“EL AMANECER DEL CRISTAL”, de Tamara Pajarín Magán en Ediciones Atlantis

“EL AMANECER DEL CRISTAL”, de Tamara Pajarín Magán en Ediciones Atlantis

 

 

El espíritu de la bestia

En la Era de la Bestia se solía llamar al espíritu de una bestia, pero no a una cualquiera, sino a un espíritu ancestral. Se le llamaba para la elección de un niño o niña y aportarle el don de la invocación. Aunque ese día fuese un bebé, me acuerdo como si fuese ayer, cuando apareció el espíritu; recuerdo a un gran animal, se le parecía mucho a un caballo blanco y con un cuerno en el centro. Se les llamaba unicornios, pero este tenía algo distinto, se parecía más bien a un ángel, envuelto en un velo con la transparencia de un caballo. Aparte de darme el don de la invocación, me ofreció también el regalo de la curación, como una especie de curandera antigua que sanaba con las manos. Después de ahí, no recuerdo el después, solo algunas imágenes borrosas y sin poder descifrarlas. Suelo oír en el fondo de mi mente la dulce voz de mi madre, sosteniéndome en sus brazos.

En cambio, mi amiga Kate me contó que quien le aportó el don de la invocación fue otra criatura ancestral, una especie de toro, que aquí se le llama Ifrit, señor del fuego y de la destrucción. El don que le dio fue el dominio de los cielos, es decir, controlar el tiempo, tanto el Sol como el viento y las lluvias torrenciales. Pero no le pasó como a mí, solo le dio ese don. A mí me dieron el poder de la curación: podía curar a toda clase de seres vivos; lo único que me advirtieron fue que los que estaban muertos o morían por causas naturales, no se les podía hacer revivir, ya que eran perecederos de su destino y ellos mismos decidían dejar esta vida y regresar en otra. Siempre he creído que cuando morimos, morimos y no existe un regreso a otra forma ni vida, ya sea animal o humana.

Después de recordar tanto, me dispuse a levantarme de la cama y vestirme para ir a clase de control del don. Teníamos unas 300 horas a la semana (en nuestro mundo) de plan de estudios, sobre cómo controlar el don, y en qué situación. Luego teníamos clases de prácticas, donde nos enseñaban cómo utilizarlo y a dominarlo solamente con la mente. No nos gustaban mucho las clases de prácticas, y las de teoría eran un poco fastidiosas; preferíamos la acción, como todo buen guardián.

Tuvieron que hacer una clase extra para mi regalo extra, teniendo una clase extra y más horas, claro está.  Cuando me dirigía a la clase extra, miré al frente y vi al chico más guapo y atractivo de la residencia. La verdad es que se me caía la baba, todas estábamos coladitas por el tío cachas, que estaba con sus amigotes, se creía muy importante y, si quería, te hacía caso; y si no, no. Me quedaba un instante mirándolo, hasta que se daba cuenta uno de los chicos, y se me quedaba mirando. Era guapo, pelo rubio, ojos verdes, alto y fuerte, se llamaba Dalton y me miraba con curiosidad. Había oído que él tenía el don de la luz y controlaba todo tipo de luz, pero también podía emerger ocultando el Sol y dejándonos sin luz y en una total oscuridad.

Pero desde la destrucción del poblado de la invocación, no tuvimos más remedio que abandonar, al menos los que sobre-vivimos, y vinimos a parar a un lugar sagrado dentro de una superficie que la luna llena mostraba, un poblado escondido entre la luz de la luna llena; nadie sabe de sus existencia, al menos para los que ya saben dónde está. Nos conocen o nos llaman los néfiros, invocadores de las bestias sagradas. Cada néfiro desempeña su papel; a algunos se les conoce aquí como arcángeles, protectores que darían su vida por proteger el poder de la invocación y a sus descendientes.

Dejé de mirar a los chicos y entré a clase; era la única de mi clase, solo estaba yo en aquella sala con el profesor. Al parecer, era el único que también poseía el don de la curación, por eso le recomendaron darme clases. La clase empezó con algo básico. Mientras escribía un mural de los dones, escuchaba atenta:

—Hace años que una bestia sagrada y muy poderosa nos otorgó los dones. Se predecía que algo en la Tierra iba a suceder y, entre todos los seres humanos y las aldeas más allegadas, nos eligió a nosotros, a los néfiros. Después de elegirnos, nos dijo que buscáramos un lugar sagrado y que lo protegiésemos con magia.

Lo que contaba el profesor lo sabían todos los néfiros, ha pasado de generación en generación durante miles de años.

—Al cabo de unos años, nos mantuvimos ocultos para los demás seres humanos. Nuestros dones son una gran respon-sabilidad, es lo que diferencia entre vivir o morir, es un gran honor poder tenerlos y ser diferentes a los demás. Bien, el poder de la curación… son muy pocos los que obtienen el regalo; lo obtenemos porque nuestra alma es pura y sin maldad. Amamos la vida y todo lo que hay en ella. Mientras que otros alumnos solo obtienen un don, los privilegiados, como yo los llamo, señorita Katlin. ¿Entiende el motivo? Porque la bestia sagrada le dio el regalo de la curación. ¿Lo llega a comprender?

Miraba al profesor, detenidamente, entonces asentí. El enarcó una ceja  y se quitó las gafas, para limpiárselas y volvérselas a poner, me quedé pensando en que su gesto indicaba que no me creía.

—Entonces, si lo llega a comprender, dígame: ¿qué le hace tan especial? o ¿por qué le regaló ese don la bestia sagrada?           —mientras me hacía las preguntas, nunca me paré a pensar: ¿por qué yo?

—Pues verá, pienso que me dio ese don por la simple razón de que era mi destino, y que soy importante para lo que vaya a suceder. Y no es que me considere especial. La bestia sagrada me lo otorgó por algo, ese algo sucederá, no digo que hoy ni mañana. Pero algo estará a punto de pasar.

El profesor, sonrió, siguiendo con la clase. Se habrá quedado satisfecho con mi respuesta.

—La curación es el don de curar heridas, de curar aquello que más nos importa, si se hace de corazón…, pero hace siglos hubo una chica, señorita Katlin, que me dio la misma respuesta que usted me ha dado. Aprendió rápida a controlarlo, a manejarlo. Era espléndida. Como el don crecía dentro de ella, llegó a controlarlo tanto, que hasta ella podía curarse a sí misma.

Me quedé ensimismada.

—¿Curarse ella misma, cómo?

—Nunca supimos cómo lo hizo. Lo que sí sabemos es que traicionó a los néfiros. Una noche llegó un chico que tenía algo extraño, la mirada siempre la tenía llena de odio. Ella se enamoró de él y él de ella, supuestamente. Dejó de practicar y faltaba a las clases, hasta que un día se escapó con él. No volvimos a saber de ella, hasta unas décadas después, que la encontraron dos arcángeles de la guarda. Estaba muerta y desintegrada, porque aquel chico la había robado el don, consumiéndola a ella y causándole la muerte. Pero también supimos que cuando te enamoras del mal, tu don cambia, odiando a todo ser vivo de la Tierra. Hay un hombre que llegó a desafiar a la bestia sagrada, dándole un poder de invocación poderoso. Aquel hombre se llamaba Calón Serguei. Levante la mano para preguntar. ¿Sí, señorita Katlin?

—¿Roban el poder de la curación, para qué?

—Verás, Katlin, el don que tú tienes no es muy corriente y pueden pasar siglos y siglos, hasta que haya alguien que tenga ese don. Es muy poderoso. Calón Serguei lo sabía y utiliza ese don para curarse a sí mismo, lo que le hace invencible e inmortal.

 

Este es el inicio de esta novela…

 

aquí continua.

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