“Ábrete al mundo”, de Pilar Lorente Moreno en Ed. Atlantis

“Ábrete al mundo”, de Pilar Lorente Moreno en Ed. Atlantis

Puedes comenzar esta historia en el siguiente texto:

La Escuela de las hadas

Las jóvenes hadas, que iban siguiendo a su Hada Madrina por el sendero, se detuvieron a una orden de ella. Habían llegado hasta un círculo de piedra que se encontraba en aquel inmenso bosque. Sabiendo lo que había que hacer, se sentaron cada una en una piedra, mientras su maestra se colocaba en el centro.

Os he reunido aquí porque creo necesario que estéis en este lugar para que adquiráis un paso importante en vuestro aprendizaje como hadas del bosque. Antiguamente, aquí se celebraban nuestros Círculos de Hadas nocturnos y este lugar fue uno de los escenarios donde ocurrió un hecho sin precedentes en nuestro mundo y también en el mundo de las flores —suspiró hondo al decir esto y realizó una pausa meditativa.

Aquellas jóvenes e inexpertas hadas se miraron intrigadas y guardaron silencio ante la pausa de su maestra, que contemplaba algunas de las piedras que no habían sido ocupadas.

¿Conocéis la Leyenda de la Flor Sin Nombre? —preguntó a sus alumnas.

Es una canción que se canta en los Círculos de las Hadas —respondió una de ellas.

Exacto, conocéis la canción. Pero hoy os voy a contar la historia completa y verídica de lo que ocurrió hace ya muchísimo tiempo y que debéis conocer si queréis llegar a ser unas buenísimas hadas.

Las hadas aplaudieron expectantes y jubilosas, pues por fin iban a descubrir el porqué se cantaba aquella nostálgica canción en todos los confines de su país y en todos los reinos de hadas del mundo.

La Hada Madrina se sentó en el centro del círculo de piedra. Y, mirando hacia un árbol que tenía en frente, perdió su mirada en él, comenzando la narración.

El nacimiento

Existió una vez una gran casa señorial con un hermoso e inmenso jardín, del cual todo viajero que visitaba el lugar hablaba maravillas de él. Su cuidador, un jardinero entrado en años, no regateaba esfuerzos en mantenerlo sano y cuidado, siendo muy popular en su comarca por su exquisitez y gusto por las flores más bellas y ornamentales: tulipanes veteados de colores mixtos; azucenas vigorosas con su delicioso perfume; narcisos blancos y longevos; olorosos y frescos jacintos; elegantes y estirados gladiolos; preciosas verónicas azules; margaritas multicolores y otras especies más, formaban parte de aquella gran familia que habitaba el mimado vergel. Sin duda alguna, eran la envidia de todas las flores silvestres que crecían sin amparo en las orillas de los caminos o entre las rocas, asediadas por molestas hierbas y ansiosas de deseo por los días de lluvia. Era un gran privilegio pertenecer a dicho edén, donde siempre reinaba la belleza, y donde las flores deslumbraban al visitante como agua fresca iluminada por el sol.

En realidad, quienes brillaban de verdad eran las rosas, pues siempre habían sido las reinas del jardín desde tiempos inmemoriales. Su intenso y delicado aroma y sus pétalos tentadores atraían a toda persona que paseara por el lugar. Se les atendía con especial mimo, y diariamente, su protector revisaba los nuevos capullos que iban brotando, procurando evitar las espinas para no lastimarse. Se decía que las rosas eran las flores más bellas y orgullosas de los jardines de todo el mundo y que por eso tenían espinas. Nadie lo ponía en duda, pues aquéllas eran de lo más hermosas, además de espinosas. Cierto era también que las verdaderas soberanas del lugar habían sido las rosas rojas. Sus grandes pétalos aterciopelados de un color vivo carmesí y su fragancia de inigualable exquisitez, según algunos expertos perfumistas, incitaba a que todo el mundo quisiera poseerlas, siendo las más codiciadas de su especie.

Pero hacía ya mucho tiempo que en aquel lugar no brotaba ninguna rosa roja. La avaricia de algunas personas ignorantes hacía que las cortasen sin piedad mucho antes de que pudieran abrir totalmente sus bellos pétalos, terminando así con las últimas de su estirpe. Aunque esto poco importaba a las demás especies de rosas, pues ahora eran ellas las que podían presumir de ser las reinas de aquel paraíso multicolor.

La mayor parte del terreno fértil estaba dedicado a los rosales, al amparo de un largo muro que rodeaba los lindes de la propiedad. Muchos de ellos estaban enzarzados entre sí, dando la aparente sensación óptica de que brotaban todos del mismo arbusto, como si fueran híbridos, pues había rosas de diferentes colores, predominando las blancas, las amarillas, las azules y algunas de un carmín muy pálido.

Fue una tranquila mañana, cuando despertaron las rosas por la llegada del agua fresca que tiraba un difusor de riego del jardín, en la que vieron algo que las sorprendió. En un apartado ángulo del muro, donde hacía incontables años que no crecían rosales, había nacido un pequeño brote formando un débil y tierno capullo. Habían estado tan ocupadas últimamente en su aspecto físico y en sus charlas animadas sobre el color, el perfume y la belleza, que no habían reparado antes en aquel olvidado recodo; y ello comenzó a suscitar clamorosos cuchicheos entre ellas. Los murmullos aumentaron considerablemente de tono al contemplar que el jardinero se acercaba al recién nacido para comprobar su estado, sonriéndole y regalándole una leve caricia. El pequeño capullo se estremeció.

  • ¡Buenos días tengas, pequeño! —le saludó animosamente y se marchó para continuar sus labores sin decir nada más.

Entonces, las demás rosas se sintieron ofendidas e irguieron sus espinas mirando con rabia al pequeño. ¿Qué estaba ocurriendo allí? El cuidador se había olvidado de saludarlas a ellas; algo que hacía todas las mañanas, y en cambio, había acariciado y saludado a un brote solitario, minúsculo e insignificante que había crecido en una zona seca y llena de hierbajos.

 

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