o crímenes a distancia del protagonista añade un toque policíaco, de novela negra, que aumenta la curiosidad del lector por llegar hasta el final del relato.

Los locos hablan, a veces, como cuerdos: “Los finos y bien pensantes mortales han sido la peor de las calañas bajo el disfraz de la aparente normalidad” o “En la cohorte de subordinados están todos los males”. El arte del disimulo (la “taqiyya”, práctica recomendada por los ulemas a los musulmanes en tierras cristianas) toma aquí la forma de “hacerse el tonto”. Los necios tratan de sobrevivir en un mundo en el que “la bondad y la maldad son caras de la misma moneda”, según le dice Jovellanos, en un diálogo que roza el surrealismo, al tonto de Abundio.

El protagonista de la historia, un triunfador del Régimen, un sicópata narcisista con piel de cordero, apenas tiene una posibilidad de redención a través de un resquicio minúsculo pero esperanzador: el amor imposible de una joven virgen de su pueblo.

¿Cuándo se empieza a dar uno cuenta de que es un miserable?”, se pregunta el presunto asesino. Para este letrado cínico, “mitad monstruo, mitad humano”, que asciende a las más altas cotas del Poder, “el mal y el bien siguen siendo inventos de esa humanidad debilitada por los afectos”. Desaprovecha el cable de salvación que, como doña Inés a don Juan, le echa el amor sin mácula de la joven Mercedes. El poder le corrompe. A través de varios simulacros, el autor nos acerca al poder real, al de verdad, o sea, al poder arbitrario que no conoce límites.

Se dice “eres más tonto que Abundio”. No es el caso del Abundio que dialoga con Jovellanos, allá por 1815, sobre al alma partida de los afrancesados: “Ninguno de nosotros es inocente”. Los ilustrados españoles se ven obligados a echar a las tropas invasoras de Napoleón, pese a estar de acuerdo con los ideales de la Revolución Francesa, y abren la puerta al absolutismo del Rey Felón. Paradoja cruel.

Los tontos, necios, bobos y tarados como Calabacillas, Abundio, Lindin, Riviere, madame Sontag, Matietes o el Pájaro, etc. (hasta 12, como los Apóstoles), encerrados en asilos o manicomios, sueñan con “viajar hacia el ignoto territorio de Narragoniem”, el país de los locos. Al llegar al final de esa obra, verán que Narragoniem “no era una quimera de un grupo de dementes medievales sino un estado del alma”.

No creo en las supersticiones. Traen mala suerte. Tampoco en las casualidades. Sin embargo, en ocasiones, fruto de mi ignorancia o de mi temeridad, me siento gobernado por ellas. Por eso, escribo estas líneas. A principios del siglo pasado, el matemático francés Henri Poincaré se atrevió a decir que “el azar no es más que la medida de la ignorancia del hombre”.

Seguramente por azar, el 2 de marzo pasado, 40 aniversario de mi secuestro, torturas y ejecución simulada, realizados por miembros de la Seguridad del Estado, con armas pagadas con nuestros impuestos, recibí inesperadamente en mi casa, por el antiguo correo postal, el texto de “Narragoniem” de José María Sánchez Alcón a quien no tenía el gusto de conocer personalmente.

El autor me atacó por mi lado más débil: la vanidad. Una oferta diabólica: “Le he elegido a usted como mi primer lector, si lo tiene a bien, porque le considero inspirador de este relato”. ¡Ay, la vanidad!, el flanco favorito del diablo. El halago debilita a cualquiera.

Y aquí estoy, animándole a leer, después de mi, este relato original, inquietante y algo excéntrico que no le decepcionará.

Cuando comencé a leer esta obra, me vino inmediatamente a la mente “No matarían ni una mosca”, de Slavenka Draculic, un minucioso reportaje, bastante perturbador, sobre los juicios de La Haya a los criminales de la guerra de los Balcanes. “Ninguno de nosotros estamos libres de caer en la maldad”, escribió la autora croata, “pues los criminales de guerra no son distintos de nosotros”.

Ese libro fue para mí el verdadero prólogo, terrorífico por cierto, de la obra “Narragoniem” que acababa de recibir por correo postal. La leí, pues, con el recuerdo fresco de los criminales de guerra, gente normal y corriente, de la ex Yugoslavia.

¿Somos piezas de un engranaje perverso bien engrasado? Para los presos del manicomio, que sueñan con viajar en “La nave de los locos”, de Sebastián Brand (siglo XV), “todos, absolutamente todos, son cómplices”.

Un aliciente adicional para leer con gusto y prologar esta obra fue que, de la mano del bobo de Coria, el relato me trasladó a su pueblo natal, Caminomorisco, en el corazón de las Hurdes, donde pasé mi viaje de novios. Otra casualidad.

A la luz, o quizás a la sombra, de dichos diálogos delirantes, alguno se preguntará, no sin razón: ¿Quién está más loco don Quijote o Sancho? ¿El médico o el enfermo? ¿El paciente del cuadro de El Bosco, a quien le van a extraer la piedra de la locura, o el cirujano que lleva un embudo en la cabeza? ¿No fue, acaso, el propio Alonso Quijano quien, a sabiendas, se hizo el loco?

 

“Y mientras tanto, te sigo esperando: septiembre”, de Rosa Gamero Arévalo

“Y mientras tanto, te sigo esperando: septiembre”, de  Rosa Gamero Arévalo.

Así comienza la esta novela publicada por Ediciones Atlantis.

Día 1 de Julio

Las chicharras con sus sonidos incesantes en esos tórridos días de verano no paraban de llamar a sus hembras con sus cantos que para mis oídos, eran más bien un concierto de percusión.

La serenata me anunciaba que estaba amaneciendo.

Como todas las mañanas al despertar lo primero que hice fue  mirar los mensajes de mi teléfono móvil.

Viviré de Marzo a Septiembre en Méjico.”

Al principio pensé que aún seguía dormida.

Me levanté como una autómata dirigiéndome al cuarto de baño, abrí los grifos de la ducha y dejé que el agua corriese por mi cuerpo tratando de asimilar esa… ¿buena noticia?

La escalera que separa mi dormitorio de la cocina me pareció tremendamente larga. Necesitaba un café con urgencia.

¡Genial!, no me queda café. Alguna otra cosa más me deparará el destino.

Tomaré café soluble, quizás me toque el premio de un sueldo para toda la vida.

Papu y Nala, mis dos perras, ya estaban dispuestas al paseo de todas las mañanas. No dejaban de dar saltos deseosas de convertirse en “lobas” corriendo por el parque, libres, sin ataduras.

Salimos al paseo diario.

Ensimismada en mis pensamientos, caminando entre los pinos y sin darme cuenta tomé el camino equivocado. No sé muy bien por qué motivo me confundí. Llevo mucho tiempo haciendo ese trayecto.

Repasé mentalmente los pasos de otros días sin lograr encontrarlos.

Decidí entonces seguir hacia adelante. ¿Fue equivocada mi decisión? Quizás hubiese sido más correcto volver al principio del camino y tomar la senda de siempre.

Cada vez era más difícil avanzar, estaba lleno de obstáculos, enormes piedras torcían mis pies, ramas secas que impedían que avanzara con rapidez.

Solo me preocupaba mirar hacia el suelo para tratar de esquivar tan mal camino, sin levantar la vista, preocupada por llegar; pero, ¿a dónde se suponía que tenía que llegar?

Me paré en seco. Dejé de mirar mis pies para otear el horizonte. Todo me parecía desconocido y el pánico se apoderó de mí. El dolor de pie era insoportable, ¿cómo me había perdido de esa manera?, ¿por qué había elegido el camino más difícil?

Absolutamente incompresible.

Las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos.

¿Lloraba porque estaba perdida?, o ¿era otro el motivo?

A partir de ese momento decidí calmarme y mirar sin la rabia contenida con la que había salido de casa.

Estoy atravesando una época de muchos cambios, siento bullir el crecimiento dentro de mí. Mis manos empiezan a sentir el barro para formar las esculturas que durante tanto tiempo han estado guardadas dentro de un cajón, todo es fantástico y a pesar de que las cosas no son como a mí me hubiesen gustado, mi actitud es de sosiego, de madurez, enfrentándome a las dificultades sin temor.

Casi sin darme cuenta empecé a reconocer el lugar, allí estaba la fuente de agua que todos los días calmaba nuestra sed, las piedras que el tiempo ha pulido dándole diversidad de formas, el camino donde mis pies podrían descansar. La senda ha sido dura, no podía ver el horizonte porque mis pies estaban demasiado preocupados por los obstáculos que me iba encontrando.

El sol estaba ya demasiado alto y las chicharras empezaban su frenético canto. Seguí caminando, estaba a punto de vislumbrar las primeras casas. Mis pies se esforzaban por seguir hacia adelante.

Casi piso a una guerrera. Una amapola, si, solo una, solo una ha sido capaz de resistir el calor que ya empieza a ser cada vez más intenso.

Sobrevivir a todas las dificultades del camino no es tarea fácil.

Si no existiera dentro de nosotros el miedo a no conseguirlo no conoceríamos nuestra parte más luchadora.

Estoy en casa.

Y mientras tanto, te sigo esperando, septiembre.

Día 2 de Julio

Nuestro paseo ha sido truncado. Esta mañana ha sido imposible salir. Una fiebre incómoda ha asaltado mi cuerpo provocándome un fuerte dolor de cabeza.

Este estado en que me he encontrado de letargo que en algunos momentos ha sido de perder la conciencia, (he alcanzado los 40 grados) me ha ausentado del mundo.

Siento el fragor de la batalla que mi cuerpo está tratando de solucionar. Los soldados que forman el sistema inmunológico no paran de lanzar flechas sobre esos “malos” que han invadido mi cuerpo sin permiso.

Mi mente no está demasiado despierta me siento aturdida, como en todas las contiendas tendré que esperar a que se calme la batalla y a que mi cuerpo recupere su estado natural de bienestar.

Y mientras tanto, sigo esperándote, septiembre.

 

Día 3 de Julio

He sido demasiado intrépida, he salido a dar mi paseo matutino; pensaba que estaba más fuerte, me equivoqué.

A menudo se ha comentado lo fieles que pueden llegar a ser los perros con sus dueños, cómo son capaces de reconocer sus hogares si se han perdido o han sido abandonados, que se quedan en la tumbas de sus amos si estos fallecen, en fin, infinidades de historias que de alguna u otra manera han llegado hasta nuestros oídos. Pues bien, esta mañana mis dos exploradoras Nala y Papu son protagonistas de una de estas historias de fidelidad.

No sé cómo, pero ellas bien sabían que no me sentía con fuerzas de dar un paseo demasiado largo. Mi ritmo al caminar no era el habitual de otros días ni tampoco mi respiración. Sentí que mi cuerpo me pedía un poco de “por favor, vamos a casa”; tan solo había avanzado unos metros cuando me di cuenta de mi osadía al salir.

Me senté en una piedra para descansar un rato. Ellas estaban corriendo y saltando de un lado a otro disfrutando de su libertad.

Casi sin fuerzas traté de llamarlas para regresar y poder descansar cuanto antes. No hizo falta llamarlas, no sé si es que lo olieron, percibieron o fue la intuición de los perros, esa de la que tanto se habla; solo sé que estaban a mi lado, las miré con cariño y una sonrisa apareció en mi rostro. Papu, la más inquieta de las dos, se puso a mi derecha, mientras mi delicada damisela Nala iba delante, como marcándome el camino de vuelta a casa.

Nos hemos encontrado con perros mucho más grandes que ellas que han intentado llamar la atención de alguna de las dos, pero han hecho caso omiso a esas insinuaciones, no estaban para tonterías perrunas.

El amor, siempre es esa palabra la que acude a mi mente cuando ocurren cosas como estas. No es solo una palabra, son muchas palabras positivas, ser amable, sonreír, compartir tu alegría… son muestras de amor. El amor no es solo para nuestras parejas, con nuestros hijos, amigos, con nuestros animales. El amor está en el corazón y es inagotable, solo depende de cada persona entregarlo o no. La amabilidad y la dulzura puede ser luz para otras personas que aún no entienden cómo funciona esto del amor.

También hay amor en la regañina que he recibido de mi hija al llegar a casa.

Espero estar más fuerte mañana.

Mientras tanto, te sigo esperando, septiembre.

Continúa

“Lucha, papá”, de Eduardo de Vicente

“Lucha, papá”, de Eduardo de Vicente

“Lucha, papá”, de Eduardo de Vicente, publicada por Ediciones Atlantis. Comienza aquí tu lectura:

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Estas son las primeras palabras que he querido plasmar de José. Le pedí encarecidamente que escribiera una pequeña reflexión generalizada de cómo se sentía en su interior y por qué enseñar al mundo su experiencia y conocimiento. 

—Había una vez un circo, eso es lo primero que pasó por mi cabeza cuando me di cuenta, y no demasiado tarde, que muchos tramos de mi vida por no decir todos, habían sido una obra de circo. Estaba equivocado.

»Supongo que, escribir esta experiencia y divulgarla, es como plantar un árbol en tu etapa de la vida… siempre y cuando no se corten sus raíces y se permita admirar sus hojas y degustar sus frutos. Aún no sé cómo ni por qué me decidí a mostrar esta cinta llena de pequeños fotogramas, pero sumando un gran film para el conocimiento de mi ego. Es la única manera de sacar y compartir, lo que personas de mi entorno calificaban una novela, para ser escrita. Me he decidido y ahí la dejo por si sirve de algo o para alguien.

»Me encuentro bajo una luna llena, situada a mi izquierda, lo cual me dice que escribo mirando al Sur. Un rumbo que nunca quisiera perder hasta el fin de mis días, y como cualquier ser humano quisiera o no, despedido con el amor de sus hijos. Fuente de inspiración y sino, por la que mi corazón suspira cada mañana, cerrando mis ojos con el deseo, del día venidero, que supere en amor y cariño al anterior.

»Ante todo cabe indicar que todo hombre o mujer y viceversa tiene el legitimo derecho de disfrutar de su vida junto a sus seres queridos y familiares, más si se trata de su hijo o hija, ya sea natural descendencia o en adopción, en acogimiento o por ausencia de alguno de los progenitores, y digo esto, porque nadie en su pleno uso de sus facultades es nadie para valorarse padre o madre, sin el absoluto criterio del hijo o hija que son los que deciden verdaderamente quién es considerado su padre o su madre.

»Una vez aclarado este término y sintiéndome poco padre, quiero resaltar que fue mi pequeña, quien me recordaba día a día, siempre que podía verla en el ya famoso régimen de visitas, al que estábamos, y digo estábamos porque ninguno de los dos lo queríamos, estando sometidos. Eso hizo que nuestro tiempo fuera oro valorado por ella y por mí. No tenía ni dos años de edad, pero sabía que papá no estaba para ella siempre, y el tiempo volaba, sus ojos negros me invadían la mente, sus manos, su olor, su pelo, su voz, todo para mí era observado y sentido al máximo, ¿qué padre no entiende lo que digo?

»Pues bien, esas horas que eran segundos, y la ansiedad que produce el ir y venir de los días, de su ausencia, sumado a la lucha diaria, es lo que te hace convertirte en ser aislado y desconocedor de toda realidad que te rodea, sin olvidar la parte del matrimonio o relación que has dejado atrás echando la culpa a todo lo que no lo tiene. ¿También te suena?

»Estas palabras tratarán de que te coloques en la situación real que vives, porque nada más lejos de la misma debes estar. No soy psicólogo ni psiquiatra, pero creo en que mis palabras ayuden a muchas personas a luchar por sí mismas, primeramente una vez centrada su propia persona. Y solo así podrá ayudar a los demás, y de eso estoy bien seguro.

»La clave principal de recuperar a mi hija fue sin duda alguna el amor que me daba cada vez que la tenía en mis brazos. Nunca olvides esto, porque cada momento que pases con tu hija será maravilloso, tú serás todo en lo que ella quiera fijarse, aprender, y disfrutar de ti. Pero si no eres capaz de verlo, dale su juguete favorito y vive con ella una situación, que ella quiera, y escúchale porque solo así aprenderás. Escuchando a tu corazón y su voz. No dejes de mirarla a los ojos, porque son los tuyos y los de su madre, que fuera de todo odio y rencor son los que te miran y quieren mirarte día a día y hora a hora. Ella no tiene la culpa de nada, y nadie tiene la culpa de nada, pero sí puedes darle todo ese tiempo tuyo para ella, porque es suyo por legitima necesidad y porque vosotros, sus padres, os comprometisteis. Es su tiempo.

»Cada muñeca y cada juego al que jugamos para mí era difícil, pues soy hombre y, mira, por casualidades de la vida me veo jugando con muñecas y princesas, que insisto, me da exactamente igual, ya que soy su amiga, su padre y su madre, soy todo para ella en ese preciso momento y nadie lo puede cambiar. A no ser que te rindas. Lo mismo digo a esa madre que, con su hijo varón, se pueda ver sola ante el peligro: tú eres todo para él o ella.

»Este relato sincero que estás leyendo estoy seguro que te abrirá la mente para que empieces a ver tu vida y la de tu hijo o tus hijos de otra forma, porque no hay otra manera de entrar en el subconsciente de una persona, sea cual sea su condición o posición, o rol en la vida, que a través de los sentimientos y sobre todo en la fe de uno mismo. Es cierto que a través de la fe, el amor y el sexo es la única manera en que un ser humano abre su mente y, “ a posteriori ”, su cerebro empiece a absorber las cosas tanto positivas como negativas que giran en torno a cada persona. Pues bien, lo que trato de explicar y hacer ver es, que en virtud de ser testigo de cuantas cosas negativas nos rodean, sea usted capaz de ver el lado positivo de todo, que su subconsciente capte o asimile todo y únicamente lo positivo, porque solo así podrá ser feliz y hacer feliz a sus seres queridos, y sobre todo a sus hijos.

»Debe saber que narraré todo cronológicamente e intentaré que su pensamiento sea capaz de ver la realidad de las cosas y que todo tiene un buen fin, siempre y cuando usted lo desee, y digo siempre y cuando usted lo desee, porque es a través del deseo y de la proyección de su objetivo positivo, cuando usted alcanzará la felicidad que desea.

»Nunca dejes de luchar, por muy grande que creas que es la adversidad. ¡Lucha, papá!

»Marina, mi vida, no pararé de darte la gracias por todo lo que has enseñado a tu padre hasta hoy, a tus casi 12 años. 

Puedes seguir este magnífico libro aquí.

“El Sello Reditum” (Sueños de la vida eterna)

“El Sello Reditum” (SUEÑOS DE LA VIDA ETERNA), de Carlos Manuel Martínez de la Torre

 

“El Sello Reditum” (SUEÑOS DE LA VIDA ETERNA), de Carlos Manuel Martínez de la Torre, publicada por Ediciones Atlantis: sujetos que aseguran poseer unos dones extraordinarios. Fantasmas, sociedades secretas, brujería, posesiones, exorcismos…

 

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Comienza aquí esta apasionante aventura:

 

La señora estaba encogida en una butaca roja en la esquina de la habitación. 

Tenía fuertemente agarrado con ambas manos, su rosario de cuentas negras y cruz plateada cerca de la boca. Rezaba una retahíla nerviosa y susurrante. “Virgencita gloriosa, protege a tu servidora, que aunque haya sido pecadora, se arrepiente de todas las cosas. Intercede por mí ante el mal, aleja a los espíritus malignos, yo soy tu sierva leal, aunque mi corazón sea indigno…”, mientras se mecía con movimientos casi involuntarios. 

La cara estaba empalidecida a pesar de tener la tez morena. Los ojos lacrimosos los mantenía muy abiertos, de par en par, y vidriosos. 

Llevaba su habitual vestido negro en señal de respeto a la memoria de su difunto marido. Tenía unos cincuenta años y ya hacía cerca de dos que voló desde su país, cruzando el Atlántico, para llegar a España y comenzar una nueva vida, más próspera, que le hiciese olvidar las penurias y las desgracias que habían sido la constante monotonía de su vida allá en Colombia. Tras un comienzo más duro de lo que esperaba, encontró sus primeros trabajos realizando limpiezas esporádicas en distintas casas, por poco dinero, aunque mejor pagado que en su país, pero sin llegar a ser lo suficiente para llevar el tren que exige la vida en una ciudad como es Madrid. Más tarde entró al servicio de casas por más horas y fue ganándose una reputación de buena trabajadora, profesional, eficiente y atenta, cosa que le sirvió para que el boca a boca de aquellos a los que servía, la llevase al puesto actual que desempeñaba como interna, con un niño a cargo al que atender. 

La madre del chico, modelo de profesión, vivía más tiempo fuera de la casa que dentro de ella. El padre no existía, se había especulado que quizás fuese una aventura pasajera, o una persona aún más importante, y que el reconocimiento del niño fuese un escándalo o que incluso fuera fruto de una inseminación artificial. 

Lo que si estaba claro es que era de ella, puesto que había sacado sus mismos grandes ojos azules y el pelo rubio casi platino, tenía todos los ángulos finos del angelical rostro de la madre.

La lámpara amarilla que colgaba del techo de la habitación estaba encendida. Contrastaba con la oscuridad de la noche que procedía de detrás de las cortinas de la ventana. Al lado de ésta, estaba la cama, aún sin deshacer, con su colcha blanca con flores bordadas. Presidiendo en la cabecera había un crucifijo de madera caoba, con un cristo casi esquelético y amarillento. Pero no era el único símbolo religioso, sobre el tocador tenía todo un santoral con estampas de distintas vírgenes, y santos alumbrados por varias velas y pequeños ramilletes de flores. 

Escuchó pequeños pasos que se acercaban a la puerta hasta que se detuvieron. 

Se produjo un silencio que aunque fue corto, ella lo vivió como si los segundos hubiesen sido minutos. 

El pomo se giró y ella se contrajo más con un suspiro ahogado. Las gotas frías del sudor y de las lágrimas se confundían al resbalarse por su rostro cetrino. 

El tiritar desproporcionado de los nervios recorría su cuerpo como si estuviese enchufada a una máquina que constantemente le transmitiese corriente. 

La puerta de la habitación se abrió lentamente y sin soltar el pomo el niño se asomó. 

Estaba en pijama, con su osito de siempre abrazándolo con el otro brazo, del cual nunca se separaba. 

—Janet —le dijo—. Este señor te pregunta por qué te fuiste de casa y qué clase de comida le preparaste que le sentó tan mal antes de irte.

El corazón le palpitaba cada vez con más fuerza, podía oírlo en sus sienes. Una sensación de ahogo y mareo le sobrevino con un calor sofocante. 

Sabía que le estaba hablando de su marido, fallecido por causas poco naturales, después de que ella se hubiese encargado de condimentar mortalmente la comida, y deshacerse por fin de más de treinta años de sumisión absoluta a un borracho que le dio más penas, y prácticamente ninguna alegría.

El niño volvió a hablar, con esa vocecilla dulce y melodiosa 

—Nico dice que este señor está muy enfadado —mirando a su osito dijo—, ¿a qué sí Nico? 

Las luces del cuarto empezaron a parpadear y la señora lanzó un grito largo y aterrador.

 

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