“Aquellos Dioses Inmorales”, de Carlos Vázquez Iruzubieta, en Ediciones Atlantis

“Aquellos Dioses Inmorales”, de Carlos Vázquez Iruzubieta, en Ediciones Atlantis

Aquí comienza este apasionante relato:

ANabucodonosor le bastaron pocos meses de asedio para entrar triunfante en Jerusalem. Ocupó poco tiempo en rendir a una ciudad y a un reino. Estaba escrito como una fatalidad porque los israelíes carecían de fuerza militar para combatir ya que por ellos lo hacían los soldados del Faraón, a quien pagaban tributo. Diluida esa protección tras la derrota que le infligieron las tropas de Nabucodonosor a las del Faraón Nekao en el campo de Karkemish, el Rey Eliacim, primo-génito de Josías, rindió su reino y la ciudad sagrada bajo la promesa del invasor de respetar vidas y bienes evitando así la rapiña de la soldadesca.

También obtuvo de Nabucodonosor la promesa de mantener intactas las murallas del Templo de Salomón, aunque el babilonio se aseguró de despojarlo de los vasos sagrados y demás instrumentos rituales. No le pareció bastante porque ordenó a sus capitanes que deportaran a doscientas familias prominentes de Jerusalem y algunos niños de estirpe real para ser instruidos en la cultura y hábitos de origen caldeo, a fin de que olvidaran a su Dios y entregaran su credo y voluntad a los dioses de Babilonia. También arrastraron a la deportación al Rey Eliacim, aunque no en condición de cautivo sino de prisionero, y se cree que murió en el desierto durante la travesía porque nunca se supo cómo acabó sus días.

En su lugar Nabucodonosor puso en la cabeza del reino de Judá a su hijo Joconías, quien prometió pagar a Babilonia los tributos convenidos.

En cuanto a aquellas doscientas familias fue incluida la de Jehú, escriba de los jueces, hombre instruido en los mandamientos y rituales, lector de la Torah y miembro del Sanhedrín. Era Jehú misericordioso con sus hermanos y piadoso con los pobres de Jerusalem, y lo era a los ojos de YHVH y de los sacerdotes, quienes lo tenían en alta estima y lo respetaban por su silencioso estar, prudente y comedido.

El día que Jehú regresó a su casa y su hija mayor le informó que su hermana menor y Giesi habían desaparecido abandonando la casa sin ser vistos, Jehú se lanzó por las callejuelas de la ciudad a buscar a su hija y a su compañero de travesuras. Los chiquillos se habían fugado para vagabundear por las estrechas calles de Jerusalem, y para Jehú nada superaba al amor por su familia.

Ruth, era la primogénita y su mejor apoyo porque rondando los diecinueve y sin proponérselo, había adquirido el oficio de madre de sus hermanas y del pequeño Harús, que naciendo de pie mató a su madre con su primer aliento; era el único hijo varón de Jehú y rondaba el niño los siete años. Uno mayor que él, la tercera hija del buen Jehú llevaba el nombre de Hafsiba, y permanecía recluida en una impenetrable introspección. Deambulaba por la casa sin agitar el aire. Silenciosa como una nube, era un islote lejano e inaccesible, una existencia suspendida en el vacío.

La segunda hija de Jehú era Hadaía, vivaz y extrovertida; todo lo contrario que Hafsiba, su hermana menor. Aventurera e inquieta, habituaba escapar de su casa para vivir buena parte del día en las callejuelas de Jerusalem. Y para cubrir sus espaldas solía ser acompañada por Gieci, que la seguía como un voluntario protector, aunque cualquiera hubiera podido dudar de su ineficacia aparentando la misma edad que su protegida.

Aquel día, el de la entrada de Nabucodonosor a Jerusalem, vagaban los dos niños por las calles peligrosas aunque el pacto de los monarcas fue el de preservar la vida y bienes de los habitantes de la capital del reino. No obstante, algunos soldados recorrían la ciudad husmeando por todas partes y sin control alguno se dedicaban al pillaje cargando con cabras, gallinas y corderos, mientras otros saqueaban a los mercaderes ricos.

Apostados detrás de los escombros de una casa derruida, Hadaía y Gieci contemplaban las fechorías que cometían media docena de soldados babilonios, saqueando el ajuar de la casa de un mercader de paños y maltratando a su mujer, a la que habían arrastrado de los cabellos hasta la calle para comenzar a desnudarla. Cuando su marido intervino para socorrerla fue decapitado al lado de ella, clamando al cielo con un grito desgarrador. La desdichada perdió el sentido facilitando a los soldados la práctica de su lascivia. Sin embargo, luego de observar el cuerpo y creyéndola muerta la abandonaron en mitad de la calle y se marcharon.

Hadaía y Gieci se miraron sin saber si debían hacerlo o no, pues el miedo los tenía inmovilizados. Pero cuando Hadaía salió corriendo hacia la mujer, Gieci la siguió sin dudarlo. Entre los dos la condujeron dentro de su casa, arrastrándola por los hombros. La casa estaba devastada. Dejaron a la mujer en el suelo apoyando su nuca en un par de cojines, y en medio de tanta destrucción encontraron amplios paños con los que cubrieron su desnudez. Hadaía corrió hacia el interior de la casa a buscar agua y regresó con un cubo.

Mojaba la niña pequeños retazos de paño para limpiar el rostro de la mujer que permanecía sin sentido, tumbada en el suelo. Decidido a conocer su estado, Gieci apoyó una oreja en la boca de ella para comprobar si aún respiraba.

Está viva. Creo que vive —dijo, y Hadaía también quiso comprobarlo.

Sí que está viva —confirmó, y siguió reanimándola con paños húmedos que posaba sobre las sienes y el rostro.

¿Y ahora, qué hacemos? —preguntó Gieci.

Si salimos a la calle y nos encontramos con los soldados… —murmuró Hadaía y con gesto fatalista resbaló su índice por el cuello.

Entonces, será mejor que esperemos un rato antes de salir.

No lo sé —respondía Hadaía, que no alcanzaba a despejar sus dudas.

La mujer comenzó a mover sus extremidades y pasaba el dorso de su mano por la frente sudorosa. Un sudor frío que Hadaía secó con un paño. Cuando recobró la conciencia, miró aturdida a su alrededor y sólo vio las huellas del pillaje. Una casa violentada. Comenzó a gritar desesperadamente sin que los niños lograran acallarla. Se incorporó y ganó la calle semidesnuda cubierta apenas por un paño que sobre ella echó Gieci antes de que se marchara a toda prisa. La mujer corrió en dirección al Templo saltando por sobre el cadáver de su marido, para desaparecer al doblar en la esquina de la primera callejuela. Los niños la siguieron sin dejar de temer un encuentro con los soldados.

Luego de correr un buen rato encontraron a la desventurada mujer, de bruces, en medio de un charco de sangre. Era evidente el asesinato. En una que otra casa, pocas, se podía ver a pequeños grupos de soldados que seguían dedicados al saqueo. El miedo hizo correr a los niños velozmente hasta que a lo lejos pudo Hadaía advertir la figura de su padre recortándose su silueta a contraluz. Abrazada a su padre, Hadaía desató el llanto que había contenido. Apretada contra el pecho de su padre, lloraba sin parar.

Dime, ¿qué es lo que ha pasado? ¿Os han hecho daño los soldados?

A ella, nada —le informó Gieci, añadiendo—: Hemos visto matar a un hombre y volverse loca a su mujer. Luego la hallamos muerta también a ella. Teníamos miedo, mucho miedo. Había sangre por todas partes.

¡Me habéis desobedecido! —les reprochó Jehú, añadiendo—. Vamos a casa, rápidamente.

El muchacho calló la verdad para no delatar a Hadaía, porque fue ella la promotora de la huida del hogar aprovechando un descuido de Ruth. Siempre se hacía cargo de los castigos y represalias, sintiendo que de ese modo protegía a sus hermanas y al pequeño Harús. Esa vez, Gieci había corrido tras ella para vigilar sus pasos alocados siempre y traviesos.

De noche, después de cenar, Ruth preguntó a su padre acerca de lo que había ocurrido, pues Jerusalem seguía en pie y sus habitantes, vivos. Jehú les aclaró que el Rey Eliacim prefirió cambiar el vasallaje egipcio por el babilónico para salvar a la ciudad y al Templo.

¿Y qué hará el Faraón cuando se entere? —preguntó Ruth.

Se pondrá furioso. ¿Qué otra cosa? —intuyó Gieci.

Pero, padre, ¿qué tenemos que ver nosotros con eso? ¿Por qué nos atacan y nos roban? —preguntó Hadaía.

Todo fue por culpa de la ambición del Faraón Nekao. Como sabéis, luego de vencer a nuestro Rey Josías sometió a Judá y dejó en el trono a Eliacim, que es el primogénito de Josías. Allí hubiera terminado todo y hubiéramos podido vivir en paz pagando tributo al Faraón. Pero, no fue así. Nekao es hombre ambicioso y se acercó al Éufrates, rozando con sus tropas las fronteras del reino de Babilonia, y las huestes de Nabucodonosor lo enfrentaron y vencieron en el campo de Karkemish. Su ejército, dispersado, huyó sin concierto ni destino. Los babilonios lo persiguieron hasta las murallas de Jerusalem, y aprovechando el viaje nos asediaron hasta que finalmente Eliacim cedió sin lucha y no vaciló en cambiar el vasallaje egipcio por el babilónico para evitarle desgracias al pueblo de Jerusalem.

Pues, no está tan mal —comentó Gieci.

Sí que lo está, porque para retener el trono de Judá, el pueblo tiene que pagar un precio más alto que el reclamado en su día por el egipcio.

¿Y cuál es el precio, padre? —preguntó Ruth, preocupada.

Permitirá a Nabucodonosor el saqueo del Templo. Se desplazarán a Babilonia los vasos sagrados que pasaron por las manos de Salomón, y asumirá Judá el compromiso de pagar tributos desgarradores para nuestro pueblo, empobrecido desde siempre. No me explico cómo se podrá cumplir con ese compromiso.

¿Y eso es todo? —preguntó Hadaía.

No es poco, pero aún hay más. Lo peor de todo, niños, es que el Rey Eliacim aceptó que sean deportadas unas doscientas familias de Jerusalem y con ellas, a un puñado de niños de estirpe real, para que asimilen en Babilonia la lengua y la cultura caldeas. Y también, y esto es lo más doloroso, para que se olviden de nuestros preceptos revelados en la Torah y terminen acojiendo a los dioses babilónicos como propios y verdaderos.

Los hijos de Jehú enmudecieron tras oír las explicaciones de su padre. Esta vez no eran vaticinios sino decisiones firmes y que en pocos días se llevarían a cabo. Se habían acabado por el momento todas las preguntas. Lo que no se atrevieron a preguntar fue si ellos formarían parte de las doscientas familias que deportarían a Babilonia. Jehú sí que lo sabía y disimulaba su tristeza para no apenar a sus hijos esa noche de quebrantos. Hafsiba no pronunciaba palabra, como siempre. Dentro de la confusión, lo que estaba muy claro fue que a Babilonia deportarían a las familias más importantes de la ciudad, dejando en ella a la escoria, según lo había resuelto el invasor. Un escriba como Jehú no sería excluido de la marcha hacia Babilonia a través del desierto. Así, pues, al siguiente día de aquella conversación familiar comenzaron a preparar sus enseres; pocos, conforme ordenaron los oficiales de Nabucodonosor. Y en efecto, cuando finalmente se dio la orden de marchar a los tres días de aquella noche, se requisaron de los carros aviados lo que a juicio de los soldados sobraba, que según ellos, era casi todo.

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