“Ámbar”, de Cristian Reche Lillo en Ed. Atlantis

“Ámbar”, de Cristian Reche Lillo en Ed. Atlantis

Aquí comienza esta historia…

Recuerdo nº 1

De nuevo este recuerdo.

Otra vez se ve a sí mismo en medio de esta granulación inconexa; erguido sobre unos bultos que proyectan sombras según les parece, negando la posición de la luz, confundiéndola.

De nuevo esta secuencia. Escena compuesta de planos que se yuxtaponen solapando un hilo argumental oculto entre espesa bruma de celuloide mental.

¿Qué hago yo aquí, en medio de toda esta irrealidad? ¿Por qué me encuentro de pie, inmóvil, mientras ella llora?

En ocasiones la imagen se vuelve ininteligible, hasta el punto de dañar los ojos. Durante estos fragmentos en los que el cinematógrafo cumple mal su función, mientras el celuloide quemado anuncia delirios en la pantalla, tan sólo puede distinguirse un pitido agudo. Es el sonido de la percepción desmoronándose. Quizá por ello las partes más difíciles de digerir sean éstas. Blanco. Frío. Intenso. Maldita memoria.

¿Acaso me pertenece este recuerdo? ¿Existió de veras tal momento? ¿Cómo se conecta a mí? ¿Qué parte me concierne? Ese tipo enjuto frente a la chica, el arma… ¿soy yo?

En cualquier caso no hay más opción que visualizar la proyección siendo un espectador silencioso e invisible, sin capacidad de elección. Quieto. Y al poco que uno espera van volviendo los contornos. Si bien nada queda nítido, al menos da para percibir un trozo de lo que sucede.

Y sucede lo siguiente:

La habitación está revuelta. Él la ha desordenado. Lo sabe. Sin embargo, no recuerda el porqué. Cae el sudor surcando un rostro, ajeno a su ser, como quien ve el reflejo en el espejo. Observa atento, y no sin cierto sobrecogimiento, las lágrimas de Alicia saliendo a borbotones de unos ojos enrojecidos por el llanto. Llora pidiendo clemencia, trémula, apelando a sentimientos que él no siente, que no recuerda. ¿Cuántas veces habrá vivido esto? Ha perdido la cuenta, en verdad.

Sabe de sobra cómo acaba todo. Lo ha visto cientos de veces y siempre alberga la misma extraña impresión. Algo que le confunde y lo pone a temblar. ¿El qué? Ni él mismo lo sabe. Pero ahí está, la misma vorágine una y otra vez. Este recuerdo no le gusta, ya sabe cómo acaba.

Alicia recibe un disparo en la sien. Deja de llorar en el instante en que la bala perfora su cráneo. Él la mira unos segundos. Parece abstraído, fuera de sí. Tal como si el crimen no tuviera nada que ver con su persona. Un reflejo fantasmagórico de sí mismo. Un “yo” diferente, sumergido en un mundo diferente, regido por normas diferentes. El ente de la incoherencia. Así se ve.

Y el recuerdo número uno termina esta vez tal como las anteriores. Exactamente igual que tantas otras veces. Una habitación desordenada, Alicia muerta y en el centro, de pie, el verdugo desconcertado.

El cinematógrafo se detiene. Su sonido cesa. Y la electricidad discurre en sentido opuesto al de la escena, directa a la realidad.

Directa a la memoria.

Día 36

I

Amaneció gris, con una capa compacta de nubes plomizas que ocultaban el sol.

A mí tanto me dio. No me gustan especialmente los días soleados, aunque a decir verdad tampoco soy de los que se pierden por los nublados. Lo mismo me da. Por mí como si aquella mañana algún huracán tenía en mente romper sus cadenas y barrer el lugar. Me era indiferente. Al fin y al cabo yo estaba atrapado en Ámbar.

Sin remedio.

Desperté alterado. Sentía el corazón latir a buen ritmo en mi garganta. PUM—PUM. Un pulso que también tenía lugar en la sien. PUM—PUM. Siempre me sucedía lo mismo. Cada vez que soñaba con ese recuerdo en particular me desvelaba acometido por un acceso de ansiedad y mi cuerpo demandaba aire desesperadamente. Gajes del proceso de inmersión mental. Prioridad: salir a la superficie y recoger oxígeno. El resto podía esperar.

PUM—PUM.

Tras lograr serenarme alcancé un punto de coherencia con la realidad. Después salté de la cama. Me enfundé un jersey marrón que tenía muy a mano y unos pantalones de tela, de esos con muchos bolsillos. Fui al baño. Hice todo lo que había que hacer. Durante unos segundos (tal vez fueron minutos, ahora mismo no lo recuerdo con exactitud) quedé mirando fijamente la ducha. Aún hoy no sé si realmente pensé en ducharme o si simplemente sufrí uno de esos momentos en los que alguien desconecta el cable al otro lado dejándome inmóvil, en stand by.

PUM—PUM.

No me duché, claro. Fui a la pequeña cocina del diminuto estudio en el que me alojaba y preparé algo de café. Media taza, dos de azúcar y unas gotas de brandy. Desayuno listo. No precisaba más para empezar el día. Que, por cierto, ya era el 36.

Día 36, me dije mientras me fumaba el cigarrillo reglamentario de las mañanas, a los pies de la cama, cara a cara con la ventana y su campo visual. ¿Quién soy? ¿Cómo llegué aquí? ¿Por qué no recuerdo nada?

Muchas preguntas. Cero respuestas. Nivel de frustración por las nubes. Cordura nula.

Hace tiempo que no me cuestiono esas cosas. ¿De qué me vale hacerlo? De nada. No encuentro claridad, más bien confusión. Al adentrarme en mi memoria únicamente veo ruinas. Una ciudad de recuerdos en llamas. Si me acerco demasiado su fuego me deslumbra y termina por calcinarme. Mi mente no falla porque una bruma espesa impregne su memento. No. Al contrario, no es capaz de aunar experiencias sensoriales con emociones, ya que una luz crematoria carboniza los fragmentos a cada segundo. Ni más ni menos. Ambiguo, ¿verdad? Y con todo, es como mejor puedo explicarlo.

No conseguía recordar. Me movía por pura intuición. Generé un “yo” a partir de lo que los demás me contaban de mí. Y no creo que ese ser obligado a apelmazar retazos fuera alguien real. Pero, ¿qué opción quedaba? Era precisa una base con la que dar forma a mi sustancia. Una tabla en el mar para poder naufragar en condiciones.

PUM—PUM

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