“Bula de difuntos”, de Juan Ignacio Villarías, en Ediciones Atlantis

“Bula de difuntos”, de Juan Ignacio Villarías, en Ediciones Atlantis

Aquí comienza la historia…

El encomenzamiento

No lleva ni un mes instalado Juvenal Acebedo en su nueva casa, más que casa, a saber qué nombre común habrá que aplicar al espacio que queda comprendido entre los cuatro muros exteriores y que le sirve de morada. La palabra más extendida y vulgar, casa, se le queda corta para sus pretensiones, y mucho más si se tiene en cuenta su etimología latina, pues en aquel idioma, en buena o en mala hora desaparecido, casa significaba choza o cosa por el estilo, nada que ver con el caso presente. Mansión ya está algo mejor, si bien esa palabra no necesariamente incluye la significación de fastuosa. O sí, que con estos nuevos académicos de la lengua, ya ni se sabe. Morada es el lugar donde se mora, lo cual al fin y al cabo nada viene a poner en claro. Palacio en cambio resultaría demasiado, tampoco es para tanto. Palacio es el del rey, y también el de otros destacados personajes, mucho más de cualquier forma que el caso presente. Quinta llaman a una casa de recreo en el campo, o quintana, que viene a ser lo mismo, a ésta no hay más que verla para darse cuenta de que tampoco es el caso. Lo mismo se podría decir de una villa, igual definición más o menos, o de una torre, como suelen llamar en esta comarca a las casas independientes y aisladas aun cuando no sean más altas que anchas. Habitación es lugar en que se habita; residencia, allí donde se reside, si bien este último término incluye la acepción de casa grande y suntuosa, lo cual sí sería de aplicación al caso. Casa solariega sería si hubiera pertenecido a sus antepasados, mas lo cierto es que se trata de una propiedad de reciente adquisición. Palacete tiene su nuevo propietario entendido que lo llamaban propios y extraños, y no le parece inadecuada tal denominación, aun cuando ese sustantivo se aplica con propiedad a casas de recreo, y no a las que sirven de residencia habitual como es el caso al menos a partir de ahora. Al cabo, aun ante tan amplia sinonimia, o precisamente por esa causa, no acierta a dar su dueño actual con la denominación que con exactitud le cuadre a esta su casa presente, de donde se infiere que la abundancia de sinónimos, en vez de constituir riqueza léxica, a veces degenera en todo lo contrario, pobreza e imprecisión. Casa es como la llamaría cualquiera, el nombre más vulgar o más sencillo. ¿La sencillez es vulgar, o es que la vulgaridad es sencilla? A cualquiera que se lo pregunten dirá que ni una cosa ni otra, pero Juvenal no se muestra del todo conforme con las corrientes estéticas de la actualidad.

En tales casos, acierta a cavilar al fin, a una de estas casas tan espléndidas se le suele poner un nombre propio, generalmente femenino, Villa Fulanita, si bien no siempre. Cuando se case, algún día, puestos en la contingencia, ya se considerará la posibilidad de nominarla de conveniente manera, adecuada a las situaciones contingentes en lo por venir.

Las circunstancias tocantes a la vida y milagros de los antiguos propietarios ha preferido él ignorarlas adrede, allá películas. A saber qué habrá pensado a ese mismo respecto, será que se quiere hacer la ilusión de haber sido el primer y único propietario y residente del palacete, vamos a llamarle así, y si no se conoce residente anterior, es como si no le hubiera habido nunca, pues lo acontecido en un lugar antes de que uno llegue y se acomode en ese mismo lugar, es como si no hubiera pasado, sobre todo si no se sabe lo que pasó.

Así que, cuando acudió al agente de la propiedad inmobiliaria, o éste a él, no preguntó nada Juvenal acerca de lo que saber no le interesaba, sino que tan sólo atendió a lo tocante a las características de la finca urbana en venta, a su situación, metros cuadrados habitables, estado de conservación del edificio, y, lo que es más importante, el precio, tan favorable para el comprador que hasta llegó a entrar en recelo. ¿Por este precio esta magnífica casa, poco menos que un palacio? Pero a tocateja, eso sí, y sin dilaciones, o lo tomas ya, o lo dejas para siempre, así mismo se lo vinieron a proponer, pues por lo visto no era él el único que aspiraba a devenir en propietario de tan excelente mansión, o por lo menos eso es lo que le quisieron dar a entender, no se sabe si con buen fundamento, o tan sólo por tratar de forzar la situación, tal como suelen hacer algunos vendedores ladinos. De lo contrario, cabría pensar que, cuando nadie hasta el momento la ha querido ni siquiera a precio tan conveniente, por algo tendría que ser. Pero por más que trataba de buscarle pegas, no conseguía encontrarlas; claro que él tampoco es ningún aparejador, ni se las da de entendido en la materia, pero del más atento examen de visu se deducía que no se trata de ningún vetusto caserón, sino más bien de una casa razonablemente moderna y con todos sus elementos materiales en regla, para eso no hace falta ser arquitecto ni ingeniero de caminos. O así al menos es como lo consideró, de lo cual ahora muy mucho se complace.

Continua este relato

Tagged , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink.

Comments are closed.