“12 ESCALONES II ―El desenlace―”, de Hugo Amblar Esteban en Ed. Atlantis

“12 ESCALONES II ―El desenlace―”, de Hugo Amblar Esteban en Ediciones Atlantis

El inicio de esta apasionante novela comienza…

Ángel hacía un rato que había dejado la ciudad atrás, iba en dirección a Madrid. Había decidido deshacerse de su coche, la policía le conocía y le buscarían. Se echó a un lado de la carretera y se detuvo en el arcén, cogió un mapa que llevaba en la guantera para localizar el primer pueblo importante que fuese a encontrar en su itinerario, para alojarse allí en algún hotel y salir de madrugada a robar un coche. Decidió que lo mejor sería llegar hasta Burgos, no había ninguna localidad grande antes de llegar allí.

Sabía que debía tener mucho cuidado, no dejar que nadie le viese, le sería muy difícil pasar desapercibido, ya que la mayoría de la gente le reconocería después de haber salido en los últimos días en todos los noticiarios nacionales en primera plana. Cada paso que diese a partir de ese momento tendría que estar bien meditado y preparado.

Un rato después estaba en la periferia de Burgos, siguió las indicaciones para ir hacia el centro de la ciudad. Le daba igual a que parte ir, no conocía la urbe, solo le interesaba que el hotel estuviese en una zona urbana donde hubiese muchos coches aparcados por las calles. A lo largo de su vida había estado en bastantes ocasiones en Burgos con su camión para hacer portes, pero siempre había ido a polígonos industriales, nunca había callejeado por el interior de la ciudad. Tras recorrer algunas calles encontró un hotel que le pareció bien situado, buscó un lugar para aparcar su coche, cuando se detuvo, se quedó sentado en el interior del vehículo, pensando en lo que iba a hacer. Le preocupaba salir a la calle con la cara al descubierto, seguramente le reconocerían, había otro problema, para alojarse en el hotel tendría que entregar su DNI e identificarse. Habían transcurrido poco más de dos horas desde que abandonó a Belén en el zulo. Probablemente aún no hubiesen descubierto que él era el asesino ni la desaparición de la psicóloga, pero no dejaba de ser un gran riesgo el que corría dejándose ver, pudiera ser que lo hubiesen descubierto y hubiese corrido como la pólvora en los noticieros.

Se le ocurrió encender el aparato de radio y buscar noticias para ver si se comentaba algo del caso. Dejó pasar más de media hora y tras no escuchar ninguna novedad al respecto se decidió a salir, se puso unas gafas de sol y recorrió rápidamente los 200 metros que le separaban de la entrada del hotel, disimulando todo lo que podía su cojera, ese era otro tanto en su contra, otro detalle que podía delatarle. Caminaba intentando pasar desapercibido, cabizbajo, con los ojos clavados en el suelo. Cuando al fin abrió la puerta y se encontró en el interior del vestíbulo, buscó con la mirada el mostrador de la recepción, estaba muerto de miedo, ese era el momento más delicado. Trató de apartar las dudas y mostrarse decidido. No había nadie tras el mostrador, se acercó hasta él e hizo sonar una campanilla que había colocada en la barra. Instantes después apareció un individuo vestido de uniforme que acercándose hasta él dijo:

Buenas tardes caballero ¿Qué desea?

Buenas tardes —contestó Ángel—. Quiero una habitación individual —enseguida había percibido por el acento que el recepcionista no era español, era hispanoamericano, no sabía de qué país, pero eso le daba igual, lo importante era que parecía que no le conocía, ya que no tuvo ninguna reacción ni hizo ningún comentario. El individuo rondaría los 40 años, era regordete y lucía un gran bigote. Permaneció atento observando cómo tecleaba en el ordenador, pero apartó la vista un instante para echar un rápido vistazo al vestíbulo del hotel. Era un pequeño alojamiento de tres estrellas, muy austero, algo que no le importaba nada, su intención no era pasar la noche allí, solo esperar hasta las dos o las tres de la madrugada para poder salir a esa hora a robar un coche discretamente.

Déjeme su DNI si es tan amable señor —dijo el recepcionista sacándole de sus pensamientos. Este era el momento crítico, aunque habían aumentado sus esperanzas de que tampoco reconociese su nombre. Le entregó su documentación y observó atentamente como completaba los trámites—. ¿Cuántas noches piensa alojarse?

Solo unas horas, me iré de madrugada muy temprano, necesito descansar un rato antes de continuar viaje… Si quiere puedo dejarle la habitación pagada porque me iré a las dos o las tres de la mañana.

Como desee, pero eso no es ningún problema, toda la noche hay alguien en recepción, podrá entregar la llave y pagar la habitación.

Está bien, entonces lo haré así —el recepcionista le entregó la llave de su dormitorio y le indicó que subiese a la segunda planta.

¿Se puede comer algo? —preguntó Ángel.

Sí, por supuesto, por allí puede acceder al restaurante —contestó el recepcionista mientras le señalaba una puerta situada a su derecha.

…y continuar el relato en este enlace.

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