“Castillos de naipes”, de Francisco Martínez Martí

“Castillos de naipes”, de Francisco Martínez Martí, publicada por Ediciones Atlantis

Te invitamos a conocer el comienzo de este bonito relato…

Eres tu infancia

Pancho se adentró en las cristalinas aguas hasta que le cubrieron por la cintura. Envuelto en el aroma de algas que arrastraba la brisa de levante, contempló el vasto Mediterráneo que se fundía en el horizonte con la cúpula celeste. Se confabuló con el líquido elemento y se dejó caer de espaldas. Su cuerpo quedó sumergido por completo y sintió con placer cómo las cálidas aguas acariciaban su cuerpo ingrávido y cómo sus cabellos se balanceaban cual algas en busca de la superficie. En un alarde de parsimonia, se irguió hasta sacar el torso del agua. El viento le parecía frío ahora, y trotó hacia la orilla en busca del cobijo de su toalla. Apenas ponía un pie en seco, se topó con una niña que recogía pechinas y las guardaba en un cestito de mimbre. Debía tener algún año menos que él. Se detuvieron el uno frente al otro y se observaron con la pureza en la mirada que es acervo de los niños. Ella vestía un traje de baño de color ocre que realzaba el tostado de su piel. Sus lacios y rubios cabellos se encontraban quemados por el sol y la sal de la mar, y sus ojos verdes eran torrentes de vida. La niña rebuscó en el cestito, cogió una pechina y se la ofreció sobre la palma de la mano. Pancho la observó durante unos instantes, la tomó con suavidad y compartieron una sonrisa. Oteó los alrededores en busca de otra pechina con la que corresponderle, y divisó una entre la espuma de las olas de la orilla. Mientras se acercaba a recogerla, el violento impacto de un balón de fútbol contra su cabeza le devolvió al mundo real. Sus amigos habían llegado. Cuando se quiso dar cuenta, su efímera compañera corría cual gacela al regazo de sus padres. Guardó la pechina en un bolsillo y se unió al grupo.

El verano de 1972 contemplaba el florecimiento de las primeras urbanizaciones turísticas en La Manga del Mar Menor, un brazo de pálidas dunas de dieciocho kilómetros de longitud que nace en el sureste español y se adentra en la mar. El paso de los años y la especulación urbanística sepultaron aquel paraíso de arena con hormigón y asfalto y, quizás, lo único que queda hoy en día de lo que era La Manga por aquel entonces, es el aroma de las algas en la playa.

Aquellos días de verano tenían un sabor especial. Pancho se despertaba al escuchar el borboteo del café y las conversaciones de sus padres en la cocina. Remoloneaba entre las sábanas hasta que el aroma a pan tostado le incitaba a levantarse. Desayunaba con sus hermanos mientras comentaban de dónde soplaría el viento aquel día o a quién correspondía ir a comprar el pan. Después ordenaba su habitación y ayudaba con la limpieza de la casa hasta que sus amigos venían a buscarle para bajar a la playa del mar Menor; la gran laguna de someras aguas que se forma entre La Manga y la costa peninsular. Allí nadaban, hacían carreras sobre la arena, se peleaban, se reconciliaban y volvían a pelearse hasta la hora de comer. Tras la siesta, bajaba de nuevo a la calle y caminaba los trescientos metros que La Manga tiene de ancho en aquella zona hasta llegar a la playa del mar Mediterráneo, denominado mar Mayor por los lugareños. Allí se reunía de nuevo con la pandilla y jugaban al fútbol hasta que, al ocaso, el faro del vecino pueblo de Cabo de Palos emitía los primeros destellos y daban por finalizada la contienda. Y así de placenteras transcurrían las vacaciones de Pancho, una sucesión de días caracterizados por una permanente diversión hasta que, llegado septiembre, se trasladaba a Cartagena para comenzar un nuevo curso escolar.

Hicieron el reparto de equipos y comenzó el partido. Pancho parecía que hubiese nacido aprendido y despuntaba en el fútbol tanto como en el resto de facetas de la vida, pero aquel verano había llegado un niño nuevo a la urbanización que había revolucionado el orden establecido. Rafita era un agresivo delantero que convertía en gol todos los balones que llegaban a sus pies, colaboraba en la elaboración de jugadas desde el mediocampo, ayudaba en la defensa, corría detrás de cada pelota como si le fuese la vida en ello y podía pasarse dos días sin hablar, si salían derrotados. Algunos niños de la pandilla comenzaban a estar hartos del carácter semiprofesional que habían adquirido aquellas pachangas sobre la arena desde la llegada de Rafita, pero Pancho opinaba que su nuevo amigo era alguien digno de admiración. “¡Este tío es un fenómeno!”, decía abiertamente en cuanto tenía ocasión, mientras sus antiguos amigos le recriminaban que había preferido pasar a Rafita aun cuando ellos habían logrado un mejor desmarque.

Al igual que Pancho, Rafita tenía diez años, pero si esa edad debe ser sinónimo de inocencia, Rafita no tenía diez años mas que porque así lo decía su partida de nacimiento. Era el menor de siete hermanos varones, había crecido cual conejillo de indias y estaba más resabiado que Lázaro de Tormes. Se echaba eructos de cinco segundos sin ninguna dificultad, ya marcaba bíceps y el propio Pancho había visto cómo partía dos peonzas en el transcurso de una sola tarde, pero era jugando al tenis donde aquel desmesurado espíritu competitivo galopaba como un caballo desbocado. Rafita había nacido con una raqueta en la mano, tenía un talento especial para el tenis e incluso participaba en torneos en Cartagena contra chicos de categorías superiores. A los diez años todo aquello era tremendamente importante, aquella prematura apertura a la vida le confería un atractivo especial y Pancho se había visto deslumbrado en pocos días.

Con los primeros destellos del faro, dieron por finalizado el partido. Antes de regresar a la urbanización y de acuerdo al ritual, se dieron un baño para quitarse la arena y comentar las principales jugadas. Pancho quería que aquella amistad fuese más allá del verano. Al cabo de poco tiempo regresarían a Cartagena y tenía una propuesta que hacer a su amigo.

Oye, Rafita. ¿Cuándo empezáis los entrenamientos de tenis?

La semana que viene, en cuanto comiencen las clases.

Mira, he pensado en apuntarme. ¿Tú jugarías conmigo a dobles? Tú mismo has dicho que estabas buscando pareja.

¡Pero qué dices, Pancho! ¡Tú ahí no duras ni cinco minutos! —rió.

¿Cómo que no? —se sintió ofendido.

Hombre, Pancho… no sé si te gustaría. Yo el tenis no me lo tomo como un juego, para mí es algo más serio. Pero puedes venir a mi casa a jugar cuando quieras, y yo voy a la tuya.

Sí, claro, pero aparte de eso, me gustaría apuntarme a tenis. ¡Venga, Rafita, hombre!

Bueno… ¡A lo mejor llevas un Manolo Santana dentro de ti! —sonrió— De acuerdo, probaremos.

De regreso a casa se abrazaron por el hombro como dos buenos camaradas. Seguro que encajaría sin ningún problema. A la semana siguiente comenzaron los entrenamientos.

Gabriel y María, apenas recién levantados y siguiendo la costumbre de cada domingo, subieron corriendo por la vieja escalera de caracol que daba a la buhardilla. El sol se colaba por los tragaluces del techo e inundaba de luz la estancia de blancas paredes. En una de las esquinas había un caballete de madera sobre el que descansaba una carta náutica que abarcaba las costas de Cartagena, Cabo de Palos y La Manga del Mar Menor. Sobre algunas mesas se encontraban diseminados fragmentos de ánforas, duelas de barriles y otros restos arqueológicos procedentes de pecios que yacen sumergidos en los fondos de la costa murciana. El monótono tic-tac de un antiquísimo reloj de pared hacía compañía a Ricardo. Un mar de serrín lo rodeaba, y las infinitas partículas que flotaban en el ambiente envolvían una magnífica exposición de maquetas de barcos de madera. La trémula luz del quinqué delataba que llevaba allí desde antes del amanecer. Enfrascado en la construcción de su última maqueta, había olvidado que una pipa apagada colgaba de sus labios. Apenas superaba los cincuenta, pero su picuda barba lucía enteramente blanca. Se había casado mayor y había enviudado joven. Aquella buena mujer había dejado un vacío difícil de llenar, y aquel profesor de Geografía e Historia y arqueólogo submarino tiraba del carro lo mejor que podía. Los niños corrieron al encuentro de su padre. Éste, sin apenas desviar la atención de sus quehaceres, presentó la mejilla para recibir los besos de rigor.

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