“Caminando hacia el interior”, de Toni Paradell Llaudet

“Caminando hacia el interior”, de Toni Paradell Llaudet, publicada por Ediciones Atlantis

Aquí comienza esta historia…

LA DECISIÓN

Oigo un sonido lejano que mi cerebro desprecia, como si no fuera con él.

El desagradable zumbido persiste y finalmente consigue su propósito. Dentro de mi cabeza se da la orden de abrir los ojos.

Reunir las fuerzas es complicado. Encontrar motivaciones, imposible.

Finalmente me incorporo sentándome en el borde de la cama, contradiciendo toda lógica, traicionando mis más profundos deseos.

Son las siete de la mañana y el despertador ha dejado de sonar.

Hace ya dos años que duermo solo y todavía realizo el maquinal gesto con el brazo de comprobar que no hay nadie a mi lado, de que estoy solo entre las sábanas.

Miro a mi alrededor. La casa está llena de recuerdos. Fotografías enmarcadas. Una imagen, un instante, un momento. Sonrisas en la cima. Visiones que vuelven a mi memoria y provocan en mí un vacío.

Voy a llegar tarde.

El día es gris, como mi estado de ánimo. Diría que empieza un nuevo día pero eso es mentira, empieza el mismo día de siempre. Preparar el café, abrir el grifo del agua caliente de la ducha, ver cómo el vapor borra mi cara en el espejo… apretar el nudo de la corbata.

Un día más en una gran ciudad, donde la rutina mata la emoción.

El ascensor, que siempre tarda demasiado en bostezar, abre por fin su boca y me vomita en la calle, donde me recoge un apestoso autobús lleno de gente que no se mira a la cara, que no tiene ninguna expresión que mostrar.

Cuando se abren las puertas del autobús, me encuentro al pie del edificio donde trabajo; montaña de paredes verticales de acero y de cristal. Seguidamente me engulle otro ascensor que en pocos segundos, me eleva del nivel de la calle hasta el piso 17. En media hora y sin apenas mover las piernas, he recorrido más trayecto que cualquier antepasado mío andando durante horas. La grasa se acumula peligrosamente en mis arterias. Me prometo a mí mismo que a partir de mañana realizaré el trayecto a pie y subiré el mismo desnivel por las escaleras. Ir a trabajar sin la ayuda de medios artificiales. Patético reto para un alpinista como yo.

Después de un saludo obligado y carente de la más mínima emotividad hacia las personas que me voy cruzando por el pasillo, me encierro en mi despacho.

Enciendo el ordenador y se supone que empiezo a trabajar, pero mi cabeza está muy lejos de este edificio, incluso muy lejos de esta ciudad. Mis pensamientos discurren entre montañas y tormentas, entre bosques y arroyos, entre penas y alegrías.

Recuerdos tristes se mezclan entre inmensas satisfacciones.

Debería tomar una actitud más activa frente a la realidad, pero veo pasar la vida ante mí, sin emoción. Nada tiene sentido.

Miro a través de la ventana de mi despacho y no consigo ver nada que me consuele, ningún lugar donde refugiarme. Nada que satisfaga mi deseo de evasión y de realización personal. A veces me gustaría desaparecer, encontrar una cueva donde por mucho que buscaran, nadie diera conmigo. Pero desaparecer no es la solución, eso sería demasiado fácil. Cada cuarenta segundos se suicida una persona en el mundo.

Pienso que ya nos vamos demasiado deprisa de este planeta. No hace falta provocarlo intencionadamente. Apenas da tiempo de echarle un vistazo, de explorarlo, de contemplarlo con toda su grandeza, de disfrutarlo… ¡Cuantas cosas quedan por hacer cuando nos vamos de esta vida y dejamos de existir! ¿Las haremos en otra vida? Quizás.

Sigue aquí la historia

Tagged , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink.

Comments are closed.