“Astronautas”, de Verónica Martín en Ed. Atlantis

 

“Astronautas”, de Verónica Martín en Ed. Atlantis

El inicio de esta interesante historia…

Através de la ventana entreabierta, Cosmo escuchó el rumor de la cadena de la bicicleta estática aparcada en la azotea. Tirado en la cama, dando caladas cortas a un pitillo, lo oía deslizarse a toda velocidad. Un soniquete vertiginoso, como si en vez de su madre montada en la bici, un ciclista de gemelos fibrosos descendiera montaña abajo, doblando en las curvas e inclinando el cuerpo encima del manillar. Estaba convencido de que ella la había arrastrado hasta colocarla frente a los cristales de su dormitorio, de lo contrario, era imposible que le llegara el ruido tan próximo, rodando ofuscado en el eje del piñón.

Cuando su madre se enfadaba seriamente, conservaba toda la rabia en su interior, silenciosa, reconcentrada. En el momento en que ya no aguantaba más, se la podía ver empujar una cómoda a la salida de su cuarto. Tan admirable era el afán que ponía en su tarea: sus brazotes tensos, las manos que imitaban dos palas de limpiar nieve, conduciendo la cajonera de un lado a otro, con la vista fija en el suelo, que su hijo sentía la necesidad de echarle una mano; realizar el recorrido completo hombro contra hombro, caminar cerca de la cocina o del saloncito, incluso enfilar a la terraza, cauteloso al preguntar dónde pretendía ubicar el mamotreto en el que guardaba las medias y aquellos sostenes armados que se mantenían tiesos sin ayuda, sujetos gracias a un busto de tetas voluptuosas e invisibles.

Una vez el chiffonnier estaba de nuevo instalado en su cuarto, después de haber concluido ese absurdo peregrinaje, la mujer se derrumbaba sobre una deslucida butaca que ella adoraba por confortable, por vieja y por haber pertenecido a la tía Raquel, la hermana mayor de su padre, que se trasladó a Madrid al poco tiempo de casarse. Raquel fue quien acogió al abuelo cuando le despidieron del taller de Stuttgart y, más tarde, a ella y a su pequeño sobrino nieto. Sin embargo, no fue solo ese acto de generosidad lo que le hacía entenderse más que bien con la tía Raquel, sino una complicidad remota que las unía como un hilo de pescar.

La madre de Cosmo decía que esa silla la abrazaba. Su hijo sonreía ante la elocuencia con la que afirmaba esa idea, pues lo que ocurría era que su rotundo contorno encajaba a duras penas en el sillón.

Yo creo que te estrangula —replicaba él—. Te convendría hacer más ejercicio.

Si monto en la bicicleta todos los días —le argumentaba ella, apretándose en la poltrona.

Andar por la calle también ayuda —su hijo aprovechaba cualquier ocasión de intentar abrir una brecha—. ¿Recuerdas? Ir a la carnicería o al tapicero a encargar una tela nueva para tu querida butaca.

Este sillón está mejor que tú y que yo. Y el servicio que me hace… —lo palpaba satisfecha—. ¡Un servicio buenísimo!

Además, contaba con múltiples personalidades. No le importaba ser una percha, mesilla en la que apoyar el transistor durante las hondas noches de insomnio de la mujer o tendedero improvisado donde colgar los pantys cuando afuera, en la azotea, la lluvia caía chisporroteando en las losetas rojizas y en el plástico que protegía a la bici.

Le conmovía contemplar a su madre reposar tras un disgusto. Su cabeza recostada, los brazos flojos y abiertos como una matrona exhausta.

Voy a salir —murmuraba el chico en el umbral del dormitorio—, ¿traigo el pan?

A veces la mujer tardaba en responder, sumida en un universo que le obligaba a fruncir los labios.

¿Panecillo o pistola, mamá? También compro una media docena de huevos morenos en la bodega —le concedía unos segundos—.Vale, y una litrona, una fresquita. No me entretengo, ahora, si me encuentro con el Machuca… igual me lío.

Señales luminosas que lograban disipar su ensimismamiento. Primero un suspiro, los labios se relajaban.

Panecillo blanco, nada de tostado —su voz parecía surgir de lo más profundo de su garganta, mucho más abajo, desde su pecho. La delicada cadencia de su tono no se correspondía con el tamaño de su delantera.

Una vez roto el hechizo, todo volvía a la sosegada normalidad; las cómodas a su lugar designado y el televisor frente al sofá. Aunque esta vez, el chico, ya no un niño de pelo al cero, sino un casi adulto de greñas rubias e indomables, no tenía intención de que nada regresara a su sitio, ni siquiera la bicicleta inmóvil. Si ella había sido capaz de moverla, el resto era posible, porque aquel bicho metálico era tan estático, que Cosmo creía que estaba soldado al pavimento de la azotea.

Sus primeros recuerdos de crío, jugando a indios y vaqueros, no eran los de él trotando a lo largo del pasillo con una escoba entre las piernas. Se entretenía mucho más subido a lomos de la descascarillada bici, por aquella época reluciente y blanca, con el nombre escrito en un lateral: BH ÓNIX. Tocaba el manillar y la calmaba al finalizar una persecución en el desierto, tras esquivar flechas de Pieles Rojas disparadas desde el bloque de enfrente.

¡Sooo, soo! Tranquila, Bonita Ónix —le susurraba—. Te has portado muy bien.

Había tratado de modificar el emplazamiento de aquel trasto, según las necesidades de sus persecuciones imaginarias. Llegó a convencer a su abuelo de que si la situaban más al fondo, cerca de los maceteros de pensamientos, podría ver más de cerca las torres de los otros fuertes. Lo máximo que lograron fue un chirrido de la base al arañar el suelo y ambos soltaron la bici temiendo haberle causado un estropicio irreparable. Sí, no era difícil enredar al padre de su madre, lo complicado era sujetarle los pies en el juego o, siendo más exactos, al enlosado que pisaban.

El abuelo accedía a aguantar quieto en un rincón de la terraza, en cualquier punto que este señalara; detrás de las sábanas que acababa de colgar la tía Raquel, si era el caso, y ahí aguardaba paciente a que su nieto terminara de examinar las herraduras de la Bonita Ónix. No obstante, en cuanto el chaval se despistaba un par de minutos, él tenía la mirada perdida más allá de las antenas y la uralita de los tejados aledaños. Sus rasgos parecían vaciarse de toda expresión, sus párpados abultados se relajaban como en el instante en el que el sueño te acaricia suave, muy suave, la coronilla. Cruzaba la línea fuera del mundo de tal forma, que podría haberse quedado soñando, recostado en uno de los almohadones húmedos prendidos con dos pinzas verdes.

El niño, encaramado al sillín, pedaleaba a toda marcha y aceleraba a ratos, para que la cadena hiciera ese ruido inquietante, de enjambre de abejas zumbando. La postura del abuelo proyectaba su sombra alargada e hierática sobre los arriates de flores púrpura que su madre sembraba en otoño. Como mucho, conseguía un leve gesto bajo los pómulos afilados del hombre.

¿Te has quedado frito? —preguntaba su nieto intranquilo—. No puedo confiar en un guardia que a la primera de cambio se me dispersa.

El abuelo encogía sus escuálidos hombros. A Cosmo le encantada notar las finas aristas de su cuerpo. Pasados los años de la adolescencia, a la vuelta de las clases en la Escuela de Enfermería, le abrazaba por detrás si se lo encontraba, a oscuras, sentado en una silla de la cocina. Sentía sus omóplatos duros y enormes, de dinosaurio cansado, a través de la camisa y le venían a la mente recortes de un domingo soleado a la puerta de la bodega. Le costaba trabajo creer que, en algún momento de su vida, hubieran estado allí los dos juntos.

¿Ves algo? —le preguntaba el crío— Bonita Ónix, con este vigilante nos cosen a tiros los indios. ¡Abuelo, joer! —exclamaba. Su persistente abstracción lo desesperaba. Los cuatro pelos de la nuca, revueltos por la brisa del atardecer, era la única parte de su cuerpo que denotaba movimiento— ¡Abuelo! —gritaba.

Le costaba mantener los pies en la superficie; daba igual si era en las baldosas del baño, la alfombra de la habitación que compartía con su nieto o el suelo de la azotea. El pequeño se bajaba de la bici a toda prisa, intentando cogerle del brazo que estaba tieso.

¿Te aburres? Pues jugamos a conducir una nave espacial.

Se giraba el hombre. Examinaba la figura de la bici y apoyando la mano, apretaba flojito los dedos en la espalda del chaval.

Vamos a dentro, criatura —respondía—. Yo no sé nada del espacio.

Una vez en la casa, la madre les solicitaba para que alguno ayudara a la tía a recoger las vainas de los guisantes que serviría en la cena y el desencuentro de la azotea se difuminaba, aunque siempre dejaba una muesca muy débil en los ojos tristes del hombre y una preocupación particular por parte del niño hacia él, que no le abandonaba hasta que el abuelo tomaba una de sus pastillas y se acostaba en la cama inmediata a la suya esa noche y todas las que siguieron en sus años de convivencia.

 

 

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